Hesse. La ejecución y Leyenda China

La ejecución

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En su peregrinación, el maestro y algunos de sus discípulos bajaron de la montaña al llano y se encaminaron hacia las murallas de la gran ciudad. Ante la puerta se había congregado una gran muchedumbre. Cuando se hallaron más cerca vieron un cadalso levantado y los verdugos ocupados en llevar a rastras hacia el tajo a un individuo ya muy debilitado por el calabozo y los tormentos. La plebe se agolpaba alrededor del espectáculo. Hacían mofa del reo y le escupían, movían bulla y esperaban con impaciencia la decapitación.
-¿Quién será y qué delitos habrá perpetrado -se preguntaban unos a otros los discípulos- para que la multitud desee su muerte con tanto afán? Aquí no se ve a nadie que manifieste compasión ni que llore.
-Supongo que será un hereje -dijo el maestro con tristeza.
Siguieron acercándose, y cuando se vieron confundidos con el gentío los discípulos preguntaron a izquierda y derecha quién era y qué crímenes había cometido el que en aquellos momentos se arrodillaba frente al tajo.
-Es un hereje -decía la gente muy indignada-. ¡Hola! ¡Ahora inclina su cabeza condenada! ¡Acabemos de una vez! En verdad ese perro quiso enseñarnos que la ciudad del Paraíso tiene sólo dos puertas, ¡cuando a todos nosotros nos consta perfectamente que las puertas son doce!
Asombrados, los discípulos se reunieron alrededor del maestro y le preguntaron:
-¿Cómo lo adivinaste, maestro?
Él sonrió y, mientras echaba de nuevo a andar, dijo en voz baja:
-No ha sido difícil. Si fuese un asesino, o un bandolero o cualquier otra especie de criminal, habríamos visto entre las gentes del pueblo pena y compasión. Muchos llorarían y algunos hasta pondrían el grito en el cielo proclamando su inocencia. Al que tiene una creencia diferente, en cambio, se le puede sacrificar y echar su cadáver a los perros sin que el pueblo se inmute.

Leyenda China

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Esto se cuenta acerca de Meng Hsie.
Cuando supo que últimamente los artistas jóvenes se ejercitaban en colocarse cabeza abajo, decían que para ensayar una nueva visión, inmediatamente Meng Hsie practicó también este ejercicio. Y después de probarlo un rato declaró a sus discípulos:
-Cuando me coloco cabeza abajo se me presenta el mundo bajo un aspecto nuevo y más hermoso.
Esto se comentó, y los jóvenes artistas se ufanaban no poco de que el anciano maestro hubiese respaldado así sus experimentos.
Se sabía que apenas hablaba, y que enseñaba a sus discípulos no mediante doctrinas sino con su simple presencia y su ejemplo. Por eso sus manifestaciones llamaban mucho la atención y se difundían por todas partes.
Poco después de que aquellas palabras suyas hubiesen hecho las delicias de los innovadores y sorprendido e incluso indignado a muchos de los antiguos, se supo que había hablado otra vez. Contaban que había dicho:
-Es bueno que el hombre tenga dos piernas, porque ponerse cabeza abajo no favorece la salud. Además, cuando se incorpora el que estuvo cabeza abajo el mundo se le representa doblemente más hermoso que antes.
Estas palabras del maestro escandalizaron a los jóvenes antipodistas, que se sintieron traicionados o burlados, y también a los mandarines.
-Tal día dice Meng Hsie tal cosa, y al día siguiente dice lo contrario -comentaban los mandarines-. Es imposible que ambas sean verdaderas. ¿Quién hace caso del anciano cuando le flaquea el entendimiento?
Algunos fueron a contarle al maestro lo que decían de él tanto los innovadores como los mandarines. Él se limitó a reír. Y como sus seguidores le demandaran una explicación, dijo:
-La realidad existe, pequeños míos, y ésa es incontrovertible. Verdades, en cambio, es decir, opiniones acerca de la realidad expresadas mediante palabras, hay muchas, y todas ellas son tan verdaderas como falsas.
Y por mucho que insistieron, los discípulos no consiguieron sacarle una palabra más.

Hermann Hesse, Talleres de narración oral, Pedro Parcet

Hermann Hesse. La leyenda del rey indio

Hesse

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En la antigua India de los dioses, muchos siglos antes del advenimiento de Gotama Buda el excelso, sucedió que los brahmanes ungieron a un nuevo rey. Este joven monarca gozó de la confianza y las enseñanzas de dos sabios varones que le enseñaron a purificarse mediante el ayuno, a someter a la voluntad los impulsos tormentosos de su sangre y a preparar su mente para el entendimiento del Todo y Uno.
En efecto, por esta época habían estallado entre los brahmanes ardorosas polémicas sobre los atributos de los dioses, sobre las relaciones de unas divinidades con otras y sobre las de éstas con el Todo y Uno. Algunos pensadores empezaban a negar la existencia de múltiples divinidades, y postulaban que los nombres de éstas no eran más que denominaciones de los aspectos sensibles del Uno invisible. Otros negaban con apasionamiento estas doctrinas y se aferraban a las viejas divinidades, sus nombres y sus imágenes; ellos precisamente no creían que el Todo y Uno fuese un ser concreto, sino sólo un nombre aplicado al conjunto de todas las divinidades. De manera similar, para unos las palabras sagradas de los himnos eran creaciones temporales, y por consiguiente mudables, mientras otros las tenían por primigenias y la única cosa auténticamente inmutable. En estos aspectos del conocimiento de lo sagrado, lo mismo que en los de… se manifestaba el afán de llegar a conocer las verdades últimas, y por eso dudaban y discutían sin descanso de qué fuese el Espíritu mismo, o sólo su nombre, otros rechazaban esta distinción entre el Espíritu y la palabra, considerando que el ser y su imagen eran entidades inseparables. Casi dos mil años más tarde los mejores ingenios de la Edad Media occidental discutirían casi exactamente los mismos puntos. Y aquende como allende hubo pensadores serios y luchadores desinteresados, pero también hubo prebendados desprovistos de espíritu y de caridad a quienes preocupaba únicamente que tales discusiones no redundasen en el desprestigio del culto o del templo, ni que la libertad de pensamiento o de discusión sobre la naturaleza de las divinidades fuese a mermar, por ventura, el poderío ni las rentas de la casta sacerdotal. Lo que ellos querían era seguir viviendo como parásitos del pueblo; cuando el hijo o la vaca de alguno caían enfermos, los sacerdotes se le metían en casa durante semanas y le chupaban toda la hacienda en forma de ofrendas y de sacrificios.
Y también aquellos dos brahmanes de cuyas enseñanzas disfrutaba el rey, siempre ávido de saber, estaban reñidos en cuanto a las verdades últimas. Pero como ambos tenían fama de gran sabiduría, el rey, entristecido por tal desavenencia, solía decirse: «Si ni siquiera estos dos sabios consiguen ponerse de acuerdo en cuando a la verdad, ¿cómo podré conocerla nunca yo, con mi flaco entendimiento? No dudo de que debe existir una verdad única e indivisible, pero me temo que ni siquiera los brahmanes puedan llegar a conocerla con seguridad».
Cuando los interrogaba al respecto, sus dos preceptores contestaban:
-Muchos son los caminos, pero el destino es único. Ayuna, mortifica las pasiones de tu corazón, recita las estrofas sagradas y medita acerca de ellas.
El rey hizo de buena gana lo que le aconsejaban, y realizó grandes progresos en la sabiduría, pero sin alcanzar nunca su meta de poder contemplar la verdad última. Cierto que logró superar las pasiones de la sangre, así como aborrecer los deseos y los placeres animales. E incluso para comer y beber tomaba solamente lo indispensable (un plátano al día y unos granos de arroz). Así se purificaba de cuerpo y espíritu, y enfocaba al objetivo definitivo todas sus fuerzas e impulsos de su alma. Las palabras sagradas, cuyas sílabas antes le parecían monótonas y vacías, desplegaban ahora para él todos los encantos de su magia y le dispensaban consuelo íntimo. En estos torneos y ejercicios de la razón iba conquistando premio tras premio. Pero siguió sin hallar la clave del secreto final y de todos los misterios del ser, y eso lo tenía triste y cariacontecido.
Entonces decidió disciplinarse por medio de una gran penitencia. Para lo cual se encerró durante cuarenta días en la más apartada de sus estancias sin probar bocado y durmiendo en el suelo, sin manta ni almohada. Su cuerpo enflaquecido exhalaba un aroma de pureza, su rostro delgado relucía de un brillo interior y su mirada avergonzaba a los brahmanes por la ecuanimidad purísima que traslucía. Superada esta prueba de cuarenta días, convocó a todos los brahmanes en el atrio del templo para que ejercitasen su ingenio en la resolución de las cuestiones más difíciles. Y mandó traer vacas blancas con las frentes adornadas de cadenas de oro, como premio para los vencedores del concurso.
Los sacerdotes y los sabios acudieron, tomaron asiento y se enzarzaron sin demora en la batalla de las ideas y de las palabras. Paso a paso demostraron la exacta correspondencia entre los dos mundos, el sensible y el del espíritu, afilaron sus inteligencias en la interpretación de los versículos sagrados y disertaron sobre el Brahma y el Atman. El ser elemental de cien brazos fue comparado con el viento, con el fuego, con el agua, con la sal disuelta en el agua, con la unión del hombre y la mujer. También idearon parábolas e imágenes para describir el Brahma creador de dioses que son más grandes que el mismo Brahma, y distinguieron entre el Brahma creador y el que encierra en sí lo creado, de manera que procuraban compararlo consigo mismo. Y argumentaron brillantemente sobre si el Atman es anterior a su nombre, o si su nombre es idéntico a su esencia o sólo una creación de ésta.
Una y otra vez intervino el rey proponiendo temas para nuevos interrogantes. Sin embargo, cuanto más prodigaban los brahmanes sus respuestas y sus explicaciones, más solo y abandonado se hallaba entre ellos el rey. Cuando más preguntaba y asentía al escuchar las respuestas, y mandaban que fuesen premiadas las más ingeniosas, más ardía en su anterior el anhelo de la verdad misma. Pues bien se daba cuenta de que todos aquellos discursos y análisis no servían sino para dar vueltas alrededor de ella, pero sin tocarla nunca. Nadie lograba entrar en el círculo interior. De manera que, conforme iba proponiendo preguntas y repartía honores, se veía a sí mismo como un niño dedicado junto con otros niños a una especie de juego. Hermoso, sí, pero de los que provocan sonrisas indulgentes por parte de los hombres adultos.
Por eso el rey fue ensimismándose cada vez más, pese a hallarse en medio de la gran asamblea. Cerró todos los sentidos y dirigió su voluntad ardiente a ese foco, la verdad, pues sabía que todos los seres participan de ella y duerme en el interior de cada uno, también en el de los reyes. Y como era un ser puro, en cuyo interior no subsistía ninguna escoria, fue encontrando suficiencia y claridad dentro de sí mismo. Cuanto más se sumía en sí, mayor era la luz que percibía, como el que camina dentro de una caverna y cada paso le lleva más y más cerca del resplandor de la salida.
Mientras tanto, los brahmanes continuaron largo rato hablando y discutiendo, sin darse cuenta de que el rey estaba como sordo y mudo. Se exaltaban, alzaban las voces cada vez más, y no pocos manifestaban así la envidia por las vacas que habían correspondido a otros.
Hasta que, por fin, uno de ellos reparó en la distracción del monarca. Interrumpiendo su discurso, levantó la mano y lo señaló con el dedo, y su interlocutor calló e hizo lo mismo, y el vecino de éste también. Al fondo del atrio algunos grupos alborotaban y charlaban todavía, pero la mayoría guardaba un silencio sepulcral. Hasta que callaron todos, sentados sin decir nada y mirando al rey, que se mantenía erguido, el semblante impasible, la vista dirigida al infinito. Y su rostro irradiaba una luz fría y clara como la de una estrella. Entonces todos los brahmanes se inclinaron ante su éxtasis y comprendieron que cuanto estaban haciendo era sólo un juego de niños, mientras que el personaje real estaba habitado por Dios mismo, el epítome de todos los dioses.
Pero el rey, cuyos sentidos estaban fundidos en la unidad y vueltos hacia lo interior, seguía contemplando la verdad misma, indivisible, en forma de luz pura que infundía en su interior una certeza dulcísima, a la manera en que un rayo de sol cuando atraviesa una piedra preciosa la convierte en luz y sol, con lo que criatura y creador se hacen uno.
Luego volvió en sí, y cuando miró a su alrededor, sus ojos reían y su frente brillaba como un lucero. Despojándose de sus ropas, salió del templo, salió de la ciudad y del reino, y se adentró desnudo en la selva, donde desapareció para siempre.

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Saki. Sredni Vashtar

Sredni Vashtar

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Conradín tenía diez años y, según la opinión profesional del médico, el niño no viviría cinco años más. Era un médico afable, ineficaz, poco se le tomaba en cuenta, pero su opinión estaba respaldada por la señora De Ropp, a quien debía tomarse en cuenta. La señora De Ropp, prima de Conradín, era su tutora, y representaba para él esos tres quintos del mundo que son necesarios, desagradables y reales; los otros dos quintos, en perpetuo antagonismo con aquéllos, estaban representados por él mismo y su imaginación. Conradín pensaba que no estaba lejos el día en que habría de sucumbir a la dominante presión de las cosas necesarias y cansadoras: las enfermedades, los cuidados excesivos y el interminable aburrimiento. Su imaginación, estimulada por la soledad, le impedía sucumbir.
La señora De Ropp, aun en los momentos de mayor franqueza, no hubiera admitido que no quería a Conradín, aunque tal vez habría podido darse cuenta de que al contrariarlo por su bien cumplía con un deber que no era particularmente penoso. Conradín la odiaba con desesperada sinceridad, que sabía disimular a la perfección. Los escasos placeres que podía procurarse acrecían con la perspectiva de disgustar a su parienta, que estaba excluida del reino de su imaginación por ser un objeto sucio, inadecuado.
En el triste jardín, vigilado por tantas ventanas prontas a abrirse para indicarle que no hiciera esto o aquello, o recordarle que era la hora de ingerir un remedio, Conradín hallaba pocos atractivos. Los escasos árboles frutales le estaban celosamente vedados, como si hubieran sido raros ejemplares de su especie crecidos en el desierto. Sin embargo, hubiera resultado difícil encontrar quien pagara diez chelines por su producción de todo el año. En un rincón, casi oculta por un arbusto, había una casilla de herramientas abandonada, y en su interior Conradín halló un refugio, algo que participaba de las diversas cualidades de un cuarto de juguetes y de una catedral. La había poblado de fantasmas familiares, algunos provenientes de la historia y otros de su imaginación; estaba también orgulloso de alojar dos huéspedes de carne y hueso. En un rincón vivía una gallina del Houdán, de ralo plumaje, a la que el niño prodigaba un cariño que casi no tenía otra salida. Más atrás, en la penumbra, había un cajón, dividido en dos compartimentos, uno de ellos con barrotes colocados uno muy cerca del otro. Allí se encontraba un gran hurón de los pantanos, que un amigo, dependiente de carnicería, introdujo de contrabando, con jaula y todo, a cambio de unas monedas de plata que guardó durante mucho tiempo. Conradín tenía mucho miedo de ese animal flexible, de afilados colmillos, que era, sin embargo, su tesoro más preciado. Su presencia en la casilla era motivo de una secreta y terrible felicidad, que debía ocultársele escrupulosamente a la Mujer, como solía llamar a su prima. Y un día, quién sabe cómo, imaginó para la bestia un nombre maravilloso, y a partir de entonces el hurón de los pantanos fue para Conradín un dios y una religión.
La Mujer se entregaba a la religión una vez por semana, en una iglesia de los alrededores, y obligaba a Conradín a que la acompañara, pero el servicio religioso significaba para el niño una traición a sus propias creencias. Pero todos los jueves, en el musgoso y oscuro silencio de la casilla, Conradín oficiaba un místico y elaborado rito ante el cajón de madera, santuario de Sredni Vashtar, el gran hurón. Ponía en el altar flores rojas cuando era la estación y moras escarlatas cuando era invierno, pues era un dios interesado especialmente en el aspecto impulsivo y feroz de las cosas; en cambio, la religión de la Mujer, por lo que podía observar Conradín, manifestaba la tendencia contraria.
En las grandes fiestas espolvoreaba el cajón con nuez moscada, pero era condición importante del rito que las nueces fueran robadas. Las fiestas eran variables y tenían por finalidad celebrar algún acontecimiento pasajero. En ocasión de un agudo dolor de muelas que padeció por tres días la señora De Ropp, Conradín prolongó los festivales durante todo ese tiempo, y llegó incluso a convencerse de que Sredni Vashtar era personalmente responsable del dolor. Si el malestar hubiera durado un día más, la nuez moscada se habría agotado.
La gallina del Houdán no participaba del culto de Sredni Vashtar. Conradín había dado por sentado que era anabaptista. No pretendía tener ni la más remota idea de lo que era ser anabaptista, pero tenía una íntima esperanza de que fuera algo audaz y no muy respetable. La señora De Ropp encarnaba para Conradín la odiosa imagen de la respetabilidad.
Al cabo de un tiempo, las permanencias de Conradín en la casilla despertaron la atención de su tutora.
-No le hará bien pasarse el día allí, con lo variable que es el tiempo -decidió repentinamente, y una mañana, a la hora del desayuno, anunció que había vendido la gallina del Houdán la noche anterior. Con sus ojos miopes atisbó a Conradín, esperando que manifestara odio y tristeza, que estaba ya preparada para contrarrestar con una retahíla de excelentes preceptos y razonamientos. Pero Conradín no dijo nada: no había nada que decir. Algo en esa cara impávida y blanca la tranquilizó momentáneamente. Esa tarde, a la hora del té, había tostadas: manjar que por lo general excluía con el pretexto de que haría daño a Conradín, y también porque hacerlas daba trabajo, mortal ofensa para la mujer de la clase media.
-Creí que te gustaban las tostadas -exclamó con aire ofendido al ver que no las había tocado.
-A veces -dijo Conradín.
Esa noche, en la casilla, hubo un cambio en el culto al dios cajón. Hasta entonces, Conradín no había hecho más que cantar sus oraciones: ahora pidió un favor.
-Una sola cosa te pido, Sredni Vashtar.
No especificó su pedido. Sredni Vashtar era un dios, y un dios nada lo ignora. Y ahogando un sollozo, mientras echaba una mirada al otro rincón vacío, Conradín regresó a ese otro mundo que detestaba.
Y todas las noches, en la acogedora oscuridad de su dormitorio, y todas las tardes, en la penumbra de la casilla, se elevó la amarga letanía de Conradín:
-Una sola cosa te pido, Sredni Vashtar.
La señora De Ropp notó que las visitas a la casilla no habían cesado, y un día llevó a cabo una inspección más completa.
-¿Qué guardas en ese cajón cerrado con llave? -le preguntó-. Supongo que son conejitos de la India. Haré que se los lleven a todos.
Conradín apretó los labios, pero la mujer registró su dormitorio hasta descubrir la llave, y luego se dirigió a la casilla para completar su descubrimiento. Era una tarde fría y Conradín había sido obligado a permanecer dentro de la casa. Desde la última ventana del comedor se divisaba entre los arbustos la casilla; detrás de esa ventana se instaló Conradín. Vio entrar a la mujer, y la imaginó después abriendo la puerta del cajón sagrado y examinando con sus ojos miopes el lecho de paja donde yacía su dios. Quizá tantearía la paja movida por su torpe impaciencia. Conradín articuló con fervor su plegaria por última vez. Pero sabía al rezar que no creía. La mujer aparecería de un momento a otro con esa sonrisa fruncida que él tanto detestaba, y dentro de una o dos horas el jardinero se llevaría a su dios prodigioso, no ya un dios, sino un simple hurón de color pardo, en un cajón. Y sabía que la Mujer terminaría como siempre por triunfar, y que sus persecuciones, su tiranía y su sabiduría superior irían venciéndolo poco a poco, hasta que a él ya nada le importara, y la opinión del médico se vería confirmada. Y como un desafío, comenzó a cantar en alta voz el himno de su ídolo amenazado:
Sredni Vashtar avanzó:
Sus pensamientos eran pensamientos rojos y sus dientes eran blancos.
Sus enemigos pidieron paz, pero él le trajo muerte.
Sredni Vashtar el hermoso.
De pronto dejó de cantar y se acercó a la ventana.
La puerta de la casilla seguía entreabierta. Los minutos pasaban. Los minutos eran largos, pero pasaban. Miró a los estorninos que volaban y corrían por el césped; los contó una y otra vez, sin perder de vista la puerta. Una criada de expresión agria entró para preparar la mesa para el té. Conradín seguía esperando y vigilando. La esperanza gradualmente se deslizaba en su corazón, y ahora empezó a brillar una mirada de triunfo en sus ojos que antes sólo habían conocido la melancólica paciencia de la derrota. Con una exultación furtiva, volvió a gritar el peán de victoria y devastación. Sus ojos fueron recompensados: por la puerta salió un animal largo, bajo, amarillo y castaño, con ojos deslumbrados por la luz del crepúsculo y oscuras manchas mojadas en la piel de las mandíbulas y del cuello. Conradín se hincó de rodillas. El Gran Hurón de los Pantanos se dirigió al arroyuelo que estaba al extremo del jardín, bebió, cruzó un puentecito de madera y se perdió entre los arbustos. Ese fue el tránsito de Sredni Vashtar.
-Está servido el té -anunció la criada de expresión agria-. ¿Dónde está la señora?
-Fue hace un rato a la casilla -dijo Conradín.
Y mientras la criada salió en busca de la señora, Conradín sacó de un cajón del aparador el tenedor de las tostadas y se puso a tostar un pedazo de pan. Y mientras lo tostaba y lo untaba con mucha mantequilla, y mientras duraba el lento placer de comérselo, Conradín estuvo atento a los ruidos y silencios que llegaban en rápidos espasmos desde más allá de la puerta del comedor. El estúpido chillido de la criada, el coro de interrogantes clamores de los integrantes de la cocina que la acompañaba, los escurridizos pasos y las apresuradas embajadas en busca de ayuda exterior, y luego, después de una pausa, los asustados sollozos y los pasos arrastrados de quienes llevaban una carga pesada.
-¿Quién se lo dirá al pobre chico? ¡Yo no podría! -exclamó una voz chillona.
Y mientras discutían entre sí el asunto, Conradín se preparó otra tostada.

Saki. La ventana abierta

Saki

! a   sss.jpg  ngriim SAKI m-Mi tía bajará enseguida, señor Nuttel -dijo con mucho aplomo una señorita de quince años-; mientras tanto debe hacer lo posible por soportarme.
Framton Nuttel se esforzó por decir algo que halagara debidamente a la sobrina sin dejar de tomar debidamente en cuenta a la tía que estaba por llegar. Dudó más que nunca que esta serie de visitas formales a personas totalmente desconocidas fueran de alguna utilidad para la cura de reposo que se había propuesto.
-Sé lo que ocurrirá -le había dicho su hermana cuando se disponía a emigrar a este retiro rural-: te encerrarás no bien llegues y no hablarás con nadie y tus nervios estarán peor que nunca debido a la depresión. Por eso te daré cartas de presentación para todas las personas que conocí allá. Algunas, por lo que recuerdo, eran bastante simpáticas.
Framton se preguntó si la señora Sappleton, la dama a quien había entregado una de las cartas de presentación, podía ser clasificada entre las simpáticas.
-¿Conoce a muchas personas aquí? -preguntó la sobrina, cuando consideró que ya había habido entre ellos suficiente comunicación silenciosa.
-Casi nadie -dijo Framton-. Mi hermana estuvo aquí, en la rectoría, hace unos cuatro años, y me dio cartas de presentación para algunas personas del lugar.
Hizo esta última declaración en un tono que denotaba claramente un sentimiento de pesar.
-Entonces no sabe prácticamente nada acerca de mi tía -prosiguió la aplomada señorita.
-Sólo su nombre y su dirección -admitió el visitante. Se preguntaba si la señora Sappleton estaría casada o sería viuda. Algo indefinido en el ambiente sugería la presencia masculina.
-Su gran tragedia ocurrió hace tres años -dijo la niña-; es decir, después que se fue su hermana.
-¿Su tragedia? -preguntó Framton; en esta apacible campiña las tragedias parecían algo fuera de lugar.
-Usted se preguntará por qué dejamos esa ventana abierta de par en par en una tarde de octubre -dijo la sobrina señalando una gran ventana que daba al jardín.
-Hace bastante calor para esta época del año -dijo Framton- pero ¿qué relación tiene esa ventana con la tragedia?
-Por esa ventana, hace exactamente tres años, su marido y sus dos hermanos menores salieron a cazar por el día. Nunca regresaron. Al atravesar el páramo para llegar al terreno donde solían cazar quedaron atrapados en una ciénaga traicionera. Ocurrió durante ese verano terriblemente lluvioso, sabe, y los terrenos que antes eran firmes de pronto cedían sin que hubiera manera de preverlo. Nunca encontraron sus cuerpos. Eso fue lo peor de todo.
A esta altura del relato la voz de la niña perdió ese tono seguro y se volvió vacilantemente humana.
-Mi pobre tía sigue creyendo que volverán algún día, ellos y el pequeño spaniel que los acompañaba, y que entrarán por la ventana como solían hacerlo. Por tal razón la ventana queda abierta hasta que ya es de noche. Mi pobre y querida tía, cuántas veces me habrá contado cómo salieron, su marido con el impermeable blanco en el brazo, y Ronnie, su hermano menor, cantando como de costumbre “¿Bertie, por qué saltas?”, porque sabía que esa canción la irritaba especialmente. Sabe usted, a veces, en tardes tranquilas como las de hoy, tengo la sensación de que todos ellos volverán a entrar por la ventana…
La niña se estremeció. Fue un alivio para Framton cuando la tía irrumpió en el cuarto pidiendo mil disculpas por haberlo hecho esperar tanto.
-Espero que Vera haya sabido entretenerlo -dijo.
-Me ha contado cosas muy interesantes -respondió Framton.
-Espero que no le moleste la ventana abierta -dijo la señora Sappleton con animación-; mi marido y mis hermanos están cazando y volverán aquí directamente, y siempre suelen entrar por la ventana. No quiero pensar en el estado en que dejarán mis pobres alfombras después de haber andado cazando por la ciénaga. Tan típico de ustedes los hombres ¿no es verdad?
Siguió parloteando alegremente acerca de la caza y de que ya no abundan las aves, y acerca de las perspectivas que había de cazar patos en invierno. Para Framton, todo eso resultaba sencillamente horrible. Hizo un esfuerzo desesperado, pero sólo a medias exitoso, de desviar la conversación a un tema menos repulsivo; se daba cuenta de que su anfitriona no le otorgaba su entera atención, y su mirada se extraviaba constantemente en dirección a la ventana abierta y al jardín. Era por cierto una infortunada coincidencia venir de visita el día del trágico aniversario.
-Los médicos han estado de acuerdo en ordenarme completo reposo. Me han prohibido toda clase de agitación mental y de ejercicios físicos violentos -anunció Framton, que abrigaba la ilusión bastante difundida de suponer que personas totalmente desconocidas y relaciones casuales estaban ávidas de conocer los más íntimos detalles de nuestras dolencias y enfermedades, su causa y su remedio-. Con respecto a la dieta no se ponen de acuerdo.
-¿No? -dijo la señora Sappleton ahogando un bostezo a último momento. Súbitamente su expresión revelaba la atención más viva… pero no estaba dirigida a lo que Framton estaba diciendo.
-¡Por fin llegan! -exclamó-. Justo a tiempo para el té, y parece que se hubieran embarrado hasta los ojos, ¿no es verdad?
Framton se estremeció levemente y se volvió hacia la sobrina con una mirada que intentaba comunicar su compasiva comprensión. La niña tenía puesta la mirada en la ventana abierta y sus ojos brillaban de horror. Presa de un terror desconocido que helaba sus venas, Framton se volvió en su asiento y miró en la misma dirección.
En el oscuro crepúsculo tres figuras atravesaban el jardín y avanzaban hacia la ventana; cada una llevaba bajo el brazo una escopeta y una de ellas soportaba la carga adicional de un abrigo blanco puesto sobre los hombros. Los seguía un fatigado spaniel de color pardo. Silenciosamente se acercaron a la casa, y luego se oyó una voz joven y ronca que cantaba: “¿Dime, Bertie, por qué saltas?”
Framton agarró deprisa su bastón y su sombrero; la puerta de entrada, el sendero de grava y el portón, fueron etapas apenas percibidas de su intempestiva retirada. Un ciclista que iba por el camino tuvo que hacerse a un lado para evitar un choque inminente.
-Aquí estamos, querida -dijo el portador del impermeable blanco entrando por la ventana-: bastante embarrados, pero casi secos. ¿Quién era ese hombre que salió de golpe no bien aparecimos?
-Un hombre rarísimo, un tal señor Nuttel -dijo la señora Sappleton-; no hablaba de otra cosa que de sus enfermedades, y se fue disparado sin despedirse ni pedir disculpas al llegar ustedes. Cualquiera diría que había visto un fantasma.
-Supongo que ha sido a causa del spaniel -dijo tranquilamente la sobrina-; me contó que los perros le producen horror. Una vez lo persiguió una jauría de perros parias hasta un cementerio cerca del Ganges, y tuvo que pasar la noche en una tumba recién cavada, con esas bestias que gruñían y mostraban los colmillos y echaban espuma encima de él. Así cualquiera se vuelve pusilánime.
La fantasía sin previo aviso era su especialidad.

Saki, Talleres de narración oral, Pedro Parcet

Horacio Quiroga. El vampiro

El Vampiro

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-Sí -dijo el abogado Rhode-. Yo tuve esa causa. Es un caso, bastante raro por aquí, de vampirismo. Rogelio Castelar, un hombre hasta entonces normal fuera de algunas fantasías, fue sorprendido una noche en el cementerio arrastrando el cadáver recién enterrado de una mujer. El individuo tenía las manos destrozadas porque había removido un metro cúbico de tierra con las uñas. En el borde de la fosa yacían los restos del ataúd, recién quemado. Y como complemento macabro, un gato, sin duda forastero, yacía por allí con los riñones rotos. Como ven, nada faltaba al cuadro.
En la primera entrevista con el hombre vi que tenía que habérmelas con un fúnebre loco. Al principio se obstinó en no responderme, aunque sin dejar un instante de asentir con la cabeza a mis razonamientos. Por fin pareció hallar en mí al hombre digno de oírle. La boca le temblaba por la ansiedad de comunicarse.
-¡Ah! ¡Usted me entiende! -exclamó, fijando en mí sus ojos de fiebre. Y continuó con un vértigo de que apenas puede dar idea lo que recuerdo:
-¡A usted le diré todo! ¡Sí! ¿Que cómo fue eso del ga… de la gata? ¡Yo! ¡Solamente yo! Óigame: Cuando yo llegué… allá, mi mujer…
-¿Dónde allá? -le interrumpí.
-Allá… ¿La gata o no? ¿Entonces?… Cuando yo llegué mi mujer corrió como una loca a abrazarme. Y en seguida se desmayó. Todos se precipitaron entonces sobre mí, mirándome con ojos de locos. ¡Mi casa! ¡Se había quemado, derrumbado, hundido con todo lo que tenía dentro! ¡Esa, esa era mi casa! ¡Pero ella no, mi mujer mía! Entonces un miserable devorado por la locura me sacudió el hombro, gritándome:
-¿Qué hace? ¡Conteste!
Y yo le contesté:
-¡Es mi mujer! ¡Mi mujer mía que se ha salvado!
Entonces se levantó un clamor:
-¡No es ella! ¡Esa no es!
Sentí que mis ojos, al bajarse a mirar lo que yo tenía entre mis brazos, querían saltarse de las órbitas ¿No era esa María, la María de mí, y desmayada? Un golpe de sangre me encendió los ojos y de mis brazos cayó una mujer que no era María. Entonces salté sobre una barrica y dominé a todos los trabajadores. Y grité con la voz ronca:
-¡Por qué! ¡Por qué!
Ni uno solo estaba peinado porque el viento les echaba a todos el pelo de costado. Y los ojos de fuera mirándome. Entonces comencé a oír de todas partes:
-Murió.
-Murió aplastada.
-Murió.
-Gritó.
-Gritó una sola vez.
-Yo sentí que gritaba.
-Yo también.
-Murió.
-La mujer de él murió aplastada.
-¡Por todos los santos! -grité yo entonces retorciéndome las manos-. ¡Salvémosla, compañeros! ¡Es un deber nuestro salvarla!
Y corrimos todos. Todos corrimos con silenciosa furia a los escombros. Los ladrillos volaban, los marcos caían desescuadrados y la remoción avanzaba a saltos.
A las cuatro yo solo trabajaba. No me quedaba una uña sana, ni en mis dedos había otra cosa que escarbar. ¡Pero en mi pecho! ¡Angustia y furor de tremebunda desgracia que temblaste en mi pecho al buscar a mi María!
No quedaba sino el piano por remover. Había allí un silencio de epidemia, una enagua caída y ratas muertas. Bajo el piano tumbado, sobre el piso granate de sangre y carbón, estaba aplastada la sirvienta.
Yo la saqué al patio, donde no quedaban sino cuatro paredes silenciosas, viscosas de alquitrán y agua. El suelo resbaladizo reflejaba el cielo oscuro. Entonces cogí a la sirvienta y comencé a arrastrarla alrededor del patio.
Eran míos esos pasos. ¡Y qué pasos! ¡Un paso, otro paso otro paso!
En el hueco de una puerta -carbón y agujero, nada más- estaba acurrucada la gata de casa, que había escapado al desastre, aunque estropeada. La cuarta vez que la sirvienta y yo pasamos frente a ella, la gata lanzó un aullido de cólera.
¡Ah! ¿No era yo, entonces?, grité desesperado. ¿No fui yo el que buscó entre los escombros, la ruina y la mortaja de los marcos, un solo pedazo de mi María!
La sexta vez que pasamos delante de la gata, el animal se erizó. La séptima vez se levantó, llevando a la rastra las patas de atrás. Y nos siguió entonces así, esforzándose por mojar la lengua en el pelo engrasado de la sirvienta -¡de ella, de María, no maldito rebuscador de cadáveres!
-¡Rebuscador de cadáveres! -repetí yo mirándolo-. ¡Pero entonces eso fue en el cementerio!
El vampiro se aplastó entonces el pelo mientras me miraba con sus inmensos ojos de loco.
-¡Conque sabías entonces! -articuló-. ¡Conque todos lo saben y me dejan hablar una hora! ¡Ah! -rugió en un sollozo echando la cabeza atrás y deslizándose por la pared hasta caer sentado-: ¡Pero quién me dice al miserable yo, aquí, por qué en mi casa me arranqué las uñas para no salvar del alquitrán ni el pelo colgante de mi María!
No necesitaba más, como ustedes comprenden -concluyó el abogado-, para orientarme totalmente respecto del individuo. Fue internado en seguida. Hace ya dos años de esto, y anoche ha salido, perfectamente curado…
-¿Anoche? -exclamó un hombre joven de riguroso luto-. ¿Y de noche se da de alta a los locos?
-¿Por qué no? El individuo está curado, tan sano como usted y como yo. Por lo demás, si reincide, lo que es de regla en estos vampiros, a estas horas debe de estar ya en funciones. Pero estos no son asuntos míos. Buenas noches, señores.

Orgambide. Mujer con violoncello

Pedro Orgambide

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Ella toca el violoncello en la calle de tierra y la gente del pueblo apenas la mira, porque desde hace años eso sucede cada atardecer y a nadie se le ocurre interrumpir el concierto de la mujer del alemán y decir que se trata de la costumbre de una loca. No; salvo que algún turista pregunte por qué hay una mujer tocando el violoncello en la calle de tierra. Entonces, si uno tiene ganas, le cuenta la historia. Y si no, mira hacia las montañas cubiertas de nieve y guarda el secreto, que es lo más prudente, lo que se debe hacer en familia. Porque en verdad los forasteros entienden poco de estas cosas, de la gente que enloquece cuando sopla el viento del sur y uno se queda durante horas con su pensamiento. Son cosas que ocurren: uno está cardando lana o manejando la sierra del aserradero o… no importa lo que haga, de pronto, uno, como la loca del violoncello siente el vacío, la soledad de quedarse quieto mientras sopla el viento del sur. No es fácil. Uno puede soñar cualquier delirio, extraviarse como esa pobre mujer mientras los hombres del hotel (el viajante, el escribano, el geólogo) hacen apuestas sobre cuándo dejará de tocar, cuánto tiempo estará allí antes de que el alemán la levante suavemente (a ella y su instrumento) y la lleve a su casa, esa cabaña de madera que está junto al aserradero, donde el alemán trabaja todo el día. Buen hombre el alemán, muy trabajador. Lástima su mujer, dicen los hombres que hacen apuestas y juegan a las cartas y oyen las noticias de la radio, el informe del tiempo y el precio de los animales. Buen hombre, sí. Pero no era a él a quien quería la mujer, sino al otro. Al cantante, ¿se acuerdan? No; ya nadie se acuerda de aquel ignoto cantante de ópera que estuvo dando conciertos en el sur, enamorando a las muchachas; no pueden precisar el año en que la viuda escapó con él, rumbo a Chile. Mujer muy rica la viuda, confirma el suizo que sirve las ginebras. Sopla el viento del sur y hay pocas cosas que hacer en el pueblo, así que los hombres escuchan el relato del suizo e imaginan a la mujer cuando llegó, con sus valijas, su baúl, el violoncello. Yo recuerdo ese día, cuenta el telegrafista que acaba de entrar al bar del hotel. Ella era muy joven y apenas si sabía hablar en castellano. Envió un telegrama a Buenos Aires, pero nadie le respondió. Durante un mes, estuvo mandando telegramas a diferentes partes del mundo. Así supe que ella era una concertista famosa. No, no quería volver, antes tenía que encontrar a ese hombre, al cantante de ópera que la había abandonado. En la radio, informan que el camino hacia la cordillera está intransitable por la nieve. Hace frío aquí, en la calle de tierra donde la mujer toca el violoncello. Será mejor que venga el alemán, que se la lleve. Y pensar que esa mujer cruzó la cordillera con una recua de mulas, buscando al hombre que había perdido, gritando el nombre de ese infeliz. Fue allí donde enloqueció, en ese viaje, en esa inútil expedición que casi le cuesta la vida. El suizo comenta que las cosas no fueron del todo así, que la locura no vino de golpe, sino de a poco. Después del viaje, la mujer buscó trabajo como maestra de música. Los domingos, tocaba el armonio en el templo de los protestantes. Pero a veces se distraía, olvidaba sus manos en el teclado o comenzaba a cantar el aria de una ópera, interrumpiendo el sermón del pastor. El amor es imprudente, amigos, dice el escribano. Uno recuerda la belleza de la mujer antes de la enfermedad; otro, el asedio de los hombres. Pero eso ocurrió hace mucho. Ahora es una anciana. Si uno se acerca, puede ver sus arrugas, el rictus de la boca que sigue pronunciando el nombre del cantante. Porque el amor es absurdo, dice el geólogo y pide otra ginebra. Sopla el viento del sur. Los hombres del hotel se acercan a la ventana y miran ese cuerpo muy flaco que parece crucificado en el violoncello. Quieren pensar en otra cosa, quieren olvidarla. Como si uno, cualquiera de nosotros, fuera el culpable de esa desdicha. No, son cosas que ocurren en cualquier lugar, no sólo en este pueblo. Aunque las mujeres dicen que cuando sopla el viento del sur y los hombres están lejos, jugando a las cartas, ellas sienten ganas de morir, de saltar por las ventanas, de sentarse en la calle de tierra para oír a la loca del violoncello. En verdad, es muy difícil saber si alguien oyó su música. Porque aquí lo único que se oye es el viento. Sí, yo la escuché —recuerda el suizo— fue antes de que agravara su enfermedad, cuando daba conciertos en las kermeses benéficas y en el viejo teatro que después transformaron en cine. Me acuerdo bien. La mujer no estaba del todo en sus cabales, pero parecía contenta. Antes de tocar, tomaba su vaso de bromuro y un té de boldo. Así salía al escenario. Entrecerraba los ojos y comenzaba su concierto. Es cierto: a veces lo interrumpía a los cinco o diez minutos y otras seguía tocando cuando la gente ya había abandonado el teatro y sólo quedaba el alemán, el único melómano del pueblo. Los demás, debo reconocerlo, nunca fuimos demasiado exigentes con los artistas que llegaban de Buenos Aires. Pero no nos gusta que los forasteros se burlen cuando ella está tocando. No, eso no está bien. Es lo que pensó el alemán cuando los muchachones se rieron al verla dormida junto a su violoncello. El hombre la defendió de los insolentes y la levantó con suavidad (a ella y su instrumento) y supo que la quería, aunque ella siguiera pensando en el cantante de ópera. Un juez de paz les concedió el permiso y se casaron. Desde entonces, viven en la cabaña, junto al aserradero. Y cada atardecer, desde hace años, vienen al pueblo y la mujer pone una silla en la calle de tierra y toma su violoncello y comienza a tocar. El alemán, que la trae en el jeep, aprovecha el tiempo y hace algunos trámites o viene a charlar con nosotros, al bar del hotel. Ya viene el alemán. Camina hacia su mujer, que sigue tocando el violoncello. Solo, en medio de la calle de tierra, el alemán aplaude. Ella escucha el aplauso de la sala y sabe que ha sido una hermosa función la de esta noche. Saluda con la mano a sus admiradores invisibles. Entonces el alemán ofrece su brazo a la joven concertista y la lleva hasta el jeep. Carga la silla y toca dulcemente con el arco al violoncello sin cuerdas. Como todas las tardes. Es algo que la gente del pueblo sabe que va a suceder; a nadie le asombra. Pero siempre hay algún turista que pregunta por qué hay una mujer tocando el violoncello en la calle de tierra. Entonces, si uno tiene ganas, le cuenta la historia.

Orgambide: Elegía para una yunta brava

Pedro Orgambide

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Ustedes dirán qué hace Santiago Cruz en el cementerio de los rusos; esas son cosas de él y uno no es nadie para meterse en su vida. Habrá ido a tomar sol entre las tumbas, digo yo. Pero no, si sabe quedarse hasta que el sol baja por el muro de La Tablada, entre esas piedras llenas de ganchitos que, según dicen, son letras, nombres de difuntos. Solo, apoyado en un árbol, ve pasar a la gente que llora a sus muertos detrás del cura de ellos, un tipo que va cantando a lo loco, como perro en pena, con un libro en la mano. Respetuoso, Santiago Cruz se toca el ala del sombrero, baja los ojos hasta sus zapatos, mira una hormiga con un palito a cuestas. Va cayendo la noche y Santiago Cruz sigue allí, hasta que alguien le dice que es tarde, que van a cerrar el camposanto. Se va y toma una ginebra en el primer boliche y otra un poco más lejos y otra al llegar a su casa. Da lástima verlo, a él, que fue un taura, achicarse como pasa de uva en el crepúsculo, acariciando un perro.
Porque Santiago Cruz, allá por el veinte, cuando ustedes no habían nacido, supo ser una luz en la milonga, un beneficio para el hembraje. Era el mimado del quilombo. No había cumplido veinte años y ya tenía más historia que San Martín. Bien trajeado, con un reloj y cadena de oro, recuerdo de una de sus mujeres (que fueron muchas) llegaba a eso de las seis, a matear con las pupilas, a tomar una copita con la madama, que lo quería como a un hijo. Servicial, él retribuía las atenciones, y cuando una de ellas cumplía años, arrimaba al quilombo un paquete de merengues de El Molino. Así como lo oyen. Sabía ser dulce y cariñoso, cosa que las hembras agradecen, y nunca hizo alarde de guapeza aunque debía, a su edad, varias muertes.
Entonces, se llegaba al quilombo en carro. Así venían los matarifes y cuchilleros, aquí a Mataderos, que es el barrio de Santiago Cruz, aunque él supo alternar en San Fernando y también en la Boca y la isla Maciel, de putañero y curioso que era. Llegaban los carros, digo, con su gente mamada y ruidosa, y estas calles eran un carnaval, señores, con farolitos y guitarras. Todavía, en los patios, era costumbre bailar con las muchachas y ahí se lucía Santiago Cruz, un tigre en la milonga, y un junco, una vara florida en aquel vals criollo que tocaba el violinista ciego. Bailaba como un dios, perdonando a los presentes, como ya no se baila. Una de sus mañas era dejar a la mujer pidiendo, soltarla un poco, aflojarle la rienda, para después darle en las ancas, la mano abierta como una cachetada, el cuerpo distante, medio echado hacia atrás, adonde ella iba a parar al fin, arrinconándose en el pecho. Entonces Santiago Cruz, siempre bailando, se apartaba del barullo, cruzaba con la mujer por el patio de ladrillo. Ella alzaba la cortina de junco, entraban en la pieza, y allí se quedaba, caballeros, hasta que cantara el gallo.
Por menos de una noche jamás tuvo una mujer y ese fue su arte, andar sin apuro en el hembraje. No cualquiera se quedaba a nochear en el quilombo, a oír el canto de la calandria abrazado a una mujer. Para él fue costumbre. Después, se iba a refrescar con el agua de la bomba, a oír el silencio de la casa, a esa hora en paz como un convento. En la higuera ya estaban alborotando los pájaros, y en las calles, en estas calles, señores, que antes eran de tierra, ya se oían los carros que iban para el matadero.
Un olor de sebo y sangre, de bosta y de matanza, se le metía en las narices que un rato antes olfateaban el agua florida de la hembra. Por el oeste se levantaba una polvareda, un mugido de pampa. Pero ya Santiago Cruz rumbeaba para el centro, y el oeste eran las casas bajas a un costado de las vías y él, sentado en el banco de madera, entre los infelices que iban al trabajo, en el tren de los ganapanes, cabeceaba un sueñito porque le molestaba la fealdad. Si el guarda lo golpeaba en el hombro como si fuera un borracho, Santiago Cruz le daba un chicotazo de colmillo o le bajaba la gorra hasta los ojos o le decía ¿qué hacés gallego?, aunque el otro recién dejara el chiripá. Pero eso rara vez ocurría porque de sólo verlo, aunque estuviera dormido, se le adivinaba el coraje.
El resplandor de la ciudad le pegaba de frente. Quizá por eso requintaba el ala del chambergo y se iba contoneando sobre sus tacos militares, arrimado a la pared, por las calles laterales del ruido. Era hombre de noche y el día le parecía un desperdicio, una insolencia. Hasta que se abrían los quilombos era hombre perdido. Toleraba, apenas, el boliche donde otros se entreveraban en el truco, en inútiles pendencias, en aspavientos y empujones. Poco amigo de las confidencias, prefería la ginebra en el estaño, la solitaria contemplación de una moldura, de un angelito de yeso. A veces, con desgano, caía por el comité.
No iba para servir, aunque el doctor le era tan aficionado. No; si caía por allí, era sólo por despuntar un monte, para tirar la taba o palpitar una riña de gallos. Supo tener un bataraz, mañero y bravo como él solo. Verlo pelear era una fiesta. Astuto como un cristiano, esquivaba el ataque encogiendo el cogote, dando saltitos, como de miedo, como de puta en la milonga. El otro se envalentonaba y se venía caliente y ciego picoteando a bulto. Para qué. Ahí nomás el cogote del bataraz se estiraba como un brazo, se le abrían las alas (de águila parecía, che) y entraba a picotear los ojos del infeliz, que sangraba en el ruedo. Y ahí el bataraz se iba de un salto (volaba, señores, volaba para matar) y el otro caía hecho un montón de plumas y miseria. Santiago Cruz, displicente, juntaba los pesos de la apuesta y se iba con el bataraz hacia el quilombo.
Porque allí lo tenía, en una jaula, junto al loro y los patos de la madama. Cuando curaba al gallo, las pupilas se alborotaban imaginando ese derroche de pelea y de sangre, sin comprender. Un día el gallo amaneció muerto, envenenado. Una de ellas lo mató. De celos, señores, como oyen. De celos por el bataraz que Santiago Cruz llevaba bajo el brazo.
Infeliz, le dijo. Y la sopapeó con tristeza. La otra, de rodillas, lloraba como una Magdalena. Él se fue, sin rencor. La madama no le vio más el pelo. Esperó, inútilmente. Decía, a quien quería oírla, que el quilombo se había quedado huérfano.
Es que gaviones como Santiago Cruz no hubo muchos en Buenos Aires. Las mujeres pagaron sus favores, trabajaron para él, para sus vicios. Sin embargo, no fue un cafiolo organizado. Nunca anduvo en la trata ni en los negocios raros. Canfinflero, bailarín, guapo, se prodigaba en los quilombos, en las fiestas, en el asado electoral. De gusto nomás, sin otras intenciones. Cuando se alzaba con una dama no era pensando en la ganancia; nunca sacó el cuchillo para pelear un peso como otras ratas del suburbio. No fue un rufián, señores, sino un hombre que se dejaba querer.
Les digo esto porque ahora hay gente sonsa que habla de lo que no sabe y confunde a un compadre con cualquiera. Santiago Cruz mató, es cierto, pero nunca de vicio. Fue siempre en defensa propia, siempre por envidia de otro que no pudo soportar su pinta, su altivez, su suerte. Muy instruido, verseador, tenía conversación y unas manos finas para la caricia y el naipe.
Les digo esto también para que sepan qué hembra merecía ese hombre. Porque un día, señores, hizo yunta.
Pero ahora voy a tomar un trago, a aclararme el garguero. Tengo que hablar de la Berta.
¿Qué? ¿Quién fue la Berta? Fue una reina, señores. Una yegua de piel blanca, diosa de los quilombos. Alta, grande, generosa, tenía la melena negra, los ojos verdes, los pies chicos y una risa que hacía temblar de gusto a la clientela. Todos esos desgraciados se morían por la risa de ella, por que les dijera querido alguna de esas noches, por besarle la trompa. Número fuerte de la casa, ambición del pobre que se encerraba con una triste turra, la Berta supo tener tratos con ministros que le bancaban la noche. ¿Para qué hacer nombres, señores? Pero más de un bacán putañero, más de uno que ahora es calle o estatua de plaza, fue a pedir los favores de la Berta.
Todo eso es historia, y ustedes, por cachorros, saben poco de eso. Pero en ese entonces había una punta de rusos caralisas, minos canfinfleros, que laburaban en la trata. Se tomaban el barco e iban a buscar mercadería a Polonia o a Marsella y se traían a las potrancas con el cuento del casorio. Uno de esos cosos se trajo a la Berta cuando tenía quince años.
No estoy bolaceando, compañero. Si no me cree pregúntele al de la tiendita, que las sabe todas. El puede contarle cómo la yuta de los polacos sacaba carpiendo a los judíos de las casas y los cagaba a palos y sablazos. Hasta les tiraban chicos al fuego, mientras incendiaban las iglesias de ellos. ¿Que no? Vayan, pregúntenle a él, que lo dejaron tuerto en el entrevero. ¿O se creen que lleva el ojo de vidrio por joder nomás? Bueno, como les decía, la yuta los corría, y ellos se caían del mapa. Así era fácil pescar a esas pobres desgraciadas que soñaban con venir a América.
Dicen que cuando la Berta estaba en el Hotel de Inmigrantes y vio a los bichitos de luz en el baldío, creyó que era el oro que flotaba en el aire. Pobre gringa. Apenas el cafishio la metió en el mateo, ya la estaba sobando, ya la estaba entregando a la madama. Contenta, la Berta se quitó las pilchas, tomó una sopa de remolacha, se zampó un vestido de seda y esa noche nomás ya estaba en la catrera con un negro. Así es la vida, amigo. Peor es la muerte.
Ella lo supo pronto. Nunca lloró la carta, se aficionó al trabajo, aprendió con los reos esos tangos de antes. Cantaba lindo la Berta. En el patio, rodeada por la clientela, sabía enloquecer de gusto a los compadres.
Cuando Santiago Cruz entró, allá estaba cantando uno de esos tangos reos, con una voz gangosa y arrastrada, la mano en la cintura, una gamba adelante, la otra apoyada, con todo lo demás, en la columna de la galería. Verla y desearla fue uno, desde la blusa que le apretaba esas tetas de reina, hasta la panza curvada en la pollera negra como diciendo: tócame. Fue verla y desearla cuando ella estiró el cogote, insolente, cantando, desafiando al recién llegado que le sostuvo la mirada. Allí estaba Santiago Cruz, impasible, pero con los ojos queriendo y la sonrisa, decente como siempre, pero saliéndose de la vaina por morder esa boca que cantaba aquello de la mina derecha y del purrete de puente Alsina. Fue un segundo nomás, lo que dura un relámpago. Pero bastó y sobró para entenderse.
Cantás lindo —le dijo—, cantás con sentimiento. Le miraba los ojos, tan verdes como esa hoja de la higuera con su gotita de agua, y la gota caía, pero ahora en la comisura de los labios de Berta, mientras hablaba y se reía y mostraba los dientes. A él, que era un experto, le tembló el zurdo, se quedó mirándola como un sonso, como un chico que ve pasar una nube en el potrero y la va siguiendo con los ojos.
¿A Santiago Cruz quién no lo conoce? —dijo ella. Pero él estaba aspirando ese perfume de la piel y la blusa, tan cerca, y tuvo miedo de contestar —¡Él, justamente!— y la Berta se calló también y dio un paso atrás cuando el hombre se inclinó, buscándola.
Yo no sé explicar eso, señores. No sé tampoco qué se dijeron esa noche, en la galería de la casa. No sé si la Berta se negó a entrar en la pieza o si él no se lo pidió; dicen que estuvieron sin tocarse, durante horas, mirándose, en el fondo, bajo la luna.
A la mañana, la Berta dejó la casa. Pagó la libertad para servir al hombre. Todo lo que había ganado, que era mucho, quedó en manos de la madama. Hasta esa estrellita de oro que ella llevaba sobre el pecho, donde otras llevan la cruz. En su valija de fibra fue poniendo las pilchas, no las de lujo, que quedaron en la casa, sino esas de la decencia que ahora eran su ajuar. Como una novia la miraban las pupilas. Tan blanca, con la melena hecha trenza sobre el pecho, parecía una virgen. Cruzó el patio, entre saludos y besos de hembras, entró al zaguán de mosaicos, y corrió a la puerta donde Santiago Cruz la estaba esperando.
En tranvía llegaron a la pensión. Casi se echa a llorar cuando Santiago Cruz dijo “mi mujer” al presentarla, cuando entró en la pieza de su hombre. Fue vichando todo de a poco, pasando la mano por el tualé con palangana, por la pared, por la silla donde él dejó el saco, su cuchillo, su lengue. Iba como bailando sola mientras él la besaba, mientras la desnudaba frente a la luna del ropero. Las manos del hombre la iban llevando como en el tango y ella se sentía sonsa, nada, nadie, hasta que él la volteó en la catrera. Ella lo veía (lo mismo que la primera vez en el quilombo) con los ojos queriendo y la sonrisa, y luego en esa confianza de la boca, en esa osadía de la lengua, mientras los dos se iban conociendo. Sin apuro, Santiago la fue buscando, chamuyándole en la oreja, esquivando, como un bataraz, los picotazos, los besos a lo loco. Como su gallo también, se alzó de pronto como un dios, y ella supo lo que un hombre puede cuando quiere. En el revuelo se le había desatado la trenza en esa piel blanca, como leche: una crin negra, una melena de sudor y deseo que le caía hasta las ancas. A él le pareció que se escapaba. La apretó contra los fierros de la cama, contra su pecho, contra su cosa de hombre, y entonces ella se dejó hacer, peleando todavía, gimiendo, con los ojos cerrados.
No hay nada más lindo que un animal cansado por el amor, y así estaba ella, a la mañana, dormida como un ángel. Sin querer, como jugando, él le picoteaba la nariz, los labios gruesos, las piernas tan grandes para esos pies chiquitos, de bataclana, que tenía la Berta. Sin querer, como jugando, le hurgaba los rincones, la sobaba, hasta que ella lo empujó con sus piernas, sin querer, como jugando, como si lo peleara y después le pidiera perdón con el regalo de sus pechos. Y quién iba a decir que no con esa fiesta, tan luego él, Santiago Cruz, él que la venía buscando en tanta noche de quilombo. Aunque ahora era distinto, ahora —recordaba la Berta— él había dicho “mi mujer” al presentarla.
Linda yunta. En los bailongos, donde habían juntado su fama, solían caer con un aire de dicha que contagiaba a los presentes. Bailaban enlazados, como si fueran un solo cuerpo, un mismo tango, una reunión donde el resto no contaba, sólo ellos, la yunta, entre tantos mirones. Para qué más, si los dos se bastaban. Para qué más, si verlos era una ceremonia, compañeros. Él la llevaba, sin exigir, sabiéndola, y ella lo seguía, volcada sobre el pecho.
La Berta dejó la vida, Santiago Cruz no pisaba un quilombo. Hacía algunas changas en Barracas con el carro florido de un vasco; traía, creo, tierra negra de unas quintas de Quilmes.
Por la noche, ella cantaba en “Balalaika”, un cafetín ruidoso del Bajo, una cantina de gringos, de rusos y polacos en pedo, que después de tomar vodka, la ginebra de ellos, tiraban el vaso sobre e hombro. Subida a una mesa, la Berta cantaba esquivando los manotazos de los parroquianos; los hacía desear y los dejaba pagando. Calientes por el vodka y por ella, los gringos chillaban como locos. Cuando se ponían cargosos, cuando ya se iban al humo, ella se ponía a berrear el Ochichornia, el Volga, y otras tristezas que dejaban planchados a los rusos. Había que verlos llorar como criaturas a esos brutos, goterones así les salían de los ojos. Apenas clareaba, usted los veía tirados sobre las mesas, durmiendo la mona. Los mozos despertaban a los sin patria que sacaban unos billetes arrugados. Y allá se iban: los estibadores al puerto, los changadores a Constitución y a Retiro, y un ruso funebrero… a “las pampas fúnebres”, como él decía.
Santiago Cruz estaba allí, esperándola. La Berta le apoyaba la cabeza en el hombro, y juntos volvían al bulín, sin hacer caso de tanta marinería borracha, de tanto gil en curda, de tanto minaje reo que, a la luz del día, con el revoque a la miseria, se arrastraba de los piringundines de la noche a los hoteles y pensiones del Bajo. Algún turco en camiseta, alguna paica en bolas se asomaba a un balcón de 25 de Mayo, puteando por no poder dormir. Se habían apagado los letreros, y en esa luz lechosa de la primera mañana, las hembras pintadas parecían mascaritas.
Menos Berta, vestida de negro y dignidad. La yunta volvía a casa, tomaban unos mates y cuando los otros rajaban pa el laburo, ellos se iban derecho a la catrera.
Linda vida. Después de comer, tenían la tarde para sacarse el gusto. La Berta, que había llenado la pieza de cortinitas y chirimbolos, soñaba ahora con la casita de ladrillo y cal y parras y jazmines. Además había bordado un almohadón de plumas. Allí recostaba la cabeza Santiago Cruz; a veces, dormido, soñaba una pelea, una milonga, un quilombo perdido. No es que despreciara los primores de la Berta. Al contrario. Pero la cabra al monte tira, compañeros.
Así fue cómo una noche pasó, como al descuido, por una de esas casas de placer, que le dicen, y se quedó arrimado. La Berta lo esperó. Y lloró como una perra perdida. Ella, que fue una diosa. No es de macho dar explicaciones, así que Santiago Cruz no dijo nada. Ni esa noche ni otras.
Hembras como la Berta no lloran porque sí. Una loba de esas clava los dientes para pelear lo suyo. Cuando la vio entrar, la madama abrió los ojos como el dos de oro. La Berta se abalanzó hacia la negra, la agarró de los pelos y empezó a zamarrearla; tomá, le decía mientras la cacheteaba; tomá, piojosa, tomá, tomá… y ella estaba llorando, ella, la Berta, de vergüenza por haberlos seguido, porque Santiago le jugara sucio, a ella que lo quería… te quiero… te quiero… te quiero…, oía que decía Santiago mientras la otra le desgarraba la blusa… ¿o era él que la andaba buscando, otra vez?… Sí, era Santiago Cruz que apareció de pronto y dijo basta, y separó a las mujeres que rodaban, arañándose como gatas por el suelo.
Lo mismo que al bataraz, Santiago Cruz le curó las heridas. Después le besó las marcas como quien besa un crucifijo. Tirada en la cama, llorando todavía, ella lo recibió.
Esa noche soñó con su patria; soñó un incendio, un grito, un atropello, se despertó temblando, llamó a Dios en su idioma.
Santiago Cruz la abrazó. Siempre en yunta, le dijo.
El hombre propone y Dios dispone, compañeros. Fue a la noche siguiente, en el “Balalaika”, cuando ocurrió eso que no debió pasar, cuando uno de esos mamados se puso a joder. No, no fue un gringo; fue un mal compadre, un cuchillero que la había deseado, un envidioso de la suerte de Santiago Cruz. “Cantate la Morocha, gringa”—gritaba desde la mesa. Y ella, como si no lo oyera. Ella cantaba un tango si quería; o; mejor, si Santiago Cruz se lo pedía con los ojos, como aquella vez en el quilombo. Más temprano que de costumbre, apareció en el boliche el marido de la Berta. Se hizo un silencio respetuoso. Entonces ella cantó; para él. Cantó aquello de la mina derecha y el macho de Puente Alsina, cantó para su hombre, no para el insolente que se levantó de la mesa y quiso ponerla la zarpa en su cuerpo de diosa. Fue un momento, nomás. Pero la vida también es un momento. Rápido salió el cuchillo del maula; rápido también el de Santiago Cruz. Entre los dos, como un relámpago, se interpuso la Berta. Confundido, rabioso, el otro le tiró una puñalada.
Se le cayó en los brazos, como bailando. Santiago Cruz la sostuvo, las manos inútiles para la venganza. Ella lo vio como en un sueño. Venía caminando hacia ella entre los gritos y sablazos de la infancia, venía caminando por su pueblo de Polonia con una flor en la mano; desde allí ella le pidió que la enterraran en el cementerio de los gringos; vio un barco que volvía, el mar que Santiago Cruz no conoció.
Así terminó la yunta compañeros. Durante un tiempo, el hombre fue buscando en los boliches a ese que le debía su muerte. Lo encontró en un quilombo. Sin cuidarse (ya era la mitad de sí mismo) lo peleó sin arte, sin respeto. Lo dejó tirado, despatarrado, con los ojos abiertos.
Ojalá hubiera muerto. Entonces no estaría condenado a juntar tanta basura del corazón, a contarles, como ahora, esta historia.

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Kafka. El híbrido

Franz Kafka

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Tengo un animal curioso mitad gatito, mitad cordero. Es una herencia de mi padre. En mi poder se ha desarrollado del todo; antes era más cordero que gato. Ahora es mitad y mitad. Del gato tiene la cabeza y las uñas, del cordero el tamaño y la forma; de ambos los ojos, que son huraños y chispeantes, la piel suave y ajustada al cuerpo, los movimientos a la par saltarines y furtivos. Echado al sol, en el hueco de la ventana se hace un ovillo y ronronea; en el campo corre como loco y nadie lo alcanza. Dispara de los gatos y quiere atacar a los corderos. En las noches de luna su paseo favorito es la canaleta del tejado. No sabe maullar y abomina a los ratones. Horas y horas pasa al acecho ante el gallinero, pero jamás ha cometido un asesinato.
Lo alimento a leche; es lo que le sienta mejor. A grandes tragos sorbe la leche entre sus dientes de animal de presa. Naturalmente, es un gran espectáculo para los niños. La hora de visita es los domingos por la mañana. Me siento con el animal en las rodillas y me rodean todos los niños de la vecindad.
Se plantean entonces las más extraordinarias preguntas, que no puede contestar ningún ser humano. Por qué hay un solo animal así, por qué soy yo el poseedor y no otro, si antes ha habido un animal semejante y qué sucederá después de su muerte, si no se siente solo, por qué no tiene hijos, como se llama, etcétera.
No me tomo el trabajo de contestar: me limito a exhibir mi propiedad, sin mayores explicaciones. A veces las criaturas traen gatos; una vez llegaron a traer dos corderos. Contra sus esperanzas, no se produjeron escenas de reconocimiento. Los animales se miraron con mansedumbre desde sus ojos animales, y se aceptaron mutuamente como un hecho divino.
En mis rodillas el animal ignora el temor y el impulso de perseguir. Acurrucado contra mí es como se siente mejor. Se apega a la familia que lo ha criado. Esa fidelidad no es extraordinaria: es el recto instinto de un animal, que aunque tiene en la tierra innumerables lazos políticos, no tiene un solo consanguíneo, y para quien es sagrado el apoyo que ha encontrado en nosotros.
A veces tengo que reírme cuando resuella a mi alrededor, se me enreda entre las piernas y no quiere apartarse de mí. Como si no le bastara ser gato y cordero quiere también ser perro. Una vez -eso le acontece a cualquiera- yo no veía modo de salir de dificultades económicas, ya estaba por acabar con todo. Con esa idea me hamacaba en el sillón de mi cuarto, con el animal en las rodillas; se me ocurrió bajar los ojos y vi lágrimas que goteaban en sus grandes bigotes. ¿Eran suyas o mías? ¿Tiene este gato de alma de cordero el orgullo de un hombre? No he heredado mucho de mi padre, pero vale la pena cuidar este legado.
Tiene la inquietud de los dos, la del gato y la del cordero, aunque son muy distintas. Por eso le queda chico el pellejo. A veces salta al sillón, apoya las patas delanteras contra mi hombro y me acerca el hocico al oído. Es como si me hablara, y de hecho vuelve la cabeza y me mira deferente para observar el efecto de su comunicación. Para complacerlo hago como si lo hubiera entendido y muevo la cabeza. Salta entonces al suelo y brinca alrededor.
Tal vez la cuchilla del carnicero fuera la redención para este animal, pero él es una herencia y debo negársela. Por eso deberá esperar hasta que se le acabe el aliento, aunque a veces me mira con razonables ojos humanos, que me instigan al acto razonable.

Kafka. Ante la ley

Ante la ley

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Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.
-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora.
La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:
-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.
El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.
Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:
-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.
Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.
-¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable.
-Todos se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?
El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:
-Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.

 

Anton Chejov. Sala seis.

Anton Chejov
Sala Número Seis

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I
En el patio del hospital hay un pequeño pabellón rodeado de un verdadero bosque de cardos, ortigas y cáñamo silvestre. Su techumbre está oxidada, la chimenea medio caída, los escalones de la entrada se hallan podridos y cubiertos de hierba, y del yeso del enlucido no quedan más que las huellas.
Su fachada da al hospital, y por la parte trasera empieza el campo, del que lo separa una valla gris coronada de clavos. Estos clavos, con las puntas hacia arriba, la valla y el propio pabellón tienen ese aspecto particular, triste y repulsivo, que en nuestro país sólo se encuentra en los hospitales y las cárceles.
Si no teméis que os piquen las ortigas, sigamos el estrecho sendero que lleva al pabellón y veremos qué pasa dentro. Abrimos la primera puerta y pasamos al zaguán. Aquí, junto a la pared y la estufa, hay verdaderas montañas de trastos y ropas. Colchonetas, viejas batas hechas un guiñapo, pantalones, camisas a rayas azules, zapatos rotos que no sirven para nada: todos estos harapos están amontonados, arrugados, revueltos, medio podridos, y de ellos emana un olor pestilente.
Sobre esta basura se halla siempre tumbado, con la pipa entre los dientes, el loquero Nikita, viejo soldado licenciado de galones descoloridos. Su cara es dura, de hombre aficionado a la bebida, de cejas arqueadas, que le infunden el aspecto de mastín de la estepa, y de nariz roja; es más bien bajo, enjuto y nervudo, pero su aspecto impone y posee unos puños enormes. Pertenece al género de personas simples, cumplidoras de su deber y obtusas que ponen por encima de todo el orden y que por eso están convencidas de que hay que emplear los puños. Pega en la cara, en el pecho, en la espalda, en cualquier sitio, y tiene la seguridad de que de otro modo no mantendría aquello en orden.
Luego entraréis en una pieza grande, muy espaciosa, que ocupa todo el pabellón, a excepción del zaguán. Las paredes están pintadas de un color azul sucio y el techo se encuentra ennegrecido como una de esas isbas que carecen de chimenea: se ve que en invierno encienden la estufa y que ésta despide mucho humo. Las ventanas están protegidas por la parte de dentro con barrotes de hierro. El suelo es gris y sus tablas abundan en astillas. Apesta a col agria, a humo de la mecha de la lámpara, a chinches y a amoníaco, y este olor nauseabundo os produce en el primer momento la impresión de haber entrado en una jaula de fieras.
En la habitación hay varias camas sujetas al suelo. En ellas permanecen sentados o tumbados unos hombres envueltos en azules batas hospitalarias y tocados con unos gorros de dormir como los que se usaban en otros tiempos. Son locos.
En total son cinco. Sólo uno de ellos es de origen noble; los demás son menestrales. El primero conforme se entra es un hombre alto y flaco, de bigote rojizo y brillante y ojos llorosos; está sentado, con la cabeza apoyada en las manos y la mirada fija en el vacío. Pasa los días y las noches sumido en la tristeza, meneando la cabeza, suspirando y sonriendo amargamente; en muy contadas ocasiones interviene en la conversación y de ordinario no contesta a las preguntas. Come y bebe maquinalmente, cuando le dan. A juzgar por la tos que le desgarra el pecho, lo flaco que está y el color de las mejillas, tiene comienzos de tisis.
Sigue un viejo pequeño muy vivaracho que no cesa de moverse, de barbita en punta y un pelo oscuro y crespo como el de un negro.
El día se lo pasa yendo y viniendo de una ventana a otra, o bien permanece sentado en su camastro con las piernas recogidas a la manera de los turcos, silbando como un pinzón, cantando a media voz y riendo con una risita suave. Su alegría infantil y vivo carácter se manifiestan también por la noche, cuando se levanta para rezar, es decir, para darse golpes de pecho y hurgar en la puerta. Es el judío Moiseika, un imbécil que perdió la razón hace veinte años, cuando un incendio acabó con su taller de sombrerería.
Es el único habitante de la sala número seis a quien se le permite salir del pabellón y hasta del patio del hospital, a la calle. Es un privilegio que disfruta desde hace mucho, probablemente en consideración al tiempo que lleva recluido y porque es un tonto tranquilo e inofensivo, el hazmerreír de la ciudad, a quien todos están acostumbrados a ver en las calles rodeado de chicos y perros. Con su bata y su ridículo gorro, en zapatillas, a veces descalzo y hasta sin pantalones, va y viene, deteniéndose en las puertas de las tiendas y pidiendo limosna.
En un sitio le dan un mendrugo, en otro un kópek; así que, cuando vuelve al pabellón, suele hacerlo con el estómago lleno y rico. Todo cuanto trae se lo arrebata Nikita. El soldado lo hace brutalmente, con gran celo, dando vuelta a los bolsillos y poniendo a Dios por testigo de que no volverá a dejar salir al judío, mientras asegura que para él no hay en el mundo cosa peor que el desorden.
A Moiseika le gusta hacer favores. Da agua a sus compañeros, los tapa cuando duermen, les promete traer un kópek a cada uno cuando salga a la calle y coserles gorros nuevos. También da de comer a su vecino de la izquierda, que es paralítico. Y hace todo esto no por compasión ni por consideraciones de índole humanitaria, sino por imitar a Grómov, su vecino de la derecha, al que se somete sin él mismo darse cuenta.
Iván Dmítrich Grómov, un hombre de treinta y tres años de origen noble, antiguo ujier del juzgado y secretario provincial, sufre manía persecutoria. O permanece tumbado en la cama, hecho un ovillo, o va de un rincón a otro como si hiciese un paseo higiénico; rara vez se queda sentado. Siempre se muestra excitado, inquieto, en una tensión como si esperase algo confuso e indefinido. Basta el más pequeño rumor en el zaguán o un grito en el patio para que levante la cabeza y quede alerta: ¿vienen por él?, ¿lo buscan? Y en estos instantes su cara refleja gran inquietud y miedo.
A mí me agrada su cara ancha de grandes pómulos, siempre pálida y desgraciada, espejo de un alma atormentada por la lucha y un miedo que nunca le abandona. Sus muecas son extrañas y morbosas, pero sus finos rasgos, que el profundo y sincero sufrimiento ha dejado en su semblante, denotan inteligencia, y en sus ojos se advierte un brillo cariñoso y sano. Me agrada él mismo; es cortés, servicial y extraordinariamente delicado en el trato con todos, a excepción de Nikita. Cuando a alguien se le cae un botón o la cuchara, él se levanta al instante de la cama y se lo entrega. Todas las mañanas da los buenos días a sus compañeros y al acostarse les desea una buena noche.
Además de la tensión permanente y de las muecas, su locura tiene otra forma de manifestarse. A veces, al hacerse de noche, se envuelve en su bata y, temblando y castañeteando los dientes, empieza a caminar con paso rápido de un rincón a otro y entre las camas. Es como si tuviera una fuerte calentura.
Por el modo como se detiene de súbito y contempla a sus compañeros, se ve que quiere decirles algo muy importante, mas, al parecer, pensando que no le escucharán o no le entenderán, sacude impaciente la cabeza y sigue andando. Pero pronto el deseo de hablar se hace más fuerte y da rienda suelta a la lengua; habla con calor, apasionadamente. Su discurso es desordenado, febril como un delirio; no siempre se comprende lo que dice, mas, aun así, en él se percibe, en las palabras y en la voz, algo extraordinariamente bondadoso. Cuando habla, uno ve en él al loco y al hombre. Es difícil llevar al papel sus desvaríos.
Habla de la vileza humana, de la violencia que pisotea la justicia, de la hermosa vida que con el tiempo reinará en la tierra, de los barrotes y de las ventanas, que a cada instante le recuerdan la cerrazón y crueldad de los opresores. Resulta un desordenado revoltijo de cosas viejas, pero no caducas.

II
El funcionario Grómov, hace doce o quince años, vivía con su familia en la ciudad, en casa propia situada en la calle principal. Tenía dos hijos: Serguei e Iván. Cuando estudiaba en el cuarto curso, Serguei enfermó de tisis galopante y murió. Esto fue el comienzo de toda una serie de calamidades que cayeron súbitamente sobre la familia de los Grómov.
A la semana de haber sido enterrado Serguei, el viejo padre fue procesado por desfalco y malversación de fondos, y no tardó en morir en la enfermería de la cárcel, donde había contraído el tifus. La casa y cuanto en ella había fue vendido en almoneda; Iván Dmítrich y su madre quedaron sin el menor recurso.
Antes, en vida del padre, Iván Dmítrich vivía en Petersburgo, estudiaba en la Universidad, recibía todos los meses sesenta o setenta rublos y no sabía lo que eran las necesidades; ahora tuvo que cambiar por completo de vida. De la mañana a la noche se veía obligado a dar clases muy mal pagadas y a hacer copias, a pesar de lo cual pasaba hambre, pues cuanto ganaba lo mandaba a su madre. Iván Dmítrich no lo resistió, perdió los ánimos, su salud decayó y, abandonando los estudios, se fue a su casa.
Allí, en la pequeña ciudad, merced a recomendaciones obtuvo una plaza de maestro. Pero no congenió con sus compañeros, no le agradaron los alumnos y pronto presentó la renuncia. Murió su madre. El anduvo medio año cesante, sin más alimento que pan y agua, hasta que entró como ujier del juzgado, cargo que ocupó hasta que fue dado de baja por enfermedad.
Nunca, ni aun en los años de estudiante, dio la sensación de ser un hombre sano. Siempre estuvo pálido, delgado, y se resfriaba fácilmente. Una copa de vino le producía mareos y ataques de histerismo.
Buscaba la sociedad, pero su carácter irritable y sus recelos le impedían intimar con nadie y carecía de amigos. De la gente de la ciudad hablaba siempre con desprecio, diciendo que su torpe ignorancia y su soporífera vida de animales eran algo infame y repulsivo. Hablaba con voz de tenor, alta y apasionada, descontenta e indignada, o con entusiasmo y asombro, y siempre era sincero. Cualquiera que fuese el tema, siempre llegaba a una conclusión: la vida en la ciudad era agobiante y aburrida; la sociedad carecía de intereses elevados; era una vida absurda y oscura en la que los únicos elementos que contribuían a darle variedad eran la violencia, la grosera corrupción y la hipocresía. Los miserables estaban hartos y bien vestidos, mientras que los hombres honrados se alimentaban de migajas. Hacían falta escuelas, un periódico local con una orientación honesta, un teatro, conferencias públicas, cohesión de los intelectuales. En sus juicios sobre la gente empleaba grandes pinceladas de blanco y negro, sin admitir ningún otro matiz: la humanidad se dividía, para él, en honrados y canallas, sin nada intermedio.
De las mujeres y el amor hablaba siempre apasionadamente, con entusiasmo, pero ni una vez siquiera estuvo enamorado.
En la ciudad, a pesar de la dureza de sus juicios y su nerviosismo, le querían, y cuando él no estaba presente lo llamaban con el cariñoso diminutivo de Vania. Su innata delicadeza, su espíritu servicial, su decoro y pureza moral, su raída levita, su aspecto enfermizo y sus desgracias familiares despertaban un sentimiento bueno, cariñoso y triste; además, era culto y había leído mucho, lo creían al tanto de todo y en la ciudad era a modo de un viviente diccionario de consulta.
Leía muchísimo. Se pasaba largas horas en el club, acariciándose nervioso la barbita y hojeando revistas y libros; por la cara se veía que no leía, sino que devoraba, sin tiempo casi de masticar. Hay que suponer que la lectura era para él una costumbre morbosa, puesto que se lanzaba con igual avidez sobre todo lo que le venía a mano, hasta sobre periódicos y calendarios de años anteriores. En casa siempre leía tumbado.
Una mañana de otoño, con el cuello del abrigo subido y chapoteando por el barro, Iván Dmítrich se dirigía por callejones y patios traseros a la casa de un menestral, donde había de hacer efectiva cierta ejecutoria. Estaba de un humor sombrío, como todas las mañanas. En uno de los callejones se tropezó con dos presos, cargados de cadenas, que conducían cuatro soldados armados con sus fusiles.
Muy a menudo se había encontrado antes con presos, que siempre despertaban en él sentimientos de piedad y desazón, pero esta vez le produjeron una impresión particular y extraña. Le pareció que también a él podían cargarlo de cadenas y conducirlo por entre el barro a la cárcel. Después de despachar con el menestral, de vuelta a casa, se encontró cerca de Correos con un inspector de policía casi amigo, quien le saludó y siguió con él unos pasos. Esto le pareció sospechoso. Ya en casa, en todo el día no se le fueron de la cabeza los presos y los soldados con los fusiles; una incomprensible inquietud espiritual le impedía concentrarse en la lectura. A la caída de la tarde no encendió el quinqué en su cuarto y la noche la pasó en vela, pensando que podían detenerlo, cargarlo de cadenas y meterlo en la cárcel. Se sabía inocente y podía asegurar que en el futuro nunca mataría a nadie, no quemaría ni robaría nada; pero ¿acaso era tan difícil cometer un delito de manera casual, sin intención? ¿No era posible la calumnia, un error judicial, en fin? No en vano la secular experiencia del pueblo dice que nadie está asegurado contra el riesgo e cargar con las alforjas del mendigo o de ir a la cárcel. Y el error judicial, con el actual sistema de administración de justicia, era muy posible, no era nada extraordinario. Quienes en razón de su cargo deben tratar con los sufrimientos ajenos, por ejemplo, los jueces, los policías y los médicos, con el tiempo, por la fuerza de la costumbre, se insensibilizan hasta tal extremo que, aunque lo quisieran, no pueden mirar a sus clientes más que de un modo formal; por otra parte, no se diferencian en nada del mujik que, en el corral, degüella carneros y becerros sin reparar en la sangre. Con esa actitud formal e insensible hacia la persona, para desposeer a un inocente de todos sus derechos y bienes y condenarlo a presidio, el juez no necesita más que una cosa: tiempo. Sólo tiempo para observar ciertas formalidades, por lo cual le abonaban su sueldo, y luego todo había terminado.
¿Quién iba a buscar justicia y defensa en aquel sucio villorrio, a doscientas verstas del ferrocarril? ¿Y no era ridículo pensar en la justicia cuando cualquier proceder violento era acogido por la sociedad como razonable y conveniente, y cualquier acto de piedad, por ejemplo, una sentencia absolutoria, provocaba una verdadera explosión de vengativos sentimientos de descontento?
Por la mañana, Iván Dmítrich se levantó horrorizado, con la frente cubierta de un sudor frío y convencido ya de que en cualquier momento podían llevárselo preso. Si las penosas ideas de la víspera tardaban tanto en abandonarle -pensaba-, era porque en ellas había cierta dosis de verdad. En efecto, no podían venirle a la cabeza sin razón alguna.
Un guardia municipal pasó lentamente por delante de su ventana. Sus motivos tendría. Dos hombres se detuvieron en silencio frente a la casa. ¿Por qué callaban?
Y para Iván Dmítrich llegaron unos días y noches horribles. Todos cuantos pasaban por delante de sus ventanas y entraban al patio le parecían soplones y polizontes. Hacia el mediodía solía pasar el jefe de la policía, que en su carruaje, tirado por dos caballos, se dirigía desde su hacienda de las afueras de la ciudad a sus oficinas; pero Iván Dmítrich creía cada vez que iba demasiado de prisa y con una expresión particular: seguramente iba a anunciar que en la ciudad había aparecido un delincuente de singular importancia. Iván Dmítrich se estremecía a cada llamada en la puerta, angustiado, cuando el ama de la casa recibía a una persona nueva; al encontrarse con los policías y gendarmes, sonreía y silbaba para dar muestras de indiferencia. Pasaba las noches sin pegar ojo, esperando que vinieran a detenerlo, pero suspiraba y hacía como que roncaba para que la dueña creyese que dormía; porque, si no dormía, era que le remordía la conciencia. ¡Qué indicio! Los hechos y la lógica sensata le llevaban a la convicción de que todos estos temores eran un absurdo, una psicopatía, que en realidad, bien miradas las cosas, la detención y la cárcel no tenían nada que ver cuando la conciencia de uno estaba tranquila; pero cuanto más lógicos eran sus razonamientos, mayor y más dolorosa era su inquietud espiritual.
Era como si un ermitaño quisiera despejar un pequeño espacio en la selva virgen para vivir en él: cuanto más afanoso trabajaba con el hacha, más espeso y vigoroso crecía el bosque. Iván Dmítrich, viendo la inutilidad de sus intentos, acabó por abandonarlos, dejó de razonar y se entregó por entero a la desesperación y al miedo.
Empezó a reunir a la gente; trataba de permanecer a solas. El cargo que ocupa, que ya antes le desagradaba, se le hizo insoportable. Temía que le jugasen una sola pasada, que le pusieran dinero en el bolsillo para acusarle de cohecho, o que él mismo cometiese en documentos oficiales, sin quererlo, un error equivalente a una falsificación, o perdiese una suma que no era suya. Cosa extraña: nunca, en ningún otro tiempo había sido su pensamiento tan lúcido ni su inventiva tan grande como ahora, cuando cada día discurría mil motivos distintos para sentir serios temores por su libertad y su honor. En cambio, disminuyó sensiblemente su interés por el mundo exterior, de manera particular Por los libros, y la memoria empezó a hacerle traición.
Al llegar la primavera, cuando se derritió la nieve, en un barranco, cerca del cementerio, aparecieron dos cadáveres en avanzado estado de descomposición -de una vieja y un chico-, con señales de muerte violenta. En la ciudad no se hablaba más que de estos dos cadáveres y de los desconocidos asesinos. Iván Dmítrich, para que no se pensase que el autor del crimen había sido él, caminaba sonriente por las calles, y al encontrarse con un conocido se ponía pálido y rojo, insistiendo en que no había nada más infame que el asesinato de personas débiles e indefensas. Pero esta hipocresía no tardó en fatigarle, y después de pensarlo llegó a la conclusión de que en su situación lo mejor era esconderse en el sótano de la casa. Allí permaneció un día, una noche y otro día, hasta que, muerto de frío, cuando hubo oscurecido, deslizándose como un ladrón, se metió en su cuarto, donde permaneció hasta el amanecer sin moverse, prestando atención al menor ruido. A primera hora de la mañana, antes de la salida del sol, llegaron unos obreros. Iván Dmítrich sabía muy bien que habían acudido, llamados por la dueña, para arreglar el horno de la cocina, pero el miedo le hizo creer que eran policías disfrazados.
Salió disimuladamente de su cuarto y, aterrorizado, sin gorro y sin levita, echó a correr por la calle. Le siguieron ladrando los perros, alguien gritó a sus espaldas, el viento le silbaba en los oídos… Iván Dmítrich creyó que la violencia de todo el mundo se había reunido tras él tratando de darle alcance.
Lo detuvieron, lo llevaron a casa y mandaron a la dueña en busca del médico. El doctor Andrei Efímich, de quien hablaremos más adelante, le recetó compresas frías en la cabeza y gotas de laurel y guindas, meneó tristemente la cabeza y se marchó, diciendo a la dueña que no volvería más, puesto que era imposible hacer nada cuando la gente quería volverse loca. Como en la casa no se le podía atender, de ahí a poco Iván Dmítrich fue trasladado al hospital, donde lo instalaron en la sala de enfermedades venéreas. De noche no dormía, se mostraba caprichoso y molestaba a sus vecinos, por lo que no tardaron en llevarlo, por disposición de Andrei Efímich, a la sala número seis.
Pasado un año, en la ciudad habían olvidado por completo a Iván Dmítrich, y sus libros, que el ama de la casa había amontonado en un trineo, dentro de un cobertizo, se los habían llevado los chiquillos.

IV
El vecino de la izquierda de Iván Dmítrich, como ya hemos dicho, era el judío Moiseika. El de la derecha era un mujik adiposo, casi redondo, de cara embotada y estúpida; un animal inmóvil, glotón y sucio, que hacía mucho había perdido la capacidad de pensar y sentir. De él emanaba siempre un hedor fétido y asfixiante.
Nikita, encargado de la limpieza, le pegaba terriblemente, sin escatimar los puñetazos; y lo terrible no era que le pegasen -a esto, uno se puede acostumbrar-, sino que aquel animal insensible no respondía con nada a los golpes, ni con un sonido, o un movimiento, ni con la expresión de los ojos, y se limitaba a balancearse ligeramente como un pesado barril.
El quinto y último habitante de la sala número seis era un hombre que en tiempos había servido en Correos, donde seleccionaba las cartas; era un tipo pequeño, flaco, rubio y de cara bondadosa, aunque con cierta malicia. A juzgar por sus ojos inteligentes y tranquilos, de mirada serena y jovial, en su cabeza guardaba un secreto muy importante y agradable.
Bajo la almohada y la colchoneta tenía algo que no mostraba a nadie, pero no por miedo a que se lo pudieran quitar o robar, sino por vergüenza. A veces se acercaba a la ventana y, de espaldas a sus compañeros, se ponía algo en el pecho y lo miraba con la cabeza inclinada; si en aquel momento alguien se acercaba a él, se turbaba y se lo quitaba.
Pero no era difícil adivinar el secreto.
-Felicíteme -decía a menudo a Iván Dmítrichhe sido propuesto para la orden de San Stanislav de segunda clase, con estrella. La segunda clase con estrella se concede únicamente a los extranjeros, pero conmigo, no sé por qué, quieren hacer una excepción -sonreía, encogiéndose perplejo de hombros- ¡Le confieso que no lo esperaba!
-Yo no entiendo nada de estas cosas – replicaba sombrío Iván Dmítrich.
-Pero tarde o temprano lo conseguiré, ¿sabe? – proseguía el antiguo seleccionador de cartas, guiñando astutamente el ojo.- Conseguiré sin falta la Estrella Polar sueca. Es una orden que merece la pena trabajar para conseguirla. Cruz blanca y cinta negra.
Resulta muy bonito.
Probablemente, en ningún otro sitio era la vida tan monótona como en el pabellón. Por la mañana, los enfermos, excepción hecha del paralítico y del mujik gordo, se lavaban en el zaguán, en una tina, y se secaban con los faldones de sus batas. Después de esto tomaban té en unas jarras de hojalata que Nikita traía del pabellón principal. A cada uno le correspondía una jarra. Al mediodía comían sopa de col agria y gachas; al anochecer cenaban las gachas que habían quedado de la comida. En los intermedios permanecían tumbados, dormían, miraban por la ventana y se paseaban de un rincón a otro. Y así cada día. Hasta el antiguo seleccionador de cartas hablaba de unas mismas condecoraciones.
Eran muy pocas las caras nuevas que se veían en la sala número seis. Hacía tiempo que el médico no admitía más locos, y no son muchos, en este mundo, los aficionados a visitar manicomios. Una vez cada dos meses acudía al pabellón Semión Lazárich, el barbero. No vamos a hablar de cómo tapaba a los locos y cómo le ayudaba Nikita en esta empresa, ni de la confusión que se producía entre los enfermos cada vez que aparecía el barbero con su sonrisa de borracho.
No había nadie más que se asomase al pabellón.
Los enfermos estaban condenados a ver, un día tras otro, únicamente a Nikita.
Por lo demás, últimamente se había extendido por el hospital un rumor bastante extraño: se decía que el médico había empezado a visitar la sala número seis.

V
¡Extraño rumor!
El doctor Andrei Efímich Raguin era un hombre notable en su género. Se divulgaba que en su primera juventud había sido muy devoto y se preparaba para la carrera eclesiástica; que en 1863, al terminar los estudios en el gimnasio, abrigaba el propósito de ingresar en el seminario, pero que su padre, doctor en Medicina y cirujano, se burló mordazmente de él y manifestó categóricamente que no lo consideraría como hijo suyo si se hacía pope. No sé hasta qué punto esto es verdad, pero el propio Andrei Efímich confesó en más de una ocasión que nunca había sentido vocación por la Medicina y, en general, por las ciencias especiales.
Como quiera que fuese, al terminar los estudios en la Facultad no se hizo sacerdote. No mostraba gran devoción, y al principio de su carrera médica se parecía tan poco a un pope como en el momento en que da comienzo nuestra historia.
Su aspecto era pesado, lento, de mujik; por su cara, su barba, su pelo liso y su complexión fuerte y torpe, recordaba a un ventero gordo, dado a la bebida y brusco. Su cara era severa, surcada de venillas azules, de ojos pequeños y nariz roja. Muy alto y ancho de hombros, sus brazos y piernas eran enormes, y parecía capaz de matar a uno de un puñetazo.
Pero su andar era suave y cauto, como sinuoso; al tropezarse con alguien en el estrecho pasillo, siempre se detenía el primero, cediendo el paso, y no con voz de bajo, como uno esperaba, sino con una fina y suave vocecita de tenor, decía: «¡Perdón!»
Un pequeño bulto le impedía usar cuello duro, almidonado, por lo que siempre llevaba camisa de hilo o de algodón. Su manera de vestir no era la de un médico. Los trajes le duraban diez años, y la ropa nueva, que solía comprar en la tienda de un judío, parecía tan raída y arrugada como la anterior. Con la misma levita recibía a los enfermos, comía e iba de visita. Pero no hacía esto por tacañería, sino porque no se ocupaba en absoluto de su persona.
Cuando Andrei Efímich llegó a la ciudad para tomar posesión de su cargo, el «establecimiento de beneficencia» se encontraba en un estado horrible.
En las salas, pasillos y patio del hospital, el hedor era tal, que resultaba difícil respirar. Los mozos, las enfermeras y sus hijos dormían en las mismas salas que los enfermos. Se quejaban de que las cucarachas, las chinches y los ratones les hacían la vida imposible. En la sección de cirugía era imposible acabar con la erisipela. Para todo el hospital no había más que dos bisturíes, no disponían ni de un solo termómetro y las bañeras servían para guardar patatas. El inspector, la encargada de la ropa y el practicante robaban a los enfermos, y del viejo médico, el que había precedido a Andrei Efímich, se contaba que vendía bajo cuerda el alcohol del hospital y se había creado un harén entre las enfermeras y las enfermas. En la ciudad se conocían muy bien estas anormalidades, e incluso las exageraban, pero las toleraban tranquilamente. Unos argüían, para justificarlas, que en el hospital sólo había gente del pueblo y mujiks, que no podían estar descontentos, puesto que en casa vivían mucho peor. ¡No les iban a dar faisanes!
Otros decían que la ciudad, por sí sola, sin ayuda del zemstvo no podía costear un buen hospital; a Dios gracias, había uno, aunque fuese malo. Y el zemstvo, recién constituido, no abría establecimientos sanitarios en la ciudad ni en sus cercanías, pretextando que la ciudad tenía ya su hospital.
Después de revisarlo todo, Andrei Efímich llegó a la conclusión de que el establecimiento era inmoral y nocivo en el más alto grado para la salud de la gente. Según él, lo mejor que se podía hacer era mandar a casa a los enfermos y cerrarlo. Consideró, sin embargo, que esto no dependía sólo de su voluntad y que sería inútil; si se expulsaba de un sitio la inmundicia física y moral, se desplazaría a otro.
Había que esperar a que ella misma desapareciese.
Además, si habían abierto este hospital y lo toleraban, quería decirse que la gente lo necesitaba; los prejuicios y todas las infamias de la vida son necesarios, ya que con el tiempo se convierten en algo útil, como el estiércol en tierra negra. No hay en el mundo nada bueno que en su origen no contuviera una infamia.
Una vez hubo tomado posesión de su cargo, Andrei Efímich pareció mostrar bastante indiferencia hacia estas anormalidades. Lo único que hizo fue pedir a los mozos y las enfermeras que no durmiesen en las salas; también hizo poner dos vitrinas para el instrumental. En cuanto al inspector, a la encargada de la ropa, al practicante y a la erisipela quirúrgica, siguieron en sus puestos.
Andrei Efímich profesaba extraordinario amor a la inteligencia y a la honradez, mas para organizar a su alrededor una vida inteligente y honrada le faltaban carácter y fe en el derecho que le asistía. No sabía en absoluto ordenar, prohibir e insistir. Era como si hubiese hecho voto de no levantar nunca la voz ni emplear el imperativo. Le resultaba difícil decir «dame» o «tráeme»; cuando quería comer, carraspeaba indeciso y decía a la cocinera: «Si pudiera tomar una taza de té…», o «Si pudiera comer … »
Decir al inspector que dejase de robar, o despedirlo, o suprimir por completo aquel cargo inútil y parasitario, era algo superior a sus fuerzas. Cuando le engañaban, o le adulaban, o le presentaban una cuenta a sabiendas de que era falsa, se ponía rojo como un cangrejo y se sentía culpable, pero, a pesar de todo, estampaba su firma. Cuando los pacientes se le quejaban de pasar hambre o de los malos tratos de las enfermeras, se desconcertaba y balbuceaba, como si él tuviera la culpa:
-Está bien, está bien, me ocuparé de ello… Probablemente se trata de un mal entendido…
En un principio Andrei Efímich trabajó con mucho celo. Tenía abierta la consulta desde por la mañana hasta la hora de la comida, operaba e incluso asistía a las parturientas. Las señoras decían de él que diagnosticaba perfectamente las enfermedades, sobre todo las de niños y mujeres. Pero con el tiempo todo esto acabó por aburrirle con su monotonía y su evidente inutilidad. Hoy recibía a treinta enfermos, mañana eran treinta y cinco, y pasado mañana cuarenta, y así un día tras otro, un año tras otro, sin que la mortalidad disminuyese, y los enfermos no cesaban de acudir. Prestar una ayuda seria a los cuarenta enfermos que acudían desde la mañana hasta la hora de la comida era físicamente imposible; resultaba, pues, un engaño. Si en un año había atendido a doce mil enfermos, se decía, eso significaba que había engañado a doce mil personas.
Internar a los enfermos graves y tratarlos según las reglas de la ciencia, tampoco era posible, porque las reglas existían, pero no había ciencia; y si dejaba aparte la filosofía y se limitaba a seguir de un modo formalista las reglas, como los demás médicos, para ello necesitaba, ante todo, limpieza y ventilación, y no suciedad, una alimentación sana, y no la sopa de repulsiva col agria, buenos auxiliares, y no ladrones.
Además, ¿para qué impedir que la gente se muriese, si la muerte es el final normal y lógico de cada uno? ¿Qué resultaba si un ricachón o un funcionario vivían cinco o diez años más? Si se considera que el fin de la Medicina consiste en aliviar el dolor, surge la pregunta: ¿Para qué aliviarlo? En primer lugar, dicen que el dolor lleva al hombre a la perfección y, en segundo, que si la humanidad aprende, en efecto, a aliviar sus dolores con ayuda de píldoras y gotas, abandonará por completo la religión y la filosofía, en las que hasta ahora había encontrado no sólo defensas contra todas las desgracias, sino incluso la felicidad. Pushkin, a la hora de la muerte, sufrió horribles tormentos; el pobre Heine estuvo paralítico varios años. ¿Por qué, entonces, no iban a padecer enfermedades cualquier Andrei Efímich o cualquiera Matriona Sávishna, cuyas vidas no encerraban ningún contenido y serían completamente vacías y parecidas a las de una ameba si no fuese por los sufrimientos?
Abrumado por estas reflexiones, Andrei Efímich lo abandonó todo y dejó de ir al hospital a diario.

VI
Su vida transcurría como sigue: De ordinario, se levantaba a las ocho, se vestía y tomaba el té. Luego se sentaba a leer en su despacho o iba al hospital.
Allí, en un pasillo estrecho y oscuro, estaban los enfermos que acudían de fuera, esperando la hora de ser recibidos. Junto a ellos, haciendo gran ruido con sus botas en el suelo de ladrillos, pasaban los mozos y enfermeras, cruzaban los flacos enfermos internados, envueltos en sus batas, retiraban los muertos y los orinales, lloraban los niños y soplaba el viento. Andrei Efímich sabía que para los enfermos con fiebre, los tísicos y los impresionables, esto era un tormento, pero ¿qué podía hacer? En el despacho le esperaba el practicante Serguei Serguéich, un hombre pequeño, rechoncho, de redonda cara afeitada y lavada, de ademanes suaves, y que con su holgado traje nuevo más bien parecía un senador que un practicante. En la ciudad tenía numerosa clientela, usaba corbata blanca y se consideraba con más conocimientos que el doctor, quien carecía por completo de clientes. En un rincón de su despacho había una gran imagen con la correspondiente lámpara y, a su lado, un reclinatorio con funda blanca.
En las paredes había retratos de prelados, una vista del monasterio de Sviatogorsk y varias coronas secas de flores de anciano. Serguei Serguéich era un hombre religioso y le gustaba el esplendor. La imagen la había costeado él; los domingos un enfermo, obedeciendo sus órdenes, leía en voz alta el libro de oraciones y después de esto el propio Serguei Serguéich recorría todas las salas con el incensario, ahumándolas concienzudamente.
Los enfermos son muchos y el tiempo poco, por lo que todo se reduce a un breve interrogatorio y a recetar cualquier remedio, un ungüento o una purga de aceite de ricino. Andrei Efímich permanece sentado, con la mejilla apoyada en una mano, pensativo, y hace las preguntas maquinalmente. Serguei Serguéich, también sentado, se frota las manos e interviene de tarde en tarde.
-Padecemos enfermedades y sufrimos miserias -dice – porque no rezamos conforme es debido a Dios misericordioso.
Andrei Efímich no hace operación alguna; ha perdido la costumbre y la vista de la sangre le produce una sensación desagradable. Cuando tiene que abrirle la boca a un niño para examinarle la garganta y el pequeño llora y se defiende con las manecitas, el ruido le produce marcos y se le llenan los ojos de lágrimas. Se apresura a escribir la receta y hace un gesto para que la madre se lleve cuanto antes al niño.
Con la agradable idea de que, a Dios gracias, no tiene clientes particulares y nadie va a venir a molestarle, Andrei Efímich, en cuanto llega a casa, se acomoda en su despacho y se pone a leer. Lee mucho y siempre con gran placer. La mitad del sueldo la invierte en libros y tres de las seis habitaciones de su piso están abarrotadas de libros y revistas viejas.
Lo que más le agradan son las obras de historia y filosofía. De Medicina, únicamente está suscrito a «Vrach», que siempre empieza a leer por las últimas páginas. La lectura se prolonga siempre varias horas, sin interrupción alguna, y no le fatiga. No lee con tanta rapidez y afán como en tiempos lo hacía Iván Dmítrich, sino despacio y tratando de penetrar bien en el sentido, deteniéndose a menudo en los párrafos que le agradan o que no entiende. Junto al libro hay siempre una garrafita de vodka y un pepinillo en salmuera, o una manzana conservada en su jugo, sobre el mismo tapete, sin plato alguno. Cada media hora, sin apartar los ojos del libro, se sirve una copa de vodka, la toma y luego, también sin mirar, busca a tientas el pepinillo y le da un bocado.
A las tres se acerca sin hacer ruido a la puerta de la cocina, carraspea y dice:
-Si pudiera comer, Dáriushka…
Después de la comida, bastante mala y servida sin limpieza, Andrei Efímich, con los brazos cruzados, pasea por sus habitaciones y medita. Dan las cuatro, las cinco… y él sigue sus paseos y meditaciones.
De tarde en tarde rechina la puerta de la cocina y asoma el rostro rojo y soñoliento de Dáriushka.
-Andrei Efímich, ¿no es hora de que le sirva la cerveza? -pregunta solícita.
-No, todavía no… – contesta él -. Esperaré un poco… esperaré…
A la caída de la tarde suele acudir Mijaíl Averiánich, el jefe de Correos, la única persona en toda la ciudad cuya compañía no le es fastidiosa.
Mijaíl Averiánich había sido en tiempos un terrateniente muy rico y sirvió en caballería, pero se arruinó y la necesidad, ya casi viejo, le obligó a ingresar en el Departamento de Correos. Su aspecto era jovial y rebosante de salud, lucía unas espléndidas patillas grises, sus modales denotaban buena educación y poseía una voz fuerte y agradable. Era bueno y sensible, pero vehemente. Si en Correos alguien protestaba, no aceptaba las explicaciones o empezaba simplemente a razonar por su cuenta, se ponía todo rojo, estremeciéndose, y gritaba con voz de trueno: «¡A callar!», de tal modo que la oficina se había ganado la reputación de lugar al que la gente tenía miedo acudir. Mijaíl Averiánich estimaba y quería a Andrei Efímich por su cultura y nobleza de espíritu; al resto de sus convecinos los miraba con altivez, como si fuesen sus subordinados.
-¡Aquí estoy! – dice al entrar en casa de Andrei Efímich-. Buenas tardes, querido mío. ¿No se ha cansado de mí?
Los amigos toman asiento en el diván del despacho y durante algún tiempo fuman en silencio.
-Dáriushka, si nos trajeras cerveza… – dice Andrei Efímich.
La primera botella la toman también en silencio: el doctor, pensativo, y Mijaíl Averiánich, con el aspecto alegre y animado de quien tiene que contar algo muy interesante. La conversación la inicia siempre el médico.
-¡Qué lástima -dice en voz lenta y baja, meneando la cabeza y sin mirar a los ojos de su interlocutor (nunca mira a los ojos) -, qué lástima, estimado Mijaíl Averiánich, que en nuestra ciudad no haya lo que se dice nadie que sepa y a quien le agrade mantener una conversación espiritual e interesante! Para nosotros significa una gran privación. Ni siquiera los intelectuales se elevan sobre la vulgaridad; el nivel de su desarrollo, se lo aseguro, no es mejor que el de los estamentos bajos.
-Tiene toda la razón. De acuerdo.
-Usted mismo sabe – sigue el doctor, en voz baja y alargando las palabras – que en este mundo todo carece de importancia e interés, excepción hecha de las supremas manifestaciones espirituales de
la razón humana. La inteligencia marca acusadas fronteras entre el animal y el hombre, sugiere el carácter divino de este último y, en cierto grado, reemplaza su inmortalidad, que no existe. Partiendo de esto, la razón es la única fuente posible del placer. Nosotros, en cambio, no vemos ni advertimos junto a nosotros manifestaciones de la razón: quiere decirse que nos vemos privados del placer. Cierto que tenemos los libros, pero esto es algo muy distinto a la conversación viva y el trato. Si me permite una comparación no muy afortunada, los libros son las notas y la conversación el canto.
-Completamente cierto.
Se hace un silencio. De la cocina sale Dáriuslika y con una expresión de estúpido arrobamiento, con la cabeza apoyada en el puño, se detiene en la puerta a escuchar.
-¡Bah!- suspira Mijaíl Averiánich- Quería usted pedir inteligencia a la gente de hoy!
Y se pone a hablar de la vida de antes, sana, alegre e interesante, de lo inteligentes que antes eran los intelectuales de Rusia y de su alto concepto del honor y la amistad. Se prestaba dinero sin exigir un pagaré y se consideraba vergonzoso no tender una mano en ayuda del compañero necesitado. ¡Y qué campañas, qué aventuras, qué reyertas, qué mujeres!
¡Y, el Cáucaso, qué maravilloso país! La esposa de un jefe de batallón, una mujer muy extraña, se vestía de oficial y se iba por la tarde a las montañas sola, sin acompañante. Se decía que tenía en aquellas aldeas amores con un reyezuelo.
-Reina de los cielos, madrecita… – suspira Dáriushka. – ¡Y cómo se comía! ¡Cómo se bebía! ¡Y qué liberales aquellos!
Andrei Efímich escucha y no escucha; piensa en algo y toma un sorbo de cerveza.
-A menudo sueño con personas inteligentes y que converso con ellas – dice de súbito, interrumpiendo a Mijaíl Averiánich-. Mi padre me dio una educación excelente y, bajo la influencia de las ideas de los años sesenta, me obligó a hacerme médico.
Me parece que si entonces no le hubiese hecho caso, ahora me encontraría en el centro mismo del movimiento intelectual. Posiblemente, figuraría en una Facultad. Claro que la razón tampoco es eterna, es un fenómeno pasajero. Pero usted sabe por qué siento afición por ella. La vida es una trampa enojosa.
Cuando el hombre que piensa alcanza la madurez y es consciente de sus actos, se siente, sin quererlo, dentro de una trampa en la que no hay salida. En efecto, contra su voluntad, en virtud de diversas casualidades, ha sido sacado del no ser a la vida… ¿Para qué? Quiere saber el sentido y el fin de su existencia y no le dicen nada o le dicen estupideces.
Llama y no le abren. La muerte viene a él también contra su voluntad. Y lo mismo que en la cárcel los hombres, unidos por un infortunio común, sienten un alivio cuando se reúnen, también en la vida uno no advierte la trampa cuando los hombres inclinados al análisis y a las generalizaciones se juntan y pasan el tiempo intercambiando ideas orgullosas y libres. En este sentido, la inteligencia es un placer insustituible.
-Tiene usted toda la razón.
Sin mirar a su interlocutor a los ojos, en voz baja y con pausas, Andrei Efímich sigue hablando de hombres inteligentes y de conversaciones con ellos, mientras, Mijaíl Averiánich le escucha atento y coincide con él: «Tiene usted toda la razón.»
-¿Es que usted no cree en la inmortalidad del alma? -pregunta de pronto el jefe de Correos.
-No, estimado Mijaíl Averiánich, no creo ni tengo razones para creer.
-Pues yo también albergo mis dudas, se lo confieso. Aunque, por lo demás, tengo la sensación de que no moriré nunca. A veces Pienso: ¡Ya es hora de morir, vicio verde! Pero cierta vocecita dice en mi alma: ¡No lo creas, no morirás! …
Poco después de las nueve Mijaíl Averiánich se retira. Al ponerse el abrigo en el recibidor, dice suspirando:
-Sin embargo, ¡a qué rincón perdido nos trajo el destino! Y lo más desagradable de todo es que tendremos que morir aquí.¡Bah! …

VII
Después de despedir a su amigo, Andrei Efímich se sentaba a la mesa y reanudaba la lectura. Ni el menor ruido turbaba el silencio de la tarde, y de la noche. Parecía como si el tiempo se hubiese detenido junto con el doctor y su libro; era como si no existiese más que este libro y el quinqué, con su pantalla verde. El rostro tosco, de mujik, del doctor se iluminaba poco a poco con una sonrisa enternecida y entusiasta ante las inflexiones de la inteligencia humana. «Oh!, ¿por qué el hombre no es inmortal? -pensaba-. ¿Para qué sirven los centros y circunvoluciones cerebrales, para qué la vista, el habla, el sentimiento de uno mismo, el genio, si todo esto va a ir a parar a la tierra y, a la postre, se enfriará junto con la corteza terrestre, y luego, durante millones de años, seguirá junto con la Tierra, sin sentido alguno y sin finalidad, girando alrededor del Sol? Para enfriarse y luego recorrer los espacios, no hacía falta alguna sacar del no ser al hombre, con su inteligencia divina, y después, como para burlarse de él, convertirlo en barro.»
¡El intercambio de materias! ¡Qué cobardía consolarse con este sucedáneo de inmortalidad! Los procesos inconscientes que se suceden en la naturaleza se hallan por debajo incluso de la estupidez humana, ya que en la estupidez, después de todo, hay conciencia y voluntad, y en los procesos no hay nada en absoluto. Sólo el cobarde, en el cual el miedo a la muerte es superior a la dignidad, puede consolarse pensando que su cuerpo vivirá con el tiempo en la hierba, en una piedra, en un sapo… Ver la propia inmortalidad en el intercambio de materias es tan absurdo como prometer un brillante futuro a la funda después que el valioso violín se ha roto y quedado inservible.
Cuando dan las horas, Andrei Efímich se retrepa en el sillón y cierra los ojos para meditar un poco.
Y, sin darse cuenta, movido por los buenos pensamientos que ha leído en el libro, vuelve la vista a su pasado y a su presente. El pasado es algo que repele, es mejor no recordarlo. Y el presente, tres cuartos de lo mismo. Sabe que mientras sus pensamientos giran alrededor del Sol, lo mismo que la Tierra enfriada, a cuatro pasos de él, en el pabellón principal, hay gente que sufre por sus enfermedades y a consecuencia de la suciedad que la rodea. Acaso hay alguien que no duerme y lucha con los insectos, alguien se ha contagiado de erisipela o gime por tener la venda demasiado apretada. Acaso los enfermos estén jugando a las cartas con las enfermeras y bebiendo vodka. El último año fueron engañadas doce mil personas. Toda la organización hospitalaria, lo mismo que hace veinte años, descansa en el robo, las disputas, los chismorreos, el compadrazgo, la grosera charlatanería, y el hospital sigue siendo un establecimiento inmoral y nocivo, en el más alto grado, para la salud de la gente. Sabe que en la sala número seis, detrás de las rejas, Nikita golpea a los enfermos y que Moiseika va todos los días por la ciudad pidiendo limosna.
Por otra parte, sabe perfectamente que, durante los veinticinco últimos años, en la Medicina se ha producido un cambio fabuloso. Cuando él estudiaba en la Universidad, le parecía que la Medicina iba a conocer pronto la suerte de la alquimia y la metafísica; ahora, en cambio, cuando leía por las noches, la Medicina le conmovía y despertaba en él asombro y hasta entusiasmo. En efecto, ¡qué inesperado esplendor, qué revolución! Gracias a los antisépticos, se realizaban operaciones que el gran Pirogov consideraba imposibles hasta in spe. Los simples médicos de provincias se decidían a hacer resecciones de la rodilla; de cien laparotomías, sólo había un caso mortal, y el mal de piedra se consideraba algo tan insignificante, que ni siquiera escribían acerca de él.
La sífilis se curaba radicalmente. ¿Y la teoría de la herencia, el hipnotismo, los descubrimientos de Pasteur y de Koch, la higiene basada en la estadística, la medicina rusa de los zemstvos? La Psiquiatría, con su actual clasificación de las enfermedades, con los métodos de diagnóstico y de tratamiento, era algo fantástico, en comparación con lo que antes había. Ahora no se echaba a los locos agua fría en la cabeza ni les ponían camisas de fuerza; se les hacía vivir en circunstancias humanas y hasta, según escribían los periódicos, se les daban espectáculos y bailes. Andrei Efímich sabía que, con estos puntos de vista, una infamia como la de la sala número seis sólo era posible a doscientas verstas del ferrocarril, en una miserable ciudad en la cual el alcalde y todos los concejales eran semianalfabetos que veían en el médico a un sacerdote al que era necesario creer sin la menor crítica, aunque echase en la boca estaño derretido. En otro sitio, haría ya mucho tiempo que el público y los periódicos habrían hecho añicos esta pequeña Bastilla.
«¿Y qué? – se pregunta Andrei Efímich, abriendo los ojos ¿Qué resulta de todo esto? Tenemos los antisépticos, a Koch, a Pasteur, pero en esencia nada ha cambiado en absoluto. La morbilidad y mortalidad siguen siendo las mismas. Se celebran bailes y espectáculos para los locos, pero, con todo eso, no los dejan salir a la calle. Quiere decirse que todo es absurdo y vano, y, en esencia, entre la mejor clínica de Viena y mi hospital no hay diferencia alguna.»
Pero el dolor y un sentimiento parecido a la envidia no le permiten permanecer indiferente. La causa debe de ser la fatiga. La cabeza le pesa y se inclina sobre el libro. Pone la mano bajo la cara, a modo de almohada, y piensa: «Estoy al servicio de una obra perjudicial y percibo un sueldo de personas a las que engaño. Pero por mí mismo no soy nada, una simple partícula de un mal social necesario: todos los funcionarios de distrito son nocivos y cobran un sueldo que no han ganado… Lo que significa que no soy yo el culpable de ser deshonesto, sino el tiempo… Si hubiese nacido doscientos años más tarde, sería un hombre distinto.»
Cuando dan las tres, apaga el quinqué y se retira al dormitorio. No tiene sueño.

VIII
Dos años, antes, el zemstvo se había sentido generoso y votó la concesión de un crédito de trescientos rublos anuales para aumentar el personal del hospital de la ciudad hasta que inaugurase otro propio.
En ayuda de Andrei Efímich, se requirieron los servicios de Evgueni Fiódorich Jobótov. Era un médico muy joven -todavía no había cumplido los treinta-, moreno y alto, de anchos pómulos y ojos diminutos; probablemente sus antecesores no fueron rusos. Había llegado a la ciudad sin un kopek, con un maletín y una mujer fea y joven de la que decía que era su cocinera. La mujer traía un niño de pecho. Evgueni Fiódorich Jobótov usaba gorra de visera y botas altas, y en invierno pelliza. Intimó con el practicante Serguei Serguéich y con el cajero, y se mantenía apartado del resto de los funcionarios, a los que, por no se sabe qué causa, llamaba aristócratas.
En toda su casa no había más que un libro: Ultimas recetas de la clínica de Viena para 1881. que siempre tomaba consigo cuando iba a visitar a un enfermo. Por las tardes, en el club, jugaba al billar, pues las cartas no le gustaban. Era muy aficionado a emplear en la conversación palabras y expresiones como «pachorra», «pepinillos en vinagre», «no armes líos», etc.
Al hospital iba dos veces por semana, recorría las salas y recibía a los enfermos de fuera. La falta absoluta de antisépticos y las ventosas le irritaban, pero no se decidía a hacer innovación alguna ante el temor de ofender con ello a Andrei Efímich. Tenía a éste por un viejo farsante, le creía rico y lo envidiaba en secreto. De muy buena gana habría ocupado su puesto.

IX
Una noche primaveral de fines de marzo, cuando la nieve había desaparecido del suelo y los estorninos cantaban en el jardín del hospital, el doctor salió hasta el portal para acompañar a su amigo, el jefe de Correos. En aquel mismo instante entraba en el patio el judío Moiseika, que volvía con su botín.
Iba sin gorro y con los pies descalzos embutidos en unos chanclos bastante deteriorados. En la mano llevaba un saquito con las limosnas.
-Dame un kópek -dijo al doctor, tiritando de frío y sonriendo.
Andrei Efímich, que nunca había sabido negarse, le dio una moneda de diez kópeks.
«¡Qué escándalo! -pensó, mirando sus pies descalzos, con los flacos tobillos enrojecidos-. Viene completamente mojado.»
Y, movido por un sentimiento de lástima y repugnancia a un tiempo, se dirigió hacia el pabellón tras el judío, mirando ya su calva, ya sus tobillos. Al entrar el doctor, Nikita abandonó de un salto el montón de trapos en que estaba tumbado y quedó en posición de firmes.
-Hola, Nikita – dijo en tono suave Andrei Efímich-.
Habría que darle a este judío unas botas; de lo contrario, puede coger un enfriamiento.
-A sus órdenes, señoría. Lo pondré en conocimiento del inspector.
-Sí, haz el favor. Pídeselo en mi nombre. Dile que yo se lo ruego.
La puerta del zaguán que daba entrada a la sala estaba abierta. Iván Dmítrich permanecía tumbado en su camastro. Se incorporó y prestó atención a aquella voz extraña, cuando, de pronto, reconoció al doctor. Estremecido por la cólera, se puso de pie de un salto, congestionado y con los ojos que se le salían de las órbitas, y corrió al centro de la sala.
-¡Ha venido el doctor! -gritó, lanzando una carcajada-. ¡Por fin! Les felicito, señores, ¡el doctor se digna visitarnos! ¡Maldito reptil! -chilló, y frenético, como nunca le habían visto en la sala, dio una patada en el suelo-. ¡Hay que matar a este reptil! ¡No, matarlo es poco! ¡Hay que tirarlo al pozo negro!
Andrei Efímich, que lo había oído, miró desde el zaguán y preguntó suavemente:
-¿Y eso por qué?
-¿Por qué? -gritó Iván Dmítrich, acercándose a él con aire amenazador y agitándose convulsivamente dentro de su bata-. ¿Por qué? ¡Ladrón!- añadió, con repugnancia, juntando los labios como si se dispusiera a escupirle-. ¡Charlatán! ¡Verdugo!
-Cálmese –dijo Andrei Efímich, sonriendo como si pidiese disculpa-. Le aseguro que nunca he robado nada a nadie, y en cuanto a lo demás, probablemente exagera mucho. Veo que está muy enfadado
conmigo. Cálmese, se lo ruego, si puede, y dígame fríamente: ¿a qué obedece su enfado?
-¿Por qué me tiene aquí?
-Porque está enfermo.
-Sí, estoy enfermo. Pero docenas y cientos de locos se pasean en libertad porque, en su ignorancia, no saben distinguirlos de los sanos. ¿Por qué estos desgraciados y yo hemos de estar aquí por todos, como cabezas de turco? Usted, el practicante, el inspector y toda la canalla del hospital están moralmente muy por debajo de nosotros. ¿Por qué hemos de permanecer recluidos nosotros, y no ustedes? ¿Dónde está la lógica?
-El sentido moral y la lógica no tiene nada que ver con esto. Todo depende de la casualidad. Aquí están los que fueron recluidos, y los que no lo fueron se pasean libremente, eso es todo. En el hecho de que yo sea médico y usted sea un enfermo mental no intervienen para nada ni la moral ni la lógica, es simple casualidad.
-No entiendo esa estupidez… – balbuceó sordamente Iván Dmítrich, y se sentó en su camastro.
Moiseika, a quien Nikita no se atrevía a registrar en presencia del doctor, fue colocando sobre su cama mendrugos de pan, papeles y huesos, y, tiritando todavía de frío, empezó a hablar, con voz rápida y cantarina, en hebreo. Probablemente se imaginaba que había abierto una tienda.
-Déjeme marchar -dijo Iván Dmítrich con voz temblorosa.
-No puedo.
– ¿Por qué? ¿Por qué?
-Porque eso es algo que no depende de mí. Juzgue usted mismo: ¿qué pasará si lo dejo ir? Váyase.
Le detendrá la gente de la ciudad, o la policía, y volverán a traerlo.
-Sí, sí, eso es verdad… articuló Iván Dmítrich, y se pasó la mano por la frente-. ¡Es horrible! ¿ Y qué puedo hacer? ¿ Qué?
La voz de Iván Dmítrich y su cara, joven e inteligente, que no cesaba de hacer muecas, agradaron a Andrei Efímich. Sintió deseos de decirle algo cariñoso y consolarlo. Se sentó junto a él en el camastro, quedó pensativo unos instantes y dijo:
-¿Qué hacer, pregunta? En la situación en que se encuentra, lo mejor sería escapar de aquí. Pero, lamentablemente, resultaría inútil. Lo detendrían.
Cuando la sociedad se protege contra los delincuentes, enfermos mentales y gente molesta en general, no hay nada que pueda frente a ella. Lo único que le resta es tranquilizares pensando que su estancia aquí es necesaria.
-No es necesaria para nadie.
-Puesto que existen las cárceles y los manicomios, alguien debe permanecer en ellos; si no es usted, seré yo, y si no soy yo, será algún otro. Espere; cuando, en un lejano futuro, dejen de existir las
cárceles y los manicomios, no habrá ya rejas en las ventanas ni esas batas. Esto sucederá, claro, tarde o temprano.
Iván Dmítrich sonrió burlonamente.
-Usted bromea – dijo, entornando los párpados-.
Los señores como usted y su ayudante Nikita no se preocupan en absoluto del futuro. ¡Pero puede estar seguro, señor, de que vendrán tiempos mejores!
Acaso me exprese vulgarmente, ríase si quiere, pero resplandecerá la aurora de una vida nueva, triunfará la justicia y nosotros estaremos de fiesta. Yo no lo veré, reventaré antes, pero lo verán nuestros biznietos.
Lo saludo con toda el alma y me alegro. ¡Me alegro por ellos! ¡Adelante! ¡Que Dios os ayude, amigos!
Iván Dmítrich se levantó con los ojos resplandecientes y, alargando las manos hacia la ventana, siguió con voz emocionada:
-¡A través de estas rejas, os bendigo! ¡Viva la justicia! ¡Me alegro!
-No veo particulares motivos para alegrarse – replicó Andrei Efímich, a quien la actitud de Iván Dmítrich le había parecido teatral, aunque, a la vez, le agradó mucho-. No habrá cárceles ni manicomios, y la justicia, según su propia expresión, triunfará, pero no cambiará la esencia de las cosas, las leyes de la naturaleza serán las mismas. Los hombres padecerán enfermedades, envejecerán y morirán lo mismo que ahora. Por espléndida que sea la aurora que ilumine su vida, después de todo, les meterán en un ataúd y los echarán a la fosa.
-¿Y la inmortalidad?
-¡No diga esas cosas!
-Usted no cree en ella, pero yo sí. En Dostoievski o Voltaire hay alguien que dice que, si Dios no existiera, lo habrían inventado los hombres. Estoy profundamente convencido de que, si la inmortalidad no existe, tarde o temprano llegará a inventarla la gran mente humana.
-Bien dicho -articuló Andrei Efírnich, sonriendo satisfecho-. Me agrada que usted crea. Con esa fe puede vivir perfectamente incluso un emparedado.
¿Tiene usted estudios?
-Sí, estuve en la Universidad, pero no llegué a acabar la carrera.
-Usted es un hombre que sabe pensar. En cualquier situación, puede encontrar tranquilidad en sí mismo. El pensamiento libre y profundo, que aspira a comprender la vida, y el desprecio total a la estúpida vanidad del mundo, son los dos bienes supremos que el hombre conoce. Y usted puede poseerlos aunque viva detrás de tres rejas. Diógenes vivió en un tonel y, a pesar de esto, fue más feliz que todos los reyes de la tierra.
-Diógenes era un estúpido -gruñó sombrío Iván Dmítrich -. ¿Para qué me habla de Diógenes y de la comprensión del mundo? – se enfadó de pronto, poniéndose de pie-. Yo amo la vida, ¡la amo apasionadamente!
Padezco manía persecutoria, un miedo permanente que me tortura, pero hay momentos en que me domina la sed de vivir, y entonces temo volverme loco. ¡Tengo un ansia de vivir espantosa, espantosa!
Dominado por la agitación, dio unos pasos por la sala y dijo, bajando la voz:
-Cuando sueño, vienen a mí fantasmas. Se me aparecen unos hombres, oigo voces, música, me parece que paseo por un bosque, por la ola del mar, y siento tal deseo de tener preocupaciones, de hacer algo… Dígame, ¿qué hay de nuevo por ahí? – preguntó Iván Dmítrich-. ¿Qué novedades hay?
-¿Quiere saber de la ciudad o en general?
-Bueno, primero hábleme de la ciudad, y luego en general.
-¿Qué puedo decirle? La vida en la ciudad es de un aburrimiento agobiante… No hay con quien cruzar una palabra, no hay nadie a quien pueda escucharse.
No hay gente nueva. Por lo demás, hace poco vino el joven médico Jobótov.
-Llegó antes de que me encerraran. Es un grosero, ¿verdad?
-Sí, no es un hombre culto. Resulta extraño, ¿sabe? … A juzgar por todo, en nuestras capitales no hay estancamiento intelectual, hay movimiento; quiero decir que allí debe de haber gente de veras.
Pero, no sé por qué, siempre nos mandan personas a las que no se puede ni mirarlas. ¡Desgraciada ciudad!
-¡Sí, desgraciada ciudad! – suspiró Iván Dmítrich, y rompió a reír- ¿Y, en general, qué hay? ¿Qué dicen los periódicos y las revistas?
La sala estaba ya sumida en la oscuridad. El doctor se levantó y, siempre de pie, empezó a contar lo que se escribía en el extranjero y en Rusia, qué orientación se observa en el campo de las ideas.
Iván Dmítrich escuchaba atento y hacía preguntas, pero de pronto, como si recordase algo horrible, se agarró la cabeza con las manos y se tumbó en el camastro, de espaldas al doctor.
-¿Qué le pasa? – preguntó Andrei Efímich.
– ¡Ya no oirá ni una palabra mía! – articuló groseramente Iván Dmítrich-. ¡Déjeme!
-¿Y eso por qué?
-¡Le digo que me deje! ¿Qué diablos hace aquí?
Andrei Efímich se encogió de hombros, dejó escapar un sus-piro y abandonó la sala. Al pasar por el zaguán dijo:
-Convendría limpiar aquí, Nikita… ¡Hay un olor espantoso!
-A sus órdenes, señoría.
«¡Qué joven más agradable! -pensó Andrei Efímich, mientras se dirigía a su piso- Desde que vivo aquí, creo que es la primera persona que veo con la cual se puede hablar. Sabe razonar y se interesa precisamente por lo que hace falta.»
Durante su lectura y luego, al acostarse, no cesó de pensar en Iván Dmítrich. Al despertarse, a la mañana siguiente, recordó que la víspera había conocido a un hombre inteligente e interesante, haciéndose la decisión de acudir a visitarle en la primera ocasión oportuna.

X
Iván Dmítrich permanecía en la posición de la víspera, con la cabeza entre las manos y las piernas encogidas. No se le veía la cara.
-Buenas tardes, amigo mío -dijo Andrei Efímich-. ¿No duerme?
-En primer lugar, no soy amigo suyo replicó Iván Dmítrich, con la cara hundida en la almohada-. Y, en segundo, sus empeños son inútiles: no me sacará ni una sola palabra.
-Es extraño… -balbuceó turbado Andrei Efímich-.
Ayer estábamos conversando tranquilamente y, de pronto, usted se ofendió y no quiso seguir…
Probablemente dije cosas que no le gustaban, o acaso manifestase algo contrario a sus ideas…
-¡Como le voy a creer! -dijo Iván Dmítrich, incorporándose y mirando al doctor con una mezcla de burla e inquietud; sus ojos estaban inyectados de sangre-. Puede irse a espiar y sonsacar a otro sitio; aquí no tiene nada que hacer. Ayer me di cuenta ya de las razones que le habían traído.
-¡Qué extraña fantasía! -sonrió el doctor irónicamente-. ¿Es que cree que soy un espía?
-Sí que lo creo… Un espía o un médico al que le han encomendado la misión de ponerme a prueba.
Es lo mismo.
-¡Qué tipo más estrafalario es usted! Y perdóneme la expresión.
El doctor se sentó en un banquillo junto a la cama y meneó la cabeza en un ademán de reproche.
-Pero supongamos que tiene razón – prosiguió-. Admitamos que vengo con la torcida intención de hacerle hablar para delatarlo. Se lo llevarán preso y luego lo condenarán. ¿Pero es que en el juicio y en la cárcel estaría peor que aquí? Y aunque lo deporten, e incluso si lo mandan a presidio, ¿sería eso peor que permanecer aquí, en este pabellón? Creo que no… ¿A qué teme, pues?
Estas palabras parecieron influir en Iván Dmítrich, que se sentó tranquilamente.
Era poco más de las cuatro de la tarde, la hora en que Andrei Efímich tenía por costumbre pasear por las habitaciones de su casa y Dáriushka le preguntaba si quería cerveza. Era un día apacible y dato.
-Después de la comida salí a dar un paseo y me he acercado aquí, como puede ver -dijo el doctor- Hace un tiempo primaveral.
-¿En qué mes estamos? ¿En marzo? – preguntó Iván Dmítrich.
-Sí, a fines de marzo.
– ¿Hay barro en la calle?
-No, no mucho. En el jardín hay ya senderos.
-Ahora me gustaría dar un paseo en coche por las afueras comentó Iván Dmítrich, frotándose los ojos enrojecidos como despertándose-. Y luego volver a casa, a un despacho templado y confortable, y… hacer que un buen médico le curase a uno el dolor de cabeza … Ya hace tiempo que no vivo como las personas. Aquí da asco! ¡Un asco insoportable!
Después de la excitación de la víspera, se encontraba fatigado y hablaba con desgana. Sus dedos temblaban y por la cara se advertía que le dolía mucho la cabeza.
-Entre un despacho templado y confortable y esta sala no hay la menor diferencia -dijo Andrei Efímich-. El reposo y la satisfacción no están fuera del hombre, sino en él mismo.
-¿Qué significa eso?
-El hombre vulgar espera lo bueno o lo malo del exterior, es decir, del coche y el despacho, mientras que el hombre que piensa lo espera de sí mismo.
-Vaya a predicar esta filosofía a Grecia, donde hace calor y huele a naranjas; el clima de aquí no le favorece. ¿Con quién hablé de Diógenes? ¿Fue con usted?
-Sí, conmigo, ayer.
-Diógenes no necesitaba un despacho y un edificio templado; allí hace calor. Podía permanecer en su tonel comiendo naranjas y aceitunas. Pero si hubiese vivido en Rusia, no ya en diciembre, sino en mayo, habría pedido una habitación. Estaría helado.
-No. El frío, como cualquier otro dolor, puede resistirse. Marco Aurelio dijo: «El dolor es la representación viva del dolor: haz un esfuerzo de voluntad para cambiar esta representación, recházala, deja de lamentarte, y el dolor desaparecerá.» Esto es justo. El sabio o, simplemente, el hombre que piensa, que medita, se distingue precisamente por el hecho de que desprecia el sufrimiento. Siempre está satisfecho y nada le asombra.
– Esto quiere decir que yo soy un idiota, puesto que sufro, estoy descontento y me asombra la vileza humana.
-No debe pensar así. Si reflexiona a menudo, comprenderá la insignificancia de todo lo externo, lo que nos inquieta. Hay que aspirar a comprender la vida; en ello está el verdadero bien.
-Comprender la vida… – replicó Iván Dmítrich, arrugando el ceño-. Lo exterior, lo interior… Perdóneme, pero no lo comprendo. Lo único que sé – añadió, levantándose y mirando irritado al doctor -, lo único que sé es que Dios me creó de sangre caliente y nervios, ¡como lo oye! El tejido orgánico si es capaz de vida, debe reaccionar a cualquier excitación.
¡Y yo reacciono! Al dolor respondo con gritos y lágrimas; a la infamia, con indignación; a la villanía, con asco. A mi modo de ver, esto es, en realidad, lo que se llama vida. Cuanto más bajo es el organismo, menos sensible se muestra y más débilmente reacciona a la excitación. Y cuanto mas elevado, tanto más sensible y enérgica es su reacción a la realidad. ¿Cómo puede ignorarlo? ¡Es usted médico y no sabe unas cosas tan elementales! Para despreciar el dolor, estar siempre satisfecho y no asombrarse de nada, hay que llegar hasta ese estado – e Iván Dmítrich señaló al mujik gordo, rebosante de grasa-, o bien haberse templado con el dolor hasta el extremo de perder toda sensibilidad hacia él; es decir, en otras palabras, dejar de vivir. Perdóneme, no soy sabio ni filósofo – prosiguió irritado -, y no comprendo nada de estas cosas. No me siento en condiciones de razonar.
-Al contrario, razona usted muy bien.
-Los estoicos, a los que usted parodia, eran unos hombres notables, pero su doctrina quedó fosilizada hace dos mil años y no ha avanzado ni tanto así, ni avanzará, porque no es práctica ni tiene vida. Sólo ha tenido cierto éxito entre una minoría que se pasa la vida estudiando y rumiando toda clase de doctrinas; la mayoría no ha llegado a comprenderla. Una doctrina que predice la indiferencia hacia las riquezas, hacia las comodidades de la vida, el desprecio de los sufrimientos y la muerte, es totalmente incomprensible para la inmensa mayoría, ya que esta mayoría no conoció nunca ni las riquezas ni las comodidades.
Y despreciar el sufrimiento significaría para ella despreciar la propia vida, ya que toda la esencia del hombre la integran sensaciones de hambre, frío, ofensas, pérdidas y un miedo ante la muerte al estilo de Hamlet. En estas sensaciones está la vida entera: puede cansarnos, podemos odiarla, pero no despreciarla. Así pues, lo repito: la doctrina de los estoicos no puede tener nunca futuro.
Lo que progresa, en cambio, según puede ver, desde el comienzo del mundo hasta el día de hoy, es la lucha, la sensibilidad ante el dolor, la capacidad de responder a las excitaciones…
Iván Dmítrich perdió de pronto el hilo del discurso, se detuvo y se pasó, irritado, la mano por la frente.
-Quería decir algo importante, pero no lo recuerdo -dijo- ¿De qué hablaba? ¡Ah, sí! Es lo que estaba diciendo; un estoico se vendió como esclavo para redimir a un semejante. Ya lo ve, eso significa
que también el estoico reaccionó a la excitación, puesto que, para realizar un acto tan generoso como el de aniquilarse a sí mismo en bien del prójimo, se requiere un alma capaz de indignarse y compadecer.
Aquí, en esta cárcel, he olvidado todo lo que aprendí, porque aún podría recordar alguna cosa. ¿Y si tomamos a Cristo? Cristo reaccionó ante la realidad con su llanto, su sonrisa, su tristeza, su cólera, hasta con su angustia. No fue con una sonrisa al encuentro de los sufrimientos y no despreciaba la muerte, sino que oró en el huerto de Getsemaní para que no se le hiciese beber el cáliz de la amargura.
Iván Dmítrich rompió a reír y se sentó.
-Admitámoslo, la tranquilidad y la satisfacción del hombre están en él mismo, y no fuera de él – dijo- Admitamos que hay que despreciar el sufrimiento y no asombrarse de nada. Pero ¿en qué se apoya usted para predicarlo? ¿Es un sabio? ¿Un filósofo?
-No, no soy un filósofo, pero esto debe predicarlo cualquiera, porque es sensato.
-No, lo que yo quiero saber es por qué se considera competente en lo de la comprensión del mundo, el desprecio del sufrimiento y todo lo demás.
¿Acaso no ha sufrido usted nunca? ¿Tiene una noción de lo que es el sufrimiento? Dígame: ¿le pegaban a usted cuando era niño?
-No, mis padres sentían aversión hacia los castigos corporales.
-Pues mi padre me zurraba la badana. Era un funcionario de carácter violento, que padecía de hemorroides, de nariz larga y cuello amarillo. Pero hablemos de usted. En toda su vida le tocó nadie un pelo, nadie le asustó ni le pegó; tiene la salud de un toro. Creció al amparo de su padre y él le costeó los estudios, y luego, inmediatamente, consiguió una sinecura. Lleva viviendo más de veinte años en una casa gratis, con calefacción y luz, con sirvienta; se le deja que trabaje como y cuanto quiera; incluso puede no hacer nada. Por naturaleza, es usted perezoso, flojo, y por eso trató de organizar su vida de modo que nada le inquietase ni le obligara a moverse. Dejó las cosas en manos del practicante y demás canallas, mientras que usted se quedaba en su habitación templada y silenciosa, reunía dinero, leía libros, se entregaba a meditaciones sobre todo género de sublimes estupideces y – aquí Iván Dmítrich se quedó mirando la roja nariz del médico – bebía. En una palabra, no ha visto la vida, no la conoce en absoluto; de la realidad, tiene una noción simplemente teórica. Si desprecia el sufrimiento y nada le asombra, es por una causa muy sencilla: vanidad de vanidades; lo externo y lo interno, el desprecio de la vida, de los sufrimientos y la muerte, la comprensión del mundo, el verdadero bien: todo esto es la filosofía más apropiada del holgazán ruso. Usted ve, por ejemplo, que un mujik pega a su mujer. ¿ Para qué meterse de por medio? Que le pegue; es lo mismo: los dos morirán tarde o temprano; además, el que pega no ofende con sus golpes a quien los recibe, sino que se ofende a sí mismo. Emborracharse es algo estúpido e indecoroso, pero beber es morirse y no beber también lo es. Llega una mujer con dolor de muelas… ¿Y qué? El dolor es la noción de que nos duele, y sin enfermedades es imposible vivir; todos moriremos. Así que, mujer, vete de aquí y déjame que piense y beba vodka. Un joven pide consejo, pregunta qué hacer, cómo vivir. Otro, antes de contestar, meditaría, pero usted tiene preparada la respuesta: trata de comprender el sentido de la existencia o aspira al auténtico bien. ¿Y qué es ese fantástico «auténtico bien»? No hay respuesta, claro.
A nosotros nos tienen aquí entre rejas, nos podrimos, nos martirizan, pero eso es hermoso y racional, porque entre esta sala y un despacho templado y confortable no hay diferencia alguna. Es una filosofía muy cómoda: no hay nada que hacer, uno tiene la conciencia tranquila y se considera sabio… No, señor, eso no es filosofía, no es pensamiento, no es amplitud de ideas, sino pereza, mentalidad de faquir, un sopor… ¡Sí! – se volvió a irritar Iván Dmítrich -.
Desprecia el sufrimiento, pero, si le cogieran un dedo con la puerta, ¡pondría el grito en el cielo!
-Quizá no – dijo Andrei Efímich, sonriendo dulcemente.
-¡Claro que sí! Pero si se quedase paralítico o si, supongamos, un estúpido e insolente, valiéndose de su posición y su cargo, le ofendiese en público y usted supiera que el acto iba a quedar impune, entonces comprendería qué es eso de remitirse, cuando de otros se trata, al sentido de la vida y al auténtico bien.
-Eso es original – dijo Andrei Efímich, riendo de satisfacción y frotándose las manos-. Me asombra agradablemente su afición a las generalizaciones.
Y lo que ha dicho de mí es sencillamente brillante.
He de confesar que la conversación con usted me proporciona extraordinario placer. Bien, le he escuchado; ahora tenga la bondad de escucharme a mí…

XI
Esta conversación se prolongó todavía cerca de una hora y, al parecer, produjo profunda impresión a Andrei Efímich. A partir de entonces dio en acudir al pabellón todos los días. Iba por la mañana y después de comer, y a menudo la oscuridad de la tarde le sorprendía de charla con Iván Dmítrich. En los primeros tiempos éste se mostraba huraño, sospechando que le traía un mal propósito, y manifestaba abiertamente su hostilidad; pero luego se acostumbró a él y su brusquedad de antes cambió por una actitud indulgente e irónica.
En el hospital no tardó en propagarse el rumor de que el doctor Andrei Efímich había empezado a visitar la sala número seis. Nadie, ni el practicante, ni Nikita, ni las enfermeras, podía comprender qué era lo que le llevaba, por qué se pasaba allí las horas muertas, de qué hablaba y por qué no recetaba nada.
Sus actos parecían extraños. A menudo, Mijaíl Averiánich no lo encontraba en casa, cosa que antes no sucedía nunca. Y Dáriushka se sentía desconcertada, puesto que el doctor no bebía ya la cerveza a determinada hora y a veces hasta llegaba tarde a la comida.
En una ocasión – esto era ya a fines de junio -, el doctor Jobótov, que tenía necesidad de hablar con Andrei Dmítrich, acudió a su casa; al no dar con él, salió a buscarlo al patio, donde le dijeron que el viejo doctor estaba con los enfermos mentales. Al entrar en el pabellón, se detuvo en el zaguán, desde donde pudo oír la siguiente conversación:
-Nunca nos pondremos de acuerdo, no conseguirá convencerme -decía, irritado, Iván Dmítrich-.
Usted no conoce la realidad en absoluto y no sufrió nunca. Lo único que ha hecho ha sido alimentarse como una sanguijuela junto a los sufrimientos ajenos; yo, en cambio, he sufrido desde el día en que nací hasta hoy. Por eso le digo abiertamente que me considero superior a usted y más competente en todos los sentidos. No es usted quién para darme lecciones.
-Yo no pretendo en absoluto convertirle a mis creencias -decía Andrei Efímich en voz baja y como lamentando que no quisieran entenderle-. No se trata de eso, amigo mío. No se trata de que usted ha sufrido y yo no. Las alegrías y los sufrimientos son efímeros. Dejémoslos aparte, que se vayan con Dios. De lo que se trata es de que usted y yo pensamos; vemos el uno en el otro a personas capaces de pensar y razonar, y esto nos hace solidarios por diferentes que sean nuestros puntos de vista. ¡Si usted supiera, amigo mío, cómo me fastidian la insania general, la falta de talento, la torpeza, y la alegría con que converso con usted! Usted es una persona inteligente y su charla me deleita.
Jobótov abrió un poco la puerta y miró a la sala.
Iván Dmítrich, con su gorro de dormir, y el doctor Andrei Efímich estaban sentados en el camastro uno junto a otro. El loco gesticulaba, se estremecía y se arrebujaba convulsamente en su bata, mientras que el doctor permanecía inmóvil, con la cabeza baja; su cara estaba roja y ofrecía una expresión abatida y triste. Jobótov se encogió de hombros, sonrió irónicamente y cambió una mirada con Nikita.
Este también se encogió de hombros.
Al día siguiente, Jobótov se presentó en el pabellón acompañado del practicante. Los dos se quedaron en el zaguán, escuchando.
-Parece que nuestro abuelo ha perdido por completo la chaveta -dijo Jobótov al salir del pabellón.
-¡Señor, compadécete de nosotros, pecadores! – suspiró el devoto Serguei Serguéich, tratando de no pisar los charcos para no ensuciarse las recién lustradas botas-. Si quiere que le diga la verdad, estimado Evgueni Fiódorich, hace tiempo que lo esperaba.

XII
Después de esto, Andrei Efímich empezó a advertir a su alrededor una atmósfera de misterio. Los mozos, las enfermeras y los enfermos, al tropezar con él, le miraban con aire interrogativo y luego se ponían a cuchichear. Masha, la pequeña hija del inspector, con la que siempre le agradaba encontrarse en el jardín del hospital, ahora, cuando él se le acercaba para hacerle una caricia, lo rehuía. El jefe de Correos, Mijaíl Averiánich, al oírle, no decía ya: «Tiene usted toda la razón», sino que balbuceaba, dominado por una turbación incomprensible: «Sí, sí, sí…», y le miraba pensativo y triste. Sin causa aparente, empezó a aconsejar a su amigo que dejase el vodka y la cerveza; como persona delicada que era, no lo decía abiertamente, sino con reticencias, hablando de un jefe de batallón, excelente persona, o del capellán de un regimiento, otra persona excelente, quienes eran aficionados a la bebida y se curaron por completo cuando la dejaron. Dos o tres veces acudió también a visitar a Andrei Efímich su colega Jobótov; éste también le aconsejó que dejase las bebidas alcohólicas, y sin motivo visible le recomendó que tomase bromuro potásico.
En agosto, Andrei Efímich recibió una carta del alcalde en la que le pedía que acudiese para tratar de un asunto de gran importancia. Al llegar a la hora fijada al Ayuntamiento, Andrei Efímich se encontró con el jefe de la tropa, el inspector de la escuela del distrito, que también era concejal, Jobótov y un señor grueso y rubio a quien le presentaron como médico. Este último, de apellido polaco muy difícil de pronunciar, vivía a treinta verstas de la ciudad, en una granja dedicada a la cría de caballos, y estaba de paso.
-Tenemos aquí algo que le concierne -dijo el concejal a Andrei Efímich, después de cambiar los saludos de rigor y sentarse a la mesa-. Evgueni Fiódorich dice que en el pabellón principal hay poco
sitio para la farmacia y que convendría trasladarla a una de las dependencias. Claro que esto puede hacerse, pero habría que proceder a ciertos arreglos.
-Sí, sin ello sería imposible -dijo Andrei Efímich, después de reflexionar unos momentos- Si, por ejemplo, se acondicionara el pabellón de la esquina para farmacia, creo que, como mínimo, se necesitarían quinientos rublos. Es un gasto improductivo.
Se hizo el silencio.
-Ya tuve el honor de informar, hace diez años – prosiguió Andrei Efímich en voz baja-, de que este hospital, tal como ahora lo tenemos, es un lujo que la ciudad no se puede permitir. Fue construido en los años cuarenta, cuando había más recursos. La ciudad gasta demasiado en obras innecesarias y en cargos superfluos. Creo que con el mismo dinero, con una administración distinta, se podrían sostener dos hospitales modelo.
-¡Vamos, pues, a cambiar la administración! – dijo vivamente el concejal.
-Yo ya tuve el honor de informar así: Entreguen los servicios médicos al zemstvo.
-Sí, entreguen el dinero al zemstvo y él se quedará con todo – replicó, riendo, el doctor rubio.
-Es lo que suele ocurrir – asintió el concejal, que también rompió a reír.
Andrei Efímich lanzó al doctor rubio una mirada confusa y turbia y dijo:
-Hay que ser justos.
De nuevo se hizo una pausa. Sirvieron té. El jefe de la tropa, con una turbación que nadie se explicaría, tocó por encima de la mesa el brazo de Andrei Efímich y le dijo:
-Nos tiene olvidados, doctor; claro que usted es un monje: no juega a las cartas y no le gustan las mujeres. Se aburriría con nosotros.
Todos empezaron a hablar de lo aburrida que, para un hombre decoroso, resultaba la vida en la ciudad. No había ni teatro ni música, y en el último baile del club había casi veinte damas y sólo dos caballeros. Los jóvenes no bailaban, se quedaban en el bar o jugando a las cartas. Andrei Efímich, con voz lenta y suave, sin mirar a nadie, dijo que era una lástima, una verdadera lástima, que la gente de la ciudad invirtiese sus energías, su corazón y su inteligencia en las cartas y en chismorreos, y no supiesen ni quisieran pasar el tiempo en una conversación interesante y en la lectura; no querían disfrutar de los placeres que la inteligencia proporciona. Sólo la inteligencia era interesante y notable; todo lo demás era ruin y bajo. Jobótov, que escuchaba atentamente a su colega, le preguntó de pronto:
-Andrei Efímich, ¿a cuántos estamos hoy?
Obtenida la respuesta, el doctor rubio y Jobótov, con el tono de examinadores conscientes de su incapacidad, pasaron a preguntar a Andrei Efímich que día era, cuántos días tiene el año y si era cierto
que en la sala número seis vivía un extraordinario profeta.
En respuesta a la última pregunta, Andrei Efímich se ruborizó y dijo:
-Sí, se trata de un enfermo, pero es un joven muy interesante.
No le volvieron a preguntar nada más.
Cuando en la antesala se estaba poniendo el abrigo, el jefe de la tropa le puso la mano en el hombro y le dijo con un suspiro:
-¡Ya es hora de que los viejos nos retiremos a descansar!
Al salir de la Alcaldía, Andrei Efímich comprendió que los reunidos integraban una comisión designada para dictaminar acerca de sus facultades mentales. Recordó las preguntas que le habían hecho, se puso rojo y, por primera vez en su vida, sintió una profunda lástima por la Medicina.
«Dios mío -pensó recordando la manera como los médicos acababan de reconocerle -, no hace tanto que estudiaron psiquiatría y aprobaron el examen; ¿cómo son tan ignorantes? ¡No tienen ni la menor idea de lo que es la psiquiatría!»
Y por primera vez en su vida se sintió ofendido e irritado.
Aquella misma tarde estuvo en su casa Mijaíl Averiánich. Sin saludarle siquiera, el jefe de Correos se acercó a él, le cogió ambas manos y dijo con voz conmovida:
-Querido mío, amigo mío, deme una prueba de que cree en mi sincera disposición y me considera amigo suyo… ¡Amigo mío! – y, sin dejar hablar a Andrei Efímich, prosiguió agitado: – Le quiero a usted por su cultura y su nobleza de espíritu. Escúcheme, querido. Las reglas de la ciencia obligan a los médicos a ocultarle la verdad, pero yo, como a militar que soy, se la digo abiertamente: ¡usted está enfermo! Perdóneme, querido, pero es verdad; hace mucho lo han advertido cuantos le rodean. El doctor Evgueni Fiódorich me acaba de decir que, para bien de su salud, debe usted descansar y distraerse.
¡Tiene toda la razón! ¡Perfecto! Dentro de unos días voy a tomar vacaciones y me iré a respirar otros aires. Demuéstreme que es amigo mío: ¡vayamos juntos! Echaremos una cana al aire.
-Me siento completamente sano -dijo Andrei Efímich, después de pensarlo-. No puedo ir. Permítame demostrarle mi amistad de otro modo.
En el primer instante, la idea de ir no sabía a dónde ni para qué, sin libros, sin Dáriushka, sin cerveza, la idea de alterar por completo el régimen de vida establecido a lo largo de veinte años, le pareció absurda y fantástica. Pero recordó la conversación del Ayuntamiento y el estado de espíritu que había sentido al volver a casa, y la idea de alejarse por cierto tiempo de aquella ciudad, donde gentes estúpidas lo consideraban loco, pareció sonreírle.
-¿Y adónde tenía el propósito de ir? – preguntó.
-A Moscú, a Petersburgo, a Varsovia… En Varsovia pasé los cinco años más felices de mi vida. ¡Es una ciudad asombrosa! ¡Venga conmigo, querido!

XIII
Una semana más tarde invitaban a Andrei Efímich a tomarse un descanso, es decir, a presentar la dimisión, hecho que él acogió con indiferencia, y pasada otra semana Mijaíl Averiánich y él se encontraban ya en el coche de posta, camino de la estación de ferrocarril más cercana. Los días eran frescos y claros, el cielo era azul y se divisaba hasta la última línea del horizonte. Las doscientas verstas que les separaban de la estación las recorrieron en dos días, pernoctando dos veces en el camino.
Cuando en las estaciones de posta les servían el té en vasos sucios o tardaban en enganchar los caballos, Mijaíl Averiánich se ponía rojo y gritaba frenético:
«¡Silencio! ¡No quiero excusas!» Y en el coche no cesaba ni un instante de contar sus viajes por el Cáucaso y el reino de Polonia. ¡Cuántas aventuras había tenido, cuántos encuentros! Hablaba a gritos y ponía unos ojos tan extraños, que podía pensarse que mentía. Por añadidura, hablaba echando el aliento a la cara de Andrei Efímich y riendo a carcajadas en su mismo oído. Esto molestaba al doctor y no le dejaba pensar y concentrarse.
Por motivos de economía, sacaron billetes de tercera, de un vagón para no fumadores. La mitad de los viajeros era gente bien trajeada. Mijaíl Averiánich no tardó en trabar conocimiento con todos
y, pasando de un asiento a otro, decía a gritos que no se debía utilizar aquellos indignantes trenes. ¡Todo era un engaño! Otra cosa era ir a caballo: en un día recorría uno cien verstas y se sentía tan fresco. Y las malas cosechas se debían, en Rusia, a que habían desecado los pantanos de Pirisk. En general, las anormalidades eran terribles. Se acaloraba, hablaba a gritos y no dejaba intervenir a nadie. Esta charla interminable, salpicada con risotadas y gestos expresivos, acabó por fatigar a Andrei Efímich.
« ¿ Quién de nosotros dos es el loco? – pensaba irritado- ¿Yo, que procuro no molestar a los viajeros, o este egoísta, que se cree el más inteligente de todos y no deja tranquilo a nadie?»
En Moscú, Mijaíl Averiánich se puso levita militar sin charreteras y pantalones de ribetes rojos.
Por la calle iba con gorra militar y capote, y los soldados le saludaban a su paso. A Andrei Efímich le parecía ahora que su compañero había perdido todo cuanto de bueno tuviera en otros tiempos en sus costumbres señoriales, quedándole lo malo. Le agradaba que le atendieran hasta cuando no era necesario en absoluto. Tenía las cerillas ante él, sobre la mesa, y él las veía, pero llamaba al mozo para que se las diera. No sentía reparo en andar delante de la doncella en paños menores; a todos los criados sin excepción, incluso a los viejos, los tuteaba y, al enfadarse, los llamaba zoquetes y estúpidos. Esto le parecía a Andrei Efímich señorial, pero repugnante.
Lo primero de todo, Mijaíl Averiánich llevó a su amigo a la virgen de Iveria. Rezó fervorosamente, con profundas genuflexiones y lágrimas en los ojos, y al terminar lanzó un profundo suspiro y dijo:
– Aunque uno no sea creyente, parece que se queda más tranquilo cuando reza. Bese la imagen, querido.
Andrei Efímich se turbó e hizo lo que le decían.
Mijaíl Averiánich, a su vez, alargó los labios y, meneando la cabeza, bisbiseó una nueva oración; las lágrimas afluyeron de nuevo a sus ojos. Luego estuvieron en el Kremlin, donde vieron el «Cañón Rey» y la «Campana Reina», y hasta pasaron la mano por sus moles de bronce. Contemplaron las vistas que se abrían hacia Zamosko-vorechie y estuvieron en el templo del Salvador y en el museo de Rumiántsev.
Comieron en el restaurante de Téstov. Mijafi Averiánich examinó durante largo rato la carta, acariciándose las patillas, y dijo, con el tono del gastrónomo acostumbrado a sentirse en los restaurantes como en su casa:
– ¡A ver qué nos da hoy, amigo!

XIV
El doctor iba a un sitio y a otro, miraba, comía, bebía, pero siempre le dominaba un mismo sentimiento: el fastidio que Mijail Averiánich le producía.
Sentía deseos de descansar de su amigo, de evitarlo, de esconderse, pero su amigo se creía obligado a no separarse de él ni un solo paso y a procurarle el mayor número posible de distracciones. Cuando no había nada que ver, lo entretenía con su charla. Andrei Efímich aguantó dos días, pero al tercero manifestó que se encontraba indispuesto y quería quedarse el día entero en el hotel. Su amigo dijo que, en tal caso, también él se quedaría. En efecto,hacía falta descansar, pues de otro modo acabarían fatigados. Andrei Efímich se tumbó en el diván, de cara al respaldo, y, apretando los dientes, estuvo escuchando a su amigo, quien aseguraba con gran calor que Francia, tarde o temprano, acabaría por destrozar a Alemania; que en Moscú había muchos pillos, y que por el simple aspecto de un caballo no era posible apreciar sus cualidades. Al doctor empezaron a zumbarle los oídos, y tenía palpitaciones, pero, por delicadeza, no se atrevía a pedir a su amigo que se fuese o se callase. Afortunadamente, Mijaíl Averiánich acabó por aburrirse de estar en la habitación del hotel y después de comer salió a dar una vuelta.
Al quedarse solo, Andrei Efímich se entregó al sentimiento del descanso. ¡Qué agradable era permanecer inmóvil, echado en el diván, con la conciencia de que no había nadie más en el cuarto! Sin soledad, es imposible la verdadera dicha. El ángel caído traicionó probablemente a Dios porque sintió deseos de una soledad que los ángeles no conocen.
Andrei Efímich quería pensar en lo que había visto y oído en los últimos días, pero Mijaíl Averiánich no se le iba de la cabeza.
«Y lo cierto es que tomó sus vacaciones y vino conmigo por amistad, movido por un espíritu generoso -pensaba el doctor, irritado-. No hay nada peor que esta tutela de un amigo. Parece que es bueno, magnánimo y alegre, pero resulta aburrido. Insoportablemente aburrido. Lo mismo ocurre con las personas que siempre hablan de cosas inteligentes y buenas, pero que uno se da cuenta de que son unos tipos obtusos.»
Luego, los días siguientes, Andrei Efímich se fingió indispuesto para no salir de la habitación.
Permanecía tumbado en el diván, de cara a la pared, y sufría cuando su amigo trataba de distraerle a fuerza de conversación, o descansaba cuando el otro salía. Se irritaba consigo mismo, por haber emprendido el viaje, y con su amigo, que cada día se mostraba más hablador y desenvuelto. Le era imposible orientar sus pensamientos hacia algo serio y elevado.
«Es la realidad de que Iván Dmítrich hablaba – pensaba, enfadándose de su mezquindad -. Aunque todo esto es una estupidez… Cuando llegue a casa, todo volverá a su cauce … »
En Petersburgo ocurrió lo mismo: se pasaba el santo día en la habitación, tumbado en el diván, y sólo se levantaba para beber cerveza.
Mijaíl Averiánich no cesaba de insistir en que fuesen a Varsovia lo antes posible.
-¿Para qué voy a ir, amigo mío? -decía Andrei Efímich, con voz suplicante -. Vaya usted solo y déjeme volver a casa. ¡Se lo ruego!
-¡De ninguna manera! – protestaba Mijaíl Averiánich-.
Es una ciudad maravillosa. ¡En ella pasé los cinco años más felices de mi vida!
Andrei Efímich no era un hombre de carácter como para mantenerse firme, por lo que, haciendo de tripas corazón, fue a Varsovia. Allí tampoco salía de la habitación, permanecía tumbado en el diván y se irritaba consigo mismo, con su amigo y con los criados, que se resistían tenazmente a comprender el ruso. Mientras tanto, Mijaíl Averiánich, sano, animoso y jovial como de ordinario, recorría de la mañana a la noche la ciudad en busca de sus viejos conocidos. Alguna noche no durmió en el hotel.
Después de una de ellas, pasada Dios sabe dónde, volvió muy temprano en un estado de gran agitación, rojo y despeinado. Durante largo rato estuvo paseando de un rincón a otro, gruñendo para sus adentros; luego se detuvo y dijo:
-¡El honor ante todo!
Después de nuevas idas y venidas, se agarró la cabeza con ambas manos y dijo con voz trágica:
-¡Sí, el honor ante todo! ¡Maldito sea el minuto en que se me ocurrió venir a esta Babilonia! Querido mío – añadió, volviéndose hacia el doctor -, desprécieme: ¡he jugado y he perdido! ¡Deme quinientos rublos!
Andrei Efímich los contó y, en silencio, los entregó a su amigo. Este, rojo todavía de vergüenza y cólera, balbuceó un juramento incoherente e innecesario, se puso la gorra y salió a la calle. Al volver, dos horas más tarde, se desplomó en una butaca, dejó escapar un sonoro suspiro y dijo:
-¡Ha sido salvado el honor! ¡Vámonos, amigo mío! No quiero permanecer ni un minuto más en esta maldita ciudad. ¡Son unos granujas! ¡Unos espías austríacos!
Cuando los amigos regresaron a su ciudad, era ya noviembre y las calles estaban cubiertas con una profunda capa de nieve. El puesto de Andrei Efímich lo ocupaba el doctor Jobótov, quien vivía aún en la casa de antes, esperando que aquél volviese y dejase libre el piso del hospital. La mujer fea a la que él llamaba cocinera vivía ya en uno de los pabellones.
Por la ciudad corrían nuevos rumores acerca del hospital. Se decía que la mujer fea había reñido con el inspector y que éste se había arrastrado ante ella de rodillas, pidiendo perdón.
Al día siguiente de su regreso, Andrei Efímich tuvo ya que buscar nuevo alojamiento.
-Amigo mío – le dijo tímidamente el jefe de Correos perdóneme una pregunta indiscreta: ¿de qué recursos dispone?
Andrei Efímich contó en silencio su dinero y dijo:
-De ochenta y seis rublos.
-No me refiero a eso – insistió turbado Mijaíl Averiánich, que no había comprendido al doctor-.
Lo que le pregunto es de qué recursos dispone en general.
-Ya se lo he dicho: de ochenta y seis rublos…
No tengo nada más.
Mijaíl Averiánich tenía al doctor por una persona honrada y noble, pero, a pesar de todo, sospechaba que, por lo menos, dispondría de un capital de veinte mil rublos. Ahora, al saber que era un mendigo, que no tenía nada para vivir, rompió a llorar y abrazó a su amigo.

XV
Andrei Efímich se trasladó a una casita de tres ventanas, propiedad de la viuda de un menestral llamada Vielova. En ella no había más que tres habitaciones, sin contar la cocina. Dos de ellas, con ventanas a la calle, las ocupaba el doctor; en la tercera y en la cocina vivían Dáriushka y la dueña, con sus tres hijos. A veces acudía a pasar la noche el amante de la dueña, un borracho alborotador que atemorizaba a los niños y a Dáriushka. Cuando llegaba, se sentaba en la cocina y empezaba a pedir vodka. Aquello resultaba demasiado estrecho, y el doctor, movido por un sentimiento de compasión, se llevaba a los niños, que no cesaban de llorar, y los acostaba en su misma habitación, en el suelo, cosa que le producía gran satisfacción.
Seguía levantándose a las ocho y, después de tomar el té, se sentaba a leer sus viejos libros y revistas.
Para comprar nuevos, ya no tenía dinero. Y fuese porque los libros eran viejos o, acaso, porque el ambiente era distinto, la lectura ya no le atraía como antes y le fatigaba. Al objeto de no caer en una ociosidad completa, se dedicó a componer un catálogo completo de sus libros y a pegar las etiquetas correspondientes en los lomos, y este trabajo, mecánico y meticuloso, le resultó más interesante que la lectura. Con su monotonía y minuciosidad, le distraía de un modo incomprensible.
No pensaba en nada y el tiempo pasaba con rapidez.
Le resultaba entretenido hasta pelar patatas con Dáriuslika en la cocina, o limpiar el alforfón. Los sábados y domingos iba a la iglesia. De pie junto a la pared y con los ojos cerrados, escuchaba el canto y pensaba en sus padres, en la Universidad, en las religiones; se sentía tranquilo y triste, y luego, al salir del templo, lamentaba que los oficios hubieran terminado tan pronto.
Estuvo un par de veces en el hospital para visitar a Iván Dmítrich y charlar un rato con él. Pero en ambas ocasiones Iván Dmitrich se mostró muy excitado y colérico; le pidió que le dejase tranquilo, pues le fastidiaban las charlas vacías, y dijo que la única recompensa que pedía a los malditos canallas, por todos sus sufrimientos, era que lo recluyesen donde no hubiera nadie. ¿Es que le iban a negar hasta eso? Cuando Andrei Efímich se despidió de él, las dos veces, deseándole buenas noches, el otro le mostró los dientes y dijo:
-¡Váyase al diablo!
Y Andrei Efímich no sabía ahora si ir una tercera vez. Lo cierto es que sentía deseos de hacerlo.
Antes, terminada la comida, Andrei Efímich daba un paseo por las habitaciones y pensaba; ahora, desde la comida al té de la tarde, permanecía tumbado en el diván, vuelto hacia la pared, y se entregaba a unos pensamientos mezquinos que no podía apartar de su cabeza. Le molestaba que, después de más de veinte años de servicio, no le hubiesen concedido una pensión, ni siquiera un subsidio.
Cierto que no había trabajado a conciencia, pero la pensión la concedían sin excepción a todos los funcionarios, lo mismo si eran honestos que si no lo eran. Porque la justicia moderna consistía precisamente en recompensar con honores, condecoraciones y pensiones no las cualidades morales ni la capacidad, sino el hecho de haber ejercido un cargo, cualquiera que fuese. ¿Por qué debía ser él una excepción?
Se le había acabado el dinero. Le daba vergüenza pasar junto a la tienda y mirar a la dueña. Le debía ya treinta y dos rublos de cerveza. También estaba en deuda con la Vielova. Dáriushka vendía disimuladamente los trajes viejos y los libros y engañaba a la dueña de la casa, diciendo que el doctor iba a recibir pronto una importante suma.
Se enfadaba consigo mismo por haber gastado en el viaje los mil rublos que tenía ahorrados. ¡Qué bien le vendrían ahora! Le molestaba que no le dejasen en paz. Jobótov se creía en la obligación de visitar de tarde en tarde a su colega enfermo. Todo él le causaba repugnancia a Andreí Efímich: la satisfecha cara, su tono indulgente, la palabra «colega», las botas altas; lo que más le molestaba era que se considerase en el deber de tratar a Andrei Efímich y pensase que, en efecto, lo estaba curando. Cada vez le traía un frasco de bromuro potásico y píldoras de ruibarbo.
También Mijaíl Averiánich se creía en el deber de visitar y distraer a su amigo. Entraba siempre con una afectada desenvoltura, reía forzadamente y trataba de hacerle creer que tenía muy buen aspecto y que las cosas, gracias a Dios, iban mejorando, de lo que podía deducirse que consideraba desesperada la situación de su amigo. No le había devuelto la deuda de Varsovia, se sentía violento, abrumado por la vergüenza, y por esto trataba de reír con más fuerza y de contar las cosas más chistosas. Sus anécdotas y cuentos parecían ahora interminables y resultaban un tormento lo mismo para Andrei Efímich que para él mismo.
Cuando estaba presente, Andrei Efímich se sentaba en el diván, de cara a la pared, y escuchaba apretando los dientes. En su alma se iban depositando capas de un sentimiento de resquemor, y después de cada visita de su amigo sentía que el resquemor iba subiendo, hasta llegarle a la garganta.
Para acallar los sentimientos mezquinos, trataba de pensar que él mismo, y Jobótov, y Mijaíl Averiánich, acabarían por morir tarde o temprano, sin dejar en la naturaleza la menor huella de su paso. Si dentro de un millón de años pasaba junto al globo terrestre, en el espacio, un espíritu, lo único que vería sería tierra y rocas desnudas. Todo -la cultura y las leyes morales- habría desaparecido; no crecerían ni siquiera cardos. ¿Qué importaban la vergüenza ante el tendero, el minúsculo Jobótov, la pesada amistad de Mijaíl Averiánich? Todo esto no era más que un absurdo, tonterías.
Pero tales reflexiones no le servían ya de nada.
Apenas empezaba a imaginarse lo que sería el globo terrestre dentro de un millón de años, cuando de detrás de una roca desnuda aparecía Jobótov con sus botas altas, o Mijaíl Averiánich con su forzada risa. Hasta creía oír un murmullo avergonzado: «La deuda de Varsovia, querido, se la pagaré uno de estos días… Sin falta.»

XVI
Un día, Mijaíl Averiánich llegó después de la comida, cuando Andrei Efímich estaba tumbado en el diván. Las cosas rodaron de tal manera, que de ahí a poco se presentó Jobótov con el bromuro potásico. Andrei Efímich se incorporó pesadamente y se sentó, apoyando ambas manos en el diván.
-Hoy, querido – empezó Mijaíl Averiánich -, tiene usted mucho mejor aspecto que ayer. ¡Lo encuentro muy bien! ¡De veras que lo encuentro muy bien!
-Ya es hora de echar el mal pelo, colega – dijo Jobótov-. De seguro que usted mismo está harto de tanto lío.
-¡Nos curaremos! -exclamó jovialmente Mijaíl Averiánich-. ¡Aún viviremos cien años! ¡Como se lo digo!
-No digo cien, pero sí veinte trató Jobótov de consolarle -. No es nada, no es nada, colega, no hay motivo para abatirse… No vea las cosas tan negras.
-¡Todavía se verá de qué somos capaces! -añadió Mijaíl Averiánich, lanzando una risotada, y dio unas palmadas en la rodilla de su amigo -. ¡Aún daremos que hablar! El próximo verano, si Dios quiere, iremos al Cáucaso y lo recorreremos a caballo. Y a la vuelta del Cáucaso, si nos descuidamos, celebraremos la boda -y Mijaíl Averiánich hizo un guiño malicioso-. Lo casaremos, querido amigo, lo casaremos…
Andrei Efímich sintió de pronto que el sedimento le subía a la garganta. El corazón empezó a latirle precipitadamente.
-¡Esto es chabacano! -exclamó, levantándose rápidamente y retirándose a la ventana-. ¿No comprenden que lo que dicen resulta chabacano?
Quería seguir en tono cortés, pero, contra su voluntad, apretó los puños y los levantó por encima de la cabeza.
-¡Déjenme! -gritó con voz descompuesta, congestionado y temblando-. ¡Fuera! ¡Fuera los dos, los dos!
Mijaíl Averiánich y Jobótov se pusieron en pie y se le quedaron mirando, primero perplejos y después con miedo.
-¡Fuera los dos! -prosiguió gritando Andrei Efímich-. ¡Son unos torpes, unos estúpidos! ¡No necesito ni tu amistad ni tus medicinas, imbécil! ¡Qué chabacano es esto! ¡Qué asco!
Jobótov y Averiánich se miraron desconcertados, recularon hacia la puerta y salieron al zaguán.
Andrei Efímich agarró el frasco del bromuro y se lo tiró. El frasco se rompió con estrépito en el umbral.
-¡Váyanse al diablo! -gritó él con voz llorosa, saliendo al zaguán- ¡Al diablo!
Cuando se quedó solo, Andrei Efímich, temblando como si sufriese un ataque de calentura, se tendió en el diván y siguió repitiendo largo rato:
-¡Estúpidos! ¡Son unos estúpidos!
Cuando se hubo calmado, lo primero que pensó fue que el pobre Mijaíl Averiánich debía de sentir un bochorno terrible y que todo esto era espantoso.
Nunca le había ocurrido antes nada semejante.
¿Dónde estaban la inteligencia y el tacto? ¿Dónde estaban la comprensión de las cosas y ecuanimidad filosófica?
El bochorno y el enfado contra sí mismo le impidieron dormir en toda la noche. Por la mañana, hacia las diez, se dirigió a la oficina de Correos y presentó sus excusas a Mijaíl Averiánich.
-No recordemos lo ocurrido – dijo éste, conmovido y lanzando un suspiro, apretándole la mano-. Olvidémoslo. ¡Liubavkin! – gritó de pronto, de tal modo que todos los empleados y el público se estremecieron-. Trae una silla. ¡Y tú espera! – gritó a una mujer que a través de la ventanilla le alargaba una carta para certificar -. ¿No ves que estoy ocupado?
No recordemos lo pasado – prosiguió en tono cariñoso, dirigiéndose a Andrei Efímich-. Siéntese, querido, se lo ruego encarecidamente. Durante unos instantes, en silencio, se acarició las rodillas y luego dijo:
-Ni siquiera se me había ocurrido enfadarme con usted. Una enfermedad no es nada agradable, lo comprendo. Su explosión de ayer nos asustó al doctor y a mí, y luego estuvimos hablando de usted largo rato. Querido mío, ¿por qué se resiste a tomar en serio su enfermedad? ¿Es esto posible? Perdóneme mi amistosa franqueza – balbuceó Mijaíl Averiánich -. Usted vive en un ambiente que no puede ser más desfavorable: estrechez, suciedad; no le cuidan, carece de recursos para tratarse… Querido amigo, el doctor y yo se lo suplicamos de todo corazón; atienda nuestro consejo: ¡intérnese en el hospital!
Allí tendrá buena alimentación, cuidados, le pondrán en tratamiento. Evgueni Fiódorich, dicho sea entre nosotros, sabe lo que se lleva entre manos y se puede confiar en él por completo.
Me ha dado palabra de que se ocupará de usted.
Andrei Efímich se sintió conmovido por el sincero interés y las lágrimas que de pronto brillaron en las mejillas del jefe de Correos.
-¡No lo crea, mi estimado amigo! – murmuró, llevándose la mano al corazón-. ¡No lo crea! ¡Es un engaño! Mi única enfermedad es que, después de veinte años, no he encontrado en toda la ciudad más que a un hombre inteligente, y éste está loco.
No hay enfermedad alguna; sencillamente, he caído en un círculo vicioso del que no hay salida. Pero todo me es lo mismo, estoy dispuesto a lo que sea.
-Ingrese en el hospital, querido.
-Me es lo mismo, aunque sea en la cárcel.
-Deme su palabra de que obedecerá en todo a Evgueni Fiódorich.
-Como quiera, le doy mi palabra, pero le repito que he caído en un círculo vicioso. Todo, hasta el sincero interés de mis amigos, conduce ahora a una cosa: a mi perdición. Me pierdo y tengo el valor de reconocerlo.
-Se repondrá, querido.
-¿Para qué decir esto? – replicó Andrei Efímich, irritado-. Muy pocas personas no sienten al fin de su vida lo que yo siento ahora. Cuando le digan algo de los riñones o del corazón dilatado y usted se ponga en cura, o si le dicen que está loco o es un criminal, en una palabra, cuando la gente le preste atención, ha de saber que ha caído en un círculo vicioso del que ya no podrá salir. Cuanto más se esfuerce en hacerlo, más se extraviará. Es preferible que se rinda, porque ningún esfuerzo humano podrá salvarle.
Así es como pienso.
Entre tanto, ante la ventanilla iba aumentando el público. Para no ser un estorbo, Andrei Efímich se puso en pie y se despidió. Mijaíl Averiánich le hizo dar de nuevo su palabra de honor y le acompañó
hasta la puerta de la calle.
Aquella misma tarde se presentó en su casa Jobótov, con su pelliza y sus botas altas, y le dijo en un tono como si la víspera no hubiese ocurrido nada:
-Tengo que consultarle un asunto, colega. ¿Quiere venir conmigo?
Pensando que Jobótov trataba de distraerle con un paseo, o acaso de proporcionarle la ocasión de ganar algo, Andrei Efímich se puso el abrigo y salió con él a la calle. Le alegraba la oportunidad de poder reparar su culpa de la víspera y en el fondo de su alma estaba agradecido de Jobótov, quien ni siquiera había hecho mención del incidente y, al parecer, le había perdonado. De un hombre tan inculto era difícil esperar tanta delicadeza.
-¿Dónde está el enfermo? – preguntó Andrei Efímich.
-En el hospital. Hace tiempo que quería que usted lo viera… Es un caso interesantísimo.
Entraron en el patio del hospital y, sin acercarse al pabellón principal, se dirigieron al de los locos. Y todo esto en silencio. Al entrar, Nikita, según su costumbre, se puso de pie de un salto y quedó en posición de firmes.
-Se ha producido una complicación en los pulmones – dijo a media voz Jobótov, entrando con Andrei Efímich en la sala-. Espere aquí; ahora vuelvo, voy a buscar el fonendoscopio.
Y salió.

XVII
Ya anochecía. Iván Dmítrich estaba tumbado en su camastro, con la cara hundida en la almohada; el paralítico, inmóvil, lloraba dulcemente y movía los labios. El mujik gordo y el antiguo seleccionador de cartas dormían. La calma era completa.
Andrei Efímich se había sentado en la cama de Iván Dmítrich y esperaba. Pero transcurrió media hora y, en vez de Jobótov, en la sala entró Nikita, que traía una bata, ropa interior y unos zapatos.
-Tenga la bondad de vestirse, señoría – dijo a media voz-. Aquí tiene su cama, venga -añadió, indicando un camastro vacío que, al parecer, habían traído poco antes-. No es nada; Dios querrá que recobre la salud.
Andrei Efímich lo comprendió todo; sin decir una sola palabra, se trasladó al camastro que Nikita le indicaba y se sentó en él. Al ver que el guardián seguía ante él esperando, se desnudó por completo y le invadió una sensación de vergüenza. Luego se puso la ropa del hospital; los calzoncillos le estaban cortos, y la camisa, larga; la bata olía a pescado ahumado.
-Dios querrá que recobre la salud – repitió Nikita.
Recogió la ropa de Andrei Efímich, salió y cerró la puerta tras él.
«Es lo mismo… – pensó Andrei Efímich, envolviéndose avergonzado en la bata y advirtiendo que con su nueva indumentaria ofrecía el aspecto de un preso-. Es lo mismo… Da igual un frac que un uniforme o que esta bata … »
Pero ¿y el reloj? ¿Y el cuaderno de notas que guardaba en el bolsillo? ¿Y los cigarrillos? ¿Qué había hecho Nikita de la ropa? Ahora, probablemente, no volvería a ponerse un pantalón, un chaleco ni unas botas. Todo esto parecía extraño y hasta incomprensible en un primer momento. Andrei Efímich seguía convencido de que entre la casa de la Vielova y la sala número seis no había diferencia alguna, que en este mundo todo era un absurdo, vanidad de vanidades; pero las manos le temblaban, los pies se le quedaban fríos y le producía horror pensar que Iván Dmítrich se levantaría pronto y le vería con semejante bata. Se puso en pie, dio unas vueltas y se sentó de nuevo.
Así estuvo media hora, una hora. Aquello le cansaba hasta producirle una sensación de angustia.
¿Sería posible pasar allí un día, una semana, incluso años, como aquella gente? Siguió sentado, se levantó de nuevo para dar un paseo y volvió a sentarse.
Podía acercarse a mirar por la ventana y reemprender sus paseos de un rincón a otro. ¿Y después? ¿Seguir allí eternamente, como una estatua, y pensar? No, apenas sería posible.
Andrei Efímich se tendió en la cama, pero inmediatamente se puso en pie, se limpió con la manga el sudor frío de la frente y notó que toda la cara le olía a pescado ahumado. De nuevo volvió a sus paseos.
-Aquí hay un malentendido… – articuló, abriendo perplejo los brazos-. Hay que poner en claro las cosas, se trata de una confusión…
En este momento se despertó Iván Dmítrich. Se sentó y apoyó la cara en los dos puños. Lanzó un escupitajo. Luego, perezosamente, miró al doctor, sin que en un primer momento pareciera haber comprendido nada. Pero pronto su semblante soñoliento adquirió una expresión rencorosa y burlona.
-¡Hola! ¿También a usted le han encerrado, amigo? – dijo con una voz ronca, como de quien acaba de despertarse, y guiñando un ojo -. Lo celebro mucho.
Antes chupaba usted la sangre de la gente y ahora le chuparán la suya. ¡Magnífico!
-Se trata de un mal entendido… – murmuró Andrei Efímich, a quien las palabras de Iván Dmítrich habían asustado-. Es un mal entendido… – repitió, encogiéndose de hombros.
Iván Dmítrich lanzó otro escupitajo y se tumbó.
– ¡Maldita vida! – gruñó-. Y lo peor de todo es que no terminará con una recompensa por calamidades sufridas, no con una apoteosis, como en la ópera, sino con la muerte. Vendrán los mozos del hospital, agarrarán al muerto de los brazos y las piernas y se lo llevarán al sótano. ¡Brrr! ¡Qué le vamos a hacer! … Por el contrario, en el otro mundo tendremos nuestra fiesta… Desde el otro mundo vendré aquí como una sombra y asustaré a estos canallas. Haré que les salgan canas.
Volvió Moiseika y, al ver al doctor, alargó la mano.
-Dame un kópek -dijo.

XVIII
Andrei Efímich se retiró a la ventana y se quedó mirando el campo. Ya había oscurecido y en el horizonte, por la derecha, asomaba una luna fría y rojiza.
No lejos de la valla del hospital, todo lo más a cien brazas, se levantaba un edificio alto y blanco, circundado por un muro. Era la cárcel.
« ¡Esa es la realidad! », pensó Andrei Efímich, y sintió miedo.
Le producían miedo la luna y la cárcel, y los clavos de la valla, y la lejana llama de una fábrica. Andrei Efímich oyó un suspiro a sus espaldas. Se volvió y vio a un hombre, con resplandecientes estrellas y condecoraciones en el pecho, que sonreía y guiñaba maliciosamente el ojo. También esto le produjo miedo.
Se dijo que en la luna y en la cárcel no había nada de particular, que las personas psíquicamente sanas ostentan también condecoraciones y que, con el tiempo, todo se pudriría y se convertiría en polvo.
Pero de pronto la desesperación se apoderó de él, se aferró con ambas manos a la reja y la sacudió con todas sus fuerzas. Los sólidos barrotes no cedieron.
Luego, tratando de disipar sus temores, se acercó al camastro de Iván Dmítrich y se sentó en él.
-Me noto muy decaído, querido – balbuceó,
temblando y secándose el sudor frío-. Muy decaído.
-Dedíquese a sus filosofías -replicó en tono de burla Iván Dmítrich.
-Dios mío, Dios mío… Sí, sí… Decía usted que en Rusia no hay filosofía, pero que filosofan todos, hasta la morralla. Pero que la morralla filosofe no causa daño a nadie – dijo Andrei Efímich, como si sintiese ganas de llorar y mover a compasión-. ¿A qué se debe esa risa rencorosa, querido? ¿Y cómo no va a filosofar esta morralla, si se siente descontenta?
El hombre inteligente, culto, orgulloso y libre, semejante a Dios, no tiene otro recurso que ir de médico a una ciudad de mala muerte, sucia y estúpida, y recetar toda su vida ventosas, sanguijuelas y sinapismos. ¡Charlatanería, estrechez de miras, vulgaridad! ¡Oh, Dios mío!
-Eso son estupideces. Si no le agradaba la carrera de médico, podía haberse hecho ministro.
-Nada, nada es posible. Somos débiles, querido…
Yo me mostraba indiferente, razonaba con buen ánimo y sensatez, pero, desde que la vida ha puesto en mí su mano grosera, me siento decaído…
sumido en la postración… Somos débiles, no valemos para nada … Y usted también, querido. Usted es inteligente y noble; con la leche materna entraron en usted buenos propósitos, pero, apenas dio los primeros pasos en la vida, se fatigó y cayó enfermo…
¡Somos débiles, débiles!
Algo de lo que no podía verse libre, además del miedo y de un sentimiento de ofensa, no cesaba de inquietar a Andrei Efímich desde que había oscurecido.
Acabó por darse cuenta de que quería tomar cerveza y fumar.
-Voy a salir, querido – dijo-. Diré que traigan una vela… No puedo seguir así.. . en esta situación…
Andrei Efímich se acercó a la puerta y la abrió, pero inmediatamente Nikita se puso en pie de un salto y le cerró el paso.
-¿Adónde va? ¡No se puede salir! – dijo-. Ya es hora de dormir.
-Es sólo un momento; quiero dar una vuelta por el patio -explicó Andrei Efímich, estupefacto.
-No se puede, no está permitido. Usted mismo lo sabe.
Nikita cerró la puerta de un portazo y la sujetó apretando con la espalda.
-¿Qué daño voy a causar a nadie, si salgo? – preguntó Andrei Efímich, encogiéndose de hombros -.
¡No comprendo! ¡Nikita, debo salir! -añadió con voz trémula- ¡Necesito salir!
-No escandalice; eso no está bien -dijo Nikita sentenciosamente.
– ¡El diablo sabe qué es esto! – estalló de pronto Iván Dmítrich, levantándose-. ¿Qué derecho tiene a no dejarle salir? ¿Cómo se atreven a tenernos encerrados aquí? Creo que la ley lo dice bien claro: nadie puede ser privado de la libertad sin sentencia de los tribunales. ¡Esto es una violencia! ¡Una arbitrariedad!
-¡Claro que es una arbitrariedad! – repitió Andrei Efímich, estimulado por los gritos de Iván Dmítrich-. ¡Necesito salir, debo salir! ¡No tiene derecho a impedírmelo! ¡Te he dicho que me dejes salir!
-¿Lo oyes, bestia? – gritó Iván Dmítrich, y empezó a descargar puñetazos en la puerta- ¡Abre o hecho la puerta abajo! ¡Criminal!
– ¡Abre! – gritó Andrei Efímich, temblando-. ¡Lo exijo!
– ¡Sigue! -contestó Nikita al otro lado de la puerta-. ¡Sigue y verás!
-Por lo menos, dile a Evgueni Fiódorich que venga. Dile que yo se lo ruego… No es más que un minuto.
-El mismo vendrá mañana sin necesidad de que le llamen.
-¡No nos soltarán nunca! -prosiguió, entre tanto, Iván Dmítrich ¡Harán que nos pudramos aquí! ¡Oh, Dios mío! ¿Será posible que en el otro mundo no haya infierno y que estos miserables sean perdonados?
¿Dónde está la justicia? ¡Abre, canalla; no puedo respirar! -gritó con voz ronca, y se lanzó contra la puerta-. ¡Te voy a romper la cabeza! ¡Asesinos!
Nikita abrió la puerta de un tirón, dio un fuerte empujón a Andrei Efímich con las manos y la rodilla y le descargó un puñetazo en la cara. Andrei Efímich creyó que una enorme ola de agua salada le había envuelto y le arrastraba hasta el camastro. En efecto, en la boca notaba un sabor salado: debía de ser sangre de las muelas. Como si tratase de salir a flote, agitó los brazos y se agarró a una cama, al mismo tiempo que sentía que Nikita le daba otros dos puñetazos en la espalda.
Iván Dmítrich lanzó un fuerte grito. También debían de pegarle.
A continuación todo quedó en silencio. La escasa luz de la luna entraba por entre los barrotes y sobre el suelo se proyectaba una sombra parecida a una red. Aquello era horrible. Andrei Efímich se
tumbó, conteniendo la respiración; esperaba espantado que le golpeasen de nuevo. Era como si alguien le hubiera clavado una hoz, removiéndola varias veces en su pecho y su vientre. El dolor le hizo morder la almohada y apretar los dientes, cuando de pronto, entre el caos reinante en su cabeza, brilló con claridad el pensamiento, terrible e insoportable, de que ese mismo dolor debieron de sufrirlo años enteros, día tras día, aquellos hombres que ahora, a la luz de la luna, parecían unas sombras negras. ¿Cómo pudo ocurrir que durante más de veinte años no se hubiese enterado ni hubiese querido saber nada de esto? No sabía, no tenía noticia de ese dolor; lo que quiere decir que no era culpable.
Pero la conciencia, tan cerca y ruda como Nikita, le hizo sentir frío de los pies a la cabeza. Se puso en pie, quiso gritar con todas sus fuerzas y correr para matar a Nikita, y luego a Jobótov, al inspector y al practicante; después se quitaría él mismo la vida. Pero de su pecho no salió sonido alguno y las piernas no le obedecieron. Jadeante, se arrancó del pecho la bata y la camisa, las desgarró y, perdido el conocimiento, cayó sobre el camastro.

XIX
A la mañana siguiente le dolía la cabeza, le zumbaban los oídos y sentía malestar general. No le producía vergüenza recordar su debilidad de la víspera.
Se había mostrado pusilánime, se había asustado hasta de la luna y había expresado sinceramente ideas y sentimientos que jamás sospechó en él. Por ejemplo, la idea de la insatisfacción de la morralla filosofante. Pero ahora todo le era lo mismo.
Sin comer ni beber, yacía inmóvil y en silencio.
«Todo me es lo mismo – pensaba cuando le preguntaban algo-. No contestaré… Me da igual.»
Después de la comida llegó Mijaíl Averiánich, que le traía un paquete de té y una libra de mermelada.
También estuvo Dáriushka, que permaneció de pie junto a la cama toda una hora con una expresión de sorda amargura en el rostro. Estuvo el doctor Jobótov, quien trajo un frasco de bromuro y ordenó a Nikita que ventilase la sala.
Andrei Efímich murió a media tarde de un ataque de apoplejía. Primero notó grandes escalofríos y náuseas; le pareció que algo repugnante se extendía por todo su cuerpo, hasta por los dedos, algo que, subiendo del estómago, le llegaba hasta la cabeza y le inundaba los ojos y los oídos. Le pareció que lo veía todo verde. Andrei Efímich comprendió que había llegado su fin y recordó que Iván Dmítrich, Mijaíl Averiánich y millones de personas creían en la inmortalidad. ¿Y si de pronto resultaba que existía?
Pero él no la deseaba; sólo pensó en ella un instante.
Una manada de ciervos de excepcional gracia y belleza, cuya descripción había leído la víspera, pasó junto a él; luego una mujer tendió hacia él la mano con una carta certificada… Mijaíl Averiánich dijo algo. Luego desapareció todo y Andrei Efímich perdió la noción de las cosas para siempre.
Llegaron unos mozos del hospital, lo agarraron de los brazos y las piernas y lo llevaron a la capilla.
Allí se quedó sobre una mesa, con los ojos abiertos, iluminado por la luna. Por la mañana acudió Serguei Serguéich, oró devotamente ante el crucifijo y cerró los ojos del que había sido su jefe.
Al otro día se celebró el entierro. Sólo asistieron a él Mijaíl Averiánich y Dáriushka.