Orisha. Nigeria

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Oshosi u Oshossi (Ochosi) es un Osha del grupo de Orisha Oddé, comúnmente llamados Los Guerreros. Este grupo lo conforman Eleguá, Oggún, Oshosi y Osun. Es uno de los primero Orishas y Osha que recibe cualquier individuo. Orisha cazador por excelencia. Se relaciona con la cárcel, la justicia y con los perseguidos. Es el pensamiento que es capaz de trasladarse a cualquier sitio o a cualquier tiempo y capturar o coger algo. Está simbolizado por las armas a partir del arco y la flecha y está relacionado especialmente con Oggún. Se le considera mago y brujo. Su nombre proviene del Yoruba Osóssí (Osó: brujo Sísé: hacer trabajo Sí: para), literalmente “El que trabaja con brujería”. Fue rey de Ketu. Oshosi vive con Oggun, salvo que se reciba como Orisha Olorí, es decir que se asiente o se separa de Oggun cuando recibe la mano de caracoles y su eleke por Itá. Dueño del monte y de la caza, su otá (piedra) se recoge allí.

El número de Ochosi es el 3 y sus múltiplos. Su color es el azul y sus collares se confeccionan de cuentas azul y coral alternadas o en otros casos de 7 azules y 7 amarillas. En el sincretismo se compara con San Norberto (6 de Junio). Se saluda ¡Oshosi Odde Mata !

Familia de Oshosi.

En Nigeria se le considera hijo de Oduduwa (Oddua). En Cuba a Ochosi lo sitúan como hijo de Obbatala y Yemú o Yembó. Esposo de Oshun con quien tuvo a Logun Ede.

El receptáculo de Oshosi es un freidor, sus atributos son las lanzas, flechas, arcos, trampas, rifle, dos perros de metal, un saco de piel de animal, un sombrero de piel, pólvora, atributos de pesca, trofeos de caza, tarros de venado, un tridente en forma de flecha grande, tres acofá, un espejito, un maja, espada, machete, cuchillo, una paloma, un pájaro, etc.

Ofrendas a Oshosi.

A Ochosi se le ofrenda alpiste, mijo, ñame, aguardiente, anís, tabaco, pájaros cazados, mandioca (yuca) y legumbres. Se le inmolan chivos, gallos, codorniz, pollo, venado, paloma, gallinas de guinea, jutías, etc. Algunos de sus ewes son la caña santa, pata de gallina, adormidera, romerillo, siempreviva, anamú, albahaca, rompesaragüey, atiponlá, peregún, peonía, verdolaga, aguacate, guayaba, Ceiba, álamo, algarrobo, almácigo, maravilla, pendejera, higuereta, galán de noche, ciruela, etc.

Trajes de Oshosi.

Oshosi se viste en una combinación de Elegguá y Oggún. Los colores son lila o púrpura claro. Su gorro y el bolso sobre su hombro están hechos de piel de tigre. Oshosi siempre lleva un arco y una flecha.

Bailes de Oshosi.

Cuando Oshosi baja, la persona baila siempre simulando estar disparando una flecha con un arco.

Coronar Oshosi. Kari-Osha.

Para coronar Oshosi debe haber recibido antes a los Orishas guerreros. Luego durante la coronación se deben recibir los siguientes Oshas y Orishas. Oshosi, Elegguá, Oggún, Obbatalá, Oke, Yemayá, Shangó, Ogué, Oshún y Oyá.

Caminos de Oshosi.

Oshosi Móta.
Oshosi Kayoshosi.
Oshosi Alé.
Oshosi Marundé.
Oshosi Ibualámo.
Oshosi Otín.
Oshosi Onilé.
Oshosi Abedi.
Oshosi Bi.
Oshosi Gurumujo.
Oshosi Odde.
Oshosi Odde mata.
Oshosi Ode Ode.
Oshosi Burú.
Oshosi Belujá.
Oshosi Bomi.
Oshosi Kadina.
Oshosi Biladé.
Oshosi Molé.
Oshosi Tundé.
Oshosi Omialé.
Oshosi Deyí.
Oshosi De.
Oshosi Tofáo.
Oshosi Elefaburú.

Características de los Omo Oshosi.

Los omo Oshosi son inteligentes, rápidos, atentos a cualquier señal, llenos de iniciativa, siempre alertas a cualquier oportunidad, son hospitalarios, protectores y amantes de la familia aunque esta a veces sufra por sus costumbres nómadas, bohemias e inestables.

Patakies de Oshosi.

Oshosi es el mejor de los cazadores y sus flechas no fallan nunca. Sin embargo, en una época nunca podía llegar hasta sus presas porque la espesura del monte se lo impedía. Desesperado fue a ver a Orunmila, quien le aconsejó que hiciera ebbó. Oshosi y Oggún eran enemigos porque Eshu había sembrado cizaña entre ellos, pero Oggún tenia un problema similar. Aunque nadie era capaz de hacer caminos en el monte con más rapidez que él, nunca conseguía matar a sus piezas y se le escapaban. También fue a ver a Orunmila y recibió instrucciones de hacer ebbó. Fue así que ambos rivales fueron al monte a cumplir con lo suyo. Sin darse cuenta, Oshosi dejo caer su ebbó arriba de Oggún, que estaba recostado en un tronco. Tuvieron una discusión fuerte, pero Oshosi se disculpo y se sentaron a conversar y a contarse sus problemas. Mientras hablaban, a lo lejos paso un venado. Rápido como un rayo, Oshosi se incorporo y le tiro una flecha que le atravesó el cuello dejándolo muerto. ”Ya ves”, suspiro Oshosi, ”yo no lo puedo coger”. Entonces Oggún cogió su machete y en menos de lo que canta un gallo abrió un trillo hasta el venado. Muy contentos, llegaron hasta el animal y lo compartieron. Desde ese momento convinieron en que eran necesarios el uno para el otro y que separados no eran nadie, por lo que hicieron un pacto en casa de Orunmila. Es por eso que Oshosi, el cazador, siempre anda con Oggún, el dueño de los hierros.

El caballero pobre. Pushkin

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Era un pobre caballero
silencioso, sencillo,
de rostro severo y pálido,
de alma osada y franca.
Tuvo una visión,
una visión maravillosa
que grabó en su corazón
una impresión profunda.
Desde entonces le ardía el corazón;
apartaba sus ojos de las mujeres,
y ya hasta la tumba
no volvió a hablar a ninguna.
Púsose un rosario al cuello,
como una insignia,
y jamás levantó ante nadie
la visera de acero de su casco.
Lleno de un puro amor,
fiel a su dulce visión, escribió con su sangre
A.M.D. sobre su escudo.
Y en los desiertos de Palestina,
mientras que entre las rocas
los paladines corrían al combate
invocando el nombre de su dama,
él gritaba con exaltación feroz:
Lumen coeli, sancta Rosa!
Y como el rayo, su ímpetu
fulminaba a los musulmanes.
De regreso a su castillo lejano,
vivió severamente como un recluso,
siempre silencioso, siempre triste,
muriendo por fin demente.

Paz Soldán. La nave

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La nave descendía. Me asomé por la ventanilla, observé las rocas blancas y afiladas en la ladera de la montaña contra la que se arracimaba la ciudad, el curso del río seco que era una de sus fronteras naturales. Kondra yacía ahí protegida de vientos feroces como el secador, que aumentaba la temperatura y producía dolores de cabeza, y el aullador, cuyo ruido insistente podía provocar suicidios. Cuántas veces Luk y yo habíamos imaginado que entre esas rocas había cavernas con monstruos harto más feroces que los que veíamos en la ciudad. Nos contábamos historias: algún día destrozarán los templos y las casas, serán los nuevos amos. Nos equivocábamos. La destrucción convivía con nosotros, presta a atacarnos en silencio.

En la base me esperaban oficiales de la Corporación. Me saludaron solemnes, como si se apiadaran de mí. Todos sabían lo que ocurría; ingenuo, yo había querido mantenerlo en privado. Pero nuestro mundo no era tan grande como para permitirnos secretos. Además vivíamos asediados, con el miedo de que nos tocara lo que a otros. Despertábamos y lo primero que hacíamos era buscar un espejo, vernos la cara. Cualquier movimiento raro de nuestros músculos nos impelía a buscar un médico. Una decoloración en la piel que aparecía de pronto era motivo de ansiedad, de insomnio, de sueños con el fin del mundo (hacía tiempo que en nuestra especie se había incubado el mal; nosotros solo éramos testigos del crepúsculo).

Hubiera querido decirles a los oficiales que se reservaran la piedad pero me quedé callado. Subí al jípù, dejamos el helipuerto, capté las noticias en el Qï. Los insurgentes seguían avanzando y habían tomado una fábrica abandonada en las afueras de Megara. Antes de partir un administrador de la Corporación me había implorado que no abandonara el frente ni un minuto, se me necesitaba. Dije que era el día de mi visita mensual a Luk, no podía fallarle. Exageré: se deprimía si no me veía, la rutina era importante para él. Prometía ir temprano y volver por la noche ese mismo día. El administrador me dio el permiso de mala gana y su imagen desapareció de la pantalla. Quizás estaba siendo irresponsable pero lo cierto era que no me sentía imprescindible, al menos no para mis hombres. En cuanto a Luk, debía aceptar que la visita era más importante para mí que para él. No podía decirlo así, era necesaria una razón más fuerte para el permiso. Yo también usaba la piedad, la lástima como argumento; no debía quejarme si ellos hacían lo mismo conmigo.

El sol estallaba en el cielo. Kondra me recibía como la había dejado después de mi última visita, como la recordaba durante mi infancia: un azul sin mácula sobre las colinas en el horizonte, árboles de verde estridente, la brisa que refrescaba la pesadez del calor. No era difícil olvidar la metástasis que aquejaba a la ciudad, al menos durante un tiempo.

Un par de incendios al lado de la carretera camino al monasterio. El que conducía, de rostro afilado y mejillas cubiertas por manchas vinosas, mencionó que eran necesarios para evitar que se propagaran los virus. Los mutantes que vivían en los bosques eran cada vez más audaces e incursionaban en la ciudad en busca de comida.

Son los peores, dijo. De nada sirvió echarlos de Kondra. Había que exterminarlos. Lo único que hicimos fue rodearnos de enemigos

Un escenario de guerra

Siempre ha sido así en el fondo. Vivir aquí es estar en guerra

Los virus ya se propagaron. No sé de qué sirven esos incendios

Las minas radioactivas de Kondra habían convertido a sus habitantes en lo que eran. La Corporación fue ingenua al hacerse cargo de las minas e intentar reactivarlas. Lo que tiene la gente de la zona no es contagioso, decían los encargados de reclutar personal, y ofrecían enormes sueldos para atraer gente. Así llegaron mis padres. Nací al poco tiempo. Todo estaba bien hasta que mi madre se metió con un hombre de la zona. Luk nacería poco después.

El que estaba a mi lado hablaba de los éxitos contra la insurgencia como si no supiera que yo tenía acceso a informes confidenciales que decían que Kondra era una de las ciudades donde el Liquidador tenía más apoyo entre la población. No me extrañaba, Kondra era el lugar más castigado por los abusos de la colonización en Iris. Pensé que debíamos haber intuido el alzamiento antes de que ocurriera. Desde la casona que nos correspondía por el cargo de mi padre, adyacente a la prisión –una casona victoriana en los confines del mundo–, Luk y yo, niños curiosos, veíamos a los prisioneros en el patio, asombrados por sus tatuajes y grilletes. Nos hacían gestos obscenos sin miedo a la retribución; nos odiaban, deseaban nuestra muerte. No era para menos, formábamos parte del ejército de ocupación por más que mi padre fuera un civil; estar a cargo de la prisión lo convertía en enemigo, y a nosotros también por añadidura. Luk se lo decía a mamá, asustado: unos hombres malos me ven y pasan su mano por el cuello. Mamá para entonces dormía sola en una habitación al otro extremo de la que solía compartir con mi padre, y agitaba la cabellera rojiza, entornaba los ojos y respondía que esa no era razón que ameritase hablar con él. Se la podía encontrar tirada en la cama, bebiendo con un aire lánguido, o frente al espejo, en ropa interior, los delicados pies descalzos besando apenas la alfombra, colocándose maquillaje en las mejillas y en los párpados, como preparándose para salir, aunque ni siquiera podía bajar al primer piso. El maquillaje era solo para molestar a papá, que, cuando se emborrachaba, en las fiestas a las que acudían durante sus primeros años en Kondra –yo apenas un bebé, Luk todavía no nacido–, le decía que era una puta, por bailar con otros mientras él monologaba frente a una botella, por vestirse así, tan audaz en los escotes, en los cortes laterales de los vestidos, en los zapatos de tacón alto, por ponerse tanto lápiz labial, tantos brillos en la frente.

Pero si tú me pediste que me vistiera así, decía ella, furiosa. Que me despreocupara de ti, que podía bailar con tus amigos…

Que te dé permiso no significa que lo tengas que hacer

Imaginaba, cuando me contaban estas historias, mucho después de la tragedia, que los dos odiaban Kondra y extrañaban sus días en Perth: vivían en una ciudad de verdad, un círculo social los acogía. Kondra era el desierto, el páramo, aunque su paisaje conmoviera. Pero pagaban bien a papá y eso le impedía dejar el puesto por más que sufriera extrañando su anterior vida. Ese era uno de sus precios, ese era uno de los precios de ambos. Perth no volvería por más que dijeran que sí: ahorraremos durante algunos años y luego dejaremos este hueco inmundo y nos compraremos una casa inmensa allá y los niños podrán ir a un colegio de verdad. Él y ella habían decidido que, pese a todo, era mejor ser parte de la realeza de Kondra que volver a convertirse en una pareja más en una comunidad de afectos ya perdida.

El jípù avanzaba raudo por la carretera. Divisé a los costados algunos kreuks, santones que recibían un llamado y abandonaban todas sus posesiones y escogían un lugar de Kondra donde se sentaban a vivir. La gente se acercaba y les dejaba comida, y ellos a cambio rezaban. Estaban siempre rezando. En alguna ocasión me acerqué a uno de ellos con Luk. Sus ojos no tenían pupilas y asumimos que estaba ciego. Tenía en el cuello un collar con la efigie de un ser de dos cabezas. Es la Jerere, dijo papá cuando se lo contamos. Una Diosa que puede no escuchar tu pedido, tus ruegos. Todo depende de si te ha estado escuchando la cabeza luminosa o la oscura. También castiga a los seres completos y les quita una mano o un brazo o su casa, para que aprendan a vivir como los demás. Pero no a todos les falta una mano, argumenté. No, contestó, pero a todos les falta algo. A nosotros qué nos falta, papá. Nada, rió, por eso vendrá la Jerere esta noche. Luk y yo nos miramos. Nos costaba entender que pudiera existir una Diosa así. Era evidente que sabíamos poco. O nada. Le preguntábamos a mamá si papá estaba en lo cierto, y ella se molestaba porque decía que él no nos podía meter esas ideas en la cabeza. Le hablaré, decía. Pero no lo hacía.

En realidad para mamá ya no había razones que justificasen hablar con mi padre. Papá sospechaba lo que ella había hecho, todos lo sabían, pero lo toleraba. Eso sí, nadie se ponía de acuerdo en el culpable. Unos decían que era un minero o un capataz de las minas; otros, que era un prisionero con cicatrices en las piernas. Historias lascivas acerca de un hombre que no podía satisfacer a su mujer, y de una mujer que armaba orgías en los calabozos de la cárcel, con prisioneros bien dotados, ante la vista y paciencia de los guardias, que esperaban confiados su oportunidad. Historias que provenían de los holopornos que el Gobernador había prohibido en Kondra pero que de todos modos circulaban en copias piratas, clandestinas, o que llegaban al Qï desde cuentas secretas. Historias que me dolían, por más que no creyera en ellas: sabía que partían de una verdad, que tenían que ver con la traición. Papá no se inmutaba ante tanto relato escabroso; seguía fumando koft en su oficina, o mascando kütt mientras revisaba en el Qï el informe diario del comportamiento de los prisioneros. Se atusaba los bigotes blancos, o se miraba las entradas en la frente con el Qï convertido en un espejo, como tratando de ver cuándo pelo había perdido entre el día de ayer y el de hoy, como si eso fuera lo verdaderamente importante. No era normal tanta impasibilidad (o quizás, ahora que lo pensaba, él achacaba la culpa de todo a ese pelo perdido, a esa belleza que se le iba). Algún día sentirás algo así por alguien y me entenderás, dijo cuando se lo reproché. Tenía los ojos desenfocados, supuse que por efecto del koft, o de la bebida, bebía mucho esos días, escondía botellas de alcohol en los armarios, en los escritorios, bajo la cama, al lado de la ducha. Alcohol de quemar, el que les gustaba a los mineros de Kondra. Ojos vidriosos, quise forzar la imagen, producto del llanto, porque no podía saberlo y no llorar, no sufrir. Quizás esa falta de reacción, sin embargo, era una de las formas más atroces de la reacción; el hombre que se quedaba paralizado, catatónico, ante el impacto de una verdad que hubiera preferido no saber. El esfuerzo inmediato por aprender a desoír lo oído, a no enterarse de aquello de que se había enterado. Un esfuerzo que lo llevaba al silencio, a un estado taciturno que requería todo de sí. Con los años se fue olvidando de la traición, o al menos eso parecía desde afuera. Y era tan fácil, ya que no había pruebas concretas, aparentar que no se había informado de nada. De pronto, sin embargo, al final de la adolescencia, algo le comenzó a ocurrir a Luk que confirmó las sospechas de hacía tanto tiempo. Un día papá no pudo más, se puso un riflarpón en la boca –previamente había quitado de él la cuchilla filosa en la punta–, y apretó el gatillo. No quiso ver los cambios de Luk, dijo uno de sus mejores amigos, compadeciéndose; yo tenía la firme creencia de que lo que en verdad le costaba aceptar era la traición de mi madre.

Al final de la carretera, en una colina, asomaba el monasterio. Sus paredes nacían de la roca misma de la colina, como si hubiera sido tallado sobre ella. A la izquierda del edificio, sobre el techo rojo, estaba la espira más alta, que ascendía orgullosa al cielo; en el cuerpo principal a la derecha había cuatro espiras, una en cada esquina, y al medio un desprendimiento que parecía colgar en el aire y era el templo de las penitencias.

Nos detuvimos junto a los muros exteriores. Descendí del jípù. Un monje de ojos huraños al que no conocía se acercó y me pidió la identificación. Se la mostré y me abrió la puerta. Me acompañó por el sendero de tierra, me dejé maravillar por el jardín colorido, de tomacinis y maelaglaias en flor. Una fragancia dulzona me golpeó. Pregunté por mi hermano y el monje actuó como si no me escuchara. Hubo un largo silencio y luego, cuando menos me lo esperaba, habló.

Está peor y lo sabe. No entiendo por qué hace la misma pregunta todas las veces.

La fe hace milagros.

No hable tonterías. Usted no tiene fe.

Pasamos por una sala de techo cóncavo con imágenes de santos y vírgenes de tez muy blanca, casi albinas, y de cuellos y brazos alargados en las paredes. Cuerpos deformes, sin armonía, sin simetría. No disimulé mi mueca de disgusto. Nuestras representaciones cambiaban, nos íbamos volviendo mutantes. Ya estaba bien ver lo que se veía todos los días en Kondra; ¿debía también representarse en el arte?

Salimos al patio. La belleza del paisaje dejó lugar al horror, y me encontré con los defectuosos. Vigilados por un monje, tres de ellos jugaban a un costado lanzándose piedras; uno no tenía nariz, las piernas de otro eran muñones y el tercero tenía el cráneo abierto y se podía ver su masa encefálica. Dos estaban sentados en el suelo; uno alzó la vista y pude ver una verruga peluda que le cubría la mitad del rostro; otro era un enano prognático, de la boca abierta le caía la baba. Más allá un grupo de diez o doce hacía un semicírculo bajo los dictados de un monje. Dos gemelos pegados por la espalda, una niña sin brazos y sin piernas, un hombre con una extremidad ungulada que le salía por la frente, una mujer cubierta de tumores en el pecho. A estas alturas no debía sorprenderme, pero igual sorprendía.

Dónde está.

Señaló a un rincón del patio. Estaba solo, de espaldas a los demás. Luk, susurré cuando me encontré cerca de él. Se dio la vuelta y me miró. Respiré hondo. Sus labios se movían pero no pronunciaba palabra. Las mejillas se habían contraído, con lo que su cara parecía haberse achicado. Los músculos de los brazos y piernas continuaban el proceso de atrofia, el cuerpo se reducía y se envolvía sobre sí mismo. Alargó la mano, gelatinosa, y yo se la di y no pude evitar un estremecimiento.

Su boca hizo ruidos guturales. Me dio la espalda. El monje observaba todo en silencio detrás de mí.

Ya falta poco, Luk. Estarás bien y volveremos a casa.

Estaba cansado de decir las mismas frases cada vez que lo visitaba. Frases que ni siquiera servían de consuelo, porque ya no me entendía.

He estado pensando todo el tiempo en ti. Incluso me soñé contigo. Son días difíciles, pero me ayuda acordarme de ti. Ojalá pronto podamos volver a vivir juntos.

Tuve una visión luminosa de mi hermano. Corríamos por entre los jolis del bosque junto a la prisión, protegidos por la mirada de un guardia al que papá había ordenado que nos acompañara. Luk era más audaz que yo; subía al joli en busca de su fruto pegajoso, se lo untaba en la cara y, manchado de rojo, me animaba a seguirlo. Yo lo miraba desde abajo, medroso. Su pelo rubio brillaba bajo el sol, sus ojos desafiantes escudriñaban el entorno en busca de algo en qué fijarse, una xhuxhe peluda para meterse a la boca, un boxelder inquieto para descabezarlo, un láncè de pico afilado para preguntarse dónde estaba su nido, dónde los huevos. Lo admiraba y quería ser tan libre como él. Estaba subiendo, esforzado, y él ya había saltado y se internaba en el bosque gritando Jerere, Jerere, dónde estás que venimos por ti. Me daba miedo seguirlo y me quedaba paralizado esperándolo. Dejaba que el guardia lo siguiera, sabedor de que le encantaba perderlo. Pero el guardia no quería que papá lo castigara y no lo perdía de vista, aunque se hacía el que sí. Luk nos hacía esperar, y yo temblaba pero confiaba en él. Sabía que volvería. Sí, volvía. Intacto, sonriente, desafiante.

Hubo más ruidos guturales y no pude más. Le dije al monje que había sido suficiente.

Luk ni siquiera me miraba cuando me fui de su lado. Una soledad inmensa me invadió. Me sentí impotente como un insecto atrapado en medio de una telaraña, a la espera de la araña que me devoraría. Quise vengarme, golpear a alguien. Por suerte pronto volvería al frente de batalla y podría desahogarme. Para eso estaba la carrera militar, pensé. Pero la soledad no se iba.

Busqué la salida cabizbajo. Uno de los defectuosos me escupió y no hice caso.

En la sala de techo cóncavo el monje comentó que necesitaban mi donación. Le dije que la recibirían ese mismo día. Luego le pregunté si tenía cara de mutante. Mi pregunta lo tomó por sorpresa.

No la tengo, continué. Usted tampoco. Pero las vírgenes y los santos de estos cuadros no se nos parecen. La piel tan blanca, de albinos. Los brazos y el cuello alargados

Casi nada, eso

Así se comienza. De a poco. La siguiente que venga las caras se deformarán. Los músculos se retorcerán.

Son representaciones artísticas. El director de la orden pidió que fueran más incluyentes. Aquí recibimos a todos por igual.

Hay otros monasterios. Puedo trasladar a mi hermano a uno de ellos.

Veré qué se puede hacer.

Salí al jardín. Me acerqué a los maelaglaias. El olor era dulzón y me saturé pronto de él. Corté una flor. Me la iba a llevar pero luego la tiré al suelo.

Sentí un ligero temblor en las manos. Traté de no asustarme, me convencí de que era una falsa alarma más. Iría donde un kreuk por si acaso, y rogaría que la cara luminosa de la Jerere me estuviera viendo cuando le pidiera protección.

Miré hacia el cielo despejado. Era hora de partir

Benedetti Mario. el otro yo

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Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos a la nariz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando Corriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo.
El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente , se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse incómodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.

Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo que hacer, pero después se rehizo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Este no dijo nada, pero a la mañana siguiente se había suicidado.

Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Armando, pero enseguida pensó que ahora sí podría ser enteramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.

Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió la calle con el propósito de lucir su nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le llenó de felicidad e inmediatamente estalló en risotadas. Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a escuchar que comentaban: “Pobre Armando. Y pensar que parecía tan fuerte y saludable”.

El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo.

Lucía Berlín. Punto de vista

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Imaginemos «Tristeza», el cuento de Chéjov, en primera persona. Un anciano explicándonos que su hijo acaba de morir. Nos sentiríamos turbados, incómodos, incluso aburridos, y reaccionaríamos precisamente como los pasajeros del cochero en el relato. La voz imparcial de Chéjov, sin embargo, imbuye a ese hombre de dignidad. Absorbemos la compasión del autor por él, y nos conmueve en lo más hondo, si no la muerte del hijo, el hecho de que el viejo termine hablando con el caballo.
Creo que en el fondo es porque somos inseguros.
Quiero decir que si les presentara así a la mujer sobre la que estoy escribiendo…
«Soy una mujer de cincuenta y tantos años, soltera. Trabajo en la consulta de un médico. Vuelvo a casa en autobús. Los sábados voy a la lavandería y luego hago la compra en Lucky’s, recojo el Chronicle del domingo y me voy a casa», me dirían: eh, no me agobies.
En cambio, mi historia se abre con: «Cada sábado, después de la lavandería y el supermercado, Henrietta compraba el Chronicle del domingo». Ustedes escucharán todos y cada uno de los detalles compulsivos, obsesivos y aburridos de la vida de esta mujer solo porque está escrita en tercera persona. Caramba, pensarán, si el narrador cree que hay algo en esta patética criatura sobre lo que merezca la pena escribir, será que lo hay. Seguiré leyendo a ver qué pasa.
En realidad no pasa nada. La historia, de hecho, ni siquiera está escrita todavía. Sin embargo, aspiro a que, a fuerza de minuciosidad en el detalle, esta mujer les resulte tan creíble que no puedan evitar compadecerla.
La mayoría de los escritores utilizan accesorios y decorados de su propia vida. Por ejemplo, mi Henrietta toma cada noche una cena frugal en un mantelito, con exquisitos cubiertos macizos italianos de acero inoxidable. Un detalle curioso, que podría parecer contradictorio en esta mujer que recorta los vales de descuento de los rollos de papel de cocina, pero capta la atención del lector. O al menos espero que así sea.
Creo que no daré ninguna explicación en el relato. A mí, sin ir más lejos, me gusta comer con ese tipo de cubiertos elegante. El año pasado encargué un juego para seis comensales del catálogo navideño del Museo de Arte Moderno. Muy caro, cien dólares, pero pensé que merecía la pena. Tengo seis platos y seis sillas. A lo mejor daré una cena en casa, pensé en el momento. Resultó, sin embargo, que eran cien dólares por seis piezas. Dos tenedores, dos cuchillos, dos cucharas. Un juego individual. Me dio vergüenza devolverlos; pensé: bueno, a lo mejor el año que viene encargo otro.
Henrietta come con sus preciosos cubiertos y bebe vino de Calistoga en copa. Toma ensalada en un cuenco de madera y calienta una comida precocinada Lean Cuisine en un plato llano. Mientras cena, lee la sección «Cosas de este mundo», en la que todos los artículos parecen escritos por la misma persona.
Henrietta espera el lunes con impaciencia. Está enamorada del doctor B., el nefrólogo. Muchas enfermeras/secretarias están enamoradas de «sus» doctores. Una especie de síndrome Della Street.
El doctor B. está inspirado en el nefrólogo para el que trabajé durante un tiempo. No estaba enamorada de él, ni mucho menos. A veces bromeaba y decía que teníamos una relación amor-odio. Era un hombre tan detestable que sin duda me recordó cómo degeneran las aventuras amorosas, a veces.
Shirley, mi predecesora, sí que estaba enamorada de él. Me enseñó todos los regalos de cumpleaños que le había hecho. La maceta con la hiedra y la pequeña bicicleta de bronce. El espejo con el koala esmerilado. El estuche estilográfico. Me contó que al doctor le encantaron todos los regalos salvo el sillín de piel de borrego. Se lo tuvo que cambiar por unos guantes de ciclista.
En mi relato el doctor B. se burla de Henrietta cuando le regala el sillín, es sarcástico y cruel con ella, como sin duda podía ser en realidad. Ese sería el punto álgido de la historia, de hecho, cuando Henrietta se da cuenta del desprecio que siente por ella, de qué patético es su amor.
El día que empecé a trabajar allí, encargué camisones de papel. Shirley los utilizaba de algodón: «Cuadros azules para los chicos, flores rosas para las chicas». (La mayoría de nuestros pacientes eran tan viejos que usaban andadores.) Todos los fines de semana, Shirley cargaba con la ropa sucia y se la llevaba a casa en autobús, y no solo lavaba, sino que además la almidonaba y la planchaba. En eso anda ahora mi Henrietta… planchando en domingo, después de limpiar su apartamento.
Por supuesto buena parte de mi relato va de las costumbres de Henrietta. Costumbres. Quizá ni siquiera malas en sí mismas, sino tan arraigadas. Cada sábado, año tras año.
Cada domingo, Henrietta lee las páginas rosas. Primero el horóscopo, siempre en la página 16, como es costumbre de ese periódico. Normalmente los astros le traen a Henrietta noticias picantes. «Luna llena, sexy Escorpio, ¡y ya sabes qué significa! ¡Prepárate para que surja la chispa!».
Los domingos, después de limpiar y planchar, Henrietta prepara algo especial para cenar. Capón al horno. Un salteado instantáneo de Stove Top con salsa de arándanos. Guisantes a la crema. Una chocolatina Forever Yours de postre.
Después de lavar los platos, ve 60 Minutos. No es que le interese especialmente el programa. Le gustan los presentadores y tertulianos. Diana Sawyer, siempre distinguida y guapa, y los hombres, todos tan serios, fiables e implicados en los temas a debate. A Henrietta le gusta cómo mueven la cabeza con gesto taciturno, o sonríen cuando hay una situación divertida. Y sobre todo le gustan los primeros planos de la esfera del reloj. El minutero y el tictac del paso del tiempo.
Luego ve Se ha escrito un crimen, que no le gusta pero es lo único que hay.
Me está costando mucho escribir sobre el domingo. Plasmar la larga sensación de vacío de los domingos. Sin correo, las máquinas cortando el césped a lo lejos, la desesperanza.
O cómo describir que Henrietta se muere de ganas de que sea lunes por la mañana. El clic, clic, clic de los pedales de la bicicleta del doctor y el chasquido de la llave cuando se encierra en el despacho a ponerse su traje azul.
—¿Ha disfrutado del fin de semana? —le pregunta Henrietta.
Él nunca contesta. Nunca dice hola o adiós.
Cuando el doctor se marcha y sale con la bicicleta, ella le aguanta la puerta.
—¡Adiós! ¡Que se divierta! —dice sonriendo.
—¿Que me divierta? Por el amor de Dios, déjese de tonterías.
Aun así, por desagradable que sea con ella, Henrietta cree que existe un vínculo entre los dos. El doctor tiene un pie deforme, una pronunciada cojera, mientras que ella tiene escoliosis, una desviación en la columna. Una joroba, de hecho. Ella es tímida y vergonzosa, pero entiende que él pueda ser tan cáustico. Una vez le dijo que reunía las dos cualidades necesarias en una enfermera… Ser «estúpida y servil».
Después de Se ha escrito un crimen, Henrietta se da un baño, mimándose con perlas perfumadas de aroma floral.
Luego ve las noticias mientras se esparce la crema por la cara y las manos. Ha puesto agua para el té. Le gusta el parte meteorológico. Los pequeños soles sobre Nebraska y Dakota del Norte. Nubes de lluvia sobre Florida y Luisiana.
Se estira en la cama a tomar una infusión relajante. Echa de menos su vieja manta eléctrica con el regulador BAJO-MEDIO-ALTO. La que tiene ahora se anunciaba como la «manta eléctrica inteligente». La manta sabe que no hace frío, así que apenas se calienta. Ojalá se calentara de verdad y la reconfortara. ¡Demasiado lista, la condenada! A Henrietta se le escapa la risa. Suena chocante en el pequeño dormitorio.
Apaga el televisor mientras toma la infusión, escuchando los coches que entran y salen de la gasolinera Arco al otro lado de la calle. De vez en cuando un coche se para con un frenazo junto a la cabina telefónica. Después la puerta se cierra de golpe y el coche arranca y se aleja.
Oye un coche que se acerca despacio hacia los teléfonos. Dentro suena jazz a todo volumen. Henrietta apaga la luz y levanta la persiana junto a su cama, apenas una rendija. La ventana está empañada. En la radio del coche suena Lester Young. El hombre que habla por teléfono sujeta el auricular con la barbilla. Se pasa un pañuelo por la frente. Me apoyo en la repisa fría de la ventana y le observo. Escucho el suave saxo de «Polka Dots and Moonbeams». Escribo una palabra en el vidrio empañado. ¿Qué? ¿Mi nombre? ¿El de un hombre? ¿Henrietta? ¿Amor? Sea cual sea, la borro antes de que nadie la vea.

Ajedrez Chaturanga. Pakistán

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Al noroeste de la India (seguramente en el actual Pakistán o Afganistán había un poderoso Braman llamado Rai Bhalit, tan rico y rodeado de tantos placeres que de ninguno de ellos podía gozar. Ordenó al más inteligente de sus sirvientes, llamado Sisa, que creara un juego capaz de entretenerle. Pasado algún tiempo Sisa presentó a su señor el ajedrez, un juego que emulaba la guerra y que se jugaba en un tablero con sesenta y cuatro casillas, alternativamente blancas y negras dispuestas en ocho filas y ocho columnas. El brahmán quedó tan encantado que le permitió escoger su recompensa. Sisa le dijo: «Señor, soy hombre modesto, y me conformaría con que me paguéis un grano de trigo por el primer cuadrado, dos por el segundo, cuatro en el tercero, ocho en el cuarto, etc.». El brahmán, encantado por la modesta petición de Sisa accedió en seguida, pero su alegría pronto se trocaría en ira cuando se dio cuenta de que ni con todo el trigo de su país alcanzaría a pagar semejante suma. La cifra es

{\displaystyle T_{64}=1+2+4+\cdots +2^{63}=\sum _{i=0}^{63}2^{i}=2^{64}-1}

es decir, 18 446 744 073 709 551 615 (18,4 trillones) de granos de trigo. Ante la imposibilidad de pagar tal suma, el brahmán mandó matarle. En el libro, el hombre que calculaba, no menciona su muerte sino su recompensa haciéndose sabio al servicio del rey. Esta es una de las leyendas más conocidas del ajedrez. Sisa tenía un hijo llamado Shah, y de ahí derivó el nombre de su juego: shak (‘jaque’).

La noche de los feos. Benedetti.

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Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.

Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.

Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos -de la mano o del brazo- tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.

Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.

Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal.

Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.

La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.

La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.

Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.

“¿Qué está pensando?”, pregunté.

Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma.

“Un lugar común”, dijo. “Tal para cual”.

Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo.

“Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?”

“Sí”, dijo, todavía mirándome.

“Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida.”

“Sí.”

Por primera vez no pudo sostener mi mirada.

“Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo.”

“¿Algo cómo qué?”

“Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad.”

Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.

“Prométame no tomarme como un chiflado.”

“Prometo.”

“La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?”

“No.”

“¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?”

Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata.

“Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca.”

Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico.

“Vamos”, dijo.

2

No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse.

Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus manos también me vieron.

En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso.

Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.

Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.

Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.