El pez de la cabeza de oro. Armenia.

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En cierto país, enceguecía un rey.  Por fortuna, pasaba por ese reino un viajero solitario quien le prometió que se curaría de su ceguera siempre y cuando, y dentro de los próximos cien días le trajeran un pez de la cabeza de oro, de los que se encuentran en el Gran Mar.  Entonces, él mismo, con la sangre del pez, prepararía un ungüento que le devolvería la vista de inmediato.  También Indicó que al cumplirse los cien días, continuaría su viaje.

El hijo del rey, que tenía la buena intención de conseguir ese milagroso pez para curar a su padre, se marchó con un grupo de hombres al Gran Mar.  Cuando por fin pescó un pez de la cabeza de oro, ya era muy tarde para llevárselo a su padre.  Y aunque el príncipe deseara regresar a la ciudad y contarle de su hazaña y aventuras a su padre,  no lo hizo porque sabía que los médicos reales intentarían de cualquier modo preparar el ungüento del que había hablado el viajero, y al hacerlo, el pez moriría inúltimente.

Sin embargo el rey, no creyendo en las buenas intenciones de su hijo, dio orden de que lo ejecutaran.   Los sirvientes leales al príncipe le aconsejaron a su madre, la reina, que vistiera a su hijo en harapos, le diera unas monedas de oro y lo dejara partir a una isla distante.  Y le advirtieron, además, que no tomara para su servicio a ninguna persona que le exigiera su paga una vez por mes.

Al llegar a la isla, el príncipe compró una casa y rechazó uno tras otro a los sirvientes que buscaban trabajo, especialmente a aquellos que pretendían que su paga fuera de mes a mes.  Hasta que dio con un árabe que le propuso que le pagara una vez por año.

Poco tiempo después, el príncipe y el árabe se enteraron de que la mitad de la isla era  tierra yerma, sin vegetación, devastada por un monstruo que residía en una cueva rocosa.  Y quien procurase matar a la bestia, se dormiría al instante.  El árabe le preguntó al gobernador  cuánto le daría por matar al monstruo; éste le ofreció la mitad de sus tierras y también a su hija.  Pero el árabe le reclamó solamente la mitad de sus ganancias futuras.  El gobernador estuvo de acuerdo.  El árabe mató al monstruo y le sugirió al príncipe que se apuntara el tanto.  Agradecido por la hazaña, el gobernador le entregó al príncipe un barco al que secretamente había llenado de joyas.

Juntos, el príncipe y el árabe navegaron por mares inmensos hasta llegar a un lejano país.  Esta vez, el árabe instó al príncipe a que pidiera la mano de la hija del rey de ese lugar.  El rey escuchó su pedido, pero apenado, le informó que la princesa ya se había casado ciento noventa veces, y que cada uno de sus maridos había muerto en menos de doce horas después de la boda.   No importa, dijo el árabe.  El príncipe debe casarse con ella.

Tan pronto el príncipe y la princesa se casaron, los sepultureros comenzaron a cavar una fosa.   Y cuando horas más tarde una pequeña serpiente reptó  hasta  la cámara nupcial, el árabe, vigilante, la vio y la mató.  A partir de ese momento, la princesa vivió muy feliz con su nuevo marido hasta que un día llegaron a oídos del príncipe importantes noticias de su pais.  Su padre había muerto.  Y él era ahora el nuevo rey.  Al día siguiente, el árabe le explicó a su amo que a él también lo habían llamado a su país razón por la que debía marcharse de inmediato y dejarlo solo.  Entonces el nuevo rey quiso recompensar al árabe por los servicios prestados y por salvarle la vida, pero éste lo rechazó todo y le reveló que en verdad,  él era el Pez de la Cabeza de Oro.

El hombre insensato. Armenia

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Había una vez un hombre muy pobre. Trabajaba día y noche pero seguía siendo igual de pobre. Un día, con las esperanzas perdidas, pensó en ir en busca de Dios para preguntarle que hasta cuándo iba a seguir con esa pobreza. Iba caminando, sin rumbo, sin norte, y de repente se encontró con un lobo.

– Buenos días, humano, ¿a dónde vas por estos caminos? – le preguntó el lobo.

– Me voy en busca de Dios – le dijo el hombre – Tengo que contarle mis penas.

– Pues si le encuentrasdile que hay un lobo con mucha hambre, que día y noche busca por montes y bosques pero no encuentra nada para comer. ¿Hasta cuándo voy a andar con hambre? Si me ha creado, pues que me dé algo de comer.

– ¡Se lo diré sin falta! – Le dijo el hombre y siguió su camino.

Anduvo por caminos difíciles y llegó a una casita de bosque. Había una chica preciosa sentada en la puerta.

– ¿A dónde vas, viajero? –  preguntó la chica.

– Me voy en busca de Dios –  contestó el hombre.

– Si le ves, cuéntale sobre mí. Dile que hay una chica joven, con mucha salud, muy rica… pero le falta la felicidad, siempre está triste. ¿Qué es lo que tengo que hacer?

– Se lo contaré – le prometió el hombre y se fue.

Pasó por campos y ríos hasta llegar a un árbol que había crecido a la orilla del río pero tenía las ramas secas.

– ¿A dónde vas, caminante? – le preguntó el árbol.

– Me voy a buscar a Dios.

– Espera un poco, quiero pedirte un favor. Dile a Dios que he crecido en la orilla del río pero durante todo el año estoy seco y desesperado.  ¿Cuándo me crecerán las hojas verdes?

Siguió el hombre su camino y pasó por tierras difíciles. Debajo de una montaña, la espalda apoyada en una enorme roca, estaba Dios.

– Bienvenido seas, hijo. ¿Qué te ha traído hasta aquí? – le pregunto Dios al pobre.

– He venido para decirte que tienes que ser más justo, que a todos les tienes que mirar con los mismos ojos, no dar a unos más y a otros menos.

– Te he escuchado y te doy la suerte. A partir de ahora te harás rico, ve y disfrútalo. – dijo Dios

– Espera. Tengo más cosas que contarte. – El pobre le contó a Dios sobre el lobo hambriento, la chica triste y el árbol seco. Dios le dio respuesta sobre cada uno. El pobre le dio las gracias y se alejó.

Por el camino de vuelta encontró al árbol.

– ¿Te dijo Dios algo sobre mí? – pregunto el árbol seco.

– Me dijo Dios que debajo de ti hay un saco de oro. Hasta que no encuentres a alguien para que  saque ese oro y tus raíces se extiendan en las profundidades de la tierra, nunca serás verde.

– ¡No te vayas pues! – dijo el árbol.-  Ven, saca el oro. ¡Tú te enriquecerás y yo por fin tendré hojas verdes!

– Lo siento pero no puedo – le respondió el pobre – Dios me ha dado suerte, necesito llegar cuanto antes a casa para poder disfrutar mi vida.

Y se fue corriendo, hasta llegar donde la chica bonita.

– ¿Tienes alguna respuesta para mí? –  preguntó la joven.

– Me dijo Dios que tienes todo pero sigues estando triste porque te falta el amor. Tienes que encontrar a un hombre que te quiera y te acompañe en la vida. Entonces ya no estarás triste. Vivirás feliz para siempre.

– ¡Pues quédate conmigo! Así seremos felices y no nos faltará de nada – exclamó la chica.

– No puedo, lo siento, no tengo tiempo para acompañarte. Dios me ha dado suerte, tengo que ir a encontrar esa suerte y disfrutar – dijo el pobre y se marchó.

Le cortó el camino el lobo hambriento.

– ¿Que te dijo Dios? – le preguntó el lobo.

– Después de ti, me encontré a una chica bonita y un árbol seco. La chica me pidió que le preguntara a Dios porqué estaba triste, siendo ella joven, con salud y rica. Y el árbol me pidió preguntarle a Dios que porqué, habiendo crecido a las orillas del río, estaba seco y sin vida. Dios me dijo que el árbol tenía un saco de oro enterrado debajo de su tronco y tenía que encontrar a alguien que lo sacase. Para la chica me dijo que tenía que encontrar el amor. El árbol me pidió que le sacara el oro para que sus raíces crecieran en profundidad y la chica me pidió acompañarla en el amor. Les dije que no puedo, que Dios me ha dado la suerte y tengo que ir a encontrarla y disfrutar.

– ¿Y qué noticias traes para mí entonces? – le pregunto el lobo.

– Me dijo que andarás hambriento todo el tiempo hasta que encuentres a un hombre insensato y te lo comas. Entonces ya no tendrás más hambre.

– ¡Pues más insensato que tú, no voy a encontrar a nadie! – dijo el lobo y se comió al pobre insensato.