transmisión. secretos en alfombras

SOR bereber

SECRETOS EN ALFOMBRAS

Cuando la palabra es peligrosa o vigilada, hay que cuidarse…

En muchas culturas bereberes y magrebíes, el saber femenino no desaparece: cambia de soporte.

***

La transmisión debe ser silenciosa.

El tejido como lengua secreta

En el mundo amazigh, tejer es decir sin decir.

En alfombras, mantas y cinturones aparecen:

rombos (cuerpo femenino, protección)

zigzags (camino, huida, agua)

cruces rotadas (defensa contra el daño)

líneas quebradas (violencia, ruptura)

repeticiones irregulares (advertencia)

Muchas mujeres reconocían un motivo que no explicarían jamás en voz alta.

Un tejido podía decir:

“Aquí hubo golpe”

“Aquí hubo pérdida”

“No confíes en este hombre”

“Esta casa protege”

Era una escritura legible solo para iniciadas.

***

Por ejemplo los tatuajes: el cuerpo como archivo

Antes de ser prohibidos o estigmatizados, los tatuajes bereberes femeninos funcionaron como:

marcas de paso

sellos de protección

mapas de experiencia

Ubicaciones clave:

mentón

frente

muñecas

tobillos

Los símbolos no eran ornamentales:

triángulos: matriz, linaje

puntos: duelo, aborto, pérdida

líneas: límite, juramento

cruces: defensa

No se explicaban.

Se reconocían.

Una mujer veía el mentón de otra y entendía:

“Ella sobrevivió.”

***

Objetos menores: el saber portátil

Además del cuerpo y el tejido, existían objetos-código:

cucharas marcadas

peines tallados

anillos sin valor

bolsas con nudos

hilos escondidos en la ropa

Cada objeto podía activar un recuerdo, un cuento, una advertencia.

El cuento no se decía

se desencadenaba!

4. La lengua susurro

Sí, existió y existe algo que podemos llamar lengua susurro.

No es un idioma, sino un modo:

frases incompletas

repeticiones

ironía

diminutivos

canturreos

rezos torcidos

Se usaba:

en presencia de hombres

entre niñas y ancianas

en el trabajo

***

Ejemplo de transmisión:

“Hay árboles que lloran.”

(no se explica cuál)

“Algunas comen y otras aprenden.”

(no se aclara quién)

La comprensión llegaba después.

***

El gesto como relato

una pausa antes de servir

una mirada desviada

un silencio prolongado

un error deliberado en una receta

un nudo mal hecho

El error era intencional.

Una grieta para quien supiera mirar.

***

Todo esto resiste la escritura! porque:

no es estable

no es idéntico

depende del contexto

necesita cuerpo y tiempo

Cuando se fija en un libro

pierde eficacia

deja de proteger

Por eso estos saberes

sobreviven en fragmentos

reaparecen en cuentos

se filtran en símbolos

vuelven como intuición

Lo que quiero compartir con ustedes es que estoy traduciendo una lógica antigua a la palabra escrita.

Sabiendo que algo siempre quedará sin decir.

5. cuento sobre los dobleces de los paños. Sor

SOBRE LOS DOBLECES DE LOS PAÑOS.

Lo que pasó sin decirse

Una mujer llegó al patio con un manto nuevo.

No lo extendió.

Lo dejó caer sobre el banco, mal doblado.

La otra mujer no preguntó.

Miró el borde: había un rombo cerrado y un zigzag doble.

Asintió.

Mientras hervía el agua, la visitante sacó un cinturón tejido.

El patrón estaba bien hecho, salvo un error repetido tres veces.

En el error, tres puntos.

La mujer del patio dejó caer la cuchara.

No se disculpó.

Se sentaron.

Nadie habló.

La dueña de casa trajo un paño viejo,

lo dobló tres veces

y lo colocó bajo el manto nuevo.

Luego señaló, sin tocar,

una cruz rotada escondida cerca del borde.

La visitante respiró hondo.

Más tarde, al servir la comida,

la mujer del patio añadió miel en exceso

y legumbres mal remojadas.

Sonrió apenas.

La otra mujer no comió.

Guardó el cinturón.

Al irse, tocó su mentón

y luego el árbol del patio.

La mujer que quedaba hizo un nudo visible

en el manto nuevo

y apagó el fuego sin decir palabra.

Esa noche,

nadie contó un cuento.

Pero al día siguiente,

el tejido ya no era el mismo.

Cuento. 4. El hilo que no debía verse

SORORIDAD

UN CUENTO DE PROTECCIÓN GRACIAS A NUNYA

El hilo que no debía verse (en la aldea de la montaña)

En el nombre de Dios, Clemente y Protector, que pone señales pequeñas para cuidar vidas grandes.

Esto ocurrió entre dos mujeres, en una aldea de montaña, donde las casas se apoyaban unas en otras como mujeres cansadas y el viento conocía todos los secretos. Allí, los caminos eran estrechos y las palabras también. Lo que no se decía en voz alta se decía en los bordes.

La mujer vio el símbolo cuando nadie más lo habría visto.

Estaba en el orillo del manto, mal escondido, casi un descuido:

un hilo gris mezclado con rojo, breve como un suspiro.

No preguntó.

Acercó la mano al tejido con respeto, como quien toca la frente de un niño dormido.

—Alabado sea Dios —susurró—. Nunya pasó por aquí.

En esa aldea se sabía: Nunya no aparece para asustar, sino para guardar.

Dicen las mujeres que Dios la hizo grande para que pudiera cargar dolores ajenos,

y tierna para que nadie se avergonzara de llorar ante ella.

La otra mujer no levantó la cabeza.

Tenía los ojos secos de tanto llanto anterior.

El símbolo era mínimo porque el daño había sido negado,

porque la vergüenza había sido impuesta como si fuera culpa.

La que reconoció el signo no ofreció discursos.

Ofreció cuidado, el único que Nunya aprueba.

Primero, la sentó cerca del suelo, donde la montaña enseña humildad.

Luego, tomó el manto con lentitud y no lo sacudió,

para no despertar el temblor que aún vivía en el cuerpo.

Lo dejó abierto, para que entrara el aire fresco de altura.

—Dios no apura a quien ha sido herida —dijo—. Respira.

No preguntó qué había pasado.

El hilo ya lo había dicho todo:

golpes sin marca,

palabras usadas como piedras,

risas ajenas clavadas como espinas.

—Nunya guarda a las mujeres cuando el mundo se vuelve angosto —murmuró—.

Ella ve lo que no se prueba.

El segundo cuidado fue la comida suave le sirvió caldo tibio, pan blando, hierbas de la montaña que aquietan el pulso.

Nada pesado, porque el cuerpo necesitaba volver a confiar.

Hablaron de cosas pequeñas

del clima cambiante,

de una cabra que se había escapado,

de una anciana que sabía cuándo nevaría.

Así Nunya enseña a aliviar: devolviendo lo cotidiano.

El tercer cuidado fue silencioso.

La mujer tomó aguja e hilo y corrigió el tejido,

pero dejó el gris apenas visible,

no para delatar,

sino para que la dueña del manto supiera que no había imaginado nada.

—Nunya es madre cuando nadie más lo es —dijo con dulzura—.

Ella escucha incluso cuando el signo es pequeño.

Al caer la tarde, la mujer herida tocó con dos dedos

el tronco del árbol que miraba al valle.

Ese gesto bastaba.

En la montaña, Nunya reconoce a las suyas.

Antes de que la mujer partiera,

la que había leído el símbolo hizo lo último:

anudó el manto con un nudo flojo en el borde.

No era castigo aún.

Era promesa de protección.

Porque Nunya no se apresura:

primero cuida, luego decide.

Esa noche, ninguna ogresa cruzó la aldea.

No hizo falta.

Nunya ya estaba allí:

en la mirada que creyó,

en la comida tibia,

en el hilo reconocido.

Y alabado sea Dios,

que puso a Nunya como guardiana amorosa de las mujeres,

para que incluso en las aldeas más altas y pequeñas

nadie quedara sola con su dolor.

3. CUENTO LA OGRESA Y LA MUJER QUE SE ENCONTRARON EN EL CAMINO. SOR.

SORORIDAD CUENTO bereber

LA OGRESA Y LA MUJER QUE SE ENCONTRARON EN UN CAMINO

La mujer bereber, la ogresa risueña y los castigos que Alá permite

En el nombre de Dios, Clemente y Misericordioso,

que ríe en secreto cuando los soberbios resbalan.

En un camino más torcido que la lengua de un mentiroso, una mujer bereber caminaba con un cántaro vacío y el corazón lleno. De pronto oyó un llanto tan fuerte que hizo caer tres dátiles del árbol más cercano. Era una ogresa enorme, sentada bajo un argán, llorando como si hubiera perdido una caravana entera… o peor, su paciencia.

—Alabado sea Dios —dijo la mujer—, ¿qué desgracia te hace llorar así, hermana de gran tamaño?

La ogresa se secó la nariz con una manta (que había sido alfombra) y respondió:

—Lloro porque mi marido me grita, me insulta y me dice “bestia” cuando no le sirvo la sopa caliente. ¡A mí, que podría comérmelo en dos bocados si Dios no me hubiera dado conciencia!

La mujer bereber suspiró.

—Que Dios nos proteja de los hombres que hablan más de lo que piensan. El mío me pega, me manda y cuando no le gusta el té dice que soy burra… aunque bien que se sube a mis espaldas para todo.

Se miraron. Se rieron. Porque cuando dos penas se encuentran, a veces hacen cosquillas.

—Por Alá —dijo la ogresa—, qué imaginación tienen para humillarnos.

—Por Alá —respondió la mujer—, y qué poco ingenio para vivir solos.

Se sentaron juntas. El árbol escuchó. Una cabra pasó y también escuchó, porque las cabras siempre saben.

—Yo tengo un don —dijo la ogresa—. Cuando un hombre se vuelve insoportable, puedo volverlo soportable… transformándolo.

—Bendito sea Dios que te dio ese talento —dijo la mujer—. Yo no transformo cuerpos, pero sé castigar estómagos.

Rieron otra vez, y el viento se persignó a su manera.

Esa noche, cuando el marido de la bereber empezó a gritar como gallo sin corral, la ogresa lo miró fijo y dijo unas palabras sagradas y otras muy malhumoradas. El hombre dio un salto, cayó de rodillas y cuando quiso insultar, soltó un rebuzno.

—¡Alabado sea Dios! —dijo la mujer—. Siempre sospeché que tenías alma de burro.

Desde ese día cargó agua, leña y vergüenza. Y cada vez que rebuznaba, el pueblo decía: “Dios es justo y tiene sentido del humor”.

Luego fue el turno del marido de la ogresa. La mujer bereber cocinó con devoción: garbanzos duros como piedras, leche pasada, cebolla cruda, miel en exceso y un toque de manteca rancia.

—Come, esposo —dijo la ogresa con dulzura—. Es una bendición.

Y lo fue. Una bendición intestinal. El ogro pasó tres días doblado, prometiendo ser bueno, piadoso y callado. Juró por Dios, por sus dientes y por su mala digestión.

Al amanecer del cuarto día, la mujer bereber y la ogresa se despidieron en el camino.

—Que Dios te acompañe —dijo la mujer—. Y si vuelves a llorar, que sea de risa.

—Que Dios te proteja —respondió la ogresa—. Y recuerda: los hombres aprenden más rápido cuando el castigo es creativo.

Se alejaron felices, porque habían hecho justicia sin derramar sangre, solo orgullo.

Y alabado sea Dios,

que a veces convierte a los tiranos en burros

y otras veces les revuelve el estómago.

2. SORORIDAD OGRESAS

SORORIDAD OGRESAS 2

En el folklore bereber (amazigh) existen ogresas muy reconocibles, aunque sus nombres y rasgos cambian según la región (Cabilia, Atlas, Rif, Sáhara). No siempre tienen un “nombre propio” fijo como en los cuentos europeos, pero sí hay figuras canónicas.

Las más importantes

1. Teryel / Tseriel / Theryel (la más famosa)

La ogresa bereber por excelencia, sobre todo en la tradición cabila (Argelia).

Es gigante, peluda o desmesurada

Vive en montañas, bosques o caminos

A veces devora hombres, castiga a los injustos

Puede ser astuta, irónica y hasta maternal

No es malvada por naturaleza: responde a la violencia

En muchos relatos:

Engaña a hombres arrogantes

Castiga a maridos crueles

Protege a niñas o mujeres abandonadas

Teryel cansada del maltrato, que usa la magia no para destruir sino para corregir

***

La pueden llamar de muchas maneras si quieren

***

Teryel del Argán

Teryel del Camino Rojo

Teryel la Justa, como epíteto narrativo

***

Tamza / Tamẓa (la ogresa-leona)

Más común en el Atlas marroquí.

Ogresa asociada al león o a la bestia

Fuerza brutal, pero también sabiduría antigua

Representa la naturaleza indomable

Castiga a quien viola pactos o abusa del débil

Menos doméstica que Teryel ymás salvaje.

3. Lalla Teryel (forma reverencial)

En algunas versiones orales, especialmente narradas por mujeres, la ogresa recibe el título “Lalla” (señora).

La vuelve respetable, no monstruosa

La coloca en el linaje de mujeres poderosas y refuerza la sororidad

Lalla Teryel suena perfecto para una ogresa que llora, aconseja y hace justicia.

Hay Ogresas sin nombre propio (muy habitual)

En muchísimos cuentos bereberes, la ogresa es simplemente:

“LA Teryel”

“LA Mujer Gigante”

“LA que vive bajo el árbol”

Es una marca de oralidad!

la ogresa representa una condición femenina extrema, no un individuo aislado.

Una recomendación para oralidad puede ser nombrarlas así:

Lalla Teryel, la ogresa del camino

O incluso:

Teryel, que Alá hizo grande para que nadie la golpeara!

La alianza entre mujeres distintas!

Espero que les sirva esta información. Ja

1. OGRESAS EN TRAD BEREBER NUNYA

SORORIDAD- MIL Y UNA NOCHES Y CUENTOS BEREBERES

NUNYA

“Nunya” aparece en el folklore bereber, pero con una aclaración importante: no es un nombre canónico tan difundido como Teryel, sino un nombre local, raro y profundamente oral, ligado a relatos del Atlas y del Rif, transmitidos sobre todo por mujeres.

Por ej. en el caso del libro de mi amiga Zoubida Maalem.

Un libro de editorial Miraguano sobre cuentos bereberes

También en varias recopilaciones orales (y en cuadernos etnográficos poco difundidos),

Nunya aparece como:

una ogresa o mujer sobrenatural

no devoradora, sino castigadora

asociada al camino, al borde del pueblo o a los árboles

a veces llora, a veces canta

vinculada a maridos violentos, pactos rotos y humillación masculina A diferencia de Teryel:

Nunya no es montañesa

es liminar: aparece en senderos, cruces, afueras

su poder no es la fuerza sino la vergüenza y el ridículo

El nombre “Nunya” no funciona solo como nombre propio. En varias lenguas amazigh:

está emparentado con raíces ligadas a:

el lamento

la queja cantada

el decir lo que no se dice

Por eso:

Nunya suele llorar en voz alta

su llanto atrae a mujeres

y expone a los hombres

no castiga matando, sino haciendo visible el abuso.

Nunya y la sororidad

+++

En algunos relatos:

Nunya no actúa sola

necesita que una mujer humana la aconseje

o que una mujer le enseñe castigos “domésticos”

juntas equilibran lo mágico y lo cotidiano

+++

la ogresa que transforma

la mujer que cocina

dos saberes femeninos aliados

¿Por qué casi no aparece en libros?

Porque:

es folklore femenino

transmitido fuera de la plaza pública

contado a niñas, nueras, vecinas

no recogido por orientalistas varones

Por eso su existencia es frágil pero real: vive en la voz, no en el canon.

+++

“Algunos la llaman Nunya,

otros dicen que no tiene nombre,

porque su llanto basta para reconocerla.”

+++

“Era Nunya, ogresa del camino,

a quien Dios dio lágrimas en vez de colmillos.”

LA PALABRA QUE ENTIENDE EL ELEFANTE ARLT


Allá por el año 1922 llegó a nuestra guarnición de Matalé el
capitán Braun. Recuerdo que en el club (un bungalow donde
paseaban libremente los sapos) se asoció la coincidencia de
su llegada a la muerte de míster Spruce, no porque el
capitán tuviera alguna responsabilidad en la muerte de
Spruce, sino porque todos estábamos archiseguros de que
míster Spruce hubiera tenido mucho gusto en conocer al
capitán Braun, cuyas habilidades de cazador nos habían
relatado sus camaradas. Spruce fue un certero cazador. Bajo
el fuego de su carabina habían caído tigres, jirafas, leones,
hipopótamos, leopardos y elefantes. Parecía que por sus
venas corría la sangre homicida de Nemrod, y personalmente
yo fui testigo de un suceso que no dejó de impresionarme y
en el que, como cuento, participó míster Spruce.
Con motivo de un pleito que un barbero le seguía en la
capital, tuve un día la que seguirle hasta Ceilán. Por la noche
fuimos al circo para presenciar el trabajo de una troupe de
leones amaestrados. Eran fieras domésticas, lanudas y
famélicas, sin capacidad de reacción. Un niño hubiera podido
entrar en la jaula que ocupaban. Sin embargo, cuando vieron
a míster Spruce se inquietaron de tal manera y comenzaron
a rugir con tanto furor, precipitándose contra los barrotes de
las rejas, que nuestro hombre se puso lívido de ira. Estoy
seguro de que en aquel momento lamentaba no tener a mano
su carabina para ametrallar a las pobres bestias.
¿Casualidad? Es muy posible, aunque a mi modo de ver
míster Spruce tenía la particular virtud de ser visto por las fieras, de irritarlas. Algún matiz de su físico, la luz de sus
ojos, la energía de su rostro, la encubierta brutalidad de sus
movimientos, revelaban al asesino de animales. Y digo
asesino porque es evidente que entre un hombre armado de
una magnífica carabina con balas explosivas y una fiera
acorralada, las de ganar no están de parte de la bestia.
Claro está que los cazadores se indignan y rechazan
semejantes imputaciones, negando terminantemente la
ferocidad de sus temperamentos. Pero tomad a un cazador,
habladle de una perspectiva de matanza y veréis cómo
pierde su habitual equilibrio y se estremece ante la promesa
de su gozo. Es la satisfacción de asesinar. Estos hombres
necesitan matar cualquier cosa viva…
Bueno; el caso es que el mismo día en que sepultaban a
míster Spruce, cazador, llegó a Matalé el capitán Braun,
cazador insigne.
El capitán Braun había residido un tiempo en el Congo belga,
viajando con una tropa de doscientos cargueros hasta las
fuentes de Nyanza. Era un hombre de gigantesca estatura,
manos enormes, brazos pesados y musculosos como troncos
de boas constrictores; en síntesis: una bestia del género
hombre, del tipo más peligroso que podía encontrarse bajo el
sol.
Sin embargo, era simpático. La totalidad de su armonía física
hacía que se le disculpara la inmensa barbarie que trascendía
de su configuración. Yo lo conocí en el cementerio, donde
llegó a tiempo para arrojar unos puñados de tierra en la
sepultura del matador de bestias. Míster Yelot, que estaba a
mi derecha, susurró:
—Míster Spruce baja al infierno agradecido.
A la vuelta, como era natural, bebimos alegremente, se
narraron aventuras y se habló de caza. Precisamente en esa
misma semana, a un nativo que residía algunas millas antes de llegar a Baticloa, un elefante le había destrozado la
plantación de arroz. Se sabía que era un elefante y no dos,
porque las huellas del animal habían quedado
esmeradamente impresas en el fango. La maligna bestia no
sólo se hartó de arroz, tragando todo el que podía embaular
en su inmensa panza, sino que, animado por una
voluptuosidad diabólica, destrozó íntegramente la plantación,
arrancando con su trompa enormes brazadas de tallos que
arrojó a la acequia pisoteándolos luego como si estuviera
cumpliendo un acto de personal venganza contra el
desdichado Ayoub Telbass, propietario de la plantación.
Ayoub Telbass, vista su desgracia, se presentó poco menos
que llorando ante el usurero Hsue Liang, a pedirle una
prórroga para pagar su deuda. El chino le respondió que se
dejaría arrancar las uñas de los pies y de las manos antes
que inferirle el menor daño a su vecino Ayoub Telbass; pero
que en cuanto a la deuda y los intereses, él, Hsue Liang,
lamentaba profundamente tener que comunicarle que no
contemplaría en manera alguna la destrucción que el
elefante había realizado en el arrozal.
Ayoub Telbass salió de la tienda del usurero poco menos que
enloquecido. Ayoub Telbass había asesinado a su padre y a
su madre, para poseer aquel trozo de tierra que ahora le
arrancaría de entre las uñas el miserable Hsue. Ayoub
Telbass, en aquellos momentos, pensaba en exterminar al
género humano.
Un criado de míster Spruce conversó con Ayoub Telbass y le
llevó la noticia de este desastre a su amo, que estaba en la
cama convaleciendo de un terrible ataque de apoplejía.
Míster Spruce (ignoro las causas) odiaba desesperadamente
al tunantón de Ayoub, y el júbilo que le produjo la noticia fue
tan fulgurante, que allí mismo, en la cama, se quedó tieso,
con las manos apretadas contra el corazón. Había muerto de
alegría.
Tal fue la historia que le contamos al capitán Braun, y éste,
después de conversar con los entendidos, llegó a la
conclusión de que el demoníaco elefante tenía su refugio en
la jungla, por el lado donde el río se bifurcaba en dos brazos,
formando la pantanosa extensión de Baticloa. Una milla antes
de la selva existían unos roquedales. El paraje era que ni
pintado para las exigencias de un elefante, pues si el
paquidermo quería agua limpia, sin tener que correr el
peligro de trabar relaciones con las mandíbulas de los
cocodrilos, podía bajar hasta el roquedal; en cambio, si la
bestia quería darse un baño de fango para acorazarse contra
la picadura de los mosquitos, el pantano y la selva
impenetrable casi estaban a un paso.
De todas maneras, no se trataba de un elefante local.
Posiblemente bajaba de las montañas, expulsado de su
manada. Hacía muchos años que en la región no aparecían
elefantes, y los hombres estaban olvidados de su caza.
Cierto es que cuando Braun fue a hablarles, todos se
manifestaron dispuestos a correr la aventura. Incluso algunos
trajeron sus lanzas para cazar al paquidermo, especie de
partesanas bárbaras con tremendas cuchillas de una yarda.
Pero cuando se trató de concretar, todos alegaron
ocupaciones variadas e inciertas. El único que se manifestó
dispuesto a participar en la cacería fue el desdichado Ayoub
Telbass. Como sabemos, motivos no le faltaban.
El capitán Braun convino que lo iría a buscar al arrozal,
donde, efectivamente, mucho antes que amaneciera se
encontraron.
Ayoub Telbass cabalgaba un espléndido mulo y se
acompañaba de una espingarda de caño largo. El capitán
Braun, que montaba un caballo, pensó para sus adentros que,
con aquel armatoste, Ayoub podía dedicarse a cazar
gorriones, no elefantes; pero calló sus deducciones.
Poco antes de llegar a la selva, se detuvieron en la
plantación de un francés, conocido por todos bajo el apodo de Mosiú. Mosiú se lamentó de no poder acompañarles,
porque con una pata de palo no podía ir correctamente a
cazar un elefante. Sin embargo, les acompañó varias millas,
pues el capitán y el árabe se vieron obligados a dejar su
cabalgadura en el corral del francés. El corral era el único
lugar que se había librado de la furia del paquidermo. En
mitad de la selva se desembarazaron de Mosiú, y de aquí en
adelante Braun y Ayoub Telbass siguieron por el camino
abierto por el paquidermo.
—Un ciego podría seguir el rastro —dijo Ayoub.
Y en cierto modo no le faltaba razón. Hacia donde se mirara
se veían árboles de tronco tierno quebrados, cuando no
arrancados de raíz, lo que les hacía suponer que el animal
era un voluminoso ejemplar solitario.
Días anteriores había llovido, y a pesar de la alta
temperatura que provocaba la rápida evaporación, los
caminos de la selva estaban tachonados de charcos. Una
especie de vaho azul subía hasta la copa de los árboles. En
ciertos tramos la selva tomaba la apariencia de un templo,
con la infinidad de sus columnas erguidas a extraordinaria
altura. Cuando los pájaros dejaban de chillar, los dos
hombres tenían la sensación de encontrarse en otro planeta.
Por donde se mirara se encontraban rastros de elefante, ya
impresos en el fango de los charcos evaporados, ya en el
sendero bárbaro, mutilado por su trompa. Abundaban las
ramas arrancadas y despojadas de sus hojas tiernas.
Tres horas después de haberse separado de Mosiú, los dos
hombres se detuvieron bruscamente. En un claro del bosque
yacía un tigre inmóvil. Braun y Ayoub Telbass se
aproximaron. La fiera debía hacer pocas horas que había
muerto. Estaba tendida sobre una sábana de sangre. Era
visible que había atacado al elefante.
El achocolatado Ayoub Telbass se puso gris del miedo.Si en toda cacería hay un momento que parece destinado a
vigorizar la voluntad de masacrar, el capitán Braun se
encontraba en este preciso momento. Había dejado de ser el
hombre resuelto que salió de Matalé, para transformarse en
una especie de fiera ensañada en la búsqueda de otra fiera.
De pronto cesaron las voces de los pájaros. Una llanura de
agua rechazaba la luz y se deshacía en espuma frente a unos
escalones de piedra inmóviles como un rebaño de
hipopótamos. Era el río. Desnudo, sentado bajo la copa de un
baobab, con la barba que le cubría las piernas, permanecía un
santón.
Braun no se dignó detenerse ante el hombre. Ayoub Telbass,
por un resabio de prudencia, le hizo un arqueado saludo y
continuó andando tras el capitán, que nuevamente descubrió
el rastro del elefante bajo la forma de grandes manchas de
sangre.
No cabía duda. El paquidermo debía estar gravemente herido
y Ayoub Telbass comenzaba a sentirse secretamente
contento. Por cierto que ninguno de los dos cazadores se dio
cuenta de que el santón del baobab había abandonado el
árbol y los seguía con paso elástico.
Braun no tuvo tiempo de retroceder. Enmarcado por una
cortina de sogas verdes, lo miraba malignamente un enorme
elefante rojo; tan manchado de sangre estaba. Braun se echó
la carabina a la cara y disparó. El elefante permaneció
inmóvil y, súbitamente, se desplomó como una catedral. Tras
él, empujado como por una fuerza plutónica, apareció otro
elefante. Ayoub Telbass lanzó un grito de espanto y,
arrojando su espingarda, echó a correr. Braun levantó otra
vez la carabina y disparó fríamente goloso; pero el elefante
no se detuvo, sino que continuó avanzando hacia él. Braun
quiso retroceder, tropezó en un tronco y rodó a un charco. El
elefante se agrandaba más y más en su rápida proximidad.
Ya estaba sobre él, resoplando neblinas de sangre, cuando el solitario desnudo se lanzó al camino y le echó una ristra de
sonidos inarticulados al hocico del animal. El elefante se
detuvo. Era algo extraordinario aquel viejo de larga barba y
piernas desnudas, increpando al elefante, que perdía
cascadas de sangre de junto a una oreja.
Braun alcanzó a recoger su carabina. El viejo seguía gritando
sus palabras mágicas ante el elefante, que, volviéndose
lentamente, se introdujo en la selva. Braun no se atrevió a
disparar contra el paquidermo. El viejo acababa de salvarle la
vida, pronunciando los “mantras del elefante” que, según la
fama, conocen algunos iniciados, y que consisten en una serie
de voces cuyo conocimiento se hereda. El animal que las
escucha está obligado a obedecer al que las pronuncia.
De pronto el elefante lanzó un berrido tremendo. Se apoyó
en un árbol y cayó. Estaba muerto.
Braun volvió la cabeza para buscar al santón y darle las
gracias. El viejo ya no estaba allí. Braun, pensativo, miró su
carabina y la arrojó al charco de fango; luego, con las manos
en los bolsillos, pensativamente, se volvió por donde había
venido. Silencioso, tras él marchaba Ayoub Telbass con su
inútil espingarda sobre el hombro.
Y esa fue la última vez que el capitán Braun salió a cazar.

ARLT TALLER VIRTUAL 2025 2

El hombre del turbante verde

El hombre del turbante verde

Roberto Arlt
A ningún hombre que hubiera viajado durante cierto tiempo por tierras del Islam podían quedarle dudas de que aquel desconocido que caminaba por el tortuoso callejón arrastrando sus babuchas amarillas era piadoso creyente. El turbante verde de los sacrificios adornaba la cabeza del forastero, indicando que su poseedor hacía muy poco tiempo había visitado la Ciudad Santa. Anillos de cobre y de plata, con grabados signos astrológicos destinados a defenderle de los malos espíritus y de aojamientos, cargaban sus dedos.

Abdalá el Susi, que así se llama nuestro peregrino del turbante verde, terminó por detenerse bajo el alero de cedro labrado de un fortificado palacio, junto a una reja de barras de hierro anudadas en los cruces, tras la cual brillaba una celosía de madera laqueada de rojo. Junto a esta reja podía verse un cartelón, redactado simultáneamente en árabe y en francés:

Se entregarán 10.000 francos a toda persona que suministre datos que permitan detener a los contrabandistas de ametralladoras o explosivos.

EL ALTO COMISIONADO

No bien el piadoso Abdalá terminó de leer esta especie de bando, cuando al final de la calle resonaron los gritos de un pequeño vendedor de periódicos italiano:

-¡La renuncia de Djamil! ¡Mardan Bey, primer ministro! ¡La renuncia de Djamil! ¡Mardan Bey, primer ministro!

Abdalá el Susi movió, consternado, la cabeza. Pronto comenzaría el terror. Pronto chocarían nuevamente extremistas y moderados. Alejose lentamente del cartelón, pegado junto a la celosía roja, diciéndose:

“No sería mal negocio pescar los diez mil francos”. Evidentemente, alguien estaba sembrando la campaña siria de ametralladoras livianas, que el diablo sabía de dónde brotaban. Un consulado de Damasco no era ajeno a esta infiltración. Por su parte, él, Adbalá el Susi, no creía absolutamente en nada, ni en la peregrinación a La Meca, ni en los anillos astrológicos ni en el turbante verde. Las luchas de nacionalistas y moderados le resultaban una estupidez. No tenía finalidad cambiar de amo: Llegado el momento, todos golpeaban a la cabeza con la misma frialdad. Lo importante era vivir y vivir sin hacer nada, bajo ese hermoso cielo africano. Con diez mil francos podían hacerse muchas cosas…

Nuevamente volvió la cabeza con disimulo. Nadie le seguía y ello le regocijó, porque su conciencia no estaba sumamente tranquila.

Su conciencia no se encontraba sumamente tranquila porque él había vivido en las más diversas regiones de África. Claro está que él no podía confesar desde el alto de un alminar cuáles eran los motivos que le indujeron hacía tres años a refugiarse en plena selva congolesa, donde muchos meses vivió penosamente, alimentándose con carne de elefante. Tampoco podía decir qué era lo que buscaba en los alrededores de Dahomey, donde se le vio atracarse como un miserable de horribles gusanos fritos o indigestarse de langosta seca en las puertas mismas de Fez, o pasearse como un cadí prevaricador por las calles de Túnez en un automóvil flamante.

Su existencia había sido variada y culposa. ¡Hasta llegó a ser miembro de una banda de ladrones de elefantes!

Ahora el decente turbante verde que adornaba su cabeza, la escrupulosamente limpia chilaba que con hacendosos pliegues revestía su flaco cuerpo, la renegrida barba que le caía sobre el pecho indicaban que Abdalá el Susi era un musulmán devoto, que no solo había cumplido con su peregrinación a La Meca, sino que también era muy probable que disfrutara de ciertas rentas.

Y efectivamente, las rentas de que Abdalá el Susi disfrutaba eran el producto de un robo de alhajas cometido en El Cairo, en perjuicio de una gorda y estúpida turista americana. Estas alhajas habían sido vendidas a un judío del ghetto de Tetuán; su propietaria no las encontraría jamás, mientras que él, Abdalá el Susi, con el producto de aquel robo podría aún vivir tres meses, sin necesidad de cometer ningún acto de violencia o astucia.

De pronto el tortuoso callejón se abrió como el tubo de un embudo en una plazuela, entoldado por el follaje de una vid. En el centro de este zoco se veía una fuente; el suelo, de puntiaguda piedra, estaba cubierto de sombras movedizas, y más allá, bajo un inmenso toldo amarillo, junto a un muro encalado, se abría la arcada de un café musulmán.

Sillas esterilladas invitaban a reposar. Siempre con paso grave llegó Abdalá el Susi hasta el toldo amarillo, y con respetable talante se instaló en un sillón, cruzándose de piernas. Encendió un cigarrillo y golpeó las manos. Un mofletudo muchacho con bombachas anaranjadas y un fez rojo, se detuvo frente a él; el Susi pidió café y luego comenzó a meditar.

Un imbécil, por ejemplo, se presentaría ahora mismo en la Alta Comisaría de Dimisch esh Sham para solicitar autorización al Alto Comisionado para descubrir a los contrabandistas, y los porteros y los covachuelistas de la Alta Comisaría, simultáneamente, en sus casas, en el café, en el mercado, dirían:

-Por fin se ha presentado un musulmán prudente que va a intentar descubrir a los contrabandistas de ametralladoras.

Y este musulmán prudente, como es lógico, antes de descubrir nada, moriría cualquier noche con el cuerpo hecho una criba de tiros y puñaladas. No, no, no. Abdalá el Susi no cometería ninguna de estas tonterías. Primero descubriría a los contrabandistas si podía y luego vería al Alto Comisionado.

El Susi echó la mano al bolsillo interno de su chilaba y extrajo un periódico de la mañana.

“Es evidente -decía el articulista- que los contrabandistas se valen de un nuevo medio para sacar fuera de las murallas de la ciudad las ametralladoras y los proyectiles.

“Hasta ahora, inútilmente han sido registrados los automóviles, los ejes de los carros, las más mínimas cargas que transportaban los bueyes, los camellos, los mulos y los campesinos. Todo aquel que sale fuera de las puertas de Dimisch esh Sham llevando el más insignificante paquete en sus manos está seguro de ser registrado. Todas las viviendas cuyas ventanas se abrían sobre las murallas habían sido desalojadas, las casas clausuradas y las ventanas tapiadas. Sin embargo, de la ciudad continúan saliendo respetables cargas de proyectiles para ametralladoras no solo livianas, sino pesadas, que se distribuyen entre los bandidos de la campiña.”

Por supuesto, “los bandidos” eran los líderes nacionalistas extremistas, que luchaban activamente, organizando a los campesinos para la próxima revuelta.

Un gandul se detuvo en la boca del zoco junto mismo al arco de la fuente y comenzó a gritar:

-¡La renuncia de Djamil! ¿Mardan Bey, primer ministro!

Abdalá el Susi, parsimoniosamente, volvió a doblar el periódico en ocho dobleces y se lo guardó entre el pecho y la chilaba. Su mirada, cargada de melancólica dulzura, volvió a posarse, complacida, sobre el arco encalado que se abría sobre una callejuela techada y tan estrecha que parecía un túnel enfardado de sombras azules.

De pronto, en lo alto de un alminar revestido de azulejos amarillos y negros, se vio recortarse la silueta de un hombre. El hombre del alminar, apoyándose en el antepecho sobre el vacío, gritó:

-Dios es grande. Yo atestiguo que no hay más que un Dios. Yo atestiguo que Mahoma es el Profeta. Venid a la oración. Dios es grande y único.

Precipitadamente, Abdalá el Susi abandonó su cómodo sillón de esterilla y, cayendo sobre sus rodillas en las ásperas piedras, se inclinó en dirección hacia La Meca, con los brazos extendidos delante de su cabeza, mientras pensaba:

-Me disfrazaré de Taleb.

Algunos días después de estas pacientes meditaciones podíamos encontrar a Abdalá el Susi sentado sobre una esterilla a la sombra del arco de ladrillo que forma la puerta de Sab el Estha. Frente a él, en una pequeña mesa laqueada de rojo, se veían algunos coranes forrados de pieles teñidas de diferentes colores, y a otro costado algunos pliegos de pergamino auténtico, con pequeñas bolsas de cuero rojo encima.

-Llevad un versículo del Corán, que os libra de enfermedades, falsos testimonios, aojamiento, muerte de ganado…

De tanto en tanto un campesino se acerca a Abdalá el Susi, y Abdalá el Susi escribe en un pergamino, con gruesos caracteres, un versículo del Corán, lo introduce en la bolsa de cuero rojo y se lo entrega al campesino que deja caer algunos cobres sobre la mesa.

-No te apartes nunca de él -le dice el Susi-. Tu ganado se multiplicará.

Mientras habla, el Susi no pierde de vista ni una sola de las personas que entran o salen por la puerta de Bab el Estha.

Yuntas de bueyes y rebaños de carneros pasan frente a sus ojos, vendedores con los pellejos de cabra repletos de aceite, campesinas con pilastras de carbón amarradas por juncos a los sobacos, barberos que se dedican a sangrar. Al lado mismo de Abdalá el Susi se instala un freidor de buñuelos que, de tanto en tanto, frente a la asombrada mirada de los queseros y floristas, arroja por los aires todos los buñuelos que contiene una sartén y luego los recoge sin perder uno. El mismo Abdalá el Susi está asombrado de no recibir una salpicadura de la nauseabunda grasa que utiliza el tunecino.

Con las piernas cruzadas sobre su esterilla, grave el talante y pensativa la mirada, Abdalá el Susi ve llegar los camellos agobiados bajo tremendas cargas con grandes manchones de alquitrán en su piel, para defenderlos de la sarna; pasan los cadíes de las tribus, en visita de ceremonial al Alto Comisionado, revestidos por magníficos albornoces escarlatas.

Pero si es fácil la entrada por la puerta, la salida es difícil. Todo aquel que lleva un bulto, un paquete o una carga es revisado implacablemente por los soldados de capa azul. Inútiles son las protestas de los campesinos, de los turistas. Para registrar a las mujeres de éstos, en una garita tras la puerta de ladrillo hay dos empleadas de policía.

Un día, irónicamente, un soldado le dice a otro:

-Los contrabandistas van desnudos.

Y ambos se ríen de la guasada.

El que no se rió fue Abdalá el Susi.

Con la frente grave bajo su turbante verde, el ex ladrón de elefantes medita envuelto en las nubes de polvo que levanta el ganado al entrar.

Conoce a todos los bribones de los alrededores. Ha identificado al entregador de una banda de asaltantes. Ha reconocido a un estafador inglés que se pasea jactanciosamente con un bastón de bambú y un casco de corcho. Pero él no está allí para ocuparse de bagatelas.

La frase de los dos soldados de capa azul continúa girando en su cerebro: “Los contrabandistas van desnudos”: Claro que es una burla. Pero una burla que no carece de sentido común. Al único hombre a quien los soldados jamás registran, jamás miran, es al mendigo miserable, que con algunos harapos sobre sus riñones, mostrando los huesos bajo la piel amarillenta o llagada, pasa extendiendo su mano. El único hombre a quien los soldados no registran es al hombre desnudo. Al mendigo de los aduares, que con el belfo colgante, la mirada extraviada, sentado junto al suelo, pasa frente a todos, con la pobreza de su repulsiva desnudez a la vista de todos. Pero Abdalá el Susi no deja descansar su pensamiento.

Repite: “Los contrabandistas van desnudos”. Porque es evidente que un hombre desnudo no puede ocultar una ametralladora, a menos que haya encontrado un procedimiento para tornar invisible la ametralladora, y este procedimiento no existe.

Pasan las yuntas de bueyes y los rebaños de moruecos, y las cabras saltarinas, y las carboneras del valle, y los campesinos de la vega, y los cadíes envueltos en sus magníficos albornoces escarlatas, con los bordes revestidos de una trencilla de oro, cantan los muecines a la hora eterna el pregón de la oración, y hace bailar el buñuelero sus buñuelos en la sartén, y Abdalá el Ladrón está allí, sentado sobre su polvorienta esterilla amarilla, repitiéndose por milésima vez.

-¿Cómo puede un hombre desnudo pasar de contrabando una ametralladora sin que se le descubra?

De pronto, el hombre del turbante verde levanta la vista. Es la tercera vez que, frente a sus ojos, pasa ese mendigo, desnudo casi, montado en un borriquillo que apenas se puede mantener en pie. El mendigo tiene la cabeza arrollada en un trapo, y los restos de un pantalón, y el pecho desnudo.

Siempre que este andrajoso entra por la mañana, sale por la tarde, acompañado de algún otro mendigo, tan haraposo como él, tan desnudo como él.

-Estos son los hombres que pueden llevar las ametralladoras de contrabando -le dice Abdalá al teniente francés, que, detenido frente a él, escucha su hipótesis.

-Verás -asegura Abdalá-. Esta tarde, antes de que cierren las puertas de la ciudad, ellos saldrán, los dos desnudos, montados en su borriquito con una ametralladora de contrabando. Y no te extrañes, teniente, si es una ametralladora pesada.

El teniente Levil se aleja de la puerta de Bab el Estha, sonriendo escépticamente. Pero no faltará a su palabra. Esta tarde, con algunos hombres, estará allí para hacerle el juego a ese endiablado sujeto del turbante verde.

Efectivamente, a la caída del sol, el pordiosero que entró semidesnudo a la ciudad montado en un borriquillo, viene acompañado de otro mendigo, también semidesnudo, montado en un borriquillo.

Los dos vagabundos llevan sus pies arrastrando junto al suelo, el cuerpo inclinando sobre el cuello de sus borriquillos sarnosos, un harapo caído sobre la espalda.

El teniente Levil se acerca a Abdalá el Ladrón y le dice:

-Allí están tus hombres.

Entonces, Abdalá el Susi se incorpora de un salto, se acerca a uno de los dos pordioseros y de un puñetazo trata de derribarlo del borrico. El viejo que recibe el puñetazo de Abdalá no se cae del borrico, se inclina a un costado, y permanece allí inerte, mientras que el otro trata de escapar, pero es sujetado por los hombres del teniente Levil.

Entonces Abdalá el Susi le dice al teniente:

-Mira. Han atado a un muerto al borrico. Dentro del pecho del muerto viene oculta una ametralladora.

Y corriendo un andrajo muestra un largo corte en el pecho del cadáver robado.

ARLT TALLER VIRTUAL

2025

UN CHISTE MORISCO

textos.info

Un Chiste Morisco

Roberto Arlt


Cuento


Abdul el Joven, encaramado en lo alto del camello, se dejaba llevar hacia Tánger. Le parecía ver todas las cosas como desde el repecho de una torre.

Había salido de Larache, hecho noche en Arcila y, ahora, bajo el sol de primavera, se acercaba a Tánger conjugando unos verbos holandeses.

Las camellos, avanzando con largas zancadas, en el extremo de su cuello encorvado movían sus cabezas de reptiles hacia todas las direcciones, como si les interesara extraordinariamente lo que ocurría en la carretera y los sembradíos laterales. Pero a los costados de la carretera no ocurría nada extraordinario. De tanto en tanto, pesados, enormes, pasaban vertiginosos camiones cargados de mercadería, y Abdul el Joven pensaba que el tráfico de carga económica servido por camellos no se prolongaría durante mucho tiempo.

¡Malditos europeos! ¡Lo destruían todo!

Abdul el Joven venía pensando en numerosos problemas. Aparentemente estaba al servicio de Mahomet el Sordo, pero, secretamente, trabajaba para Alí el Negro. Alí el Negro había vivido durante cierto tiempo en Francia y se había jugado la piel muchas veces al servicio de Abd El Krim Jartabi. Evidentemente, Alí el Negro estaba vinculado al gran movimiento panislámico y algún día moriría ahorcado, apuñalado o ametrallado por algún terrorista europeo.

“—Tú irás muy lejos —le decía Alí el Negro a nuestro joven camellero—. Eres más astuto que una mujerzuela y hablas el inglés. ¡Quién hablara el inglés! Prepárate a sustituirme aquí en Tánger para cuando me asesinen, pero no te olvides que todavía te falta mucho que aprender. ¿Cómo distinguirías un vulgar trabajo de cemento de un clandestino preparativo de fortificación? ¿Cómo distinguirías una apócrifa cancha de tenis de la base de cemento para una pieza de grueso calibre? ¿Cuándo vas a aprender a usar el telémetro y el teodolito? Lo único que conoces es el inglés, porque tu honorable padre, posiblemente en un momento de locura, te obligó a estudiarlo.

Como Abdul el Joven no tenía nada que hacer, escuchaba respetuosamente estos discursos de su tío, y Alí el Negro, con la boquilla de su narguile prendida entre los carnudos labios, proseguía, al tiempo que olía, una rosa amarilla:

—Acuérdate de estudiar el holandés, que es el idioma de toda el África. Aprende el alemán también, si puedes. Mézclate con el pueblo. Vive constantemente con el pueblo. Mientras no puedas pasar por un cargador de agua, por un domador de serpientes, por un bebedor de fuego, no serás un perfecto espía. A tu próxima vuelta de Larache te tendré alistado un hombre que te enseñará a domesticar serpientes. Ello te será muy útil.

Bajo un sol de fuego que iluminaba los ondulantes prados herbosos, Abdul el joven venía conjugando verbos holandeses y recordando al mismo tiempo estas conversaciones con Alí el Negro. De paso, meditaba en una extraña confidencia que le había hecho un agente de Alí el Negro.

Fue en Arcila. Hacía ya horas que había salido de Arcila. El agente de Alí el Negro en Arcila vivía a unos pasos del famoso y abandonado palacio del cherif Muley Hamed. No lejos del palacio del cherif había un tinglado, y bajo el tinglado un montón de paja. Allí, sentados en cuclillas sobre la paja, se reunían los conductores de camellos, esquiladores de burros y campesinos de los alrededores. En tanto que los haraposos, con el pelo remojado, esperaban a que les afeitaran la cabeza, el barbero que trabajaba al servicio de Alí el Negro solía escuchar, aparentando indiferencia, curiosas noticias e interesantes informes. Luego, diligentemente, los transmitía a su amo.

Pues bien; Abdul el Joven fue y se sentó en cuclillas bajo el tinglado. Un adolescente de labios rojos se acercó a Abdul, le besó con familiaridad en la boca y luego le remojó la cabeza. A continuación, con su gran navaja, se le acercó el barbero, y mientras le afeitaba la cabeza, le susurró al oído:

—Comunícale a Alí el Negro que hace dos semanas viven aquí dos extranjeros. Son alemanes. No se mueven de la costa y meten sus coloradas narices en todos los rincones del río Lecuss. También puedes decirle que el otro día estuvo aquí con ellos Mahomet el Tangerino…

—¿El de la cicatriz en la cara?

—Sí. ¿Lo conoces?

—Hermano, creo que lo conozco.

—Bueno, Aboulcasin se hizo el encontradizo con los hombres de la nariz colorada en la playa, y estuvieron toda la mañana charlando allí, tendidos al sol como tres tiburones.

—Cuidado con mi cabeza.

El barbero se alejó unos pasos, observó el afeitado cráneo de Abdul, y le dijo:

—Estás más hermoso que una hurí.

Abdul sonrió y, luego de arrojarle unos cobres, salió. Varias ideas giraban en su cabeza. ¿Qué tendría que ver Mahomet con los alemanes? ¿Qué significaba ese paseo de cuarenta kilómetros de Tánger a Arcila? Mahomet no era hombre que se costeara tan lejos para recrearse con el paisaje del agua. Si quería ver agua tenía de sobra con el paisaje de Tánger. Allí había gato encerrado. Mahomet se entendía con los hombres que parecían alemanes. ¿Qué significaba eso?

Mahomet tenía un bacalito, un puesto de seda en la Luneta de Tánger. Pero más de una extranjera se detenía frente al bacalito de Mahomet a mercar seda y a dejar entre las pesetas de papel órdenes escritas. Y, ¡oh casualidad!, Abdul el Joven era amigo de una de las tres mujeres de Mahomet. Las esclavas de Mahomet y las dos mujeres de Mahomet sabían que su marido y amo era engañado por su tercera esposa; pero, con ese inquebrantable sentido de la solidaridad que existe entre las mujeres musulmanas, ninguna delataba la infidelidad de Amina. ¡Antes hubieran soportado el tormento!

Abdul sabía que había cubierto de deshonor la casa de Mahomet y, que si eran descubiertos, él y Amina sólo podían esperar la muerte. Pero jamás hubiera sospechado que Mahomet se dedicara al espionaje. La información del barbero era extraordinaria. ¿Y si él utilizara a Amina para que le sonsacara la verdad a su marido?

El adolescente le alcanzó una jofaina de cobre y Abdul se lavó la cabeza; pero mientras se enjabonaba pensaba en lo que diría Alí el Negro cuando se enterara de semejante novedad. ¡Mahomet el Sedero trabajando de espía!

Lo más curioso del caso es que nadie estaba informado en Tánger de la salida de Mahomet hacia Arcila. Una hora atrás Abdul se había cruzado con un agente de Alí el Negro que iba hacia Larache, y el agente no sabía que Mahomet estaba ausente de Tánger. ¿Cómo había escapado Mahomet a la vigilancia que controlaba la salida de todos los hombres desde Tánger hacia las afueras? Sin embargo, Mahomet no podía haber salido volando de Tánger. Únicamente que hubiera partido muy tarde por la noche, por el lado del barrio europeo, y embarcado en una lancha. Eso era probable. Existían en su partida una serie de particularidades raras a investigar. ¿Quién mejor que Amina, la tercera esposa de Mahomet, podía informarle?

Al caer de la noche llegó Abdul a Tánger. Dio cuenta de todas las peripecias del camino a su amo el Sordo; luego, cautelosamente, se dirigió a la casa de Alí el Negro.

Lo encontró apoltronado entre cojines en su jardín, bajo el tupido ramaje de un cedro, leyendo el Corán y fumando su eterno narguile. Abdul sentóse junto a él y dijo:

—¿Sabes quién está complicado en amistad con los alemanes de Arcila?

—No.

—Mahomet el Sedero de la Luneta.

—No.

—Sí.

A continuación Abdul le narró al Negro todo lo que había observado el barberillo de Arcila, mientras arrastraba sus babuchas frente al pórtico del palacio del cherif Muley Hamed.

—¿Cómo iría hasta Arcila? —murmuró el camellero.

—Salió por mar —repuso el Negro—, Ahora me acuerdo que un hermano de Mahomet tiene una finca en las mismas orillas del mar en Arcila. —Y pensativamente, agregó:— Los dos hermanos deben trabajar para los alemanes. ¡Nunca lo hubiera creído! ¿Quieres fumar un narguile?

Abdul levantó la cabeza. Una constelación titilante de luces azules brillaba en la altura de la noche. Pensó en los besos de Amina y dijo, sentencioso:

—Tío, no cambies nunca los besos de una jovencita por las graves palabras de un sabio.

Y sonriendo, besó la mano de su tío y salió.


Mahomet, el sedero de la Luneta, estaba sentado a una mesa del bar de Benavides el Renegado, junto a Mahomet estaba Baba, el estudiante de teología, y Beddrin Hassán, el propietario de una flamante línea de camiones que hacía el servicio entre Tánger y Ceuta. Los tres eran moros y los tres decían, el uno del otro, cuando hablaban a sus amigos cristianos:

—Fíate de un moro cuarenta años después que se haya muerto.

Sin embargo, un espía sabe que siempre algo conveniente se encuentra en el trato de hombres de diversa profesión, aunque a veces se oculta entre esa gente aquél que puede arrastrarlo hasta la muerte.

De pronto, a pedido de Baba el Estudiante, la orquesta, refugiada en el fondo del café bajo una arcada, comenzó a tocar el plañidero Ya asafi. La melodía era tan triste que, súbitamente, el rostro de los tres hombres se cubrió de gozosa angustia. Beddrin Hassán no pudo contenerse y comenzó a canturrear la letra de la canción:


“¡Cómo recuerdo el pasado distante! ¡Oh, Alá; oh, Alá!
¿Qué se han hecho de aquellos días de alegría,
de aquellas tardes y noches de placer dulcísimo?
¡Oh, morada de Andalucía que abandonamos,
no podremos olvidarte nunca!”


Canturreaba Beddrin Hassán y canturreaba el estudiante y, a pesar de su gravedad, el sedero no se pudo sustraer al deseo de acompañarles, y con voz grave se sumó a la canción. En aquel momento se olvidaron de sus bribonadas, y de sus bellaquerías, y de sus intereses, y la penetrante música del Ya asafi estuvo en sus corazones como la mirada negra de una muchacha que ansia ser besada en la boca.

“¡Oh, morada de Andalucía que abandonamos, no podremos olvidarte nunca!”, repetían ahora los tres hombres.

De pronto, los labios de Mahomet se cerraron. Allí, junto a la mesa, barbudo, infamante, estaba el mendigo Namiah.

—¡Dadle una caridad a este pobre huérfano, oh, creyentes! En el día de la Resurrección, esa caridad pondrá a vuestra derecha el libro de las buenas acciones.

Fríamente Beddrin Hassán le arrojó un cobre al mendigo, y éste salió. Algunos minutos después Mahomet recordó una olvidada obligación y se despidió de sus amigos. El estudiante de teología dijo entonces al propietario de los camiones:

—Ten por seguro que ha ido a reunirse con el mendigo.

Efectivamente, el haraposo Namiah se había detenido en el hueco de un pórtico. Refugióse allí, donde nadie lo podía ver; y cuando Mahomet se le acercó, le dijo:

—Escúchame, señor. Abdul, el camellero, está cubriendo tu casa de deshonor.

Una llamarada de fuego subió hasta las sienes del sedero.

Miró en derredor. En el recodo de la callejuela oscura no había presente nadie. ¿Y tras de las persianas? Se volvió cautelosamente hacia Namiah. Tratando de ganar tiempo para ordenar sus pensamientos, repuso:

—¿Estás seguro de que era Abdul? ¿No te habrás equivocado? ¿Comprendes la magnitud del testimonio que estás levantando contra un creyente?

Namiah se retorció bajo su chilaba andrajosa como si un cólico le desgarrara las entrañas, e insistió:

—¡Oh, gloria del Magreb! ¿Cómo puedes dudar de mi palabra? ¿No te he servido siempre tan devotamente como un humildísimo perro?

Mahomet, con sus renegridos ojos de traficante cauteloso, volvió a mirar en derredor. Allá, a veinte pasos del entrante donde ambos estaban refugiados, tras los nudos de una reja, se recortaban los rombos de una persiana espesa. ¿Estaría espiándole desde allí alguna mujer? El mendigo, impaciente, le observaba, esperando su recompensa con tanta avidez que ya se veía a sí mismo en un puesto de pescado mercando un grueso trozo hervido en aceite e hincándole los dientes.

—Abdul. Abdul el camellero. No es posible, Namiah…

—Te lo juro por las barbas del profeta, señor. El mismo. Con una magnífica chilaba y perfumado como una mujerzuela de la Luneta.

Sin embargo, no en vano Mahomet trabajaba de espía. Retorció su furor apretando los dientes y, oprimiendo sobre la chilaba una mano contra su corazón, calculadamente despacio, susurró:

—¿Quién lo sabe además de ti?

—Nadie, señor.

—¿Y cómo sabes que Abdul está en mi casa?

—La puerta del jardín de tu casa se abrió cuando yo pasaba y él entró.

El sedero se mesó la barba: el mendigo podía hablar. Echó la mano a la faltriquera para sacar algunas monedas y extrajo una pequeña bolsita atada. El mendigo comenzó a desatarla, y el puñal del sedero rebrilló su curva en el aire, enganchó con su punta el corazón del haraposo y se retiró. El mendigo se apoyó, temblando, contra el muro, con la bolsa aún entre sus manos. Mahomet le retiró delicadamente la bolsa, volvió el cuchillo a su vaina frente al moribundo, que lo miraba desencajado, y se apartó. Cuando Mahomet volvió la cabeza, Namiah estaba tendido en el suelo en el último sueño.

El sedero se dirigió a su casa. La ley era explícita. Podía condenar a muerte a cualquiera de sus tres mujeres que le fuera infiel, y podía hacerlas ejecutar en su casa, o en la casa del padre de la infiel, contratando los servicios del verdugo. También la ley lo autorizaba a ejecutar al maldito camellero. Sin embargo, la prudencia no dejó de hacer escuchar su llamado.

Si mataba al camellero, perdería el único cabo que le permitiría establecer quién era el organizador del espionaje nacionalista en Tánger. Sin embargo, el furor que encrespaba sus pensamientos era tan recio, que sus ojos lucían como los de un leproso. La esclava de Amina tuvo apenas tiempo de entrar en la habitación donde Amina y el camellero Abdul se reían cara a cara, recíprocamente enganchados por sus brazos:

—¡Estrella de la mañana, que llega el león encrespado!

—¡Me han delatado! —rugió Abdul.

—¡Cállate, fuego del paraíso! —suspiró Amina, y besándolo en la boca lo empujó hacia un arcón—. Métete allí.

Ella misma levantó la tapa, y Abdul empalideció al penetrar en aquel pozo de madera que podía ser su ataúd. Amina bajó la tapa, extendió el tapiz y se dejó caer en su sitial, donde continuó un bordado abandonado. Siniestramente pálido apareció el sedero tras de una cortina. Amina comprendió que estaba descubierta. El sedero miró en derredor. Amina se levantó, avanzó hasta su dueño, le tomó la mano derecha y se la besó. Luego le dijo, sonriendo:

—¡Oh, mi señor, si llegas un minuto antes encuentras aquí a mi amante!

Mahomet dio un salto hacia atrás y echó mano a su puñal.

—Pero como has llegado un minuto después, tuve tiempo para esconderlo en ese arcón.

Con paso inseguro y mirada torva, Mahomet se dirigió al arcón, pero entonces la carcajada de Amina estalló tan vibrante, que el sedero se detuvo como si hubiera recibido un latigazo en el rostro, mientras que su tercera esposa le decía:

—¡Ah, hombre crédulo entre los hombres crédulos! Has creído en una mentira y perdiste tu sabiduría. Paga la pena. Vete inmediatamente a la tienda de Masud y cómprame un pañuelo de seda verde que tiene bordados un ruiseñor de oro, una rosa de plata y un clavel de sangre.

El sedero retrocedió, sonriendo. El honor estaba salvado. Entonces, con el corazón rezumando un odio que lo enloquecía, respondió amablemente, deseando huir de allí:

—¡Oh, gloria de las esposas fieles! He perdido la sabiduría y pagaré mi falta. ¿Has dicho que es…?

—En la tienda de Masud. Un pañuelo…

CHEJOV 2025

EL álbum. Chejov

Anton Chejov

El consejero administrativo Kraterov, delgado y seco como la flecha del Almirantazgo, avanzó algunos pasos y, dirigiéndose a Serlavis, le dijo:

-Excelencia: Constantemente alentados y conmovidos hasta el fondo del corazón por vuestra gran autoridad y paternal solicitud…

-Durante más de diez años -le sopló Zacoucine.

-Durante más de diez años… ¡Jum!… En este día memorable, nosotros, sus subordinados, ofrecemos a su excelencia, como prueba de respeto y de profunda gratitud, este álbum con nuestros retratos, haciendo votos porque su noble vida se prolongue muchos años y que por largo tiempo aún, hasta la hora de la muerte, nos honre con…

-Sus paternales enseñanzas en el camino de la verdad y del progreso -añadió Zacoucine, enjugándose las gotas de sudor que de pronto le habían invadido la frente. Se veía que ardía en deseos de tomar la palabra para colocar el discurso que seguramente traía preparado.

-Y que -concluyó- su estandarte siga flotando mucho tiempo aún en la carrera del genio, del trabajo y de la conciencia social.

Por la mejilla izquierda de Serlavis, llena de arrugas, se deslizó una lágrima.

-Señores -dijo con voz temblorosa-, no esperaba yo esto, no podía imaginar que celebraran mi modesto jubileo. Estoy emocionado, profundamente emocionado, y conservaré el recuerdo de estos instantes hasta la muerte. Créanme, amigos míos, les aseguro que nadie les desea como yo tantas felicidades… Si alguna vez ha habido pequeñas dificultades… ha sido siempre en bien de todos ustedes…

Serlavis, actual consejero de Estado, dio un abrazo a Kraterov, consejero de estado administrativo, que no esperaba semejante honor y que palideció de satisfacción. Luego, con el rostro bañado en lágrimas como si le hubiesen arrebatado el precioso álbum en vez de ofrecérselo, hizo un gesto con la mano para indicar que la emoción le impedía hablar. Después, calmándose un poco, añadió unas cuantas palabras muy afectuosas, estrechó a todos la mano y, en medio del entusiasmo y de sonoras aclamaciones, se instaló en su coche abrumado de bendiciones. Durante el trayecto sintió su pecho invadido de un júbilo desconocido hasta entonces y de nuevo se le saltaron las lágrimas.

En su casa lo esperaban nuevas satisfacciones. Su familia, sus amigos y conocidos le hicieron tal ovación que hubo un momento en que creyó sinceramente haber efectuado grandes servicios a la patria y que hubiera sido una gran desgracia para ella que él no hubiese existido. Durante la comida del jubileo no cesaron los brindis, los discursos, los abrazos y las lágrimas. En fin, que Serlavis no esperaba que sus méritos fuesen premiados tan calurosamente.

-Señores -dijo en el momento de los postres-, hace dos horas he sido indemnizado por todos los Tsufrimientos que esperan al hombre que se ha puesto al servicio, no ya de la forma ni de la letra, si se me permite expresarlo así, sino del deber. Durante toda mi carrera he sido siempre fiel al principio de que no es el público el que se ha hecho para nosotros, sino nosotros los que estamos hechos para él. Y hoy he recibido la más alta recompensa. Mis subordinados me han ofrecido este álbum que me ha llenado de emoción.

Todos los rostros se inclinaron sobre el álbum para verlo.

-¡Qué bonito es! -dijo Olga, la hija de Serlavis-. Estoy segura de que no cuesta menos de cincuenta rublos. ¡Oh, es magnífico! ¿Me lo das, papá? Tendré mucho cuidado con él… ¡Es tan bonito!

Después de la comida, Olga se llevó el álbum a su habitación y lo guardó en su secreter. Al día siguiente arrancó los retratos de los funcionarios, los tiró al suelo y colocó en su lugar los de sus compañeras de colegio. Los uniformes cedieron el sitio a las esclavinas blancas. Kolás, el hijo pequeño de su excelencia, recortó los retratos de los funcionarios y pintó sus trajes de rojo. Colocó bigotes en los labios afeitados y barbas oscuras en los mentones imberbes. Cuando no tuvo nada más para colorear, recortó siluetas y les atravesó los ojos con una aguja, para jugar con ellas a los soldados. Al consejero kraterov lo pegó de pie en una caja de fósforos y lo llevó colocado así al despacho de su padre.

-Papá, mira, un monumento.

Serlavis se echó a reír, movió la cabeza y, enternecido, dio un sonoro beso en la mejilla a Nicolás.

-Anda, pillo, enséñaselo a mamá para que lo vea ella también.