Cuento Burkinabe: Nayelima

Nayelima

 

Nayelima era, una encantadora doncella, hija única, de un gran rey que tenía un tambor para llamar, que era de oro, y que lo colgaba en la rama de un árbol.
Un día, el árbol creció de manera misteriosa y su tronco se volvió muy liso, de modo que, ni el griot (el vocero del rey o portavoz) ni las personas del reino, podían alcanzar el tambor de oro.
Es, entonces, que el rey propuso su hija en matrimonio a quien pudiese bajar el tambor de oro. La noticia se divulgó por todos los sitios. Todos los jóvenes de la ciudad de la bella Nayelima, lo intentaron, pero, en vano. Ocurrió lo mismo con los jóvenes de los pueblos colindantes. Todos los jóvenes, cada uno a su turno, fracasaron y nadie podía trepar hasta la mitad del árbol.
Sin embargo, en el reino vecino, el rey tenía un hijo, éste era guapo, encantador y único. Tuvo conocimiento de la noticia y deseaba la bella Nayelima. Fué a casa de una anciana de su pueblo, le habló de sus cuitas y le pidió su ayuda. La anciana le dijo : « Voy a ayudarte si aceptas lo que voy a proponerte ». El príncipe le invitó a que le hiciese su propuesta. La anciana dijo : « Te voy a dar una piel de leproso que vas a llevarla : esta piel hará que puedas subir al árbol liso del rey ». El príncipe acepta, con gusto, su propuesta y, de seguido, la anciana lo viste con la piel de leproso. He aquí que, nuestro bello príncipe, se vuelve en ‘’papá mosca’’. A su llegada, las personas empiezan por querer expulsarlo, insultándole y riéndose de él, pero el rey invita al leproso, diciéndoles de dejarle, que haga su intento. Todos los demás, habiendo fracasado en su intento, el rey invita al leproso para que intente su suerte. La bella Nayelima comienza a llorar, porque sabe que el rey no cambiará de parecer.
El leproso comienza a subir al árbol cantando. Pregunta : « ¿Qué dice el padre de Nayelima? »
El portavoz del rey le responde : « ¡El padre de Nayelima dice que aquél que llegue a bajar el tambor de oro, recibirá, Nayelima, en matrimonio! ».
El leproso canta mientras sigue subiendo. Pregunta : « ¿Qué dice el padre de Nayelima? » « ¡El padre de Nayelima dice que aquél que llegue a bajar el tambor de oro, será el esposo deNayelima !».
Sube, sube, sube hasta la mitad del árbol y vuelve de nuevo a cantar el mismo canto y el portavoz le responde con las mismas palabras.
Sigue subiendo, sigue subiendo, y llega muy cerca del tambor de oro, no lo toca, pero, de nuevo, se pone a cantar lo mismo y, el portavoz, le responde con las mismas palabras.
En ese preciso instante, Nayelima se puso a llorar y, también, con élla, su madre.
Pero el leproso, muy contento, canta mientras baja con el tambor de oro. Todos están descontentos, le miran con desprecio ; otros, por tristeza, no pueden quedarse para ver lo que sigue; otros, malhumorados, murmuran entre éllos ; y otros, por envidia y por curiosidad, no pueden moverse de sus sitios.
El falso leproso baja del árbol con el tambor de oro. Sólo, el rey estaba satisfecho, sin embargo, todo el mundo tenía un aire triste, de duelo.
El gran rey da, su bella hija, en matrimonio a un leproso desconocido. La bella encantadora era rubia, regordita. Es la mujer de un leproso que nadie conoce sus orígenes ni sus padres. La gente intenta convencer al rey para que desista, pero, el rey les responde que él no lame la saliva que ha escupido por tierra. Todos los regalos que el rey otorga a la esposa, los rechaza, salvo sus vestidos y sus utensilios de cocina. Coge también los viejos utensilios para el leproso, su esposo.
Cuando Nayelima cocina, sirve a su marido en los viejos utensilios; cuando llega la noche, coge un grueso tronco de árbol y lo dispone entre su estera y la vieja estera de su marido. Y, es así, como viven.
Un día, Nayelima, se decide a vender dolo (cerveza de mijo) en el mercado. En cuanto la vendedora de dolo se va, el leproso se despoja de su piel de leproso y se va a su encuentro. No sabiendo que era su marido, le acoge con mucho gozo, diciéndose a élla misma, ¿por qué, este guapo muchacho, no vino para intentar descolgar el tambor de su padre y poderse casarse con élla?. Cada día de mercado, el falso leproso, repetía la misma estratagema y vino a ser un asiduo cliente de la vendedora de cerveza de mijo; cada vez que iba a beber el dolo, hablaba con élla. Un día, le propuso de huir con él. Pero, Nayelima, sabiendo quien era su padre, no aceptó la propuesta. Sin embargo, su pena aumentaba, cada día un poco más y, se iba volviendo, cada vez, menos guapa.
La anciana del pueblo, que había dado la piel de leproso al príncipe, le llamó y le hizo una pregunta : « Hija, cuando vas a vender el dolo, ¿quién es el joven que va, todos los días, a charlar contigo? ». Nayelima le respondió diciéndo : « Que no le conocía ni que sabía como se llamaba ». La anciana le desveló el secreto : « ¡es tu marido, el leproso, que es un falso leproso, soy yo, quién le dió la piel de leproso para que pudiese subir al árbol liso de tu padre! »
Nayelima dijo : « ¿Qué puedo hacer?
La anciana la aconsejó : « El día que vayas a vender dolo y le ves que viene, díle que espere un momento, que vienes enseguida; vas a coger la piel y la echas lejos. Es el hijo de nuestro rey, es hijo único ».
Los quebraderos de cabeza aumentaban, pensando a su falta de respeto, a las injurias , a los sufrimientos y a los malos ratos que había hecho pasar al leproso : se preguntaba lo que podía hacer. La anciana le dijo que no era tan grave que todo iba a pasar.
El día de mercado siguiente, la vendedora tenía prisa par irse al mercado. Se pone a vender dolo, espiando la llegada de su joven cliente, su esposo, el falso leproso. Un rato más tarde, llega como de costumbre, bebe y hablan juntos. Ese día, la vendedora estaba más alegre que de costumbre. Al poco rato, dice al joven : « Me voy a aliviarme, volveré enseguida ». No tardes mucho, le dice, pues, yo también tengo que irme a casa. Se fué corriendo a sus casa, encontró la piel, como la anciana le había dicho. La coge, se va a casa de la anciana que le dice que vaya a echarla, pero, Nayelima, cava un agujero y lo entierra, después, se vuele a su casa, barre toda la casa, reemplaza las cosas viejas por las nuevas y se va, con el tronco de árbol, a casa de la anciana para entragársela. Los nuevos utensilios han reemplazado los viejos, la casa, perfumada y bien ordenada. De nuevo la vendedora de dolo llega al mercado.
« Ya sé que tienes prisa, ¿he durado mucho? ¿ estás enfadado?
No tengo prisa ni tengo enfado, aunque estuviese enfadado y tuviese prisa, viéndote, todo se acaba
El falso leproso sospechaba algo. Un poco más tarde, dice que tiene que ir a su casa y la vendedora le sigue con sus ojos hasta que lo pierde de vista. Una vez en casa, constata un cambio radical y prefiere quedarse, fuera, debajo de un árbol. Al atardecer, Nayelima vuelve del mercado, encontrándole debajo de l’árbol. Le saluda sonriente, pero, Nfatogoma, es así como se llamaba el príncipe, no corresponde a su sonrisa. Nayelima se pone a cocinar y una vez preparada la comida, viene a ofrecerle agua caliente, pero su marido rechaza lavarse. Le sirve la comida en bonitos platos, pero Nfatogoma reclama los viejos platos usados con los que le servía, diciéndole de que si no viene con los viejos platos, no va a comer. Le suplica llorando, pero en vano. De nuevo, recurre a la anciana que interviene en su favor y acepta lavarse y comer en los bonitos platos. Durante la noche, Nfatogoma reclama su vieja estera usada y de nuevo Nayelima se va a casa de la anciana. Por fín, todo se arregla : no hay ningún reproche entre los dos. La paz, la alegría y el amor se han asentado en la casa y nuestra Nayelima ha vuelto a ser más guapa que antes. La anciana , es su madre, a quien le confía todos sus secretos que lleva en su carazón.
Así pues, va a hablar con élla para decirle : « Mamá, dí a tu hijo de que vuelva a casa de mi padre para explicarle lo sucedido, que mi marido es el mismo hombre, de lo contrario mi padre pensará que le he desobedecido y es algo muy grave para mí ». El papá de Nfatogoma, una vez informado, envía una importante delegación, acompañados del portavoz del rey y de Nfatogoma, ante los padres de la bella Nayelima.
Nada más llegar, Nayelima, que estaba con éllos, les condujo ante el portavoz de su padre. Después de haberse saludado largo y tendido, les preguntó por el objetivo de su visita.. El portavoz del padre de Nfatogoma tomó la palabra y dijo : « Este joven que usted está viendo, es el leproso que desenganchó del árbol vuestro tambor de oro y, a quien, ustedes, dieron vuestra hija en matrimonio ».
El portavoz les respondió : « ¿Qué ha pasado para que haya vuelto limpio y guapo? ».
« No era leproso, pero se revestió de la piel de un leproso que le dió una anciana de nuestro pueblo ».
Y, ¿por qué? ¿ Por qué ha actuado de semejante manera? »
« Sin esta estratagema, no habría podido subirse al árbol liso ».
« ¡Cuidado, digan la verdad! ¡Detestamos la mentira! »
« ¡Es la pura verdad, no es una mentira! Además, la misma anciana ha sido quien ha informado a vuestra hija consiguiendo coger la piel para echarla fuera… » El portavoz, cuenta, con todo detalle, lo ocurrido.
« ¡Esperen, por favor, un poco, ahora mismo vuelvo! ».
El portavoz se fué a informar al rey, padre de Nayelima. El rey envió su emisario para que escuchase a los extranjeros. El portavoz de los extranjeros repitió las mismas palabras, dichas antes, y el emisario, se fué a informar al rey.
El rey convocó a todos la notables de su reino para informarles. Después, el rey convocó a todo el mundo y les dió la noticia. El rey fué informado de la identidad de la persona en cuestión : hijo único de su rey.
El matrimonio de Nayelima y Nfatogoma fué festejado de nuevo durante semanas. Se despidieron de la familia política y emprendieron el camino de regreso. Una vez llegados, Nfatogoma y los suyos, lo festejaron durante tres meses. Terminadas estas grandes ceremonias, la bella y encantadora Nayelima no fué, ni una sola vez más, al mercado para vender dolo, ni hizo la cocina, ni trabajo alguno. Tenía sirvientes y sirvientas a su disposición.

Cuento Burkina Faso, Talleres de enarración oral, Cuentos africanos, Cuentos de África, Pedro Parcet

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