Un rey gato. Hungría

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Había una vez una viuda que tenía un gato. A este gato le gusta­ba la buena comida. Una mañana, se bebió una jarra entera de le­che, y la viuda, enfadada, lo echó de casa. El gato emprendió el camino y, después de mucho caminar, llegó junto a un río. Esta­ba sentado a la orilla del agua cuando vio a una zorra que pesca­ba agitando su espesa cola. El gato se acercó y le dio un tirón a la cola. La zorra se asustó y dio un salto en el aire; a su vez, el gato tuvo miedo y, arqueando el lomo, mostró sus uñas y sus dientes. La zorra jamás había visto un gato hasta ese momento, y el gato jamás había visto a una zorra. Por ello, mutuamente se temían.

Finalmente la zorra dijo:

-¿Me podrías decir, por favor, quién eres y qué haces aquí?

-Soy el Rey Gato -respondió.

-¿El Rey Gato? Nunca he oído hablar de un rey semejante.

-Pues debes saber, ya que nunca has oído hablar de mí, que soy el rey de todos los animales del mundo.

Cuando la zorra escuchó esta declaración, invitó al gato a su casa y le ofreció un muslo de pollo. El gato no se hizo de rogar y se instaló en casa de la zorra.

Comenzó para él una vida de gran señor, hablaba poco, co­mía mucho y, después de almorzar, se echaba una siesta, mien­tras la zorra se quedaba en la puerta haciendo guardia para que nadie molestase al rey de los animales.

Un día la zorra, sentada en el umbral de su casa, vio pasar a una liebre.

-Liebre, liebre -le dijo, no hagas tanta bulla. Mi amo, el Rey Gato, está durmiendo y, si lo molestas, recibirás un castigo, porque él es el rey de todos los animales.

La liebre se fue corriendo despavorida. Pero luego se dijo para sus adentros: «¡Jamás he oído hablar de un rey seme­jante! ».

Poco después, la liebre se encontró con un oso:

-¿Adónde vas? -le preguntó.

-Estoy dando un paseo. De vez en cuando tengo que hacer un poco de ejercicio.

-Si yo fuese tú, no iría en aquella dirección. El Rey Gato está durmiendo en la madriguera de la zorra y, si lo molestas, serás castigado, porque él es el rey de todos los animales del mundo.

-¿El Rey Gato? -repitió el oso. ¡Jamás he oído hablar de un rey semejante!

No obstante, retrocedió y se fue con la liebre. Se encontra­ron en el camino con un lobo, que estaba jugando a los naipes con un cuervo.

-Hola, señor lobo y señor cuervo. ¿Habéis oído hablar algu­na vez del Rey Gato?

Ni el lobo ni el cuervo habían oído hablar jamás de un rey semejante.

-La zorra acaba de decirme -explicó la liebre- que el Rey Gato está durmiendo en su madriguera y que, si alguien lo des­pierta, recibirá un castigo porque este Gato es el rey de todos los animales.

Entonces la liebre, el oso, el lobo y el cuervo decidieron in­vitar a comer al Rey Gato y a la zorra. Mandaron al cuervo a lle­var la invitación. El cuervo voló hacia la madriguera de la zorra, pero la zorra le dijo:

-Vete lejos de aquí. Mi amo, el Reg Gato, está durmiendo y, si lo molestas, recibirás un castigo porque él es el rey de todos los animales.

-Lo sé -dijo el cuervo-, pero he venido aquí en nombre del oso, el lobo y la liebre para invitarte a ti y al Rey Gato a comer con nosotros mañana.

-Espera un momento -respondió la zorra y entró en su casa.

Cuando salió, le dijo al cuervo que el Rey Gato había acep­tado la invitación y que al día siguiente ambos irían a comer con ellos.

-Vendré a buscaros -añadió el cuervo.

Cuando el oso, el lobo y la liebre supieron que el Rey Gato comería con ellos al día siguiente, comenzaron a preparar el banquete. El oso fue a buscar leña y encendió el fuego; el lobo preparó la carne al asador; y el cuervo esperó la hora de ir a re­coger a los dos invitados.

Cuando la carne estuvo bien asada, el cuervo emprendió vuelo.

Una vez en la casa de la zorra, llamó:

-Venid, la comida está lista.

-Vamos enseguida -respondió la zorra. Estoy terminando de rizar los bigotes del Reg Gato.

Un momento después, la zorra apareció seguida por el gato. El gato caminaba con mucha dignidad, sin quitarle el ojo de en­cima al cuervo. Le daba mucho miedo aquel pájaro, y el cuervo, por su parte, le tenía mucho miedo al gato.

Aún estaban bastante lejos cuando la liebre los vio llegar.

-Ya vienen, ya vienen -exclamó dando saltos y, tanto saltó, que cayó en el fuego.

El lobo y el oso temblaban de miedo. Viendo a la liebre caer en el fuego, cogieron el asador y se marcharon con la carne. El oso, por la prisa, chocó contra un árbol y lo arrancó de raíz. Cuando el cuervo vio toda aquella confusión y se dio cuenta de que el oso y el lobo habían huido y que, para colmo, se había de­rribado un árbol, dejó plantados a la zorra y al gato y se fue vo­lando lo más velozmente que pudo.

Cuando el Rey Gato y la zorra llegaron, no había asomo de comida ni de anfitriones. Pero la liebre ya estaba bien asada. El gato y la zorra, para no quedarse en ayunas, se la comieron.

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La vieja que engaño a la muerte. Hungría

 

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Puede ser verdad, puede que no lo sea, pero había una vez una vieja muy vieja. Era realmente muy pero que muy vieja, más vieja que el jardinero que plantó el primer árbol del mundo. Sin embargo, estaba llena de vida y la idea de morir le quedaba muy lejos. Se pasaba el día atareada en su casa lavando, limpiando, guisando, cosiendo, planchando y quitando el polvo, como si fuese una joven ama de casa.

Pero, un día, la Muerte se acordó de la vieja y fue a llamar a su puerta. La anciana estaba haciendo la colada y dijo que justo en ese momento no podía irse. Aún debía aclarar, estrujar, hacer secar y planchar su ropa. Aun metiéndole prisa, pensaba que estaría lista, en el mejor de los casos, a la mañana siguiente; por tanto, la Muerteharía mejor en volver un día después.

-Espérame, entonces, mañana a la misma hora -dijo la Muerte y escribió con tiza en la puerta: «Mañana».

Al día siguiente, la Muerte volvió para llevarse a la vieja.

-Pero, señora Muerte, sin duda usted se ha equivocado. Mire la puerta y verá cuál es el día fijado para venir a buscarme -observó la vieja.

La Muerte miró la muerta y leyó: «Mañana».

-Está claro, pues -añadió la vieja. Tiene que venir maña­na, no hoy.

La Muerte se fue y volvió al día siguiente. La vieja la recibió con una sonrisa y le dijo:

-Pero, señora Muerte, usted se ha equivocado otra vez.

¿No recuerda que usted misma escribió en la puerta que vendría mañana y no hoy?

Y así la historia continuó durante todo un mes. Pero la Muerte acabó por cansarse. El último día del mes dijo:

-¡Me estás engañando, vieja! Mañana vendré a buscarte por última vez. ¡Recuérdalo bien! -dijo, y borró de la puerta lo que ella misma había escrito y se fue.

La vieja, en ese momento, dejó de sonreír. Pensó mucho porque quería encontrar otra manera de engañar a la Muerte. No pegó ojo durante toda la noche, pero no llegó a inventar nada.

«Me esconderé en el barrilito de la miel -se decía la vieja. ¡Seguramente la Muerteno me encontrará allí dentro! » Y se escondió en el barrilito de la miel dejando fuera sólo la nariz. Pero de repente pensó: «¡Por el amor de Dios, la Muerte es astuta! ¡Me encontrará en el barrilito de la miel y me llevará consigo!».

Salió del barrilito y fue a esconderse en una cesta llena de plumas de ganso. Pero de repente pensó: «¡Por el amor de Dios, la Muerte es astuta! Me encontrará también en la cesta». En el momento en que salía de la cesta, la Muerte entró en la habitación.

Miró a su alrededor y no llegó a ver a la vieja por ninguna parte. En su lugar vio una figura terrible, espantosa, toda cubierta de plumas blancas y con un líquido espeso que se escurría por su cuerpo. No podía ser un pájaro, tampoco una persona: era, sin duda, algo terrible de ver. La Muerte se asustó tanto que puso pies en polvorosa, huyó y nunca más volvió a buscar a la vieja.

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