Mil y una noches cuentos bereberes el juicio del burro

Cuentos bereberes

El juicio del burro. 

En el nombre de Dios el compasivo el misericordioso 

y Dios miró hacia los burros

Dijo una vieja Bereber.

Dicen —y yo lo digo porque aún respiro—

que cada noche el sultán pedía un cuento. Para olvidar o para condenar.

Yo era vieja ya,

con la espalda molida a golpes

y la lengua afilada por el miedo.

Me trajeron no por sabia,

sino porque nadie más quiso hablar.

Me senté ante él

y dije:

—Oh señor de las noches largas,

si me permites para  tu regocijo

te contaré cómo Allah protege

a quienes cargan lo que no es suyo.

Y el sultán, curioso asintió.

Vivía yo con un marido

que rezaba de día

y me pegaba de noche,

como si Allah se hubiera quedado dormido.entre una oración y otra.

Me montaba sin deseo

y al burro sin piedad.

Confundía cuerpos con cosas.

El burro veía.

Y Allah ve lo que ve el burro.

Una tarde bajábamos por un sendero estrecho.

Mi marido subió al animal

con el culo lleno de rabia

y el alma más pesada que sus pecados.

El burro dio tres pasos justos,

los que se dan antes de decir basta,

y mi marido rodó al barranco

como cae lo que ya estaba caído.

Llevaron al burro ante el juez.

A mí me llevaron detrás,

callada como pan duro.

Las mujeres del barrio testificaron,

pero ninguna dijo:

“Ese hombre era un perverso.”

Porque sabían lo que cuesta decir la verdad.

Pero dijeron:

—El burro temblaba cuando lo montaba.

—El burro rebuznaba como quien reza mal.

—Los animales sienten el peso del pecado antes que los hombres.

Hablaron del burro.

Y así hablaron del hombre.

El juez, que había leído el Corán

y también la vida,

preguntó: —¿Puede un burro distinguir el bien del mal?

—No —respondieron.

Entonces sentenció: —Allah no castiga al burro por no rezar.

Tampoco lo castigará

por sacudirse un peso injusto.

Aquí hice una pausa,

oh sultán,

y vi que tu mano temblaba

no de ira,

sino de risa contenida. Y añadí, con voz cansada: —Allah es grande.

Tan grande que a veces su misericordia empieza por los animales y termina enseñando a los hombres.

El burro volvió conmigo.

Yo dormí sin miedo.

Y esa noche, oh señor,

Allah decidió

que yo siguiera contando historias.

Si deseas,

mañana te contaré otra

sobre mujeres que hablaron sin hablar y burros que rezaron sin palabras.

Y el sultán dijo: —Vive hasta el alba.

Los tres viejos. cuento sor

Los tres viejos

Este cuento no lo contó ningún imán ni ningún sabio.

Lo contaron las mujeres.

Y se reían de lo lindo.

Lo contó primero una viuda joven, sentada en el patio interior de una casa de Fez, mientras amasaba pan y vigilaba que ningún viejo curioso se acercara demasiado.

Después lo repitió una partera, en el baño público, entre vapor y risas, para que las muchachas aprendieran a distinguir entre barba piadosa y un viejo puerco.

Más tarde lo contó una joven sin marido, en una azotea de Tánger, al caer la tarde, mientras las gaviotas robaban higos.

El cuento se decía en voz baja pero con carcajadas, para ahuyentar a los viejos puercos.

Se cuenta como se cuelga un amuleto,

como se escupe tres veces para espantar el mal de ojo.

***

Los tres viejos y la casa de las tres hermanas

En el nombre de Dios, el Compasivo, el que ve incluso a los ridículos.

Tres hermanos —un tuerto, un rengo y un jorobado— ya viejos como proverbio mal contado, decidieron que aún merecían juventud ajena. No tenían mujeres, ni gatos, ni generosidad. Sólo monedas escondidas.

Las tres hermanas vivían solas en una gran casa, y conocían el Corán lo suficiente como para no dejarse engañar por barbas largas, bolsillos cerrados y viejo puercos.

Cuando los tres hermanos pidieron matrimonio, las hermanas no dijeron que no.

Dijeron:

—Primero, obediencia a la ley y purificación del deseo.

***

Al tuerto le dijeron:

—Antes de ver cuerpos, debes aprender a ver justicia.

Lo enviaron al zoco con la misión de vigilar pesos y medidas “por la causa de Alá”. Le colgaron un cartel: Inspector de honestidad.

Con un solo ojo, confundió higos con dátiles, contó mal las balanzas y acusó a medio mercado de fraude. Los mercaderes le dieron una paliza.

***

Al rengo le dijeron:

—Quien cojea del cuerpo debe enderezar el espíritu.

Lo mandaron a llamar a la oración desde el minarete, cinco veces al día, “para fortalecer la constancia”.

Subía lento, bajaba mal, se confundía de hora. Llamó al alba al mediodía, y al ocaso en plena noche. Despertó a bebés, enfureció a fieles y provocó que un burro entrara a la mezquita creyendo que era hora de comer.

El imán dictaminó:

—Este hombre hace tropezar al tiempo y le dieron una paliza.

***

Al jorobado le dijeron:

—La carga que llevas no es tu espalda, sino tu intención.

Le ordenaron ayunar… pero también cargar agua para las abluciones de todo el barrio.

Cada jarra que llevaba parecía multiplicarse. Su joroba, se volvió famosa. Los niños rezaban detrás de ella creyendo que era una montaña sagrada.

Un día, exhausto, cayó dentro de la fuente de la mezquita, mezclando agua bendita, barro y mugre.

Y los fieles le dieron una paliza.

***

Los tres hermanos se reunieron una última vez, arruinados, mojados y humillados, decididos a reclamar a las hermanas.

Pero la casa estaba vacía.

Sólo quedaba una nota clavada en la puerta:

“Dios es grande, pero no tonto.”

***

Esa misma noche, una tormenta arrastró sus ahorros escondidos bajo tierra, el burro del rengo se escapó con las sandalias del tuerto, y la joroba del tercero quedó atascada en la puerta de la mezquita, para risa de todo el barrio.

Dios es grande en sus decisiones.

EL HADDAR. HERMANO DEL BARBERO

El genial barbero de las mil y una noche dijo:

Sabed, ¡oh Emir de los Creyentes!, que mi segundo hermano se llama El-Haddar, porque muge como un camello y porque, para colmo, está mellado. No tiene oficio alguno, pero en cambio posee un talento singular para atraer desgracias. Juzgad vos mismo esta aventura y decidid si exagero.

Un día, vagando sin rumbo por las calles de Bagdad, se le acercó una vieja que conocía bien los deseos de los seres verticales de dos patas y le susurró: —Escucha, oh ser humano. Puedo hacerte una proposición que aceptarás o rechazarás según tu entendimiento. Mi hermano, que no destacaba precisamente por él, respondió: —Habla. —Antes prométeme que sabrás callar. —Puedes decir lo que quieras.

Entonces la vieja le pintó un palacio con arroyos, árboles frutales y copas que jamás se vacían; un lugar donde abundaban mejillas suaves, cuerpos flexibles y placeres que duran de la noche a la mañana. Te gustaría?

Mi hermano, desconfiado por primera vez en su vida, preguntó: —¿Y por qué me eliges a mí? —Menos palabras —contestó ella—. Sígueme y guarda silencio.

La siguió, como quien sigue su propio destino sin saberlo.

Llegó a un palacio magnífico. Dentro, cuatro jóvenes bellas como lunas reposaban sobre tapices, cantando con voces que derretían el alma. Tras las alabanzas, una llenó una copa y bebió; luego se la ofreció a mi hermano Haddar. Mientras él bebía, la joven le acarició la nuca… y de pronto le descargó un golpe feroz. Cuando él quiso marcharse, la vieja le guiñó el ojo: “Aguarda”. Y aguardó.

Las otras no fueron más piadosas: una le tiraba de las orejas, otra le castigaba la nariz, la tercera le clavaba las uñas. Mi hermano soportó todo en silencio, sostenido únicamente por la esperanza prometida.

Finalmente, la más hermosa se levantó y le pidió que se desnudara. Luego lo roció con agua de rosas y le dijo: —Me gustas, pero tus barbas pinchan. Aféitate. Haddar dudó, pero cedió. La vieja le rasuró barbas, bigotes y cejas, lo empolvó y lo devolvió a la sala. Al verlo, las jóvenes estallaron en carcajadas.

—Ahora baila para nosotras —ordenó la más bella. Al son de la darbuka, mi hermano danzó con pañuelo de seda, tan ridículo que las jóvenes le arrojaban almohadones, frutas y botellas entre risas.

Entonces la joven comenzó a desnudarse, provocadora, y la vieja explicó: —Ahora debes correr tras ella.

La persecución comenzó. La joven, ligera como palmera joven, huía riendo. Mi hermano, fuera de sí, la siguió de sala en sala hasta abrir una puerta… y de pronto…

Apareció desnudo en la calle de los curtidores.

Allí fue apaleado, paseado en burro al revés por los zocos, azotado por orden del walí y desterrado de la ciudad.

Yo, oh Emir de los Creyentes, lo recogí en secreto y lo mantengo a mi costa. Comprenderás que, si no fuera hombre de gran paciencia y entereza, no habría podido cargar con un hermano tan necio.

transmisión. secretos en alfombras

SOR bereber

SECRETOS EN ALFOMBRAS

Cuando la palabra es peligrosa o vigilada, hay que cuidarse…

En muchas culturas bereberes y magrebíes, el saber femenino no desaparece: cambia de soporte.

***

La transmisión debe ser silenciosa.

El tejido como lengua secreta

En el mundo amazigh, tejer es decir sin decir.

En alfombras, mantas y cinturones aparecen:

rombos (cuerpo femenino, protección)

zigzags (camino, huida, agua)

cruces rotadas (defensa contra el daño)

líneas quebradas (violencia, ruptura)

repeticiones irregulares (advertencia)

Muchas mujeres reconocían un motivo que no explicarían jamás en voz alta.

Un tejido podía decir:

“Aquí hubo golpe”

“Aquí hubo pérdida”

“No confíes en este hombre”

“Esta casa protege”

Era una escritura legible solo para iniciadas.

***

Por ejemplo los tatuajes: el cuerpo como archivo

Antes de ser prohibidos o estigmatizados, los tatuajes bereberes femeninos funcionaron como:

marcas de paso

sellos de protección

mapas de experiencia

Ubicaciones clave:

mentón

frente

muñecas

tobillos

Los símbolos no eran ornamentales:

triángulos: matriz, linaje

puntos: duelo, aborto, pérdida

líneas: límite, juramento

cruces: defensa

No se explicaban.

Se reconocían.

Una mujer veía el mentón de otra y entendía:

“Ella sobrevivió.”

***

Objetos menores: el saber portátil

Además del cuerpo y el tejido, existían objetos-código:

cucharas marcadas

peines tallados

anillos sin valor

bolsas con nudos

hilos escondidos en la ropa

Cada objeto podía activar un recuerdo, un cuento, una advertencia.

El cuento no se decía

se desencadenaba!

4. La lengua susurro

Sí, existió y existe algo que podemos llamar lengua susurro.

No es un idioma, sino un modo:

frases incompletas

repeticiones

ironía

diminutivos

canturreos

rezos torcidos

Se usaba:

en presencia de hombres

entre niñas y ancianas

en el trabajo

***

Ejemplo de transmisión:

“Hay árboles que lloran.”

(no se explica cuál)

“Algunas comen y otras aprenden.”

(no se aclara quién)

La comprensión llegaba después.

***

El gesto como relato

una pausa antes de servir

una mirada desviada

un silencio prolongado

un error deliberado en una receta

un nudo mal hecho

El error era intencional.

Una grieta para quien supiera mirar.

***

Todo esto resiste la escritura! porque:

no es estable

no es idéntico

depende del contexto

necesita cuerpo y tiempo

Cuando se fija en un libro

pierde eficacia

deja de proteger

Por eso estos saberes

sobreviven en fragmentos

reaparecen en cuentos

se filtran en símbolos

vuelven como intuición

Lo que quiero compartir con ustedes es que estoy traduciendo una lógica antigua a la palabra escrita.

Sabiendo que algo siempre quedará sin decir.

5. cuento sobre los dobleces de los paños. Sor

SOBRE LOS DOBLECES DE LOS PAÑOS.

Lo que pasó sin decirse

Una mujer llegó al patio con un manto nuevo.

No lo extendió.

Lo dejó caer sobre el banco, mal doblado.

La otra mujer no preguntó.

Miró el borde: había un rombo cerrado y un zigzag doble.

Asintió.

Mientras hervía el agua, la visitante sacó un cinturón tejido.

El patrón estaba bien hecho, salvo un error repetido tres veces.

En el error, tres puntos.

La mujer del patio dejó caer la cuchara.

No se disculpó.

Se sentaron.

Nadie habló.

La dueña de casa trajo un paño viejo,

lo dobló tres veces

y lo colocó bajo el manto nuevo.

Luego señaló, sin tocar,

una cruz rotada escondida cerca del borde.

La visitante respiró hondo.

Más tarde, al servir la comida,

la mujer del patio añadió miel en exceso

y legumbres mal remojadas.

Sonrió apenas.

La otra mujer no comió.

Guardó el cinturón.

Al irse, tocó su mentón

y luego el árbol del patio.

La mujer que quedaba hizo un nudo visible

en el manto nuevo

y apagó el fuego sin decir palabra.

Esa noche,

nadie contó un cuento.

Pero al día siguiente,

el tejido ya no era el mismo.

Cuento. 4. El hilo que no debía verse

SORORIDAD

UN CUENTO DE PROTECCIÓN GRACIAS A NUNYA

El hilo que no debía verse (en la aldea de la montaña)

En el nombre de Dios, Clemente y Protector, que pone señales pequeñas para cuidar vidas grandes.

Esto ocurrió entre dos mujeres, en una aldea de montaña, donde las casas se apoyaban unas en otras como mujeres cansadas y el viento conocía todos los secretos. Allí, los caminos eran estrechos y las palabras también. Lo que no se decía en voz alta se decía en los bordes.

La mujer vio el símbolo cuando nadie más lo habría visto.

Estaba en el orillo del manto, mal escondido, casi un descuido:

un hilo gris mezclado con rojo, breve como un suspiro.

No preguntó.

Acercó la mano al tejido con respeto, como quien toca la frente de un niño dormido.

—Alabado sea Dios —susurró—. Nunya pasó por aquí.

En esa aldea se sabía: Nunya no aparece para asustar, sino para guardar.

Dicen las mujeres que Dios la hizo grande para que pudiera cargar dolores ajenos,

y tierna para que nadie se avergonzara de llorar ante ella.

La otra mujer no levantó la cabeza.

Tenía los ojos secos de tanto llanto anterior.

El símbolo era mínimo porque el daño había sido negado,

porque la vergüenza había sido impuesta como si fuera culpa.

La que reconoció el signo no ofreció discursos.

Ofreció cuidado, el único que Nunya aprueba.

Primero, la sentó cerca del suelo, donde la montaña enseña humildad.

Luego, tomó el manto con lentitud y no lo sacudió,

para no despertar el temblor que aún vivía en el cuerpo.

Lo dejó abierto, para que entrara el aire fresco de altura.

—Dios no apura a quien ha sido herida —dijo—. Respira.

No preguntó qué había pasado.

El hilo ya lo había dicho todo:

golpes sin marca,

palabras usadas como piedras,

risas ajenas clavadas como espinas.

—Nunya guarda a las mujeres cuando el mundo se vuelve angosto —murmuró—.

Ella ve lo que no se prueba.

El segundo cuidado fue la comida suave le sirvió caldo tibio, pan blando, hierbas de la montaña que aquietan el pulso.

Nada pesado, porque el cuerpo necesitaba volver a confiar.

Hablaron de cosas pequeñas

del clima cambiante,

de una cabra que se había escapado,

de una anciana que sabía cuándo nevaría.

Así Nunya enseña a aliviar: devolviendo lo cotidiano.

El tercer cuidado fue silencioso.

La mujer tomó aguja e hilo y corrigió el tejido,

pero dejó el gris apenas visible,

no para delatar,

sino para que la dueña del manto supiera que no había imaginado nada.

—Nunya es madre cuando nadie más lo es —dijo con dulzura—.

Ella escucha incluso cuando el signo es pequeño.

Al caer la tarde, la mujer herida tocó con dos dedos

el tronco del árbol que miraba al valle.

Ese gesto bastaba.

En la montaña, Nunya reconoce a las suyas.

Antes de que la mujer partiera,

la que había leído el símbolo hizo lo último:

anudó el manto con un nudo flojo en el borde.

No era castigo aún.

Era promesa de protección.

Porque Nunya no se apresura:

primero cuida, luego decide.

Esa noche, ninguna ogresa cruzó la aldea.

No hizo falta.

Nunya ya estaba allí:

en la mirada que creyó,

en la comida tibia,

en el hilo reconocido.

Y alabado sea Dios,

que puso a Nunya como guardiana amorosa de las mujeres,

para que incluso en las aldeas más altas y pequeñas

nadie quedara sola con su dolor.

3. CUENTO LA OGRESA Y LA MUJER QUE SE ENCONTRARON EN EL CAMINO. SOR.

SORORIDAD CUENTO bereber

LA OGRESA Y LA MUJER QUE SE ENCONTRARON EN UN CAMINO

La mujer bereber, la ogresa risueña y los castigos que Alá permite

En el nombre de Dios, Clemente y Misericordioso,

que ríe en secreto cuando los soberbios resbalan.

En un camino más torcido que la lengua de un mentiroso, una mujer bereber caminaba con un cántaro vacío y el corazón lleno. De pronto oyó un llanto tan fuerte que hizo caer tres dátiles del árbol más cercano. Era una ogresa enorme, sentada bajo un argán, llorando como si hubiera perdido una caravana entera… o peor, su paciencia.

—Alabado sea Dios —dijo la mujer—, ¿qué desgracia te hace llorar así, hermana de gran tamaño?

La ogresa se secó la nariz con una manta (que había sido alfombra) y respondió:

—Lloro porque mi marido me grita, me insulta y me dice “bestia” cuando no le sirvo la sopa caliente. ¡A mí, que podría comérmelo en dos bocados si Dios no me hubiera dado conciencia!

La mujer bereber suspiró.

—Que Dios nos proteja de los hombres que hablan más de lo que piensan. El mío me pega, me manda y cuando no le gusta el té dice que soy burra… aunque bien que se sube a mis espaldas para todo.

Se miraron. Se rieron. Porque cuando dos penas se encuentran, a veces hacen cosquillas.

—Por Alá —dijo la ogresa—, qué imaginación tienen para humillarnos.

—Por Alá —respondió la mujer—, y qué poco ingenio para vivir solos.

Se sentaron juntas. El árbol escuchó. Una cabra pasó y también escuchó, porque las cabras siempre saben.

—Yo tengo un don —dijo la ogresa—. Cuando un hombre se vuelve insoportable, puedo volverlo soportable… transformándolo.

—Bendito sea Dios que te dio ese talento —dijo la mujer—. Yo no transformo cuerpos, pero sé castigar estómagos.

Rieron otra vez, y el viento se persignó a su manera.

Esa noche, cuando el marido de la bereber empezó a gritar como gallo sin corral, la ogresa lo miró fijo y dijo unas palabras sagradas y otras muy malhumoradas. El hombre dio un salto, cayó de rodillas y cuando quiso insultar, soltó un rebuzno.

—¡Alabado sea Dios! —dijo la mujer—. Siempre sospeché que tenías alma de burro.

Desde ese día cargó agua, leña y vergüenza. Y cada vez que rebuznaba, el pueblo decía: “Dios es justo y tiene sentido del humor”.

Luego fue el turno del marido de la ogresa. La mujer bereber cocinó con devoción: garbanzos duros como piedras, leche pasada, cebolla cruda, miel en exceso y un toque de manteca rancia.

—Come, esposo —dijo la ogresa con dulzura—. Es una bendición.

Y lo fue. Una bendición intestinal. El ogro pasó tres días doblado, prometiendo ser bueno, piadoso y callado. Juró por Dios, por sus dientes y por su mala digestión.

Al amanecer del cuarto día, la mujer bereber y la ogresa se despidieron en el camino.

—Que Dios te acompañe —dijo la mujer—. Y si vuelves a llorar, que sea de risa.

—Que Dios te proteja —respondió la ogresa—. Y recuerda: los hombres aprenden más rápido cuando el castigo es creativo.

Se alejaron felices, porque habían hecho justicia sin derramar sangre, solo orgullo.

Y alabado sea Dios,

que a veces convierte a los tiranos en burros

y otras veces les revuelve el estómago.

2. SORORIDAD OGRESAS

SORORIDAD OGRESAS 2

En el folklore bereber (amazigh) existen ogresas muy reconocibles, aunque sus nombres y rasgos cambian según la región (Cabilia, Atlas, Rif, Sáhara). No siempre tienen un “nombre propio” fijo como en los cuentos europeos, pero sí hay figuras canónicas.

Las más importantes

1. Teryel / Tseriel / Theryel (la más famosa)

La ogresa bereber por excelencia, sobre todo en la tradición cabila (Argelia).

Es gigante, peluda o desmesurada

Vive en montañas, bosques o caminos

A veces devora hombres, castiga a los injustos

Puede ser astuta, irónica y hasta maternal

No es malvada por naturaleza: responde a la violencia

En muchos relatos:

Engaña a hombres arrogantes

Castiga a maridos crueles

Protege a niñas o mujeres abandonadas

Teryel cansada del maltrato, que usa la magia no para destruir sino para corregir

***

La pueden llamar de muchas maneras si quieren

***

Teryel del Argán

Teryel del Camino Rojo

Teryel la Justa, como epíteto narrativo

***

Tamza / Tamẓa (la ogresa-leona)

Más común en el Atlas marroquí.

Ogresa asociada al león o a la bestia

Fuerza brutal, pero también sabiduría antigua

Representa la naturaleza indomable

Castiga a quien viola pactos o abusa del débil

Menos doméstica que Teryel ymás salvaje.

3. Lalla Teryel (forma reverencial)

En algunas versiones orales, especialmente narradas por mujeres, la ogresa recibe el título “Lalla” (señora).

La vuelve respetable, no monstruosa

La coloca en el linaje de mujeres poderosas y refuerza la sororidad

Lalla Teryel suena perfecto para una ogresa que llora, aconseja y hace justicia.

Hay Ogresas sin nombre propio (muy habitual)

En muchísimos cuentos bereberes, la ogresa es simplemente:

“LA Teryel”

“LA Mujer Gigante”

“LA que vive bajo el árbol”

Es una marca de oralidad!

la ogresa representa una condición femenina extrema, no un individuo aislado.

Una recomendación para oralidad puede ser nombrarlas así:

Lalla Teryel, la ogresa del camino

O incluso:

Teryel, que Alá hizo grande para que nadie la golpeara!

La alianza entre mujeres distintas!

Espero que les sirva esta información. Ja

1. OGRESAS EN TRAD BEREBER NUNYA

SORORIDAD- MIL Y UNA NOCHES Y CUENTOS BEREBERES

NUNYA

“Nunya” aparece en el folklore bereber, pero con una aclaración importante: no es un nombre canónico tan difundido como Teryel, sino un nombre local, raro y profundamente oral, ligado a relatos del Atlas y del Rif, transmitidos sobre todo por mujeres.

Por ej. en el caso del libro de mi amiga Zoubida Maalem.

Un libro de editorial Miraguano sobre cuentos bereberes

También en varias recopilaciones orales (y en cuadernos etnográficos poco difundidos),

Nunya aparece como:

una ogresa o mujer sobrenatural

no devoradora, sino castigadora

asociada al camino, al borde del pueblo o a los árboles

a veces llora, a veces canta

vinculada a maridos violentos, pactos rotos y humillación masculina A diferencia de Teryel:

Nunya no es montañesa

es liminar: aparece en senderos, cruces, afueras

su poder no es la fuerza sino la vergüenza y el ridículo

El nombre “Nunya” no funciona solo como nombre propio. En varias lenguas amazigh:

está emparentado con raíces ligadas a:

el lamento

la queja cantada

el decir lo que no se dice

Por eso:

Nunya suele llorar en voz alta

su llanto atrae a mujeres

y expone a los hombres

no castiga matando, sino haciendo visible el abuso.

Nunya y la sororidad

+++

En algunos relatos:

Nunya no actúa sola

necesita que una mujer humana la aconseje

o que una mujer le enseñe castigos “domésticos”

juntas equilibran lo mágico y lo cotidiano

+++

la ogresa que transforma

la mujer que cocina

dos saberes femeninos aliados

¿Por qué casi no aparece en libros?

Porque:

es folklore femenino

transmitido fuera de la plaza pública

contado a niñas, nueras, vecinas

no recogido por orientalistas varones

Por eso su existencia es frágil pero real: vive en la voz, no en el canon.

+++

“Algunos la llaman Nunya,

otros dicen que no tiene nombre,

porque su llanto basta para reconocerla.”

+++

“Era Nunya, ogresa del camino,

a quien Dios dio lágrimas en vez de colmillos.”

LA PALABRA QUE ENTIENDE EL ELEFANTE ARLT


Allá por el año 1922 llegó a nuestra guarnición de Matalé el
capitán Braun. Recuerdo que en el club (un bungalow donde
paseaban libremente los sapos) se asoció la coincidencia de
su llegada a la muerte de míster Spruce, no porque el
capitán tuviera alguna responsabilidad en la muerte de
Spruce, sino porque todos estábamos archiseguros de que
míster Spruce hubiera tenido mucho gusto en conocer al
capitán Braun, cuyas habilidades de cazador nos habían
relatado sus camaradas. Spruce fue un certero cazador. Bajo
el fuego de su carabina habían caído tigres, jirafas, leones,
hipopótamos, leopardos y elefantes. Parecía que por sus
venas corría la sangre homicida de Nemrod, y personalmente
yo fui testigo de un suceso que no dejó de impresionarme y
en el que, como cuento, participó míster Spruce.
Con motivo de un pleito que un barbero le seguía en la
capital, tuve un día la que seguirle hasta Ceilán. Por la noche
fuimos al circo para presenciar el trabajo de una troupe de
leones amaestrados. Eran fieras domésticas, lanudas y
famélicas, sin capacidad de reacción. Un niño hubiera podido
entrar en la jaula que ocupaban. Sin embargo, cuando vieron
a míster Spruce se inquietaron de tal manera y comenzaron
a rugir con tanto furor, precipitándose contra los barrotes de
las rejas, que nuestro hombre se puso lívido de ira. Estoy
seguro de que en aquel momento lamentaba no tener a mano
su carabina para ametrallar a las pobres bestias.
¿Casualidad? Es muy posible, aunque a mi modo de ver
míster Spruce tenía la particular virtud de ser visto por las fieras, de irritarlas. Algún matiz de su físico, la luz de sus
ojos, la energía de su rostro, la encubierta brutalidad de sus
movimientos, revelaban al asesino de animales. Y digo
asesino porque es evidente que entre un hombre armado de
una magnífica carabina con balas explosivas y una fiera
acorralada, las de ganar no están de parte de la bestia.
Claro está que los cazadores se indignan y rechazan
semejantes imputaciones, negando terminantemente la
ferocidad de sus temperamentos. Pero tomad a un cazador,
habladle de una perspectiva de matanza y veréis cómo
pierde su habitual equilibrio y se estremece ante la promesa
de su gozo. Es la satisfacción de asesinar. Estos hombres
necesitan matar cualquier cosa viva…
Bueno; el caso es que el mismo día en que sepultaban a
míster Spruce, cazador, llegó a Matalé el capitán Braun,
cazador insigne.
El capitán Braun había residido un tiempo en el Congo belga,
viajando con una tropa de doscientos cargueros hasta las
fuentes de Nyanza. Era un hombre de gigantesca estatura,
manos enormes, brazos pesados y musculosos como troncos
de boas constrictores; en síntesis: una bestia del género
hombre, del tipo más peligroso que podía encontrarse bajo el
sol.
Sin embargo, era simpático. La totalidad de su armonía física
hacía que se le disculpara la inmensa barbarie que trascendía
de su configuración. Yo lo conocí en el cementerio, donde
llegó a tiempo para arrojar unos puñados de tierra en la
sepultura del matador de bestias. Míster Yelot, que estaba a
mi derecha, susurró:
—Míster Spruce baja al infierno agradecido.
A la vuelta, como era natural, bebimos alegremente, se
narraron aventuras y se habló de caza. Precisamente en esa
misma semana, a un nativo que residía algunas millas antes de llegar a Baticloa, un elefante le había destrozado la
plantación de arroz. Se sabía que era un elefante y no dos,
porque las huellas del animal habían quedado
esmeradamente impresas en el fango. La maligna bestia no
sólo se hartó de arroz, tragando todo el que podía embaular
en su inmensa panza, sino que, animado por una
voluptuosidad diabólica, destrozó íntegramente la plantación,
arrancando con su trompa enormes brazadas de tallos que
arrojó a la acequia pisoteándolos luego como si estuviera
cumpliendo un acto de personal venganza contra el
desdichado Ayoub Telbass, propietario de la plantación.
Ayoub Telbass, vista su desgracia, se presentó poco menos
que llorando ante el usurero Hsue Liang, a pedirle una
prórroga para pagar su deuda. El chino le respondió que se
dejaría arrancar las uñas de los pies y de las manos antes
que inferirle el menor daño a su vecino Ayoub Telbass; pero
que en cuanto a la deuda y los intereses, él, Hsue Liang,
lamentaba profundamente tener que comunicarle que no
contemplaría en manera alguna la destrucción que el
elefante había realizado en el arrozal.
Ayoub Telbass salió de la tienda del usurero poco menos que
enloquecido. Ayoub Telbass había asesinado a su padre y a
su madre, para poseer aquel trozo de tierra que ahora le
arrancaría de entre las uñas el miserable Hsue. Ayoub
Telbass, en aquellos momentos, pensaba en exterminar al
género humano.
Un criado de míster Spruce conversó con Ayoub Telbass y le
llevó la noticia de este desastre a su amo, que estaba en la
cama convaleciendo de un terrible ataque de apoplejía.
Míster Spruce (ignoro las causas) odiaba desesperadamente
al tunantón de Ayoub, y el júbilo que le produjo la noticia fue
tan fulgurante, que allí mismo, en la cama, se quedó tieso,
con las manos apretadas contra el corazón. Había muerto de
alegría.
Tal fue la historia que le contamos al capitán Braun, y éste,
después de conversar con los entendidos, llegó a la
conclusión de que el demoníaco elefante tenía su refugio en
la jungla, por el lado donde el río se bifurcaba en dos brazos,
formando la pantanosa extensión de Baticloa. Una milla antes
de la selva existían unos roquedales. El paraje era que ni
pintado para las exigencias de un elefante, pues si el
paquidermo quería agua limpia, sin tener que correr el
peligro de trabar relaciones con las mandíbulas de los
cocodrilos, podía bajar hasta el roquedal; en cambio, si la
bestia quería darse un baño de fango para acorazarse contra
la picadura de los mosquitos, el pantano y la selva
impenetrable casi estaban a un paso.
De todas maneras, no se trataba de un elefante local.
Posiblemente bajaba de las montañas, expulsado de su
manada. Hacía muchos años que en la región no aparecían
elefantes, y los hombres estaban olvidados de su caza.
Cierto es que cuando Braun fue a hablarles, todos se
manifestaron dispuestos a correr la aventura. Incluso algunos
trajeron sus lanzas para cazar al paquidermo, especie de
partesanas bárbaras con tremendas cuchillas de una yarda.
Pero cuando se trató de concretar, todos alegaron
ocupaciones variadas e inciertas. El único que se manifestó
dispuesto a participar en la cacería fue el desdichado Ayoub
Telbass. Como sabemos, motivos no le faltaban.
El capitán Braun convino que lo iría a buscar al arrozal,
donde, efectivamente, mucho antes que amaneciera se
encontraron.
Ayoub Telbass cabalgaba un espléndido mulo y se
acompañaba de una espingarda de caño largo. El capitán
Braun, que montaba un caballo, pensó para sus adentros que,
con aquel armatoste, Ayoub podía dedicarse a cazar
gorriones, no elefantes; pero calló sus deducciones.
Poco antes de llegar a la selva, se detuvieron en la
plantación de un francés, conocido por todos bajo el apodo de Mosiú. Mosiú se lamentó de no poder acompañarles,
porque con una pata de palo no podía ir correctamente a
cazar un elefante. Sin embargo, les acompañó varias millas,
pues el capitán y el árabe se vieron obligados a dejar su
cabalgadura en el corral del francés. El corral era el único
lugar que se había librado de la furia del paquidermo. En
mitad de la selva se desembarazaron de Mosiú, y de aquí en
adelante Braun y Ayoub Telbass siguieron por el camino
abierto por el paquidermo.
—Un ciego podría seguir el rastro —dijo Ayoub.
Y en cierto modo no le faltaba razón. Hacia donde se mirara
se veían árboles de tronco tierno quebrados, cuando no
arrancados de raíz, lo que les hacía suponer que el animal
era un voluminoso ejemplar solitario.
Días anteriores había llovido, y a pesar de la alta
temperatura que provocaba la rápida evaporación, los
caminos de la selva estaban tachonados de charcos. Una
especie de vaho azul subía hasta la copa de los árboles. En
ciertos tramos la selva tomaba la apariencia de un templo,
con la infinidad de sus columnas erguidas a extraordinaria
altura. Cuando los pájaros dejaban de chillar, los dos
hombres tenían la sensación de encontrarse en otro planeta.
Por donde se mirara se encontraban rastros de elefante, ya
impresos en el fango de los charcos evaporados, ya en el
sendero bárbaro, mutilado por su trompa. Abundaban las
ramas arrancadas y despojadas de sus hojas tiernas.
Tres horas después de haberse separado de Mosiú, los dos
hombres se detuvieron bruscamente. En un claro del bosque
yacía un tigre inmóvil. Braun y Ayoub Telbass se
aproximaron. La fiera debía hacer pocas horas que había
muerto. Estaba tendida sobre una sábana de sangre. Era
visible que había atacado al elefante.
El achocolatado Ayoub Telbass se puso gris del miedo.Si en toda cacería hay un momento que parece destinado a
vigorizar la voluntad de masacrar, el capitán Braun se
encontraba en este preciso momento. Había dejado de ser el
hombre resuelto que salió de Matalé, para transformarse en
una especie de fiera ensañada en la búsqueda de otra fiera.
De pronto cesaron las voces de los pájaros. Una llanura de
agua rechazaba la luz y se deshacía en espuma frente a unos
escalones de piedra inmóviles como un rebaño de
hipopótamos. Era el río. Desnudo, sentado bajo la copa de un
baobab, con la barba que le cubría las piernas, permanecía un
santón.
Braun no se dignó detenerse ante el hombre. Ayoub Telbass,
por un resabio de prudencia, le hizo un arqueado saludo y
continuó andando tras el capitán, que nuevamente descubrió
el rastro del elefante bajo la forma de grandes manchas de
sangre.
No cabía duda. El paquidermo debía estar gravemente herido
y Ayoub Telbass comenzaba a sentirse secretamente
contento. Por cierto que ninguno de los dos cazadores se dio
cuenta de que el santón del baobab había abandonado el
árbol y los seguía con paso elástico.
Braun no tuvo tiempo de retroceder. Enmarcado por una
cortina de sogas verdes, lo miraba malignamente un enorme
elefante rojo; tan manchado de sangre estaba. Braun se echó
la carabina a la cara y disparó. El elefante permaneció
inmóvil y, súbitamente, se desplomó como una catedral. Tras
él, empujado como por una fuerza plutónica, apareció otro
elefante. Ayoub Telbass lanzó un grito de espanto y,
arrojando su espingarda, echó a correr. Braun levantó otra
vez la carabina y disparó fríamente goloso; pero el elefante
no se detuvo, sino que continuó avanzando hacia él. Braun
quiso retroceder, tropezó en un tronco y rodó a un charco. El
elefante se agrandaba más y más en su rápida proximidad.
Ya estaba sobre él, resoplando neblinas de sangre, cuando el solitario desnudo se lanzó al camino y le echó una ristra de
sonidos inarticulados al hocico del animal. El elefante se
detuvo. Era algo extraordinario aquel viejo de larga barba y
piernas desnudas, increpando al elefante, que perdía
cascadas de sangre de junto a una oreja.
Braun alcanzó a recoger su carabina. El viejo seguía gritando
sus palabras mágicas ante el elefante, que, volviéndose
lentamente, se introdujo en la selva. Braun no se atrevió a
disparar contra el paquidermo. El viejo acababa de salvarle la
vida, pronunciando los “mantras del elefante” que, según la
fama, conocen algunos iniciados, y que consisten en una serie
de voces cuyo conocimiento se hereda. El animal que las
escucha está obligado a obedecer al que las pronuncia.
De pronto el elefante lanzó un berrido tremendo. Se apoyó
en un árbol y cayó. Estaba muerto.
Braun volvió la cabeza para buscar al santón y darle las
gracias. El viejo ya no estaba allí. Braun, pensativo, miró su
carabina y la arrojó al charco de fango; luego, con las manos
en los bolsillos, pensativamente, se volvió por donde había
venido. Silencioso, tras él marchaba Ayoub Telbass con su
inútil espingarda sobre el hombro.
Y esa fue la última vez que el capitán Braun salió a cazar.