Cuentos de Pedro “Joe Show” – Guerrero

GUERRERO

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El Gran Guerrero estaba esperando sobre la rampa de los vehículos a la entrada del

Gran Hotel Moro cinco estrellas. Ochenta años tenía Guerrero y un pasado de gloria en el boxeo.
Era un crudo invierno y estaba abrigado con un sweter, una chaqueta militar, bufanda
verde y su inconfundible boina roja llena de distintivos.
Vio llegar lentamente al remis y levantó sus brazos de náufrago cansado.

El remis subió a la rampa.
Bajó el Chofer.
Ayudo a Guerrero a sentarse en el asiento trasero.
Guardó su silla de ruedas en el baúl.
El remis bajó la rampa tomando la avenida principal rumbo al gran estadio.
Llegaron.
El chofer bajó la silla de ruedas.
Ayudó a Guerrero a sentarse en su silla llevándolo hasta la entrada principal.
Allí estaba la gente del gran evento esperándo.
– ¡Bienvenido Campeón!
Colocaron una banda Argentina sobre su pecho y sobre los parantes del respaldo de la silla de ruedas enarbolaron otra bandera argentina.
Se abrió el portal.
Lo llevaron por los pasillos.
Las luces del fondo…
El ring iluminado. Flashes, fotos.
El anunciador oficial:
¡-Ha llegado el Gran Guerrero!
Rugió el estadio.
Volvió a levantar sus brazos de náufrago, brazos que se movían de pena, lentos, desacompasados.
Empujaron la silla que dio dos vueltas alrededor del ring.
Por último la acomodaron al lado de las autoridades.
El anunciador, mirando a Guerrero, hablo de su historia y la grandeza de sus batallas en el ring.
El estadio rugió nuevamente.
La pelea de campeonato entre el Panterita Crespo y el Nando Rodriguez fue sensacional.
Una pelea inolvidable desde la campanada inicial.
Al terminar ambos campeones bajaron para abrazar y sacarse fotos con el viejo Guerrero.
Antes de irse, el promotor le dijo a Guerrero:
– Gracias Campeón. No se ofenda, pero esto es para usted – y puso un sobre con dinero en el bolsillo de la chaqueta del campeón.
Guerrero abrió los ojos grandes. Sus ojos eran dos pozos de agua.
Quitaron la bandera argentina del parante de la silla y el bando que cruzaba su pecho.
Empujaron la silla hacia la salida.
El remis.
El regreso al Gran Hotel Moro cinco estrellas.
La rampa.
El chofer acomodó a Guerrero en la silla de ruedas y se despidió.
Desde la rampa Guerrero agitó sus brazos de náufrago a modo de despedida.
Cuando el remis se perdió en la noche Guerrero cerró su chaqueta y ajustó la bufanda.

Empujó su silla bajando la rampa del Gran Hotel Moro. Cincuenta metros más adelante estaba la pensión de Ercilia. Una vieja fornida y desagradable.

Era una pensión de mala muerte, puertas rotas, camas hundidas, humedad, paredes y pisos rotos.
Allí vivía Guerrero en soledad. Su mujer había partido hacía mucho tiempo, pobre vieja y su hijo, el Juan, se había perdido en el delirio del alcohol. Más de veinte años sin saber nada de él.
Guerrero entró a la pensión. Trató de no hacer ruido.
La silla desvencijada chirrió, el piso de madera de la pieza crujió.
Se quitó la bufanda y tirándose sobre la cama apretando el bolsillo de la chaqueta con el dinero y la boina roja sobre la cara quedó dormido.
En el sueño su mujer y el Juan, su hijo, lo miraban, sonreían pero se dieron vuelta al sentir unos golpes.
Guerrero despertó. Allí estaba parada Ercilia.
– Viejo de mierda me debe un montón de plata, si no me paga usted y su silla van a parar a la calle.
Sentándose con las pocas fuerzas que le quedaba el viejo Guerrero tanteó el bolsillo de la chaqueta.
Tomó el sobre con dinero y con esas manos huesudas, temblando le dio el sobre a Ercilia, pero el dinero no alcanzaba para pagar su deuda.
En esas noches de invierno crudo se lo veía al viejo Guerrero en su silla de ruedas con su chaqueta verde, su bufanda y su boina roja llena de distintivos.

Pedía dinero entre los coches, por momentos abriendo esos brazos de náufrago desesperado.
Se lo veía a las puertas de comedores comunitarios haciendo cola por un plato de comida o en los albergues buscando una cama para descansar o para no morir de frío.
Fue una noche, en uno de esos comedores. Estaba sentado frente a una mesa larga entre muchos platos de sopa, escuchó una voz:

– ¿Quiere un poco de mi pan señor?
Cuando miró se encontró con esos ojos. Ese hombre estaba tan viejo como él.
Eran sus propios ojos en los ojos de otro.
Se abrazaron. Es que veinte años sin verse es mucho tiempo.

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 Las fotos son gentileza de Amaya Laura Arruabarrena.

TALLERES DE NARRACIÓN ORAL

 

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