Antonio Tabucchi. A contratiempo

A contratiempo

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Talleres de narración oral comparte este cuento:

Ocurrió así:
El hombre había embarcado en un aeropuerto italiano, porque todo empezaba en Italia, y que fuera Milán o Roma era secundario, lo importante es que fuese un aeropuerto italiano que permitiera tomar un vuelo directo para Atenas, y desde allí, tras una breve espera, un enlace para Creta con la Aegean Airlines, porque de eso estaba seguro, de que el hombre había viajado con la Aegean Airlines, de modo que había cogido en Italia un avión que le permitía enlazar desde Atenas con Creta alrededor de las dos de la tarde, lo había visto en el horario de la compañía griega, lo que significaba que éste había llegado a Creta alrededor de las tres, tres y media de la tarde. El aeropuerto de salida tiene, en todo caso, una importancia relativa en la historia de quien había vivido aquella historia, es una mañana de un día cualquiera de finales de abril de dos mil ocho, un día espléndido, casi veraniego. Lo que no es un detalle insignificante, porque el hombre que estaba a punto de coger el avión, meticuloso como era, le daba mucha importancia al tiempo y consultaba un canal vía satélite dedicado a la meteorología de todo el globo, y el tiempo, según había visto, era realmente espléndido en Creta: veintinueve grados durante el día, cielo despejado, humedad dentro de los límites consentidos, un tiempo de playa, el ideal para tumbarse en esas arenas blancas de las que hablaba su guía, sumergirse en el mar azul y gozar de unas merecidas vacaciones. Porque ése era también el motivo del viaje de aquel hombre que estaba a punto de vivir esa historia: unas vacaciones. Y en efecto eso fue lo que pensó, sentado en la sala de espera de los vuelos internacionales de Roma-Fiumicino, mientras esperaba que el altavoz lo llamara para embarcar hacia Atenas.
Y por fin está en el avión, cómodamente instalado en clase preferencial — es un viaje pagado, como se verá después —, agasajado por las atenciones de los asistentes de vuelo. Su edad es difícil de establecer, incluso para quien conocía la historia que el hombre estaba viviendo: digamos que entre los cincuenta y los sesenta, delgado, robusto, de aspecto sano, pelo entrecano, bigotitos finos y rubios, anteojos de plástico para la presbicia colgados del cuello. La profesión. También acerca de este punto para quien conocía su historia había cierta incertidumbre. Podía tratarse de un manager de una multinacional, uno de esos anónimos hombres de negocios que se pasan la vida en una oficina y cuyos méritos son reconocidos un día por la sede central. Pero también de un biólogo marino, uno de esos estudiosos que, observando al microscopio las algas y los microorganismos sin moverse de su laboratorio, son capaces de afirmar que el Mediterráneo se convertirá en un mar tropical como tal vez lo fuera hace millones de años. Pero también esa hipótesis le parecía poco satisfactoria, los biólogos que estudian los mares no siempre están encerrados en sus laboratorios, recorren playas y acantilados, hasta se sumergen, realizan hallazgos científicos personales, y aquel pasajero adormecido en su asiento de preferente en un vuelo para Atenas no tenía realmente aspecto de biólogo marino, tal vez los fines de semana iba al gimnasio y mantenía en buena forma su propio cuerpo, nada más. Pero, en realidad, si realmente iba al gimnasio, ¿para qué iba? ¿Con qué objeto mantener su cuerpo con aquel aspecto tan juvenil? Realmente no había motivo: con la mujer a la que había considerado la compañera de su vida ya hacía tiempo que había terminado, no tenía nueva compañera ni amante, vivía solo, se guardaba mucho de cualquier compromiso serio, aparte de alguna rara aventura de esas que pueden ocurrir a todos. Tal vez la hipótesis más creíble es que fuera un naturalista, un moderno seguidor de Linneo, y que se dirigiera a un congreso a Creta junto con otros expertos en hierbas y en esas plantas medicinales que abundan en Creta. Porque una cosa era cierta, estaba de camino hacia un simposio de estudiosos como él, el suyo era un viaje que premiaba una vida entera de trabajo y de abnegación, el simposio tenía lugar en la ciudad de Retimno, iba a alojarse en un hotel formado por bungalós, a pocos kilómetros de Retimno, adonde un coche a su servicio lo llevaría cada tarde, y tenía todas las mañanas a su disposición.
El hombre se despertó, sacó de la bolsa de mano la guía de Creta y buscó el hotel donde iba a alojarse. El resultado lo tranquilizó: dos restaurantes, una piscina, servicio de habitaciones, el hotel, cerrado durante el invierno, no abría hasta mediados de abril, lo que significaba que debían ser poquísimos los turistas, los clientes habituales, los nórdicos sedientos de sol, como los definía la guía, estaban aún en sus casitas boreales. Una amable voz ante el micrófono rogó que se abrocharan los cinturones, había empezado el descenso hacia Atenas, donde aterrizarían al cabo de unos veinte minutos aproximadamente. El hombre cerró la mesita y puso derecho el respaldo del asiento, metió la guía en la bolsa de mano y sacó de la redecilla del asiento de delante el periódico que había distribuido la azafata y al que no había prestado atención. Era un periódico con muchos suplementos en color, como ya es costumbre en los fines de semana, el de economía y finanzas, el de deportes, el de decoración y la revista. Descartó todos los suplementos y abrió la revista. En la portada, en blanco y negro, había una fotografía del hongo de la bomba atómica, con este titular: «Las grandes imágenes de nuestro tiempo». Empezó a hojearlo con cierta reluctancia. Después de un anuncio de dos estilistas junto a un jovencito con el torso desnudo, que por un momento tomó por una de esas grandes imágenes de nuestro tiempo, la primera verdadera imagen de nuestro tiempo: la losa de piedra de una casa de Hiroshima en la que, a causa del calor de la explosión atómica el cuerpo de un hombre se había licuado dejando impresa su propia sombra. No la había visto nunca y se sorprendió, sintiendo una especie de remordimiento contra sí mismo: aquello había ocurrido más de sesenta años antes, ¿cómo era posible que no la hubiera visto nunca? La sombra sobre la piedra estaba de perfil, y en ese perfil le pareció reconocer a su amigo Ferruccio, que en la víspera del Año Nuevo de mil novecientos noventa y nueve, poco antes de medianoche, sin motivos comprensibles se tiró del décimo piso de un edificio de Vía Cavour. ¿Cómo era posible que la silueta de Ferruccio, aplastada contra el suelo el treinta y uno de diciembre de mil novecientos noventa y nueve, se pareciera a la silueta absorbida por una piedra de una ciudad japonesa en mil novecientos cuarenta y cinco? La idea era absurda, y sin embargo se le cruzó por la mente con toda su absurdidad. Siguió hojeando la revista, y entretanto su corazón empezó a latir con un ritmo desordenado, uno-dos-pausa, tres-uno-pausa, dos-tres-uno, pausa-pausa-dos-tres, las llamadas extrasístoles, no era nada patológico, se lo había asegurado el cardiólogo tras un día entero de pruebas, sólo una cuestión de ansia. Pero, entonces, ¿por qué? No podían ser aquellas imágenes las que le provocaban tanta emoción, eran cosas lejanas. Aquella niña desnuda con los brazos levantados que corría al encuentro de la cámara fotográfica con el trasfondo de un paisaje apocalíptico ya la había visto más de una vez sin experimentar una impresión tan violenta, y ahora en cambio le provocó una intensa turbación. Pasó la página. Al borde de una fosa había un hombre arrodillado con las manos unidas, mientras un muchachito de aspecto sádico le apuntaba con una pistola a la sien. Jemeres Rojos, decía el pie de foto. Para confortarse se obligó a pensar que eran asuntos de lugares lejanos y definitivamente alejados en el tiempo, pero pensarlo no fue suficiente, una extraña forma de emoción, que era casi un pensamiento, le estaba diciendo lo contrario, aquella atrocidad había ocurrido ayer, mejor dicho, había ocurrido justo esa mañana, mientras él estaba cogiendo el avión, y como por arte de magia había sido impresa en aquella página que estaba mirando. La voz por megafonía comunicó que a causa del tráfico aéreo el aterrizaje se retrasaría un cuarto de hora, y mientras tanto los pasajeros podían disfrutar del panorama. El avión dibujó una amplia curva, inclinándose a la derecha; por la ventanilla del lado contrario consiguió divisar el azul del mar mientras la suya encuadraba la blanca ciudad de Atenas, con una mancha de verde en el medio, un parque indudablemente, y la Acrópolis después, se veía perfectamente la Acrópolis, y el Partenón, notó que las palmas de sus manos estaban húmedas de sudor, se preguntó si no sería una especie de pánico provocado por el avión que daba vueltas sin sentido, y mientras tanto miraba la fotografía de un estadio donde unos policías de cascos con viseras apuntaban con sus fusiles ametralladores a un grupo de hombres descalzos, y debajo estaba escrito: Santiago de Chile, 1973. Y en la página de al lado una fotografía que le pareció un montaje, un truco indudablemente, no podía ser verdad, no la había visto nunca: en el balcón de un palacio decimonónico se veía al papa Juan Pablo II, junto a un general de uniforme. El Papa era sin duda el Papa, y el general era sin duda Pinochet, con ese pelo untado de brillantina, el rostro regordete, los bigotitos y los anteojos Ray-Ban. El pie de foto rezaba: Su Santidad el Pontífice en su visita oficial a Chile, abril de 1987. Se puso a hojear a toda prisa la revista, como ansioso por llegar hasta el final, casi sin mirar las fotografías, pero ante una tuvo que detenerse, se veía a un chico de espaldas vuelto hacia una furgoneta de la policía, el muchacho tenía los brazos levantados como si el equipo de sus amores hubiera marcado un gol, pero, mirándola mejor, se entendía perfectamente que estaba cayendo hacia atrás, que algo más fuerte que él lo había abatido. Debajo estaba escrito: Génova, julio de 2001, reunión de los ocho países más ricos del mundo. Los ocho países más ricos del mundo: la frase le provocó una extraña sensación, como algo al mismo tiempo comprensible y absurdo, porque era comprensible y sin embargo absurdo. Cada fotografía tenía una página plateada como si fuera Navidad, con la fecha en caracteres grandes. Había llegado al dos mil cuatro, pero vaciló, no estaba seguro de querer ver la fotografía siguiente, ¿cómo era posible que mientras tanto el avión siguiera dando vueltas sin sentido?, pasó la página, se veía un cuerpo desnudo arrojado al suelo, evidentemente era un hombre, pero en la foto su zona púbica estaba desenfocada, un soldado con un uniforme de camuflaje extendía una pierna hacia el cuerpo como si alejara con el pie un saco de basura, el perro que sujetaba de una correa intentaba morderle una pierna, los músculos del animal estaban tan tensos como la cuerda que lo sujetaba, en la otra mano el soldado sostenía un cigarrillo. Debajo estaba escrito: cárcel de Abu Ghraib, Irak, 2004. Después de ésa, llegó al año en el que él se hallaba, el año de gracia de dos mil ocho después de Cristo, es decir se halló en sincronía, eso fue lo que pensó por más que no supiera con qué, pero sincrónico. Ignoraba cuál sería la imagen con la que estaba en sincronía, pero no pasó la página, y mientras tanto el avión estaba aterrizando por fin, vio la pista que corría por debajo de él con las rayas blancas intermitentes que a causa de la velocidad se convertían en una raya única. Había llegado.
El aeropuerto Venizelos parecía nuevo y reluciente, sin duda lo habían construido con ocasión de las Olimpíadas. Se congratuló consigo mismo por ser capaz de llegar hasta la sala de embarque para Creta evitando leer los letreros en inglés, el griego que había aprendido en el instituto seguía siéndole útil, qué curioso. Cuando bajó en el aeropuerto de Hania en un primer momento no se dio cuenta de que ya había llegado a su destino: en el breve vuelo desde Atenas a Creta, poco menos de una hora, se había quedado profundamente dormido, olvidándose de todo, según le pareció, incluso de sí mismo. Hasta tal extremo que cuando por la escalerilla del avión salió a aquella luz africana se preguntó dónde estaba, y por qué estaba allí, y hasta quién era, y en aquel estupor de nada se sintió incluso feliz. Su maleta no tardó en aparecer en la cinta, justo al salir de las salas de embarque estaban las oficinas de alquiler de coches, ya no se acordaba de las instrucciones, ¿Hertz o Avis? Si no era una sería la otra, por suerte adivinó a la primera, con las llaves del coche le entregaron un mapa de carreteras de Creta, una copia del programa del simposio, la reserva hotelera y el trazado del recorrido que había de seguir para llegar hasta el complejo turístico donde estaban alojados los congresistas. Que a esas alturas se sabía de memoria, porque se lo había estudiado una y otra vez en su guía, muy rica en mapas de carreteras: desde el aeropuerto hay que bajar directamente a la carretera costera, no queda otro remedio, a menos que se quiera ir hacia las playas de Marathi, se gira a la izquierda, porque en caso contrario acaba uno al oeste, y él iba al este, hacia Heraklion, se pasa por delante del Hotel Doma, se recorre la Venizelos y se siguen los letreros en verde que señalan una autopista, pero que es en realidad una autovía costera, que se abandona poco después de Georgopolis, una localidad de vacaciones que es recomendable evitar, como especificaba la guía, y se siguen los letreros del hotel, Beach Resort, era muy fácil.
El automóvil, un Volkswagen negro aparcado al sol, estaba al rojo vivo, pero apenas dejó que se enfriara con las ventanillas abiertas, entró como si llegara tarde a una cita, aunque no llegara tarde ni hubiera cita alguna, eran las cuatro de la tarde, tardaría poco más de una hora en llegar al hotel, el simposio no empezaba hasta la noche del día siguiente, con un banquete oficial, tenía más de veinticuatro horas de libertad, ¿qué prisa tenía? Ninguna prisa. Al cabo de unos cuantos kilómetros de carretera un cartel turístico señalaba la tumba de Venizelos, a pocos centenares de metros de la carretera principal. Decidió hacer una breve parada para refrescarse antes del viaje. Cerca de la entrada del monumento había una heladería, con una gran terraza al aire libre desde la que se dominaba la pequeña ciudad. Se sentó en una mesita, pidió un café a la turca y un sorbete de limón. La ciudad que contemplaba había pertenecido a los venecianos y después a los turcos, era hermosa, y de un candor tal que casi hería los ojos. Ahora se sentía realmente bien, con una energía insólita, el malestar que había experimentado en el avión se había desvanecido completamente. Estudió el mapa de carreteras: para llegar hasta la autovía de Heraklion podía atravesar la ciudad o rodear el golfo de Souda, unos cuantos kilómetros más. Escogió el segundo itinerario, el golfo desde lo alto era muy hermoso y el mar, de un azul intenso. La bajada desde la colina hasta Souda fue muy agradable, por detrás de la vegetación baja y el tejado de algunas casas se veían pequeñas ensenadas de arena blanca, le entraron muchas ganas de darse un baño, apagó el aire acondicionado y bajó la ventanilla para recibir en el rostro aquel aire caliente que olía a mar. Superó el pequeño puerto industrial, el centro habitado y llegó al cruce en el que, tras girar a la izquierda, la carretera se adentraba en el recorrido costero que llevaba a Iraklion. Puso el intermitente a la izquierda y se detuvo. Un coche por detrás de él tocó el claxon invitándolo a proseguir: por el otro carril no venía nadie. Él no avanzó, dejó que el coche lo adelantara, después puso el intermitente a la derecha y tomó la dirección opuesta, donde un letrero rezaba Mourniès.
Y ahora estamos siguiendo a ese ignoto personaje que ha llegado a Creta para dirigirse a una amena localidad marina y que en determinado momento, bruscamente, por un motivo ignoto también, ha tomado una carretera que lleva a las montañas. El hombre prosiguió hasta Mourniès, cruzó la aldea sin saber hacia dónde iba, como si supiese adónde ir. En realidad no pensaba, conducía y nada más, sabía que estaba yendo hacia el sur, el sol, aún en lo alto, estaba ya a sus espaldas. Desde que había cambiado de dirección volvía a notar aquella sensación de ligereza que durante unos pocos instantes había experimentado en la mesita de la heladería mirando desde lo alto el amplio horizonte: una ligereza insólita, y al mismo tiempo una energía de la que no conservaba memoria, como si hubiera vuelto a ser joven, una suerte de leve ebriedad, casi una pequeña felicidad. Llegó hasta una aldea que se llamaba Fournès, atravesó el centro con seguridad, como si ya conociera la carretera, se detuvo en un cruce, la carretera principal proseguía hacia la derecha, él tomó por otra secundaria que indicaba Lefka Ori, los montes blancos. Prosiguió tranquilo, la sensación de bienestar se estaba transformando en una especie de alegría, se le vino a la cabeza un aria de Mozart y sintió que podía reproducir sus notas, empezó a silbarlas con una facilidad que lo sorprendió, desentonando de manera lastimosa en un par de pasajes, lo que le provocó risa. La carretera se estaba enfilando entre las ásperas gargantas de una montaña. Era un lugar hermoso y agreste, el automóvil corría por una estrecha franja de asfalto que seguía el lecho de un torrente seco, en determinado momento el lecho del torrente desapareció entre las piedras y el asfalto acabó en un sendero de tierra, en una llanura baldía entre montañas inhospitalarias; entretanto la luz iba menguando, pero él seguía adelante como si ya conociese la carretera, como alguien que obedece a una memoria antigua o a una orden recibida en sueños, y de repente sobre un palo torcido vio un letrero de hojalata con unos orificios, como si hubiera sido agujereado por disparos o por el tiempo, que rezaba: Monastiri.
Lo siguió como si fuera lo que estaba esperando hasta que vio un pequeño monasterio con un tejado semiderruido. Comprendió que había llegado. Bajó del coche. La puerta desvencijada de aquellas ruinas colgaba hacia el interior. Pensó que en aquel lugar ya no quedaba nadie, una colmena de abejas debajo del pequeño pórtico parecía ser su único guardián. Bajó y aguardó como si tuviera una cita. Se había hecho casi de noche. Por la puerta apareció un fraile, era muy viejo y se movía con dificultad, tenía aspecto de anacoreta, con el pelo descuidado sobre los hombros y una barba amarillenta, qué quieres, le preguntó en griego. ¿Entiendes italiano?, contestó el viajero. El viejo hizo un gesto de asentimiento con la cabeza. Un poco, murmuró. He venido a darte el relevo, dijo el hombre.
De modo que así había sido, y no había otra conclusión posible, porque aquella historia no preveía otras conclusiones posibles, pero quien conocía esta historia sabía que no podía permitir que concluyera de esa manera, y aquí daba un salto temporal. Y gracias a uno de esos saltos temporales que sólo en la imaginación son posibles, se hallaba en el futuro, en relación con ese mes de abril de dos mil ocho. Cuántos años más no se sabe, y quien conocía la historia mantenía cierta ambigüedad al respecto, veinte años, por ejemplo, que para la vida de un hombre son muchos, porque si en el dos mil ocho un hombre de sesenta años está aún en la plenitud de sus fuerzas, en el dos mil veintiocho será un viejo, con el cuerpo desgastado por el tiempo.
Así imaginaba la continuación de la historia quien conocía esta historia, de modo que aceptemos encontrarnos en el año dos mil veintiocho, como pretendía quien conocía esta historia y había imaginado su continuación.
Y, llegados a este punto, quien imaginaba la continuación de esta historia veía a dos jóvenes, un chico y una chica, con sendos pantalones cortos de cuero y botas de senderismo, que estaban haciendo un viaje por las montañas de Creta. La chica le decía a su compañero: a mí me parece que esa vieja guía que encontraste en la biblioteca de tu padre es completamente descabellada, el monasterio a estas alturas sólo será un montón de piedras repleto de lagartijas, ¿por qué no volvemos hacia el mar? Y el chico contestaba: creo que tienes razón. Pero justo cuando decía eso ella replicaba: bueno, no, sigamos adelante un poco más, nunca se sabe. Y, efectivamente, bastaba dar la vuelta a la áspera colina de piedras rojas que cortaba una parte del paisaje y el monasterio estaba allí, mejor dicho, sus ruinas, y los chicos seguían avanzando, entre las gargantas soplaba el viento y levantaba el polvo, la puerta del monasterio se había derrumbado, nidos de avispas defendían aquel tugurio vacío, y los chicos ya habían vuelto la espalda a tanta melancolía cuando oyeron una voz. En el vano ciego de la puerta había un hombre, era viejísimo y tenía un aspecto horrible, con una larga barba blanca sobre el pecho y el pelo alborotado sobre los hombros. Oooh, llamó la voz, nada más. Los chicos se detuvieron. El hombre preguntó: ¿entendéis italiano? Los chicos no contestaron. ¿Qué ha ocurrido desde dos mil ocho?, preguntó el viejo. Los chicos se miraron, no tenían valor para intercambiarse ni una sola palabra. ¿Tenéis alguna fotografía?, preguntó otra vez el viejo, ¿qué ha ocurrido desde dos mil ocho? Después hizo un gesto con la mano, como para alejarles, aunque quizá estuviera espantando las avispas que revoloteaban bajo el pórtico, y volvió a entrar en la oscuridad de su tugurio.
El hombre que conocía esta historia sabía que no podía acabar de ninguna otra manera. Antes de escribirlas, a él le gustaba contarse sus historias. Y se las contaba de manera tan perfecta, con todos sus detalles, palabra por palabra, que puede decirse que estaban escritas en su memoria. Se las contaba preferentemente a última hora de la tarde, en la soledad de aquella gran casa vacía, o ciertas noches en las que no conseguía conciliar el sueño, ciertas noches en las que el insomnio no le concedía más remedio que la imaginación, poca cosa, pero la imaginación le daba una realidad tan viva como para parecer más real que la realidad que estaba viviendo. Con todo, lo más difícil no era contarse sus historias, eso era fácil, era como si las palabras con las que se las contaba las viera escritas en la pantalla oscura de su habitación, cuando la fantasía le dejaba con los ojos de par en par. Y aquella historia precisamente, que se había contado ya tantas veces que le parecía un libro ya impreso y que en las palabras mentales con las que se la contaba era facilísima de decir, era en cambio dificilísima de escribir con los caracteres del alfabeto a los que debía recurrir cuando el pensamiento ha de hacerse concreto y visible. Era como si le faltara el principio de realidad para escribir su relato, y era por esto, para vivir la realidad efectual de lo que era real en él pero que no conseguía volverse real en verdad, por lo que había escogido aquel lugar.
Su viaje había sido preparado al detalle. Llegó al aeropuerto de Hania, recogió la maleta, entró en las oficinas de Hertz, recogió las llaves del coche. ¿Tres días?, le preguntó con asombro el empleado. ¿Qué tiene de raro?, dijo él. Nadie viene de vacaciones a Creta sólo tres días, contestó sonriendo el empleado. Tengo un largo fin de semana, dijo él, para lo que tengo que hacer me basta.
Era hermosa la luz de Creta, no era mediterránea, era africana; para llegar hasta el Beach Resort emplearía una hora y media, dos como mucho, incluso yendo despacio llegaría hacia las seis, una ducha y se pondría a escribir de inmediato, el restaurante del hotel estaba abierto hasta las once, era un jueves por la tarde, contó: viernes, sábado y domingo enteros, tres días enteros. Bastarían, en su cabeza estaba ya todo escrito.
Por qué giró a la izquierda en aquel semáforo no hubiera sabido explicarlo. Los postes de la autovía se distinguían nítidamente, cuatrocientos o quinientos metros más y embocaría la carretera costera para Heraklion. Y en cambio giró a la izquierda, donde un pequeño letrero azul le indicaba una localidad ignota. Pensó que había estado ya allí, porque en un instante lo vio todo: una carretera arbolada con casas diseminadas, una plaza austera con un feo monumento, una cornisa de rocas, una montaña. Fue como un relámpago. Es esa cosa extraña que la medicina no sabe explicar, se dijo, lo llaman déjà vu, un ya visto, no me había ocurrido nunca. Pero la explicación que se dio no lo consoló, porque el ya visto perduraba, era más fuerte que lo que veía, envolvía como una membrana la realidad circunstante, los árboles, los montes, las sombras de la tarde, incluso el aire que estaba respirando. Se sintió preso del vértigo y temió ser absorbido por él, pero fue un instante, porque al dilatarse aquella sensación experimentaba una extraña metamorfosis como un guante que al darse la vuelta arrastra consigo la mano que cubría. Todo cambió de perspectiva, en un santiamén sintió la ebriedad del descubrimiento, una sutil náusea y una mortal melancolía, pero también una sensación de liberación infinita, como cuando por fin entendemos algo que sabíamos desde siempre y no queríamos saber: no era el ya visto lo que lo engullía en un pasado jamás vivido, era él quien lo estaba capturando en un futuro aún por vivir. Mientras conducía por aquella carreterilla entre olivares que lo llevaba hacia las montañas, era consciente de que en determinado momento habría de encontrar un viejo cartel oxidado repleto de agujeros en el que estaba escrito: Monastiri. Y que lo seguiría. Ahora todo estaba claro.

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Antonio Tabucchi. Los muertos a la mesa

Los muertos a la mesa

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En primer lugar le diría que de la nueva casa le gustaban sobre todo las vistas a Unter den Linden, porque eso le hacía sentirse aún como en casa. Es decir, era una casa que le hacía sentirse como en casa, como cuando su vida tenía sentido. Y que le gustaba haber escogido la Karl Liebknechtsrasse, porque ése también era un nombre que tenía sentido. O que lo había tenido. ¿Lo había tenido? Claro que lo había tenido, sobre todo la Gran Estructura. El tranvía se detuvo y abrió sus puertas. La gente entró. Esperó a que se cerraran. Vete, vete, prefiero ir andando, así me doy un sano paseo, hace un día demasiado bueno para desaprovechar la ocasión. El semáforo estaba en rojo. Se reflejó en el cristal de la puerta cerrada, aunque una tira de goma lo dividiera en dos. Estás bien así, partido en dos, querido mío, siempre partido en dos, una mitad aquí y otra allí, es la vida, así es la vida. No estaba mal, no: era un apuesto hombre entrado en años, el pelo blanco, una chaqueta elegante, mocasines italianos comprados en el centro, el aire de bienestar de una persona de posibles: las ventajas del capitalismo.
Canturreó: tout est affaire de décor, changer de lit, changer de corps. De eso sí que entendía, se había pasado la vida haciéndolo. El tranvía arrancó. Se despidió con la mano, como si dentro hubiera una persona a la que dijera adiós. ¿Quién era esa persona que iba en tranvía al Pergamon? Se dio un cachete afectuoso. Pero bueno, si eres tú, querido mío, precisamente tú, et à quoi bon, puisque c’est encore moi qui moi-même me trahis. Canturreó el final de la estrofa con voz profunda y ligeramente dramática, como lo hacía Léo Ferré.
El chico de la motocicleta de Pizza Hut que esperaba a que se pusiera verde lo miró con estupor: un anciano señor elegante que canta como un pinzón en una parada de tranvía, cómico, ¿no? Venga, jovenzuelo, que ya se ha puesto verde, dijo con la mano invitándolo a marcharse, lleva tu repugnante pizza a su destino. Circulen, circulen, no hay nada que ver, soy sólo un anciano señor que canturrea las poesías de Aragon, fiel compañero de los buenos tiempos ya idos, él también se ha ido, nos vamos todos, antes o después, y también su Elsa tiene los ojos opacos, buenas noches, ojos de Elsa. Miró el tranvía que giraba hacia la Friedrichstrasse y dijo adiós a los ojos de Elsa.
El taxista lo miró desconcertado. A ver, ¿sube usted o no sube? Se disculpó: mire, es un equívoco, estaba despidiéndome de una persona, el gesto no era para usted. El taxista sacudió la cabeza en señal de desaprobación. Debía de ser turco. Esta ciudad está llena de turcos, de turcos y gitanos, nos han tocado a nosotros todos esos vagabundos, ¿y para qué?, para mendigar, eso es, para mendigar, pobre Alemania. Pues no protesta encima, este emigrante, qué cara más dura. Ya le he dicho que se ha equivocado, replicó con una voz que se iba alterando, es usted quien lo ha entendido mal, me estaba despidiendo de una persona. Sólo le he preguntado si necesitaba algo, explicó el chico en un mal alemán, perdone, señor, ¿necesita algo? ¿Qué si necesito algo? No, gracias, contestó secamente, gracias, estoy perfectamente, jovenzuelo. El taxi arrancó.
¿Estás bien?, se preguntó. Claro que estaba bien, era un magnífico día de verano, como raramente se dan en Berlín, si acaso hacía algo de calor. Eso es, hacía algo de calor para su gusto, y con el calor la tensión tiende a subir. Nada de platos salados y nada de esfuerzos, había sentenciado el médico, su tensión ha alcanzado el nivel de alarma, pero probablemente sea a causa de la ansiedad, ¿hay algo que le preocupa, consigue descansar, duerme bien, sufre de insomnio? Qué preguntas. Pues claro que dormía bien, ¿por qué habría de dormir mal un viejo señor tranquilo, con una buena cuenta corriente, un magnífico apartamento en el centro, una casita de vacaciones en el Wannsee, un hijo abogado en Hamburgo y una hija casada con el dueño de una cadena de supermercados?, ¿a usted qué le parece, doctor?
Pero el médico insistía, ¿pesadillas, dificultad para conciliar el sueño, despertares bruscos, sobresaltos? Sí, de vez en cuando, doctor, pero es que la vida es larga, ¿sabe?, a cierta edad vuelve uno a pensar en las personas que ya no están, se mira hacia atrás, hacia las redes que nos han envuelto, las redes rotas de los que pescaban, porque ahora son todos pescados, ¿me entiende? No le entiendo, decía el médico, en conclusión, ¿duerme o no duerme? Doctor, hubiera querido decirle a esa buena persona, pero ¿qué más se me puede pedir?, he hecho todos los solitarios, he vomitado todo el Kirsch posible, he amontonado todos los libros en la estufa, doctor, ¿pretende que siga durmiendo tranquilo? Y en cambio contestó: duermo bien cuando duermo, y cuando no duermo procuro dormir.
Si no estuviera usted jubilado le diagnosticaría una forma de estrés, declaró el médico, pero francamente no es posible, por lo tanto su tensión alta tiene que deberse a la ansiedad, es usted una persona ansiosa aunque aparentemente tranquila, dos de estas pastillas antes de acostarse, nada de sal en las comidas y a dejar de fumar.
Se encendió un cigarrillo, un estupendo cigarrillo americano de sabor dulce. Cuando trabajaba en la Gran Estructura había gente que por un paquete de cigarrillos americanos hubiera denunciado a sus propios padres, y ahora los americanos, después de haber conquistado el mundo, decidían que el humo era dañino. Menudo gilipollas ese médico vendido a los americanos. Cruzó Unter den Linden, a la altura de la Humboldt Universität, y se sentó bajo las sombrillas cuadradas del quiosco que vendía salchichas. En fila ante el quiosco, con la bandeja en la mano, había una familia de españoles, el padre, la madre y dos hijos adolescentes. Había turistas por todas partes, la verdad. Estaban indecisos sobre cómo se pronunciaba el plato. Kartoffeln, sostenía la mujer. No, no, observaba el marido, como eran fritas había que pedir Pommes, a la francesa. Muy bien el español con sus bigotitos. Al pasar a su lado se puso a silbar Los cuatro generales. La mujer se dio la vuelta y lo miró casi alarmada. Él hizo como si no pasara nada. ¿Eran unos nostálgicos o votaban a los socialistas? Vaya usted a saber. Ay, Carmela, ay, Carmela.
Se levantó de repente una ráfaga fresca que levantó del suelo servilletas y paquetes de cigarrillos vacíos. Sucede a menudo en Berlín: un día de bochorno y de repente llega un viento fresco que hace que las cosas revoloteen y el humor cambie. Es como si trajera recuerdos, nostalgias, frases perdidas. Del tipo de la que se le vino a la cabeza: las inclemencias del tiempo y la fidelidad a mis principios. Sintió un arrebato de cólera. ¿Fidelidad?, dijo en voz alta, pero de qué fidelidad hablas, has sido el hombre más infiel del mundo, yo de ti lo sé todo, principios, claro que sí, pero cuáles. De los del Partido nunca quisiste saber nada, a tu mujer la cubriste de traiciones, de qué principios presumes, cretino. Una niña se le paró delante. Llevaba una faldita que arrastraba por el suelo y los pies descalzos. Le metió bajo los ojos un pedazo de cartón donde estaba escrito: vengo de Bosnia. Vete al infierno, le dijo sonriendo. También la niña sonrió y se alejó.
Tal vez lo mejor fuera coger un taxi, ahora se sentía cansado. Quién sabe por qué se sentía tan cansado, se había pasado la mañana sin hacer nada, zanganeando y leyendo el periódico. Los periódicos cansan, se dijo, las noticias cansan, el mundo cansa. El mundo cansa porque está cansado. Se dirigió a la papelera metálica y tiró un paquete de cigarrillos vacío y después el periódico de la mañana, no tenía ganas de llevarlo en el bolsillo. Él era un buen ciudadano, no quería ensuciar la ciudad. Pero la ciudad estaba ya sucia. Todo estaba sucio. Se dijo: no, me voy andando, así domino mejor la situación. ¿La situación?, pero ¿qué situación?, bueno, pues la situación que estaba acostumbrado a dominar en otros tiempos. Entonces sí que era un gusto: tu Objetivo que te caminaba delante, ignaro, tranquilo, dedicado a lo suyo. Y tú también, aparentemente, te dedicabas a lo tuyo, pero no ignaro en absoluto, todo lo contrario. De tu Objetivo conocías a la perfección los rasgos somáticos por las fotografías que te habían obligado a estudiar, hubieras podido reconocerlo incluso en el patio de butacas de un teatro. Él, en cambio, de ti no sabía nada, tú eras para él un rostro anónimo como millones de otros rostros anónimos en el mundo. Él iba por su camino, y yendo por su camino te guiaba, porque debías seguirlo. Él representaba la brújula de tu recorrido, bastaba seguirlo.
Escogió un Objetivo. Cuando salía de casa siempre necesitaba encontrarse un Objetivo, en caso contrario, se sentía perdido, perdía la orientación. Porque el Objetivo sabía bien a donde ir, y él en cambio no, ¿adónde podía ir, ahora que el trabajo de siempre había acabado y que Renate estaba muerta?
Ah, el Muro, qué nostalgia del Muro. Estaba allí, sólido, concreto, subrayaba una frontera, marcaba la vida, daba la seguridad de una pertenencia. Gracias a un muro uno pertenece a algo, está a este lado o al otro, el muro es como un punto cardinal, a este lado está el norte, a ese otro el sur, sabes dónde estás. Cuando Renate aún vivía, aunque ya no existiera el Muro, por lo menos sabía a dónde ir, porque todas las tareas de casa debía hacerlas él, de la mujer que venía algunas horas no se fiaba, era una indiecita de mirada oblicua que hablaba un pésimo alemán y que repetía continuamente yes, Sir, incluso cuando la mandaba al infierno. Vete al infierno, horrenda negrita estúpida: yes, Sir.
En primer lugar, iba al supermercado. Cada día, porque no le gustaba hacer compras grandes, sólo pequeñas compras cotidianas, según los deseos de Renate. ¿Qué te apetece esta mañana, Renate, te gustarían por ejemplo esas chocolatinas belgas rellenas de licor o prefieres praliné con avellanas? O mejor, mira, iré a la sección de fruta y verdura, no puedes imaginarte lo que hay en ese supermercado, verás, no tiene nada que ver con las tiendas de nuestros tiempos, aquí se encuentra de todo, de todo de verdad, por ejemplo, ¿te apetecerían unos hermosos melocotones jugosos en este gris día de diciembre?, te los traigo, vienen de Chile, o de la Argentina, de sitios así, ¿o prefieres peras, cerezas, albaricoques?, te los traigo. ¿Quieres un melón, amarillo y muy dulce, de esos que tan bien van con el oporto y con el jamón italiano? Te lo traigo también, hoy quisiera hacerte feliz, Renate, quisiera que sonrieras.
Renate le sonreía cansinamente. Se volvía a mirarla en el sendero del jardín mientras ella le hacía un gesto con la mano desde detrás del ventanal de la terraza. El borde de la terraza tapaba las ruedas de la silla. Renate parecía sentada en un sillón, parecía una persona normal, seguía siendo guapa, tenía todavía el rostro liso y el pelo rubio, a pesar de la edad. Renate, Renate mía, cuánto te he amado, ¿sabes?, no puedes ni imaginarte cuánto, más que a mi propia vida, y te sigo amando, de verdad. Aunque debería decirte una cosa, pero ahora ¿qué sentido tendría decírtelo?, tengo que encargarme de ti, cuidarte como si fueras una niña, pobre Renate, el destino ha sido cruel contigo, seguías siendo guapa, y en el fondo no eres tan mayor, en el fondo no somos tan mayores, podríamos disfrutar aún de la vida, qué sé yo, viajar, Renate, y en cambio, mira en lo que te has convertido, qué lástima todo, Renate. Doblaba por el sendero de casa y entraba bajo los árboles de la gran avenida. La vida está desfasada, pensaba, nada llega a su hora. Y se dirigía hacia el supermercado, dispuesto a pasarse allí una buena mañana, era una buena manera de pasar el tiempo, pero ahora, desde que Renate ya no estaba, era difícil pasar el tiempo.
Miró a su alrededor. Al otro lado de la calle se detuvo otro tranvía. De él bajaron una señora madura con la bolsa de la compra, un chico y una chica que iban cogidos de la mano, un señor anciano vestido de azul. Le parecieron Objetivos ridículos. Qué se le va a hacer, no seas chiquillo, ¿es que te has olvidado de tu oficio?, hace falta paciencia, ¿o es que ya no te acuerdas?, mucha paciencia, días de paciencia, meses de paciencia, con atención, con discreción, horas y horas sentado en un café, en el coche, detrás de un periódico, siempre leyendo el mismo periódico, días enteros.
Por qué no esperar un buen Objetivo leyendo el periódico, eso es, para saber cómo va el mundo. Compró Die Zeit en el quiosco de al lado, que siempre había sido su semanario, en los días de Objetivos verdaderos. Después se sentó en la terraza del quiosco de las salchichas, bajo los tilos. Todavía no era la hora de comer, pero podía tomarse una buena salchicha con patatas. ¿Lo prefiere normal o con curry?, preguntó el hombrecillo del delantal blanco. Optó por el curry, una novedad absoluta, e hizo que añadieran ketchup, realmente posmoderno, que era una palabra que se oía por todas partes. Se lo dejó prácticamente entero en la bandejita de papel, un auténtico asco, quién sabe por qué estaban tan de moda.
Miró a su alrededor. La gente le pareció fea. Gorda. Incluso los delgados le parecieron gordos, gordos por dentro, como si les viera por dentro. Eran untuosos, eso era, untuosos, como si se hubieran rociado de aceite solar. Le pareció incluso como si relucieran. Abrió Die Zeit, veamos cómo va el mundo, este vasto mundo que baila tan alegre. Bueno, no tanto. El escudo estelar con armas nucleares, eso pretendía el Americano. ¿Contra quién?, sonrió, ¿contra quién?, ¿contra nosotros, que estamos todos muertos? Había una fotografía del Americano encima de un podio, junto a una bandera. Debía de tener un cerebro no mayor que un dedal, como decía la cancioncita francesa. Recordó la canción que tanto le gustaba, ese Brassens sí que era un tipo curioso, odiaba la burguesía. Años lejanos. París había sido la misión más bonita de su vida. Une jolie fleur déguisée en vache, une jolie vache déguisée en fleur. Su francés seguía siendo perfecto, sin acentos, sin inflexiones, neutro como esas voces que resuenan en los altavoces de los aeropuertos, así era como lo había aprendido, en la escuela especial, en aquellos tiempos se estudiaba de verdad, nada de tonterías, de cien se seleccionaba a cinco, y esos cinco debían ser perfectos. Como lo había sido él.
Había una fila ante la taquilla de la Staatsoper, debía de haber un concierto importante, esa noche. ¿Y si fuera? ¿Por qué no?, casi, casi sí. Un señor estaba bajando por las escalinatas de la Biblioteca, calvo, elegante, con una carpeta debajo del brazo. Ahí estaba, ése era el Objetivo ideal. Fingió estar inmerso en la lectura del periódico. El hombre pasó por delante de él sin hacerle caso. Un infeliz, era realmente un infeliz. Dejó que recorriera un centenar de metros y después se levantó. Cruzó la calle. Siempre era mejor estar en la otra acera, era la vieja regla, jamás descuidar las viejas reglas. El hombre se encaminó hacia Scheuneviertel. Qué Objetivo más simpático, iba en su misma dirección, no se puede ser más amable. El hombre parecía dirigirse hacia el Pergamon. Y en efecto entró en él. Qué listillo, como si él no lo hubiera comprendido. Sonrió para sí mismo: disculpa, mi querido infeliz, si estás aquí en una misión con la apariencia de un profesor universitario, lo lógico es que entres en el Pergamon, ¿o es que pensabas tal vez que uno con mi experiencia se dejaría engañar por un truquillo de tres al cuarto así?
Se sentó en el pedestal de una estatua y lo esperó con calma. Se encendió un cigarrillo. El médico ya no le toleraba más que cuatro cigarrillos al día, dos después de comer y dos después de cenar. Pero el Objetivo se merecía un cigarrillo. Mientras esperaba, echó una ojeada al periódico, a la página de espectáculos. Había una película americana que estaba suscitando el entusiasmo del público, la de mayor éxito de taquilla. Era una película de espionaje ambientado en el Berlín de los años sesenta. Sintió una fuerte conmoción. Le entraron ganas de marcharse a donde había decidido ir y de no perder más tiempo con ese estúpido profesorucho con el que se estaba entreteniendo. Era demasiado banal, demasiado previsible. En efecto, lo vio salir con una bolsa de plástico transparente repleta de catálogos que debían de pesar una tonelada.
Tiró la colilla al canal y se metió las manos en los bolsillos, como si estuviera zanganeando. Eso sí que le gustaba: fingir que perdía el tiempo. Pero no estaba perdiendo el tiempo, tenía que hacer una visita, se lo había prometido la noche anterior, una noche algo agitada, sustancialmente insomne. Tenía varias cosas que decirle a ese tipo. Lo primero que le diría es que se las había apañado bien. A diferencia de muchos otros colegas suyos, incluso de los de su nivel, que habían acabado de taxistas, así, despedidos de un día para otro, él no, él se las había apañado a la perfección, había sido previsor, siempre es necesario ser previsor, y él lo había sido, había acumulado unos buenos ahorrillos, ¿cómo?, eso era asunto suyo, pero había conseguido acumular unos buenos ahorrillos, y en dólares, y en Suiza, además, y cuando todo se había ido al garete, él se había hecho con un precioso chalet independiente en la Karl Liebknechtsrasse, que era un nombre que tenía sentido, a dos pasos de la Unter den Linden, porque eso le hacía sentirse como en casa. Es decir, era una casa que le hacía sentirse como en casa, como cuando su vida tenía sentido. Pero ¿lo había tenido? Claro que lo había tenido.
La Schausseestrasse le pareció desolada. Apenas pasaba algún coche de vez en cuando. Era domingo, un precioso domingo de finales de junio. Los berlineses estaban en el Wannsee, tumbados bajo ese sol tempranero en los balnearios Martin Wagner, tomándose un aperitivo mientras esperaban una buena comidita. Constató que tenía hambre. Sí, si lo pensaba tenía hambre, por la mañana se había tomado un capuchino a la italiana, quizá porque la noche precedente había exagerado un poco. Se había comido un plato de ostras en el Café de Paris, ya iba al Café de Paris casi todas las noches, cuando no variaba con otros restaurantes chic. ¿Me has entendido, cabezota?, murmuró, tú te comportaste como un franciscano durante toda la vida, yo en cambio me divierto en restaurantes chic, como ostras todas las noches, y ¿sabes por qué? Porque no somos eternos, querido mío, así que más vale comer ostras.
Le gustaba el patio. Era sobrio, áspero, se parecía a él, como él lo había sido, con unas mesitas bajo los árboles, donde una pareja de turistas extranjeros estaban bebiendo una cerveza. El hombre tendría unos cincuenta años, con gafitas de intelectual como su querido cabezota, redondas, metálicas, con entradas y una calvicie en la coronilla. Ella, morena, guapa, con un rostro decidido y franco, grandes ojos oscuros, más joven que él. Hablaban en italiano, con algunas frases en una lengua desconocida. Aguzó los oídos. ¿Español? Le pareció español, pero estaban demasiado distantes. Pasó por delante de ellos con un pretexto y dijo: buenos días, bienvenidos a Berlín. Gracias, contestó el hombre. ¿Italianos?, preguntó él. La mujer le sonrió: portuguesa, contestó. El hombre abrió los brazos con aire divertido: cambiábamos de país más que de zapatos, un poco portugués soy yo también, dijo en italiano, y él cogió al vuelo la cita. Pero mira que listo mi intelectualillo, se ve que lo has leído, felicitaciones.
Decidió comer en el interior. Había que bajar al sótano. Quizá en sus orígenes fuera realmente un sótano. Pero sí, claro, era el sótano, ahora se acordaba, a menudo el cabezota recibía allí a una actriz fracasada, una cabrona más vieja que Helene que después había revelado todo en un libro publicado en Francia que se llamaba… ya no se acordaba cómo se llamaba, y mira que había seguido él todo el asunto, en sus años parisienses, ah, sí, se llamaba Ce qui convient y aparentemente hablaba de teatro, pero en realidad era una filosofía de vida: el cotilleo. Pero ¿qué año era? Ya no se acordaba. El cabezota había colocado en el sótano un sofá y un abat-jour, y todo ante los ojos de Helene, que durante su vida había engullido más malos tragos que bocanadas de aire.
El restaurante era bastante oscuro, aunque con cierto aire de cabaret, del tipo Maria Carrer y esas cosas tardo-expresionistas. Las mesas eran de madera sin desbastar, los adornos graciosos, las paredes estaban llenas de fotografías. Se entretuvo en mirarlas. Las conocía casi todas, habían pasado muchas veces ante sus ojos en los dossieres de su oficina. Y alguna hasta había ordenado que la sacaran sus ayudantes. Putañero, dijo para sí, era un auténtico putañero, un moralista sin moral. Estudió la carta. Vaya: la señora no había sabido imponerse sobre las amantes, pero al menos en la comida lo había conseguido. Durante toda su vida había impuesto la cocina austriaca, y el restaurante respetaba sus gustos. De entradas mejor nada. Sección sopas. Se puso a reflexionar. Había una de patatas que le gustaba incluso más que la alemana. Por lo demás nunca había sido un admirador de la cocina alemana, demasiada grasa, los austriacos son más finos, pero tal vez no fuera buena idea la sopa de patatas, hacía calor ¿Cabrito? ¿Y por qué no cabrito?, los austriacos son insuperables cocinando cabrito. Muy pesado, el médico no estaría de acuerdo. Se decidió por un simple Wiener Schnitzel. Es que la Wiener Schnitzel hecha a la austriaca puede ser algo sublime y además con ese pastel de patatas crujientes que hacen ellos, venga, que sea una Wiener Schnitzel. Bebió vino blanco austriaco, aunque los vinos aromatizados no le gustaban, y mentalmente hizo un brindis a la memoria de Helene. Por tu piel dura, dijo, mi querida primadonna. Para acabar, un descafeinado, para evitar las extrasístoles nocturnas.
Cuando salió de nuevo al patio le asaltó la tentación de visitar la casa, ahora era una casa-museo. Qué divertido. Aunque, quién sabe, tal vez la hubieran restaurado, pintado, limpiado de la vida, adaptado a los turistas inteligentes. La recordaba en una noche de 1954 mientras aquel cretino estaba entre las bambalinas del Berliner Ensemble y miraba el carro de su madre coraje. Había pasado revista habitación por habitación, cajón por cajón, carta por carta. La conocía como nadie: la había violado. Lo siento, dijo despacio, lo siento de verdad, pero eran órdenes.
Salió a la calle y recorrió unos cuantos metros. Al pequeño cementerio que daba a la calle, protegido por una reja, se accedía por un callejón lateral. Estaba desierto. Había muchos árboles, descansaban todos a la sombra. Cementerio pequeño pero racé, pensó, y menudos nombres: filósofos, médicos, escritores: happy few. ¿Qué hacen las personas importantes en un cementerio? Duermen, duermen ellos también, al igual que los que no fueron importantes. Y todos en la misma posición: horizontal. La eternidad es horizontal. Deambulando sin rumbo vio la lápida de Anne Seghers. De joven había admirado mucho sus poemas. Se le vino a la cabeza uno que un actor judío, hacía muchos años, recitaba todas la noches en un teatrillo del Marais. Era un poema terrible y desgarrador, y no tuvo valor para repetirlo ni siquiera mentalmente.
Cuando llegó delante de la tumba dijo: hola, he venido a verte. De repente ya no tenía ganas de hablarle de la casa y de lo bien que le iban las cosas en su vejez. Vaciló y después dijo solamente: tú no me conoces, me llamo Karl, es mi nombre de bautismo, mira que es mi auténtico nombre. En ese momento llegó una mariposa. Era una mariposilla común de alas blancas, una mariposa de la col vagabunda que vagaba por el cementerio. Él se inmovilizó y cerró los ojos como si expresara un deseo. Pero no tenía deseos que expresar. Abrió de nuevo los ojos y vio que la mariposa se había posado sobre la punta de la nariz del busto de bronce que se erguía delante de la lápida.
Lo siento por ti, dijo, pero no te han puesto el epitafio que habías dictado en vida: aquí yace B. B., limpio, objetivo, malvado. Lo siento, pero no te lo han puesto, no hay que hacer nunca epitafios anticipados, total los que te sobreviven no te obedecen. La mariposilla sacudió las alas, las levantó en perpendicular como si estuviera a punto de levantar el vuelo, pero no se movió. La verdad es que tenías una buena nariz, dijo, y un pelo híspida como un cepillo, eras un cabezota, siempre fuiste un cabezota, me diste un montón de problemas. La mariposa emprendió un breve vuelo para posarse otra vez en el mismo sitio.
Cretino, dijo, yo era tu amigo, te apreciaba, ¿te sorprende que te apreciara?, pues entonces escucha, aquel agosto de 1956, cuando te estallaron las coronarias, yo lloré, la verdad, lloré, no es que haya llorado mucho en mi vida, ¿sabes?, Karl lloró poco cuando estaba a tiempo, y en cambio por ti lloré.
La mariposa se alzó en vuelo, dio dos vueltas alrededor de la cabeza de la estatua y se alejó. Necesito decirte una cosa, dijo a toda prisa como si estuviera hablándole a la mariposa, necesito decirte una cosa, es urgente. La mariposa desapareció por detrás de los árboles y él bajó la voz. Yo lo sé todo de ti, lo sé todo de tu vida, día por día, todo: tus mujeres, tus ideas, tus amigos, tus viajes, hasta tus noches y todos tus pequeños secretos, incluso los más minúsculos: todo. Se dio cuenta de que estaba sudando. Tomó aliento. De mí, en cambio, no sabía nada. Creía que lo sabía todo, y de mí no sabía nada. Hizo una pausa y se encendió un cigarrillo. Le hacía falta un cigarrillo. Que Renate me traicionó durante toda la vida no lo descubrí hasta hace dos años, cuando abrieron los archivos. Quién sabe por qué se me ocurrió que yo también podía estar fichado, como todos. Era una ficha completa, detallada, de alguien que había sido espiado cada día. La voz “Familiares” era un dossier entero, con fotografías tomadas con teleobjetivo. Se veía a Renate y al jefe del Departamento de Asuntos Internos desnudos bajo el sol, a orillas de un río. Hacían nudismo. Debajo estaba escrito: Praga, 1952. Yo entonces estaba en París. Después había muchas otras: en 1962 mientras salen de un hotel de Budapest, en 1969 en una playa del Mar Negro, en 1974 en Sofía. Hasta 1982, cuando él murió. Le saltaron las coronarias como a ti, era viejo, tenía veinte años más que Renate, la verdad es concreta.
Se secó la frente con un pañuelo y retrocedió. Estaba empapado en sudor. Se sentó en el banco de madera, al otro lado del sendero. Sabes, dijo, hubiera querido decírselo a Renate, hubiera querido decirle que lo sabía todo, que lo había descubierto todo, pero la vida tiene esas cosas, Renate tuvo un ictus, había esperanzas de que se recuperara, y en efecto, la atendieron muy bien, incluso con fisioterapia, todo lo que fue necesario, pero en cambio no se recuperó, sus últimos años se los pasó en una silla de ruedas y tampoco la parálisis facial desapareció, cada noche yo me decía: mañana se lo digo, pero ¿cómo puedes decirle que has descubierto todo a una persona que tiene la cara torcida y las piernas contraídas?, no tuve valor, la verdad, no tuve valor.
Miró el reloj. Quizá fuera hora de irse. Se sentía cansado, tal vez cogiera un taxi. Dijo: de mi nueva casa me gustan sobre todo las vistas a Unter den Linden, es una casa preciosa con todas las comodidades modernas. Empezó a recorrer el sendero hasta la verja de entrada. Vaciló un instante y se volvió. Hizo un gesto de saludo con la mano, hacia el parque. Por la noche voy a cenar a restaurantes chic, dijo otra vez, por ejemplo, esta noche pienso ir al Sale e Tabacchi, es un restaurante italiano, está Salvatore que me atiende muy bien, sabe que me gustan los espaguetis con langostinos. No hay otro restaurante en todo Berlín donde se coman langostinos así. Cerró la verja con delicadeza, evitando hacer ruido. Berlín ha cambiado mucho, dijo para sus adentros, no puedes imaginarte cuánto.

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