Cuentos de Joe Show. La piba y El Rayo

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La piba y El Rayo.

Era época de guapos, El Cirujano Arriaga era joven, potente. Un gran boxeador, técnico, inteligente, certero y venía invicto en veinticuatro peleas. En cambio El Rayo ya estaba viejo, rondaba los cuarenta. No tenía buena técnica pero tenía oficio; era sangre y fuerza bruta. Su record no se podía medir en porcentajes. Ganaba, perdía, pero cada batalla era memorable y jamás había caído en el ring.
Se enfrentaron en una velada extraordinaria, fue una pelea sangrienta. El Cirujano estuvo a punto de tirarlo varias veces, pero el oficio de El Rayo recostado sobre las cuerdas, balanceándose y trabajando de contra arrancaba en la fanaticada gritos de admiración.
Fue en el último round, la andanada de El Cirujano Arriaga fue terrible. Entraron muchos golpes y la cara cortada de El Rayo era una máscara sangrienta.
Cuando sonó la campana final tuvieron que llevarlo al rincón y sentarlo.Después al hospital, veinte puntos en la cara y parar las hemorragias.
Los años pasaron para los dos, “El Cirujano Arriaga” tuvo una vida  acomodada, buen pasar y una familia feliz.
En cambio El Rayo, sin un mango se perdió en el camino de la soledad.
Consiguió trabajo de jardinero a domicilio y alquilaba una casa chica en Castelar.
Fue en una premiación de viejas glorias del boxeo en un hotel céntrico. Se volvieron a juntar después de veinte años. Allí estaban los boxeadores con sus familias y las autoridades que organizaron el evento.
El Cirujano habló en el momento de la premiación haciendo alarde de su campaña, sus triunfos y su buena posición. Muchos de los boxeadores convocados eran tipos que habían perdido todo y hoy se la rebuscaban para sobrevivir. Entre ellos estaba El Rayo.
– ¡Foto! ¡foto! – gritaba El Cirujano, mientras abrazaba a los otros boxeadores viejos.
– ¡Foto con el campeón! Vení, acercate Rayo, Vení que ya te fajé una vez, te prometo que ahora no te voy a dar la biaba. ¡Vení carajo!
El Rayo, tomó esas palabras como una broma y se acomodo para la foto, en ese momento El Cirujano poniéndole el puño en el mentón. -¡Tomá esta foto che! es histórica!¡ Un recuerdo de aquel tiempo en que le rompí la jeta!.

-Papá! – se escucho la voz de Laurita.- ¡ No hablés así!
-Deje que hable niña, no me molesta, es cosa de viejos – dijo El Rayo mirando agradecido a Laurita.
Ella devolvió una mirada de ternura que al pobre viejo le hizo bajar la cabeza. Pero volvió a mirarla y ella sostenía fuerte esa mirada y él, volvió a bajar la cabeza.
-Hola. Sí, soy yo… ¿quién? Sí niña Arriaga me acuerdo. No. No hace falta disculparse su padre siempre fue así.Está bien, le repito que no hace falta. Bueno.¿Un reportaje? ¿a mí? ahhh, estudia periodismo. Es que no tengo mucho tiempo.Tal vez en otro momento, bueno, está bien. El lunes, bueno, a la tarde un rato porque a la mañana trabajo de jardinero, usted sabe.
Laurita estaba sentada frente a la ventana del viejo bar, lo vio venir. El Rayo estaba grande, pero se veía fuerte, rudo, caminaba bamboleándose, como bailando y traía un ramo de jazmines en su mano.
– Tome niña. son para usted, recién cortados. ¿Qué pasa? ¿ No le gustan los jazmines?
– Sí- Me gustan los jazmines, pero no se hubiera molestado.
– Es una pavadita de nada. Bueno, que va a tomar niña.
– Café.
– ¡Mozo!
Laura comenzó a preguntarle cosas sobre el  boxeo, sobre sus peleas, entrenamiento. El Rayo contaba su vida con un entusiasmo de pibe y con una dulzura que a Laura le encantaba. Luego hablaron de la vida. Laura estaba más interesado por la vida de ese hombre que de su campaña como boxeador.
– Estoy noviando sabe. Mi padre es muy celoso pero bueno,¿y usted?
– Yo ¿Qué?
– ¿Tiene mujer, hijos?
– No, ando sólo. Siempre fui un tipo solitario. Bueno, espero que le haya servido la charla. Me tengo que ir niña Arriaga, gracias. ¡Mozo!
La acompañó hasta la parada del colectivo, esperó a que se fuera, ella le gritó a través de la ventana – ¡Gracias campeón! El colectivo se perdió en la primera esquina.
– Hola. ¡Hola!, Sí, cómo está niña Arriaga. Qué bueno que le sirvió la nota.
– ¿Para qué? ¿Hablar? Bueno, con gusto si la puedo ayudar. El lunes próximo, Sí.
Se encontraron en el mismo bar. Laura lo vió llegar, bamboleándose y con un ramo de jazmines.
Sonrió al verlo pero de pronto al tenerlo allí, comenzó a temblar.
– ¿Le pasa algo niña?
– No, perdone, no sé que me pasó.
– Cuénteme, que tiene para decirme, si puedo ayudar.
– Es sobre mi padre
– Tipo difícil su padre, ¡la pucha! Cuente.
Laurita habló sobre el mal carácter de su padre y también sobre su novio. Que eran muy parecidos y que ella en realidad no lo amaba pero se iba a casar igual.
– ¿Y para qué se va a casar? ¿Repetir la historia? Pero ¿por qué me cuenta eso a mí? ¿No tiene una amiga a quién contarle?
– No sé, realmente no sé, perdón que lo molesté. En realidad creo que es una excusa.
-¿Excusa?
– Quería verlo, a usted quería verlo.
Laurita cambió la mirada. Sostenida como aquella vez en la convención cuando El Rayo tuvo que bajar la vista.
Laura tomó los dedos, la mano del hombre, comenzó a examinarlos.
– No tiene puño de boxeador, parece un artista.
Comenzó a jugar con los dedos del hombre.
– Niña… niña. Deje de joder, puedo ser su padre. Sabe me tengo que ir. No lo tome a mal.
EL Rayo Pagó la cuenta. La acompañó hasta el colectivo en silencio.
– Mire, allí viene.
Laurita subió – ¡Adiós campeón!
El Rayo levantó la mano, pero no quiso mirarla y el colectivo otra vez se perdió en la esquina.
Volvió al bar y se tomó una ginebra y otra y otra.
– ¡Puta! esta piba, qué ganas de cagarme la vida.
Laurita pensaba en él y EL Rayo no podía sacarla de su cabeza.
Dos meses más tarde otra vez el teléfono.
– ¿Qué querés ahora piba? No. No va a ser bueno. Claro que pensé.
Se comenzaron a ver. Primero un beso. Después fue un torbellino. Una locura.
Se veían en la casita de Castelar.
– Atame perro – pedía Laurita. Pedía todo lo que él le había enseñado. Suave y fuerte, todo.
– Te voy a cortar todo – decía Laurita. Y pasaron meses entre la pasión y la dulzura.
Un día Laura dejó de ir a la casa de El Rayo.
Pasaron meses y el pobre hombre quería enloquecer.

Hasta que un día:
– ¡Hola! ¿Pero qué te pasó? ¿cómo? ¿Te vas a casar? ¡No me cortes! ¡no me cortes por favor!
Laura, Lau…
El Rayo se echó al abandono, ya nada tenía sentido para él. Envejeció en un mes, diez años

.
Ramoncito estaba leyendo el diario mientras desayunaba. veinte años tenía Ramoncito. Leía las noticias de boxeo, había heredado el amor por el boxeo de su abuelo, El Cirujano Arriaga y boxeaba lindo el Ramoncito.
Laura, su madre, estaba terminando de servir el desayuno para ella cuando escuchó.
– ¡Ma! ¿Este tipo, El Rayo, no es el que peleó con el Abuelo? Mirá, dicen que murió ayer.
¡Mirá la foto Mamá! Tiene guardia zurda como yo. Mirá esta foto de joven.
Qué parecido mamá, se parece a mí. mirá como se plantaba en el ring. Igual que yo mamá.
¿Mamá. Mamá, que te pasa mamá?

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Pedro “Joe Show” Parcet

 

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4 comentarios en “Cuentos de Joe Show. La piba y El Rayo

  1. Genial, Pedro! Con ese final imprevisto. Con esa sutileza de reflejarse en la misma guardia, en la forma de pararse en el ring. Qué buen cuento para contar en bares, ¿verdad?. Para contarle a hombres que lo perdieron todo. ¡Muy bueno! Muy buen clima también.

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