Por un bistec. Jack London

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Tom King rebañó el plato con el último trozo de pan para recoger la última partícula de gachas, y masticó aquel bocado final lentamente y con semblante pensativo. Cuando se levantó de la mesa, le embargaba una inconfundible sensación de hambre. Él era el único que había cenado. Los dos niños estaban acostados en la habitación contigua. Los habían llevado a la cama antes que otros días para que el sueño no les dejara pensar en que se habían ido a dormir sin probar bocado.

La esposa de Tom King no había cenado tampoco. Se había sentado frente a él y lo observaba en silencio, con mirada solícita. Era una mujer de clase humilde, flaca y agotada por el trabajo, pero cuyas facciones conservaban restos de una antigua belleza. La vecina del piso de enfrente le había prestado la harina para las gachas. Los dos medio peniques que le quedaban los había invertido en pan.

Tom King se sentó junto a la ventana, en una silla desvencijada que crujió al recibir su peso. Con un movimiento maquinal, se llevó la pipa a la boca e introdujo la mano en el bolsillo de la chaqueta. Al no encontrar tabaco, se dio cuenta de su distracción y, lanzando un gruñido de contrariedad, se guardó la pipa. Sus movimientos eran lentos y premiosos, como si el extraordinario volumen de sus músculos le abrumara. Era un hombre macizo, de rostro impasible y aspecto nada simpático. Llevaba un traje viejo y lleno de arrugas, y sus destrozados zapatos eran demasiado endebles para soportar el peso de las gruesas suelas que les había puesto él mismo hacía ya bastante tiempo. Su camisa de algodón (un modelo de no más de dos chelines) tenía el cuello deshilachado y unas manchas de pintura que no se quitaban con nada.

Bastaba verle la cara a Tom King para comprender cuál era su profesión. Aquel rostro era el típico del boxeador, del hombre que ha pasado muchos años en el cuadrilátero y que, a causa de ello, ha desarrollado y subrayado en sus facciones los rasgos característicos del animal de lucha. Era una fisonomía que intimidaba, y para que ninguno de aquellos rasgos pasara inadvertido iba perfectamente rasurado. Sus labios informes, de expresión extremadamente dura, daban la impresión de una cuchillada que atravesara su rostro. Su mandíbula inferior era maciza, agresiva, brutal. Sus ojos, de perezosos movimientos y dotados de gruesos párpados, apenas tenían expresión bajo sus tupidas y aplastadas cejas. Estos ojos, lo más bestial de su semblante, realzaban el aspecto de brutalidad del conjunto. Parecían los ojos soñolientos de un león o de cualquier otro animal de presa. La frente hundida y angosta lindaba con un cabello que, cortado al cero, mostraba todas las protuberancias de aquella cabeza monstruosa. Una nariz rota por dos partes y aplastada a fuerza de golpes, y una oreja deforme, que había crecido hasta adquirir el doble de su tamaño y que hacía pensar en una coliflor, completaban el cuadro. Y en cuanto a su barba, aunque recién afeitada, apuntaba bajo la piel, dando a su tez un tono azulado negruzco.

Si bien aquella fisonomía era la de uno de esos hombres con los que no deseamos encontrarnos a solas en un callejón oscuro o en un lugar apartado, Tom King no era un criminal ni había cometido nunca una mala acción. Dejando aparte las reyertas en que se había visto mezclado y que eran cosa corriente en los medios que frecuentaba, no había hecho daño a nadie. No se le consideraba un pendenciero. Era un profesional de la contienda y reservaba toda su combatividad para sus apariciones en el ring. Fuera del tablado, era un hombre bonachón, de movimientos tardos, y en su juventud, cuando ganaba el dinero a espuertas, había sido, no ya generoso, sino despilfarrador. Para él el boxeo era un negocio. Cuando estaba en el cuadrilátero, pegaba con intención de hacer daño, de lesionar, de destruir; pero no había animosidad en sus golpes: era una simple cuestión de intereses. El público acudía y pagaba para ver cómo dos hombres se vapuleaban hasta que uno de ellos quedaba inconsciente. El vencedor se quedaba con la parte del león de la bolsa. Hacía veinte años, cuando Tom King se enfrentó con el «Salta Ojos», de Woolloomoolloo, sabía que la mandíbula de su contrincante sólo estaba firme desde hacía cuatro meses, pues anteriormente se la habían partido en un combate celebrado en Newcastle. Por eso dirigió todos sus golpes contra ella, y consiguió fracturarla nuevamente en el noveno asalto. No lo movía ningún resentimiento contra su adversario: procedió así porque era el medio más seguro de dejar fuera de combate a aquel hombre y, de este modo, ganar la mayor parte de la bolsa ofrecida. En cuanto al «Salta Ojos», no le guardó rencor alguno. Ambos sabían que así era el boxeo, y había que atenerse a sus reglas.

Tom King no era nada hablador. En aquel momento en que permanecía sentado junto a la ventana, se hallaba sumido en un huraño silencio, mientras se miraba las manos. En el dorso de ellas se destacaban las venas gruesas e hinchadas. El aspecto de los nudillos, aplastados, estropeados, deformes, atestiguaba el empleo que había hecho de ellos. Tom no había oído decir nunca que la vida de un hombre dependía de sus arterias, pero sabía muy bien lo que significaban aquellas venas prominentes, dilatadas. Su corazón había hecho correr demasiada sangre por ellas a una presión excesiva. Ya no funcionaban bien. Habían perdido la elasticidad, y su distensión había acabado con su antigua resistencia. Ahora se fatigaba fácilmente. Ya no podía resistir un combate a veinte asaltos con el ritmo acelerado de antes, con fuerza y violencia sostenidas, luchando infatigablemente desde que sonaba el gong, acosando sin cesar a su adversario, retrocediendo hasta las cuerdas o llevando a su oponente hacia ellas, recibiendo golpes y devolviéndolos. Ya no multiplicaba su acometividad y la rapidez de sus golpes en el vigésimo y último asalto, levantando al público de sus asientos y provocando sus aclamaciones, cuando él acometía, pegaba, esquivaba, hacía caer una lluvia de golpes sobre su adversario y recibía otra igual mientras su corazón no dejaba de enviar, con impetuosa fidelidad, sangre a sus venas jóvenes y elásticas. Sus arterias, dilatadas durante el combate, se encogían de nuevo, pero no del todo; al principio, esta diferencia era imperceptible, pero cada vez quedaban un poco más distendidas que la anterior. Se contempló las venas y los estropeados nudillos. Por un momento le pareció ver los magníficos puños que tenía en su juventud, antes de romperse el primer nudillo contra la cabeza de Benny Jones, apodado el «Terror de Gales».

Experimentó de nuevo la sensación de hambre.

-¡Lo que daría yo por un buen bistec! -murmuró, cerrando sus enormes puños y lanzando un juramento en voz baja.

-He ido a la carnicería de Burke y luego a la de Sawley -dijo la mujer en son de disculpa.

-¿Y no te quisieron fiar?

-Ni medio penique. Burke me dijo que…

Vacilaba, no se atrevía a seguir.

-¡Vamos! ¿Qué dijo?

-Que como esta noche Sandel te zurraría de lo lindo, no quería aumentar tu cuenta, ya es bastante crecida.

Tom King lanzó un gruñido por toda respuesta. Se acordaba del bulldog que tuvo en su juventud, al que echaba continuamente bistecs crudos. En aquella época, Burke le habría concedido crédito para mil bistecs. Pero los tiempos cambian. Tom King estaba envejecido, y un viejo que tenía que enfrentarse con un boxeador joven en un club de segunda categoría, no podía esperar que ningún comerciante le fiase.

Aquella mañana se había levantado con el deseo de comer un bistec, y aquel deseo no lo había abandonado. No había podido entrenarse debidamente para aquel combate. En Australia el año había sido de sequía y los tiempos eran difíciles. Había dificultades para encontrar trabajo, fuera de la índole que fuere. No había tenido sparring, no siempre había comido los alimentos debidos y en la cantidad necesaria. Había trabajado varios días como peón en una obra, y algunas mañanas había corrido para hacer piernas. Pero era difícil entrenarse sin compañero y teniendo que atender a las necesidades de una esposa y dos hijos. Cuando se anunció su combate con Sandel, los tenderos apenas le concedieron un poco más de crédito. El secretario del Gayety Club le adelantó tres libras -la cantidad que percibiría si perdía el combate-, y se negó a darle un céntimo más. De vez en cuando consiguió que sus antiguos compañeros le prestasen unos centavos, pero no pudieron prestarle más, porque corrían malos tiempos y ellos también pasaban sus apuros. En resumen, que era inútil tratar de ocultarse que no estaba debidamente preparado para la pelea. Le había faltado comida y le habían sobrado preocupaciones. Además, ponerse «en forma» no es tan fácil para un hombre de cuarenta años como para otro de veinte.

-¿Qué hora es, Lizzie? – preguntó.

Su mujer fue a preguntarlo a la vecina y, al regresar, le dio la respuesta.

-Las ocho menos cuarto.

-El primer match empezará dentro de unos minutos -observó Tom-. No es más que un combate de prueba. Después hay un encuentro a cuatro asaltos entre Dealer Wells y Gridley, y luego uno a diez asaltos entre Starlight y un marinero. Yo aún tengo para una hora.

Otros diez minutos de silencio y Tom se puso en pie.

-La verdad es, Lizzie, que no me he entrenado todo lo que debía.

Cogió el sombrero y se dirigió a la puerta. No le pasó por la mente besar a su mujer -nunca la besaba al marcharse-, pero aquella noche ella lo hizo por su cuenta y riesgo: le echó los brazos al cuello y lo obligó a inclinarse hacia su rostro. Se veía menudita y frágil junto al macizo corpachón de su marido.

-Buena suerte, Tom -le dijo-. Tienes que ganar.

-Sí, tengo que ganar -repitió él-. Ni más ni menos.

Se echó a reír, tratando de mostrarse despreocupado, mientras ella se apretaba más contra él. Tom contempló la desnuda estancia por encima del hombro de su esposa. Aquel cuartucho, del que debía varios meses de alquiler, era, con Lizzie y los niños, cuanto tenía en el mundo. Y aquella noche salía en busca de comida para su hembra y sus cachorros, no como el obrero de hoy que va a la fábrica, sino al estilo antiguo, primitivo, arrogante y animal de las bestias de presa.

-Tengo que ganar -volvió a decir a su esposa, esta vez con un rictus de desesperación-. Si gano, son treinta libras, con lo que podré pagar todas las deudas y, además, verme un buen sobrante en el bolsillo. Si pierdo, no me darán nada, ni un penique para tomar el tranvía de vuelta, pues el secretario ya me ha dado todo lo que me correspondería en caso de perder. Adiós, mujercita. Si gano, volveré inmediatamente.

-Te espero -dijo ella cuando Tom estaba ya en el rellano.

Había más de tres kilómetros hasta el Gayety y, mientras los recorría, recordó sus días de triunfo, cuando era el campeón de pesos pesados de Nueva Gales del Sur. Entonces habría tomado un coche de punto para ir al combate, y con toda seguridad alguno de sus admiradores se habría empeñado en pagar el coche para tener el privilegio de acompañarlo. Entre estos admiradores se contaban Tommy Burns y el yanqui Jack Johnson, que poseían automóvil propio. ¡Y ahora tenía que ir a pie! Como todo el mundo sabe, una marcha de tres kilómetros no es la mejor preparación para un combate. Él era un viejo para el pugilismo, y el mundo no trata bien a los viejos. Él sólo servía ya para picar piedra, e incluso para esto era un obstáculo su nariz rota y su oreja hinchada. Ojalá hubiera aprendido un oficio. A la larga, habría sido mejor. Pero nadie se lo había enseñado. Por otra parte, una voz interior le decía que él no habría prestado atención si alguien hubiera tratado de enseñárselo. Su vida fue demasiado fácil. Ganó mucho dinero. Tuvo combates duros y magníficos, separados por períodos de descanso y holgazanería. Estuvo rodeado de aduladores que se desvivían por acompañarle, por darle palmadas en la espalda, por estrecharle la mano; de petimetres que lo invitaban a beber para tener el privilegio de charlar con él cinco minutos. Además, ¡aquellos magníficos combates ante un público delirante de entusiasmo! ¡Y aquel último asalto en que se lanzaba a fondo como un torbellino y el árbitro lo proclamaba vencedor! ¡Y leer su nombre en las secciones deportivas de todos los periódicos al día siguiente…!

¡Ah, qué tiempos aquéllos! Pero, de pronto, su mente tarda y premiosa comprendió que en aquellos lejanos días él dejaba fuera de combate a los viejos. Él era entonces la juventud que despuntaba, y sus adversarios la vejez que decaía. Era natural que resultara fácil para él: ellos tenían las venas hinchadas, los nudillos rotos y los huesos desvencijados por una larga serie de combates. Recordaba el día en que «noqueó» al maduro Stowsher Bill en Rush-Cutters Bay al decimoctavo asalto y luego lo vio llorando en los vestuarios, llorando como un niño. Acaso el viejo Bill debía también varios meses de alquiler, y acaso lo esperaban en su casa su mujer y sus hijos. ¡Y quién sabe si aquel mismo día, el del combate, había sentido el deseo de comerse un buen bistec! Bill combatió valientemente, recibiendo a pie firme una soberana paliza. Ahora que él pasaba el mismo calvario, comprendía que aquella noche de hacía veinte años Bill luchó por algo más importante que su adversario, el joven Tom King, que sólo trataba de ganar dinero y gloria fácilmente. No era extraño que Stowsher Bill hubiese llorado en los vestuarios amargamente después del combate.

No cabía duda de que cada púgil podía soportar un número limitado de combates. Era una ley inflexible del boxeo. Unos podían librar cien encuentros durísimos, otros sólo veinte. Cada cual, según sus dotes físicas, podía subir al ring tantas o cuantas veces. Después, quedaba al margen.

Él se había pasado de la raya, había librado más combates encarnizados de los que debía, encuentros en que el corazón y los pulmones parecía que iban a estallar; contiendas que hacían perder elasticidad a las arterias y convertían un cuerpo esbelto y juvenil en un montón de músculos nudosos; combates que desgastaban los nervios y los músculos, el cerebro y los huesos, por obra del esfuerzo. Sí, él había resistido más que nadie. No quedaba ya ni uno solo de sus antiguos compañeros. Él era el último de la vieja guardia. Había visto cómo iban cayendo todos y había contribuido a poner punto final a la carrera de algunos de ellos.

Lo opusieron a los boxeadores ya viejos y él los fue liquidando uno tras otro. Y después, cuando los veía llorar en los vestuarios, como había llorado el viejo Stowsher Bill, se reía. Pero ahora el viejo era él, y a su vez tenía que enfrentarse con los jóvenes. Con Sandel, por ejemplo. Había llegado de Nueva Zelanda precedido de un brillante historial. Pero como en Australia aún era un desconocido, se acordó enfrentarlo con el viejo Tom King. Si Sandel hacía un buen combate, se le opondrían mejores púgiles y las bolsas serían más crecidas. Así, pues, era de esperar que luchara como un demonio. Aquel combate era decisivo para él, ya que si ganaba tendría dinero, cobraría nombre y habría dado el primer paso de una brillante carrera. Tom King no era para él más que el muro viejo que le cerraba el paso a la fama y la fortuna. En cambio, a lo único que Tom King podía aspirar era a recibir treinta libras, que le servirían para pagar al dueño de la casa y a los tenderos. Y mientras cavilaba así, Tom King vio alzarse ante sus ojos hinchados el cuadro de la juventud triunfadora, exuberante e invencible, de músculos suaves y piel sedosa, de corazón y pulmones que no sabían lo que era el cansancio y se reían del jadeo de los viejos. Los jóvenes destruían a los viejos sin pensar que, al hacerlo, se destruían a sí mismos, dilatando sus arterias y aplastando sus nudillos, para ser, al fin, aniquilados por una nueva generación de jóvenes. Pues la juventud ha de ser siempre joven.

Al llegar a la calle de Castlereagh dobló a la izquierda y, después de recorrer tres manzanas, llegó al Gayety. Una multitud de golfillos apiñados frente a la puerta se apartaron respetuosamente al verle y oyó que decían:

-¡Es Tom King!

Una vez dentro, cuando se dirigía a los vestuarios, encontró al secretario, un joven de mirada viva y expresión astuta, que le estrechó la mano.

-¿Cómo te encuentras, Tom? – le preguntó.

-Estupendamente -respondió King, a sabiendas de que mentía y de que le hacía tanta falta un buen bistec, que si tuviera una libra la daría a cambio de él sin vacilar.

Cuando salió de los vestuarios, seguido por sus segundos, y se dirigió al cuadrilátero, que se alzaba en el centro de la sala, estalló una tempestad de aplausos y vítores en el público. Él respondió saludando a derecha e izquierda, aunque conocía muy pocas de aquellas caras. En su mayoría, eran muchachos que aún tenían que nacer cuando él cosechaba sus primeros laureles en el ring. Saltó con ligereza a la alta plataforma y, después de pasar entre las cuerdas, se dirigió a su ángulo y se sentó en un taburete plegable. Jack Ball, el árbitro, se acercó a él para estrecharle la mano. Ball era un boxeador fracasado que desde hacía diez años no pisaba el ring como púgil. King se alegró de tenerlo por árbitro. Ambos eran veteranos. Si él apretaba las tuercas a Sandel algo más de lo que permitía el reglamento, sabía que Ball haría la vista gorda.

Subieron al tablado, uno tras otro, varios jóvenes aspirantes a la categoría de pesos pesados, y el árbitro los fue presentando sucesivamente al público. Asimismo, expuso sus carteles de desafío.

-Young Pronto -anunció Ball-, de Sidney del Norte, reta al ganador por cincuenta libras.

El público aplaudió y los aplausos se renovaron cuando Sandel trepó ágilmente al ring y fue a sentarse en su rincón. Tom King, desde el ángulo opuesto, lo miró con curiosidad, pensando que minutos después ambos estarían enzarzados en implacable combate, y pondrían todo su empeño en noquearse. Pero apenas pudo ver nada, pues Sandel llevaba, como él, un mono de entrenamiento sobre su calzón corto de pugilista. Su cara era muy atractiva. Estaba coronada por un mechón rizado de pelo rubio, y su cuello grueso y musculoso anunciaba un cuerpo de atleta verdaderamente magnífico.

Young Pronto se dirigió sucesivamente a los dos ángulos y, después de estrechar las manos a los boxeadores, salió del ring. Continuaron los desafíos. Un joven tras otro pasaba entre las cuerdas. Aquellos muchachos desconocidos pero ambiciosos estaban convencidos, y así lo pregonaban, de que con su fuerza y destreza eran capaces de medirse con el vencedor. Unos años antes, cuando su carrera se hallaba en su apogeo y él se consideraba invencible, aquellos preliminares hubieran divertido y aburrido a Tom King. Pero a la sazón los contemplaba fascinado, incapaz de apartar de sus ojos la visión de la juventud. Siempre existirían aquellos jóvenes que subían al ring, y saltaban por las cuerdas para lanzar su reto a los cuatro vientos; y siempre tendrían que caer ante ellos los boxeadores gastados. Ascendían hacia el éxito trepando sobre los cuerpos de los viejos púgiles. Y continuaban afluyendo en número creciente, como una oleada de juventud incontenible que arrollaba a los viejos, para envejecer a su vez y seguir el camino descendente, a impulsos de la juventud eterna, de los nuevos mozos que desarrollaban sus músculos y derribaban a sus mayores, mientras tras ellos se formaba una nueva masa de jóvenes. Y así ocurriría hasta el fin de los tiempos, pues aquella juventud voluntariosa era algo inseparable de la humanidad.

King dirigió una mirada al palco de la prensa y saludó con un movimiento de cabeza a Morgan, del Sportsman, y a Corbett, del Referee. Luego tendió las manos para que Sid Sullivan y Charles Bates, sus segundos, le pusieran los guantes y se los atasen fuertemente, bajo la atenta fiscalización de uno de los segundos de Sandel, que ya había examinado con ojo crítico las vendas que cubrían los nudillos de King. Uno de los segundos de Tom cumplía la misma misión en el ángulo ocupado por Sandel. Este levantó las piernas para que le despojasen de los pantalones del mono y luego se levantó para que acabaran de quitarle la prenda por la cabeza. Tom King vio entonces ante sí una encarnación de la juventud, un pecho ancho y desbordante de vigor, unos músculos elásticos que se movían como seres vivos bajo la piel blanca y satinada. Todo aquel cuerpo estaba pletórico de vida, de una vida que aún no había dejado escapar nada de ella por los doloridos poros en los largos combates en que la juventud ha de pagar su tributo, dejando algo de ella misma en los tablados.

Los dos púgiles avanzaron hacia el centro del cuadrilátero y cuando los segundos saltaron por las cuerdas, llevándose los taburetes plegables, ellos simularon estrecharse las manos enguantadas e inmediatamente se pusieron en guardia. Acto seguido, como un mecanismo de acero puesto en marcha por un fino resorte, Sandel se lanzó al ataque. Asestó a Tom un gancho de izquierda al entrecejo y un derechazo a las costillas. Luego, entre fintas y sin cesar de saltar sobre las puntas de los pies, se alejó ligeramente de su contrincante para volverse a acercar en seguida, ágil y agresivo. Era un boxeador rápido e inteligente, que había iniciado la pelea con una espectacular exhibición. El público vociferaba entusiasmado. Pero King no se dejó impresionar. Había librado demasiados encuentros y había visto a demasiados jóvenes. Supo apreciar el verdadero valor de aquellos golpes: eran demasiado rápidos y hábiles para ser peligrosos. Evidentemente, Sandel trataba de forzar el curso del combate desde el comienzo. No le sorprendió. Esto era muy propio de la juventud, inclinada a malgastar sus espléndidas facultades en furiosos ataques y locas acometidas, alentada por un ilimitado deseo de gloria que redoblaba sus fuerzas.

Sandel atacaba, retrocedía, estaba aquí y allá, en todas partes. Con pies ligeros y corazón vehemente, deslumbrante con su carne blanca y sus potentes músculos, tejía un ataque maravilloso, saltando y deslizándose como una ardilla, eslabonando mil movimientos ofensivos, todos ellos encaminados a la destrucción de Tom King, del hombre que se alzaba entre él y la fortuna. Y Tom King soportaba pacientemente el chaparrón. Conocía su oficio y sabía cómo era la juventud, ahora que la había perdido. Se dijo que tenía que esperar a que su oponente fuese perdiendo fogosidad, y sonrió para sus adentros mientras se agachaba para parar un fuerte directo con la base del cráneo. Era una argucia innoble, pero correcta, según el reglamento del pugilismo. El boxeador tenía que velar por sus nudillos y, si se empeñaba en golpear a su adversario en la cabeza, allá él. King podía haberse agachado más para que el golpe no lo alcanzara, pero se acordó de sus primeros encuentros y de cómo se partió por primera vez un nudillo contra la cabeza del «Terror de Gales». Aun ajustándose a las reglas del juego, al agacharse había atentado contra los nudillos de Sandel. De momento, éste no lo notaría. Seguro de sí mismo e indiferente, seguiría propinando golpes con la misma fuerza durante todo el combate. Pero, andando el tiempo, cuando en su historial tuviera muchos encuentros, el nudillo lesionado se resentiría, y entonces él, volviendo la vista atrás, recordaría el potente golpe asestado a la cabeza de Tom King.

El primer asalto lo ganó Sandel por puntos. El joven boxeador mantuvo a la sala en vilo con sus fulminantes arremetidas. Lanzó sobre King un verdadero diluvio de golpes, y King no devolvió ni uno solo: se limitó a cubrirse, mantener una guardia cerrada, esquivar y llegar a veces al cuerpo a cuerpo para eludir el castigo. De vez en cuando hacía alguna finta, movía la cabeza cuando encajaba un directo, e iba evolucionando imperturbable por el ring, sin saltar ni bailar para no malgastar ni un átomo de energías. Debía dejar que Sandel desahogara el ardor de su juventud y sólo entonces replicarle, pues no debía olvidar sus cuarenta años.

Los movimientos de King eran lentos y metódicos. Sus ojos, casi inmóviles bajo los gruesos párpados, le daban el aspecto de un hombre adormilado y aturdido. Sin embargo, no se le escapaba ningún detalle: su experiencia de más de veinte años le permitía verlo todo.

Sus ojos no pestañeaban ni se desviaban al recibir un golpe, porque así podían ver y medir mejor las distancias.

Cuando, al terminar el asalto, fue a sentarse en su rincón para descansar, se recostó con las piernas extendidas y apoyó los brazos en el ángulo recto que formaban las cuerdas. Entonces su pecho y su abdomen empezaron a subir y a bajar en profundas aspiraciones, mientras le acariciaban el rostro el aire de las toallas con que le abanicaban sus segundos.

Con los ojos cerrados, Tom King escuchaba el clamoreo del público.

-¿Por qué no luchas, Tom? -le gritaron- ¿Es que tienes miedo?

-Le pesan los músculos -oyó que comentaba un espectador de primera fila-. No puede moverse con más rapidez. ¡Dos libras contra una a favor de Sandel!

Sonó el gong y los dos púgiles abandonaron sus rincones. Sandel recorrió tres cuartas partes del cuadrilátero, ansioso de reanudar la contienda. King apenas se apartó de su rincón. Esto formaba parte de su plan de ahorro de fuerzas. No había podido entrenarse como era debido, no había comido lo suficiente, y el menor movimiento innecesario tenía su importancia. Además, había que tener en cuenta que había recorrido a pie más de tres kilómetros antes de subir al ring. Aquel asalto fue una repetición del primero: Sandel atacaba en tromba y el público, indignado, abucheaba a King al ver que no combatía. Aparte algunas fintas y varios golpes lentos e ineficaces, se limitaba a mantener una guardia cerrada, parar golpes y agarrarse al adversario. Sandel deseaba acelerar el ritmo del combate, y King, hombre de experiencia, se negaba a secundarlo. En su rostro deformado por los golpes había una melancólica sonrisa, y Tom seguía economizando fuerzas celosamente, como sólo puede hacerlo un boxeador maduro. Sandel era joven y derrochaba sus energías con la prodigalidad propia de su juventud. El generalato del ring correspondía a Tom, y suya era también la sabiduría cosechada a costa de largos y dolorosos combates. Observaba a su adversario con mirada fría y ánimo sereno, moviéndose lentamente, en espera de que se agotara el ardor de Sandel. Para la mayoría de espectadores, aquello era buena prueba de que King era incapaz de medirse con su joven adversario, opinión que expresaban en voz alta, apostando a razón de tres a uno a favor de Sandel. Pero aún quedaban algunos espectadores prudentes que conocían a King desde hacía años y aceptaban estas ofertas, con grandes esperanzas de ganar.

El tercer asalto comenzó como los anteriores. Sandel llevaba la iniciativa y castigaba duramente a su adversario. Pero, cuando aún no había transcurrido medio minuto, el joven, excesivamente confiado, se olvidó de cubrirse, y los ojos de King centellearon a la vez que su brazo derecho se lanzaba como un rayo hacia adelante. Fue su primer golpe de verdad: un gancho reforzado, no sólo por el hábil movimiento del brazo, sino por el peso de todo el cuerpo. El león adormecido acababa de lanzar un imprevisto zarpazo. Sandel, tocado en un lado de la mandíbula, cayó como un buey abatido por el matarife. El público se quedó pasmado: algunos aplaudieron tímidamente, mientras por toda la sala corrían murmullos de admiración. ¡Caramba, caramba! King no tenía los músculos tan embotados como se creía, sino que era capaz de asestar verdaderos mazazos.

Sandel quedó casi inconsciente, hizo girar su cuerpo hasta ponerse de costado e intentó levantarse, pero, al oír los gritos de sus segundos que le aconsejaban esperar hasta el último instante, no acabó de ponerse en pie, sino que quedó con una rodilla en el suelo. El árbitro se inclinó hacia él y empezó a contar los segundos con voz estentórea junto a su oído. Cuando oyó decir «¡nueve!» Sandel se levantó con gesto agresivo y Tom King hubo de hacerle frente, mientras se lamentaba de no haberle dado el golpe un par de centímetros más cerca del mentón, pues entonces habría conseguido el fuera de combate y vuelto a casa con treinta libras para su mujer y sus hijos.

El asalto continuó hasta que se cumplieron los tres minutos reglamentarios. Sandel empezó a mirar con respeto a su oponente. Por su parte, King seguía moviéndose con lentitud y su mirada aparecía tan soñolienta como antes. Cuando el asalto estaba a punto de terminar, King se dio cuenta de ello al ver a los segundos agazapados junto al cuadrilátero. Estaban preparados para subir, pasando entre las cuerdas. Entonces llevó el combate hacia su rincón, y, cuando sonó el gong, pudo sentarse inmediatamente en el taburete que ya tenían preparado. En cambio, Sandel tuvo que cruzar de ángulo a ángulo todo el ring para llegar a su sitio. Esto era una pequeñez, pero muchas pequeñeces juntas pueden formar algo importante. Al verse obligado a dar aquellos pasos de más, Sandel perdió no sólo cierta cantidad de energía, sino una parte de los preciosos sesenta segundos de descanso. Al principio de cada asalto King salía perezosamente de su rincón, con lo que obligaba a su adversario a recorrer una distancia mayor, y cuando el asalto terminaba, King estaba en su sitio y podía sentarse inmediatamente.

Transcurrieron otros dos asaltos en los que King economizó sus fuerzas con toda parsimonia, mientras Sandel derrochaba energías. Los esfuerzos que el joven púgil hacía por imponer un ritmo más vivo a la lucha resultaron bastante enojosos para King, que hubo de encajar una parte bastante crecida del diluvio de golpes que cayó sobre él. Sin embargo, King mantuvo su deliberada lentitud, sin importarle el griterío de los jóvenes vehementes que querían verle pelear.

En el sexto asalto, Sandel volvió a tener un descuido, y la terrible derecha de Tom King lanzó un nuevo disparo contra su mandíbula. Otra vez contó el árbitro hasta nueve.

Al comenzar el séptimo asalto se vio claramente que el ardor de Sandel se había esfumado. El joven boxeador se percataba de que estaba librando el combate más duro de su carrera. Tom King era un boxeador gastado, pero el de más calidad que se le había opuesto hasta entonces; un boxeador maduro que no perdía la cabeza, que se defendía con extraordinaria habilidad, cuyos golpes eran verdaderos mazazos y que tenía un fuera de combate en cada puño. Pero Tom King no se atrevía a utilizar estos potentes puños demasiado, pues no se olvidaba de que tenía los nudillos lesionados y sabía que, para que pudieran resistir todo el combate, tenía que racionar los golpes prudentemente.

Mientras permanecía sentado en su rincón, mirando a su adversario, pensó que la unión de su experiencia y de la juventud de Sandel producirían un campeón mundial. Pero esta mezcla era imposible. Sandel no sería campeón del mundo. Le faltaba experiencia y ésta sólo podía obtenerse a costa de la juventud. Cuando Sandel tuviera experiencia, advertiría que había gastado su juventud para adquirirla.

King recurrió a todas las tretas y argucias. No desaprovechaba ocasión de agarrarse a su adversario y, cada vez que llegaba al cuerpo a cuerpo, clavaba con fuerza el hombro en las costillas de Sandel. En la teoría pugilística no había diferencia entre un hombro y un puño si con ambos podía hacerse el mismo daño, y el hombro aventajaba al puño en lo concerniente a la pérdida de energías. Asimismo, cuando se agarraban los dos púgiles, King descargaba todo el peso de su cuerpo sobre su contrincante y se resistía a soltarse. Esto obligaba al árbitro a intervenir para separarlos, en lo cual hallaba las mayores facilidades por parte de Sandel, que todavía no había aprendido a descansar de este modo. El joven no podía dejar de emplear sus magníficos brazos ni su lozana musculatura. Cuando King se aferraba a él, clavándole el hombro en las costillas e introduciendo la cabeza bajo su brazo izquierdo, Sandel le golpeaba el rostro pasando su brazo derecho por detrás de su espalda. Era un castigo espectacular que provocaba murmullos de admiración en el público, pero sin ninguna eficacia. Por el contrario, sólo servía para hacer perder energías a Sandel. Éste, incansable, no se daba cuenta de que todo tiene un límite. King sonreía y no se apartaba de su prudente táctica.

Sandel asestó un sonoro derechazo al cuerpo de King, que la masa de espectadores consideró como un rudo castigo, pero los pocos expertos que había en la sala percibieron el hábil movimiento del guante izquierdo de Tom, que tocó el bíceps de Sandel en el momento en que éste lanzaba el fuerte derechazo. Sandel repitió una y otra vez este golpe, consiguiendo que siempre llegara a su destino, pero nunca con eficacia, debido al ligero contragolpe de King.

En el noveno asalto, y en un solo minuto, Tom alcanzó con tres ganchos de derecha la mandíbula de Sandel, y las tres veces el corpachón del joven besó la lona y el árbitro hubo de contar hasta nueve. Sandel quedó aturdido y ligeramente conmocionado, pero conservaba las energías. Había perdido velocidad y economizaba sus fuerzas. Tenía el ceño fruncido, pero seguía contando con el arma más importante del boxeador: la juventud. El arma principal de King era la experiencia. Cuando empezó el declive de su vitalidad, cuando su vigor empezó a disminuir, lo reemplazó con la astucia, la sabiduría cosechada en mil combates y una escrupulosa economía de sus fuerzas. King no era el único que sabía eludir los movimientos superfluos, pero nadie como él poseía el arte de incitar al adversario a despilfarrar sus energías.

Una y otra vez, haciendo fintas con los pies, los puños y el cuerpo, siguió engañando a Sandel: obligándolo a saltar hacia atrás sin motivo, a esquivar golpes imaginarios, a lanzar inútiles contraataques. King descansaba, pero no daba descanso a su rival. Era la estrategia de un boxeador maduro.

Al iniciarse el décimo asalto, King detuvo las embestidas de Sandel con directos de izquierda a la cara, y Sandel, que ahora procedía con cautela, respondió esgrimiendo su izquierda, para bajarla en seguida, mientras lanzaba un gancho de derecha a la cara de Tom King. El golpe fue demasiado alto para resultar decisivo, pero King notó que ese negro velo de inconsciencia tan conocido por los boxeadores se extendía sobre su mente. Durante una fracción casi inapreciable de tiempo, Tom dejó de luchar. Momentáneamente, desaparecieron de su vista su adversario y el telón de fondo formado por las caras blancas y expectantes del público…, pero sólo momentáneamente. Le pareció que abría los ojos tras un sueño fugaz. El intervalo de inconsciencia fue tan breve, que no tuvo tiempo de caer. El público sólo lo vio vacilar y doblar las rodillas. Inmediatamente, Tom King se recuperó y ocultó más su barbilla en el refugio que le ofrecía su hombro izquierdo.

Sandel repitió varias veces este golpe, aturdiendo parcialmente a King. Pero el experto boxeador consiguió elaborar su defensa, que fue también una forma de contraatacar. Retrocediendo ligeramente sin dejar de hacer fintas con el brazo izquierdo, lanzó a Sandel un uppercut con toda la potencia de su puño derecho. Lo calculó con tanta precisión, que consiguió alcanzar de pleno la cara de Sandel cuando éste se agachaba haciendo un regate. El joven, levantado en vilo, cayó hacia atrás y fue a dar en la lona con la cabeza y la espalda. King repitió este golpe dos veces. Después dio rienda suelta a su acometividad y acorraló a su adversario contra las cuerdas, lanzando sobre él una lluvia de golpes. Sus puños funcionaron sin cesar hasta que el público, puesto en pie, le tributó una estruendosa salva de aplausos. Pero Sandel poseía una energía y una resistencia inagotables, y se mantenía en pie. Se mascaba el knock-out. Un capitán de policía, impresionado por el terrible castigo que recibía Sandel, se acercó al cuadrilátero para suspender el combate, pero en este preciso instante sonó el gong, señalando el fin del asalto, y Sandel regresó tambaleándose a su rincón, donde aseguró al capitán que estaba bien y conservaba las fuerzas. Para demostrarlo, dio un par de saltos, y el policía, convencido, volvió a sentarse.

Tom King, mientras descansaba en su rincón, jadeante, se decía, contrariado, que si el combate se hubiera suspendido, el árbitro se habría visto obligado a declararlo vencedor y la bolsa hubiera ido a parar a sus manos. A diferencia de Sandel, él no luchaba por la gloria ni para abrirse paso, sino para ganar treinta libras esterlinas. En aquel minuto de descanso, Sandel se recuperaría.

La juventud será servida… Esta frase cruzó como un relámpago por el cerebro de King. Se acordó también de la ocasión en que la oyó: fue la noche en que dejó fuera de combate a Stowsher Bill. El señorito que la había pronunciado tenía razón. Aquella noche, tan lejana ya, él encarnaba a la juventud. «Pero esta noche -se dijo- la juventud se sienta en el rincón de enfrente.» Ya llevaba media hora de pelea y los años le pesaban. Si hubiese luchado como Sandel, no hubiera resistido ni quince minutos. Lo peor era que no se recuperaba. Sus venas hinchadas y su corazón fatigado no le permitían recobrar las perdidas fuerzas en los descansos entre asalto y asalto. Las energías le faltarían ya desde el comienzo de los asaltos. Notaba las piernas pesadas y empezaba a sentir calambres. No debió haber hecho a pie aquellos tres kilómetros que mediaban desde su casa a la sala de deportes. Y para colmo de desdichas, aquel bistec que no se había podido comer aquella mañana y que tanto había deseado. Se despertó en él un odio terrible contra los carniceros que se habían negado a fiarle. Un hombre de sus años no podía boxear sin haber comido lo suficiente. ¿Qué era, al fin y al cabo, un bistec? Una insignificancia que valía unos cuantos peniques. Sin embargo, para él significaba treinta libras esterlinas.

Cuando el gong señaló el comienzo del undécimo asalto, Sandel se levantó impetuosamente, aparentando una gallardía que estaba muy lejos de poseer. King supo apreciar el justo valor de semejante actitud: se trataba de un farol tan antiguo como el mismo boxeo. Para no gastar fuerzas en balde, Tom se abrazó a su adversario. Luego, cuando lo soltó, permitió que el joven se pusiera en guardia. Esto era lo que King esperaba. Hizo una finta con la izquierda, consiguió que su contrincante se agachara para rehuirla, y al mismo tiempo le lanzó un gancho de derecha. Seguidamente King, retrocediendo un poco, asestó a Sandel un uppercut que lo alcanzó en plena cara y lo derribó. Después no le dio punto de reposo. Encajó mucho, pero pegó mucho más. Acorraló a Sandel contra las cuerdas mediante una serie de ganchos y con toda clase de golpes. Después de desprenderse de sus brazos, le impidió que lo volviera a abrazar, propinándole un directo cada vez que lo intentaba. Y cuando Sandel iba a caer, lo sostenía con una mano y lo golpeaba inmediatamente con la otra para arrojarlo contra las cuerdas, donde no le era posible desplomarse.

El público parecía haber enloquecido. Todos los espectadores, puestos en pie, lo animaban con sus gritos.

-¡Duro con él, Tom! ¡Ya es tuyo! ¡Lo tienes en el bolsillo!

Querían que el combate terminara con una lluvia de golpes irresistibles. Esto era lo que deseaban ver; para esto pagaban.

Y Tom King, que durante media hora había economizado sus fuerzas, las derrochó a manos llenas en lo que debía ser el esfuerzo final, un esfuerzo que no podría repetir. Era su única oportunidad. ¡Ahora o nunca! Las fuerzas lo abandonaban rápidamente, y todas sus esperanzas se cifraban en que, antes de que lo abandonasen del todo, habría conseguido que su adversario permaneciera tendido en la lona durante diez segundos. Y mientras seguía pegando y atacando, calculando fríamente la fuerza de sus golpes y el daño que causaban, comprendió lo difícil que era dejar a Sandel fuera de combate. La resistencia de aquel hombre, realmente extraordinaria, era la resistencia virgen de la juventud. Desde luego, Sandel tenía ante sí un futuro lleno de promesas. Él también lo tuvo. Todos los buenos boxeadores poseían el temple que demostraba Sandel.

Sandel retrocedía dando traspiés, perseguido por King, que empezaba a sentir calambres en las piernas y cuyos nudillos comenzaban a resentirse. Sin embargo, siguió asestando sus terribles golpes, sin detenerse ante el dolor que cada uno de ellos producía en sus manos, en sus pobres manos, viejas y torturadas. Aunque en aquellos momentos no recibía ninguna réplica de su adversario, King se debilitaba a toda prisa, de modo que pronto su estado igualaría el de Sandel. No fallaba un solo golpe, pero éstos ya no poseían la potencia de antes y cada uno de ellos suponía para Tom un esfuerzo extraordinario. Sus piernas parecían de plomo y se arrastraban visiblemente por el ring. Los partidarios de Sandel lo advirtieron y empezaron a dirigir gritos de aliento al joven boxeador.

Esto decidió a King a realizar un postrer esfuerzo y asestó dos golpes casi simultáneos: uno con la izquierda, dirigido al plexo solar y que resultó un poco alto, y otro con la derecha a la mandíbula. Estos golpes no fueron demasiado fuertes, pero Sandel estaba ya tan conmocionado, que cayó en la lona, donde quedó debatiéndose. El árbitro se inclinó sobre él y empezó a contarle al oído los segundos fatales. Si antes del décimo no se levantaba, habría perdido el combate. En la sala reinaba un silencio de muerte. King apenas se mantenía en pie sobre sus piernas temblorosas. Se había apoderado de él un mortal aturdimiento y, ante sus ojos, el mar de caras se movía y se balanceaba mientras a sus oídos llegaba, al parecer desde una distancia remotísima, la voz del árbitro que contaba los segundos. Pero consideraba el combate suyo. Era imposible que un hombre tan castigado pudiera levantarse.

Solamente la juventud se podía levantar… Y Sandel se levantó. Al cuarto segundo, dio media vuelta, quedando de bruces, y buscó a tientas las cuerdas. Al séptimo segundo ya había conseguido incorporarse hasta quedar sobre una rodilla, y descansó un momento en esta postura, mientras su aturdida cabeza se bamboleaba sobre sus hombros. Cuando el árbitro gritó «¡nueve!» Sandel se levantó del todo, adoptando la adecuada posición de guardia, cubriéndose la cara con el brazo izquierdo y el estómago con el derecho. Así defendía sus puntos vitales, mientras avanzaba agachado hacia King, con la esperanza de agarrarse a él para ganar más tiempo.

Tan pronto como Sandel se levantó, King se le echó encima, pero los dos golpes que le envió tropezaron con los brazos protectores. Acto seguido, Sandel se aferró a él desesperadamente, mientras el árbitro se esforzaba por separarlo, ayudado por King. Éste sabía con cuánta rapidez se recobraba la juventud y, al mismo tiempo, estaba seguro de que Sandel sería suyo si podía evitar que se repusiera. Un enérgico directo lo liquidaría. Tenía a Sandel en su poder, no cabía duda. Él había llevado la iniciativa del combate, había demostrado mayor experiencia que su contrincante, le llevaba ventaja de puntos. Sandel se desprendió del cuerpo de King, tambaleándose, vacilando entre la derrota y la supervivencia. Un buen golpe lo derribaría definitivamente, y, ante esta idea, Tom King, presa de súbita amargura, se acordó del bistec. ¡Ah, si lo hubiera tenido y contara con su fuerza para el golpe que iba a asestar! Concentró sus últimas energías en el golpe decisivo, pero éste no fue bastante fuerte ni bastante rápido. Sandel se tambaleó, pero no llegó a caer. Con paso vacilante, retrocedió hacia las cuerdas y se aferró a ellas. King, también tambaleándose, lo siguió y, experimentando un dolor indescriptible, le asestó un nuevo golpe. Pero las fuerzas lo habían abandonado. Únicamente le quedaba su inteligencia de luchador, turbia, oscurecida por el cansancio. Había dirigido el puño a la mandíbula, pero tropezó en el hombro. Su intención había sido darlo más alto, pero sus cansados músculos no lo obedecieron. Y, por efecto del impacto, el propio Tom King retrocedió, dando traspiés. Poco faltó para que cayera. De nuevo lo intentó. Esta vez su directo ni siquiera alcanzó a Sandel. Era tal su debilidad que cayó sobre el joven y se abrazó a su cuerpo, para no desplomarse definitivamente a sus pies.

King ya no hizo nada por separarse. Había puesto toda la carne en el asador: ya no podía hacer más. La juventud se había impuesto. Incluso en aquel abrazo notaba cómo Sandel iba recuperando sus fuerzas. Cuando el árbitro los separó, King vio claramente cómo se recobraba su joven adversario. Segundo a segundo, Sandel se iba mostrando más fuerte. Sus directos, débiles y vacilantes al principio, cobraron dureza y precisión. Los ofuscados ojos de Tom King vieron el guante que se acercaba a su mandíbula y se propuso protegerla alzando el brazo. Vio el peligro, deseó parar el golpe, pero el brazo le pesaba demasiado y no pudo: le pareció que tenía que levantar un quintal de plomo. El brazo no quería levantarse y él deseó con toda su alma levantarlo. El guante de Sandel ya le había llegado a la cara. Oyó un agudo chasquido semejante al de un chispazo eléctrico y el negro velo de la inconsciencia envolvió su mente.

Cuando abrió de nuevo los ojos, se encontró sentado en su rincón y oyó el clamoreo del público, semejante al rumor del oleaje de la playa de Bondi. Alguien le oprimía una esponja empapada contra la base del cráneo, y Sid Sullivan le rociaba la cara y el pecho con agua fría. Le habían quitado ya los guantes y Sandel, inclinado sobre él, le estrechaba la mano. No sintió rencor alguno hacia el hombre que lo había dejado fuera de combate, y le devolvió el apretón de manos tan cordialmente que sus nudillos se resintieron. Luego Sandel se dirigió al centro del cuadrilátero y el griterío del público se acalló para oírle decir que aceptaba el desafío de Young Pronto, y que proponía aumentar la apuesta a cien libras. King lo contemplaba, indiferente, mientras sus segundos secaban el agua que corría a raudales por su cuerpo, le pasaban una esponja por la cara y lo preparaban para abandonar el cuadrilátero. King sentía hambre; no era aquélla la sensación de hambre ordinaria, sino una gran debilidad, una serie de palpitaciones en la boca del estómago que repercutían en todo su cuerpo. Se acordó del momento en que había tenido ante él a Sandel tambaleándose, al borde del knock-out. ¡Ah, si hubiese tenido aquel bistec en el cuerpo! Entonces nada habría salvado a Sandel. Le había faltado sólo esto para asestar el golpe decisivo con eficacia. Había perdido por culpa de aquel bistec.

Sus segundos trataron de ayudarlo a pasar entre las cuerdas, pero él los apartó, se agachó y saltó solo al piso de la sala. Precedido por sus cuidadores, avanzó por el pasillo central abarrotado de público. Poco después, cuando salió de los vestuarios y se dirigió a la calle, se encontró con un muchacho que le dijo:

-¿Por qué no le pegaste de firme cuando lo tenías atontado?

-¡Vete al diablo! -le respondió Tom King mientras bajaba los escalones del portal.

Las puertas de la taberna de la esquina estaban abiertas de par en par. Tom King vio las luces cegadoras del local y las sonrientes camareras, y, entre el alegre tintineo de las monedas que saltaban en el mármol del mostrador, oyó diversas voces que comentaban el combate. Alguien lo llamó para invitarlo a una copa, pero él rechazó la invitación y siguió su camino.

No llevaba un céntimo encima. Los tres kilómetros que lo separaban de su casa le parecieron muy largos. Era evidente que envejecía. Cuando cruzaba el Dominio, se dejó caer de pronto en un banco. La idea de que su mujer estaría esperándolo, ansiosa de saber cómo había terminado el encuentro, lo sumió en una angustiosa desesperación. Esto era peor que un knock-out: no se sentía con fuerzas para mirarla a la cara.

Estaba desfallecido y amargado. El vivo dolor que sentía en los nudillos le hizo comprender que, aunque encontrase trabajo como peón de albañil, tardaría lo menos una semana en poder empuñar la pala o el pico. Las palpitaciones que le producía el hambre en la boca del estómago le hacían sentir náuseas. Una profunda desolación se apoderó de él y notó que sus ojos se llenaban de lágrimas incontenibles. Se cubrió la cara con las manos y lloró. Y mientras lloraba se acordó de la paliza que propinó a Stowsher Bill una noche ya lejana. ¡Pobre Stowsher Bill! Ahora comprendía por qué lloró aquella noche en los vestuarios

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Blues en la noche -Rozenmacher

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—Nu ¿qué te parece? —dijo mamá espiando por la ventana—. Ahí está de nuevo —refunfuñó mirándose el relojito de oro que le colgaba del saco de lana.

—Almorzó acá. ¿Qué te parece? Son las cuatro y ya viene a tomar un vaso de té —canturreó amargamente. Bernardo levantó el edredón de plumas, espeso, blanco y suave, que tenía grandes botones, y en calzoncillos saltó de la cama en la tibieza de la estufa de gas.

—Estos artistas son la peste —dijo mamá. Usaba esos anteojos llenos de horribles perlitas y firuletes que tanto encantan a las mujeres judías. Por encima de ella, Bernardo vio como, en el frío radiante del sábado a la tarde, tres pisos más abajo, cruzando el viento feroz, venía el viejito tan derecho y echado para atrás como un general, teniéndose apenas en pie, tan frágil que se lo llevaban las ráfagas, con ese sombrero orión con las alas deformadas de tanto enderezarlas para arriba que le daba un aire de cowboy en decadencia. Corrientes estaba vacía y los faros del subte de Pasteur ardían, pálidos, anaranjados, desapercibidos, en el azul purísimo y helado, sin una sola nube, de este último sábado de julio, como si para el encargado de prenderlos y apagarlos, el día invernal fuera apenas un accidente, una ficción de luz entre las nueve y las cinco de la tarde, y la noche fuera, en julio, la única certeza.

Los ronquidos de papá llegaban como un suspiro sonoro y constante, adornado con bufidos y gemidos, desde el dormitorio, y Bernardo, tan flaco y larguirucho, con esos ojos ardientes y tan tímidos y la barba demasiado crecida para sus diecisiete años, y su nariz más que larga rotunda y ese encorvarse casi rabínico y esa forma de mecerse que tenía cuando estudiaba, como si fuera un péndulo pero clavado en la tierra, Bernardo sintió curiosidad por ver a ese viejo que cruzaba Corrientes en esa soledad de sábado a la tarde, con escarcha en el viento.

—No abras —dijo mamá apartándose de la ventana—. Cuando toque el timbre no abras. No estamos. Nos morimos. Nos fuimos. Nos esfumamos —dijo, y limpió con el puño regordete de uñas cortas, donde la pintura se descascaraba, los vidrios empañados.

Pero se va a dar cuenta —dijo Bernardo—. Tenemos las persianas abiertas. Se va a dar cuenta que no le queremos abrir.

Mamá recién reparó en él —¡Cómo andás descalzo vos! — Corrió y se agachó debajo de la cama, arrodillándose para encontrarlas y así lo esperaba como el torero al toro azuzándolo con las pantuflas y diciendo: —Tomá, aquí están, ponételas, el frío te hace mal —pero Bernardo se quedó mirándola, en esa pieza altísima, con viejas fotografías de antepasados barbudos y ya amarillentos dentro de sus marcos redondos de bronce labrado, con hojas y flores, sobre el empapelado de pequeñas rosas descoloridas.

Bernardo fue hasta una de esas altas sillas tapizadas pero raídas, agarró los pantalones y se los puso, mientras calculaba que el viejo ya estaría por entrar en la casa.

—¿Dónde vas ahora? —gimió mamá estupefacta. Sobre el escritorio de persiana estaba su pullover azul de cuello alto y debajo los zapatos, entre los tomos de la enciclopedia Pijoan. Poniéndose la campera de cuero con cuello de piel, salió del departamento, corrió por el pasillo y llamó al ascensor. Cuando abrió la puerta de fierros oxidándose, lo encontró allí. —¿Está papá? — dijo el viejo, displicente, saliendo.

—No. No hay nadie. —Bernardo sintió la duda del viejo, la digna humillación con que escrutó el rostro, la amarga sorpresa y el desmoronarse de la esperanza de comer increíbles cantidades, como solía hacerlo, con las masitas caseras que amasaba mamá.

—¿Cómo? Hoy, sábado ¿salió? —dijo el viejo pero en seguida se compuso—. Bueno. Como él me dijo que viniera… Pero no importa. Mejor. Tengo tantas cosas que hacer…. —dijo el viejo y tosió, tapándose la boca con ceremoniosa grandeza. Bernardo vio esa gran piedra negra que llevaba en el dedo meñique, pecoso y arrugado como toda la mano. Bajaron en la rojiza luz de la jaula temblorosa donde cada hierro rechinaba por su cuenta.

—Yo bajé porque tenía hambre —dijo Bernardo, como si alguien hablara  dentro suyo, irresistiblemente atraído por ese viejo tan pequeño y tan absurdamente erguido, que ni siquiera lo miraba, como embebido en vagos problemas de estado.

—Mamá se fue a un té de la Wizo. Usted sabe. Esas señoras que cumplen años y les regalan una flor… —El viejo asintió y Bernardo supo que no se tragaba la píldora.

—¿Y papá?…

¿Qué podría inventar ahora? —Papá se fue a casa de un tal Shraiber o Shnaider…—el viejo miró la bombita colorada y asintió. Bernardo supo que el viejo casi oía los ronquidos de papá.

—Ah sí… Shnaider. Un ingeniero ¿no? Un millonario. Gran amigo mío —dijo displicente mientras salían.

Bernardo, con cierta desesperación, puso la mano sobre la manga del sobretodo negro del otro, y vio el cuello de terciopelo tantas veces zurcido y se imaginó al viejo, en calzoncillos largos, tan solo, remendándolo con obstinación como quien no se quiere dar por vencido y entonces, tironeándole la manga, se atrevió sin saber cómo.

—¿No tiene hambre, profesor? Yo me muero por tomar un café con leche. Lo invito.

El profesor no contestó y Bernardo sintió que había estado torpe.

—¿Para dónde va? — preguntó con aún mayor torpeza porque el viejo ya había empezado a caminar. “Ahora sí que lo humillé”, se dijo Bernardo, bajando la cabeza mientras se apuraba para andar al lado del otro, con sus largas piernas vacilantes de chico que no terminaba de crecer y que tenía maneras indecisas, carraspeando tímidamente como cada vez que tenía que hablar en la vida.

—Yo también voy para allá  —dijo Bernardo. “Soy un pesado”, se dijo. “Dios mío, ¿por qué siempre molesto? Y ahora ¿qué le digo? Es horrible caminar así, como si fuera un fardo pegajoso que se le cuelga a la gente. Dios mío, ¿cuándo voy a ser un hombre de una vez?”

A los dos los arrastraba el purísimo viento azul como a hojas secas, esas hojas doradas de las tardes de invierno, que crujen, volando por las calles, en la violencia de esa claridad como un cielo del renacimiento que a veces tienen las tardes frías y sin nubes en Buenos Aires, despertando confusas nostalgias por la primavera, perturbadoras, inquietantes.

—Nubes — dijo el viejo mostrando con el dedo enguantado. Del bolsillo, como magia, habían salido unos guantes amarillentos. Bernardo vio el dedo a través de un agujero pequeño y cierto.

—¿Nubes?—dijo Bernardo, y miro el cielo asintiendo después con esa exageración en el gesto de los muchachos que buscan, como titubeantes pájaros desorientados, a alguien que los quiera en medio de la furia de las cosas.

—¿Sabe una cosa? —dijo de pronto Bernardo a borbotones, inclinándose, odiándose por pegajoso, acercando la humedad de su sentimiento, ásperamente, al viejo—. Yo quiero cantar —dijo poniendo su mano sobre el hombro del viejo para sentir enseguida que al viejo no le gustaba que lo tocaran. Pero Bernardo siguió abrazándolo como si el viejo fuera su amigo de colegio, o su hermano menor, porque estaba ahí abajo, junto a  su exasperada y flaca y torpe largura.

El viejo se paró exactamente igual que cuando Bernardo, desde el balcón, lo veía venir con papá del templo todos los sábados a mediodía, la mano de uno en el brazo del otro, charlando, tomándose su tiempo, parándose a cada tres pasos gesticulando y sacándose por ahí los sombreros para volver casi mecánicamente a encasquetárselos exactamente igual, papá sobre la coronilla y el viejo sobre los ojos, para caminar y pararse a los pocos pasos, hablando libres y felices, en paz. Y, a veces, caminaban con las manos a la espalda, tal como se había puesto el viejo ahora.

—Ah ¿sí? —dijo el profesor, mirándolo a los ojos con curiosidad.

—Papá me habló mucho de usted, señor Goloboff. ¿No podría?… —Bernardo tragó saliva—. ¿No podría estudiar con usted, maestro?

El viejo enarcó las cejas.

—Bueno…—se encogió de hombros dubitativo—. No sé si tendré tiempo. Usted sabe… Tengo tantos alumnos. Hugo del Carril, Virginia Luque. Tendría que ver mis horarios…

Estas mentiras eran lo que más reventaban a mamá, tan celosa de esa amistad que parecía disfrazada de compasión que tenía papá con el viejo, al que una vez había invitado a almorzar por casualidad al salir de la sinagoga; papá, un judío alto, encorvado y calvo, tan moreno, con su gran nariz taciturna, de grandes ojos, que durante la semana y hasta los domingos por la mañana atendía en El Baratillo, esa especie de gatichaves lleno hasta la calle de pantalones baratos, pilas de valijas de cartón, calzoncillos y pilotos y corbatas y juguetes, allí por Azcuénaga, un negocio de piso de madera polvorienta, con papá y su terrible silencio, y sus acusadores ojos mirándolo con agobio, detrás del mostrador.

—Quiero estudiar música.

El viejo se encogió de hombros  y era como las larguísimas charlas de sobremesa del viejo con papá que tanto disgustaban a mamá, charlas casi sin palabras.

Porque en el comedor oscuro, daba a un húmedo y gris patio interior del edificio, con ropa colgada en el vacío y gritos de chicos, tras los restos de comida y los vacíos vasos de té, papá se sentía un doméstico protector de las artes cuando le preguntaba al viejo: “Y ¿se acuerda como hacía Tito Schipa en la última parte de Piscatore di perle?” y parándose ante el trinchante con ese aire crepuscular y europeo que tenía el mueble, quizá por la tapa de mármol, el viejo cantaba un aria mientras de la pieza de adelante llegaba el parloteo del televisor que había prendido mamá. “Fue un gran artista” había dicho una vez papá. “Aunque ya ahora el pobre no da más”, había agregado mamá, pero su padre no hizo ningún comentario. Lo respetaba. Por eso le daba de comer. Y lo escuchaba con los ojos cerrados, como cuando, los domingos a la tarde, se metía en la cama con la radio a transistores escondida bajo el edredón de plumas que lo tapaba hasta la cabeza, y escuchaba las óperas transmitidas desde el Colón mientras se iba muriendo el día y por la ventana sobre Pasteur con esas cortinas de tul algo apolilladas el azul se ponía violáceo y la tristeza del lunes no sólo se insinuaba sino que hasta se podía tragar en los ñoquis recalentados y desabridos del mediodía que mamá le llevaba a la cama.

—Porque yo sé tocar un poco el trombón —dijo Bernardo—. Y, además, puedo imitar todos los instrumentos—.

—Ah ¿sí? —dijo el viejo—. A ver.

Y allí mismo, en el viento, en la calle casi desierta, Bernardo cantó para el viejo, Tenderly. Y reclinó la cabeza sobre su hombro izquierdo y tocó el violín y un gemido salió de su cuerpo mientras con la mano derecha manejaba el arco que era sólo de aire, solo de viento, y en ese momento Bernardo era un gran violín absorto tocándose a sí mismo en medio del invierno. Y después se inclinó un poco y con la mano derecha pellizcó el aire y la gravedad del violoncello llenó la calle. Y después la mano derecha se hizo un puño que se alejaba y se acercaba a los labios, siguiendo el ritmo melancólico del trombón que le había nacido dentro de los carrillos inflados y después se rascó la panza y nació la guitarra y después las manos cubrieron la boca y apretaron la nariz y así de pronto fue la corneta que lloraba, ladrando muy despacio en sordina.

—Mi corazón pertenece a papito —dijo de pronto el viejo y con su tono melodramático, sus flemas y ese hálito trágico de actor de la vieja escuela, empezó a cantar llenando de gemidos y ayes y absurda densidad la leve melodía. Y los dos iban caminando y Bernardo tocaba el trombón con la boca y a veces con tenues silbidos convocaba a la flauta.

—Eso está un poco desafinado —dijo el maestro—. ¿Dónde lo sabe esto? Quiero decir  ¿dónde lo mamó?

—En el circo —mintió Bernardo—. Cuando era chico y vivíamos en Bahía Blanca, yo me escapé con un circo. Tres semanas en un camión por la provincia, con el Hombre Orquesta. Era un fenómeno. Sabía como treinta instrumentos —una vez se había escapado dos horas para ir al circo; eso era todo—. Además, sé tocar el trombón.

—¿Cómo aprendió?

—Con los bomberos. En Bahía ¿dónde quiere que aprenda a tocar el trombón? Con un cabo bombero, así de chiquito. Hasta que papá no me pudo seguir pagando las lecciones.

De pronto Bernardo sintió que se había vuelto a escapar por dos horas de casa, como a los once años; sintió la muda mirada sufriente de papá que quería que Bernardo fuera lo que nunca sería: un gran dirigente sionista de la colectividad para que todos admiraran a la familia, el diario israelita le sacara fotos y viajara en avión a Norteamérica y hasta consiguiera casarse con la hija de algún gran industrial. Tragó saliva. Nunca sería eso y ahora  se había escapado del mostrador del Baratillo y de ese doloroso silencio lleno de mutuas recriminaciones y quejidos que había en su casa, y ahora iba a la ventura. Porque Bernardo, después de lo del circo nunca más volvió a salir de casa. Ni siquiera tenía amigos. Pero de noche, muy bajito, para sí mismo, cantaba imitando todos los instrumentos, en la cama.

—Bueno. Pero desafina. A veces desafina —dijo el profesor con las manos a la espalda.

—Con el instrumento no —dijo Bernardo pensando: “Como si él no desafinara cuando se pone a cantar canciones litúrgicas.” Porque el viejo y papá admiraban al mismo cantor de la sinagoga, uno de la calle Cangallo, y lo iban a escuchar todos los sábados, seguidores como hinchas de Boca. Y también por eso eran amigos. Porque el viejo solía recordar pedacitos de melodías que el cantor había interpretado esa mañana. Dijo papá del profesor cierta vez. “Ahora hay que tenerle paciencia. Quién sabe si mi hijo va a saber tenerme paciencia a mí cuando sea así de viejo.” Y lo miró.

—En casa tengo un trombón—dijo el profesor.

—¡No! —dijo el muchacho con una alegría salvaje. Lo palmeó tan fuere que casi lo derriba—. Por favor —rogó— déjeme tocarlo, maestro.

—Está medio roto —dijo el viejo negando con la cabeza.

—Por favor —suplicó el muchacho—, hágalo por mi papá —era un golpe bajo, demagógico, pero qué iba a hacer. El profesor suspiró, titubeante, indeciso.

—Es una persona sensible su papá —dijo el viejo pero no se decidía. Bernardo sintió que el otro tenía vergüenza. No  sabía bien de qué.

—¿Usted nunca estuvo en un circo?

El viejo se echó para atrás, despectivo.

—Qué circo ni shmirco. Yo soy un artista serio—.

De pronto, como un soplo, el cielo se oscureció. La angustia del sábado a la noche le apretó a Bernardo el corazón. Estaría solo como la semana pasada, como la próxima, soñando en fiestas a las que no lo invitarían nunca, asustado al pensar en la posibilidad de ser arrastrado por la gente de la calle Lavalle. Y sintió que el viejo tenía quizá más miedo que él. Y toda la semana. “Espere”, dijo y entró a la fiambrería. Compró pastrón, pepinos y pan negro, que aunque le hubiera gustado un pedazo de pizza pensaba que el viejo era muy antiguo para todo eso. Y entonces cuando tomaron el troleybus y los faroles de las estaciones del subte ardían, ahora por lo menos con sentido, por Corrientes en la noche, y los apretujaban mujeres vestidas para ir a casamientos y novios con traje azul y corbatas brillosas y muchachos que iban a asaltos con chicas que reían histéricas, como que tenían catorce años, allí, parados en el troley que se sacudía mucho más que esos tranvías que no pasaban más, el profesor le dijo, con una lejana alegría que le encendía esos ojos siempre húmedos y descoloridos.

—¿Sabe? Una vez en San Petersburgo, era invierno y estábamos en la ópera. Circos —sonrió el viejo, benigno—. Era el primer acto de Lady Butterfly. Me dolía la cabeza. Y entonces vino Chaliapin y me dijo: “Micha ¿qué te pasa Micha?” Y me sirvió, con sus propias manos, un vaso de té.

—¿Chaliapin mismo? —dijo Bernardo.

—Claro, íntimo amigo mío era, me dijo: “Vas a llegar muy lejos, Micha”.

Y se quedó callado. No hablaron hasta que en Donato Alvarez y Avenida San Martín y el viejo dijo:

—Permiso, señores —con todas las erres del mundo. Bernardo pensó lo lejos que vivía. Los sábados, entre el almuerzo y el té, debía quedarse dando vueltas por el centro, chupando frío en una plaza, durmiéndose en un cine de variedades, haciendo tiempo hasta volver a la casa del chico para comer enormes cantidades de masitas y decir “qué linda familia señor Katz, qué ricas masitas señora, Dios le bendiga las manos.”

Caminaron por Donato Álvarez hasta que el chico vio la vergüenza del viejo. Una casa gris, con las columnas de la balaustrada rota de la terraza temblorosamente alumbradas por el farol con la tulipa de lata del medio de la calle que hacía ruido de platos rotos en el viento. Entraron en el patio donde el viento soplaba más que afuera, y detrás de las puertas persianas, tres o cuatro, había ruido de cucharas contra platos, y televisores, uno por pieza, y algún chico que lloraba. El viejo abrió una de las puertas persianas de madera, tuerta de varios postigos, dando vuelta la llave en el candado que sostenía la cadenita. “¿Qué van a robarle?” pensó Bernardo mirando las rotas baldosas blancas y negras y los enormes macetones puestos contra el muro altísimo, oprimente, corroído por la humedad, descascarado, que cerraba el patio enfrentando las piezas.

—Adelante— dijo el profesor.

Por la puerta de al lado salió una cabeza. El profesor había entrado para prender la luz. “Oiga”, dijo la cabeza por lo bajo. “Ts, ts…” lo llamó. Era una bigotuda cabeza italiana con un montón de pelo gris y restos de mojados cabellos de ángel en los mostachos estilo manubrio. Una cabeza cansada, con ojeras, de verdulero ambulante.

—¿Usted es el hijo, el nieto? —Bernardo dijo que no—. No importa. Dígale que no clave.

—¿Qué no clave?

—Sí. ¿Cuándo lo llevan al asilo al viejo éste? En medio de la noche se levanta y empieza a clavar clavitos en las paredes.

El italiano hablaba bajísimo y el chico se asomó por la puerta persiana y vio a una mujer muy fea, con una gran cara de hombre, de cabellos ralos, en un sillón hamaca, meciéndose, mansa, llena de frazadas, mirando televisión, mientras sobre una cocinita de fierro hervía algo feo que podían ser repollos, en una cacerola marrón, de pintura saltada, con tapa más grande, de latón, que no correspondía. En un rincón, al lado del ropero, había un carrito vacío.

—¿Se da cuenta, joven? Agarra un martillo y bum bum bum, dele clavar. Por favor dígale, mire los ojos como los tengo de no dormir… Somos todos gente de trabajo acá… —de la otra puerta persiana salieron dos chicos con sobretoditos y los padres detrás—, el señor es tornero, tampoco puede dormir, pregúntele…

—¡Señor Katz! —gritó el viejo desde la pieza.

—Sí, dígale, mozo —rogó el tornero, que era muy morocho y se había engominado y la frente angostita desaparecía tras el brillo del duro pelo con jopo que se había armado bien levantado, a lo compadre, quizá para ir hasta algún cine de la avenida San Martín.

—Dígale, dígale —dijeron los chicos.

—¡Venga para acá! —volvió a gritar, ahora en idish, el viejo súbitamente irritado, casi lloroso. El muchacho intuyó que la desesperación le desbocaba los nervios y la voz al viejo—. No hay con quién hablar acá —por el patio rodaban hojas secas. El viejo se sacaba el sobretodo—. Yo no saludo más. ¿Para qué? ¿a quién? ¿Acaso ellos saben con quién están hablando? —dijo el viejo y cerró la puerta persiana y después la puerta de vidrio con cortinas caladas que tenían flecos, cortinas como las de la ventana, porque la pieza daba a la calle, y las vainillas seguramente las había tejido hace veinte años su finadita.

—El trombón está sobre el ropero —dijo el viejo y prendió una vieja estufa eléctrica. El muchacho no se sacaba la campera porque la nariz le seguía tan fría como afuera y toda la escarcha del día parecía haberse juntado en esa pieza, y tanto, que ya le dolía el estómago.

—Con estos goim mejor no tener tratos —dijo el viejo. Bernardo quiso decirle que no era cierto, pero le pareció que no tenía sentido—. Hay que irse a Israel —dijo—. Un día de estos me voy a ir —dijo el viejo mientras se sacaba el saco negro, a finas rayas blancas, pasado de moda—. Pero pienso, ¿qué va a hacer un viejo allí? Hace falta gente joven, como usted —dijo el viejo, y Bernardo lo vio, tan pequeño en medio de la pieza, encendiendo temblorosamente un cigarrillo, soñando con lo que nunca nadie haría, solo en esa casa donde no hablaba con nadie, ofendido por quienes no reconocían su antigua grandeza—. Usted tiene que irse —insistió el viejo, con esa húmeda obsesión invasora de su voluntad y de sus actos que también tenía mamá—.

—No —dijo Bernardo, con algo de niño, tan alto y torpe, chupándose la mejilla con los dientes, las manos en los bolsillos, mirando el piso de madera.

—¡Cómo no! —dijo el viejo, sin enojo, con ternura, sonriendo, como si tuviera que convencer a un niño de cosas elementales. Y Bernardo se sintió mal. Papá soñaba con que lo enterraran en Israel y se le encendían los ojos como si estuviera por ir al encuentro de una felicidad plena, dolorosa, quieta y definitiva por la que casi quería morirse.

—No —dijo el chico y sintió que comprendía esa perplejidad del viejo porque él mismo la había sentido, y ahora que no era un judío como quería papá y que tampoco había jugado nunca a la pelota con los chicos en la calle, porque no lo dejaba mamá, era como una hoja al viento y no tenía raíces y no estaba ni acá ni allá y la oscura y nunca pronunciada maldición de papá lo perseguía con un enconado silencio. Y él buscaba, desgarrado, en la noche— para qué vamos a hablar —dijo el muchacho y, de pronto, le acarició la mejilla, torpemente, al viejo—. Yo lo quiero mucho a usted, profesor. Porque somos artistas —dijo Bernardo y como cada vez que largaba todo, pensó: “Dios mío, ¿cómo estoy diciendo todo así, de golpe, tan abruptamente?” Se  sentía como uno de esos carros que caminaban de a ratos, violentamente, a empujones. El viejo lo miró.

—El trombón está sobre el ropero —dijo y puso el cigarrillo en una boquilla, y Bernardo se subió sobre una silla con asiento de esterilla y alto respaldo firuleteado y lo vio, tapado por polvorientos diarios viejos; uno de esos trombones de banda, como los que tenían los bomberos que al ponérselos le abrazaban a uno todo el cuerpo y pareciera que la música fuera el resultado de un raro acto de amor entre notas bajas, sordas y los dedos y el aire y su cuerpo. Se sentó sobre la gran cama matrimonial que desde hacía quién sabe cuántos años ocupaba el viejo solo. Pensó no en ahora, sino en cuando el viejo, después de dormir toda una vida con una misma mujer había estirado la mano y no había encontrado nada.

El viejo, sobre la mesa de hule, abrió el papel gris de envolver y, agarrando un calentador primus, lo prendió y puso encima la pava. El pie de Bernardo chocó con algo. La escupidera. Y claro, si salía al baño de noche se quedaba seco ahí mismo. La miró. Era extraña. Tenía flores y además no estaba vacía —Pardón—dijo el viejo sin inmutarse. La sacó afuera, mientras el muchacho tocaba despacio, como reconociendo el instrumento, algunas escalas, en un reencuentro inesperado, en esa aventura que había empezado de pronto, cuando algo lo había hecho bajar al encuentro del viejo, a él, que nunca salía de casa y que no se acostaba más tarde de las diez, y que sin decirlo pedía permiso hasta cuando tenía que ir a comprar el diario. Y no salía porque tenía cierto doloroso miedo de andar por la calle. Era como un perro apaleado. Se metía en la cama y se tapaba hasta la cabeza desde temprano y pensaba “Dios mío, voy a cumplir diecisiete años”, y sentía que era tan joven y pensaba en las mujeres que pasaban sin mirarlo, porque ¿quién iba a mirar a una jirafa melancólica?

—Un sangüichito —dijo el viejo—. ¿Qué va a decir su papá cuando sepa que estuvo acá? Porque no está bien venir así, de repente, a la casa de un extraño, sin avisar en casa.

—No voy a decir que vine aquí. Voy a decir que fuimos al cine.

—Cine —dijo el viejo comiendo pedazos admirablemente grandes de pan negro con pastrón.

—La última vez que fui al cine, vi una de Jeannette Mac Donald…

—Y ¿quién es?

—Y claro…—habló con la boca llena, sin perder tiempo, como si ya no le importara que el muchacho se enterara que hacía mucho que no comía abundante—. Usted qué sabe de los buenos actores. Esos eran actores. ¡Y tenían una voz!… No es que fui hace mucho. Pero voy a ver películas viejas, siempre las mismas. Las que ya vi. ¿Para qué ir a ver estas modernas? ¿Acaso me van a enseñar algo? —enarcó las cejas—. Si ya lo sé todo. Además ¡ahora no hay artistas! Aunque este Palito Ortega fue alumno mío.

—Ah ¿sí?

—Claro. Vino varias veces. No sabía impostar. Cantaba así…—y lanzó un sonido gutural, de garganta. Un rugido—: Goo. Y entonces yo le enseñé qué hay que hacer…—y con el falsete hizo, cerrando los ojos, la mano en el pecho y enarcando las cejas, un melodioso—: ¡Aaa..!

Sobre el húmedo empapelado, bajo la bombita que colgaba de un cable largo, vio las paredes que estaban llenas de fotografías, de dibujos, de esas antiguas caricaturas hechas a lápiz del año treinta en que la cabeza parecía enorme y el cuerpo enano, y todas eran del viejo. Toda la historia de una vida estaba ahí. Según escuchó a papá, que a él no le contaba nada, de modo que tenía que enterarse por lo que le decía a mamá, el viejo había cantado en la opera de Moscú, en la época imperial, cuando era casi un niño y como los judíos no podían hacerlo se cambió el apellido. Así que se llamaría Meyer o algo por el estilo. Bernardo se lo imaginaba muy joven, parecido a Lord Byron, hermoso, como en uno de esos retratos, el más amarillento, con gran melena y frac y esas corbatas llenas de volados del 1800.

—Aquí hago el papel principal en la Bohème —dijo el viejo de paso al verlo mirar el dibujo. Goloboff, que se siguió llamando así para siempre, Vasily Goloboff, cuando llegó la revolución entró al Proletcult, al departamento de cultura y Bernardo pensaba sorprendido en la facilidad y hasta la remota simpatía con que su padre había dicho ese nombre aunque ahora ya sólo sentía por esa revolución un miedo hostil. Goloboff también huyó del Proletcult, después de algunas aventuras amorosas, porque tenía esos grandes ojos trágicos cuya belleza aún podía descubrirse aunque estuvieran empañados, esos grandes ojos de actor melodramático que seguramente debían cautivar a las mujeres. Y entonces vino a la Argentina y empezó a rodar, en vagones de segunda, por todas partes, dando conciertos y recitales, siempre con otros, claro, porque sabía que a él solo no lo vendría a escuchar nadie, y cantaba como cantor sinagogal durante las fiestas, en alguna colonia de Entre Ríos, porque aunque se había dejado el nombre de Goloboff, había vuelto a reconocer que era judío, quizá porque necesitaba ganarse la vida o porque se dio cuenta que era inútil fingirse distinto, o porque se sentía terriblemente solo y papá le contaba a mamá en la mesa (a Bernardo sólo le decía “alcanzame la sal” o cosas parecidas) que sobre todo desde que murió su mujer (la había conocido poco después de venir de Rusia, otra emigrada como él, y se juntaron y vivieron cada vez más unidos aunque él tenía de vez en cuando alguna aventura con mujeres cada vez más jovencitas) Goloboff se había hecho cada vez más religioso y se había ido cerrado obstinadamente sobre sí mismo, con una sombría terquedad frágil pero intransigente.

— ¿Y esto? — dijo Bernardo. Había una serie de tapas de Radiolandia.

—Dedicadas —dijo el viejo sin concederles mucha importancia—. Tomaron clases conmigo…—bebió un gran sorbo de té—. ¿No quiere comer nada?

—No. —Pero era una pregunta retórica. El viejo comía como nunca.

—Me vienen a llamar todos los días… Pero qué quiere. Ya no doy abasto.

De Chaliapin a Palito Ortega. Un buen profesor de canto. Por lo menos eso le decía papá a mamá. Y como era tan meterete se había conseguido que algunos astros vinieran aunque fuera un par de veces para estudiar con él y le dejaran un autógrafo. Ese cuento se había mandado. ¿Quién podía saberlo? Además ahora entendió por qué estaba esa chapa de bronce clavada en la pared: “Vasily Goloboff. Profesor superior de canto. Primer tenor de la ópera de Moscú.”

—Hasta tuve que sacar la chapa de la puerta… —Bernardo se imaginó al italiano de los mostachos ensuciando la chapa con alquitrán y al viejo limpiándola, hasta que se dio por vencido y la clavó en la pieza. Y se imaginó la cara de Hugo del Carril, en caso de que hubiera venido, entrando en el conventillo, y a los pibes amontonados frente a la puerta, escuchándolo hacer escalas, y hasta sintió que el viejo lo había hecho venir para que los vecinos lo respetaran. O quizá no. Quizá él había ido a la casa de las estrellas, con su aire de duque en destierro. Y eso quizá sería más lógico. Nunca lo sabría. Y entonces dejaba que vinieran a su casa los alumnos oscuros, esos que se presentaban en los concursos de tango que se hacían por los barrios, o en el salón La Argentina y que el viejo reclutaba por Paternal, hablando de sus autógrafos. Bernardo no sabía bien cómo podía haber pasado, pero ahí sobre la pared, estaban los autógrafos, ciertos o falsos. Y se imaginaba los alumnos pobres, haciendo escalas, mientras afuera, en el patio, los chicos jugaban a la pelota contra el muro leproso de las varias manos de pintura siempre distinta que le habían puesto, pero que no tapaba el fondo siempre gris, con resecos ríos de humedad, donde la pelota debía golpear como sordos cañonazos, y los gritos de las vecinas, y las radios a todo lo que da y allí dentro, con las puertas cerradas y el diapasón golpeando contra el hule de la mesa, en la oscuridad a pleno día, con la bombita prendida entre tantos retratos, sobre las flores descoloridas, el viejo y sus alumnos cantaban arias o ensayaban un twist o quizá Granada.

—Pardón —dijo el viejo y salió. Cuando colocó la pelela floreada junto a una pata de la cama Bernardo escuchó la lluvia. Miró por la ventana, corriendo la cortina. Una lluvia fina, como una neblina, caía en la noche y la cortina se le deshacía entre las manos y la opaca humedad cubría como una caricia, como la saliva que dejan los besos, los vidrios de la ventana, una humedad tibia como un gran abrazo materno, que lo alejaba de la crueldad de la calle donde la lluvia ya era fuerte, sólida, diluviana, como si antes o después el mundo no hubiera conocido otra cosa que el agua.

—A ver cómo anda eso —dijo el viejo, y el chico agarró el trombón y empezó a tocar muy despacio “Después de haberte ido”, hamacándose, con las sordas notas desafinadas, meciéndose, sentado en el borde de la cama matrimonial, como si un viento interior lo moviera y lo ondulara. Y sintió que era como si bajara por el Mississipi, y fuera negro, y viviera en el año 80 y se hundiera en el propio río de su sangre, y aullara con todo el cuerpo.

—La conozco un poco —dijo el viejo y se paró, ahí, al lado del ropero con tres espejos que lo denunciaban de espaldas y cantó con ese estilo operístico, con las manos abiertas y poniendo los ojos en blanco. Cantó “Después de haberte ido”, muy lento, y el trombón entraba con su desafinada objeción circense, llevando el ritmo, y el agua goteaba desde el techo; y nunca supe cómo llegó aquello, pero el viejo abrió el ropero y sacó un rancho, y después un bastón y le dijo: —Yo le voy a enseñar cómo se hacen estas cosas —y ordenó—: ¿Cómo era eso que hacía Molly Picón?  Eso que decía… —y empezó a cantar—. Un poquito de paz y de alegría, ¿que no hay dinero? A conformarse, a bi gezint, darf men gliklaj zain. Basta la salud para ser feliz. —Y en el trombón el muchacho tocaba la melodía de opereta tan trasnochada como el viejo que ahora se había sentado delante del espejo y había sacado una caja de polvos y de lápices y se maquillaba, y Bernardo descubrió de pronto que lo estaba haciendo para él, mientras el viejo tarareaba con una repentina felicidad—. Voy a darle una función —decía mientras tarareó la melodía como para sí mismo. Y mientras el chico trataba de no darse cuenta de todo lo que el viejo estaba haciendo cerraba los ojos y acompañaba con su trombón, con tonos falsos, tristes y menores al viejo. Cuando abrió los ojos se encontró con que el viejo se había maquillado para él, entre el ropero, la mesa, la cama, en la altísima pieza, y era como si todo el mundo y la lluvia y el inquilinato hubieran desaparecido y todas esas caras —siempre la misma— cada vez más arrugadas, que miraban desde las paredes le sonrieran en esa mueca monstruosa, con rimmel para exagerar el tamaño de los ojos y talco para tapar las arrugas, y un poco de pintura en los labios.

—Repertorio picaresco —anunció el maestro—, al estilo Aarón Lebedeff—. Y se puso a dar pasos de comedia musical cantando cosas sobre chicas que piden un hombre, y apoyaba las manos en las rodillas y las hacía ondular, y se movía sin levantar los pies del piso, y levantaba los pies hasta la cintura y corría y bailaba, con sus increíbles setenta años, con su lamentable rapidez vencida, en un potpurri alucinado. —No hay negocio como la revista musical —dijo, y el muchacho atacó con el sordo trombón, y el viejo cantaba con sus gallos y sus temblorosos aires de galán de ayer, diciendo que no había negocio como la comedia musical, donde se ríe cuando se quiere llorar, y se arrodillaba como Al Jolson, y después hubo todavía más, cuando el viejo tomó el sombrero y lo tiró lejos, y jadeante anunció: —Catarí —y se puso las manos sobre la magra panza, y olvidándose de todas las clases de canto que había dado en su vida, cantó con toda la poca voz que le quedaba, con las manos, con el cuerpo, con todo, y el muchacho lo acompañaba con un toque de trombón, después de cada frase, pobre, torpemente, como en el circo más ranfañoso del mundo, porque la verdad es que ya no sabía las melodías. Pero al viejo ya no le importaba, porque ya no veía nada, y seguía, como un delirio, el propio show, el último show que daría en su vida; en realidad no había dado nunca ninguno así, como estrella absoluta, y ahora cuando ya no le quedaba nada, de repente, ante ese único espectador, que era todo su público, ocurría por fin. Y no en San Petersburgo, ni en el Colón, ni en Broadway, sino en esa casa de Donato Alvarez de un solo piso, con todas esas piezas, en la noche que afuera llovía sin parar.

—Y cuando canté esto… —dijo el viejo, tartamudeando, porque no tenía más aliento…— fue cuando Chaliapin me acarició —dijo palmeando suavemente la mejilla del chico, sin verla, sin ver nada, como si soñara despierto—, y después me trajo un vaso de té —una suave nostalgia, una loca euforia se mezclaron cuando dijo, y ya no era él, sino Chaliapin , el que hablaba.

—Micha…¿qué te pasa, Micha? ¿Se da cuenta, señor Katz?  Él, Chaliapin, me sirvió con sus manos, con sus propias manos, un vaso de té… Yo todavía cantaba en el coro, no era todavía tan importante como lo fui después… y sentí que eso valía por toda una vida; aunque no me pasara ninguna otra cosa eso era suficiente para llenar de felicidad el destino de un hombre…—y Bernardo sintió “Dios mío, esto es cierto”, y el viejo dijo sin respiración: —I Pagliacci, la muerte del payaso, acá siempre aplaudían mucho. Aria y bravura —el maestro empezó a llorar, y con lágrimas que le corrían por el rimmel, y las arrugas y los labios pintados, trató desesperadamente de cantar, pero casi no tenía con qué, y cuando debía caer, muerto, miró el piso, se arrodilló primero, lo tocó y después se tiró y dijo: Io sono morto.

Un silencio tenso, pesado, terrible, cayó sobre ellos. El viejo jadeaba en el suelo. Bernardo dejó despacio el trombón sobre la cama y empezó, primero lentamente, después más fuerte y al final como enloquecido, a aplaudir. El viejo se paró e hizo una digna reverencia sin mirarlo, como en el teatro, y después dijo:

—La función ha terminado.

Con una toalla empezó a sacarse despacio el rimmel. Jadeaba. Fue hasta la cama, sacó una valija, la abrió —había botones y también hilos, y peines y botellas, y después sacó un libro encuadernado en terciopelo rojo, de hojas destrozadas y que olían a muy antiguas. Era un libro de oraciones. De entre sus hojas sacó una hoja verdosa, manoseada, grande y llena de firuletes.

—Hoy pagan los actores —dijo el viejo, y se la dio—. Es un rublo. Del zar Nicolai… El único que tengo —dijo y le sonrió al chico con esos ojos enormes, locos, perversos, que empezaron a inquietar a Bernardo. El viejo se acercó a él. Bernardo sentía su respiración afanosa en la cara… El rimmel se le había corrido por los bordes de los ojos y por las mejillas—. Podríamos hacer una gira juntos —dijo el viejo, y Bernardo sintió que estaba llorando—. Podríamos recorrer el país… Podríamos hacer muchas cosas juntos… —dijo el viejo. Bernardo se levantó.

—Quédese, señor Katz. Todavía es temprano. Hagamos proyectos. Tenemos la noche por delante —era un ruego húmedo, tembloroso—. Es temprano todavía… tómese otra taza de té… —dijo el viejo, y de pronto lo abrazó—. ¡Hot rajmones! ¡Tenga piedad de mí! —y entonces Bernardo corrió hacia la puerta y la abrió temblando de miedo, y huyó para siempre del viejo, hacia la noche, hacia la lluvia, hacia la ciudad salvaje. Y el viejo quedó atrás, y pedía compasión, y estaba solo.

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Cabecita negra -Germán Rozenmacher

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El señor Lanari no podía dormir. Eran las tres y media de la mañana y fumaba enfurecido, muerto de frío, acodado en ese balcón del tercer piso, sobre la calle vacía, temblando encogido dentro del sobretodo de solapas levantadas. Después de dar vueltas y vueltas en la cama, de tomar pastillas y de ir y venir por la casa frenético y rabioso como un león enjaulado, se había vestido como para salir y hasta se había lustrado los zapatos.

Y ahí estaba ahora, con los ojos resecos, los nervios tensos, agazapado escuchando el invisible golpeteo de algún caballo de carro de verdulero cruzando la noche, mientras algún taxi daba vueltas a la manzana con sus faros rompiendo la neblina, esperando turno para entrar al amueblado de la calle Cangallo, y un tranvía 63 con las ventanillas pegajosas, opacadas de frío, pasaba vacío de tanto en tanto, arrastrándose entre las casas de uno o dos o siete pisos y se perdía, entre los pocos letreros luminosos de los hoteles, que brillaban mojados, apenas visibles, calle abajo.

Ese insomnio era una desgracia. Mañana estaría resfriado y andaría abombado como un sonámbulo todo el día. Y además nunca había hecho esa idiotez de levantarse y vestirse en plena noche de invierno nada más que para quedarse ahí, fumando en el balcón. ¿A quién se le ocurría hacer esas cosas? Se encogió de hombros, angustiado. La noche se había hecho para dormir y se sentía viviendo a contramano. Solamente él se sentía despierto en medio del enorme silencio de la ciudad dormida. Un silencio que lo hacía moverse con cierto sigiloso cuidado, como si pudiera despertar a alguien. Se cuidaría muy bien de no contárselo a su socio de la ferretería porque lo cargaría un año entero por esa ocurrencia de lustrarse los zapatos en medio de la noche. En este país donde uno aprovechaba cualquier oportunidad para joder a los demás y pasarla bien a costillas ajenas había que tener mucho cuidado para conservar la dignidad. Si uno se descuidaba lo llevaban por delante, lo aplastaban como a una cucaracha. Estornudó. Si estuviera su mujer ya le habría hecho uno de esos tés de yuyos que ella tenía y santo remedio. Pero suspiró desconsolado. Su mujer y su hijo se habían ido a pasar el fin de semana a la quinta de Paso del Rey llevándose a la sirvienta así que estaba solo en la casa. Sin embargo, pensó, no le iban tan mal las cosas. No podía quejarse de la vida. Su padre había sido un cobrador de la luz, un inmigrante que se había muerto de hambre sin haber llegado a nada. El señor Lanari había trabajado como un animal y ahora tenía esa casa del tercer piso cerca del Congreso, en propiedad horizontal y hacía pocos meses había comprado el pequeño Renault que ahora estaba abajo, en el garaje y había gastado una fortuna en los hermosos apliques cromados de las portezuelas. La ferretería de la Avenida de Mayo iba muy bien y ahora tenía también la quinta de fin de semana donde pasaba las vacaciones. No podía quejarse. Se daba todos los gustos. Pronto su hijo se recibiría de abogado y seguramente se casaría con alguna chica distinguida. Claro que había tenido que hacer muchos sacrificios. En tiempos como éstos, donde los desórdenes políticos eran la rutina había estado varias veces al borde de la quiebra. Palabra fatal que significaba el escándalo, la ruina, la pérdida de todo. Había tenido que aplastar muchas cabezas para sobrevivir porque si no, hubieran hecho lo mismo con él. Así era la vida. Pero había salido adelante. Además cuando era joven tocaba el violín y no había cosa que le gustase más en el mundo. Pero vio por delante un porvenir dudoso y sombrío lleno de humillaciones y miseria y tuvo miedo. Pensó que se debía a sus semejantes, a su familia, que en la vida uno no podía hacer todo lo que quería, que tenía que seguir el camino recto, el camino debido y que no debía fracasar. Y entonces todo lo que había hecho en la vida había sido para que lo llamaran “señor”. Y entonces juntó dinero y puso una ferretería. Se vivía una sola vez y no le había ido tan mal. No señor. Ahí afuera, en la calle, podían estar matándose. Pero él tenía esa casa, su refugio, donde era el dueño, donde se podía vivir en paz, donde todo estaba en su lugar, donde lo respetaban. Lo único que lo desesperaba era ese insomnio. Dieron las cuatro de la mañana. La niebla era más espesa. Un silencio pesado había caído sobre Buenos Aires. Ni un ruido. Todo en calma. Hasta el señor Lanari tratando de no despertar a nadie, fumaba, adormeciéndose.

De pronto una mujer gritó en la noche. De golpe. Una mujer aullaba a todo lo que daba como una perra salvaje y pedía socorro sin palabras, gritaba en la neblina, llamaba a alguien, a cualquiera. El señor Lanari dio un respingo, y se estremeció, asustado. La mujer aullaba de dolor en la neblina y parecía golpearlo con sus gritos como un puñetazo. El señor Lanari quiso hacerla callar, era de noche podía despertar a alguien, había que hablar más bajo. Se hizo un silencio. Y de pronto la mujer gritó de nuevo reventando el silencio y la calma y el orden haciendo escándalo y pidiendo socorro con su aullido visceral de carne y sangre anterior a las palabras, casi un vagido de niño, desesperado y solo.

El viento siguió soplando. Nadie despertó. Nadie se dio por enterado. Entonces el señor Lanari bajó a la calle y fue en la niebla, a tientas, hasta la esquina. Y allí la vio. Nada más que una cabecita negra sentada en el umbral del hotel que tenía el letrero luminoso Para Damas en la puerta, despatarrada y borracha, casi una niña, con las manos caídas sobre la falda, vencida y sola y perdida, y las piernas abiertas bajo la pollera sucia de grandes flores chillonas y rojas y la cabeza sobre el pecho y una botella de cerveza bajo el brazo. –Quiero ir a casa, mamá –lloraba–. Quiero cien pesos para el tren para irme a casa.

Era una niña que podía ser su sirvienta sentada en el último escalón de la estrecha escalera de madera en un chorro de luz amarilla.

El señor Lanari sintió una vaga ternura, una vaga piedad, se dijo que así eran estos negros, qué se iba a hacer, la vida era dura, sonrió, sacó cien pesos y se los puso arrollados en el gollete de la botella pensando vagamente en la caridad. Se sintió satisfecho. Se quedó mirándola, con las manos en los bolsillos, despreciándola despacio.

–¿Qué están haciendo ahí ustedes dos? –la voz era dura y malévola. Antes que se diera vuelta ya sintió una mano sobre su hombro.

–A ver, ustedes dos, vamos a la comisaría. Por alterar el orden en la vía pública.

El señor Lanari, perplejo, asustado, le sonrió con un gesto de complicidad al vigilante.

–Mire estos negros, agente, se pasan la vida en curda y después se embroman y hacen barullo y no dejan dormir a la gente.

Entonces se dio cuenta de que el vigilante también era bastante morochito pero ya era tarde. Quiso empezar a contar su historia.

El voseo golpeó al señor Lanari como un puñetazo. –Vamos. En cana. –El señor Lanari parpadeaba sin comprender. De pronto reaccionó violentamente y le gritó al policía: –Cuidado señor, mucho cuidado. Esta arbitrariedad le puede costar muy cara. ¿Usted sabe con quién está hablando? –Había dicho eso como quien pega un tiro en el vacío. El señor Lanari no tenía ningún comisario amigo.

–Andá, viejito verde, andá, ¿te creés que no me di cuenta de que la largaste dura y ahora te querés lavar las manos? –dijo el vigilante y lo agarró por la solapa levantando a la negra que ya había dejado de llorar y que dejaba hacer, cansada, ausente y callada, mirando simplemente todo. El señor Lanari temblaba. Estaban todos locos. ¿Qué tenía que ver él en todo eso? Y además ¿qué pasaría si fuera a la comisaría y aclarara todo y entonces no lo creyeran y se complicaran más las cosas? Nunca había pisado una comisaría. Toda su vida había hecho lo posible para no pisar una comisaría. Era un hombre decente. Ese insomnio. Ese insomnio había tenido la culpa. Y no había ninguna garantía de que la policía aclarase todo. Pasaban cosas muy extrañas en los últimos tiempos. Ni siquiera en la policía se podía confiar. No. A la comisaría no. Sería una vergüenza inútil.

–Vea agente. Yo no tengo nada que ver con esta mujer –dijo señalándola. Sintió que el vigilante dudaba. Quiso decirle que ahí estaban ellos dos del lado de la ley y esa negra estúpida que se quedaba callada, para peor, era la única culpable.

De pronto se acercó al agente que era una cabeza más alto que él, y que lo miraba de costado, con desprecio, con duros ojos salvajes, inyectados y malignos, bestiales, con grandes bigotes de morsa. Un animal. Otro cabecita negra.

–Señor agente –le dijo en tono confidencial y bajo como para que la otra no escuchara, parada ahí, con la botella vacía como una muñeca, acunándola entre los brazos, cabeceando, ausente como si estuviera tan aplastada que ya nada le importaba.

–Venga a mi casa, señor agente. Tengo un coñac de primera. Va a ver que todo lo que le digo es cierto. –Y sacó una tarjeta personal y los documentos y se los mostró–. Vivo ahí al lado –gimió, casi manso y casi adulón, quejumbroso, sabiendo que estaba en manos del otro sin tener ni siquiera un diputado para que sacara la cara por él y lo defendiera. Era mejor amansarlo, hasta darle plata y convencerlo para que lo dejara de embromar. El agente miró el reloj y de pronto, casi alegremente, como si el señor Lanari le hubiera propuesto una gran idea, lo tomó a él por un brazo y a la negrita por otro y casi amistosamente se fue con ellos. Cuando llegaron al departamento el señor Lanari prendió todas las luces y le mostró la casa a las visitas. La negra apenas vio la cama matrimonial se tiró y se quedó profundamente dormida.

Qué espantoso, pensó, si justo ahora llegaba gente, su hijo o sus parientes o cualquiera, y lo vieran ahí, con esos negros, al margen de todo, como metidos en la misma oscura cosa viscosamente sucia; sería un escándalo, lo más horrible del mundo, un escándalo, y nadie le creería su explicación y quedaría repudiado, como culpable de una oscura culpa, y yo no hice nada mientras hacía eso tan desusado, ahí a las 4 de la mañana, porque la noche se había hecho para dormir y estaba atrapado por esos negros, él, que era una persona decente, como si fuera una basura cualquiera, atrapado por la locura, en su propia casa.

–Dame café –dijo el policía y en ese momento el señor Lanari sintió que lo estaban humillando. Toda su vida había trabajado para tener eso, para que no lo atropellaran y así, de repente, ese hombre, un cualquiera, un vigilante de mala muerte lo trataba de che, le gritaba, lo ofendía. Y lo que era peor, vio en sus ojos un odio tan frío, tan inhumano, que ya no supo qué hacer. De pronto pensó que lo mejor sería ir a la comisaría porque aquel hombre podría ser un asesino disfrazado de policía que había venido a robarlo y matarlo y sacarle todas las cosas que había conseguido en años y años de duro trabajo, todas sus posesiones, y encima humillarlo y escupirlo. Y la mujer estaba en toda la trampa como carnada. Se encogió de hombros. No entendía nada. Le sirvió café. Después lo llevó a conocer la biblioteca. Sentía algo presagiante, que se cernía, que se venía. Una amenaza espantosa que no sabía cuándo se le desplomaría encima ni cómo detenerla. El señor Lanari, sin saber por qué, le mostró la biblioteca abarrotada con los mejores libros. Nunca había podido hacer tiempo para leerlos pero estaban allí. El señor Lanari tenía su cultura. Había terminado el colegio nacional y tenía toda la historia de Mitre encuadernada en cuero. Aunque no había podido estudiar violín tenía un hermoso tocadiscos y allí, posesión suya, cuando quería, la mejor música del mundo se hacía presente.

Hubiera querido sentarse amigablemente y conversar de libros con ese hombre. Pero ¿de qué libros podría hablar con ese negro? Con la otra durmiendo en su cama y ese hombre ahí frente suyo, como burlándose, sentía un oscuro malestar que le iba creciendo, una inquietud sofocante. De golpe se sorprendió que justo ahora quisiera hablar de libros y con ese tipo. El policía se sacó los zapatos, tiró por ahí la gorra, se abrió la campera y se puso a tomar despacio.

El señor Lanari recordó vagamente a los negros que se habían lavado alguna vez las patas en las fuentes de plaza Congreso. Ahora sentía lo mismo. La misma vejación, la misma rabia. Hubiera querido que estuviera ahí su hijo. No tanto para defenderse de aquellos negros que ahora se le habían despatarrado en su propia casa, sino para enfrentar todo eso que no tenía ni pies ni cabeza y sentirse junto a un ser humano, una persona civilizada. Era como si de pronto esos salvajes hubieran invadido su casa. Sintió que deliraba y divagaba y sudaba y que la cabeza le estaba por estallar. Todo estaba al revés. Esa china que podía ser su sirvienta en su cama y ese hombre del que ni siquiera sabía a ciencia cierta si era policía, ahí, tomando su coñac. La casa estaba tomada.

–Qué le hiciste –dijo al fin el negro.

–Señor, mida sus palabras. Yo lo trato con la mayor consideración. Así que haga el favor de… –el policía o lo que fuera lo agarró de las solapas y le dio un puñetazo en la nariz. Anonadado, el señor Lanari sintió cómo le corría la sangre por el labio. Bajó los ojos. Lloraba. ¿Por qué le estaban haciendo eso? ¿Qué cuentas le pedían? Dos desconocidos en la noche entraban en su casa y le pedían cuentas por algo que no entendía y todo era un manicomio.

–Es mi hermana. Y vos la arruinaste. Por tu culpa, ella se vino a trabajar como muchacha, una chica, una chiquilina, y entonces todos creen que pueden llevársela por delante. Cualquiera se cree vivo ¿eh? Pero hoy apareciste, porquería, apareciste justo y me las vas a pagar todas juntas. Quién iba a decirlo, todo un señor…

El señor Lanari no dijo nada y corrió al dormitorio y empezó a sacudir a la chica desesperadamente. La chica abrió los ojos, se encogió de hombros, se dio vuelta y siguió durmiendo. El otro empezó a golpearlo, a patearlo en la boca del estómago, mientras el señor Lanari decía no, con la cabeza y dejaba hacer, anonadado, y entonces fue cuando la chica despertó y lo miró y le dijo al hermano:

–Este no es, José. –Lo dijo con una voz seca, inexpresiva, cansada pero definitiva. Vagamente, el señor Lanari vio la cara atontada, despavorida, humillada del otro y vio que se detenía, bruscamente y vio que la mujer se levantaba, con pesadez, y por fin, sintió que algo tontamente le decía adentro “Por fin se me va este maldito insomnio” y se quedó bien dormido. Cuando despertó, el sol estaba alto y le dio en los ojos, encegueciéndolo. Todo en la pieza estaba patas arriba, todo revuelto y le dolía terriblemente la boca del estómago. Sintió un vértigo, sintió que estaba a punto de volverse loco y cerró los ojos para no girar en un torbellino. De pronto se precipitó a revisar todos los cajones, todos los bolsillos, bajó al garaje a ver si el auto estaba todavía, y jadeaba, desesperado mirando a ver si no le faltaba nada. ¿Qué hacer, a quién recurrir? Podría ir a la comisaría, denunciar todo, pero ¿denunciar qué? ¿Todo había pasado de veras? “Tranquilo, tranquilo, aquí no ha pasado nada”, trataba de decirse pero era inútil: le dolía la boca del estómago y todo estaba patas arriba y la puerta de calle abierta. Tragaba saliva. Algo había sido violado. “La chusma”, dijo para tranquilizarse, “hay que aplastarlos, aplastarlos”, dijo para tranquilizarse. “La fuerza pública”, dijo, “tenemos toda la fuerza pública y el ejército”, dijo para tranquilizarse. Sintió que odiaba. Y de pronto el señor Lanari supo que desde entonces jamás estaría seguro de nada. De nada.

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