La joven lista y el Zar. Balcanes

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Un hombre pobre vivía en una cueva y no tenía más que una hija, muy sabia, que iba a todas partes a mendigar; ella, además, enseñaba a su padre cómo mendigar y hablar astutamente. Una vez, el pobre fue con el zar para que le diera alguna limosna; el zar le preguntó de dónde era y quién le había enseñado a hablar con inteligencia. El pobre respondió de dónde era y cómo su hija le enseñaba. “Y tu hija, ¿de quién aprendió?”, preguntó el zar, y el pobre contestó: “Dios la hizo sabia y nuestra pobreza, desdichada.” A la sazón, el zar le dio treinta huevos y le dijo: “Llévale esto a tu hija y dile que los haga empollar; yo la obsequiaré bien, pero si no los empolla, te someteré a tortura.”

El pobre se fue llorando a la cueva y le contó todo a su hija. Ella se dio cuenta de que los huevos estaban cocidos; le dijo a su padre que se fuera a descansar y que ella se ocuparía de todo. El padre le hizo caso y se fue a dormir. La muchacha tomó una olla, la llenó con agua, la puso al fuego y metió ahí un puñado de habas. Cuando éstas quedaron cocidas, llamó a su padre por la mañana, le pidió que tomara el arado y los bueyes, y que se fuera a arar junto al camino por donde iba a pasar el zar. Le dijo, además: “Cuando veas al zar, toma las habas, siémbralas y grita: ‘¡Ea, bueyes! Dios quiera que germinen las habas cocidas.’ Cuando el zar te pregunte cómo puede germinar un haba cocida, tú respóndele: ‘De la misma manera como los pollos pueden nacer de huevos cocidos.’” El pobre hizo caso a su hija y se fue a arar. Al ver al zar acercándose por el camino, comenzó a dar de gritos: “¡Ea, bueyes! Dios quiera que germinen las habas cocidas.” El zar, al escuchar estas palabras, se detuvo en el camino y le dijo al hombre: “Pobre hombre, ¿cómo puede germinar un haba cocida?” Éste le respondió: “Noble zar, de la misma manera como los pollos pueden empollarse de huevos cocidos.”

El zar notó inmediatamente que había sido la hija quien había enseñado a contestar al pobre. Entonces ordenó a los sirvientes apresar al hombre y traerlo delante de él; le dio una madeja de lino y dijo: “Tómala: con esta madeja tienes que hacer una sirga, las velas y cuanto se necesite para un barco; si no lo haces, perderás la cabeza.” El pobre tomó la madeja muy asustado, se fue llorando a casa y le contó todo a su hija. Ella lo mandó a dormir, prometiéndole que se iba a ocupar del problema. Al día siguiente, tomó un pequeño trozo de madera, despertó a su padre y le dijo: “Toma este trozo de madera, llévaselo al zar y dile que me haga un cáñamo, un huso, un caballete y lo demás que se requiere para la construcción de un barco, y yo haré todo lo que ordena.”

El pobre hizo caso y le habló al zar como fue instruido. El zar, al escucharlo, se asombró y se puso a pensar en lo que iba a hacer. Luego alcanzó un vasito y dijo: “Toma este vasito y llévaselo a tu hija: que vacíe todo el mar hasta que en el lugar del fondo quede el campo.” El pobre obedeció; llorando le llevó aquel vasito a su hija y le contó lo que le había ordenado el zar. La joven respondió que dejara todo hasta mañana y que ella se ocuparía. Al día siguiente llamó a su padre, le dio medio kilo de estopa y le dijo: “Llévale esta estopa al zar y dile que con ella tape todas las fuentes y los lagos; entonces yo vaciaré el mar.”. El pobre se fue, y así le dijo al zar.

Al ver el zar que la muchacha era mucho más astuta que él, ordenó al pobre traerla delante de él. Cuando la trajo, el pobre y su hija se inclinaron, y el zar preguntó a la joven: “Adivina, muchacha, ¿qué es lo que se puede escuchar más lejos?” La joven contestó: “Noble zar, lo que se puede escuchar más lejos es el rayo y la mentira.” Entonces el zar se mesó la barba y, volviéndose hacia los cortesanos, les preguntó: “Adivinen, ¿cuánto vale mi barba?” Unos dijeron tanto; otros, otro tanto; entonces la joven les dijo a todos los que no habían adivinado: “La barba del zar vale lo que valen tres lluvias de verano.” El zar se asombró y dijo: “La muchacha adivinó.” Y entonces le preguntó si ella quería ser su mujer; además, le dijo que no podía ser de otra manera. La joven se inclinó y respondió: “Noble zar, sea como tú quieras, sólo te pido que escribas con tu mano una carta, para el caso de que alguna vez te enojes conmigo y me quieras alejar de ti: debes decir que yo seré señora para llevarme de tu palacio lo que me sea más querido.” El zar aceptó y lo firmó.

Después de algún tiempo, el zar se enojó con su mujer y dijo: “Ya no quiero que seas mi mujer; vete de mi palacio a donde sepas.” La zarina le respondió: “Preclaro zar, obedeceré; sólo deja que pernocte y mañana partiré.” El zar le permitió pernoctar. Entonces, cuando cenaban, la zarina mezcló vino con rakia y algunas hierbas aromáticas y, ofreciéndoselo para tomar, le habló a su esposo: “Bebe, zar, estamos alegres, pues mañana nos separaremos y, créeme, estaré más alegre que cuando me junté contigo.” El zar se embriagó y se durmió. La zarina preparó un carruaje y llevó al zar consigo a cierta cueva. Cuando el zar se despertó en la cueva y vio en dónde estaba, gritó: “¿Quién me trajo aquí?” La zarina respondió: “Yo te traje.” El zar preguntó: “¿Por qué me hiciste esto? ¿No te dije que ya no eres mi mujer?” Entonces ella sacó la carta y le dijo: “Es verdad que me lo dijiste, noble zar, pero mira lo que firmaste en esta carta: cuando me repudiaras, podría llevar conmigo lo que me fuera más querido en tu palacio.” Al ver esto, el zar la besó y regresaron juntos al palacio.

Migajas. Balcanes

 

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Erase una vez un zar a quien se le murió la mujer y se quedó viudo con un hijo pequeñito que, como todos los niños, lloraba mucho.

En cierta ocasión que salía el zar de caza, el hijito lo abrazó y rompió a llorar aún con más fuerza. Se puso el zar muy tris­te, así que decidió que se casaría otra vez por el bien del niño, para que su nueva esposa cuidara de él en su palacio. Entonces calmó como pudo al niño y se fue de caza.

Anda que te anda llegó junto a un manantial en donde se trope­zó con una mujer muy bella y lozana que estaba llenando de agua doce calabazas. Se extrañó el zar y preguntó a la mujer qué es lo que hacía, a lo que ella respondió:

-Con esto gano mi sustento, por cada calabaza llena de agua me dan una migajita de pan, y así gano doce migajas por día.

El zar le preguntó si le bastaba con eso y ella le respondió:

-Sería aún más que suficiente, pero con eso primero alimento a mi hijita y luego como yo, de manera que tenemos justo cuanto nece­sitamos.

Todavía se extrañó más el zar y pensó para sí: »Ésta sería buena para mi casa y para mi niño». Después le dijeron a la mujer que él era el zar de aquel país y le preguntaron si se casaría con él. Ella -¡vál­game Dios!- aceptó inmediatamente, de modo que el zar la llevó a su palacio, se casó con ella, y ella se convirtió en zarina.

Su hija era aún más pequeña que el hijo del zar, pero los niños se entendieron bien, todos los santos días jugaban y se cuidaban el uno al otro. De todo lo que el zar recibía lo mejor se lo daba a los niños y ellos todo se lo repartían sin reñir nunca.

Pero a la zarina empezó a disgustarle esta vida. «¿Por qué -pen­saba ella- ha de dividir mi hija todos los bienes con el hijo ajeno?» Por eso trató de indisponer al padre contra el hijo, para que el padre lo echara de casa.

Fue pensado y hecho, pues era muy astuta para la intriga. Empe­zó, pues, a contarle al zar que todas las noches tenía una pesadilla durante el sueño: de repente su hijo se hacía mayor, destronaba al padre y a todos ellos los ponía a trabajar como jornaleros. El zar se desconcertó con este relato, y como su mujer no dejaba de llenarle la cabeza con estas cosas, al final decidió echar al hijo de casa.

Así que el heredero del zar, que por entonces ya era un buen mozo, se vio obligado a disfrazarse de vagabundo y marcharse a la buena de Dios, aunque le dolía mucho aquel tratamiento de su padre.

Andando andando fue a quedarse dormido en una ocasión cerca de una cueva en la que habitaba un ermitaño de barba blanca y muy viejo.

A eso de la media noche oyó unos gemidos que salían de la cueva; se asustó, pero en seguida se recuperó y pensó: «Quien-quiera que sea no se queja por capricho sino que ha de ser a causa de muchas y gran­des desdichas». Conque se acercó a la cueva y vio al ermitaño que, enfermo y sediento, gemía.

Entonces el hijo del zar corrió al arroyo, tomó agua en las manos y subió corriendo a la cueva. Por el camino se cayó de rodillas, se magulló y se hirió, mas le pudo llevar al viejo un poco de agua en las manos. El anciano se alegró mucho y le dijo:

-Hijo, yo no me quejo porque esté enfermo ni sediento, sino por­que sé cuántos males y cuánta miseria hay en el mundo. Pero ahora tengo un motivo de regocijo, pues todavía hay almas que oyen los pesares del hombre en esta soledad; por esto, pide lo que quieras que yo te lo daré si lo tengo y puedo.

Entonces el zarévich dijo:

-Me muero de tristeza, y si sabes el remedio por favor te pido que me lo digas.

El ermitaño le entregó un caramillo diciéndole:

-Nada más fácil. Este sonido siempre te alegrará y cuando tu cora­zón se ponga a bailar también bailará todo bicho viviente a tu alre­dedor hasta donde la música llegue a ser oída.

El zarévich le dio las gracias y continuó su camino, pero aguar­daba con ansiedad el momento de estar solo para tocar. Anduvo y anduvo hasta que se vio solo solito, entonces coge el caramillo y lo prueba; el corazón se le puso a bailar de alegría y también vio allá a lo lejos una ardilla que bailaba al son de su melodía.

Iba así a la buena de Dios y el tiempo pasaba, hasta que al fin lo empleó un hombre rico para que le cuidara las ovejas. A menudo le invadía la tristeza pero bien se cuidaba él de no tocar cuando estaban las ovejas en el prado, pues si oyeran la música dejarían de pacer y se pondrían a bailar a su alrededor.

Un atardecer, cuando volvía con las ovejas a casa, oyó a lo lejos un lamento y cuando llegó ¡sí que habían sucedido cosas!: la pasada noche su amo, quién sabe cómo, se había tropezado con el coro de las hadas y la reina de las hadas le había arrancado los ojos, así que ahora lloraban él y todos los suyos. Entonces decidió irse a buscar los ojos de su buen amo.

Dejó las ovejas, cogió un saquillo y en él metió pan, sal, cebollas y el caramillo, y se fue por el mismo camino por el que había ido su alegre amo pero sin decirle a nadie lo que iba a hacer ni adónde se dirigía. Al llegar allí se quedó asombrado, la reina de las hadas esta­ba tumbada en un claro del bosque y doce hadas le trenzaban y le destrenzaban el cabello que a la luz de la luna brillaba como el oro.

Se acercó a ella, entonces las hadas dejaron de trenzar los cabe­llos y la reina, que hasta ahora parecía dormida, abrió los ojos. Vien­do que habían notado su presencia, se apresuró a sacar el caramillo del saquito y se puso a tocar, al principio de forma muy suave y luego más y más fuerte. Así consiguió alejar el miedo de su corazón mien­tras que a las hadas les dio por reír, a continuación formaron un corro y empezaron a bailar frenéticamente. Como él no dejaba de tocar, ellas estaban que perdían el aliento. Así siguieron hasta que la reina gritó:

-¡Ah, ya no puedo más! -y quería apartarse del corro, pero que si quieres. Ni pudo apartarse ni pudo parar. Viendo que realmente la situación era grave empezaron a gritar.

Quienquiera que seas, te rogamos que pares de tocar.

Entonces les contesta él:

-Decidme dónde están los ojos de mi amo.

Juraba la reina de las hadas que no sabía nada, juraba por el cielo y por la tierra, pero él no le hacía ningún caso. De modo que tuvo que decirle que fuera hasta el abeto sobre el cual la luna brillaba con más intensidad y que bajara de él una alforja de oro, en la alforja encontraría una cajita de plata, en la cajita un algodón requetelavado y en el algodón los ojos que estaba buscando.

Así lo hizo, pero sin quitarles los ojos de encima a las hadas; en cuanto intentaban huir soplaba el caramillo y ellas se ponían a saltar como locas. Conque llegó hasta el abeto, bajó de él la alforja de oro, encontró la cajita de plata y en la cajita el algodón requetelavado y en el algodón los ojos de su amo, así que tocando, muy alegre, se fue a casa.

Nada más llegar a casa devolvió los ojos a su amo y éste, al recu­perar la vista, abrazó a su criado y le colmó de oro y ricos regalos. Pero el criado le dijo que no pedía más que un buen caballo y armas dignas de un héroe pues quería irse por el mundo hacien­do el bien.

El amo se lo dio todo de muy buena gana y él se fue de nuevo por los caminos mientras que por todas partes se extendía su fama de héroe valeroso y defensor de los pobres. Por eso empezaron a pedir­le ayuda ahora de aquí ahora de allá, hasta que una vez recibió un mensaje de su padre, el zar, diciéndole:

-Hasta nosotros han llegado, héroe desconocido, noticias de tu persona y de tu gloria y por Dios te pedimos que nos ayudes, porque ha venido el dragón de fuego y quiere que le demos a nuestra hija y con ella todo nuestro reino; hemos mandado a nuestros caballeros para que lo desafiaran pero a todos los ha vencido como si fuera juego de niños; ayúdanos ahora y después pide lo que desees de nuestro reino.

En cuanto oyó esto el zarévich, allá que se fue sin dejar por un momento de preguntarse quién sería esa hija, pues casi seguro esta­ba de que no era otra que la que su madrastra trajo consigo y que tan buena había sido para con él.

Pensando pensando llegó hasta los confines del reino y se fue derecho al palacio del zar. Encontró todo tal como lo había dejado, únicamente su padre había envejecido mucho, también los criados y la madrastra, pero su hija se había convertido en una encantadora doncella.

Cuando hete aquí que aparece el dragón de fuego que nada más verlo prorrumpió en gritos desde lejos:

-Tú eres al que estoy buscando desde hace mucho tiempo.

Y empezó a arrojar flechas, pero el caballo del zarévich dobló las patas y las flechas pasaron por encima. Entonces arremetió el zaré­vich con la lanza, que al momento se quebró sin hacerle nada al dra­gón. Así agotó el zarévich todas sus armas, quedándole sólo sus manos. El dragón, riéndose, se fue derecho contra él.

Conque el zarévich tomó el caramillo y empezó a tocarlo. Todo bicho viviente en torno suyo se puso a bailar, el dragón profirió un grito al tiempo que se agitaba y rápidamente disminuía de tamaño hasta que sólo quedó de él una burbujita que comenzó a rebotar en la tierra. Entonces el zarévich fue corriendo y la aplastó con el pie izquierdo así que la burbujita explotó desapareciendo toda su fuerza diabólica.

Cuando supieron lo ocurrido, todos se alegraron mucho y el zar, abrazando a su hijo, le preguntó quién era y de dónde venía. Enton­ces él se descubrió y contó todo lo que le había sucedido. El zar, al oírlo, se enojó con su mujer y quería ejecutarla en seguida pero el zaré­vich le rogó que la dejara viva.

El zar la condenó a marcharse a la montaña de donde había veni­do, que encontrara las doce calabazas en el manantial y que otra vez se alimentara de migajas. Dio a su hija por esposa al zarévich, pues todo mandato divino al final siempre se cumple como fue dicho, por­que es justo y da gusto.

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