Blues en la noche -Rozenmacher

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—Nu ¿qué te parece? —dijo mamá espiando por la ventana—. Ahí está de nuevo —refunfuñó mirándose el relojito de oro que le colgaba del saco de lana.

—Almorzó acá. ¿Qué te parece? Son las cuatro y ya viene a tomar un vaso de té —canturreó amargamente. Bernardo levantó el edredón de plumas, espeso, blanco y suave, que tenía grandes botones, y en calzoncillos saltó de la cama en la tibieza de la estufa de gas.

—Estos artistas son la peste —dijo mamá. Usaba esos anteojos llenos de horribles perlitas y firuletes que tanto encantan a las mujeres judías. Por encima de ella, Bernardo vio como, en el frío radiante del sábado a la tarde, tres pisos más abajo, cruzando el viento feroz, venía el viejito tan derecho y echado para atrás como un general, teniéndose apenas en pie, tan frágil que se lo llevaban las ráfagas, con ese sombrero orión con las alas deformadas de tanto enderezarlas para arriba que le daba un aire de cowboy en decadencia. Corrientes estaba vacía y los faros del subte de Pasteur ardían, pálidos, anaranjados, desapercibidos, en el azul purísimo y helado, sin una sola nube, de este último sábado de julio, como si para el encargado de prenderlos y apagarlos, el día invernal fuera apenas un accidente, una ficción de luz entre las nueve y las cinco de la tarde, y la noche fuera, en julio, la única certeza.

Los ronquidos de papá llegaban como un suspiro sonoro y constante, adornado con bufidos y gemidos, desde el dormitorio, y Bernardo, tan flaco y larguirucho, con esos ojos ardientes y tan tímidos y la barba demasiado crecida para sus diecisiete años, y su nariz más que larga rotunda y ese encorvarse casi rabínico y esa forma de mecerse que tenía cuando estudiaba, como si fuera un péndulo pero clavado en la tierra, Bernardo sintió curiosidad por ver a ese viejo que cruzaba Corrientes en esa soledad de sábado a la tarde, con escarcha en el viento.

—No abras —dijo mamá apartándose de la ventana—. Cuando toque el timbre no abras. No estamos. Nos morimos. Nos fuimos. Nos esfumamos —dijo, y limpió con el puño regordete de uñas cortas, donde la pintura se descascaraba, los vidrios empañados.

Pero se va a dar cuenta —dijo Bernardo—. Tenemos las persianas abiertas. Se va a dar cuenta que no le queremos abrir.

Mamá recién reparó en él —¡Cómo andás descalzo vos! — Corrió y se agachó debajo de la cama, arrodillándose para encontrarlas y así lo esperaba como el torero al toro azuzándolo con las pantuflas y diciendo: —Tomá, aquí están, ponételas, el frío te hace mal —pero Bernardo se quedó mirándola, en esa pieza altísima, con viejas fotografías de antepasados barbudos y ya amarillentos dentro de sus marcos redondos de bronce labrado, con hojas y flores, sobre el empapelado de pequeñas rosas descoloridas.

Bernardo fue hasta una de esas altas sillas tapizadas pero raídas, agarró los pantalones y se los puso, mientras calculaba que el viejo ya estaría por entrar en la casa.

—¿Dónde vas ahora? —gimió mamá estupefacta. Sobre el escritorio de persiana estaba su pullover azul de cuello alto y debajo los zapatos, entre los tomos de la enciclopedia Pijoan. Poniéndose la campera de cuero con cuello de piel, salió del departamento, corrió por el pasillo y llamó al ascensor. Cuando abrió la puerta de fierros oxidándose, lo encontró allí. —¿Está papá? — dijo el viejo, displicente, saliendo.

—No. No hay nadie. —Bernardo sintió la duda del viejo, la digna humillación con que escrutó el rostro, la amarga sorpresa y el desmoronarse de la esperanza de comer increíbles cantidades, como solía hacerlo, con las masitas caseras que amasaba mamá.

—¿Cómo? Hoy, sábado ¿salió? —dijo el viejo pero en seguida se compuso—. Bueno. Como él me dijo que viniera… Pero no importa. Mejor. Tengo tantas cosas que hacer…. —dijo el viejo y tosió, tapándose la boca con ceremoniosa grandeza. Bernardo vio esa gran piedra negra que llevaba en el dedo meñique, pecoso y arrugado como toda la mano. Bajaron en la rojiza luz de la jaula temblorosa donde cada hierro rechinaba por su cuenta.

—Yo bajé porque tenía hambre —dijo Bernardo, como si alguien hablara  dentro suyo, irresistiblemente atraído por ese viejo tan pequeño y tan absurdamente erguido, que ni siquiera lo miraba, como embebido en vagos problemas de estado.

—Mamá se fue a un té de la Wizo. Usted sabe. Esas señoras que cumplen años y les regalan una flor… —El viejo asintió y Bernardo supo que no se tragaba la píldora.

—¿Y papá?…

¿Qué podría inventar ahora? —Papá se fue a casa de un tal Shraiber o Shnaider…—el viejo miró la bombita colorada y asintió. Bernardo supo que el viejo casi oía los ronquidos de papá.

—Ah sí… Shnaider. Un ingeniero ¿no? Un millonario. Gran amigo mío —dijo displicente mientras salían.

Bernardo, con cierta desesperación, puso la mano sobre la manga del sobretodo negro del otro, y vio el cuello de terciopelo tantas veces zurcido y se imaginó al viejo, en calzoncillos largos, tan solo, remendándolo con obstinación como quien no se quiere dar por vencido y entonces, tironeándole la manga, se atrevió sin saber cómo.

—¿No tiene hambre, profesor? Yo me muero por tomar un café con leche. Lo invito.

El profesor no contestó y Bernardo sintió que había estado torpe.

—¿Para dónde va? — preguntó con aún mayor torpeza porque el viejo ya había empezado a caminar. “Ahora sí que lo humillé”, se dijo Bernardo, bajando la cabeza mientras se apuraba para andar al lado del otro, con sus largas piernas vacilantes de chico que no terminaba de crecer y que tenía maneras indecisas, carraspeando tímidamente como cada vez que tenía que hablar en la vida.

—Yo también voy para allá  —dijo Bernardo. “Soy un pesado”, se dijo. “Dios mío, ¿por qué siempre molesto? Y ahora ¿qué le digo? Es horrible caminar así, como si fuera un fardo pegajoso que se le cuelga a la gente. Dios mío, ¿cuándo voy a ser un hombre de una vez?”

A los dos los arrastraba el purísimo viento azul como a hojas secas, esas hojas doradas de las tardes de invierno, que crujen, volando por las calles, en la violencia de esa claridad como un cielo del renacimiento que a veces tienen las tardes frías y sin nubes en Buenos Aires, despertando confusas nostalgias por la primavera, perturbadoras, inquietantes.

—Nubes — dijo el viejo mostrando con el dedo enguantado. Del bolsillo, como magia, habían salido unos guantes amarillentos. Bernardo vio el dedo a través de un agujero pequeño y cierto.

—¿Nubes?—dijo Bernardo, y miro el cielo asintiendo después con esa exageración en el gesto de los muchachos que buscan, como titubeantes pájaros desorientados, a alguien que los quiera en medio de la furia de las cosas.

—¿Sabe una cosa? —dijo de pronto Bernardo a borbotones, inclinándose, odiándose por pegajoso, acercando la humedad de su sentimiento, ásperamente, al viejo—. Yo quiero cantar —dijo poniendo su mano sobre el hombro del viejo para sentir enseguida que al viejo no le gustaba que lo tocaran. Pero Bernardo siguió abrazándolo como si el viejo fuera su amigo de colegio, o su hermano menor, porque estaba ahí abajo, junto a  su exasperada y flaca y torpe largura.

El viejo se paró exactamente igual que cuando Bernardo, desde el balcón, lo veía venir con papá del templo todos los sábados a mediodía, la mano de uno en el brazo del otro, charlando, tomándose su tiempo, parándose a cada tres pasos gesticulando y sacándose por ahí los sombreros para volver casi mecánicamente a encasquetárselos exactamente igual, papá sobre la coronilla y el viejo sobre los ojos, para caminar y pararse a los pocos pasos, hablando libres y felices, en paz. Y, a veces, caminaban con las manos a la espalda, tal como se había puesto el viejo ahora.

—Ah ¿sí? —dijo el profesor, mirándolo a los ojos con curiosidad.

—Papá me habló mucho de usted, señor Goloboff. ¿No podría?… —Bernardo tragó saliva—. ¿No podría estudiar con usted, maestro?

El viejo enarcó las cejas.

—Bueno…—se encogió de hombros dubitativo—. No sé si tendré tiempo. Usted sabe… Tengo tantos alumnos. Hugo del Carril, Virginia Luque. Tendría que ver mis horarios…

Estas mentiras eran lo que más reventaban a mamá, tan celosa de esa amistad que parecía disfrazada de compasión que tenía papá con el viejo, al que una vez había invitado a almorzar por casualidad al salir de la sinagoga; papá, un judío alto, encorvado y calvo, tan moreno, con su gran nariz taciturna, de grandes ojos, que durante la semana y hasta los domingos por la mañana atendía en El Baratillo, esa especie de gatichaves lleno hasta la calle de pantalones baratos, pilas de valijas de cartón, calzoncillos y pilotos y corbatas y juguetes, allí por Azcuénaga, un negocio de piso de madera polvorienta, con papá y su terrible silencio, y sus acusadores ojos mirándolo con agobio, detrás del mostrador.

—Quiero estudiar música.

El viejo se encogió de hombros  y era como las larguísimas charlas de sobremesa del viejo con papá que tanto disgustaban a mamá, charlas casi sin palabras.

Porque en el comedor oscuro, daba a un húmedo y gris patio interior del edificio, con ropa colgada en el vacío y gritos de chicos, tras los restos de comida y los vacíos vasos de té, papá se sentía un doméstico protector de las artes cuando le preguntaba al viejo: “Y ¿se acuerda como hacía Tito Schipa en la última parte de Piscatore di perle?” y parándose ante el trinchante con ese aire crepuscular y europeo que tenía el mueble, quizá por la tapa de mármol, el viejo cantaba un aria mientras de la pieza de adelante llegaba el parloteo del televisor que había prendido mamá. “Fue un gran artista” había dicho una vez papá. “Aunque ya ahora el pobre no da más”, había agregado mamá, pero su padre no hizo ningún comentario. Lo respetaba. Por eso le daba de comer. Y lo escuchaba con los ojos cerrados, como cuando, los domingos a la tarde, se metía en la cama con la radio a transistores escondida bajo el edredón de plumas que lo tapaba hasta la cabeza, y escuchaba las óperas transmitidas desde el Colón mientras se iba muriendo el día y por la ventana sobre Pasteur con esas cortinas de tul algo apolilladas el azul se ponía violáceo y la tristeza del lunes no sólo se insinuaba sino que hasta se podía tragar en los ñoquis recalentados y desabridos del mediodía que mamá le llevaba a la cama.

—Porque yo sé tocar un poco el trombón —dijo Bernardo—. Y, además, puedo imitar todos los instrumentos—.

—Ah ¿sí? —dijo el viejo—. A ver.

Y allí mismo, en el viento, en la calle casi desierta, Bernardo cantó para el viejo, Tenderly. Y reclinó la cabeza sobre su hombro izquierdo y tocó el violín y un gemido salió de su cuerpo mientras con la mano derecha manejaba el arco que era sólo de aire, solo de viento, y en ese momento Bernardo era un gran violín absorto tocándose a sí mismo en medio del invierno. Y después se inclinó un poco y con la mano derecha pellizcó el aire y la gravedad del violoncello llenó la calle. Y después la mano derecha se hizo un puño que se alejaba y se acercaba a los labios, siguiendo el ritmo melancólico del trombón que le había nacido dentro de los carrillos inflados y después se rascó la panza y nació la guitarra y después las manos cubrieron la boca y apretaron la nariz y así de pronto fue la corneta que lloraba, ladrando muy despacio en sordina.

—Mi corazón pertenece a papito —dijo de pronto el viejo y con su tono melodramático, sus flemas y ese hálito trágico de actor de la vieja escuela, empezó a cantar llenando de gemidos y ayes y absurda densidad la leve melodía. Y los dos iban caminando y Bernardo tocaba el trombón con la boca y a veces con tenues silbidos convocaba a la flauta.

—Eso está un poco desafinado —dijo el maestro—. ¿Dónde lo sabe esto? Quiero decir  ¿dónde lo mamó?

—En el circo —mintió Bernardo—. Cuando era chico y vivíamos en Bahía Blanca, yo me escapé con un circo. Tres semanas en un camión por la provincia, con el Hombre Orquesta. Era un fenómeno. Sabía como treinta instrumentos —una vez se había escapado dos horas para ir al circo; eso era todo—. Además, sé tocar el trombón.

—¿Cómo aprendió?

—Con los bomberos. En Bahía ¿dónde quiere que aprenda a tocar el trombón? Con un cabo bombero, así de chiquito. Hasta que papá no me pudo seguir pagando las lecciones.

De pronto Bernardo sintió que se había vuelto a escapar por dos horas de casa, como a los once años; sintió la muda mirada sufriente de papá que quería que Bernardo fuera lo que nunca sería: un gran dirigente sionista de la colectividad para que todos admiraran a la familia, el diario israelita le sacara fotos y viajara en avión a Norteamérica y hasta consiguiera casarse con la hija de algún gran industrial. Tragó saliva. Nunca sería eso y ahora  se había escapado del mostrador del Baratillo y de ese doloroso silencio lleno de mutuas recriminaciones y quejidos que había en su casa, y ahora iba a la ventura. Porque Bernardo, después de lo del circo nunca más volvió a salir de casa. Ni siquiera tenía amigos. Pero de noche, muy bajito, para sí mismo, cantaba imitando todos los instrumentos, en la cama.

—Bueno. Pero desafina. A veces desafina —dijo el profesor con las manos a la espalda.

—Con el instrumento no —dijo Bernardo pensando: “Como si él no desafinara cuando se pone a cantar canciones litúrgicas.” Porque el viejo y papá admiraban al mismo cantor de la sinagoga, uno de la calle Cangallo, y lo iban a escuchar todos los sábados, seguidores como hinchas de Boca. Y también por eso eran amigos. Porque el viejo solía recordar pedacitos de melodías que el cantor había interpretado esa mañana. Dijo papá del profesor cierta vez. “Ahora hay que tenerle paciencia. Quién sabe si mi hijo va a saber tenerme paciencia a mí cuando sea así de viejo.” Y lo miró.

—En casa tengo un trombón—dijo el profesor.

—¡No! —dijo el muchacho con una alegría salvaje. Lo palmeó tan fuere que casi lo derriba—. Por favor —rogó— déjeme tocarlo, maestro.

—Está medio roto —dijo el viejo negando con la cabeza.

—Por favor —suplicó el muchacho—, hágalo por mi papá —era un golpe bajo, demagógico, pero qué iba a hacer. El profesor suspiró, titubeante, indeciso.

—Es una persona sensible su papá —dijo el viejo pero no se decidía. Bernardo sintió que el otro tenía vergüenza. No  sabía bien de qué.

—¿Usted nunca estuvo en un circo?

El viejo se echó para atrás, despectivo.

—Qué circo ni shmirco. Yo soy un artista serio—.

De pronto, como un soplo, el cielo se oscureció. La angustia del sábado a la noche le apretó a Bernardo el corazón. Estaría solo como la semana pasada, como la próxima, soñando en fiestas a las que no lo invitarían nunca, asustado al pensar en la posibilidad de ser arrastrado por la gente de la calle Lavalle. Y sintió que el viejo tenía quizá más miedo que él. Y toda la semana. “Espere”, dijo y entró a la fiambrería. Compró pastrón, pepinos y pan negro, que aunque le hubiera gustado un pedazo de pizza pensaba que el viejo era muy antiguo para todo eso. Y entonces cuando tomaron el troleybus y los faroles de las estaciones del subte ardían, ahora por lo menos con sentido, por Corrientes en la noche, y los apretujaban mujeres vestidas para ir a casamientos y novios con traje azul y corbatas brillosas y muchachos que iban a asaltos con chicas que reían histéricas, como que tenían catorce años, allí, parados en el troley que se sacudía mucho más que esos tranvías que no pasaban más, el profesor le dijo, con una lejana alegría que le encendía esos ojos siempre húmedos y descoloridos.

—¿Sabe? Una vez en San Petersburgo, era invierno y estábamos en la ópera. Circos —sonrió el viejo, benigno—. Era el primer acto de Lady Butterfly. Me dolía la cabeza. Y entonces vino Chaliapin y me dijo: “Micha ¿qué te pasa Micha?” Y me sirvió, con sus propias manos, un vaso de té.

—¿Chaliapin mismo? —dijo Bernardo.

—Claro, íntimo amigo mío era, me dijo: “Vas a llegar muy lejos, Micha”.

Y se quedó callado. No hablaron hasta que en Donato Alvarez y Avenida San Martín y el viejo dijo:

—Permiso, señores —con todas las erres del mundo. Bernardo pensó lo lejos que vivía. Los sábados, entre el almuerzo y el té, debía quedarse dando vueltas por el centro, chupando frío en una plaza, durmiéndose en un cine de variedades, haciendo tiempo hasta volver a la casa del chico para comer enormes cantidades de masitas y decir “qué linda familia señor Katz, qué ricas masitas señora, Dios le bendiga las manos.”

Caminaron por Donato Álvarez hasta que el chico vio la vergüenza del viejo. Una casa gris, con las columnas de la balaustrada rota de la terraza temblorosamente alumbradas por el farol con la tulipa de lata del medio de la calle que hacía ruido de platos rotos en el viento. Entraron en el patio donde el viento soplaba más que afuera, y detrás de las puertas persianas, tres o cuatro, había ruido de cucharas contra platos, y televisores, uno por pieza, y algún chico que lloraba. El viejo abrió una de las puertas persianas de madera, tuerta de varios postigos, dando vuelta la llave en el candado que sostenía la cadenita. “¿Qué van a robarle?” pensó Bernardo mirando las rotas baldosas blancas y negras y los enormes macetones puestos contra el muro altísimo, oprimente, corroído por la humedad, descascarado, que cerraba el patio enfrentando las piezas.

—Adelante— dijo el profesor.

Por la puerta de al lado salió una cabeza. El profesor había entrado para prender la luz. “Oiga”, dijo la cabeza por lo bajo. “Ts, ts…” lo llamó. Era una bigotuda cabeza italiana con un montón de pelo gris y restos de mojados cabellos de ángel en los mostachos estilo manubrio. Una cabeza cansada, con ojeras, de verdulero ambulante.

—¿Usted es el hijo, el nieto? —Bernardo dijo que no—. No importa. Dígale que no clave.

—¿Qué no clave?

—Sí. ¿Cuándo lo llevan al asilo al viejo éste? En medio de la noche se levanta y empieza a clavar clavitos en las paredes.

El italiano hablaba bajísimo y el chico se asomó por la puerta persiana y vio a una mujer muy fea, con una gran cara de hombre, de cabellos ralos, en un sillón hamaca, meciéndose, mansa, llena de frazadas, mirando televisión, mientras sobre una cocinita de fierro hervía algo feo que podían ser repollos, en una cacerola marrón, de pintura saltada, con tapa más grande, de latón, que no correspondía. En un rincón, al lado del ropero, había un carrito vacío.

—¿Se da cuenta, joven? Agarra un martillo y bum bum bum, dele clavar. Por favor dígale, mire los ojos como los tengo de no dormir… Somos todos gente de trabajo acá… —de la otra puerta persiana salieron dos chicos con sobretoditos y los padres detrás—, el señor es tornero, tampoco puede dormir, pregúntele…

—¡Señor Katz! —gritó el viejo desde la pieza.

—Sí, dígale, mozo —rogó el tornero, que era muy morocho y se había engominado y la frente angostita desaparecía tras el brillo del duro pelo con jopo que se había armado bien levantado, a lo compadre, quizá para ir hasta algún cine de la avenida San Martín.

—Dígale, dígale —dijeron los chicos.

—¡Venga para acá! —volvió a gritar, ahora en idish, el viejo súbitamente irritado, casi lloroso. El muchacho intuyó que la desesperación le desbocaba los nervios y la voz al viejo—. No hay con quién hablar acá —por el patio rodaban hojas secas. El viejo se sacaba el sobretodo—. Yo no saludo más. ¿Para qué? ¿a quién? ¿Acaso ellos saben con quién están hablando? —dijo el viejo y cerró la puerta persiana y después la puerta de vidrio con cortinas caladas que tenían flecos, cortinas como las de la ventana, porque la pieza daba a la calle, y las vainillas seguramente las había tejido hace veinte años su finadita.

—El trombón está sobre el ropero —dijo el viejo y prendió una vieja estufa eléctrica. El muchacho no se sacaba la campera porque la nariz le seguía tan fría como afuera y toda la escarcha del día parecía haberse juntado en esa pieza, y tanto, que ya le dolía el estómago.

—Con estos goim mejor no tener tratos —dijo el viejo. Bernardo quiso decirle que no era cierto, pero le pareció que no tenía sentido—. Hay que irse a Israel —dijo—. Un día de estos me voy a ir —dijo el viejo mientras se sacaba el saco negro, a finas rayas blancas, pasado de moda—. Pero pienso, ¿qué va a hacer un viejo allí? Hace falta gente joven, como usted —dijo el viejo, y Bernardo lo vio, tan pequeño en medio de la pieza, encendiendo temblorosamente un cigarrillo, soñando con lo que nunca nadie haría, solo en esa casa donde no hablaba con nadie, ofendido por quienes no reconocían su antigua grandeza—. Usted tiene que irse —insistió el viejo, con esa húmeda obsesión invasora de su voluntad y de sus actos que también tenía mamá—.

—No —dijo Bernardo, con algo de niño, tan alto y torpe, chupándose la mejilla con los dientes, las manos en los bolsillos, mirando el piso de madera.

—¡Cómo no! —dijo el viejo, sin enojo, con ternura, sonriendo, como si tuviera que convencer a un niño de cosas elementales. Y Bernardo se sintió mal. Papá soñaba con que lo enterraran en Israel y se le encendían los ojos como si estuviera por ir al encuentro de una felicidad plena, dolorosa, quieta y definitiva por la que casi quería morirse.

—No —dijo el chico y sintió que comprendía esa perplejidad del viejo porque él mismo la había sentido, y ahora que no era un judío como quería papá y que tampoco había jugado nunca a la pelota con los chicos en la calle, porque no lo dejaba mamá, era como una hoja al viento y no tenía raíces y no estaba ni acá ni allá y la oscura y nunca pronunciada maldición de papá lo perseguía con un enconado silencio. Y él buscaba, desgarrado, en la noche— para qué vamos a hablar —dijo el muchacho y, de pronto, le acarició la mejilla, torpemente, al viejo—. Yo lo quiero mucho a usted, profesor. Porque somos artistas —dijo Bernardo y como cada vez que largaba todo, pensó: “Dios mío, ¿cómo estoy diciendo todo así, de golpe, tan abruptamente?” Se  sentía como uno de esos carros que caminaban de a ratos, violentamente, a empujones. El viejo lo miró.

—El trombón está sobre el ropero —dijo y puso el cigarrillo en una boquilla, y Bernardo se subió sobre una silla con asiento de esterilla y alto respaldo firuleteado y lo vio, tapado por polvorientos diarios viejos; uno de esos trombones de banda, como los que tenían los bomberos que al ponérselos le abrazaban a uno todo el cuerpo y pareciera que la música fuera el resultado de un raro acto de amor entre notas bajas, sordas y los dedos y el aire y su cuerpo. Se sentó sobre la gran cama matrimonial que desde hacía quién sabe cuántos años ocupaba el viejo solo. Pensó no en ahora, sino en cuando el viejo, después de dormir toda una vida con una misma mujer había estirado la mano y no había encontrado nada.

El viejo, sobre la mesa de hule, abrió el papel gris de envolver y, agarrando un calentador primus, lo prendió y puso encima la pava. El pie de Bernardo chocó con algo. La escupidera. Y claro, si salía al baño de noche se quedaba seco ahí mismo. La miró. Era extraña. Tenía flores y además no estaba vacía —Pardón—dijo el viejo sin inmutarse. La sacó afuera, mientras el muchacho tocaba despacio, como reconociendo el instrumento, algunas escalas, en un reencuentro inesperado, en esa aventura que había empezado de pronto, cuando algo lo había hecho bajar al encuentro del viejo, a él, que nunca salía de casa y que no se acostaba más tarde de las diez, y que sin decirlo pedía permiso hasta cuando tenía que ir a comprar el diario. Y no salía porque tenía cierto doloroso miedo de andar por la calle. Era como un perro apaleado. Se metía en la cama y se tapaba hasta la cabeza desde temprano y pensaba “Dios mío, voy a cumplir diecisiete años”, y sentía que era tan joven y pensaba en las mujeres que pasaban sin mirarlo, porque ¿quién iba a mirar a una jirafa melancólica?

—Un sangüichito —dijo el viejo—. ¿Qué va a decir su papá cuando sepa que estuvo acá? Porque no está bien venir así, de repente, a la casa de un extraño, sin avisar en casa.

—No voy a decir que vine aquí. Voy a decir que fuimos al cine.

—Cine —dijo el viejo comiendo pedazos admirablemente grandes de pan negro con pastrón.

—La última vez que fui al cine, vi una de Jeannette Mac Donald…

—Y ¿quién es?

—Y claro…—habló con la boca llena, sin perder tiempo, como si ya no le importara que el muchacho se enterara que hacía mucho que no comía abundante—. Usted qué sabe de los buenos actores. Esos eran actores. ¡Y tenían una voz!… No es que fui hace mucho. Pero voy a ver películas viejas, siempre las mismas. Las que ya vi. ¿Para qué ir a ver estas modernas? ¿Acaso me van a enseñar algo? —enarcó las cejas—. Si ya lo sé todo. Además ¡ahora no hay artistas! Aunque este Palito Ortega fue alumno mío.

—Ah ¿sí?

—Claro. Vino varias veces. No sabía impostar. Cantaba así…—y lanzó un sonido gutural, de garganta. Un rugido—: Goo. Y entonces yo le enseñé qué hay que hacer…—y con el falsete hizo, cerrando los ojos, la mano en el pecho y enarcando las cejas, un melodioso—: ¡Aaa..!

Sobre el húmedo empapelado, bajo la bombita que colgaba de un cable largo, vio las paredes que estaban llenas de fotografías, de dibujos, de esas antiguas caricaturas hechas a lápiz del año treinta en que la cabeza parecía enorme y el cuerpo enano, y todas eran del viejo. Toda la historia de una vida estaba ahí. Según escuchó a papá, que a él no le contaba nada, de modo que tenía que enterarse por lo que le decía a mamá, el viejo había cantado en la opera de Moscú, en la época imperial, cuando era casi un niño y como los judíos no podían hacerlo se cambió el apellido. Así que se llamaría Meyer o algo por el estilo. Bernardo se lo imaginaba muy joven, parecido a Lord Byron, hermoso, como en uno de esos retratos, el más amarillento, con gran melena y frac y esas corbatas llenas de volados del 1800.

—Aquí hago el papel principal en la Bohème —dijo el viejo de paso al verlo mirar el dibujo. Goloboff, que se siguió llamando así para siempre, Vasily Goloboff, cuando llegó la revolución entró al Proletcult, al departamento de cultura y Bernardo pensaba sorprendido en la facilidad y hasta la remota simpatía con que su padre había dicho ese nombre aunque ahora ya sólo sentía por esa revolución un miedo hostil. Goloboff también huyó del Proletcult, después de algunas aventuras amorosas, porque tenía esos grandes ojos trágicos cuya belleza aún podía descubrirse aunque estuvieran empañados, esos grandes ojos de actor melodramático que seguramente debían cautivar a las mujeres. Y entonces vino a la Argentina y empezó a rodar, en vagones de segunda, por todas partes, dando conciertos y recitales, siempre con otros, claro, porque sabía que a él solo no lo vendría a escuchar nadie, y cantaba como cantor sinagogal durante las fiestas, en alguna colonia de Entre Ríos, porque aunque se había dejado el nombre de Goloboff, había vuelto a reconocer que era judío, quizá porque necesitaba ganarse la vida o porque se dio cuenta que era inútil fingirse distinto, o porque se sentía terriblemente solo y papá le contaba a mamá en la mesa (a Bernardo sólo le decía “alcanzame la sal” o cosas parecidas) que sobre todo desde que murió su mujer (la había conocido poco después de venir de Rusia, otra emigrada como él, y se juntaron y vivieron cada vez más unidos aunque él tenía de vez en cuando alguna aventura con mujeres cada vez más jovencitas) Goloboff se había hecho cada vez más religioso y se había ido cerrado obstinadamente sobre sí mismo, con una sombría terquedad frágil pero intransigente.

— ¿Y esto? — dijo Bernardo. Había una serie de tapas de Radiolandia.

—Dedicadas —dijo el viejo sin concederles mucha importancia—. Tomaron clases conmigo…—bebió un gran sorbo de té—. ¿No quiere comer nada?

—No. —Pero era una pregunta retórica. El viejo comía como nunca.

—Me vienen a llamar todos los días… Pero qué quiere. Ya no doy abasto.

De Chaliapin a Palito Ortega. Un buen profesor de canto. Por lo menos eso le decía papá a mamá. Y como era tan meterete se había conseguido que algunos astros vinieran aunque fuera un par de veces para estudiar con él y le dejaran un autógrafo. Ese cuento se había mandado. ¿Quién podía saberlo? Además ahora entendió por qué estaba esa chapa de bronce clavada en la pared: “Vasily Goloboff. Profesor superior de canto. Primer tenor de la ópera de Moscú.”

—Hasta tuve que sacar la chapa de la puerta… —Bernardo se imaginó al italiano de los mostachos ensuciando la chapa con alquitrán y al viejo limpiándola, hasta que se dio por vencido y la clavó en la pieza. Y se imaginó la cara de Hugo del Carril, en caso de que hubiera venido, entrando en el conventillo, y a los pibes amontonados frente a la puerta, escuchándolo hacer escalas, y hasta sintió que el viejo lo había hecho venir para que los vecinos lo respetaran. O quizá no. Quizá él había ido a la casa de las estrellas, con su aire de duque en destierro. Y eso quizá sería más lógico. Nunca lo sabría. Y entonces dejaba que vinieran a su casa los alumnos oscuros, esos que se presentaban en los concursos de tango que se hacían por los barrios, o en el salón La Argentina y que el viejo reclutaba por Paternal, hablando de sus autógrafos. Bernardo no sabía bien cómo podía haber pasado, pero ahí sobre la pared, estaban los autógrafos, ciertos o falsos. Y se imaginaba los alumnos pobres, haciendo escalas, mientras afuera, en el patio, los chicos jugaban a la pelota contra el muro leproso de las varias manos de pintura siempre distinta que le habían puesto, pero que no tapaba el fondo siempre gris, con resecos ríos de humedad, donde la pelota debía golpear como sordos cañonazos, y los gritos de las vecinas, y las radios a todo lo que da y allí dentro, con las puertas cerradas y el diapasón golpeando contra el hule de la mesa, en la oscuridad a pleno día, con la bombita prendida entre tantos retratos, sobre las flores descoloridas, el viejo y sus alumnos cantaban arias o ensayaban un twist o quizá Granada.

—Pardón —dijo el viejo y salió. Cuando colocó la pelela floreada junto a una pata de la cama Bernardo escuchó la lluvia. Miró por la ventana, corriendo la cortina. Una lluvia fina, como una neblina, caía en la noche y la cortina se le deshacía entre las manos y la opaca humedad cubría como una caricia, como la saliva que dejan los besos, los vidrios de la ventana, una humedad tibia como un gran abrazo materno, que lo alejaba de la crueldad de la calle donde la lluvia ya era fuerte, sólida, diluviana, como si antes o después el mundo no hubiera conocido otra cosa que el agua.

—A ver cómo anda eso —dijo el viejo, y el chico agarró el trombón y empezó a tocar muy despacio “Después de haberte ido”, hamacándose, con las sordas notas desafinadas, meciéndose, sentado en el borde de la cama matrimonial, como si un viento interior lo moviera y lo ondulara. Y sintió que era como si bajara por el Mississipi, y fuera negro, y viviera en el año 80 y se hundiera en el propio río de su sangre, y aullara con todo el cuerpo.

—La conozco un poco —dijo el viejo y se paró, ahí, al lado del ropero con tres espejos que lo denunciaban de espaldas y cantó con ese estilo operístico, con las manos abiertas y poniendo los ojos en blanco. Cantó “Después de haberte ido”, muy lento, y el trombón entraba con su desafinada objeción circense, llevando el ritmo, y el agua goteaba desde el techo; y nunca supe cómo llegó aquello, pero el viejo abrió el ropero y sacó un rancho, y después un bastón y le dijo: —Yo le voy a enseñar cómo se hacen estas cosas —y ordenó—: ¿Cómo era eso que hacía Molly Picón?  Eso que decía… —y empezó a cantar—. Un poquito de paz y de alegría, ¿que no hay dinero? A conformarse, a bi gezint, darf men gliklaj zain. Basta la salud para ser feliz. —Y en el trombón el muchacho tocaba la melodía de opereta tan trasnochada como el viejo que ahora se había sentado delante del espejo y había sacado una caja de polvos y de lápices y se maquillaba, y Bernardo descubrió de pronto que lo estaba haciendo para él, mientras el viejo tarareaba con una repentina felicidad—. Voy a darle una función —decía mientras tarareó la melodía como para sí mismo. Y mientras el chico trataba de no darse cuenta de todo lo que el viejo estaba haciendo cerraba los ojos y acompañaba con su trombón, con tonos falsos, tristes y menores al viejo. Cuando abrió los ojos se encontró con que el viejo se había maquillado para él, entre el ropero, la mesa, la cama, en la altísima pieza, y era como si todo el mundo y la lluvia y el inquilinato hubieran desaparecido y todas esas caras —siempre la misma— cada vez más arrugadas, que miraban desde las paredes le sonrieran en esa mueca monstruosa, con rimmel para exagerar el tamaño de los ojos y talco para tapar las arrugas, y un poco de pintura en los labios.

—Repertorio picaresco —anunció el maestro—, al estilo Aarón Lebedeff—. Y se puso a dar pasos de comedia musical cantando cosas sobre chicas que piden un hombre, y apoyaba las manos en las rodillas y las hacía ondular, y se movía sin levantar los pies del piso, y levantaba los pies hasta la cintura y corría y bailaba, con sus increíbles setenta años, con su lamentable rapidez vencida, en un potpurri alucinado. —No hay negocio como la revista musical —dijo, y el muchacho atacó con el sordo trombón, y el viejo cantaba con sus gallos y sus temblorosos aires de galán de ayer, diciendo que no había negocio como la comedia musical, donde se ríe cuando se quiere llorar, y se arrodillaba como Al Jolson, y después hubo todavía más, cuando el viejo tomó el sombrero y lo tiró lejos, y jadeante anunció: —Catarí —y se puso las manos sobre la magra panza, y olvidándose de todas las clases de canto que había dado en su vida, cantó con toda la poca voz que le quedaba, con las manos, con el cuerpo, con todo, y el muchacho lo acompañaba con un toque de trombón, después de cada frase, pobre, torpemente, como en el circo más ranfañoso del mundo, porque la verdad es que ya no sabía las melodías. Pero al viejo ya no le importaba, porque ya no veía nada, y seguía, como un delirio, el propio show, el último show que daría en su vida; en realidad no había dado nunca ninguno así, como estrella absoluta, y ahora cuando ya no le quedaba nada, de repente, ante ese único espectador, que era todo su público, ocurría por fin. Y no en San Petersburgo, ni en el Colón, ni en Broadway, sino en esa casa de Donato Alvarez de un solo piso, con todas esas piezas, en la noche que afuera llovía sin parar.

—Y cuando canté esto… —dijo el viejo, tartamudeando, porque no tenía más aliento…— fue cuando Chaliapin me acarició —dijo palmeando suavemente la mejilla del chico, sin verla, sin ver nada, como si soñara despierto—, y después me trajo un vaso de té —una suave nostalgia, una loca euforia se mezclaron cuando dijo, y ya no era él, sino Chaliapin , el que hablaba.

—Micha…¿qué te pasa, Micha? ¿Se da cuenta, señor Katz?  Él, Chaliapin, me sirvió con sus manos, con sus propias manos, un vaso de té… Yo todavía cantaba en el coro, no era todavía tan importante como lo fui después… y sentí que eso valía por toda una vida; aunque no me pasara ninguna otra cosa eso era suficiente para llenar de felicidad el destino de un hombre…—y Bernardo sintió “Dios mío, esto es cierto”, y el viejo dijo sin respiración: —I Pagliacci, la muerte del payaso, acá siempre aplaudían mucho. Aria y bravura —el maestro empezó a llorar, y con lágrimas que le corrían por el rimmel, y las arrugas y los labios pintados, trató desesperadamente de cantar, pero casi no tenía con qué, y cuando debía caer, muerto, miró el piso, se arrodilló primero, lo tocó y después se tiró y dijo: Io sono morto.

Un silencio tenso, pesado, terrible, cayó sobre ellos. El viejo jadeaba en el suelo. Bernardo dejó despacio el trombón sobre la cama y empezó, primero lentamente, después más fuerte y al final como enloquecido, a aplaudir. El viejo se paró e hizo una digna reverencia sin mirarlo, como en el teatro, y después dijo:

—La función ha terminado.

Con una toalla empezó a sacarse despacio el rimmel. Jadeaba. Fue hasta la cama, sacó una valija, la abrió —había botones y también hilos, y peines y botellas, y después sacó un libro encuadernado en terciopelo rojo, de hojas destrozadas y que olían a muy antiguas. Era un libro de oraciones. De entre sus hojas sacó una hoja verdosa, manoseada, grande y llena de firuletes.

—Hoy pagan los actores —dijo el viejo, y se la dio—. Es un rublo. Del zar Nicolai… El único que tengo —dijo y le sonrió al chico con esos ojos enormes, locos, perversos, que empezaron a inquietar a Bernardo. El viejo se acercó a él. Bernardo sentía su respiración afanosa en la cara… El rimmel se le había corrido por los bordes de los ojos y por las mejillas—. Podríamos hacer una gira juntos —dijo el viejo, y Bernardo sintió que estaba llorando—. Podríamos recorrer el país… Podríamos hacer muchas cosas juntos… —dijo el viejo. Bernardo se levantó.

—Quédese, señor Katz. Todavía es temprano. Hagamos proyectos. Tenemos la noche por delante —era un ruego húmedo, tembloroso—. Es temprano todavía… tómese otra taza de té… —dijo el viejo, y de pronto lo abrazó—. ¡Hot rajmones! ¡Tenga piedad de mí! —y entonces Bernardo corrió hacia la puerta y la abrió temblando de miedo, y huyó para siempre del viejo, hacia la noche, hacia la lluvia, hacia la ciudad salvaje. Y el viejo quedó atrás, y pedía compasión, y estaba solo.

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Cabecita negra -Germán Rozenmacher

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El señor Lanari no podía dormir. Eran las tres y media de la mañana y fumaba enfurecido, muerto de frío, acodado en ese balcón del tercer piso, sobre la calle vacía, temblando encogido dentro del sobretodo de solapas levantadas. Después de dar vueltas y vueltas en la cama, de tomar pastillas y de ir y venir por la casa frenético y rabioso como un león enjaulado, se había vestido como para salir y hasta se había lustrado los zapatos.

Y ahí estaba ahora, con los ojos resecos, los nervios tensos, agazapado escuchando el invisible golpeteo de algún caballo de carro de verdulero cruzando la noche, mientras algún taxi daba vueltas a la manzana con sus faros rompiendo la neblina, esperando turno para entrar al amueblado de la calle Cangallo, y un tranvía 63 con las ventanillas pegajosas, opacadas de frío, pasaba vacío de tanto en tanto, arrastrándose entre las casas de uno o dos o siete pisos y se perdía, entre los pocos letreros luminosos de los hoteles, que brillaban mojados, apenas visibles, calle abajo.

Ese insomnio era una desgracia. Mañana estaría resfriado y andaría abombado como un sonámbulo todo el día. Y además nunca había hecho esa idiotez de levantarse y vestirse en plena noche de invierno nada más que para quedarse ahí, fumando en el balcón. ¿A quién se le ocurría hacer esas cosas? Se encogió de hombros, angustiado. La noche se había hecho para dormir y se sentía viviendo a contramano. Solamente él se sentía despierto en medio del enorme silencio de la ciudad dormida. Un silencio que lo hacía moverse con cierto sigiloso cuidado, como si pudiera despertar a alguien. Se cuidaría muy bien de no contárselo a su socio de la ferretería porque lo cargaría un año entero por esa ocurrencia de lustrarse los zapatos en medio de la noche. En este país donde uno aprovechaba cualquier oportunidad para joder a los demás y pasarla bien a costillas ajenas había que tener mucho cuidado para conservar la dignidad. Si uno se descuidaba lo llevaban por delante, lo aplastaban como a una cucaracha. Estornudó. Si estuviera su mujer ya le habría hecho uno de esos tés de yuyos que ella tenía y santo remedio. Pero suspiró desconsolado. Su mujer y su hijo se habían ido a pasar el fin de semana a la quinta de Paso del Rey llevándose a la sirvienta así que estaba solo en la casa. Sin embargo, pensó, no le iban tan mal las cosas. No podía quejarse de la vida. Su padre había sido un cobrador de la luz, un inmigrante que se había muerto de hambre sin haber llegado a nada. El señor Lanari había trabajado como un animal y ahora tenía esa casa del tercer piso cerca del Congreso, en propiedad horizontal y hacía pocos meses había comprado el pequeño Renault que ahora estaba abajo, en el garaje y había gastado una fortuna en los hermosos apliques cromados de las portezuelas. La ferretería de la Avenida de Mayo iba muy bien y ahora tenía también la quinta de fin de semana donde pasaba las vacaciones. No podía quejarse. Se daba todos los gustos. Pronto su hijo se recibiría de abogado y seguramente se casaría con alguna chica distinguida. Claro que había tenido que hacer muchos sacrificios. En tiempos como éstos, donde los desórdenes políticos eran la rutina había estado varias veces al borde de la quiebra. Palabra fatal que significaba el escándalo, la ruina, la pérdida de todo. Había tenido que aplastar muchas cabezas para sobrevivir porque si no, hubieran hecho lo mismo con él. Así era la vida. Pero había salido adelante. Además cuando era joven tocaba el violín y no había cosa que le gustase más en el mundo. Pero vio por delante un porvenir dudoso y sombrío lleno de humillaciones y miseria y tuvo miedo. Pensó que se debía a sus semejantes, a su familia, que en la vida uno no podía hacer todo lo que quería, que tenía que seguir el camino recto, el camino debido y que no debía fracasar. Y entonces todo lo que había hecho en la vida había sido para que lo llamaran “señor”. Y entonces juntó dinero y puso una ferretería. Se vivía una sola vez y no le había ido tan mal. No señor. Ahí afuera, en la calle, podían estar matándose. Pero él tenía esa casa, su refugio, donde era el dueño, donde se podía vivir en paz, donde todo estaba en su lugar, donde lo respetaban. Lo único que lo desesperaba era ese insomnio. Dieron las cuatro de la mañana. La niebla era más espesa. Un silencio pesado había caído sobre Buenos Aires. Ni un ruido. Todo en calma. Hasta el señor Lanari tratando de no despertar a nadie, fumaba, adormeciéndose.

De pronto una mujer gritó en la noche. De golpe. Una mujer aullaba a todo lo que daba como una perra salvaje y pedía socorro sin palabras, gritaba en la neblina, llamaba a alguien, a cualquiera. El señor Lanari dio un respingo, y se estremeció, asustado. La mujer aullaba de dolor en la neblina y parecía golpearlo con sus gritos como un puñetazo. El señor Lanari quiso hacerla callar, era de noche podía despertar a alguien, había que hablar más bajo. Se hizo un silencio. Y de pronto la mujer gritó de nuevo reventando el silencio y la calma y el orden haciendo escándalo y pidiendo socorro con su aullido visceral de carne y sangre anterior a las palabras, casi un vagido de niño, desesperado y solo.

El viento siguió soplando. Nadie despertó. Nadie se dio por enterado. Entonces el señor Lanari bajó a la calle y fue en la niebla, a tientas, hasta la esquina. Y allí la vio. Nada más que una cabecita negra sentada en el umbral del hotel que tenía el letrero luminoso Para Damas en la puerta, despatarrada y borracha, casi una niña, con las manos caídas sobre la falda, vencida y sola y perdida, y las piernas abiertas bajo la pollera sucia de grandes flores chillonas y rojas y la cabeza sobre el pecho y una botella de cerveza bajo el brazo. –Quiero ir a casa, mamá –lloraba–. Quiero cien pesos para el tren para irme a casa.

Era una niña que podía ser su sirvienta sentada en el último escalón de la estrecha escalera de madera en un chorro de luz amarilla.

El señor Lanari sintió una vaga ternura, una vaga piedad, se dijo que así eran estos negros, qué se iba a hacer, la vida era dura, sonrió, sacó cien pesos y se los puso arrollados en el gollete de la botella pensando vagamente en la caridad. Se sintió satisfecho. Se quedó mirándola, con las manos en los bolsillos, despreciándola despacio.

–¿Qué están haciendo ahí ustedes dos? –la voz era dura y malévola. Antes que se diera vuelta ya sintió una mano sobre su hombro.

–A ver, ustedes dos, vamos a la comisaría. Por alterar el orden en la vía pública.

El señor Lanari, perplejo, asustado, le sonrió con un gesto de complicidad al vigilante.

–Mire estos negros, agente, se pasan la vida en curda y después se embroman y hacen barullo y no dejan dormir a la gente.

Entonces se dio cuenta de que el vigilante también era bastante morochito pero ya era tarde. Quiso empezar a contar su historia.

El voseo golpeó al señor Lanari como un puñetazo. –Vamos. En cana. –El señor Lanari parpadeaba sin comprender. De pronto reaccionó violentamente y le gritó al policía: –Cuidado señor, mucho cuidado. Esta arbitrariedad le puede costar muy cara. ¿Usted sabe con quién está hablando? –Había dicho eso como quien pega un tiro en el vacío. El señor Lanari no tenía ningún comisario amigo.

–Andá, viejito verde, andá, ¿te creés que no me di cuenta de que la largaste dura y ahora te querés lavar las manos? –dijo el vigilante y lo agarró por la solapa levantando a la negra que ya había dejado de llorar y que dejaba hacer, cansada, ausente y callada, mirando simplemente todo. El señor Lanari temblaba. Estaban todos locos. ¿Qué tenía que ver él en todo eso? Y además ¿qué pasaría si fuera a la comisaría y aclarara todo y entonces no lo creyeran y se complicaran más las cosas? Nunca había pisado una comisaría. Toda su vida había hecho lo posible para no pisar una comisaría. Era un hombre decente. Ese insomnio. Ese insomnio había tenido la culpa. Y no había ninguna garantía de que la policía aclarase todo. Pasaban cosas muy extrañas en los últimos tiempos. Ni siquiera en la policía se podía confiar. No. A la comisaría no. Sería una vergüenza inútil.

–Vea agente. Yo no tengo nada que ver con esta mujer –dijo señalándola. Sintió que el vigilante dudaba. Quiso decirle que ahí estaban ellos dos del lado de la ley y esa negra estúpida que se quedaba callada, para peor, era la única culpable.

De pronto se acercó al agente que era una cabeza más alto que él, y que lo miraba de costado, con desprecio, con duros ojos salvajes, inyectados y malignos, bestiales, con grandes bigotes de morsa. Un animal. Otro cabecita negra.

–Señor agente –le dijo en tono confidencial y bajo como para que la otra no escuchara, parada ahí, con la botella vacía como una muñeca, acunándola entre los brazos, cabeceando, ausente como si estuviera tan aplastada que ya nada le importaba.

–Venga a mi casa, señor agente. Tengo un coñac de primera. Va a ver que todo lo que le digo es cierto. –Y sacó una tarjeta personal y los documentos y se los mostró–. Vivo ahí al lado –gimió, casi manso y casi adulón, quejumbroso, sabiendo que estaba en manos del otro sin tener ni siquiera un diputado para que sacara la cara por él y lo defendiera. Era mejor amansarlo, hasta darle plata y convencerlo para que lo dejara de embromar. El agente miró el reloj y de pronto, casi alegremente, como si el señor Lanari le hubiera propuesto una gran idea, lo tomó a él por un brazo y a la negrita por otro y casi amistosamente se fue con ellos. Cuando llegaron al departamento el señor Lanari prendió todas las luces y le mostró la casa a las visitas. La negra apenas vio la cama matrimonial se tiró y se quedó profundamente dormida.

Qué espantoso, pensó, si justo ahora llegaba gente, su hijo o sus parientes o cualquiera, y lo vieran ahí, con esos negros, al margen de todo, como metidos en la misma oscura cosa viscosamente sucia; sería un escándalo, lo más horrible del mundo, un escándalo, y nadie le creería su explicación y quedaría repudiado, como culpable de una oscura culpa, y yo no hice nada mientras hacía eso tan desusado, ahí a las 4 de la mañana, porque la noche se había hecho para dormir y estaba atrapado por esos negros, él, que era una persona decente, como si fuera una basura cualquiera, atrapado por la locura, en su propia casa.

–Dame café –dijo el policía y en ese momento el señor Lanari sintió que lo estaban humillando. Toda su vida había trabajado para tener eso, para que no lo atropellaran y así, de repente, ese hombre, un cualquiera, un vigilante de mala muerte lo trataba de che, le gritaba, lo ofendía. Y lo que era peor, vio en sus ojos un odio tan frío, tan inhumano, que ya no supo qué hacer. De pronto pensó que lo mejor sería ir a la comisaría porque aquel hombre podría ser un asesino disfrazado de policía que había venido a robarlo y matarlo y sacarle todas las cosas que había conseguido en años y años de duro trabajo, todas sus posesiones, y encima humillarlo y escupirlo. Y la mujer estaba en toda la trampa como carnada. Se encogió de hombros. No entendía nada. Le sirvió café. Después lo llevó a conocer la biblioteca. Sentía algo presagiante, que se cernía, que se venía. Una amenaza espantosa que no sabía cuándo se le desplomaría encima ni cómo detenerla. El señor Lanari, sin saber por qué, le mostró la biblioteca abarrotada con los mejores libros. Nunca había podido hacer tiempo para leerlos pero estaban allí. El señor Lanari tenía su cultura. Había terminado el colegio nacional y tenía toda la historia de Mitre encuadernada en cuero. Aunque no había podido estudiar violín tenía un hermoso tocadiscos y allí, posesión suya, cuando quería, la mejor música del mundo se hacía presente.

Hubiera querido sentarse amigablemente y conversar de libros con ese hombre. Pero ¿de qué libros podría hablar con ese negro? Con la otra durmiendo en su cama y ese hombre ahí frente suyo, como burlándose, sentía un oscuro malestar que le iba creciendo, una inquietud sofocante. De golpe se sorprendió que justo ahora quisiera hablar de libros y con ese tipo. El policía se sacó los zapatos, tiró por ahí la gorra, se abrió la campera y se puso a tomar despacio.

El señor Lanari recordó vagamente a los negros que se habían lavado alguna vez las patas en las fuentes de plaza Congreso. Ahora sentía lo mismo. La misma vejación, la misma rabia. Hubiera querido que estuviera ahí su hijo. No tanto para defenderse de aquellos negros que ahora se le habían despatarrado en su propia casa, sino para enfrentar todo eso que no tenía ni pies ni cabeza y sentirse junto a un ser humano, una persona civilizada. Era como si de pronto esos salvajes hubieran invadido su casa. Sintió que deliraba y divagaba y sudaba y que la cabeza le estaba por estallar. Todo estaba al revés. Esa china que podía ser su sirvienta en su cama y ese hombre del que ni siquiera sabía a ciencia cierta si era policía, ahí, tomando su coñac. La casa estaba tomada.

–Qué le hiciste –dijo al fin el negro.

–Señor, mida sus palabras. Yo lo trato con la mayor consideración. Así que haga el favor de… –el policía o lo que fuera lo agarró de las solapas y le dio un puñetazo en la nariz. Anonadado, el señor Lanari sintió cómo le corría la sangre por el labio. Bajó los ojos. Lloraba. ¿Por qué le estaban haciendo eso? ¿Qué cuentas le pedían? Dos desconocidos en la noche entraban en su casa y le pedían cuentas por algo que no entendía y todo era un manicomio.

–Es mi hermana. Y vos la arruinaste. Por tu culpa, ella se vino a trabajar como muchacha, una chica, una chiquilina, y entonces todos creen que pueden llevársela por delante. Cualquiera se cree vivo ¿eh? Pero hoy apareciste, porquería, apareciste justo y me las vas a pagar todas juntas. Quién iba a decirlo, todo un señor…

El señor Lanari no dijo nada y corrió al dormitorio y empezó a sacudir a la chica desesperadamente. La chica abrió los ojos, se encogió de hombros, se dio vuelta y siguió durmiendo. El otro empezó a golpearlo, a patearlo en la boca del estómago, mientras el señor Lanari decía no, con la cabeza y dejaba hacer, anonadado, y entonces fue cuando la chica despertó y lo miró y le dijo al hermano:

–Este no es, José. –Lo dijo con una voz seca, inexpresiva, cansada pero definitiva. Vagamente, el señor Lanari vio la cara atontada, despavorida, humillada del otro y vio que se detenía, bruscamente y vio que la mujer se levantaba, con pesadez, y por fin, sintió que algo tontamente le decía adentro “Por fin se me va este maldito insomnio” y se quedó bien dormido. Cuando despertó, el sol estaba alto y le dio en los ojos, encegueciéndolo. Todo en la pieza estaba patas arriba, todo revuelto y le dolía terriblemente la boca del estómago. Sintió un vértigo, sintió que estaba a punto de volverse loco y cerró los ojos para no girar en un torbellino. De pronto se precipitó a revisar todos los cajones, todos los bolsillos, bajó al garaje a ver si el auto estaba todavía, y jadeaba, desesperado mirando a ver si no le faltaba nada. ¿Qué hacer, a quién recurrir? Podría ir a la comisaría, denunciar todo, pero ¿denunciar qué? ¿Todo había pasado de veras? “Tranquilo, tranquilo, aquí no ha pasado nada”, trataba de decirse pero era inútil: le dolía la boca del estómago y todo estaba patas arriba y la puerta de calle abierta. Tragaba saliva. Algo había sido violado. “La chusma”, dijo para tranquilizarse, “hay que aplastarlos, aplastarlos”, dijo para tranquilizarse. “La fuerza pública”, dijo, “tenemos toda la fuerza pública y el ejército”, dijo para tranquilizarse. Sintió que odiaba. Y de pronto el señor Lanari supo que desde entonces jamás estaría seguro de nada. De nada.

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