Las hojas secas. Gougaud

Vivió en un Reino de Oriente el más grande entre de los Monarcas justos y generosos. Un Rey sin igual que escuchaba atentamente las peticiones de todos sus habitantes a diario. Los consideraba hermanos y hermanas.
En tal Reino todos recibían lo que necesitaban sin padecer carencia alguna y de todas partes, también de sitios muy lejanos, acudían multitudes a sus celebraciones para apreciar la belleza y gracia de su civilización.
Adultos, jóvenes y niños abandonaban el miedo a su paso, tal era su grandeza, por lo que todos los habitantes de su reino estaban a su servicio, aunque tuvieran que proteger sus fronteras a los confines de su jurisdicción, muy lejos de sus hogares.
Lamentablemente un Jefe vecino llamado Jalil, estaba profundamente envidioso de Tai y le declaró guerra para apoderarse de sus riquezas, considerando que esto fuera factible con las estrategias de fuerza que dominaba. Al tener noticia de este desafío, Tai decidió no responder a su provocación y alejarse, viajar y mendigar donde no pudiera ser encontrado, ya que la batalla por sus riquezas no tenía sentido. Esta disputa no debía causar ningún daño ni sufrimiento a su gente.
Así el invasor entró con toda su vanidad y gran estruendo en las tierras del más magnánimo de los Monarcas y durante un largo tiempo ordenó que se le buscara, sin dar con su paradero ni lograr que su ejército tuviera noticias acerca de su suerte.
No hubo niño, mujer u hombre que hubiera traicionado la confianza de Tai, revelando su escondite. Le llevaban comida de noche y atendían cada una de sus necesidades tanto como les fuera posible, fieles a su justicia y generosidad.
Haciendo alarde de su conquista, Jalil ocupaba el trono con arrogancia y describía a diario y en modo imaginario la cobardía de Tai al haber decidido escapar, riéndose a carcajadas de él delante de todos.
Sus habitantes, imperturbables, seguían recordando en público los honrados actos sin par de Tai, por lo que el envidioso usurpador decidió tentarles estableciendo una alta recompensa en oro para quien lo encontrara y lo entregara vivo.
Una mañana, el Rey Tai, vió una pareja de ancianos recogiendo leña en los alrededores de la cueva que lo cobijaba y se quedó apenado porque a su edad aún debían trabajar arduamente para poder sobrevivir.
De este modo supo de que su gente comenzaba a estar exhausta por el peso de trabajo que debían soportar para satisfacer los caprichos de Jalil y su séquito. Los impuestos exigidos por el invasor, comenzaban a no tener límite. Así decidió unirse a la pareja de ancianos y se presentó voluntariamente ante Jalil para que la pareja obtuviera su recompensa en oro.
Jalil se quedó tan sorprendido por este gesto que rogó a Hatim Tai que regresara a su reino, mostrando misericordia a su vez. Luego de haberlo abrazado como a un hermano, retornó a su proprio país con su ejército, sellando una promesa de paz por lo que le quedara de vida por vivir.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s