Yasunari Kawabata. Cuentos

YASUNARI KAWABATA  

“SIN PALABRAS”
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Se dice que Omiya Akifusa no volverá a decir una palabra. El novelista, que tiene sesenta años, tampoco volverá a escribir una sola letra. Es decir, además de que no volverá a escribir novelas, ni siquiera una palabra suelta.

Su mano derecha está paralizada, tanto como su lengua. Pero parece que conserva algún movimiento en la izquierda, por lo que creo que, si quisiera, podría escribir. No tiene que ser una frase perfecta. Podría escribir con trazos gigantes de katakana cuando necesite algo. Aunque haya quedado impedido para hablar y hacer gestos podría escribir así sea con un katakana quebrado como medio para comunicar lo que siente. Así, al menos, los malentendidos serían menores.

Por muy confusas que sean las palabras ciertamente son fáciles de entender que un gesto torpe. Supongamos que el viejo Akifusa quisiese mostrar, con los labios estirados para sorber o con el además de una mano que se lleva una compa a la boca, que desea beber algo. Le resultaría muy difícil expresar cuál de estas cuatro bebidas es la que quiere. Agua, té, leche o un remedio. <<¿Cómo distinguiríamos entre el agua y el té? Sería más claro que pudiese escribir <<agua>> o <<té>>. Aún más, con la simple letra a o se le entendería.

Resulta extraño, ¿verdad?, que un hombre que pasó más de cuarenta años de su vida usando letras y caracteres para escribir palabras, las haya perdido por completo. Todavía conoce la delicadeza y la precisión de su extraordinario poder, pero se encuentra prisionero de ellas. Las simples letras a o serían mucho más elocuentes que todas las palabras que estuvo escribiendo como un caudal torrencial a lo largo de su vida. Creo que poseen más fuerza.

Planeé que estas serían las palabras que le diría cuando le hiciera una visita.

Para ir en automóvil de Kamakura a Zushi hay que atravesar un túnel, y el camino no es muy agradable. Justo antes del túnel hay un crematorio. Y existe el rumor de que últimamente aparece por allí un fantasma. Dicen que el espectro de una mujer joven se sube a los automóviles que pasan bajo el crematorio por la noche.

Puesto que era todavía de día, no tenía por qué preocuparme. Sin embargo, le pregunté al conductor, que parecía una persona amable.

-Yo todavía no la he visto. Pero en la empresa hay alguien a quien le ha pasado. Y no sólo en la nuestra. También a taxistas de otras compañías les ha pasado lo mismo. Por eso, cuando tenemos que tomar esta ruta de noche, hemos acordado ir con algún compañero – dijo el conductor. Parecía un tema que ya había repetido tantas veces que le resultaba molesto.

-¿Y por dónde sale?

-Por esta zona. Siempre al regresar de Zushi con el taxi vacío.

-Y cuando van pasajeros, ¿no se aparece?

-Bueno, lo que he oído es que sucede en los taxis que regresan vacíos. El espectro se sube al taxi de repente en los alrededores del crematorio. No hay que detener el taxi para que se suba. Tampoco se sabe en qué momento lo hace. El chofer siente algo extraño al volver la cabeza, se encuentra con una mujer que va sentada en el asiento de atrás, pero cuya figura no se refleja en el retrovisor.

-¡Qué extraño! Supongo que lo del retrovisor es porque los fantasmas no se reflejan en los espejos.

-Eso es lo que dicen, que los fantasmas no producen reflejo, aunque puedan ser vistos por ojos humanos.

-Sí, pero me imagino que los ojos de las personas sí la ven. Los espejos no son tan impresionables – quise explicar. Pero no continué porque advertí que son humanos los ojos que miran los espejos.

-Sin embargo, sólo dos o tres personas la han visto- dijo el conductor.

-¿Y hasta dónde viaja?

-El conductor se asusta y acelera sin pensar, y al entrar en el centro de Kamakura, cuando menos se lo espera, la mujer ya ha desaparecido.

-Debe ser una mujer de Kamakura, entonces. Seguramente quiere regresar a su pueblo. ¿No saben quién podría ser?

-Yo no sé tanto…

El taxista, aunque supiera algo o aunque a veces conversara con otros colegas sobre quién podría ser o de dónde podría venir, no se lo iba abiertamente a un pasajero.

-Viste Kimono y es una mujer bastante bonita. No como se dice de las que paran el tráfico, claro. La cara de un espectro no despierta ese tipo de pasiones.

-¿Dice algo?

-He oído que no habla. Estaría bien que al menos diera las gracias, ¿no? Pero claro, cuando los fantasmas hablan no hacen otra cosa que quejarse.

Antes de entrar en el túnel volví la cabeza para mirar hacia la montaña en donde estaba el crematorio. Ese era el crematorio de Kamakura, así que era natural que  los muertos allí incinerados quisieran volver a Kamakura. Me parecía muy bien que una mujer los representara simbólicamente y se subiera a un tren vacío en medio de la noche. Yo, sin embargo, no creía la historia.

-Yo diría que los fantasmas no van en taxi. ¿No son seres que pueden trasladarse libremente a cualquier lugar y aparecerse en cualquier sitio?

La casa de Omiya Akifusa se encontraba justo a la salida del túnel.

Eran las cuatro de la tarde. El cielo nublado tenía un leve color de durazno. Era el tinte de la llegada de la primavera. Me detuve delante del portón de la casa de Omiya para tranquilizarme un poco

Habían transcurrido ocho meses desde que el viejo Akifusa se hubiera convertido en un espectro viviente. Durante este tiempo sólo lo había visto dos veces. La primera vez, cuando tuvo el derrame. Akifusa era un respetado escritor, más de treinta años mayor que yo, y de quien había recibido favores. Me fue muy doloroso verlo convertido en esa figura fea y miserable.

Pero sabía que si tenía un segundo ataque, ese sería probablemente el final. La distancia entre Zushi y Kamakura, dos ciudades colindantes, era muy corta, y la tardanza en visitarlo se me estaba volviendo insostenible. No son pocas las personas que han muerto mientras yo me decidía a visitarlas. Me he acostumbrado a decir que así es la vida. He pensado pedirle el favor a Akifusa de que me escriba algo en media hoja de papel, pero la idea de repente pierde todo sentido. Y eso me ha pasado ya varias veces. No es que crea que eso es algo que no me va a suceder a mí. Soy consciente de que yo mismo puedo morir en mitad de la noche o de una tempestad, y eso no hace me cuide más.

Conocí a otros escritores que murieron de derrame cerebral, ataque al corazón o insuficiencia coronaria. Pero no había a nadie que, como el viejo Akifusa, hubiera quedado paralítico. Si se considera que no hay mayor desgracia que la muerte, es posible concluir que la prolongación de la vida de Akifusa, a pesar de haber quedado inválido y sin esperanza de recuperación, fue una bendición. Pero no es fácil sentir esa bendición. Tampoco sabemos si Akifusa se siente feliz o desgraciado.

Han pasado ocho meses desde el ataque de Akifusa. Parece que son muy pocos los que todavía lo visitan. Comunicarse con un viejo sordo es difícil. Más difícil es comunicarse con un mundo que lo oye todo. Y más desagradable que decirle algo a un sordo es no comprender si la otra persona ha entendido lo que le decimos y quiere contestar algo.

Akifusa perdió muy temprano a su esposa. Sin embargo, su hija Tomiko permaneció a su lado. Akifusa había tenido dos hijas. La mayor se caso, y Tomiko, la menor, se fue a vivir con su padre. Puesto que ella se encargó del cuidado de la casa, Akifusa no volvió a casarse y, en lugar de perder su libertad, llevó la vida alegre de un soltero sin ataduras. Tomiko por lo mismo, debió sacrificarse por su padre. El hecho de que se haya mantenido soltero a pesar de sus varias aventuras amorosas lo lleva a uno a preguntarse si Akifusa no cedió a los efectos debido a una gran fuerza de voluntad o existió alguna otra razón.

La hija menor, la más parecida a su padre, era alta y de facciones finas. No era el tipo de muchacha que se queda soltera. Por supuesto, ya se le había pasado el tiempo de su juventud – estaba cerca de los cuarenta años- y apenas usaba cosméticos, pero irradiaba una sensación de pureza. Parecía haber tenido desde siempre una naturaleza apacible y no se advertía en ella ni la amargura ni la acidez de una solterona. Tal vez la consagración a su padre.

En lugar de hacerlo con Akifusa, la gente que venía de visita conversaba con Tomiko, que permanecía sentada junto a la almohada del padre.

Me impresionó ver lo demacrada que estaba. Mi sorpresa era absurda, pues era natural que hubiese adelgazado. Pero me deprimió ver que Tomiko había envejecido y se había arrugado de repente. Pensé que las preocupaciones domésticas le eran penosas.

Una vez dichas las palabras de rigor en una visita de cortesía a un enfermo, me quedé sin palabras y solté imprudentemente:

-¿Ha oído el rumor de un fantasma que sale del otro lado del túnel? Precisamente ahora venía escuchando al conductor del taxi.

-¿Ah sí? Me paso el día encerrada en la casa. No he oído nada- dijo Tomiko con deseos de no saber más. Yo, aunque pensé que era mejor no hablar más, le hice un resumen. Y terminé diciendo:

-Pues es un cuento difícil de creer… Por lo menos, hasta haberlo visto. E incluso viéndolo, uno podría no creer pues también existen las ilusiones.

-Pues esta noche cuando regrese a casa, señor Mita, intente ver si es cierto que se aparece o no- comentó Tomiko de un modo extraño.

-Ya, pero los fantasmas no se aparecen mientras es de día

-Pero si se queda a cenar, podrá regresar de noche.

-No, ya va siendo hora de irme. Además parece que mujer sólo sube a los taxis vacíos.

-Así que no tiene por qué preocuparse. Mi padre dice que está muy contento con su visita y que le gustaría que se quedara más tiempo. Papá, ¿verdad que estás invitando al señor Mita a comer?

Volví a mirar a Akifusa. Desde la almohada el viejo pareció mover afirmativamente la cabeza. ¿Estaba contento de que hubiera venido? El blanco de sus ojos era sucio y le colgaban unas legañas amarillentas. Desde el fondo turbio de sus ojos parecían brillarle las pupilas. Si ese brillo estallara en una llamarada le sobrevendría un segundo derrame. Me sentí angustiado de que eso pudiera sucederle ahora.

-Pienso que si me quedo mucho tiempo voy a cansar al maestro…

-No se preocupe… Mi padre no se cansará- dijo con firmeza Tomiko. Creo que a usted le desagrada que lo retenga al lado de un enfermo como mi padre, pero cuando está con él un escritor, mi padre recuerda que él mismo también es escritor…

-Ya veo…

Aunque me quede un poco sorprendido por el cambio que advertí en el modo de hablar de Tomiko, resolví permanecer un rato más.

-Estoy seguro de que el maestro siempre tiene conciencia de ser escritor.

–Hay una novela de mi padre en la que he pensado con frecuencia desde que le sucedió el percance. En ella escribió sobre un joven que le enviaba unas cartas. El muchacho se volvió loco y le recluyeron en un manicomio. Por ser peligroso no le permitían tener ni plumas ni tinteros, ni lápices. Lo único que podía en la habitación eran resmas de papel de escribir. Cuentan que se pasaba el día frente el papel en blanco escribiendo… O más bien, con la idea de que estaba escribiendo. Porque el papel permanecía en blanco. Lo que he dicho hasta aquí fueron los hechos. Lo que sigue es el relato de mi padre. Cada vez que mi madre iba a hacerle una visita al muchacho le decía: <<Mamá, he escrito algo. ¿Me lo lees, por favor?>>  Al ver la hoja de papel sin una letra, la madre sentía  ganas de llorar. Sin embargo, mostraba un rostro sonriente y le decía:<<¡Está muy bien escrito. ¡Qué interesante!>>. Con mucha frecuencia, importunada por los ruegos de su hijo, la madre le leyó la hoja en blanco. Se le ocurrió contarle sus propias historias, haciendo ver que las leía. En eso consiste la idea de papá. La madre le cuenta al joven su niñez. El joven loco cree que lo es escucha es el documento que él escribió con sus propias memorias. Los ojos le brillan de orgullo. La madre no sabe si él comprende o no lo que le cuenta. Sin embargo, al repetir la historia cada vez que lo visita, se va volviendo poco a poco más hábil hasta que llega un momento en que tiene la impresión de estar leyendo de verdad una obra a su hijo. Recuerda cosas que había olvidado. También los recuerdos del hijo se van tornando más hermosos. El hijo convoca el relato de la madre, colabora con ella, reconstruye los hechos. No hay modo de saber si se trata del relato de la madre o del relato del hijo. Mientras la madre está contando la historia se olvida de sí. Puede olvidar la locura del hijo. Mientras el hijo escucha la lectura con tanta concentración, no es posible discernir si está loco o no. Durante unos instantes el alma de la madre y del hijo se funden en una sola. Se sienten felices como si estuvieran viviendo en el cielo. Y así, mientras se repite esta experiencia, la madre sigue leyendo hojas en blanco  convencida de que el hijo ha de sanar de su locura.

-Se refiere  a La madre que podía leer, uno de los textos más brillantes del maestro Omiya, ¿verdad? Una obra inolvidable.

-El libro está escrito en primera persona: el <<yo>< del hijo. En varios de esos recuerdos del joven se mezclan cosas de cuando mi hermana y yo éramos niñas. Están escritas como si fuéramos hombres…

-¿Ah, sí?

Era la primera vez que lo oía.

-No tengo la menor idea de por qué escribió mi padre una novela como esa. Ahora que está en este estad, esa novela me da miedo. Aunque mi padre no se ha vuelto loco y yo no tengo la habilidad como la madre del relato, de leer una novela de la cual mi padre no ha escrito una palabra, creo, sin embargo, que en este momento él está escribiendo en su cabeza una novela.

Tomiko debió de decir esto para que la escuchara el viejo Akifusa. A mí me pareció escalofriante y no supe qué decir.

-Pero el maestro tiene muchos libros excelentes. Su caso es muy distinto al del muchacho novelista.

-Tal vez sí. Yo pienso, sin embargo, que a mi padre le gustaría escribir algo.

-Sobre eso tal vez haya opiniones diversas.

En cuanto a mí, lo hecho por el viejo Akifusa era ya más que suficiente. Ignoro lo que yo hubiera hecho en su caso.

-No tengo la capacidad de escribir en lugar de mi padre, pero sería maravilloso escribir La hija que podía leer…

Su voz sonó como la de una muchacha en el infierno. Me pareció que Tomiko se había convertido en una mujer capaz de decir tales cosas porque estaba decidida a cuidar a  un padre que parecía un espectro en vida. Algo de Akifusa se había apoderado de ella. Se me ocurrió que el día en que Akifusa muriera esa muchacha escribiría unas memorias terribles. Sentí un odio profundo y dije:

-¿Y por qué no intenta escribir algo sobre el maestro?

Omití decir <<mientras él maestro esté vivo>>. Recordé unas palabras de Marcel Proust que hablan de un cierto noble que, habiendo difamado a muchas personas en unas memorias que estaban a punto de ser publicadas, dijo: <<Me voy a morir. Espero que no abusen de mi nombre porque ya no podré responder>>. Por supuesto que este no es el caso de Akifusa y Tomiko. Creo que no son dos personas independientes y que, a pesar de tratarse de padre e hija, existe entre ellos una mística, quizá enfermiza, comunión afectiva.

La estrambótica idea de que Tomito, con la intención de convertirse en su padre, intentara escribir sobre sus cosas, se apoderó también de mí.

¿Resultaría un juego vacío de palabras? ¿Sería una obra de arte sorprendente? De cualquier manera, sería un consuelo para ambos. Akifusa, que existía en completo silencio, se liberaría de su carencia de palabras. La falta de palabras es intolerable.

-El maestro comprendería lo que usted escribiese y, puesto que él mismo podría evaluarlo, no sería lo mismo que leer una página en blanco. Sería como si su padre verdaderamente escribiera, leyera y oyera sus propias cosas.

-¿Cree usted que lo escrito sería obra de mi padre? Aunque fuese sólo un poquito…

-De ese poco no tengo duda. Algo más que eso dependerá de los dioses o de la armonía efectiva entre ustedes dos. No sabría decirlo.

Un libro hecho de esta manera tendría más vida que unas memorias escritas después de la muerte del viejo. Si resultase viable, aún el diario transcurrir de un Akifusa en su estado actual podría convertirse en una preciosa vida literaria.

-Aunque esté sin palabras el maestro puede ayudarla y corregirla.

-No tendría ningún sentido que acabara convirtiéndolo en algo mío. Voy a consultarlo cuidadosamente con mi padre- dijo Tomiko con una voz animada.

Me pareció que una vez más había hablado demasiado. ¿Estaría empujando al combate a un soldado profundamente herido? ¿Estaría violentando el límite sagrado del silencio? No se trataba de que Akifusa, queriendo escribir, no pudiera hacerlo- podría escribir letras o caracteres si quisiera. Él parecía más bien vivir sin palabras a causa de un dolor y una culpa muy profundos. ¿A mí mismo no me había enseñado la experiencia que ninguna palabra puede decir tanto como el silencio?

Sin embargo, si Akifusa iba a permanecer sin palabras y sus palabras hubieran de venir de Tomiko, ¿no es esa también una forma del poder del silencio? Si alguien carece de palabras, otro puede expresarse por él. Todo habla.

Tomiko se puso en pie y dijo:

-¡Ah! ¿Sí? Papá me está diciendo que ya es hora de que le ofrezca algo, como una copa de sake.

Sin pensarlo, volví a mirar a Akifusa. No había el menor indicio de que el viejo hubiese dicho algo.

Tomiko salió y nos dejó a los dos solos. Akifusa volvió el rostro en mi dirección. Estaba sombrío. ¿Deseaba decir algo? ¿Estaba irritado por verse en esa situación en que se suponía que tuviera que decir algo? Fui yo el que no tuvo más remedio que hablar.

-Maestro, ¿qué piensa sobre lo que acaba de decir Tomiko?

-….

Mi interlocutor no tenía palabras.

-Maestro, usted es capaz de volver a hacer una obra extraña, muy diferente a La madre que podía leer. Eso fue lo que comencé a sentir mientras hablaba con Tomiko.

-…

-Usted nunca escribió una novela en primera persona ni una autobiografía. Pero ahora que no puede escribir por sí mismo, hacer una obra de este género por  medio de la mano de otro puede convertirse en un medio de revelar novedosamente uno de los destinos del arte. Yo tampoco escribo sobre mis cosas. Y creo que no podría hacerlo aunque me lo propusiera. Pero me parecería muy interesante seguir escribiendo a pesar de carecer de palabras y no sé si sentiría la alegría de preguntarme si lo allí escrito es propio, si ese soy yo, o si abandonaría el experimento como algo inhumano.

-…

Tomiko regresó trayendo sake acompañado de un aperitivo.

-¿Puedo ofrecerle un trago?

-Gracias. Espero que el maestro me perdone por beber delante de él, pero se lo acepto.

-Los enfermos como él no son buenos conversadores, ¿verdad?

-¡Oh no! En realidad, he continuado hablando de lo que estábamos conversando.

-¿Ah, sí?  Pues yo he pensado mientras calentaba el saje que podría ser entretenido si escribiera, tomando el lugar de mi padre, sobre las aventuras amorosas que tuvo después de la muerte de mamá. Hay cosas que mi padre me contó pormenorizadamente y que ahora recuerdo aunque él las haya olvidado… Creo que usted está enterado de que cuando mi padre sufrió el derrame vinieron corriendo dos mujeres.

-¡Así es!

– No sé si habrá sido porque mi padre va a permanecer en este estado largo tiempo o porque yo vivo con él, lo cierto es que no han vuelto a aparecer. Pero yo sé muchas cosas que mi padre me contó sobre ellas.

-Sin embargo, él no las verá de la misma manera que usted- lo que dije era obvio, pero Tomiko pareció ofenderse.

-No puedo pensar que mi padre haya contado falsedades, y me parece que con el tiempo he ido comprendiendo cada vez más sus sentimientos… -dijo, y –se puso en pie- pero ¿por qué no se lo pregunta usted mismo? Voy a preparar la cena y regreso en un momento.

-No se preocupe por mí.

Salí con Tomiko y le pedí una copa. Para conversar con un mudo lo mejor es beberse el trago rápidamente.

-Maestro, también sus amores se han convertido en propiedad de Tomiko, ¿verdad? Supongo que así es como funciona lo que llamamos <<nuestro pasado>>.

Dudé de usar la palabra <<muerte>> y acabé usando la palabra <<pasado>>. Sin embargo, mientras Akifusa viviera, el pasado seguiría siendo propiedad del viejo. ¿O habría que verlo como una especie de propiedad compartida?

-Si fuera posible donar el pasado creo que dudaríamos en hacerlo, ¿no es verdad?

-….

-Lo que llamamos <<pasado>> no es propiedad de nadie. Pero si me presionaran a decir algo, diría que tal vez sólo ejercemos propiedad sobre las palabras presentes que cuentan el pasado. Y no sólo sobre las propias. Porque no es necesario saber de quién son las palabras. Pero, espere, ¿no es siempre lo que llamamos <<instante presente>> un momento sin palabras? Así, aunque una persona esté conversando como yo, el <<instante presente>< en sonidos como y o o, ¿no es un silencio sin sentido?

-…

-¡No! No quiero decir que el silencio, como en su caso, maestro, no tenga sentido… También a mí me gustaría mientras viva quedarme por un momento sin palabras.

-….

-Hay algo que se me ocurrió antes de venir a visitarlo. Aunque pareciera que el maestro puede escribir por lo menos en Katakana, sin embargo no escribe ni siquiera una letra. ¿No le parece esto inconveniente? Podría pedir aquello que necesita, por ejemplo, té o agua, usando sólo las letras a…

-…

-¿Hay alguna razón profunda para no escribir nada?

-…

-¡Ah, ya entiendo! Si una sola letra como te o a basta para solicitar un servicio, también sonidos como w o s tendrían sentido. Es como el balbuceo de un niño, ¿verdad? El amor materno lo comprende. Como sucede en su novela la madre que podía leer, ¿no es así? El balbuceo de un niño es el principio de la palabra, por lo tanto el amor es el principio de la palabra. Suponga, maestro, que decidiese decir <<muchas gracias>>, con sólo la letra a. Imagínese la alegría que le daría a su hija Tomiko si de vez en cuando escribiese la letra a.

-….

-Pienso, maestro, que esa sola a desbordante de amor tendría más fuerza que todas las novelas escritas en cuarenta años.

-…

-¿Por qué está callado, maestro? Tal vez pueda decir <<ahahah>> aunque lo haga babeando. Por favor intente escribir a.

-…

Estaba a punto de llamar a Tomiko a la cocina para que me trajera lápiz y papel cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo.

-¡No debo hacer esto! Estoy un poco borracho. ¡Perdone la grosería!

-…

-Maestro, he perturbado este silencio en el que usted había entrado con tanto trabajo

-…

Tomiko retornó a la salita y durante un rato tuve la sensación de que había estado gagueando. No había hecho más que dar vueltas en torno al silencio del viejo Akifusa. Tomiko pidió prestado el teléfono de una pescadería cercana y llamó al taxista que me había traído.

-Mi padre dice que vuelva a hablar con él de vez en cuando.

-¡Así será!- respondí como para salir del paso, y me subí al taxi.

-Veo que vino acompañado.

-Apenas está comenzando a anochecer y llevamos un pasajero. Por lo mismo no creo que se vaya a aparecer, pero por si acaso…

Atravesamos el túnel hacia Kamakura y nos acercamos al sitio del crematorio. De repente, el automóvil empezó a volar como una exhalación.

-¿Está aquí?

-¡Sí! ¡Ahí sentada a su lado!

-¡Ah!

La borrachera  me desapareció en un instante. Miré de reojo.

-¡No me asuste, que esto no tiene gracia!

-¡Ahí la tiene! ¡Ahí mismito!

-¡No diga mentiras! Y vaya más despacio que es peligroso.

-¡Ahí está sentada! ¿No la ve señor?

-No se ve. Yo no puedo verla… – y al decir esto empecé a sentir frío. Pero haciéndome el valiente pregunté-: Y sí está aquí, ¿no debería decirle algo?

-¡Ni… ni… en broma! El que habla a un fantasma queda paralizado. Embrujado. ¡Es escalofriante! ¡Ni se le ocurra! Llevémosla callados hasta Kamakura.

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