Baal Shem Tov. Un lugar en el bosque

Compartimos esta bella historia de la tradición judía.
Un lugar en el Bosque
266-bal-e-fannlllliar
 
Esta historia nos cuenta de un famoso rabino jasídico: Baal Shem Tov.
Baal Shem Tov era muy conocido dentro de su comunidad porque todos decían que él era un hombre tan piadoso, tan bondadoso, tan casto y tan puro que Dios escuchaba sus palabras cuando él hablaba.
 
Se había hecho una tradición en este pueblo: Todos los que tenían un deseo insatisfecho necesitaban algo que no habían podido conseguir iban a ver al rabino.
 
Baal Shem Tov se reunía con ellos una vez por año, en un día especial que él elegía. Y los llevaba a todos juntos a un lugar único, que él conocía en medio del bosque.
Y una vez allí, cuenta la leyenda, que Baal Shem Tov armaba con ramas y hojas un fuego de una manera muy particular y muy hermosa, y entonaba después una oración en voz muy baja… como si fuera para él mismo.
Y dicen…
Que a Dios le gustaba tanto esas palabras que Baal Shem Tov decía, se fascinaba tanto con el fuego armado de esa manera, quería tanto a esa reunión de gente en ese lugar del bosque… que no podía resistir el pedido de Baal Shem Tov y concedía los deseos de todas las personas que ahí estaban.
 
Cuando el rabino murió, la gente se dio cuenta que nadie sabía las palabras que Baal Shem Tov decía cuando iban todos juntos a pedir algo…
Pero conocían el lugar en el bosque. Sabían como armar el fuego.
Una vez por año, siguiendo la tradición que Baal Shem Tov había instituido, todos los que tenían necesidades y deseos insatisfechos se reunían en ese mismo lugar del bosque, prendían el fuego de la manera en que habían aprendido del viejo rabino, y como no conocían las palabras cantaban cualquier canción o recitaban un salmo, o solo se miraban y hablaban de cualquier cosa en ese mismo lugar alrededor del fuego.
 
Y dicen…
Que Dios gustaba tanto del fuego encendido, gustaba tanto de ese lugar en el bosque y de esa gente reunida… que aunque nadie decía las palabras adecuadas, igual concedía los deseos a todos los que allí estaban.
El tiempo ha pasado y de generación en generación la sabiduría se ha ido perdiendo…
 
Y aquí estamos nosotros.
Nosotros no sabemos cuál es el lugar en el bosque.
No sabemos cuáles son las palabras…
Ni siquiera sabemos cómo encender el fuego a la manera en que Baal Shem Tov lo hacía…
taller de narración, tradición judía, cultura y cuentos, talleres de narración oral

Continuar leyendo

Baal Shem Tov. Tradición.

Cuentos de Baal Shem Tov para compartir.

 

266 BAL e faÑÑLLLLiar.jpg

¿Cómo nos vamos a dar cuenta?

Ciertos discípulos de Baal Shem Tov acudieron un día a casa del Maestro para someterle una cuestión.

–Año tras año viajamos desde nuestra ciudad para recibir aquí sus enseñanzas, y nada ni nadie en el mundo pudo evitar que lo hiciéramos. Pero hay en nuestra ciudad un hombre que dice ser un tzadik, un justo. Si realmente lo es, nos gustaría aprovechar su sabiduría. ¿Pero cómo estar seguros de que no es un farsante?

El Baal Shem Tov miró con cariño a sus jasidim.

–Tienen que someterlo a prueba por medio de una pregunta –dijo, y tras pensar un momento, añadió–: ¿Les han estado ocasionando inquietud los pensamientos descarriados durante sus oraciones?

–¡Sí! –respondieron los jasidim–. Tratamos de concentrarnos en nuestra devoción al orar, pero otros pensamientos nos asaltan. Hemos probado sin resultado muchos métodos para evitarlos.

–Muy bien –dijo Baal Shem Tov–. Pregúntenle cuál es la manera de evitar esos pensamientos impíos. Si les da una respuesta, es un farsante.

 

remera-jpg-nnnx-jp-nuevo-taller-jpgvvf

TODO LO QUÉ TENÍA…

Contó una vez el Baal Shem Tov, que el hijo del Rey se perdió por el camino. Sediento y hambriento, llegó a un campo en el cual había un pastor que pastaba a sus ovejas.
El pastor se dio cuenta por las ropas que llevaba, que no podía ser sino el hijo del rey la persona que estaba perdida, y se esforzó todo lo que pudo por darle el máximo de honor posible y ayudarlo de acuerdo a sus posibilidades.
Como no tenía una mesa en el campo, tomó un trozo de tela y lo colocó sobre la grama; y en lugar de la silla colocó una frazada. No le pudo dar de comer manjares ni delicias, pues solo tenía la comida simple que comían los pastores. Le trajo agua del manantial y le dio todo lo que necesitaba para que pudiera continuar su camino, despidiéndose cálidamente de él y deseándole todo lo mejor.
Cuando logro finalmente regresar al palacio, sus amigos realizaron un gran banquete en su honor.
Sin embargo, al recordar la bondad que había hecho aquel buen pastor para con él, le ordenó que primero traigan a aquel pastor, y que solo luego comenzarían a disfrutar juntos del banquete.
Trajeron al pastor y lo sentaron a su lado, brindándole el príncipe especial atención y grandes honores.
Al finalizar el banquete, se acercaron los amigos del príncipe y le preguntaron: ¿Acaso es más importante para ti el pedazo de tela y el trozo de frazada que colocó el pobre pastor sobre la grama, que todas las telas de seda, oro y plata que nosotros colocamos ante ti para este banquete?
Les contestó el príncipe: por supuesto que su pedazo de tela y su trozo de frazada fueron más importantes para mi, pues él me dio todo lo que tenía …
Hashem no nos mide según lo que tenemos, sino según aquello que damos … para nuestro judaísmo, para nuestros semejantes, y para todas las cosas valiosas que es importante dar.

Continuar leyendo

Lafcadio Hearn. Mujima

(YAKUMO KOIJUMI) (LAFCADIO HEARN)

266-laf-fanu-copiar

En el camino de Akasaka, cerca de Tokyo, hay una colina, llamada Kii-No-Kuni-Zaka, o “La Colina de la provincia de Kii”. Está bordeada por un antiguo foso, muy profundo, cuyas laderas suben, formando gradas, hasta un espléndido jardín, y por los altos muros de un palacio imperial.

Mucho antes de la era de las linteranas y los jinrishkas, aquel lugar quedaba completamente desierto en cuanto caía la noche. Los caminantes rezagados preferían dar un largo rodeo antes de aventurarse a subir solos a la Kii-No-Kuni-Zaka, después de la puesta de sol.

¡Y eso a causa de un Mujima que se paseaba!

El último hombre que vio al Mujima fue un viejo mercader del barrio de Kyôbashi, que murió hace treinta años.

He aquí su aventura, tal como me la contó:

Un día, cuando empezaba ya a oscurecer, se apresuraba a subir la colina de la provincia de Kii, cuando vio una mujer agachada cerca del foso… Estaba sola y lloraba amargamente. El mercader temió que tuviera intención de suicidarse y se detuvo, para prestarle ayuda si era necesario. Vio que la mujercita era graciosa, menuda e iba ricamente vestida; su cabellera estaba peinada como era propio de una joven de buena familia.

– O-Jochú (1) – saludó al aproximarse-. No llore así.. Cuénteme sus penas… me sentiré feliz de poder ayudarla.

Hablaba sinceramente, pues era un hombre de corazón.

La joven continuó llorando con la cabeza escondida entre sus amplias mangas.

-¡Honorable señorita!- repitió dulcemente-. Escúcheme, se lo suplico… Este no es en absoluto un lugar conveniente, de noche, para una persona sola. No llore más y digame la causa de su pena ¿Puedo ayudarle en algo?

La joven se levantó lentamente… Estaba vuelta de espaldas y tenía el rostro escondido… Gemía y lloraba alternativamente.

El viejo mercader puso una mano sobre su espalda y le dijo por tercera vez:

-¡Oh-Jochú! Escúcheme un momento…

La honorable señorita se volvió bruscamente. Dejó al caer la manga y se acarició la cara con la mano… ¡El viejo vio que no tenía ni ojos, ni nariz, ni boca!…

¡Huyó, gritando de espanto!

Corrió hasta el borde de la colina, oscura y desierta, que se extendía delante de él… Corría sin pararse y sin osar mirar hacia atrás… Por último vio, en lontananza, la luz de una linterna… Era una lucecilla tan pequeña que se hubiera podido confundir con una mosca luminosa. Era la bujía de un mercader ambulante, un vendedor de «soba»(2) que había levantado su tenderete al borde del camino. Después de la experiencia que el viejo acababa de sufrir, la más humilde de las compañías le pareció deseable. Se echó a los pies del vendedor de soba, gimiendo:

-¡Ah! … ¡Ah! … ¡Ah! …

-«Koré» …«Koré» …-replicó el vendedor ambulante bruscamente-. ¿Qué le ocurre? ¿Le ha hecho daño alguien?

-¡No! … Nadie me ha hecho daño…-murmuró el otro-. Pero… ¡Ah! …¡ah! …¡ah! …

-¡Por lo menos le han dado un buen susto!-dijo el mercader, demostrando poca simpatía-. ¿Se ha encontrado con algún ladrón?

-¡No! … Pero, cerca del foso… he visto … ¡Oh!, he visto una mujer que… ¡Ah!, jamás podré describir cómo la he visto…

-¿Qué? ¿La ha visto, tal vez, así? …-exclamó el mercader.

Se acarició la cara, que, de pronto se hizo semejante a un huevo.

¡En aquel mismo instante se apagó la luz!

remera-jpg-nnnx-jp-nuevo-taller-jpgvvf

Continuar leyendo

Lafcadio Hearn O TEI

LA HISTORIA DE O-TEI

(YAKUMO KOIJUMI) (LAFCADIO HEARN)

266-laf-fanu-copiar

Hace muchos años, en la ciudad de Niigata, provincia de Echizen, existió un joven conocido por el nombre de Nagao Chosei.

Era hijo de un médico y fue educado para ejercer la profesión de su padre. En edad muy temprana le desposaron con una preciosa niña llamada O-Tei, hija de un amigo del doctor. Ambas familias convinieron en que las bodas se celebrarían tan pronto como Nagao hubiera terminado sus estudios. Pero la salud de O-Tei empezó a debilitarse y, al llegar al decimo-quinto año de su vida, fue atacada de una consunción fatal. Cuando la niña tuvo la seguridad de que iba a morir, hizo llamar a Nagao para decirse el último adiós. Llegó el joven y se arrodilló junto a la cama de su adorada, Y ella le habló así:

—Mi amadísimo Nagao-Sama, siendo muy niños fuimos prometidos uno a otro y habríamos de casarnos al finalizar este año. Pero como yo voy a morir dentro de poco, únicamente a los dioses les es dado el saber qué cosa será la mejor para nosotros. Si yo viviera algunos años más, mi existencia sólo valdría para causar grandes penalidades a los que estuviesen a mi alrededor. Con este cuerpo tan frágil no podría ser una buena esposa. Y por ello, si yo deseara vivir, aunque fuese por tu amor, demostraría ser de un egoísmo imperdonable. Estoy resignada a morir y necesito que me jures que no has de pasar angustias por mi muerte, pues ya comprenderás que no te serviría de nada… Y también necesito decirte que volveremos a encontrarnos de nuevo allá lejos, muy lejos…

—Ciertamente que nos reuniremos —exclamó con rapidez Nagao- Sama—. Y en aquella Tierra Pura no tendremos que sufrir el inmenso y triste dolor de la separación…

—¡Nada de eso, nada de eso! —respondió con dulzura O-Tei—. No me refiero a la Tierra Pura. Yo creo que estamos destinados a encontrarnos en este mundo aunque yo sea enterrada mañana…

Nagao la contempló asombrado y vio que ella se reía de su asombro. La niña continuó hablando con aquella vocecita suya tan soñadora, tan melodiosa y tan persuasiva:

—Sí, yo me refiero a este mundo y a tu vida presente, Nagao-Sama… Y dado el caso de que tú lo desees… Mas para que esto ocurra habré de nacer otra vez, ¡y naceré niña!…, y llegaré a ser tu mujer. Por tanto, debes esperar quince años… dieciséis años: un poco largo es el plazo. Pero, mi prometido esposo, no olvides que ahora sólo tienes diecinueve años.

Nagao, ávido de consolar los postreros momentos de su amada, respondió tiernamente:

—El esperar por ti, dulcísima O-Tei, constituye para mí un júbilo y un deber. Nosotros estamos ligados uno al otro du­rante el tiempo de siete existencias seguidas…

—Pero ¿dudas?… —interrogó mirándole al rostro con fi­jeza.

—Oh adorada mía! Yo dudo de ser capaz de conocerte en otro cuerpo y bajo otro nombre, a menos que tú puedas decír­melo por medio de un signo o de alguna señal.

—Yo no puedo hacer eso. Solamente los dioses y los budas conocerán dónde hemos de encontrarnos de nuevo. Pero yo estoy segura, ¡segurísima!, de que, si de veras deseas mi pre­sencia para ti, yo podré volver a tus brazos. Recuerda siem­pre estas úitímas palabras mías. Adiós.

Cesó de hablar y cerró los ojos. Había muerto.

Nagao estaba sinceramente enamorado de O-Tei y su pena fue inmensa. Tenía hecha una lápida mortuoria con su nom­bre inscrito; la puso en la urna de su familia y todos los días le hacía nuevas ofrendas.

Nagao-Sama pensó mucho acerca de las extrañas cosas que le había dicho O-Tei pocos momentos antes de morir. Y con la esperanza de agradar a su espíritu escribió una so­lemne promesa de casarse con ella si volvía a encontrarla en otro cuerpo. Este juramento lo selló con su propio sello y lo colocó en la urna, delante de la lápida mortuoria de O-Tei.

Mas como Nagao era hijo único, tuvo que casarse al fin, pues se vio obligado a obedecer los deseos de su familia, y aceptó por esposa la que su padre le destinó. Después del matrimonio continuó haciendo ofrecimientos a la memoria de O-Tei y nunca dejó de recordarla con gran cariño. Pero gra­dualmente su imagen fue haciéndose tan oscura en su memo­ria como esos sueños que nos cuesta trabajo recordar. Y pasaron varios años.

Durante este tiempo sufrió muchas desgracias. Murieron sus padres, su esposa y un hijo que había tenido. Y quedó solo en el mundo. Abandonó su desolada mansión y empezó a viajar para distraer su ánimo de tantas angustias y dolores como le atormentaban.

En uno de los viajes llegó a Ikao, villa muy montañosa y célebre por sus aguas termales y por la exuberante belleza de los alrededores. En el mesón donde se detuvo fue atendido por una jovenclta y, al primer golpe de vista, sintió que su corazón latía con una violencia desconocida por él hasta entonces. Se parecía tan maravillosamente a O-Tei, que hubo de pellizcarse para cerciorarse de que no estaba soñando. Cuando iba y venía, cuando traía y llevaba la leña para el hogar, cuando le servía la comida, cuando arreglaba la cámara del huésped, en cada actitud suya la niña hacía revivir en los pensamientos de Nagao el recuerdo de las gracias que tanto adornaban a aquella de quien fue el prometido muchos años antes.

Le habló y la jovenclta con una voz acariciante y melancólica, de una suavidad singular y que le recordaba una dulce tristeza de otros tiempos, le respondió varias palabras.

Nagao, estupefacto, la interrogó de este modo:

—Mi hermana mayor, te pareces mucho a una persona a quien yo conocía hace bastantes años y por eso me he quedado absorto al verte entrar en la habitación. Perdóname, te lo ruego, si te pregunto cuál es tu tierra natal y cuál es tu nombre.

Inmediatamente, con la misma e inolvidable voz de la muerta, la joven contestó:

—Mi nombre es O-Tei y tú eres Nagao-Chosei de Echigo, mi prometido esposo. Hace ya diecisiete años que yo fallecí en Niigata y entonces escribiste un juramento prometiendo casarte conmigo si yo volvía a este mundo en figura de mujer. Y sellaste el juramento con tu propio sello, poniéndolo en la urna, delante de la lápida inscrita con mi nombre. Y por eso he vuelto.

Al terminar sus últimas palabras, perdió el conocimiento y cayó desplomada.

Nagao y O-Tei se casaron. Su matrimonio fue verdaderamente feliz. Pero ella nunca jamás pudo recordar lo que había dicho a su esposo cuando la interrogó en Ikao, ni tampoco recordó nada de su existencia anterior. La memoria de su primer nacimiento, reavivada de un modo misterioso en el instante de su encuentro con Nagao, se había oscurecido de nuevo y así permaneció por siempre de allí en adelante.

cropped-11233088_597837940358345_7294311253233078811_n.jpg

Continuar leyendo