LABORATORIO DE NARRACIÓN ORAL DE UN DÍA.              SOBRE KAWABATA YASUNARI

EL SÁBADO 1 DE OCTUBRE DE 10 A 13 HS. EN BULNES 892

Te invitamos a conocer a este maestro de la sensibilidad narrativa.

Un taller de tres horas y con mi método de trabajo se llevan  un cuento 

listo para contar

son talleres abiertos para todos. 

Kawabata Yasunari. Primer premio Nobel de Japón. 

Abajo, algunas notas sobre el autor y fragmentos de sus libros.
“Entonces oyó la montaña. No era el viento. Con la luna casi llena y la humedad en el aire bochornoso, la hilera de árboles que dibujaba la silueta de la montaña estaba borrosa, inmóvil. (…) Era como el viento lejano, pero con la profundidad de algo que retumbara en el interior de la tierra. Sospechando que podía tratarse de un zumbido en sus oídos, Shingo sacudió la cabeza. En ese instante, el sonido se interrumpió y, de repente, tuvo miedo. Sintió un escalofrío, como un anuncio de que la muerte se aproximaba. Quería preguntarse, con calma y determinación, si había sido el sonido del viento, el rumor del mar o un zumbido dentro de sus oídos. Pero había sido otra cosa, de eso estaba seguro. Había sido la montaña”

EL SONIDO DE LA MONTAÑA.

País de Nieve…
“Al empezar la novela, Shimamura viaja en tren en dirección al País de Nieve, la zona oeste de Japón, quizá el lugar donde cae más nieve del mundo. Vuelve siguiendo el recuerdo de una jovencita, de nombre Komako, que conoció anteriormente en su estancia en una estación termal. La casualidad quiso que la aprendiz de geisha prestara su inexperiencia a los servicios de Shimamura y que en estas circunstancias ambos quedaran impresionados. El País de Nieve, nos es presentado, pues, por la mirada distante de este capitalino que, pese a su decidida introducción a admirar la exhuberancia limpia y el exotismo que ofrece aquel paraje tan distinto a la ciudad, no deja de hacerlo con timidez, simple curiosidad y atento a no adentrarse demasiado, como un turista convencido.
El carácter voyerista de nuestro protagonista queda resaltado en las primeras páginas de la novela en las que observa a través de reflejo de la ventana del tren a otra joven de sorprendente belleza, la perturbadora Yoko, que posteriormente descubriremos como compañera de trabajo de Komako. El autor nos entrega así el trasfondo de su novela, nos revela su exaltación por la belleza de la vida y cultura rural japonesa que es una constante en su obra”.

Muchos de los relatos de Yasunari Kawabata se dividen en párrafos aislados. Como en general nunca son demasiado largos se producen blancos sobre el papel. Por lo tanto uno tiende a considerar que cada párrafo consiste en un momento particular de la historia o una nueva escena aislada e independiente, pero esta impresión visual choca con la naturaleza del discurso, cuya reticencia narrativa, junto con su predilección por las situaciones genéricas, o más bien generales, aunque inevitablemente unidas por la escasez de elementos y la parquedad de las acciones, tiende a la concentración. El resultado es un vacío persistente y un enigma, digamos, conceptual”
   


EL MAESTRO DE GO

“Uragami es la representación de Kawabata en El maestro de Go, personaje que desarrolla una filiación circunstancial con el maestro, ambos sufren el vacío de la muerte. Siendo niño, Kawabata pierde su familia, siendo viejo el maestro ve como agoniza su arte y él se convierte en una reliquia: “En esa figura que caminaba abstraída después del juego había una tristeza que era de otro mundo. El Maestro me pareció una reliquia legada por Meiji”.
El final del juego y la derrota del maestro sugieren que la vida de este artista que ha sido “victima de su arte”, queda privada de su vocación por la modernidad y como resultado: “Podría decirse que, finalmente, junto con el juego se apagó la vida del Maestro. No se recuperó, y transcurrido poco más de un año estaba muerto”.
Huérfano desde su niñez, Kawabata se calificaba a sí mismo como “Un niño sin familia y sin hogar”. Hay un punto del relato en el que puedo ingenuamente especular, a Kawabata le confunde ver cómo la cultura japonesa es suplantada y los convierte a él y especialmente al maestro Shusai en huérfanos de la tradición. Un hombre se recupera de la muerte de un familiar, pero debe quedar aturdido al ver como es sepultada su tradición. En estas condiciones la racionalidad es desplazada.”

Las fotos son gentileza de Amaya Arruabarrena.

La narradora es mi compañera Keiko Kuratsu.

Cesare Pavese. Creación

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Cesare Pavese.

Creación

Estoy vivo y he sorprendido las estrellas en el alba.
Mi compañera continúa durmiendo y lo ignora.
Mis compañeros duermen todos. La clara jornada
se me revela más limpia que los rostros aletargados.

A distancia, pasa un viejo, camino del trabajo
o a gozar la mañana. No somos distintos,
idéntica claridad respiramos los dos
y fumamos tranquilos para engañar el hambre.
También el cuerpo del viejo debería ser sano
y vibrante -ante la mañana, debería estar desnudo.

Esta mañana la vida se desliza por el agua
y el sol: alrededor está el fulgor del agua
siempre joven; los cuerpos de todos quedarán al
descubierto.
Estarán el sol radiante y la rudeza del mar abierto
y la tosca fatiga que debilita bajo el sol,
y la inmovilidad. Estará la compañera
-un secreto de cuerpos. Cada cual hará sentir su
voz.
No hay voz que quiebre el silencio del agua
bajo el alba. Y ni siquiera nada que se estremezca
bajo el cielo. Sólo una tibieza que diluye las estrellas.
Estremece sentir la mañana que vibre,
virgen, como si nadie estuviese despierto.

…..

El paraíso sobre los tejados…

Será un día tranquilo, de luz fría
como el sol que nace o muere, y el cristal
cerrará el aire sucio fuera del cielo.

Se nos despierta una mañana, una vez para siempre,
en la tibieza del último sueño: la sombra
será como la tibieza. Llenará la estancia,
por la gran ventana, un cielo más grande.
Desde la escalera, subida una vez para siempre,
no llegarán voces, ni rostros muertos.

No será necesario dejar el lecho.
Sólo el alba entrará en la estancia vacía.
Bastará la ventana para vestir cada cosa
con una tranquila claridad, casi una luz.
Se posará una sombra descarnada sobre el rostro sumergido.

Será los recuerdos como grumos de sombra
aplastados como las viejas brasas
en el camino. 

ESSENNA. Escuela Sensible de Narración.

“Absoluta libertad de movimientos, realismo”  “No una perfección estática” “Conocimiento profundo de los personajes que habitan el texto”

Mis talleres. Pedro Parcet.

Cesare Pavese – Años

Cesare Pavese (Italia, 1908-1940)

Maestro de la narrativa.

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Años

De lo que era yo entonces no queda nada: apenas hombre, era aún un crío. Lo sabía hacía tiempo, pero todo ocurrió a finales del invierno, una tarde y una mañana. Vivíamos juntos, casi escondidos, en una habitación que daba a una avenida. Silvia me dijo esa noche que tenía que irme, o irse ella -ya no teníamos nada que hacer juntos. Le supliqué que dejara que probáramos de nuevo; estaba tumbado a su lado y la abrazaba.

Ella me dijo:

-¿Con qué finalidad? -Hablábamos en voz baja, a oscuras.

Luego Silvia se durmió, y yo tuve hasta la mañana una rodilla pegada a la suya. Apareció la mañana como había aparecido siempre, y hacía mucho frío; Silvia tenía el pelo sobre los ojos y no se movía. En la penumbra yo miraba pasar el tiempo, sabía que pasaba y corría, y que afuera había niebla. Todo el tiempo que había vivido con Silvia en aquella habitación era como un solo día y una noche, que ahora terminaba por la mañana. Entonces comprendí que nunca volvería a salir conmigo entre la niebla fresca.

Era mejor que me vistiera y me marchase sin despertarla. Pero ahora tenía en la cabeza una cosa que preguntarle. Esperé, intentando adormilarme.

Cuando estuvo despierta, Silvia me sonrió. Seguimos hablando. Ella dijo:

-Es bonito ser sinceros, como nosotros.

-¡Oh, Silvia! -susurré-, ¿qué haré al salir de aquí? ¿Adónde iré?

Era eso lo que tenía que preguntarle. Sin apartar la nuca del almohadón, ella sonrió de nuevo, beatífica.

-Bobo -dijo-, irás a donde quieras. ¿No es hermoso ser libre? Conocerás a muchas chicas, harás todas las cosas que quieras. Te envidio, palabra.

Ahora la mañana llenaba el cuarto y sólo había un poco de calor en la cama. Silvia esperaba paciente.

-Tú eres como una prostituta -le dije- y siempre lo has sido.

Silvia no abrió los ojos.

-¿Estás mejor ahora que lo has dicho? -me dijo.

Entonces me quedé como si ella no estuviera, y miraba al techo y lloraba sin ruido. Las lágrimas me llenaban los ojos y corrían por la almohada. No valía la pena que se diera cuenta.

Mucho tiempo ha pasado, y ahora sé que aquellas lágrimas mudas fueron la única cosa de hombre que hice con Silvia; sé que lloraba no por ella sino porque había entrevisto mi destino. De lo que era yo entonces no queda nada. Queda sólo que había comprendido quién sería en el futuro.

Luego Silvia me dijo:

-Ya basta. Tengo que levantarme.

Nos levantamos juntos, los dos. No la vi vestirse. Estuve pronto en pie, a la ventana; y miraba vislumbrarse las plantas. Detrás de la niebla estaba el sol, el sol que tantas veces había entibiado el cuarto. También Silvia se vistió pronto, y me preguntó si no me llevaba mis cosas. Le dije que primero quería calentar el café, y encendí el hornillo.

Silvia, sentada al borde de la cama, se puso a arreglarse las uñas. En el pasado se las había arreglado siempre en la mesa. Parecía abstraída y el pelo le caía continuamente sobre los ojos. Entonces daba sacudidas con la cabeza y se liberaba. Yo deambulé por el cuarto y recogí mis cosas. Hice un montón sobre una silla y de repente Silvia saltó en pie y corrió a apagar el café que se derramaba.

Luego saqué la maleta y metí las cosas. Mientras tanto, por dentro me esforzaba en recoger todos los recuerdos desagradables que tenía de Silvia: sus futilidades, sus malos humores, sus frases irritantes, sus arrugas. Eso me llevaba de su cuarto. Lo que dejaba era una niebla.

Cuando hube acabado, el café estaba listo. Lo tomamos de pie, junto al hornillo. Silvia dijo algo, que ese día iría a ver a un tipo, a hablar de un asunto. Poco después dejé la taza y me marché con la maleta. Afuera la niebla y el sol cegaban.

“Clara comprensión de los personajes y las situaciones. No análisis psicológico, filosófico, etc.

“Observen, comprender al personaje es entender a otro”

ESSENNA. Escuela Sensible de Narración.   Pedro Parcet

Visita nuestros talleres de narración. Estamos para aprender juntos.

KAWABATA. LABORATORIO DE NARRACIÓN ORAL

SÁBADO 24 SETIEMBRE DE 10 A 13 HS.

BULNES 892.

PARTICIPACIÓN LIBRE Y GRATUITA.

(CUPOS AL 1544773272 – MAIL africaporlapaz@hotmail.com. – o facebook Pedro Parcet)

Le debo muchas cosas a la narración oral y a mis compañeros.

Por eso ofrezco este taller de una jornada para que conozcan a este brillante escritor.

Kawabata Yasunari, el maestro de la concisión y la sensibilidad.

Vamos a desarrollar un cuento entre todos y contarlo.

GESTO, CUERPO Y PALABRA SENSIBLE.

“NO HAY LUGAR A ENSAYO. SÓLO PODEMOS NARRAR AHORA. EN EL MOMENTO PRESENTE”
PEDRO PARCET

Es abierto para todos pero confirmen.

Muchos de los relatos de Yasunari Kawabata se dividen en párrafos aislados. Como en general nunca son demasiado largos se producen blancos sobre el papel. Por lo tanto uno tiende a considerar que cada párrafo consiste en un momento particular de la historia o una nueva escena aislada e independiente, pero esta impresión visual choca con la naturaleza del discurso, cuya reticencia narrativa, junto con su predilección por las situaciones genéricas, o más bien generales, aunque inevitablemente unidas por la escasez de elementos y la parquedad de las acciones, tiende a la concentración. El resultado es un vacío persistente y un enigma, digamos, conceptual.

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Por Yukio Mishima

Pareciera que existen, entre las obras de los grandes escritores, aquellas que podrían llamarse del anverso o del exterior, cuyo significado está en la superficie, y aquellas del reverso o del interior, con un significado oculto; podríamos compararlas incluso con el budismo exotérico y el esotérico. En el caso de Kawabata, País de nieve pertenece a la primera categoría, mientras que La casa de las bellas durmientes es con toda seguridad una obra maestra esotérica.
En una obra maestra esotérica, los temas más secretos y más profundamente ocultos de un escritor hacen su aparición. Una obra de esta naturaleza no es dominada por su transparencia o claridad sino por una opresión sofocante. En lugar de limpidez y pureza, hallamos densidad; más que un mundo amplio y abierto, encontramos una habitación cerrada. El espíritu del autor, deshaciéndose de todas las inhibiciones, se muestra a sí mismo en su forma más atrevida. En todas partes he comparado La casa de las bellas durmientes con un submarino con gente atrapada en su interior, en el cual el aire está agotándose poco a poco. Mientras está bajo el influjo de esta historia, el lector suda y se marea, y conoce de la manera más apremiante el terror del deseo incitado por la cercanía de la muerte. O, a la luz de cierta lectura, la obra puede ser comparada con un negativo. Una impresión realizada a partir de él mostraría sin duda el mundo en que vivimos a la luz del día, revelaría hasta el último detalle de su hipocresía brillante, plástica.

La casa de las bellas durmientes es inusual en la obra de Kawabata por su perfección formal. En el final, la joven de piel oscura muere y “la mujer de la casa” dice simplemente: “Está la otra chica”. Con esta última observación cruel, ella derriba la casa de la lujuria construida hasta ese momento con tanta atención y minuciosidad, en un colapso inhumano más allá de toda descripción. Puede parecer accidental, pero no lo es. Con un solo golpe revela la esencia inhumana en una estructura aparentemente construida con solidez y cuidado, una esencia compartida entre “la mujer de la casa” y el viejo Eguchi. Y es por eso que Eguchi “nunca se había sentido tan impresionado por una observación”.

El erotismo no apunta a la totalidad para Kawabata, debido a que el erotismo como un todo incorpora en sí a la humanidad. La lujuria se fija a fragmentos y, carentes de subjetividad, las bellas durmientes en sí mismas son fragmentos de seres humanos que instigan a la lujuria a llegar a su máxima intensidad. Y paradójicamente, un cadáver bello, ya sin los últimos trazos de espíritu, da lugar a los sentimientos más intensos de la vida. A partir del reflejo de estos violentos sentimientos de aquel que ama, el cadáver emana el resplandor más fuerte de la vida.

En un nivel más profundo, este tema está relacionado con otro de importancia en la escritura de Kawabata: su adoración por las vírgenes. Esta es la fuente de la pureza de su lirismo, pero bajo la superficie tiene algo en común con los temas de la muerte y de la imposibilidad. Debido a que una virgen deja de serlo una vez que es atacada, la imposibilidad del acto es una premisa necesaria para poner la virginidad por encima del agnosticismo. ¿Y acaso la imposibilidad del acto no pone siempre el erotismo y la muerte en el mismo lugar? Y si nosotros los novelistas no pertenecemos al bando de la “vida” (si estamos confinados a una abstracción de cierta neutralidad perpetua), entonces “el resplandor de la vida” sólo podrá aparecer en un mundo en el cual la muerte y el erotismo estén juntos.

La casa de las bellas durmientes comienza con la visita del viejo Eguchi a una casa secreta gobernada por “una mujer pequeña de cuarenta y tantos”. Ya que la razón de su presencia es hacer una observación extremadamente importante en el final, ella es delineada con ominoso detalle, desde el gran pájaro en la faja de su kimono hasta el hecho de que es zurda.

El lector siente admiración por la precisión, la extraordinaria fineza de los detalles en la descripción que hace Kawabata de la primera de las “bellas durmientes” con las que pasa la noche el anciano Eguchi, de sesenta y siete años; casi como si ella fuera acariciada solamente por las palabras. Por supuesto, da a entender cierta objetividad inhumana en la calidad visual de la lujuria masculina.

Su mano y muñeca derechas estaban al borde de la colcha. Su brazo izquierdo parecía estirarse en diagonal bajo la colcha. Su pulgar derecho estaba escondido a medias bajo su mejilla. Los dedos sobre la almohada al lado de su rostro estaban ligeramente curvados en la suavidad del sueño, aunque no lo suficiente para borrar las delicadas depresiones donde se unían a la mano. El color rojo, cálido, de sus manos era más rico gradualmente desde la palma hasta las puntas de sus dedos. Era una mano blanca, suave, encendida.

Su rodilla estaba ligeramente adelantada, obligando a las piernas de Eguchi a colocarse en una posición extraña. No necesitó observarla con detenimiento para darse cuenta de que ella no estaba a la defensiva, de que ella no tenía su rodilla derecha apoyada sobre la izquierda. La rodilla derecha había sido movida hacia atrás, la pierna había sido extendida.

De esta manera, la adolescente, que se ha convertido en una “muñeca viviente”, es para el anciano la “vida que podía tocarse con confianza”.

Y qué espléndida técnica erótica podemos disfrutar cuando el viejo Kiga mira las bayas del aoki en el jardín. “Cientos de ellas yacen en el suelo. Kiga levanta una. Jugueteando con ella, le cuenta a Eguchi sobre la casa secreta.” A partir de este pasaje o cerca de él, una sensación de confinamiento y ahogo comienza a descender sobre el lector. Las técnicas usuales para el diálogo y la descripción de los personajes no tienen sentido en La casa de las bellas durmientes debido a que las jóvenes están adormecidas. Debe de ser la primera vez que la literatura brinda una sensación tan vívida de la vida personal a través de las descripciones de figuras durmientes.

 

La isla de Cortés 

ALICE MUNRO

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PREMIO NOBEL 2013

La pequeña novia. Yo tenía veinte años, medía metro setenta y pesaba algo más de sesenta kilos, pero algunas personas —la esposa del jefe de Chess, la secretaria de mayor edad de su oficina y la señora Gorrie, la de arriba— me llamaban la pequeña novia. Algunas veces, nuestra pequeña novia. Chess y yo bromeábamos con ello, pero en público él respondía con una mirada de cariño y afecto. Yo, por mi parte, con un mohín sonriente: tímida y conformista.
Vivíamos en un sótano en Vancouver. La casa no pertenecía a los Gorrie, como yo había pensado en un principio, sino a Ray, el hijo de la señora Gorrie. De vez en cuando venía a arreglar cosas. Entraba por la puerta del sótano, igual que Chess y yo. Era un hombre delgado, estrecho de hombros, quizá de treinta y tantos años, y que siempre llevaba consigo una caja de herramientas y la gorra de trabajo. Andaba encorvado, lo que tal vez estaba relacionado con la necesidad de agacharse cuando se dedicaba a sus chapuzas de fontanería, electricidad y carpintería. Su rostro era amarillento y tosía muchísimo. Cada tosido suponía una afirmación independiente y discreta que definía su presencia en el sótano como una intrusión necesaria. No se disculpaba por estar allí, pero tampoco se movía por aquel lugar como si le perteneciese. Sólo hablaba con él cuando llamaba a la puerta para decirme que iba a cortar el agua o la luz durante un rato. El alquiler se lo pagábamos en efectivo a la señora Gorrie todos los meses. No sé si ella le pasaba todo el dinero o se quedaba un poco para cubrir sus gastos. Porque de no ser así, todo lo que tenían ella y el señor Gorrie —fue ella quien me lo dijo— era la pensión del señor Gorrie. No la de ella. Todavía no soy lo bastante mayor, dijo.
La señora Gorrie, siempre gritaba por las escaleras para ver cómo estaba Ray y preguntar si le apetecía una taza de té. Él siempre respondía que estaba bien y que no tenía tiempo. Decía que su hijo trabajaba demasiado, como ella. Siempre intentaba colarle algún postre casero, como galletas, pan de jengibre o confituras, al igual que hacía conmigo. Ray respondía que acababa de comer o que en casa tenía de todo. Yo también me resistía, pero al séptimo u octavo intento, cedía. Me avergonzaba mucho seguir diciendo que no después de tanta insistencia y de sus caras largas. Admiraba la forma en que Ray se empeñaba en decir que no. Ni siquiera decía «no, madre». Sencillamente, no.
Luego la señora Gorrie solía buscar algún tema de conversación.
—¿Qué me cuentas? ¿Tienes alguna novedad emocionante?
Nada especial. No lo sé. Ray nunca se mostraba brusco o irritable pero tampoco le permitía ninguna confianza. Su salud era buena. Su resfriado iba mejorando. A la señora Cornish y a Irene también les iba bien siempre.
La señora Cornish era una mujer en cuya casa vivía él, en algún sitio de la parte este de Vancouver. Ray siempre tenía alguna chapuza que hacer en casa de la señora Cornish, al igual que en la nuestra, por esa razón tenía que marcharse tan pronto como acababa el trabajo. También ayudaba a cuidar a la hija de la señora Cornish, Irene, que estaba en una silla de ruedas. Tenía parálisis cerebral. «La pobrecilla», decía la señora Gorrie después de que Ray le dijese que Irene estaba bien. Ella nunca le reprochaba en su cara el tiempo que pasaba con la niña enferma, sus salidas al parque Stanley o las excursiones vespertinas para ir a comprar helado. (Lo sabía de sobra porque a veces hablaba por teléfono con la señora Cornish.) Pero a mí me decía: «No puedo evitar pensar en la pinta que debe de tener la chica con el helado corriéndole por la cara. No lo puedo evitar. La gente debe quedarse boquiabierta mirándoles».
Ella comentaba que cuando sacaba al señor Gorrie en su silla de ruedas la gente les observaba (el señor Gorrie había sufrido un ataque de apoplejía), pero era diferente porque fuera de casa no se movía ni emitía sonido alguno y ella procuraba que tuviera un aspecto presentable, mientras que Irene no hacía más que dar bandazos y balbucir gaguelag-gaguelag-gaguelag. La pobre no podía remediarlo.
La señora Cornish debería tener algún tipo de plan, decía la señora Gorrie. ¿Quién iba a cuidar de esa niña lisiada cuando ella ya no estuviera?
—Debería existir una ley que impidiese casarse a una persona sana con otra en ese estado, pero por ahora no la hay.
Cuando la señora Gorrie me invitaba a tomar un café, yo nunca quería subir. Estaba ocupada con mi propia vida en el sótano. A veces, cuando llamaba a mi puerta, hacía como que no estaba. Pero para eso tenía que apagar las luces y cerrar la puerta en cuanto la oía abrir la suya en lo alto de las escaleras y luego permanecer inmóvil mientras ella daba golpecitos a la puerta con sus uñas y gorjeaba mi nombre. También tenía que mantener un silencio absoluto y no tirar de la cadena del retrete en una hora. Si le decía que tenía muchas cosas que hacer, que no tenía tiempo, ella se reía y preguntaba:
—¿Qué cosas?
—Escribir cartas.
—Siempre escribiendo cartas —decía ella—. Pues sí que echas de menos tu casa.
Sus cejas eran de color rosa, una variante del rojo rosáceo de su pelo. No me parecía que el pelo pudiera ser natural, pero ¿cómo podía teñirse las cejas? Su rostro era delgado, con coloretes, vivaz, y sus dientes, largos y brillantes. Su avidez de simpatía, de tener compañía, no tenía límite. La primera mañana en que Chess me llevó a ese apartamento, tras esperarme en la estación de tren, llamó a nuestra puerta con un plato de galletas y su voraz sonrisa. Yo todavía llevaba puesto mi gorro de viaje y a Chess le interrumpió justo cuando comenzaba a sacarme la combinación. Las galletas estaban secas y duras, glaseadas de rosa brillante en honor de mi matrimonio. Chess le habló con brusquedad. Sólo tenía media hora antes de volver al trabajo y para cuando pudo deshacerse de ella ya no quedaba tiempo para que continuase con lo que había empezado. Así es que se comió las galletas, una tras otra, quejándose de que sabían a serrín.
—Tu maridito es muy serio —me decía la señora Gorrie—. Me hace gracia cuando me lanza esa mirada tan seria al entrar y al salir.
Me gustaría decirle que se lo tome con calma, no tiene por qué cargar con el mundo a sus espaldas.
A veces tenía que seguirla hasta arriba, dejando a un lado mi libro o el párrafo que estaba escribiendo. Nos sentábamos en su mesa de comedor, que tenía un mantel de encaje y un espejo octogonal en el que se reflejaba un cisne de cerámica. Bebíamos el café en tazas de porcelana y comíamos en platitos a juego (más y más de aquellas galletas, de los pegajosos pasteles de pasas o de los bollitos tan pesados) y utilizábamos unas pequeñas servilletas bordadas para quitarnos las migas de los labios. Yo me sentaba frente a un aparador en el que la señora Gorrie exponía una gama entera de vasos de calidad, de juegos para la leche y el azúcar y para la sal y la pimienta, demasiado pequeños o ingeniosos para el uso diario, así como unos diminutos jarrones, una tetera que imitaba una casita con tejado de paja y unos candelabros en forma de lirios. Una vez al mes la señora Gorrie le daba un repaso al aparador y lo lavaba todo. Eso me dijo. Hablaba y hablaba sobre mi futuro, sobre la casa y el futuro que pensaba que yo tendría, y cuanto más hablaba ella, más sentía yo un peso de plomo sobre mis miembros y más ganas me entraban de bostezar allí, a media mañana, y de poder arrastrarme y esconderme y dormir. Pero de puertas afuera mostraba mi admiración por todo aquello. Por lo que contenía el aparador, por la vida rutinaria de la señora Gorrie como ama de casa, por los conjuntos que se ponía cada mañana, siempre a juego. Faldas y jerseys en tonos malva o coral, pañuelos de seda artificial que armonizaban con la ropa.
—Siempre vístete antes que nada, como si fueses a irte a trabajar, y arréglate el pelo y maquíllate —me decía; más de una vez me había pillado en camisón—, y después siempre puedes ponerte un delantal por encima si tienes que hacer la colada o cocinar. Te sube la moral.
Y siempre ten algo cocinado por si te viene una visita. (Por lo que yo sé, jamás tuvo más invitados que yo; y a duras penas podría decirse que la visitara por iniciativa propia.) Y nunca sirvas el café en tazas de desayuno.
Aunque nunca se mostraba demasiado explícita. Era «yo siempre…» o «a mí me gusta…» o «creo que resulta más agradable…».
—Incluso cuando vivía en tierras salvajes me gustaba… —y entonces mi urgencia de bostezar o gritar disminuyó por un instante. ¿En qué tierras salvajes había vivido? ¿Y cuándo?
—Lejos, arriba en la costa —dijo—. En mi tiempo yo también fui novia. Viví allá muchos años. En Union Bay. Pero aquel lugar no erademasiado salvaje. La isla de Cortés.
Pregunté dónde estaba eso y ella respondió: «Ah, por ahí arriba».
—Eso sí que debió de ser interesante —dije yo.
—Bueno, interesante —dijo ella—… si se puede decir que los osos son interesantes. O que los pumas son interesantes. La verdad es que yo personalmente prefiero un poquito de civilización.
El comedor estaba separado del cuarto de estar por unas puertas corredizas de roble. Siempre quedaban a medio abrir, de modo que la señora Gorrie, sentada al extremo de la mesa, pudiera tener a la vista al señor Gorrie, sentado en su sillón frente a la ventana del cuarto de estar. Se refería a él como «mi marido en la silla de ruedas», pero lo cierto es que únicamente estaba en la silla de ruedas cuando ella lo llevaba a dar un paseo. No tenían aparato de televisión, la televisión era aún casi una novedad en aquellos tiempos. El señor Gorrie estaba allí sentado y observaba la calle y el parque de Kitsilano, al otro lado de la calle, y la ensenada de Burrard, aún más allá. Podía ir al baño él solo con un bastón en una mano y agarrándose al respaldo de las sillas o apoyándose en la pared con la otra. Una vez dentro se las arreglaba solo, aunque le llevaba mucho tiempo. Y la señora Gorrie decía que a veces tenía que fregar un poco.
Lo único que yo podía ver de vez en cuando del señor Gorrie era la pernera de un pantalón estirada sobre el sillón de color verde brillante. Una o dos veces, estando yo allí, tuvo que hacer el camino, medio arrastrándose y a trompicones, hasta llegar al baño. Era un hombre grande: cabeza grande, hombros anchos, huesos robustos.
Yo no le miraba a la cara. La gente que había quedado paralítica por un derrame cerebral o una enfermedad me parecía de mal agüero, me recordaba algo feo. Lo que yo evitaba no era el panorama que ofrecía la inutilidad de sus miembros u otras señales físicas de su horrible suerte, sino el de sus ojos humanos.
Creo que él tampoco me miraba aunque la señora Gorrie le gritaba que había venido una visita del piso de abajo. Emitía un gruñido, que quizá fuera lo más que podía hacer a modo de saludo, o de rechazo.

En nuestro apartamento había dos habitaciones y media. Lo alquilamos amueblado y, como era de suponer en estos casos, eso significaba que estaba medio amueblado con enseres que en otras circunstancias se habrían tirado. Recuerdo el suelo del cuarto de estar, cubierto con cuadrados y rectángulos sobrantes de linóleo: todos los diferentes colores y formas unidos unos con otros y bordados como un absurdo edredón de franjas metálicas. Y había un horno de gas de la cocina que se alimentaba de monedas de veinticinco centavos. Nuestra cama estaba metida en un recodo de la cocina y cabía allí tan justa que había que encaramarse a ella desde el pie. Chess había leído que ésta era la forma en que las chicas de un harén tenían que entrar en la cama del sultán, venerando primero sus pies y luego arrastrándose hacia arriba, rindiendo homenaje a las otras partes de su cuerpo. A veces jugábamos a ese juego.
Siempre dejábamos una cortina cerrada al pie de la cama para separar el recodo de la cocina. En realidad se trataba de una vieja colcha, una tela escurridiza con flecos que por uno de los lados era de color beige amarillento, con un estampado de rosas rojas y hojas verdes, y por el otro tenía franjas diagonales rojas y verdes estampadas, como en una aparición fantasmal, con flores y follaje sobre el beige. Aquella cortina la recuerdo con mayor intensidad que cualquier otra cosa del apartamento. Y no es de extrañar. En pleno frenesí sexual y durante el posterior respiro tenía aquella tela frente a mis ojos, y así llegó a convertirse en un recordatorio de lo que me gustaba del matrimonio: la recompensa por el imprevisto insulto de ser una pequeña novia y por la peculiar amenaza de un aparador lleno de vajilla de porcelana.
Ambos, Chess y yo, proveníamos de hogares en los que el sexo prematrimonial se consideraba algo vergonzoso e imperdonable y en los que el sexo matrimonial no se mencionaba nunca y se olvidaba pronto. Estábamos justo al final de la época en que así se veían las cosas, aunque no éramos conscientes de ello. Una vez, la madre de Chess encontró condones en la maleta de su hijo y se fue llorando al padre. (Chess dijo que los repartían en el campamento donde había recibido su instrucción militar universitaria, lo cual era cierto, y que se había olvidado totalmente de ellos, lo cual era mentira.) De modo que tener un lugar propio y una cama propia donde hacer lo que quisiéramos nos parecía maravilloso. Si estábamos juntos era —y nunca se nos ocurrió que la gente mayor, nuestros padres, nuestras tías y tíos, estuvieran juntos por la misma razón— por pura lujuria. Nos parecía que el único afán de los mayores era de casas, de propiedad, de máquinas cortadoras de césped y congeladores y muros de contención; y, por supuesto, en lo referente a las mujeres, de bebés. Todas esas cosas, pensábamos, las elegiríamos o no elegiríamos en el futuro. Nunca creímos que nada de eso nos llegaría inexorablemente, como la edad o el tiempo.
Y ahora que me paro a pensarlo con sinceridad, no nos llegó. Nada llegó sin nuestra elección. Ni siquiera el embarazo. Corrimos el riesgo, aunque únicamente para ver si de verdad éramos adultos, para ver si realmente podía ocurrir.
Otra cosa que hacía tras la cortina era leer. Leía libros que cogía de la biblioteca de Kitsilano, que se encontraba a unas manzanas de casa. Y cuando estaba allí tendida boca arriba en aquel estado de asombro que me podía producir un libro, un vértigo generado por las riquezas de lo que digería, lo que veía era aquellas franjas. Y no sólo los personajes y la trama, sino también el clima creado por el libro impregnaba las flores artificiales y fluía a lo largo del arroyo del vino tinto o del verde lóbrego. Leía libros pesados cuyos títulos ya me eran familiares y que tenían un cierto halo místico —incluso llegué a tratar de leer Los novios—, y entre aquellos platos fuertes leía también las novelas de Aldous Huxley y de Henry Green, y Al faroEl fin de Chéri o Ha muerto un corazón. Devoraba uno tras otro sin establecer un criterio de preferencias, rindiéndome ante ellos de la misma forma que lo había hecho con los libros leídos en la infancia. Todavía me encontraba en una etapa de convulso apetito, mi voracidad era casi angustiosa.
Pero se había añadido una nueva complicación respecto a las lecturas de infancia, y es que yo tenía que ser escritora además de lectora. Compré un cuadernillo escolar e intenté escribir; y sí que escribí: páginas que comenzaban con autoridad y que luego se marchitaban, de modo que acababa arrancándolas y las retorcía en severo castigo y las tiraba al cubo de la basura. Lo hice una y otra vez hasta que sólo me quedó la cubierta del cuadernillo. Luego compré otro y comencé el proceso una vez más. Siempre el mismo ciclo: emoción y desesperanza, emoción y desesperanza. Era como tener un embarazo secreto y un aborto no provocado cada semana.
Aunque tampoco secreto del todo. Chess sabía que yo leía mucho y que intentaba escribir. Él no se oponía. Pensaba que era razonable, que yo posiblemente podría aprender. Se requería mucha práctica pero podía adquirirse un cierto dominio, como en el bridge o en el tenis. No le agradecí esa generosa confianza. Simplemente se añadió a la farsa de mis desastres.

Chess trabajaba para una cadena de alimentación al por mayor. Había pensado en ser profesor de historia, pero su padre le había persuadido de que con la enseñanza no habría forma de mantener a una esposa y abrirse camino en la vida. Su padre le había ayudado a conseguir el trabajo, pero también le había dicho que una vez hubiese entrado, no debía esperar ningún trato de favor. No lo hizo. Durante aquel primer invierno de nuestro matrimonio, se marchaba de casa antes de amanecer y no volvía hasta después de anochecer. Trabajaba duro sin preguntarse si el trabajo que realizaba encajaba con sus intereses de antes o si perseguía algún objetivo en el que hubiera creído alguna vez. El único objetivo era conducirnos a los dos a esa vida de máquinas cortadoras de césped y congeladores que pensábamos que no nos interesaba. Si me hubiera parado a pensarlo, su sumisión me habría maravillado. Su desenfadada, se podría decir galante, sumisión.
Pero al fin y al cabo, pensaba yo, esto es lo propio de los hombres.

Salía a buscar trabajo. Si no llovía demasiado, caminaba hasta la tienda, compraba un periódico y leía los anuncios mientras bebía una taza de café. Luego me ponía en marcha, aunque lloviznara, para dirigirme a los lugares en los que solicitaban una camarera, una dependienta o una trabajadora para una fábrica; cualquier trabajo que no requiriese específicamente mecanografía o experiencia. Cuando llovía mucho, cogía un autobús. Chess decía que no debía ir a pie para ahorrar dinero, que debía coger siempre el autobús. Mientras yo ahorraba dinero, decía él, otra chica podía conseguir el trabajo.
En realidad, eso es lo que yo esperaba. Nunca lamentaba oírlo. A veces llegaba al destino y permanecía de pie en la acera, fijándome en las tiendas de ropa femenina, con sus espejos y su enmoquetado de color claro, u observaba a las muchachas que bajaban las escaleras a la hora del almuerzo desde una oficina que necesitaba una oficinista que hiciera labores de archivo. Yo ni siquiera entraba; sabía que mi pelo, mis uñas y mis zapatos planos y viejos jugarían en mi contra. Y me sentía igualmente intimidada por las fábricas: escuchaba el ruido de las máquinas que funcionaban en los edificios donde se embotellaban refrescos o donde se fabricaban los adornos de navidad y veía las bombillas desnudas que colgaban de los altísimos techos. Mis uñas y los tacones bajos allí no tendrían importancia alguna, pero mi torpeza y mi estupidez mecánica provocarían tacos y la gente me gritaría (escuchaba también los gritos dando órdenes por encima del ruido de las máquinas). Me humillarían y me echarían. Ni siquiera me creía capaz de aprender a hacer funcionar una caja registradora. Una vez, el encargado de un restaurante parecía interesado de verdad en contratarme y me preguntó: «¿Cree que podría aprender a usarla?». Respondí que no. Me miró como si nunca antes hubiera oído a nadie reconocer una cosa así. Pero dije la verdad. No pensaba que pudiera aprender las cosas con prisas o en público. Me quedaría paralizada. Las únicas cosas que podría aprender con facilidad eran cosas como lo enrevesado de la Guerra de los Treinta Años.
La verdad es, claro está, que no tenía por qué hacerlo. Al nivel básico en el que vivíamos, Chess podía mantenerme. Yo no tenía que exponerme al mundo exterior porque él ya lo había hecho. Los hombres tenían que hacerlo.
Pensaba que tal vez pudiera arreglármelas en la biblioteca, de modo que fui a preguntar aunque no habían puesto un anuncio. Una mujer escribió mi nombre en una lista. Se mostró amable pero no alentadora. Después fui a las librerías, eligiendo bien aquellas que me parecía que no tenían caja registradora. Cuanto más vacía y desordenada, mejor. Los dueños fumaban o dormitaban en sus mesas, las librerías de segunda mano olían a gato.
—En invierno no tenemos suficiente trabajo —decían.
Una mujer me dijo que podía intentarlo en primavera.
—Aunque por esa época tampoco solemos estar muy ocupados.

El invierno en Vancouver era distinto de cualquier otro invierno que yo hubiera conocido. No había nieve, ni siquiera nada parecido a un viento frío. Al mediodía, en el centro, olía a algo así como a azúcar quemado, creo que tenía que ver con los cables eléctricos de los tranvías. Caminaba por la calle Hastings, en la que nunca había mujeres, únicamente borrachos, vagabundos, mendigos ancianos y chinos que arrastraban los pies. Nadie me decía cosas desagradables. Caminaba ante almacenes, descampados invadidos por la maleza en los que no había ni un alma a la vista. O cruzaba Kitsilano, con sus altas casas de madera donde la gente vivía apretujada y con estrecheces, como nosotros, hasta llegar al ordenado distrito de Dunbar, con sus bungalós de estuco y sus árboles desmochados. Caminaba por Kerrisdale, donde aparecían los árboles de más clase, abedules que se elevaban sobre el césped. Vigas de estilo Tudor, simetría georgiana, fantasías a lo Blancanieves con imitaciones de techos de paja. O quizás auténticos techos de paja, ¿quién podía saberlo?
En todos esos lugares donde vivía la gente se encendían las luces hacia las cuatro de la tarde y luego se encendían las farolas, se encendían las luces de los trolebuses y a menudo también las nubes se desbarataban al oeste, sobre el mar, y daban paso a los rayos rojos de la puesta de sol, y en el parque, que yo rodeaba para ir a casa, las hojas de los arbustos de invierno brillaban en el aire húmedo del atardecer rosado. La gente que había ido de compras volvía a casa, la gente que trabajaba pensaba en marcharse a casa, la gente que había estado todo el día en casa salía a dar un pequeño paseo para que el hogar pareciera más atractivo a su vuelta. Me topaba con mujeres con carritos para el bebé y con críos llorosos y no se me ocurría que muy pronto me encontraría en su lugar. Tropezaba con ancianos con sus perros y con otros viejos que se movían lentamente o en sillas de ruedas que empujaban sus parejas o sus acompañantes. Un día me encontré a la señora Gorrie que empujaba al señor Gorrie. Llevaba puesta una capa y una boina de suave lana púrpura (a estas alturas ya sabía que ella se hacía la mayor parte de su ropa) y mucho colorete. El señor Gorrie llevaba una gorra de visera y una gruesa bufanda que le envolvía el cuello. La voz con la que ella me saludó era chillona y decidida, la de él, ni siquiera existía. El hombre no parecía disfrutar del paseo. Pero a la gente que va en silla de ruedas raramente se le nota más que resignación. Algunos parecen ofendidos y descaradamente desagradables.
—Vamos a ver, cuando te vimos en el parque el otro día —me preguntó la señora Gorrie—, ¿no vendrías de buscar trabajo, verdad?
—No —dije, mintiendo. Mi instinto me decía que le mintiera siempre.
—Ah, menos mal. Porque quería decirte, ya sabes, que si vas a buscar un trabajo deberías arreglarte un poquito. Bueno, eso ya lo sabes.
Lo sé, dije.
—No puedo entender la manera como algunas mujeres salen de casa hoy en día. Yo nunca saldría con mis zapatos sin tacón y sin estar maquillada, aunque sólo fuera a la tienda de ultramarinos. Y más aún si fuese a buscar un trabajo.
Sabía que yo mentía. Sabía que me quedaba inmóvil al otro lado de la puerta del sótano sin responder a su llamada. No me habría extrañado que husmeara en nuestra basura, que descubriese y leyese las hojas estrujadas y desordenadas donde se encontraban repartidos mis prolijos desastres. ¿Por qué no tiraba la toalla? No podía. Yo era toda una pieza de caza para ella; quizá mis peculiaridades, mi ineptitud, estaban a la altura de la actitud dañina de la señora Gorrie, y lo que no se podía corregir había que tolerarlo.
Un día en que me encontraba en la parte central del sótano haciendo nuestra colada, ella bajó las escaleras. Todos los martes me permitía usar su lavadora de rodillos y su fregadero para hacer la colada.
—¿Se ha presentado ya alguna oportunidad de trabajo? —preguntó, y sin pensarlo respondí que en la biblioteca me habían dicho que podría haber algo para mí en el futuro. Pensé que podría simular que iba allí a trabajar; podría ir y sentarme todos los días en una de las mesas largas, leer o incluso intentar escribir, como ya había hecho antes en ciertas ocasiones. Por supuesto se descubriría el pastel si a la señora Gorrie alguna vez se le ocurría entrar en la biblioteca, pero no sería capaz de empujar al señor Gorrie tan lejos, cuesta arriba. O si en alguna ocasión le mencionaba a Chess lo de mi trabajo, pero no creía que fuera a hacerlo. Decía que a veces tenía miedo de saludarle, siempre parecía tan malhumorado.
—Bueno, tal vez mientras tanto —dijo ella—… se me ha ocurrido que quizá mientras tanto te gustaría tener un trabajito sentándote por las tardes con el señor Gorrie.
Añadió que le habían ofrecido un trabajo para echar una mano tres o cuatro tardes a la semana en la tienda de regalos del hospital Saint Paul.
—No es un trabajo pagado, te habría mandado a ti a preguntar por él —dijo—. Es un trabajo voluntario. Pero el médico dice que me vendría bien salir de casa. «Vas a acabar físicamente agotada», me dijo. No es que necesite el dinero, Ray se porta muy bien con nosotros, he pensado que sólo es un poco de trabajo voluntario…
Miró dentro del fregadero y vio las camisas de Chess en la misma agua clara que mi camisón de flores y nuestras sábanas de un azul pálido.
—Vaya por Dios —dijo—. ¿No habrás puesto lo blanco y lo de color junto, verdad?
—Sólo la ropa de color de tonos suaves —dije—. No destiñe.
—La ropa de color de tonos suaves no deja de ser ropa de color —dijo ella—. Crees que así las camisas salen blancas, pero no quedan tan blancas como debieran.
Dije que lo recordaría la próxima vez.
—Es una cuestión de cómo trata una a su hombre —dijo, con su risita escandalizada.
—A Chess no le importa —dije yo, sin saber que eso sería cada vez menos cierto a medida que pasaran los años, inconsciente de que esos trabajos que entonces parecían incidentales, tan poquita cosa, se desplazarían desde la periferia de mi vida hacia un lugar central y de primera fila.

Cogí el trabajo de cuidar al señor Gorrie por las tardes. Sobre una mesita junto a su sillón de color verde se extendía una toalla de manos —por si caían unas gotas— sobre la que descansaban sus frascos de pastillas, sus jarabes y un pequeño reloj para que supiera la hora. En la mesa del otro lado se amontonaba material de lectura: el periódico de la mañana, el periódico de la noche anterior, ejemplares de Life, de Look y de Maclean’s, que por entonces eran revistas grandes y blandas. En el estante inferior de aquella mesa había un montón de álbumes de recortes del tipo que usan los niños en el colegio, de un grueso papel oscuro y el filo áspero. Había trozos de papel de prensa y fotografías que sobresalían. Eran álbumes de recortes que el señor Gorrie había ido guardando con el paso de los años, hasta que tuvo el ataque y ya no pudo seguir recortando. En el cuarto había una estantería, pero todo lo que contenía era más revistas y más álbumes de recortes y medio estante con libros de texto de secundaria que probablemente pertenecieran a Ray.
—Siempre le leo el periódico —me dijo la señora Gorrie—. Aún puede leer, pero no es capaz de sostenerlo con las manos y sus ojos se cansan.
De modo que le leía al señor Gorrie mientras la señora Gorrie, bajo un paraguas de flores, se marchaba alegremente hacia la parada del autobús. Le leía la página de deportes, las noticias locales, las internacionales y todo sobre asesinatos, robos y el mal tiempo. Le leía las cartas al director, las cartas a un doctor que daba consejos médicos, las cartas a Ann Landers y sus respuestas. Parecía que las noticias deportivas y Ann Landers eran lo que más interés despertaba en él. En ocasiones pronunciaba mal el nombre de un jugador o confundía la terminología a propósito, de tal forma que lo que yo leía carecía de sentido y entonces él me indicaba con insatisfechos gruñidos que lo intentase otra vez. Cuando le leía la página de deportes siempre se mostraba nervioso, concentrado y con el ceño fruncido. Pero cuando le leía a Ann Landers, su cara se relajaba y hacía ruidos que me parecían de agradecimiento, como un murmullo y un profundo resoplido. Hacía estos ruidos especialmente cuando las cartas tocaban un asunto trivial o específicamente femenino (una mujer escribió que su cuñada pretendía hacerle creer que había cocinado una tarta a pesar de que al servirla todavía conservaba la blonda de la pastelería) o cuando mencionaban —con la gran cautela de aquellos tiempos— un asunto sexual.
Durante la lectura del editorial o la pesadez sobre lo que habían dicho los rusos y los estadounidenses en las Naciones Unidas, se le caían los párpados —o, mejor dicho, se le caía el párpado de su ojo bueno casi del todo, y el que estaba sobre el ojo malo se le caía ligeramente— y los movimientos del pecho se volvían más ostensibles, de manera que yo me detenía durante un instante para ver si se había quedado dormido. Y entonces hacía otro tipo de ruido, brusco y de reprobación. A medida que me fui acostumbrando a él, y él a mí, este ruido comenzó a parecer menos una reprobación y más una confirmación. Y esa confirmación no sólo lo era de que no estaba dormido, sino también de que en ese momento no se estaba muriendo.
La posibilidad de que pudiera morirse frente a mí era, en un principio, una idea terrible que no se me iba de la cabeza. ¿Por qué no podía morirse, cuando al fin y al cabo ya parecía medio fiambre? Con su ojo malo como una piedra bajo el agua turbia y un lado de la boca medio abierta, mostrando sus horribles dientes (la mayoría de ancianos usaban dentadura postiza entonces), con los empastes de color negro que amenazaban a través del húmedo esmalte. Su mera existencia en el mundo me parecía un error que podía ser borrado del mapa en cualquier momento. Pero, todo hay que decirlo, me acostumbré a él. Era un hombre enorme —de cabeza majestuosa y ancho pecho de trabajador, con una mano derecha en la que no tenía ninguna fuerza y que postraba sobre su muslo cubierto por un pantalón largo— que ocupaba toda mi visión mientras yo leía. Era como una reliquia, un viejo guerrero de los tiempos de los bárbaros. Erik Hacha Sangrienta. El rey Canuto.
Mi fuerza se consume rápidamente, dijo el rey del mar a sus hombres.
Nunca volveré a surcar los mares de nuevo como un conquistador.
Así es como era. Como una mole medio hundida que hacía peligrar los muebles y que golpeaba las paredes al abrirse paso para ir al baño. Su olor no era rancio pero tampoco era el de un jabón infantil o el de unos perfumados polvos de talco; era un olor a ropa gruesa con restos de tabaco (aunque ya no fumaba) y de piel sin respirar que me hacía pensar en algo denso y curtido, con sus excreciones señoriales y su calor animal. Tenía un olor a orina suave pero persistente que, de hecho, me habría repugnado en una mujer pero que en su caso no sólo parecía excusable sino, en cierto modo, la expresión de un antiguo privilegio. Cuando entraba en el baño después de que él hubiera estado allí, era como entrar en la guarida de una bestia infecta pero todavía poderosa.
Chess me decía que perdía el tiempo haciendo de canguro para el señor Gorrie. Ahora el tiempo se despejaba y los días se hacían más largos. Las tiendas cambiaban sus escaparates, despertaban de su letargo invernal. La gente se encontraba más dispuesta a ofrecer un trabajo. De modo que debía salir a buscar un trabajo en serio. La señora Gorrie sólo me pagaba cuarenta centavos la hora.
—Pero se lo prometí —dije.
Un día él me contó que la había visto bajar de un autobús. La vio desde la ventana de su oficina. Y para nada se trataba de un lugar cercano al hospital Saint Paul.
—A lo mejor estaba en medio de un descanso —dije.
—Nunca la había visto antes fuera de la casa a plena luz del día. Por Dios —dijo Chess.
Le sugerí al señor Gorrie sacarle a dar un paseo en su silla de ruedas ahora que mejoraba el tiempo. Pero rechazó la idea emitiendo unos ruidos que me convencieron de que le resultaba desagradable que le empujasen la silla en público, o quizá que lo hiciera una persona como yo, que obviamente había sido contratada para realizar el trabajo.
Yo había interrumpido la lectura del periódico para sugerírselo y al intentar continuar hizo un gesto y otro ruido, diciéndome que estaba harto de oírme. Dejé el periódico. Hizo señas con su mano sana señalando el montón de álbumes de recortes que estaban en el estante inferior de la mesa junto a él. Hizo más ruidos. Sólo puedo describir estos ruidos como gruñidos, bufidos, carraspeos, ladridos, refunfuños. Pero a estas alturas casi me sonaban a palabras. Y es que sonaban como las palabras. No sólo las escuchaba como afirmaciones y demandas perentorias («no quiero», «ayúdame», «déjame ver qué hora es», «necesito beber algo»), sino también como proclamas más complejas: «Por todos los santos, ¿por qué no cerrará la boca ese perro?» o «mucho ruido y pocas nueces» (esto último, después de haber leído yo algún discurso o un editorial del periódico).
Lo que oí ahora fue: «A ver si hay algo mejor aquí que lo que viene en el periódico».
Saqué el montón de álbumes de recortes del estante y lo coloqué en el suelo junto a sus pies. Sobre las cubiertas, en grandes letras de cera negra, había escritas fechas de años recientes. Le di un repaso al año 1952 y vi un recorte de un reportaje del funeral de Jorge VI. Arriba, en letras de cera: «Alberto Federico Jorge. Nacido en 1885. Fallecido en 1952». La foto de las tres reinas con el velo de luto.
En la página siguiente había una historia sobre la autopista de Alaska.
—Es un archivo interesante —dije—. ¿Quiere que empecemos otro álbum? Podría usted elegir las cosas que desea recortar y pegar, y yo lo haría.
El ruido que emitió significaba «demasiadas complicaciones» o «¿para qué vamos a molestarnos ahora?», o incluso «qué idea más absurda». Dejó a un lado al rey Jorge VI, deseaba ver las fechas del resto de los álbumes. No eran los que él quería. Hizo un gesto señalando la librería. Saqué otro montón de álbumes de recortes. Comprendí que él buscaba el libro de un año concreto y sujeté en alto cada libro para que viera la cubierta. De vez en cuando, yo abría las páginas a pesar de su rechazo. Vi un artículo sobre los pumas de la isla de Vancouver, otro sobre la muerte de un trapecista y otro sobre un chaval que había sobrevivido a pesar de quedar atrapado bajo una avalancha. Volvimos a darle un repaso a los años de la guerra, de vuelta a los años treinta, al año en que yo nací y a casi una década todavía anterior, hasta que por fin quedó satisfecho. Y dio la orden. Mira éste. 1923.
Comencé a repasarlo desde el principio.
—En enero una nevada entierra aldeas en…
No es eso. Date prisa. Sigue pasando.
Comencé a pasar las hojas.
Ve más lento. Tranquila. Ve más lento.
Pasé las páginas una por una sin pararme para leer nada hasta que llegamos a la que él quería.
Ahí. Lee eso.
No había foto ni titular. Las letras de cera decían: «Vancouver Sun, 17 de abril, 1923».
—La isla de Cortés —leí—. ¿Es esto?
Léelo. Vamos.

La isla de Cortés. En la mañana del domingo o en algún momento de la madrugada del sábado, la casa de Anson James Wild, en el extremo sur de la isla, quedó totalmente destruida por un incendio. La vivienda se encontraba lejos de cualquier otra morada o lugar habitado y, como resultado de ello, nadie que viviese en la isla pudo apreciar las llamas. Existen informaciones de que un barco de pesca que se dirigía al estrecho de Desolation observó el incendio el domingo por la mañana temprano, pero los tripulantes de la embarcación creyeron que se trataba de una persona que quemaba maleza. Al pensar que la quema de maleza no suponía ningún peligro, debido a la humedad que presenta el bosque en esta época del año, continuaron su trayecto.
El señor Wild era el propietario de Wildfruit Orchards y había vivido en la isla durante cerca de quince años. Era un hombre solitario, cuyo historial se remonta a su época de militar, aunque cordial con los conocidos. El señor Wild contrajo matrimonio hace unos años y tenía un hijo. Se piensa que nació en las provincias del Atlántico.
La casa quedó reducida a escombros a causa del fuego y del posterior derrumbamiento de las vigas. El cuerpo del señor Wild se encontró entre los restos calcinados del incendio, carbonizado hasta el punto de quedar prácticamente irreconocible.
Entre las ruinas se encontró una lata ennegrecida que se supone contenía queroseno.
La esposa del señor Wild se encontraba fuera de casa en esos momentos, dado que el miércoles anterior había aceptado una invitación para viajar en un barco que iba a recoger una carga de manzanas que serían transportadas desde el huerto de su marido hasta Comox. Su intención era volver a casa en el mismo día, pero tuvo que permanecer fuera durante tres días y cuatro noches debido a problemas con el motor del barco. El domingo por la mañana regresó junto al amigo que la había invitado a realizar la travesía y fueron ambos quienes descubrieron la tragedia.
El hecho de que el joven hijo de los Wild no estuviese en la casa cuando ésta ardió, provocó en principió un enorme temor. Su búsqueda comenzó tan pronto como fue posible y el domingo al atardecer el niño fue localizado en el bosque a menos de una milla de su casa. Estaba empapado y tenía frío, ya que había permanecido en la maleza durante varias horas, pero no había sufrido daños. Al parecer, el niño se llevó un poco de comida al marcharse de casa, dado que tenía consigo varios trozos de pan cuando le encontraron.
Se llevará a cabo una investigación en Courtenay respecto a la causa del incendio que destruyó la casa de la familia Wild y que provocó el fallecimiento del señor Wild.

—¿Conocía usted a esta gente? —pregunté.
Pasa la página.

4 de agosto de 1923. Las pesquisas efectuadas en Courtenay, en la isla de Vancouver, en torno al incendio que causó la muerte de Anson James Wild en la isla de Cortés en abril de este año, han dado como resultado que la sospecha de incendio provocado, que recaía sobre el hombre fallecido o sobre persona o personas desconocidas, no ha podido ser verificada. La presencia de una lata vacía de queroseno en el lugar del incendio no se ha considerado como prueba suficiente. El señor Wild adquiría y hacía uso del queroseno con frecuencia, según el señor Percy Kemper, tendero de Manson’s Landing, isla de Cortés.
El hijo de siete años del hombre fallecido no pudo proporcionar dato alguno acerca del incendio. Fue localizado por una expedición de búsqueda no muy lejos de su casa, vagando por el bosque, varias horas más tarde. En respuesta al interrogatorio, afirmó que su padre le había dado un poco de pan y unas manzanas y le había pedido que caminase hacia Manson’s Landing, pero se había perdido. Sin embargo, en las semanas subsiguientes confesó no recordar que esto ocurriera y afirmó que no sabía cómo había podido perderse, dado que había recorrido muchas veces con anterioridad aquel sendero. El doctor Anthony Helwell, de Victoria, quien examinó al niño, opina que pudo haber escapado en el momento de detectar el incendio, con tiempo quizá de coger un poco de comida y llevársela consigo, algo que ahora no recuerda. A su vez, afirma que la primera versión del niño podría ser cierta y que el recuerdo pudo ser suprimido más tarde. Explicó que sería inútil interrogar nuevamente al niño, ya que es probable que éste sea incapaz de distinguir entre la realidad y lo imaginario en este asunto.
La señora Wild no estaba en casa en el momento de producirse el incendio, ya que se había marchado a la isla de Vancouver en un barco que pertenecía a James Thompson Gorrie, de Union Bay.
Se considera que la muerte del señor Wild fue un desgraciado accidente, siendo la causa del incendio de origen desconocido.

Ahora cierra el álbum.
Guárdalo. Guárdalos todos.
No. No. Así no. Guárdalos en orden. Año por año. Eso está mejor.
Justo como estaban.
¿Ya viene? Mira por la ventana.
Bien. Pero vendrá pronto.
Y bien, ¿qué piensas de todo esto?
No me importa. No me importa lo que pienses.
¿Habías pensado alguna vez que la vida de la gente podía ser así y terminar de esa forma? Bueno, pues puede ocurrir.

No le hablé a Chess de esto, aunque solía comentarle cualquier cosa que pensaba que pudiera interesarle o que atrajera su atención respecto a mi actividad diaria. Chess había dado con una forma de evitar cualquier mención a los Gorrie. Había una palabra con la que los definía: «Grotesco».
Todos los pequeños árboles deslucidos del parque comenzaron a florecer. Sus flores eran de un color rosa brillante, como las palomitas de maíz coloreadas artificialmente.
Y comencé a trabajar en un empleo de verdad.
Llamaron de la biblioteca de Kitsilano y me pidieron que fuera durante unas cuantas horas el sábado por la tarde. Me encontré al otro lado del mostrador, sellando la fecha de devolución de los libros. Algunas personas me resultaban familiares, compañeros que pedían prestados los libros. Y ahora les sonreía, en nombre de la biblioteca. «Nos vemos en dos semanas», les decía. Algunos se reían y contestaban: «No, creo que mucho antes». Eran adictos, como yo.
Era un trabajo que me resultaba fácil. Nada de caja registradora: cuando me pagaban las multas por retrasos, sacaba el cambio de un cajón. Y ya sabía de antes en qué estantería estaban la mayoría de los libros. En lo que se refiere a las fichas que tenía que rellenar, me sabía el alfabeto.
Me ofrecieron más horas. Pronto se convirtió en un trabajo temporal de jornada completa. Una de las chicas que trabajaba allí como fija había sufrido un aborto accidental. Estuvo de baja durante dos meses y al final de ese periodo quedó embarazada de nuevo y su médico le aconsejó no volver al trabajo. De modo que entré en la plantilla de empleados fijos y conservé el trabajo hasta que me encontré a mitad de mi primer embarazo. Trabajaba con mujeres que conocía de vista desde hacía mucho tiempo: Mavis, Shirley, la señora Carlson y la señora Yost. Todas recordaban cómo solía entrar y dar vueltas —como decían ellas— por la biblioteca durante horas. Ojalá no se hubieran fijado tanto en mí. Ojalá no hubiera ido allí con tanta frecuencia.
Era una sensación muy agradable hacerme con mi trabajo y estar frente a la gente detrás del mostrador, ser capaz, mostrarme activa y amable con los que se acercaban; que me vieran como una persona que sabía cómo funcionaba todo, una persona con una función definida en el mundo. La renuncia a esconderme, a vagar, a soñar y a ser la chica de la biblioteca.
Claro que ahora tenía menos tiempo para leer y, en ocasiones, en el trabajo, tras el mostrador, sostenía un libro en la mano —lo sostenía como un objeto, no como una vasija que había de vaciar de inmediato— y sentía un amago de miedo semejante al que se siente cuando, en un sueño, te encuentras en el edificio que no es, o te has olvidado de la hora del examen, y entiendes que ése es el aviso de algún sombrío cataclismo o de algún error que sufrirás de por vida.
Pero este miedo desaparecía en un minuto.
Las mujeres con las que trabajaba rememoraban los tiempos en que me veían escribir en la biblioteca.
Les decía que lo que escribía eran cartas.
—¿Escribes tus cartas en un cuaderno de apuntes?
—Claro —decía yo—. Es más barato.
Perdí interés en el último cuaderno, que descansaba escondido en un cajón entre mis calcetines y mi ropa interior en desorden. Allí abandonado, verlo me llenaba de dudas y de humillación. Quería deshacerme de él pero no lo hacía.
La señora Gorrie no me felicitó por haber conseguido aquel trabajo.
—No me contaste que todavía buscabas —dijo.
Le dije que hacía ya una larga temporada que mi nombre estaba apuntado en una lista en la biblioteca y que así se lo había hecho saber.
—Eso fue antes de empezar a trabajar para mí —dijo—. Y ahora, ¿qué va a pasar ahora con el señor Gorrie?
—Lo siento —dije.
—Sentirlo no le ayudará demasiado, ¿no te parece?
Levantó las cejas y me habló con ese tono de voz rimbombante que le había oído utilizar por teléfono con el carnicero o con el tendero cuando se equivocaban con su pedido.
—¿Y ahora qué hago? —dijo—. Me has dado plantón, ¿sabes? Espero que cumplas las promesas con el resto de la gente un poco mejor que conmigo.
Esto, por supuesto, era ridículo. Yo no le había prometido nada acerca del tiempo que me quedaría. A pesar de ello, sentía una inquietud culpable, si no propiamente culpabilidad. No le había prometido nada, pero qué podía decir de aquellas veces en que no respondía cuando ella llamaba a la puerta, cuando intentaba entrar y salir sigilosamente de la casa sin ser advertida, agachando la cabeza al pasar frente a la ventana de su cocina. ¿Y qué hay de la forma en que había mantenido una tenue, pero a la vez dulce, pretensión de amistad en respuesta a su ofrecimiento, seguramente sincero?
—Casi es mejor, la verdad —dijo—. No querría que nadie que no fuera de confianza cuidase al señor Gorrie. No estaba del todo satisfecha con tu manera de cuidarlo, la verdad, así te lo digo.
Pronto encontró otra canguro, una pequeña mujer araña que se recogía el pelo negro con una redecilla. Nunca la oía hablar. Pero sí oía a la señora Gorrie hablar con ella. Dejaba abierta la puerta en lo alto de las escaleras para que yo pudiese oírla.

—Nunca lavaba la taza de té del señor Gorrie. La mitad de las veces ni siquiera se lo hacía. No sé para que valía. Únicamente para sentarse y leer el periódico.

A partir de entonces, cuando yo me marchaba de casa, la ventana de la cocina quedaba abierta de par en par y su voz resonaba por encima de mi cabeza, aunque en apariencia hablara con el señor Gorrie.
—Por ahí va. Sigue su camino. Ni siquiera se molestará en hacernos algún gesto con la mano. Le dimos un trabajo cuando no la quería nadie, pero ni se molestará. No, por supuesto que no.
No les saludaba. Tenía que pasar por la ventana frente a la que se sentaba el señor Gorrie, pero sabía que si ahora le hacía algún gesto con la mano, incluso si le miraba, se sentiría humillado. O enfurecido. Cualquier cosa que yo hiciese podría parecer una provocación.
Antes de encontrarme a media manzana de la casa ya me había olvidado de ellos. Las mañanas eran luminosas y yo caminaba aliviada y decidida. En aquellos momentos, mi pasado más inmediato podía parecer vagamente deshonroso. Horas detrás de la cortina del recodo, horas en la mesa de la cocina rellenando página tras página con el sabor del fracaso, horas en un cuarto demasiado caldeado junto a un anciano. La peluda alfombra, la tapicería de felpa, el olor de su ropa, de su cuerpo y de la pasta de engrudo seca de los álbumes de recortes, los montones de periódicos entre los que tenía que abrirme camino. La macabra historia que él había guardado y me había hecho leer. (Nunca llegué a comprender que entraba dentro de la categoría de tragedias humanas que yo admiraba, cuando las leía en los libros.) Evocarlo era como recordar un periodo de enfermedad durante la infancia, cuando me sentía cómodamente atrapada en unas acogedoras sábanas de franela con su olor a aceite de alcanfor, atrapada por mi propia lasitud y por los mensajes febriles e indescifrables de las ramas de los árboles que contemplaba por la ventana de mi dormitorio en el piso de arriba. Aquellos momentos no es que los lamentara, sino que me desembarazaba de ellos con naturalidad. Y parecían pertenecer a una parte de mí misma —¿una parte enfermiza?— de la que ahora me estaba desembarazando. Se podía pensar que era el matrimonio lo que había provocado aquella transformación pero, durante un tiempo, no había sido así. Como mi viejo ser —testaruda, poco femenina e irracionalmente reservada— había hibernado y cavilado; ahora había sentado la cabeza y me sabía afortunada por haberme transformado en una verdadera esposa y empleada. Atractiva y competente cuando me esforzaba en ello. Yo no era extraña. Podía pasar.

La señora Gorrie me trajo a la puerta una funda de almohada. Mostrando sus dientes tras una sonrisa mustia y hostil, me preguntó si era mía. Sin dudarlo respondí que no. Las dos únicas fundas que tenía cubrían las dos almohadas de nuestra cama.
—Bueno, pues desde luego mía no es —dijo en tono de martirio.
—¿Cómo lo sabe? —dije.
Lenta, venenosamente, su sonrisa fue tomando confianza.
—No es el tipo de tejido que pondría en la cama del señor Gorrie. O en la mía.
—¿Por qué no?
—Porque-no-es-lo-suficientemente-bueno.
De modo que tuve que ir y quitar las fundas de las almohadas y llevárselas a ella y resultó que no hacían pareja aunque a mí me lo había parecido. Una era de tela «buena» —la suya— y la que ella tenía en la mano, era mía.
—No me hubiera creído que no habías notado la diferencia —dijo— si no fuera porque eres como eres.

Chess había oído hablar de otro apartamento —uno de verdad, no una «suite»— con un baño completo y dos dormitorios. Un amigo suyo del trabajo lo dejaba porque él y su mujer habían comprado una casa. Estaba en un edificio en la esquina de la Primera Avenida con la calle Macdonald. Yo podría seguir yendo a pie al trabajo y él podría coger el autobús de siempre. Teniendo dos sueldos, nos lo podíamos permitir. El amigo y su esposa dejaban atrás unos cuantos muebles, que venderían a bajo precio. No irían bien en su casa, pero a nosotros nos parecían espléndidos por su aire de respetabilidad. Nos paseamos por las luminosas habitaciones de la tercera planta, admirando las paredes pintadas de color crema, el parqué de roble, los espaciosos armarios de la cocina y el suelo de baldosas del baño. Incluso tenía un pequeño balcón con vistas a las hojas del parque Macdonald. Nos enamoramos el uno del otro de un nuevo modo, nos enamoramos de nuestra nueva posición social, de nuestro emerger en la vida adulta desde el sótano, que sólo había sido una estación de paso temporal. En nuestras conversaciones, en los años venideros, hablaríamos de él como si fuera una broma, un test de resistencia. Cada mudanza que efectuábamos —la casa alquilada, nuestra primera casa en propiedad, la segunda, la primera casa en otra ciudad— generaba en nosotros una sensación eufórica de progreso y anudaba nuestros lazos. Hasta la última casa, con mucho, la más imponente, en la que entré con presentimientos de desastre y vagas premoniciones de fuga.
Le dimos el aviso a Ray sin decirle nada a la señora Gorrie. Eso aumentó su hostilidad. En realidad, se volvió un poco chiflada.
—Ah, se piensa que es muy lista. Ni siquiera es capaz de mantener dos habitaciones limpias. Cuando barre el suelo, lo único que hace es barrer la suciedad hacia un rincón.
Cuando compré mi primera escoba, olvidé comprar un recogedor y, en efecto, lo hice así durante un tiempo. Pero ella únicamente podía saberlo si había entrado en nuestras habitaciones con su propia llave mientras yo estaba fuera. Algo que, por lo que parecía, sí había hecho.
—Es una farsante, ¿sabes? Desde el primer momento en que la vi supe lo farsante que era. Y una embustera. No está bien de la cabeza. Se sentaba y decía que escribía cartas cuando lo que hace es escribir lo mismo una y otra vez; pero nada de cartas, lo mismo una y otra vez. No está bien de la cabeza.
Así me enteré de que también había leído las hojas estrujadas de mi papelera. A menudo trataba de comenzar la misma historia con las mismas palabras. Como decía ella, una y otra vez.
Comenzaba a hacer calor e iba al trabajo sin chaqueta; me ponía un jersey ajustado, por dentro de la falda, y un cinturón apretado hasta la última muesca. Se asomaba a la puerta principal y me gritaba: «¡Ramera! Mira a la ramera, cómo saca pecho y menea el trasero. ¿Te crees que eres Marilyn Monroe?» o «no te necesitamos en nuestra casa. Cuanto antes te marches, mejor».
Telefoneó a Ray y le dijo que yo intentaba robar su ropa de cama. Se quejó de que yo iba por todas partes contando historias sobre ella. Había abierto la puerta para asegurarse de que pudiera oírla y estuvo gritando por teléfono, algo que no tenía demasiado sentido puesto que compartíamos la línea telefónica y podíamos escuchar cuanto nos viniera en gana. Nunca lo hice —mi instinto me llevaba a hacer oídos sordos—, pero una noche que Chess estaba en casa, cogió el teléfono y habló.
—No le hagas caso, Ray, no es más que una vieja loca. Sé que es tu madre, pero he de decirte que está loca.
Le pregunté cuál había sido la reacción de Ray, si estaba enfadado.
—Sólo dijo: «Claro, no pasa nada».
La señora Gorrie colgó y se puso a gritar directamente por las escaleras: «Te diré quién está loca. Te diré quién es la loca embustera que se dedica a decir mentiras sobre mí y mi marido».
—No la estamos escuchando. Deje en paz a mi mujer —le dijo Chess. Más tarde me preguntó—: ¿Qué quiere decir con eso de ella y su marido?
—No lo sé —respondí.
—La ha tomado contigo. Porque eres joven y guapa y ella no es más que una vieja bruja. Olvídalo —dijo, y añadió, medio en broma, para animarme—: De todas formas, ¿qué sentido pueden tener las viejas? Nos mudamos al nuevo apartamento en un taxi y únicamente con nuestras maletas. Esperamos fuera, en la acera, dando la espalda a la casa. Creí que oiría un último chillido, pero no hubo un solo ruido.
—¿Y si tiene una pistola y me dispara por la espalda? —dije.
—No te pongas a su altura—dijo Chess.
—Me gustaría decirle adiós con la mano al señor Gorrie, si es que está allí.
—Mejor no lo hagas.

No eché un último vistazo a la casa y en mi vida volví a caminar por aquella calle, esa manzana de la calle Arbutus con vistas al parque y al mar. No tengo una idea muy clara del aspecto que tenía, aunque recuerdo algunas cosas muy bien: la cortina de la cama, el aparador, el sillón verde reclinable del señor Gorrie.
Conocimos a otras parejas jóvenes que, al igual que nosotros, habían empezado viviendo en lugares baratos dentro de las casas de otras personas. Nos hablaron de ratas, cucarachas, retretes que apestaban, caseras chifladas. Y nosotros hablábamos de nuestra casera chiflada. Paranoia.
Excepto en aquellas ocasiones, nunca pensaba en la señora Gorrie.
Pero el señor Gorrie aparecía en mis sueños. En mis sueños me parecía que le conocía antes que ella. Era ágil y fuerte, pero no joven, y su aspecto no era mejor que cuando le leía en voz alta en el salón. Tal vez podía hablar, pero su voz tenía el mismo tono de aquellos ruidos que yo había aprendido a interpretar: brusco y autoritario, una nota a pie de página —esencial, aunque tal vez prescindible— de la acción. Y la acción era explosiva, porque aquellos sueños eran eróticos. Durante todo el tiempo en que fui una joven esposa, y más tarde, aunque no mucho más tarde, mientras fui una joven madre —ocupada, fiel, satisfecha con regularidad—, siempre tuve sueños, de cuando en cuando, en los que el asalto, la reacción, las posibilidades, iban más allá que cualquier cosa que ofreciera la vida. Y en los que el romanticismo quedaba borrado del mapa. También la decencia. Nuestra cama —la del señor Gorrie y mía— era la playa de grava o la tosca cubierta de barco o los ásperos rollos de cabos grasientos. Tenían un cierto regusto a algo que podría definir como rastrero. Su olor agrio, su ojo gelatinoso, sus dientes de perro. Me despertaba de estos sueños profanos consumida por el asombro o la vergüenza, y me dormía de nuevo y despertaba con un recuerdo que me acostumbré a rechazar cada mañana. Durante años y años, y con seguridad mucho tiempo después de haber muerto, el señor Gorrie aparecía de esa manera en mi vida nocturna. Hasta que lo agoté, supongo, del modo como siempre agotamos a los muertos. Pero nunca me pareció que fuese así, que yo dominara la situación, que hubiera sido yo quien le había llevado a aquel lugar. Parecía funcionar en ambos sentidos, como si él también me hubiese llevado allí y lo experimentara en la misma medida que lo experimentaba yo.
Y el barco y el muelle y la grava en la orilla, los árboles que apuntaban hacia el cielo o se agazapaban inclinándose sobre el agua, el enrevesado perfil de las islas circundantes y las montañas, sombrías e inconfundibles, todo ello parecía existir dentro de una confusión natural, más extravagante y, aun así, más ordinaria que cualquier otra cosa que pudiera soñar o inventar. Como un lugar que seguirá existiendo, estés o no allí, y que, de hecho, aún está allí.
Pero nunca llegué a ver las vigas calcinadas de la casa que se derrumbaron sobre el cuerpo del marido. Aquello había ocurrido mucho antes, y el bosque había crecido a su alrededor.

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Munro Alice. Ficción

FICCIÓN

ALICE MUNRO.

Premio Nobel 2013

aaasa

Lo mejor del invierno era volver a casa en el coche, después de

 

todo el día dando clases de música en los colegios de Rough River.

 

Ya había oscurecido, y en la parte alta del pueblo quizá estaba nevando

 

mientras la lluvia azotaba el coche por la carretera de la costa.

 

Joyce dejó atrás los límites del pueblo y se internó en el bosque, y

 

aunque era un bosque de verdad, con grandes abetos de Douglas y cedros,

 

cada cincuenta metros más o menos había una casa habitada.

 

Algunas personas tenían huertos; otras, ovejas o caballos, y había empresas

 

como la de Jon, que restauraba y hacía muebles. También ofrecían

 

servicios que se anunciaban junto a la carretera y en especial en

 

esa parte del mundo: cartas del tarot, masajes con hierbas, resolución

 

de conflictos. Algunos vivían en caravanas; otros se habían construido

 

casas, con tejado de paja y extremos de troncos, y otros, como Jon

 

y Joyce, estaban restaurando viejas casas de labranza.

 

Había algo especial que a Joyce le encantaba ver mientras volvía

 

a casa y entraba en su finca. En esa época mucha gente, incluso algunos

 

habitantes de las casas con techo de paja, estaban instalando lo

 

que llamaban puertas de patio, aun cuando, como Jon y Joyce, no tenían

 

patio. No solían ponerles cortinas, y los dos rectángulos de luz

 

parecían ser indicio o promesa de comodidad, de seguridad y abundancia.

 

Por qué era así, más que con las ventanas corrientes, Joyce

 

no lo sabía. Quizá se debiera a que la mayoría no servía solamente para

 

asomarse sino que se abrían directamente a la oscuridad del bosque y

 

a que exhibían el refugio del hogar con tanta ingenuidad. Gente cocinando

 

o viendo la televisión, de cuerpo entero; escenas que la seducían,

 

aunque sabía que las cosas no serían tan especiales dentro.

 

Lo que Joyce veía cuando entraba en el sendero de su casa, sin

 

pavimentar y encharcado, era el par de puertas de aquellas que había

 

colocado Jon enmarcando el interior resplandeciente y a medio hacer.

 

La escalera de mano, las estanterías de la cocina sin acabar, las escaleras

 

al descubierto, la cálida madera iluminada por la bombilla

 

que Jon colocaba para enfocar donde quisiera, dondequiera que estuviera

 

trabajando. Se pasaba el día trabajando en su cobertizo, y

 

cuando empezaba a oscurecer dejaba libre a la aprendiza y se ponía

 

con las obras de la casa. Al oír el coche de Joyce volvía la cabeza hacia

 

ella un momento, a modo de saludo. Normalmente tenía las manos

 

demasiado ocupadas para saludar con la mano. Sentada allí, con

 

los faros del coche apagados, recogiendo la compra o el correo que

 

tenía que llevar a casa, Joyce era feliz incluso por tener que recorrer

 

ese último trecho hasta la puerta, en medio de la oscuridad, el viento

 

y la lluvia fría. Se sentía como si se librase del trabajo cotidiano,

 

agobiante e inseguro, harta de ofrecer música a indiferentes y sensibles

 

por igual. Mucho mejor trabajar con la madera solo —no tenía

 

en cuenta a la aprendiza— que con las impredecibles crías humanas.

 

A Jon no le contaba nada de eso. No le gustaba oír a los que hablaban

 

de lo básico, delicado y respetable que era trabajar la madera.

 

Qué integridad, qué dignidad tenía.

 

Qué gilipollez, decía él.

 

Jon y Joyce se habían conocido en un instituto de una zona industrial

 

de Ontario. Joyce tenía el segundo coeficiente intelectual

 

más alto de su clase; Jon, el coeficiente intelectual más alto del cole-

 

gio y probablemente de la ciudad. Todos esperaban que ella llegara a

 

ser una brillante violinista —antes de que abandonara el violín por el

 

violoncello— y él, un científico impresionante, dedicado a unas tareas

 

difícilmente comprensibles en el mundo común y corriente.

 

En el primer año de universidad dejaron de ir a clase y se escaparon

 

juntos. Encontraron trabajitos aquí y allá, recorrieron el continente

 

en autobús, vivieron durante un año en la costa de Oregón, se

 

reconciliaron a distancia con sus padres, para quienes se había apagado

 

una luz en el mundo. A esas alturas ya no se los podía llamar hippies,

 

pero así era como los llamaban sus padres. Ellos no se consideraban

 

tales. No tomaban drogas, vestían de forma conservadora,

 

aunque un tanto desastrada, y Jon se empeñaba en afeitarse y en que

 

Joyce le cortara el pelo. Con el tiempo se cansaron de sus trabajos

 

temporales y mal pagados y pidieron dinero prestado a sus decepcionadas

 

familias para especializarse en algo y poder ganarse mejor la

 

vida. Jon aprendió carpintería y ebanistería y Joyce se sacó un título

 

para dar clase de música en los colegios.

 

El trabajo que encontró estaba en Rough River. Compraron

 

aquella casa en ruinas a un precio de risa e iniciaron una nueva fase

 

de su vida. Plantaron un jardín y empezaron a relacionarse con los

 

vecinos, algunos de los cuales seguían siendo auténticos hippies que

 

cultivaban pequeñas plantaciones de marihuana en pleno monte y

 

hacían collares de cuentas y sobrecitos de hierbas para vender.

 

A los vecinos les caía bien Jon, que seguía siendo flaco, de ojos

 

relucientes y egoísta pero siempre dispuesto a escuchar. Y era una

 

época en que la gente empezaba a acostumbrarse a los ordenadores,

 

que Jon comprendía y era capaz de explicar con paciencia. Joyce no

 

gozaba de tantas simpatías. Sus métodos para enseñar música se consideraban

 

demasiado apegados a las normas.

 

Joyce y Jon preparaban juntos la cena y bebían vino casero. (Jon

 

tenía un procedimiento para elaborar vino muy estricto y logrado.)

 

Joyce hablaba de las frustraciones y las situaciones cómicas del día.

 

Jon no hablaba mucho; le interesaba más cocinar. Pero cuando llegaba

 

la hora de cenar a lo mejor le hablaba a Joyce de un cliente que había

 

llegado, o de su aprendiza, Edie. Se reían de algo que había dicho

 

Edie, pero no con desprecio; Edie era como una mascota, pensaba a

 

veces Joyce. O como una niña. Aunque si hubiera sido una niña, su

 

hija, y hubiera sido como ella, estarían demasiado confusos y quizá

 

demasiado preocupados para reírse.

 

¿Por qué? ¿En qué sentido? Edie no era imbécil. Jon decía que no

 

era precisamente un genio de la carpintería pero que aprendía y recordaba

 

lo que le enseñaban. Y sobre todo no era una charlatana. Eso

 

era lo que más temía cuando se planteó el asunto de contratar un

 

aprendiz. Había un nuevo programa del gobierno, según el cual a él

 

le pagarían cierta cantidad por enseñar a una persona, y esa persona

 

cobraría lo suficiente para vivir mientras aprendía. Aunque al principio

 

Jon no parecía muy dispuesto, Joyce lo convenció. Ella pensaba

 

que tenían una obligación para con la sociedad.

 

Edie a lo mejor no hablaba mucho, pero cuando hablaba era rotunda.

 

—Me abstengo de drogas y alcohol —les dijo en la primera entrevista—.

 

Soy de Alcohólicos Anónimos y soy alcohólica en proceso

 

de recuperación. Nunca decimos que nos hemos recuperado, porque

 

nunca llegamos a hacerlo. No te recuperas, en toda tu vida. Tengo

 

una hija de nueve años, y como nació sin padre es responsabilidad

 

únicamente mía y mi intención es criarla como es debido. Quiero

 

aprender carpintería para mantener a mi hija y mantenerme a mí

 

misma.

 

Pronunciaba este discurso sentada al otro lado de la mesa de la

 

cocina, mirándolos fijamente, primero al uno después al otro. Era

 

una joven baja y robusta, que no parecía ni lo bastante mayor ni lo

 

bastante deteriorada para tener un pasado de gran disipación. Hombros

 

anchos, flequillo tupido, cola de caballo apretada, ni la más mínima

 

posibilidad de una sonrisa.

 

—Y otra cosa —añadió.

 

Se desabrochó y se quitó la blusa de manga larga. Debajo llevaba

 

una camiseta. Tenía los brazos, la parte superior del pecho y —cuando

 

se dio la vuelta— la parte superior de la espalda decorados con tatuajes.

 

Parecía que su piel se hubiese transformado en un traje, o quizá

 

en un tebeo con caras lascivas y tiernas al mismo tiempo, acosadas

 

por dragones, ballenas y llamas, demasiado intrincado o tal vez demasiado

 

horripilante para comprenderlo.

 

Lo primero que te preguntabas era si todo su cuerpo se habría

 

transformado de la misma manera.

 

—Es alucinante —dijo Joyce en el tono más neutro posible.

 

—Pues no sé si es alucinante, pero si hubiera tenido que pagarlo

 

habría costado un montón de dinero —contestó Edie—. Estuve metida

 

en eso durante un tiempo. Si se lo enseño es porque a algunas

 

personas les molestaría. O supongamos que hace calor en el cobertizo

 

y tengo que trabajar en camisa.

 

—A nosotros no —dijo Joyce mirando a Jon, que se encogió de

 

hombros.

 

Joyce le preguntó a Edie si le apetecía un café.

 

—No, gracias. —Edie se estaba poniendo la camisa—. Hay un

 

montón de gente en Alcohólicos Anónimos que parece vivir a base de

 

café. Y yo les digo, les digo: «¿Por qué cambiáis un mal hábito por

 

otro?».

 

—Es increíble —comentó Joyce más tarde—. Te da la sensación

 

de que digas lo que digas te soltará un sermón. No me he atrevido a

 

preguntar por la partenogénesis.

 

—Es fuerte —dijo Jon—. Eso es lo fundamental. Me he fijado

 

en sus brazos.

 

Cuando Jon dice «fuerte» se refiere simplemente a lo que esa palabra

 

significaba antes. Se refiere a que Edie puede levantar una viga.

 

Jon escucha CBC Radio mientras trabaja. Música, pero también

 

noticias, comentarios, llamadas de los radioyentes. A veces habla de

 

las opiniones de Edie sobre lo que han oído.

 

Edie no cree en la evolución.

 

(En un programa con participación del público varias personas

 

se oponían a lo que se enseñaba en los colegios.)

 

¿Por qué no?

 

—Bueno, porque en esos países de la Biblia —dijo Jon, y a continuación

 

adoptó el tono firme y monótono de Edie—, en esos países

 

de la Biblia hay un montón de monos y los monos estaban venga

 

a bajarse de los árboles y por eso a la gente se le metió en la cabeza la

 

idea de que los monos se bajaron de los árboles y se transformaron en

 

personas.

 

—Pero para empezar… —dijo Joyce.

 

—Eso no importa. Ni lo intentes. ¿Es que no conoces la primera

 

norma para discutir con Edie? No importa y cállate la boca.

 

Edie también estaba convencida de que las grandes compañías

 

farmacéuticas conocían la cura del cáncer pero tenían un acuerdo

 

con los médicos para guardarse la información por el dinero que ganaban

 

ellas y los médicos.

 

Cuando ponían el «Himno a la alegría» en la radio Edie obligaba

 

a Jon a apagarla porque era espantoso, como un funeral.

 

Además, pensaba que Jon y Joyce —bueno, en realidad Joyce—

 

no debían dejar botellas de vino a la vista en la mesa de la cocina.

 

—¿Y se tiene que meter en eso?

 

—Pues al parecer, eso cree.

 

—¿Cuándo inspecciona la mesa de nuestra cocina?

 

—Tiene que pasar por allí para ir al baño. No va a hacer pis entre

 

las matas.

 

—Pero no acabo de entender por qué tiene que meterse en…

 

—Y a veces entra a preparar unos bocadillos para los dos…

 

—¿Y qué? Es mi cocina. Nuestra cocina.

 

—Es que se siente amenazada por la priva. Es muy frágil todavía.

 

Es algo que ni tú ni yo podemos entender.

 

Amenaza. Priva. Frágil.

 

¿Cómo era posible que Jon empleara esas palabras?

 

Joyce debería haberlo entendido en aquel preciso instante, aunque

 

el mismo Jon estaba muy lejos de saberlo. Jon estaba empezando

 

a enamorarse.

 

Empezar a enamorarse. Eso sugiere cierto paso del tiempo, cierto

 

abandono; pero también se puede tomar como una aceleración, el

 

momento o el segundo en que te enamoras. Ahora Jon no está enamorado

 

de Edie. Tic, tac. Ahora lo está. Eso no se podía considerar probable

 

ni posible de ninguna manera, a menos que pensaras en que

 

de repente te parte un rayo, en una desgracia inesperada. El revés del

 

destino que deja a una persona impedida, la broma terrible que

 

transforma unos ojos claros en ojos ciegos.

 

Joyce se propuso convencerlo de que estaba equivocado. Jon tenía

 

tan poca experiencia con las mujeres… Ninguna, salvo con ella.

 

Siempre habían pensado que experimentar con diversas parejas era

 

pueril, que el adulterio era algo enrevesado y destructivo. Entonces

 

Joyce se lo planteó: ¿debería Jon haber tenido líos con otras mujeres?

 

Jon había pasado los oscuros meses de invierno encerrado en su

 

taller, expuesto a los efluvios de convencimiento de Edie. Era como

 

ponerse enfermo por falta de ventilación.

 

Edie lo volvería loco, si Jon seguía adelante y se la tomaba en serio.

 

—Ya lo había pensado —dijo Jon—. Quizá ya me he vuelto loco.

 

Joyce contestó que eso eran tonterías de adolescente, y lo hizo

 

sentirse desconcertado e impotente.

 

—Pero ¿quién te has creído que eres, un caballero de la Tabla Redonda?

 

¿O crees que te han dado una poción mágica?

 

Después dijo que lo sentía. Lo único que podían hacer era tomárselo

 

como un programa compartido, añadió. El valle de las sombras,

 

que algún día verían como un simple problema técnico en el

 

curso de su matrimonio.

 

—Nosotros sabremos solucionarlo —dijo Joyce.

 

Jon la miró con frialdad, pero con cierta gentileza.

 

—No hay ningún «nosotros» —replicó.

 

¿Cómo podía haber ocurrido algo semejante? Joyce se lo plantea a

 

Jon, a sí misma y después a los demás. Una aprendiza de carpintero

 

torpe de andares y de ideas, con pantalones anchos y camisas de franela

 

y —en invierno— un jersey grueso y sin gracia moteado de serrín.

 

Una cabeza que pasa lenta e inexorable de una estupidez o un

 

lugar común a otro y eleva cada paso a la categoría de ley universal.

 

Una persona así ha eclipsado a Joyce, con sus piernas largas, su cintura

 

fina y su larga trenza de pelo oscuro y sedoso. Con su inteligencia,

 

su música y el segundo coeficiente intelectual más alto.

 

—Creo que sé qué pasó —dice Joyce.

 

Esto es más adelante, cuando los días se han alargado y los contoneos

 

de los crinums refulgen junto a las cunetas. Cuando iba a dar

 

clase de música con gafas oscuras para ocultar unos ojos hinchados

 

de llorar y beber y en lugar de volver a casa después del trabajo iba a

 

Willingdon Park, donde esperaba que Jon fuera a buscarla, temiendo

 

que se suicidara. (Jon fue, pero solo una vez.)

 

—Creo que fue porque había hecho la calle —dijo—. Las pros-

 

titutas se hacen tatuajes por el negocio, los hombres se excitan con

 

esas cosas. No me refiero a los tatuajes, aunque, bueno, también, claro

 

que también se excitan con eso; me refiero al hecho de que se hayan

 

vendido. Tanta disponibilidad y tanta experiencia… Y encima

 

reformadas. Una María Magdalena de mierda, eso es lo que es. Y Jon

 

es tan crío sexualmente… Te dan ganas de vomitar.

 

Ahora tiene amigas con las que puede hablar así. Todas tienen

 

algo que contar. A algunas las conocía de antes, pero no como ahora.

 

Hablan en confianza, beben y se ríen hasta llorar. Dicen que no se lo

 

pueden creer. Los hombres. Las cosas que hacen. Es asqueroso, absurdo.

 

Increíble.

 

Y por eso es verdad.

 

Hablando así Joyce se siente bien, realmente bien. Dice que incluso

 

hay momentos en que le está agradecida a Jon, porque se siente

 

más viva que antes. Es terrible pero maravilloso. Un nuevo comienzo.

 

La verdad desnuda. La vida desnuda.

 

Sin embargo, al despertarse a las tres o las cuatro de la madrugada no

 

sabía dónde estaba. No en su casa. Ahora en la casa estaba Edie. Edie

 

y su hija y Jon. Era un cambio que la propia Joyce había apoyado,

 

pensando que a lo mejor Jon entraría en razón. Se mudó a un apartamento

 

de la ciudad, cuya dueña era una profesora que se había tomado

 

un año sabático. Se despertó en plena noche con las oscilantes

 

luces rosas del letrero del restaurante de enfrente que destellaban por

 

la ventana, iluminando los chismes mexicanos de la otra profesora.

 

Macetas con cactos, colgantes de ojo de gato, mantas de rayas del color

 

de la sangre seca. Toda la perspicacia de la borrachera y toda la euforia

 

expulsadas como un vómito. Aparte de eso, no tenía resaca. Al parecer

 

era capaz de beberse ríos de alcohol y despertarse seca como el

 

cartón, aplanada.

 

Su vida acabada. Una catástrofe como tantas otras.

 

Lo cierto era que seguía borracha, aunque se sintiera completamente

 

sobria. Corría el peligro de meterse en el coche e ir a la casa.

 

No de caerse a una cuneta, porque en tales ocasiones conducía tranquila

 

y despacio, sino de aparcar en el jardín frente a las oscuras ventanas

 

y gritarle a Jon que tenían que acabar con aquello.

 

Se acabó. No está bien. Dile que se marche.

 

¿Te acuerdas de cuando dormíamos en el prado y al despertarnos

 

las vacas estaban pastando a nuestro alrededor y no nos habíamos

 

dado cuenta de que ya estaban allí por la noche? ¿Te acuerdas de

 

que nos lavábamos en el arroyo helado? Recogíamos setas en la isla

 

de Vancouver, volvíamos en avión a Ontario y los vendíamos para

 

pagarnos el viaje cuando tu madre estaba enferma y creíamos que se

 

moría. Y decíamos, qué cosas, si ni siquiera somos drogatas, si solo

 

cumplimos una misión de amor filial.

 

Salió el sol y los espantosos colores mexicanos empezaron a agredirla,

 

intensificados, y al cabo de un rato se levantó, se lavó, se dio un

 

toque de colorete en las mejillas, se tomó un café, espeso como el barro,

 

y se puso ropa nueva. Se había comprado blusas ligeras, faldas

 

ondulantes y pendientes adornados con plumas multicolores. Iba a

 

dar clase de música a los colegios como una bailarina gitana o una camarera.

 

Se reía de todo y coqueteaba con todo el mundo. Con el

 

hombre que le preparaba el desayuno en la cafetería de abajo, con

 

el chico que le echaba gasolina al coche y con el empleado de Correos

 

que le vendía sellos. Tenía la vaga idea de que Jon se enteraría de lo

 

guapa, lo atractiva y lo feliz que estaba, de que todos los hombres

 

iban detrás de ella. En cuanto salía del apartamento se ponía a actuar,

 

y Jon era el espectador principal, si bien a distancia. Aunque Jon

 

nunca se había dejado deslumbrar por un aspecto llamativo ni por

 

los coqueteos, jamás había pensado que era eso lo que hacía atractiva

 

a Joyce. Cuando viajaban, en muchas ocasiones se las arreglaban con

 

la misma ropa para los dos: calcetines gruesos, vaqueros, camisas oscuras,

 

cazadoras.

 

Otro cambio.

 

Incluso con los chicos más jóvenes o más torpes a los que daba

 

clase, Joyce había adoptado un tono acariciador, desbordante de risas

 

y picardía; resultaba irresistiblemente estimulante. Estaba preparando

 

a sus alumnos para el concierto de fin de curso. Hasta entonces no

 

le entusiasmaba esa tarde de actuación en público; pensaba que obstaculizaba

 

el avance de los alumnos con aptitudes, que los empujaba

 

a una situación para la que no estaban listos. Tanto esfuerzo y tanta

 

tensión solo podían crear valores falsos. Pero aquel año se entregó a

 

todas y cada una de las facetas del espectáculo. El programa, la iluminación,

 

las presentaciones y, por supuesto, las actuaciones. Debería

 

ser divertido, aseguraba. Divertido para los estudiantes y divertido

 

para el público.

 

Naturalmente, contaba con que Jon asistiera. La hija de Edie era

 

uno de los intérpretes, de modo que Edie iría. Y Jon tendría que

 

acompañar a Edie.

 

La primera aparición de Jon y Edie como pareja ante el resto del

 

mundo. Su declaración. No podían eludirlo. Los cambios como el

 

suyo no eran insólitos, sobre todo entre la gente que vivía al sur de la

 

ciudad, pero ellos no eran precisamente gente común. El hecho de

 

que tales reajustes no escandalizaran a nadie no significaba que no

 

llamaran la atención. Había un período necesario de curiosidad antes

 

de que las cosas volvieran a su sitio y la gente se acostumbrase a la

 

nueva unión. Como hacían ellos, y entonces se veía a la pareja recién

 

creada en las tiendas hablando, o al menos saludando, a los abandonados.

 

Pero ese no era el papel que se imaginaba Joyce que desempeña-

 

ría observada por Jon y Edie —bueno, en realidad por Jon— la tarde

 

del concierto.

 

¿Qué se imaginaba? Sabe Dios. No se le pasó por la cabeza que

 

fuera a causarle a Jon tan buena impresión que él entraría en razón

 

cuando apareciera para recibir los aplausos del público al final del espectáculo.

 

No pensó que Jon fuera a morirse de la pena por su estupidez

 

cuando la viera feliz y deslumbrante, dominando la situación,

 

y no hecha un trapo y con ganas de suicidarse, pero sí algo no muy

 

diferente, algo que no era capaz de definir a pesar de que en el fondo

 

lo esperaba.

 

Fue el mejor concierto de todos los años. Todo el mundo lo dijo.

 

Decían que había tenido más fuerza. Más entretenido, pero con mayor

 

intensidad. Los chicos con un vestuario que armonizaba con la

 

música que interpretaban. Sus rostros maquillados de tal manera que

 

no parecían tan asustados ni abnegados.

 

Cuando Joyce salió al final llevaba una camisa larga de seda negra

 

que lanzaba destellos de plata al moverse. También pulseras y brillos

 

de plata en el pelo suelto. Con los aplausos se mezclaron varios

 

silbidos.

 

Jon y Edie no estaban entre el público.

 

2

 

Joyce y Matt van a dar una fiesta en su casa de North Vancouver. Es

 

para celebrar que Matt cumple sesenta y cinco años. Matt es neuro –

 

psicólogo y un buen violinista aficionado. Así conoció a Joyce, violoncelista

 

profesional y su tercera esposa.

 

—Mira a toda esa gente —no para de decir Joyce—. Desde luego,

 

son la historia de toda una vida.

 

Es una mujer delgada e inquieta con una mata de pelo del color

 

del estaño y una ligera joroba, debido a tanto mimar su gran instrumento

 

o simplemente a su costumbre de ser una amable oyente y

 

siempre dispuesta conversadora.

 

Están los colegas de universidad de Matt, por supuesto, los que

 

él considera amigos íntimos. Es un hombre generoso pero sincero, de

 

modo que lógicamente no todos los colegas entran en esa categoría.

 

Está su primera esposa, Sally, acompañada por su cuidadora. Sally sufrió

 

daños cerebrales en un accidente de tráfico cuando tenía veintinueve

 

años, de modo que es prácticamente imposible que sepa quién

 

es Matt o quiénes son sus tres hijos, ya mayores, o que esa es la casa

 

donde vivía cuando era joven y estaba casada. Pero mantiene intactos

 

sus agradables modales y le encanta conocer gente, aunque ya la haya

 

conocido hace quince minutos. Su cuidadora es una mujercita escocesa

 

muy arreglada que cada dos por tres explica que no está acostumbrada

 

a las fiestas ruidosas como esa y que no bebe mientras trabaja.

 

Doris, la segunda esposa de Matt, vivió con él menos de un año,

 

aunque estuvo casada con él durante tres. Ha ido con su pareja,

 

Louise, mucho más joven que ella, y la hija de ambas, a quien Louise

 

había dado a luz unos meses antes. Doris ha seguido siendo amiga

 

de Matt y sobre todo del hijo menor de Matt y Sally, Tommy, que era

 

lo bastante pequeño para quedar a su cuidado cuando estaba casada

 

con su padre. También están presentes los dos hijos mayores de

 

Matt, con sus hijos y las madres de sus hijos, aunque una de ellas ya

 

no está casada con el padre. Él va acompañado por su actual pareja y

 

el hijo de esta, que se está peleando con uno de los hijos de la misma

 

línea por ver a quién le toca subirse al columpio.

 

Tommy ha llevado por primera vez a su amante, Jay, que de momento

 

no ha dicho nada. Tommy le ha dicho a Joyce que Jay no está

 

acostumbrado a las familias.

 

—Lo compadezco —dice Joyce—. En realidad, antes yo tampoco

 

lo estaba.

 

Se ríe; apenas para de reírse mientras explica la situación de los

 

miembros oficiales y distantes de lo que Matt llama el clan. Ella no

 

tiene hijos, pero sí un ex marido, Jon, que vive en una ciudad fabril

 

de la costa que pasa por una mala racha. Lo había invitado a la fiesta,

 

pero no podía asistir. Bautizaban al nieto de su tercera esposa el

 

mismo día. Naturalmente, Joyce también había invitado a la esposa,

 

que se llama Charlene y regenta una panadería. Ella había escrito la

 

amable nota sobre el bautizo que llevó a Joyce a decirle a Matt que le

 

resultaba increíble que Jon se hubiera metido en la religión.

 

—Ojalá hubieran podido venir —dice tras explicarle todo esto a

 

un vecino. (Han invitado a los vecinos para que no se quejen del ruido)—.

 

Así yo también habría participado en estas complicaciones.

 

Hubo una segunda esposa, pero no tengo ni idea de adónde ha ido a

 

parar y creo que él tampoco.

 

Hay un montón de comida, que han cocinado Matt y Joyce y

 

que ha llevado la gente, y un montón de vino y de ponche de frutas

 

para los niños y de auténtico ponche que Matt ha preparado especialmente

 

para la ocasión, en recuerdo de los viejos tiempos, dice,

 

cuando la gente sabía beber de verdad. Asegura que lo habría metido

 

en un cubo de basura bien fregado, como hacían entonces, pero que

 

hoy en día a todo el mundo le daría aprensión bebérselo. De todos

 

modos, la mayoría de los adultos jóvenes ni lo tocan.

 

El jardín es grande. Hay críquet, para quien quiera jugar, y está

 

el disputado columpio de su infancia que Matt ha sacado del garaje.

 

Muchos de los niños solo han visto columpios en los parques y módulos

 

de plástico en los jardines traseros. Sin duda Matt es una de las

 

últimas personas de Vancouver que tiene un columpio de su infancia

 

y que vive en la casa en que se crió, una casa en Windsor Road, en la

 

ladera de Grouse Mountain, donde antes estaba la linde del bosque.

 

Ahora las viviendas no paran de amontonarse ladera arriba, la mayoría

 

como castillos con garajes gigantescos. Esta casa tendrá que desaparecer

 

un día de estos, dice Matt. Los impuestos son espantosos.

 

Tendrá que desaparecer, y un par de monstruosidades ocuparán su

 

lugar.

 

Joyce no se imagina su vida con Matt en otro sitio. Aquí siempre

 

pasan tantas cosas… Gente que viene y va, se deja cosas (niños incluidos)

 

y las recoge más tarde. El cuarteto de cuerda de Matt en el

 

estudio los domingos por la tarde, la reunión de la Hermandad Unitaria

 

en el salón los domingos por la noche, la planificación de la estrategia

 

del Partido Verde en la cocina. El grupo de lectura de teatro

 

dramatiza en la parte delantera de la casa mientras alguien desgrana

 

los detalles del drama de la vida real en la cocina (la presencia de Joyce

 

se requiere en ambos sitios). Matt y unos colegas de la facultad negocian

 

la estrategia en el estudio con la puerta cerrada.

 

Joyce comenta con frecuencia que Matt y ella raramente están

 

juntos a solas, salvo en la cama.

 

—Y él leyendo algo importante.

 

Mientras ella lee algo sin importancia.

 

Da igual. A Matt lo animan una cordialidad y un entusiasmo

 

que ella podría necesitar. Incluso en la universidad —donde se relaciona

 

con estudiantes de posgrado, colaboradores, posibles enemigos

 

y detractores— da la impresión de moverse en un torbellino difícil de

 

controlar. En su momento a Joyce todo aquello le había parecido reconfortante,

 

y probablemente se lo seguiría pareciendo, si tuviera tiempo

 

para verlo desde fuera. Probablemente se envidiaría a sí misma,

 

desde fuera. Quizá la gente la envidiaba, o al menos la admiraba,

 

pensando que encajaba tan bien con él, con todos sus amigos, obligaciones

 

y actividades, y naturalmente por su propia trayectoria pro-

 

fesional. Al verla nadie pensaría en que cuando llegó a Vancouver se

 

sentía tan sola que accedió a salir con el chico de la tintorería, diez

 

años demasiado joven para ella. Y después Matt la sacó del pozo.

 

En este momento está atravesando el césped con un chal en el

 

brazo para la anciana señora Fowler, la madre de Doris, la segunda

 

esposa y lesbiana tardía. La señora Fowler no puede estar sentada al

 

sol, pero a la sombra tiene escalofríos. Y en la otra mano lleva un vaso

 

de limonada recién hecha para la señora Gowan, la cuidadora de

 

Sally. A la señora Gowan le parece demasiado dulce el ponche para

 

los niños. No le permite a Sally que beba nada; podría derramárselo

 

sobre el bonito vestido o tirárselo a alguien si le da por ponerse traviesa.

 

A Sally no parece importarle que la priven de eso.

 

En el trayecto por el césped Joyce sortea un grupo de jóvenes

 

sentados en círculo. Tommy, su nuevo amigo, otros amigos a los que

 

ha visto con frecuencia en la casa y algunos a los que cree no haber

 

visto nunca. Oye decir a Tommy:

 

—No, no soy Isadora Duncan.

 

Todos se echan a reír.

 

Joyce comprende que deben de estar jugando a ese juego complicado

 

y esnob, tan de moda hace unos años. ¿Cómo se llamaba?

 

Cree que empezaba por B. Habría pensado que actualmente la gente

 

era demasiado antielitista para dedicarse a semejante pasatiempo.

 

Buxtehude. Lo ha dicho en alto.

 

—Estáis jugando al Buxtehude.

 

—Por lo menos has adivinado la B —dice Tommy, riéndose de

 

ella para que los demás también puedan reírse—. No, si mi belle mère

 

no es tonta. Pero es música. ¿No era músico Buxtahoody?

 

—Buxtehude recorrió ochenta kilómetros a pie para oír a Bach

 

tocar el órgano —responde Joyce con cierto mal humor—. Sí. Era

 

músico.

 

—Joder —dice Tommy.

 

Una chica del círculo se pone en pie y Tommy la llama.

 

—Oye, Christie. Christie. ¿No vas a seguir jugando?

 

—Ahora vuelvo. Voy a esconderme un rato entre los arbustos

 

con mi repugnante cigarrillo.

 

La chica lleva un vestido negro, corto y con volantes, que recuerda

 

una prenda de lencería o un camisón, y una chaquetita negra,

 

austera pero escotada. Pelo escaso y descolorido, rostro esquivo y descolorido,

 

cejas invisibles. A Joyce le desagrada inmediatamente. Una

 

de esas chicas cuya misión en la vida consiste en hacer que la gente se

 

sienta incómoda, piensa. Colándose —Joyce presume que debe de

 

haberse colado— en una fiesta en casa de unas personas a las que no

 

conoce pero a las que se cree con derecho a despreciar. Por su espontaneidad

 

y alegría (¿superficiales?) y su hospitalidad burguesa. (¿Se sigue

 

diciendo «burgués»?)

 

No es que los invitados no puedan fumar donde les apetezca. No

 

hay ningún cartelito latoso, ni siquiera dentro de la casa. Joyce nota

 

que le arrebatan gran parte de su alegría.

 

—Tommy —dice bruscamente—. Tommy, ¿te importaría llevarle

 

este chal a la abuela Fowler? Parece que tiene frío. Y la limonada es

 

para la señora Gowan. Ya sabes. La persona que está con tu madre.

 

No viene mal recordarle ciertas relaciones y responsabilidades.

 

Tommy se pone en pie rápidamente y con gesto cortés.

 

—Botticelli —dice, aliviándola del chal y el vaso.

 

—Perdón. No quería interrumpir el juego.

 

—De todos modos no se nos da nada bien —dice un chico a

 

quien Joyce conoce. Justin—. No somos tan listos como erais vosotros

 

antes.

 

—Eso es. Antes —dice Joyce. Momentáneamente perdida, sin

 

saber qué hacer ni adónde ir.

 

Están fregando los platos en la cocina. Joyce, Tommy y el nuevo amigo,

 

Jay. La fiesta ha terminado. La gente se ha marchado entre abrazos,

 

besos y alboroto, algunos con bandejas de comida para las que

 

Joyce no tiene sitio en la nevera. Han tirado ensaladas mustias, tartas

 

de nata y huevos picantes. De todos modos, pocos huevos picantes

 

han comido. Trasnochados. Demasiado colesterol.

 

—Una lástima, con el trabajo que han dado. A lo mejor a la gente

 

le han recordado las cenas de la iglesia —dice Joyce vaciando un

 

plato entero en el cubo de la basura.

 

—Mi abuela los hacía —dice Jay.

 

Son las primeras palabras que le ha dirigido a Joyce, y ella ve la

 

expresión agradecida de Tommy. Ella también está agradecida, a pesar

 

de que Jay la haya incluido en la categoría de su abuela.

 

—Nosotros hemos comido unos cuantos y estaban buenos

 

—dice Tommy.

 

Jay y él llevan al menos media hora trajinando con Joyce, recogiendo

 

los vasos, platos y cubiertos que había diseminados por la

 

hierba, la galería y toda la casa, incluso en los sitios más curiosos,

 

como en las macetas y bajo los cojines del sofá.

 

Los chicos —ella los considera chicos— han llenado el lavaplatos

 

con más maña de la que habría tenido ella, rendida como está, y

 

han llenado los fregaderos, uno con agua caliente y jabón y el otro

 

con agua fría para enjuagar los vasos.

 

—Podríamos dejarlos para cuando pongamos en marcha el lavaplatos

 

otra vez —ha dicho Joyce, pero Tommy se ha negado.

 

—No se te ocurriría meterlos en el lavaplatos si todo lo que has

 

tenido que hacer hoy no te hubiera hecho perder el juicio.

 

Jay friega, Joyce seca y Tommy recoge. Aún recuerda dónde va

 

cada cosa en esa casa. En el porche Matt mantiene una enérgica con-

 

versación con un señor del departamento. Al parecer no está tan borracho

 

como daban a entender los múltiples abrazos y las prolongadas

 

despedidas de hace un rato.

 

—Es posible que haya perdido el juicio —dice Joyce—. De momento

 

lo que me pide el cuerpo es librarme de todo esto y comprarlo

 

de plástico.

 

—El síndrome posfiesta —asegura Tommy—. Lo conocemos

 

muy bien.

 

—¿Y quién es esa chica del vestido negro? —pregunta Joyce—.

 

La que ha dejado de jugar.

 

—¿Christie? Debes de referirte a Christie. Christie O’Dell. Es la

 

mujer de Justin, pero conserva su apellido. Conoces a Justin, ¿no?

 

—Claro que conozco a Justin. Lo que no sabía es que estuviera

 

casado.

 

—Hay que ver qué mayores se hacen todos —dijo Tommy, burlón—.

 

Justin tiene treinta años —añade—. Probablemente ella es

 

mayor.

 

—Mucho mayor, desde luego —dice Jay.

 

—Tiene un aspecto interesante esa chica —dice Joyce—. ¿Có –

 

mo es?

 

—Es escritora. Está bien.

 

Inclinándose sobre el fregadero, Jay hace un ruido que Joyce no

 

sabe interpretar.

 

—Es muy dada a mantener las distancias —dice Tommy dirigiéndose

 

a Jay—. ¿O me equivoco? ¿A ti qué te parece?

 

—Se cree la hostia —contesta Jay con toda claridad.

 

—Bueno, acaba de publicar su primer libro —dice Tommy—.

 

No me acuerdo del título. Es como de manual de instrucciones. No

 

me parece buen título. Cuando sacas tu primer libro, supongo que

 

eres la hostia por una temporada.

 

Al pasar ante una librería de Lonsdale unos días más tarde, Joyce ve

 

la cara de la chica en un cartel. Y allí está su nombre, Christie O’-

 

Dell. Lleva sombrero negro y la misma chaquetita negra de la fiesta.

 

Entallada, austera, muy escotada. Aunque prácticamente no tiene

 

nada de lo que presumir en esa zona. Mira directamente a la cámara,

 

con su mirada sombría, herida, vagamente acusadora.

 

¿Dónde la ha visto Joyce? En la fiesta, claro. Pero incluso entonces,

 

con su rechazo probablemente injustificado, tuvo la sensación de

 

que conocía aquella cara.

 

¿Una alumna? Había tenido tantos alumnos en sus tiempos…

 

Entra en la librería y compra un ejemplar del libro. Cómo hemos

 

de vivir. Sin signos de interrogación. La mujer que se lo ha vendido

 

dice: «Y si lo trae el viernes por la tarde, entre las dos y las cuatro, la

 

autora estará aquí para firmárselo. No arranque la etiqueta dorada

 

para que se vea que lo ha comprado aquí».

 

Joyce nunca ha llegado a comprender eso de hacer cola para ver

 

unos momentos al autor y después marcharse con el nombre de un

 

desconocido escrito en tu libro. Así que murmura algo cortésmente,

 

sin dar a entender ni sí ni no.

 

Ni siquiera sabe si leerá el libro. De momento tiene a medias un

 

par de buenas biografías que sin duda son más de su gusto.

 

Cómo hemos de vivir es una colección de relatos, no una novela.

 

Eso ya supone una decepción. Parece mermar la autoridad del libro,

 

da la impresión de que la autora se queda a las puertas de la literatura

 

en lugar de encontrarse acomodada dentro.

 

Sin embargo, Joyce se lleva el libro a la cama esa noche y consulta

 

el índice con diligencia. En mitad de la lista le llama la atención un

 

título.

 

—«Kindertotenlieder».

 

Mahler. Terreno conocido. Más tranquila, va a la página indicada.

 

Alguien, probablemente la autora, ha tenido el sentido común de

 

poner una traducción.

 

«Canciones a la muerte de los niños.»

 

Matt resopla a su lado.

 

Joyce sabe que no está de acuerdo con algo de lo que lee y que le

 

gustaría que ella le preguntara qué es. Así que se lo pregunta.

 

—Por Dios. Menudo imbécil.

 

Joyce deja Cómo hemos de vivir boca abajo sobre su pecho y hace

 

unos ruiditos para demostrar que le está prestando atención a Matt.

 

En la contracubierta del libro aparece la misma foto de la autora,

 

en esta ocasión sin sombrero. Igualmente adusta, y huraña, pero un

 

poco menos pretenciosa. Mientras Matt habla, Joyce mueve las rodillas

 

para apoyar el libro sobre ellas y leer las pocas frases de la nota

 

biográfica de la cubierta.

 

Christie O’Dell se crió en Rough River, un pueblo de la costa

 

de la Columbia Británica. Cursó el Programa de Escritura Creativa de

 

la Universidad de la Columbia Británica. Vive en Vancouver, Columbia

 

Británica, con su marido, Justin, y su gato, Tiberius.

 

Después de explicarle en qué consiste la imbecilidad de su libro,

 

Matt levanta la vista para mirar el libro de Joyce y dice:

 

—Esa chica estuvo en nuestra fiesta.

 

—Sí. Se llama Christie O’Dell. Es la mujer de Justin.

 

—¿Y ha escrito un libro? ¿De qué?

 

—De ficción.

 

—Ah.

 

Matt reanuda la lectura pero al cabo de un momento con un

 

dejo de arrepentimiento, le pregunta:

 

—¿Está bien?

 

—Todavía no lo sé. «Ella vivía con su madre —lee Joyce—, en

 

una casa entre las montañas y el mar…»

 

Nada más leer esas palabras se siente demasiado incómoda para

 

seguir leyendo. O para seguir leyendo con su marido al lado. Cierra

 

el libro y dice:

 

—Creo que me voy abajo un rato.

 

—¿Te molesta la luz? Estaba a punto de apagarla.

 

—No. Creo que me apetece un té. Ahora te veo.

 

—Probablemente me quedaré dormido.

 

—Entonces, buenas noches.

 

—Buenas noches.

 

Joyce le da un beso y coge el libro.

 

Ella vivía con su madre en una casa entre las montañas y el mar. Antes

 

había vivido con la señora Noland, que tenía una casa de acogida.

 

El número de niños que había en la casa cambiaba de vez en cuando,

 

pero siempre eran demasiados. Los pequeños dormían en una cama

 

en medio de la habitación y los mayores en catres a ambos lados de la

 

cama para que los pequeños no se cayeran. Sonaba una campana para

 

despertarlos por la mañana. La señora Noland se quedaba en la puerta

 

y tocaba la campana. Cuando volvía a tocarla tenías que haber hecho

 

pis, haberte lavado y estar vestido y listo para desayunar. Después

 

los mayores debían ayudar a los pequeños a hacer las camas. A

 

veces los pequeños del centro habían mojado la cama porque les costaba

 

trabajo salir a cuatro patas por encima de los mayores. Algunos

 

mayores se chivaban pero otros eran más amables y se limitaban a tirar

 

de las sábanas y a dejarlas secar, y a veces cuando volvías a la cama

 

por la noche no estaban del todo secas. Eso era casi todo lo que recordaba

 

de la casa de la señora Noland.

 

Después se fue a vivir con su madre, y todas las noches su madre

 

la llevaba a una reunión de Alcohólicos Anónimos. Tenía que llevarla

 

porque no había nadie con quien dejarla. En Alcohólicos Anónimos

 

había una caja de Lego para que jugaran los niños pero a ella no le

 

gustaban mucho los Lego. Cuando empezó a estudiar violín en el colegio

 

la madre se llevaba el violín a Alcohólicos Anónimos. Aunque

 

allí no le permitían tocar, no podía perderlo de vista porque era del

 

colegio. Si la gente se ponía a hablar muy alto ella ensayaba bajito.

 

Las clases de violín eran en el colegio. Si no querías tocar un instrumento

 

podías tocar el triángulo, pero la profesora prefería que tocaras

 

algo más potente. La profesora era una mujer alta de pelo castaño

 

que normalmente llevaba recogido en una larga trenza que le

 

caía por la espalda. No olía como las demás profesoras. Algunas se

 

ponían perfume, pero ella nunca. Olía a madera o a estufa o a árboles.

 

Más adelante la niña pensó que el olor era a cedro machacado.

 

Cuando la madre de la niña empezó a trabajar para el marido de la

 

profesora olía a lo mismo, pero no exactamente igual. La diferencia

 

parecía consistir en que su madre olía a madera y la profesora olía a

 

la madera de la música.

 

La niña no estaba muy dotada pero trabajaba mucho. No lo hacía

 

porque le gustara la música. Lo hacía por amor a la profesora,

 

nada más.

 

Joyce deja el libro en la mesa de la cocina y vuelve a mirar el retrato

 

de la autora. ¿Tiene algo de Edie esa cara? Nada. Nada, ni en los rasgos

 

ni en la expresión.

 

Se levanta y coge el brandy; se pone un poco en el té. Intenta hacer

 

memoria del nombre de la hija de Edie. Christie no, desde luego.

 

No recordaba que Edie la hubiera llevado nunca a la casa. En el colegio

 

había entonces varios niños que estudiaban violín.

 

La niña no debía de carecer por completo de aptitudes, pues Joyce

 

la habría derivado hacia algo menos difícil que el violín. Pero no

 

estaría muy dotada —bueno, eso es lo que pasaba, no estaba do ta –

 

da— de lo contrario a Joyce se le habría quedado su nombre.

 

Un rostro sin expresión. Una borrosa puerilidad femenina. Aunque

 

había algo que Joyce reconoció en el rostro de la chica, la mujer,

 

adulta.

 

Era probable que hubiese ido a la casa si Edie estaba ayudando a

 

Jon un sábado. O incluso en aquellos días en los que Edie se presentaba

 

como una especie de visita, no para trabajar sino para ver cómo

 

iba el trabajo, echar una mano en caso necesario. Plantificarse a mirar

 

lo que quiera que estuviera haciendo Jon y meterse en cualquier

 

conversación que pudiera tener con Joyce en su valioso día libre.

 

Christine. Claro. Eso era. Fácil de cambiar por Christie.

 

Christine debía de estar de alguna manera al tanto del noviazgo;

 

Jon debía de pasarse por el apartamento, al igual que Edie se pasaba

 

por la casa. Quizá Edie había sondeado a la niña.

 

¿Qué te parece Jon?

 

¿Qué te parece la casa de Jon?

 

¿No estaría bien irse a vivir a casa de Jon?

 

Mamá y Jon se gustan mucho, y cuando dos personas se gustan

 

mucho quieren vivir en la misma casa. Tu profesora de música y Jon

 

no se gustan tanto como mamá y Jon, así que mamá, Jon y tú viviréis

 

en casa de Jon y tu profesora de música se irá a vivir a un apartamento.

 

Todo eso era absurdo; Edie jamás soltaría semejantes chorradas,

 

reconócelo.

 

Joyce cree saber qué sesgo tomará la historia. La niña hecha un

 

lío con los asuntos y los engaños de los adultos, zarandeada de acá

 

para allá. Pero cuando vuelve a coger el libro descubre que apenas se

 

menciona el cambio de vivienda.

 

Todo gira alrededor del amor de la niña por la profesora.

 

El jueves, el día de la clase de música, es el día memorable de la

 

semana; su felicidad o desdicha depende del éxito o el fracaso de la interpretación

 

de la niña y de la atención que la profesora preste a la

 

interpretación. Ambas cosas son casi insoportables. Aunque la voz de

 

la profesora fuera controlada, bondadosa y bromista para disimular

 

su desánimo y su decepción. La niña se siente fatal. O la profesora de

 

repente parece contenta y de buen humor.

 

—Muy bien. Muy bien. Hoy sí que has dado la talla.

 

Y la niña se siente tan feliz que tiene retortijones en las tripas.

 

Luego llega el jueves en que la niña tropieza en el patio del recreo

 

y se hace un arañazo en la rodilla. La profesora limpiando la herida

 

con un paño húmedo y templado, con voz repentinamente dulce

 

asegurando que eso se merece algo especial al tiempo que se

 

acerca al cuenco de los Smarties con que anima a los niños más pequeños.

 

—¿Cuál prefieres?

 

La niña, abrumada, dice:

 

—Cualquiera.

 

¿Es el comienzo de un cambio? ¿Es por la primavera, los preparativos

 

del concierto?

 

La niña se siente única. Va a ser solista. Eso significa que tiene

 

que quedarse después de clase los jueves para ensayar, así que no puede

 

coger el autobús escolar para salir de la ciudad hasta la casa donde

 

viven su madre y ella. La lleva la profesora en su coche. Por el camino

 

le pregunta si está nerviosa por el concierto.

 

Un poco.

 

Pues entonces, dice la profesora, tiene que acostumbrarse a pensar

 

en algo muy bonito. Como un pájaro cruzando el cielo. ¿Qué pájaro

 

prefiere?

 

Otra vez las preferencias. La niña no puede pensar, no puede

 

pensar en ningún pájaro. Y suelta:

 

—¿Un cuervo?

 

La profesora se ríe.

 

—Vale. Vale. Piensa en un cuervo. Justo antes de empezar a tocar

 

piensa en un cuervo.

 

Después, quizá para contrarrestar la risa, al percibir la humillación

 

de la niña, la profesora propone que vayan a Willingdon Park a

 

ver si el puesto de helados está abierto para el verano.

 

—¿No se preocupan si no vuelves enseguida a casa?

 

—Saben que estoy con usted.

 

El puesto de helados está abierto, pero tiene una oferta muy limitada.

 

Todavía no han llevado los sabores más fascinantes. La niña

 

elige la fresa; esta vez tenía la respuesta preparada con gran agitación

 

y dicha. La profesora escoge la vainilla, como muchos adultos. Sin

 

embargo, bromea con el dependiente y le dice que como no se dé prisa

 

en llevar ron con pasas empezará a caerle mal.

 

Quizá sea entonces cuando se produce otro cambio. Al oír a la

 

profesora hablar de esa manera, con descaro, casi como hablan las

 

chicas mayores, la niña se tranquiliza. A partir de aquel momento se

 

siente menos atenazada por la adoración, pero completamente feliz.

 

Van en el coche hasta el muelle para ver los botes amarrados, y la profesora

 

dice que siempre ha querido vivir en una casa flotante. A que

 

sería divertido, dice, y naturalmente, la niña le da la razón. Señalan

 

la que escogerían. Es de factura casera, y está pintada de azul claro,

 

con una hilera de ventanitas en las que hay macetas de geranios.

 

Eso las lleva a una conversación sobre la casa donde vive actualmente

 

la niña, la casa donde vivía la profesora. Y después, en sus viajes

 

en coche, vuelve a surgir el tema con frecuencia. La niña cuenta

 

que le gusta tener un dormitorio para ella sola pero no le gusta lo os-

 

curo que está fuera. A veces cree oír animales salvajes cerca de su ventana.

 

—¿Qué animales salvajes?

 

Osos, pumas. Su madre dice que están en el bosque y que nunca

 

llegan hasta allí.

 

—¿Te metes corriendo en la cama de tu madre cuando los oyes?

 

—Se supone que no debo.

 

—¡Dios mío! ¿Por qué?

 

—Está Jon.

 

—¿Qué dice Jon de los osos y los pumas?

 

—Dice que solo son ciervos.

 

—¿Se enfadó con tu madre por lo que ella te había dicho?

 

—No.

 

—Me imagino que no se enfada nunca.

 

—Una vez se enfadó un poco. Cuando mi madre y yo le tiramos

 

todo su vino al fregadero.

 

La profesora dice que es una lástima tener siempre miedo del

 

bosque. Se puede pasear por allí, dice, sin que te molesten los animales

 

salvajes, sobre todo si haces algún ruido, cosa que normalmente

 

haces. Ella conoce los senderos más resguardados y los nombres de

 

todas las flores silvestres que están a punto de salir. Violetas de perro.

 

Trilios. Violetas moradas y colombinas. Lirios de chocolate.

 

—Creo que se llaman de otro modo, pero a mí me gusta llamarlas

 

lirios de chocolate. Es un nombre delicioso. No tiene nada que

 

ver con el sabor, por supuesto, sino con el aspecto. Parecen de chocolate

 

con un trocito morado, como moras machacadas. No abundan

 

pero yo sé dónde hay unos cuantos.

 

Joyce vuelve a dejar el libro. Ahora, ahora comprende el giro, presiente

 

el horror que se avecina. La niña inocente, la adulta enfermiza

 

y astuta, esa seducción. Debería haberlo sabido. Todo muy de moda

 

hoy en día, algo prácticamente obligatorio. Los bosques, las flores de

 

primavera. Aquí era donde la autora injertaba su odiosa ficción en la

 

gente y la situación que había sacado de la vida real, demasiado perezosa

 

para inventar pero no para difamar.

 

Porque una parte era verdad, desde luego. Joyce recuerda cosas

 

que había olvidado. Llevar a Christine a casa con el coche, sin pensar

 

jamás en ella como Christine sino como la hija de Edie. Recuerda

 

que no podía entrar en el jardín para dar la vuelta, que siempre dejaba

 

a la niña junto a la carretera y que después seguía unos trescientos

 

metros para buscar un sitio donde girar. No recuerda nada del helado.

 

Pero había una casa flotante exactamente como la que estaba

 

amarrada en el muelle. Incluso las flores, y el artero interrogatorio a

 

la niña; eso podía ser verdad.

 

Joyce tiene que continuar. Le gustaría servirse más brandy, pero

 

tiene ensayo a las nueve de la mañana.

 

Nada por el estilo. Ha vuelto a equivocarse. Los bosques y los lirios

 

de chocolate desaparecen del relato, el concierto apenas se menciona.

 

El colegio acaba de terminar. Y la mañana del domingo de la última

 

semana la niña se despierta temprano. Oye la voz de la profesora en

 

el jardín y se acerca a la ventana de su habitación. La profesora está

 

en su coche, con la ventanilla bajada, hablando con Jon. El coche lleva

 

un pequeño remolque. Jon va descalzo, con el torso desnudo, solamente

 

con los vaqueros. Llama a la madre de la niña, que sale por

 

la puerta de la cocina y da unos pasos por el jardín, pero no llega hasta

 

el coche. Lleva una camisa de Jon a modo de bata. Siempre lleva

 

manga larga para ocultar los tatuajes.

 

La conversación es sobre algo del apartamento que Jon promete

 

recoger. La profesora le lanza las llaves. Después, quitándose la pala-

 

bra de la boca el uno al otro, Jon y la madre de la niña insisten para

 

que se lleve otras cosas. Pero la profesora se ríe desabridamente y

 

dice: «Todo vuestro». Enseguida Jon dice: «Vale. Hasta pronto», y la

 

profesora repite: «Hasta pronto», y la madre de la niña no dice nada

 

audible. La profesora se ríe como antes y Jon le indica cómo dar la

 

vuelta en el jardín con el coche y el remolque. La niña ya está corriendo

 

escaleras abajo en pijama, aunque sabe que la profesora no

 

está de humor para hablar con ella.

 

—Acaba de irse —dice la madre de la niña—. Tenía que coger el

 

ferry.

 

Se oye un bocinazo, Jon levanta una mano. Después cruza el jardín

 

y le dice a la madre de la niña: «Ya está».

 

La niña pregunta si la profesora va a volver y Jon dice:

 

—No creo.

 

Lo que ocupa otra media página es la cada vez más clara comprensión

 

de la niña de lo que ha ocurrido. A medida que se hace mayor

 

recuerda ciertas preguntas, el sondeo en apariencia casual. Información

 

—en realidad bastante inútil— sobre Jon (a quien ella no

 

llama Jon) y su madre. ¿A qué hora se levantaban por la mañana?

 

¿Qué les gustaba comer? ¿Cocinaban juntos? ¿Qué oían en la radio?

 

(Nada. Habían comprado una televisión.)

 

¿Qué se proponía la profesora? ¿Esperaba oír cosas desagradables?

 

¿O solo anhelaba oír lo que fuera, estar en contacto con alguien

 

que dormía bajo el mismo techo, comía en la misma mesa, estaba

 

junto a esas dos personas a diario?

 

Eso es lo que la niña nunca sabrá. Lo que sí sabe es lo poco que

 

importaba ella, cómo se había manipulado su cariño, hasta qué punto

 

era una pobre inocentona. Y eso la llena de amargura, claro que sí.

 

De amargura y orgullo. Se considera una persona a la que jamás volverán

 

a tomar el pelo.

 

Sin embargo, ocurre algo. Y he aquí el final inesperado. Su opinión

 

sobre la profesora y esa época de su infancia cambia un buen

 

día. No sabe ni cómo ni cuándo, pero se da cuenta de que ya no cree

 

que esa época fuera una mentira. Piensa en la música que tan dolorosamente

 

aprendió a tocar (por supuesto la dejó, incluso antes de la

 

adolescencia). El empuje de sus esperanzas, las rachas de felicidad, los

 

nombres curiosos y encantadores de las flores del bosque que nunca

 

llegó a ver.

 

El amor. Lo agradecía. Casi parecía que tuviera que producirse

 

un ahorro aleatorio y, por supuesto, injusto en los gastos emocionales

 

del mundo, como si la gran felicidad de una persona —aunque fuera

 

pasajera y endeble— pudiera derivar de la gran infelicidad de otra.

 

Pues sí, piensa Joyce. Sí.

 

El viernes por la tarde Joyce va a la librería. Lleva su libro para que se

 

lo firmen, y también una caja pequeña de Le Bon Chocolatier. Se

 

pone en la cola. Le sorprende un poco ver cuánta gente ha ido. Mujeres

 

de su edad, mujeres mayores y más jóvenes. Unos cuantos hombres,

 

todos más jóvenes, algunos acompañando a sus novias.

 

La señora que le vendió el libro la reconoce.

 

—Me alegro de volver a verla —dice—. ¿Ha leído la crítica del

 

Globe? ¡Caray!

 

Joyce está aturdida, incluso tiembla un poco. Le cuesta trabajo

 

hablar.

 

La señora pasa junto a la cola, explicando que la autora solo puede

 

firmar los ejemplares comprados en esa librería, que no aceptan

 

cierta antología en la que aparece uno de los relatos de Christie

 

O’Dell y que lo lamenta.

 

Joyce tiene delante una señora alta y ancha y no consigue ver a

 

Christie O’Dell hasta que la mujer se inclina para poner el libro so-

 

bre la mesa de firmas. Entonces ve a una joven completamente distinta

 

de la chica del cartel y de la chica de la fiesta. Ha desaparecido

 

el conjunto negro, también el sombrero negro. Christie O’Dell lleva

 

una chaqueta de brocado de seda rosa oscuro, con diminutas cuentas

 

doradas cosidas a las solapas. Debajo, una delicada camisola rosa.

 

Lleva el pelo recién teñido de dorado, aros de oro en las orejas y

 

una cadena de oro fina como un cabello alrededor del cuello. Sus labios

 

brillan como pétalos de flor y los párpados están sombreados de

 

ocre.

 

En fin…, ¿quién querría comprar un libro escrito por un quejica

 

o un fracasado?

 

Joyce no tiene pensado qué va a decir. Confía en que se le ocurra

 

algo.

 

La dependienta vuelve a hablar.

 

—¿Ha abierto el libro por la página donde quiere la firma?

 

Joyce tiene que dejar la caja para hacerlo. Nota una palpitación

 

en la garganta.

 

Christie O’Dell levanta la vista y la mira, le sonríe; una sonrisa

 

de refinada cordialidad, de distanciamiento profesional.

 

—¿Cómo se llama?

 

—Joyce. Con eso vale.

 

El tiempo pasa con mucha rapidez.

 

—¿Nació usted en Rough River?

 

—No —dice Christie O’Dell un tanto fastidiada o al menos más

 

apagada—. Viví allí una temporada. ¿Pongo la fecha?

 

Joyce recupera su caja. En Le Bon Chocolatier vendían flores de

 

chocolate, pero no lirios. Solamente rosas y tulipanes. Así que había

 

comprado tulipanes, que en realidad no son tan distintos de los lirios.

 

Ambos son bulbos.

 

—Quiero darle las gracias por «Kindertotenlieder» —dice tan

 

precipitadamente que casi se traga la larga palabra—. Para mí significa

 

mucho. Le he traído un regalo.

 

—Una historia preciosa, ¿verdad? —La dependienta coge la

 

caja—. Voy a guardar esto.

 

—No es una bomba —dice Joyce riéndose—. Son lirios de chocolate.

 

Tulipanes, en realidad. Como no tenían lirios he traído tulipanes.

 

Creo que son lo que más se les parece.

 

Se da cuenta de que la dependienta ya no sonríe, sino que la mira

 

con dureza.

 

—Gracias —dice Christie O’Dell.

 

El rostro de la chica no expresa ni pizca de reconocimiento. La chica

 

no conoció a Joyce hace años en Rough River ni hace dos semanas

 

en la fiesta. Ni siquiera parece que haya reconocido el título de su propio

 

relato. Se diría que no tiene nada que ver con él. Como si fuera

 

algo de lo que se hubiera librado y hubiera dejado tirado en la hierba.

 

Christie O’Dell sigue sentada y escribe su nombre como si fueran

 

las únicas palabras escritas de las que pudiera hacerse responsable

 

en este mundo.

 

—Ha sido un placer charlar con usted —dice la dependienta,

 

aún mirando la caja que la chica de Le Bon Chocolatier ha adornado

 

con una cinta amarilla enroscada.

 

Christie O’Dell ha levantado la vista para saludar a la siguiente

 

persona de la cola y Joyce al fin tiene la sensatez de marcharse, antes

 

de convertirse en el hazmerreír de la gente y de que su caja, quién

 

sabe, se convierta en objeto de interés para la policía.

 

Andando por Lonsdale Avenue, cuesta arriba, se siente hundida, pero

 

poco a poco va recuperando la calma. Todo aquello incluso podría

 

acabar como una historia divertida que algún día contaría. No le sorprendería

 

nada.
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