Wislawa Szymborska

 

! qui copiar.jpgSUNA DEL MONTÓN

Soy la que soy.

Casualidad inconcebible

como todas las casualidades.

Otros antepasados

podrían haber sido los míos

y yo habría abandonado

otro nido,

o me habría arrastrado cubierta de escamas

de debajo de algún árbol.

En el vestuario de la naturaleza

hay muchos trajes.

Traje de araña, de gaviota, de ratón de monte.

Cada uno, como hecho a la medida,

se lleva dócilmente

hasta que se hace tiras.

Yo tampoco he elegido,

pero no me quejo.

Pude haber sido alguien

mucho menos individuo.

Parte de un banco de peces, de un hormiguero, de un enjambre,

partícula del paisaje sacudida por el viento.

Alguien mucho menos feliz,

criado para un abrigo de pieles

o para una mesa navideña,

algo que se mueve bajo el cristal de un microscopio.

Árbol clavado en la tierra,

al que se aproxima un incendio.

Hierba arrollada

por el correr de incomprensibles sucesos.

Un tipo de mala estrella

que para otros brilla.

¿Y si despertara miedo en la gente,

o sólo asco,

o sólo compasión?

¿Y si hubiera nacido

no en la tribu debida

y se cerraran ante mí los caminos?

El destino, hasta ahora,

ha sido benévolo conmigo.

Pudo no haberme sido dado

recordar buenos momentos.

Se me pudo haber privado

de la tendencia a comparar.

Pude haber sido yo misma, pero sin que me sorprendiera

lo que habría significado

ser alguien completamente diferente.

LAS NUBES

Con la descripción de las nubes

debería darme mucha prisa,

en una milésima de segundo

dejan de ser ésas y empiezan a ser otras.

Es propio de ellas

no repetirse nunca

en formas, matices, posturas y orden.

Sin la carga de ningún recuerdo

se elevan sin problemas sobre los hechos.

¡De qué van a ser testigos!,

en un segundo se disipan en todas direcciones.

Comparada con las nubes

la vida parece tener los pies sobre la tierra,

se diría que es inmutable y prácticamente eterna.

Frente a las nubes

hasta una piedra parece un hermano

en el que se puede confiar

y las nubes, nada, primas lejanas y frívolas.

Que exista la gente si quiere,

y después que se muera uno tras otro,

poco les importa a las nubes

esas cosas

tan extrañas.

Sobre toda Tu vida

y también la mía, aún incompleta,

desfilan pomposas igual que desfilaban.

No tienen la obligación de morir con nosotros.

No necesitan ser vistas para poder pasar.

NEGATIVO

En un cielo pardo

una nube más parda todavía

y el negro círculo del sol.

A la izquierda, es decir a la derecha,

la blanca rama de un cerezo con sus negras flores.

En tu oscuro rostro blancas sombras.

Te sentaste a la mesa

y pusiste en ella tus agrisadas manos.

Pareces un espíritu

que intenta invocar a los vivos.

(Como aún me cuento entre ellos

debería cobrar presencia y dar unos golpes:

buenas noches, es decir, buenos días,

adiós, mejor dicho, bienvenido.

Y no escatimarle preguntas a ninguna respuesta

si el sujeto es la vida

o, lo que es lo mismo, la tormenta que precede a la calma.

EL TELÉFONO

Sueño que me despierto

porque oigo el teléfono.

Sueño la seguridad

de que me llama un muerto.

Sueño que estiro la mano

para alcanzar el teléfono.

Pero ese teléfono,

distinto al que era,

se ha vuelto pesado,

como si agarrara a algo,

como si se clavara en algo,

como si sus raíces se enredaran con algo.

Tendría que arrancarlo

junto con toda la Tierra.

Sueño mi forcejeo

inútil.

Sueño con el silencio

porque ya no suena.

Sueño que me duermo

y me despierto de nuevo.

LAS TRES PALABRAS MÁS EXTRAÑAS

Cuando pronuncio la palabra Futuro,

la primera sílaba pertenece ya al pasado.

Cuando pronuncio la palabra Silencio,

lo destruyo.

Cuando pronuncio la palabra Nada,

creo algo que no cabe en ninguna no-existencia.

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WISLAWA SZYMBORSKA

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UN GATO EN UN PISO VACÍO (Fin y principio, 1996)

Morir: eso no se le hace a un gato.
Porque qué tiene que hacer un gato
en un piso vacío.
Trepar por las paredes.
Restregarse entre los muebles.
Aquí no ha cambiado nada en apariencia,
y, sin embargo, está transformado.
No se ha movido nada en apariencia
y, sin embargo, está cambiado.
Y por la noche ya no se enciende la lámpara.

Se oyen pasos en la escalera,
pero no son los mismos.
La mano que pone el pescado en el platito
tampoco es la misma que lo ponía.

Hay algo que no empieza
en el momento habitual.
Hay algo que no ocurre
así como debería.
Había alguien aquí y estaba,
y después desapareció repentinamente
y obstinadamente no está.

Se ha mirado en todos los armarios.
Se han recorrido todos los estantes.
Hasta se ha comprobado entrando debajo de la alfombra.
Se ha llegado incluso a quebrantar la prohibición
y se han dispersado los papeles.
Qué más queda por hacer.
Dormir y esperar.

Verá cuando regrese,
verá cuando aparezca.
Se va a enterar
de que eso no se le puede hacer a un gato.

Sobre las zarpas muy enojadas
se irá entonces en su misma dirección,
despacito,
como si no quisiera de ninguna manera.
Y nada de saltos ni maullidos al principio.

 

Wislawa Szymborska nace el 2 de julio de 1923 en Bnin (Kórnik), en las proximidades de la ciudad polaca de Poznan. A los ocho años se traslada con su familia a Cracovia, ciudad en la que reside hasta la actualidad.
En la década de los cuarenta empieza a publicar en el diario Dziennik Polski, y más tarde en Zycie Literackie. Doctora Honorífica de la Universidad Adam Mickiewicz (Poznan) en 1995, al año siguiente se produjo lo que la propia poeta califica de “terremoto en su vida”: la obtención de los premios Club PEN polaco y, sobre todo, del Nobel de Literatura.
Ha publicado, entre otros, los siguientes libros de poemas: Por eso vivimos (1952), Preguntas a mí misma (1954), Llamando al Yeti (1957), Sal (1962), Mil alegrías – un encanto – (1967), Si acaso (1975), El gran número (1976), Gente en el puente (1986), Fin y principio (1993), Instante (2002), Dos puntos (2004) y Aquí (2009).

 

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