El Khan y su hijo

Por aquel tiempo reinaba en Crimea el khan Masolaima al-Asvab, el cual tenía un hijo llamado Tolaik Algalla…»
De este modo comenzó a relatar una leyenda antigua -rica en recuerdos como las que suelen transmitirse en aquella península- un tártaro pobre y ciego, que se apoyaba en el pardo tronco de un árbol. Algunos tártaros -con túnicas de color claro y gorras bordadas de oro- estaban sentados en torno al mendigo sobre las blancas piedras, últimos restos del palacio del khan, destruido por el tiempo. El sol iba, lentamente, hacia su ocaso, sus purpúreos rayos despedían chispas de oro a través del follaje que circundaba las ruinas sobre las piedras cubiertas de hiedra y musgo. Susurraba suavemente la brisa entre las sombras de los viejos plátanos, como si recorriesen el aire unos susurrantes arroyos.
La voz del mendigo era apagada y temblorosa. Su faz parecía de piedra y las pupilas de sus inmóviles ojos nada expresaban; su serena inmovilidad armonizaba muy bien con el semblante marmóreo. Una tras otras se iban deslizando las palabras refiriendo hechos, aprendidos de memoria probablemente, al atento auditorio, y rememorando el panorama conmovedor de tiempos ya idos.
«El khan era anciano, pero en su harén tenía numerosas mujeres que lo amaban por su vigor y sus caricias cariñosas y dulces, aunque apasionadas. Las mujeres aman siempre al hombre que es cariñoso, a pesar de que tenga el cabello blanco y el rostro surcado de arrugas. La belleza está en la fuerza y en la nobleza; no en una tez lozana, ni en el sonrosado color de las mejillas -siguió diciendo el ciego.
Todas las mujeres del harén amaban al anciano khan; él, a su vez, las quería a todas, pero, en especial, amaba a una prisionera, hija de un cosaco de las estepas del Dniéper. En el harén había más de trescientas mujeres de diferentes países; todas eran bellas como las flores en primavera; todas consentidas y mimadas. Por orden del khan les solían preparar manjares exquisitos en extraordinaria abundancia y les estaba permitido tocar toda una serie de instrumentos musicales y entregarse al voluptuoso placer de la danza.
El khan, sin embargo, prodigaba más caricias a la prisionera, a la hija del cosaco, su favorita, y con frecuencia solía llevarla a una torre desde cuyos ventanales se dominaba la inmensidad del mar y se podían admirar pintorescos montes y valles. Allí servían de un modo espléndido a la hija del cosaco, dedicándole los máximos cuidados; la colmaban de las mayores delicadezas, la alimentaban con sumo refinamiento y la obsequiaban con bordados de oro, ricas telas, piedras preciosas, aves exóticas y desconocidas, y buena música. Y el khan le prodigaba dulces caricias de enamorado.
Días enteros dedicaba el khan a la joven, descansando en la torre de las agotadoras tareas de la vida, y seguro, además, de que su hijo no comprometería el honor del reino. Algalla recorría como un lobo hambriento las estepas rusas y volvía de éstas trayendo siempre un rico botín y hermosas mujeres. Retornaba glorioso, dejando tras de sí, como prueba de su valor y de su fuerza, cadáveres ensangrentados y pueblos enteros destruidos totalmente.
Una vez, al regresar el hijo del khan de una de sus hazañas, se dispusieron grandes fiestas en su honor. Invitaron a todos los príncipes tártaros y organizaron diversos juegos. Con el fin de demostrar la habilidad en el manejo de las armas, se dispararon flechas a los ojos de los prisioneros. Bebieron mucho por la gloria del valeroso Algalla, terror de los enemigos y defensor del reino. El anciano khan sentíase orgulloso de su hijo. Se deleitaba al verlo tan valiente y al tener la certeza de que, cuando él abandonase el mundo, dejaría a su pueblo en manos seguras.
Complacido y deseando probar a su hijo el afecto que le tenía, cuando estaban en pleno banquete y delante de todos los invitados, alzó la copa y dijo:
-Algalla, eres un buen hijo. ¡Gloria a Alá y bendito sea el nombre de su profeta!
Todos los reunidos, haciendo un estentóreo eco con sus voces, glorificaron el nombre del profeta.
El anciano khan prosiguió:
-Alá es grande. Ha hecho renacer mi juventud en la persona de mi hijo, estando yo aún con vida. Mis ojos de anciano advierten que cuando el sol deje de alumbrar para mí y los gusanos devoren mi corazón, mi vida se prolongará en mi hijo… ¡Alá es grande y Mahoma es su profeta…! Tengo un buen hijo; su mano es segura, valeroso su corazón y grande su inteligencia. Algalla, ¿qué quieres que te regale tu padre? Pídeme lo que quieras y te lo concederé.
Tolaik Algalla se levantó y antes de que se hubiese desvanecido el eco de la voz del anciano, avanzó hacia él -con los ojos fosforescentes como el mar en mitad de la noche y brillantes como los de un águila de las montañas- manifestando:
-Padre y soberano: entrégame la prisionera rusa.
Por un breve instante, el khan guardó silencio. Fue para reprimir el estremecimiento de su corazón. Luego respondió en voz alta y firme:
-Cuando acabe el banquete, será tuya.
El semblante de Algalla se encendió y sus ojos de águila brillaron a causa de la inmensa alegría. Se irguió y dijo al khan:
-Padre, comprendo el valor del obsequio que me has hecho. Lo comprendo perfectamente. Soy tu esclavo; ten mi sangre gota a gota y minuto a minuto. Estoy decidido a morir veinte veces por ti.
-No deseo nada -repuso el anciano, inclinando sobre el pecho su blanca cabeza, coronada por tantos años de victoriosas luchas.
Concluido el banquete, padre e hijo salieron juntos y silenciosos del palacio, y se encaminaron al harén.
La noche era oscura; no se veía la luna ni las estrellas por entre las nubes que cubrían el cielo a manera de ancho tapiz.
El khan y su hijo anduvieron durante un largo rato en silencio y rodeados de la más sombría oscuridad. De repente, el khan rompió el silencio, diciendo:
-Día a día se va extinguiendo mi vida. Cada vez late mi corazón más débilmente y el ardor de mi pecho disminuye poco a poco. El único calor, el único consuelo de mi vida, son las apasionadas caricias de esta mujer. Tolaik, coge cien de mis mujeres, cógelas todas si quieres, pero déjame a la prisionera rusa. ¿Te es verdaderamente indispensable? Dímelo en verdad, hijo mío.
Algalla guardó silencio y lanzó un suspiro.
-¿Qué tiempo de vida me queda? Acaso estén contados los días que he de permanecer en la tierra. Y esa mujer, esa mujer que me conoce, que me ama y que alegra el crepúsculo de mi vida, es el último placer, el último goce de mi vida. Si ella me falta, ¿quién me amará? ¿Qué mujer dará su amor a este pobre viejo? De todas mis mujeres, ninguna desde luego, ¡Algalla!
El hijo de khan continuaba callado.
-¿Cómo podré vivir sabiendo que tú la abrazas? Tolaik, las barreras de la sangre desaparecen ante la mujer; no hay padre, ni hijo, todos sólo somos hombres, hijo mío. Mis últimos días serán muy amargos. Mejor hubiera sido que se abrieran todas mis antiguas heridas, convirtiendo mi cuerpo en una úlcera; que se hubieran enconado, que sangrasen… Sí; mejor hubiera sido todo esto, Tolaik, que sobrevivir esta noche tan horrible para mí…
Tampoco ahora quebró el silencio Algalla. El khan y su hijo llegaron a las puertas del harén. Se detuvieron y permanecieron allí, los dos silenciosos, y con la cabeza inclinada sobre el pecho, durante gran rato. En torno a ellos giraban las espesas sombras de la noche. Sobre sus cabezas cruzaban las nubes por el espacio, y el viento, al azotar las hojas de los árboles, hacía llegar a sus oídos el eco triste de lúgubres canciones.
-Padre, hace ya mucho que la amo -dijo Algalla en voz muy baja.
-Lo sé; mas ella no te ama a ti -respondió el khan.
-Al pensar en ella, se desgarra mi corazón.
-¿Sabes el dolor que tengo en este momento?
De nuevo guardaron silencio ambos. El hijo del khan suspiró.
-Es indudable que el sabio sacerdote ha dicho la verdad; la mujer es siempre perjudicial para el hombre. Si es hermosa, el marido padece los celos del tormento, porque despierta el deseo en los demás hombres; si es fea su esposo sufre al ver la belleza de otras mujeres, y si no es hermosa ni fea, el hombre la embellece con su ilusión. Cuando ésta se desvanece y el hombre comprende que ha vivido engañado, padece por la decepción y por la falta de hermosura de su mujer -dijo por último, Algalla.
-La sabiduría no es un remedio para las penas del alma -balbuceó el khan.
-En tal caso, compadezcámonos uno del otro, padre -respondió Algalla.
El khan levantó la cabeza y miró a su hijo con triste expresión.
-Matémosla -propuso Algalla.
-Te estimas más que a ella o a mí -dijo el anciano serenamente y con aire reflexivo.
Y añadió después:
-No obstante, la amas también.
Se produjo un nuevo silencio.
-Sí, sí, también la amas tú -exclamó el khan, que, por su dolor, parecía haberse convertido en un niño.
-Entonces, ¿qué, la mataremos?
-No te la puedo entregar; me resulta imposible -exclamó el khan.
-Y yo no puedo sufrir más; dámela o arráncame el corazón.
El anciano guardó silencio.
-Arrojémosla al mar desde lo alto de la montaña -propuso otra vez Algalla.
-Arrojémosla al mar desde lo alto de la montaña -repitió el khan como si fuese el eco de su hijo.
Penetraron en el harén, pasaron a la estancia donde dormía la prisionera rusa, tendida sobre un precioso tapiz. Se detuvieron ante la mujer y estuvieron largo rato contemplándola.
Por las mejillas del anciano khan resbalaron gruesas lágrimas que, al deslizarse por la barba plateada brillaron como perlas, mas su hijo, tembloroso a causa de la pasión reprimida, rechinando los dientes y con los ojos despidiendo fulgores despertó con brusquedad a la prisionera. Los ojos de la joven se entreabrieron como dos lirios azules en su sereno semblante rosado. No advirtió la presencia de Algalla, extendió sus brazos hacia el khan, le ofreció sus labios rojos como la flor de un granado y le dijo con suave acento:
-Abrázame, vieja águila.
-Prepárate; tienes que acompañarnos -dijo el anciano en voz baja.
Entonces descubrió la muchacha la presencia del hijo del khan y vio que su vieja águila tenía los ojos humedecidos. Como era inteligente y sagaz, lo comprendió todo.
-Ahora voy; ahora voy. Han decidido que ni de uno ni de otro, ¿no es así? Ésta es la única decisión de los hombres que tienen un corazón firme. Ahora voy -dijo.
Los tres se dirigieron en silencio hacia el mar, por unas estrechas veredas. El viento soplaba con furia.
La joven era delicada y no tardó en cansarse; sin embargo, altanera y orgullosa, no se quejó. El hijo del khan advirtió que la muchacha se iba quedando rezagada y le preguntó con delicado acento:
-¿Tienes miedo?
Los ojos de la prisionera centellearon; miró con desprecio al hijo del khan y, sin decirle ni una palabra, le mostró sus pies ensangrentados.
-Te llevaré -dijo Algalla tendiéndole los brazos.
La muchacha, empero, se abrazó al cuello de su águila. El anciano khan la tomó en sus brazos como si se tratase de una pluma y siguió camino adelante, en tanto que la prisionera apartaba, con gran cuidado, las ramas que hubieran podido molestarle, arañarle el rostro o herirle los ojos. Algalla los seguía por la estrecha senda. Al observar la solicitud de la joven, dijo al khan:
-Déjame ir delante, porque siento deseos de atravesarte con mi puñal.
-Pasa, Algalla. Alá te castigará o te perdonará por esto según sea su voluntad. Yo que soy tu padre, te perdono, pues sé lo que es el amor.
Llegaron al monte; a sus pies se extendía el mar, negro, profundo, inmenso. Las olas entonaban lúgubres cánticos cuando se estrellaban, deshaciéndose, contra las rocas. Aquella escena aterrorizaba el corazón y helaba las entrañas.
-Adiós -dijo el khan, abrazando a la joven.
-Adiós -dijo también Algalla, inclinándose ante ella.
La prisionera contempló un momento el mar, donde las olas cantaban lúgubremente y, retrocediendo, cruzó las manos sobre el pecho y exclamó:
-Échenme al fondo.
El hijo del khan lanzó un profundo gemido y le tendió los brazos, pero el viejo cogió a la muchacha entre los suyos y la abrazó, estrechándola con fuerza contra su pecho. Luego, levantándola por encima de su cabeza, la arrojó desde lo alto de las rocas a las profundidades del mar.
Las olas bramaron de un modo tan salvaje y fúnebre que ninguno de ellos percibió el ruido del cuerpo de la prisionera al caer al agua.
No se oyó ni un grito ni un quejido, ni siquiera un suspiro. El khan se inclinó sobre las rocas y, silencioso, miró hacia el horizonte a través de las tinieblas; en ese punto el mar se confundió con las nubes; las olas chocaban unas contra otras, impulsadas por las ráfagas del viento que también azotaban las barbas del anciano. Algalla, de pie al lado de su padre, ocultaba su rostro entre las manos, silencioso e inmóvil como una estatua.
De este modo permanecieron dos horas. En el espacio seguían cruzando las nubes arrastradas por el viento; eran tan sombrías y lúgubres como los pensamientos del viejo khan, que se encontraba sobre aquella roca que dominaba el mar.
-Vámonos, padre -se atrevió a decir Algalla.
-Aguarda -balbució el khan, que parecía oír algo.
Volvió a pasar mucho tiempo. Las olas seguían bramando y el viento ululaba por entre las rocas y los troncos huecos de los árboles.
-Vamos, padre.
-Aguarda un poco.
Tolaik Algalla repitió varias veces estas dos palabras.
El anciano khan, inmóvil, seguía en el sitio donde acababa de perder la última dicha de su vida. Por último, se puso en pie altivo y frunció el ceño y exclamó:
-Vámonos.
Padre e hijo emprendieron el camino de regreso. Pero, a los pocos pasos, el khan se detuvo y dijo:
-Pero, ¿a qué volver? ¿Adónde ir ahora? ¿Cómo viviré a partir de este momento si esa mujer constituía mi vida? Soy viejo; ninguna mujer me amará ya. El hombre que no es amado, no tiene ningún fin en esta vida.
-Padre, tienes gloria; dispones de riquezas.
-¡Por uno de sus besos lo hubiese dado todo! ¡La gloria y las riquezas! ¡Nada hay en el mundo como el amor de una mujer! ¡El hombre que no tiene el amor de una mujer está muerto; es un mendigo que arrastra una vida triste y mísera! ¡Adiós, Tolaik! ¡Que Alá te bendiga! ¡Que su bendición te acompañe durante toda tu vida!
El anciano khan se volvió en dirección al mar.
-¡Padre! ¡Padre! -exclamó Algalla.
No pudo decirle nada más, pues nada se le puede decir a quien la muerte sonríe.
-¡Déjame!
-Pero Alá…
-Ya lo sabe.
El khan corrió hacia el borde de la roca y se lanzó al abismo. Algalla no lo pudo detener; no tuvo tiempo. Tampoco esta vez se oyó nada; ni un grito, ni un quejido, ni siquiera un suspiro, ni el ruido del cuerpo al caer al agua.
Las olas seguían bramando con fúnebre entonación y el viento seguía entonando sus cánticos salvajes. El hijo del khan permaneció mucho rato mirando al mar. Luego exclamó en voz alta:
-¡Oh, Alá, dame un corazón tan grande y tan firme como el de mi padre!
Algalla se alejó envuelto en las espesas sombras de la noche…»
De este modo murió Masolaima-el-Asvab, khan de Crimea, dejando como heredero a su hijo Tolaik Allgala.

Un cabello blanco en la cabeza del rey jataka

Un cabello blanco en la cabeza del rey jataka

En un pasado muy lejano, la vida de la gente duraba muchísimos más años que en la actualidad. Disfrutaban de una vida de miles de años. En ese tiempo, el gran Ser Iluminado (el Buda, en una vida anterior) nació como hijo primogénito de un Rey y lo llamaron Makadeva. Su infancia se extendía por 84,000 años. Como adulto llegó a ser rey y en el tiempo de esta historia, su reino ya había durado 80,000 años.

Un día, Makadeva dijo al barbero real: “Si encuentras un cabello blanco en mi cabeza, debes informarme enseguida.” Naturalmente, el barbero lo prometió y siempre se fijó cuidadosamente.

Cuando pasaron otros 4,000 años, un día el rey fue a recortarse como de costumbre donde su barbero. Pero, ese día, el barbero descubrió un pequeño cabello blanco en la cabeza del rey. Entonces dijo: “Su Majestad, debo informarle que acabo de encontrar un cabello blanco en su cabeza.” El rey contestó: “Si este es el caso, sácalo y pónmelo en la mano.” El barbero, con la ayuda de su pinza dorada sacó el cabello blanco y lo colocó en la mano del rey.

En ese tiempo, al rey todavía le restaban por lo menos otros 84,000 años para vivir su vejez. Mirando ahora este cabello blanco en su mano, se asustó mucho pensando en la muerte. Inevitablemente debía morir muy pronto y se sentía como alguien atrapado en una casa en llamas. Tenía mucho temor y el sudor frío le corría por la espalda.

Entonces, el Rey Makadeva pensó: ” He desperdiciado toda esta larga vida en cosas futiles y ahora la muerte se está acercando. No he hecho ningún intento para acabar con la codicia, la envidia, el odio y la ignorancia, ni me he interesado en aprender la verdad detrás de las apariencias para adquirir sabiduría.”

Ponderando su situación, su cuerpo se sentía como en medio de llamas y el sudor corría desde la cabeza hasta los pies. Entonces, con gran determinación, el rey decidió renunciar a su reino y ordenarse como monje para practicar la meditación. Con este pensamiento en mente, recompensó al barbero con una gran suma de dinero que le permitía vivir cómodamente durante el resto de su vida.

Luego, el rey llamó a su hijo mayor y dijo: “Mi hijo, estoy llegando a la vejez; ya encontré un cabello blanco. Disfruté los placeres mundanos, las riquezas y el poder ampliamente. Cuando muera quiero renacer en un reino celestial para estar entre los dioses. Por eso he tomado la decisión de renunciar y ordenarme como monje. Ahora te toca ti la responsabilidad de gobernar el país. En adelante viviré la vida de un monje en el bosque.”

Cuando los ministros y el resto de la corte se enteraron de esta decisión, enseguida se presentaron delante del rey y preguntaron: “Majestad, ¿qué le está pasando, por qué quiere de pronto renunciar y ordenarse como monje?”

El rey, con su cabello blanco en la mano, contestó: “Estimados ministros y ayudantes, mi di cuenta que este cabello blanco me enseñó que las tres etapas de la vida – juventud, adultez y vejez – llegan a su final. Este cabello, mensajero de la muerte, se encontró en mi cabeza. Cabellos como estos son como ángeles enviados por el dios de la muerte. Por lo tanto, llegó el tiempo para renunciar y ordenarme como monje.”

Todo el pueblo lloró cuando el Rey Makadeva abandonó de su reino y salió al bosque para aceptar la vida de un monje. En el bosque él practicó los llamados “Cuatro Estados Celestiales de la Mente”, que incluyen la benevolencia amorosa con todos los seres, la compasión hacia todos los que sufren, la alegría por el bienestar de otros y la ecuanimidad en todas las situaciones y dificultades, manteniendo la mente en equilibrio y calma.

Después de 84,000 años de grandes esfuerzos en la meditación, practicando estos estados mentales sublimes y llevando la vida de un monje, el Bodhisattva o gran Ser Iluminado, murió. Renació en un elevado reino celestial donde vivió feliz durante un millón de años.

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La anciana mendiga

En la época de Buda vivió una anciana mendiga llamada
―Confiar en la Alegría‖. Esta mujer observaba cómo reyes,
príncipes y demás personas hacían ofrendas a Buda y sus
discípulos, y nada le habría gustado más que poder hacer ella
lo mismo.
Así pues, salió a mendigar, y después de un día entero sólo
había conseguido una monedita. Fue al vendedor de aceite
para comprarle un poco, pero el hombre le dijo que con tan
poco dinero no podía comprar nada.
Sin embargo, al saber que quería el aceite para ofrecérselo a
Buda, se compadeció de ella y le dio lo que quería
La anciana fue con el aceite al monasterio y allí encendió una
lamparilla, que depositó delante de Buda mientras le
expresaba este deseo:
– No puedo ofrecerte nada más que esta minúscula lámpara.
Pero, por la gracia de esta ofrenda, en el futuro sea yo
bendecida con la lámpara de la sabiduría.
Pueda yo liberar a todos los seres de sus tinieblas. Pueda
purificar todos sus oscurecimientos y conducirlos a la
iluminación‖ A lo largo de la noche se agotó el aceite de
todas las demás lamparillas, pero la de la anciana mendiga
aún seguía ardiendo al amanecer cuando llegó
Maudgalyayana, discípulo de Buda, para retirarlas.
Al ver que aquella todavía estaba encendida, llena de aceite y
con una mecha nueva, pensó: ‖No hay motivo para que esta
lámpara permanezca encendida durante el día‖, y trató de
apagarla de un soplido. Pero la lámpara continuó encendida.
Trató de apagarla con los dedos, pero siguió brillando. Trató
de extinguirla con su túnica, pero aun así siguió ardiendo.
7
Buda, que había estado contemplando la escena, le dijo:
– ¿Quieres apagar esa lámpara, Maudgalyayana? No podrás.
No podrías ni siquiera moverla, y mucho menos apagarla. Si
derramaras toda el agua del océano sobre ella, no se
apagaría. El agua de todos los ríos y lagos del mundo no
bastaría para extinguirla.
– ¿Por qué no?
– Porque esta lámpara fue ofrecida con devoción y con
pureza de mente y corazón. Y esa motivación la ha hecho
enormemente beneficiosa.
Cuando Buda terminó de hablar, la mujer se le acercó, y él
profetizó que en el futuro llegaría a convertirse en un buda
perfecto llamado ―Luz de la lámpara‖. Así pues, es nuestra
motivación, ya sea buena o mala, la que determina el fruto
de nuestros actos. Shantideva dijo:
“Toda la dicha que hay en este mundo,
Toda proviene de desear que los demás sean felices;
Y todo el sufrimiento que hay en este mundo,
Todo proviene de desear ser feliz yo‖
Puesto que la ley del karma es inevitable e infalible, cada
vez que perjudicamos a otros nos perjudicamos directamente
a nosotros mismos, y cada vez que les proporcionamos
felicidad, nos proporcionamos a nosotros mismos felicidad
futura.

Ni tu ni yo somos los mismos. Cuento budista

ni tu ni yo somos los mismos
El Buda fue el hombre más despierto de su época. Nadie
como él comprendió el sufrimiento humano y desarrolló la
benevolencia y la compasión. Entre sus primos, se
encontraba el perverso Devadatta, siempre celoso del
maestro y empeñado en desacreditarlo e incluso dispuesto
amatarlo. Cierto día que el Buda estaba paseando
tranquilamente, Devadatta, a su paso, le arrojó una pesada
roca desde la cima de una colina, con la intención de acabar
con su vida. Sin embargo, la roca sólo cayó al lado del Buda
y Devadatta no pudo conseguir su objetivo. El Buda se dio
cuenta de los sucedido y permaneció impasible, sin perder la
sonrisa de los labios. Días después, el Buda se cruzó con su
primo y lo saludó afectuosamente. Muy sorprendido,
Devadatta preguntó: -¿No estás enfadado, señor?
-No, claro que no. sin salir de su asombro, inquirió:
-¿Por qué? Y el Buda dijo:
-Porque ni tú eres ya el que arrojó la roca, ni yo soy ya el
que estaba allí cuando fue arrojada.

Para el que sabe ver, todo es transitorio; para el que sabe amar todo es perdonable

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El Ki. Cuento budista.

Un Maestro de combate a mano desnuda enseñaba su arte
en una ciudad de provincia. Su reputación era tal en la
región que nadie podía competir con el. Los demás
profesores de artes marciales se encontraban sin discípulos.
Un joven experto que había decidido establecerse y enseñar
en los alrededores quiso ir un día a provocar a este famoso
Maestro con el fin de terminar con su reinado.
El experto se presento en la escuela del Maestro. Un
anciano le abrió la puerta y le pregunto que deseaba. El
joven anunció sin dudar su intención. El anciano,
visiblemente contrariado, le explicó que esa idea era un
suicidio ya que la eficacia del Maestro era temible.
El experto, con el fin de impresionar a este viejo medio
chocho que dudaba de su fuerza, cogió una plancha de
madera que andaba por allí y de un rodillazo la partió en
dos. El anciano permaneció imperturbable. El visitante
insistió de nuevo en combatir con el Maestro, amenazando
con romperlo todo para demostrar su determinación y sus
capacidades. El buen hombre le rogó que esperara un
momento y desapareció. Poco tiempo después volvió con un
enorme trozo de bambú en la mano. Se lo dio al joven y le
dijo:
El Maestro tiene la costumbre de romper con un puñetazo
los bambúes de este grosor. No puedo tomar en serio su
petición si usted no es capaz de hacer lo mismo.
El joven presuntuoso se esforzó en hacer con el bambú lo
mismo que había hecho con la plancha de madera, pero
finalmente renunció, exhausto y con los miembros
doloridos. Dijo que ningún hombre podía romper ese bambú
con la mano desnuda.
El anciano replicó que el Maestro podía hacerlo. Aconsejó al
visitante que abandonara su proyecto hasta el momento que
fuera capaz de hacer lo mismo. Abrumado, el experto juró
volver y superar la prueba.
Durante dos años se entrenó intensivamente rompiendo
bambúes. Sus músculos y su cuerpo se endurecían día a día.
Sus esfuerzos tuvieron sus frutos y un día se presentó de
nuevo en la puerta de la escuela, seguro de sí. Fue recibido
por el mismo anciano. Exigió que le trajeran uno de esos
famosos bambúes de la prueba y no tardo en calarlo entre dos
piedras. Se concentró durante algunos segundos, levanto la
mano y lanzando un terrible grito rompió el bambú. Con una
gran sonrisa de satisfacción en los labios se volvió hacía el
frágil anciano. Este le declaró un poco molesto:
Decididamente soy imperdonable. Creo que he olvidado
precisar un detalle: el Maestro rompe el bambú… sin tocarlo.
El joven, fuera de sí, contestó que no creía en las promesas de este Maestro cuya simple existencia no había podido
verificar. En ese momento, el anciano cogió un bambú y lo
ató a una cuerda que colgaba del techo. Después de haber
respirado profundamente, sin quitar los ojos de bambú, lanzó
un terrible grito que surgió de lo más profundo de su ser, al
mismo tiempo que su mano, igual que un sable, hendió el aire
y se detuvo a 5 centímetros del bambú… que saltó en
pedazos.

Los 53 Sutras de Sidharta Gautama Buda

Los sutras
Los 53 Sutras de Sidharta Gautama Buda
Los Sutras, Dhammapada (Budha)
Los Sutras son frases, afirmaciones esenciales, que llean
implícita o explícita una verdad que debe ser develada a
través de la reflexión. No son frases para recordar, son ideas
y conceptos para desarrollar e internalizar, y adaptar al
comportamiento diario. En su tiempo, 500 A.C, fueron una
herramienta de transmisión de las verdades que los
iluminados deseaban dejar a sus adeptos o descendientes. En esos tiempos no existían ni la imprenta ni los libros, y por lo
tanto todo traspaso de cultura dependía de la trasmisión oral.
Esto exigía que las afirmaciones, los Sutras, fueran cortos,
concisos, y sobretodo genéricos.
Gautama Budha dejó 53 Sutras en su obra Dhammapada, los
que en conjunto constituyen toda su doctrina. Cada Sutra
debe ser cuidadosamente leído y se debe reflexionar sobre su
contenido. Casi todos son crípticos, las verdades contenidas
no están en exhibición, sino que hay que develarlas mediante
su profunda comprensión.
Sutra 1: Él observa; tiene claridad.
El necio duerme como si ya estuviera muerto, pero el
maestro está despierto y vive para siempre. Él observa.
Tiene claridad. (Budha).
Todo está a nuestra vista o dentro de nuestro corazón; lo
único que necesitamos es aprender a observar. Al observar,
surge la claridad porque te vuelves más delicado, más
concentrado, más enfocado. Sé sabio y observa, no hables,
sólo observa y aprende.
Sutra 2: Veloz como una carrera hípica.
Atento entre los despreocupados, despierto mientras otros
duermen, veloz como una carrera hípica, deja a sus
competidores atrás. (Budha).
Un iluminado vive la realidad tal como es en su esencia, los
demás sueñan. Aunque duerma, está despierto, alerta,
atento. La llama es eterna en su interior. A medida que vas
transitando el camino, verás que va haciendo en carne en ti
este precepto y mirarás la realidad tal cual es y no en lo que
parece. Te convertirás en un ser más objetivo, para ti y los
que te rodean. Y sacarás ventaja de esta transformación en
tu vida diaria.
Sutra 3: Pensamientos descarriados.
Así como el arquero talla y pone sus flechas rectas, el
maestro dirige sus pensamientos descarriados. (Budha).
¿Quién gobierna tu vida, tú o tus sueños? Los sueños son
deseos expresados en lenguaje humano, pero no existen en la
realidad. Si no te dominas, si no dominas tus propios
pensamientos, ¿a quién pretendes dominar entonces? Debes
aprender a soñar para poder delinear el futuro y vivir la vida
tuya propia, pero nunca olvidar que los sueños, sueños son.
Nada más. Es la realidad presente la que nos condiciona y la
que vivimos.
Sutra 4: Sólo el amor disipa el odio.
En este mundo el odio nunca ha disipado al odio. Sólo el
amor disipa al odio. Esta es la ley, ancestral e inagotable.
(Budha).
La luz disipa la oscuridad, y la oscuridad es el odio. ¿Cómo
ganar la luz? A través de la meditación. Deja tu mente en
blanco, desapégate de los resultados que generan odio. Gana
el silencio, así entrará la luz en tí y el odio te será indiferente.
Estamos muy acostumbrados a odiar en nuestra vida, y eso
sólo refleja nuestra insatisfacción por haber firmado un
contrato que después de los años reconocemos lesivo: el
contrato del Ego, del condicionamiento, del sometimiento a
las normas de otros. Vaciemos la mente, busquemos el origen
de nuestro odio, y encontraremos la paz. La gran sorpresa
será descubrir que no odiamos a los demás sino a nosotros
mismos.
Sutra 5: ¿Cómo puedes pelearte?
Tú también pasarás a mejor vida. ¿Cómo puedes pelearte?
(Budha).
La vida es muy corta como para gastarla inútilmente
peleando. Mejor usa tu tiempo y tu energía en meditar para
ganar la felicidad. Transfórmate en luz entrando en el
silencio de la mente. En la muerte todos nos nivelamos; ¿a
qué pelear entonces? ¿Qué ganamos con desperdiciar de
este modo nuestras energías?
Sutra 6: Más allá de juicios
Una mente más allá de los juicios observa y comprende.
(Budha).
No entres en consideraciones de qué esta bien y qué esta
mal, porque si lo analizas estarás dividido. te convertirás en
un hipócrita. Elije una actitud de atención consciente,
simplemente observa ambas opciones pero no elijas.
Simplemente observa.
Sutra 7: Sin duda necio
El necio que reconoce serlo es muy sabio. El necio que se
cree un sabio es sin duda un necio. (Budha).
Al necio sólo le interesa una cosa: su ego. A menos que
tengas algo que puedas llevarte más allá de la muerte, no
tienes nada en absoluto; tus manos están vacías.
Sutra 8: Ni elogios ni culpas
El viento no puede agitar una montana. El elogio ni la culpa
mueven al hombre sabio. (Budha).
Ser sabio no consiste en tener conocimientos. Ser sabio
significa realizar algo con tu consciencia. La sabiduría es
experiencia, no creencia. Es una experiencia existencia, no
una referencia. La creencia es una proyección de la mente
tramposa; te da la sensación de saber, sin saber.
Sutra 9: Intacto. Desapegado…
Felicidad o tristeza; cualquiera que te acontezca, sigue tu
camino intacto, desapegado. (Budha).
Observa la vida como si le estuviera sucediendo a otra
persona. El sabio muere y sigue observando su cuerpo
muerto; si puedes hacerlo, has ido más allá de la muerte.
Sutra 10: En un bosque vacío
Aún estando en un bosque vacío él encuentra disfrute porque
no desea nada. (Budha).
Debes perseguir la libertad, ese estado de conciencia libre de
todo deseo, no encadenado a ningún deseo, no presa de
ninguna avaricia. Debes llegar al estado de no-mente, esa
vaciedad positiva, libre, espaciosa, ilimitada. Si llegas a ella,
disfrutarás. Vaciar tu mente es equivalente a ir vaciando una
habitación: mientras más muebles saques, más espaciosa te
parecerá
Sutra 11: Palabras huecas
Mejor que mil palabras huecas es una palabra que aporta
paz. (Budha).
Debes luchar en contra de tu mente; está más interesada en
el conocimiento que en la sabiduría. El amor y todo lo bello
no necesita información, necesita observación y consciencia.
Sutra 12: Conquístate a ti mismo
Es mejor la conquista de uno mismo que ganar mil batallas.
Así, la victoria será tuya. Ángeles ni demonios, cielo ni
infierno te la pueden arrebatar. (Budha).
Alejandro Magno pidió que en su féretro lo llevaran con las
manos colgando a la vista de todos. Es porque quiero que
todos vean que me voy tal como llegué: con las manos
vacías.
Sutra 13: Presto para hacer el bien
Sé diligente para hacer el bien. Si eres lento, la mente,
deleitándose con su maldad, te atrapará. (Budha).
La mente tiene miedo de hacer el bien, porque el bien sólo
puede hacerse en estado de carencia de ego. El bien es una
consecuencia del estado de No-mente.
Sutra 14: Todos aman la vida
Todos los seres tiemblan ante la violencia. Todos temen la
muerte. Todos aman la vida. (Budha).
La violencia no es natural, por lo tanto no hay que
practicarla. La muerte forma parte de lo desconocido, por
eso es temida. La vida es amada, por lo tanto glorifícala.
Sutra 15: Arde y sé veloz
Como un noble caballo rápido bajo el látigo, arde y sé veloz.
(Budha).
Sé como un caballo noble: despierto, atento, observador. La
llama de la verdad está dentro de tí, búscala y encuéntrala,
así como el caballo noble encuentra el camino.
Sutra 16: El hombre ignorante
El hombre ignorante es un buey. Crece en tamano, no en
sabiduría. (Budha).
El conocimiento es una cosa que te prestan los demás, la
sabiduría se desarrolla en tí. La sabiduría es interior, el
conocimiento exterior.
Sutra 17: Enderézate
Para enderezar lo torcido primero debes hacer algo más difícil:
enderézate a ti mismo. (Budha).
Es muy difícil ver las faltas propias, porque nunca te miras a ti
mismo; estás constantemente en lo externo mirando a los demás.
Sutra 18: Tú eres el origen,
La maldad es tuya, el pesar es tuyo. Mas la virtud y la pureza
también son tuyas. Tú eres el origen de toda pureza y de toda
impureza. (Budha).
Si para tí eres una flor, tu fragancia tendrá que liberarse; les
llegará a los demás. Si para tí eres una espina, cómo puedes ser
una flor para los demás?
Sutra 19: Fuera de la ley.
No vivas en la distracción y los falsos sueños del mundo, fuera
de la ley. (Budha).
Vive en el mundo, pero no a través de la mente. No permitas que
el pasado o el futuro se interpongan entre tú y la realidad.
Sutra 20: La simple enseñanza.
Gobiérnate a ti mismo según la ley. Esta es la simple enseñanza
de los que están despiertos. (Budha).
El río ya se encuentra fluyendo hacia el océano; simplemente
déjate fluir con él. Tampoco necesitas nadar; déjate flotar y
llegarás al océano.
Sutra 21: Gozosamente
Aquel que desea despertar realiza sus deseos gozosamente.
(Budha).
En la terminología de Buda, deseo es mente. Si despiertas
mediante la meditación (es decir, el encontrarse a si mismo)
podrás vivir el presente, el aquí y ahora, a plenitud, escapando del
futuro inexistente. El futuro es una trampa de la mente. Pensar en
el futuro nos hace evadirnos de la realidad.
Sutra 22: Entre los preocupados
Vive en el gozo, en paz, aún entre los preocupados. (Budha).
Tu no puedes cambiar al mundo, por lo tanto no te empeñes en
hacerlo. Vive tu vida propia, no la de los demás. Preocúpate de tu
verdadera riqueza, la del espíritu.
Sutra 23: Libertad,
Libérate de los apegos. (Budha).
Si no te aferras a nada, ¿cómo puedes ser infeliz? No te aferres a
las cosas o a las personas porque ellas cambian, y muchas veces
lo hacen en direcciones distintas a las que esperabas. Entrega
amor por el amor mismo, por lo que te beneficia a tí, no por la
recompensa que pudiera traer esa entrega. No te apegues a nada,
ni tampoco te conviertas en un vagabundo; simplemente, vive tu
propia vida. Se sabio en tu vivir.
Sutra 24: Superación.
Con amabilidad supera la ira. Con generosidad supera la
mezquindad. Con la verdad supera la decepción. (Budha).
Transforma lo negativo en positivo. La sociedad te prepara para
lo negativo, te reprime, te empuja por los caminos de la
represión. Una persona inteligente no le sirve a la sociedad, ya
que lo que necesita son personas obedientes, no inteligentes. Vive
tu vida inteligentemente.
Sutra 25: Más allá de la pena.
Los sabios no dañan a nadie, son maestros de sus cuerpos y se
dirigen al país sin límites, van más allá de la pena. (Budha).
Sabio no es el que sabe mucho sino el que comprende mucho. No
es el instruido sino el consciente. Transfórmate en sabio. Cuando
vivas tu vida, usa la sabiduría no la erudición. Que sea el corazón
el que te guíe, no la mente.
Sutra 26: La hoja amarilla
Eres como la hoja amarilla. Los mensajeros de la muerte están
cerca. Vas a realizar un largo viaje. ¿Qué llevarás contigo?
(Budha).
En la terminología de Buda, la hoja amarilla representa la
muerte. Las únicas cosas importantes de la vida son el
nacimiento y la muerte. El primero ya pasó, así que ¿para qué
pensar en eso? La muerte está por llegar, en cualquier
momento. No avisa. ¿Qué has hecho entre esos dos
acontecimientos? ¿Perdiste el tiempo cabalgando en el ego y
cayendo en las trampas de la mente? ¿Te has preparado para el
acontecimiento más importante de tu vida, el único que es
tuyo propio, el único que vas a interpretar tal cual tú eres?
Sutra 27: Viaja en solitario
El no se entretiene con aquellos que tienen un hogar ni
tampoco con los descarriados. No queriendo nada, viaja en
solitario. (Budha).
La vida es insegura por naturaleza propia, por lo tanto es de
simple lógica: aquellos que quieren estar más vivos, tienen
que vivir en la inseguridad. Cuanto mayor sea tu inseguridad,
mayor será tu vitalidad; cuanto mayor sea la falacia que
conocemos como seguridad, menor será tu vitalidad. Y para
vivir la inseguridad y dominarla hay que vivir en la soledad;
hay que aprender a vivir con uno mismo.
Sutra 28: Haz tu trabajo,
Vive en el amor. Haz tu trabajo. Pon fin a tus pesares.
(Budha).
El universo te creó para que seas creador. Te asignó la tarea de
ser y hacer cada vez mejor.
Ese es tu trabajo, y a tí te corresponde elegirlo: pintarás,
levantarás casas y puentes, dirigirás legiones, tú debes
elegir lo que seas tu mismo. Pero nada se logra si esa
elección no se hace en un ambiente de amor, de negación
del ego. Debes hacer tu trabajo en la soledad, rodeado de la
belleza del silencio, sin pesares ni sufrimientos.
Sutra 29: No está en el cielo.
El camino no está en el cielo. El camino está en el corazón.
(Budha).
No busques fuera de tí. No sigas a los que dicen ser el
camino. Sigue tu propia consciencia, busca tu propio Yo, y
se tu mismo. Todo va y todo viene, todo llega y todo pasa.
La vida es un flujo siempre cambiante; la consciencia es lo
único inamovible, eterno. Busca tu propia consciencia y
ganarás la libertad. Todo está dentro de tí.
Sutra 30: Despierto para siempre.
Todo surge y desaparece. Pero quien despierta, lo hace para
siempre. (Budha).
Tienes 2 maneras de vivir: cayendo o creciendo. Caer es
fácil porque te ayuda la gravedad, la sociedad, la multitud,
los que te acondicionan. Para caer basta con dejarse estar,
dejarse dirigir, ser obediente. Pero crecer es dificil. Para
crecer hay que desobedecer, hay que vencer el ego, vencerse
a uno mismo, evolucionar. Hay que ser un solitario, un
individualista. El ser humano es el único que desarrolló una
consciencia; todos la tenemos pero pocos la buscan y
encuentran. Si emprendes el camino y logras conocerte y
vivir tu propia vida, vivirás para siempre.
Sutra 31: El camino de la ley
Si determinas tu rumbo por la fuerza o con prisa, te pierdes el
camino de la ley. (Budha).
La fuerza o la prisa están marcadas por el Ego. Siempre quiere
salir con la suya; quiere dominar. Y al hacerlo, nos domina a
nosotros. Si nos dejamos llevar por el Ego, entonces no
podremos vivir en forma relajada, no podremos vivir
existencialmente. El Ego ahoga nuestra capacidad de sentir, de
ser conscientes, y si lo aceptamos y no luchamos contra él, no
podremos vivir la belleza que la existencia nos tiene preparada.
No podremos disfrutar ni de la belleza ni del amor ni de nada
que signifique bendición en nuestra vida.
Sutra 32: Sin apresuramiento
Tranquilamente considera qué está bien y qué está mal.
Aceptando todas las opiniones por igual, sin apresuramiento,
sabiamente, observa la ley. (Budha).
No pienses, no juzgues, observa el devenir de tu vida y lo que
la afecta. Se un testigo, aunque seas participante. No tomes
causa ni partido. No adoptes prejuicios. La vida es lo que es y
debes aceptarla. Luchar contra lo que te incomoda significaría
que el Ego está triunfando, y si te dejas llevar perderás la
consciencia de tu existencia.
Sutra 33: Amoroso y sin miedo
Permanece en silencio, amoroso y sin miedo. (Budha).
El silencio es el alimento de la soledad, y es el que debes
comer. La soledad es tu compañera, regocíjate con ella. No
tengas miedo porque el miedo viene del Ego y se origina en
una mala interpretación de la muerte. Debes ser solo y vivir tu
vida silencioso, y lleno de amor. En la medida que el amor te
colme, perderás el miedo porque anularás el Ego.
Sutra 34: Silencio
El silencio no puede hacer de un necio un maestro. (Budha).
Aunque debes permanecer en silencio, no es el silencio el
que te dará sabiduría sino la consciencia. El silencio
solamente te permitirá observar mejor, ser un mejor testigo.
Pero no te dará conocimiento.
Sólo el advenimiento a niveles superiores de consciencia te
hará un Maestro y enriquecerá tu vida.
Sutra 35: Grato ser libre
Mira hacia adentro: como asciende y desciende. Que
felicidad! Que grato ser libre! (Budha).
La libertad viene mediante la Meditación. Al meditar
desciendes a las profundidades de tu Yo, y desde ahí vuelves
con un nivel más alto de consciencia.
Meditando te vas haciendo libre. Mientras más Medites, más
grata será tu vida y más disfrutarás de tu libertad.
Sutra 36: El camino resplandeciente
Todo surge y desaparece. Una vez comprendes esto, estás
por encima de la pena. Es el camino del resplandor. (Budha).
Todo es cambio.
La vida es cambio. Todo surge, se desarrolla, y desaparece.
Todo tiene su propio camino, su propia manera de ser.
Por lo tanto, no te alteres ni preocupes porque lo que ahora
te acongoja mañana te hará feliz; y lo que hoy te da felicidad
mañana será tu fuente de tristeza.
Vive como un espectador, no como un participante.
Sutra 37: El camino de la luminosidad
La existencia es tristeza. Compréndelo y ve más allá de la
aflicción. Ese es el camino de la luminosidad. (Budha).
Al existir quieres tener. El apego nace del solo hecho de
existir. Y el apego trae tristeza porque es pasajero. Toma las
cosas, las personas, vive las circunstancias, pero no te
apegues a ellas. Sólo disfrútalas. Simplemente vive.
Sutra 38: Palabras
Controla tus palabras. (Budha).
La mente está llena de palabras, las más de las veces
innecesarias. Acostúmbrate a pensar lo necesario y a hablar
lo mínimo. Se concreto. Se telegráfico. Habla lo necesario,
lo que tenga sentido. Recuerda siempre que las palabras
tienen poder y que ese poder puede volverse en contra tuya.
Sutra 39: Pensamientos
Controla tus pensamientos. (Budha).
Los pensamientos están en tu mente, y son un caos. Van y
vienen sin ningún sentido. Inventas cosas o las interpretas y
tus pensamientos vuelan solos. Tus pensamientos son tus
carceleros. Piensa solamente cuando quieras hacerlo.
Aprende a conectarte y a desconectarte. La Meditación
consiste en aprender a desconectarte y a dejar tu mente en
vacío, sin pensamientos.
Sutra 40: Aturdido y distraído
La muerte sorprende al hombre que aturdido y distraído por
el mundo, sólo se preocupa de su rebano y sus hijos. La
muerte lo atrapa como una riada que arrasa una aldea
dormida (Budha).
Vivimos rodeados de cosas pequeñas, de pequeños logros
alimentados por el Ego. Generalmente no vivimos, sólo
respiramos. Debemos vivir en alerta y preocupados por lo
importante. Debemos conocer qué es lo que quiere nuestro Ser
y hacia allá dirigirnos. Si no, cuando llegue la muerte y
miremos hacia atrás, veremos la nada: nada hemos hecho en
esta vida, y todo aquello que nos enorgulleció, no lo podemos
llevar. No ha servido de nada el vivir.
Sutra 41: Atado para siempre
Si eres feliz a expensas de la felicidad de otro, estás atado para
siempre (Budha).
La felicidad a costa de otro no es felicidad, es posesión. Todo lo
que poseas aquí, es a expensas de otro, y por lo tanto es una
posesión manchada. Para ser feliz debes saber disfrutar, y el
verdadero disfrute se da en la libertad y en la inseguridad, de
uno mismo, no de otra persona. Desapégate, piensa y vive sólo
en la acción, no en el resultado.
Sutra 42: Largo es el camino
Y que largo es el camino para el viajero, errando a través de
tantas vidas! Permítele descansar, no dejes que sufra, no lo
dejes caer en el sufrimiento. (Budha).
Vives tantas vidas y todas al mismo tiempo… con seguridad
debes estar cansado. Si vivir la propia cansa, imagina cómo
cansará vivir las vidas ajenas. Descansa, que la felicidad nace
en un corazón descansado.
Sutra 43: Siéntate. Descansa. Trabaja.
Zazen significa estar sentado, sin hacer nada. (Budha).
Deja que estas tres palabras se sumerjan en tu corazón y
permitan que sigas adelante. Estás detrás de un paraíso; lo
encontrarás sentado, relajado, y trabajando en tu propio yo.
Sutra 44: Polvo en el camino
Haz lo que tengas que hacer resueltamente, con todo tu
corazón. El viajero que duda, únicamente levanta polvo en
el camino. (Budha).
Sólo existe una manera de avanzar, y es con el corazón. Con
la mente no puedes hacerlo porque son muchas, y es mucha
carga.
Para avanzar es sin dudas, y la duda habita en la mente, no
en el corazón. La duda te mantiene fragmentado; sólo el
corazón te une.
Sutra 45: Sosiégate
Si no puedes sosegarte, qué podrás aprender jamás? Cómo
llegarás a ser libre? (Budha).
Afronta tú solo tu vida y tu realidad, y hazlo en paz contigo
mismo y con los demás, con tu pasado.
Debes buscar y lograr la paz si quieres caminar. El que
pretende avanzar por caminos pedregosos, por precipicios, y
lo hace inquieto, se desbarranca.
Lo pierde todo. Si no tienes paz, cómo esperas ser libre?
Sutra 46: El camino verdadero
Observa lo que es. Observa lo que no es. Sigues el camino
verdadero. (Budha).
Caminar por el camino de las interpretaciones y los decires
es caminar por un camino falso, que te lleva adonde los
otros quieren que llegues, no donde quieres ir tú.
Para seguir el camino correcto debes identificar la realidad
tal cual es, no la que aparece tras cristales.
La realidad es lo que es, no lo que parece. Ese es el camino.
Sutra 47: Vivir arduamente
Es dulce vivir arduamente y ser dueño de ti mismo. (Budha).
Subirías al Everest en helicóptero? Sería más fácil pero no más
placentero. La vida hay que vivirla, no mirarla. Y eso sólo lo
hacen los que viven vidas propias, no vidas ajenas.
Sutra 48: la sabiduría es dulce
La sabiduría es dulce y también la libertad. (Budha).
No gastes tu tiempo en cosas que son innecesarias. Piensa en lo
esencial, en lo intrínseca y no te inquietes por lo accidental.
Ganas algo con gastar tu tiempo en pensar si hay o no Dios?
Infierno? Cielo? El pensar en eso sólo te quita tu libertad, te
empuja hacia la fe, y no te da nada a cambio. Se libre y piensa
en lo de verdad necesario.
Sutra 49: Sé libre
Sé un Maestro en todo lo que haces, lo que dices, lo que piensas
Sé libre. (Budha).
Si haces, dices o piensas lo de otro, para qué sirves entonces?
Acaso viniste a este mundo para ser un esclavo? Un simple
repetidor? Para eso ya se inventaron los loros. Tú eres único y
especial, pero si solamente repites… dónde está esa unicidad?
Qué es lo especial en tí?
Sutra 50: Abandona tus pesares
Oh esclavo del deseo, flota con la corriente. Pequeña araña,
pégate a tu tela. O si no, abandona tus pesares en el camino.
(Budha).
Puedes abandonarlo todo, riquezas, familia, amores, pero no
puedes abandonar tus pesares, tus penas. Ya las llevas dentro de
tí, forman parte de tí. Al final, tú eres tus penas. Te has
preguntado para qué? Acaso te gusta sufrir? Viniste aquí a sufrir
o a ser feliz? Así como te apegas a tus penas, por qué no te
apegas a tu felicidad?
Sutra 51: Para no perturbar tu sosiego
Para no perturbar tu sosiego, no rechaces lo que te dan, ni
tiendas la mano para tomar lo que dan a otros. (Budha).
Crees que el mundo te debe algo, pero no te debe nada. Todo lo
que has hecho lo has hecho por tí, no por los demás. Crees que te
has matado por tus hijos, por la patria, por tu Dios, pero en
realidad lo has hecho por tu Ego y por tu ignorancia. Nadie te
pidió nada. Date cuenta de esto y no dejes que el no recibir
aplausos ni agradecimientos te perturbe. Simplemente, todo está
en la normalidad de la vida.
Sutra 52: Observa
Aquieta tu mente. Reflexiona. Observa. (Budha).
Lee estos Sutras y reflexiona. Mil flores se abrirán a tu paso:
libertad, dicha, verdad, sabiduría, inocencia, pureza. Verás que la
primavera serás tú. Mira tu vida desde afuera, como observador,
no como protagonista. Estate quieto, y sé testigo. Sólo testigo,
sólo un testigo consciente, que todo lo demás te llegará por la
acción del Universo.
Sutra 53: Sammasati, descubrir al Buda
Todo lo significativo está contenido en una sola palabra:
Sammasati. (Budha).
Buda no es un Dios, ni pretende ser su hijo. Es sólo un hombre
que anduvo un camino y nos legó el plano para que lo
recorramos nosotros. No ha habido un solo Buda, han habido
miles, muchos de ellos desconocidos para el mundo. Cualquiera
que haya despertado merece ser llamado Buda. Cualquiera que
haya descubierto su propia vida y la haya seguido, que haya
renunciado a ser un obediente, que haya anulado a su Ego, en un
elegido a ser un Buda. Pero nadie lo eligió: él se eligió a si
mismo. Eso es Sammasati, es elegir, caminar, y llegar.

En el techo del mundo. Tibet

“En el Techo del Mundo, o sea en el Tíbet, un peregrino, con
motivo de una larga peregrinación a uno de los santuarios
más sagrados, encontró tres cráneos.
La noticia se extendió por todas partes y llegó hasta el rey.
Los tres cráneos se habían encontrado juntos y nadie sabía de
su procedencia. El rey sintió gran curiosidad por el suceso y
ordenó que le trajeran los cráneos. Los colocó ante sí, los
observó y se preguntó: «¿A quiénes pertenecerían estos
cráneos? ¿Qué clase de personas serían sus propietarios?» Y
quedó pensativo y se dijo: « Me gustaría saber cual de las tres
personas era la más bondadosa».
El monarca era un hombre joven, que valoraba la
benevolencia en los seres humanos. Aquellos cráneos le
intrigaban. ¿Cómo investigar algo sobre ellos? Entonces le
hablaron de un lama médico forense.
Hacedle venir ordenó el rey. Quiero ver a ese lama médico lo
antes posible.
Unos días después, procedente de su monasterio en remotas
tierras del País de las Nieves, llegó el lama médico.
Tengo conocimiento de que eres no sólo un piadoso lama,
sino un gran forense. No te voy a entregar una tarea fácil,
pero confío en ti. Mira estos tres cráneos. Los encontró un
peregrino en una de sus peregrinaciones.
Estaban juntos y yo no he podido dejar de preguntarme cuál
de ellos pertenecía a la mejor persona entre las tres.
¿Podrás averiguarlo?
Necesito unos días, majestad dijo el lama serenamente.
En ese tiempo espero poder traeros una respuesta que os
satisfaga.
También yo lo espero concluyó el rey.
100
El lama médico se llevó los cráneos con él. Durante unos días
se encerró en la celda de un monasterio a investigar
minuciosamente sobre los mismos. En principio no era una
tarea sencilla.
Unos días después, el lama médico acudió a visitar al
monarca. El rey no podía disimular su impaciencia.
¿Has descubierto algo?
Sí, señor, tengo la respuesta.
Colocó los tres cráneos sobre una mesa y señaló uno de ellos.
Éste, seguro, era el cráneo de la persona más bondadosa.
¿Seguro? preguntó escéptico el rey-Quiero una explicación
convincente.
El lama médico se expresó así:
Cogí uno de los cráneos y pasé un alambre por uno de los
oídos y observé que el alambre salía directamente por el otro
oído. Sin duda se trataba de una persona a la que lo
escuchado a los demás le entraba por un oído y le salía por el
otro.
El médico retiró ese cráneo y añadió: Mirad, majestad, este
otro cráneo. Lo investigué afondo. Introduje un alambre por
el oído y el mismo salió directamente por la boca. Era el
cráneo de una persona que, indiscretamente, contaba en el
acto todo lo que había escuchado.
El monarca no pudo reprimir la risa. Luego se puso serio y
dijo:
¿Y el tercer cráneo?
El lama médico tomó entre sus manos el tercer cráneo y
añadió:
Señor, este cráneo es el que pertenecía a la persona más
bondadosa. ¿Por qué? Os lo explicaré. Recurrí de nuevo a la
prueba del alambre.
101
Inserté el alambre por uno de los oídos y éste apareció por el
corazón. Así se evidencia que esta persona escuchaba con
amor a los demás y sabía guardar sus secretos. No era
solamente la más bondadosa, sino también la más sabia y
prudente.
El monarca, muy complacido, dijo:
Si eres tan buen lama como forense, no dudo de que
alcanzarás la iluminación.
El lama médico no quiso ninguna recompensa.
simplemente regresó a su monasterio.