Cuento Africano. La Danza del Buitre.

La Danza del Buitre.

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Hace varios años atrás  conté esta historia en una imponente fiesta afro.

Alrededor del fuego había incontables personas, la noche cerrada  apenas me permitía distinguir sus siluetas.

Sólo podía ver a los más próximos, La brisa y el fuego alargaban caprichosamente esos rostros.

Las llamas danzaban. Danzaban como los buitres. Y yo “recordé imborrables momentos y viví”

esta historia que hoy quiero compartir con ustedes.

Amanecía…

La pequeña aldea despertaba poco a poco.

Había sido una hermosa noche africana.

Noche de danzas y tambores.

Amanecía… y otra vez el sol triunfaba sobre la luna.

El sol comenzaba a pintar casas, árboles;

a las vacas de blanco, negro, rojo…

Amanecía…

Los pastores peule guiaban a sus rebaños tocando las flautas.

Los mágicos peule!

Pueden con la melodía de sus flautas

hacer caminar a una vaca hacia atrás,

o devorar fuego y meter su cuerpo dentro de una gran media calabaza.

(Yo lo he visto).

Amanecía…

Las jóvenes de la aldea jugaban correteando

con sus cántaros hacia la laguna.

Las jóvenes africanas y sus risas…

Amanecía…

Los niños recitaban las aleyas del generoso Córán

en el patio de la Mezquita.

Amanecía…

Y la silueta de Namán se destacaba entre todas las cosas,

Girando su cuerpo y cavando, una y otra vez,

girando y cavando, una y otra vez.

Girando y… con ese compás único que tiene el hombre africano,

Trum, taca, Trum. Taca, Trum.

A cada golpe de su daba

los pájaros volaban hacia las apacibles riberas del Djóliba.

El río sagrado, el río de todos los ríos.

De pronto un niño a la carrera:

– ¡Namán, Namán!

¡Los ancianos te esperan bajo el árbol de la palabra!

Sorprendido ante un aviso tan tempranero

Namán dejó su daba

y se encaminó hacia la aldea,

hacia la plaza del pueblo,

hacia el árbol de la palabra.

Llegó Namán y bajo el árbol de la palabra

estaban sentados los ancianos del pueblo.

Junto a los ancianos un hombre blanco fumando en pipa,

Era un emisario. Uno de esos emisarios que llegan a las aldeas

A reclutar hombres negros para pelear en una guerra de blancos.

Los ancianos hablaron:

– Namán, eres nuestro elegido,

el mejor de nuestros hombres,

el orgullo de nuestra aldea.

Ve y prueba el valor de los mandingas.

La esposa de Namán,

Que tempranamente estaba moliendo granos

en el mortero, tum… tupac, tum… Tupac…

dejó de moler ante la noticia y corrió hacia su choza.

A llorar la partida de su hombre.

Al día siguiente, muy temprano,

Sonaron los tambores para despedir a Namán,

Sonaba el ritmo del guerrero,

¡Cómo sonaban!

Tututatatatá… tututatatatá…

Namán partió en una barca

hacia el puerto principal.

Se alejaba de su gente, de su esposa.

Esa noche las mujeres de la aldea,

Consolaron a la mujer de Namán,

Hablando con ella en su choza.

Hablaron toda la noche.

Y el tiempo pasó…

Así, como Dios Quiere,

Un guiño de Dios y el tiempo pasa a su antojo…

Los hechiceros consultaban a las piedras,

En las entrañas de los animales,

Algo veían, pero callaban.

Después de unos meses

llegaron noticias de Namán.

Un traductor leyó la carta.

Namán estaba bien.

En África del Norte,

pedía noticias de su pueblo,

de la cosecha, de las fiestas, de las danzas,

de las conversaciones de los viejos

bajo el árbol de la palabra…

Esa noche hubo una fiesta en la aldea en honor a Namán.

Y Dios, así, con un simple pestañeo,

quiso que pasaran varios meses,

Ante la ansiedad, porque nada sabían de Namán,

Llegó otra carta.

Namán estaba en Corcega, Italia y por último en Alemania

Y se felicitaba porque lo habían condecorado.

“Nuestro Namán” – decían los viejos.

Otra carta…

Una simple carta informando que Namán

había caído prisionero de los alemanes.

Esta noticia pesó mucho sobre la aldea.

Los ancianos decidieron que Namán
quedaba autorizado para danzar el Douga,

la danza sagrada del buitre que nadie baila

sin haber realizado una acción importante.

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Esa danza de los emperadores malinkés,

cada uno de cuyos pasos es una etapa de la historia de Malí.

Fue un consuelo para la mujer de Namán

de ver cómo elevaban a su marido

a la dignidad de los héroes del país.

Pero, un mes más tarde, había llegado una trágica carta.

Era de un soldado amigo de Namán.

“Era el amanecer. Estábamos en Tiaroye-sur-Mer.

En una gran contiendo contra nuestros jefes blancos de Dakar,

una bala traicionó a Namán.

Descansa en tierra senegalesa”.

Amanecía…

Las palmeras se inclinaban tristes hacia el océano.

Amanecía…

Llegaban los buitres a la aldea,

(Yo los he visto, disputar un trozo de carne

a un hombre defendiendo su comida a machetazos).

Con sus graznidos anunciaban la tragedia.

Allí, donde Namán había caído,

Un enorme buitre planeaba sobre su cuerpo.

como preguntando:

-¡Namán!

¿No bailaste esa danza que lleva mi nombre?

Otros la bailarán Namán…

Descansa Namán…

otros la bailarán.

(Este texto lo he adaptado para narrar

del original de Keita Fodeba).

Las pinturas son del director de TSAVO ARTS y artista plástico Iván Garribia.

aaaa

 

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