Maorí. Kupe y el pulpo

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Según las tradiciones comunes a todas las actuales tribus maoríes de Nueva Zelanda, Kupe fue la primera persona en llegar a las costas de dicho territorio en el siglo X d.C. Kupe procedía de Hawaiiki que en lengua maorí significa “Paraíso Original” y que los investigadores sitúan entre Tahití y las Islas Cook.

Se cuenta que Kupe competía con su paisano Muturangi por cazar un pulpo gigantesco que atemorizaba a pescadores del lugar y ahuyentaba a los bancales de peces. Un día, el pulpo mordió el anzuelo de Kupe y comenzó entonces una feroz lucha entre el pescador y su presa.

Kupe, junto con su tripulación, trató día y noche de capturar al cefalópodo, pero el inteligente monstruo marino le alejó de la costa y se internó en aguas profundas. El pescador no se amedrentó y persiguió al pulpo durante interminables jornadas.

Varias semanas después, arrastrada por fuertes corrientes, su gran canoa llegó hasta la isla de la gran nube blanca –en maorí Aoetearoa, que fue como la llamó Kuramarotini, la esposa de Kupe, al ver una fumarola de erupción volcánica sobre el cielo- y allí, en el Estrecho de Raukawakawa (actual Estrecho de Cook), Kupe dio por fin caza al pulpo gigante

Aprovechando el descubrimiento de aquel impresionante e intacto territorio, Kupe y su tripulación exploraron sus costas e idearon una suerte de carta náutica de transmisión oral para poder regresar algún día.  Así, al volver a su hogar contaron su hallazgo al resto de la tribu y la historia pasó de generación en generación. Años después, el clan decidió emigrar en una gran flota de canoas a aquel paraíso lejano, siguiendo la ruta marcada por el heroico pescador.

Maorí. Rangi y Papa

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En aquellos tiempos, Rangi (el cielo)  y Papa (la tierra) se amaban tiernamente en la más absoluta oscuridad. Se abrazaban tan estrechamente que ninguna luz lograba penetrar por entre sus cuerpos. De su unión nacieron seis muchachos, seis dioses: Tané, el gran dios de los bosques y de los seres que los habitan; Tangaroa, el que reina sobre los habitantes de la mar; Rongo, el padre de las batatas y de todas las plantas cultivadas; Haumia, el dios de las raíces y las bayas silvestres; Tawhiri, el que manda sobre los vientos y las tempestades; Tu, el dios de la guerra y a la vez hombre.

Estos seis dioses permanecieron largos años en la más completa oscuridad, ocultos entre sus padres. Pero un buen día, cansados de vivir así, decidieron asumir su destino y se preguntaron: ¿Qué podríamos hacer para vivir a la luz del día? ¿Matar a nuestros padres para que haya luz en el mundo? ¿Separarlos?

 Tu, el feroz, propuso:

  -¡Matémosles!

– ¡No! ¡Tenemos que separarlos! Hagamos que el Cielo se extienda sobre nuestras cabezas y la Tierra bajo nuestros pies, muy cerca de nosotros, pues ella es nuestra madre nutricia -respondió Tané, el sabio.

Tras un período de reflexión que duró varios siglos, cinco de los seis dioses lograron ponerse de acuerdo en la idea de separarlos para que la luz del día pudiera iluminar el mundo. Únicamente Tawhiri, que no aprobaba aquella decisión, permanecía callado: no quería que muriesen de pena.

– ¿Y cómo haremos para separar a nuestros padres, si están tan estrechamente unidos? – se preguntaron.

Rongo, Tangaroa y Haumia se pusieron de acuerdo y empujaron con todas sus fuerzas para separarlos, pero sin éxito. Tu intentó cortar los lazos que unían al Cielo con la Tierra pero sólo consiguió hacerles sangre, por lo que desistió.

De la sangre que manó de aquellas heridas nació el ocre rojizo, el color sagrado.

Tané, por su parte, intentó separarlos empujando con los brazos, pero tampoco consiguió nada. Necesitó un descanso de varios siglos para reponerse del esfuerzo; pero después, apoyando los hombros en la Tierra y los pies en el Cielo, empujó con todas sus fuerzas. Poco a poco los lazos fueron cediendo. Rangi y Papa sufrían, gemían y reprochaban a sus hijos que no les dejasen seguir amándose… Mas la luz comenzó a iluminar al mundo y todos los seres que el Cielo y la Tierra habían procreado en la oscuridad, comenzaron a hacerse visibles… Tané colocó el Sol en lo más alto y en el cielo de la noche puso la Luna y las estrellas. La tarea estaba cumplida.

Mientras Tané separaba a su padre Rangi de su madre Papa, Tawhiri había estado conteniéndose. El no quería que los separasen y se puso furioso. Por eso, hostigado por Rangi, también muy contrariado, atacó a sus hermanos. Tawhiri desencadenó la tormenta y los furiosos vendavales, el viento frío, el viento ardiente, la lluvia torrencial y el granizo. El propio Tawhiri arremetió contra Tané, arrasando los bosques y arrancando de cuajo gigantescos árboles que luego acabarían pudriéndose. Después se enfrentó a Tangaroa y provocó una terrible tempestad. Los peces huyeron a esconderse en las profundidades del mar y las serpientes y los lagartos se ocultaron en lo más denso del bosque. Luego le tocó el turno a Rongo y Haumia, los dioses de las batatas y de las raíces de helecho.

Pero Papa, la madre tierra, deseando proteger a sus hijos, los ocultó en un lugar seguro: en su propio seno. Tawhiri decidió entonces batirse con el terrible Tu, el dios de la guerra. Se lanzó sobre él, pero Tu tenía los pies firmemente asentados en el pecho de la Tierra, su madre, lo que le hacía invencible. Tawhiri, agotado, desanimado y sin la ayuda de Rangi, que había dejado de hostigarle, dio a los Vientos la orden de que se calmasen. La paz reinó de nuevo sobre la tierra.

Desde aquel día Rangi, el cielo, permanece separado de Papa, la tierra, pero su amor por ella sigue siendo inmenso. Rangi lloró tanto que sus lágrimas dieron origen a un gigantesco mar que cubrió una gran parte del país. Para que la inundación cesase, los hijos de Papa y Rangi decidieron colocar a la madre dando la espalda al padre, de manera que los esposos no tuvieran que verse constantemente. Desde entonces Rangi llora algo menos. Por la noche sus lágrimas caen en la espalda de Papa, formando el rocío de la mañana. Papa lanza sus suspiros hacia Rangi y por eso la bruma se extiende sobre la tierra.

En aquellos tiempos, Tu, el dios de la guerra, era también hombre; pero sólo en espíritu, puesto que los hombres todavía no existían. Fue Tané el que tuvo el privilegio de crearlos. Tomó la tierra enrojecida por la sangre de Rangi y Papa, aquella que manó cuando Tu intentó separarlos, y formó la figura de una mujer. Para darle vida sopló por los agujeros de su nariz. Así fue como vino al mundo, hecha de tierra, la primera mujer.

La llamó Hiné. Esta se casó con Tané y trajo al mundo una niña llamada Aurora que fue la que dio origen al linaje de los hombres.