Ante la puesta del sol. Pessoa


Ayer por la tarde, un hombre de ciudad hablaba ante la puerta de la posada. También hablaba conmigo. Hablaba de la justicia y de la lucha por la justicia, y de los obreros que sufren, y del trabajo constante, y de los que pasan hambre, y de los ricos, que tienen anchas las espaldas por eso.
Y al mirarme vio lágrimas en mis ojos y sonrió complacido, creyendo que sentía el odio que él sentía y la compasión que él decía que sentía.
Pero yo apenas lo escuchaba. ¿A mí qué me importan los hombres y lo que sufren, o suponen que sufren? Que sean como yo, y no sufrirán. Todo el mal del mundo viene de que a unos les importen los otros, sea para hacer el bien, sea para hacer el mal. Nuestra alma y el cielo y la tierra nos bastan. Querer más es perderlos y ser desgraciados.
Lo que estaba pensando mientras el amigo de los hombres hablaba (y eso me había conmovido hasta las lágrimas) era en cómo el murmullo lejano de los cencerros, aquel atardecer, no parecía las campanas de una ermita donde fueran a misa las flores y los regatos y las almas sencillas como la mía.
Alabado sea Dios, que no soy bueno y tengo el egoísmo natural de las flores y de los ríos que siguen su camino preocupados sin saberlo tan solo por florecer e ir discurriendo. Es esta la única misión que hay en el mundo, esta: existir claramente y saber hacerlo sin pensar en ello.
El hombre había callado, y miraba la puesta del sol. Pero ¿qué tiene que ver con la puesta del sol quien odia y ama?

Los nueve mil millones de nombres de Dios Arthur clarke

Esta es una petición un tanto desacostumbrada -dijo el doctor Wagner, con lo que esperaba podría ser un comentario plausible-. Que yo recuerde, es la primera vez que alguien ha pedido una computadora de secuencia automática para un monasterio tibetano. No me gustaría mostrarme inquisitivo, pero me cuesta pensar que en su… ejem… establecimiento haya aplicaciones para semejante máquina. ¿Podría explicarme qué intentan hacer con ella?
-Con mucho gusto -contestó el lama, arreglándose la túnica de seda y dejando cuidadosamente a un lado la regla de cálculo que había usado para efectuar la equivalencia entre monedas-. Su computadora Mark V puede efectuar cualquier operación matemática rutinaria que incluya hasta diez cifras. Sin embargo, para nuestro trabajo estamos interesados en letras, no en números. Cuando hayan sido modificados los circuitos de producción, la máquina imprimirá palabras, no columnas de cifras.
-No acabo de comprender…
-Es un proyecto en el que hemos estado trabajando durante los últimos tres siglos; de hecho, desde que se fundó el lamaísmo. Es algo extraño para su modo de pensar, así que espero que me escuche con mentalidad abierta mientras se lo explico.
-Naturalmente.
-En realidad, es sencillísimo. Hemos estado recopilando una lista que contendrá todos los posibles nombres de Dios.
-¿Qué quiere decir?
-Tenemos motivos para creer -continuó el lama, imperturbable- que todos esos nombres se pueden escribir con no más de nueve letras en un alfabeto que hemos ideado.
-¿Y han estado haciendo esto durante tres siglos?
-Sí; suponíamos que nos costaría alrededor de quince mil años completar el trabajo.
-Oh -exclamó el doctor Wagner, con expresión un tanto aturdida-. Ahora comprendo por qué han querido alquilar una de nuestras máquinas. ¿Pero cuál es exactamente la finalidad de este proyecto?
El lama vaciló durante una fracción de segundo y Wagner se preguntó si lo había ofendido. En todo caso, no hubo huella alguna de enojo en la respuesta.
-Llámelo ritual, si quiere, pero es una parte fundamental de nuestras creencias. Los numerosos nombres del Ser Supremo que existen: Dios, Jehová, Alá, etcétera, solo son etiquetas hechas por los hombres. Esto encierra un problema filosófico de cierta dificultad, que no me propongo discutir, pero en algún lugar entre todas las posibles combinaciones de letras que se pueden hacer están los que se podrían llamar verdaderos nombres de Dios. Mediante una permutación sistemática de las letras, hemos intentado elaborar una lista con todos esos posibles nombres.
-Comprendo. Han empezado con AAAAAAA… y han continuado hasta ZZZZZZZ…
-Exactamente, aunque nosotros utilizamos un alfabeto especial propio. Modificando los tipos electromagnéticos de las letras, se arregla todo, y esto es muy fácil de hacer. Un problema bastante más interesante es el de diseñar circuitos para eliminar combinaciones ridículas. Por ejemplo, ninguna letra debe figurar más de tres veces consecutivas.
-¿Tres? Seguramente quiere usted decir dos.
-Tres es lo correcto. Temo que me ocuparía demasiado tiempo explicar por qué, aun cuando usted entendiera nuestro lenguaje.
-Estoy seguro de ello -dijo Wagner, apresuradamente-. Siga.
-Por suerte, será cosa sencilla adaptar su computadora de secuencia automática a ese trabajo, puesto que, una vez ha sido programado adecuadamente, permutará cada letra por turno e imprimirá el resultado. Lo que nos hubiera costado quince mil años se podrá hacer en cien días.
El doctor Wagner apenas oía los débiles ruidos de las calles de Manhattan, situadas muy por debajo. Estaba en un mundo diferente, un mundo de montañas naturales no construidas por el hombre. En las remotas alturas de su lejano país, aquellos monjes habían trabajado con paciencia, generación tras generación, llenando sus listas de palabras sin significado. ¿Había algún límite a las locuras de la humanidad? No obstante, no debía insinuar siquiera sus pensamientos. El cliente siempre tenía razón…
-No hay duda -replicó el doctor- de que podemos modificar el Mark V para que imprima listas de este tipo. Pero el problema de la instalación y el mantenimiento ya me preocupa más. Llegar al Tíbet en los tiempos actuales no va a ser fácil.
-Nosotros nos encargaremos de eso. Los componentes son lo bastante pequeños para poder transportarse en avión. Este es uno de los motivos de haber elegido su máquina. Si usted la puede hacer llegar a la India, nosotros proporcionaremos el transporte desde allí.
-¿Y quieren contratar a dos de nuestros ingenieros?
-Sí, para los tres meses que se supone ha de durar el proyecto.
-No dudo de que nuestra sección de personal les proporcionará las personas idóneas -el doctor Wagner hizo una anotación en la libreta que tenía sobre la mesa-. Hay otras dos cuestiones… -antes de que pudiese terminar la frase, el lama sacó una pequeña hoja de papel.
-Este es el saldo de mi cuenta del Banco Asiático.
-Gracias. Parece ser… hum… adecuado. La segunda cuestión es tan trivial que vacilo en mencionarla… pero es sorprendente la frecuencia con que lo obvio se pasa por alto. ¿Qué fuente de energía eléctrica tienen ustedes?
-Un generador diesel que proporciona cincuenta kilovatios a ciento diez voltios. Fue instalado hace unos cinco años y funciona muy bien. Hace la vida en el monasterio mucho más cómoda, pero, desde luego, en realidad fue instalado para proporcionar energía a los altavoces que emiten las plegarias.
-Desde luego -admitió el doctor Wagner-. Debía haberlo imaginado.
*
La vista desde el parapeto era vertiginosa, pero con el tiempo uno se acostumbra a todo. Después de tres meses, George Hanley no se impresionaba por los dos mil pies de profundidad del abismo, ni por la visión remota de los campos del valle semejantes a cuadros de un tablero de ajedrez. Estaba apoyado contra las piedras pulidas por el viento y contemplaba con displicencia las distintas montañas, cuyos nombres nunca se había preocupado de averiguar.
Aquello, pensaba George, era la cosa más loca que le había ocurrido jamás. El “Proyecto Shangri-La”, como alguien lo había bautizado en los lejanos laboratorios. Desde hacía ya semanas, el Mark V estaba produciendo acres de hojas de papel cubiertas de galimatías. Pacientemente, inexorablemente, la computadora había ido disponiendo letras en todas sus posibles combinaciones, agotando cada clase antes de empezar con la siguiente. Cuando las hojas salían de las máquinas de escribir electromagnéticas, los monjes las recortaban cuidadosamente y las pegaban a unos libros enormes. Una semana más y, con la ayuda del cielo, habrían terminado. George no sabía qué oscuros cálculos habían convencido a los monjes de que no necesitaban preocuparse por las palabras de diez, veinte o cien letras. Uno de sus habituales quebraderos de cabeza era que se produjese algún cambio de plan y que el gran lama (a quien ellos llamaban Sam Jaffe, aunque no se le parecía en absoluto) anunciase de pronto que el proyecto se extendería aproximadamente hasta el año 2060 de la Era Cristiana. Eran capaces de una cosa así.
George oyó que la pesada puerta de madera se cerraba de golpe con el viento al tiempo que Chuck entraba en el parapeto y se situaba a su lado. Como de costumbre, Chuck iba fumando uno de los cigarros puros que lo habían hecho tan popular entre los monjes, que, al parecer, estaban completamente dispuestos a adoptar todos los menores y gran parte de los mayores placeres de la vida. Esto era una cosa a su favor: podían estar locos, pero no eran tontos. Aquellas frecuentes excursiones que realizaban a la aldea de abajo, por ejemplo…
-Escucha, George -dijo Chuck con urgencia-. He sabido algo que puede significar un disgusto.
-¿Qué sucede? ¿No funciona bien la máquina? -esta era la peor contingencia que George podía imaginar. Era algo que podría retrasar el regreso y no había nada más horrible. Tal como se sentía él ahora, la simple visión de un anuncio de televisión le parecería maná caído del cielo. Por lo menos representaría un vínculo con su tierra.
-No, no es nada de eso -Chuck se instaló en el parapeto, lo cual era inhabitual en él, porque normalmente le daba miedo el abismo-. Acabo de descubrir cuál es el motivo de todo esto.
-¿Qué quieres decir? Yo pensaba que lo sabíamos.
-Cierto, sabíamos lo que los monjes están intentando hacer. Pero no sabíamos por qué. Es la cosa más loca…
-Eso ya lo tengo muy oído -gruñó George.
-…pero el viejo me acaba de hablar con claridad. Sabes que acude cada tarde para ver cómo van saliendo las hojas. Pues bien, esta vez parecía bastante excitado o, por lo menos, más de lo que suele estarlo normalmente. Cuando le dije que estábamos en el último ciclo me preguntó, en ese acento inglés tan fino que tiene, si yo había pensado alguna vez en lo que intentaban hacer. Yo dije que me gustaría saberlo… y entonces me lo explicó.
-Sigue; voy captando.
-El caso es que ellos creen que cuando hayan hecho la lista de todos los nombres, y admiten que hay unos nueve mil millones, Dios habrá alcanzado su objetivo. La raza humana habrá acabado aquello para lo cual fue creada y no tendrá sentido alguno continuar. Desde luego, la idea misma es algo así como una blasfemia.
-¿Entonces que esperan que hagamos? ¿Suicidarnos?
-No hay ninguna necesidad de esto. Cuando la lista esté completa, Dios se pone en acción, acaba con todas las cosas y… ¡listos!
-Oh, ya comprendo. Cuando terminemos nuestro trabajo, tendrá lugar el fin del mundo.
Chuck dejo escapar una risita nerviosa.
-Esto es exactamente lo que le dije a Sam. ¿Y sabes qué ocurrió? Me miró de un modo muy raro, como si yo hubiese cometido alguna estupidez en la clase, y dijo:
“No se trata de nada tan trivial como eso”.
George estuvo pensando durante unos momentos.
-Esto es lo que yo llamo una visión amplia del asunto -dijo después-. ¿Pero qué supones que deberíamos hacer al respecto? No veo que ello signifique la más mínima diferencia para nosotros. Al fin y al cabo, ya sabíamos que estaban locos.
-Sí… pero ¿no te das cuenta de lo que puede pasar? Cuando la lista esté acabada y la trompeta final no suene (o no ocurra lo que ellos esperan, sea lo que sea), nos pueden culpar a nosotros del fracaso. Es nuestra máquina la que han estado usando. Esta situación no me gusta ni pizca.
-Comprendo – dijo George lentamente-. Has dicho algo de interés. Pero ese tipo de cosas ha ocurrido otras veces. Cuando yo era un chiquillo, allá en Luisiana, teníamos un predicador chiflado que una vez dijo que el fin del mundo llegaría el domingo siguiente. Centenares de personas lo creyeron y algunas hasta vendieron sus casas. Sin embargo, cuando nada sucedió, no se pusieron furiosos, como se hubiera podido esperar. Simplemente decidieron que el predicador había cometido un error en sus cálculos y siguieron creyendo. Me parece que algunos de ellos creen todavía.
-Bueno, pero esto no es Luisiana, por si aún no te habías dado cuenta. Nosotros no somos más que dos y monjes los hay a centenares aquí. Yo les tengo aprecio, y sentiré pena por el viejo Sam cuando vea su gran fracaso. Pero, de todos modos, me gustaría estar en otro sitio.
-Esto lo he estado deseando yo durante semanas. Pero no podemos hacer nada hasta que el contrato haya terminado y lleguen los transportes aéreos para llevarnos lejos. Claro que -dijo Chuck pensativamente- siempre podríamos probar con un ligero sabotaje.
-¿Estás loco? Eso empeoraría las cosas.
Lo que yo he querido decir, no. Míralo así. Funcionando las veinticuatro horas del día, tal como lo está haciendo, la máquina terminará su trabajo dentro de cuatro días a partir de hoy. El transporte llegará dentro de una semana. Pues bien, todo lo que necesitamos hacer es encontrar algo que tenga que ser reparado cuando hagamos una revisión; algo que interrumpa el trabajo durante un par de días. Lo arreglaremos, desde luego, pero no demasiado aprisa. Si calculamos bien el tiempo, podremos estar en el aeródromo cuando el último nombre quede impreso en el registro. Para entonces ya no nos podrán coger.
-No me gusta la idea -dijo George-. Sería la primera vez que he abandonado un trabajo. Además, les haría sospechar. No, me quedaré y aceptaré lo que venga.
*
-Sigue sin gustarme -dijo, siete días más tarde, mientras los pequeños pero resistentes burritos de montaña los llevaban hacia abajo por la serpenteante carretera-. Y no pienses que huyo porque tengo miedo. Lo que pasa es que siento pena por esos infelices y no quiero estar junto a ellos cuando se den cuenta de lo tontos que han sido. Me pregunto cómo se lo va a tomar Sam.
-Es curioso -replicó Chuck-, pero cuando le dije adiós tuve la sensación de que sabía que en realidad lo abandonábamos, pero que no le importó porque sabía también que la máquina funcionaba bien y que el trabajo quedaría muy pronto acabado. Después de eso… claro que, para él, ya no hay ningún después…
George se volvió en la silla y miró hacia atrás, sendero arriba. Era el último sitio desde donde se podía contemplar con claridad el monasterio. La silueta de los achaparrados y angulares edificios se recortaba contra el cielo crepuscular: aquí y allá se veían luces que resplandecían como las portillas del costado de un transatlántico. Luces eléctricas, desde luego, compartiendo el mismo circuito que el Mark V. ¿Cuánto tiempo lo seguirían compartiendo?, se preguntó George. ¿Destrozarían los monjes la computadora, llevados por el furor y la desesperación? ¿O se limitarían a quedarse tranquilos y empezarían de nuevo todos sus cálculos?
Sabía exactamente lo que estaba pasando en lo alto de la montaña en aquel mismo momento. El gran lama y sus ayudantes estarían sentados, vestidos con sus túnicas de seda e inspeccionando las hojas de papel mientras los monjes principiantes las sacaban de las máquinas de escribir y las pegaban a los grandes volúmenes. Nadie diría una palabra. El único ruido sería el incesante golpear de las letras sobre el papel, porque el Mark V era de por sí completamente silencioso mientras efectuaba sus millares de cálculos por segundo. Tres meses así, pensó George, eran ya como para subirse por las paredes.
-¡Allí esta! -gritó Chuck, señalando abajo hacia el valle-. ¿Verdad que es hermoso?
Ciertamente lo era, pensó George. El viejo y abollado DC3 estaba en el final de la pista, como una menuda cruz de plata. Dentro de dos horas los estaría llevando hacia la libertad y la sensatez. Era algo así como saborear un licor de calidad. George dejó que el pensamiento le llenase la mente, mientras el burrito avanzaba pacientemente pendiente abajo.
La rápida noche de las alturas del Himalaya casi se les echaba encima. Afortunadamente, el camino era muy bueno, como la mayoría de los de la región, y ellos iban equipados con linternas. No había el más ligero peligro: solo cierta incomodidad causada por el intenso frío. El cielo estaba perfectamente despejado e iluminado por las familiares y amistosas estrellas. Por lo menos, pensó George, no habría riesgo de que el piloto no pudiese despegar a causa de las condiciones del tiempo. Esta había sido su última preocupación. Se puso a cantar, pero lo dejó al cabo de poco. El vasto escenario de las montañas, brillando por todas partes como fantasmas blancuzcos encapuchados, no animaba a esta expansión. De pronto, George consultó su reloj.
-Estaremos allí dentro de una hora -dijo, volviéndose hacia Chuck. Después, pensando en otra cosa, añadió-: Me pregunto si la computadora habrá terminado su trabajo. Estaba calculado para esta hora.
Chuck no contestó, así que George se volvió completamente hacia él. Pudo ver la cara de Chuck: era un óvalo blanco vuelto hacia el cielo.
-Mira -susurró Chuck; George alzó la vista hacia el espacio. (Siempre hay una última vez para todo.)
Arriba, sin ninguna conmoción, las estrellas se estaban apagando.

En la playa de ostia gianni rodari

A pocos kilómetros de Roma está la playa de Ostia, adonde los romanos acuden a miles en verano; en la playa no queda espacio ni siquiera para hacer un agujero en la arena con una palita, y el que llega el último no sabe dónde plantar la sombrilla.

Una vez llegó a la playa de Ostia un tipo extravagante, realmente cómico. Llegó el último, con la sombrilla bajo el brazo, y no encontró sitio para plantarla. Entonces la abrió, le hizo un retoque al mango y la sombrilla se elevó inmediatamente por el aire, sobrevolando miles y miles de sombrillas y yéndose a detener a la misma orilla del mar, pero dos o tres metros por encima de la punta de las otras sombrillas. El desconcertante individuo abrió su tumbona, y también esta flotó en el aire. El hombre se tumbó al amparo de la sombrilla, sacó un libro del bolsillo y empezó a leer, respirando la brisa del mar, picante de sal y de yodo.

Al principio, la gente ni siquiera se dio cuenta de su presencia. Todos estaban debajo de sus sombrillas, intentando ver un pedacito de mar por entre las cabezas de los que tenían delante, o hacían crucigramas, y nadie miraba hacia arriba. Pero de repente una señora oyó caer algo sobre su sombrilla; creyó que había sido una pelota y se levantó para regañar a los niños; miró a su alrededor y hacia arriba y vio al extravagante individuo suspendido sobre su cabeza. El señor miraba hacia abajo y le dijo a aquella señora:

-Disculpe, señora, se me ha caído el libro. ¿Querría usted echármelo para arriba, por favor?

De la sorpresa, la señora se cayó de espaldas, quedándose sentada sobre la arena, y como era muy gorda no lograba incorporarse. Sus parientes acudieron para ayudarla, y la señora, sin hablar, les señaló con el dedo la sombrilla volante.

-Por favor -repitió el desconcertante individuo-, ¿quieren tirarme mi libro?

-¿Pero es que no ve que ha asustado a nuestra tía?

-Lo siento mucho, pero de verdad que no era esa mi intención.

-Entonces, bájese de ahí; está prohibido.

-En absoluto; no había sitio en la playa y me he puesto aquí arriba. Yo también pago los impuestos, ¿sabe usted?

Mientras, uno tras otro, todos los romanos de la playa se pusieron a mirar hacia arriba; y señalaban riendo a aquel extraño bañista.

-¿Ves a aquel? -decían-. ¡Tiene una sombrilla a reacción!

-¡Eh, astronauta! -le gritaban-. ¿Me dejas subir a mí también?

Un muchachito le echó hacia arriba el libro, y el señor lo hojeaba nerviosamente buscando la señal. Luego prosiguió su lectura, muy sofocado. Poco a poco fueron dejándolo en paz. Solo los niños, de vez en cuando, miraban al aire con envidia, y los más valientes gritaban:

-¡Señor! ¡Señor!

-¿Qué quieren?

-¿Por qué no nos enseña cómo se hace para estar así en el aire?

Pero el señor refunfuñaba y proseguía su lectura. Al atardecer, con un ligero silbido, la sombrilla se fue volando, el desconcertante individuo aterrizó en la calle cerca de su motocicleta, se subió a ella y se marchó.

¿Quién sería aquel tipo y dónde compraría aquella sombrilla?

Las monas viajeras. Gianni Rodari

Las monas viajeras
Un día las monas decidieron hacer un viaje de aprendizaje. Camina que camina, se pararon y una preguntó:
-¿Qué es lo que se ve?
-La jaula de un león, el estanque de las focas y la casa de la jirafa.
-Qué grande es el mundo y qué instructivo es viajar.
Siguieron el camino y se pararon solo al mediodía.
-¿Qué es lo que se ve ahora?
-La casa de la jirafa, el estanque de las focas y la jaula del león.
-Qué extraño es el mundo y qué instructivo es viajar.
Se pusieron en marcha y se pararon solo a la puesta del sol.
-¿Qué hay para ver?
-La jaula del león, la casa de la jirafa y el estanque de las focas.
-Qué aburrido es el mundo: se ven siempre las mismas cosas. Y viajar no sirve precisamente para nada.
Claro: viajaban, viajaban, pero no habían salido de la jaula y no hacían más que dar vueltas en redondo como los caballos del tiovivo.

El joven indefenso Brecht

Bertolt Brecht

Un transeúnte preguntó a un muchacho que lloraba amargamente cuál era la causa de su congoja.
—Había reunido dos monedas para ir al cine —dijo el interrogado—, pero se me ha acercado un chico y me quitó una —y señaló a un chiquillo que estaba a cierta distancia.
—¿Y no pediste ayuda? —preguntó el hombre.
—Claro que sí —replicó el muchacho, sollozando con más fuerza.
—¿Y nadie te oyó? —siguió preguntando el hombre, al tiempo que lo acariciaba tiernamente.
—No —gimió el niño.
—¿Y no puedes gritar más fuerte? —preguntó el hombre.
—No —replicó el chico, mirándolo con ojos esperanzados, pues el hombre sonrió.
—Entonces, dame la que te queda —dijo el hombre, y quitándole la última moneda de la mano, prosiguió despreocupadamente su camino.

Hunain y el Califa Brecht

Bertolt Brecht

El médico Hunain fue llamado a comparecer ante el califa, que deseaba veneno para sus enemigos. Ofreció al médico riquezas, si obedecía, y la cárcel, si ponía dificultades. Al cabo de un año de prisión, Hunain fue nuevamente arrastrado hasta el trono del califa. A un lado del trono habían amontonado tesoros; al otro, instrumentos de tortura. El califa señaló primero uno de los montones, luego el otro.
—¿Cuál eliges? —preguntó.
Hunain le respondió:
—Yo solo he aprendido el arte de curar y ningún otro.
El califa le hizo una seña al verdugo, y Hunain, sintiendo llegar su última hora, dijo:
—El día del juicio Dios me recompensará. Si el califa quiere pecar, es asunto suyo.
La sonrisa del califa rompió la tensión. Nunca había pretendido herir al médico. Solo quiso poner a prueba su honorabilidad.

El emperador de China. Marco Denevi

Cuando el emperador Wu Ti murió en su vasto lecho, en lo más profundo del palacio imperial, nadie se dio cuenta. Todos estaban demasiado ocupados en obedecer sus órdenes. El único que lo supo fue Wang Mang, el primer ministro, hombre ambicioso que aspiraba al trono. No dijo nada y ocultó el cadáver. Transcurrió un año de increíble prosperidad para el imperio. Hasta que, por fin, Wang Mang mostró al pueblo el esqueleto pelado del difunto emperador.
-¿Veis? -dijo- durante un año un muerto se sentó en el trono. Y quien realmente gobernó fui yo. Merezco ser el emperador.

El voto de silencio TIBET

El voto de silencio
En los tiempos en que eran jóvenes,
Drougpa Kounley y su hermano se
habían retirado a una cueva perdida en
medio de un desierto de rocas azules
que se fundían con el azur del cielo. Habían
hecho voto de permanecer juntos
durante dos lunas, aislados del mundo y
en un silencio absoluto, para dedicarse
con fervor a la meditación. En el alba del
séptimo día, el Loco Divino desapareció
de la cueva. Furioso, su hermano partió
en su búsqueda, decidido a reprenderlo por no haber cumplido la promesa que
habían hecho de ayudarse mutuamente
durante ese período.
Tres días más tarde, su hermano,
sumamente indignado, vio a Kounley
deambulando por las calles de una ciudad,
alternando con los comerciantes y
llevándole la compra a una encantadora
ama de casa mientras charlaba con ella.
El hermano, enfurecido, interpeló al
incorregible yogui y le lanzó una lluvia
de reproches.
Drougpa Kounley aguantó el chaparrón
de críticas sin decir palabra, mientras
se acariciaba la barba y esbozaba
una sonrisa maliciosa. Cuando su hermano
se hubo desahogado, Kounley replicó:
-¡Pero es que en ese desierto de rocas
había demasiado ruido!
-¿Demasiado ruido? ¿Estás de broma?
¡Pero si en las profundidades de aquella cueva no llegaba ningún sonido,
ni siquiera el silbido del viento ni el grito
del águila!
-Sí, puede ser, pero esta plaza del
mercado me ha parecido menos ruidosa.
-Pero ¿qué estás diciendo? ¡Ya estás
con otra de tus majaderías!
-¡Para nada! ¡Que sepas que allí mi
meditación se veía interrumpida en demasiadas
ocasiones por el jaleo que hacían
todos los pensamientos mundanos
que daban vueltas en tu cabeza!

La princesa de Khartchen

La princesa de Khartchen TIBET

La princesa de Khartchen
En el siglo viii, el rey budista de
Khartchen tenía una hija que poseía
todas las cualidades de una dakini.
Su belleza era deslumbrante, sus gestos
delicados, su rostro reflejaba una compasión
inmensa y su espíritu estaba dirigido
hacia el Dharma. El día de su nacimiento
se habían manifestado todos
los signos de la encarnación de una diosa:
un arco iris había coronado el castillo
real, y el lago vecino se había cubierto
espontáneamente de lotos blancos y rojos. A la princesa le pusieron el nombre
de Yeshe Tsogyal, Victoria del océano de
sabiduría.
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Cuando cumplió dieciséis años, como
dictaba la costumbre, su padre decidió
casarla. Sus emisarios salieron a la búsqueda
de un buen partido entre sus poderosos
vecinos, con el objetivo de sellar
también una alianza ventajosa. Los pretendientes
eran numerosos, pero el rey
de Khartchen se quedó con dos soberanos,
uno de Khartchu y otro de Surkhar,
que deseaban ardientemente conseguir
a la incomparable princesa y rivalizaban
en promesas por poseerla. Por temor
a herir el orgullo de aquellos temibles
pretendientes, el padre de Yeshe Tsogyal
les hizo saber que dejaría que fuera su hija
quien eligiera. Así pues, cada uno de los
candidatos envió una embajada con ricos
presentes para inclinar el corazón de la
joven a su favor.
Cuando las caravanas de ambos pretendientes
empezaban a vislumbrarse
en el camino, el rey de Khartchen expuso
a su hija lo que esperaba de ella.
Yeshe Tsogyal, que hasta el momento se
había mostrado dulce y dócil, sacó sus
garras de leona de las nieves. Llena de
ira, reprochó a su padre que éste quisiera
casarla con uno de esos reyes descarriados,
unos defensores del bon que
se resistían a convertirse a la santa doctrina
de Buda. Se negó a mezclarse con
ninguno de esos arcaicos chamanes, esos
sacrificadores de animales. Su contacto
la mancharía, le impediría seguir el Dharma
y alcanzar la Liberación, que era su
única meta en esta vida. Prefería hacerse
monja o matarse.
Loco de furia por que su hija le hiciera
quedar mal y amenazara los intereses del
reino, el rey de Khartchen la agarró
del pelo y la arrastró hasta las caballerizas. La obligó a subirse a uno de sus purasangres
y la condujo hasta el portón
del castillo para recibir a los embajadores.
El padre, furioso, anunció a los representantes
de ambas partes que su
hija pertenecería al primero que consiguiera
alcanzarla. Y acto seguido pegó
un latigazo en el lomo del purasangre,
que se llevó a la princesa en una brusca
cabalgada.
Los embajadores se lanzaron inmediatamente
a una carrera desenfrenada,
seguidos de sus guerreros. La distancia
entre la jauría y su presa no tardó en reducirse.
El jefe de los hombres de Khartchu
fue el primero en alcanzar a Yeshe
Tsogyal. La agarró por el cuello de su
tchouba, pero la princesa se mantuvo firmemente
sentada sobre su silla y se deshizo
de su vestido de fieltro, que se quedó
en las manos del ministro. Le tocó
entonces probar suerte al embajador de Surkhar. Agarró a la joven por la camisa
de brocado, pero ésta se rasgó, dejando
que la hábil amazona siguiera su carrera
con los senos desnudos. El ministro soltó
el trozo de tela y volvió a la carga, enfurecido.
Agarró esta vez a la princesa
por los pelos y consiguió que soltara los
estribos. La arrastró durante varios metros
antes de frenar un poco. Fue entonces
cuando la testaruda Yeshe Tsogyal
se agarró de repente a una roca e hizo
que su verdugo perdiera el equilibrio,
cayera de su montura y perdiera el conocimiento
al golpearse la cabeza contra
una piedra. El ministro de Khartchu
aprovechó esta caída para agarrar a su
vez a la princesa por los pelos y la golpeó
con la parte plana de su sable para que
soltara la roca. Bajo los golpes, y con el
cuerpo desnudo cubierto de moratones
y de heridas, Yeshe Tsogyal acabó cediendo.
El ministro de Khartchu la colocó a lomos de su propio caballo y, protegido
por sus hombres, se llevó con él su
valioso y revoltoso trofeo.
Al anochecer, los embajadores de Khartchu
celebraron la victoria en su campamento.
Bebieron y bailaron. En el corazón
de aquella noche sin luna, aprovechando
la embriaguez de los guardias, la obstinada
princesa robó un caballo y desapareció
rumbo a las montañas. Se las
ingenió para librarse de sus perseguidores,
ocultando sus huellas en el curso de
un río y sobre rocas planas; llegó incluso
a mandar a su caballo en otra dirección,
después de cargarlo de piedras para que
las huellas hicieran creer que todavía
seguía montándolo. Así consiguió despistar
a los rastreadores más hábiles.
Yeshe Tsogyal halló refugio en una
cueva en medio de un valle lejano. Allí vivió como un ermitaño. Había cambiado
su habitación cubierta de sedas por
una caverna de roca gris, sus ropas de
brocado por un vestido de follaje y sus
platos con especias por bayas silvestres.
Pero no había perdido con el cambio. En
la desierta montaña, lejos del ruido de la
vida mundana, por fin podía dedicarse a
la meditación y entregarse en cuerpo y
alma a la búsqueda del Despertar. Se había
liberado de la hipocresía de sus semejantes,
de las intrigas de la corte, del
deseo de los hombres y de los celos de
las mujeres. Poco a poco su corazón recobró
la paz, y su mirada, la inocencia
perdida de la infancia. El brillo reluciente
de la fuente o las perlas de rocío que
brillaban con los primeros rayos de luz
tenían para ella más valor que todas las
joyas de una princesa. Aprender a mirar
de nuevo es sin duda el primer estadio de
la Iluminación.
Unos pastores vieron a la princesa
anacoreta en un arroyo y vendieron
el secreto de su refugio por unas cuantas
monedas de oro al rey de Surkhar,
que no había perdido la esperanza de
conseguirla y había prometido una recompensa
a quien le diera cualquier información
sobre ella. El monarca envió
inmediatamente a trescientos guerreros
para capturarla.
Cuando la noticia llegó a oídos del
rey de Khartchu, éste reclamó a Yeshe
Tsogyal, pues el jefe de su embajada la
había ganado en su nombre. Al negarse
el otro pretendiente a entregar a su prisionera,
el asunto se enconó. Ambos reyes
se prepararon para la guerra.
Para sofocar el fuego de la guerra, el
padre de la princesa propuso la mano de
su hija al rey supremo del País de las
Nieves, Trissong Détsen. Los reyes rivales,
que preferían evitar cualquier enfrentamiento con su soberano, el poderoso
emperador del Tíbet, renunciaron a
la princesa. Yeshe Tsogyal se convirtió
en una de las esposas reales. Su calvario
había llegado a su fin, y su nueva vida la
satisfizo más de lo que esperaba. Pues su
marido, el rey supremo, se había convertido
al budismo y había mandado
venir de la India a monjes eruditos. La
nueva reina pudo estudiar el Dharma
con aquellos doctos pandits y resultó
ser una alumna excelente. Se convirtió
en la esposa preferida del monarca y fue
su confidente y su consejera, especialmente
en los asuntos religiosos.

Qué cuantos años tengo? Saramago

JOSÉ SARAMAGO/
“Poema sobre la Vejez”
Qué cuántos años tengo? –
¡Qué importa eso!
¡Tengo la edad que quiero y siento!
La edad en que puedo gritar sin miedo lo que pienso.
Hacer lo que deseo, sin miedo al fracaso o lo desconocido…
. Pues tengo la experiencia de los años vividos
y la fuerza de la convicción de mis deseos.
¡Qué importa cuántos años tengo!
¡No quiero pensar en ello!
Pues unos dicen que ya soy viejo,
y otros «que estoy en el apogeo».
Pero no es la edad que tengo, ni lo que la gente dice,
sino lo que mi corazón siente y mi cerebro dicte.
Tengo los años necesarios para gritar lo que pienso,
para hacer lo que quiero, para reconocer yerros viejos,
rectificar caminos y atesorar éxitos.
Ahora no tienen por qué decir: ¡Estás muy joven, no lo lograrás!…
¡Estás muy viejo, ya no podrás!…
Tengo la edad en que las cosas se miran con más calma,
pero con el interés de seguir creciendo.
Tengo los años en que los sueños,
se empiezan a acariciar con los dedos,
las ilusiones se convierten en esperanza.
Tengo los años en que el amor,
a veces es una loca llamarada,
ansiosa de consumirse en el fuego de una pasión deseada.
y otras… es un remanso de paz, como el atardecer en la playa..
¿Qué cuántos años tengo?
No necesito marcarlos con un número,
pues mis anhelos alcanzados,
mis triunfos obtenidos,
las lágrimas que por el camino derramé al ver mis ilusiones truncadas…
¡Valen mucho más que eso!
¡Qué importa si cumplo cincuenta, sesenta o más!
Pues lo que importa: ¡es la edad que siento!
Tengo los años que necesito para vivir libre y sin miedos.
Para seguir sin temor por el sendero,
pues llevo conmigo la experiencia adquirida
y la fuerza de mis anhelos
¿Qué cuántos años tengo?
¡Eso!… ¿A quién le importa?
Tengo los años necesarios para perder ya el miedo
y hacer lo que quiero y siento!!.
Qué importa cuántos años tengo.
o cuántos espero, si con los años que tengo,
¡¡aprendí a querer lo necesario y a tomar, sólo lo bueno!!