Cuento Masai: Ole Partukei

 

TAMA Ñ DE SEPARADOR copGRDDSSiar.jpgGFOle Partukei vivía en compañía de otros guerreros. Era un hombre gigante, su gigantesco vigor sólo podía compararse a la enormidad de su apetito, y, dado que los guerreros estaban en un olpul y entonces sólo se alimentan de carne, apenas encontraba forma de saciar su gran voracidad. No pasó, pues, mucho tiempo antes de que decidiera abandonar la aldea, y partió para vivir en el bosque, llevando consigo a su criado, Murunya Nkiyiaa.
Las semanas transcurrieron y Ole Partukei fue cobrando hábitos cada vez más salvajes. No cubría ya su cuerpo con vestiduras, sino que vagaba sin otras ropas que su vello hirsuto y tupido; profería gruñidos y ronquidos más propios de bestias que de un hombre; dormía al aire libre o al cobijo de arbustos, al azar de sus correrías. Los animales lo temían y lo huían, evitando pasar cerca de su cubil. Cuando agotaba la caza en el terreno en que hubiera establecido su campamento, lo levantaba y se guarecía en otro punto del bosque. Y era entonces cuando empezaban los problemas para sus nuevos vecinos, pues Ole Partukei no dudaba en realizar expediciones de saqueo, robando, matando y devorando el ganado de los habitantes del lugar. Los que fugazmente podían ser testigos de sus fechorías apenas eran creídos cuando hablaban de un gigante feroz, que recorría desnudo los bosques lanzando gruñidos y matando vacas.
Una tarde, Ole Partukei y su sirviente, Murunya, acechaban un rebaño. El guerrero que lo custodiaba se percató de la presencia del gigante y vio cómo avanzaba hacia un buey gordo y lleno de grasa. Palpó la empuñadura de su espada, pero, demasiado atemorizado para enfrentarse al titán, de un salto se refugió tras unos arbustos. Desde allí lo vio asir por el rabo al buey y, con una sola mano, arrastrarlo hacia sí. Aunque estaba asustado, su orgullo de guerrero y su obligación de cuidar el rebaño pudieron más que el miedo, por lo que se lanzó sobre el dorso de Ole Partukei y descargó en su hombro un gran golpe con la espada, dejándosela clavada. Ole Partukei pensó que su criado le daba toquecitos en la espalda.
-¿Qué ocurre, Murunya? -preguntó.
-Nada, señor -fue la respuesta, pues Murunya no había visto el ataque del guerrero.
Sin más preguntas, el gigante rompió el cuello del buey con un sencillo movimiento y lo llevó a rastras hasta la espesura. Más tarde, en su campamento, Ole Partukei sintió que algo le chorreaba por la espalda.
-Murunya –dijo Ole Parkutei -, creo que estoy sudando. Trae algo con que limpiarme.
Murunya vio entonces la herida de su amo y tartamudeó:
-No…, no…, no es sudor, señor. Tienes una espada clavada en el hombro: es sangre.
Ole Partukei se arrancó la espada del hombro y la tiró a un lado, sin dar muestras de sufrir daño alguno.
-¿Quién me ha podido hacer esto? – rugió.
-No lo sé. Habrá sido algún guerrero que vigilara el rebaño -aventuró su criado.
Ole Partukei estaba tan furioso como un león herido. Entre terribles gritos tomó el mismo camino que había llevado al rebaño de vacas, jurando vengarse de la ofensa recibida.
Mientras esto ocurría, el guerrero había regresado a su poblado con el ganado. Junto al fuego, relató a sus compañeros lo ocurrido, sin olvidar de jactarse un poco.
-He dado a ese gigante una lección que nunca olvidará.
Sus amigos estaban horrorizados.
-¿Sábes lo que has hecho? Nos has metido en un buen lío. Y así fue, puesto que Ole Partukei había seguido las huellas de las vacas hasta el poblado y, en ese instante, saltó por encima del cercado atacando por sorpresa. Los guerreros, embestidos de improviso, huyeron en todas direcciones. Ole Partukei, rápido como un animal salvaje, aferró por una pierna al que hasta ese momento había estado alardeando y lo lanzó como a un muñeco contra un matorral espinoso. Después arrancó un árbol de raíz, lo blandió como si de una maza se tratara y cargó contra todos los demás. No se detuvo hasta dejar la aldea sembrada de cuerpos malheridos. Entonces se dio por satisfecho y abandonó el lugar.
Pasó mucho tiempo. Y una gran sequía llegó a la tierra de los masai. Las lunas se sucedieron, pero ni llegaron las lluvias ni los ríos trajeron agua. Los masai y su ganado se morían de sed. Ante estos hechos, cargaron sus burros y tomaron la determinación de abandonar sus hogares en busca de pastos frescos. Sólo un hombre, Lankas, optó por quedarse.
El único lugar que permanecía aún verde y húmedo en los alrededores era el bosque. Pero en el bosque tenía su hogar Ole Partukei. Por fortuna, Lankas había sido mucho tiempo atrás buen amigo del gigante, cuando ambos fueron guerreros. Así pues, decidió intentar persuadir a su antiguo amigo de que le dejara llevar su rebaño a pastar a la espesura y, no sin nerviosismo, emprendió la marcha hacia allí.
-Ole Partukei -le dijo-, estoy a tu merced en estos tiempos de dificultades. Eres el señor del bosque, y así se te reconoce. Y se sabe que nadie puede apacentar sus rebaños aquí sin tu permiso. Pero, por nuestra vieja amistad, te pido que me dejes traer a mi ganado antes de que muera.
-Lankas, viejo camarada, trae cuando quieras tus vacas, tus cabras y corderos. Eres libre para recorrer mis dominios con total seguridad. Me encantara compartir este gran bosque contigo – respondió Ole Partukei. Pero en sus ojos se vio un brillo voraz.
Aliviado, Lankas condujo su ganado al bosque. Como exige la costumbre entre los masai, presentó a Ole Partukei un magnífico toro para sellar el acuerdo al que habían llegado.
Y todo fue bien, hasta que, en uno de sus vagabundeos, el enorme salvaje dio con los rebaños de Lankas, que pacían indolentes. Bien alimentados y sanos, los animales produjeron en Ole Partukei una excelente impresión.
-Vaya, vaya – se dijo -, realmente mi amigo Lankas tiene unos hermosos toros en mis tierras. ¿ Por qué debe él tener tantos y yo ninguno? Si yo le he permitido generosamente compartir mis propiedades, bien puede compartir él conmigo su ganado.
Y, desde aquel día, comenzó a acechar al ganado de su antiguo camarada, esperando la ocasión propicia. Ésta no tardó en llegar, por cuanto Lankas partió de viaje; Ole Partukei se hizo con un hermoso toro con manchas rojas en el lomo y la cerviz, lo llevó hasta su campamento y se lo comió en una sentada. Cuando volvió a sentir hambre robó un segundo toro, y después un tercero. Hasta que Lankas regresó. Desesperado, comenzó a gemir.
-¡Mis toros, mis toros! ¿Dónde están? Entregué a Ole Partukei el mejor de todos y él me roba tres aprovechando mi ausencia. Ha tratado a su amigo más antiguo como al peor de sus enemigos. Pero si busca problemas, acaba de encontrarlos: juro por la sangre del toro que selló nuestro pacto que me vengaré.
Lankas ardía de rabia. Fue a visitar a un cazador conocido suyo y consiguió algunas flechas envenenadas. Cuando el cazador supo el propósito de Lankas de matar a Ole Partukei, no dejó de alegrarse, pues su terrible presencia ponía en fuga a todos los animales. Después, Lankas buscó el rastro de Ole Partukei y lo siguió hasta el campamento.
Allí estaba Ole Partukei. Sentado en el suelo, remataba su comida, un hipopótamo recién abatido. Lankas buscó furtivamente un matorral que le ocultara, apuntó con calma, montó el arco y disparó tres flechas envenenadas. La primera zumbó junto al oído del gigante, la segunda le rozó el hombro, pero la tercera se clavó profundamente en el enorme brazo.
Ole Partukei lanzó un rugido al sentirse herido y echó miradas furiosas en derredor buscando a su atacante, pero no pudo dar con Lankas. Al ver que su tercer dardo daba en el blanco, se había zambullido en lo más denso de la espesura. Ole Partukei se arrancó la flecha y vio el negro y denso veneno en su punta. Se ató al brazo una correa de cuero, sobre la herida y escupió. Gritó a Murunya:
-Trae mis hierbas curativas y prepárame una medicina con grasa y la vejiga de una novilla. Date prisa o el veneno comenzará a hacer efecto.
Una vez preparada la poción, la apuró de un trago sin perder un instante. No pasó mucho tiempo hasta que el dolor desapareció y las fuerzas volvieron a su brazo herido.
Al día siguiente, Lankas se llegó al campamento, cuidadosamente, para comprobar si su víctima aún seguía viva. Vio que estaba comiendo con buen apetito y que, con toda evidencia, gozaba de una salud magnífica. Se arrastró entonces más cerca, preparó el tiro y logró un certero blanco en la articulación del tobillo. Ole Partukei cayó al suelo gritando y retorciéndose. La punta de la flecha había penetrado profundamente en el hueso. Trató Ole Partukei de arrancarse el dardo, pero estaba firmemente clavado. El veneno comenzó a esparcirse por su gran cuerpo y Ole Partukei agonizaba. Al comprobar que la herida era mortal, Lankas huyó a través del bosque.
Murunya preparó una vez más la medicina en un intento de salvar la vida de su señor, Ole Partukei la bebió, pero esta vez fue en vano. Ole Partukei supo que iba a morir, perdió toda esperanza, pero quiso enfrentarse a la muerte como el gran guerrero que fue tiempo atrás. Ordenó a Murunya que cumpliera sus últimos_deseos: – Tráeme mi lanza, mi escudo, mi tocado y mi piel de león. Vísteme como cuando era un guerrero en mi juventud.
Murunya sollozaba mientras ataviaba por última vez a su amo.
Con esmero le lazó las pulseras, los brazaletes, los collares, el tocado de plumas de avestruz y la piel de león. Colgó de su brazo el gran escudo con la estrella blanca y en su puño puso la lanza, con la punta mortal recién afilada. Empleando cada ápice de su fuerza, Murunya alzó a su señor, vestido como si hubiera de enfrentar una terrible y gloriosa batalla, y lo apoyó contra el tronco de un árbol.
Y mientras el sol se hundía en el crepúsculo, Ole Partukei unió su espíritu al de sus antepasados.
Al día siguiente, Lankas regresó a comprobar qué había sido del gigante. No oyó ruido alguno ni vio a nadie, ni al enorme salvaje ni a su criado. Únicamente, grandes montones de huesos formando pequeñas colinas. Regresó a su pueblo, y contó que el gigante y Murunya Nkiyiaa habían desaparecido. Las pequeñas colinas que aún hoy se levantan en la tierra de los masai siguen llevando el nombre de “Ole Partukei”.

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