El gato persa. Tradición oral

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Cierto mercader de Isfahan, al llegar en una caravana a un oasis, ya entrada la noche, encontró a un grupo de bandidos que golpeaban y robaban a un desconocido.

Después de que hubo dispersado a los rufianes hacia el desierto, el mercader  se volvió para auxiliar al desafortunado desconocido hasta el caravansari ( en oriente es la posada que se destina a la gente que viaja en una caravana), pagó por su cama y su comida   e insistió en acompañarlo hasta que se recuperara.

La noche siguiente, el desconocido -alabado sea el Gran Unico- estaba suficientemente recuperado como para poder sentarse con el mercader junto a una fogata afuera de la tienda.

Más arriba de las palmeras verde oscuro, las estrellas brillaban y resplandecían en la azul medianoche del cielo. El humo de la fogata se elevaba serpenteando suavemente en la fresca brisa formando y volviendo a formar una interminable procesión de cambiantes configuraciones.

Después de un largo silencio, durante el cual ambos miraban con fijeza el fuego, el extranjero tocó al mercader en la manga y dijo:

El mercader contestó:

– He vivido una vida muy buena y felíz con mi familia. He tenido éxito en mi oficio y en este momento no podría desear nada más que estar sentado aquí, en este hermoso y apacible lugar, mirando el fuego, el humo que se arremolina y las estrellas.

El mago afirmó con la cabeza.

– Muy bien. Te haré un regalo con esos mismos elementos para que lo puedas conservar por siempre.

El mago tomó una pequeña lengua de fuego, la luz de dos estrellas distantes, una madeja del rizado humo gris, las amasó y les dió forma en el hueco de sus manos, que se movían con habilidad hasta que surgió de adentro un dulce maullido y un exquisito ronroneo y apareció el más maravilloso gatito que nunca antes se hubiera visto. Tenía pelaje gris humo, espeso y corto, ojos brillantes como estrellas, y la punta de su lengua parecía de fuego. Jugaba y ronroneaba y ondulaba la cola como el humo ascendente.

El mago pidió al mercader:

– Lleva a esta hermosa criatura a tu casa; será un amigo para tu familia y un bello objeto en tu hogar por el resto de tus días.

Y esta es la extraña y maravillosa historia de cómo el gato persa llegó a este mundo.

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Simork. Antiguo cuento de Persia

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Había Uno y no había nadie, salvo Dios nada había, y Él tenía tres hijos: El príncipe Kiumars 1, el príncipe Ŷamshid 2 y el menor, el príncipe Jorshid-Mitra 3, que no tenía madre. Era el favorito del rey porque era el más valiente de todos.

En el jardín del palacio crecía un granado 4 que sólo tenía tres granadas, cuyos granos eran fabulosas gemas que brillaban como faroles en la noche. Cuando las granadas madurasen se convertirían en tres hermosas muchachas que llegarían a ser las esposas de los tres príncipes. Cada noche, por orden del rey, uno de sus hijos custodiaba el árbol, no fuera que alguien robase las granadas. Una noche, estando el príncipe Ŷamshid vigilando el árbol, se quedó dormido y, al día siguiente, una de las granadas había desaparecido. La noche siguiente estuvo de guardia el príncipe Kiumars, pero también se quedó dormido y a la mañana siguiente otra granada había desaparecido. Cuando le llegó el turno al príncipe Jorshid, se hizo un corte en uno de sus dedos y lo restregó con sal, de forma que el escozor le mantuviera despierto. Poco después de la medianoche una nube apareció sobre el árbol y una mano, saliendo de ella, recolectó la última granada. El príncipe Jorshid sacó su espada y le cortó un dedo. La mano y la nube desaparecieron rápidamente.

Por la mañana, cuando el rey vio gotas de sangre en el suelo, ordenó a sus hijos que las siguieran, encontraran al ladrón y recuperaran las granadas robadas. Los tres príncipes siguieron las gotas de sangre cruzando montañas y desiertos hasta que llegaron a un profundo pozo 5 donde terminaba el rastro. El príncipe Ŷamshid se ofreció para que le bajaran al pozo con una cuerda para investigar. No había realizado la mitad del descenso cuando chilló: «Subidme, subidme, me estoy quemando».

Sus hermanos le izaron. Luego el príncipe Kiumars descendió a su vez y pronto le oyeron también gritar que se estaba quemando. Cuando el príncipe Jorshid decidió bajar, dijo a sus hermanos que, por fuerte que gritara, no deberían izarle sino soltar más cuerda; y que luego le esperasen solamente hasta el anochecer. Si por entonces no había dado señales, podrían volver a casa. El príncipe Jorshid entró en el pozo y, a despecho del insoportable calor, descendió todo el trayecto hasta el fondo, y allí encontró a una joven muchacha, hermosa como la Luna llena. En su regazo yacía la cabeza de un div dormido, cuyos estruendosos ronquidos llenaban el aire de calor y de humo. Susurró: «Príncipe Jorshid, ¿qué haces aquí? Si este div se despertara, te mataría seguro, como ya ha matado a muchos otros. Vete mientras aún estás a tiempo». El príncipe Jorshid, que quedó enamorado al primer vistazo, se negó. Le preguntó quién era ella y que hacía allí. «Mis dos hermanas y yo somos cautivas de este div y de sus dos hermanos. Mis hermanas están prisioneras en otros dos pozos donde los divs han escondido riquezas robadas por casi todo el mundo».

El príncipe Jorshid dijo: «Voy a matar al div y liberaros a ti y a tus hermanas. Pero le despertaré primero; no quiero matarle mientras duerme». El príncipe rascó las plantas de los pies del div hasta que éste abrió los ojos y se puso de pie. Rugiendo, el div cogió una piedra de molino y se la tiró al príncipe; pero éste se echó rápidamente a un lado, sacó la espada, e invocando a Dios, partió en dos al div 6. Tras esto fue a los otros dos pozos, acabó con los divs y rescató a las hermanas de su amada. También recogió el tesoro.

Como aún no había oscurecido, sus hermanos estaban todavía esperándole y cuando les llamó empezaron a tirar de la cuerda. La muchacha a quien el príncipe Jorshid amaba quiso que él subiera antes que ella, porque sabía que cuando sus hermanos vieran las joyas se pondrían celosos y no le izarían. Pero el príncipe insistió en que ella subiera primero. Cuando vio que no podría hacerle cambiar de parecer le dijo: «Si tus hermanos no te izan y te dejan aquí, hay dos cosas que debes saber: la primera, es que hay en esta tierra un gallo dorado y una linterna dorada que pueden conducirte hasta mí. El gallo está en un cofre y cuando lo abras cantará para ti. Y cuando cante, brotarán de su pico gemas de todas clases. La linterna dorada es luminosa por sí misma, y su brillo es eterno. La segunda cosa que debes saber es esta: cuando la noche esté más avanzada, vendrán dos bueyes que lucharán entre sí. Uno es negro, el otro blanco. Si saltas sobre el buey blanco te sacará del pozo, pero si, por error, saltas sobre el negro, te llevará siete niveles más abajo».

Como ella había predicho, cuando los príncipes Ŷamshid y Kiumars vieron a las muchachas y los cofres de oro y de plata, se pusieron celosos de los logros de su hermano. Sabedores de que su padre seguramente le daría el reino, cortaron la cuerda y la dejaron caer al fondo del pozo 7. Luego, regresaron a casa y dijeron a su padre que sólo quedaban ellos, que habían rescatado a las muchachas, matado a los divs, y traído todo el tesoro, y que el príncipe Jorshid no había regresado. El príncipe Jorshid tenía el corazón destrozado. Vio a dos bueyes aproximarse y se puso de pie mientras empezaban a pelear. En su excitación saltó sobre la espalda del buey negro y cayó con él siete niveles más abajo 8. Cuando abrió los ojos, se encontró en una verde pradera desde la que se veía una ciudad en la lejanía. Empezó a caminar hacia ella y vio a un campesino arando. Estaba hambriento y sediento, y le pidió pan y agua. El hombre le dijo que tuviera mucho cuidado y que no hablase muy alto, pues había dos leones en las cercanías; si le oían, saldrían y se comerían los bueyes. Luego le propuso: «Hazte cargo del arado y te conseguiré algo para comer».

El príncipe Jorshid empezó a arar, dirigiendo a los bueyes en voz alta. Dos leones rugientes cargaron hacia él, pero el príncipe capturó a los leones, soltó a los bueyes y unció los leones al arado. Cuando el campesino regresó quedó sorprendidísimo. El príncipe Jorshid le dijo: «No temas, los leones son ahora inofensivos y no te herirán ni a ti ni a tus bueyes. Pero si no estás a gusto con ellos, los dejaré ir». Cuando vio que el granjero seguía reacio a aproximarse a los leones, los desató y se fueron por donde habían venido 9.

El hombre había traído comida pero no agua. Explicó: «No hay agua en la ciudad porque un dragón está durmiendo frente a la fuente. Cada sábado se lleva una muchacha a la fuente y así, cuando el dragón se desplaza para devorarla, corre algo de agua por las canalizaciones de la ciudad y la gente puede recoger la sufi ciente para la semana siguiente. Este sábado, la hija del rey va a ser entregada al dragón».

El príncipe Jorshid hizo que el campesino le llevara ante el rey. «¿Cuál será mi recompensa si mato al dragón y salvo la vida de tu hija?». El rey replicó: «Cualquier cosa que desees y que esté en mi mano» 10.

Llegó el sábado y el príncipe fue con la muchacha a la fuente. En el momento en que el dragón se acercó para devorarla, el príncipe Jorshid invocó el nombre de Dios y mató al monstruo. Toda la ciudad celebró con alegría el acontecimiento. El rey preguntó al príncipe Jorshid qué recompensa deseaba, y éste anunció que su único deseo era regresar a su país. El rey dijo: «El único que puede hacerte subir siete niveles es el Simorq. Vive en un bosque cercano. Cada año pone tres huevos y cada año sus polluelos son devorados por una serpiente. Si pudieras matar a la serpiente, seguramente te llevaría a casa».

El príncipe Jorshid fue al bosque y encontró el árbol en el que el Simorq tenía su nido. Mientras estaba mirando, vio una serpiente trepando por el árbol para comerse a los asustados polluelos. Invocando el nombre de Dios, cortó a la serpiente en trocitos y alimentó con algunos de ellos a los hambrientos polluelos que estaban esperando que su madre les trajera comida. Guardó el resto para más tarde y se echó a dormir bajo el árbol. Cuando el Simorq voló sobre el nido y vio al príncipe Jorshid, pensó que era el que todos los años se comía a sus polluelos.

Se preparó para matarle, pero sus polluelos le gritaron que él era quien les había salvado de su enemigo. Al darse cuenta de que el príncipe Jorshid había matado a la serpiente, extendió sus alas sobre su cabeza para darle sombra mientras dormía.

Cuando despertó, el príncipe contó su historia al Simorq y le preguntó si podría ayudarle. El Simorq le dijo que regresara junto al rey y que le pidiera la carne de siete toros. «Haz siete odres con sus pieles y llénalos de agua. Serán mi provisión para el viaje; los necesito para poder llevarte a casa. Cada vez que yo diga, “tengo hambre”, debes darme un pellejo de agua, y cuando diga, “tengo sed”, debes darme uno de los toros». En su camino hacia la superficie el príncipe Jorshid fue haciendo exactamente lo que el Simorq le había pedido, hasta que sólo quedó un pellejo de agua. Entonces, en vez de decir que tenía hambre el Simorq dijo que tenía sed, y el príncipe Jorshid cortó algo de carne de su muslo y la puso en el pico del Simorq. El Simorq se dio cuenta inmediatamente de que era carne humana y la sostuvo cuidadosamente en su pico hasta que llegaron a su destino. Tan pronto como desmontó, el príncipe instó al Simorq a volar de regreso, pero éste, sabiendo que Jorshid tendría que caminar cojeando, se negó y, pegándolo con su saliva, repuso el trozo de carne en su muslo. Habiendo comprobado lo valiente y abnegado que era el príncipe, el Simorq le entregó tres de sus plumas, y le dijo que si en algún momento tuviera necesidad de él, quemara una y que entonces acudiría inmediatamente en su ayuda. Dicho esto, se alejó volando. 11

El príncipe Jorshid, al entrar en la ciudad, se enteró de que iban a celebrarse pronto tres bodas reales: la del príncipe Ŷamshid, la del príncipe Kiumars y, la tercera, la del hijo del visir, porque el hijo más joven del rey, el príncipe Jorshid, nunca había regresado. Un día, fueron unos hombres a la tienda donde el príncipe Jorshid estaba de aprendiz, y contaron que habían estado en todas las joyerías de la ciudad pero que nadie se había comprometido a realizar el encargo del rey. El príncipe Jorshid les preguntó cual era ese encargo y le dijeron: «La muchacha que va a desposarse con el hijo del visir ha antepuesto una condición para el matrimonio. Sólo se casará con aquel que pueda traerle un gallo dorado de cuyo pico broten gemas cuando cante; también quiere una linterna dorada, que sea luminosa por sí misma, y cuyo brillo sea eterno. Pero, hasta ahora, ningún orfebre ha podido fabricar tales cosas». Reconociendo las señales el príncipe Jorshid afirmó: «Con permiso de mi maestro puedo fabricaros para mañana un cofre, con un gallo y una linterna así». Los hombres le dieron las joyas necesarias para fabricar el encargo y se fueron. El príncipe Jorshid se las dio todas a su maestro pues, dijo, no las necesitaba.

Esa noche el príncipe Jorshid salió de la ciudad y quemó una de las plumas. Cuando llegó el Simorq, le pidió que le trajera lo que la muchacha había pedido, y así lo hizo. A la mañana siguiente, los hombres, asombrados, llevaron los preciosos objetos al rey, que convocó enseguida al joven a la corte y fue inmensamente dichoso al descubrir que no era sino su hijo favorito. El príncipe Jorshid contó su historia, pero pidió al rey que no castigase a sus hermanos por el mal que le habían causado. La ciudad entera celebró su regreso y hubo, por supuesto, tres bodas. El rey nombró al príncipe Jorshid-Mitra como su sucesor al trono y todos vivieron felices para siempre.

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