León, liebre y hiena Kenya

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Había una vez un león llamado Simba que vivía en una cueva. En sus tiempos mozos nunca le preocupó la soledad, pero, poco antes del inicio de este cuento, Simba se había lesionado gravemente la pata y eso le impedía cazar. Poco a poco, empezó a comprender que estar en compañía tenía sus ventajas.

Las cosas se habrían puesto muy feas para Simba si un buen día no hubiese acertado a pasar por delante  de su cueva Sunguru la Liebre. Al asomarse al interior, Sunguru se dio cuenta de que el león estaba famélico y, sin pensárselo dos veces, puso manos a la obra para cuidar a su amigo enfermo y velar por él.

Gracias a las esmeradas atenciones de la Liebre, Simba fue recuperando paulatinamente las fuerzas, hasta que se sintió capaz de cobrar piezas pequeñas con las que ambos se alimentaban. Al poco tiempo ya se había acumulado un considerable montón de huesos a la entrada de la cueva del León.

Ñangau la Hiena andaba husmeando por los alrededores cierto día, con la esperanza de encontrar algo para la cena, cuando percibió el suculento aroma de huesos con tuétano. La nariz la guió hasta la cueva de Simba, pero robar los huesos era arriesgado porque estaban a la vista de quien hubiera en la cueva. Cobarde como era, al igual que todas sus congéneres, la Hiena decidió que la única forma de apoderarse de aquellos sabrosos despojos era hacer amistad con Simba. Se acercó sigilosamente a la boca de la cueva y soltó una tosecilla.

– ¿Quién nos está fastidiando la tarde con esos horripilantes graznidos? – preguntó el León; y, poniéndose en pie, se dispuso a investigar el origen del ruido.

– Soy yo, tu amiga Ñangau – balbució la Hiena, perdido el escaso valor que tenía – He venido a decirte que a los animales nos ha resultado muy penosa tu ausencia y que esperamos con gran expectación que recobres pronto la buena salud.

– Ya te puedes ir largando – gruñó el León – me parece a mí que un amigo se habría interesado por mi salud hace mucho en lugar de esperar al momento en que pudiera servirle de provecho otra vez. ¡Te digo que te largues!

La Hiena se apresuró a poner pies en polvorosa, con el enmarañado rabo metido entre las patas torcidas, perseguida por las ofensivas risitas de la Liebre. Pero no logró olvidar la pila de tentadores huesos que había frente a la cueva del León.

“Lo intentaré de nuevo”, dijo para sí la encallecida hiena. Unos días después, tomó la precaución de presentarse de visita mientras la Liebre salía a buscar agua para preparar la cena.

Encontró al León dormitando a la entrada de su cueva.

– Amigo – dijo Ñangau con una sonrisa forzada – mucho me temo que la herida de tu pata está tardando tanto en curarse porque el tratamiento que le aplica tu supuesta amiga Sunguru es un fraude.

– ¿Qué pretendes decir? – le espetó el León con un gruñido de rencor – ¡Si no llega a ser por Sunguru, habría muerto de hambre en los peores momentos de mi enfermedad, mientras tus compañeras y tú brillabas por vuestra ausencia!

– A pesar de todo, lo que te he dicho es cierto – replicó la Hiena con tono confidencial – En toda la región se sabe que Sunguru te está dando a propósito un tratamiento para la herida que no es el adecuado, porque no quiere que te repongas. Y es que, cuando estés bien, dejará de ser tu sirviente, ¡un trabajo que le viene de perillas para ganarse cómodamente la vida! Permíteme que te lo advierta, querido amigo: ¡En realidad, Sunguru no está velando por tus intereses!

Entonces la Liebre regresó del río con una calabaza llena de agua.

– Vaya, vaya – le dijo a la Hiena a la vez que depositaba su carga en el suelo – no esperaba volver a verte después de tu ignominiosa y precipitada partida del otro día. Cuéntame qué te trae por aquí en esta ocasión.

Simba se volvió hacia la Liebre y le dijo:

– Ñangau me ha estado hablando de ti. Según dice, eres famosa en toda la región por tu pericia y tus buenas artes como médico. También me ha dicho que los medicamentos que me prescribes no tienen rival. Sin embargo, está convencida de que podrías haberme curado la pata hace mucho si te hubiera interesado hacerlo. ¿Es verdad?

Sunguru se tomó su tiempo para reflexionar. Comprendió que la situación era delicada, pues tenía la clara sospecha de que Ñangau  pretendía tenderle una trampa.

– Bueno – dijo titubeando – sí y no. Ya ves que soy un animal muy pequeño y, a veces, los medicamentos que me hacen falta son muy grandes y no estoy en condiciones de conseguirlos… eso es lo que ocurre en tu caso, mi buen Simba.

– ¿Qué quieres decir? – farfulló el León a la vez que se incorporaba y demostraba de inmediato su interés.

– Nada más que esto: – repuso la Liebre – necesito un trozo de piel del lomo de una hiena adulta para vendarte la herida y conseguir que sane por completo.

Al oír esto, el león se abalanzó sobre Ñangau antes de que la perpleja bestia tuviera tiempo de huir. Arrancó del lomo de la muy estúpida una tira de piel, desde la cabeza hasta la cola, y se la colocó en la herida de la pata. Cuando la piel se desprendió del lomo de la hiena, los pelos que no se fueron con ella se estiraron y se pusieron de punta. Y, hasta el día de hoy, Ñangau y todas sus congéneres siguen teniendo una franja erizada de pelos largos y ásperos a lo largo de la cresta de sus deformes cuerpos.

Después de este episodio, Sunguru alcanzó gran celebridad como médico, pues la herida de la pata de Simba sanó sin complicaciones. Y hubieron de pasar muchas semanas antes de que la Hiena hiciese acopio de valor necesario para presentarse de nuevo en público.

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