El monje y el samurai.

 El monje y el samurai

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Érase una vez, en un lugar muy apartado del lejano oriente, un monasterio en el que vivía un joven monje con fama merecida de ser fiel cumplidor de su palabra.

Un día le encargaron llevar una carta urgentemente al gobernador de la ciudad por un asunto muy importante, debiéndola entregar personalmente, y sólo confiaban en él.

Tras un día de caminata, al llegar a la ciudad notó que había mucha gente congregada en torno al único puente que daba acceso a la misma. Y allí le contaron que un samurai se había apostado en el puente desafiando a muerte a los cien primeros hombres que quisieran entrar en la ciudad, para demostrar así su destreza y poder quedarse al servicio del gobernador.

Ya había matado a 99 hombres, cuyos cadáveres estaban allí cerca tirados a la orilla del río.

El joven monje había dado palabra de cumplir su encargo, así que superando su miedo se adelantó para cruzar el puente.

– No puedes pasar si no me desafías, le dijo el samurai.

– Tengo mucha prisa para entregar una carta al gobernador, le respondió el monje, una carta por un asunto muy importante. Si me dejas pasar, te prometo que volveré y lucharé contigo.

El samurai se extrañó mucho por la propuesta, pero dada la urgencia y que era para el gobernador, la encontró razonable. Así que le contestó:

– De acuerdo. Pero si no vuelves, iré a tu monasterio y desafiaré a todos los monjes.

El joven monje, muerto de miedo, tras dejar el sobre fue a ver a su antiguo maestro y le pidió consejo, pues pensaba que si volvía al puente iba a morir; ¡pero si no lo hacía morirían todos sus hermanos!

El viejo maestro, tras meditar unos momentos y conocedor de la situación, le respondió:

– Efectivamente, si vuelves creo que vas a morir. Pero has dado tu palabra y debes cumplirla, así que lo único que puedo hacer por ti es prepararte para una buena muerte. Mira, cuando el samurai te dé la espada, tú la colocas vertical sobre tu cabeza, cierras los ojos y piensas en Dios, con quien te encontrarás en poco tiempo. Todo será muy rápido y no sufrirás.

El joven monje, con más miedo que otra cosa, volvió al puente. El samurai en cuanto lo vio desenvainó la espada para disponerse a luchar, quedaba poco para dar por cumplida su acometida.

El monje, sin mediar palabra, elevó el arma sobre su cabeza como le había indicado el maestro, entornó los ojos y se concentró en estado meditativo esperando el golpe certero del samurai. Este comenzó a observarlo tremendamente sorprendido.

Es la primera vez que no me imploran que les perdone la vida, pensaba. No se ha movido nada y no se pone en la posición de defensa. ¿No será que tiene un golpe secreto que no conozco?

El monje, entretanto, seguía concentrado y muerto de miedo esperando el frío acero de la espada.

El samurai, cada vez más sorprendido, daba vueltas y más vueltas a su alrededor buscando un punto débil, y cada vez estaba más convencido de que el monje tenía un golpe maestro que iba a acabar con él en cualquier momento. Hasta que al fin se le acercó suplicante:

– ¡Por favor, no me mates! ¡Perdóname la vida y enséñame tu golpe maestro!

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