Cuento de Nigeria – Los diez gigantes

LOS DIEZ GIGANTES

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Junto a una aldea, había unas tierras que no pertenecían a nadie. En el transcurso de innumerables reuniones, los ancianos habían advertido muchas veces a los campesinos de los alrededores que los dioses habitaban en aquel lugar. Estaba prohibido entrar allí, labrar la tierra y cultivarla. Y como nadie se atrevía a entrar en ese terreno, parecía misterioso y daba miedo. Había crecido en él una inmensa floresta. Los animales evitaban entrar allí, y cuando se caminaba por su suelo, no se oía el ruido del viento en las hojas ni el canto de los pájaros.

Un día un agricultor que vivía cerca, al ver que su propio terreno era muy pequeño, decidió plantar maíz.

-Al fin y al cabo, se dijo a sí mismo, este terreno es inmenso. Debe de ser muy fértil. No entiendo por qué hasta ahora nadie se ha atrevido a cultivarlo. ¿Se deberá creer en esos hechiceros y en todo aquello que ellos cuentan? De todos modos nunca nadie viene por aquí. Cuando obtenga mi primera cosecha esta tierra será mía, y ¿quién podrá impedirme, entonces, de construir mi casa aquí?

El hombre agarró su azada y se dirigió a las tierras prohibidas. Ni bien comenzó a cortar el primer ramo, delante suyo, aparecieron diez gigantes, cada uno con una enorme catana, y sin perder tiempo, esos diez gigantes se pusieron a cortar todos los árboles y a labrar la tierra. El sol todavía no se había ocultado y el campo ya estaba limpio. Aquí y allí, los últimos gigantes acababan de quemar las ramas muertas y los árboles que habían sido derribados.

Un poco asustado por lo que acababa de pasar, el hombre esperó algunos días antes de volver al campo. Pero, cuando llegó el momento de labrar la tierra, cierta mañana, tomó la azada, se la puso al hombro y se dirigió a la tierra prohibida.

Apenas había terminado de trazar los primeros metros del primer canal de regadío y los gigantes volvieron a aparecer a su lado y sin decir palabra alguna se pusieron a imitarlo continuando con su trabajo. Con sus enormes azadas, los gigantes de prisa removieron todo el campo y durante el resto de la tarde, el hombre no cesó de admirar la larga serie de bellos canales de regadío, bien hondos y derechos.

Cuando llegó la estación de la siembra, el campesino fue a buscar sus semillas al granero y llenó un saco con ellas que luego depositó al borde del campo. Luego se limitó a lanzar las primeras semillas a la tierra y esperó. Inmediatamente los diez gigantes salieron del suelo para ayudarle e hicieron todo el trabajo en vez de él. En esta oportunidad el hombre los dejó hacer y se fue a sentar bajo la sombra de un árbol para observarlos. En poco tiempo, los diez gigantes terminaron de plantar todas las semillas de maíz y, ni bien acabaron desaparecieron del mismo modo que aparecieron.

La estación de las lluvias ya estaba bastante adelantada y el campesino pensó que ya era tiempo de volver a su campo para arrancar de él todas las hierbas malas que amenazaban con sofocar los jóvenes tallos de su maizal. Y como de costumbre, también en esta vez, los diez gigantes aparecieron y se encargaron de hacerle todo el trabajo.

El campesino estaba muy satisfecho e, interiormente, se felicitaba. Sin haber tenido que esforzarse demasiado en ese año,  pensaba que vendría a ser bien recompensado: iba, sin duda, a tener la mejor cosecha de toda la región. La vendería por un buen precio y, con todo ese dinero, podría comprarse bellos trajes, y así, de año en año, se volvería cada vez más rico. Sentado en el borde del campo, el hombre fumaba tranquilamente su pipa, soñando con un radiante futuro al ver crecer su bello maíz. Realmente, el había tenido una brillante idea al haber cultivado esa tierra, a pesar de la interdicción de los ancianos.

El maíz crecía cada vez más, elevándose en el aire, y ya se veía aparecer las primeras espigas. La esposa, que compartía la alegría de su marido, se dirigió un día al campo para admirar la tierra mágica y verificar si alguna de las espigas ya estaban maduras. Entró en el campo para coger algunas. De inmediato, los diez gigantes a su vez entraron en el campo y, sin aviso, comenzaron a coger todas las espigas que en su mayoría todavía estaban verdes, pues tenían poco tiempo de vida. La mujer intentó detenerlos, pero los gigantes eran más fuertes y numerosos. Cuando todas las espigas terminaron de ser arrancadas y lanzadas a la tierra, la mujer se dio cuenta que toda la cosecha estaba destruida. Sentada en medio del campo,  gritaba y lloraba, aun cuando los gigantes ya habían partido.

La mujer no se atrevió a volver a su casa. El marido comenzó a inquietarse y se dirigió al campo para buscarla. Viendo todo su maíz arrancado y los tallos partidos, comprendió que su cosecha estaba perdida, el campesino furioso agarró a su mujer y la comenzó a golpear. En ese momento los diez gigantes regresaron y se pusieron igualmente a golpear a la mujer, sin que el marido pudiera hacer nada, fuese lo que fuese, para impedirlos. Cuando los gigantes abandonaron el campo, el campesino se acercó a la mujer y vio que estaba muerta.

-Ah, ¡qué desgracia!-gritó él. –Tengo la cosecha destruida y aquí, a mis pies, a mi mujer muerta por mi culpa. El bien de ayer se transforma hoy en mal y este tiempo es realmente maldito. Pero ¿por qué es que no obedecí los consejos que me habían dado los ancianos? ¿Por qué es que vine aquí?

Llorando y gimiendo, el pobre hombre caminaba de una punta a otra del campo, dando puntapiés a los tallos de maíz que habían permanecido de pie y golpeándose en la cabeza con los puños. Inmediatamente, los diez gigantes regresaron al campo y comenzaron, unos a dar grandes puntapiés en el maíz, otros a golpear la cabeza del campesino con los puños y con todas sus fuerzas.

En poco tiempo el hombre cayó tumbado en medio del maizal destruido. Cuando los gigantes volvieron a desaparecer ya no quedaba nada. Poco a poco con las lluvias la hierba volvió a reventar, aparecieron árboles jóvenes aquí y allá, y algunos meses más tarde la floresta volvería a cubrir toda el área.

Antes de hacer cualquier cosa, siempre debemos tener en cuenta los avisos y los  consejos de los más viejos.

 

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