Las hojas… Gougaud

Las hojas secas.-
Dios creó el mundo, los árboles las praderas, los lagos, los animales, las aves… y cuando terminó amasó con sus manos un hombre y una mujer. Construyó para él una cabaña en un campo a la sombra de un bosque y para ella una cabaña al borde de un río.
Entre los dos trazó un camino, pero ni el hombre ni la mujer podían verlo porque los dos estaban ciegos. Sus ojos eran como los de los recién nacidos, cuando todavía tienen la puerta de las pupilas cerradas.
Ellos vivieron un tiempo así, sin que nada los acercara, y durante ese tiempo Dios pudo dormir sin preocupaciones.
Pero un día, el hombre y la mujer se metieron al mismo tiempo en las aguas del río y los dos sintieron que del otro lado de las aguas había una presencia infinitamente preciosa para sus vidas, para sus sueños.
Dios, viendo que había aparecido en el mundo el deseo, pensó que no iban a tardar mucho en ir uno junto al otro, y quiso saber quién, si el hombre o la mujer, daría el primer paso.
Hizo caer entonces sobre el camino una tormenta de hojas secas, y se dijo “Cuando yo oiga crujir las hojas me despertaré y veré quién camina sobre ellas y sabré cuál de mis criaturas es mas vulnerable a la fiebre del amor”.
Y así pensando se fue a acostar en su lecho de nubes

Esa noche, la mujer salió a la puerta de su choza buscando a tientas algo de comer y por azar, puso su mano subre un sapo ventrudo y venenoso. El animal le escupió su veneno en la cara y ella, al sentir el ardor se frotó la cara con tanta fuerza y tanto descuido que clavó sus uñas en sus ojos y así fue como sus pupilas se abrieron.
Vió entonces que arriba de ella estaba el cielo, que a su alrededor estaba la tierra, vio un río sinuoso, arboles, mil colores desparramados en la naturaleza y un viejo sol que se estaba acostando en el horizonte. Vió también una casa del otro lado del camino y delante de sus pies desnudos un sendero que conducía a ese lugar que (no supo por qué) la atraía tanto.
Y vió también las hojas secas.
Se dio cuenta entonces que si iba a la casa pisando las hojas harían ruido y el Viejo Dios lo sabría. Y tuvo el presentimiento de que era mejor que eso no sucediera.
Después de pensar un poco, encontró el medio de engañar los oídos divinos. Corrió a llenar su cántaro en el río y regó las hojas secas y las hizo mullidas para que no hicieran ruido cuando ella las pisara. Cuando hubo terminado, con mucho cuidado caminó hasta donde estaba el que ella deseaba conocer. Dios apenas si suspiró, roncó un poco y siguió durmiendo.

La mujer encontró que el hombre estaba muy bien hecho, admirablemente. Ella le abrió los ojos con dos rápidos movimientos de sus uñas. El entonces encontró que la mujer era tal como la que había deseado en sus sueños de ciego. Ellos comenzaron a tocarse y, temblorosos terminaron por acostarse juntos y encontraron a tientas los caminos deseados, gozaron y se preguntaron cómo habían podido sobrevivir uno lejos del otro.
Por fin, la mujer dijo: Mira: el sol está saliendo. Dios no va a tardar en despertarse y yo no quisiera que nos encuentre juntas acá, uno encima del otro. Debo partir, pero si quieres, puedes venir mañana por la noche a buscarme a mi casa.
Al día siguiente el hombre vió por primera vez una mañana, vio luego cómo las sombras se acortaba, vió cómo el sol del mediodía que caía a plomo, secaba las hojas y más tarde las sombras que se alargaban a medida que se acercaba el anochecer.
Finalmente vió la luna y su corte de estrellas. Entonces, cantando dulcemente, se fue a buscar a su amor.

Sus pies rompieron pesadamente las hojas que se quebraban y crepitaban, pero no se preocupó porque no podía pensar en nada más que en el placer que iba a disfrutar con su amada. Hasta que, de pronto, sintió una voz que sonaba como un trueno:
– Dónde vas tú, hijo mío.
El hombre se encorvó, temeroso y se puso las manos sobre la cabeza.
– Veo que eres tú el que primero sucumbió a la fiebre del amor. Sea así hasta el fin de los tiempos. Serás tú el que busques a la mujer y la mujer esperará que tú le ruegues que te ame.
– Pero Señor… intentó explicar el hombre. Pero no se atrevió a seguir
– No dijo nada.
Estaba muy enamorada y tenía miedo del juicio de Dios sobre la mujer que amaba.
Sólo él, desde aquéllos tiempos, sabe que la mujer es la que primero elige. Es su deseo el que enciende los fuegos. Es ella la que dice “Mírame” y entonces el hombre se le acerca y mientras en lo alto el viejo Dios sonríe, el hombre le pide que lo ame.-

El desgarro

Cómo? Que quién hizo el mundo como es? Dios, por supuesto. Todo el mundo lo sabe.
Cómo? Que cómo hizo al hombre y a la mujer? Y por que ellos se aman, se besan, se casan? Eso es algo que el alma sabe en el fondo de cada uno, pero el alma es tímida y no habla. Escuchen la verdadera historia.

El primer ser vivo que Dios hizo tenía un cuerpo y dos caras. Era un ser fuerte, inteligente, sabía desfrutar del cielo y de la tierra con el corazón y con los sentidos, sabía que la verdadera luz se ve con los ojos cerrados, sabía lo que saben los muertos y lo que también saben los niños antes de estar en el vientre de su madre. Sabía todo lo de las alturas y todo lo de las profundidades. No tenía más deseo que el de vivir la vida que le había sido dada.

Pero… a Dios le gustaba disfrutar de las alegrías del mundo. Un día de verano descubrió un vino burbujeante. Lo bebió, hizo chasquear la lengua, empezaron a brillarle los ojos, su nariz se puso colorada, empezó a reírse de nada, a aplaudir, a bailar, se descontroló de tal forma que se enganchó con las estrellas y rodó por las escaleras. Fue como un rayo en la tormenta. ¿Qué dónde se cayo? Justo sobre el ser doble que miraba nacer la noche al borde de un arroyo de montaña.
El golpe lo partió por la mitad.
Una mitad quedó mirando al cielo y la otra mitad cara a tierra.
Las dos mitades se levantaron al mismo tiempo y quisieron volver a juntarse. Pero una mitad sintió que una fusta dura empujaba desde el centro de su entrepierna enloquecida. Al mismo tiempo la otra mitad gemía e hizo un hueco en su vientre para acoger esa carne viva que era su propia carne, su propia vida. La maravilla del reencuentro duró el tiempo que dura un grito de amor. Y luego se separaron tal como Dios los había dividido.
Desde entonces el hombre y la mujer se encuentran, se unen, se separan, se buscan una y otra vez hasta el infinito.
Ellos sufren el desgarro y no viven más que para curarlo.
Hacen el amor gozando porque sus vientres y sus espíritus saben que no son más un solo ser.-

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