ENOE – las primeras palabras

La oscuridad de la cueva era densa y fría, apenas quedaban unas brasas del fuego.
La mujer sentada sobre la tierra húmeda, estrechando contra su pecho a su pequeño hijo.
Afuera, una tormenta feroz azotaba la montaña, y el eco de los truenos retumbaba en las paredes de piedra como el rugir de una bestia.
El pequeño comenzó a llorar., en aquella época no existían las palabras.
Solo existían los gestos, los gruñidos y el silencio protector de la tribu.
La madre sintió la angustia lo abrazó para alejar la ferocidad de la noche.
Miró las brasas, miró las sombras que danzaban en el techo de la cueva y, de manera instintiva, canto una canción suave, un vaivén de aire cálido que imitaba el soplido del viento cuando es manso entre los árboles.
El niño se tranquilizó, la voz de su madre era una caricia hecha de aire.
La melodía flotó en el espacio como un milagro.
El niño se relajó y el miedo desapareció, .En esa noche de tormenta, dentro de las entrañas de la tierra, la música había ahuyentado al miedo, y de ese amor Y esa ternura nacieron las primeras palabras de la humanidad.

ENOE  OSHIDORI

CUENTO DE LAFCADIO HEARN.

Había un cazador y halconero llamado Sonjõ, que vivía en el distrito de Tamura-no-Gõ, provincia de Mutsu. Un día salió de caza y no descubrió presa alguna. Pero en el camino de regreso, en un sitio llamado Akanuma, Sonjõ vio un par de oshidori (patos de los mandarines) que nadaban juntos en un río que él estaba a punto de cruzar. No está bien matar oshidori, pero Sonjõ, acosado por el hambre, decidió dispararles. Su dardo atravesó al macho; la hembra se deslizó entre los juncos de la orilla opuesta y desapareció. Sonjõ se apoderó del ave muerta, la llevó a casa y la cocinó.


Esa noche tuvo un sueño perturbador. Creyó ver una hermosa mujer que entraba en su cuarto, se erguía junto a su almohada y se echaba a llorar. El llanto era tan amargo que, al escucharlo, el corazón de Sonjõ parecía desgarrarse. Y díjole la mujer : “¿Por qué? ¿Por qué lo mataste? ¿Qué mal te había hecho…? ¡Éramos tan felices en Akanuma… y tú lo mataste! ¿Qué daño te causó? ¿Te das cuenta siquiera de lo que has hecho? ¡Oh! ¿Te das cuenta del acto perverso y cruel que has perpetrado…? También me diste muerte a mí, pues no podré vivir sin mi esposo… Sólo vine para decirte esto”.
Y una vez más se echó a llorar en voz alta, con tal amargura que el sonido de su llanto penetró en lo más profundo del cazador; y luego sollozó las palabras:
no te das cuenta… ¡no puedes darte cuenta de lo que has hecho!
Pero mañana, cuando vayas a Akanuma, ya verás… ya verás…”
Y con estas palabras, estremecida por el llanto, se alejó.


Al despertar por la mañana, Sonjõ recordaba el sueño con tal vividez que sintió una profunda consternación. Evocó estas palabras: “Pero mañana, cuando vayas a Akanuma, ya verás… ya verás…” Y resolvió ir allí en el acto, para averiguar si su sueño esa algo más que un sueño.

Dirigiose, pues, a Akanuma; al llegar junto a la margen del río, vio a la oshidori hembra, que nadaba a solas. En el mismo instante, el ave advirtió la presencia de Sonjõ: pero, en lugar de darse a la fuga, nadó derecho hacia él, clavándole una mirada extraña y tenaz. Entonces, con el pico, súbitamente se desgarró el cuerpo y murió ante los ojos del cazador.

Sonjõ se rasuró la cabeza y se hizo sacerdote.