Cuentos de circo

                 ELSA BORNEMANN

   Un elefante ocupa mucho espacio

CIRCUS

Que un elefante ocupa mucho espacio lo sabemos todos. Pero que Víctor, un elefante de circo, se decidió una vez a pensar «en elefante», esto es, a tener una idea tan enorme como su cuerpo… ah… eso algunos no lo saben, y por eso se los cuento:
Verano. Los domadores dormían en sus carromatos, alineados a un costado de la gran carpa. Los animales velaban desconcertados. No era para menos: cinco minutos antes el loro había volado de jaula en jaula comunicándoles la inquietante noticia. El elefante había declarado huelga general y proponía que ninguno actuara en la función del día siguiente.
-¿Te has vuelto loco, Víctor?- le preguntó el león, asomando el hocico por entre los barrotes de su jaula. -¿Cómo te atreves a ordenar algo semejante sin haberme consultado? ¡El rey de los animales soy yo!
La risita del elefante se desparramó como papel picado en la oscuridad de la noche:
-Ja. El rey de los animales es el hombre, compañero. Y sobre todo aquí, tan lejos de nuestras selvas…
– ¿De qué te quejas, Víctor? -interrumpió un osito, gritando desde su encierro. ¿No son acaso los hombres los que nos dan techo y comida?
– Tú has nacido bajo la lona del circo… -le contestó Víctor dulcemente. La esposa del criador te crió con mamadera… Solamente conoces el país de los hombres y no puedes entender, aún, la alegría de la libertad…
– ¿Se puede saber para qué hacemos huelga? -gruñó la foca, coleteando nerviosa de aquí para allá.
– ¡Al fin una buena pregunta! -exclamó Víctor, entusiasmado, y ahí nomás les explicó a sus compañeros que ellos eran presos… que trabajaban para que el dueño del circo se llenara los bolsillos de dinero… que eran obligados a ejecutar ridículas pruebas para divertir a la gente… que se los forzaba a imitar a los hombres… que no debían soportar más humillaciones y que patatín y que patatán. (Y que patatín fue el consejo de hacer entender a los hombres que los animales querían volver a ser libres… Y que patatán fue la orden de huelga general…)
– Bah… Pamplinas… -se burló el león-. ¿Cómo piensas comunicarte con los hombres? ¿Acaso alguno de nosotros habla su idioma?
– Sí -aseguró Víctor. El loro será nuestro intérprete -y enroscando la trompa en los barrotes de su jaula, los dobló sin dificultad y salió afuera. En seguida, abrió una tras otra las jaulas de sus compañeros.
Al rato, todos retozaban en los carromatos. ¡hasta el león!
Los primeros rayos de sol picaban como abejas zumbadoras sobre las pieles de los animales cuando el dueño del circo se desperezó ante la ventana de su casa rodante. El calor parecía cortar el aire en infinidad de líneas anaranjadas… (los animales nunca supieron si fue por eso que el dueño del circo pidió socorro y después se desmayó, apenas pisó el césped…)
De inmediato, los domadores aparecieron en su auxilio:
– Los animales están sueltos!- gritaron acoro, antes de correr en busca de sus látigos.
– ¡Pues ahora los usarán para espantarnos las moscas!- les comunicó el loro no bien los domadores los rodearon, dispuestos a encerrarlos nuevamente.
– ¡Ya no vamos a trabajar en el circo! ¡Huelga general, decretada por nuestro delegado, el elefante!
– ¿Qué disparate es este? ¡A las jaulas! -y los látigos silbadores ondularon amenazadoramente.
– ¡Ustedes a las jaulas! -gruñeron los orangutanes. Y allí mismo se lanzaron sobre ellos y los encerraron. Pataleando furioso, el dueño del circo fue el que más resistencia opuso. Por fin, también él miraba correr el tiempo detrás de los barrotes.
La gente que esa tarde se aglomeró delante de las boleterías, las encontró cerradas por grandes carteles que anunciaban: CIRCO TOMADO POR LOS TRABAJADORES. HUELGA GENERAL DE ANIMALES.
Entretanto, Víctor y sus compañeros trataban de adiestrar a los hombres:
– ¡Caminen en cuatro patas y luego salten a través de estos aros de fuego! ¡Mantengan el equilibrio apoyados sobre sus cabezas!
– ¡No usen las manos para comer! ¡Rebuznen! ¡Maúllen! ¡Ladren! ¡Rujan!

– ¡BASTA, POR FAVOR, BASTA! – gimió el dueño del circo al concluir su vuelta número doscientos alrededor de la carpa, caminando sobre las manos-. ¡Nos damos por vencidos! ¿Qué quieren?
El loro carraspeó, tosió, tomó unos sorbitos de agua y pronunció entonces el discurso que le había enseñado el elefante:
– … Con que esto no, y eso tampoco, y aquello nunca más, y no es justo, y que patatín y que patatán… porque… o nos envían de regreso a nuestras selvas… o inauguramos el primer circo de hombres animalizados, para diversión de todos los gatos y perros del vecindario. He dicho.
Las cámaras de televisión transmitieron un espectáculo insólito aquel fin de semana: en el aeropuerto, cada uno portando su correspondiente pasaje en los dientes (o sujeto en el pico en el caso del loro), todos los animales se ubicaron en orden frente a la puerta de embarque con destino al África.
Claro que el dueño del circo tuvo que contratar dos aviones: En uno viajaron los tigres, el león, los orangutanes, la foca, el osito y el loro. El otro fue totalmente utilizado por Víctor… porque todos sabemos que un elefante ocupa mucho, mucho espacio…

atracción. La mamá de manolo en pista chica

DYLAN THOMAS 

Circo

Ya estaba cerrada la feria, habían apagado las luces de los tenderetes de coco y los caballitos de madera, inmóviles en la obscuridad, aguardaban las músicas y el zumbido de maquinaria que volviera de nuevo a hacerlos trotar. En las casetas, las lamparillas de nafta se habían ido difuminando una a una y sobre cada uno de los tableros de juegos habían ido echando las fundas de lona. Todo el gentío había vuelto a sus casas y ya sólo quedaban lucecitas en los ventanucos de los carromatos.

Nadie había reparado en aquella niña. A un lado del tiovivo, vestida de negro, escuchaba el último hilillo de pasos ya lejanos que se marcaban en el serrín mientras agonizaba un ligero murmullo de silenciosas despedidas. Y entonces, sola ella en medio de aquel desierto de perfiles de caballitos y humildes barquitos fantásticos, se puso a buscar un lugar donde dormir. Aquí y allí, levantando las lonas que parecían mortajas cubriendo los tenderetes, se abría paso entre la obscuridad. Le asustaban los ratones que correteaban por los tablamentos repletos de desperdicios y el mismo latir de las lonas que el aire hacía bambolearse como un velamen. Ahora se había escondido junto a los tiovivos. Se coló en uno de ellos y con el crujido de los pasos repiquetearon las campanitas que los caballos llevaban colgadas al cuello. No se atrevió a respirar hasta que no se reanudó el tranquilo silencio y la obscuridad no se hubo olvidado del ruido. En todas las góndolas, en todos los puestos buscaba con los ojos un lecho. Pero no había un solo lugar en toda la feria donde pudiera echarse a dormir. Un sitio porque era demasiado silencioso, otro porque los ratones andaban allí. En el puesto del astrólogo había un montoncito de paja, se arrodilló a su costado y al extender la mano sintió que tocaba una mano de niño.

No, no había un solo lugar. Se dirigió lentamente hacia los carromatos que se habían estacionado más lejos del centro de la feria y descubrió que sólo en dos de ellos había luces. Agarró con fuerza su bolsa vacía y se quedó a la espera mientras elegía uno en que molestar. Por fin se decidió a llamar a la ventana de uno pequeño y decrépito que tenía al lado. Empinada de puntillas, ojeó su interior. Delante de una cocinilla, tostando una rebanada de pan, estaba sentado el hombre más gordo que ella había visto nunca. Dio tres golpecitos con los nudillos en el cristal y luego se escondió en las sombras. Oyó que el hombre salía hasta los escalones y preguntaba: «¿quién?, ¿quién?», pero no se atrevió a responder. «¿Quién? ¿Quién?», repitió.

La voz de aquel hombre, tan fina como grueso su cuerpo, le hizo reír.

Y él, al descubrir la risa, se volvió hacia donde la obscuridad la ocultaba. «Primero llamas –dijo–, luego te escondes y después te ríes, ¿eh?»

La niña apareció entonces en un círculo de luz sabiendo que ya no hacía falta seguir escondida.

–Una niña –dijo–. Anda, entra y sacúdete los pies.

Ni siquiera la esperó; ya se había vuelto a retirar al carromato y ella no tuvo otro remedio que seguirle, subir los escalones y meterse en aquel desordenado cuartucho. El hombre había vuelto a sentarse y seguía tostándose la misma rebanada de pan.

–¿Estás ahí? –preguntó, porque ahora le daba la espalda.

–¿Cierro la puerta? –preguntó la niña.

Y la cerró sin esperar respuesta.

Se sentó en un camastro y le observó tostar el pan.

–Yo sé tostar el pan mejor que tú –dijo la niña.

–No lo dudo –dijo el Gordo.

Vio cómo colocaba en un plato un trozo carbonizado y cómo, en seguida, ponía otro frente al fuego, que se quemó inmediatamente.

–Déjame tostártelo –dijo ella.

Y él le alargó con torpeza el tenedor y la barra entera.

–Córtalo –dijo–, tuéstalo y cómetelo.

Ella se sentó en la silla.

–Mira cómo me has hundido la cama –dijo el Gordo–, ¿quién eres tú para hundirme la cama?

–Me llamo Annie –le dijo.

En seguida todo el pan estuvo tostado y untado de mantequilla, y la niña lo dispuso en dos platos y acercó dos sillas a la mesa.

–Yo me voy a comer lo mío en la cama –dijo el Gordo–. Tú tómatelo aquí.

Cuando acabaron de cenar, él apartó su silla y se puso a contemplarla desde el otro extremo de la mesa.

–Yo soy el Gordo –dijo–. Soy de Treorchy. El adivinador de al lado es de Aberdare.

–Yo no soy de la feria –dijo la niña–, vengo de Cardiff.

–Esa es una ciudad grande –asintió el Gordo.

Y le preguntó que por qué andaba por allí.

–Por dinero –dijo Annie.

Y luego él le contó cosas de la feria, los sitios por donde había andado y la gente que había conocido. Le dijo los años que tenía, lo que pensaba, cómo se llamaban sus hermanos y cómo le gustaría ponerle a su hijo. Le enseñó una postal del puerto de Boston y un retrato de su madre que era levantadora de pesos. Y le contó cómo era el verano en Irlanda.

–Yo he sido siempre gordo –dijo–– y ahora ya soy el Gordo. Como soy tan gordo nadie me quiere tocar.

Y le contó que en Sicilia y por el Mediterráneo había una ola de calor. Ella le habló del niño que había en el puesto del Astrólogo.

–Eso son las estrellas otra vez –dijo él.

–Ese niño se va a morir –dijo Annie.

El abrió la puerta y salió a la obscuridad. Ella no se movió, se quedó mirando a su alrededor pensando que a lo mejor él se había ido a buscar un policía. Sería una fatalidad volver a ser cogida por la policía. Al otro lado de la puerta abierta, la noche se veía inhóspita y ella acercó la silla a la cocina.

–Mejor que me cojan caliente –dijo.

Por el ruido supo que el Gordo se acercaba y se puso a temblar. Subió los escalones como una montaña andarina y ella apretó las manos por debajo de su delgado pecho. Pudo ver, aun en la obscuridad, que el Gordo sonreía.

–Mira lo que han hecho las estrellas –dijo, y traía en los brazos al niño del Astrólogo.

Ella lo acunó y el niño lloriqueaba en su regazo mientras la niña contaba el miedo que había pasado después que se hubo ido.

–¿Y qué iba a hacer yo con un policía?

Ella le contó que un policía la estaba buscando.

–¿Y qué has hecho tú para que te ande buscando la policía?

Ella no contestó y tan sólo se llevó al niño al pecho estéril. Y él vio lo delgadita que estaba.

–Tienes que comer, Cardiff –dijo.

Y entonces se echó a llorar el niño. De un gemidito pasó el llanto a convertirse en una tormenta de desesperación. La niña lo movía pero nada lograba aliviarlo.

–¡Para, para! –dijo el Gordo, pero el llanto se hizo mayor.

Annie lo sofocaba con besitos, pero el aullido persistía.

–Tenemos que hacer algo –dijo ella.

–Cántale una canción de cuna.

Así lo hizo, pero al niño no le gustaba.

–Sólo podemos hacer una cosa –dijo–, tenemos que llevarle hasta el tiovivo.

Y con el niño abrazado al cuello, bajó precipitadamente las escaleras del carromato y corrió por entre la feria desierta con el Gordo jadeante a sus talones.

Entre los tenderetes y puestos llegaron hasta el centro de la feria donde se alzaban los caballitos del tiovivo y se subió a una de las monturas.

–Pónlo en marcha –dijo ella.

Desde lejos podía oírse al Gordo dando vueltas al manubrio con que se echaba a andar aquel mecanismo que hacía galopar a los caballos el día entero. Y ella oía bien el salmodiante respiro de las máquinas. Al pie de los caballitos, las tablas se estremecían en un crujido. La niña vio que el Gordo apalancaba una manivela y que venía a sentarse en la montura del más pequeño de todos los caballos. Y el tiovivo empezó a dar vueltas, despacito al principio y ganando velocidad después, y el niño que llevaba al pecho la pequeña ahora ya no lloraba y batía las palmas. El airecillo nocturno le mesaba el cabello, la música le vibraba en los oídos. Los caballitos seguían dando vueltas y vueltas, y el trepidar de sus pezuñas acallaba los lamentos del viento nocturno.

Y así fue como empezaron a salir de sus carromatos las gentes y así los encontraron al Gordo y a la niña de negro que llevaba en los brazos un pequeño. En sus corceles mecánicos giraban al compás de una incesante música de órgano.

asistente se busca

MARIO BENEDETTI 

Esa boca.

Su entusiasmo por el circo se venía arrastrando desde tiempo atrás. Dos meses, quizá. Pero cuando siete años son toda la vida y aún se ve el mundo de los mayores como una muchedumbre a través de un vidrio esmerilado, entonces dos meses representan un largo, insondable proceso. Sus hermanos mayores habían ido dos o tres veces e imitaban minuciosamente las graciosas desgracias de los payasos y las contorsiones y equilibrios de los forzudos. También los compañeros de la escuela lo habían visto y se reían con grandes aspavientos al recordar este golpe o aquella pirueta. Sólo que Carlos no sabía que eran exageraciones destinadas a él, a él que no iba al circo porque el padre entendía que era muy impresionable y podía conmoverse demasiado ante el riesgo inútil que corrían los trapecistas. Sin embargo, Carlos sentía algo parecido a un dolor en el pecho siempre que pensaba en los payasos. Cada día se le iba siendo más dificil soportar su curiosidad.

Entonces preparó la frase y en el momento oportuno se la dijo al padre: « ¿No habría forma de que yo pudiese ir alguna vez al circo? » A los siete años, toda frase larga resulta simpática y el padre se vio obligado primero a sonreír, luego a explicarse: «No quiero que veas a los trapecistas. » En cuanto oyó esto, Carlos se sintió verdaderamente a salvo, porque él no tenía interés en los trapecistas. « ¿Y si me fuera cuando empieza ese número? » « Bueno », contestó el padre, « así, sí».

La madre compró dos entradas y lo llevó el sábado de noche. Apareció una mujer de malla roja que hacía equilibrio sobre un caballo blanco. Él esperaba a los payasos. Aplaudieron. Después salieron unos monos que andaban en bicicleta, pero él esperaba a los payasos. Otra vez aplaudieron y apareció un malabarista. Carlos miraba con los ojos muy abiertos, pero de pronto se encontró bostezando. Aplaudieron de nuevo y salieron -ahora sí- los payasos.

Su interés llegó a la máxima tensión. Eran cuatro, dos de ellos enanos. Uno de los grandes hizo una cabriola, de aquellas que imitaba su hermano mayor. Un enano se le metió entre las piernas y el payaso grande le pegó sonoramente en el trasero. Casi todos los espectadores se reían y algunos muchachitos empezaban a festejar el chiste mímico antes aún de que el payaso emprendiera su gesto. Los dos enanos se trenzaron en la milésima versión de una pelea absurda, mientras el menos cómico de los otros dos los alentaba para que se pegasen. Entonces el segundo payaso grande, que era sin lugar a dudas el más cómico, se acercó a la baranda que limitaba la pista, y Carlos lo vio junto a él, tan cerca que pudo distinguir la boca cansada del hombre bajo la risa pintada y fija del payaso. Por un instante el pobre diablo vio aquella carita asombrada y le sonrió, de modo imperceptible, con sus labios verdaderos. Pero los otros tres habían concluido y el payaso más cómico se unió a los demás en los porrazos y saltos finales, y todos aplaudieron, aun la madre de Carlos.

Y como después venían los trapecistas, de acuerdo a lo convenidó la madre lo tomó de un brazo y salieron a la calle. Ahora sí había visto el circo, como sus hermanos y los compañeros del colegio. Sentía el pecho vacío y no le importaba qué iba a decir mañana. Serían las once de la noche, pero la madre sospechaba algo y lo introdujo en la zona de luz de una vidriera. Le pasó despacio, como si no lo creyera, una mano por los ojos, y después le preguntó si estaba llorando. Él no dijo nada. «¿Es por los trapecistas? ¿Tenías ganas de verlos?»

Ya era demasiado. A él no le interesaban los trapecistas. Sólo para destruir el malentendido, explicó que lloraba porque los payasos no le hacían reír.

circus gigante roto

             Julio Paredes 1943  EN RELATOS INVISIBLES DE ALFAGUARA 
«A la mañana siguiente ya no estaba, y no hubo búsqueda alguna que descubriese dónde podía estar.   Rudyard Kipling»       El retorno de Imray
Mil novecientos cuarenta y tres fue el año que dividió mi vida en dos. Como yo apenas contaba con once años recién cumplidos desconocía aún la tenebrosa dimensión, no nueva pero sí de una crueldad insólita, que por esos mismos días estaba tomando el mundo de los hombres, no sólo en este país sino también en el mundo entero. En una especie de paradoja prefabricada, que entendí, claro está, más adelante con la relativa claridad mental que me dio el tiempo, esa pérdida de la inocencia universal pareció coincidir con la mía, malograda en el mismo año y que, después de un montaje extravagante para mi temprana edad, en cuestión de minutos me obligaría a actuar como un hombre prematuro, como un adulto madurado a destiempo y a contramano.
La triste broma que le dio la vuelta definitiva a mi vida sucedió la primera semana de marzo, una tarde de feria en la que mi padre, mis cuatro hermanos y yo asistimos, entre asustados y atónitos, después de las desconcertantes maniobras de un ilusionista que venía de Rusia, a la desaparición de mi madre. Intercambiada entre humos blancos, redobles de tambor y largos trapos de colores, por un adormecido tigre de Bengala encerrado en una jaula estrecha, mi madre no había vuelto a salir de la caja metálica donde la habíamos visto entrar, después de saludarnos a los seis, con su sombrerito negro adornado con un par de tréboles y el mismo gesto que repetían todos los voluntarios incautos que se sometían a los juegos hipnóticos del mago de turno.
Como ese número, al que un presentador de sacoleva roja llamaba con el incompresible término de ´transmigración´, no era nuevo para nosotros y siempre había formado parte de las funciones a las que asistíamos más de una vez al año, ninguno sospechó la absurda fatalidad de que mi madre no regresaría del otro lado de las cortinas que cerraban el escenario. Además, por ser el más espectacular de los que se veían en la carpa, el truco clausuraba la presentación y de inmediato pasaba un ruidoso desfile de despedida, con payasos que lanzaban baldazos de confeti con los que hacían saltar al público alrededor de la pista y nadie, entre risas, se fijaba en otra cosa. Por lo general, el voluntario trasplantado regresaba al interior unos minutos más tarde, algo atontado e inquieto y con una foto autografiada del mago que lo había convertido a los ojos de los otros en un felino.
Por esos días esta ciudad, un lugar que aún no era otra cosa que un mapita sin extensión y al que era fácil reconocerle todos los límites, entraba en una especie de festivo desorden, una euforia callejera que, a la semana previa de la cuaresma, también contagiaba a mis padres. No sólo estaban los carnavales de los estudiantes universitarios, en los que diablos medio borrachos y jovencitas enmascaradas se encaramaban a camiones y tranvías, colgando como racimos de figurines, o se lanzaban en carrera por las calles del centro con pitos y matracas y que los niños, cuando nos dejaban, acompañábamos por un par de cuadras, gritando emocionados como si escoltáramos fantasmas que festejaran una pasajera libertad; también venía algún que otro espectáculo de carpa con raros portentos entre los que se combinaban acróbatas sobre caballos, alguna mujer barbuda, el desfile de fenómenos zoológicos sin par, familiar de albinos enanos o mujeres que cantaban como pájaros y aunque a todos en la casa nos fascinara ese mundo era mi madre, en particular, la que parecía profesar una especie de culto secreto, casi fanático, por todo lo que pudiera suceder en los límites de un circo, como si encontrara ahí un mundo de una belleza y una fantasía insuperables. Sin embargo, así se tratara de un territorio donde sucedían cosas sin explicación, creaciones de un universo lejano, nada había sospechar que acarrearan una desventura para quienes las contemplaran.
Entonces, y a pesar de que en esos primeros meses de mil novecientos cuarenta y tres a esta ciudad aún la cercaban las secuelas de una peligrosa epidemia de tifo, cuando mi madre encontró en la calle un cartel que anunciaba la llegada de un nuevo circo extranjero, que además de escapar de la guerra en Europa traía también algunas maravillas nunca vistas en estas tierras, entró enseguida en el arrebato de siempre y que no se aplacó hasta los segundos previos al momento en el que, después de agitar los brazos en elire como una niña enloquecida, el mago ruso, un hombre altísimo de barba espesa y cejas que le tapaban la mirada, la escogía entre el público.
Mi padre no se movió, y no dejó que ninguno de nosotros cinco se moviera, hasta que las graderías quedaron totalmente vacías. El silencio que siguió empezó a asustarme y , aunque no estuviéramos muy arriba, los huecos entre las tablas me dieron vértigo y creí que toda la armazón se sacudía. Segundos después, de entre las cortinas que llevaban a la parte de atrás, salió un hombrecito vestido de overol con una pala y una especie de rastrillo. Aunque éramos los únicos no nos presto atención y empezó a remover, casi con tristeza, la arena fina que cubría la pista. Como si comprendiera también que no parecía real que el tipo abajo nos hubiera visto, mi padre se puso de pie y con pasos agiles salto hasta donde estaba e otro. No alcanzamos a escuchar lo que le preguntaba pero por el gesto con el que lo miro el hombre sospeche que no entendía español. Entonces, sin esperar una respuesta y sin voltearse a mirarnos, mi padre se lanzo hacia ese otro lado donde sin duda estaría la fuente de todo el misterio.
Por un instante creí que los sucesos se acelerarían y aunque no podía prever nada rogué en silencio que mis padres no tardaran en salir untos, mi madre agarrado al brazo de mi padre, relatando feliz su admirable vuelo invisible. Sin embargo, la escena que teníamos al frente no pareció avanzar, con la única repetición del desganado movimiento del hombrecito que sacudía de un lado a otro la arena y nuestra irada desconcertada hacia las cortinas inmóviles.
Nunca supe cuanto tiempo transcurrió y como yo, a pesar de ser el mayor, también sentía la misma perplejidad, el mismo terror oscuro de verme abandonado en esas graderías, cuando los menores, intrigados, quisieron saber que sucedía simplemente les di la tímida orden de permanecer callados y quietos en el mismo sitio…
El hombre que estaba en la arena se detuvo cuando había dado casi toda la vuelta al círculo y, sin soltar el rastrillo, busco algo en uno de los bolsillos de atrás. El movimiento le hizo levantar la cabeza y su mirada se cruzo con nuestro grupo. No nos miro con asombro per dejo la mano quieta en el bolsillo, como si el descubrimiento de ese inesperado quinteto de niños pasmados lo hiciera arrepentirse de una intención que con seguridad creía privada. Por un par de segundos miro hacia el hueco por donde había saltado mi padre y nos volvió a repasar con los ojos, esta vez con mayor atención. Movió por fin la mano y se puso un cigarrillo en la boca. Casi en el mismo segundo, y tal vez para mostrar que el también sabia de números mágicos, rasgó y encendió con la uña del pulgar una cerilla que pareció agarrar el aire. Después de la primera bocanada, nos mostro una sonrisa tímida, de dientes oscuros y desordenados. Intento decir algo pero de inmediato sacudió la cabeza, sin duda recordando que se encontraba en una ciudad donde hablaban un idioma incompresible. Soltó un suspiro corto y con el cigarrillo todo el tiempo entre los labios reanudó, con la misma lentitud de antes, la sacudida de la arena.
Sentí que mis hermanos se apretujaban y no me gustó para nada la idea de que en los próximos minutos yo tuviera que bajar y también encaminarme solitario hacia el otro lado, donde estarían las jaulas y los vagones, para seguir anhelante alguna huella de mis padres. Sin embargo, en ese momento y cuando buscaba una frase que nos tranquilizara a todos, escuché voces que subían y bajaban de volumen, en una vaivén que se aproximaba y se alejaba y supuse que los que discutían caminaban de un lado a otro sin parar. A pesar de quedar amortiguada por la gruesa cortina, distinguí la voz de mi padre, pidiendo algo a gritos. El que barría volvió a quedarse inmóvil, levantó los hombros mirándonos y después de escupir la colilla en el suelo puso un gesto de sorpresa en la cara. Me di cuenta que los cinco nos habíamos agarrado de las manos, como dispuestos para una oración.las voces aumentaron de volumen y entonces, después de varios golpes que inflaron las cortinas, apareció mi padre resoplando, dando zancadas rabiosas, seguido por el mago, una mujer vestida de bailarina y el tipo de sacoleva rojo.
Mi madre no estaba.
Se detuvieron al borde la pista de arena. Mi padre nos busco con los ojos y, tal vez por encontrar que la escena que representábamos inmóviles era un poco triste, pareció calmarse. Como en una preparación previa, el grupo se acomodo en una especia de rombo, iluminados los cuatro por una de las extensiones de bombillos que atravesaban la carpa. Alcance a pensar que habían decidido brindarnos un último espectáculo. Me fije en el perfil de mi padre, atento a las palabras que había empezado a mascullar el del sacoleva, la mirada fija en sus manos que no dejaban de jugar con el sombreo, un borsalino marrón que años después recibiría yo como su única herencia. Al final de las últimas frases del otro, mi padre, sin levantar los ojos, se froto con fuerza la nuca y se aflojo el nudo de la corbata. Vi que la mujer, a su derecha, se movía un poco para observarnos mejor. Quizá para que no lo inmiscuyeran en la discusión, el hombrecito del overol se retiro en silencio y se perdió pro entre los recovecos que formaban abajo las graderías.
De repente el mago, que nos daba la espalda, cambio de lugar y empezó a hablar mirándonos. Varios centímetros más alto que los otros tres, acompañaba sus palabras abriendo y cerrando los brazos, como si recurriera a un ejercicio indispensable para tomar aires. De vez en cuando señalaba con dedos temblorosos hacia uno de los vértices superiores de la carpa. El volumen de su voz iba en aumento y por un momento creí que entonaba para nosotros las líneas de un nuevo canto letárgico. Comprendí que la mujer no estaba ahí para remedar tímidamente los ademanes del ruso sino para traducirle a mi padre los giros de es idioma enrevesado que hablaba el hombre.
El mago soltó la última frase con el mismo ímpetu con el que había empezado a hablar. Siguió un silencio largo, interrumpido solo un instante por lo que adivine el rugido de una fiera. La llamada, supuse, del tigre que suplanto a mi madre. Entendí que abajo ninguno podía añadir nada mas y, con un inesperado terror que me hizo palpitar la garganta con furia, vi que mi padre, con un gesto de vidente resignación en la cara aunque no dejara de mover la cabeza para negar lo que había escuchado, se separaba del grupo y volvía a subí los escalones para acercarse a buscarnos. En la falta de convicción con la que nos anuncio que nuestra madre llagaría en un rato a la casa, reconocí que mi padre apenas contaba con la fuerza y el ánimo suficiente para disfrazar una verdad pavorosa.
Esa noche, y durante el siguiente par de meses, mientras mi abuela y dos tías intentaban reajustar nuestra súbita vida de huérfanos, mi padre dejo que los menores durmieran en su cama. Desde esa misma fecha, el se instalaría en el sofá de la sala, asegurando que se encontraría bien; aunque por mucho tiempo, en la oscuridad de mi cuarto y sin poder tampoco conciliar el sueño con facilidad, lo escuche deambular y murmurar cosas solo y sin descanso, como un fantasma atrapado en ese rincón de la casa. Me entere por alguno de que en el periódico habían publicado una breve nota sobre el extraño incidente, con alguna fotografía del mago; pero no fue sino hasta una o dos semanas después de nuestra última tarde en el circo que mi padre decidió buscarme una noche, un viernes al terminar la cena, para intentar su primera y única aclaración a la incoherente ausencia de mi madre.
Solo con los años pude concluir que, por tratarse de una explicación irracional, contraria a cualquier idea que a esa edad yo pudiera componer de lo verosímil, mi padre me había relatado la confesión del mago ruso con una delicadeza casi excesiva. Sin duda, para aplacar mi susto, para no atentar contra la incipiente fortaleza sentimental sobre la que me sostenía, había hablado sin ningún énfasis de inquietud en la voz, con la calma de quien transmitía un principio elemental, aun así, había escogido con cuidado cada una de las palabras y me había obligado a mirarlo a los ojos con fijeza, para verificar que yo comprendía bien lo que estaba a punto de revelarme.
Temblé cuando me tomo de la barbilla y, bajando un poco la voz, afirmo que, aunque el nunca desistiría de seguir buscándola, mi madre, por un autentico e irreversible acto de magia, por un sortilegio que muy pocas veces le había dado el resultado de un verdadero prodigio a los forcejeos del ruso, había saltado a una orilla inalcanzable para el fugaz universo de los hombres, esfumándose.
Para concluir esa revelación increíble, esa fabula inaudita y escasa para contrarrestar mi incredulidad y melancolía crecientes mi padre, amparado tal vez en una de las tantas y engañosas formas de la esperanza, había agregado que en realidad no veía como un destino infeliz que el espectro de mi madre se hubiera emparejado, en ese trance ultra terrenal, con el alma enigmática de un tigre.

 

circus pepino al piso

 

 

Sección noticias: Taller Tutto Fellini. Narración Oral

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Sección noticias: Funciones sábado 7 de junio

SÁBADO 7 DE JUNIO. TRES FUNCIONES EN VICENTE EL ABSURDO.
(Julián Álvarez 1886)


LOS ESPERAMOS CON ESTOS TRES QUERIDOS GRUPOS

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17 HS. LAS HIJAS DEL GALLO
19.15 HS. UMBRAL
21.15 HS. De la A a la Z

Salida al sobre

Afanasiev. El Adivino.

TAMA Ñ DE SEPARAD`llOR copiarEra un campesino pobre y muy astuto apodado Escarabajo, que quería adquirir fama de adivino.
Un día robó una sábana a una mujer, la escondió en un montón de paja y se empezó a alabar diciendo que estaba en su poder el adivinarlo todo. La mujer lo oyó y vino a él pidiéndole que adivinase dónde estaba su sábana. El campesino le preguntó:
-¿Y qué me darás por mi trabajo?
-Un pud de harina y una libra de manteca.
-Está bien.
Se puso a hacer como que meditaba, y luego le indicó el sitio donde estaba escondida la sábana.
Dos o tres días después desapareció un caballo que pertenecía a uno de los más ricos propietarios del pueblo. Era Escarabajo quien lo había robado y conducido al bosque, donde lo había atado a un árbol.
El señor mandó llamar al adivino, y éste, imitando los gestos y procedimientos de un verdadero mago, le dijo:
-Envía tus criados al bosque; allí está tu caballo atado a un árbol.
Fueron al bosque, encontraron el caballo, y el contento propietario dio al campesino cien rublos. Desde entonces creció su fama, extendiéndose por todo el país.
Por desgracia, ocurrió que al zar se le perdió su anillo nupcial, y por más que lo buscaron por todas partes no lo pudieron encontrar.
Entonces el zar mandó llamar al adivino, dando orden de que lo trajesen a su palacio lo más pronto posible. Los mensajeros, llegados al pueblo, cogieron al campesino, lo sentaron en un coche y lo llevaron a la capital. Escarabajo, con gran miedo, pensaba así:
«Ha llegado la hora de mi perdición. ¿Cómo podré adivinar dónde está el anillo? Se encolerizará el zar y me expulsarán del país o mandará que me maten.»
Lo llevaron ante el zar, y éste le dijo:
-¡Hola, amigo! Si adivinas dónde se halla mi anillo te recompensaré bien; pero si no haré que te corten la cabeza.
Y ordenó que lo encerrasen en una habitación separada, diciendo a sus servidores:
-Que le dejen solo para que medite toda la noche y me dé la contestación mañana temprano.
Lo llevaron a una habitación y lo dejaron allí solo.
El campesino se sentó en una silla y pensó para sus adentros: «¿Qué contestación daré al zar? Será mejor que espere la llegada de la noche y me escape; apenas los gallos canten tres veces huiré de aquí.»
El anillo del zar había sido robado por tres servidores de palacio; el uno era lacayo, el otro cocinero y el tercero cochero. Hablaron los tres entre sí, diciendo:
-¿Qué haremos? Si este adivino sabe que somos nosotros los que hemos robado el anillo, nos condenarán a muerte. Lo mejor será ir a escuchar a la puerta de su habitación; si no dice nada, tampoco lo diremos nosotros; pero si nos reconoce por ladrones, no hay más remedio que rogarle que no nos denuncie al zar.
Así lo acordaron, y el lacayo se fue a escuchar a la puerta. De pronto se oyó por primera vez el canto del gallo, y el campesino exclamó:
-¡Gracias a Dios! Ya está uno; hay que esperar a los otros dos.
Al lacayo se le paralizó el corazón de miedo. Acudió a sus compañeros, diciéndoles:
-¡Oh amigos, me ha reconocido! Apenas me acerqué a la puerta, exclamó: «Ya está uno; hay que esperar a los otros dos.»
-Espera, ahora iré yo -dijo el cochero; y se fue a escuchar a la puerta.
En aquel momento los gallos cantaron por segunda vez, y el campesino dijo:
-¡Gracias a Dios! Ya están dos; hay que esperar sólo al tercero.
El cochero llegó junto a sus compañeros y les dijo:
-¡Oh amigos, también me ha reconocido!
Entonces el cocinero les propuso:
-Si me reconoce también, iremos todos, nos echaremos a sus pies y le rogaremos que no nos denuncie y no cause nuestra perdición.
Los tres se dirigieron hacia la habitación, y el cocinero se acercó a la puerta para escuchar. De pronto cantaron los gallos por tercera vez, y el campesino, persignándose, exclamó:
-¡Gracias a Dios! ¡Ya están los tres!
Y se lanzó hacia la puerta con la intención de huir del palacio; pero los ladrones salieron a su encuentro y se echaron a sus plantas, suplicándole:
-Nuestras vidas están en tus manos. No nos pierdas; no nos denuncies al zar. Aquí tienes el anillo.
-Bueno; por esta vez los perdono -contestó el adivino.
Tomó el anillo, levantó una plancha del suelo y lo escondió debajo.
Por la mañana el zar, despertándose, hizo venir al adivino y le preguntó:
-¿Has pensado bastante?
-Sí, y ya sé dónde se halla el anillo. Se te ha caído, y rodando se ha metido debajo de esta plancha.
Quitaron la plancha y sacaron de allí el anillo. El zar recompensó generosamente a nuestro adivino, ordenó que le diesen de comer y beber y se fue a dar una vuelta por el jardín.
Cuando el zar paseaba por una vereda, vio un escarabajo, lo cogió y volvió a palacio.
-Oye -dijo a Escarabajo-: si eres adivino, tienes que adivinar qué es lo que tengo encerrado en mi puño.
El campesino se asustó y murmuró entre dientes:
-Escarabajo, ahora sí que estás cogido por la mano poderosa del zar.
-¡Es verdad! ¡Has acertado! -exclamó el zar.
Y dándole aún más dinero lo dejó irse a su casa colmado de honores.

Cuentacuentos, Pedro Parcet, Talleres de narración oral

 

Afanasiev: El pez de oro

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Alekandr Nikoalevich Afanasiev .
EL PEZ DE ORO

En una isla muy lejana, llamada isla Buián, había una cabaña pequeña y vieja que servía de albergue a un anciano y su mujer. Vivían en la mayor pobreza; todos sus bienes se reducían a la cabaña y a una red que el mismo marido había hecho, y con la que todos los días iba a pescar, como único medio de procurarse el sustento de ambos.
Un día echó su red en el mar, empezó a tirar de ella y le pareció que pesaba extraordinariamente. Esperando una buena pesca se puso muy contento; pero cuando logró recoger la red vio que estaba vacía; tan sólo a fuerza de registrar bien encontró un pequeño pez. Al tratar de cogerlo quedó asombrado al ver que era un pez de oro; su asombro creció de punto al oír que el Pez, con voz humana, le suplicaba:
-No me cojas, abuelito; déjame nadar libremente en el mar y te podré ser útil dándote todo lo que pidas.
El anciano meditó un rato y le contestó:
-No necesito nada de ti; vive en paz en el mar. ¡Anda!
Y al decir esto echó el pez de oro al agua.
Al volver a la cabaña, su mujer, que era muy ambiciosa y soberbia, le preguntó:
-¿Qué tal ha sido la pesca?
-Mala, mujer -contestó, quitándole importancia a lo ocurrido-; sólo pude coger un pez de oro, tan pequeño que, al oír sus súplicas para que lo soltase, me dio lástima y lo dejé en libertad a cambio de la promesa de que me daría lo que le pidiese.
-¡Oh viejo tonto! Has tenido entre tus manos una gran fortuna y no supiste conservarla.
Y se enfadó la mujer de tal modo que durante todo el día estuvo riñendo a su marido, no dejándolo en paz ni un solo instante.
-Si al menos, ya que no pescaste nada, le hubieses pedido un poco de pan, tendrías algo que comer; pero ¿qué comerás ahora si no hay en casa ni una migaja?
Al fin el marido, no pudiendo soportar más a su mujer, fue en busca del pez de oro; se acercó a la orilla del mar y exclamó:
-¡Pececito, pececito! ¡Ponte con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia mí!
El Pez se arrimó a la orilla y le dijo:
-¿Qué quieres, buen viejo?
-Se ha enfadado conmigo mi mujer por haberte soltado y me ha mandado que te pida pan.
-Bien; vete a casa, que el pan no les faltará.
El anciano volvió a casa y preguntó a su mujer:
-¿Cómo van las cosas, mujer? ¿Tenemos bastante pan?
-Pan hay de sobra, porque está el cajón lleno -dijo la mujer-; pero lo que nos hace falta es una artesa nueva, porque se ha hendido la madera de la que tenemos y no podemos lavar la ropa; ve y dile al pez de oro que nos dé una.
El viejo se dirigió a la playa otra vez y llamó:
-¡Pececito, pececito! ¡Ponte con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia mí!
El Pez se arrimó a la orilla y le dijo:
-¿Qué necesitas, buen viejo?
-Mi mujer me mandó a pedirte una artesa nueva.
-Bien; tendrás también una artesa nueva.
De vuelta a su casa, cuando apenas había pisado el umbral, su mujer le salió al paso gritándole imperiosamente:
-Vete en seguida a pedirle al pez de oro que nos regale una cabaña nueva; en la nuestra ya no se puede vivir, porque apenas se tiene de pie.
Se fue el marido a la orilla del mar y gritó:
-¡Pececito, pececito! ¡Ponte con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia mí!
El Pez nadó hacia la orilla poniéndose con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia el anciano, y le preguntó:
-¿Qué necesitas ahora, viejo?
-Constrúyenos una nueva cabaña; mi mujer no me deja vivir en paz riñéndome continuamente y diciéndome que no quiere vivir más en la vieja, porque amenaza hundirse de un día a otro.
-No te entristezcas. Vuelve a tu casa y reza, que todo estará hecho.
Volvió el anciano a casa y vio con asombro que en el lugar de la cabaña vieja había otra nueva hecha de roble y con adornos de talla. Corrió a su encuentro su mujer no bien lo hubo visto, y riñéndolo e injuriándolo, más enfadada que nunca, le gritó:
-¡Qué viejo más estúpido eres! No sabes aprovecharte de la suerte. Has conseguido tener una cabaña nueva y creerás que has hecho algo importante. ¡Imbécil! Ve otra vez al mar y dile al pez de oro que no quiero ser por más tiempo una campesina; quiero ser mujer de gobernador para que me obedezca la gente y me salude con reverencia.
Se dirigió de nuevo el anciano a la orilla del mar y llamó en alta voz:
-¡Pececito, pececito! ¡Ponte con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia mí!
Se arrimó el Pez a la orilla como otras veces y dijo:
-¿Qué quieres, buen viejo?
Éste le contestó:
-No me deja en paz mi mujer; por fuerza se ha vuelto completamente loca; dice que no quiere ser más una campesina; que quiere ser una mujer de gobernador.
-Bien; no te apures; vete a casa y reza a Dios, que yo lo arreglaré todo.
Volvió a casa el anciano; pero al llegar vio que en el sitio de la cabaña se elevaba una magnífica casa de piedra con tres pisos; corría apresurada la servidumbre por el patio; en la cocina, los cocineros preparaban la comida, mientras que su mujer se hallaba sentada en un rico sillón vestida con un precioso traje de brocado y dando órdenes a toda la servidumbre.
-¡Hola, mujer! ¿Estás ya contenta? -le dijo el marido.
-¿Cómo has osado llamarme tu mujer a mí, que soy la mujer de un gobernador? -y dirigiéndose a sus servidores les ordenó-: Cojan a ese miserable campesino que pretende ser mi marido y llévenlo a la cuadra para que lo azoten bien.
En seguida acudió la servidumbre, cogieron por el cuello al pobre viejo y lo arrastraron a la cuadra, donde los mozos lo azotaron y apalearon de tal modo que con gran dificultad pudo luego ponerse en pie. Después de esto, la cruel mujer lo nombró barrendero de la casa y le dieron una escoba para que barriese el patio, con el encargo de que estuviese siempre limpio.
Para el pobre anciano empezó una existencia llena de amarguras y humillaciones; tenía que comer en la cocina y todo el día estaba ocupado barriendo el patio, porque apenas cometía la menor falta lo castigaban, apaleándolo en la cuadra.
-¡Qué mala mujer! -pensaba el desgraciado-. He conseguido para ella todo lo que ha deseado y me trata del modo más cruel, llegando hasta a negar que yo sea su marido.
Sin embargo, no duró mucho tiempo aquello, porque al fin se aburrió la vieja de su papel de mujer de gobernador. Llamó al anciano y le ordenó:
-Ve, viejo tonto, y dile al pez de oro que no quiero ser más mujer de gobernador; que quiero ser zarina.
Se fue el anciano a la orilla del mar y exclamó:
-¡Pececito, pececito! ¡Ponte con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia mí!
El Pez de oro se arrimó a la orilla y dijo:
-¿Qué quieres, buen viejo?
-¡Ay, pobre de mí! Mi mujer se ha vuelto aún más loca que antes; ya no quiere ser mujer de gobernador; quiere ser zarina.
-No te apures. Vuelve tranquilamente a casa y reza a Dios. Todo estará hecho.
Volvió el anciano a casa, pero en el sitio de ésta vio elevarse un magnífico palacio cubierto con un tejado de oro; los centinelas hacían la guardia en la puerta con el arma al brazo; detrás del palacio se extendía un hermosísimo jardín, y delante había una explanada en la que estaba formado un gran ejército. La mujer, engalanada como correspondía a su rango de zarina, salió al balcón seguida de gran número de generales y nobles y empezó a pasar revista a sus tropas. Los tambores redoblaron, las músicas tocaron el himno real y los soldados lanzaron hurras ensordecedores.
A pesar de toda esta magnificencia, después de poco tiempo se aburrió la mujer de ser zarina y mandó que buscasen al anciano y lo trajesen a su presencia.
Al oír esta orden, todos los que la rodeaban se pusieron en movimiento; los generales y los nobles corrían apresurados de un lado a otro diciendo: «¿Qué viejo será ése?»
Al fin, con gran dificultad, lo encontraron en un corral y lo llevaron a presencia de la zarina, que le gritó:
-¡Ve, viejo tonto; ve en seguida a la orilla del mar y dile al pez de oro que no quiero ser más una zarina; quiero ser la diosa de los mares, para que todos los mares y todos los peces me obedezcan!
El buen viejo quiso negarse, pero su mujer lo amenazó con cortarle la cabeza si se atrevía a desobedecerla. Con el corazón oprimido se dirigió el anciano a la orilla del mar, y una vez allí, exclamó:
-¡Pececito, pececito! ¡Ponte con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia mí!
Pero no apareció el pez de oro; el anciano lo llamó por segunda vez, pero tampoco vino. Lo llamó por tercera vez, y de repente se alborotó el mar, se levantaron grandes olas y el color azul del agua se obscureció hasta volverse negro. Entonces el Pez de oro se arrimó a la orilla y dijo:
-¿Qué más quieres, buen viejo?
El pobre anciano le contestó:
-No sé qué hacer con mi mujer; está furiosa conmigo y me ha amenazado con cortarme la cabeza si no vengo a decirte que ya no le basta con ser una zarina; que quiere ser diosa de los mares, para mandar en todos los mares y gobernar a todos los peces.
Esta vez el pez no respondió nada al anciano; se volvió y desapareció en las profundidades del mar.
El desgraciado viejo se volvió a casa y quedó lleno de asombro. El magnífico palacio había desaparecido y en su lugar se hallaba otra vez la primitiva cabaña vieja y pequeña, en la cual estaba sentada su mujer, vestida con unas ropas pobres y remendadas.
Tuvieron que volver a su vida de antes, dedicándose otra vez el viejo a la pesca, y aunque todos los días echaba su red al mar, nunca volvió a tener la suerte de pescar al maravilloso pez de oro.

Afanasiev, Cuentos de tradición oral, Pedro Parcet

Afanasiev: Basilisa la Hermosa.

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Alekandr Nikoalevich Afanasiev
BASILISA LA HERMOSA
En un reino vivía una vez un comerciante con su mujer y su única hija, llamada Basilisa la Hermosa. Al cumplir la niña los ocho años se puso enferma su madre, y presintiendo su próxima muerte llamó a Basilisa, le dio una muñeca y le dijo:
-Escúchame, hijita mía, y acuérdate bien de mis últimas palabras. Yo me muero y con mi bendición te dejo esta muñeca; guárdala siempre con cuidado, sin mostrarla a nadie, y cuando te suceda alguna desdicha, pídele consejo.
Después de haber dicho estas palabras, la madre besó a su hija, suspiró y se murió.
El comerciante, al quedarse viudo, se entristeció mucho; pero pasó tiempo, se fue consolando y decidió volver a casarse. Era un hombre bueno y muchas mujeres lo deseaban por marido; pero entre todas eligió una viuda que tenía dos hijas de la edad de Basilisa y que en toda la comarca tenía fama de ser buena madre y ama de casa ejemplar.
El comerciante se casó con ella, pero pronto comprendió que se había equivocado, pues no encontró la buena madre que para su hija deseaba. Basilisa era la joven más hermosa de la aldea; la madrastra y sus hijas, envidiosas de su belleza, la mortificaban continuamente y le imponían toda clase de trabajos para ajar su hermosura a fuerza de cansancio y para que el aire y el sol quemaran su cutis delicado. Basilisa soportaba todo con resignación y cada día crecía su hermosura, mientras que las hijas de la madrastra, a pesar de estar siempre ociosas, se afeaban por la envidia que tenían a su hermana. La causa de esto no era ni más ni menos que la buena Muñeca, sin la ayuda de la cual Basilisa nunca hubiera podido cumplir con todas sus obligaciones. La Muñeca la consolaba en sus desdichas, dándole buenos consejos y trabajando con ella.
Así pasaron algunos años y las muchachas llegaron a la edad de casarse. Todos los jóvenes de la ciudad solicitaban casarse con Basilisa, sin hacer caso alguno de las hijas de la madrastra. Ésta, cada vez más enfadada, contestaba a todos:
-No casaré a la menor antes de que se casen las mayores.
Y después de haber despedido a los pretendientes, se vengaba de la pobre Basilisa con golpes e injurias.
Un día el comerciante tuvo necesidad de hacer un viaje y se marchó. Entretanto, la madrastra se mudó a una casa que se hallaba cerca de un espeso bosque en el que, según decía la gente, aunque nadie lo había visto, vivía la terrible bruja Baba-Yaga; nadie osaba acercarse a aquellos lugares, porque Baba-Yaga se comía a los hombres como si fueran pollos.
Después de instaladas en el nuevo alojamiento, la madrastra, con diferentes pretextos, enviaba a Basilisa al bosque con frecuencia; pero a pesar de todas sus astucias la joven volvía siempre a casa, guiada por la Muñeca, que no permitía que Basilisa se acercase a la cabaña de la temible bruja.
Llegó el otoño, y un día la madrastra dio a cada una de las tres muchachas una labor: a una le ordenó que hiciese encaje; a otra, que hiciese medias, y a Basilisa le mandó hilar, obligándolas a presentarle cada día una cierta cantidad de trabajo hecho. Apagó todas las luces de la casa, excepto una vela que dejó encendida en la habitación donde trabajaban sus hijas, y se acostó. Poco a poco, mientras las muchachas estaban trabajando, se formó en la vela un pabilo, y una de las hijas de la madrastra, con el pretexto de cortarlo, apagó la luz con las tijeras.
-¿Qué haremos ahora? -dijeron las jóvenes-. No había más luz que ésta en toda la casa y nuestras labores no están aún terminadas. ¡Habrá que ir en busca de luz a la cabaña de Baba-Yaga!
-Yo tengo luz de mis alfileres -dijo la que hacía el encaje-. No iré yo.
-Tampoco iré yo -añadió la que hacía las medias-. Tengo luz de mis agujas.
-¡Tienes que ir tú en busca de luz! -exclamaron ambas-. ¡Anda! ¡Ve a casa de Baba-Yaga!
Y al decir esto echaron a Basilisa de la habitación. Basilisa se dirigió sin luz a su cuarto, puso la cena delante de la Muñeca y le dijo:
-Come, Muñeca mía, y escucha mi desdicha. Me mandan a buscar luz a la cabaña de Baba-Yaga y ésta me comerá. ¡Pobre de mí!
-No tengas miedo -le contestó la Muñeca-; ve donde te manden, pero no te olvides de llevarme contigo; ya sabes que no te abandonaré en ninguna ocasión.
Basilisa se metió la Muñeca en el bolsillo, se persignó y se fue al bosque. La pobrecita iba temblando, cuando de repente pasó rápidamente por delante de ella un jinete blanco como la nieve, vestido de blanco, montado en un caballo blanco y con un arnés blanco; en seguida empezó a amanecer. Siguió su camino y vio pasar otro jinete rojo, vestido de rojo y montado en un corcel rojo, y en seguida empezó a levantarse el sol. Durante todo el día y toda la noche anduvo Basilisa, y sólo al atardecer del día siguiente llegó al claro donde se hallaba la cabaña de Baba-Yaga; la cerca que la rodeaba estaba hecha de huesos humanos rematados por calaveras; las puertas eran piernas humanas; los cerrojos, manos, y la cerradura, una boca con dientes. Basilisa se llenó de espanto. De pronto apareció un jinete todo negro, vestido de negro y montando un caballo negro, que al aproximarse a las puertas de la cabaña de Baba-Yaga desapareció como si se lo hubiese tragado la tierra; en seguida se hizo de noche. No duró mucho la oscuridad: de las cuencas de los ojos de todas las calaveras salió una luz que alumbró el claro del bosque como si fuese de día. Basilisa temblaba de miedo y no sabiendo dónde esconderse, permanecía quieta.
De pronto se oyó un tremendo alboroto: los árboles crujían, las hojas secas estallaban y la espantosa bruja Baba-Yaga apareció saliendo del bosque, sentada en su mortero, arreando con el mazo y barriendo sus huellas con la escoba. Se acercó a la puerta, se paró, y husmeando el aire, gritó:
-¡Huele a carne humana! ¿Quién está ahí?
Basilisa se acercó a la vieja, la saludó con mucho respeto y le dijo:
-Soy yo, abuelita; las hijas de mi madrastra me han mandado que venga a pedirte luz.
-Bueno -contestó la bruja-, las conozco bien; quédate en mi casa y si me sirves a mi gusto te daré la luz.
Luego, dirigiéndose a las puertas, exclamó:
-¡Ea!, mis fuertes cerrojos, ¡ábranse! ¡Ea!, mis anchas puertas, ¡déjenme pasar!
Las puertas se abrieron; Baba-Yaga entró silbando, acompañada de Basilisa, y las puertas se volvieron a cerrar solas. Una vez dentro de la cabaña, la bruja se echó en un banco y dijo:
-¡Quiero cenar! ¡Sirve toda la comida que está en el horno!
Basilisa encendió una tea acercándola a una calavera, y se puso a sacar la comida del horno y a servírsela a Baba-Yaga; la comida era tan abundante que habría podido satisfacer el hambre de diez hombres; después trajo de la bodega vinos, cerveza, aguardiente y otras bebidas. Todo se lo comió y se lo bebió la bruja, y a Basilisa le dejó tan sólo un poquitín de sopa de coles y una cortecita de pan.
Se preparó para acostarse y dijo a la nueva doncella:
-Mañana tempranito, después que me marche, tienes que barrer el patio, limpiar la cabaña, preparar la comida y lavar la ropa; luego tomarás del granero un celemín de trigo y lo expurgarás del maíz que tiene mezclado. Procura hacerlo todo, porque si no te comeré a ti.
Después de esto, Baba-Yaga se puso a roncar, mientras que Basilisa, poniendo ante la Muñeca las sobras de la comida y vertiendo amargas lágrimas, dijo:
-Toma, Muñeca mía, come y escúchame. ¡Qué desgraciada soy! La bruja me ha encargado que haga un trabajo para el que harían falta cuatro personas y me amenazó con comerme si no lo hago todo.
La Muñeca contestó:
-No temas nada, Basilisa; come, y después de rezar, acuéstate; mañana arreglaremos todo.
Al día siguiente se despertó Basilisa muy tempranito, miró por la ventana y vio que se apagaban ya los ojos de las calaveras. Vio pasar y desaparecer al jinete blanco, y en seguida amaneció. Baba-Yaga salió al patio, silbó, y ante ella apareció el mortero con el mazo y la escoba. Pasó a todo galope el jinete rojo, e inmediatamente salió el sol. La bruja se sentó en el mortero y salió del patio arreando con el mazo y barriendo con la escoba.
Basilisa se quedó sola, recorrió la cabaña, se admiró al ver las riquezas que allí había y se quedó indecisa sin saber por cuál trabajo empezar. Miró a su alrededor y vio que de pronto todo el trabajo aparecía hecho; la Muñeca estaba separando los últimos granos de trigo de los de maíz.
-¡Oh mi salvadora! -exclamó Basilisa-. Me has librado de ser comida por Baba-Yaga.
-No te queda más que preparar la comida -le contestó la Muñeca al mismo tiempo que se metía en el bolsillo de Basilisa-. Prepárala y descansa luego de tu labor.
Al anochecer, Basilisa puso la mesa, esperando la llegada de Baba-Yaga. Ya anochecía cuando pasó rápidamente el jinete negro, e inmediatamente obscureció por completo; sólo lucieron los ojos de las calaveras. Luego crujieron los árboles, estallaron las hojas y apareció Baba-Yaga, que fue recibida por Basilisa.
-¿Está todo hecho? -preguntó la bruja.
-Examínalo todo tú misma, abuelita.
Baba-Yaga recorrió toda la casa y se puso de mal humor por no encontrar un solo motivo para regañar a Basilisa.
-Bien -dijo al fin, y se sentó a la mesa; luego exclamó-: ¡Mis fieles servidores, vengan a moler mi trigo!
En seguida se presentaron tres pares de manos, cogieron el trigo y desaparecieron. Baba-Yaga, después de comer hasta saciarse, se acostó y ordenó a Basilisa:
-Mañana harás lo mismo que hoy, y además tomarás del granero un montón de semillas de adormidera y las escogerás una a una para separar los granos de tierra.
Y dada esta orden se volvió del otro lado y se puso a roncar, mientras Basilisa pedía consejo a la Muñeca. Ésta repitió la misma contestación de la víspera:
-Acuéstate tranquila después de haber rezado. Por la mañana se es más sabio que por la noche; ya veremos cómo lo hacemos todo.
Por la mañana la bruja se marchó otra vez, y la muchacha, ayudada por su Muñeca, cumplió todas sus obligaciones. Al anochecer volvió Baba-Yaga a casa, visitó todo y exclamó:
-¡Mis fieles servidores, mis queridos amigos, vengan a prensar mi simiente de adormidera!
Se presentaron los tres pares de manos, cogieron las semillas de adormidera y se las llevaron. La bruja se sentó a la mesa y se puso a cenar.
-¿Por qué no me cuentas algo? -preguntó a Basilisa, que estaba silenciosa-. ¿Eres muda?
-Si me lo permites, te preguntaré una cosa.
-Pregunta; pero ten en cuenta que no todas las preguntas redundan en bien del que las hace. Cuanto más sabio se es, se es más viejo.
-Quiero preguntarte, abuelita, lo que he visto mientras caminaba por el bosque. Me adelantó un jinete todo blanco, vestido de blanco y montado sobre un caballo blanco. ¿Quién era?
-Es mi Día Claro -contestó la bruja.
-Más allá me alcanzó otro jinete todo rojo, vestido de rojo y montando un corcel rojo. ¿Quién era éste?
-Es mi Sol Radiante.
-¿Y el jinete negro que me encontré ya junto a tu puerta?
-Es mi Noche Oscura.
Basilisa se acordó de los tres pares de manos, pero no quiso preguntar más y se calló.
-¿Por qué no preguntas más? -dijo Baba-Yaga.
-Esto me basta; me has recordado tú misma, abuelita, que cuanto más sepa seré más vieja.
-Bien -repuso la bruja-; bien haces en preguntar sólo lo que has visto fuera de la cabaña y no en la cabaña misma, pues no me gusta que los demás se enteren de mis asuntos. Y ahora te preguntaré yo también. ¿Cómo consigues cumplir con todas las obligaciones que te impongo?
-La bendición de mi madre me ayuda -contestó la joven.
-¡Oh lo que has dicho! ¡Vete en seguida, hija bendita! ¡No necesito almas benditas en mi casa! ¡Fuera!
Y expulsó a Basilisa de la cabaña, la empujó también fuera del patio; luego, tomando de la cerca una calavera con los ojos encendidos, la clavó en la punta de un palo, se la dio a Basilisa y le dijo:
-He aquí la luz para las hijas de tu madrastra; tómala y llévatela a casa.
La muchacha echó a correr alumbrando su camino con la calavera, que se apagó ella sola al amanecer; al fin, a la caída de la tarde del día siguiente llegó a su casa. Se acercó a la puerta y tuvo intención de tirar la calavera pensando que ya no necesitarían luz en casa; pero oyó una voz sorda que salía de aquella boca sin dientes, que decía: «No me tires, llévame contigo.» Miró entonces a la casa de su madrastra, y no viendo brillar luz en ninguna ventana, decidió llevar la calavera consigo.
La acogieron con cariño y le contaron que desde el momento en que se había marchado no tenían luz, no habían podido encender el fuego y las luces que traían de las casas de los vecinos se apagaban apenas entraban en casa.
-Acaso la luz que has traído no se apague -dijo la madrastra.
Trajeron la calavera a la habitación y sus ojos se clavaron en la madrastra y sus dos hijas, quemándolas sin piedad. Intentaban esconderse, pero los ojos ardientes las perseguían por todas partes; al amanecer estaban ya las tres completamente abrasadas; sólo Basilisa permaneció intacta.
Por la mañana la joven enterró la calavera en el bosque, cerró la casa con llave, se dirigió a la ciudad, pidió alojamiento en casa de una pobre anciana y se instaló allí esperando que volviese su padre. Un día dijo Basilisa a la anciana:
-Me aburro sin trabajo, abuelita. Cómprame del mejor lino e hilaré, para matar el tiempo.
La anciana compró el lino y la muchacha se puso a hilar. El trabajo avanzaba con rapidez y el hilo salía igualito y finito como un cabello. Pronto tuvo un gran montón, suficiente para ponerse a tejer; pero era imposible encontrar un peine tan fino que sirviese para tejer el hilo de Basilisa y nadie se comprometía a hacerlo. La muchacha pidió ayuda a su Muñeca, y ésta en una sola noche le preparó un buen telar.
A fines del invierno el lienzo estaba ya tejido y era tan fino que se hubiera podido enhebrar en una aguja. En la primavera lo blanquearon, y entonces dijo Basilisa a la anciana:
-Vende el lienzo, abuelita, y guárdate el dinero.
La anciana miró la tela y exclamó:
-No, hijita; ese lienzo, salvo el zar, no puede llevarlo nadie. Lo enseñaré en palacio.
Se dirigió a la residencia del zar y se puso a pasear por delante de las ventanas de palacio.
El zar la vio y le preguntó:
-¿Qué quieres, viejecita?
-Majestad -contestó ésta-, he traído conmigo una mercancía preciosa que no quiero mostrar a nadie más que a ti.
El zar ordenó que la hiciesen entrar, y al ver el lienzo se quedó admirado.
-¿Qué quieres por él? -preguntó.
-No tiene precio, padre y señor; te lo he traído como regalo.
El zar le dio las gracias y la colmó de regalos. Empezaron a cortar el lienzo para hacerle al zar unas camisas; cortaron la tela, pero no pudieron encontrar lencera que se encargase de coserlas. La buscaron largo tiempo, y al fin el zar llamó a la anciana y le dijo:
-Ya que has sabido hilar y tejer un lienzo tan fino, por fuerza tienes que saber coserme las camisas.
-No soy yo, majestad, quien ha hilado y tejido esta tela; es labor de una hermosa joven que vive conmigo.
-Bien; pues que me cosa ella las camisas.
Volvió la anciana a su casa y contó a Basilisa lo sucedido y ésta repuso:
-Ya sabía yo que me llamarían para hacer este trabajo.
Se encerró en su habitación y se puso a trabajar. Cosió sin descanso y pronto tuvo hecha una docena de camisas. La anciana las llevó a palacio, y mientras tanto Basilisa se lavó, se peinó, se vistió y se sentó a la ventana esperando lo que sucediera.
Al poco rato vio entrar en la casa a un lacayo del zar, que dirigiéndose a la joven dijo:
-Su Majestad el zar quiere ver a la hábil lencera que le ha cosido las camisas, para recompensarla según merece.
Basilisa la Hermosa se encaminó a palacio y se presentó al zar. Apenas éste la vio se enamoró perdidamente de ella.
-Hermosa joven -le dijo-, no me separaré de ti, porque serás mi esposa.
Entonces tomó a Basilisa la Hermosa de la mano, la sentó a su lado y aquel mismo día celebraron la boda.
Cuando volvió el padre de Basilisa tuvo una gran alegría al conocer la suerte de su hija y se fue a vivir con ella. En cuanto a la anciana, la joven zarina la acogió también en su palacio y a la Muñeca la guardó consigo hasta los últimos días de su vida, que fue toda ella muy feliz.

cuentos rusos, Afanasiev, Talleres de narración oral

Diario de un maestro: Nº 1

«EL GRAN ERROR DE MUCHOS NARRADORES ES QUERER SER LOS CONTADORES DE TODAS LAS HISTORIAS DEL MUNDO

Y NO LOS INSTRUMENTOS DE ESAS HISTORIAS».

! diariode un maestro kawabata

Estaba leyendo, diría disfrutando y estudiando a la vez, «El sonido de la montaña» de Yasunari Kawabata.

De pronto me asaltó la idea de escribir este diario y publicarlo.

Siempre me asalta un pensamiento, una reflexión y la escribo en una hoja, una servilleta, un trozo de papel.

Luego lo plasmo en mis cuadernos de estudio. Tengo varios, sobre los temas que desarrollo en talleres o en contadas. Armo una especie de manual de consulta,

guía, referente, que me es de mucha utilidad. Invierto mucho tiempo en estudiar. No un texto para ver de qué forma contarlo.

Sí, en el sentido de comprender el contenido que conlleva y comprender el pensamiento narrativo del autor  y no lo que yo quiero manipular del mismo.

En este caso el material de Kawabata  (tengo absolutamente toda su bibliografía).

Comprendo el sentido y la atmósfera de la cultura. Comprendo el alma de Kawabata, tan particular y única.

Manejo desde hace muchos años el idioma conciso de la poesía japonesa mediante el Haiku y el valor de la naturaleza en la manifestación literaria japonesa.

Todo esto lo digo como un aliciente para que los alumnos busquen este tipo de profundidad en la busqueda de material.

Está al alcance de todos, por eso lo comparto. Lo que yo tengo es para ser dado, para compartirlo.

Por eso hablo sobre mi propia experiencia, tal vez a algún compañero pueda servirle.

Mientras tanto sigo escribiendo a la vez que pienso y ahora transcribo el párrafo que me motivó a escribir este primer diario:

«Hay mariposas más allá de los arbustos.

Pero, como si prefirieran evitar que Yasuko las viera, tres mariposas levantaron vuelo sobre los tréboles.»

 Este otro:

«Hicieron un trayecto en diagonal cruzando el seto y volvieron a aparecer desde el pino de la casa vecina.

Avanzaban en forma vertical, sin romper la fila o alterar la distancia que las separaba…»

QUÉ TREMENDA MANERA DE DESCRIBIR EL VUELO DE LAS MARIPOSAS.

Por eso escribí arriba:

«EL GRAN ERROR DE MUCHOS NARRADORES ES QUERER SER LOS CONTADORES DE TODAS LAS HISTORIAS DEL MUNDO

Y NO LOS INSTRUMENTOS DE ESAS HISTORIAS».

Debemos estar en ese jardín, o ver a través de la ventana de ese jardín para contar este vuelo y no pensar que estamos en un escenario.

Diario de un maestro refiere a esa conciencia que me guía, no a Pedro Parcet. Pedro es simplemente un compañero narrador como ustedes.

Boletín semanal – 4 –

DOS AMIGOS FAVORITOS DEL REY.

CUENTO DEL ÁFRICA DEL ESTE

boletin 4

Cuentos africanos, Narración Oral, Cuentos y leyendas de África, Cuentos del este de África, cuentos masai, Pedro Parcet.

TALLER DE VERANO. TUTTO FELLINI. UNA MIRADA ÚNICA SOBRE NARRACIÓN.

TUTTO FELLINI!

LABORATORIO DE NARRACIÓN ORAL.

VIERNES 21 Y SÁBADO 22 DE FEBRERO DE 17 A 22 HS.
EN EL JARDÍN DE LOS ÁNGELES.
CORRIENTES 1680 1º PISO
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Un laboratorio único e irrepetible.

10 horas intensas para construír una nueva manera de pensar.

Una mirada distinta y dinámica sobre la narración oral.

“ya nada será igual”

FELLINI:
No hay final. No hay principio. Es sólo la infinita pasión de la vida.
El artista es el medio entre sus fantasías y el resto del mundo.
El único realista de verdad es el visionario.
La experiencia es lo que se obtiene al mismo tiempo buscando otra cosa.

CERTIFICADOS DE ASISTENCIA.

CUPOS LIMITADOS.

TALLER DE VERANO DE CUENTOS AFRICANOS. MES DE FEBRERO

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Doy seminarios de cuentos y cultura africana.
Hace treinta años que recibo cuentos de tradición oral de boca de maestros islámicos.
Ese fue el germen, la búsqueda de la oralidad en el mundo árabe y africano.
Compartí interminables veladas de trabajo con artistas y maestros africanos.
Con otros, estoy en consulta permanente ante mis dudas y siempre recibo siempre respuesta.
Yo sigo, hoy día, estudiando, aprendiendo distintos aspectos de esta cultura y quiero compartir con ustedes, con entusiasmo, el inmenso valor espiritual, moral cultural que tienen los cuentos africanos.
La base de la oralidad nació con el primer hombre en tierra africana.
La oralidad comprende las palabras, los gestos, el ademán y el corazón.
Te invito a construír una pequeña aldea entre todos.
Mediante los cuentos nuestra vida puede cambiar.
Pedro Parcet

Co- director de Tsavo Arts. Eventos de arte y cultura con artistas argentinos y africanos.

Desde hace 10 años participo en distintos eventos afro como narrador.

Tallerista de las primeras jornadas de difusión de arte escénico africano. 2012

Mis maestros y mis referentes directos africanos son:

Maestro Abdoulaye Bediane, de Senegal: Música tradicional y cultura del Oeste de África

Imán Zanati Abdullah Zanati, de Egipto: Tradición y jurisprudencia islámica

Ibrahim Bolama: Tradiciones Orales Magrebíes.

Maestro Boniface Ofogo.Camerún: Narración oral e interculturalidad.

Maestro Bouba Keita, de Senegal: Djembé y cantos tradicionales.

Djeliba Baba, Mali: Consultas permanentes sobre epopeyas y tradiciones africanas.

Griot Kebba Sissokko, de Senegal. Cuentos de tradición y epopeyas.

Griot Mbayé, de Senegal. Música y ritmos de Sabar.

Maestro Ibrahima, de Senegal. Ritmos tradicionales de Souruba.

Aliou Diame, de Senegal. Cultura y tradición Diola.

Inno Sorsy. Ghana. Narración Oral

Edu Gorsy. Guinea Ecuatorial. Entrenamiento actoral, danzas, Ritmos tradicionales de Guinea Ecuatorial.

TODOS LOS SÁBADOS DE FEBRERO DE 10 A 14 HS. EN BULNES 892. (LA HUELLA)

16 HORAS DE ESPECIALIZACIÓN EN CUENTOS AFRICANOS!

INFO africaporlapaz@hotmail.com   tel. 1544773272  1549869881

Pedro Parcet