Hace mucho tiempo existía una pequeña y solitaria casa en lo profundo de los bosques del Norte de Japón. La casa era el hogar de un cazador, quien solía alimentarse con los conejos, aves y otras presas que se encontraban en aquellas montañas y bosques.
Como cabría esperar de un hombre viviendo sólo en las profundidades de uno de los ya de por sí más solitarios parajes de Japón, el cazador vivía al día; si no era capaz de encontrar algún ave, un jugoso conejo o algún otro animal, no tendría nada que comer a excepción de algunos magros vegetales que él mismo cultivaba.
Un día de otoño, muy parecido a cualquier otro, el hombre se encontraba cazando en los bosques, en una montaña llamada Shinoda-ga-mori. Él podía sentir que algo no andaba bien. Desde hacia varias semanas las manadas de animales habían estado escaseando, al igual que las aves, lo que le hacía cuestionarse: «¿A dónde habrán ido todos los animales?»
Consternado, continuó su camino hasta llegar a un arroyo donde se encontró con un zorro (キツネ Kitsune) . Los zorros no son muy buenos para comer, por supuesto; su carne es poca, pero ante tanta necesidad, poca carne era mejor que no tener carne alguna.
Al igual que el cazador, el zorro se veia hambriento y delgado, aunque no por eso perdia su magnificencia: su piel era gruesa y su cola -de un rojo intenso- era prueba de que éste ejemplar había visto ya varios inviernos.
El cazador preparó su rifle.
El zorro, que hasta entonces había estado bebiendo agua del riachuelo sin percatarse de la presencia del hombre, levantó la vista justo antes que éste tirara del gatillo. El cazador dudó, y el zorro se sentó lentamente sobre sus patas traseras, sin apartar nunca la vista del hombre, y juntó sus patas delanteras como si estuviera rezando, implorándole al cazador por su vida.
El hombre se quedó perplejo: nunca antes en todos sus años de cazador -que no eran pocos- había visto tal comportamiento. El cazador sabía que lo único que tenia que hacer era tirar del gatillo para disfrutar de su cena más una piel abrigadora para los meses de invierno. El zorro parecía saberlo también, y esto de alguna manera conmovió el corazón del cazador quien lo dejó ir.
El zorro hizo una rápida reverencia y se alejó dejando al cazador anonadado, preguntándose qué había hecho y con el estómago gruñéndole.
La noche comenzó a caer y el cazador tuvo que regresar a su casa sin nada más que las últimas verduras que le quedaban para acallar su hambre.
El cazador estaba acostumbrado a vivir en aquellas tierras solo, con alguna ocasional visita de algún leñador que pasara por las cercanías o fugitivos, por lo que se sorprendió cuando alguien llamó a su puerta, y más sorprendido quedó de ver que era una mujer la que se encontraba afuera.
– Buenas noches -, dijo la dama.
– Buenas noches -, respondió el cazador cautelosamente.
El cazador la invitó a pasar, pues se sentía solo, y muchas veces deseaba tener a alguien con quien poder conversar en noches tan frías como esta.
La muchacha le contó que iba a visitar a sus familiares que vivían del otro lado de las montañas, y sin querer se había desviado del camino y se había perdido. El hombre se disculpó pues solo tenia unas pocas verduras y algo de sake, pero la mujer le ofreció de la comida que ella llevaba para sus familiares en agradecimiento. Y casi instantáneamente ella preparó las más exquisitas comidas para el cazador: conejo, pollo y hasta papas dulces de postre. Él quedó satisfecho por primera vez en mucho tiempo.
Los dos conversaron mientras comían, y se extendieron hasta ya entrada la noche. A la mañana siguiente la mujer le dijo que le agradaba mucho el hogar del cazador, rodeado de montañas y ríos y bosques.
– «¿Te importaría que me quedara un poco más?»
Por supuesto que al cazador no le importó. Pronto ese ‘un poco más’ se convirtió en semanas y las semanas en meses y los meses en años, y poco a poco los dos se encariñaron el uno con el otro. Eventualmente la mujer se dio cuenta que estaba encinta, y después dio a luz al hijo del cazador.
Las cosas mejoraron mucho para el cazador, los animales volvían a caer en las trampas, él y su esposa y su hijo Dojimaru tenían carne en abundancia, y con la ayuda de la mujer su magro jardín había crecido y ahora tenia una mayor variedad de plantas.
Un día, sin embargo, cuando después de haber dado la vuelta a una colina desde donde se divisaba su hogar el cazador pudo observar a su esposa cuidando a su hijo, y al lado de los dos ¡una cola roja!
Enojado, el cazador cayó en la cuenta de que había sido engañado por el zorro al que salvó la vida, y sin pensarlo regresó furioso a su casa.
– ¡Date un baño! – gritó.
– ¿Pero y el niño…?
– ¡Yo lo cuidaré!
El hombre sabia que a los zorros les disgusta el agua, por lo que pensó que si ella se negaba a bañarse, se probaría el verdadero origen de la mujer. Sin embargo ella accedió y al poco tiempo él hombre escuchó el golpetear del agua.
Pero el cazador no quedó contento con esto, así que buscó una rendija a través de la cual poder observar a su mujer, y cuando la encontró, fue grande su sorpresa, ya que la mujer estaba usando su cola para remover el agua.
Aun así, él cazador la había amado, pero el pensar en el futuro que tendría su hijo lo hacia rabiar, ya que si alguien descubría la identidad de su madre harían mofa de él. De esta manera decidió enseñarle al niño cómo comportarse, escribiéndole en un cuaderno lo que debía o no hacer:
· Nunca te pares en la vía que divide los tatami y la puerta, pues la gente es supersticiosa acerca de esto.
· Nunca caces mariposas, libélulas u otros insectos. Los zorros y otros animales podrán hacerlo, pero nunca las personas.
· Nunca tragues de un bocado tu comida, ya que el hacerlo es signo de malas costumbres.
Una vez terminada su lista, se volvió hacia la mujer-zorro quien se había transformado de nuevo en humano.
– Yo soy el zorro de Shinoda-ga-mori-, dijo ella.
– ¿Así me pagas por haber salvado tu vida?
– No. Yo ya te había pagado, pero eso fue hace mucho tiempo. Te di comida en lugar de mi propia carne, me quedé contigo y te di compañía porque estabas tan solo que ni tu mismo te dabas cuenta.»
Las lágrimas rodaron por sus mejillas mientras hablaba.
– Te he dado un hijo -, le dijo, recuperando su compostura-. Ahora cuida bien de él, que yo he de regresar a Shinoda-ga-mori.
Al día siguiente ella se fue dejándole una nota:
«Si el niño llora y llora y no para, tráelo a Shinoda-ga-mori. Si tienes problemas con el niño, tráelo a Shinoda-ga-mori. Por favor cuídalo mucho.»
No pasó mucho tiempo hasta que Dojimaru notó la falta de su madre y comenzó a llamarla con llantos desesperados. El padre no podía callarlo, por lo que se decidió a llevarlo a al bosque como había dicho su mujer.
Al poco tiempo de haber llegado apareció un zorro frente al hombre y su desconsolado hijo, y Dojimaru, al ver a un zorro por primera vez en su vida,se asustó mucho, tanto que se ocultó detrás de su padre y cesó su llanto.
El cazador entendió entonces que esta era la forma en la que el zorro había planeado detener al niño para buscar a su madre. También entendió el dolor de la madre al observar cómo su hijo se escondía temeroso de ella.
Padre e hijo regresaron entonces a casa. El niño tuvo una infancia normal hasta que el cazador le enseñó a leer y escribir. Dojimaru aprendía a una velocidad sorprendente docenas de caracteres chinos cuando otros niños sólo aprendían unos pocos. Lo mismo pasaba con las matemáticas, que mientras los otros niños de su edad tenían problemas con la suma y la resta, Dojimaru se aburría ya con las multiplicaciones y divisiones; esto era por supuesto, resultado de su herencia.
Así, Dojimaru tuvo gran éxito en la vida y pronto fué él quien proveía a su padre con todo lo necesario, haciendo que el cazador dejara de cazar por necesidad.
HISTORIA DE ZUMURRUD Las mil y una noches Las mil y una noches es una colección de relatos en los que se idealiza el modo de vivir y de pensar en la India y la China medievales, fábulas pobladas de jóvenes hermosos como lunas, esclavas de ingenio sin igual, princesas dotadas de todas las gracias y jerarcas que ejercen un poder omnímodo, las más de las veces cruel, pero disculpados, cuando no ensalzados porque son los elegidos de Alah, el más sabio, prudente, poderoso y benéfico. Para llevar a cabo sus hazañas, estos personajes de perfil regio cuentan con el concurso de magos y genios, que les confieren potestad para realizar los hechos más prodigiosos e increíbles. 1 El libro comienza contando la historia de Schariar , uno de esos reyes prudentes y benéficos que, tras degollar a su esposa, manda que le sirvan cada noche una joven a la que, tras arrebatar su virginidad, hace matar. Su conducta es sangrienta, pero justificada. En lo pasional, por el dolor sufrido a consecuencia del adulterio de su esposa; en lo racional, por las palabras del poeta: “¡Amigo: no te fíes de la mujer; ríete de sus promesas! ¡Su buen o mal humor depende de los caprichos de su vulva! ¡Prodigan amor falso cuando la perfidia las llena y forma como la trama de sus vestidos!”. Al cabo de tres años, agotadas las vírgenes del reino, el visir se ve forzado a sacrificar a una de sus hijas, Scherezade, quien, gran conocedora de historias y leyendas, acepta gustosa el reto de sobrevivir al ensañamiento del rey. Antes de entregarla, el visir, padre juicioso, la alecciona por última vez, contándole la fábula de un labrador que, atendiendo el consejo del gallo sobre cómo tratar a las gallinas, responde a las preguntas de su mujer azotándola hasta que ella le pide perdón besándole los pies. Y desde entonces vivieron felices hasta la muerte. Durante mil y una noches, Scherezade consigue mantener en suspenso su condena encadenando historias con las que entusiasma a un rey vengativo y asesino, aunque ella lo considera “bien educado y dotado de buenos modales”. Finalmente, Schariar y su hermano Shazaman se casan con las hermanas Scherezade y Dunyazade. De entre los cientos de personajes que pueblan Las mil y una noches, los más populares son Simbad, Aladino y Alí Babá, cuyos viajes, su lámpara mágica y sus cuarenta ladrones han impresionado kilómetros de celuloide, en color y en blanco y negro. Más interesante que todos ellos, Zumurrud ha sido ignorada por los cineastas (excepto por el singular Pasolini). Quizá por ser una mujer que supera a los hombres. O quizá por algunos ingredientes de su historia: lujuria desaforada, homosexualidad masculina, conflicto religioso. En las páginas siguientes expongo un resumen del cuento de Zumurrud, seguido de algún comentario. 1 Schariar, “gran rey” en lengua persa, perteneció a la dinastía de los sasánidas, que gobernaron Persia durante los últimos siglos anteriores al Islam. En aquel tiempo, el imperio persa se extendía más allá del Ganges, llegando hasta los confines de China. Shazaman, hermano menor de Schariar, era el sultán de Samarkanda.
Relato de Zumurrud y Alischar, hijo de Gloria Tomo 3, noches 316/331 Sintiendo próxima su muerte, un mercader llamado Gloria previene a su hijo Alischar contra los peligros que lo acecharán: “El mundo se puede comparar a un herrero: si no te quema con el fuego de la fragua, o no te saca un ojo o los dos con las chispas del yunque, seguramente te ahogará con el humo. ¡No creas que, cuando el Destino te traicione, encontrarás amigos de fiel corazón en tu camino negro! ¡Oh soledad! ¡Al que te cultiva enseñas la fuerza del que no se desvía y el arte de no fiarse más que de sí mismo! ¡Si lo examina tu atención, verás que el mundo es nefasto por sus dos caras: una la constituye la hipocresía, y la otra la traición!”. Pese a tan lúcida misantropía, el viejo matiza: “¡Pero si el Destino coloca en tu camino un ser excepcional, trátalo con frecuencia solo para mejorarte! No descuides los consejos de la gente de experiencia, ni creas inútil pedir consejo a quien pueda dártelo”. Su último consejo es: “¡Huye del vino! Es causa de todos los males”. Cuando muere el viejo Gloria, en su lápida inscriben los versos siguientes: “¡Nací del polvo, al polvo vuelvo y polvo soy! ¡Nadie sabrá nada de mis sentimientos ni experiencias! ¡Es como si no hubiera vivido nunca!”. Desoyendo los consejos de su padre, Alischar “se dejó tentar por jóvenes pérfidos, hijos de zorra, adulterinos sin vergüenza. Y conoció a sus astutas madres y hermanas, hijas de perro. Y se sumergió hasta el cuello en el libertinaje”, convencido de que solo se vive una vez. En poco tiempo, Alischar, “reducido al límite extremo de la miseria, se vio obligado, un día en que no había comido nada desde la víspera, a salir del miserable khan en que se alojaba, y a mendigar de puerta en puerta por las calles”. En la plaza del mercado asiste a la subasta de una esclava anunciada como “la soberana de todas las lunas, la perla de las perlas, la virgen llena de pudor, la noble Zumurrud, incitadora de todos los deseos y jardín de todas las flores!”. Entre los pujadores había “un viejo deforme y asqueroso, de ojos azules y bizcos, que se llamaba Rachideddín” cuya oferta de mil dinares es rechazada por la esclava. Puede hacerlo porque su dueño le ha jurado “no cederla más que al comprador que le guste”. Así Zumurrud fue burlándose del aspecto de sus aspirantes hasta que “acabó por fijar su mirada en Alischar. Y el aspecto del joven la inflamó súbitamente con el amor más violento”. Zumurrud dice a Alischar: “¡Quiero ser tu esclava a cualquier precio!”. Ante el silencio de Alischar, Zumurrud se acerca a él, que no tiene más remedio que confesar su pobreza. Entonces, la esclava le entrega mil dinares, con los que el joven la compra. Durante un año, Alischar y Zumurrud viven una felicidad plena gracias a la pasión mutua y a la habilidad de la joven para tejer cortinas que entrega a su dueño para que las venda en el mercado, con una sola condición: “Guárdate muy bien de cedérsela a cualquier mercader de paso que no sea conocido en el zoco, pues eso sería causa de una cruel separación entre nosotros”. Un día, pese a la advertencia de su esclava, Alischar vende la cortina a un cristiano. Tras la venta, el joven advierte que el comprador lo sigue, y trata de deshacerse de él, pero el cristiano invoca los preceptos musulmanes de la hospitalidad para forzar a Alischar a llevarle a su casa y darle de beber y de comer. El cristiano solo pide un trozo de pan seco, pero Alischar no tiene comida en casa y debe salir al zoco a comprar algo. Mientras come, el cristiano aprovecha una distracción de su huésped para drogarlo. Entonces abre la puerta a su hermano Rachideddín, “el miserable de los ojos azules al cual no había querido pertenecer Zumurrud, y que había jurado poseerla a la fuerza a todo trance”, y con la ayuda de varios hombres raptan a la joven.
Ya en su casa, el “miserable cristiano” pretende adueñarse de Zumurrud en cuerpo y alma: “Empieza, antes de acostarte en mis brazos y de experimentar mi valentía en el combate, por abjurar de tu descreída fe y consentir en ser cristiana, como yo soy cristiano. ¡Por el Mesías y la Virgen!”. Ante lo que la joven musulmana responde: “¡Por Alah! ¡Podrás hacer que me corten en pedazos, pero no conseguirás que abjure de mi fe; podrás apoderarte de mi cuerpo por la violencia, pero no someterás mi espíritu a la impureza compartida!”. Mientras el viejo la azota, Zumurrud proclama: “¡No hay más Dios que Alah, y Mahoma es el enviado de Alah!”. Aunque Alischar ha ingerido droga “en dosis suficiente para derribar a un elefante y dormirlo durante un año”, al día siguiente despierta y descubre la ausencia de su esclava. Desesperado, se rasga los vestidos y se golpea el pecho con dos piedras, corriendo enloquecido por las calles. Compadecida de su dolor, una buena vieja decide ayudarle. Tras localizar a Zumurrud, urde un plan. A la noche siguiente, la joven deberá saltar por la ventana para reunirse con Alischar que la estará esperando en la calle. Siguiendo las instrucciones de la vieja, Alischar va a la casa del cristiano, pero se queda dormido y un ladrón que pasa por allí le roba sus ropas, de modo que, cuando Zumurrud salta por la ventana, es el ladrón quien la recoge y se la lleva a cuestas. Ya lejos de la ciudad, Zumurrud se extraña de la fortaleza del falso Alischar, que se presenta: “¡Soy Djiwán el kurdo, el compañero más terrible de la gavilla de Ahmad Ed-Danaf! ¡Somos cuarenta mozos que llevamos mucho tiempo privados de carne fresca! ¡La noche próxima será la más bendita de tus noches, pues todos te cabalgaremos sucesivamente, y te pisaremos el vientre, y nos revolcaremos entre tus muslos!”. Entonces, Zumurrud, “viendo que su destino aciago la perseguía y que no podía luchar contra él, se dejó llevar por su raptor sin oponer resistencia y se contentó con suspirar: ¡No hay más Dios que Alah! ¡Me refugio en Él! ¡Cada cual lleva su Destino atado al cuello, y haga lo que quiera, no puede alejarse de él!”. Los ladrones vivían en una cueva, atendidos por la madre de Djiwán: “Cuida bien de esta gacela hasta mi regreso, pues voy a buscar a mis compañeros para que la cabalguen conmigo. Te ruego que la alimentes bien, para que pueda soportar nuestras cargas y nuestros asaltos”. La vieja envidia la suerte de la joven: “Hija mía, ¡qué dichosa serás cuando penetren en tu centro cuarenta mozos robustos, sin contar al jefe, que él solo es tan fuerte como todos los demás juntos! ¡Por Alah! ¡Qué suerte tienes con ser joven y deseable!”. Durante la noche, Zumurrud condena su propia resignación: “¿En qué indiferencia condenable caigo al presente? ¿Voy a aguardar sin moverme la llegada de esos cuarenta bandoleros perforadores, que me estropearán al taladrarme y me llenarán como el agua llena un buque hasta hundirlo en el fondo del mar? ¡No, por Alah! ¡Salvaré mi alma y no les entregaré mi cuerpo!”. A la mañana siguiente, Zumurrud aprovecha el sueño de la vieja para vestirse ropas de hombre y escapar a lomos de un caballo. “Galopó sin descanso durante diez días y diez noches”. En su huida, Zumurrud atraviesa un desierto, una pradera y, finalmente, llega a una ciudad cuyos habitantes la reciben dando gritos de júbilo. “Fueron a su encuentro emires a caballo y personajes y jefes de soldados, que se prosternaron y besaron la tierra con muestras de sumisión de súbditos a su rey. Y al mismo tiempo millares de guerreros a caballo se formaron en dos filas para separar y contener a las masas en el límite del entusiasmo, y un pregonero público anunciaba al pueblo a toda voz la feliz llegada de su rey”. Entonces, el gran chambelán se acerca a Zumurrud y le explica: “Sabe que la costumbre de los habitantes de esta ciudad, cuando muere nuestro rey sin dejar hijo varón, es
dirigirnos a este camino y aguardar la llegada del primer caminante que nos envía el Destino para elegirlo como rey y saludarlo como a tal”. “Zumurrud, que era una mujer de seso y de excelentes ideas, dijo al gran chambelán y a los demás dignatarios: ¡Oh vosotros todos, no creáis que yo soy algún turco de oscuro nacimiento o hijo de algún plebeyo! ¡Al contrario! ¡Tenéis delante de vosotros a un turco de elevada estirpe que ha resuelto recorrer el mundo buscando aventuras! ¡Y como precisamente el Destino me hace dar con una ocasión bastante propicia para ver algo nuevo, consiento en ser vuestro rey!”. “Los emires y chambelanes, después de revestirla con los atributos regios, la hicieron sentar en el trono de oro de los antiguos reyes. Y todos juntos se prosternaron y besaron el suelo entre sus manos, pronunciando el juramento de sumisión”. Para inaugurar su reinado, Zumurrud manda repartir los tesoros regios “entre los soldados, los pobres y los indigentes”, regala ropas de honor a los dignatarios y a sus mujeres, manda abolir impuestos y contribuciones, libera a los presos “y corrigió todos los males”. Pero “lejos de ser dichosa, Zumurrud no hacía más que pensar en su amado Alischar. Y no cesaba de llorar cuando estaba sola, ni de rezar y ayunar para atraer la bendición de Alah sobre Alischar”. Por otra parte, como todos la tenían por hombre, se maravillaban de su continencia. Así pasó un año y todas las mujeres del palacio levantaban los brazos, desesperadas, y exclamaban: “¡Qué desgracia para nosotras que el rey sea tan devoto y casto!”. Un día, Zumurrud manda construir un pabellón en cuyo interior hace “colocar un trono, y tantos asientos como dignatarios había en palacio”. Tras inaugurarlo con un festín, dice: “¡En adelante, durante todo mi reinado, os convocaré en este pabellón a principios de cada mes, y os sentaréis en vuestros sitios, y convocaré asimismo a todo el pueblo, para que tome parte en el banquete, y coma y beba, y dé gracias al Donador por sus dones! ¡Los pregoneros públicos llamarán a mi pueblo al festín y les advertirán que será ahorcado quien se niegue a venir!”. Cumpliendo sus órdenes, al principio del mes los pregoneros convocaron a “vosotros todos, ricos y pobres, hambrientos y hartos…”. Durante el banquete, Zumurrud examina a cada comensal hasta descubrir hartándose de arroz con leche al “miserable cristiano Barssum”, que ha ido hasta allí buscando a la esclava fugitiva. Zumurrud ordena su detención: “Llevaos a ese miserable perro fuera de la ciudad, desolladle vivo, rellenadle con hierba de la peor calidad y clavad la piel en la puerta del meidán! En cuanto al cadáver, hay que quemarlo con excrementos secos y enterrar en el albañal lo que sobre”. El mes siguiente es detenido Dijwán, segundo raptor de Zumurrud y, como su predecesor, seducido por el arroz con leche, “redondeó en la palma el prodigioso pedazo que había sacado, hizo con él una bola tan gorda como una cidra, y se la arrojó al fondo de la garganta, en donde se hundió con el estruendo de un trueno o con el ruido de una cascada en una caverna sonora, hasta el punto de que la cúpula del pabellón resonó con un eco sonoro que hubo de repetir saltando y rebotando.” Dijwán sigue la misma suerte que el cristiano. El tercer mes acude Rachideddín, que busca a su hermano. También él es detenido mientras come arroz con leche y también sigue la suerte de los anteriores, aunque antes de morir recibe mil palos en cada planta de los pies. Sin embargo Zumurrud sigue triste: “¡Gracias a Alah, que me ha apaciguado el corazón ayudándome a vengarme de quienes me hicieron daño! ¡Pero todo ello no me devuelve a mi amado Alischar!”. En respuesta a sus plegarias, Alischar entra en el pabellón. Cuando Alischar despertó frente a la casa de Rachideddín, donde había ido a rescatar a Zumurrud, comprendió su desgracia y cayó enfermo. Durante un año, fue cuidado por la buena vieja, que al fin lo convenció para que saliera en busca de su amada. Así llegó al reino de Zumurrud, entró al pabellón y se puso a
comer arroz con leche. Llevado ante Zumurrud, Alischar explica el motivo de su presencia. Luego, se echa a llorar y se desmaya. Zumurrud ordena que lo laven, lo vistan y, al anochecer, lo lleven a su cámara, donde lo espera echada en la cama. Tras invitarle a comer y beber le pide que le dé masajes en los pies, en las piernas, en “el ombligo, pasando por el centro”. Al llegar a este punto, Alischar se niega. Entonces Zumurrud finge encolerizarse: “¡Cómo! ¿Te atreves a desobedecerme? ¡Por Alah! ¡Como vaciles otra vez, la noche será bien nefasta para tu cabeza! ¡Apresúrate, pues, a satisfacer mi deseo y yo a cambio te convertiré en mi amante titular, y te nombraré emir entre los emires, y jefe del ejército entre mis jefes de ejército!”. Seguidamente, le pide que se baje los pantalones y se tumbe boca abajo, provocando una nueva protesta de Alischar: “¡Se trata de una cosa que no he hecho en mi vida, y si me quieres obligar a cometerla, te pediré cuenta de ello el día de la Resurrección! ¡Por lo tanto, déjame salir de aquí y marchar a mi tierra!”. Ante la amenaza de ser decapitado, Alischar obedece y se acuesta, sintiendo sobre él el cuerpo del rey, aunque “sin sentir nada espantoso ni perforador”. Cuando el rey se separa de él y se echa a su lado, Alischar piensa: “¡Bendito y glorificado sea Alah, que no ha permitido que el zib se enarbolase!”. Pero entonces Zumurrub le dice: “¡Sabe, oh Alischar! que mi zib no acostumbra a encabritarse como no lo acaricien con los dedos. ¡Por lo tanto, tienes que acariciarlo, o eres hombre muerto! ¡Vamos, venga la mano!”. Y tomando la mano del joven “se la colocó suavemente sobre la redondez de su historia”, haciendo que Alischar diga para sí en el límite del asombro: “¡Este rey tiene hendidura! ¡Es la cosa más prodigiosa de todos los prodigios!”. Entonces, Zumurrud rompe a reír y se da a conocer, preguntándole “¿Opondrás todavía resistencia?”. “Y Alischar, por toda respuesta, se echó encima de ella como el león sobre la oveja y, reconociendo el camino, metió el palo del pastor en el saco de provisiones y echó adelante sin importarle lo estrecho del sendero. Y llegado al término del camino, permaneció largo tiempo tieso y rígido, como portero de aquella puerta e imán de aquel mihrab. Y ella, por su parte, no se separaba ni un dedo de él, y con él se alzaba, y se arrodillaba, y rodaba, y se erguía, y jadeaba, siguiendo el movimiento. Y se contestaban con tales suspiros y gritos, que los dos pequeños eunucos, atraídos por el ruido, levantaron el tapiz para ver si el rey necesitaba sus servicios”. A la mañana siguiente, Zumurrud comunicó a los dignatarios su decisión de abdicar para irse a vivir con el joven, lo que hizo llevando consigo “cajones y cajones de provisiones, de riquezas, de alhajas, de ropas, de cosas suntuosas, de oro y de plata”, cargadas en mulos y camellos. Al llegar a Khorasán, “Alischar, hijo de Gloria, no dejó de repartir grandes limosnas a los pobres, las viudas y los huérfanos, ni de entregar regalos extraordinarios a sus amigos, conocidos y vecinos. Y ambos vivieron muchos años, con muchos hijos que les otorgó el Donador”
Acerca de Zumurrud y Alischar, hijo de Gloria De todas las historias que he leído en Las mil y una noches, la de Zumurrud es la más arriesgada. En ocasiones, el erotismo se vuelve sexualidad desaforada, como cuando Djiwán revela el destino que aguarda a la joven: “¡Somos cuarenta mozos que llevamos mucho tiempo privados de carne fresca! ¡La noche próxima será la más bendita de tus noches, pues todos te cabalgaremos sucesivamente, y te pisaremos el vientre, y nos revolcaremos entre tus muslos!”. La brutalidad del bandido se copia en el servilismo tránsfuga de la vieja, que ensalza la suerte de las violadas: “Hija mía, ¡qué dichosa serás cuando penetren en tu centro cuarenta mozos robustos, sin contar al jefe, que él solo es tan fuerte como todos los demás juntos! ¡Por Alah! ¡Qué suerte tienes con ser joven y deseable!”. No hace falta tener un conocimiento exhaustivo de la literatura universal para afirmar que este elogio de la violación en masa es uno de los pasajes más nauseabundos jamás descritos. Reconozco que estuve a punto de cerrar el libro. Pero no lo hice. Uno de los motivos que me impulsan a leer es aprender; otro, entender. Tenía claro que la historia de la pobre Zumurrud nada podía enseñarme. Pero quería comprender por qué hoy todavía se ensalza este tipo de literatura. Vale que seguimos viviendo en un mundo hecho por los hombres para los hombres. Pero, ¿a qué clase de individuo, tenga lo tenga entre las piernas, puede gustarle “eso”? En fin, que me puse una pinza en la nariz y seguí leyendo. Pocas veces mi tenacidad se ha visto recompensada de un modo tan sorprendente. Por increíble que parezca, en el mismo cerebro cabían las aberraciones comentadas y el erotismo más puro y enternecedor. Zumurrud, haciéndose pasar por rey, finge su propósito de sodomizar a Alischar. Tras pedirle que acaricie su cuerpo, desde los pies hasta “el ombligo, pasando por el centro”, lo obliga a bajarse los pantalones y acostarse boca abajo. Al no sentir “nada espantoso ni perforador”, Alischar pasa del apuro al alivio: “¡Bendito y glorificado sea Alah, que no ha permitido que el zib se enarbolase!”; del alivio al asombro cuando Zumurrud le toma la mano para ponerla sobre su pubis: “¡Este rey tiene hendidura! ¡Es la cosa más prodigiosa de todos los prodigios!”; y, finalmente, al gozo cuando Zumurrud se da a conocer: “Alischar se echó encima de ella como el león sobre la oveja, y reconociendo el camino, metió el palo del pastor en el saco de provisiones. Y ella, por su parte, con él se alzaba, y se arrodillaba, y rodaba, y se erguía, y jadeaba, siguiendo el movimiento. Y se contestaban con tales suspiros y gritos, que los dos pequeños eunucos, atraídos por el ruido, levantaron el tapiz para ver si el rey necesitaba sus servicios”. Es también el único relato (de los que he leído) en que se menciona la homosexualidad masculina: las insinuaciones maliciosas acerca de la castidad del rey aumentan cuando Zumurrud hace llevar a sus aposentos al joven Alischar. Y si el joven se resiste a bajarse los pantalones no es porque lo considere algo insólito, sino porque no lo ha hecho antes y teme al dolor. En otro plano, es llamativa la inclusión del conflicto religioso. Su protagonista se convierte en mártir por sus creencias cuando el “miserable cristiano” pretende adueñarse de ella en cuerpo y alma: “Empieza, antes de acostarte en mis brazos, por abjurar de tu descreída fe y consentir en ser cristiana, como yo soy cristiano. ¡Por el Mesías y la Virgen!”. Ante lo que la joven musulmana responde: “¡Por Alah! ¡Podrás hacer que me corten en pedazos, pero no conseguirás que abjure de mi fe; podrás apoderarte de mi cuerpo por la violencia, pero no someterás mi espíritu a la impureza compartida!”. Mientras el viejo la azota, Zumurrud clama: “¡No hay más Dios que Alah, y Mahoma es el enviado de Alah!”.
Pese a la hostilidad entre seguidores de uno u otro credo, en las plegarias de Zumurrud se aprecia la fuente común de las tradiciones musulmana y hebrea: “¡Oh tú que devolviste a lussuf a su anciano padre Jacob (José y Jacob), que curaste las llagas incurables del santo Ayub (Job)!”. En la tumba del viejo Gloria (noche 316ª) se inscribe el verso: “Nací del polvo, al polvo vuelvo y polvo soy!”, eco del versículo 3:20 del Eclesiastés: “Todo viene del polvo y retorna al mismo polvo”. Otro aspecto destacable de esta historia es la gran cantidad de preceptos diseminados por el cuento: “No te crees nunca relaciones ni frecuentes la sociedad, porque el mundo se puede comparar a un herrero: si no te quema con el fuego de la fragua, o no te saca los ojos con las chispas del yunque, seguramente te ahogará con el humo (…) ¡Oh soledad! ¡Cara soledad bendita, al que te cultiva enseñas la fuerza del que no se desvía y el arte de no fiarse más que de sí mismo! (…) ¡Si lo examina tu atención, verás que el mundo es nefasto por sus dos caras: una la constituye la hipocresía, y la otra la traición! ¡Pero si el Destino coloca en tu camino un ser excepcional, trátale con frecuencia solo para mejorarte! (…) ¡Huye del vino! Es causa de todos los males (…) ¡Nací del polvo, al polvo vuelvo y polvo soy! ¡Nadie sabrá nada de mis sentimientos ni experiencias! ¡Es como si no hubiera vivido nunca!”. En cuanto a la aventura, muchos pasajes solo son aceptables desde una mentalidad pueril. Y no me refiero a la doble paradoja de que Zumurrud sea una esclava libre que puede comprar a su dueño, ni tampoco al hecho de que un pueblo se haga gobernar por el primero que pase. Al fin y al cabo, desprovista de fantasía esta colección de historias se quedaría en las tapas. Hablo del exceso de situaciones inverosímiles que podrían haberse evitado fácilmente. Por ejemplo: ¿Es posible que un joven desesperado se quede dormido durante el rescate de su amada, momento en el que debiera sentir la máxima excitación? ¿Puede su sueño ser tan profundo que no se entere de que lo están desnudando? El relato ganaría solo con que el bandido le diese un golpe en la cabeza y lo desvalijase mientras estaba inconsciente. Por otro lado, también extraña que Zumurrud, pudiendo escapar a través de la ventana, no lo haya hecho antes. ¿Por qué aguardar a que la buena vieja planease su fuga? Que el cristiano logre convencer a Alischar puede explicarse por su astuta invocación de la preceptiva musulmana. Cuesta más admitir que Alischar salga de su casa, dejando a su amada a merced del odioso y nada fiable cristiano. Pero lo que más desconcierta es que en su despensa no tenga ni siquiera un trozo de pan seco. Porque, aunque así fuera, ¿cómo es que sabiéndolo ha regresado a casa sin comprar algo de comida con el dinero recibido por la cortina? ¿Acaso él y su esclava se alimentan del aire? Seguramente el narrador podría haber puesto en labios del cristiano una petición de algo más insólito que un mendrugo. Conocida la costumbre de los monarcas de ser bañados y vestidos por sirvientes, sorprende que, al cabo de un año, Zumurrud siga manteniendo el secreto de su sexo: “Todos la tenían por hombre”. Para inaugurar su reinado, Zumurrud reparte los tesoros regios “entre los soldados, los pobres y los indigentes”, manda abolir impuestos y contribuciones, libera a los presos y, en fin, corrige “todos los males”. Esta insistencia en convencernos del empeño de los reyes por acabar con la miseria de sus súbditos aparece en varios relatos, lo que no impide que en el párrafo siguiente se revele la persistencia de diferencias sociales: un año después, Zumurrud convoca a “todos, ricos y pobres, hartos y hambrientos”. Moraleja: por grande que sea su bondad, nada podrá hacer un monarca para redimir la infame condición de su pueblo.
ZINEBY SULTÁN DE BASORA (PRIMO DE HARUM AL RASHID, SULTÁN DE BAGDAD)
Zineby tenía 2 visires: Jacán. Bondadoso Sauy detesteble
Jacán tenía un hijo. NUREDDIN
En la corte de Zineby se hablaba sobre las esclavas. Para algunos solo debían Ser hermosas y bien formadas para consolarse de las mujeres sin tanta belleza, con las cuales se casaban por alianzas o intereses Savy y otros pensaban de esta manera.
Para otros debían Ser hermosas y poseer grandes conocimientos cultura ser afables y saber cantar. Jacán y otros pensaban de esta manera.
El sultán Zineby ofreció 10,000 monedas de oro a quién le consiguiese una esclava con esas condiciones.
Jacán se comprometió a conseguir una esclava con esas condiciones.
Lo hizo * la llevó a su casa* su esposa principal le sugirió que se quedará 15 días con elios para ponerla en las mejores condiciones.
El visir Jacàn aceptó.
Su hijo Nureddin en un descuido de su padre entró al cuarto de la bella persa…
Ante lo qué aconteció ya no pudo entregar a la visa persa al Sultán cenovi.
Otra vez su mujer le sugirió Cómo actuar. Con un ardid obligaron a Nuredin a casarse con la bella persa y ocultarle al Sultán la verdad.
Pasó el tiempo El visir Jacàn falleció. Su hijo Nuredin gastó toda la fortuna.
La bella persa le dijo que debía llevarla al mercado y venderla.
El malvado visir Savy quiso comprarla y nuredin se negó a venderla.
La pelea en el mercado.
La queja del visir sabe ante el sultán cenoby y contarle lo que había hecho el visir Jacàn. Cómo le había ocultado la bella persa. Cómo nuredin se había casado con la bella persa prometida para él.
La huida a BAGDAD
Los jardines de Bagdad.
El cheikh Ibrahim.
El palacio de las pinturas.
HARUN AL RASHID DE LUCES ENCENDIDAS Y ENOJADO LLEGA DISFRAZADO HASTA EL PALACIO.
Allá en los tiempos del califa Haroun-al-Raschid, vivía en Bagdad un rico mercader con su anciana esposa y un hijo único, llamado Abul -Hassan de edad de treinta años…
Parte 1
Parte 2
Parte 3
Parte 4.
Fin de ABUL HASAN, el durmiente despierto.
Maravillosa y divertida historia de las Mil y Una Noches. Modos de edición.