La princesa de Khartchen

La princesa de Khartchen TIBET

La princesa de Khartchen
En el siglo viii, el rey budista de
Khartchen tenía una hija que poseía
todas las cualidades de una dakini.
Su belleza era deslumbrante, sus gestos
delicados, su rostro reflejaba una compasión
inmensa y su espíritu estaba dirigido
hacia el Dharma. El día de su nacimiento
se habían manifestado todos
los signos de la encarnación de una diosa:
un arco iris había coronado el castillo
real, y el lago vecino se había cubierto
espontáneamente de lotos blancos y rojos. A la princesa le pusieron el nombre
de Yeshe Tsogyal, Victoria del océano de
sabiduría.
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Cuando cumplió dieciséis años, como
dictaba la costumbre, su padre decidió
casarla. Sus emisarios salieron a la búsqueda
de un buen partido entre sus poderosos
vecinos, con el objetivo de sellar
también una alianza ventajosa. Los pretendientes
eran numerosos, pero el rey
de Khartchen se quedó con dos soberanos,
uno de Khartchu y otro de Surkhar,
que deseaban ardientemente conseguir
a la incomparable princesa y rivalizaban
en promesas por poseerla. Por temor
a herir el orgullo de aquellos temibles
pretendientes, el padre de Yeshe Tsogyal
les hizo saber que dejaría que fuera su hija
quien eligiera. Así pues, cada uno de los
candidatos envió una embajada con ricos
presentes para inclinar el corazón de la
joven a su favor.
Cuando las caravanas de ambos pretendientes
empezaban a vislumbrarse
en el camino, el rey de Khartchen expuso
a su hija lo que esperaba de ella.
Yeshe Tsogyal, que hasta el momento se
había mostrado dulce y dócil, sacó sus
garras de leona de las nieves. Llena de
ira, reprochó a su padre que éste quisiera
casarla con uno de esos reyes descarriados,
unos defensores del bon que
se resistían a convertirse a la santa doctrina
de Buda. Se negó a mezclarse con
ninguno de esos arcaicos chamanes, esos
sacrificadores de animales. Su contacto
la mancharía, le impediría seguir el Dharma
y alcanzar la Liberación, que era su
única meta en esta vida. Prefería hacerse
monja o matarse.
Loco de furia por que su hija le hiciera
quedar mal y amenazara los intereses del
reino, el rey de Khartchen la agarró
del pelo y la arrastró hasta las caballerizas. La obligó a subirse a uno de sus purasangres
y la condujo hasta el portón
del castillo para recibir a los embajadores.
El padre, furioso, anunció a los representantes
de ambas partes que su
hija pertenecería al primero que consiguiera
alcanzarla. Y acto seguido pegó
un latigazo en el lomo del purasangre,
que se llevó a la princesa en una brusca
cabalgada.
Los embajadores se lanzaron inmediatamente
a una carrera desenfrenada,
seguidos de sus guerreros. La distancia
entre la jauría y su presa no tardó en reducirse.
El jefe de los hombres de Khartchu
fue el primero en alcanzar a Yeshe
Tsogyal. La agarró por el cuello de su
tchouba, pero la princesa se mantuvo firmemente
sentada sobre su silla y se deshizo
de su vestido de fieltro, que se quedó
en las manos del ministro. Le tocó
entonces probar suerte al embajador de Surkhar. Agarró a la joven por la camisa
de brocado, pero ésta se rasgó, dejando
que la hábil amazona siguiera su carrera
con los senos desnudos. El ministro soltó
el trozo de tela y volvió a la carga, enfurecido.
Agarró esta vez a la princesa
por los pelos y consiguió que soltara los
estribos. La arrastró durante varios metros
antes de frenar un poco. Fue entonces
cuando la testaruda Yeshe Tsogyal
se agarró de repente a una roca e hizo
que su verdugo perdiera el equilibrio,
cayera de su montura y perdiera el conocimiento
al golpearse la cabeza contra
una piedra. El ministro de Khartchu
aprovechó esta caída para agarrar a su
vez a la princesa por los pelos y la golpeó
con la parte plana de su sable para que
soltara la roca. Bajo los golpes, y con el
cuerpo desnudo cubierto de moratones
y de heridas, Yeshe Tsogyal acabó cediendo.
El ministro de Khartchu la colocó a lomos de su propio caballo y, protegido
por sus hombres, se llevó con él su
valioso y revoltoso trofeo.
Al anochecer, los embajadores de Khartchu
celebraron la victoria en su campamento.
Bebieron y bailaron. En el corazón
de aquella noche sin luna, aprovechando
la embriaguez de los guardias, la obstinada
princesa robó un caballo y desapareció
rumbo a las montañas. Se las
ingenió para librarse de sus perseguidores,
ocultando sus huellas en el curso de
un río y sobre rocas planas; llegó incluso
a mandar a su caballo en otra dirección,
después de cargarlo de piedras para que
las huellas hicieran creer que todavía
seguía montándolo. Así consiguió despistar
a los rastreadores más hábiles.
Yeshe Tsogyal halló refugio en una
cueva en medio de un valle lejano. Allí vivió como un ermitaño. Había cambiado
su habitación cubierta de sedas por
una caverna de roca gris, sus ropas de
brocado por un vestido de follaje y sus
platos con especias por bayas silvestres.
Pero no había perdido con el cambio. En
la desierta montaña, lejos del ruido de la
vida mundana, por fin podía dedicarse a
la meditación y entregarse en cuerpo y
alma a la búsqueda del Despertar. Se había
liberado de la hipocresía de sus semejantes,
de las intrigas de la corte, del
deseo de los hombres y de los celos de
las mujeres. Poco a poco su corazón recobró
la paz, y su mirada, la inocencia
perdida de la infancia. El brillo reluciente
de la fuente o las perlas de rocío que
brillaban con los primeros rayos de luz
tenían para ella más valor que todas las
joyas de una princesa. Aprender a mirar
de nuevo es sin duda el primer estadio de
la Iluminación.
Unos pastores vieron a la princesa
anacoreta en un arroyo y vendieron
el secreto de su refugio por unas cuantas
monedas de oro al rey de Surkhar,
que no había perdido la esperanza de
conseguirla y había prometido una recompensa
a quien le diera cualquier información
sobre ella. El monarca envió
inmediatamente a trescientos guerreros
para capturarla.
Cuando la noticia llegó a oídos del
rey de Khartchu, éste reclamó a Yeshe
Tsogyal, pues el jefe de su embajada la
había ganado en su nombre. Al negarse
el otro pretendiente a entregar a su prisionera,
el asunto se enconó. Ambos reyes
se prepararon para la guerra.
Para sofocar el fuego de la guerra, el
padre de la princesa propuso la mano de
su hija al rey supremo del País de las
Nieves, Trissong Détsen. Los reyes rivales,
que preferían evitar cualquier enfrentamiento con su soberano, el poderoso
emperador del Tíbet, renunciaron a
la princesa. Yeshe Tsogyal se convirtió
en una de las esposas reales. Su calvario
había llegado a su fin, y su nueva vida la
satisfizo más de lo que esperaba. Pues su
marido, el rey supremo, se había convertido
al budismo y había mandado
venir de la India a monjes eruditos. La
nueva reina pudo estudiar el Dharma
con aquellos doctos pandits y resultó
ser una alumna excelente. Se convirtió
en la esposa preferida del monarca y fue
su confidente y su consejera, especialmente
en los asuntos religiosos.

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