ARLT TALLER VIRTUAL 2025 2

El hombre del turbante verde

El hombre del turbante verde

Roberto Arlt
A ningún hombre que hubiera viajado durante cierto tiempo por tierras del Islam podían quedarle dudas de que aquel desconocido que caminaba por el tortuoso callejón arrastrando sus babuchas amarillas era piadoso creyente. El turbante verde de los sacrificios adornaba la cabeza del forastero, indicando que su poseedor hacía muy poco tiempo había visitado la Ciudad Santa. Anillos de cobre y de plata, con grabados signos astrológicos destinados a defenderle de los malos espíritus y de aojamientos, cargaban sus dedos.

Abdalá el Susi, que así se llama nuestro peregrino del turbante verde, terminó por detenerse bajo el alero de cedro labrado de un fortificado palacio, junto a una reja de barras de hierro anudadas en los cruces, tras la cual brillaba una celosía de madera laqueada de rojo. Junto a esta reja podía verse un cartelón, redactado simultáneamente en árabe y en francés:

Se entregarán 10.000 francos a toda persona que suministre datos que permitan detener a los contrabandistas de ametralladoras o explosivos.

EL ALTO COMISIONADO

No bien el piadoso Abdalá terminó de leer esta especie de bando, cuando al final de la calle resonaron los gritos de un pequeño vendedor de periódicos italiano:

-¡La renuncia de Djamil! ¡Mardan Bey, primer ministro! ¡La renuncia de Djamil! ¡Mardan Bey, primer ministro!

Abdalá el Susi movió, consternado, la cabeza. Pronto comenzaría el terror. Pronto chocarían nuevamente extremistas y moderados. Alejose lentamente del cartelón, pegado junto a la celosía roja, diciéndose:

“No sería mal negocio pescar los diez mil francos”. Evidentemente, alguien estaba sembrando la campaña siria de ametralladoras livianas, que el diablo sabía de dónde brotaban. Un consulado de Damasco no era ajeno a esta infiltración. Por su parte, él, Adbalá el Susi, no creía absolutamente en nada, ni en la peregrinación a La Meca, ni en los anillos astrológicos ni en el turbante verde. Las luchas de nacionalistas y moderados le resultaban una estupidez. No tenía finalidad cambiar de amo: Llegado el momento, todos golpeaban a la cabeza con la misma frialdad. Lo importante era vivir y vivir sin hacer nada, bajo ese hermoso cielo africano. Con diez mil francos podían hacerse muchas cosas…

Nuevamente volvió la cabeza con disimulo. Nadie le seguía y ello le regocijó, porque su conciencia no estaba sumamente tranquila.

Su conciencia no se encontraba sumamente tranquila porque él había vivido en las más diversas regiones de África. Claro está que él no podía confesar desde el alto de un alminar cuáles eran los motivos que le indujeron hacía tres años a refugiarse en plena selva congolesa, donde muchos meses vivió penosamente, alimentándose con carne de elefante. Tampoco podía decir qué era lo que buscaba en los alrededores de Dahomey, donde se le vio atracarse como un miserable de horribles gusanos fritos o indigestarse de langosta seca en las puertas mismas de Fez, o pasearse como un cadí prevaricador por las calles de Túnez en un automóvil flamante.

Su existencia había sido variada y culposa. ¡Hasta llegó a ser miembro de una banda de ladrones de elefantes!

Ahora el decente turbante verde que adornaba su cabeza, la escrupulosamente limpia chilaba que con hacendosos pliegues revestía su flaco cuerpo, la renegrida barba que le caía sobre el pecho indicaban que Abdalá el Susi era un musulmán devoto, que no solo había cumplido con su peregrinación a La Meca, sino que también era muy probable que disfrutara de ciertas rentas.

Y efectivamente, las rentas de que Abdalá el Susi disfrutaba eran el producto de un robo de alhajas cometido en El Cairo, en perjuicio de una gorda y estúpida turista americana. Estas alhajas habían sido vendidas a un judío del ghetto de Tetuán; su propietaria no las encontraría jamás, mientras que él, Abdalá el Susi, con el producto de aquel robo podría aún vivir tres meses, sin necesidad de cometer ningún acto de violencia o astucia.

De pronto el tortuoso callejón se abrió como el tubo de un embudo en una plazuela, entoldado por el follaje de una vid. En el centro de este zoco se veía una fuente; el suelo, de puntiaguda piedra, estaba cubierto de sombras movedizas, y más allá, bajo un inmenso toldo amarillo, junto a un muro encalado, se abría la arcada de un café musulmán.

Sillas esterilladas invitaban a reposar. Siempre con paso grave llegó Abdalá el Susi hasta el toldo amarillo, y con respetable talante se instaló en un sillón, cruzándose de piernas. Encendió un cigarrillo y golpeó las manos. Un mofletudo muchacho con bombachas anaranjadas y un fez rojo, se detuvo frente a él; el Susi pidió café y luego comenzó a meditar.

Un imbécil, por ejemplo, se presentaría ahora mismo en la Alta Comisaría de Dimisch esh Sham para solicitar autorización al Alto Comisionado para descubrir a los contrabandistas, y los porteros y los covachuelistas de la Alta Comisaría, simultáneamente, en sus casas, en el café, en el mercado, dirían:

-Por fin se ha presentado un musulmán prudente que va a intentar descubrir a los contrabandistas de ametralladoras.

Y este musulmán prudente, como es lógico, antes de descubrir nada, moriría cualquier noche con el cuerpo hecho una criba de tiros y puñaladas. No, no, no. Abdalá el Susi no cometería ninguna de estas tonterías. Primero descubriría a los contrabandistas si podía y luego vería al Alto Comisionado.

El Susi echó la mano al bolsillo interno de su chilaba y extrajo un periódico de la mañana.

“Es evidente -decía el articulista- que los contrabandistas se valen de un nuevo medio para sacar fuera de las murallas de la ciudad las ametralladoras y los proyectiles.

“Hasta ahora, inútilmente han sido registrados los automóviles, los ejes de los carros, las más mínimas cargas que transportaban los bueyes, los camellos, los mulos y los campesinos. Todo aquel que sale fuera de las puertas de Dimisch esh Sham llevando el más insignificante paquete en sus manos está seguro de ser registrado. Todas las viviendas cuyas ventanas se abrían sobre las murallas habían sido desalojadas, las casas clausuradas y las ventanas tapiadas. Sin embargo, de la ciudad continúan saliendo respetables cargas de proyectiles para ametralladoras no solo livianas, sino pesadas, que se distribuyen entre los bandidos de la campiña.”

Por supuesto, “los bandidos” eran los líderes nacionalistas extremistas, que luchaban activamente, organizando a los campesinos para la próxima revuelta.

Un gandul se detuvo en la boca del zoco junto mismo al arco de la fuente y comenzó a gritar:

-¡La renuncia de Djamil! ¿Mardan Bey, primer ministro!

Abdalá el Susi, parsimoniosamente, volvió a doblar el periódico en ocho dobleces y se lo guardó entre el pecho y la chilaba. Su mirada, cargada de melancólica dulzura, volvió a posarse, complacida, sobre el arco encalado que se abría sobre una callejuela techada y tan estrecha que parecía un túnel enfardado de sombras azules.

De pronto, en lo alto de un alminar revestido de azulejos amarillos y negros, se vio recortarse la silueta de un hombre. El hombre del alminar, apoyándose en el antepecho sobre el vacío, gritó:

-Dios es grande. Yo atestiguo que no hay más que un Dios. Yo atestiguo que Mahoma es el Profeta. Venid a la oración. Dios es grande y único.

Precipitadamente, Abdalá el Susi abandonó su cómodo sillón de esterilla y, cayendo sobre sus rodillas en las ásperas piedras, se inclinó en dirección hacia La Meca, con los brazos extendidos delante de su cabeza, mientras pensaba:

-Me disfrazaré de Taleb.

Algunos días después de estas pacientes meditaciones podíamos encontrar a Abdalá el Susi sentado sobre una esterilla a la sombra del arco de ladrillo que forma la puerta de Sab el Estha. Frente a él, en una pequeña mesa laqueada de rojo, se veían algunos coranes forrados de pieles teñidas de diferentes colores, y a otro costado algunos pliegos de pergamino auténtico, con pequeñas bolsas de cuero rojo encima.

-Llevad un versículo del Corán, que os libra de enfermedades, falsos testimonios, aojamiento, muerte de ganado…

De tanto en tanto un campesino se acerca a Abdalá el Susi, y Abdalá el Susi escribe en un pergamino, con gruesos caracteres, un versículo del Corán, lo introduce en la bolsa de cuero rojo y se lo entrega al campesino que deja caer algunos cobres sobre la mesa.

-No te apartes nunca de él -le dice el Susi-. Tu ganado se multiplicará.

Mientras habla, el Susi no pierde de vista ni una sola de las personas que entran o salen por la puerta de Bab el Estha.

Yuntas de bueyes y rebaños de carneros pasan frente a sus ojos, vendedores con los pellejos de cabra repletos de aceite, campesinas con pilastras de carbón amarradas por juncos a los sobacos, barberos que se dedican a sangrar. Al lado mismo de Abdalá el Susi se instala un freidor de buñuelos que, de tanto en tanto, frente a la asombrada mirada de los queseros y floristas, arroja por los aires todos los buñuelos que contiene una sartén y luego los recoge sin perder uno. El mismo Abdalá el Susi está asombrado de no recibir una salpicadura de la nauseabunda grasa que utiliza el tunecino.

Con las piernas cruzadas sobre su esterilla, grave el talante y pensativa la mirada, Abdalá el Susi ve llegar los camellos agobiados bajo tremendas cargas con grandes manchones de alquitrán en su piel, para defenderlos de la sarna; pasan los cadíes de las tribus, en visita de ceremonial al Alto Comisionado, revestidos por magníficos albornoces escarlatas.

Pero si es fácil la entrada por la puerta, la salida es difícil. Todo aquel que lleva un bulto, un paquete o una carga es revisado implacablemente por los soldados de capa azul. Inútiles son las protestas de los campesinos, de los turistas. Para registrar a las mujeres de éstos, en una garita tras la puerta de ladrillo hay dos empleadas de policía.

Un día, irónicamente, un soldado le dice a otro:

-Los contrabandistas van desnudos.

Y ambos se ríen de la guasada.

El que no se rió fue Abdalá el Susi.

Con la frente grave bajo su turbante verde, el ex ladrón de elefantes medita envuelto en las nubes de polvo que levanta el ganado al entrar.

Conoce a todos los bribones de los alrededores. Ha identificado al entregador de una banda de asaltantes. Ha reconocido a un estafador inglés que se pasea jactanciosamente con un bastón de bambú y un casco de corcho. Pero él no está allí para ocuparse de bagatelas.

La frase de los dos soldados de capa azul continúa girando en su cerebro: “Los contrabandistas van desnudos”: Claro que es una burla. Pero una burla que no carece de sentido común. Al único hombre a quien los soldados jamás registran, jamás miran, es al mendigo miserable, que con algunos harapos sobre sus riñones, mostrando los huesos bajo la piel amarillenta o llagada, pasa extendiendo su mano. El único hombre a quien los soldados no registran es al hombre desnudo. Al mendigo de los aduares, que con el belfo colgante, la mirada extraviada, sentado junto al suelo, pasa frente a todos, con la pobreza de su repulsiva desnudez a la vista de todos. Pero Abdalá el Susi no deja descansar su pensamiento.

Repite: “Los contrabandistas van desnudos”. Porque es evidente que un hombre desnudo no puede ocultar una ametralladora, a menos que haya encontrado un procedimiento para tornar invisible la ametralladora, y este procedimiento no existe.

Pasan las yuntas de bueyes y los rebaños de moruecos, y las cabras saltarinas, y las carboneras del valle, y los campesinos de la vega, y los cadíes envueltos en sus magníficos albornoces escarlatas, con los bordes revestidos de una trencilla de oro, cantan los muecines a la hora eterna el pregón de la oración, y hace bailar el buñuelero sus buñuelos en la sartén, y Abdalá el Ladrón está allí, sentado sobre su polvorienta esterilla amarilla, repitiéndose por milésima vez.

-¿Cómo puede un hombre desnudo pasar de contrabando una ametralladora sin que se le descubra?

De pronto, el hombre del turbante verde levanta la vista. Es la tercera vez que, frente a sus ojos, pasa ese mendigo, desnudo casi, montado en un borriquillo que apenas se puede mantener en pie. El mendigo tiene la cabeza arrollada en un trapo, y los restos de un pantalón, y el pecho desnudo.

Siempre que este andrajoso entra por la mañana, sale por la tarde, acompañado de algún otro mendigo, tan haraposo como él, tan desnudo como él.

-Estos son los hombres que pueden llevar las ametralladoras de contrabando -le dice Abdalá al teniente francés, que, detenido frente a él, escucha su hipótesis.

-Verás -asegura Abdalá-. Esta tarde, antes de que cierren las puertas de la ciudad, ellos saldrán, los dos desnudos, montados en su borriquito con una ametralladora de contrabando. Y no te extrañes, teniente, si es una ametralladora pesada.

El teniente Levil se aleja de la puerta de Bab el Estha, sonriendo escépticamente. Pero no faltará a su palabra. Esta tarde, con algunos hombres, estará allí para hacerle el juego a ese endiablado sujeto del turbante verde.

Efectivamente, a la caída del sol, el pordiosero que entró semidesnudo a la ciudad montado en un borriquillo, viene acompañado de otro mendigo, también semidesnudo, montado en un borriquillo.

Los dos vagabundos llevan sus pies arrastrando junto al suelo, el cuerpo inclinando sobre el cuello de sus borriquillos sarnosos, un harapo caído sobre la espalda.

El teniente Levil se acerca a Abdalá el Ladrón y le dice:

-Allí están tus hombres.

Entonces, Abdalá el Susi se incorpora de un salto, se acerca a uno de los dos pordioseros y de un puñetazo trata de derribarlo del borrico. El viejo que recibe el puñetazo de Abdalá no se cae del borrico, se inclina a un costado, y permanece allí inerte, mientras que el otro trata de escapar, pero es sujetado por los hombres del teniente Levil.

Entonces Abdalá el Susi le dice al teniente:

-Mira. Han atado a un muerto al borrico. Dentro del pecho del muerto viene oculta una ametralladora.

Y corriendo un andrajo muestra un largo corte en el pecho del cadáver robado.

ARLT TALLER VIRTUAL

2025

UN CHISTE MORISCO

textos.info

Un Chiste Morisco

Roberto Arlt


Cuento


Abdul el Joven, encaramado en lo alto del camello, se dejaba llevar hacia Tánger. Le parecía ver todas las cosas como desde el repecho de una torre.

Había salido de Larache, hecho noche en Arcila y, ahora, bajo el sol de primavera, se acercaba a Tánger conjugando unos verbos holandeses.

Las camellos, avanzando con largas zancadas, en el extremo de su cuello encorvado movían sus cabezas de reptiles hacia todas las direcciones, como si les interesara extraordinariamente lo que ocurría en la carretera y los sembradíos laterales. Pero a los costados de la carretera no ocurría nada extraordinario. De tanto en tanto, pesados, enormes, pasaban vertiginosos camiones cargados de mercadería, y Abdul el Joven pensaba que el tráfico de carga económica servido por camellos no se prolongaría durante mucho tiempo.

¡Malditos europeos! ¡Lo destruían todo!

Abdul el Joven venía pensando en numerosos problemas. Aparentemente estaba al servicio de Mahomet el Sordo, pero, secretamente, trabajaba para Alí el Negro. Alí el Negro había vivido durante cierto tiempo en Francia y se había jugado la piel muchas veces al servicio de Abd El Krim Jartabi. Evidentemente, Alí el Negro estaba vinculado al gran movimiento panislámico y algún día moriría ahorcado, apuñalado o ametrallado por algún terrorista europeo.

“—Tú irás muy lejos —le decía Alí el Negro a nuestro joven camellero—. Eres más astuto que una mujerzuela y hablas el inglés. ¡Quién hablara el inglés! Prepárate a sustituirme aquí en Tánger para cuando me asesinen, pero no te olvides que todavía te falta mucho que aprender. ¿Cómo distinguirías un vulgar trabajo de cemento de un clandestino preparativo de fortificación? ¿Cómo distinguirías una apócrifa cancha de tenis de la base de cemento para una pieza de grueso calibre? ¿Cuándo vas a aprender a usar el telémetro y el teodolito? Lo único que conoces es el inglés, porque tu honorable padre, posiblemente en un momento de locura, te obligó a estudiarlo.

Como Abdul el Joven no tenía nada que hacer, escuchaba respetuosamente estos discursos de su tío, y Alí el Negro, con la boquilla de su narguile prendida entre los carnudos labios, proseguía, al tiempo que olía, una rosa amarilla:

—Acuérdate de estudiar el holandés, que es el idioma de toda el África. Aprende el alemán también, si puedes. Mézclate con el pueblo. Vive constantemente con el pueblo. Mientras no puedas pasar por un cargador de agua, por un domador de serpientes, por un bebedor de fuego, no serás un perfecto espía. A tu próxima vuelta de Larache te tendré alistado un hombre que te enseñará a domesticar serpientes. Ello te será muy útil.

Bajo un sol de fuego que iluminaba los ondulantes prados herbosos, Abdul el joven venía conjugando verbos holandeses y recordando al mismo tiempo estas conversaciones con Alí el Negro. De paso, meditaba en una extraña confidencia que le había hecho un agente de Alí el Negro.

Fue en Arcila. Hacía ya horas que había salido de Arcila. El agente de Alí el Negro en Arcila vivía a unos pasos del famoso y abandonado palacio del cherif Muley Hamed. No lejos del palacio del cherif había un tinglado, y bajo el tinglado un montón de paja. Allí, sentados en cuclillas sobre la paja, se reunían los conductores de camellos, esquiladores de burros y campesinos de los alrededores. En tanto que los haraposos, con el pelo remojado, esperaban a que les afeitaran la cabeza, el barbero que trabajaba al servicio de Alí el Negro solía escuchar, aparentando indiferencia, curiosas noticias e interesantes informes. Luego, diligentemente, los transmitía a su amo.

Pues bien; Abdul el Joven fue y se sentó en cuclillas bajo el tinglado. Un adolescente de labios rojos se acercó a Abdul, le besó con familiaridad en la boca y luego le remojó la cabeza. A continuación, con su gran navaja, se le acercó el barbero, y mientras le afeitaba la cabeza, le susurró al oído:

—Comunícale a Alí el Negro que hace dos semanas viven aquí dos extranjeros. Son alemanes. No se mueven de la costa y meten sus coloradas narices en todos los rincones del río Lecuss. También puedes decirle que el otro día estuvo aquí con ellos Mahomet el Tangerino…

—¿El de la cicatriz en la cara?

—Sí. ¿Lo conoces?

—Hermano, creo que lo conozco.

—Bueno, Aboulcasin se hizo el encontradizo con los hombres de la nariz colorada en la playa, y estuvieron toda la mañana charlando allí, tendidos al sol como tres tiburones.

—Cuidado con mi cabeza.

El barbero se alejó unos pasos, observó el afeitado cráneo de Abdul, y le dijo:

—Estás más hermoso que una hurí.

Abdul sonrió y, luego de arrojarle unos cobres, salió. Varias ideas giraban en su cabeza. ¿Qué tendría que ver Mahomet con los alemanes? ¿Qué significaba ese paseo de cuarenta kilómetros de Tánger a Arcila? Mahomet no era hombre que se costeara tan lejos para recrearse con el paisaje del agua. Si quería ver agua tenía de sobra con el paisaje de Tánger. Allí había gato encerrado. Mahomet se entendía con los hombres que parecían alemanes. ¿Qué significaba eso?

Mahomet tenía un bacalito, un puesto de seda en la Luneta de Tánger. Pero más de una extranjera se detenía frente al bacalito de Mahomet a mercar seda y a dejar entre las pesetas de papel órdenes escritas. Y, ¡oh casualidad!, Abdul el Joven era amigo de una de las tres mujeres de Mahomet. Las esclavas de Mahomet y las dos mujeres de Mahomet sabían que su marido y amo era engañado por su tercera esposa; pero, con ese inquebrantable sentido de la solidaridad que existe entre las mujeres musulmanas, ninguna delataba la infidelidad de Amina. ¡Antes hubieran soportado el tormento!

Abdul sabía que había cubierto de deshonor la casa de Mahomet y, que si eran descubiertos, él y Amina sólo podían esperar la muerte. Pero jamás hubiera sospechado que Mahomet se dedicara al espionaje. La información del barbero era extraordinaria. ¿Y si él utilizara a Amina para que le sonsacara la verdad a su marido?

El adolescente le alcanzó una jofaina de cobre y Abdul se lavó la cabeza; pero mientras se enjabonaba pensaba en lo que diría Alí el Negro cuando se enterara de semejante novedad. ¡Mahomet el Sedero trabajando de espía!

Lo más curioso del caso es que nadie estaba informado en Tánger de la salida de Mahomet hacia Arcila. Una hora atrás Abdul se había cruzado con un agente de Alí el Negro que iba hacia Larache, y el agente no sabía que Mahomet estaba ausente de Tánger. ¿Cómo había escapado Mahomet a la vigilancia que controlaba la salida de todos los hombres desde Tánger hacia las afueras? Sin embargo, Mahomet no podía haber salido volando de Tánger. Únicamente que hubiera partido muy tarde por la noche, por el lado del barrio europeo, y embarcado en una lancha. Eso era probable. Existían en su partida una serie de particularidades raras a investigar. ¿Quién mejor que Amina, la tercera esposa de Mahomet, podía informarle?

Al caer de la noche llegó Abdul a Tánger. Dio cuenta de todas las peripecias del camino a su amo el Sordo; luego, cautelosamente, se dirigió a la casa de Alí el Negro.

Lo encontró apoltronado entre cojines en su jardín, bajo el tupido ramaje de un cedro, leyendo el Corán y fumando su eterno narguile. Abdul sentóse junto a él y dijo:

—¿Sabes quién está complicado en amistad con los alemanes de Arcila?

—No.

—Mahomet el Sedero de la Luneta.

—No.

—Sí.

A continuación Abdul le narró al Negro todo lo que había observado el barberillo de Arcila, mientras arrastraba sus babuchas frente al pórtico del palacio del cherif Muley Hamed.

—¿Cómo iría hasta Arcila? —murmuró el camellero.

—Salió por mar —repuso el Negro—, Ahora me acuerdo que un hermano de Mahomet tiene una finca en las mismas orillas del mar en Arcila. —Y pensativamente, agregó:— Los dos hermanos deben trabajar para los alemanes. ¡Nunca lo hubiera creído! ¿Quieres fumar un narguile?

Abdul levantó la cabeza. Una constelación titilante de luces azules brillaba en la altura de la noche. Pensó en los besos de Amina y dijo, sentencioso:

—Tío, no cambies nunca los besos de una jovencita por las graves palabras de un sabio.

Y sonriendo, besó la mano de su tío y salió.


Mahomet, el sedero de la Luneta, estaba sentado a una mesa del bar de Benavides el Renegado, junto a Mahomet estaba Baba, el estudiante de teología, y Beddrin Hassán, el propietario de una flamante línea de camiones que hacía el servicio entre Tánger y Ceuta. Los tres eran moros y los tres decían, el uno del otro, cuando hablaban a sus amigos cristianos:

—Fíate de un moro cuarenta años después que se haya muerto.

Sin embargo, un espía sabe que siempre algo conveniente se encuentra en el trato de hombres de diversa profesión, aunque a veces se oculta entre esa gente aquél que puede arrastrarlo hasta la muerte.

De pronto, a pedido de Baba el Estudiante, la orquesta, refugiada en el fondo del café bajo una arcada, comenzó a tocar el plañidero Ya asafi. La melodía era tan triste que, súbitamente, el rostro de los tres hombres se cubrió de gozosa angustia. Beddrin Hassán no pudo contenerse y comenzó a canturrear la letra de la canción:


“¡Cómo recuerdo el pasado distante! ¡Oh, Alá; oh, Alá!
¿Qué se han hecho de aquellos días de alegría,
de aquellas tardes y noches de placer dulcísimo?
¡Oh, morada de Andalucía que abandonamos,
no podremos olvidarte nunca!”


Canturreaba Beddrin Hassán y canturreaba el estudiante y, a pesar de su gravedad, el sedero no se pudo sustraer al deseo de acompañarles, y con voz grave se sumó a la canción. En aquel momento se olvidaron de sus bribonadas, y de sus bellaquerías, y de sus intereses, y la penetrante música del Ya asafi estuvo en sus corazones como la mirada negra de una muchacha que ansia ser besada en la boca.

“¡Oh, morada de Andalucía que abandonamos, no podremos olvidarte nunca!”, repetían ahora los tres hombres.

De pronto, los labios de Mahomet se cerraron. Allí, junto a la mesa, barbudo, infamante, estaba el mendigo Namiah.

—¡Dadle una caridad a este pobre huérfano, oh, creyentes! En el día de la Resurrección, esa caridad pondrá a vuestra derecha el libro de las buenas acciones.

Fríamente Beddrin Hassán le arrojó un cobre al mendigo, y éste salió. Algunos minutos después Mahomet recordó una olvidada obligación y se despidió de sus amigos. El estudiante de teología dijo entonces al propietario de los camiones:

—Ten por seguro que ha ido a reunirse con el mendigo.

Efectivamente, el haraposo Namiah se había detenido en el hueco de un pórtico. Refugióse allí, donde nadie lo podía ver; y cuando Mahomet se le acercó, le dijo:

—Escúchame, señor. Abdul, el camellero, está cubriendo tu casa de deshonor.

Una llamarada de fuego subió hasta las sienes del sedero.

Miró en derredor. En el recodo de la callejuela oscura no había presente nadie. ¿Y tras de las persianas? Se volvió cautelosamente hacia Namiah. Tratando de ganar tiempo para ordenar sus pensamientos, repuso:

—¿Estás seguro de que era Abdul? ¿No te habrás equivocado? ¿Comprendes la magnitud del testimonio que estás levantando contra un creyente?

Namiah se retorció bajo su chilaba andrajosa como si un cólico le desgarrara las entrañas, e insistió:

—¡Oh, gloria del Magreb! ¿Cómo puedes dudar de mi palabra? ¿No te he servido siempre tan devotamente como un humildísimo perro?

Mahomet, con sus renegridos ojos de traficante cauteloso, volvió a mirar en derredor. Allá, a veinte pasos del entrante donde ambos estaban refugiados, tras los nudos de una reja, se recortaban los rombos de una persiana espesa. ¿Estaría espiándole desde allí alguna mujer? El mendigo, impaciente, le observaba, esperando su recompensa con tanta avidez que ya se veía a sí mismo en un puesto de pescado mercando un grueso trozo hervido en aceite e hincándole los dientes.

—Abdul. Abdul el camellero. No es posible, Namiah…

—Te lo juro por las barbas del profeta, señor. El mismo. Con una magnífica chilaba y perfumado como una mujerzuela de la Luneta.

Sin embargo, no en vano Mahomet trabajaba de espía. Retorció su furor apretando los dientes y, oprimiendo sobre la chilaba una mano contra su corazón, calculadamente despacio, susurró:

—¿Quién lo sabe además de ti?

—Nadie, señor.

—¿Y cómo sabes que Abdul está en mi casa?

—La puerta del jardín de tu casa se abrió cuando yo pasaba y él entró.

El sedero se mesó la barba: el mendigo podía hablar. Echó la mano a la faltriquera para sacar algunas monedas y extrajo una pequeña bolsita atada. El mendigo comenzó a desatarla, y el puñal del sedero rebrilló su curva en el aire, enganchó con su punta el corazón del haraposo y se retiró. El mendigo se apoyó, temblando, contra el muro, con la bolsa aún entre sus manos. Mahomet le retiró delicadamente la bolsa, volvió el cuchillo a su vaina frente al moribundo, que lo miraba desencajado, y se apartó. Cuando Mahomet volvió la cabeza, Namiah estaba tendido en el suelo en el último sueño.

El sedero se dirigió a su casa. La ley era explícita. Podía condenar a muerte a cualquiera de sus tres mujeres que le fuera infiel, y podía hacerlas ejecutar en su casa, o en la casa del padre de la infiel, contratando los servicios del verdugo. También la ley lo autorizaba a ejecutar al maldito camellero. Sin embargo, la prudencia no dejó de hacer escuchar su llamado.

Si mataba al camellero, perdería el único cabo que le permitiría establecer quién era el organizador del espionaje nacionalista en Tánger. Sin embargo, el furor que encrespaba sus pensamientos era tan recio, que sus ojos lucían como los de un leproso. La esclava de Amina tuvo apenas tiempo de entrar en la habitación donde Amina y el camellero Abdul se reían cara a cara, recíprocamente enganchados por sus brazos:

—¡Estrella de la mañana, que llega el león encrespado!

—¡Me han delatado! —rugió Abdul.

—¡Cállate, fuego del paraíso! —suspiró Amina, y besándolo en la boca lo empujó hacia un arcón—. Métete allí.

Ella misma levantó la tapa, y Abdul empalideció al penetrar en aquel pozo de madera que podía ser su ataúd. Amina bajó la tapa, extendió el tapiz y se dejó caer en su sitial, donde continuó un bordado abandonado. Siniestramente pálido apareció el sedero tras de una cortina. Amina comprendió que estaba descubierta. El sedero miró en derredor. Amina se levantó, avanzó hasta su dueño, le tomó la mano derecha y se la besó. Luego le dijo, sonriendo:

—¡Oh, mi señor, si llegas un minuto antes encuentras aquí a mi amante!

Mahomet dio un salto hacia atrás y echó mano a su puñal.

—Pero como has llegado un minuto después, tuve tiempo para esconderlo en ese arcón.

Con paso inseguro y mirada torva, Mahomet se dirigió al arcón, pero entonces la carcajada de Amina estalló tan vibrante, que el sedero se detuvo como si hubiera recibido un latigazo en el rostro, mientras que su tercera esposa le decía:

—¡Ah, hombre crédulo entre los hombres crédulos! Has creído en una mentira y perdiste tu sabiduría. Paga la pena. Vete inmediatamente a la tienda de Masud y cómprame un pañuelo de seda verde que tiene bordados un ruiseñor de oro, una rosa de plata y un clavel de sangre.

El sedero retrocedió, sonriendo. El honor estaba salvado. Entonces, con el corazón rezumando un odio que lo enloquecía, respondió amablemente, deseando huir de allí:

—¡Oh, gloria de las esposas fieles! He perdido la sabiduría y pagaré mi falta. ¿Has dicho que es…?

—En la tienda de Masud. Un pañuelo…

CHEJOV 2025

EL álbum. Chejov

Anton Chejov

El consejero administrativo Kraterov, delgado y seco como la flecha del Almirantazgo, avanzó algunos pasos y, dirigiéndose a Serlavis, le dijo:

-Excelencia: Constantemente alentados y conmovidos hasta el fondo del corazón por vuestra gran autoridad y paternal solicitud…

-Durante más de diez años -le sopló Zacoucine.

-Durante más de diez años… ¡Jum!… En este día memorable, nosotros, sus subordinados, ofrecemos a su excelencia, como prueba de respeto y de profunda gratitud, este álbum con nuestros retratos, haciendo votos porque su noble vida se prolongue muchos años y que por largo tiempo aún, hasta la hora de la muerte, nos honre con…

-Sus paternales enseñanzas en el camino de la verdad y del progreso -añadió Zacoucine, enjugándose las gotas de sudor que de pronto le habían invadido la frente. Se veía que ardía en deseos de tomar la palabra para colocar el discurso que seguramente traía preparado.

-Y que -concluyó- su estandarte siga flotando mucho tiempo aún en la carrera del genio, del trabajo y de la conciencia social.

Por la mejilla izquierda de Serlavis, llena de arrugas, se deslizó una lágrima.

-Señores -dijo con voz temblorosa-, no esperaba yo esto, no podía imaginar que celebraran mi modesto jubileo. Estoy emocionado, profundamente emocionado, y conservaré el recuerdo de estos instantes hasta la muerte. Créanme, amigos míos, les aseguro que nadie les desea como yo tantas felicidades… Si alguna vez ha habido pequeñas dificultades… ha sido siempre en bien de todos ustedes…

Serlavis, actual consejero de Estado, dio un abrazo a Kraterov, consejero de estado administrativo, que no esperaba semejante honor y que palideció de satisfacción. Luego, con el rostro bañado en lágrimas como si le hubiesen arrebatado el precioso álbum en vez de ofrecérselo, hizo un gesto con la mano para indicar que la emoción le impedía hablar. Después, calmándose un poco, añadió unas cuantas palabras muy afectuosas, estrechó a todos la mano y, en medio del entusiasmo y de sonoras aclamaciones, se instaló en su coche abrumado de bendiciones. Durante el trayecto sintió su pecho invadido de un júbilo desconocido hasta entonces y de nuevo se le saltaron las lágrimas.

En su casa lo esperaban nuevas satisfacciones. Su familia, sus amigos y conocidos le hicieron tal ovación que hubo un momento en que creyó sinceramente haber efectuado grandes servicios a la patria y que hubiera sido una gran desgracia para ella que él no hubiese existido. Durante la comida del jubileo no cesaron los brindis, los discursos, los abrazos y las lágrimas. En fin, que Serlavis no esperaba que sus méritos fuesen premiados tan calurosamente.

-Señores -dijo en el momento de los postres-, hace dos horas he sido indemnizado por todos los Tsufrimientos que esperan al hombre que se ha puesto al servicio, no ya de la forma ni de la letra, si se me permite expresarlo así, sino del deber. Durante toda mi carrera he sido siempre fiel al principio de que no es el público el que se ha hecho para nosotros, sino nosotros los que estamos hechos para él. Y hoy he recibido la más alta recompensa. Mis subordinados me han ofrecido este álbum que me ha llenado de emoción.

Todos los rostros se inclinaron sobre el álbum para verlo.

-¡Qué bonito es! -dijo Olga, la hija de Serlavis-. Estoy segura de que no cuesta menos de cincuenta rublos. ¡Oh, es magnífico! ¿Me lo das, papá? Tendré mucho cuidado con él… ¡Es tan bonito!

Después de la comida, Olga se llevó el álbum a su habitación y lo guardó en su secreter. Al día siguiente arrancó los retratos de los funcionarios, los tiró al suelo y colocó en su lugar los de sus compañeras de colegio. Los uniformes cedieron el sitio a las esclavinas blancas. Kolás, el hijo pequeño de su excelencia, recortó los retratos de los funcionarios y pintó sus trajes de rojo. Colocó bigotes en los labios afeitados y barbas oscuras en los mentones imberbes. Cuando no tuvo nada más para colorear, recortó siluetas y les atravesó los ojos con una aguja, para jugar con ellas a los soldados. Al consejero kraterov lo pegó de pie en una caja de fósforos y lo llevó colocado así al despacho de su padre.

-Papá, mira, un monumento.

Serlavis se echó a reír, movió la cabeza y, enternecido, dio un sonoro beso en la mejilla a Nicolás.

-Anda, pillo, enséñaselo a mamá para que lo vea ella también.

CHEJOV 2025 Cuento

Un drama Anton Chejov


-Una señora pregunta por usted, Pavel Vasilich! -dijo el criado-. Hace una hora que espera.

Pavel Vasilich acababa de almorzar. Hizo una mueca de desagrado, y contestó:

-¡Al diablo! ¡Dile a esa señora que estoy ocupado!

-Esta es la quinta vez que viene. Asegura que es para un asunto de gran importancia. Está casi llorando.

-Bueno. ¿Qué vamos a hacerle? Que pase al gabinete.

Se puso, sin apresurarse, la levita, y, llevando en una mano un libro y en la otra un portaplumas, para dar a entender que se hallaba muy ocupado, se encaminó al gabinete. Allí lo esperaba la señora anunciada. Era alta, gruesa, colorada, con antiparras, de un aspecto muy respetable, y vestía elegantemente.

Al ver entrar a Pavel Vasilich alzó los ojos al cielo y juntó las manos, como quien se dispone a rezar ante un icono.

-Naturalmente, ¿no, se acuerda usted de mí? -comenzó con acento en extremo turbado-. Tuve el gusto de conocerlo en casa de Trutzky. Soy la señora Murachkin.

-¡Ah, sí!… Haga el favor de sentarse. ¿En qué puedo serle útil?

-Mire usted, yo… , yo -balbuceó la dama, sentándose, y más turbada aún -. Usted no se acuerda de mí… Soy, la señora Murachkin… Soy gran admiradora de su talento y leo siempre con sumo placer sus artículos. No tengo la menor intención de adularle, ¡líbreme Dios! Hablo con entera sinceridad. Sí, leo sus artículos con mucho placer… Hasta cierto punto, no soy extraña a la literatura. Claro es que no me atrevo a llamarme escritora, pero… no he dejado de contribuir algo…, he publicado tres novelitas para niños… Naturalmente, usted no las habrá leído… He trabajado también en traducciones… Mi hermano escribía en una revista importante de Petrogrado.

-Sí, sí… ¿Y en qué puedo serle útil a usted?

-Verá usted… – y bajó los ojos, poniéndose aún más colorada -. Conozco su talento y sus opiniones. Y quisiera saber lo que piensa… o, más bien, quisiera que me aconsejase… En fin, he escrito un drama, y antes de enviarlo a la censura quisiera que usted me dijese…

Con mano trémula sacó un voluminoso cuaderno.

Pavel Vasilich no gustaba sino de sus propios artículos; los ajenos, cuando se veía obligado a escucharlos, le producían la impresión de un cañón a cuyos disparos sirviera él de blanco. A la vista del gran cuaderno se llenó de terror y dijo:

-Bueno…, déjeme el drama, y lo leeré.

-Pavel Vasilich! -suplicó la señora, con voz suspirante y juntando las manos-. Ya sé que está usted muy ocupado y no puede perder ni un minuto. Tampoco se me oculta que en este momento está usted enviándome a todos los diablos, pero…, tenga usted la bondad de permitirme que le lea mi drama ahora, y le quedaré obligadísima.

-Tendría un gran placer, señora, en complacer a usted; pero… no tengo tiempo. Iba a salir.

-Pavel Vasilich -rogó la visitante, con lágrimas en los ojos-. Le pido a usted un sacrificio. Sé que soy osada, impertinente, pero ¡sea usted generoso! Mañana me voy a Kazan, y no quisiera irme sin saber su opinión. ¡Sacrifíqueme usted media hora… sólo media hora!

Pavel Vasilich no era hombre de gran voluntad y no sabía negarse. Cuando vio a la señora disponerse a llorar y a prosternarse ante él, balbuceó:

-Bueno, acepto… Si no es más que media hora…

La señora Murachkin lanzó un grito de triunfo, se quitó el sombrero, se sentó, y empezó a leer.

Leyó primeramente cómo el criado y la criada hablaban largo y tendido de la señorita Ana Sergeyevna, que ha hecho edificar en la aldea una escuela y un hospital. Después del diálogo con el criado la criada recita un monólogo conmovedor sobre la utilidad de la instrucción; luego vuelve el criado y refiere que su señor, el general, mira con malos ojos la actividad de su hija Ana Sergeyevna; quiere casarla un oficial, y considera un lujo inútil la instrucción del pueblo. Después el criado y la criada se marchan y entra Ana Sergeyevna en persona. Hace saber al público que se ha pasado en claro la noche pensando en Valentín Ivanovich, hijo de un pobre preceptor y mozo de nobles sentimientos, que mantiene a su padre enfermo. Valentín es un hombre instruidísimo, pero en extremo pesimista. No cree ni en el amor ni en la amistad, encuentra estúpida la vida y quiere morir. Ana Sergeyevna está decidida a salvarlo.

Pavel Vasilich escuchaba y pensaba en su diván, en el que tenía la costumbre de descansar un poco después del almuerzo. De vez en cuando lanzaba a la señora Murachkin una mirada llena de odio.

-¡Que el diablo te lleve! -pensaba-. ¿Qué culpa tengo yo de que hayas escrito un drama estúpido? ¡Qué cuaderno, Dios mío! ¡No se acaba nunca!

Miró el retrato de su mujer, colgado en la pared, y recordó que aquélla le había encargado que comprase y llevara a la casa de campo cinco metros de cinta, una libra de queso y unos polvos para los dientes.

-¿Dónde he puesto yo la muestra de la cinta? -pensaba-. Creo que está en el bolsillo de la chaqueta… Con tal que no se pierda… Las malditas moscas han manchado el retrato. Le tendré que decir a Olga que lo limpie… Esta endemoniada está leyendo ya la escena octava; el primer acto está, probablemente, tocando a su fin… Pobre señora, está muy gruesa para tener inspiración. Qué idea más graciosa la de meterse a escribir dramas! Mas valía que hiciera medias o que cuidase a las gallinas…

-¿No le parece a usted este monólogo demasiado largo? -preguntó de pronto la señora Murachkin, levantando los ojos del cuaderno.

Él no había oído palabra de dicho monólogo, y ante la pregunta inesperada manifestó gran confusión.

-¡Nada de eso! Al contrario, me gusta mucho.

La señora Murachkin puso una cara gozosísima, radiante de dicha, y continuó leyendo:

«Ana. Te entregas con exceso al análisis psicológico. Olvidas demasiado el corazón y atribuyes a la razón excesiva importancia. Valentín. ¿Y qué es el corazón? Es un concepto anatómico, un término convencional, sin sentido alguno para mí. Ana (Turbada.) ¿Y el amor? ¿Dirás también acaso que no es sino el producto de la asociación de ideas?… Valentín (Con amargura.) ¡No abramos las viejas heridas! (Una pausa.) ¿En qué piensas?. Ana. Sospecho que no eres feliz.»

Durante la lectura de la escena diez y seis, Pavel Vasilich bostezó de un modo en absoluto inesperado, y él mismo se asustó de su poca galantería. Para disimularla se apresuró a dar a su rostro la expresión de un hombre que escucha con gran interés.

-La escena diez y siete -se dijo- y el primer acto aun no se ha acabado. ¡Dios mío! Si esto se prolonga diez minutos más, no sé qué voy a hacer… ¡Es insoportable!

Al fin la dramaturga leyó con voz triunfante:

«¡Telón!»

Pavel Vasilich lanzó un suspiro de alivio y se dispuso a levantarse; pero la señora Murachkin volvió la página y, sin haberle dado tiempo para respirar, continuó leyendo:

«Acto segundo. La escena representa una calle de la aldea. A la derecha, la escuela; a la izquierda, el hospital. En la escalinata del hospital están sentadas unas campesinas.»

-¡Perdóneme! -interrumpió Pavel Vasilich-. ¿Cuántos actos son?

-¡Cinco! -respondió rápida la señora Murachkin; y, como si temiera que echase a correr, continuó a toda prisa:

«En la ventana de la escuela se encuentra Valentín. En el fondo se ve a los campesinos salir y entrar en la taberna.»

Como un condenado a muerte que hubiera perdido toda esperanza de ser indultado, Pavel Vasilich no se hizo ya ilusiones, y se resignó. Sólo se preocupó de tener los ojos abiertos y de conservar en el rostro una expresión atenta. El momento dichoso de su porvenir en que aquella señora acabase la lectura del drama y se fuera le parecía muy lejano.

-Rim, run, run… run, run, run -zumbaba sin tregua en su oído la voz de la señora Murachkin.

-Se me había olvidado tomar bicarbonato -pensaba-. Tengo que cuidarme el estómago… Antes de marcharme iré a ver a Smírrov… ¡Calla, un pajarito se ha parado en la ventana! Debe de ser un gorrión.

Sus párpados parecían de plomo, y hacía esfuerzos sobrehumanos para no dormirse. Bostezó y miró a la señora, que tomó ante sus ojos soñolientos formas fantásticas; comenzó a oscilar, y se convirtió en un ser tricéfalo, que llegaba al techo. La señora leía:

«Valentín. No, permíteme que me vaya. Ana Asustada ¿Por qué? Valentín (Aparte.) ¡Se ha puesto pálida! (A ella.) No, no me obligues a que te diga las verdaderas razones. ¡Prefiero morir a decírtelas! Ana (Tras una corta pausa.) ¡No, no puedes partir!… »

La señora Murachkin empezó a inflarse, a inflarse. No tardó en parecerle a Pavel Vasilich una enorme montaña que llenaba toda la estancia; luego, súbitamente, se hizo muy pequeñita cómo una botella, y desapareció después con la mesa que había ante ella. Pero siguió leyendo:

«Valentín (Sosteniendo en sus brazos a Ana.) ¡Tú me has resucitado! ¡Tú me has enseñado el sentido de la vida! ¡Has sido para mi alma seca como una lluvia bienhechora! Pero, ¡ay!, es demasiado tarde. Soy una víctima de una enfermedad incurable.»

Pavel Vasilich se estremeció y fijó una mirada vaga, estúpida, en la señora Murachkin. Durante un minuto la miró así, sin comprender nada, perdido en absoluto el sentido de la realidad.

«Escena undécima. Los mismos; después, el barón y el oficial de policía. Valentín. ¡Deténganme! Ana ¡Y a mí también, le pertenezco! La amo más que a mi vida. El barón Ana Sergeyevna, olvidas el daño que tu conducta causará a tu noble padre… »

La señora Murachkin empezó nuevamente a inflarse, se hizo grande como una montaña, llenó toda la estancia. Entonces Pavel Vasilich, dirigiendo en torno suyo miradas salvajes, lanzó un alarido de terror, tomó de la mesa un pesado pisapapeles, y con todas sus fuerzas lo descargó sobre la cabeza de la señora Murachkin.

-¡Deténganme, la he matado! -dijo momentos después, cuando acudió la servidumbre.

El jurado dictó un veredicto de inculpabilidad

CHEJOV 2025 A

MASTER CLASS CHEJOV

Bienvenidos a estas dos clases de  19 a 21 horas.

Conoceremos acerca del mundo de Chejov, tan necesario para los narradores.

Motivos:

Calidad de texto.

(un narrador debe buscar incesantemente material de calidad)

2. La economía de palabras en los cuentos. (Debemos reconocer que la literatura es hermosa para ser leída, pero en la oralidad cambia absolutamente de forma)

3. Menos palabras utilizadas, aportan mucha más profundidad a lo que está sucediendo en el cuento.

4. En este caso, Chejov, también escritor de piezas de teatro. Nos enseña la fortaleza del personaje. «Hacer».

Menos conversación de narrador

Y más gesto y silencio de parte de los personajes.

5. Trabajaremos con relatos de una carilla o una carilla y media.

6. Muchos de los relatos de Chejov tienen mucho humor y tristeza a la vez. El balance perfecto.

***

MATERIAL TEÓRICO

PRÁCTICA DE CUENTOS

RESOLVER Y NARRAR FRAGMENTOS DE CUENTOS DE OTROS AUTORES AL ESTILO CHEJOV.

A lo largo del taller iremos desvelando aspectos de la vida de este gran escritor.

Tal vez el mayor cuentista de la historia.

 

SUBTEXTO EN CHEJOV

Los cuentos de Chéjov tienen un subtexto rico y complejo. Por eso lo que no se dice explícitamente es tan importante como lo que se dice.

El subtexto en los cuentos de Chéjov puede incluir:

  1. Conflictos emocionales no expresados
  2. Tensiones sociales y culturales
  3. Críticas sutiles a la sociedad
  4. Reflexiones sobre la condición humana

Esto requiere que el oyente   debe completar el discurso para enriquecerlo  con su experiencia vivida.

***

RODARI EL MAGO ENLACES

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CUENTOS POR TEL

…

RODARI CUENTOS EN CIUDAD SEVA

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VIDEO UNA JOYA EN ITALIANO

LA MAGIA DE RODARI CON LOS NIÑOS

…

VIDEOS

CUENTOS DE RODARI DE PEDRO PARCEThttps://www.youtube.com/playlist?list=PLWTXvF2mDQEfcpCLc-umooMn2fGCP1CSs

RODARI EL MAGO CONCEPTOS

Hola querida gente.
Bienvenidos al TALLER RODARI

Trazo unas pequeñas líneas para dar a entender cuál es el fundamento de este taller compartido.

Trata de temas reflexivos sobre el valor y la potencialidad de los personajes de los cuentos de Rodari.

Sobre la humanidad de estas historias.
Estos cuentos han nacido en conjunto entre los niños y el maestro Rodari.
Cuando contamos hacemos nacer en forma renovada el cuento ya sabido, debido a los oyentes presentes.
Narrar es transitar el mundo porque todos los cuentos suceden en algún espacio físico.
Sabemos y no sabemos…
Creemos que conocemos a los personajes, Pero no.
La gran dificultad del narrador es que no ahonda en los sentimientos ni en la problemática de los personajes.
Estos talleres sensibles están llenos de preguntas sin respuestas.
Están llenos de propuestas que se multiplican de acuerdo a la inventiva y la reflexión de cada compañero de taller.
Confíen plenamente en aquel niño que aún somos.
Confíen plenamente en seguir descubriendo como narradores hasta el último momento.
Esto es un taller razonado que se va desarrollando con las preguntas que me hago.
Con las preguntas que se hacen.
Aquí se revela la vida personal a través de los cuentos.
Se revelan los cuentos a través de nuestra vida personal.
Este trabajo tiene muchos años de preparación.

Cuento estas historias hace más de 20 años sumada a una recopilación de ideas pero no pretendo enseñar, simplemente deseo mantenerlo como laboratorio vivo, tal cual es nuestra vida.
Jamás se detiene
El silencio no es mudo
Los pensamientos continúan
Con este método enseño a narrar con absoluta libertad.
No hay mayor verdad que decir desde nuestra propia experiencia.
El cuento está escrito
Ya no es del autor
Ya no es del narrador
Es de los personajes
Ellos nos miran y nos interpelan
Si no hacemos un acto consciente de ver la vida que hay dentro de un cuento los demás solo van a ver una representación.
Propongo sensaciones, percepciones, no certezas.
Vamos a disfrutar y empatizar con los cuentos y los personajes.
Buen taller!

RODARI EL MAGO CUENTOS

LAS MONAS VIAJERAS

Un día las monas decidieron hacer un viaje de aprendizaje. Camina que camina, se pararon y una preguntó:

-¿Qué es lo que se ve?

-La jaula de un león, el estanque de las focas y la casa de la jirafa.

-Qué grande es el mundo y qué instructivo es viajar.

Siguieron el camino y se pararon solo al mediodía.

-¿Qué es lo que se ve ahora?

-La casa de la jirafa, el estanque de las focas y la jaula del león.

-Qué extraño es el mundo y qué instructivo es viajar.

Se pusieron en marcha y se pararon solo a la puesta del sol.

-¿Qué hay para ver?

-La jaula del león, la casa de la jirafa y el estanque de las focas.

-Qué aburrido es el mundo: se ven siempre las mismas cosas. Y viajar no sirve precisamente para nada.

Claro: viajaban, viajaban, pero no habían salido de la jaula y no hacían más que dar vueltas en redondo como los caballos del tiovivo.

………

Domingo por la mañana

El señor César era muy rutinario.

Todos los domingos por la mañana se levantaba tarde, daba vueltas por casa en pijama y a las once se afeitaba, dejando abierta la puerta del baño.

Aquel era el momento esperado por su hijo Francisco, que tenía solo seis años, pero manifestaba ya una inclinación por la medicina y la cirugía. Francisco tomaba el paquete de algodón hidrófilo, la botellita de alcohol desnaturalizado, el sobre de los esparadrapos, entraba al baño y se sentaba en el taburete a esperar.

-¿Qué hay? -pregunta el señor César, enjabonándose la cara.

Los otros días de la semana se afeitaba con la máquina eléctrica, pero el domingo usaba todavía el jabón y las cuchillas. Francisco se torcía en el pequeño asiento, serio, sin responder.

-¿Entonces?

-Bien -decía Francisco- puede ser que tú te cortes. Entonces yo te curaré.

-Ya -decía el señor César.

-Pero no te cortes a propósito como el domingo pasado -decía Francisco severamente-, a propósito no vale.

-De acuerdo -decía el señor César.

Pero cortarse sin hacerlo aposta no lo lograba. Intentaba equivocarse sin quererlo, pero es difícil y casi imposible. Hacía de todo para estar distraído, pero no podía. Finalmente, aquí o allá, el corte llegaba y Francisco podía entrar en acción. Secaba el hilo de sangre, desinfectaba, pegaba el esparadrapo. Así cada domingo el señor César regalaba un hilo de sangre a su hijo, y Francisco estaba convencido de ser útil a su distraído padre.

……

EL BURRO VOLADOR

Sobre la orilla del río, en una casita de madera, vivía una familia muy pobre. Eran tan pobres que la comida nunca alcanzaba para todos, y por lo menos uno tenía que quedarse en ayunas cada vez que la familia comía. Los niños le preguntaban al abuelo:

-¿Por qué no somos ricos? ¿Cuándo nos haremos ricos también nosotros?

El abuelo respondía:

-Seremos ricos cuando vuele el borrico.

Los chicos se reían. Pero algo creían. De vez en cuando iban al establo donde el burro masticaba su pasto seco; entonces, le acariciaban el lomo y le decían:

-Esperamos que no tardes mucho en decidirte a volar.

Por la mañana, no bien se despertaban, iban corriendo a ver al burro:

-¿Vas a volar hoy? Mirá que lindo, qué hermosos cielo. Es un día perfecto para volar.

Pero el burro solo le hacía caso a su pasto.

Un día comenzó a llover mucho. El río creció. Cedió el dique y las aguas se derramaron sobre los campos.

Aquella pobre gente tuvo que refugiarse en el techo de la casita, y allí llevaron también al burro, porque el burro constituía toda su riqueza.

Los chicos lloraban de miedo. El abuelo les contaba muchas historias y, de vez en cuando, para hacerlos reír, le decía al burro:

-Tonto y recontratonto, ¿no ves en qué lío nos metiste? Si supieses volar, nos salvarías.

Los salvaron, en cambio, unos bomberos con su lancha y los llevaron a un lugar seco. Pero el burro no quiso subir a la lancha de ninguna manera. Los niños ahora lloraban por el burro y le suplicaban juntando las manos:

-¡Ven con nosotros! ¡Ven con nosotros!

-Vamos -dijeron los bomberos-, después vendremos a buscar al burro. Primero tenemos que rescatar a mucha gente.

¡Nunca se vio una inundación tan terrible!

La lancha se alejó y el burro se quedó en el techo, plantado sobre sus patas, inmóvil.

¿Saben cómo lo salvaron” ¡Con un helicóptero! La bonita mariposa con motor se detuvo en el cielo sobre la cabeza del animal, zumbando. Un hombre descendió por una soga y, por lo visto, sabía bastante de burros, porque lo sujetó con cuidado por debajo de la panza. Luego, el helicóptero partió.

Y los chicos, que estaban acampando sobre el dique como soldados en guerra, vieron llegar a su burro a través del cielo.

Se levantaron de golpe, comenzaron a reír y a saltar, y gritaban:

-¡Vuela! ¡Vuela! ¡Somos ricos!

De todo el campamento, atraída por aquellos gritos, salió gente a mirar y a preguntar:

-¿Qué ocurrió? ¿Qué pasa?

-¡Nuestro burro vuela! -gritaban los niños-. Ahora somos ricos.

Algunos movían la cabeza con pena; pero muchos sonreían, como si sobre la llanura gris de la inundación hubiese asomado el sol, y decían:

-Es cierto. Tienen tanta vida por delante que no son pobres para nada.

…….

LA ANCIANA TÍA ADA

Cuando fue muy viejecita, tía Ada se fue a vivir al asilo de ancianos.
Compartía una pequeña habitación de tres camas con otras dos viejecitas tan ancianas
como ella.Tía Ada escogió inmediatamente una butaquita que estaba cerca de la ventana y
desmenuzó una galleta seca sobre el alféizar.
-¡Bravo, así vendrán las hormigas!dijeron irónicamente las otras dos vejecitas.
Pero en cambio llegó un pajarillo del jardín del asilo, picoteó muy contento la galleta y se
marchó.
-Ya ves lo que has conseguido- murmuraron las viejecitas-.Se lo ha comido y se ha ido
.Igual que nuestros hijos, que se fueron por el mundo , vete a saber dónde, y ni se acuerdan
ya de nosotras que los criamos.
Tía Ada no dijo nada, pero todas las mañanas desmenuzaba una galleta seca sobre el
alféizar de la ventana y el pajarito venía a picotearla, siempre a la misma hora, puntual
como un jubilado, y había que ver lo nervioso que se ponía cuando no la encontraba
preparada.
Después de algún tiempo, el pajarillo trajo a sus pequeños, porque había hecho un nido y
habían nacido cuatro, y éstos también venían todas las mañanas a picotear golosamente la
galleta de tía Ada y hacían mucho ruido si no la encontraban.

  • Ahí están sus pajaritos – decían entonces las viejecitas a tía Ada con un poquito de
    envidia.
    Y ella corría, por así decirlo, con breves pasitos hasta su cómoda y sacaba una galleta seca
    de entre el paquete de café y de caramelos de anís, mientras decía:
  • Calma, calma, ya voy.
  • ¡Ah- murmuraban las otras viejecitas-, si basta con poner una galleta seca en la ventana
    para que regresaran nuestros hijos…..! ¿Y los suyos,tía Ada,dónde estan los suyos?
    La anciana tía Ada nisiquiera lo sabía : Quizás en Austria, quizás en Australia; pero ella
    parecía imperturbable, desmenuzaba la galleta para los pajarito y les decía:
  • Comed, vamos comed,de lo contrario no tendréis fuerza para volar.
    Y cuando habían terminado de picotear la galleta:
  • ¡Vamos, marchaos! ¿A que esperáis? Las alas están hechas para volar.
    Las viejecitas meneaban la cabeza y pensaban que tía Ada estaba quizá un poco chiflada,
    porque además de ser vieja y pobre, encima hacía regalos y no pretendía siquiera que le
    diesen las gracias.
    Luego la anciana tía Ada murió, y sus hijos no se enteraron hasta cierto tiempo después,
    cuando ya no valía la pena hacer un viaje para asistir a los funerales . Pero los pajaritos
    volvieron a la ventana durante todo el invierno, y protestaban porque la anciana tía Ada no
    les había preparado la galleta.

RODARI EL MAGO 1

RODARI 2025
Fruto del interés por la literatura infantil, Rodari recorrió en los años sesenta multitud de escuelas italianas con un solo objetivo: contar cuentos y responder a todas las preguntas de los estudiantes. De esta actividad surgió su obra teórica más importante, un manual considerado de referencia para los educadores, y en el que intenta descubrir, a través del contacto directo con el alumnado, los procedimientos del arte de crear historias. Porque tal y como señaló el propio Rodari: “Siempre hay un niño que pregunta: ¿Cómo se inventan las historias?, y merece una respuesta sincera”.

Gianni Rodari nació en Omenga, Italia, en 1920. Hijo de padres panaderos y huérfano de padre desde los nueve años, fue criado a partir de entonces por una tía y después educado en internados y seminarios. Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, finalizó sus estudios de Magisterio y comenzó a trabajar como periodista en el diario Cinque Punte.

Sus primeros textos literarios aparecieron en publicaciones como L’Ordine Nuevo firmando con el pseudónimo Francesco Aricocci. Pasó por varias publicaciones hasta que finalmente se incorporó y dirigió la revista mensual Il Giornale del Genitori. Con su pseudónimo publicó una recopilación de leyendas populares, Leyendas de nuestra tierra, y dos cuentos de corte fantástico: El Beso y La señorita Bibiana.

Cuando trabajaba para el diario L’Unitá descubrió su vocación como escritor para los más pequeños. De aquella época (finales de los 40) nacieron las primeras narraciones cortas, humorísticas, coplas y retahílas ligadas a la poesía popular italiana y sus primeros libros para niños: El libro de las retahílas y Las aventuras de Cipollino.

En la década de los 50 pasó de un periódico a otro, y siguió escribiendo textos que gustaban tanto a grandes como a pequeños; e iniciados los años 60 comenzó a recorrer las escuelas italianas, donde, a través del contacto directo y la interacción con los niños mientras leía sus cuentos, observó las reacciones de su audiencia y tomó notas para tratar de averiguar la técnica correcta a la hora de crear buenas historias. Pronto se convirtió en uno de los mejores escritores para niños. Durante esos años recorrió las escuelas italianas para contar historias, pero también para escuchar a los niños. Esta actividad culminó en la reescritura y publicación de Gramática de la Fantasía. Introducción al arte de contar historias.

Los esfuerzos y la dedicación a la literatura infantil de Gianni Rodari tuvieron recompensa en 1970, cuando logró el Premio Hans Christian Andersen, el mayor galardón internacional para un escritor del género.

Sus libros, cargados de humor, imaginación y una fantasía desbordante, no escaparon a una crítica del mundo actual con un lenguaje muy pintoresco, espontáneo y en ocasiones comprometido.

Falleció en Italia en 1980.

***

Tenneessee williams 2025

El 25 de febrero de 1983, un trabajador del hotel Elysée de Nueva York lo encontró tirado en el piso de su habitación, ya sin vida. El informe forense reveló que, por esas desgracias del azar, Williams, de 71 años, murió asfixiado con el tapón de un envase de gotas para los ojos que, al parecer, intentó abrir con los dientes.
Se llamaba Thomas Lanier Williams III aunque todos lo conozcan como Tennessee, la nueva identidad que adoptó para olvidar su infancia y su juventud marcadas por un padre alcohólico y violento, una madre ama de casa sumisa y abnegada y por la enfermedad psiquiátrica –esquizofrenia- de su hermana Rose, a quien adoraba. El biógrafo de Williams, Lyle Leverich, escribió que sus dos devociones eran “su carrera como escritor y su hermana Rose”.
Nacido el 26 de marzo de 1911 en Columbus, Mississippi, toda su obra estuvo marcada, justamente, por la violencia masculina y por la locura tal como se puede desentrañar de su drama más emblemático y exitoso, Un tranvía llamado deseo, por el que Williams entró en las grandes ligas del teatro y también del cine de la época.
Junto con el ambiente opresivo de su hogar, durante la infancia Tennessee contrajo difteria, una enfermedad que no solo lo dejó en cama durante casi un año sino que también explica la pequeña contextura física de la que luego su padre se burlaría tratándolo como “menos hombre” y contribuyendo al rechazo conjunto de la sociedad hacia su homosexualidad. Pero a pesar de ser un período difícil, Williams pudo superarlo con la escritura gracias a una máquina de escribir que le regaló su madre. A los 16 años, fue reconocido con el tercer puesto en un concurso de ensayos que tenía como premisa escribir sobre si una buena esposa podía ser una buena amiga. Los cinco dólares de premio le valieron a Williams para seguir alimentando su pasión y así abrir una puerta de escape a la vida pueblerina a la que parecía estar destinado.
Alentado por su evidente talento para la escritura, en 1929, Williams comenzó a estudiar periodismo en la Universidad de Missouri. Inclinado hacia la literatura, durante dos años escribió poesía, cuentos, ensayos y sus primeras piezas teatrales. Sin embargo, su padre nuevamente entró en escena y en 1931 lo obligó a abandonar la universidad y lo llevó a la fábrica de zapatos donde él trabajaba para que ocupara su tiempo en cuestiones “de hombre”.
Sin perder la esperanza de un futuro distinto, Williams se propuso escribir un texto completo por semana para mantenerse activo. El rechazo de su padre hacia sus inquietudes artísticas y la frustración de no poder dedicarse a lo que era su vocación provocaron que a los 24 años sufriera un colapso nervioso por el que estuvo hospitalizado durante un tiempo. Al regresar al hogar, se encontró con que el estado mental de su hermana Rose había empeorado significativamente. Frente a este panorama sombrío, Williams abandonó su casa con la firme convicción de no regresar y evitar así la sombra de la enfermedad mental que cubría a su familia.
A mediados de los años treinta, su hermana fue internada por tiempo indefinido en un psiquiátrico donde recibió terapia de electroshock y finalmente fue sometida a una lobotomía. Preocupado por ofrecerle una vida digna, durante ese período Williams puso todos los medios para vivir de la escritura y así poder pagar los costos hospitalarios. En 1938 terminó sus estudios de Filosofía y Letras y se trasladó a Nueva York.
De una forma u otra, toda su obra quedó marcada por la tragedia de Rose. El largo adiós, escrita en 1940, es la más evidente: cuenta la historia de un joven escritor que se aleja de una hermana delirante. Cuatro años más tarde, la Metro Goldwyn Mayer lo contrató como escritor con un sueldo de 250 dólares por semana durante seis meses. Durante ese tiempo, escribió su primer éxito de Broadway: una obra completamente autobiográfica llamada El zoo de cristal por la que recibió las mejores críticas de la prensa neoyorquina. Pero no fue hasta 1947 que alcanzó la gloria con el estreno de Un tranvía llamado deseo, que no solo lo llevó a su máximo apogeo sino que le permitió cumplir su deseo más ferviente: el poder hacerse cargo por completo de la salud de su hermana. Con temas autobiográficos también, Tennessee declaró que “si la escritura es honesta no puede ir separada del hombre que la ha escrito”. La obra ganó dos premios Tony y un Pulitzer.
Lo que vino después fue una década de genialidad durante la que estrenó siete obras: Summer and Smoke (1948), La rosa tatuada (The Rose Tattoo, 1951), Camino Real (1953), La gata sobre el tejado caliente (Cat on a Hot Tin Roof, 1955), La caída de Orfeo (Orpheus Descending, 1957), Garden District (1958) y Dulce Pájaro de Juventud (Sweet Bird of Youth, 1959). Además, ganó otros dos premios Pulitzer, tres premios del Círculo de Críticos Dramáticos de Nueva York y un Tony. Muchas de sus obras llegaron al cine.
Williams vivió una existencia amable tan solo durante veinte años de su vida. El vacío y la tristeza se intensificaron después de la muerte de su pareja, el actor Franck Merlo, lo que incrementó la depresión ya existente – a la sombra de la locura familiar- que lo llevó a incrementar su adicción al alcohol y a consumir sustancias prohibidas.

A partir de los sesenta, su trabajo no destelló como antes. Si bien presentó siete nuevas obras dramáticas, todas recibieron malas críticas. Su último estreno duró cuarenta funciones en un teatro mediano de Chicago. Sucedió en 1982 cuando, dicen, dejó de escribir. Un año después murió asfixiado solo en una habitación de hotel. Nunca dejó de visitar a su hermana que murió en 1996.