Battista. Frente de tormenta

Frente de tormenta (Vicente Battista)

picsart_01-28-11.46.15.jpg

Una pareja, Juan y Julia, viajan juntos en un micro en una noche de tormenta.

A la madrugada paran en un bar por un problema mecánico

Son cómplices de algún delito
Solucionado el problema mecánico, suben al micro abrazados

Juan piensa que cuando lleguen a Córdoba tendrá que deshacerse de Julia…

La carta robada (Edgar Allan Poe)

Robo de una carta comprometedora.
C. Auguste Dupin se encargará del caso, luego del fracaso de la policía.
El prefecto no logra encontrar la carta en un mes.
Dupin encuentra la carta.
Resolución: La carta se encontraba a la vista, en un tarjetero.
Dupin logra distraer a la gente y reemplaza la carta por un facsímil.

Cuando se investiga algo, hay que pensar de la misma forma que el oponente, cosa que no había hecho la policía.

El tren desaparecido (A. C. Doyle)

Desaparición de un tren con todos sus ocupantes

No había señales de accidente o descarrilamiento

Escándalo en París amenazaba con derribar al gobierno

Ocho años más tarde Herbert de Lernac confiesa haber sido contratado para asesinar a Monsieur Caratal (ocupante del tren)

Motivo: Caratal tenía pruebas que comprometían a personas de mucho poder y las iba a presentar en el juicio en París

Cómo lo hizo: desvió el tren a una vía secundaria, haciendo que entre a toda velocidad a una mina abandonada, cayendo al pozo y desapareciendo para siempre

De Lernac se guardó documentos importantes que habían tirado del tren antes de caer

Esperaba que con su confesión, algún poderoso personaje lo ayudara a conseguir el indulto para que él no publicara esos documentos.

El centro de la telaraña (C. X. Ferdinandus)

Aguirre, un exitoso empresario, viudo, que se postula como diputado, recibe tres sobres con fotos donde lo acusan de haber matado a su mujer

Descubre que el sello de los sobres es de Villa Urquiza

Deduce que sólo podía ser Perez Migali, un ex-compañero de colegio y trabajo, que además vive en Villa Urquiza

Decide visitarlo y encuentra a un hombre muy enfermo, con cáncer de pulmón que le pide cigarrillos

Aguirre le deja el paquete en la mesa de luz

Motivo del chantaje: había estado enamorado de la mujer del empresario. Dice que mandó una carta a la Policía con datos sobre la muerte de la mujer incriminándolo.

Aguirre lo mata a golpes con el arma y limpia sus huellas

Encuentra un sobre con una carta donde Perez Migali confiesa que todo fue un ardid para que lo mate y que ya estaba informada la policía.

Resolución: el juez lo arresta por asesinato. Perez Migali había acusado a Aguirre de asesinarlo. Sobre su mesa de luz iban a encontrar un paquete de cigarrillos con las huellas digitales de Aguirre en caso de tener alguna duda.

remera-jpg-nnnx-jp-nuevo-taller-jpgvvf

Continuar leyendo

Vicente Battista.


EL NACIMIENTO
Los antropólogos de la Universidad de Duke, en los Estados Unidos, estiman que el hombre de Neandertahl, que habitó la tierra hace más de cuatrocientos mil años, poseía el don de la palabra. Esta novedad podría contestar una pregunta que hasta hoy no tenía respuesta.
Para encontrar esa respuesta habrá que retroceder hasta una tribu de Neanderthal, una noche en especial. Los hombres y mujeres están alrededor del fuego, buscan calor y celebran el fin de otra jornada. A la mañana de ese mismo día, los hombres habían partido de caza en busca de alimentos. Las mujeres, en tanto, cuidaban a sus críos. Ahora que el sol ya se fue, es tiempo de descanso y de contar las experiencias del día. Cada hombre dice como atrapó a la presa que perseguía. No saben mentir.
Pero para uno de estos hombres la caza había sido un fracaso. Cuando llega su turno, no tiene proezas para contar. Entonces decide inventarlas. Miente una cacería imposible. Lo hace con tal perfección que transforma una mentira en una historia bella y apasionante. Todos piden que la repita.
Aquella noche, sin saberlo, ese anónimo hombre de Neanderthal acababa de inventar la literatura.

cropped-11233088_597837940358345_7294311253233078811_n.jpg
UN DÍA DESPUÉS

de Vicente Battista
Miré una vez más la foto: un rostro juvenil, de ojos grandes, labios sensuales y pelo agresivamente negro. Era una belleza insolente, a mitad de camino entre la inocencia y la perversidad.

– ­Se llama Mercedes Gasset y va a estar en el hotel Los Faraones, el sábado, al mediodía.

Asentí con un movimiento de cabeza. Me entregaron el cincuenta por ciento de lo pactado y el pasaje de ida y vuelta. Dijeron que confiaban en mi, que el resto lo recibiría al final del trabajo. Asentí otra vez y pregunté si habían pensado en un sitio en especial. Uno de ellos dijo que la Cueva de los Verdes podría ser el lugar adecuado y agregó que no me costaría mucho llevarla hasta ahí. Realmente me tenían confianza. Supe que era hora de despedirse. En un par de días tendría que volar a Lanzarote para encontrarme con Mercedes Gasset.

El vuelo fue tranquilo, debí soportar un compañero de asiento que había resuelto mitigar su soledad, o el miedo a las alturas, contándome el encanto de las Islas Canarias. Le concedí un par de aprobaciones y simulé un sueño reparador. No me interesaban las islas y jamás había estado en Lanzarote, sólo tenía una vaga referencia por un cuento, o cierto capítulo de novela, en donde un hombre se encontraba con una mujer joven, para disfrutar del fin de semana. También yo iba a encontrarme con una mujer joven, pero no iba a disfrutar del fin de semana; iba a matarla.

La vi en el lobby del hotel. Se paseaba de un lado a otro, indecisa; aunque no parecía buscar a nadie. Finalmente se acercó a la barra y pidió un vaso de leche fría. El azabache de su pelo resultaba más inquietante que en la fotografía.

–  ­No es el mejor modo de combatir la ansiedad ­dije.

Me miró; sonrió levemente.

­- ¿Quién le ha dicho que estoy ansiosa?

– ­No hay más que verte.

­- ¿Psicólogo?

– ­Curioso.

Habíamos roto las barreras. Dijo que se llamaba Patricia; por alguna razón ocultaba su nombre, debía cuidarme. Dijo que era madrileña.

­Uruguayo­mentí.

Establecidas las reglas del juego, entretuvimos la tarde hablando tonterías.

­- Si me prometés cambiar la leche por un Rioja digno de nosotros -dije-, esta noche cenamos juntos.

– ­¿Y si no?­- preguntó.

– ­Nos encontraríamos para el café.

­ -Ya no tengo ansiedad ­dijo y volvió a sonreír­. A las nueve, aquí mismo.

La vi marcharse. Esa muchacha me gustaba más de la cuenta; mi oficio prohíbe ese tipo de gustos. Pensé que un whisky doble expulsaría el mal sentimiento, lo bebí de un trago, pero la muchacha me seguía gustando. Miré la hora, faltaban unos minutos para las siete. Acaso dormir ayudaría. Pedí la llave de mi habitación y ordené que me llamaran a las ocho y media.

Fue puntual, virtud infrecuente en las mujeres jóvenes y bonitas. Caminaba con estudiada despreocupación, usaba un vestido de tela liviana que le acentuaba las formas. Tuve la fantasía de que algunas horas después se lo iba a quitar.

­- Magnífica­ – dije por todo saludo y llamé al barman. Dijo que no iba a beber. Le recordé la promesa; agregó que sólo bebería vino, durante la comida. Parecía una niña obediente; fuimos hacia la mesa.

Elegimos una exquisita carne de ternera, rociada con salsa de champiñones y acompañada de arroz blanco. Supe que en la bodega del hotel había Vega Sicilia y no vacilé: iba a ser su última cena; merecía el mejor de los vinos. Lo gozamos hasta la última gota y sirvió para recrear nuestras mentiras. Dijo que estaba en la isla con el propósito de recoger material para un futuro trabajo acerca de la identidad canaria. Quiso saber de mí. Me inventé una profesión liberal y un desengaño amoroso, dije que no quería hablar ni de una cosa ni de la otra. A la hora del café y el coñac, le confesé que me gustaba más de la cuenta y por primera vez, a lo largo de la noche, estaba diciendo la verdad.

Decidimos que fuese en mi cuarto. Estábamos de pie, junto a la cama y sólo nos iluminaba la luna; se oía el ruido del mar, pero ni la luna ni el mar me importaron: toda mi atención estaba en ese cuerpo magnífico, sin una sola mentira. La comencé a desnudar, con la devoción que se pone en los grandes ritos. Me detuve en sus pechos, pequeños y armoniosos, y los besé lentamente; un imperceptible quejido y el minúsculo vibrar de su piel me hicieron comprender que no había errado el camino. Ahí me quedé. Buscó mi sexo y al rato estábamos desnudos sobre la cama. Cada vez me gustaba más y ella se encargaba de fomentarlo: se acostó sobre mí y me cubrió con una ternura indescriptible, hasta que llegó el momento de las palabras entrecortadas y los pequeños gritos. Era una pena quitar al mundo a una muchacha así; la abracé casi con cariño. Se quedó dormida de inmediato. Estuve mucho tiempo mirando el techo y pensando en esas desarmonías, ajenas a uno, que lamentablemente no tienen arreglo. Recordé a De Quincey: “Si alguien empieza por permitirse un asesinato pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente”.

Un par de horas más tarde ella abrió los ojos y me dijo algunas cosas que ahora prefiero olvidar. Le pregunté si conocía la Cueva de los Verdes y le propuse una excursión a la mañana siguiente. Dijo que sí. No sabía que estaba firmando su sentencia de muerte.

Un simple estuche de máquina fotográfica fue el refugio ideal para la Beretta 7,65, con silenciador incluido. Tomé un café sin azúcar, de camino a la cueva de los verdes. Habíamos decidido encontrarnos ahí a las diez de la mañana. La descubrí mezclada con un contingente turístico. Seguimos al guía y nos enteramos de que estábamos ingresando en una cueva que, trescientos años atrás, había construido la lava volcánica. Era un túnel que se prolongaba por kilómetros y kilómetros y del que apenas se habían explorado algunos miles de metros.

–  ­Alguna vez fue refugio de los guanches -­ dijo Mercedes  a media voz.

­- ¿Los guanches?

­- Los primeros habitantes de la isla-­ completó.

“Y ahora será tu tumba”, pensé, con dolor. Conseguí que cerrásemos la marcha de los entusiasmados turistas y así anduvimos entre las tinieblas. Algunos temas de Pink Floyd y unas pocas luces de colores, astutamente distribuidas, le daban el toque fantasmagórico que el sitio precisaba. Los hijos de puta de mis clientes habían sabido elegir el lugar: un cadáver podría permanecer ahí por largo tiempo, hasta que el mal olor de su putrefacción lo delatase. Pensé que ese cadáver iba a ser el de Mercedes y sentí un ligero malestar. Decidí terminar el trabajo de una vez por todas y me detuve, con la excusa de ver algo. El contingente siguió su marcha, ignorándonos. Abrí el estuche fotográfico.

­ -Aquí no se pueden sacar fotos -­bromeó.

– ­No pienso sacar fotos – ­dije.

La Beretta en mi mano obvió cualquier otro comentario.

– ­No entiendo- ­dijo y había  espanto en su sorprensa.

­- No es necesario que entiendas -­dije y alcé el arma.

­- Hay un error ­-dijo, casi suplicante­-. Tiene que haber un error.

Dije que en estos casos nunca hay errores y apreté el gatillo. Se oyó un sonido corto y seco. Mercedes intentó decir algo, pero todo quedó reducido a un gesto de dolor y desconcierto. En mitad de su frente, casi a la altura de sus cejas, comenzó a bajar un hilo de sangre. Di un paso atrás y vi cómo su bello cuerpo se derrumbaba para siempre. Con ternura la llevé hasta el rincón más escondido de la cueva y la cubrí con cenizas de lava. Me sacudí las manos y la ropa, comprobé que no había señales delatorias y caminé rápido hacia donde estaba el contingente. Habían pasado menos de diez minutos. Nadie reparó en su ausencia: estaban encantados jugando con el eco, una de las maravillas de esa cueva de la muerte.

Los pasos siguientes serían de pura rutina: debía desprenderme del arma y de la documentación fraguada. En Barcelona tendría tiempo de afeitar mi barba tirar a la basura los anteojos de falso documento. Entré en el hotel pensando en una ducha fría. Iba a pedir la llave de mi cuarto, cuando una voz femenina, sus palabras, me enmudecieron.

– ­Me llamo Mercedes Gasset – dijo-­, hay una reserva a mi nombre. Tenía que haber llegado ayer.

Giré la cabeza y la vi. Ojos grandes, labios sensuales y pelo agresivamente negro: era mi víctima, la real, que llegaba con un día de atraso. Pidió un whisky. Pensé en Patricia, sola en la Cueva de los Verdes, cubierta de ceniza de lava; sentí un odio feroz por esta impostora e imaginé para ella un final innoble e inmediato. Diga lo que diga De Quincey, no hay que dejar las cosas para el día siguiente. Me acerqué y le dije que ése no era el mejor modo de combatir la ansiedad. Sonrió.

Continuar leyendo