La belleza de la vida. Georgia.

 

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En tiempos remotos vivía en Georgia una noble y prudente mujer, la reina Magdana, que gobernaba con justicia su rico y verde país. Al morir su esposo, su hijo Rostomel se convirtió en el único amor de su vida.  Sin embargo, con el tiempo y sin razón aparente, Rostomel se volvió taciturno y melancólico. Hasta que la buena reina ya no pudo soportar más la tristeza de su hijo y un día le preguntó:

-Hijo mío, dime qué pensamientos dolorosos roen tu cabeza, qué penas impiden que en tus labios se dibuje una sonrisa.

-Madre, me gustaría contestarle con otra pregunta: ¿dónde está mi padre?

-¿Tu padre? -preguntó sorprendida la reina-. Pero… hace mucho tiempo que ha muerto.

-¿Muerto? ¿Qué significa eso? -preguntó el príncipe con ansiedad.

-Hijo mío, todos nosotros procedemos de la tierra y a ella debemos volver un día. Llegará el momento en que la buena Madre Tierra nos recibirá de nuevo en su seno. Eso, hijo mío, es lo que significa morir.

-No entiendo. Así que Dios que nos ha dado la vida, ¿lo hizo para volvérnosla a quitar? No, eso no es posible. Tiene que haber en la tierra un lugar donde exista la vida eterna y personas que no conozcan la muerte. Iré en busca de ese lugar a encontrar la inmortalidad.

De este modo Rostomel inició su viaje por el mundo y visitó muchos países, aunque por ninguna parte encontró la tierra de la inmortalidad. Cierto día, después de andar leguas y leguas y meses y meses, llegó hasta el fin del mundo. Bajo un espléndido arco iris, un inmenso y maravilloso océano se extendía ante él. Y lejos, muy lejos en la ilimitada distancia, más allá del fin del arco iris, a través de una niebla dorada y rosácea, brillaba una luz divina y maravillosa. Parecía estar llamando a Rostomel, acariciaba su alma, hacía latir con fuerza su corazón y lo atraía hacia ella.

En un instante el extasiado príncipe fue transportado hasta la otra orilla. Se vio en un reluciente y deslumbrante palacio y ante él vio a la más hermosa doncella que nunca hubiera visto. No sabía quién podía ser, pero incluso las estrellas y los rayos del sol palidecían ante su deslumbrante belleza. Su voz llegó hasta él como el suave susurro del terciopelo sobre un lecho de seda.

-Bienvenido, Rostomel, a mi reino eterno. Nací el primer día de la creación y he de permanecer aquí hasta el fin de los tiempos. Mientras permanezcas a mi lado, la muerte no te podrá alcanzar. Lograrás la inmortalidad. Porque yo soy la Belleza de la Vida.

Rostomel se quedó muy a gusto. Pasaron mil años y él, sin cansarse nunca de la belleza de ella, no apartaba los ojos de su maravilloso rostro. Y pasaron más siglos. Pero, poco a poco, a lo largo de los tiempos, comenzó a dolerle el corazón, y un día le dijo a la hermosa diosa:

-Divina beldad, ¿cuántos años han pasado desde que vi por última vez a mi amada madre y las colinas y verdes valles de Georgia?

-¡Ah!, ya me doy cuenta -dijo la Belleza- de que la Madre Tierra no renuncia fácilmente a lo que le pertenece. Ve, pues; doblégate a la ley universal, cumple tu humano destino. Pero llévate este regalo en memoria mía: dos flores, una roja como la sangre y otra blanca como la leche. Si deseas vivir tu vida en la tierra otra vez para disfrutar los muchos años que has perdido contemplando mi belleza, no tienes más que oler la flor roja. Si llegas a entender la belleza de la muerte, lleva la flor blanca a tu nariz y aspira profundamente su olor.

Y tras despedirse de la divina Belleza de la Vida, Rostomel volvió a dirigir sus pasos por el camino por el que había llegado. Pero al llegar a su Georgia natal… ¿qué es lo que veía? No reconocía ni a una sola persona, ni una sola casa. Donde una vez hubo desiertos, se alzaban ahora pueblos y ciudades bulliciosas. Personas desconocidas vestidas de modo raro hablaban una extraña lengua y poblaban aquel país; y él no era capaz de entender lo que decían. Allí estaban las montañas conocidas donde había visto la luz por primera vez, donde había crecido, donde había abandonado a su amada madre.

Pero, ¿dónde estaba ella? ¿Dónde el castillo en que vivía la reina Magdana y desde el que gobernaba a su valeroso pueblo? Ahora todo estaba yermo, todo silencioso como una tumba y únicamente los bloques de piedra cubiertos de musgo eran testigos del, en otro tiempo, inmenso palacio.

Lentamente se acercó todavía un poco más y se encontró con un anciano curvado por el peso de los años. El anciano estaba sentado sobre la lápida de una tumba, murmurando una plegaria con labios temblorosos.

-Dime, padre santo -dijo Rostomel atropelladamente, interrumpiendo el rezo de aquel hombre-. ¿No es este el lugar donde en otro tiempo vivía Magdana, la gloriosa y gran reina que gobernaba a su pueblo con tanta justicia? Yo soy su hijo, el heredero del trono. Si mi madre ya no vive, entonces yo soy ahora el rey soberano.

-¿Magdana? ¿Magdana? -repitió el anciano-. Apenas puedo entender tus palabras, joven; no hablas nuestro idioma. Hablas igual que las antiguas crónicas. Hace tiempo que las estudié y por eso entiendo algo de lo que dices. ¿Magdana, dices? Sí, existe una leyenda, no sé si es cierta, que cuenta que vivió una gran reina hace miles de años. Si no recuerdo mal, se llamaba Magdana. Tenía un hijo -o, al menos, eso es lo que dice la leyenda- que se fue del reino y desapareció sin dejar huellas. Magdana murió con el corazón destrozado y, al cabo de muy poco tiempo, su reino se extinguió con ella.

El príncipe Rostomel guardó silencio mucho rato, mientras resbalaban por sus mejillas abundantes lágrimas de dolor. Por fin, alzó su lloroso rostro a los cielos y exclamó:

-¡Oh eterno secreto del tiempo! ¿Qué soy yo ahora? ¿Nada más que una leyenda olvidada?

Inmediatamente, sacó la flor roja, la acercó a su nariz y aspiró su fragante olor. Al instante envejeció; se convirtió en un anciano, débil y encorvado; sus vivos ojos se apagaron, su bronceada piel se secó y arrugó sobre sus viejos huesos. Ya no le quedaban fuerzas ni para llevar la mano hasta el bolsillo donde guardaba la flor blanca. Con un sordo murmullo llamó al viejo sacerdote:

-Pronto, padre, toma la flor blanca de mi bolsillo y acércala a mi nariz, para que pueda aspirar su fragancia y conocer por fin las misteriosas delicias de la muerte.

Rostomel murió. Lo enterraron y volvió a la tierra de donde había venido, y nadie molestó su sueño. Pero sobre su tumba crecen todos los años dos flores: una roja y otra blanca.

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La niña de nieve. Ucrania

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Sentada en el rincón de la chimenea, la anciana suspiraba quedamente mientras
revolvía la sopa: nunca se había sentido tan triste.
Muchos, muchos años habían pasado y
habían dejado el peso de los inviernos sobre sus hombros y habían encanecido sus
cabellos sin traerle siquiera un hijito. Tanto a ella como a su viejo y
querido esposo les apenaba su falta, porque fuera había muchos niños jugando en
la nieve.
Les resultaba duro aceptar que ninguno fuera en verdad el suyo.
Pero, ¡ay!, ahora ya no les quedaban esperanzas de obtener tal bendición.
No verían nunca un gorrito de piel colgado de la repisa de la chimenea, ni dos
zapatillas secándose junto al fuego.
El anciano trajo un haz de leña y se sentó. Luego, mientras oía a los niños reírse y
batir palmas, miró por la ventana. Allí estaban, bailando alegremente alrededor
del muñeco de nieve que acababan de hacer.
Se sonrió al ver el evidente parecido que el muñeco tenía con el alcalde del pueblo,
tan gordo y pomposo era.
-Mira, Marusha -le dijo a su mujer-. Ven a ver el muñeco que han hecho.
Juntos ante la ventana, se rieron al ver cuánto se divertían los niños. De repente,
el anciano se volvió hacia Marusha con una brillante idea.
-Salgamos a ver si nosotros también podemos hacer un muñequito de nieve.
Pero la anciana se rió de él.
-¿Qué dirían los vecinos?
Se burlarían de nosotros, seríamos el hazmerreír del pueblo. Ya somos demasiado
viejos para jugar como niños.
-Sólo uno pequeño, Marusha, solamente un muñeco pequeñín. Yo me ocuparé
de que nadie nos vea.
-De acuerdo, de acuerdo –dijo ella riéndose-, haremos lo que quieras,
Youshko, como siempre.
Dicho esto, apartó la olla del fuego, se puso un gorro y salieron. Al pasar junto a
los niños, se detuvieron y se quedaron jugando un momento con ellos, porque
ahora ellos también se sentían casi como niños.
Luego avanzaron con dificultad por la nieve hasta llegar a un bosquecillo; y, detrás
de él, allí donde la nieve era blanca y hermosa y nadie podía verlos, se sentaron a
hacer el muñeco.
Youshko se empeñó en que debía ser muy pequeño y su mujer estuvo de acuerdo
en que debía tener
casi el tamaño de un recién nacido.
Arrodillados en la nieve, modelaron el cuerpecito en un abrir y cerrar de ojos.
Ahora únicamente les faltaba la
cabeza para finalizar.
Dos gordas bolas de nieve formaron las mejillas y el
rostro, y una muy grande la cabeza. Luego colocaron un puñado para la nariz e
hicieron dos agujeros, uno a cada lado, a modo de ojos.
No bien estuvo terminado, retrocedieron para mirarlo, riéndose y aplaudiendo
como dos niños.
De pronto, se detuvieron. ¿Qué había ocurrido? ¡Algo muy extraño, por cierto!
Allí donde estaban los agujeros, vieron dos melancólicos ojos azules que
lesmiraban.
Luego, el rostro del pequeño muñeco dejó de ser blanco. Las mejillas se volvieron
redondas, tersas y brillantes, y dos labios rosados comenzaron a sonreírles.
Un soplo de viento barrió la nieve de la cabeza, transformándola en unos bucles
muy rubios que escapaban de un blanco gorro de piel y caían sobre sus hombros.
Al mismo tiempo, un poco de nieve, resbalando por el cuerpecito, cayó y tomó la
forma de una bonita prenda blanca.
Luego, de repente y antes de que pudieran reaccionar, el muñeco se había
convertido en la más bella niñita que jamás hubieran visto.
Se miraron el uno al otro de soslayo e, incrédulos, se rascaron la cabeza.
Pero aquello era tan real como la vida misma. Allí ante ellos estaba de pie la niña,
toda de rosa y blanco. Estaba viva de verdad, pues corrió hacia ellos. Y cuando se
agacharon para alzarla, puso un brazo alrededor del cuello de la anciana y con el
otro cogió el del anciano y les dio a cada uno un beso y un abrazo.
Rieron y lloraron de felicidad y, luego, recordando súbitamente cuán reales
pueden parecer algunos sueños, se pellizcaron el uno al otro.
Aun así no se creyeron seguros, pues los pellizcos podían ser parte del sueño. Y,
ante el temor de despertarse y que se rompiera el encanto, arroparon rápidamente
a la pequeña y emprendieron el regreso a casa.
Por el camino encontraron a los niños, que todavía jugaban con su muñeco; las
bolas de nieve que les lanzaron por detrás eran muy reales, pero, aun así, también
podían haber sido parte del sueño.
Aunque cuando estuvieron dentro de la casa y vieron la chimenea, la olla de sopa
junto al fuego, el haz de leña a un costado y todo tal cual lo habían dejado, se
miraron con lágrimas en los ojos y ya no volvieron a temer que todo aquello fuera
un sueño.
De pronto, allí estaban el gorrito blanco de piel colgando de la repisa de la
chimenea y los zapatitos secándose al calor del fuego, mientras la anciana cogía a
la niña en su regazo y le cantaba suavemente una nana.
El anciano puso la mano sobre el hombro de su esposa y ella alzó la vista.
-¡Marusha!
-¡Youshko!
-¡Al fin tenemos una niñita! La sacamos de la nieve, así que la llamaremos
Snegorotchka.
La anciana asintió con la cabeza y luego se besaron. Cuando terminaron de cenar
se fueron a la cama seguros de que, por la mañana temprano, encontrarían a la
niña todavía con ellos. Y no se equivocaron.
Allí estaba, de pie entre los dos, parloteando y riéndose. Pero había crecido y su
cabello era ahora dos veces más largo que la noche anterior.
Cuando ella los llamó «papá» y «mamá», sintieron un placer tan grande como si
fueran jóvenes y estuvieran bailando ágilmente; pero, en lugar de bailar, se
abrazaron y lloraron de alegría.
Aquel día lo celebraron con un gran banquete. Marusha estuvo ocupada toda la
mañana cocinando todo tipo de delicias, mientras su marido daba vueltas por el
pueblo para reunir a los violinistas.
Todos los niños y las niñas del lugar fueron invitados; comieron, cantaron,
bailaron y se divirtieron hasta el amanecer. Mientras volvían a casa, las niñas
hablaban de lo bien que lo habían pasado, pero los niños estaban muy silenciosos;
pensaban en la bella Snegorotchka, con sus ojos azules y sus dorados cabellos.
Después de aquel día la pequeña de Marusha y Youshko jugó con los otros niños y
les enseñaba cómo hacer castillos y palacios de nieve con salones de mármol,
tronos y hermosas fuentes. Parecía que con la nieve y sus finos dedos podía hacer
todo lo que quisiera, como si se construyese ella misma.
Todos estaban encantados, y, sobre todo, cuando les enseñaba cómo bailaban los
copos de nieve, primero
con enérgicos remolinos y luego suave y delicadamente, ninguno podía pensaren
ninguna otra cosa que en la Niña de Nieve.
Era la pequeña reina mágica de los niños, la alegría de los mayores y la luz de las
vidas de Marusha y Youshko.
Pero ya se iban terminando los meses de invierno. Con pasos suaves y firmes se
retiraban de las cumbres de las montañas y se perdían detrás del horizonte. La
tierra comenzaba a cubrirse de verde, los árboles vestían su desnudez y los pájaros
del año anterior cantaban las canciones de este año.
Las flores tempranas derramaban su aroma en la brisa y una ráfaga de aire cálido
acariciaba las mejillas y alentaba una grata promesa en el aire. Los bosques, los
prados y las fuentes estaban inquietos y conmovidos y un nuevo espíritu todo lo
envolvía:
“Era como si la Primavera, amarrada durante el largo invierno, quisiese pegar el
estirón definitivo para poder expandirse libre.”
Una tarde, Marusha, sentada en el rincón de la chimenea, mientras revolvía la
sopa, cantaba una canción, pues nunca se había sentido tan llena de felicidad.
El anciano Youshko acababa de traer un haz de leña que dejó en el suelo. Todo
parecía igual que aquella tarde de invierno cuando vieron a los niños bailando
alrededor del muñeco de nieve; pero lo que hacía que ahora todo fuera diferente
era Snegorotchka, la luz de sus ojos, que, sentada junto a la ventana, contemplaba
la verde hierba y el follaje de los árboles.
Youshko, que la estaba mirando, se dio cuenta de que su rostro estaba pálido y sus
ojos tenían un tono menos azul de lo habitual.
-¿No te sientes bien, pequeña? -le preguntó.
-No, padre
-respondió con tristeza-. ¡Ay, añoro tanto la blanca nieve!
La hierba verde no es ni la mitad de bonita. Me gustaría que la nieve llegase otra
vez.
-Pues ¡claro que sí! La nieve llegará nuevamente -contestó el anciano-. ¿Acaso
no te gustan las hojas de los árboles y las flores?
-No son tan bonitas como la pura nieve blanca -y la niña tembló.
Al día siguiente ella tenía un aspecto tan triste y estaba tan pálida que sus padres
se asustaron y se dirigieron una mirada de inquietud.
-¿Qué le pasa a la niña? -dijo Marusha.
Youshko movió la cabeza mirando alternativamente a Snegorotchka y al fuego.
-Hija mía -dijo al fin-, ¿Por qué no sales a jugar con los demás niños? Están
todos divirtiéndose en el bosque; pero he notado que ahora nunca juegas con ellos.
¿Por qué, querida mía?
-Padre, no lo sé, pero mi corazón parece que se convierte en agua cuando el
suave y tibio viento me trae el perfume de las flores.
-Nosotros iremos contigo, hija mía -dijo el anciano-, pondré mi brazo sobre ti y
te protegeré del viento. Ven, te mostraremos todas las bellas flores del campo, te
diremos sus nombres y tú acabarás amándolas..
Marusha retiró la olla del fuego y los tres juntos salieron de casa. Youshko rodeó a
la niña con su brazo para protegerla del viento, pero no habían ido muy lejos
cuando el cálido perfume de las flores llegó hasta ellos flotando en la brisa, y la
Niña de Nieve tembló como una hoja. Los ancianos la besaron y consolaron y se
dirigieron al campo, al lugar donde crecían las flores más bonitas.
De repente, mientras atravesaban un bosquecillo de grandes árboles, un brillante
rayo de sol se cruzó como un dardo y Snegorotchka se puso la mano sobre los ojos
y lanzó un grito de dolor.
Se detuvieron y la miraron. Por un momento, mientras se desmayaba en brazos
del anciano, sus ojos se encontraron con los suyos. Y por su rostro se deslizaban
lágrimas que, al caer, brillaban a la luz del sol.
Y comenzó a volverse más y más pequeña, hasta que al fin todo lo que quedó de
Snegorotchka -Niña de Nieve, Nievecita- era una gota de rocío brillando sobre la
hierba, una lágrima que había caído en la corola de una flor. Youshko la recogió
con delicadez y, sin decir palabra, se la ofreció a Marusha.
En ese preciso momento los dos ancianos, Marusha y Youshko, comprendieron
que su pequeña y querida niña estaba hecha de nieve y al fin se derritió.

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Un niño en el seno de su madre… Sufi

Bismillah…

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Dice un viejo cuento sufí que cuando un niño está en el seno de su madre tiene todo el conocimiento del mundo.

Sabe cuántas estrellas hay en el firmamento, cuántas gotas hay en el mar y cuántos granos de arena en el desierto.

Conoce los misterios del cielo y las estrellas, y conoce hasta la última letra de la Torah. No hay misterio sobre la faz de la tierra que desconozca, ni misterio en el cielo o en el mar que no pueda resolver.

Pero cuando está a punto de nacer, su ángel de la guarda baja del cielo y colocando un dedo sobre sus labios sella todo su conocimiento dentro de él, y le susurra una sola palabra:

Aprende

 

 

 

 

 

Talleres de verano Enero 2018

TALLERES DE VERANO!!! CUENTOS + CULTURA.

DOS TALLERES PARA COMPARTIR EN ENERO

ENTREGA DE CERTIFICADOS Y MUESTRA EN VICENTE EL ABSURDO. JULIÁN ALVAREZ 1886.
Taller 1:
CUENTOS JAPONESES.

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AUTOR Y TRADICIÓN ORAL.

CUENTOS PARA COMPARTIR DE ESTA RIQUÍSIMA Y HONORABLE CULTURA.

NO HACE FALTA EXPERIENCIA PREVIA.

DÍAS DE TALLER:

JUEVES 4 Y VIERNES 5 DE 18 A 20 HS. EN JULIÁN ALVAREZ 1886

SÁBADO 6 DE 10 A 12. 30 HS. EN AV. CÓRDOBA 1646

MUESTRA: SÁBADO 13 A LAS 18 HS. EN JULIÁN ÁLVAREZ 1886

( VICENTE EL ABSURDO)
Taller 2:

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TALLER DE CUENTOS DEL DESIERTO.

TRADICIÓN ORAL.

LA ELOCUENCIA Y LA ESTÉTICA DE LA CULTURA DEL DESIERTO.

LA LEY DE LA HOSPITALIDAD Y LA SABIDURIA DE LOS PADRES DEL DESIERTO

CUENTOS PARA COMPARTIR.

DÍAS DE TALLER:

JUEVES 11 Y VIERNES 12 DE 18 A 20 HS. EN JULIÁN ÁLVAREZ 1886

SÁBADO 13 DE 10 A 12.30 HS. EN AV. CÓRDOBA 1646

MUESTRA

JUEVES 18 DE 18 A 20 HS. EN JULIÁN ÁLVAREZ 1886 (VICENTE EL ABSURDO)
Para participar de la muestra y recibir los certificados se necesita tener un mínimo de dos clases completadas.

COSTO DE CADA TALLER $ 800
MI nombre es Pedro Parcet. Los que me conocen bien saben que no me gusta hablar de mí.

Estoy muy ocupado para seguir aprendiendo de todos los que me puedan aportar algun conocimiento.

Por eso los invito, los convoco para compartir esta experiencia.

Hace muchos años que me dedico a aprender de otros y pienso seguir asi.

Visita http://www.talleresdenarracionoral.com

Allí hay cuentos, fotos, notas y mucha información sobre nuestra escuela:

ESSENNA. Escuela Sensible de Narración.

Te esperamos.

Por respeto. Necesito que se anoten con compromiso de participar.

Las vacantes son limitadas

 

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