Bukowski. Se busca a una mujer y otros cuentos.

Bukowski

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Se busca a una mujer

Edna bajaba por la calle con su bolsa de la compra, cuando pasó a la altura del automóvil. Había algo escrito en la ventanilla lateral:
SE BUSCA UNA MUJER.
Se paró. Era un cartón pegado a la ventanilla, con alguna especie de anuncio.
En su mayor parte estaba escrito a máquina. Edna no podía leerlo desde el lugar de la acera en que se encontraba. Sólo podía ver las letras grandes:
SE BUSCA UNA MUJER.
Era un coche nuevo y de los caros. Edna cruzó la hierba y se acercó a leer la parte mecanografiada:
Hombre de 49 años. Divorciado. Busca una mujer con
fines matrimoniales. Que tenga entre 35 y 44 años.
Me gusta la televisión y los films. La buena comida.
Soy contable y tengo el trabajo bien asegurado.
Tengo dinero en el banco. Me gustan las mujeres algo rellenas.
Edna tenía 37 años y estaba algo rellena. Había un número de teléfono. También había tres fotos del caballero que buscaba una mujer. Parecía rico y elegante,
con su traje y corbata. También parecía algo estúpido y un poco cruel. Y hecho de madera, pensó Edna, hecho de madera…
Siguió su camino, con una pequeña sonrisa. También sentía una especie de repulsión. Pero cuando llegó a su apartamento ya se había olvidado por
completo de todo. Fue varias horas más tarde, sentada en la bañera, cuando empezó a pensar en él otra vez, y esta vez pensó en lo solo, en lo
terriblemente solo que debía encontrarse para haber llegado a hacer una cosa así:
SE BUSCA A UNA MUJER
Se lo imaginó llegando a la casa, encontrándose las facturas del gas y del teléfono en el buzón, desnudándose, tomando un baño, la televisión encendida.
Después leería el periódico de la tarde. Luego entraría en la cocina a hacerse la cena. Allí, quieto, mirando como se fríe el pan, en calzoncillos. Luego
cogería la comida y la llevaría a una mesa, se la comería. Le podía ver bebiéndose su café. Luego más televisión. Y quizás un solitario bote de
cerveza antes de acostarse. Debía haber millones de hombres como él en toda América.
Edna salió de la bañera, se secó, se vistió y salió del apartamento. El coche seguía allí. Apuntó su nombre, Joe Lighthill, y el número de teléfono. Leyó de
nuevo toda la parte mecanografiada. «Films». Era un término muy culto. La gente decía «películas» normalmente. Se busca una mujer. El anuncio era
bastante atrevido. Por lo menos había mostrado ser original al escribirlo.
Cuando Edna volvió a casa se tomó tres tazas de café antes de marcar el número. El teléfono sonó cuatro veces. «¿Hola?» Contestó él.
-¿Señor Lighthill?
-¿Sí?
-Es que vi su anuncio. Su anuncio en el coche…
-Ah, sí.
-Me llamo Edna.
-¿Cómo estás, Edna?
-Oh, muy bien. Pero hace tanto calor. Este tiempo es demasiado.
-Sí, hace la vida difícil.
-Bueno, señor Lighthill…
-Llámame Joe, a secas.
-Bueno, Joe, ja, ja, ja, me siento como una tonta. ¿Sabes por qué he llamado?
-Viste mi anuncio.
-Bueno, quiero decir, ja, ja, ja. ¿Qué es lo que te pasa? ¿No puedes
conseguir una mujer?
-Creo que no. Edna, dime. ¿Dónde están?
-¿Las mujeres?
-Sí.
-Oh, pues en todas partes, ya sabes.
-¿Dónde? Dime. ¿Dónde?
-Bueno, en la iglesia, por ejemplo. Hay mujeres en la iglesia.
-No me gusta la iglesia.
-Oh.
-Escucha. ¿Por qué no te vienes aquí, Edna?
-¿Quieres decir allí, a tu casa?
-Sí. Tengo un buen apartamento. Podemos tomarnos una copa, conversar.
Sin compromiso.
-Es tarde.
-No es tan tarde. Escucha, viste mi anuncio y llamaste. Debes estar
interesada.
-Bueno, es que…
-Tienes miedo, eso es lo que te pasa. Tienes miedo.
-No, yo no tengo miedo.
-Entonces vente, Edna.
-Bueno, es que…
-Vamos.
-Bueno, de acuerdo. Estaré allí en quince minutos.
Era en el último piso de un moderno complejo de apartamentos. Apartamento 17.
La piscina reflejaba las luces. Edna llamó. La puerta se abrió y allí estaba el señor Lighthill. Con una calvicie incipiente; la nariz afilada con pelos
saliéndole de los orificios; la camisa abierta por el cuello.
-Entra, Edna…
Ella pasó y la puerta se cerró detrás. Edna se había puesto un vestido de seda azul. No se había puesto medias. Iba en sandalias y fumando un cigarrillo.
-Siéntate. Te serviré algo de beber.
Era un sitio bonito. Todo estaba decorado en azul y verde, y además estaba muy limpio. Pudo oír al señor Lighthill canturreando sordamente mientras preparaba
las bebidas… Parecía relajado y eso la tranquilizó.
El señor Lighthill -Joe- salió con las bebidas. Le alcanzó a Edna la suya y fue a sentarse a una silla en el lado opuesto de la habitación.
-Sí -dijo él-, hace calor, un calor infernal. Pero yo tengo aire acondicionado. ¿Te has dado cuenta?
-Sí, ya lo noté. Está muy bien.
-Bebe algo.
-Oh, sí.
Edna probó un trago. Estaba bueno, un poco fuerte, pero sabía bien. Vio a Joe inclinar la cabeza hacia atrás al beber. Tenía una gruesa papada. Y sus
pantalones eran demasiado holgados. Parecían ser varias tallas más grandes. Le daban a sus piernas un aspecto cómico, ridículo.
-Llevas un vestido muy bonito, Edna.
-¿Te gusta?
-Oh, sí, te cae muy bien. Parece cómodo, muy cómodo.
Edna no dijo nada. Y Joe tampoco. Y allí estaban, sentados, mirándose el uno al otro, bebiéndose sus vasos.
¿Por qué no habla?, pensó Edna. Se supone que es él quien debe empezar la conversación. Verdaderamente tenía algo de madera…
Edna terminó su bebida.
-Deja que te sirva otro -dijo Joe.
-No. Me tengo que ir ya.
-Oh, vamos -dijo él-; déjame que te sirva otro trago. Necesitamos beber algo para soltarnos.
-Está bien, pero después de éste me voy.
Joe se llevó los vasos a la cocina. Esta vez no canturreó. Salió, le dio a Edna su vaso y volvió a sentarse en la silla al lado opuesto de la habitación.
La bebida era ahora más fuerte.
-Sabes -dijo-, soy bastante bueno en el sexo.
Edna bebió su vaso y no contestó nada.
-¿Qué tal eres tú en la cuestión sexual? -preguntó Joe.
-Nunca lo he hecho.
-Deberías hacerlo, sabes, así te darías cuenta de quién eres y qué eres.
-¿Tú crees que todo eso es verdad? Quiero decir, yo lo he leído en los periódicos, no sé qué pensar. Yo no lo he hecho nunca pero he visto fotos
-dijo Edna.
-Por supuesto que es verdad, deberías hacerlo.
-Tal vez no sea muy buena para estas cosas -dijo Edna-. Tal vez es por
eso que estoy sola. -Se tomó un buen trago del vaso.
-Cada uno de nosotros, al fin y al cabo, siempre solos -dijo Joe.
-¿Qué quieres decir?
-Quiero decir que, no importe cómo vaya la cuestión sexual, o el amor,
o ambos, llega un día en que todo se acaba.
-Eso es triste -dijo Edna.
-Sí, claro. Así llega un día en que todo se pasa. Y entonces, o se corta o todo se convierte en una tregua infernal: Dos personas viviendo juntas
sin el menor sentimiento entre ellas. Creo que es mucho mejor vivir solo que eso.
-¿Tú te divorciaste de tu mujer, Joe?
-No, ella se divorció de mí.
-Y qué es lo que fue mal?
-Las orgías sexuales.
-¿Las orgías sexuales?
-Sí, ya sabes, una orgía es el lugar más solitario del mundo. Esas
orgías… Me sentía desesperado… Esas pollas deslizándose dentro y fuera…
Perdóname…
-No pasa nada.
-Bueno, esas pollas deslizándose dentro y fuera, piernas enredadas, los dedos trabajando, hurgando por todos lados, bocas, todo el mundo babeando,
y sudando, y una ciega determinación a hacerlo… como sea.
-No sé mucho acerca de esas cosas, Joe -dijo Edna.
-Yo creo que, sin amor, el sexo no es nada. Las cosas sólo pueden
tener un significado cuando existe algún sentimiento entre los participantes.
-¿Quieres decir que a cada uno le debe gustar el otro?
-Eso ayuda bastante.
-¿Supón que ambos se casen. Supón que tienen que seguir juntos, por
cuestiones económicas, niños, cualquier cosa?
-Las orgías no arreglarán nada.
-¿Y entonces qué?
-Bueno, no sé. Tal vez el swap.
-¿El swap?
-Sí, ya sabes, cuando dos parejas se conocen muy bien y entonces hacen intercambio de componentes. Los sentimientos, al fin y al cabo, tienen una
oportunidad. Por ejemplo, digamos que a mí siempre me ha gustado la mujer de Mike. Me viene gustando desde hace meses. La he visto pasear por la
habitación. Me gustan sus movimientos, llaman mi atención. Me imagino, ya sabes, lo que va con esos movimientos. La he visto furiosa, la he visto
borracha, la he visto sobria. Y entonces, el swap. Estás en la cama con ella, y por fin la estás conociendo. Existe la posibilidad de que sea algo real.

Por supuesto, Mike se está tirando a tu mujer en la otra habitación. Muy bien, buena suerte, Mike, piensas, y espero que seas tan buen amante como yo.
-¿Y funciona bien?
-Bueno, no sé… Los swaps pueden traer problemas… a la larga. Tiene que estar todo muy hablado… bien hablado y con tiempo. Y aún así puede haber
gente que no sepa bastante, no importa cuánto se haya hablado…
-¿Tú sabes bastante, Joe?
-Bueno, estos swaps… Creo que pueden ser buenos para algunos… Tal
vez para muchos. Pero me temo que conmigo no funcionan. Soy bastante mojigato.
Joe acabó su bebida. Edna se bebió de un trago el resto de la suya y se levantó.
-Escucha, Joe, me tengo que ir…
Joe cruzó la habitación hacia ella. Parecía un elefante mientras se acercaba, con esos pantalones. Vio sus grandes orejas. Entonces la agarró y comenzó a
besarla. Su mal aliento arrastraba todas las bebidas; era un olor agrio. Parte de su boca no hacía contacto. Era fuerte pero su fuerza no era real.

Ella apartó su cabeza pero él la siguió agarrando.
SE BUSCA UNA MUJER.
-Déjame, Joe! Estás yendo muy de prisa, Joe! Deja que me vaya!
-¿Por qué viniste aquí, zorra?
La intentó besar otra vez y lo consiguió. Era horrible. Edna subió la rodilla bruscamente. Y le alcanzó de lleno. El se llevó las manos a las partes y cayó
al suelo.
-Dios, Dios… ¿Por qué has tenido que hacerme esto? Me has querido asesinar… Auuggh!
Rodó por el suelo gimiendo.
Su trasero, pensó ella, tiene un trasero tan horrible.
Le dejó tirado en el suelo y bajó corriendo las escaleras. El aire estaba limpio allá fuera. Mientras bajaba, pudo oír gente hablando, pudo oír sus
televisores. Su casa no estaba muy lejos. Sintió que necesitaba darse otro baño, quitarse su vestido de seda azul y lavarse bien todo el cuerpo.

Hacía calor. Más tarde, salió de la bañera, se secó y se colocó unos rulos rosados en el pelo. Decidió no volver a verle más.

 

Bukowski

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Deje de mirarme las tetas señor

Charles Bukowski

Big Bart era el tío más salvaje del Oeste. Tenía la pistola más veloz del Oeste, y se había follado mayor variedad de mujeres que cualquier otro tío en el Oeste. No era aficionado a bañarse, ni a la mierda de toro, ni a discutir, ni a ser un segundón. También era guía de una caravana de emigrantes, y no había otro hombre de su edad que hubiese matado más indios, o follado más mujeres, o matado más hombres blancos.
Big Bart era un tío grande y él lo sabía y todo el mundo lo sabía. Incluso sus pedos eran excepcionales, más sonoros que la campana de la cena; y estaba además muy bien dotado, un gran mango siempre tieso e infernal. Su deber consistía en llevar las carretas a través de la sabana sanas y salvas, fornicar con las mujeres, matar a unos cuantos hombres, y entonces volver al Este a por otra caravana. Tenía una barba negra, unos sucios orificios en la nariz, y unos radiantes dientes amarillentos.
Acababa de metérsela a la joven esposa de Billy Joe, la estaba sacando los infiernos a martillazos de polla mientras obligaba a Billy Joe a observarlos.
Obligaba a la chica a hablarle a su marido mientras lo hacían. Le obligaba a decir: -¡Ah, Billy Joe, todo este palo, este cuello de pavo me atraviesa desde el coño hasta la garganta, no puedo respirar, me ahoga! ¡Sálvame, Billy Joe! ¡No, Billy Joe, no me salves! ¡Aaah!
Luego de que Big Bart se corriera, hizo que Billy Joe le lavara las partes y entonces salieron todos juntos a disfrutar de una espléndida cena a base de tocino, judías y galletas.
Al día siguiente se encontraron con una carreta solitaria que atravesaba la pradera por sus propios medios. Un chico delgaducho, de unos dieciséis años, con un acné cosa mala, llevaba las riendas. Big Bart se acercó cabalgando.
-¡Eh, chico! -dijo.
El chico no contestó.
-Te estoy hablando, chaval…
-Chúpame el culo -dijo el chico.
-Soy Big Bart.
-Chúpame el culo.
-¿Cómo te llamas, hijo?
-Me llaman «El Niño».
-Mira, Niño, no hay manera de que un hombre atraviese estas praderas con una sola carreta.
-Yo pienso hacerlo.
-Bueno, son tus pelotas, Niño -dijo Big Bart, y se dispuso a dar la vuelta a su caballo, cuando se abrieron las cortinas de la carreta y apareció esa mujercita, con unos pechos increíbles, un culo grande y bonito, y unos ojos como el cielo después de la lluvia. Dirigió su mirada hacia Big Bart, y el cuello de pavo se puso duro y chocó contra el torno de la silla de montar.
-Por tu propio bien, Niño, vente con nosotros.
-Que te den por el culo, viejo -dijo el chico-. No hago caso de avisos de viejos follamadres con los calzoncillos sucios.
-He matado a hombres sólo porque me disgustaba su mirada.
El Niño escupió al suelo. Entonces se incorporó y se rascó los cojones.
-Mira, viejo, me aburres. Ahora desaparece de mi vista o te voy a convertir en una plasta de queso suizo.
-Niño -dijo la chica asomándose por encima de él, saliéndosele una teta y poniendo cachondo al sol-. Niño, creo que este hombre tiene razón. No tenemos posibilidades contra esos cabronazos de indios si vamos solos. No seas gilipollas. Dile a este hombre que nos uniremos a ellos.
-Nos uniremos -dijo el Niño.
-¿Cómo se llama tu chica? -preguntó Big Bart.
-Rocío de Miel -dijo el Niño.
-Y deje de mirarme las tetas, señor -dijo Rocío de Miel-o le voy a sacar la mierda a hostias.
Las cosas fueron bien por un tiempo. Hubo una escaramuza con los indios en Blueball Canyon. 37 indios muertos, uno prisionero. Sin bajas americanas. Big Bart le puso una argolla en la nariz…
Era obvio que Big Bart se ponía cachondo con Rocío de Miel. No podía apartar sus ojos de ella. Ese culo, casi todo por culpa de ese culo. Una vez mirándola se cayó de su caballo y uno de los cocineros indios se puso a reír.
Quedó un sólo cocinero indio.
Un día Big Bart mandó al Niño con una partida de caza a matar algunos búfalos.
Big Bart esperó hasta que desaparecieron de la vista y entonces se fue hacia la carreta del Niño. Subió por el sillín, apartó la cortina, y entró. Rocío de Miel estaba tumbada en el centro de la carreta masturbándose.
-Cristo, nena -dijo Big Bart-. ¡No lo malgastes!
-Lárgate de aquí -dijo Rocío de Miel sacando el dedo de su chocho y apuntando a Big Bart-. ¡Lárgate de aquí echando leches y déjame hacer mis cosas!
-¡Tu hombre no te cuida lo suficiente, Rocío de Miel!
-Claro que me cuida, gilipollas, sólo que no tengo bastante. Lo único que ocurre es que después del período me pongo cachonda.
-Escucha, nena…
-¡Que te den por el culo!
-Escucha, nena, contempla…
Entonces sacó el gran martillo. Era púrpura, descapullado, infernal, y basculaba de un lado a otro como el péndulo de un gran reloj. Gotas de semen lubricante cayeron al suelo.
Rocío de Miel no pudo apartar sus ojos de tal instrumento. Después de un rato dijo: -¡No me vas a meter esa condenada cosa dentro!
-Dilo como si de verdad lo sintieras, Rocío de Miel.
-¡NO VAS A METERME ESA CONDENADA COSA DENTRO!
-¿Pero por qué? ¿Por qué? ¡Mírala!
-¡La estoy mirando!
-¿Pero por qué no la deseas?
-Porque estoy enamorada del Niño.
-¿Amor? -dijo Big Bart riéndose-. ¿Amor? ¡Eso es un cuento para idiotas! ¡Mira esta condenada estaca! ¡Puede matar de amor a cualquier hora!
-Yo amo al Niño, Big Bart.
-Y también está mi lengua -dijo Big Bart-. ¡La mejor lengua del Oeste!
La sacó e hizo ejercicios gimnásticos con ella.
-Yo amo al Niño -dijo Rocío de Miel.
-Bueno, pues jódete -dijo Big Bart y de un salto se echó encima de ella. Era un trabajo de perros meter toda esa cosa, y cuando lo consiguió, Rocío de Miel gritó. Había dado unos siete caderazos entre los muslos de la chica, cuando se vio arrastrado rudamente hacia atrás.
ERA EL NIÑO, DE VUELTA DE LA PARTIDA DE CAZA.
-Te trajimos tus búfalos, hijoputa. Ahora, si te subes los pantalones y sales afuera, arreglaremos el resto…
-Soy la pistola más rápida del Oeste -dijo Big Bart.
-Te haré un agujero tan grande, que el ojo de tu culo parecerá sólo un poro de la piel -dijo el Niño-. Vamos, acabemos de una vez. Estoy hambriento y quiero cenar. Cazar búfalos abre el apetito…
Los hombres se sentaron alrededor del campo de tiro, observando. Había una tensa vibración en el aire. Las mujeres se quedaron en las carretas, rezando, masturbándose y bebiendo ginebra. Big Bart tenía 34 muescas en su pistola, y una fama infernal. El Niño no tenía ninguna muesca en su arma, pero tenía una confianza en sí mismo que Big Bart no había visto nunca en sus otros oponentes. Big Bart parecía el más nervioso de los dos. Se tomó un trago de whisky, bebiéndose la mitad de la botella, y entonces caminó hacia el Niño.
-Mira, Niño…
-¿Sí, hijoputa…?
-Mira, quiero decir, ¿por qué te cabreas?
-¡Te voy a volar las pelotas, viejo!
-¿Pero por qué?
-¡Estabas jodiendo con mi mujer, viejo!
-Escucha, Niño, ¿es que no lo ves? Las mujeres juegan con un hombre detrás de otro. Sólo somos víctimas del mismo juego.
-No quiero escuchar tu mierda, papá. ¡Ahora aléjate y prepárate a desenfundar!
-Niño…
-¡Aléjate y listo para disparar!
Los hombres en el campo de fuego se levantaron. Una ligera brisa vino del Oeste oliendo a mierda de caballo. Alguien tosió. Las mujeres se agazaparon en las carretas, bebiendo ginebra, rezando y masturbándose. El crepúsculo caía.
Big Bart y el Niño estaban separados 30 pasos.
-Desenfunda tú, mierda seca -dijo el Niño-, desenfunda, viejo de mierda, sucio rijoso.
Despacio, a través de las cortinas de una carreta, apareció una mujer con un rifle. Era Rocío de Miel. Se puso el rifle al hombro y lo apoyó en un barril.
-Vamos, violador cornudo -dijo el Niño-. ¡DESENFUNDA!
La mano de Big Bart bajó hacia su revólver. Sonó un disparo cortando el crepúsculo. Rocío de Miel bajó su rifle humeante y volvió a meterse en la carreta. El Niño estaba muerto en el suelo, con un agujero en la nuca. Big Bart enfundó su pistola sin usar y caminó hacia la carreta. La luna estaba ya alta.

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Bukowski. El enamorado de los ascensores

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El enamorado de los ascensores.

Harry estaba en el acceso exterior del edificio de apartamentos, esperando el ascensor. Cuando la puerta se abrió, oyó detrás una voz de mujer. «¡Un momento, por favor!» La mujer entró en el ascensor y la puerta se cerró. Llevaba un vestido amarillo, el cabello recogido en la parte superior de la cabeza y unos ridículos pendientes de perlas, que se balanceaban en largas cadenillas de plata. Tenía el culo grande y era corpulenta. Los pechos parecían a punto de desbordarse y romper su vestido amarillo. Le miraba con ojos verde clarísimo, sin verle. Llevaba una bolsa de alimentos con la palabraVon s impresa. Llevaba los labios pintados. Aquellos labios gruesos y pintados eran obscenos, casi desagradables, feos, una ofensa. El carmín rojo intenso brillaba y Harry alzó la mano y pulsó el STOP. Funcionó. El ascensor se paró. Harry avanzó hacia la mujer. Le alzó la falda con una mano y le miró las piernas. Tenía unas piernas increíbles, todo músculo y carne. Parecía conmocionada, de piedra. La sujetó mientras ella soltaba la bolsa de comestibles. Por el suelo del ascensor rodaron latas de verduras, un aguacate, papel higiénico, un paquete de carne y tres barritas de caramelo. Luego, Harry apoyó la boca en aquellos labios. Se abrieron. Bajó la mano y le alzó más la falda. Sin dejar de besarla, le quitó las bragas. Luego, así de pie, la aferró, y se la ventiló contra el tabique del ascensor. Cuando terminó, se subió la cremallera, apretó el botón del tercer piso, y esperó, de espaldas a la mujer. Cuando la puerta del ascensor se abrió, salió. La puerta se cerró tras él y el ascensor desapareció.
Harry bajó caminando hasta su apartamento, metió la llave en la cerradura y abrió la puerta.

Rochelle, su mujer, estaba en la cocina haciendo la cena.
—¿Qué tal? —le preguntó.
—La misma mierda de siempre —dijo él.
—La cena estará en diez minutos —dijo ella.

Harry fue al cuarto de baño, se quitó la ropa y se dio una ducha. El trabajo estaba hartándole. Seis años y no tenía un céntimo en el banco. Así es como te enganchan… te dan sólo lo justo para que sigas vivo, pero nunca te dan lo suficiente para que puedas enviarlo todo a hacer puñetas.
Se enjabonó bien, se frotó y se quedó inmóvil dejando que el agua, muy caliente, le bajase por la
nuca. Le quitaba el cansancio. Se secó y se puso la bata, fue a la cocina y se sentó a la mesa. Rochelle ya estaba sirviendo la cena. Albondiguillas en salsa. Hacía muy bien las albondiguillas en salsa.
—Bueno —dijo Harry—, dame una buena noticia.
—¿Una buena noticia?
—Ya sabes a lo que me refiero.
—¿El período?

—Sí.
—No me ha venido.
—Pues sí que estamos buenos.
—No he preparado el café.
—Siempre se te olvida.
—Sí, no sé qué me pasa.

Rochelle se sentó y empezaron a cenar sin café. Las albóndigas estaban buenas.
—Harry —dijo ella—, podemos abortar.
—Bueno —dijo él—, si no hay otro remedio, lo haremos.

Al salir del trabajo al día siguiente, entró solo en el ascensor. Fue hasta la tercera planta y salió. Luego dio la vuelta, volvió a entrar y pulsó de nuevo el botón. Bajó hasta la entrada de coches, salió, fue hasta el coche y se sentó a esperar. Vio a la chica subir por la entrada de coches, esta vez sin bolsa de comestibles. Abrió la puerta del coche. La muchacha llevaba un vestido rojo, más corto y más ceñido que el amarillo. Y llevaba el pelo suelto, lo tenía muy largo, casi le llegaba al trasero. Y llevaba los mismos ridículos pendientes y los labios aún más pintados que la vez anterior. Cuando entró en el ascensor, la siguió. Subieron, y de nuevo Harry apretó el botón de STOP. Luego, se echó sobre ella, posó los labios en aquella boca roja y obscena. Tampoco aquel día llevaba leotardos, sólo medias rojas hasta la rodilla. Harry le bajó las bragas y la penetró. Le dieron al asunto aporreando las cuatro paredes. Esta vez duró más. Luego, Harry se subió la cremallera, le dio la espalda y apretó el botón del tercero.
Cuando abrió la puerta de casa, Rochelle estaba cenando. Tenía una voz horrorosa, así que Harry corrió a darse una ducha. Salió con la bata puesta, se sentó a la mesa.
—Estamos buenos —dijo—, hoy despidieron a cuatro chicos, entre ellos a Jim Bronson.
—Mal están las cosas —dijo Rochelle.
Había filetes y patatas fritas, ensalada y pan de ajo. No estaba mal.
—¿Sabes cuánto tiempo llevaba Jim trabajando allí? —No.
—Cinco años.
Rochelle guardó silencio.
—Cinco años —dijo Harry—. A ellos les da lo mismo. Esos cabrones no tienen corazón.
—Hoy no me he olvidado del café, Harry. Rochelle se inclinó y le besó mientras le servía. —Voy mejorando, ¿eh?
—Si.
Terminó de servir y se sentó.
—Me ha venido el período.
—¿Qué? ¿De veras?
—Sí, Harry.
—Eso está muy bien, pero que muy bien…
—No quiero un crío hasta que no lo quieras tú, Harry.
—¡Hay que celebrarlo, Rochelle! ¡Con una botella de buen vino! ¡Iré a por una después de cenar!
—Ya la compré yo, Harry.
Harry se levantó y rodeó la mesa. Se colocó casi detrás de Rochelle, le echó hacia atrás la cabeza,

poniéndole una mano bajo la barbilla y la besó.
—¡Cuánto te quiero, nena!
Cenaron. Fue una buena cena. Y una buena botella de vino.

Harry salió del coche cuando ella subía por el camino. Ella le esperó y entraron juntos en el
ascensor. Esta vez llevaba un vestido azul y blanco estampado de flores, zapatos blancos y calcetines cortos blancos. Llevaba otra vez recogido el pelo y fumaba un cigarrillo Benson and Hedges.
Harry apretó el botón de STOP.
—¡Un momento, amigo!
Era la segunda vez que Harry la oía hablar. La voz era un poco áspera, pero no estaba nada mal.
—Sí —dijo Harry—. ¿Qué pasa?
—Vamos a mi apartamento.
—Bueno.
Ella apretó el botón del 4.°. Subieron. La puerta se abrió, salieron al descansillo y fueron hasta el apartamento 404. Ella abrió la puerta.

—Bonito lugar —dijo Harry.
—Me gusta. ¿Quiere algo de beber?
—Cómo no.
Ella entró en la cocina.
—Me llamo Nana —dijo.
—Yo, Harry.
—Eso ya lo sé, pero ¿cuál es su nombre?
—Qué simpática —dijo Harry.
La chica salió con dos vasos y se sentaron en el sofá; bebieron.
—Trabajo en las rebajas de Zody’s —dijo Nana—. Soy dependienta de Zody’s.
— ¡Qué bien!
— ¿Cómo que qué bien?
—Quiero decir que qué bien se está aquí, los dos juntos.
—¿De veras?
—Claro.
—Vamos al dormitorio.

Harry la siguió. Nana terminó la bebida y puso el vaso vacío en el tocador. Entró en el baño. Era un cuarto de baño grande. Nana empezó a cantar mientras se desvestía. Cantaba mejor que Rochelle. Harry se sentó al borde de la cama y terminó su bebida. Nana salió del cuarto de baño y se tumbó en la cama. Desnuda. El pelo de su coño era mucho más oscuro que el de su cabeza.
—Bueno, ¿qué pasa? —dijo.
—Oh —dijo Harry.
Se quitó los zapatos, se quitó los calcetines, se quitó la camisa, los pantalones, la camiseta, los calzoncillos. Luego, se echó en la cama a su lado. Ella volvió la cabeza, y él la besó.
—Oye —dijo él—, ¿tienen que estar encendidas todas esas luces?
—Por supuesto que no.

Nana se levantó y apagó la luz de arriba y la de la lamparilla de la mesita. Harry sintió la boca de ella sobre la suya. La lengua entró, jugueteó. Harry se echó sobre ella. Era muy blanda, casi como un colchón de agua. La besó y le lamió los pechos, la besó en la boca y en el cuello. Se pasó un buen rato besándola.
— ¿Qué pasa? —preguntó ella.

—No sé —dijo él.
—La cosa no marcha, ¿verdad?
—No.
Harry se levantó y empezó a vestirse en la oscuridad. Nana
encendió la luz de la mesita.
—¿Tú qué eres? ¿Un chiflado de los ascensores?
—No, no…
—Sólo puedes hacerlo en los ascensores, ¿verdad?
—No, no, tú fuiste la primera, de verdad. No sé lo que me pasó.
—Pero ahora me tienes aquí —dijo Nana.
—Ya lo sé —dijo él, poniéndose los pantalones. Luego, se sentó y empezó a ponerse los calcetines y los zapatos.
—Oye, hijo de puta…
— ¿Sí?
—Cuando estés en condiciones y me desees, ven a mi apartamento, ¿entendido?
—Sí, entendido.
Harry ya estaba vestido del todo y en pie.
—Se acabó lo del ascensor, ¿entendido?
—Entendido.
—Si vuelves a violarme en el ascensor, voy a la policía. Te lo juro, palabra.
—Vale, vale.

Harry salió del dormitorio, cruzó la sala y salió del apartamento. Le llegó el ascensor y pulsó el botón de llamada. La puerta se abrió; entró. El ascensor empezó a bajar. A su lado, de pie, había una mujer oriental, pequeñita. Tenía el cabello negro. Falda negra, blusa blanca, leotardos, pies menudos, zapatos de tacón alto. Era de tez oscura, y sólo llevaba un toque de lápiz de labios. Aquel cuerpo tan pequeño tenía un trasero sorprendente, de lo más atractivo. Sus ojos eran color castaño, muy profundos. Y parecían cansados. Harry alzó la mano y apretó el STOP. Cuando avanzaba hacia ella, la mujer gritó. Le dio un par de sopapos en la cara, fuertes, sacó el pañuelo y se lo embutió en la boca. La sujetó con un brazo por la cintura y, mientras le arañaba la cara, le subió la falda con la mano libre. Le gustó lo que vio.

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