El rey ey el campesino. Polonia

El sol se ponía y el viejo campesino llamado Mateo terminaba sus diarias labores agrícolas. A la distancia oyó un canto que el eco repetía entre las sierras. Volviéndose en dirección al sonido, vio una gran comitiva de hombres a caballo que salía del bosque y marchaba por la carretera hacia la aldea. Eran el Rey y sus caballeros que retornaban de la caza. El rey cabalgaba al frente seguido de los grandes del reino y de sus ministros, luciendo todos sus brillantes armaduras, mientras la banda soplaba las cornetas y cantaba canciones.

Era un espectáculo magnífico. Cuando Mateo vio a los caballeros con sus lucientes escudos y armas, no pudo despegar los ojos de ellos. Grande fue su asombro al ver que el Rey hacía detener la caravana con una señal de su mano y se dirigía con tres de sus consejeros directamente a campo traviesa hasta donde él estaba. El viejo campesino se apretó el cinturón, sacudió el polvo de la chaqueta y, con la gorra en la mano, esperó reverentemente la llegada del Rey.

El Rey se acercó al campesino y después de saludarlo le dijo:

_ Buen hombre, no te has levantado lo bastante temprano para hacer todo tu trabajo.

Mateo le replicó:

_ Sí, me levanté temprano, bondadoso y amado Rey, pero Dios Nuestro Señor no me lo permitió.

El Rey le preguntó entonces:

_ ¿Abuelo, cuánto tiempo ha estado en flor ese huerto nevado sobre la cima cubierta de salvia de la montaña?

_Hace ya cuarenta años, gracioso señor -contestó el campesino.

El Rey haciendo con su cabeza un signo de comprensión le preguntó entonces:

_ ¿Cuánto tiempo han estado fluyendo los manantiales de debajo de la montaña?

_ Más de quince años, señor, han estado fluyendo y fluyendo.

_ Hasta ahora bien -dijo el Rey-. Ahora dime: Cuando tres gansos tontos lleguen del Este, ¿Serás capaz de esquilarlos?

_¡Oh, muy bien mi amado Señor!-le contestó inmediatamente el  viejo.

Al oír estas palabras, el Rey le regaló a Mateo un cinturón dorado y se despidió de él, dándole la bendición. Pronto se unió al resto  de la caravana junto con sus tres consejeros y se perdió en seguida entre las nubes de polvo que levantaban los caballos al galopar hacia la capital.

Cuando llegaron a su destino, el Rey, los consejeros y los caballeros celebraron un gran banquete. Cuando terminaron, el Rey pidió a sus consejeros que lo habían acompañado a ver al campesino que le explicaran el significado de las preguntas que le había hecho al campesino y de las respuestas que éste había dado.

Los consejeros pensaron y pensaron durante mucho rato, tratando de adivinar los acertijos, pero ninguna de sus explicaciones satisfizo al Rey. Por último el Rey les dio treinta días para que encontraran las respuestas correspondientes, advirtiéndoles que si fracasaban, elegiría otros consejeros en su reemplazo.

Noche tras noche los consejeros cavilaron y deliberaron sin poder descifrar las palabras. A la postre decidieron ir a ver al campesino Mateo.

El viejo Mateo los recibió en el umbral de su cabaña con una humilde reverencia, pero se negó a aclararle sus palabras.

Por más que los consejeros le rogaron y amenazaron, no consiguieron nada. Solo cuando hubieron puesto sobre la mesa cien ducados de oro cada uno de ellos se dignó Mateo, después de haber guardado el dinero en su bolsillo, revelar el significado de los acertijos.

_ Mi primera contestación al Rey significó que me casé joven y tuve hijos, pero el Señor se los llevó.

La segunda quiso decir que hace cuarenta años que encanecí.

Luego el Rey preguntó cuánto tiempo habían surtido los manantiales, refiriéndose a mis lágrimas de dolor.

Por último, con los tres tontos gansos del Este quiso aludir a vosotros, que habrías de venir a pagarme para que os explicara la conversación entre el Rey y yo. Y como prometí al Rey, los gansos han sido esquilados.


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El tesoro perdido. Tibet

TIBET.

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EL TESORO PERDIDO.

El sol poniente se hundía en los picos helados de las montañas y éstos se tornaban rojos como ascuas. En las azoteas de las casas de Lhasa, los niños hacían volar cometas de brillantes colores sujetas a hilos espolvoreados con el polvo de vidrio. Los niños corrían y brincaban entrelazándose, con las cometas siguiendo sus movimientos, mientras reían alborotadamente tratando de cortarse mutuamente los hilos de las cometas. Un niño de unos seis años estaba sentado junto a su tío, un monje vestido con hábitos de color marrón. Observaban la cometa del niño elevarse cada vez más en el cielo. Sostenida por el viento, estaba tan alta, que parecía que no se movía. Sin dejar de mirar a la cometa, el niño dijo:

—Cuéntame un cuento, tío.

El monje sonrió entre dientes.

—Una historia antigua, pues “Un padre le dijo a su hijo —empezó el monje—: `Voy a morir pronto, hijo mío. Llévate mi oro a tu casa. Es tuyo. Pero recuerda que no has de fiarte de nadie. Ni siquiera de tu esposa´. El padre confiaba en que su hijo, Sonam, tendría presente su consejo y comprendería cómo se estilan las cosas en el mundo.

“Pero Sonam tenía un gran amigo, de nombre Tamchu. De niños habían ido a la escuela juntos, y por las tardes habían jugado al juego de la rueda con el pie. Tamchu vivía en la aldea próxima con su mujer y sus dos hijos pequeños.

“Un día Sonam decidió salir de peregrinaje al monasterio santo y pensó: `Cuando mi padre estaba vivo, me dijo que no me fiara de nadie´. Pero cuando pensó en su amigo Tamchu, no podía admitir que estas palabras debieran aplicarse también a éste. No a Tamchu. Así pues, llevó sus dos bolsas de pepitas de oro a casa de su amigo y le dijo: `Tamchu, por favor, guárdame el oro mientras esté fuera. Este es el oro que mi padre me dio al morir´.

Tamchu dijo: `Oh, sí, naturalmente. Guardaré tu oro con mucho cuidado, y cuando vuelvas de tu peregrinaje, aquí lo encontrarás. No tienes por qué preocuparte. Somos buenos amigos´.

“Así —continuó el monje—, pasó un año y Sonam volvió de su peregrinaje. Fue a casa de Tamchu y le pidió a su amigo: `¿Puedes devolverme mi oro, Tamchu?´.

¡Oh, lo siento muchísimo, Sonam!, ¡Qué desgracia, qué desgracia! ¡El oro se ha convertido en arena!´, contestó Tamchu, mirando a su amigo con cara de estar muy asombrado. Pero Sonam, mientras su amigo le contaba este singular acontecimiento, no pareció sorprendido y, después de unos minutos de silencio, dijo: `Está bien, Tamchu, no te preocupes; hiciste todo lo que pudiste para vigilar mi oro´.

“Los dos hombres comieron juntos y pareció como si la pérdida del oro hubiera sido olvidada por completo. Al atardecer, Sonam dijo a su amigo: `Tamchu, me gustaría cuidar de tus hijos durante unos meses, ya que no tengo familia propia. Me gustaría darles buena comida y buena ropa. Serían muy felices en mi casa´.

`¡Muy buena idea, Sonam!´, dijo Tamchu, quien pensó: `Aunque ha perdido todo su oro a mis manos, quiere cuidar de mis hijos. Ciertamente, es muy buena persona´. Y así, añadió: `Desde luego, Sonam. Llévate a mis hijos todo el tiempo que quieras´.

Sonam se llevó a los niños a su casa y los cuidó muy bien. Pero compró dos monos pequeños y les puso los nombres de los niños. Durante los días que siguieron, adiestró a los monos para que cuando él llamase `¡Tendxin, ven aquí!´, el mono mayor corriera hacia él, y que cuando llamase `¡Thupten, ven aquí!´, el mono más joven fuera hacia él. Los monos comprendieron muy bien y aprendieron muy rápido.

Cuando Tamchu fue a ver a sus hijos, Sonam mostró un triste semblante a su amigo: `¡Oh lo siento muchísimo, Tamchu! —dijo— ¡Qué desgracia!, ¡qué desgracia! ¡Tus hijos se han convertido en monos!´.

Tamchu quedó agobiado y llamó a sus hijos por sus nombres. Al instante, aparecieron los dos monitos y corrieron hacia él. Cogieron de la mano a Tamchu y bailaron a su alrededor como si fuesen chiquillos. Tamchu quedó muy apenado y preguntó a su amigo: `Sonam, ¿qué podemos hacer?¿Cómo podemos hacer que estos monos se conviertan de nuevo en mis hijos?´

Sonam estuvo pensativo unos instantes y luego le dijo a su amigo:

—Eso es fácil, pero para ello necesitamos mucho oro.

— ¿Cuánto oro bastaría? —preguntó Tamchu.

—Unas dos bolsas de pepitas de oro, por lo menos.

—Tan pronto como pueda traeré las bolsas de oro —dijo Tamchu, que salió corriendo hacia su casa.

 

Más tarde, volvió y le dio el oro a su amigo. Sonam lo cogió y le dijo a Tamchu que esperase mientras él subía al piso de arriba. Al cabo de unos momentos, volvió a bajar.

Ahí tienes, Tamchu. He transformado de nuevo a los monos en seres humanos, en tus hijos´.

Tamchu estuvo encantado de recobrar a sus hijos, pero miró con enfado a Sonam. Pero enseguida, los dos amigos rompieron a reír”.

Al terminar esta historia, el propio monje rompió a reír al ver cómo el hilo de la cometa de su sobrino había sido cortado mientras éste escuchaba el relato. Ambos contemplaron a la cometa flotar sobre el valle de Lhasa y volar hacia los dorados tejados del Potala.

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La carreta sin bueyes. Costa Rica

La carreta sin bueyes

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Vivía en un caserío del antiguo San José, pueblo de carretas, gente sencilla y creyente, una bruja que estaba enamorada del más gallardo de los muchachos del pueblo.

El muchacho, por su gran apego a su fe cristiana, no quería tener nada con ella pero la bruja, valiéndose de artificios, lo logró conquistar y así vivir con él mucho tiempo, convirtiéndolo en un ser similar a ella.

Como se puede notar nadie estaba de acuerdo con esta unión, mucho menos el cura del pueblo, que en sus prédicas denunciaba el hecho; al pasar de los años aquel muchacho, ya mayor, tuvo una enfermedad incurable y pidió a la bruja que si se moría, le dieran los santos oficios en el templo del lugar.

Al solicitarle al sacerdote la última petición de su amado la bruja recibió la negativa debido al pecado arrastrado en su vida.

La bruja dijo por las buenas o por las malas y al morir su hombre, «enyugó» los bueyes a la carreta y puso la caja con el cuerpo muerto, cogió su escoba, su machete y se encaminó al templo.

Los bueyes iban con gran rapidez pero al llegar a la puerta, el sacerdote les dijo «en el nombre de Dios paren». Los animales hicieron caso, más no la bruja la cual blasfemaba contra lo sagrado.

El sacerdote perdonó a los bueyes por haber hecho caso y la bruja, la carreta y el muerto todavía vagan por el mundo, y algunas noches se oyen las ruedas de la carreta pasando por las calles de los pueblos arrastrada por la mano peluda del mismito diablo.

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Dos Jorobados. España

Dos Jorobados

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En un pueblo vivían dos jorobados a los que todo el mundo conocía. Uno de ellos, de temperamento animoso, gustaba mucho de salir, en las noches del verano, a tomar el fresco en las eras porque podía estar solo y a salvo de las burlas ocasionales y pensando en sus cosas. Allí se entretenía el hombre con sus pensamientos sin que nadie le molestara.

Una noche de ésas se fue a las eras, como de costumbre, y allí estaba tumbado viendo pasar las horas.

Le dieron las diez de la noche, y le dieron las once… y él, nada, tan tranquilo y tan a gusto. Y de pronto se le ocurrió, viendo que se acercaban las doce, que es la hora de las brujas, que bien podía quedarse un rato más y ver si era verdad eso de que a las doce se reunían todas ellas a celebrar sus ceremonias.

Y entre que sí y que no, y entre la curiosidad y el repeluco, pasó el tiempo y dieron las doce. Y no hicieron más que dar las doce cuando empezó a ver cosas extrañas y a escuchar música aún más extraña.

Las visiones que veía eran las brujas que saltaban, cantaban, bailaban y se contorsionaban al son de la música. Y estas brujas, cuando se cansaron de tanto baile, empezaron a cantar:

-Lunes, martes y miércoles, tres;

lunes, martes y miércoles, tres.

Así una y otra vez. Y el jorobado, viendo que no salían de ahí, pensó para sus adentros: «¡Pobrecillas!

Voy a completarles la semana». Y cantó, con el mismo

son de las brujas:

-Jueves, viernes y sábado, seis;

jueves, viernes y sábado, seis.

Y ya se disponía a continuar, cantando: «y domingo, con seis, hace siete», cuando oyó que decía una bruja:

-¡Ay, qué bien! ¡Por fin hemos concluido el cantar!, y empezó a mirar a un lado y a otro, rodeada de las otras brujas, diciendo:

 

-¿Quién ha sido, quién? ¿Dónde está el que el cantar acabó?

Y el jorobado dijo:

-Aquí me tenéis, sentado en esta piedra.

Conque todas las brujas se le acercaron y le acariciaban y por fin le dijeron:

-¡Mira qué gracioso, el pobre! ¡Si es jorobadillo!

Dinos qué quieres por habernos terminado el cantar y lo que quieras te lo concederemos.

Entonces el jorobado dijo:

 

-¿Qué es lo que más quiero? ¡Pues que me quitéis esta joroba que llevo!

 

-¡Ah, ah, sí! -dijeron las brujas-. Pobre jorobadillo, bien se lo merece.

 

Y la bruja que había hablado primero le pasó la mano por la joroba y el jorobado se quedó más derecho que un huso. Entonces él les dio las gracias y ellas se las dieron a él y, lleno de contento, se fue a su casa a dormir mientras las brujas se quedaban haciendo volatines y piruetas por los aires.

El jorobado estaba tan emocionado y exhausto que durmió como un lirón, pero a la mañana siguiente, cuando se levantó y vio que ya no tenía joroba, se llenó de gozo y salió corriendo a la calle para lucir su nuevo tipo. Todo el mundo se admiró enormemente de que le hubiese desaparecido la joroba y querían conocer la causa; y el otro jorobado del pueblo era el más interesado en saber cómo le había sucedido.

A todos se lo contó, aunque muchos no le creyeran. Y el segundo jorobado pensó:

-Pues esta noche voy yo a las eras, por si se les ha olvidado lo que les enseñaste. Y si no se les ha olvidado, entonces les cantaré: «Y domingo, con seis, hace siete»; a ver si a mí también me quitan la joroba.

¡Pues no me la han de quitar en cuanto me oigan!

Y se refocilaba pensando que, a la mañana siguiente, él también podría presumir de no tener joroba.

 

Y así se dedicó a recorrer el pueblo, contándoles a unos y a otros; y unos le animaban y otros se reían de él.

 

Conque el pobre infeliz se fue a las eras ya a eso de la media tarde, porque no podía resistir la espera, y allí se estuvo sin comer ni beber por si acaso las brujas se adelantaban y él perdía la oportunidad.

Total, que con tanto desasosiego, pasaron los cuartos, las medias y las horas haciéndosele una eternidad en la que ora desesperaba y ora confiaba hasta que por fin oyó dar las doce y en ese momento las brujas aparecieron. Casi no podía creer lo que estaba viendo, que eran las mismas visiones que relatara el otro jorobado; y tal como había dicho, después de los bailes y volatines, las brujas se juntaron y se pusieron a cantar:

-Lunes, martes y miércoles, tres;

lunes, martes y miércoles, tres;

jueves, viernes y sábado, seis;

jueves, viernes y sábado, seis.

El jorobado vio que habían aprendido bien lo que el otro les había enseñado y que no lo olvidaban, así que decidió terminar la semana y cantó, con el mismo son que las brujas:

-Y domingo, con seis, hace siete.

Las brujas, que oyeron este canto, se enfurecieron terriblemente y empezaron a buscar por todas partes, diciendo:-¿Quién nos hace burla, quién? ¿Dónde está el que nos hace la burla?

 

Y el pobre jorobado entendió que preguntaban:

«¿Quién nos dice la última, quién? ¿Dónde está el que nos dice la última?» y las llamó diciendo:

-Aquí estoy sentado en esta piedra. Quítenme ustedes la joroba.

Todas las brujas le rodearon, aún más furiosas que antes, y empezaron a darle empellones y pellizcos, mientras decían unas a otras:

-¡Mira! ¡Si es un jorobado!

 

-¡Un jorobado! ¡Que ha venido a reírse de nosotras!

 

-¡Vaya con el jorobado! ¡A ver qué hacemos con él!

Y dijeron todas a coro:

-¡Pues le ponemos otra joroba!

Y nada, que le pusieron otra joroba en mitad de la espalda, con lo cual ya tenía dos.

El pobre jorobado se fue a su casa cabizbajo y pensando en lo que le había sucedido; y estaba tan pensativo y ensimismado que no pudo pegar ojo en toda la noche y a la mañana siguiente no se atrevió a salir a la calle para que no le vieran las dos jorobas.

Y tanto y tanto aumentó su tristeza que dejó de comer y de dormir. Hasta que un buen día lo encontraron muerto de pena en su cuarto.

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EL HOMBRE DEL SACO

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Había un matrimonio que tenía tres hijas y como las tres eran buenas y trabajadoras les regalaron un anillo de oro a cada una para que lo lucieran como una prenda. Y un buen día, las tres hermanas se reunieron con sus amigas y, pensando qué hacer, se dijeron unas a otras:

-Pues hoy vamos a ir a la fuente.

Era una fuente que quedaba a las afueras del pueblo.

Entonces la más pequeña de las hermanas, que era cojita, le preguntó a su madre si podía ir a la fuente con las demás; y le dijo la madre:

-No hija mía, no vaya a ser que venga el hombre del saco y, como eres cojita, te alcance y te agarre.

Pero la niña insistió tanto que al fin su madre le dijo:

-Bueno, pues anda, vete con ellas.

Y allá se fueron todas. La cojita llevó además un cesto de ropa para lavar y al ponerse a lavar se quitó el anillo y lo dejó en una piedra. En esto, que estaban alegremente jugando en torno a la fuente cuando, de pronto, vieron venir al hombre del saco y se dijeron unas a otras:

-Corramos, por Dios, que ahí viene el hombre del saco para llevarnos a todas -y salieron corriendo a todo correr.

La cojita también corría con ellas, pero como era cojita se fue retrasando; y todavía corría para alcanzarlas cuando se acordó de que se había dejado su anillo en la fuente. Entonces miró para atrás y, como no veía al hombre del saco, volvió a recuperar su anillo; buscó la piedra, pero el anillo ya no estaba en ella y empezó a mirar por aquí y por allá por ver si había caído en alguna parte.

Entonces apareció junto a la fuente un viejo que no había visto nunca antes y le dijo la cojita:

-¿Ha visto usted por aquí un anillo de oro?

Y el viejo le contestó:

-Sí, en el fondo de este costal está y ahí lo has de encontrar.

Conque la cojita se metió en el costal a buscarlo sin sospechar nada y el viejo, que era el hombre del saco, en cuanto ella se metió dentro cerró el costal, se lo echó a las espaldas con la niña guardada y se marchó camino adelante, pero en vez de ir hacia el pueblo de la niña, tomó otro camino y se marchó a un pueblo distinto.

Iba el viejo de lugar en lugar buscándose la vida, así que por el camino le dijo a la niña:

-Cuando yo te diga: «Canta, saquito,canta que si no te doy con la palanca», tienes que cantar dentro del saco.

Y ella contestó que bueno, que lo haría así.

Y fueron de pueblo en pueblo y allí donde iban el viejo reunía a los vecinos y decía:

-Canta, saquito, canta que si no te doy con la palanca.Y la niña cantaba desde el saco:

«Por un anillo de oro

que en la fuente me dejé

estoy metida en el saco

y en el saco moriré».

Y el saco que cantaba era la admiración de la gente y le echaban monedas o le daban comida.

En esto que el viejo llegó con su carga a una casa donde era conocida la niña y él no lo sabía; y, como de costumbre, puso el saco en el suelo delante de la concurrencia y dijo:

-Canta, saquito, canta que si no te doy con la palanca.

Y la niña cantó:

«Por un anillo de oro

que en la fuente me dejé

estoy metida en el saco

y en el saco moriré».

Así que oyeron en la casa la voz de la niña, corrieron a llamar a sus hermanas y éstas vinieron y reconocieron la voz y entonces le dijeron al viejo que ellas le daban posada aquella noche en la casa de sus padres; y el viejo, pensando en cenar de balde y dormir en cama, se fue con ellas.

Conque llegó el viejo a la casa y le pusieron la cena, pero no había vino en la casa y le dijeron al viejo:

-Ahí al lado hay una taberna donde venden buen vino; si usted nos hace el favor, vaya a comprar el vino con este dinero que le damos mientras terminamos de preparar la cena.Y el viejo, que vio las monedas, se apresuró a ir por el vino pensando en la buena limosna que recibiría.

 

Cuando el viejo se fue, los padres sacaron a la niña del saco, que les contó todo lo que le había sucedido, y luego la guardaron en la habitación de las hermanas para que el viejo no la viera. Y, después, cogieron un perro y un gato y los metieron en el saco en lugar de la niña.

Al poco rato volvió el viejo, que comió y bebió y después se acostó. Al día siguiente el viejo se levantó, tomó su limosna y salió camino de otro pueblo.

Cuando llegó al otro pueblo, reunió a la gente y anunció como de costumbre que llevaba consigo un saco que cantaba y, lo mismo que otras veces, se formó un corro de gente y recogió unas monedas, y luego dijo:

-Canta, saquito, canta que si no te doy con la palanca.

El saco no cantaba y el viejo insistió:

-Canta, saquito, canta que si no te doy con la palanca.

Y el saco seguía sin cantar y ya la gente empezaba a reírse de él y también a amenazarle.

Por tercera vez insistió el viejo, que ya estaba más que escamado y pensando hacer un buen escarmiento con la cojita si ésta no abría la boca:

-¡Canta, saquito, canta que si no te doy con la palanca!

Y el saco no cantó.

Así que el viejo, furioso, la emprendió a golpes y patadas con el saco para que cantase, pero sucedió que, al sentir los golpes, el gato y el perro se enfurecieron, maullando y ladrando, y el viejo abrió el saco para ver qué era lo que pasaba y entonces el perro y el gato saltaron fuera del saco. Y el perro le dio un mordisco en las narices que se las arrancó y el gato le llenó la cara de arañazos y la gente del pueblo, pensando que se había querido burlar de ellos, le midieron las costillas con palos y varas y salió tan magullado que todavía hoy le andan curando.

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Egle, la reina de las áspides. Lituania

EGLE…

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Hace muchísimos años, tantos que ya ni se recuerdan, vivía un matrimonio de ancianos. Tenían doce hijos y tres hijas: la menor se llamaba Egle. Un atardecer de verano, las tres hermanas fueron a bañarse. Jugaron en el agua hasta que se puso el sol. Entonces volvieron a la orilla para vestirse. Pero Egle encontró un áspid dentro de la manga de su camisa; se asustó y comenzó a gritar. La hermana mayor cogió una estaca para ahuyentar al áspid. Y de pronto, éste dijo a Egle con voz humana:

– Egle, prométeme que te casarás conmigo y me iré sin haceros daño.

La niña se echó a llorar. ¡Cómo iba a casarse con un áspid!

– ¡Devuélveme mi camisa y vete! – le dijo.

– ¡Sólo si prometes casarte conmigo! – dijo el áspid.

Egle tuvo que prometer al áspid que se casaría con él. En ese momento, el áspid salió de la camisa y se sumergió en el mar.

A los tres días, apareció en el jardín de la casa de Egle un regimiento de áspides, reptando lentamente. Unos treparon por la valla y otros se enrollaron en los troncos de los árboles. Los encargados del casamiento entraron en la casa para hablar con los ancianos padres, y éstos no tuvieron más remedio que entregar a su hija.

Los áspides y la joven llegaron a la orilla del mar. Y al instante, se levantaron dos enormes olas, y en lugar de un áspid apareció un muchacho joven y muy atractivo: el rey de las aguas.

En el fondo del mar se celebró un gran banquete y Egle se casó con el áspid.

Con el paso del tiempo la muchacha se tranquilizó y se acostumbró a la vida bajo las aguas. Olvidó a los suyos y olvidó su tierra.

Pasaron nueve años. Egle tuvo tres hijos y una hija. El mayor se llamaba Roble, el segundo, Fresno, el tercero Álamo y la niña, Álamo Temblón. Un día, el mayor dijo a su madre:

– Madre, nunca nos ha hablado de tu familia. ¿Dónde viven tus padres?

Entonces, Egle se acordó de sus padres y hermanos, recordó su tierra. Y sintió la necesidad de volver a su país, quería ver a los suyos.

El áspid acompañó a Egle y a sus cuatro hijos a la orilla del mar.

– Dentro de un mes debéis regresar, que nadie os acompañe. Cuando llegues a la orilla llámame así: «Áspid, áspid. Si estás vivo, espuma de leche. Si estás muerto, espuma de sangre». Si estoy vivo, vendré a buscaros. Pero si la espuma es roja, sabrás que he muerto. No descubrirás a nadie cómo debéis llamarme.

Egle y sus hijos volvieron a su tierra. Sus padres y hermanos se alegraron mucho de verlos, y escucharon fascinados lo que Egle les contó sobre sus vidas bajo las aguas. Pero cuando les dijo que tenía que regresar en un mes, sus hermanos idearon un plan para retener a su hermana y sus sobrinos con ellos para siempre, en la tierra.

Una noche, llevaron a los cuatro niños al bosque, encendieron una hoguera y, uno a uno, les obligaron a decir cómo podrían hacer salir a su padre a la superficie del mar. Los chicos, a pesar de los golpes que les propinaban sus tíos, no dijeron una palabra. Pero la niña estaba asustada y no tardó en revelar el secreto.

Al amanecer, los hermanos de Egle cogieron unas guadañas y se dirigieron a la orilla del mar. Llamaron al áspid y, cuando éste apareció entre la espuma, le cortaron la cabeza con la guadaña.

Pasó el mes y Egle y sus hijos debían volver junto al áspid. Los hermanos no dijeron nada y la dejaron partir.

Aspid, áspid. Si estás vivo, espuma de leche. Si estás muerto, espuma de sangre – dijo Egle.

El mar se agitó desde sus profundidades, y se destacó entre las demás una enorme ola de espuma roja. Egle escuchó la voz de su marido entre el rugido del mar.

– Tus hermanos me mataron con guadañas. Nuestra hija, Alamo Temblón, nos ha traicionado.

Desesperada, Egle miró a sus hijos y dijo:

– Que mi hija pequeña se convierta en Álamo Temblón, que tiemble día y noche, que las lluvias le purifiquen la boca, que el viento le peine los cabellos. Y vosotros, mis queridos hijos, sed desde ahora árboles firmes. Yo seré un abeto.

Y todos quedaron convertidos en árboles.

Por eso, el roble, el fresno y el álamo son árboles fuertes, y el álamo temblón se estremece al menor soplo de viento.

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Cuento palestino. MAKTUB

MAKTUB.

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Había una vez un hombre que quería encontrar su destino. Estaba caminando cuando de repente se encontró con otro hombre que tenía la misma misión que él: encontrar su destino. El hombre que se encontró era pobre.

-¿Qué estás haciendo?-le preguntó el hombre-.

-Estoy buscando mi destino- le dijo el pobre.

-¿Puedo ir contigo?

-Vale, pero, por favor no me molestes.

Los dos hombres iban de camino cuando pasaron por un puente y vieron a un salmón diciendo “Socorro”. Los dos hombres quedaron asombrados viendo al salmón gritar. El hombre le dijo.

-¿No vas a salvar el salmón?

-Solo es un salmón pidiendo socorro. No es mi destino.- le dijo el pobre-.

Y los dos pasaron del salmón y siguieron su camino.

Poco tiempo después pasó por el puente un ciclista. El ciclista vio al salmón pidiendo ayuda y fue a rescatarle. Al rescatarle, el ciclista se dio cuenta de que el salmón tenía en la boca un diamante.

-¡Lo ves! Si hubieras salvado al salmón habrías encontrado tu destino. – dijo el hombre -.

-Pero hay más destinos aparte de ese salmón. – le respondió el pobre -.

Y los dos siguieron su camino.

Pocos minutos después se encontraron con unas hormigas pidiendo ayuda para apartar una roca que estorbaba a las hormigas.

-Por favor, ¿puedes apartar esta roca de aquí? Estamos recogiendo comida y nos estorba.- le dijo la hormiga.

-¿No vas a ayudarle a la hormiga? – dijo el hombre -.

-Solo es una hormiga. Seguro que ya puede con la roca sola. – le dijo el pobre –

Siguieron su camino y al poco tiempo vino un hombre paseando por esa zona. Vio a la hormiga y le ayudó a sacar la piedra. Al sacar la piedra, el hombre encontró un tesoro con mucho dinero dentro.

El hombre que encontró el tesoro vio a los dos hombres y decidió compartirlo con ellos.

Por fin los dos hombres encontraron su destino: el dinero para poder comprar. Pero el pobre se dio cuenta de que si quieres algo, tienes que dar algo a los demás.

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Javier Villafañe. La vuelta al Mundo

 

  1. JAVIER VILLAFAÑE

Una vez un chico que se llamaba Santiago salió de su casa en un triciclo para dar la vuelta alrededor del mundo.
Iba pedaleando por la vereda y en el camino se encontró con un perro y un gato y le preguntaron:
–¿A dónde vas, Santiago?
Y Santiago respondió:
–Voy a dar la vuelta alrededor del mundo.
–¿Podemos ir los dos?
–Sí, vengan.
Y el perro y el gato se pusieron detrás del triciclo.

Santiago siguió pedaleando y se encontró con un gallo, un conejo y un caracol y le preguntaron:
–¿A dónde vas, Santiago?
Y Santiago respondió:
–Estoy dando la vuelta alrededor del mundo.
–¿Podemos ir los tres?
–Sí, vengan.
Y el gallo, el conejo y el caracol se pusieron detrás del perro y el gato que iban detrás del triciclo.

Santiago pedaleaba y el triciclo iba a toda velocidad. En el camino se encontró con una hormiga, una vaca, un grillo y una paloma y le preguntaron:
–¿A dónde vas, Santiago?
Y Santiago respondió:
–Estoy dando la vuelta alrededor del mundo.
–¿Podemos ir los cuatro?
–Sí, vengan.
Y la hormiga, la vaca, el grillo y la paloma se pusieron detrás del gallo, el conejo y el caracol que iban detrás del perro y el gato.

Santiago pedaleaba y el triciclo iba a toda velocidad. En una curva se encontró con un camello, una tortuga, un caballo, un elefante y un pingüino y le preguntaron:
–¿A dónde vas, Santiago?
Y Santiago respondió:
–Estoy dando la vuelta alrededor del mundo.
–¿Podemos ir los cinco?
–Sí, vengan.
Y el camello, la tortuga, el caballo, el elefante y el pingüino se pusieron detrás de la hormiga, la vaca, el grillo, la paloma, el gallo, el conejo y el caracol que iban detrás del perro y el gato.

Santiago siguió pedaleando y de pronto frenó el triciclo. Se detuvo para ver un charco que había hecho la lluvia y dijo:
–Es un río que está buscando barcos.
Y el perro, el gato, el gallo, el conejo, el caracol, la hormiga, la vaca, el grillo, la paloma, el camello, la tortuga, el caballo, el elefante y el pingüino se detuvieron y miraron el río que había hecho la lluvia.

Santiago puso el triciclo en marcha y se encontró con una jirafa, un loro, un cordero, un león, un mono y una cigüeña y le preguntaron:
–¿A dónde vas, Santiago?
Y Santiago respondió:
–Estoy dando la vuelta alrededor del mundo.
–¿Podemos ir los seis?
–Sí, vengan.
Y la jirafa, el loro, el cordero, el león, el mono y la cigüeña se pusieron detrás del camello, la tortuga, el caballo, el elefante, el pingüino, la hormiga, la vaca, el grillo, la paloma, el gallo, el conejo y el caracol que iban detrás del perro y el gato.

Santiago siguió pedaleando y frenó el triciclo para ver un molino. Todos miraron el molino.
–Está quieto –dijo el caballo–. No mueve las aspas.
–No mueve las aspas porque no hay viento –dijo el gallo.
–Es inútil –se lamentó la hormiga–. Por más que me ponga en puntas de pie jamás podré ver un molino. Está muy alto.
Y la jirafa le dijo a la hormiga:
–Lo verás subiéndote sobre mi cabeza.

La jirafa inclinó el cuello y apoyó la cabeza a un lado del triciclo: la hormiga avanzó unos pasos y subió por la frente de la jirafa. Entonces la jirafa levantó el cuello y desde lo alto exclamó la hormiga:
–¡Qué hermoso es un molino! Nunca había visto un molino.
La jirafa encogió el cuello, bajó la cabeza a ras del suelo y la hormiga volvió a pisar la tierra. Y cuando la hormiga se puso en fila, detrás de la vaca, Santiago siguió pedaleando y al llegar a la puerta de su casa frenó el triciclo y dijo:
–Hemos dado la vuelta alrededor del mundo.
Y allí se despidieron. Unos se fueron caminando; otros, volando.
Santiago entró en su casa. Había dado la vuelta alrededor de la manzana.

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Javier Villafañe

LA CUCARACHA

JAVIER VILLAFAÑE

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Una vez había un hombre que vivía solo. Era periodista. Trabajaba en un diario desde las seis de la mañana hasta la medianoche. Cuando terminaba de trabajar salía del diario; caminaba unas cuadras; comía en un restaurante y después iba a un bar a tomar cerveza. Al amanecer regresaba a su casa. En su casa –era un pequeño departamento– no tenía un solo mueble; ni cama tenía, ni una silla en que sentarse. Había unos clavos en la pared en donde colgaba el saco, el pantalón y la camisa. Dormía en el suelo. En invierno o cuando hacía frío se envolvía en una frazada.

Le gustaba tomar cerveza. Todo el día tomaba cerveza: a la mañana, a la tarde, a la noche. Siempre llegaba a su casa con dos o tres botellas de cerveza.

Una madrugada, cuando se acostó en el suelo para dormir, vio a una cucaracha que salía de un agujero del zócalo. La vio caminar, detenerse y acostarse cerca de su cabeza.

Esto pasó varias veces. Una vez, cuando la cucaracha salía del agujero del zócalo, tomó la tapa de una botella de cerveza y la puso a su lado, y allí se acostó la cucaracha.

Al día siguiente el hombre llegó más temprano a su casa. Traía un poco de algodón: lo desmenuzó y le hizo una cama en la tapa de la botella de cerveza para que durmiera la cucaracha.

El hombre se acostó como siempre en el suelo. Vio salir a la cucaracha del agujero del zócalo: caminar y subir para acostarse en la cama que le había hecho en la tapa de la botella de cerveza.

Al otro día el hombre fue a trabajar. Estaba muy contento. Salió del diario. Iba silbando por la calle. Llegó al restaurante, comió, y después fue al bar a tomar cerveza. Se encontró con un amigo y le dijo:

–Ya no estoy solo. Cuando me acuesto, una cucaracha sale de un agujero del zócalo y viene a dormir a mi lado.

El amigo se rió.

–¿Cómo sabés que es la misma cucaracha? –le preguntó–. Tu casa debe estar llena de cucarachas.

–No, la conozco. Es la misma –respondió el hombre.

–¿Serías capaz de hacer una prueba?

–Sí. ¿Qué hago?

–Le arrancás una pata a la cucaracha. La dejás renga. Y si al día siguiente ves a una cucaracha renga que viene a dormir a tu lado, es entonces la misma cucaracha.

El hombre llegó a su casa. Se desvistió. Colgó en los clavos el saco, el pantalón y la camisa. Se acostó. La cucaracha salió del agujero del zócalo. Caminó y cuando iba a subir a la cama para acostarse, el hombre tomó a la cucaracha con el pulgar y el índice de la mano izquierda, y con el pulgar y el índice de la mano derecha, le quebró una pata y se la arrancó. Tiró la pata y puso a la cucaracha en su cama.

La cucaracha durmió: pero el hombre no pudo dormir. Vio el sol, la mañana. Él, tendido en el suelo, y la cucaracha a su lado dormida. Después la vio despertar, caminar renga y meterse en el agujero del zócalo.

El hombre se levantó, se vistió y salió. Ese día tomó mucha cerveza. Llegó al diario a las seis y media. Trabajó hasta después de medianoche. Fue al restaurante; comió. Fue al bar. Llegó a su casa. Se acostó. Vio salir a una cucaracha renga del agujero del zócalo. La vio llegar, subir y acostarse en la cama de algodón que él le había hecho en la tapa de una botella de cerveza.

Es la misma –se dijo el hombre–. Yo sabía que no estaba solo.

Pero no pudo dormir. Vio el sol, la mañana. Vio cuando se despertó la cucaracha. La vio caminar renga y meterse en el agujero del zócalo.

A la madrugada siguiente volvió la cucaracha. Llegó caminando lentamente y se acostó al lado del hombre.

El hombre no podía dormir. Miraba dormir a la cucaracha. Estaba desnudo, sentado en el suelo, tomando cerveza. Tomó una botella, dos, tres botellas de cerveza. Sintió el sol en los ojos, la mañana.

La cucaracha se despertó. Bajó de la cama. Caminaba arrastrándose y se metió en el agujero del zócalo.

Y no volvió nunca más.

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Battista. Frente de tormenta

Frente de tormenta (Vicente Battista)

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Una pareja, Juan y Julia, viajan juntos en un micro en una noche de tormenta.

A la madrugada paran en un bar por un problema mecánico

Son cómplices de algún delito
Solucionado el problema mecánico, suben al micro abrazados

Juan piensa que cuando lleguen a Córdoba tendrá que deshacerse de Julia…

La carta robada (Edgar Allan Poe)

Robo de una carta comprometedora.
C. Auguste Dupin se encargará del caso, luego del fracaso de la policía.
El prefecto no logra encontrar la carta en un mes.
Dupin encuentra la carta.
Resolución: La carta se encontraba a la vista, en un tarjetero.
Dupin logra distraer a la gente y reemplaza la carta por un facsímil.

Cuando se investiga algo, hay que pensar de la misma forma que el oponente, cosa que no había hecho la policía.

El tren desaparecido (A. C. Doyle)

Desaparición de un tren con todos sus ocupantes

No había señales de accidente o descarrilamiento

Escándalo en París amenazaba con derribar al gobierno

Ocho años más tarde Herbert de Lernac confiesa haber sido contratado para asesinar a Monsieur Caratal (ocupante del tren)

Motivo: Caratal tenía pruebas que comprometían a personas de mucho poder y las iba a presentar en el juicio en París

Cómo lo hizo: desvió el tren a una vía secundaria, haciendo que entre a toda velocidad a una mina abandonada, cayendo al pozo y desapareciendo para siempre

De Lernac se guardó documentos importantes que habían tirado del tren antes de caer

Esperaba que con su confesión, algún poderoso personaje lo ayudara a conseguir el indulto para que él no publicara esos documentos.

El centro de la telaraña (C. X. Ferdinandus)

Aguirre, un exitoso empresario, viudo, que se postula como diputado, recibe tres sobres con fotos donde lo acusan de haber matado a su mujer

Descubre que el sello de los sobres es de Villa Urquiza

Deduce que sólo podía ser Perez Migali, un ex-compañero de colegio y trabajo, que además vive en Villa Urquiza

Decide visitarlo y encuentra a un hombre muy enfermo, con cáncer de pulmón que le pide cigarrillos

Aguirre le deja el paquete en la mesa de luz

Motivo del chantaje: había estado enamorado de la mujer del empresario. Dice que mandó una carta a la Policía con datos sobre la muerte de la mujer incriminándolo.

Aguirre lo mata a golpes con el arma y limpia sus huellas

Encuentra un sobre con una carta donde Perez Migali confiesa que todo fue un ardid para que lo mate y que ya estaba informada la policía.

Resolución: el juez lo arresta por asesinato. Perez Migali había acusado a Aguirre de asesinarlo. Sobre su mesa de luz iban a encontrar un paquete de cigarrillos con las huellas digitales de Aguirre en caso de tener alguna duda.

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Vicente Battista.


EL NACIMIENTO
Los antropólogos de la Universidad de Duke, en los Estados Unidos, estiman que el hombre de Neandertahl, que habitó la tierra hace más de cuatrocientos mil años, poseía el don de la palabra. Esta novedad podría contestar una pregunta que hasta hoy no tenía respuesta.
Para encontrar esa respuesta habrá que retroceder hasta una tribu de Neanderthal, una noche en especial. Los hombres y mujeres están alrededor del fuego, buscan calor y celebran el fin de otra jornada. A la mañana de ese mismo día, los hombres habían partido de caza en busca de alimentos. Las mujeres, en tanto, cuidaban a sus críos. Ahora que el sol ya se fue, es tiempo de descanso y de contar las experiencias del día. Cada hombre dice como atrapó a la presa que perseguía. No saben mentir.
Pero para uno de estos hombres la caza había sido un fracaso. Cuando llega su turno, no tiene proezas para contar. Entonces decide inventarlas. Miente una cacería imposible. Lo hace con tal perfección que transforma una mentira en una historia bella y apasionante. Todos piden que la repita.
Aquella noche, sin saberlo, ese anónimo hombre de Neanderthal acababa de inventar la literatura.

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UN DÍA DESPUÉS

de Vicente Battista
Miré una vez más la foto: un rostro juvenil, de ojos grandes, labios sensuales y pelo agresivamente negro. Era una belleza insolente, a mitad de camino entre la inocencia y la perversidad.

– ­Se llama Mercedes Gasset y va a estar en el hotel Los Faraones, el sábado, al mediodía.

Asentí con un movimiento de cabeza. Me entregaron el cincuenta por ciento de lo pactado y el pasaje de ida y vuelta. Dijeron que confiaban en mi, que el resto lo recibiría al final del trabajo. Asentí otra vez y pregunté si habían pensado en un sitio en especial. Uno de ellos dijo que la Cueva de los Verdes podría ser el lugar adecuado y agregó que no me costaría mucho llevarla hasta ahí. Realmente me tenían confianza. Supe que era hora de despedirse. En un par de días tendría que volar a Lanzarote para encontrarme con Mercedes Gasset.

El vuelo fue tranquilo, debí soportar un compañero de asiento que había resuelto mitigar su soledad, o el miedo a las alturas, contándome el encanto de las Islas Canarias. Le concedí un par de aprobaciones y simulé un sueño reparador. No me interesaban las islas y jamás había estado en Lanzarote, sólo tenía una vaga referencia por un cuento, o cierto capítulo de novela, en donde un hombre se encontraba con una mujer joven, para disfrutar del fin de semana. También yo iba a encontrarme con una mujer joven, pero no iba a disfrutar del fin de semana; iba a matarla.

La vi en el lobby del hotel. Se paseaba de un lado a otro, indecisa; aunque no parecía buscar a nadie. Finalmente se acercó a la barra y pidió un vaso de leche fría. El azabache de su pelo resultaba más inquietante que en la fotografía.

–  ­No es el mejor modo de combatir la ansiedad ­dije.

Me miró; sonrió levemente.

­- ¿Quién le ha dicho que estoy ansiosa?

– ­No hay más que verte.

­- ¿Psicólogo?

– ­Curioso.

Habíamos roto las barreras. Dijo que se llamaba Patricia; por alguna razón ocultaba su nombre, debía cuidarme. Dijo que era madrileña.

­Uruguayo­mentí.

Establecidas las reglas del juego, entretuvimos la tarde hablando tonterías.

­- Si me prometés cambiar la leche por un Rioja digno de nosotros -dije-, esta noche cenamos juntos.

– ­¿Y si no?­- preguntó.

– ­Nos encontraríamos para el café.

­ -Ya no tengo ansiedad ­dijo y volvió a sonreír­. A las nueve, aquí mismo.

La vi marcharse. Esa muchacha me gustaba más de la cuenta; mi oficio prohíbe ese tipo de gustos. Pensé que un whisky doble expulsaría el mal sentimiento, lo bebí de un trago, pero la muchacha me seguía gustando. Miré la hora, faltaban unos minutos para las siete. Acaso dormir ayudaría. Pedí la llave de mi habitación y ordené que me llamaran a las ocho y media.

Fue puntual, virtud infrecuente en las mujeres jóvenes y bonitas. Caminaba con estudiada despreocupación, usaba un vestido de tela liviana que le acentuaba las formas. Tuve la fantasía de que algunas horas después se lo iba a quitar.

­- Magnífica­ – dije por todo saludo y llamé al barman. Dijo que no iba a beber. Le recordé la promesa; agregó que sólo bebería vino, durante la comida. Parecía una niña obediente; fuimos hacia la mesa.

Elegimos una exquisita carne de ternera, rociada con salsa de champiñones y acompañada de arroz blanco. Supe que en la bodega del hotel había Vega Sicilia y no vacilé: iba a ser su última cena; merecía el mejor de los vinos. Lo gozamos hasta la última gota y sirvió para recrear nuestras mentiras. Dijo que estaba en la isla con el propósito de recoger material para un futuro trabajo acerca de la identidad canaria. Quiso saber de mí. Me inventé una profesión liberal y un desengaño amoroso, dije que no quería hablar ni de una cosa ni de la otra. A la hora del café y el coñac, le confesé que me gustaba más de la cuenta y por primera vez, a lo largo de la noche, estaba diciendo la verdad.

Decidimos que fuese en mi cuarto. Estábamos de pie, junto a la cama y sólo nos iluminaba la luna; se oía el ruido del mar, pero ni la luna ni el mar me importaron: toda mi atención estaba en ese cuerpo magnífico, sin una sola mentira. La comencé a desnudar, con la devoción que se pone en los grandes ritos. Me detuve en sus pechos, pequeños y armoniosos, y los besé lentamente; un imperceptible quejido y el minúsculo vibrar de su piel me hicieron comprender que no había errado el camino. Ahí me quedé. Buscó mi sexo y al rato estábamos desnudos sobre la cama. Cada vez me gustaba más y ella se encargaba de fomentarlo: se acostó sobre mí y me cubrió con una ternura indescriptible, hasta que llegó el momento de las palabras entrecortadas y los pequeños gritos. Era una pena quitar al mundo a una muchacha así; la abracé casi con cariño. Se quedó dormida de inmediato. Estuve mucho tiempo mirando el techo y pensando en esas desarmonías, ajenas a uno, que lamentablemente no tienen arreglo. Recordé a De Quincey: «Si alguien empieza por permitirse un asesinato pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente».

Un par de horas más tarde ella abrió los ojos y me dijo algunas cosas que ahora prefiero olvidar. Le pregunté si conocía la Cueva de los Verdes y le propuse una excursión a la mañana siguiente. Dijo que sí. No sabía que estaba firmando su sentencia de muerte.

Un simple estuche de máquina fotográfica fue el refugio ideal para la Beretta 7,65, con silenciador incluido. Tomé un café sin azúcar, de camino a la cueva de los verdes. Habíamos decidido encontrarnos ahí a las diez de la mañana. La descubrí mezclada con un contingente turístico. Seguimos al guía y nos enteramos de que estábamos ingresando en una cueva que, trescientos años atrás, había construido la lava volcánica. Era un túnel que se prolongaba por kilómetros y kilómetros y del que apenas se habían explorado algunos miles de metros.

–  ­Alguna vez fue refugio de los guanches -­ dijo Mercedes  a media voz.

­- ¿Los guanches?

­- Los primeros habitantes de la isla-­ completó.

«Y ahora será tu tumba», pensé, con dolor. Conseguí que cerrásemos la marcha de los entusiasmados turistas y así anduvimos entre las tinieblas. Algunos temas de Pink Floyd y unas pocas luces de colores, astutamente distribuidas, le daban el toque fantasmagórico que el sitio precisaba. Los hijos de puta de mis clientes habían sabido elegir el lugar: un cadáver podría permanecer ahí por largo tiempo, hasta que el mal olor de su putrefacción lo delatase. Pensé que ese cadáver iba a ser el de Mercedes y sentí un ligero malestar. Decidí terminar el trabajo de una vez por todas y me detuve, con la excusa de ver algo. El contingente siguió su marcha, ignorándonos. Abrí el estuche fotográfico.

­ -Aquí no se pueden sacar fotos -­bromeó.

– ­No pienso sacar fotos – ­dije.

La Beretta en mi mano obvió cualquier otro comentario.

– ­No entiendo- ­dijo y había  espanto en su sorprensa.

­- No es necesario que entiendas -­dije y alcé el arma.

­- Hay un error ­-dijo, casi suplicante­-. Tiene que haber un error.

Dije que en estos casos nunca hay errores y apreté el gatillo. Se oyó un sonido corto y seco. Mercedes intentó decir algo, pero todo quedó reducido a un gesto de dolor y desconcierto. En mitad de su frente, casi a la altura de sus cejas, comenzó a bajar un hilo de sangre. Di un paso atrás y vi cómo su bello cuerpo se derrumbaba para siempre. Con ternura la llevé hasta el rincón más escondido de la cueva y la cubrí con cenizas de lava. Me sacudí las manos y la ropa, comprobé que no había señales delatorias y caminé rápido hacia donde estaba el contingente. Habían pasado menos de diez minutos. Nadie reparó en su ausencia: estaban encantados jugando con el eco, una de las maravillas de esa cueva de la muerte.

Los pasos siguientes serían de pura rutina: debía desprenderme del arma y de la documentación fraguada. En Barcelona tendría tiempo de afeitar mi barba tirar a la basura los anteojos de falso documento. Entré en el hotel pensando en una ducha fría. Iba a pedir la llave de mi cuarto, cuando una voz femenina, sus palabras, me enmudecieron.

– ­Me llamo Mercedes Gasset – dijo-­, hay una reserva a mi nombre. Tenía que haber llegado ayer.

Giré la cabeza y la vi. Ojos grandes, labios sensuales y pelo agresivamente negro: era mi víctima, la real, que llegaba con un día de atraso. Pidió un whisky. Pensé en Patricia, sola en la Cueva de los Verdes, cubierta de ceniza de lava; sentí un odio feroz por esta impostora e imaginé para ella un final innoble e inmediato. Diga lo que diga De Quincey, no hay que dejar las cosas para el día siguiente. Me acerqué y le dije que ése no era el mejor modo de combatir la ansiedad. Sonrió.

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