NUNYA OGRESA SORORIDAD

SORORIDAD DE OGRESAS

NUNYA

“Nunya” aparece en el folklore bereber, pero con una aclaración importante: no es un nombre canónico tan difundido como Teryel, sino un nombre local, raro y profundamente oral, ligado a relatos del Atlas y del Rif, transmitidos sobre todo por mujeres.

Por ej. en el caso del libro de mi amiga Zoubida Maalem.

Un libro de editorial Miraguano sobre cuentos bereberes

También en varias recopilaciones orales (y en cuadernos etnográficos poco difundidos), 

Nunya aparece como:

una ogresa o mujer sobrenatural

no devoradora, sino castigadora

asociada al camino, al borde del pueblo o a los árboles

a veces llora, a veces canta

vinculada a maridos violentos, pactos rotos y humillación masculina A diferencia de Teryel:

Nunya no es montañesa

es liminar: aparece en senderos, cruces, afueras

su poder no es la fuerza sino la vergüenza y el ridículo

El nombre “Nunya” no funciona solo como nombre propio. En varias lenguas amazigh:

está emparentado con raíces ligadas a:

el lamento

la queja cantada

el decir lo que no se dice

Por eso:

Nunya suele llorar en voz alta

su llanto atrae a mujeres

y expone a los hombres

no castiga matando, sino haciendo visible el abuso.

Nunya y la sororidad

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En algunos relatos:

Nunya no actúa sola

necesita que una mujer humana la aconseje

o que una mujer le enseñe castigos “domésticos”

juntas equilibran lo mágico y lo cotidiano

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la ogresa que transforma

la mujer que cocina

dos saberes femeninos aliados

¿Por qué casi no aparece en libros?

Porque:

es folklore femenino

transmitido fuera de la plaza pública

contado a niñas, nueras, vecinas

no recogido por orientalistas varones

Por eso su existencia es frágil pero real: vive en la voz, no en el canon.

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“Algunos la llaman Nunya,

otros dicen que no tiene nombre,

porque su llanto basta para reconocerla.”

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“Era Nunya, ogresa del camino,

a quien Dios dio lágrimas en vez de colmillos.”

El hilo que no debía verse

Bereber Nunya protección

SORORIDAD 

UN CUENTO DE PROTECCIÓN GRACIAS A NUNYA

El hilo que no debía verse (en la aldea de la montaña)

En el nombre de Dios, Clemente y Protector, que pone señales pequeñas para cuidar vidas grandes.

Esto ocurrió entre dos mujeres,  en una aldea de montaña, allí las casas se apoyan unas en otras como mujeres cansadas y el viento conoce todos los secretos.

Los caminos son estrechos y las palabras también. Lo que no se dice en voz alta se dice en los bordes.

***

Pasó una mujer y vio el símbolo cuando nadie más lo habría visto.

Estaba en el orillo del manto, mal escondido, casi un descuido:

un hilo gris mezclado con rojo, breve como un suspiro.

No preguntó.

Acercó la mano al tejido con respeto, como quien toca la frente de un niño dormido.

—Alabado sea Dios —susurró—. Nunya pasó por aquí.

En esa aldea se sabía: Nunya no aparece para asustar, sino para guardar.

Dicen las mujeres que Dios la hizo grande para que pudiera cargar dolores ajenos,

y tierna para que nadie se avergonzara de llorar ante ella.

La otra mujer no levantó la cabeza.

Tenía los ojos secos de tanto llanto anterior.

El símbolo era mínimo y el daño había sido negado, porque la vergüenza había sido impuesta como si fuera culpa.

La que reconoció el signo ofreció cuidado, el único que Nunya aprueba.

Primero, la sentó cerca del suelo, donde la montaña enseña humildad.

Luego, tomó el manto con lentitud y no lo sacudió,

para no despertar el temblor que aún vivía en el cuerpo.

Lo dejó abierto, para que entrara el aire fresco de altura.

—Dios no apura a quien ha sido herida —dijo—. Respira.

No preguntó qué había pasado.

El hilo ya lo había dicho todo:

golpes sin marca,

palabras usadas como piedras,

risas ajenas clavadas como espinas.

—Nunya guarda a las mujeres cuando el mundo se vuelve angosto —murmuró—.

Ella ve lo que no se prueba.

El segundo cuidado fue la comida suave le sirvió caldo tibio, pan blando, hierbas de la montaña que aquietan el pulso.

Nada pesado, el cuerpo necesitaba volver a confiar.

Hablaron de cosas pequeñas

del clima cambiante,

de una cabra que se había escapado,

de una anciana que sabía cuándo nevaría.

Así Nunya enseña a aliviar: devolviendo lo cotidiano.

El tercer cuidado fue silencioso.

La mujer tomó aguja e hilo y corrigió el tejido,

pero dejó el gris apenas visible,

no para delatar,

sino para que la dueña del manto supiera que no había imaginado nada.

—Nunya es madre cuando nadie más lo es —dijo con dulzura—.

Ella escucha incluso cuando el signo es pequeño.

Al caer la tarde, la mujer herida tocó con dos dedos

el tronco del árbol que miraba al valle.

Ese gesto bastaba.

En la montaña, Nunya reconoce a las suyas.

Antes de que la mujer partiera,

la que había leído el símbolo hizo lo último:

anudó el manto con un nudo flojo en el borde.

Era promesa de protección.

Nunya sabes todo y no se apresura:

primero cuida, luego decide.

Esa noche, ninguna ogresa cruzó la aldea.

No hizo falta.

Nunya ya estaba allí:

en la mirada que creyó,

en la comida tibia,

en el hilo reconocido.

Y alabado sea Dios,

que puso a Nunya como guardiana amorosa de las mujeres,

para que incluso en las aldeas más altas y pequeñas

nadie quedara sola con su dolor.

La vieja de los peines

Sororidad bereber

 LA VIEJA DE LOS PEINES EN EL MERCADO Y LA JOVEN 

Sororidad

En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso. Yo doy testimonio.

Yo soy la vieja de los peines y otras chucherías.

No tengo hijos varones que me defiendan ni marido que me calle. Pero tengo manos firmes, lengua recta y memoria larga. Eso basta.

Vendo peines en el zoco y en las casas desde antes de que muchos de esos hombres aprendieran a atarse el cinturón. Peines de hueso, de madera y de cuerno. Quien se sienta ante mí no solo desenreda el cabello: desenreda la vida. Y las mujeres hablan. Siempre hablan. Porque el peine baja y la verdad sube.

Dios me protege por tres razones, y no me avergüenza decirlo.

La primera: no miento.

La segunda: no nombro lo que no me fue confiado.

La tercera: hablo cuando el silencio sería pecado.

***

Aquel día trajeron a una joven al mercado. Demasiado joven para el precio que le ponían los ojos de los hombres. Bajaba la mirada, pero su espalda estaba derecha. Eso lo vi yo, y cuando una joven camina así, una vieja debe ponerse de pie.

***

Tres hombres se adelantaron. Yo ya los conocía por lo que hablaban sus mujeres de ellos.

***

El primero, joven de barba arrogante, creía que el deseo se aprende mirando a otros. Me acerqué y hablé, porque su esposa me había hablado antes, con vergüenza y risa mezcladas:

—Hijo —le dije—, tu zib es famoso en mi canasta. No por su bravura, sino por su pereza. Tu mujer dice que lo despiertas con promesas y se duerme antes de cumplirlas. ¿Vienes a comprar lo que no sabes sostener despierto?

Las mujeres rieron. Yo no. Dije la verdad, que es cosa seria.

***

El segundo, gordo de monedas y flaco de honra, apretó los labios. Su esposa lloró una vez mientras yo le quitaba los nudos del cabello:

—¿Tú también? —le dije—. Tu zib se ahogó en tu vientre, como cucharón perdido en olla profunda. Comes como rey y amas como huésped apurado. ¿Quieres otra joven para confirmar lo que tu casa ya sabe?

El hombre bajó la mirada. 

***

El tercero era viejo. Muy viejo. Y aun así sonreía. A él le hablé despacio, porque el tiempo ya le había hablado fuerte:

—Abuelo —le dije—, tu mujer ya no viene a comprar peines. Dice que no hay nada que desenredar desde hace años. Tu zib es cuento antiguo, repetido sin final. No vengas al mercado a buscar lo que Alá ya retiró con misericordia.

***

Entonces sí reímos todas. Porque la risa de las mujeres, cuando es justa, es una oración.

¿Y por qué no me castigaron?

Porque sabían que si me tocaban, yo seguiría hablando.

Porque temían que las esposas hablaran también.

La verdad dicha en público no se mata a golpes.

Y porque saben —aunque no lo confiesen— que una vieja protegida por la justicia tiene más baraka que cien hombres armados.

***

Después vino la mujer del palacio, con su marido bueno. Compraron a la joven como quien rescata una fuente de Dios. Yo asentí. No hizo falta más.

Yo recogí mis peines.

La joven se fue con un nombre nuevo.

Los hombres se fueron con el suyo, bien puesto.

Y yo sigo aquí.

Mientras haya cabellos que desenredar

y verdades que decir.

Alabado sea Dios, que protege a quien habla cuando debe.

Mil y una noches bereberes. la vieja Y el foso. Sororidad

Bereberes

LA VIEJA CAMPESINA CAE AL POZO DEL DJINN

En el nombre de Allah, el Compasivo, el Misericordioso.

Por decreto que sólo Allah conoce,

una vieja campesina cayó en un hoyo profundo mientras buscaba una cabra perdida.

No murió, sino que fue guiada

a un gran salón bajo la tierra.

Allí encontró a una joven,

sola y serena en su cautiverio.

—¿Por qué no sales? —preguntó la vieja.

—No me retiene la altura —respondió la joven—

sino un djinn que me tomó por injusticia.

Viene una vez por semana

y cree que decir “eres mía” basta.

Cuando el djinn regresó

y vio a otra vieja junto a la cautiva,

se llenó de ira y de temor.

Porque aquella vieja no temblaba.

—¿Quién eres tú? —rugió el djinn.

Intentó intimidarla, dio tres vueltas de fuego alrededor de ella. 

Pero la vieja campesina apoyó su bastón en la tierra y dijo:

—Gloria a Allah,

que concedió a Sulaymán ibn Dawud,

la paz sea con él,

el dominio sobre los genios.

Por su mandato he venido.

Al oír el nombre de Sulaymán,

el djinn se sometió.

Entonces la vieja ordenó:

—Usa la voz que Allah te permitió

no para el deseo, sí para elevarnos de este foso!

El djinn temeroso obedeció 

elevó una voz poderosa

y las mujeres ascendieron

como llevadas por el aliento mismo,

hasta la superficie iluminada.

La vieja campesina antes de sellar la tierra  tronó

—Recuerda tu límite

y no vuelvas a oprimir.

El salón desapareció.

La joven, libre al fin, no supo a dónde ir:

su hogar había quedado en el tiempo.

Las mujeres de la aldea próxima  la recibieron

como se recibe a quien Allah ha devuelto.

Vivió entre ellas,

aprendió el pan compartido

y el valor de caminar juntas.

Y de la vieja campesina se dice

que volvió a la tierra común,

porque Allah envía a Sus ángeles 

con apariencia humilde

y los retira cuando la justicia ha sido restablecida.

Allah sabe más.

La noche que las mujeres no fueron nombradas sororidad

Un hermoso cuento que extraje de uno de los cuadernillos que pude comprar en una escalinata a un viejo qué vendía pinturas, fotos y cualquier cosa que le permitiese comer…

***

La noche de las mujeres que no fueron nombradas

Sí Allah en más grande me permite contar está historia, dijo una mujer al costado de la plaza. Era una tatuadora bereber. Qué pintaba en las manos signos de protección a quién pidiese.

Dicen —y Sherezade lo contó en voz tan baja que ni el sueño se atrevió a interrumpirla— que en la ciudad sin nombre, detrás del zoco de las especias amargas, había una casa sin puerta. No porque no la tuviera, sino porque nadie la veía.

Allí vivían mujeres que habían sido borradas de los relatos: 

una esclava liberada sin acta, 

una esposa repudiada sin culpa, 

una cantora a la que arrancaron la voz, una muchacha prometida a un muerto.

No se llamaban entre sí por sus nombres verdaderos.

 Cada una tomaba el nombre que necesitaba esa noche: 

la que vela, 

la que recuerda, 

la que escucha, 

la que miente para salvar. 

Así no podían ser atrapadas por los hombres ni por el destino.

Cuando una llegaba herida, otra lavaba la sangre. 

Cuando una callaba, otra hablaba por ella. 

Cuando una olvidaba quién era, las demás la rodeaban y le decían:

—Todavía estás aquí.

No tenían oro ni amuletos, pero compartían lo único que el poder teme: 

EL RELATO COMPLETO

Cada noche, una contaba su historia desde el punto donde había sido interrumpida por un hombre, por un juez o por el miedo. 

Y las otras la escuchaban hasta que la historia quedaba entera, sin cortes ni vergüenza.

Una noche llegó una joven perseguida por el rey. Traía el cuello marcado por el decreto y los ojos aún vivos. 

Las mujeres no preguntaron. Apagaron la lámpara, cambiaron su ropa, le dieron otro nombre y la sentaron a contar.

Al amanecer, cuando los soldados golpearon la pared invisible, no encontraron nada.

 Solo una casa vacía y un eco que decía:

—Aquí nadie pertenece a nadie.

Dicen que el rey nunca volvió a dormir igual.

Y que Sherezade sonrió, porque supo que mientras las mujeres se cuenten unas a otras, ninguna historia podrá ser usada para matarlas.

Y esta es, señor, la noche que no figura en los grandes libros.

Debe ser silenciosa 

Como un rumor que crece en cada corazón. 

Qué Allah, el más justo, aparte el daño 

de los hombres.

El djinn del pozo bereber sororidad

EL DJINN DEL POZO

Mientras los hombres duermen las mujeres hablan…

La vieja bereber nos llamaba cuando el cielo se cerraba como un párpado cansado y las estrellas parecían escuchar. Nadie sabía su edad. Algunas decían que había nacido antes que el pozo; otras, que el pozo había nacido para aprender de ella. Para nosotras era madre, aunque no nos hubiera parido. Madre de cuidado, de palabra y de memoria.

—Vengan juntas —decía—. Las mujeres no fueron hechas para andar solas de noche.

Nos sentábamos alrededor del fuego y ella hablaba despacio, como si cada frase tuviera que llegar intacta a nuestros huesos.

—No se acerquen al pozo cuando la luna está alta —nos advertía—. Allí vive un espíritu que huele a las mujeres.

Decía que no le interesaban los hombres, porque estaban secos por dentro, vacíos de eco. Pero que a las mujeres las reconocía por el temblor: a las que estaban solas, a las que acababan de parir y todavía sangraban, a las que tenían vergüenza de hablar y guardaban su nombre como si fuera una culpa.

—Ese djinn llama —decía la vieja—. Y cuando llama, sube la voz y pregunta el nombre.

Entonces nos miraba una por una, como contando nuestras respiraciones.

—Escúchenme bien, hijas mías.

Una mujer sola no debe decir su nombre verdadero.

Porque si lo dice, no regresa.

El pozo la bebe.

Y el silencio se la queda.

Pero no nos enseñaba el miedo, sino el amparo.

—Si alguna vez escuchan la voz —continuaba—, respondan. Nunca se queden mudas. Pero respondan juntas. Todas. Aunque la pregunta sea para una sola.

Nos enseñó que los nombres, cuando se mezclan, confunden a los espíritus. Que una puede ser llevada, sí. Pero muchas unidas no. Nunca.

Aquella noche habíamos compartido pan, cuentos antiguos y risas bajas. El fuego estaba tranquilo cuando del pozo salió una voz profunda, húmeda, como si la tierra hubiera abierto la boca.

—¿Cuál es tu nombre? —preguntó.

El aire se volvió espeso. Nadie se levantó. Nadie huyó. La vieja inclinó apenas la cabeza, como dando permiso.

Entonces respondimos.

—Amina.

—Zahra.

—Fátima.

—La que espera.

—La que cuida.

—La que vuelve.

—Hija de nadie, hermana de todas.

Los nombres se cruzaron, se pisaron, se contradijeron. El pozo pareció agrandarse, abrirse como una boca hambrienta… y de pronto quedó en silencio.

La vieja apoyó su bastón en la tierra y dijo, con voz de raíz profunda:

—Yo heredé este conocimiento.

No es mío.

Es nuestro.

Y debe pasar de boca en boca como el pan.

Luego nos abrazó con la mirada.

—Confundan —dijo—.

Susurren.

Dejen frases sin terminar.

Nosotras nos vamos a entender.

Porque el espíritu del pozo, cada tanto, vuelve a llamar.

Siempre pregunta por una.

Y nosotras, hijas mías,

respondemos todas.

Schariar y Schazaman

CUENTO MARCO MIL Y UNA NOCHES

Esta es la historia Marco que da origen a las mil y una noches.

¡Aquello que quiera Alah! ¡En el nombre de Alah el Clemente, el Misericordioso! Que las leyendas de los antiguos sean una lección para los modernos, a fin de que el hombre aprenda en los sucesos que ocurren a otros que no son él. Entonces respetará y comparará con atención las palabras de los pueblos pasados y lo que a él le ocurra, y se reprimirá. Por esto ¡gloria a quien guarda los relatos de los primeros como lección dedicada a los últimos!

Historia del rey Schahriar y su hermano el rey Schazaman

Cuéntase -pero Alah es más sabio, más prudente, más poderoso y más benéfico- que en lo que transcurrió en la antigüedad del tiempo y en lo pasado de la edad, hubo un rey entre los reyes de Sassan, en las islas de la India y de la China. Era dueño de ejércitos y señor de auxiliares de servidores y de un séquito numeroso. Tenía dos hijos, y ambos eran heroicos jinetes, pero el mayor valía más aún que el menor. El mayor reinó en los países, gobernó con justicia entre los hombres, y por eso le querían los habitantes del país y del reino. Llamábase el rey Schahriar. Su hermano, llamado Schahzaman; era el rey de Samarcanda Al-Ajam.

Siguiendo las cosas el mismo curso, residieron cada uno en su país, y gobernaron con justicia a sus ovejas durante veinte años. Y llegaron ambos hasta el límite del desarrollo y el florecimiento.

No dejaron de ser así, hasta que el mayor sintió vehementes deseos de ver a su hermano. Entonces ordenó a su visir que partiese y volviese con él. El visir contestó: “Escucho y obedezco.”

***

Partió, pues, y llegó felizmente par la gracia de Alah; entró en casa de Schahzaman, le transmitió la paz, le dijo que el rey Schahriar deseaba ardientemente verle, y que el objeto de su viaje era invitarle a visitar a su hermano. El rey Schahzaman contestó: “Escucho y obedezco.” Dispuso los preparativos de la partida, mandando sacar sus tiendas, sus camellos y sus mulos, y que saliesen sus servidores y sus auxiliares. Nombró a su visir gobernador del reino y salió en demanda de las comarcas de su hermano.

Pero a media noche recordó una cosa que había olvidado; volvió a su palacio secretamente y se encaminó a los aposentos de su esposa a quien pensaba encontrar triste y llorando por su ausencia.

***

 Grande fue, pues, su sorpresa al hallarla departiendo con gran familiaridad con un negro, esclavo entre los esclavos. Al ver tal desacato, el mundo se oscureció ante sus ojos. Y se dijo: “Si ha sobrevenido ésto cuando apenas acabo de dejar la ciudad. ¿Cuán sería la conducta de esta esposa si me ausentase algún tiempo para estar con mi hermano?” Desenvainó inmediatamente el alfanje, y acometiendo a ambos, los dejó muertos sobre los tapices del lecho. 

***

Volvió a salir, sin perder una hora ni un instante, y ordenó la marcha de la comitiva. Y viajó de noche hasta avistar la ciudad de su hermano.

***

Entonces éste se alegró de su proximidad, salió a su encuentro, y al recibirlo, le deseó la paz. Se regocijó hasta los mayores límites del contento, mandó adornar en honor suyo la ciudad y se puso a hablarle lleno de efusión. Pero el rey Schahzaman recordaba la fragilidad de su esposa, y una nube de tristeza le velaba la faz. Su tez se había puesto pálida y su cuerpo se había debilitado. Al verle de tal modo, el rey Schahriar creyó en su alma que aquello se debía a haberse alejado de su reino y de su país, lo dejaba estar sin preguntarle nada. Al fin, un día, le dijo: “Hermano, tu cuerpo enflaquece y su cara amarillea.” Y el otro respondió: “¡Ay, hermano, tengo en mi interior como una llaga en carne viva-!” Pero no le reveló lo que le había ocurrido con su esposa. El rey Schahriar le dijo: “Quisiera que me acompañases a cazar a pie y a caballo, pues así tal vez se esparciera tu espíritu.” El rey Schalizaman no quiso aceptar y su hermano se fue solo a la cacería.

***

Había en el palacio unas ventanas que daban al jardín, y habiéndose asomado a una de ellas el rey Schahzaman, vio corno se abría una puerta secreta para dar salida a veinte esclavas y veinte esclavos, entre los cuales, avanzaba la mujer del rey Schahciar en todo el esplendor de su belleza, y ocultándose para observar lo que hacían, pudo convencerse de que la misma desgracia de que él había sido víctima, la misma o mayor, cabía a su hermano el sultán.

***

Al ver aquello, pensó el hermano del rey: “¡Por Alah! Más ligera es mi calamidad que esta otra.” Inmediatamente, dejando que se desvaneciese su aflicción, se dijo: “¡En verdad, esto es más enorme que cuanto me ocurrió a mí!” Y desde aquel momento volvió a comer y beber cuanto pudo.

A todo esto, el rey, su hermano, volvió de su excursión y ambos se desearon la paz íntimamente. Luego el rey Schahriar observó que su hermano el rey Schalizaman acababa de recobrar el buen color, pues su semblante había adquirido nueva vida, y advirtió también que comía con toda su alma después de haberse alimentada parcamente en las primeros días. Se asombró de ello, y dijo: -“Hermano, poco ha te veía amarillo de tez v ahora has recuperado los colores. Cuéntame qué te pasa.” El rey le dijo: “Te contaré la causa de mi anterior palidez, pero dispénsame de referirte el motivo de haber recobrado los colores.” El rey replicó: “Para entendernos, relata primeramente la causa de tu pérdida de color y tu debilidad.” Y se explicó de este modo: “Sabrás, hermano, que cuando enviaste tu visir para requerir mi presencia, hice mis preparativos de marcha, y salí de la ciudad. Pero después me acordé de la joya que te destinaba y que te di al llegar a tu palacio. Volví, pues, y encontré a mi mujer y a un esclavo negro departiendo con gran familiaridad. Los maté a los dos, y vine hacia ti, muy atormentado por el recuerdo de tal aventura. Este fue el motivo de mi primera palidez y de mi enflaquecimiento. En cuanto a la causa de haber recobrada mi buen color, dispénsame de mencionarla.”

***

Cuando su hermano oyó estas palabras, le dijo: “Por Alah te conjuro a que me cuentes la causa de haber recobrado tus colores.” Entonces el rey Schalizaman le refirió cuanto había visto. Y el rey Schaliriar dijo: “Ante todo, es necesario que mis ojos vean semejante cosa.” Su hermano le respondió: “Finge que vas de caza, pera escóndete en mis aposentos, y serás testigo del espectáculo: tus ojos lo comprobarán.”

Inmediatamente, el rey mandó que el pregonero divulgase la orden de marcha. Los soldados salieron con sus tiendas fuera de la ciudad. El rey marchó también, se ocultó en su tienda y dijo a sus jóvenes esclavos: “¡Que nadie entre!” Luego se disfrazó, salió a hurtadillas y se dirigió al palacio. Llegó a los aposentos de su hermano, y se asomó a la ventana que daba al jardín. 

***

Apenas había pasado una hora, cuando salieron las esclavas, rodeando a su señora, y tras ellas los esclavos. E hicieron cuanto había contado Schahzaman.

Cuando vio estas cosas el rey Schahriar, la razón se ausentó, de su cabeza, y dijo a su hermano: “Marchemos para saber cuál es nuestro destino en el camino de Alah, porque nada de común debemos tener con la realeza hasta encontrar a alguien que haya sufrido una aventura semejante a la nuestra. Si no, la muerte sería preferible a nuestra vida.” Su hermano le contestó lo que era apropiado, y ambos salieron por una puerta secreta del palacio. Y no cesaron de caminar día y noche, hasta que por fin llegaron a un árbol, en medio de una solitaria pradera, junto al mar salado. En aquella pradera había un manantial de agua dulce. Bebieron de ella y se sentaron a descansar.

Apenas había transcurrido una hora del día, cuando el mar empezó a agitarse. De pronto brotó de él una negra columna de humo, que llegó hasta el cielo y se dirigió después hacia la pradera. Los reyes, asustados, se subieron a la cima del árbol, que era muy alto, y se pusieron a mirar lo que tal cosa pudiera ser. Y he aquí que la columna de humo se convirtió en un efrit de elevada estatura, poderoso de hombros y robusto de pecho. Llevaba un arca sobre la cabeza. Puso el pie en el suelo, y se dirigió hacia el árbol y se sentó debajo de él. Levantó entonces la tapa del arca, sacó de ella una caja, la abrió, y apareció en seguida una encantadora joven, de espléndida hermosura, luminosa lo mismo que el sol, como dijo el poeta:

¡Antorcha en las tinieblas, ella aparece y es el día! ¡Ella aparece y con su luz se iluminan las auroras!

¡Los soles irradiar con su claridad y las lunas con las sonrisas de sus ojos! ¡Que los velos de su misterio se rasguen, e inmediatamente las criaturas se prosternan encantadas a sus pies!

¡Y ante los dulces relámpagos de su mirada, el rocío de las lágrimas de pasion humedece todos los párpados!

Después que el efrit hubo contemplado a. la hermosa joven, le dijo: “¡Oh soberana de las sederías! ¡Oh tú, a quien rapté el mismo día de tu boda! Quisiera dormir un poco.” Y el efrit colocó la cabeza en las rodillas de la joven y se durmió.

Entonces la joven levantó la cabeza hacia la copa del árbol y vio ocultos en las ramas a los dos reyes. En seguida apartó de sus rodillas la cabeza del efrit, la puso en el suelo, y les dijo por señas: “Bajad, y no tengáis miedo de este efrit.” Por señas, le respondieron: “¡Por Alah sobre ti! ¡Dispénsanos de lance tan peligroso!” Ella les dijo: “¡Por Alah sobre vosotros! Bajad en seguida si no queréis que avise al efrit; que os dará la peor muerte.” Entonces, asustados, bajaron hasta donde estaba ella, la joven los tomó de las manos, se internó con ellos en el bosque y les exigió algo que no pudieron negarle. Una vez estuvieron cumplidos sus deseos sacó del bolsillo un saquito y del saquito un collar compuesto de quinientas setenta sortijas con sellos, y les pregunto “¿Sabéis lo que es esto?” Ellos contestaron: “No lo sabemos.” Entonces les explicó la joven: “Los dueños de estos anillos hicieron lo mismo que vosotros junto a los cuernos insensibles de este efrit. De suerte que me vais a dar vuestros anillos.” Lo hicieron así, sacándoselos de los dedos, y ella entonces les dijo: “Sabed que este efrit me robó la noche de mi boda; me encerró en esa caja, metió la caja en el arca, le echó siete candados y la arrastró al fondo del mar, allí donde se combaten las olas. Pero no sabía que cuando desea alguna cosa una mujer no hay quien la venza.” Ya lo dijo el poeta:

¡Amigo: no te fíes de la mujer; ríete de sus promesas! ¡Su buen o mal humor depende de sus caprichos!

¡Prodigan amor falso cuando la perfidia-las llena y forma como la trama de sus vestidos!

¡Recuerda respetuosamente las palabras de Yusuf! ¡Y no olvides que Eblis hizo que expulsaran a Adán por causa de la mujer!

¡No te confíes, amigo! ¡Es inútil! ¡Mañana, en aquella que creas más segura, sucederá al amor puro una pasión loca!

Y no digas: “¡Si me enamoro, evitaré las locuras de los enamorados!” ¡No lo digas! ¡Sería verdaderamente un prodigio único ver salir a un hombre sano y salvo de la seducción de las mujeres!

Los dos hermanos; al oír estas palabras, se maravillaron hasta más no poder, y se dijeron uno a otro: “Si éste es un efrit, y a pesar de su poderío le han ocurrido cosas más enormes que a nosotros, esta aventura debe consolarnos.” Inmediatamente se despidieron de la joven y regresaron cada uno a su ciudad.

En cuanto el rey Schahriar entró en su palacio, mandó degollar a su esposa, así como a los esclavos y esclavas. Después persuadido de que no existía mujer alguna de cuya fidelidad pudiese estar seguro, resolvió desposarse cada noche con una y hacerla degollar apenas alborease el día, siguiente. Así estuvo haciendo durante tres años, y todo eran lamentos y voces de horror. Los hombres huían con las hijas que les quedaban.

En esta situación, el rey mandó al visir que, como de costumbre, le trajese una joven. El visir, por más que buscó, no pudo encontrar ninguna, y regresó muy triste a su casa, con el alma transida de miedo ante el furor del rey. Pero este visir tenía dos hijas de gran hermosura-, que poseían todos los encantos, todas las perfecciones y eran de una delicadeza exquisita. La mayor se llamaba Schathrazada, y el nombre de la menor era Doniazada.

La mayor; Schaltrazada, había leído los libros, los anales, las leyendas de los reyes antiguos y las historias de los pueblos pasados. Dicen que poseía también mil libros de crónicas referentes a los pueblos de las edades remotas, a los reyes de la antigüedad y sus poetas. Y era muy elocuente v daba gusto oírla.

Al ver a su padre, le habló así: “Por qué te veo tan cambiado, soportando un peso abrumador de pesadumbres y aflicciones?… Sabe, padre, que el poeta dice: “¡Oh tú, que te apenas, consuélate! Nada es duradero, toda alegría se desvanece y todo pesar se olvida.”

Cuando oyó estas palabras el visir; contó a su hija cuanto había ocurrido desde el principio al fin, concerniente al rey. Entonces le dijo Schahrazada: “Por Alah, padre, cásame con el rey, porque si no me mata seré la causa del rescate de las hijas de los musulmanes y podré salvarlas de entre las manos del rey.” Entonces el visir contestó: “¡Por Alah sobre ti! No te expongas nunca a tal peligro.” Pero Schahrazada repuso: “Es imprescindible que así lo haga.” Entonces le dijo su padre: “Cuidado no te ocurra lo que les ocurrió al asno y al buey con el labrador. Escucha su historia:

Mil y una noches cuentos bereberes el juicio del burro

Cuentos bereberes

El juicio del burro. 

En el nombre de Dios el compasivo el misericordioso 

y Dios miró hacia los burros

Dijo una vieja Bereber.

Dicen —y yo lo digo porque aún respiro—

que cada noche el sultán pedía un cuento. Para olvidar o para condenar.

Yo era vieja ya,

con la espalda molida a golpes

y la lengua afilada por el miedo.

Me trajeron no por sabia,

sino porque nadie más quiso hablar.

Me senté ante él

y dije:

—Oh señor de las noches largas,

si me permites para  tu regocijo

te contaré cómo Allah protege

a quienes cargan lo que no es suyo.

Y el sultán, curioso asintió.

Vivía yo con un marido

que rezaba de día

y me pegaba de noche,

como si Allah se hubiera quedado dormido.entre una oración y otra.

Me montaba sin deseo

y al burro sin piedad.

Confundía cuerpos con cosas.

El burro veía.

Y Allah ve lo que ve el burro.

Una tarde bajábamos por un sendero estrecho.

Mi marido subió al animal

con el culo lleno de rabia

y el alma más pesada que sus pecados.

El burro dio tres pasos justos,

los que se dan antes de decir basta,

y mi marido rodó al barranco

como cae lo que ya estaba caído.

Llevaron al burro ante el juez.

A mí me llevaron detrás,

callada como pan duro.

Las mujeres del barrio testificaron,

pero ninguna dijo:

“Ese hombre era un perverso.”

Porque sabían lo que cuesta decir la verdad.

Pero dijeron:

—El burro temblaba cuando lo montaba.

—El burro rebuznaba como quien reza mal.

—Los animales sienten el peso del pecado antes que los hombres.

Hablaron del burro.

Y así hablaron del hombre.

El juez, que había leído el Corán

y también la vida,

preguntó: —¿Puede un burro distinguir el bien del mal?

—No —respondieron.

Entonces sentenció: —Allah no castiga al burro por no rezar.

Tampoco lo castigará

por sacudirse un peso injusto.

Aquí hice una pausa,

oh sultán,

y vi que tu mano temblaba

no de ira,

sino de risa contenida. Y añadí, con voz cansada: —Allah es grande.

Tan grande que a veces su misericordia empieza por los animales y termina enseñando a los hombres.

El burro volvió conmigo.

Yo dormí sin miedo.

Y esa noche, oh señor,

Allah decidió

que yo siguiera contando historias.

Si deseas,

mañana te contaré otra

sobre mujeres que hablaron sin hablar y burros que rezaron sin palabras.

Y el sultán dijo: —Vive hasta el alba.

LA PALABRA QUE ENTIENDE EL ELEFANTE ARLT


Allá por el año 1922 llegó a nuestra guarnición de Matalé el
capitán Braun. Recuerdo que en el club (un bungalow donde
paseaban libremente los sapos) se asoció la coincidencia de
su llegada a la muerte de míster Spruce, no porque el
capitán tuviera alguna responsabilidad en la muerte de
Spruce, sino porque todos estábamos archiseguros de que
míster Spruce hubiera tenido mucho gusto en conocer al
capitán Braun, cuyas habilidades de cazador nos habían
relatado sus camaradas. Spruce fue un certero cazador. Bajo
el fuego de su carabina habían caído tigres, jirafas, leones,
hipopótamos, leopardos y elefantes. Parecía que por sus
venas corría la sangre homicida de Nemrod, y personalmente
yo fui testigo de un suceso que no dejó de impresionarme y
en el que, como cuento, participó míster Spruce.
Con motivo de un pleito que un barbero le seguía en la
capital, tuve un día la que seguirle hasta Ceilán. Por la noche
fuimos al circo para presenciar el trabajo de una troupe de
leones amaestrados. Eran fieras domésticas, lanudas y
famélicas, sin capacidad de reacción. Un niño hubiera podido
entrar en la jaula que ocupaban. Sin embargo, cuando vieron
a míster Spruce se inquietaron de tal manera y comenzaron
a rugir con tanto furor, precipitándose contra los barrotes de
las rejas, que nuestro hombre se puso lívido de ira. Estoy
seguro de que en aquel momento lamentaba no tener a mano
su carabina para ametrallar a las pobres bestias.
¿Casualidad? Es muy posible, aunque a mi modo de ver
míster Spruce tenía la particular virtud de ser visto por las fieras, de irritarlas. Algún matiz de su físico, la luz de sus
ojos, la energía de su rostro, la encubierta brutalidad de sus
movimientos, revelaban al asesino de animales. Y digo
asesino porque es evidente que entre un hombre armado de
una magnífica carabina con balas explosivas y una fiera
acorralada, las de ganar no están de parte de la bestia.
Claro está que los cazadores se indignan y rechazan
semejantes imputaciones, negando terminantemente la
ferocidad de sus temperamentos. Pero tomad a un cazador,
habladle de una perspectiva de matanza y veréis cómo
pierde su habitual equilibrio y se estremece ante la promesa
de su gozo. Es la satisfacción de asesinar. Estos hombres
necesitan matar cualquier cosa viva…
Bueno; el caso es que el mismo día en que sepultaban a
míster Spruce, cazador, llegó a Matalé el capitán Braun,
cazador insigne.
El capitán Braun había residido un tiempo en el Congo belga,
viajando con una tropa de doscientos cargueros hasta las
fuentes de Nyanza. Era un hombre de gigantesca estatura,
manos enormes, brazos pesados y musculosos como troncos
de boas constrictores; en síntesis: una bestia del género
hombre, del tipo más peligroso que podía encontrarse bajo el
sol.
Sin embargo, era simpático. La totalidad de su armonía física
hacía que se le disculpara la inmensa barbarie que trascendía
de su configuración. Yo lo conocí en el cementerio, donde
llegó a tiempo para arrojar unos puñados de tierra en la
sepultura del matador de bestias. Míster Yelot, que estaba a
mi derecha, susurró:
—Míster Spruce baja al infierno agradecido.
A la vuelta, como era natural, bebimos alegremente, se
narraron aventuras y se habló de caza. Precisamente en esa
misma semana, a un nativo que residía algunas millas antes de llegar a Baticloa, un elefante le había destrozado la
plantación de arroz. Se sabía que era un elefante y no dos,
porque las huellas del animal habían quedado
esmeradamente impresas en el fango. La maligna bestia no
sólo se hartó de arroz, tragando todo el que podía embaular
en su inmensa panza, sino que, animado por una
voluptuosidad diabólica, destrozó íntegramente la plantación,
arrancando con su trompa enormes brazadas de tallos que
arrojó a la acequia pisoteándolos luego como si estuviera
cumpliendo un acto de personal venganza contra el
desdichado Ayoub Telbass, propietario de la plantación.
Ayoub Telbass, vista su desgracia, se presentó poco menos
que llorando ante el usurero Hsue Liang, a pedirle una
prórroga para pagar su deuda. El chino le respondió que se
dejaría arrancar las uñas de los pies y de las manos antes
que inferirle el menor daño a su vecino Ayoub Telbass; pero
que en cuanto a la deuda y los intereses, él, Hsue Liang,
lamentaba profundamente tener que comunicarle que no
contemplaría en manera alguna la destrucción que el
elefante había realizado en el arrozal.
Ayoub Telbass salió de la tienda del usurero poco menos que
enloquecido. Ayoub Telbass había asesinado a su padre y a
su madre, para poseer aquel trozo de tierra que ahora le
arrancaría de entre las uñas el miserable Hsue. Ayoub
Telbass, en aquellos momentos, pensaba en exterminar al
género humano.
Un criado de míster Spruce conversó con Ayoub Telbass y le
llevó la noticia de este desastre a su amo, que estaba en la
cama convaleciendo de un terrible ataque de apoplejía.
Míster Spruce (ignoro las causas) odiaba desesperadamente
al tunantón de Ayoub, y el júbilo que le produjo la noticia fue
tan fulgurante, que allí mismo, en la cama, se quedó tieso,
con las manos apretadas contra el corazón. Había muerto de
alegría.
Tal fue la historia que le contamos al capitán Braun, y éste,
después de conversar con los entendidos, llegó a la
conclusión de que el demoníaco elefante tenía su refugio en
la jungla, por el lado donde el río se bifurcaba en dos brazos,
formando la pantanosa extensión de Baticloa. Una milla antes
de la selva existían unos roquedales. El paraje era que ni
pintado para las exigencias de un elefante, pues si el
paquidermo quería agua limpia, sin tener que correr el
peligro de trabar relaciones con las mandíbulas de los
cocodrilos, podía bajar hasta el roquedal; en cambio, si la
bestia quería darse un baño de fango para acorazarse contra
la picadura de los mosquitos, el pantano y la selva
impenetrable casi estaban a un paso.
De todas maneras, no se trataba de un elefante local.
Posiblemente bajaba de las montañas, expulsado de su
manada. Hacía muchos años que en la región no aparecían
elefantes, y los hombres estaban olvidados de su caza.
Cierto es que cuando Braun fue a hablarles, todos se
manifestaron dispuestos a correr la aventura. Incluso algunos
trajeron sus lanzas para cazar al paquidermo, especie de
partesanas bárbaras con tremendas cuchillas de una yarda.
Pero cuando se trató de concretar, todos alegaron
ocupaciones variadas e inciertas. El único que se manifestó
dispuesto a participar en la cacería fue el desdichado Ayoub
Telbass. Como sabemos, motivos no le faltaban.
El capitán Braun convino que lo iría a buscar al arrozal,
donde, efectivamente, mucho antes que amaneciera se
encontraron.
Ayoub Telbass cabalgaba un espléndido mulo y se
acompañaba de una espingarda de caño largo. El capitán
Braun, que montaba un caballo, pensó para sus adentros que,
con aquel armatoste, Ayoub podía dedicarse a cazar
gorriones, no elefantes; pero calló sus deducciones.
Poco antes de llegar a la selva, se detuvieron en la
plantación de un francés, conocido por todos bajo el apodo de Mosiú. Mosiú se lamentó de no poder acompañarles,
porque con una pata de palo no podía ir correctamente a
cazar un elefante. Sin embargo, les acompañó varias millas,
pues el capitán y el árabe se vieron obligados a dejar su
cabalgadura en el corral del francés. El corral era el único
lugar que se había librado de la furia del paquidermo. En
mitad de la selva se desembarazaron de Mosiú, y de aquí en
adelante Braun y Ayoub Telbass siguieron por el camino
abierto por el paquidermo.
—Un ciego podría seguir el rastro —dijo Ayoub.
Y en cierto modo no le faltaba razón. Hacia donde se mirara
se veían árboles de tronco tierno quebrados, cuando no
arrancados de raíz, lo que les hacía suponer que el animal
era un voluminoso ejemplar solitario.
Días anteriores había llovido, y a pesar de la alta
temperatura que provocaba la rápida evaporación, los
caminos de la selva estaban tachonados de charcos. Una
especie de vaho azul subía hasta la copa de los árboles. En
ciertos tramos la selva tomaba la apariencia de un templo,
con la infinidad de sus columnas erguidas a extraordinaria
altura. Cuando los pájaros dejaban de chillar, los dos
hombres tenían la sensación de encontrarse en otro planeta.
Por donde se mirara se encontraban rastros de elefante, ya
impresos en el fango de los charcos evaporados, ya en el
sendero bárbaro, mutilado por su trompa. Abundaban las
ramas arrancadas y despojadas de sus hojas tiernas.
Tres horas después de haberse separado de Mosiú, los dos
hombres se detuvieron bruscamente. En un claro del bosque
yacía un tigre inmóvil. Braun y Ayoub Telbass se
aproximaron. La fiera debía hacer pocas horas que había
muerto. Estaba tendida sobre una sábana de sangre. Era
visible que había atacado al elefante.
El achocolatado Ayoub Telbass se puso gris del miedo.Si en toda cacería hay un momento que parece destinado a
vigorizar la voluntad de masacrar, el capitán Braun se
encontraba en este preciso momento. Había dejado de ser el
hombre resuelto que salió de Matalé, para transformarse en
una especie de fiera ensañada en la búsqueda de otra fiera.
De pronto cesaron las voces de los pájaros. Una llanura de
agua rechazaba la luz y se deshacía en espuma frente a unos
escalones de piedra inmóviles como un rebaño de
hipopótamos. Era el río. Desnudo, sentado bajo la copa de un
baobab, con la barba que le cubría las piernas, permanecía un
santón.
Braun no se dignó detenerse ante el hombre. Ayoub Telbass,
por un resabio de prudencia, le hizo un arqueado saludo y
continuó andando tras el capitán, que nuevamente descubrió
el rastro del elefante bajo la forma de grandes manchas de
sangre.
No cabía duda. El paquidermo debía estar gravemente herido
y Ayoub Telbass comenzaba a sentirse secretamente
contento. Por cierto que ninguno de los dos cazadores se dio
cuenta de que el santón del baobab había abandonado el
árbol y los seguía con paso elástico.
Braun no tuvo tiempo de retroceder. Enmarcado por una
cortina de sogas verdes, lo miraba malignamente un enorme
elefante rojo; tan manchado de sangre estaba. Braun se echó
la carabina a la cara y disparó. El elefante permaneció
inmóvil y, súbitamente, se desplomó como una catedral. Tras
él, empujado como por una fuerza plutónica, apareció otro
elefante. Ayoub Telbass lanzó un grito de espanto y,
arrojando su espingarda, echó a correr. Braun levantó otra
vez la carabina y disparó fríamente goloso; pero el elefante
no se detuvo, sino que continuó avanzando hacia él. Braun
quiso retroceder, tropezó en un tronco y rodó a un charco. El
elefante se agrandaba más y más en su rápida proximidad.
Ya estaba sobre él, resoplando neblinas de sangre, cuando el solitario desnudo se lanzó al camino y le echó una ristra de
sonidos inarticulados al hocico del animal. El elefante se
detuvo. Era algo extraordinario aquel viejo de larga barba y
piernas desnudas, increpando al elefante, que perdía
cascadas de sangre de junto a una oreja.
Braun alcanzó a recoger su carabina. El viejo seguía gritando
sus palabras mágicas ante el elefante, que, volviéndose
lentamente, se introdujo en la selva. Braun no se atrevió a
disparar contra el paquidermo. El viejo acababa de salvarle la
vida, pronunciando los “mantras del elefante” que, según la
fama, conocen algunos iniciados, y que consisten en una serie
de voces cuyo conocimiento se hereda. El animal que las
escucha está obligado a obedecer al que las pronuncia.
De pronto el elefante lanzó un berrido tremendo. Se apoyó
en un árbol y cayó. Estaba muerto.
Braun volvió la cabeza para buscar al santón y darle las
gracias. El viejo ya no estaba allí. Braun, pensativo, miró su
carabina y la arrojó al charco de fango; luego, con las manos
en los bolsillos, pensativamente, se volvió por donde había
venido. Silencioso, tras él marchaba Ayoub Telbass con su
inútil espingarda sobre el hombro.
Y esa fue la última vez que el capitán Braun salió a cazar.

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El hombre del turbante verde

El hombre del turbante verde

Roberto Arlt
A ningún hombre que hubiera viajado durante cierto tiempo por tierras del Islam podían quedarle dudas de que aquel desconocido que caminaba por el tortuoso callejón arrastrando sus babuchas amarillas era piadoso creyente. El turbante verde de los sacrificios adornaba la cabeza del forastero, indicando que su poseedor hacía muy poco tiempo había visitado la Ciudad Santa. Anillos de cobre y de plata, con grabados signos astrológicos destinados a defenderle de los malos espíritus y de aojamientos, cargaban sus dedos.

Abdalá el Susi, que así se llama nuestro peregrino del turbante verde, terminó por detenerse bajo el alero de cedro labrado de un fortificado palacio, junto a una reja de barras de hierro anudadas en los cruces, tras la cual brillaba una celosía de madera laqueada de rojo. Junto a esta reja podía verse un cartelón, redactado simultáneamente en árabe y en francés:

Se entregarán 10.000 francos a toda persona que suministre datos que permitan detener a los contrabandistas de ametralladoras o explosivos.

EL ALTO COMISIONADO

No bien el piadoso Abdalá terminó de leer esta especie de bando, cuando al final de la calle resonaron los gritos de un pequeño vendedor de periódicos italiano:

-¡La renuncia de Djamil! ¡Mardan Bey, primer ministro! ¡La renuncia de Djamil! ¡Mardan Bey, primer ministro!

Abdalá el Susi movió, consternado, la cabeza. Pronto comenzaría el terror. Pronto chocarían nuevamente extremistas y moderados. Alejose lentamente del cartelón, pegado junto a la celosía roja, diciéndose:

“No sería mal negocio pescar los diez mil francos”. Evidentemente, alguien estaba sembrando la campaña siria de ametralladoras livianas, que el diablo sabía de dónde brotaban. Un consulado de Damasco no era ajeno a esta infiltración. Por su parte, él, Adbalá el Susi, no creía absolutamente en nada, ni en la peregrinación a La Meca, ni en los anillos astrológicos ni en el turbante verde. Las luchas de nacionalistas y moderados le resultaban una estupidez. No tenía finalidad cambiar de amo: Llegado el momento, todos golpeaban a la cabeza con la misma frialdad. Lo importante era vivir y vivir sin hacer nada, bajo ese hermoso cielo africano. Con diez mil francos podían hacerse muchas cosas…

Nuevamente volvió la cabeza con disimulo. Nadie le seguía y ello le regocijó, porque su conciencia no estaba sumamente tranquila.

Su conciencia no se encontraba sumamente tranquila porque él había vivido en las más diversas regiones de África. Claro está que él no podía confesar desde el alto de un alminar cuáles eran los motivos que le indujeron hacía tres años a refugiarse en plena selva congolesa, donde muchos meses vivió penosamente, alimentándose con carne de elefante. Tampoco podía decir qué era lo que buscaba en los alrededores de Dahomey, donde se le vio atracarse como un miserable de horribles gusanos fritos o indigestarse de langosta seca en las puertas mismas de Fez, o pasearse como un cadí prevaricador por las calles de Túnez en un automóvil flamante.

Su existencia había sido variada y culposa. ¡Hasta llegó a ser miembro de una banda de ladrones de elefantes!

Ahora el decente turbante verde que adornaba su cabeza, la escrupulosamente limpia chilaba que con hacendosos pliegues revestía su flaco cuerpo, la renegrida barba que le caía sobre el pecho indicaban que Abdalá el Susi era un musulmán devoto, que no solo había cumplido con su peregrinación a La Meca, sino que también era muy probable que disfrutara de ciertas rentas.

Y efectivamente, las rentas de que Abdalá el Susi disfrutaba eran el producto de un robo de alhajas cometido en El Cairo, en perjuicio de una gorda y estúpida turista americana. Estas alhajas habían sido vendidas a un judío del ghetto de Tetuán; su propietaria no las encontraría jamás, mientras que él, Abdalá el Susi, con el producto de aquel robo podría aún vivir tres meses, sin necesidad de cometer ningún acto de violencia o astucia.

De pronto el tortuoso callejón se abrió como el tubo de un embudo en una plazuela, entoldado por el follaje de una vid. En el centro de este zoco se veía una fuente; el suelo, de puntiaguda piedra, estaba cubierto de sombras movedizas, y más allá, bajo un inmenso toldo amarillo, junto a un muro encalado, se abría la arcada de un café musulmán.

Sillas esterilladas invitaban a reposar. Siempre con paso grave llegó Abdalá el Susi hasta el toldo amarillo, y con respetable talante se instaló en un sillón, cruzándose de piernas. Encendió un cigarrillo y golpeó las manos. Un mofletudo muchacho con bombachas anaranjadas y un fez rojo, se detuvo frente a él; el Susi pidió café y luego comenzó a meditar.

Un imbécil, por ejemplo, se presentaría ahora mismo en la Alta Comisaría de Dimisch esh Sham para solicitar autorización al Alto Comisionado para descubrir a los contrabandistas, y los porteros y los covachuelistas de la Alta Comisaría, simultáneamente, en sus casas, en el café, en el mercado, dirían:

-Por fin se ha presentado un musulmán prudente que va a intentar descubrir a los contrabandistas de ametralladoras.

Y este musulmán prudente, como es lógico, antes de descubrir nada, moriría cualquier noche con el cuerpo hecho una criba de tiros y puñaladas. No, no, no. Abdalá el Susi no cometería ninguna de estas tonterías. Primero descubriría a los contrabandistas si podía y luego vería al Alto Comisionado.

El Susi echó la mano al bolsillo interno de su chilaba y extrajo un periódico de la mañana.

“Es evidente -decía el articulista- que los contrabandistas se valen de un nuevo medio para sacar fuera de las murallas de la ciudad las ametralladoras y los proyectiles.

“Hasta ahora, inútilmente han sido registrados los automóviles, los ejes de los carros, las más mínimas cargas que transportaban los bueyes, los camellos, los mulos y los campesinos. Todo aquel que sale fuera de las puertas de Dimisch esh Sham llevando el más insignificante paquete en sus manos está seguro de ser registrado. Todas las viviendas cuyas ventanas se abrían sobre las murallas habían sido desalojadas, las casas clausuradas y las ventanas tapiadas. Sin embargo, de la ciudad continúan saliendo respetables cargas de proyectiles para ametralladoras no solo livianas, sino pesadas, que se distribuyen entre los bandidos de la campiña.”

Por supuesto, “los bandidos” eran los líderes nacionalistas extremistas, que luchaban activamente, organizando a los campesinos para la próxima revuelta.

Un gandul se detuvo en la boca del zoco junto mismo al arco de la fuente y comenzó a gritar:

-¡La renuncia de Djamil! ¿Mardan Bey, primer ministro!

Abdalá el Susi, parsimoniosamente, volvió a doblar el periódico en ocho dobleces y se lo guardó entre el pecho y la chilaba. Su mirada, cargada de melancólica dulzura, volvió a posarse, complacida, sobre el arco encalado que se abría sobre una callejuela techada y tan estrecha que parecía un túnel enfardado de sombras azules.

De pronto, en lo alto de un alminar revestido de azulejos amarillos y negros, se vio recortarse la silueta de un hombre. El hombre del alminar, apoyándose en el antepecho sobre el vacío, gritó:

-Dios es grande. Yo atestiguo que no hay más que un Dios. Yo atestiguo que Mahoma es el Profeta. Venid a la oración. Dios es grande y único.

Precipitadamente, Abdalá el Susi abandonó su cómodo sillón de esterilla y, cayendo sobre sus rodillas en las ásperas piedras, se inclinó en dirección hacia La Meca, con los brazos extendidos delante de su cabeza, mientras pensaba:

-Me disfrazaré de Taleb.

Algunos días después de estas pacientes meditaciones podíamos encontrar a Abdalá el Susi sentado sobre una esterilla a la sombra del arco de ladrillo que forma la puerta de Sab el Estha. Frente a él, en una pequeña mesa laqueada de rojo, se veían algunos coranes forrados de pieles teñidas de diferentes colores, y a otro costado algunos pliegos de pergamino auténtico, con pequeñas bolsas de cuero rojo encima.

-Llevad un versículo del Corán, que os libra de enfermedades, falsos testimonios, aojamiento, muerte de ganado…

De tanto en tanto un campesino se acerca a Abdalá el Susi, y Abdalá el Susi escribe en un pergamino, con gruesos caracteres, un versículo del Corán, lo introduce en la bolsa de cuero rojo y se lo entrega al campesino que deja caer algunos cobres sobre la mesa.

-No te apartes nunca de él -le dice el Susi-. Tu ganado se multiplicará.

Mientras habla, el Susi no pierde de vista ni una sola de las personas que entran o salen por la puerta de Bab el Estha.

Yuntas de bueyes y rebaños de carneros pasan frente a sus ojos, vendedores con los pellejos de cabra repletos de aceite, campesinas con pilastras de carbón amarradas por juncos a los sobacos, barberos que se dedican a sangrar. Al lado mismo de Abdalá el Susi se instala un freidor de buñuelos que, de tanto en tanto, frente a la asombrada mirada de los queseros y floristas, arroja por los aires todos los buñuelos que contiene una sartén y luego los recoge sin perder uno. El mismo Abdalá el Susi está asombrado de no recibir una salpicadura de la nauseabunda grasa que utiliza el tunecino.

Con las piernas cruzadas sobre su esterilla, grave el talante y pensativa la mirada, Abdalá el Susi ve llegar los camellos agobiados bajo tremendas cargas con grandes manchones de alquitrán en su piel, para defenderlos de la sarna; pasan los cadíes de las tribus, en visita de ceremonial al Alto Comisionado, revestidos por magníficos albornoces escarlatas.

Pero si es fácil la entrada por la puerta, la salida es difícil. Todo aquel que lleva un bulto, un paquete o una carga es revisado implacablemente por los soldados de capa azul. Inútiles son las protestas de los campesinos, de los turistas. Para registrar a las mujeres de éstos, en una garita tras la puerta de ladrillo hay dos empleadas de policía.

Un día, irónicamente, un soldado le dice a otro:

-Los contrabandistas van desnudos.

Y ambos se ríen de la guasada.

El que no se rió fue Abdalá el Susi.

Con la frente grave bajo su turbante verde, el ex ladrón de elefantes medita envuelto en las nubes de polvo que levanta el ganado al entrar.

Conoce a todos los bribones de los alrededores. Ha identificado al entregador de una banda de asaltantes. Ha reconocido a un estafador inglés que se pasea jactanciosamente con un bastón de bambú y un casco de corcho. Pero él no está allí para ocuparse de bagatelas.

La frase de los dos soldados de capa azul continúa girando en su cerebro: “Los contrabandistas van desnudos”: Claro que es una burla. Pero una burla que no carece de sentido común. Al único hombre a quien los soldados jamás registran, jamás miran, es al mendigo miserable, que con algunos harapos sobre sus riñones, mostrando los huesos bajo la piel amarillenta o llagada, pasa extendiendo su mano. El único hombre a quien los soldados no registran es al hombre desnudo. Al mendigo de los aduares, que con el belfo colgante, la mirada extraviada, sentado junto al suelo, pasa frente a todos, con la pobreza de su repulsiva desnudez a la vista de todos. Pero Abdalá el Susi no deja descansar su pensamiento.

Repite: “Los contrabandistas van desnudos”. Porque es evidente que un hombre desnudo no puede ocultar una ametralladora, a menos que haya encontrado un procedimiento para tornar invisible la ametralladora, y este procedimiento no existe.

Pasan las yuntas de bueyes y los rebaños de moruecos, y las cabras saltarinas, y las carboneras del valle, y los campesinos de la vega, y los cadíes envueltos en sus magníficos albornoces escarlatas, con los bordes revestidos de una trencilla de oro, cantan los muecines a la hora eterna el pregón de la oración, y hace bailar el buñuelero sus buñuelos en la sartén, y Abdalá el Ladrón está allí, sentado sobre su polvorienta esterilla amarilla, repitiéndose por milésima vez.

-¿Cómo puede un hombre desnudo pasar de contrabando una ametralladora sin que se le descubra?

De pronto, el hombre del turbante verde levanta la vista. Es la tercera vez que, frente a sus ojos, pasa ese mendigo, desnudo casi, montado en un borriquillo que apenas se puede mantener en pie. El mendigo tiene la cabeza arrollada en un trapo, y los restos de un pantalón, y el pecho desnudo.

Siempre que este andrajoso entra por la mañana, sale por la tarde, acompañado de algún otro mendigo, tan haraposo como él, tan desnudo como él.

-Estos son los hombres que pueden llevar las ametralladoras de contrabando -le dice Abdalá al teniente francés, que, detenido frente a él, escucha su hipótesis.

-Verás -asegura Abdalá-. Esta tarde, antes de que cierren las puertas de la ciudad, ellos saldrán, los dos desnudos, montados en su borriquito con una ametralladora de contrabando. Y no te extrañes, teniente, si es una ametralladora pesada.

El teniente Levil se aleja de la puerta de Bab el Estha, sonriendo escépticamente. Pero no faltará a su palabra. Esta tarde, con algunos hombres, estará allí para hacerle el juego a ese endiablado sujeto del turbante verde.

Efectivamente, a la caída del sol, el pordiosero que entró semidesnudo a la ciudad montado en un borriquillo, viene acompañado de otro mendigo, también semidesnudo, montado en un borriquillo.

Los dos vagabundos llevan sus pies arrastrando junto al suelo, el cuerpo inclinando sobre el cuello de sus borriquillos sarnosos, un harapo caído sobre la espalda.

El teniente Levil se acerca a Abdalá el Ladrón y le dice:

-Allí están tus hombres.

Entonces, Abdalá el Susi se incorpora de un salto, se acerca a uno de los dos pordioseros y de un puñetazo trata de derribarlo del borrico. El viejo que recibe el puñetazo de Abdalá no se cae del borrico, se inclina a un costado, y permanece allí inerte, mientras que el otro trata de escapar, pero es sujetado por los hombres del teniente Levil.

Entonces Abdalá el Susi le dice al teniente:

-Mira. Han atado a un muerto al borrico. Dentro del pecho del muerto viene oculta una ametralladora.

Y corriendo un andrajo muestra un largo corte en el pecho del cadáver robado.