Poesía. Palestina

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El hombre ahorcado

Salim Yubrán

Un hombre ahorcado

es el mejor juguete,

la mejor distracción para los niños

que se ofrece en los zocos.

Pero no… No es en el zoco

donde se vende ya…

Se terminó hace días… No lo busquéis.

Que lo comprendan vuestros hijos:

Se terminó hace días.

¡Ay, almas de los muertos

en los presidios nazis!

No es un judío en Berlín

ese hombre ahorcado.

Es un árabe de mi pueblo, como yo,

ese hombre ahorcado,

al que ahorcan vuestros hermanos…

Perdón… Al que ahorcan las sombras de los nazis

en Sión

¡Ay, almas de los muertos

En los presidios nazis!…

¡Si supierais, vosotras!… ¡Si supieras!…

Salim Yubrán. Nació en 1938. Tiene una obra extensa de la que destaca Poemas sin residencia definida (1970), que concentra las señas de su estilo: la frase directa, el desdén por la retórica y todo artificio. Fue director de la revista Al–Gad, una referencia para comprender el pasado y el presente de Hayfa.

Carnet de identidad

Mahmud Darwish

Escribe

que soy árabe,

y el número de mi carnet es el cincuenta mil;

que tengo ya ocho hijos,

y llegará el noveno al final del verano.

¿Te enfadarás por ello?

Escribe

que soy árabe,

y con mis camaradas de infortunio

trabajo en la cantera.

Para mis ocho hijos

arranco, de las rocas,

el mendrugo de pan,

el vestido y los libros.

No mendigo limosnas a tu puerta, ni me rebajo

ante tus escalones.

¿Te enfadarás por ello?

Escribe

que soy árabe.

Soy nombre sin apodo.

Espero, pacientero, en un país

en el que todo lo que hay

existe airadamente.

Mis raíces,

se hundieron antes del nacimiento

de los tiempos,

antes de la apertura de las eras,

del ciprés y el olivo,

antes de la primicia de la yerba.

Mi padre…

De la familia del arado,

no de nobles señores.

Mi abuelo era un labriego

sin títulos ni nombres.

Mi casa es una choza campesina

de cañas y maderos,

¿te complace?…

Soy nombre sin apodo.

Escribe

que soy árabe

que tengo el pelo negro

y los ojos castaños;

que, para más detalles,

me cubro la cabeza con un velo;

que son mis palmas duras como la roca

y pinchan al tocarlas.

Y me gusta el aceite y el tomillo.

Que vivo

en una aldea perdida, abandonada,

sin nombres en las calles.

Y cuyos hombres todos

están en la cantera o en el campo…

¿Te enfadarás por ello?

Escribe

que soy árabe;

que robaste las viñas de mi abuelo

y una tierra que araba,

yo, con todos mis hijos.

Que solo nos dejaste

estas rocas…

¿No va a quitármelas tu gobierno también,

como se dice…?

Escribe, pues…

Escribe

en el comienzo de la primera página

que no aborrezco a nadie,

ni a nadie robo nada.

Mas que, si tengo hambre,

devoraré la carne de quien a mí me robe.

¡Cuidado, pues!…

¡Cuidado con mi hambre y con mi ira!

Mahmud Darwish. Nació en 1941. Sus libros no solo contienen referencias del mundo islámico sino también del imaginario cristiano. Once astros (1992), uno de sus poemarios más celebrados, funde lo nacional con lo universal hasta convertir el presente en una suma de la experiencia humana.

Con los dientes

Tawfiq Zayyad

Con los dientes.

Defenderé cada palmo de tierra de mi patria.

Con los dientes.

Y no aceptaré otro en su lugar.

Aunque me dejen

Colgando de las venas de mis venas.

Aquí sigo.

Esclavo de mi afecto… A la cerca de mi casa.

Al rocío… Y a la frágil azucena.

Aquí sigo.

No podrán derribarme

todas mis cruces.

Aquí sigo.

Teniéndoos… Teniéndoos… Teniéndoos…

En mi regazo

Con los dientes.

Defenderé cada palmo de tierra de mi patria.

Tawfiq Zayyad. Nació en 1922 y murió en 1994. Comunista en su juventud, fue alcalde de Nazareth. Su informe sobre las condiciones miserables en las que vivían los presos árabes en Israel sacudió al Consejo de Seguridad de la ONU en la década de los ochenta.

Mil

Ibrahim Tuqán

Hay un número negro que no es trece,

pero que le supera en fechorías:

Es el número mil. Nunca se ha golpeado

con tanta y tanta saña a Palestina.

Hay un millar que emigra… Otros mil que se

escapan…

Y mil turistas que entran, sin retorno.

Hay mil salvoconductos, y también mil maneras

de aliviarles todos los obstáculos

Y en la mar hay millares… Parece que sus olas

están todas cargadas de navíos.

¡Ay, hijos de mi pueblo!

¿Tal vez después del sueño se despierta?

¿En esta densa sombra habrá algún rayo?

¡Por Dios, que no lo sé! Y así, desesperado,

¿clamaré por Amín o invoco a Rágueb?

Ibrahim Tuqán. Nació en 1905 y murió en 1941. Conocedor de la tradición clásica de la literatura árabe, que se refleja ampliamente en su obra.

La conversión. Zen

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LA CONVERSIÓN DE KISHO

Un gran maestro de tiro al arco (kyûdô) tenía un discípulo llamado Kisho que se sentía inferior ante su maestro. El maestro era el maestro. Por eso, Kisho esperaba la muerte de su maestro. Pero éste, fuerte y de salud excelente, estaba lejos de morir. El discípulo Kisho decidió, pues, matar a su maestro.

Un día Kisho se entrenaba disparando flechas en un campo cuando el maestro Kyodo fue a reunirse con él.

Justo en aquel momento el discípulo disparó una flecha apuntando a su maestro; pero éste disparó igualmente… Las dos flechas se encontraron en pleno vuelo y cayeron.

El discípulo disparó otras nueve veces y cada una de ellas fue detenida por el maestro. Kisho tenía diez flechas. El maestro no tenía más que nueve. El discípulo disparó la última flecha, pero el maestro tomó su lanza, la arrojó y cortó al vuelo la flecha.

El discípulo admirado se prosternó.

Maestro y discípulo se abrazaron.

-¡Oh, gran maestro!

-Oh, gran discípulo!

Con su ego esfumado entraron en las relaciones eternas de maestro a discípulo.

Mensaje esencial. Zen

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En la época de la dinastía T’ang había un maestro que meditaba entre las ramas de un árbol. Su nombre era Viejo Maestro Nido de Pájaro. El gobernador de la provincia, Po Chu-i, que era también un poeta ch’an, fue a visitarle.

-Pareces estar en una posición poco segura, Viejo Maestro Nido de Pájaro. Pero ¿podrías decirme qué es lo que todos los buddhas han enseñado?

Nido de Pájaro respondió:

-Haz siempre el bien. No hagas nunca el mal. Cultiva tu espíritu. Todos los buddhas han enseñado esto.

-Haz siempre el bien, no hagas nunca el mal y cultiva tu espíritu. Esto ya lo sabía yo cuando tenía tres años -respondió Po Chu-i.

-¡Oh, sí! -dijo Nido de Pájaro-, un niño de tres años puede saber esto; pero ni siquiera un hombre de ochenta años puede llevarlo a cabo.

El rey y sus dos hijas. Bangla Desh

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Había una vez un poderoso rey que gobernaba un país muy rico. El Rey tenía dos hijas, la mayor era muy inteligente. La menor era muy sincera.

El rey se sentía tan orgulloso de ellas y tanto las quería que las consideraba el tesoro más preciado de todo su reino.

Un día, picado por la curiosidad, quiso saber si él era correspondido por ellas y las mandó llamar a la gran sala del palacio.

Momotaj y Nurjahan acudieron presurosas, y algo preocupadas. Pues no era muy habitual que el rey, su padre, las llamara a presentarse en la sala que normalmente utilizaba para importantes asuntos de estado.

Una vez ante él, se inclinaron respetuosamente y dijeron:

-Aquí estamos, padre ¿Cuál es el motivo por el que nos has mandado llamar?

El rey al verlas tan hermosas, se llenó de orgullo. Y al contemplar sus rostros preocupados, sonrió de manera tranquilizadora.

-No temáis, hijas mías -dijo-. Sólo quiero haceros una pregunta.

-Dinos, amado padre -comentó Momotaj, la mayor-. ¿Qué pregunta es ésa? Trataré de responderla con toda la cultura que me habéis enseñado

-Y yo -añadió Nurjahan, la menor- intentaré responderos con la sinceridad que me habéis inculcado.

El rey Omar, complacido, se rió abiertamente.

Al cabo de un rato, dirigiéndose a la mayor, preguntó:

-Momotaj, dime, ¿cuánto me quieres?

La hija mayor, sorprendida, pensó rápidamente en algo que pudiera complacer a su poderoso padre. Y como era muy lista, recordó que al rey lo que más le gustaba de este mundo eran los dulces, que siempre deseaba comer más y más cosas dulces, y supo que ésta era la respuesta.

– Y, Momotaj, con voz firme, dijo:

-Padre mío, yo os quiero como a los dulces.

El rey al oír su respuesta, se puso muy contento pues, como sabemos, los dulces eran muy importantes para él y los apreciaba mucho.

Satisfecho, preguntó a continuación a su hija pequeña:

-Y tú, Nuijahan, dime, ¿cuánto me quieres?

La hija menor del rey no tardó ni un segundo en contestar. Abrió su corazón y, con toda sinceridad, dijo:

-Padre mío, yo os quiero como a la sal.

El rey Omar de repente, alteró la expresión de su rostro y, muy enfadado, exclamó:

– ¡Hija desagradecida! ¿Me quieres como a la sal, una cosa insignificante que no me gusta ni a mí ni a nadie de mi reino?

Nuijahan, temblorosa por la ira que demostraban las palabras del rey, titubeó un instante antes de responder. Sin embargo, como ella consideraba la sal algo muy valioso, decidió mantener su respuesta.

Y, con todo el valor que consiguió reunir, dijo en voz muy baja:

-Sí, padre. Os quiero como a la sal.

El rey estallando de cólera, llamó a sus soldados a gritos.

-¡Qué venga mi guardia personal de inmediato!

Los aguerridos soldados acudieron obedientes en un abrir y cerrar de ojos y rodearon a las dos princesas mientras Nuijahan miraba asusta da a su hermana mayor.

Entonces, el rey Omar, señalando a la hija menor, dijo furioso

-Llevaos a esta hija mía tan desagradecida de mi presencia y dejadla en un bosque para que viva abandonada el resto de sus días.

-¡Padre! -Sollozó Nurjahan al borde del desmayo.

Pero el rey Omar, sin hacer caso de sus lágrimas, se mantuvo inflexible en su castigo y los soldados se llevaron a rastras a la pobre princesa Nurjahan que lloraba desconsoladamente.

Una vez fuera de palacio, los soldados cabalgaron hasta un bosque perdido en los confines del reino. Y allí, cerca de una tenebrosa cueva, abandonaron a la menor de las dos princesas y emprendieron el camino de regreso a palacio.

Triste y desvalida, Nurjahan se quedó sola.

Pasó un día, pasaron dos… y la princesa, sin comer, pues no tenía casi fuerzas, sintió que un oscuro porvenir le aguardaba sino reaccionaba pronto. Entonces, decidida no dejarse abatir por la pena, comenzó a buscar alimento por el bosque. Así, poco apoco, fue encontrando fresas, cerezas, frutas muy dulces que, al comerlas, le fueron devolviendo las energías. Y luego, se dedicó a poner en condiciones la cueva. La limpió, se preparó una especie de lecho con las hojas de unos arbustos e hizo de manera para que le resultara lo más confortable posible.

Una noche, mientras Nurjahan intentaba dormir, un príncipe de otro país cruzaba el bosque a caballo con su séquito cuando, de pronto vio una luz brillante que salía de la cueva. Al acercarse, extrañado, comprobó que la luz era el reflejo de la luna sobre el vestido y las joyas que alguien había dejado colgadas en la entrada.

-¿De quién será este vestido y esas joyas? -se preguntó el príncipe.

Mandó detener al cortejo y desmontó.

-Iré ahí dentro a ver a quién pertenecen -dijo.

-Tened cuidado, príncipe -advirtió uno de sus soldados.

Sin hacer mucho caso, el príncipe se dirigió a la cueva. Y al traspasar el umbral, descubrió durmiendo a la muchacha más bella que nunca habían contemplado sus ojos.

Tan extasiado estaba por la belleza de la muchacha que al príncipe se le escapó un suspiro de admiración y ella se despertó de golpe.

-¿Quién sois? -preguntó asustada-. ¿Que queréis de mí?

-No temáis -la tranquilizó él.

Y comenzó a contarle quién era y cómo la había encontrado.

Nurjahan, con el corazón palpitando, pues ya se había enamorado del joven con la mirada más dulce que jamás había conocido, le explicó:

-Mi padre me abandonó en el bosque porque le hice una cosa mala.

-¿Qué le hicisteis? -quiso saber el príncipe con el corazón también desbocado ya que sentía lo mismo que ella-. ¿Que cosa fue ésa?

Ella se lo contó sin decirle que su padre era un rey. Y el príncipe, que ya no era capaz de pensar en nada más que no fuera en Nurjahan, la convenció para que lo acompañara a su país. Y a su país se marcharon.

Al llegar, el príncipe Mahamud, que así se llamaba, corrió a presentársela a sus padres que se pusieron muy contentos al conocerla, ya que vieron que Nurjahan era una buena chica y que el príncipe estaba muy enamorado. Y la aceptaron de tan buen grado que la boda se celebró enseguida y por todo lo alto. Por el país entero corrió la alegría por la nueva pareja.

Y Nurjahan y Mahamud vivieron muy felices.

Un día, el rey Omar, que por entonces se sentía muy triste por haber perdido a la más pequeña de sus hijas, salió de caza. Y caminando, caminando, se fue alejando sin darse cuenta. Más tarde, agotado, quiso des cansar un poco cuando vio, a lo lejos, un palacio muy grande.

-Mira, mira -se dijo-. Es lo’mnico habitado que hay por aquí. Y se acercó al palacio para que le dieran algo de comer.

Se detuvo a las puertas y pidió que le ayudaran, les explicó que era el rey de otro país y que se había perdido.

La noticia llegó a oídos del rey Shajan, que era el padre del príncipe Mahamud, y accedió enseguida a prestarle ayuda permitiéndole la entrada. Luego, hizo que le acompañaran hasta sus estancias y que le dieran comida, bebida y alojamiento. Y mientras aguardaba, el rey Shajan llamó a la reina y a la princesa Nurjahan.

-¡Venid a conocer a un rey de otro país! La reina acudió con rapidez.

Pero la princesa Nurjahan se quedó detrás de la puerta y, por una rendija atisbó dentro y vio que se trataba de su padre. Quieta, sintió alegría por verle de nuevo y desazón al recordar que había ordenado abandonarla.

Sin moverse, decidió no salir a enfrentarse con él. Entonces, el rey Shajan le dijo:

-Nurjahan, prepara la comida que invitaremos al rey Omar a nuestra mesa, pues está hambriento después de todo un día sin comer.

-Bueno -dijo Nuijahan-, yo prepararé la comida para él si eso es lo que deseáis.

-Sí, éstos son mis deseos -confirmó el rey Shajan.

-Pues así lo haré -obedeció la princesa.

Y se dispuso a preparar una comida donde todos los alimentos fueran dulces, muy dulces, ya que sabía que a su padre era así como le gustaba.

Luego, hizo que se la sirvieran. Y todos los platos eran dulces.

El rey Omar, hambriento después de todo un día sin comer, se puso muy alegre al probar la abundante comida. Y tanto dulce le encantó.

Al día siguiente, el desayuno, que también se lo había preparado su hija Nurjahan, era muy dulce, pero muy, muy dulce.

Y el rey Omar se lo comió disfrutando como un chiquillo.

Y al mediodía, la comida también era muy, muy dulce.

Y la cena.

Pasaron dos días, tres. Y los platos eran siempre dulces, muy dulces.

Entonces, el cuarto día, al ver que la comida volvía a ser dulce, muy dulce, el rey Omar se dijo que ya estaba cansado de comer tanto dulce, que ya no podía más, y deseó marcharse a su país.

Sin pérdida de tiempo, le comunicó sus deseos al rey Shajan.

-No, no -dijo el rey Shajan-, no os podéis marchar. Tenéis que quedaros siete días con siete noches en mi palacio. Es la tradición. Y si no lo hacéis así, la mala suerte se abatirá sobre nosotros diez años.

¿Acaso es esto lo que pretendéis? ¿No sería lo mismo que declararnos la guerra? Pensad: ahora somos amigos y nuestros países necesitan nuestra amistad. ¿Queréis cambiar las cosas?

El rey Omar se quedó pensativo. Lo último que necesitaba su país era una guerra. Pero estaba harto de tanto dulce ¡Y claro, no le podía decir al rey Shajan la verdad para no ofenderle. Estaba atrapado!

-¿Qué. no os gustan nuestros manjares? -preguntó el rey Shajan.

-No, no es eso. Todos son excelentes -dijo el rey Omar muy a su pesar-. La comida es propia de un gran rey, muy buena.

Y aunque aborrecía ya todo lo dulce, decidió callar y permanecer en el palacio con tal de no provocar males mayores.

Pasaron tres días más y, cada vez que le servían la comida, al ver el dulce en todos y cada uno de los platos se le removían las tripas y se sentía incapaz de dar bocado. Se limitaba a dejarla tal y como se la presentaban, sin probarla, diciendo que no tenía hambre y sin atreverse a pedir otro tipo de alimentos por temor a ofender al rey Shajan.

El séptimo día, el que por fin iba a ser el último, la princesa Nurjahan hizo otro tipo de comida para la velada de despedida del rey Omar.

Esta vez preparó una normal, de diferentes sabores, todos exquisitos y variados, abundantes y deliciosos. Y claro, el rey Omar, que llevaba tres días sin comer, comió de todo con mucho apetito y descubrió una gama de sabores que hasta ese momento desconocía y lo muy buenos que podían resultar.

Escondida detrás de la puerta, la princesa Nurjahan observó a su padre comiendo y cómo disfrutaba con los nuevos platos.

Al acabar, el rey Omar preguntó al rey Shajan:

-¿Ha preparado esta comida tan sabrosa?

-Mi nuera -respondió el rey Shajan-, la mujer de mi hijo Mahamud. Ella ha sido quien os ha preparado esta comida y también la anterior, la dulce.

-¡Sí! -Exclamó el rey Omar-. ¡Pues hacía muchos años que no probaba comida tan deliciosa y rica! Desearía conocer a vuestra nuera.

El rey Shajan, halagado por el entusiasmo de su invitado, llamó a la princesa Nurjahan y le dijo:

-Aquí, que te presentaré a un rey amigo que desea conocerte.

La princesa salió de detrás de la puerta y entró en la sala. Fue hasta la mesa donde estaban sentados los dos reyes e inclinó la cabeza.

Luego, con serena cortesía, saludó a su padre.

-Mis saludos, rey Omar -dijo ella.

-Así que eres tú la gran cocinera -dijo su padre sin reconocerla.

Había pasado mucho tiempo y la princesa estaba muy cambiada.

Luego añadió: pues la comida ha sido excelente, la más rica que he probado.

-Gracias, ya he visto cómo la habéis disfrutado con gran apetito.

-Sí, sí -murmuró el rey Omar deseando que nadie m hubiera notado el hambre con que había comido-. Me lo ha despertado tu talento para combinar los sabores. Jamás había probado nada igual.

Entonces, la princesa Nurjahan, aclarándose la garganta, dijo:

-Padre, todavía os quiero como a la sal.

En el rostro del rey Omar se dibujó la más absoluta de las sorpresas.

-Preguntó con asombro- ¿Qué dices?

-Padre, soy vuestra hija menor, la princesa Nurjahan -declaró-. Y todavía os quiero.

De pronto, el rey la reconoció y, levantándose de un salto, corrió a estrecharla entre sus brazos, pues durante todo ese tiempo no había pasado ni un solo día sin echarla de menos. Arrepentido de su acción, la abrazó emocionado mientras se daba cuenta del error cometido: que el secreto de la felicidad no reside en una sola cosa sino en el equilibrio de varias diferentes.

La luciérnaga Thailandia

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En un bosque de Tailandia vivía una numerosa comunidad de luciérnagas. Su casa era el tronco de un árbol lampati, el más viejo de todo el país. Por la noche, las luciérnagas salían del árbol para iluminar la noche con su tenue luz y parecían pequeñas estrellas danzantes.

Pero no todas las luciérnagas participaban: una de ellas, la más pequeña, se negaba a salir del lampati para volar. Toda su familia estaba preocupada, pero pasaron  los días y la pequeña luciérnaga seguía sin querer salir del árbol lampati. Una noche, con todas las luciérnagas poblando el cielo nocturno del bosque, su abuela se quedó en el árbol para razonar con ella:

– ¿Qué te pasa, nieta? Nos tienes preocupados a todos, ¿Por qué no sales con nosotros por la noche a divertirte volando?

– No me gusta volar – respondió, tajante, la pequeña.

– Somos luciérnagas, es lo que hacemos mejor. ¿No quieres volar mostrando tu luz e iluminando la noche? – le insistió la abuela.

– La verdad es que… Lo que me pasa es que… – comenzó a explicar la pequeña – Tengo vergüenza. No tiene sentido que ilumine nada si la luna ya lo hace. No me podré comparar nunca ella, soy una chispa diminuta a su lado.

– Si salieras con nosotros verías algo que te sorprendería. Hay cosas de la luna que aún no sabes…

– ¿Qué es lo que no sé de la luna que todos sabéis? – preguntó la luciérnaga pequeña con curiosidad.

– Pues que la luna no siempre brilla de la misma forma. Depende de la noche, brilla entera,  la mitad o solo un cachito. Incluso hay días que se esconde y nos deja todo el trabajo a nosotras, las luciérnagas. La luna cambia con frecuencia y no siempre brilla con la misma intensidad. En cambio tú, pequeña luciérnaga, siempre brillarás con la misma fuerza y siempre lo harás con tu propia luz.

Esa noche, la pequeña luciérnaga salió del lampati para iluminar la noche,  mostrando a los demás lo mejor de sí misma.

La mala mujer Serbia

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Un hombre viajó con su mujer a alguna parte y, viajando así, se encontraron caminando por un prado que estaba recién segado. Enseguida el hombre le dijo a la mujer: “¡Ah, mujer, qué bonito está ese prado segado!” Y la mujer: “¿Acaso tienes los ojos cerrados y no ves que el prado no está segado, sino cortado?” Y, otra vez, el hombre: “¡Por Dios, mujer! ¿Cómo un prado se puede cortar? Está segado, ¿no ves el pasto segado?” De esta manera, mientras el hombre demostraba que el prado estaba segado y la mujer que estaba cortado, se pelearon: el hombre le pegó a la mujer y comenzó a gritarle que se callara; la mujer se le unió por el borde del camino, le acercó los dedos a los ojos y, moviéndolos como si fueran tijeras, comenzó a gritar: “¡Cortado! ¡Cortado! ¡Cortado!” Caminando así por la orilla del camino y sin mirar de frente, sino a los ojos del hombre y cortando con los dedos, la mujer pisó un hoyo que estaba cubierto con el pasto segado y se cayó en él.

Cuando el hombre vio que ella había caído y desaparecido en el hoyo, dijo: “¡Ah, te lo mereces!” Y se fue por el camino sin mirar atrás. Después de unos cinco días, el hombre se compadeció y comenzó a decirse a sí mismo: “¡Vamos a sacarla, si aún está viva! Así es ella, quizás después mejore.” Y tomó una cuerda para sacarla. Al llegar a aquel lugar, bajó la cuerda y, al advertir que se puso tensa, exclamó: “¡Tira de ella!” Cuando la recogió casi por el extremo, había que mirar lo que él vio: en lugar de su mujer, había cogido con la cuerda al Diablo: por un lado estaba blanco como una oveja y, por el otro, negro, como es él. El hombre se asustó e iba a soltar la cuerda, pero el Diablo gritó: “¡No la sueltes, si somos hermanos, por Dios! Sácame afuera y mátame. Si no quieres regalarme la vida, sólo sácame de aquí.”

El hombre aceptó por Dios y sacó al Diablo afuera. El Diablo, inmediatamente, le preguntó qué cosa lo había traído allá para salvarlo y qué buscaba en ese hoyo. Cuando el hombre le dijo que en ese lugar se le había caído su mujer hacía unos días, y que ahora había venido para rescatarla, el Diablo gritó: “¡Qué, amigo, por Dios! ¿Ella es tu mujer? ¡Y tú pudiste vivir con ella! ¡Y todavía viniste a salvarla! Yo me caí en este hoyo hace tiempo, y aunque, la verdad, al principio no me fue fácil, después me acostumbré de alguna manera; pero desde que esta maldita mujer llegó conmigo por poco estiro la pata por su maldad en estos pocos días: me estrechó contra la pared y puedes ver cómo el lado que estuvo hacia ella encaneció. ¡Todo por su maldad! ¡Déjala, por Dios! Déjala aquí, donde está; yo te haré feliz por salvarme de ella.” Enseguida arrancó una hierba del suelo y se la dio: “Toma esta hierba y guárdala: yo me iré y entraré en la hija de tal y tal zar; de todo el imperio vendrán los curanderos, los popes y los monjes para curarla y expulsarme, pero yo no saldré hasta que tú llegues. Tú hazte el médico y ven también a curarla: sólo humea con esta hierba y yo saldré en ese instante. Luego el zar te va a dar a su hija y te va a acoger para que gobiernes con él.”

El hombre tomó la hierba, la guardó en el morral, se despidió de su amigo y se separaron. Después de algunos días, corrió la voz de que estaba enferma la hija del zar: el Diablo había entrado en ella. Se reunieron los médicos de todo el imperio, los popes y los monjes. Pero en vano: nadie podía hacer nada. Entonces el hombre tomó el morral con la hierba y lo colgó en el hombro; tomó un palo en las manos y comenzó a caminar rápidamente hacia la capital zarista, derecho al palacio. Cuando se acercó a las habitaciones donde estaba la enferma, vio cómo volaban los curanderos y las curanderas, los popes, los monjes y los obispos: leen las oraciones, dan la extremaunción, velan y llaman al Diablo para que salga, pero el Diablo, inmutable, grita desde la muchacha y se burla de ellos. El hombre fue para allá con su morral, pero no lo dejaron pasar. Entonces se fue al palacio, con la zarina; le dijo que él también era curandero y que tenía la hierba con la que había sacado a varios diablos hasta aquel momento. La zarina, como cualquier madre, saltó y lo llevó con la muchacha.

En cuanto lo vio, el Diablo le dijo: “¿Aquí estás, amigo?” “Aquí estoy.” “Bueno, entonces haz lo tuyo y yo saldré, pero ya no vuelvas a andar detrás de mí cuando escuches hablar de mí, porque no será para bien” (esto lo hablaron de tal manera que nadie, a excepción de ellos dos, pudo oírlo ni entenderlo). El hombre sacó la hierba del morral, humeó a la muchacha; el Diablo salió y la joven quedó sana como si la madre acabara de parirla. Todos los demás curanderos se fueron avergonzados, cada quien por su lado, pero a éste, el zar y la zarina lo abrazaron como a su hijo, lo pasaron al tesoro, le cambiaron la ropa y le dieron a su hija única. Asimismo, el zar le regaló a su yerno la mitad del imperio.

Después de un tiempo, entró aquel Diablo en la hija de otro zar, más poderoso, vecino del anterior. Se lanzaron a buscar la cura por todo el imperio y, al no encontrarla, se acordaron de cómo, también, la hija de aquel zar había tenido la misma enfermedad y cómo la había curado algún médico que ahora era su yerno. Entonces el zar escribió una carta a su vecino y le pidió que le enviara al curandero para que también curara a su hija: estaba dispuesto a darle lo que quisiera. Cuando el zar dijo esto a su yerno, éste se acordó de lo que su amigo le había advertido al despedirse; como no podía ir, comenzó a explicar que ya había dejado de curar y que ya no sabía hacerlo. Al recibir tal respuesta, el otro zar envió una nueva carta en la que amenazó con levantar un ejército y declarar la guerra si el zar no le enviaba a su curandero. Cuando llegó tal noticia, el zar le dijo a su yerno que no podía ser de otra manera: tenía que ir.

El yerno del zar, al verse en desgracia, se preparó y se fue. Al llegar el hombre con la hija del otro zar, el Diablo se asombró y gritó: “Amigo, ¿qué haces aquí? ¿Acaso no te dije que ya no andes detrás de mí?” “¡Eh, amigo mío! –comenzó a hablarle el yerno del zar– no vengo a sacarte de esta muchacha, sino que te busco para preguntarte qué vamos a hacer ahora. Mi mujer salió del hoyo: que me busque a mí, está bien; pero te busca a ti porque no me dejaste que la sacara de ahí.” “¿Qué? ¡No puede ser! ¡Salió tu mujer!” gritó el Diablo, saltó de la hija del zar y se fue huyendo hasta el mar azul. Jamás de los jamases volvió entre la gente.

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El rey y el pastor Serbia

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Un rey tenía una hija que era muy bonita. Su belleza había cobrado fama y los reyes y zares iban allá a pedir su mano o sólo para verla, como para presenciar un milagro, pero su padre no quiso darla a nadie más, sino a quien fuera más astuto que él y pudiera engañarlo de alguna manera. Esto escuchó un hombre rico que vivía muy lejos.

Él partió desde su lejano país y, después de pasar por muchos países y ciudades, una tarde el camino lo llevó enfrente de la casa de un hombre, también rico. Cuando preguntó si podía pernoctar, el dueño lo recibió muy bien y le dijo que sí podía, ¡cómo no! El dueño, enseguida, sacrificó un cerdo semental para el visitante y, a la hora de servirlo, dejaron la cabeza para un pastor que estaba cuidando el ganado en la montaña. Cuando amaneció el día siguiente, el viajero continuó por su camino para pedir la mano de la hija del zar. Al pasar por las montañas, encontró al pastor de la casa donde le habían dado albergue y, luego de saludarlo, dijo: “¡Paces bien!” El pastor le contestó: “Pazco para pacer.” El viajero siguió hablándole: “Anoche pernocté con ustedes.” Y el pastor le respondió: “Está bien que estuviste con nosotros, el camino te trajo.” Otra vez el viajero: “Cuando llegué a su casa, fue sacrificado un cerdo enorme para mí.” El pastor: “Cuando está la gente de visita, hay que servirle lo mejor.” Otra vez el viajero: “Para ti dejamos la cabeza.” El pastor: “La cabeza es para la cabeza.” El viajero: “Los criados la pusieron en el anaquel, pero llegó la perra y se la comió.” El pastor: “La cabeza era para ella.” Otra vez le dijo el viajero: “Tu padre llegó y mató a aquella perra.” El pastor: “Estuvo bien que la mataran, la perra se lo mereció.” Otra vez el viajero: “Cuando la mataron la tiraron en el basurero.” El pastor: “Si la tiraron en el basurero, es porque ahí yacía mientras vivía.”

Al ver que el pastor siempre tenía una respuesta, el viajero se asombró mucho y pensó que este pastor sería bueno para pedir la mano de la hija del zar y le dijo: “Por Dios, acércate un poco para que platiquemos un poco más.” Y el pastor le respondió: “Espera un poco hasta que traiga a las ovejas.” Entonces el pastor se fue corriendo, regresó con las ovejas y se le acercó a aquel hombre, el cual le dijo: “Yo me voy con tal y tal rey para pedirle la mano de su hija, pero él no quiere dar a su hija a nadie sino al que sea más astuto que él y lo pueda engañar de alguna manera. Veo que tú eres de mente astuta y que sabes hablar bien y sabiamente, ¿quieres ir conmigo con este rey, para que me consigas a la princesa?” A esto el pastor respondió: “Iré.” Y de ahí se fueron juntos y llegaron a la ciudad donde vivía aquel rey.

Cuando llegaron hasta la puerta del palacio, los recibió la guardia, que les preguntó: “¿A dónde van?” Ellos respondieron: “Nosotros venimos con el rey para pedirle la mano de su hija.” Y el guardia: “Todos los que quieren pedir la mano de la hija del rey tienen el paso libre.” Se les dejó pasar y, una vez arriba, enfrente del zar, aquel hombre rico dijo: “¡Que Dios nos ayude, rey preclaro!” Y el rey le devolvió el saludo: “¡Que Dios les dé bien, hijos!” Y luego le dijo a aquel hombre rico: “¿Por qué vino aquel campesino de vestido burdo?” El pastor no dejó responder al hombre, sino que se incorporó y dijo: “Si yo soy el campesino de vestido burdo, yo tengo más fortuna que aquellos con vestido bonito, y además tengo tres mil ovejas. Así, en un valle ordeño, en otro cuajo y en el tercero almaceno el alimento.” El rey le dijo: “Es bueno que tengas tanta riqueza.” El pastor le secundó: “Eso no es bueno, sino malo.” El rey: “¿De dónde puede ser malo si tu dijiste tantas cosas buenas?” El pastor contestó: “Eh, toda la comida se echó a perder y se pudrió.” El rey dijo: “¡Qué lástima! ¡Tanta pérdida se hizo!” El pastor le secundó: “Esto para mí no es malo sino bueno.” Y el rey dijo: “¿Pero, cómo?” El pastor: “Yo tomé el arado y aré trescientos días y sembré trigo.” El rey dijo: “Esto es bueno, que sembraste tanto trigo.” El pastor le secundó: “A fe mía, no es bueno sino malo.” El rey: “¿Por qué, pobre hombre?” Contestó el pastor: “Se me echó a perder aquel trigo: crecieron hayas y abetos.” El rey: “¡Oh, ahí hubo mucha pérdida!” El pastor: “Ahí, para mí, no hubo pérdida sino provecho.” El rey: “¿Cómo pudo haber provecho, si tanto trigo se echó a perder?” El pastor respondió: “Porque llegó volando un enjambre de abejas y cubrió por completo las hayas y abetos, no se les veían las ramas ni las raíces.” Entonces dijo el zar: “Esto es bueno, que llegaron tantas abejas.” El pastor le secundó: “A fe mía, no es bueno sino malo.” Otra vez el rey: “¿Pero, por qué?” El pastor le respondió: “Calentó el sol veraniego y se derritió aquel mosto y miel, y todo se derramó por el valle.” Entonces dijo el rey: “A fe mía, ahí sí estuvo mal.” El pastor: “A fe mía, no estuvo mal, sino bien.” Otra vez pregunta el rey: “¿Pero, cómo?” El pastor le respondió: “Yo atrapé una pulga y la degollé y le desollé la piel y llené trescientas cargas.” Entonces, el rey dijo: “A fe mía, esto sí que es una mentira.” Y el pastor respondió: “Si es una mentira, tú la creíste como verdad. Ya te engañé lo suficiente, así que dame a tu hija, me la gané.” El rey no pudo hacer nada, sino que dio a su hija al pastor; el pastor se la dio al hombre rico y el hombre rico le entregó al pastor una grande e incontable fortuna.