Ogoa. Cuento africano

Africa mía!

Antes de que el hombre existiera, en la tierra no había más que un árbol alto y frondoso en medio de una llanura. Retumbó el trueno y el relámpago rasgó el cielo.

Entonces, por la grieta hicieron descender una mesa, una silla y una piedra celeste, y descendió también la Madre, Woyengi.

Se sentó en la silla, apoyó los pies en la piedra celeste y puso sobre la mesa arcilla mojada, y con esta arcilla modeló a los humanos.

Dijo a cada uno: –Puedes ser una mujer o un hombre. Escoge. Todos escogieron. Después preguntó a cada hombre y a cada mujer, uno por uno, qué clase de vida, de bienes y de desgracias quería tener. Uno quiso riqueza y otro hijos; otro una vida breve y otro una vida larga, y todos escogieron sus penas entre los males que afligen la tierra. A cada uno le dijo ella: –Lo que tú quieres será.

Entre las personas que Woyengi creó había dos mujeres casi hermanas por lo amigas que eran. Una había deseado hijos fuertes y ricos. La otra no había querido nada de lo que hace la felicidad corriente de las mujeres, sino que había pedido grandes poderes mágicos. Su nombre era Ogoa.

Las dos muchachas crecieron en la misma aldea y en el mismo callejón. Después una de ellas tuvo un hijo, dos hijas y otro hijo. Ogoa fue una buena madrina para ellos. Se había hecho célebre y famosa. Sabía curar, sabía matar, entendía el lenguaje completo de  los animales y leía los pensamientos de la gente, incluso lejana. Sin embargo, estaba triste. Quería a sus ahijados, se ocupaba de ellos, pero le hubiera gustado tener hijos propios. Ahora bien, no los tenía y eso le causaba pesar en su corazón.

Entonces decidió volver junto a Woyengi para que la creara de nuevo y cambiara su destino. Metió en un saco sus secretos, sus poderes, sus magias invencibles, y un día se fue camino adelante. Viajó largo tiempo, atravesó la sabana, llegó al bosque y se adentró decidida entre las zarzas y los matorrales. Sobre este país frondoso reinaba un poderoso rey: Isembi, el hombre verde.

Una tarde, cuando caminaba a la sombra del bosque, oyó que alguien andaba pesadamente detrás de ella. Se volvió y vio venir a Isembi, que le dijo: –¿Eres tú esa Ogoa de la que todo el mundo habla?

Ella contestó: –No hay más que una Ogoa, y esa soy yo. –Entonces ven a mi casa. Eres mi invitada.

Se fueron juntos, bebieron vino de palma y comieron liebres.

Isembi preguntó: –¿Dónde vas, Ogoa? El camino que sigues no conduce a ninguna parte. Ogoa respondió: –Mira, soy una mujer. Querría tener hijos. Voy a ver a Woyengi para que vuelva a crearme y cambie mi destino. –Tu viaje no te servirá de nada. Ningún ser de aquí abajo puede ver a Woyengi. –Poseo poderosos poderes. –No bastarán. –¿Quieres experimentarlos? No valen menos que los tuyos.

Isembi contestó: –Vamos al claro a medir nuestras fuerzas. Se fueron al claro del bosque. Bajo el sol que se movía a través de las hojas, Isembi recitó sus fórmulas más importantes y el saco de Ogoa se vació enseguida. Sus poderes, sus secretos y sus magias se evaporaron como humo en el viento.

Ogoa, a su vez, dijo sus encantamientos y dio vueltas sobre la tierna hierba. Sus poderes, sus secretos y sus magias volvieron a ella. Invocó otra vez a las potencias oscuras. Los poderes, los secretos y las magias de Isembi se juntaron a los suyos. Dio vueltas de nuevo, con los brazos abiertos, sobre la hierba. Isembi cayó muerto.

Ella recogió su saco y se lo echó al hombro. Cuando se iba, la mujer de Isembi la retuvo por el brazo. –Devuélvele la vida a mi marido. La has tomado para nada. –Se la devuelvo, mujer –contestó Ogoa. Le tocó la frente e Isembi se despertó.

Ella siguió su camino. Sin parar de andar, pronto llegó a la ciudad de Egbé. Allí había una cabaña adornada como un palacio. En el umbral se hallaba un hombre. Cuando ella atravesaba la plaza a toda prisa, le dijo: –¿Eres tú esa Ogoa de la que todo el mundo habla?

Ella contestó: –No hay más que una Ogoa, y esa soy yo. –Yo soy Egbé, el rey de aquí. La fama de tus poderes ha llegado hasta mí. Eres mi invitada. Sobre esteras de mimbre le sirvieron vino y asado de antílope.

Al final del festín, Egbé le preguntó: –¿Dónde vas, Ogoa? –Me gustaría quedarme embarazada y dar a luz. Me gustaría dar el pecho. Me gustaría ser madre. Voy a ver a Woyengi para que vuelva a crearme. –Ningún viviente ha podido nunca ver a Woyengi –le dijo el rey Egbé–. Sólo pueden verla los muertos, que regresan a ella. Tu viaje no te servirá de nada. Ella le contestó que hablaba como un hombre de corazón mezquino y miedoso, y le desafió. Él se encolerizó. Salieron al patio donde rugía el viento.

Egbé dijo sus fórmulas y sus  encantamientos y el saco de Ogoa, vaciado de sus poderes, se desplomó como un odre fláccido. A su vez, Ogoa cantó, giró en el polvo que se había levantado, y su saco se volvió a inflar, lleno de nuevo. Sus poderes volvieron a ella junto con los de Isembi y también los de Egbé, y Egbé cayó muerto. Su esposa acudió dando alaridos, con los brazos hacia el cielo. –Seca tus lágrimas, mujer –le dijo la viajera. Tocó la frente de Egbé y Egbé se despertó. Ogoa dejó atrás la ciudad y llegó a la playa al borde del océano. Avanzó entre las olas y entonces oyó una voz fuerte y ruda. Y esta voz le dijo: –Yo, el vasto océano, me trago a quien me hace frente.

Ella le contestó: –Estoy sola en el mundo. Me llaman «Ogoa la sin hijos». Voy a ver a Woyengi, y tengo que pasar. El agua le llegó a los tobillos, a las rodillas, a la cintura. Pero siguió adelante, sin preocuparse por su vida. El agua le llegó al pecho. Avanzó más, pensando: «Voy a morir», evocando en su corazón a los hijos que no había tenido. El agua le llegó a la barbilla. Entonces gritó: –¡Vasto océano, escucha! Y cantó con fuerza sobre las olas sus cantos secretos. El mar se retiró, primero hasta la cintura y luego hasta sus rodillas. Entre dos murallas de agua gris apareció un camino seco. Y por ese camino seco alcanzó la tierra que estaba más allá del mar.

Allí no había ningún hombre. Sólo un ser habitaba en ese reino desnudo. Era el dios Ada. Vio venir de lejos a Ogoa por la llanura y avanzó hacia ella. –¿Eres tú esa Ogoa de la que todo el mundo habla? –No hay más que una Ogoa, y esa soy yo. Él le tendió la mano, la llevó a su cabaña y le ofreció un festín de deliciosos manjares. –¿Qué vienes a hacer aquí? –preguntó finalmente. –Quiero ver a Woyengi, nuestra primera Madre. –Vuelve a tu casa. Nadie puede ver a Woyengi. Ni tú, ni yo, ni nadie. –Un gran deseo me embarga: dar a luz un hijo. Si quieres impedir que siga mi camino, ese deseo te abatirá. Ada pensó, sorprendido: «¿Quién será esta mujer que quiere medirse con la fuerza de un dios?».

Ogoa añadió: –¿Tienes miedo, dios Ada? Enseguida se fueron a la llanura desierta. Por la fuerza del dios, la cabeza de Ogoa se desprendió de su cuerpo y subió al cielo como una bola de hierba en el torbellino; pero su cuerpo permaneció derecho, como un tronco de árbol sobre la hierba rasa, y la cabeza volvió a bajar muy pronto y se colocó sobre el cuello, en su sitio. Entonces la voz de Ogoa retumbó en el azul del cielo y la cabeza del dios abandonó sus hombros poderosos. A medida que la cabeza se elevaba, el canto de Ogoa se volvía aún más bronco. El cuerpo del dios Ada se tambaleó y cayó. La cabeza, al descender, rodó por el polvo. Todos los poderes del dios salieron de su cuerpo y entraron uno a uno en el saco de Ogoa, y Ogoa se marchó, encorvada bajo el fardo de sus magias conquistadas.

Viajó sin descanso hasta la última roca de la llanura. Allí había un gallo, que dijo a Ogoa: –No irás más lejos. –Iré –respondió Ogoa–. Quiero ver a Woyengi. El gallo le contestó: –Más allá de esta roca no hay ningún otro país. Yo vigilo la frontera entre los dos reinos, el del Todo y el de la Nada. Vuelve, mujer. Nadie puede ver a Woyengi, nuestra Madre. Ogoa se quedó quieta y no respondió. El encantamiento brotó de repente de su garganta. Entonces la roca se puso a arder y el gallo que estaba sobre ella se abrasó y no fue pronto más que un humo que se escapa.

Cuando el humo se disipó, Ogoa descubrió ante ella un gran campo. En medio del campo había un árbol alto y fuerte. Anduvo hasta él y se escondió entre sus raíces, semejantes a enormes serpientes. Esperó cinco días y entonces vio que el cielo se cubría de nubes. Retumbó el trueno y el relámpago rasgó el espacio. Por la hendidura vio bajar una mesa, y vio una silla y una piedra celeste. También vio a Woyengi que bajaba del cielo. La vio modelar humanos sobre la mesa, y hacerlos hombres y mujeres, y poner a cada uno en el camino de su vida. Cuando la mesa se quedó vacía, la limpió y la lanzó al aire, por encima de las nubes, con su silla y su piedra celeste. Después se acercó al árbol y dijo con dulzura: –Hija mía, tú te escondes pero yo te veo. Ogoa se incorporó. Woyengi añadió: –Conozco tu deseo. He seguido tu viaje. También sé cómo has vencido a todos cuantos has encontrado. Cuando modelé tu vida, no quisiste más que poderes mágicos. Yo te los di. Ahora quieres ver tu vientre abombarse. Sufres, sin hijos. Por desgracia, tú escogiste también ese sufrimiento. ¿Quieres desafiarme? Yo soy quien ha creado tu fuerza y tu debilidad. El gallo, el dios Ada, Egbé e Isembi también habían recibido de mí lo que tú les has quitado. Ogoa, hija, devuelve a cada uno lo suyo. Apenas dijo estas palabras, cuando todos los vencidos recuperaron sus poderes. Woyengi desapareció. Ogoa se fue con su dura pena y su deseo infinito. Anduvo largo tiempo sin saber a dónde huir y, después, un día se refugió en los ojos de una mujer. La felicidad la expulsó de allí. Entonces se dedicó a vagar, de mujer a mujer, siempre renaciente y siempre vencida. Así vivió y así vive todavía. Cuando una mujer os mira con sed de amar sin saber a quién amar, ¿quién os mira? Es Ogoa, hombres, Ogoa la perdida.

GT

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