“JOE SHOW” El Hombre del Faro

EL HOMBRE DEL FARO

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Una isla rocosa y agreste.
Un faro soble la Isla.
Un faro alto y ancho horadado por el tiempo con gastadas franjas rojas y blancas.
Un torreón vidriado sobre el faro. Sobre el torreón una gran cúpula con una poderosa linterna, la lámpara de los viajeros.
Sobre la isla, raíces enredándose, aferrandose a la base del faro. Raíces insistiendo en vivir a pesar de la muerte próxima.
Al pie del faro sobre una gran piedra, estaba sentado él, “El Hombre del Faro”
Sobreviviendo como las raíces, un hombre retirado de la vida, de la ciudad, de la gente y de su gran pasión, el boxeo.
Recordaba su época de campeón en el pueblo. Cuando llegaba después de un triunfo en alguna ciudad lo esperaban todos en la plaza principal.

Venía parado sobre un carro de bomberos saludando y el  ulular de las sirenas de todos los carros anunciaban el retorno del Campeón.

Ahora estaba sentado al pie del faro sobre una gran piedra.
Pensaba… “la calor” se decía “no es buen augurio esta calor”
miraba al cielo. Cielo traicionero.
Regalaba un azul intenso, pero… “la calor” repetía una y otra vez…
De pronto el graznido de unos pájaros y El Hombre del Faro pudo ver a la bandada girar violentamente, como desgarrando el cielo y apuntaron a tierra firme.

Todo tipo de insectos salieron a borbotones de los agujeros corriendo locamente.
“Debo subir y encender la antorcha mayor, se viene la tormenta, va a ser una noche brava para los marinos”
El cielo dio otra señal pasando de azul intenso a gris plomizo, denso; todo en un momento. No fueron nubes oscuras las que llegaron.

La negrura bajó directo desde arriba cómo una gran plancha de acero.

Doscientos veintidos escalones a subir. En su juventud de boxeador hubiera sido un ejercicio, ahora con el cuerpo gastado por los golpes y la vida era una tortura.
Ese atardecer del 31 de diciembre El Hombre del Faro comenzó a subir lentamente los escalones bamboleándo su lámpara de aceite, subiendo las escaleras y la luz fue desparramándose en una danza de sombras sobre el muro circular de ladrillos, era un espectácuo grotesco, deforme. multiplicándose, superponiéndose.

Creyó ver a sus rivales acercándose, esquivando. Eran monstruos oscuros tratando de absorver a otros monstruos y el más fuerte iba a absorverlo a él.

Tuvo miedo y su corazón comenzó a palpitar con fuerza.
Se echó sobre la pared circular dejándose caer sobre esos fríos escalones.
La sombras se aquietaron, El Hombre del Faro” se calmó, su corazón también.
Pensaba en esos marinos que cruzarían frente a su faro, tan lejos de los suyos y tuvo compasión de sí mismo. Estaba sólo; sólo en el mundo.
Debía apresurarse y apretó el paso subiendo al primer tramo del faro, tuvo que parar, le dolía el pecho. Por la pequeña ventana miró hacia el mar. el cielo y el mar se mezclaban en tonos azulados y negruzcos. Miró La espuma del mar, avanzaba hacia la costa como peinando el mar. El mar rugía, era un león profundo y el viento soplaba, trayendo voces atronadoras de todos los marinos del mundo. Cerró los ojos por un momento y ese rugido le recordó aquellos gritos en las tribunas del estadio. se vió con los puños en alto mientras lo nombraban después de un triunfo. O cuando regresaba a su pueblo en el carro de bomberos y otra vez el ulular de las sirenas. Permaneció así, meciéndose en esos recuerdos. Aspiró la sal y abrió los ojos. Vió la negrura del cielo y a lo lejos un rayo partió la oscuridad. Se apresuró a subir las escaleras y otra vez aparecieron las sombras dantescas, pero esta vez siguió, como cuando era joven y debía vencer al miedo en el ring. La linterna principal estaba apagada y podía ser peligroso para los barcos. Otro tramo y el obligado descanso, su corazón no estaba fuerte. Se tuvo que recostar contra las paredes del faro y nuevamente se dejó caer.
“Otra vez la puntada, puta madre”.
Apoyó la lámpara de aceite en el escalón, le pesaba esa lámpara, le pesaba sus propias manos, sus piernas. Se sentó entregando su frente a la pared del faro. El olor a salitre y la humedad penetró en sus fosas nasales, recordó las sales que le ponían entre round y round para reanimarlo. “Vamos aguantá que falta poco” le decía su entrenador.
Ahora tenía que levantarse. Aquí no estaba el ring, había escaleras circulares a subir, interminables. Quiso levantarse pero no pudo, la mente quería pero sus piernas dijeron no. “Levantáte” pareció escuchar la voz de su entrenador, pero se volvió a entregar, sentándose. Respiró pausado, controlando sus latidos, fueron calmándose,se estabilizó.
“Arriba, vamos” Otra vez esa voz. Esta vez se levantó, como si fuese el último round de su vida. Comenzó a subir. Llegó adonde estaba la segunda ventana y se detuvo, ahora los relámpagos penetraban al mar, hiriéndolo. Después vinieron los truenos rompiendo el cielo, el faro. Eran violentos. La violencia lo incitaba a pelear. a seguir, Ese era su triunfo.
Al fin llegó hasta la habitación principal, la puerta era un maderón torcido. La forzó de un empujón. Allí estaba su viejo sillón y se desplomó sobre él y pudo contemplar a través de los vidrios que en ese momento el mundo era negro. ” negro y triste cómo mi vida” – dijo.
Fue recuperándose de a poco y luego se paró. Subío los diez escalones de madera que lo llevaban a la pequeña cúpula circular, vidriada. Allí estaba esa gran linterna, enorme. La encendió y la habitación resplandeció por un momento, luego titiló, como si todo fuese a explotar y la luz fue asentándose. hasta quedar todo inundado de blanco. Como si estuviese en un mundo celestial, cerca del cielo.
Luego bajó los diez escalones y ya en la habitación sacó su premio del viejo refrigerador. Tenía un pan de fruta y una sidra. se sentó nuevamente sobre el sillón hasta que su corazón recobró el ritmo. Encendió la vieja radio, una siete mares era. Se entretenía largas horas buscando con esa radio señales de audio, voces de otras lenguas desconocidas, otros hombres. Ahora quería estar atento a la señal de año nuevo y se sentó dormitándose un poco.
Al despertar comenzó a mirar con detenimiento esa habitación circular. Allí pasaba las noches de su vida, sólo.
Desde el sillón miraba las fotos pegadas en el muro. Lentamente se levantó para mirarlas mejor y vio sus propias fotos, Las fotos ya gastadas de su juventud. En el pesaje, en un clinch. Entonces comenzó a hacer sombra y a tirar golpes frente a las fotos. “todavía puedo” todavía puedo”. Se agitó, se detuvo y apoyándose contra la pared dijo “el corazón, tranquilo” Cuando se calmó miró las fotos familiares, el padre de familia junto a sus hijos. Sus hijos… Estaban lejos. La vida es así a veces. Tal vez era él el que estaba lejos de sus hijos.
Recordando el pasado se volvió a sentar y adormeció…
La sirena del año nuevo en la radio lo despertó. Fue en busca de la sidra y la abrió mirando a través de la ventana. La lluvia había cesado y a lo lejos pudo ver entre la bruma un haz de luz muy pequeño. Era un barco. Una sirena lejana sonó varias veces.
Se sirvió un trago levantó la copa y brindó mirando hacia el mar,  hacia ese barco desconocido.
Desde aquel barco del mundo aquellos hombres, marinos curtidos, levantaron sus copas mirando hacia el faro y brindaron. En ese momento, en ese año nuevo, el capitán del barco hizo sonar la sirena una y otra vez en homenaje al “Hombre del Faro”.

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