En el techo del mundo. Tibet

«En el Techo del Mundo, o sea en el Tíbet, un peregrino, con
motivo de una larga peregrinación a uno de los santuarios
más sagrados, encontró tres cráneos.
La noticia se extendió por todas partes y llegó hasta el rey.
Los tres cráneos se habían encontrado juntos y nadie sabía de
su procedencia. El rey sintió gran curiosidad por el suceso y
ordenó que le trajeran los cráneos. Los colocó ante sí, los
observó y se preguntó: «¿A quiénes pertenecerían estos
cráneos? ¿Qué clase de personas serían sus propietarios?» Y
quedó pensativo y se dijo: « Me gustaría saber cual de las tres
personas era la más bondadosa».
El monarca era un hombre joven, que valoraba la
benevolencia en los seres humanos. Aquellos cráneos le
intrigaban. ¿Cómo investigar algo sobre ellos? Entonces le
hablaron de un lama médico forense.
Hacedle venir ordenó el rey. Quiero ver a ese lama médico lo
antes posible.
Unos días después, procedente de su monasterio en remotas
tierras del País de las Nieves, llegó el lama médico.
Tengo conocimiento de que eres no sólo un piadoso lama,
sino un gran forense. No te voy a entregar una tarea fácil,
pero confío en ti. Mira estos tres cráneos. Los encontró un
peregrino en una de sus peregrinaciones.
Estaban juntos y yo no he podido dejar de preguntarme cuál
de ellos pertenecía a la mejor persona entre las tres.
¿Podrás averiguarlo?
Necesito unos días, majestad dijo el lama serenamente.
En ese tiempo espero poder traeros una respuesta que os
satisfaga.
También yo lo espero concluyó el rey.
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El lama médico se llevó los cráneos con él. Durante unos días
se encerró en la celda de un monasterio a investigar
minuciosamente sobre los mismos. En principio no era una
tarea sencilla.
Unos días después, el lama médico acudió a visitar al
monarca. El rey no podía disimular su impaciencia.
¿Has descubierto algo?
Sí, señor, tengo la respuesta.
Colocó los tres cráneos sobre una mesa y señaló uno de ellos.
Éste, seguro, era el cráneo de la persona más bondadosa.
¿Seguro? preguntó escéptico el rey-Quiero una explicación
convincente.
El lama médico se expresó así:
Cogí uno de los cráneos y pasé un alambre por uno de los
oídos y observé que el alambre salía directamente por el otro
oído. Sin duda se trataba de una persona a la que lo
escuchado a los demás le entraba por un oído y le salía por el
otro.
El médico retiró ese cráneo y añadió: Mirad, majestad, este
otro cráneo. Lo investigué afondo. Introduje un alambre por
el oído y el mismo salió directamente por la boca. Era el
cráneo de una persona que, indiscretamente, contaba en el
acto todo lo que había escuchado.
El monarca no pudo reprimir la risa. Luego se puso serio y
dijo:
¿Y el tercer cráneo?
El lama médico tomó entre sus manos el tercer cráneo y
añadió:
Señor, este cráneo es el que pertenecía a la persona más
bondadosa. ¿Por qué? Os lo explicaré. Recurrí de nuevo a la
prueba del alambre.
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Inserté el alambre por uno de los oídos y éste apareció por el
corazón. Así se evidencia que esta persona escuchaba con
amor a los demás y sabía guardar sus secretos. No era
solamente la más bondadosa, sino también la más sabia y
prudente.
El monarca, muy complacido, dijo:
Si eres tan buen lama como forense, no dudo de que
alcanzarás la iluminación.
El lama médico no quiso ninguna recompensa.
simplemente regresó a su monasterio.

Un cuento de nunca acabar. Sufi

Un cuento de nunca acabar
Reinaba en un distante país un poderoso monarca el cual,
como muchos otros reyes, gustaba de oír extrañas historias.
A tal diversión dedicaba la mayor parte de su tiempo, y con
todo, nunca quedaba satisfecho.
Los esfuerzos de sus palaciegos eran inútiles, pues cuantas
más largas y peregrinas historias le contaban, más quería oír
el rey.
Un día hizo publicar un bando por el cual ponía en
conocimiento de sus súbditos que haría príncipe heredero de
su corona y daría la princesa su hija por esposa, a aquel que
le contase un cuento que no se acabara nunca; pero que haría
cortar la cabeza al que fracasara en tal empresa, esto es,
aquel cuyo cuento llegase a un término.
Ante la promesa de un trono y una bella princesa por esposa,
surgieron por doquier pretendientes que contaban las más
abrumadoras y largas historias.
Unas duraban una semana, otras un mes, seis meses las que
más, y los pobres narradores alargaban el hilo de sus
narraciones lo más que podían, mas en vano: tarde o
temprano todas terminaban, y las cabezas de los
pretendientes caían al fin bajo el hacha del verdugo. Por
último, llegó un día un hombre que dijo saber una historia
que no se acababa nunca y manifestó que deseaba ser
llevado a la presencia del rey, para dar prueba de ello.
le dijeron los cortesanos el peligro que corría, y
cómo muchos otros habían intentado lo mismo y
perdido sus cabezas; mas como él dijese que no tenía miedo
alguno, fue llevado ante el monarca.
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Era nuestro hombre de juicioso y comedido hablar, y después
de haber reglamentado las horas para contar el cuento y las que
dedicaría a sus comidas y descanso, comenzó así su cuento:
-Señor, había una vez un rey que era gran tirano y muy avaro, y
deseando acrecentar sus riquezas hizo recoger todo el grano de
su reino y encerrarlo en un inmenso granero alto como una
montaña y construido a propósito.
Durante varios años, a este granero fueron a parar todas las
mieses del país, hasta que, finalmente, el enorme depósito se
llenó enteramente y sus puertas y ventanas fueron
cuidadosamente tapiadas por todos lados. Para todo el mundo,
el granero parecía herméticamente cerrado.
Por un descuido habían dejado los albañiles un agujerito en el
techo del granero; y no bien lo advirtieron las langostas,
cuando acudieron en nubes para robar el grano; mas era el
orificio tan pequeño, que sólo podían entrar y salir una a una.
Así entró una langosta y salió con un grano; después entró otra
langosta y salió con otro grano; después entró otra langosta y
salió con otro grano; después entró otra langosta y salió con
otro grano; después entró otra langosta y salió con otro grano;
después entró otra langosta y salió con otro grano; después
entró otra langosta y salió con otro grano; después entró otra
langosta y salió con otro grano; después entró otra langosta y
salió con otro grano.
Y así prosiguió durante un mes mañana y tarde hasta la noche,
excepto las horas de sus comidas y de su sueño. El rey, aunque
dotado de gran paciencia, empezó a cansarse de tanta langosta,
de modo que interrumpió al narrador:
-Perfectamente, ya tenemos bastantes langostas; supongamos
que acabaron por llevarse cuanto grano apetecieron; ¿qué fue
lo que sucedió después?
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Majestad, perdonad; mas es imposible os diga lo que sucedió
después antes de referiros lo que ocurrió primero -le
respondió intencionadamente el narrador.
Con admirable paciencia le escuchó el rey durante otros seis
meses más, hasta que un día le atajó diciéndole:
-Amigo mío, ya estoy hasta la corona de vuestras langostas.
¿Cuánto tiempo calculáis que tardaron en acabar su tarea?
-¡Señor! ¿Cómo decíroslo? Al punto qué llegamos de nuestro
cuento, las langostas habían tan sólo vaciado un espacio
grande como el hueco de mi mano, y fuera del granero
agitábanse todavía negras nubes de ellas; mas tenga Su
Majestad gracia, que ya llegaremos necesariamente a la
última de las langostas.
Animado el rey con tales palabras, siguióle escuchando
durante todo otro año; mas el hombre proseguía como antes,
grano a grano y langosta por langosta.
No pudo más el pobre rey y medio desmayado, exclamó:
-¡Basta! Tomad mi hija, mi reino, mi corona, tomad todo lo
que queráis; pero no me habléis más de langostas por lo qué
más queráis en este mundo.
Casóse, pues, el narrador con la hija del rey, y solemnemente
fue declarado heredero del trono; mas nadie expresó el
menor deseo de oír la continuación de su famosa historia,
pues sostenía el advenedizo príncipe que era imposible pasar
a la segunda parte sin haber terminado antes la primera, que
era precisamente la parte de las langostas.
Así el ingenioso ardid de este hombre discreto refrenó la
insensata extravagancia del rey.

Las hojas secas. Gougaud

Vivió en un Reino de Oriente el más grande entre de los Monarcas justos y generosos. Un Rey sin igual que escuchaba atentamente las peticiones de todos sus habitantes a diario. Los consideraba hermanos y hermanas.
En tal Reino todos recibían lo que necesitaban sin padecer carencia alguna y de todas partes, también de sitios muy lejanos, acudían multitudes a sus celebraciones para apreciar la belleza y gracia de su civilización.
Adultos, jóvenes y niños abandonaban el miedo a su paso, tal era su grandeza, por lo que todos los habitantes de su reino estaban a su servicio, aunque tuvieran que proteger sus fronteras a los confines de su jurisdicción, muy lejos de sus hogares.
Lamentablemente un Jefe vecino llamado Jalil, estaba profundamente envidioso de Tai y le declaró guerra para apoderarse de sus riquezas, considerando que esto fuera factible con las estrategias de fuerza que dominaba. Al tener noticia de este desafío, Tai decidió no responder a su provocación y alejarse, viajar y mendigar donde no pudiera ser encontrado, ya que la batalla por sus riquezas no tenía sentido. Esta disputa no debía causar ningún daño ni sufrimiento a su gente.
Así el invasor entró con toda su vanidad y gran estruendo en las tierras del más magnánimo de los Monarcas y durante un largo tiempo ordenó que se le buscara, sin dar con su paradero ni lograr que su ejército tuviera noticias acerca de su suerte.
No hubo niño, mujer u hombre que hubiera traicionado la confianza de Tai, revelando su escondite. Le llevaban comida de noche y atendían cada una de sus necesidades tanto como les fuera posible, fieles a su justicia y generosidad.
Haciendo alarde de su conquista, Jalil ocupaba el trono con arrogancia y describía a diario y en modo imaginario la cobardía de Tai al haber decidido escapar, riéndose a carcajadas de él delante de todos.
Sus habitantes, imperturbables, seguían recordando en público los honrados actos sin par de Tai, por lo que el envidioso usurpador decidió tentarles estableciendo una alta recompensa en oro para quien lo encontrara y lo entregara vivo.
Una mañana, el Rey Tai, vió una pareja de ancianos recogiendo leña en los alrededores de la cueva que lo cobijaba y se quedó apenado porque a su edad aún debían trabajar arduamente para poder sobrevivir.
De este modo supo de que su gente comenzaba a estar exhausta por el peso de trabajo que debían soportar para satisfacer los caprichos de Jalil y su séquito. Los impuestos exigidos por el invasor, comenzaban a no tener límite. Así decidió unirse a la pareja de ancianos y se presentó voluntariamente ante Jalil para que la pareja obtuviera su recompensa en oro.
Jalil se quedó tan sorprendido por este gesto que rogó a Hatim Tai que regresara a su reino, mostrando misericordia a su vez. Luego de haberlo abrazado como a un hermano, retornó a su proprio país con su ejército, sellando una promesa de paz por lo que le quedara de vida por vivir.

Hatim Tai el generoso. árabe

Vivió en un Reino de Oriente el más grande entre de los Monarcas justos y generosos. Un Rey sin igual que escuchaba atentamente las peticiones de todos sus habitantes a diario. Los consideraba hermanos y hermanas.
En tal Reino todos recibían lo que necesitaban sin padecer carencia alguna y de todas partes, también de sitios muy lejanos, acudían multitudes a sus celebraciones para apreciar la belleza y gracia de su civilización.
Adultos, jóvenes y niños abandonaban el miedo a su paso, tal era su grandeza, por lo que todos los habitantes de su reino estaban a su servicio, aunque tuvieran que proteger sus fronteras a los confines de su jurisdicción, muy lejos de sus hogares.
Lamentablemente un Jefe vecino llamado Jalil, estaba profundamente envidioso de Tai y le declaró guerra para apoderarse de sus riquezas, considerando que esto fuera factible con las estrategias de fuerza que dominaba. Al tener noticia de este desafío, Tai decidió no responder a su provocación y alejarse, viajar y mendigar donde no pudiera ser encontrado, ya que la batalla por sus riquezas no tenía sentido. Esta disputa no debía causar ningún daño ni sufrimiento a su gente.
Así el invasor entró con toda su vanidad y gran estruendo en las tierras del más magnánimo de los Monarcas y durante un largo tiempo ordenó que se le buscara, sin dar con su paradero ni lograr que su ejército tuviera noticias acerca de su suerte.
No hubo niño, mujer u hombre que hubiera traicionado la confianza de Tai, revelando su escondite. Le llevaban comida de noche y atendían cada una de sus necesidades tanto como les fuera posible, fieles a su justicia y generosidad.
Haciendo alarde de su conquista, Jalil ocupaba el trono con arrogancia y describía a diario y en modo imaginario la cobardía de Tai al haber decidido escapar, riéndose a carcajadas de él delante de todos.
Sus habitantes, imperturbables, seguían recordando en público los honrados actos sin par de Tai, por lo que el envidioso usurpador decidió tentarles estableciendo una alta recompensa en oro para quien lo encontrara y lo entregara vivo.
Una mañana, el Rey Tai, vió una pareja de ancianos recogiendo leña en los alrededores de la cueva que lo cobijaba y se quedó apenado porque a su edad aún debían trabajar arduamente para poder sobrevivir.
De este modo supo de que su gente comenzaba a estar exhausta por el peso de trabajo que debían soportar para satisfacer los caprichos de Jalil y su séquito. Los impuestos exigidos por el invasor, comenzaban a no tener límite. Así decidió unirse a la pareja de ancianos y se presentó voluntariamente ante Jalil para que la pareja obtuviera su recompensa en oro.
Jalil se quedó tan sorprendido por este gesto que rogó a Hatim Tai que regresara a su reino, mostrando misericordia a su vez. Luego de haberlo abrazado como a un hermano, retornó a su proprio país con su ejército, sellando una promesa de paz por lo que le quedara de vida por vivir.

El árbol de la sabiduría Gougaud

El árbol de la sabiduría
Circulaba el rumor de que existía en la India un árbol cuyo fruto liberaba
de la vejez y de la muerte. Un sultán decidió entonces enviar a uno de sus
hombres en busca de esta maravilla.
Partió, pues, el hombre y, durante unos años visitó muchas ciudades,
muchas montañas y muchas planicies. Cuando preguntaba a los transeúntes
dónde se encontraba este árbol de la vida, la gente sonreía pensando que estaba
loco. Los que tenían corazón puro, le decían:
«¡Eso son cuentos! ¡Abandona esa búsqueda!»
Otros para burlarse de él, lo enviaban hacia selvas lejanas. El pobre hombre
no alcanzaba nunca su meta, pues lo que perseguía era imposible. Perdió
entonces la esperanza y tomó el camino de vuelta, con lágrimas en los ojos.
Durante el camino, encontró a un sheij y le dijo:
«¡Oh, sheij! ¡Ten piedad de mí, pues estoy desesperado!
-¿Por qué estás tan triste?
-Mi sultán me ha encargado que busque un árbol cuyo fruto es el capital de
la vida. Todos lo desean. He buscado durante mucho tiempo, pero en vano. Y
todo el mundo se ha burlado de mí.»
El sheij se echó a reír:
«¡Oh corazón ingenuo y puro! Ese árbol es la sabiduría. Sólo el sabio la
comprende. Se la llama a veces árbol, a veces sol, u océano, o nube. Sus efectos
son infinitos, pero él es único. Un hombre es padre tuyo, pero él, por su parte, es
también hijo de otra persona.»

Los baños el emir y su esclavo. Sufi

Los baños, el emir y su esclavo.
Un día, un emir sintió el deseo de ir al baño. Llamó a su esclavo, que se
llamaba Sungur, y le dijo:
«¡Prepara mi sábana, mi barreño y mi jabón! ¡Vamos al baño!»
Sungur ejecutó sus órdenes y ambos tomaron el camino del baño. Ahora
bien, en este camino, había una pequeña mezquita. Cuando pasaba ante ella,
Sungur oyó la llamada a la oración. Dijo a su amo:
«¡Oh, amo! ¿Podríais esperar unos instantes ante esos almacenes mientras
hago mi oración?»
El emir aceptó y se puso a esperar…
Esperó mucho tiempo. Vio salir a los fieles y al imán, pero Sungur seguía
en el interior. Perdiendo la paciencia, el emir se puso a gritar:
«¡Oh, Sungur! ¿Porqué no sales?»
Desde el interior de la mezquita, Sungur le respondió:
«Estoy retenido aquí. No pierdas la paciencia. Ya voy. ¡Sobre todo no creas
que olvido que me esperas!»
El emir reiteró siete veces su llamada y, cada vez, Sungur respondía:
«¡No tengo permiso para ir junto a ti!»
Al fin, el emir le dijo:
«Pero no hay nadie en la mezquita. Tengo curiosidad por saber lo que te
impide salir.»
Sungur respondió:
«El que te encadena en el exterior me ha encadenado en el interior. El que
no te permite entrar me impide salir.»
El océano no deja escapar a los peces y, del mismo modo, la tierra no deja
a su fauna precipitarse al mar.

Historia de San Gabriel Islam

RECUERDO HABER RECIBIDO ESTA HISTORIA EN FORMA ORAL DE UN IMAN EGIPCIO EN EL CENTRO ISLAMICO.

Un día estando sola, María tuvo una aparición extraordinaria, de una
radiante belleza, como el sol o como la luna que surge de la tierra. María se puso
a temblar porque estaba desnuda, bañándose, como una rosa surgiendo del
suelo o un sueño brotando del corazón. Perdió el conocimiento diciéndose:
«¡Me refugio en Dios!»
En efecto, esta piadosa mujer tenía la costumbre de confiar en Dios en
cualquier momento, pues sabía que todo en este bajo mundo es inconstante. Y
hasta su muerte, deseó que la protección de Dios se alzase, como una fortaleza
en el camino de sus enemigos.
El Espíritu santo (Gabriel) le dijo:
«¡No temas nada! Yo soy el ángel y el confidente de Dios. No apartes tus
ojos del que Dios ha elevado. ¿Por qué huir de sus íntimos? Tú intentas escapar
de mi presencia refugiándote en la nada, pero yo soy el sultán de la nada. ¡De
ella procedo y vengo a ti como una imagen!»
¡Oh, María! Cuando una imagen se instala en tu corazón, te dice,
dondequiera que estés:
«¡Nunca te dejaré!»
Pero Gabriel no es una imagen como una falsa aurora. No es una imagen
que se desvanece, sin consistencia.
Gabriel prosiguió:
«Yo soy el verdadero amanecer de la luz divina. La luz que yo traigo ya no
se oscurece. Tú quieres protegerte de mí refugiándote en Dios, pero Dios es
también mi refugio. ¡Tú buscas un refugio, pero yo soy ese refugio!»

Cuento zen. Maestro y alumno

Un discípulo visitó un día a su maestro. Lo encontró llorando y se puso
también a llorar más fuertemente aún.
Cuando dos amigos bromean, el que tiene buenos oídos ríe una sola vez,
pero el sordo ríe dos veces, pues su primera risa no es sino una imitación. Ríe
con todo el mundo sin entender. Después, cuando se le explica la causa de la
hilaridad general, ríe por segunda vez.
Un imitador es como un sordo. Vive en el placer y en la alegría sin saber lo
que son el placer y la alegría. La luz del maestro se refleja en su corazón. La
alegría del discípulo emana de la de su maestro. Los que creen que este estado
les es propio son como un cesto en el agua. Cuando se le saca del agua, se da
cuenta de que el agua pertenece al río.

La vaca verde y la isla. Afgano

En una isla exuberante de verdor vivía una vaca en soledad. Pastaba allí
hasta la caída de la noche y así engordaba cada día. Por la noche, al no ver ya la
hierba, se inquietaba por lo que iba a comer al día siguiente y esta inquietud la
dejaba tan delgada como una pluma. Al amanecer el prado reverdecía y ella se
ponía de nuevo a pacer con su apetito bovino hasta la puesta del sol. Estaba de
nuevo gorda y llena de fuerza. Pero, en la noche siguiente, volvía a lamentarse y
a adelgazar.
Por mucho tiempo que pasara, nunca se le ocurría que el prado no
disminuía y que no tenía por qué inquietarse de aquel modo.
Tu ego es esta vaca y la isla es el universo. El temor del mañana adelgaza
la vaca. No te ocupes del futuro. Más vale mirar el presente. Tú comes desde
hace años y los dones de Dios, sin embargo, no han disminuido nunca.

Los tres instrumentos de la muerte. Chesterton.

Tanto por profesión como por convicción, el padre Brown sabía, mejor que casi todos nosotros, que la muerte dignifica al hombre. Con todo, tuvo un sobresalto cuando, al amanecer, vinieron a decirle que Sir Aaron Armstrong había sido asesinado. Había algo de incongruente y absurdo en la idea de que una figura tan agradable y popular tuviera la menor relación con la violencia secreta del asesinato. Porque Sir Aaron Armstrong era agradable hasta el punto de ser cómico, y popular hasta ser casi legendario. Era aquello tan imposible como figurarse que «Sunny Jim» se había colgado, o que el pacífico «el señor Pick Wicks» de Dickens había muerto en el manicomio de Hanwell. Porque, aunque Sir Aaron, como filántropo que era, tenía que conocer los oscuros fondos de nuestra sociedad, se enorgullecía de hacerlo de la manera más brillante posible. Sus discursos políticos y sociales eran cataratas de anécdotas y carcajadas; su salud corporal era tremenda; su ética, el optimismo más completo. Y trataba el problema de la embriaguez (su tópico favorito) con aquella alegría perenne y aun monótona, que es muchas veces la señal de una absoluta y provechosa abstinencia.
La historia corriente de su conversación era muy conocida en los círculos y púlpitos más puritanos: cómo, de niño, había sido arrastrado de la teología escocesa al whisky escocés; cómo se había redimido de lo uno y lo otro, y había llegado a ser (según él modestamente decía) lo que era. La verdad es que su barba blanca y bellida, su cara de querubín, sus gafas deslumbradoras, y las innúmeras comidas y congresos a que asistía, hacían difícil creer que hubiera sido nunca persona tan tétrica como un borrachín o un calvinista. No: aquél era el más seriamente alegre de todos los hijos de los hombres.
Vivía por los rústicos alrededores de Hampstead, en una hermosa casa, alta, pero no ancha: una de esas modernas torres tan prosaicas. La más estrecha de sus estrechas fachadas daba sobre la verde pendiente del camino férreo, y hasta la casa llegaban las trepidaciones del tren. Sir Aaron Armstrong, como él decía con turbulenta manera, no tenía nervios. Pero si a menudo el tren hacía trepidar la casa, aquella mañana se cambiaron los papeles, y fue la casa la que hizo trepidar al tren.
La máquina disminuyó la velocidad, y finalmente, paró justamente frente al sitio en que un ángulo de la casa se adelantaba sobre la pendiente de pasto. Generalmente los mecanismos paran poco a poco, pero la causa viviente de aquella parada fue muy rápida. Un hombre vestido rigurosamente de negro, sin omitir (como lo recordaron los testigos de la escena) el tenebroso detalle de los guantes negros, apareció en lo alto del terraplén, frente a la máquina, y agitó las negras manos como un negro molino de viento. Esto no hubiera bastado siquiera para detener a un tren lentísimo. Pero de aquel hombre salió un grito que después todos repetían como si hubiera sido algo nuevo y sobrenatural. Fue uno de esos gritos tórridamente claros, aun cuando no se entienda qué dicen. Las palabras articuladas por aquel hombre fueron: «¡Un asesinato!»
Pero el conductor asegura que si sólo hubiera oído aquel grito penetrante y horrible, sin entender las palabras, hubiera parado igualmente.
Una vez detenido el tren, bastaba un vistazo para advertir las circunstancias del incidente… El hombre de luto era Magnus, el lacayo de Sir Aaron Armstrong. El baronet, con su habitual optimismo, solía burlarse de los guantes negros de su lúgubre criado; pero ahora toda burla hubiera sido inoportuna.
Dos o tres curiosos bajaron, cruzaron la ahumada cerca, y vieron, casi al pie del edificio, el cuerpo de un anciano con una bata amarilla que tenía un forro de rojo vivo. En una pierna se veía un trozo de cuerda enredado tal vez en la confusión de una lucha. Había una o dos manchas de sangre: muy poca. Pero el cuerpo estaba doblado o quebrado en una postura imposible para un cuerpo vivo. Era Sir Aaron Armstrong. A poco apareció un hombre robusto de hermosa barba, en quien algunos viajeros reconocieron al secretario del difunto, Patrick Royce, un tiempo muy célebre en la sociedad bohemia, y aún famoso en el arte bohemio. El secretario manifestó la misma angustia del criado, de un modo más vago, aunque más convincente. Cuando, un instante después, apareció en el jardín la tercera figura del hogar, Alice Armstrong, la hija del muerto, vacilante e indecisa, el conductor se decidió a obrar, se oyó un silbo, y el tren, jadeando, corrió a pedir auxilio a la próxima estación que no estaba demasiado lejos, por cierto, de aquel lugar.
Y así, a petición de Patrick Royce, el enorme secretario exbohemio, vinieron a llamar a la puerta del padre Brown. Royce era irlandés de nacimiento, y pertenecía a esa casta de católicos accidentales que sólo se acuerdan de su religión en los malos trances. Pero el deseo de Royce no se hubiera cumplido tan de prisa si uno de los detectives oficiales que intervinieron en el asunto no hubiera sido amigo y admirador del detective no oficial llamado Flambeau… Porque, claro está, es imposible ser amigo de Flambeau sin oír contar mil historias y hazañas del padre Brown. Así, mientras el joven detective Merton conducía al sacerdote, a campo traviesa, a la vía férrea, su conversación fue más confidencial de lo que hubiera sido entre dos desconocidos.
—Según me parece —dijo ingenuamente el señor Merton— hay que renunciar a desenredar este lío. No se puede sospechar de nadie. Magnus es un loco solemne, demasiado loco para asesino. Royce, el mejor amigo del baronet durante años. Su hija le adoraba sin duda. Además, todo es absurdo. ¿Quién puede haber tenido empeño en matar a este viejo tan simpático? ¿Quién en mancharse las manos con la sangre del amable señor del brindis? Es como matar a san Nicolás.
—Sí, era un hogar muy simpático —asintió el padre Brown—. Mientras él vivió, al menos, así fue siempre. ¿Cree usted que seguirá siendo igual de alegre?
Merton, asombrado, le dirigió una mirada interrogadora.
—¿Ahora que ha muerto él?
—Sí —continuó impasible el sacerdote—. Él era muy alegre. Pero, ¿comunicó a los demás su alegría? Francamente, ¿había en esa casa alguna persona alegre, fuera de él?
En la mente de Merton pareció abrirse una ventana, dejando penetrar esa extraña luz de sorpresa que nos permite darnos cuenta de lo que siempre hemos estado viendo. A menudo había estado en casa de Armstrong, para cumplir con sus funciones policíacas, ciertos caprichos del viejo filántropo. Y ahora que pensaba en ello se dio cuenta de que, en efecto, aquella casa era deprimente. Los cuartos muy altos y fríos; el decorado, mezquino y provinciano; los pasillos, llenos de corrientes de aire, alumbrados con una luz eléctrica más fría que la luz de la luna. Y aunque, a cambio de esto, la cara escarlata y la barba plateada del viejo ardieran como hogueras en todos los cuartos y pasillos, no dejaban ningún calor tras de sí. Sin duda aquella incomodidad de la casa se debía a la vitalidad de la misma, a la misma exuberancia del propietario. A él no le hacían falta estufas ni lámparas; llevaba consigo su luz y su calor. Pero, recordando a las otras personas de la casa, Merton tuvo que confesar que no eran más que las sombras del señor. El extravagante lacayo, con sus guantes negros, era una pesadilla. Royce, el secretario, hombre sólido, hombrachón o muñecón de trapo con barbas, tenía las barbas de paja llenas de sal gris —como de trapo bicolor—, y la ancha frente surcada de arrugas prematuras. Era de buen natural, pero su bondad era triste y lánguida, y tenía ese aire vago de los que se sienten fracasados. En cuanto a la hija de Armstrong, parecía increíble que lo fuera: tan pálida era y de un aspecto tan sensitivo. Graciosa, pero con un temblor de álamo temblón. Y Merton a veces se preguntaba si habría adquirido ese temblor con la trepidación continua del tren.
—Ya ve usted —dijo el padre Brown pestañeando modestamente—. No es seguro que la alegría de Armstrong haya sido alegre… para los demás. Usted dice que a nadie se le puede haber ocurrido dar muerte a un hombre tan feliz. No estoy muy seguro de ello: ne nos inducas in tentatione. Si alguna vez me hubiera yo atrevido a matar a alguien —añadió con sencillez— hubiera sido a un optimista.
—¿Cómo? —exclamó Merton, risueño—. ¿A usted le parece que la alegría de uno es desagradable a los demás?
—A la gente le agrada la risa frecuente —contestó el padre Brown—; pero no creo que le agrade la sonrisa perenne. La alegría sin humorismo es cosa muy cansona.
Caminaron un rato en silencio, bajo las ráfagas, por el herboso terraplén de la vía y al llegar al límite de la larguísima sombra que proyectaba la casa de Armstrong, el padre Brown dijo de pronto, como el que echa de sí un mal pensamiento, mejor que ofrecerlo a su interlocutor:
—Claro es que la bebida en sí misma no es buena ni mala. Pero no puedo menos de pensar que, a los hombres como Armstrong, les convendría beber algo de tiempo en tiempo para entristecerse un poco.
El jefe de Merton, un detective muy apuesto, de pelo entregrís, llamado Gilder, estaba en la verde loma de la vía esperando al médico forense y hablando con Patrick Royce, cuyas anchas espaldas y erizados pelos le dominaban por completo. Y esto se notaba más porque Royce siempre andaba combado de una manera hercúlea, y discurría por entre sus pequeños deberes domésticos y secretariales con un aire de pesada humildad, como un búfalo que arrastra un carro.
Al ver al sacerdote, levantó la cabeza con evidente satisfacción y se apartó con él unos pasos. Entretanto, Merton se dirigía a su mayor con evidente respeto, pero con cierta impaciencia de muchacho.
—Y qué, señor Gilder, ¿ha descubierto usted este misterio?
—Aquí no hay misterio —replicó Gilder, contemplando, con soñolientas pestañas el vuelo de las cornejas.
—Bueno; para mí, al menos, sí lo hay —dijo Merton, sonriendo.
—Todo está muy claro, muchacho —dijo su mayor, acariciando su puntiaguda barba gris—. Tres minutos después de que te fueras a buscar al párroco del señor Royce todo se aclaró. ¿Conoces a ese criado de cara de palo que lleva unos guantes negros; el que detuvo el tren?
—¡Ya lo creo! Me produce hormigueo.
—Bien —articuló Gilder—; cuando el tren partió, ese hombre había partido también. Un criminal muy frío, ¿verdad? ¡Mira tú que escapar en el tren que va a avisar a la Policía!
—Pero, ¿está usted seguro —observó el joven— que fue él quien mató a su amo?
—Sí, hijo mío, completamente seguro —replicó Gilder secamente—; por la sencilla razón de que ha escapado llevándose veinte mil libras en acciones que estaban en el escritorio de su amo. No: aquí lo único que merece el nombre de misterio es cómo cometió el asesinato. El cráneo se diría roto con un arma potente, pero no aparece arma ninguna, y no es fácil que el asesino se la haya llevado consigo, a menos que fuera lo bastante pequeña para no advertirse.
—O quizá lo bastante grande para no advertirse —dijo el sacerdote, dominando una risita. Gilder le preguntó al padre Brown secamente qué quería decir.
—Nada, una necedad, ya lo sé —dijo el padre Brown—. Algo que parece cuento de hadas. Pero se me figura que el pobre señor Armstrong fue muerto con una cachiporra gigantesca, una enorme cachiporra verde, demasiado grande para ser notada, y que se llama la tierra. En suma, que se rompió la cabeza contra esta misma loma verde en que estamos.
—¿Cómo? —preguntó vivamente el detective.
El padre Brown volvió su cara de luna hacia la casa y pestañeó como un desesperado. Siguiendo su mirada, los otros vieron que en lo alto de aquel muro, y como ojo único, había una ventana abierta en el desván.
—¿No lo ven ustedes? —explicó, señalándola con una torpeza infantil—. Cayó o fue arrojado desde allí.
Gilder consideró la ventana con arrugado ceño y dijo después:
—En efecto, es muy posible. Pero no entiendo cómo habla usted de ello con tanta seguridad.
El padre Brown abrió sus grises ojos vacíos.
—¿Cómo? —exclamó—. En la pierna de ese hombre hay un trozo de cuerda enredado. ¿No ve usted otro trozo allí, en el ángulo de la ventana?
A aquella altura, la cuerda parecía una brizna o una hebra de cabello, pero el astuto y viejo investigador se declaró satisfecho:
—Muy cierto, caballero. Creo que ha acertado.
En este instante, un tren especial de un solo coche entró por la curva que hacía la línea a la izquierda y, deteniéndose, dejó salir otro contingente de policías, entre los cuales aparecía la carota de Magnus, el sirviente evadido.
—¡Por los dioses! ¡Lo han cogido— -gritó Gilder; y se adelantó a recibirlos con mucha precipitación—. ¿Y el dinero? ¿También lo traen ustedes? —preguntó a uno de los policías.
El agente, con una expresión singular, contestó:
—No. —Luego añadió—: Por lo menos, aquí no.
—¿Quién es el inspector? —preguntó Magnus.
Y al oír su voz, todos comprendieron que aquel hombre hubiera podido detener el tren. Era un hombre de aspecto torpe, negros cabellos lacios, cara descolorida, a quien los ojos y la boca, que eran unas verdaderas rajas, daban cierto aire oriental. Su procedencia y su nombre habían sido siempre un misterio. Sir Aaron le había redimido del oficio de camarero, que desempeñaba en una fonda de Londres, y aseguran las malas lenguas que de otros oficios más infames. Su voz era tan viva como su cara era muerta. Sea por esfuerzo de exactitud para emplear una lengua que le era extranjera, sea por deferencia a su amo (que había sido algo sordo), la voz de Magnus había adquirido una sonoridad, una extraña penetración. Cuando habló Magnus, todos se estremecieron.
—Siempre me lo había yo temido —dijo en voz alta con una suavidad ardorosa—. Mi pobre amo se reía de mi traje de luto, y yo siempre me dije que con este traje estaba preparado para sus funerales —hizo un ademán con sus manos enguantadas de negro.
—Sargento —dijo el inspector, mirando con furia aquellas manos—. ¿Cómo es que no le ha puesto usted las esposas a este individuo, que parece tan peligroso?
—Señor —dijo el sargento desconcertado—; no sé si debo hacerlo.
—¿Cómo es esto? —preguntó el otro con aspereza—. ¿No lo han arrestado ustedes?
En la hendida boca del criado hubo una mueca desdeñosa, y el silbato de un tren que se acercaba pareció comentar oportunamente la intención burlesca.
El sargento, muy gravemente, replicó:
—Lo hemos arrestado precisamente cuando salía del puesto de Policía de Highgate, donde acababa de depositar todo el dinero de su amo en manos del inspector Robinson.
Gilder contempló al lacayo asombrado.
—¿Y por qué hizo usted eso? —preguntó.
—¡Por qué había de ser! Para poner el dinero a salvo del criminal —contestó Magnus.
—Es que el dinero de Sir Aaron —dijo Gilder— estaba seguro en manos de la familia.
La cola de esta frase pareció engancharse en el estridor del tren, que se acercó temblando y chirriando. Pero, por sobre el infierno de ruidos a que aquella triste mansión estaba sujeta periódicamente, se oyeron las sílabas precisas de Magnus con toda su nitidez de campanadas:
—Tengo razones para desconfiar de la familia.
Todos, aunque inmóviles, sintieron vagamente la presencia de un recién llegado. Merton volvió la cabeza, y no le sorprendió encontrarse con la cara pálida de la hija de Armstrong, que asomaba sobre el hombro del padre Brown. Todavía era joven y bella, en aquel plateado estilo, pero sus cabellos eran de un color castaño tan opaco y sin matices, que, a la sombra, de repente parecía gris.
—Repórtese usted —gruñó Royce—. Va usted a asustar a la señorita Armstrong.
—Creo que sí —dijo el de la clara voz.
La dama retrocedió. Todos lo miraron sorprendidos. Y él prosiguió así:
—Estoy ya acostumbrado a los temblores de la señorita Armstrong. La he visto temblar muchas veces durante muchos años. Unos decían que temblaba de frío; otros, que de miedo; pero yo sé bien que temblaba de odio y de perverso rencor… Esta mañana los diablos han estado de fiesta. A no ser por mí, a estas horas ella estaría lejos en compañía de su amante, y con todo el dinero de mi amo a cuestas. Desde que el pobre de mi amo le prohibió casarse con ese borracho bribón…
—¡Alto! —dijo Gilder con energía—. No nos importan las sospechas o imaginaciones de usted. Mientras no presente usted una prueba evidente.
—¡Oh, ya lo creo que presentaré pruebas evidentes! —lo interrumpió Magnus con su acento cortado—. Usted tendrá que llamarme a declarar, señor inspector, y yo tendré que decir la verdad. Y la verdad es ésta: un momento después de que este anciano fuera arrojado por la ventana, entré corriendo en el desván, y me encontré a la señorita desmayada, en el suelo, con una daga roja en la mano. Permítaseme también entregarla a la autoridad competente.
Y extrajo de los faldones un largo cuchillo cachicuerno con una mancha roja, y se adelantó para entregarlo respetuosamente al sargento. Después retrocedió otra vez, y las rajas de los ojos casi desaparecieron de su cara en una inmensa mueca chinesca.
Merton se sintió enfermo ante aquella mueca, y murmuró al oído de Gilder:
—Habrá que oír lo que dice la señorita Armstrong contra esta acusación, ¿verdad?
El padre Brown levantó de pronto una cara tan fresca como si acabara de lavársela.
—Sí —exclamó con radiante candor—. Pero, ¿dirá la señorita Armstrong algo contra esta acusación?
La dama dejó escapar un grito breve y extraño. Todos se volvieron a verla. Estaba rígida, como paralizada. Sólo en el marco de sus cabellos castaños resaltaba un rostro animado por la sorpresa. Se diría que acababan de ahorcarla.
—Este hombre —dijo el señor Gilder gravemente— acaba de declarar que la encontró a usted empuñando un cuchillo, e inanimada, un momento después del asesinato.
—Dice la verdad —contestó Alice.
Todos quedaron deslumbrados, y al fin se dieron cuenta de que Patrick Royce adelantaba su cabezota y decía estas singulares palabras:
—Bueno; si me han de llevar, antes he de darme un gusto.
Y, levantando los fornidos hombros, descargó un puñetazo de hierro en la blanda cara mongólica de Magnus, haciéndole caer a tierra más aplastado que una estrella de mar. Dos o tres policías pusieron al instante la mano sobre Royce; pero a los demás les pareció que la razón misma había estallado y que el Universo todo se convertía en una pantomima insensata.
—Señor Royce —gritó Gilder autoritariamente—. Le arresto a usted por agresión.
—No —contestó el secretario con una voz como un gong de hierro—, tendrá usted que arrestarme por homicidio.
Gilder miró muy alarmado al hombre agredido; pero como éste estaba levantándose y limpiándose un poco de sangre de la cara, que en rigor no había recibido mucho daño, preguntó:
—¿Qué quiere usted decir?
—Que es cierto, como ha dicho este hombre —explicó Royce— que la señorita Armstrong cayó desmayada con un cuchillo en la mano. Pero no había empuñado el cuchillo para atacar a su padre, sino para defenderlo.
—Para defenderlo —gritó Gilder gravemente—. ¿Y defenderlo de quién?
—De mí —contestó el secretario.
Alice lo miró con expresión compleja y desconcertada. Después dijo con voz débil:
—Me alegro de que sea usted valiente.
—Subamos —dijo Patrick Royce con pesadez— y les haré ver cómo pasó esta atrocidad.
El desván, que era el aposento privado del secretario —diminuta celda para tan enorme ermitaño—, ofrecía, en efecto, señales de haber sido escenario de un violento drama. En el centro, y sobre el suelo, había un revólver; por un lado rodaba una botella de whisky, abierta, pero no completamente vacía. El tapete de la mesita había caído y estaba pisoteado. Y una cuerda, como la que aparecía en la pierna del cadáver, colgaba por la ventana. En la chimenea, dos vasos rotos, y uno sobre la alfombra.
—Yo estaba ebrio —dijo Royce; y esta confesión sencilla de aquel hombre prematuramente abatido tenía todo el patetismo del primer pecado infantil—. Todos ustedes me conocen —continuó con voz ronca—. Todos saben cómo empecé la vida, y parece que voy a acabarla de igual modo. En otro tiempo decían que yo era inteligente, y pude haber sido feliz. Armstrong salvó de la taberna este despojo de cerebro y de cuerpo y, a su modo, el pobre hombre fue siempre bondadoso conmigo. Sólo que no quería dejarme casar con Alice, y todos dirán que tenía razón. Bueno: ustedes pueden formular las conclusiones que gusten, y no necesitarán que yo entre en detalles. Allí, en el rincón, está mi botella de whisky medio vacía. Allí, sobre la alfombra, mi revólver completamente vacío. La cuerda que se encontró en el cadáver es la cuerda de mi baúl, y el cuerpo fue arrojado desde mi ventana. No hace falta que los detectives averigüen nada en esta tragedia: es una de esas hierbas que crecen en todos los rincones. ¡Me entrego a la horca, y basta, por Dios!
A una señal, que fue lo bastante discreta, la polilla rodeó al robusto secretario para conducirle preso. Pero esta operación fue verdaderamente interrumpida por la extrañísima actitud que adoptó el padre Brown. Éste, a gatas sobre la alfombra, junto a la puerta, parecía entregado a exóticas oraciones. Como era persona que jamás se daba cuenta de la figura que hacía a los ojos de los demás, conservando siempre su actitud, volvió de pronto su cara redonda y radiante, asumiendo aspecto de cuadrúpedo con una ridícula cabeza humana.
—¡Vamos! —dijo con sencillez amable—. Esto se complica. Al principio, señor inspector, decía usted que no aparecía arma ninguna, pero ahora vamos encontrando muchas armas. Tenemos ya el cuchillo para apuñalar, la cuerda para estrangular y la pistola para disparar; y todavía hay que añadir que el pobre señor se rompió la cabeza al caer de la ventana. Esto no va bien. No es económico.
Y sacudió la cabeza junto al suelo, como caballo que pasta. El inspector Gilder abrió la boca para decir algo muy serio; pero antes de que pudiera articular una palabra, ya la grotesca figura rampante decía con la mayor fluidez:
—¡Y estas tres cosas inexplicables! Primero, estos agujeros en la alfombra, donde entraron los seis tiros. ¿A quién se le ocurre disparar a la alfombra? Un ebrio dispara a la cara de su enemigo, que está accionando ante él. Pero no riñe con los pies de su enemigo, ni les pone sitio a sus pantuflas. Y luego, la dichosa cuerda.
Y habiendo acabado con la alfombra, el padre Brown levantó las manos y se las metió en los bolsillos, pero permaneció de rodillas.
—¿En qué grado de embriaguez posible se le ocurre a un hombre atarle a su enemigo la soga al cuello para desatarla después y atársela a la pierna? Royce no estaba tan ebrio para hacer semejante disparate, porque ahora estaría más dormido que un tronco. Y finalmente, la botella de whisky, y esto es lo más claro de todo: usted quiere hacernos creer que aquí ha habido un combate de dipsómano por apoderarse del whisky, que usted ganó la botella, y que, después, la arrojó usted a un rincón, vertiendo la mitad del whisky y dejando el resto en la botella. Lo cual me parece poco propio de un dipsómano.
Se irguió de un salto y, en tono de límpida penitencia, le dijo al presunto asesino:
—Lo siento mucho, mi buen señor, pero lo que usted nos cuenta es una sandez.
—Señor —dijo Alice Armstrong al sacerdote en voz baja—. ¿Podemos hablar a solas?
Esta petición obligó al parlanchín sacerdote a salir a la estancia próxima. Y antes de preguntar nada, la dama le dijo decidida:
—Usted es un hombre inteligente, y trata de salvar a Patrick, lo comprendo. Pero es inútil. Este asunto es muy negro, y mientras más indicios encuentre usted, menos posibilidad de salvación habrá para el desdichado a quien amo.
—¿Por qué? —preguntó el padre Brown mirándola con fijeza.
—Porque —contestó ella con la misma expresión— yo misma lo he visto cometer el crimen.
—¡Ah! —dijo el padre Brown impertérrito— y, ¿qué fue lo que hizo?
—Yo estaba en este cuarto —explicó ella—. Esta y aquella puerta estaban cerradas. De pronto, oí una voz que decía repetidas veces «¡Infierno, infierno!» y poco después las dos puertas vibraron con la primera explosión del revólver. Hubo tres disparos más antes de que yo lograra abrir una y otra puerta. Me encontré la estancia llena de humo; pero la pistola estaba humeando en la mano de mi pobre y loco Patrick. Y yo lo vi con mis propios ojos hacer el último disparo asesino. Después saltó sobre mi padre, que, lleno de terror, estaba encaramado en la ventana, y aferrándolo, trató de estrangularlo con la cuerda, echándosela por la cabeza; pero la cuerda se deslizó por los hombros estremecidos y cayó hasta los pies de mi padre, y se ató sola a una pierna. Patrick tiró de la cuerda enloquecido. Yo cogí entonces un cuchillo que estaba sobre la estera, y metiéndome entre ellos; logré cortar la cuerda antes de caer desmayada
—Ya lo veo todo —dijo el padre Brown con la misma cortesía impasible—. Muchas gracias.
Y mientras la dama desfallecía al evocar tales recuerdos, el sacerdote regresó rápidamente adonde estaban los otros. Allí se encontró a Gilder y a Merton solos con Patrick Royce, que estaba sentado en una silla con las esposas puestas dirigiéndose respetuosamente al inspector. Dijo:
—¿Puedo decir algo al preso en presencia de usted? ¿Y le permite usted quitarse esas cómicas manillas un instante?
—Es hombre muy fuerte —dijo Merton en baja—. ¿Para qué quiere que se las quite?
—Pues, mire usted —dijo el sacerdote con maldad—. Porque quisiera tener el honor de darle un apretón de manos.
Los dos detectives se miraron sorprendidos, y padre Brown añadió:
—¿No quiere usted decirles cómo fue la cosa?
El hombre de la silla movió negativamente la marañada cabeza, y entonces el sacerdote decía con impaciencia:
—Pues lo diré yo. La vida privada es más importante que la reputación pública. Voy a salvar al vivo, y dejar que los muertos entierren a los muertos.
Se dirigió a la ventana fatal y se asomó:
—Le dije a usted que aquí había muchas armas para una sola muerte. Ahora debo rectificar: aquí no ha habido armas, porque no se las ha empleado para causar la muerte. Todos estos instrumentos terribles, el nudo corredizo, la sanguinolenta navaja, la pistola explosiva, han servido aquí como instrumentos de la más extraña caridad. No se han empleado para matar a Sir Aaron, sino para salvarlo.
—¡Para salvarlo! —exclamó Gilder—. ¿De qué?
—De sí mismo —dijo el padre Brown—. Era maniático suicida.
—¿Qué? —dijo Merton con tono incrédulo—. ¡Y su Religión de la Alegría…!
—Es una religión muy cruel —dijo el sacerdote mirando por la ventana—. ¡Que no haya podido él llorar un poco, como antes habían llorado sus padres! Sus planos mentales se endurecieron, sus opiniones se volvieron cada vez más frías. Bajo la alegre máscara se escondía el espíritu hueco del ateo. Finalmente, para conservar ante el público su alegría profesional, volvió a la embriaguez, que había abandonado hacía tanto tiempo. Pero las bebidas alcohólicas son terribles para un abstemio sincero, porque le procuran visiones de ese infierno psicológico contra el cual trata de poner en guardia a los demás. Pronto el pobre señor Armstrong se encontró hundido en ese infierno. Y esta mañana se encontraba en tal estado, que se sentó aquí a gritar que estaba en el infierno, y esto con voz tan trastornada que su misma hija no la reconoció. Le entró la locura de la muerte y, con la agilidad de mono, propia del maniático, se rodeó de instrumentos mortíferos: el lazo corredizo, el revólver de su amigo, el cuchillo. Royce entró casualmente, y, comprendiendo lo que pasaba, se apresuró a intervenir. Arrojó el cuchillo por aquella estera, arrebató el revólver, y sin tener tiempo de sacar los cartuchos los descargó tiro a tiro contra el suelo. El suicida vio aún otra posibilidad de muerte, y quiso arrojarse por la ventana. El salvador hizo entonces lo único que podía: le dio alcance, y trató de atarle con la cuerda las manos y los pies. Entonces esa desdichada joven entró aquí, y comprendiendo al revés las cosas, trató de libertar a su padre cortando la cuerda. Al principio no hizo más que rasguñar las muñecas a Royce, y ésa es toda la sangre que ha habido en este asunto. Porque supongo que ustedes habrán advertido que, aunque su puño dejó sangre en la cara del criado, no dejó la menor herida. Y la pobre mujer, antes de caer desmayada, logró cortar la cuerda que retenía a su padre, el cual salió lanzado por esa ventana rumbo a la eternidad.
Hubo un silencio, y al fin se oyó el ruido metálico que hacía Gilder al abrir las esposas de Patrick Royce, a quien dijo:
—Creo que debo decir lo que siento, caballero. Usted y esa dama valen más que la esquela de defunción de Armstrong.
—¡Al diablo con Armstrong y su esquela! —gritó brutalmente Royce—. ¿No comprenden ustedes que se trataba de que ella no lo supiera?
—¿Que no supiera qué? —preguntó Merton.
—¿Cómo qué? ¡Que es ella quien ha matado a su padre, imbécil! —rugió el otro—. A no ser por ella, estaría vivo. Cuando lo sepa va a volverse loca.
—No, no lo creo —observó el padre Brown, tomando el sombrero—. Al contrario, creo que debe decírselo. Ni la más sangrienta equivocación envenena la vida tanto como un pecado. Y creo también que en adelante ella y usted podrán ser más felices. Y me voy: tengo que ir a la Escuela de Sordomudos.
Al salir por entre el césped mojado, un conocido de Highgate le detuvo para decirle:
—Acaba de llegar el médico. Va a comenzar la información.
—Tengo que ir a la Escuela de Sordomudos —dijo el padre Brown—. Siento mucho no poder asistir a la información.