Asia. El espíritu del mar

Había un pequeño río que desembocaba en el mar. Algunos tungus vivían en la desembocadura del río y pescaban. Una vez llegaron al mar y vieron a un espíritu marino del tamaño de una ballena que salía de debajo del agua. El espíritu marino dijo: «¡Oh gente! Estás aquí. Quiero devorarte». Le rogaron que los dejara vivir. «Está bien», dijo el espíritu, «ahora devoraré a un solo hombre, y los demás pueden irse a casa, pero todos los días debes darme un hombre. Debes llevarlo al mar y dejarlo cerca del agua. Él será mi alimento. De lo contrario, si no hacéis lo que os pido, me llevaré las redes y ahuyentaré todos los peces. Daré la vuelta a vuestras canoas y, sin duda, os devoraré.

Los Tungus se fueron a casa, dejando atrás a uno de ellos. Fueron a su jefe y le dijeron: «¿Qué se debe hacer? Tenemos que entregar a un hombre tras otro. No podemos vivir sin el mar». Así que le dieron al espíritu una víctima tras otra. Por fin llegó el turno de la única hija del jefe. La llevaron al mar y la depositaron en la arena. Luego regresaron. La joven se sentó allí esperando su muerte.

Entonces vio venir a un joven. Era un vagabundo, que no conocía ni a padre ni a madre, y caminaba sin rumbo fijo. «¿Qué estás haciendo aquí?» dijo el joven – «Estoy esperando mi muerte. El espíritu marino viene a devorarme.» – «¡El espíritu marino! ¿Cómo es? Quiero quedarme aquí y verlo.» – —Joven —dijo la hija del jefe—, vete a casa.¿Qué necesidad hay de que se destruyan dos vidas humanas? ”-“ No tengo miedo ”, dijo el joven.“ No tengo ni padre ni madre. No hay una sola alma en el mundo que lamente mi muerte. Me sentaré aquí y esperaré al espíritu marino, dormiré un poco, pero si viene alguien, haz que me levante!»

De modo que durmió y no se despertó hasta que llegó la marea de la inundación, y con la inundación vino el espíritu del mar. Vio al joven y dijo con alegría: «¡Ah, buena gente! Esta vez trajeron dos personas en lugar de una». La hija del jefe quiso despertar al joven; pero siguió durmiendo y no prestó atención a todos sus empujones y sacudidas. Entonces ella lloró por él y una lágrima caliente se deslizó y cayó sobre su rostro. «El joven se despertó instantáneamente y se levantó de un salto.» ¡Ah, ah! «, Dijo,» ¡ya estás aquí! «, Atacó al monstruo marino, y lucharon hasta altas horas de la noche. Por fin el joven agarró la mandíbula superior del monstruo y se la arrancó junto con el cráneo. «¡Oh, estoy cansado!», dijo el joven. Se sentó de nuevo y puso apoyó la cabeza en el regazo de la niña. .Se fue a dormir como antes. Uno de los pastores del jefe llegó a la orilla. Le dijo a la niña: «¿Por qué, todavía estás viva?» – «Lo estoy», dijo la niña. «¿Y el espíritu del mar?» – «Este hombre lo ha matado». «¡Tu mientes!» dijo el pastor. «¿Quién va a creer que un holgazán como este hombre, podría matar al monstruo? Soy yo quien mató al monstruo». Soy yo quien mató al monstruo «.

Sacó un cuchillo y apuñaló al hombre. Arrojó su cuerpo al mar y le dijo a la niña: «Así he hecho con el monstruo ; y si me contradice con una palabra, le haré lo mismo». Ella estaba asustada y prometió obedecerle y decir que este pastor había matado al monstruo. Así que la tomó de la mano y la llevó de regreso a donde estaba su padre. «Aquí», dijo, «he matado al monstruo marino y he salvado a tu única hija de la muerte. Tu hija es mía en este momento». El padre estaba lleno de alegría. «Está bien», dijo él, «tómala y cásate con ella». Organizaron una gran fiesta nupcial para la mañana siguiente.

Mientras tanto, la hija del jefe reunió a todas las jovenes del pueblo y prepararon una gran red de arrastre, tan grande como el mar. Lo arrojaron al mar y lo arrastraron a lo largo de la orilla, y luego a la derecha a través del mar. Trabajaron y trabajaron toda la noche, y por la mañana al amanecer atraparon el cuerpo de su salvador. «Aquí está», dijo la hija del jefe. «Este hombre me salvó del monstruo, y el pastor lo apuñaló mientras dormía. Ahora me apuñalaré a mí misma, para que los dos tengamos un funeral común».

– «No lo hagas», dijo una de sus compañeras. . «Conozco una roca no muy lejos de aquí. Debajo de esa roca sale un chorro de agua, hirviendo, pero ES buena para curar todo tipo de heridas».

Fue a la roca con una botella de piedra y trajo un poco de agua.

Con ella lavaron la herida y el joven volvió a la vida. La JOVEN lo tomó de la mano y lo condujo hasta su padre. «Este es el hombre que me salvó.

El otro es un traidor e impostor ”. Entonces mataron al pastor, el joven se casó con la niña, y vivieron allí.

Contado por Innocent Karyakin, un Tundra Yukaghir en la tundra occidental del país de Kolyma, invierno de 1895.

Armenia El campesino que vendía espíritus

Erase una vez un campesino cuyo único bien era una vaca pero no le daba leche. Decidió, pues, venderla en el mercado del pueblo, donde le dieron cien rublos por ella.
Al volver a su casa se cruzó con un anciano que anunciaba a voces:-¡Vendo espíritus! ¡Espíritus! ¡A los buenos espíritus!…-¿Qué espíritus son esos, hermano? -preguntó, asombrado, el campesino.-Espíritus de oro, que te ayudarán a hacer tu camino en esta vida, que te protegerán de los infortunios y hasta te harán rico. El campesino siempre había estado convencido de que un día la fortuna le sonreiría y que se haría rico de repente, como sucede en los cuentos. Y pensó que aquel hombre que vendía espíritus era la oportunidad que no debía dejar escapar.-¿Cuánto cuesta uno de esos espíritu?-Como veo que eres pobre te venderé uno bien barato: cien rublos.-Muy bien. Aquí van los cien rublos. Dame el espíritu.Y, sin dudarlo un momento, el campesino le dio al anciano todo el dinero que había conseguido por la venta de la vaca. El viejo se guardó el dinero en el bolsillo y murmuró al oído del campesino: «Cosecharás lo que siembres. Ése es el espíritu». Y luego desa-pareció.«¿Qué habrá querido decir?», se preguntó el campesino. «Yo me sé todos los proverbios, consejas y refranes que existen, pero jamás se me había ocurrido pensar que podría ganar dinero con alguno de ellos. Voy a intentar vendérselo a otro». Y comenzó a gritar:-¡Vendo espíritus, espíritus de oro!…Pero nadie le hacía el menor caso. Algunos, incluso, le tomaban por loco y se reían de él sin recato:-¿Habéis visto? Como cree que tiene demasiado espíritu, quiere vendernos un poco.-¡Eh, tú, saco de maldades! Si tanto espíritu tienes, ¿por qué eres pobre?Pero el campesino no perdía la esperanza, y continuó gritando por las calles:-¡Vendo espíritus! ¡A los buenos espíritus!…Así acabó por llegar ante las puertas del palacio real. El rey, divertido, vio desde su balcón cómo aquel ingenuo campesino intentaba en vano vender espíritus a los avispados ciudadanos. Le dio pena y le llamó.-Dime, amigo, ¿cómo es ese espíritu que vendes?-Es un espíritu muy útil, majestad.-¿Y cuánto cuesta?-Cien rublos.-Toma cien rublos y dame ese espíritu -dijo el rey.El campesino se guardó el dinero y dijo al rey con mucho misterio:«Cosecharás lo que siembres. Ese es el espíritu». ¡Que viva el rey!-¿Cómo? -exclamó éste. ¿Te vas a ganar cien rublos por cuatro míseras palabras?-¡Que viva el rey! Yo, que soy muy pobre, he pagado por esta simple frase cien rublos. Tú tendrías que pagar mil.-Dime, ¿y eso por qué?-Yo dirijo la vida de una sola familia, majestad, en tanto que tú diriges la vida de todo un país. Por eso tú necesitas un espíritu tan vasto como la mar.-Me parece justo -dijo el rey. Para gobernar hace falta mucho espíritu y mucha sabiduría. Pero lo que tú me has vendido sólo representa una mínima gota de sabiduría…-Muy cierto, mi rey. Pero la mar está formada por gotas. Un hombre inteligente ha de estar siempre aprendiendo. Los mares acaban en algún lugar, tienen un límite. La sabiduría es ilimitada.-Que tengas larga vida, campesino. Dices cosas muy sabias. Ahora regresa a tu casa, pero ven a verme de vez en cuando. Hablaremos, y te volveré a recompensar por tus sabios consejos.El rey apreció en mucho las palabras del campesino. Se las decía a menudo a sus cortesanos y a sus sirvientes. Una mañana, cuando su barbero iba a afeitarle, el rey le dijo en tono muy grave:-»Cosecharás lo que siembres». Comprende bien el significado de estas palabras, barbero: «Cosecharás lo que siembres».Al oír estas palabras el barbero se puso a temblar. Se le cayó al suelo su afiladísima y larga navaja y se echó de rodillas ante el rey implorando:-Perdón, rey mío, perdón para tu esclavo. Soy inocente. Me han obligado… Os juro que yo no pensaba hacerlo…El rey se quedó petrificado. Se puso en pie y zarandeó al barbero.-¿Qué te habían obligado a hacer? ¿Y quién? ¡Habla!-Querían que te degollara… Pero yo no iba a hacerlo.Así fue cómo el rey descubrió la conspiración que se había urdido para atentar contra su vida. Los traidores recibieron el castigo merecido. En cuanto al campesino que vendía espíritus, cada vez que se presentaba en palacio el rey le recibía amablemente y le recom-pensaba siempre.-Me has salvado la vida, sabio campesino -le decía.A partir de aquel día los proverbios populares fueron considerados como perlas de sabiduría y desde entonces pasan de boca en boca y de generación en generación para que lleguen intactos hasta nuestros hijos.

Norteamericano El hombre que no podía crecer

Había una vez un hombre que vivía cerca de un pantano y que medía sólo cuarenta y cinco centímetros. Confiaba en que iba a crecer, pero no crecía nunca. Cuando se cansó de esperar, deci­dió pedir consejo a seres vivos más altos que él y habló primero con el caballo:-Amigo caballo -le dijo, ¿cómo puedo hacer para volverme tan grande y corpulento como tú?-Es fácil. Debes comer muchos cereales, sobre todo avena, y correr todo el día. Verás como, en menos de una semana, crece­rás tanto como yo.El hombrecito de cuarenta y cinco centímetros de altura vol­vió a casa y, durante un mes, siguió con la receta que le había dado el caballo. Sólo comía cereales, sobre todo avena, y no ha­cía más que correr durante todo el día. Pero crecer, no crecía. Todos los cereales le pesaban mucho en el estómago y le dolían las piernas de tanto correr. Entonces pensó en pedirle consejo a algún otro y se fue a ver al buey.-Amigo -le dijo, ¿qué debo hacer para volverme tan gran­de y corpulento como tú?-Es fácil. Debes comer mucho heno y mucha hierba y que­darte todo el día, echado de lado, rumiando. Verás como, en me­nos de una semana, crecerás tanto como yo.El hombrecito de cuarenta y cinco centímetros de altura vol­vió a casa y, durante un mes, siguió con la receta que le había dado el buey. Sólo comía hierba y heno y se pasaba todo el día echado de lado rumiando. Pero crecer, no crecía. Toda aquella hierba le pesaba mucho en el estómago y, de tanto tiempo que pasaba tumbado, tenía el lado derecho o, según los casos, el iz­quierdo, muy dolorido. Entonces pensó en pedirle consejo a al­gún otro y fue a hablar con el búho, famoso sabio.-Amigo, tú que eres tan sabio, ¿sabes decirme qué debo ha­cer para ser más alto?-Dime una cosa. ¿Para qué quieres volverte más alto?-Para ver más desde lejos.-Si quieres ver más desde lejos, súbete a un árbol. ¿O acaso no eres capaz de trepar?-Claro que soy capaz. Pero no se me había ocurrido seme­jante cosa.El búho entornó los ojos y dijo:-Óyeme: el hombre no necesita tener un gran cuerpo, sino un buen cerebro. Quien desarrolla su inteligencia, siempre es grande y dueño de una gran fortaleza.

Albania Las trenzas

Había una vez cuatro hermanos. Los tres mayores se dedicaban a cultivar la tierra y el más pequeño cuidaba de las ovejas. Se llevaban de maravilla unos con otros y no se deseaban mutuamente más que una existencia gozosa y en paz. De este modo, pasado no mucho tiempo, se casó el hermano ma­yor, después el segundo y más tarde el tercero. Le tocaba el turno al menor, pero éste no mencionaba nunca el asunto de su boda, aunque los demás no se lo tomaban en cuenta, pensando que se debía a que le daba vergüenza.Pero el menor de los hermanos le daba vueltas en la cabe­za a cosas que nadie era capaz de imaginar. Día a día sacaba las ovejas y las llevaba a pastar a un prado donde crecía una yerba que llegaba a la rodilla. En mitad de aquel prado ha­bía un gran lago y en el lago habitaba una trenzas, tan her­mosa que no tenía par sobre la faz de la tierra. El muchacho, sin que nadie lo supiera, se acercaba cada día al lago, se ocultaba tras un arbusto y gozaba observando a la trenzas, que se bañaba en aquellas aguas y salía a peinarse sobre los troncos. «Ésta, se decía para sus adentros, será para mí; nunca aceptaré a ninguna otra”. Y cada vez con mayor intensidad se le fijaba esta idea en la mente y ni de día ni de noche encontraba sosiego pensando cómo hacerla suya.Sus hermanos, viéndole tan meditabundo, noche tras no­che le hacían preguntas, hasta que acabaron por hartarlo y hacerle hablar.-Hermanos -les dijo, cada vez que llevo las ovejas a los pastos, voy a un gran lago para contemplar a una mujer de tal hermosura que en parte alguna puede encontrársele ri­val: se baña y se peina allí, luego sale y se coloca sobre los troncos a tomar el sol; pero no hay hombre que se le acer­que, pues al instante se zambulle en el agua y desaparece. Poseerla se ha convertido para mí en una obsesión, de mo­do que o la consigo o habré de morir sin contraer matri­monio.-No digas esas cosas -le interrumpió el hermano mayor; ésa es la trenzas del lago y aunque tuvieras cuatrocientas bolsas de oro no podrías siquiera tocarla con tus manos, mucho menos llevártela a casa.-Pues bien, yo ya tengo una idea -le replicó a su vez el menor, pero no puedo ponerla en práctica si no me ayu­dáis un poco.-Hermano -le atajaron los tres a un tiempo, estamos dispuestos a ayudarte en todo lo que nos pidas, aunque mu­cho nos tememos que no vamos a conseguir nada. Pero di­nos de una vez lo que has pensado.-Se me ha ocurrido -comenzó a contarles el hermano pequeño, colocar a la orilla del lago una blusa bonita y lla­mativa, pero con el cuello y las mangas cosidas, un espejo, un jabón y un peine, y cavar cuatro zanjas para que poda­mos ocultarnos en ellas los cuatro. Cuando ella salga a tie­rra, habrá de ver esos objetos y pensará que le resultarían de utilidad. Nosotros deberemos estar preparados: cuando in­tente vestirse la blusa con las mangas cosidas, saltaremos so­bre ella y la atraparemos.-Parece bien ideado -le respondieron sus hermanos, y no tendre-mos descanso hasta dar fin a este asunto.A la mañana siguiente, antes de que acabara de alzarse el sol, cogieron las palas y los picos, junto con la blusa con las mangas y el cuello cosidos, y se dirigieron hacia el lago. Co­locaron la blusa, el espejo, el jabón y el peine en el lugar donde solía descansar la trenzas; seguidamente cavaron cua­tro zanjas y se apostaron dentro de ellas.Acabó de amanecer, relucieron los rayos del sol y comen­zaron a calentar las aguas. Poco antes de mediodía, asomó la cabeza la trenzas y escudriñó todo en derredor por ver si ha­bía alguien. Creyéndose sola salió a continuación a la orilla para peinarse. Sus ropas eran suaves y delgadas y le caían formando pliegues de los hombros a los pies. No había al­canzado aún a sentarse cuando su mirada topó con la blusa, el jabón y el espejo; se acercó, los cogió con la mano uno a uno y volvió a sumergirse en el agua; se lavó con el jabón y luego volvió a salir a la orilla para secarse al sol; cogió con una mano el peine y con la otra el espejo y, después de pei­narse y acicalarse, intentó ponerse la blusa. En cuanto los cuatro hermanos vieron que trataba de sacar la cabeza por el cuello y las manos por las mangas, se abalanzaron sobre ella y no sin grandes esfuerzos la ataron y la condujeron a su ca­sa. Pronto la trenzas comprobó que no podía escaparse y acabó haciendo lo que ellos le pedían. Se despojó de su atuendo y vistió el propio del lugar; al cabo de algunos días yació con el más pequeño de los hermanos. Todas las faenas las realizaba sin protestar, pero no salía jamás una palabra de su boca, con lo que toda la gente de la casa estaba sor­prendida ante este silencio obstinado. Al cabo de un año le dio el Señor un hijo sano y hermoso, que sólo verlo era una satisfacción; aunque tampoco entonces dijo una palabra. Su esposo se esforzó por hacerle hablar, pero no hubo modo. Cogió entonces al hijo y con la espada en la mano le dijo a ella:-O hablas o mato al niño.La trenzas, creyendo que realmente estaba resuelto a ma­tarlo, abrió la boca y dijo:-¡No mates a mi hijo!Sintió gran alegría su marido al oírla hablar, del mismo modo que todos los demás, pero ella continuó diciendo:-Si hubiera permanecido otros cuatro días sin hablar, ha­brían surgido del lago todos los objetos y riquezas que guar­daba allí cuando vivía en las aguas. Pero ahora, por haberme obligado a hablar antes de tiempo, habrán de perderse para siempre. Ya nunca serán vuestros.-La verdad es que lo siento -le atajó el marido, pero estando sanos, conseguiremos vivir con lo que el Señor ten­ga a bien concedernos.Los hermanos siempre le habían tenido miedo y no cesa­ban un momento de vigilarla, por si intentaba huir. Pero luego que el Señor le hubiera concedido un hijo, la dejaron en completa libertad y no volvieron a molestarla. La trenzas advirtió el cambio y un buen día le preguntó a su marido:-Señor, ¿dónde dejaste las vestiduras que llevaba cuando me conociste?-¿Y eso a qué viene? -le replicó el esposo.-¿Para qué las necesitas?-Para nada -le respondió ella; simplemente me he acor­dado de ellas.Y el marido, creyendo que nada podía pasar, le mostró el arcón donde se guardaban las mudas y marchó a ocuparse de sus asuntos.La trenzas se fijó en el arcón y al cabo de algún tiempo, tras comprobar que nadie la observaba, sacó sus vestidos, se los puso, se dirigió hacia el lago, se arrojó en sus aguas y de­sapareció para siempre.Cuando, al anochecer, se reunieron todos en la casa, en­seguida descubrie-ron lo que había sucedido, pero nada pudieron hacer.

Albania quien guarda la tumba de padre?

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Erase tres hermanos que habían tenido un padre muy afectuoso. Antes de que muriera el hombre, acudieron junto a su cabecera y le preguntaron si tenía alguna última voluntad que encomendarles.-Escuchad -les dijo, si es cierto que me que­réis de verdad, habréis de guardar mi tumba por turno

du­rante tres noches seguidas.-Eso es cosa fácil, padre -le respondieron los tres hijos a un tiempo.Murió el padre y le dedicaron un buen banquete. Llegó la primera noche y el hijo menor, que era tiñoso, recordó la última voluntad del padre y le dijo al mayor:-¿Vas a ir a guardar la tumba de nuestro padre? Le diste tu palabra.-¿Qué tumba? -le atajó el otro.-Yo le dije que sí para darle gusto y dejarle que muriera en paz.-Está bien -le respondió el pequeño.-Iré yo entonces en tu lugar.Cogió su arma y se marchó a velar la tumba del padre.En la negrura de la noche pasó por allí un hombre a ca­ballo. Tanto el jinete como su montura iban vestidos de plata.-Déjame que pase sobre la tumba de tu padre -le dijo el caballero al tiñoso.-¡Jamás! -le respondió el joven.-¿Qué es lo que estoy guardando yo entonces aquí?El uno que sí, el otro que no, y ¡bam!, restalló el fusil del hermano menor y el jinete cayó sin vida al suelo. El muchacho lo despojó luego de sus ropajes, tomó el caballo de las riendas y fue a escon-derlo todo en una cabaña en el interior del bosque.Llegó la segunda noche y le dijo el hermano pequeño al mediano:-¿Vas a ir a guardar la tumba de padre?, le diste tu pala­bra de que lo harías.-¿Qué palabra? -le respondió.-Yo le dije aquello sólo para darle gusto a padre antes de morir.-Está bien -dijo entonces el pequeño.-Iré yo y la velaré en tu lugar.Cogió el fusil, fue caminando hasta llegar a la tumba y se apostó junto a ella para cuidarla.A las dos de la madrugada acertó a pasar por allí un hombre muy alto a lomos de un corcel blanco. Su vesti­menta estaba enteramente recamada de oro.-Déjame que pise la tumba de tu padre -le gritó con ru­das voces el hombre del caballo.-¡Nunca lo harás mientras a mí me quede aliento! -le re­plicó inmediata-mente el tiñoso.Disputaron durante un rato y por fin el tiñoso le disparó un tiro de fusil y lo mató. Lo despojó a continuación de sus vestiduras y, junto con el caballo, fue a esconderlo todo en otra cabaña en las profundidades del bosque.A la tercera noche les dijo a sus hermanos:-Me voy a guardar la tumba de padre, pues hoy me co­rresponde a mí el turno.Cogió su arma y se dirigió al lugar donde estaba la tum­ba. A las tres de la madrugada apareció por allí un apuesto jinete montando un caballo color azabache. Sus ropas esta­ban cubiertas de oro y piedras preciosas.-¡Déjame pasar por encima de la tumba de tu padre! -le dijo al verlo.-¡No, jamás! -le replicó el tiñoso.-Pues mi camino atraviesa por aquí -dijo acto seguido el hombre del caballo y espoleó su montura.Viendo aquello el tiñoso se echó al punto el fusil a la cara y de un tiro mató al caballero, dejándolo tendido en la tie­rra. Le arrebató sus preciosas ropas, cogió el caballo de la rienda y lo metió todo en una nueva cabaña del bosque. A ninguno de sus hermanos les dijo nada acerca de todo aquello.Pasó el tiempo y cierto día hizo saber el rey:-Quien sea capaz de saltar un alto muro formado de cuerpos y derribar con la espada la corona colgada de la en­cina, habrá de tomar a la hija del rey por esposa y recibirá además como regalo torres y serrallos.Una gran multitud se fue congregando junto al palacio del rey, unos para mirar, otros para probar suerte. Decidie­ron acudir también los hermanos del tiñoso.Al ver éste que sus hermanos mayores se dirigían hacia allí, corrió tras ellos y les preguntó:-¿Me lleváis a mí con vosotros?-Tú quédate en casa, anda -le respondieron.-Sería una vergüenza que te vieran con nosotros con toda la multitud que se va a reunir.Y lo dejaron en casa. Pero pocos instantes después, el ti­ñoso salió y se dirigió a la cabaña donde había guardado las primeras vestiduras de plata y el caballo alazán. Se vistió con ellas, montó a lomos del caballo y se dirigió a la reu­nión. Todos lo miraban al llegar, aunque ninguno lo reco­nocía.Numerosos jóvenes de buenas casas habían intentado sal­tar el muro, pero ninguno lo había logrado.-¿Me permitís que pruebe yo también una vez? -dijo en alta voz el tiñoso.Todos le abrieron paso. Acto seguido le gritó al caballo con grandes voces y, enarbolando la espada, saltó el obstá­culo y cortó de un tajo la corona.Quedaron todos asombrados, pero el rey no estaba tan convencido como para entregarle a su hija, de modo que ordenó que todo se repitiera una nueva vez al cabo de una semana.Se dispersó la congregación y el tiñoso regresó antes que sus hermanos, se cambió de ropas y volvió a casa como si no supiera nada.Cuando llegaron sus hermanos, les preguntó:-¿Consiguió saltar alguien el muro?-No, nadie. Aparte de un extranjero que era de corta es­tatura y aspecto desmejorado como tú, con las ropas todas recamadas en plata. De todos modos el rey no quiso entre­garle a su hija. De hoy en una semana todos los jóvenes vol­verán a intentar saltar el muro y cortar la corona.Cumplida la semana, se disponían los dos hermanos ma­yores a acudir a la reunión para asistir al desenlace, cuando el pequeño les preguntó.-¿Me lleváis con vosotros?-Quédate en casa, estarás mejor -le respondieron.-Allí la gente se reiría de ti.Partieron los dos y poco rato después lo hizo también el tiñoso, pero esta vez vestido con las ropas recamadas de oro y a lomos del corcel blanco.Se había formado aún más grande reunión que la vez ante­rior y ya eran muchos los que habían intentado saltar el mu­ro, aunque sin lograrlo ninguno. Probó a hacerlo también el tiñoso: Saltó limpia-mente el obstáculo y cortó la corona.-Tampoco ahora -le dijo el rey, quiero entregarte a mi hija sin antes volverlo a intentar.Se dispersaron todos y marchó cada uno hacia su casa. El tiñoso corrió a la suya, llegó antes que sus hermanos y se cambió de ropas.Cuando regresaron los otros dos, les preguntó.-¿Cómo fue la asamblea? ¿Consiguió alguno saltar el muro?-Ninguno -le respondieron ellos, aparte de un extranje­ro corto de estatura y debilucho como tú, con las ropas re­camadas en oro y montando un corcel blanco. Pero tampoco esta vez le entregó el rey a su hija; quiere que se haga un nuevo intento dentro de dos semanas.Transcurrieron las dos semanas y de nuevo acudieron los hermanos a la reunión. Les rogó el tiñoso que lo llevaran consigo, pero ellos volvieron a burlarse de él.La multitud era mayor que nunca. Prueba una vez, in­téntalo otra, no apareció un solo muchacho que superara la barrera.Se puso en marcha el tiñoso, llegó a la tercera cabaña, vistió las ropas cubiertas de oro y piedras preciosas y montó el caballo azabache.Cuando llegó, todos lo contemplaban con admiración y le dejaban franco el paso.Saltó limpiamente la barrera, cortó la corona y tomó a la hija del rey. Aquel día se formó un gran regocijo y el rey le regaló al muchacho el mejor de sus serrallos. Pero he aquí que, mientras conducían a la novia al palacio, apareció de pronto Siete-palmos-de-barba-tres-palmos-de-talla y la rap­tó. Buscaron incansablemente por todas partes, pero la no­via no aparecía.-No podré continuar viviendo -prometió solemnemente el tiñoso, si no logro rescatar a mi esposa, pues la he gana­do con mucho esfuerzo.Y de este modo fue como concibió la idea de recorrer el mundo entero hasta dar con ella.Camina que camina, llegó a un manantial, junto al cual encontró a su Ora.-Ora, blanca Ora -le dijo el muchacho.-¿Puedes decir­me quién me ha robado a mi esposa?-Yo no lo sé -le respondió ella, pero sin duda lo sabrá el rey de las aves.Marchó el tiñoso en compañía de la Ora a una alta mon­taña, hasta llegar a la cumbre envuelta por las nubes. Allí encontraron al rey de las aves:-Rey -se dirigió a él el tiñoso, he venido para pregun­tarte algo muy importante para mí. ¿Puedes decirme quién me ha arrebatado a mi esposa y dónde la puedo encontrar?-Tu novia se la ha llevado Siete-palmos-de-barba-tres­-palmos-de-talla- le dijo la enorme águila.-Pero, ya que llevas a tu Ora contigo, te entregaré un milano y él te mos­trará el camino.Marchó delante el milano y condujo al tiñoso hasta la boca de una cueva. Allí dentro se encontraba Siete-palmos-de-barba-tres-palmos-de-talla, rodeado de gran nú­mero de muchachas hermosas, que cantaban y jugaban. La Ora del tiñoso se agazapó escondida junto a la boca de la cueva y, cuando la joven esposa del tiñoso acertó a pasar por allí, la atrapó veloz como un rayo y, cogiéndola del brazo, la sacó y se la entregó al muchacho.-Te lo ruego -le pidió el tiñoso a su Ora, cógeme otras dos para mis hermanos.La Ora le escuchó. Sacó a otras dos muchachas y partie­ron rumbo a su casa cantando y jugando.Cuando llegó el tiñoso al bosque donde había escondido los caballos y los valiosos ropajes, encerró a la mayor de las tres muchachas en la cabaña donde se encontraban las vesti­duras de plata y al momento comenzó a brillar una fuerte luz blanca; encerró a la segunda en la cabaña donde había escondido las recamadas de oro y enseguida comenzó a bro­tar un resplandor amarillo; en la tercera guardó a la suya y nada más hacerlo surgió una luz tan intensa que deslumbra­ba a quien la contemplaba.Vieron sus hermanos aquellas fuentes de luz y se pregunta­ron: ¿Qué es lo que habrá allí? Vamos a mirar y lo sabremos.Acudieron al lugar y cual sería su sorpresa cuando vieron a su hermano menor salir a su encuentro y contarles que había encontrado a su Ora en un día propicio.-He recorrido el mundo -les dijo, de un confín a otro y he traído para vosotros a las muchachas más hermosas y más ricas.Al mayor le entregó la mayor, al segundo la segunda y él se quedó con la hija del rey.Compraron terrenos, levantaron palacios y vivieron a cual mejor sobre el lomo de esta tierra nuestra.

Maorí La quijada mágica

Maui caminaba nervioso de un lado a otro por delante de la casa de su madre. A sus hermanos les hubiera gustado poder ayudarle, pero le temían porque era capaz de todo. Desconfiaban de él y preferían mantenerse fuera del alcance de su mal humor. Hasta los perros del poblado pasaban corriendo a su lado, temerosos de recibir una patada. Especialmente cuando el joven se golpeaba los muslos con su enorme maza de jade verde para mostrar su tremenda rabia.

Maui no paraba de caminar y de pensar. Conocía muy bien las fórmulas y los conjuros sagrados. Tenía el poder de cambiar de apariencia: para él, metamorfosearse en un halcón o en un pez era como un juego de niños. Y, sobre todo, poseía una maza de jade digna del más grande de los guerreros. Pero no tenía bastante. Le faltaba un arma. Un arma milagrosa, tan poderosa que con ella pudiera enfrentarse a los demonios y a los malos espíritus que reinaban por doquier.

Con ella podría también domar la Naturaleza, ayudar a los hombres a que dejasen de llevar una vida tan dura y, a buen seguro, provocar la admiración de sus semejantes. En una palabra, comportarse como un verdadero héroe.

Entonces, un ruido le hizo salir de sus pensamientos. Tres mujeres caminaban en fila por un sendero. Salían discretamente del poblado. Cada una llevaba una cesta. Se deducía que era comida caliente por el olor y el vapor que salía de ellas. Por la tarde las vio regresar con las cestas vacías. Y así, durante varios días.

La curiosidad de Maui era enorme.

– ¿A quién lleváis esa comida? -les preguntó, situándose ante ellas para impedirles el paso.

– ¡No podemos decirte nada! -respondieron las mujeres, inquietas por la presencia de Maui -Sólo obedecemos órdenes.

– ¿De quién son esas órdenes? ¡Hablad! ¡Quiero saberlo todo!

– Tu madre podrá decírtelo, Maui. No nos preguntes más.

Maui, impaciente, fue en busca de su madre, Taranga. Era una mujer muy inteligente y sabía perfectamente lo que le preocupaba a su hijo y también cómo solucionar todos sus problemas.

– Escúchame bien, Maui. Esos alimentos son para tu abuela ciega, Muriranga. Cuando la alimentamos está feliz y permanece tranquila. Pero si nos olvidamos de ella, aunque sólo sea una vez, se pone furiosa y, hambrienta, es capaz de comerse cualquier cosa. Ve a verla. La reconocerás por su quijada. Esa es el arma mágica que buscas. Es para ti. En cuanto te presentes ante ella, te la dará.

Al día siguiente, Maui se acercó a las mujeres y les quitó las cestas.

– Dadme la comida. Yo la llevaré – Y tomó el camino hacia el bosque.

Al llegar cerca de una casa, vio a una anciana sentada en el umbral de su puerta. Sin duda era su abuela, la ogresa de inmensa cabeza y enorme quijada.

Maui, como era de esperar, no pudo evitar gastarle una broma. Había tenido la precaución de situarse contra el Viento para que ella no le localizase por el olor. Sin hacer ruido, dejó los cestos detrás de un matorral y se fue. Los siguientes días volvió a hacerlo mismo. Muriranga empezó a sospechar lo peor. No hacía más que olfatear y olfatear. Acabó por desesperarse. Tenía el estómago vacío y era capaz de zamparse a Maui si éste cometía el error de acercarse a ella. Daba vueltas y más vueltas olfateándolo todo: hacia el sur, hacia el este, hacia el norte. ¡Nada, no le llegaba ningún olor a humano!

Por fin, al volver su enorme cara hacia el oeste, las aletas de su nariz temblaron. Y rugió:

– ¡Aquí hay un hombre, y está muy cerca!

Maui carraspeó pero no dijo nada. La abuela entonces comprendió que se trataba de uno de sus nietos, seguramente el más travieso de todos. En ese momento su estómago dejó de quejarse. Maui se había salvado.

-¡Eras tú! -bramó.

Él le contestó cariñosamente:

-Sí, abuela.

– ¿Y te diviertes así, mofándote de tu abuela? ¿Te parece bien que yo lleve días muriéndome de hambre mientras tú escondes mi comida?

– Abuela -suplicó Maui-: necesito tu quijada con sus poderes mágicos.

La anciana parpadeó con sus ojos ciegos. Y reconoció en su descendiente al merecedor de la preciosa arma que portaba en su boca. Sabía que él podría hacer un buen uso de ella.

– Quédatela, Maui. Para ti la he guardado.

Y diciendo estas palabras, Muriranga se quitó la mandíbula y se la dio a Maui.

Maui se sintió el hombre más feliz del mundo. No dejaba de observar el magnífico regalo de su abuela. Y, admirando aquella quijada cargada de mana, el poder de sus antepasados, comenzó a pensar en todas las hazañas que podría hacer con ella y en la gloria que alcanzaría

India Ermitaño y la tinaja

Había una vez un ermitaño que vivía en una aldea. Todos los días, la gente de la aldea le daba tres hogazas, un poco de aceite y un poco de miel. Con estos alimentos el ermitaño podía sub­sistir. Como era muy frugal, ni siquiera usaba todo el aceite y lo conservaba en una tinaja colocada encima de su jergón de paja. Cuando la tinaja estuvo llena, el ermitaño se puso a pensar qué hacer con ella:«Venderé el aceite y me compraré una oveja. La oveja tendrá corderitos y, cuando estos corderitos hayan crecido, procrearán a su vez otros corderos y, de esta manera, acabaré teniendo un abundante rebaño. Entonces me compraré una casa grande, ten­dré muchos criados y me casaré con la hija del mercader Abú Kir. Prepararé un banquete de bodas como nunca se ha visto en la vida. Mataré bueges, ovejas, gallinas y palomas. Compraré dulces y vino. Contrataré a actores, artistas y músicos. Compra­ré flores y perfumes. Invitaré a ricos y a pobres, a gobernantes y a súbditos, y enviaré por todas partes a un heraldo que anuncie: «¡Quien quiera algo, que dé un paso adelante y coja lo que quie­ra! ». Y yo dejaré de ser un ermitaño. Con el tiempo me nacerá un hijo. Lo criaré q lo educaré: si es bueno, lo elogiaré y le daré premios; si es malo, cogeré un palo y le daré una zurra, para que aprenda…».Al decir esto, el ermitaño cogió un palo y lo levantó para ver cómo lo usaría: el palo dio contra la tinaja del aceite que estaba encima de la cama, la tinaja al piso, se rompió y todo el aceite se derramó sobre la cabeza del ermitaño.

Árabe Los tres mentirosos

En una ciudad lejana de un país muy lejano, tres hombres que venían de tres lugares diferentes de la Tierra, se encontraron una moneda de cobre, en un sitio donde se cruzaban tres caminos. Primero pensaron en repartírsela en partes iguales, pero uno de ellos observó:-¿Repartir una moneda de cobre? ¡Sería una lástima! Dé­mosla a aquel de nosotros que sepa decir la mentira más gorda.Los otros dos aceptaron y él comenzó, entonces, a contar su historia. Hela aquí:-Mi tío es guardián de una mezquita. Ayer fui a reunirme con él y ¿qué pensáis que ocurrió? En cuanto nos fuimos a dor­mir, se levantó un viento que sopló cada vez más fuerte hasta que se transformó en un terrible ventarrón. Tan terrible que, en un momento determinado, elevó en el aire toda la ciudad, con sus mezquitas, sus casas, los jardines, las palmeras, las caravanas de camellos y hasta la tierra en la que todo esto se apogaba, y llegó a arrastrar todas las casas muchos kilómetros lejos de allí. Despertamos por la mañana en nuestra casa y nadie se dio cuen­ta de nada. Pero yo subí a la torreta más alta de la mezquita y, desde una distancia de varios kilómetros, divisé esta ciudad q la moneda de cobre que estaba en el suelo. He venido aquí a pro­pósito para recogerla; por lo tanto, es mía.-De ninguna manera -dijo el segundo extranjero. Has con­tado una mentira muy gorda, pero la mía lo es más aún.-Mi abuelo es pescador. Fui ayer a encontrarme con él y ¿qué se os ocurre que vi? Tiene en su casa una nueva criada, y esa criada es un pez que consiguió pescar hace unos diez días. Y debo decir que lo ha amaestrado muy bien: el pez le ordena la casa, barre el suelo, cocina, friega los platos y va al mercado. Mi abuelo también le ha enseñado a cantar. Cuando volvimos de pescar, encontramos preparada una comida deliciosa. Después de comer, el pez subió a la terraza a tender las redes de mi abue­lo y desde allí, a una distancia de varios kilómetros, vio esta ciu­dad y esta moneda de cobre en el suelo. Me lo contó enseguida y decidí venir a cogerla. Por lo tanto, la moneda es mía.-De ninguna manera -rebatió el tercer extranjero. Has contado una mentira muy gorda, pero la mía lo es más aún.-Mi padre es un vendedor de perfumes. Ayer fui a encontrarme con él y ¿qué creéis que me contó? Un día compró en el mercado un huevo muy grande y se lo dio a una gallina clueca para que lo incubase. Del huevo salió finalmente un gallo, que creció y no paró de crecer hasta hacerse tan grande que mi padre pudo cargar sobre él todas sus mercancías y recorrer el país guiándolo como si fuese un caballo. Pero un día le salió en el lomo una ampolla y el veterinario le aconsejó a mi padre que se la frotase con aceite de dátil. Mi padre siguió escrupulosamente el consejo del médico, pero una vez se olvidó de quitar el hueso del dátil y en el lomo del gallo creció una palmera. Esta palmera siguió creciendo y, en pocos días, se llenó de flores y de frutos. Cuando los vecinos vieron esos magníficos dátiles, comenzaron a arrojar al árbol piedras y ladrillos. Los dátiles caían al suelo, pero las piedras y los ladrillos se quedaban en el árbol. En poco tiempo, los dátiles formaron en la tierra un valle de dos kilóme­tros de extensión. Mi padre, entonces, consiguió una yunta de bueyes, aró el valle y plantó allí unas calabazas que alcanzaron en poco tiempo dimensiones gigantescas. Cuando estuvieron ma­duras, arranqué una e intenté cortarla. Pero, no sé cómo, el cu­chillo se me cayó dentro de la calabaza, así que me vi obligado a atarme una cuerda a la cintura para entrar en la calabaza a re­cuperar el cuchillo. Cuando llegué al fondo, no había siquiera asomo del cuchillo. Encontré, en cambio, a tres hombres, a quie­nes les hablé así: «Amigos, ¿no habéis visto por casualidad mi cuchillo?». «¡Qué tonto eres! -respondieron. ¡Pretendes encon­trar un cuchillo, mientras que nosotros estamos buscando una enorme caravana de camellos! Pero, si quieres un cuchillo, ve a la ciudad y allí, en el cruce de tres caminos, encontrarás la mo­neda de cobre que hemos perdido. ¡Cógela y ve a comprarte el cuchillo!». Por ello he venido aquí y, como veis, la moneda me pertenece.-Es verdad -dijeron los otros dos. ¡Una mentira como la tuya se merece francamente una moneda de cobre!Así que le entregaron la moneda y cada uno se marchó por su camino, rumbo a tres regiones diferentes de la Tierra.

India El alfarero valiente

Había una vez un tigre que paseaba por los alrededores de un pueblo. En medio de su caminata, se desató una terrible tormenta, que lo obligó a buscar refugio en el zaguán de la ca­sa de una señora.La señora estaba preocupada por otras cosas. El techo de su casa esta­ba lleno de agujeros, y ella debía correr de aquí para allá moviendo muebles para que el agua no se los estropeara.-¡Qué barbaridad, esta gotera maldita! -gritaba la po­bre señora. ¡No hay nada que pueda hacer para detener­la! ¡Por un momento parece que para… pero enseguida la tengo otra vez encima mío! ¡Es horrible, horrible…!»¿Quién será la Gotera Maldita?», se preguntaba el tigre desde el otro lado de la pared. Los gritos de la señora y el ruido de los pesados muebles al moverse, lo hacían pensar en algún ser espantoso y peligrosísimo, llamado Gotera Maldita.En ese mismo momento, pasó por el camino un alfarero que llevaba toda la noche buscando a su burro perdido. En la oscuridad vio que había un animal junto a la puerta de la señora, y confundiéndolo con su burro, se acercó hacia él con un garrote en alto.-¡Estúpido animal! -le decía, mientras le daba golpes. ¡Ya estoy harto de que siempre te me escapes! ¡Te vienes ya mismo conmigo!El tigre no podía creer lo que estaba pasando. Nunca na­die se había animado a tratarlo de esa manera a él, el más temido de todos los animales que existen.»Ésta debe ser la famosa Gotera Maldita. No me extraña que la señora le tenga tanto miedo», pensaba, mientras el alfarero lo seguía aporreando y gritándole cosas. El hombre se subió sobre él y lo dirigió hasta su casa, dándole fuertes puntapiés. Una vez allí, lo ató del pescuezo a un poste y se fue a dormir.A la mañana siguiente su esposa descubrió que en la puerta misma de su casa, había un tremendo tigre dormido.-¿Sabes qué animal has traído anoche? -le preguntó a su esposo cuando despertó.-¡Claro! ¡A ese estúpido burro!-Ven y mira…Cuando el alfarero vio que lo que había tratado de esa forma, la noche anterior, era un tigre, sus piernas perdieron fuerza y casi se cae al suelo del susto.La noticia del hombre que había montado hasta su casa en tigre corrió por el pueblo con rapidez. Muy pronto todos querían verlo, hablar con él, preguntarle cosas acerca de su valentía. Se hizo tan famoso, que el rajá del país quiso cono­cerlo en persona. Se dirigió con su séquito hasta la casa, y quedó sorprendido al ver que el animal capturado era un ti­gre que llevaba años aterrorizando a la población.El rajá estaba tan impresionado, que decidió transformar al alfarero en un noble: le dio terrenos, oro, y un ejército de caballería con diez mil soldados a su orden.El alfarero y su mujer comenzaron a vivir entonces una vida de comodidades y lujos, hasta que un día llegó la noticia de que un país enemigo estaba a punto de invadir la región.El rajá se dirigió a todos sus generales, ofreciéndoles el mando de los ejércitos, pero nadie quiso saber nada con se­mejante responsa-bilidad. Cuando ya no le quedaba nadie más a quien solicitárselo, se acordó de aquel valiente alfarero que había montado al tigre más peligroso del país. Se­ acercó a su casa por segunda vez y le dijo:-Te nombro general en jefe de todos los ejércitos para defender-nos de la invasión -le dijo el rajá una vez que es­tuvo en su casa.Al alfarero le dio vergüenza decir que no, pero para ga­nar tiempo y pensar en algo que hacer, le contestó:-Acepto, pero necesito un día para estudiar al enemigo.El rajá estaba encantado con su nuevo general en jefe. Apenas se quedaron solos, el alfarero le preguntó desespe­rado a su esposa:-¿Y ahora qué hago? ¡Ni siquiera sé montar a caballo!-Eso es lo de menos -le contestó su mujer. Mañana a primera hora buscamos un pony y vas cabalgando en él.Pero a la mañana siguiente, antes de que el alfarero y su esposa siquiera se hubieran despertado, los sirvientes del rajá llevaron un gigantesco corcel a la puerta de la casa.-¡Es para que dirijas el ejército esta tarde! -le dijeron.-¡Gracias, gracias! -contestaba el alfarero, intentando que no se le notara que no podía ni tragar saliva. Ahora déjenme solo, que debo planear mi estrategia de ataque.Una vez que estuvo solo, volvió a dirigirse desesperada­mente a su esposa.-¿Qué hago? ¡Me da miedo acercarme a menos de dos metros de ese animal!-No te preocupes. Tú te subes, y yo te ato bien fuerte con unas sogas. De esa manera nunca vas a caerte.El alfarero intentó subirse de todas las formas posibles al caballo, pero siempre le pasaba algo. Primero, se enredaba en los estribos. Después, se confundía de pierna, y aparecía montado pero mirando hacia la cola del caballo. En otra oportunidad, se subió con tanta fuerza que siguió de largo y cayó del otro lado. Era un jinete desastroso.Cuando ya estaba a punto de rendirse, sin saber cómo se vio sentado en el lomo y mirando hacia delante. La esposa sin per­der un segundo lo ató a los estribos, luego pasó una soga ente pierna y pierna por debajo y finalmente, le amarró la cintura a la cola y a la cabeza del animal. Antes de que pudiera sujetar­le las manos, el caballo se cansó de tanto movimiento y dando un relincho descomunal salió corriendo con todas sus fuerzas.-¡Socorro! -gritaba el desdichado.-¡Agárrate de sus crines! -le gritó la mujer. Y fue lo último que pudo decirle porque ya estaba demasiado lejos.El alfarero le hizo caso a su mujer y se agarró lo más fuer­te que pudo de las crines del poderoso caballo. Por supues­to no tenía ni idea de cómo manejarlo, así que el animal si­guió el camino que mejor le parecía. Corrieron y corrieron durante algunas horas. Fue entonces que se dio cuenta ha­cia dónde lo estaba llevando: a toda velocidad, el corcel se dirigía hacia las mismísimas líneas enemigas.El alfarero, muerto de miedo, vio que pasaban por debajo de una higuera y estiró los brazos para agarrarse de una de las ramas, esperando que el caballo se detuviese. Pero la fuerza del caballo era mucha, y la tierra del árbol estaba suel­ta, así que lo que logró fue arrancarlo de raíz. El pobre hom­bre se quedó sosteniendo un gran árbol sobre su cabeza.Los soldados del enemigo no salían de su asombro. Ha­bían contemplado al hombre solo, dirigiéndose hacia ellos a toda velocidad. Lo habían visto arrancar un árbol de raíz y luego blandirlo como un garrote.-¡Dios mío! -dijeron. ¡Si así es el primero que man­dan… cómo será el ejército entero!Y todos comenzaron a escapar, presas del pánico.El rajá enemigo, al ver que todos sus soldados se disper­saban, escribió una carta de rendición, la dejó sobre su es­critorio, y también se marchó.Para cuando el alfarero llegó al campamento enemigo, ya estaba completamente vacío. El caballo, cansado de tanto correr, se quedó quieto. El alfarero se desató de las sogas y desmontó con un gran suspiro de alivio. Caminó un poco por el campamento, y al entrar en la tienda real, se encon­tró con la carta del rajá.Volvió hasta su casa tirando al caballo por la brida, porque no quería subirse a una de esas bestias nunca más en su vida.Una vez en su casa, le dijo a su mujer:-Hazme el favor de llevarle esta carta y regresarle este ca­ballo al rajá. Dile que yo mañana iré a visitarlo, pero que esta noche no quiero saber nada más ni con animales ni con reyes.Al día siguiente, el alfarero llegó a pie hasta el palacio del rajá. La gente que lo veía pasar, comentaba:-¡Qué hombre tan humilde! Acabó con un ejército com­pleto, y después de semejante hazaña, llega caminando al palacio, en lugar de hacerlo a caballo y con fanfarrias, co­mo haría cualquier otro.El alfarero fue recibido con los honores de un gran héroe. Todavía hoy se lo recuerda como el increíble hombre que cabalgó valientemente sobre un tigre y que sin ayu­da de nadie destruyó a todo un ejército invasor.