NIEVE Kawabata Yasunari

Durante los últimos cuatro o cinco años, Noda Sankichi se había recluido en un hotel de Tokio de muchos pisos, desde la noche de Año Nuevo hasta la mañana del día 3. Aunque el hotel tenía un nombre grandioso, Sankichi lo llamaba el Hotel de los Sueños.

–Papá se fue al Hotel de los Sueños –decían su hijo o su hija a las visitas que iban a la casa en Año Nuevo. Y estas lo consideraban una broma para encubrir su paradero.

–Es un lindo lugar. Debe de estar pasándolo muy bien allí –decían algunos de ellos. Sin embargo, ni siquiera su familia sabía que Sankichi verdaderamente soñaba en ese Hotel de Sueños.

La habitación del hotel era la misma cada año. Era la Habitación Nieve. Y otra vez, sólo Sankichi sabía que llamaba de ese modo a una habitación señalada por un simple número. Cuando llegaba al hotel, corría las cortinas de la habitación, de inmediato se metía en la cama y cerraba los ojos. Durante dos o tres horas, se quedaba así acostado, tranquilo. Es cierto que buscaba descanso de la irritación y fatiga de su trajinado y agitado año, pero incluso cuando el irritante cansancio se había disipado, una lasitud más profunda surgía y lo dominaba. Lo sabía y esperaba a que ese cansancio alcanzara su punto máximo. Al tocar el fondo de esa fatiga, su mente se aturdía, y era entonces cuando el sueño empezaba a subir a la superficie.

En la negrura que cubrían sus párpados, diminutos puntos de luz del tamaño de granos de trigo empezaban a danzar y flotar. Los granos eran de un matiz suave, dorado, transparente. A medida que el dorado se iba enfriando y pasaba a una desvaída blancura, se transformaban en copos de nieve volando hacia la misma dirección y con pareja lentitud. Eran copos que se deshacían como polvo a la distancia.

“Este Año Nuevo, otra vez, la nieve se ha hecho presente.”

Con ese pensamiento, la nieve se convertía en una pertenencia de Sankichi. Caía en su corazón. En las tinieblas de sus ojos cerrados, la nieve se volvía próxima. Cayendo pesada y veloz se transmutaba en copos como peonías. Los enormes copos con forma de pétalos caían más lentamente que los que se dispersaban como polvo. Sankichi estaba envuelto por esa silenciosa y apacible ventisca.

Ahora sí podía abrir los ojos.

Al hacerlo, las paredes de la habitación se habían convertido en un paisaje nevado. Lo que había visto detrás de sus párpados era sólo nieve que caía, lo que veía en la pared era el paisaje en el que la nieve había caído. Era un vasto campo con sólo cinco o seis árboles desnudos y copos como peonías cayendo. A medida que la nieve se acumulaba, la tierra y las hierbas se volvían invisibles. No había casas ni signos de vida humana. Era una desolada escena, y sin embargo Sankichi, en su cama con acolchado eléctrico, no sentía el frío del campo helado. Pero el paisaje nevado era lo único que existía. El propio Sankichi no estaba allí.

“¿A dónde iré? ¿A quién llamaré?” Si bien esas ideas le venían a la mente, no eran suyas. Era la voz de la nieve.

La planicie nevada, en la que nada se movía salvo la nieve que caía, de pronto, espontáneamente, se borró, para dar lugar al escenario de un desfiladero de montaña. A lo lejos, se elevaba la montaña. Un arroyo corría a su pie. Y aunque la estrecha corriente parecía paralizada en la nieve, se deslizaba sin una onda. Un bloque de nieve que había caído de la orilla iba flotando. Detenido por una roca que sobresalía en medio de la corriente, se derretía en el agua.

La roca era una gran masa de cuarzo color amatista. En la punta de esa masa de cuarzo, aparecía el padre de Sankichi. Su padre sostenía en sus brazos a un Sankichi de unos tres o cuatro años.

“Padre, es peligroso estar parado sobre una roca tan angulosa, tan aserrada. Te puedes lastimar la planta de los pies.” Desde la cama, el Sankichi de cincuenta y cuatro años le hablaba a su padre en el paisaje nevado.

La roca estaba coronada por un racimo de cristales de cuarzo puntiagudos que amenazaban lastimar los pies del padre. Con las palabras de Sankichi, su padre cambió el peso del cuerpo adoptando una postura más segura. Cuando lo hizo, la nieve acumulada en la punta de la roca se estremeció y cayó a la corriente. Quizá atemorizado por esto, el padre aferró a Sankichi contra su cuerpo.

“Es extraño que esta estrecha corriente no haya quedado tapada bajo un manto de nieve”, dijo el padre.

Había nieve sobre su cabeza y en sus hombros y también en los brazos, que sostenían a Sankichi.

La escena de la nieve sobre la pared empezó a desplazarse, río arriba. Ahora un lago ocupaba su lugar. Era pequeño, estaba en lo profundo de las montañas pero, como fuente de una corriente tan pequeña, resultaba demasiado grande. Los blancos copos como peonías, al hacerse lejanos, se teñían de gris. Pesadas nubes flotaban distantes. Las montañas en la costa lejana se confundían.

Sankichi fijó la vista durante un momento en los copos como peonías que caían y se derretían en la superficie del lago. Por las montañas de la lejana playa, algo se desplazaba. Y se aproximaba cruzando el cielo gris. Era una bandada de pájaros. Sus alas eran amplias y de color nieve. Y como si la misma nieve se hubiera convertido en alas, al pasar volando ante los ojos de Sankichi, no hubo ruido de aleteos. ¿Eran alas extendidas en silencio, como olas lentas? ¿Era la nieve la que sostenía a las aves?

Intentó contar cuántas aves eran, y eran siete, u once. Perdió la cuenta. Pero eso le pareció divertido.

–¿Qué pájaros son? ¿Cuántos son?

–No somos pájaros. ¿Acaso no ves quiénes van montadas sobre las alas? –respondió la voz de una de las aves de nieve.

–Ah, comprendo –dijo Sankichi.

Montadas sobre los pájaros atravesando la nevada, todas las mujeres que Sankichi había amado se le aparecían. ¿Cuál de ellas había hablado primero?

En su sueño, Sankichi podía evocar libremente a quienes lo habían amado en el pasado. Desde la noche de Año Nuevo hasta la mañana del día 3, en la Habitación Nieve del Hotel de los Sueños, con las cortinas corridas, haciéndose llevar las comidas a su cuarto, sin abandonar la cama, Sankichi se comunicaba con estas almas.

Publicado en Sin categoríaEtiquetado

T. williams.master class 4

Estaba cansado y me sentía fracasado: el sitio parecía un agujero silencioso en el que una persona podría ocultarse de un mundo que parecía totalmente en contra de ella; y finalmente, Brodzki quiso que su hijo fuera a la universidad; esos fueron los motivos por los que me convertí en empleado de la librería. La mañana que llegué al trabajo había recorrido las calles durante varias horas con aire atolondrado. En el escaparate de la librería aquel cartel primorosamente escrito, SE NECESITA EMPLEADO, atrajo mi atención. Entré y encontré al propietario, un hombre lúgubre de aspecto judío, al fondo de la tienda, sentado detrás de una mesa de despacho enorme con libros amontonados encima. Me miró de modo penetrante. Lo que le indujo a contratarme me resulta difícil de imaginar. Yo tenía la cara demacrada y el cuerpo consumido debido al insomnio, difícilmente podría haber ofrecido un aspecto muy atractivo. Quizá algo mío le hizo saber el hecho de que yo trabajaría con aplicación y fidelidad a cambio de solo la tranquila y sombría seguridad que su pequeña librería me podía ofrecer.

En todo caso, conseguí el trabajo y lo encontré muy parecido a lo que quería. Mi vida era gris, pero su grisura quedó compensada, si era compensación lo que necesitaba, con la fortuna de ser testigo de un drama que no era menos intenso, estoy seguro, que cualquiera de los contenidos en los miles de volúmenes que atestaban las polvorientas estanterías de la librería.

En aquella época el hijo de Brodzki tenía dieciocho años. Era del tipo de jóvenes judíos rusos espirituales, místicos, de cuerpo escuálido, piel oscura, rasgos delicados, proporcionados. Nunca le llegué a conocer bien. Nadie lo hizo, pues era huidizo como un animalillo salvaje; el tipo de persona a la que le es completamente imposible acercarse a cualquier distancia socialmente aceptable. Este relato es sobre él; su padre murió a los dos meses de darme el empleo.

El joven Brodzki estaba tremendamente enamorado, y la chica no era judía. Por eso el viejo señor Brodzki quería que el chico fuera a la universidad. Como la mayoría de los otros judíos de su generación, se oponía desesperadamente al matrimonio de su hijo con una cristiana, y parecía que los dos, si los dejaban en paz, derivarían inevitablemente hacia el matrimonio. El chico estaba con ella todo el tiempo. Nunca estaba con nadie más. Se habían criado juntos; jugado toda su infancia en la misma escalera de incendios trasera; crecieron, se podría decir, el uno para el otro.

No eran completamente semejantes. Existían, claro, las habituales diferencias raciales; la diferencia de la sangre gala con la sangre hebrea, que casi es la diferencia entre el sol y la luna. Pero había más que eso. Había una absoluta antítesis de temperamentos. Él era, como he dicho, tímido, espiritual y místico; ella era algo así como una fuerza salvaje; llena de vitalidad animal, de vida y entusiasmo.

A pesar de eso, se querían enormemente desde la infancia. Él había estado solo, supongo, y ella había estado desatendida.

Cuando la vi por primera vez era una chica de aspecto encantador. Su cuerpo parecía una expresión perfecta de su espíritu. Despedía luz y calor. Pero lo más encantador de todo lo suyo era la voz. A menudo, por las tardes, ella le cantaba, y con tal encanto irresistible que yo nunca podía dejar de escucharla, cualquiera que fuesen mis ocupaciones o pensamientos.

Poco después de que yo hubiera reemplazado al joven Brodzki como empleado de su padre y al chico lo mandasen a la universidad, el anciano enfermó. La señora Brodzki mandó rápidamente por su hijo, pero antes de que este hubiese tenido tiempo de volver las velas del candelabro de los siete brazos estaban encendidas, y se entonaban cantos mortuorios en la casa de la familia de encima de la librería. La señora Brodzki no sería tan enérgica como lo había sido su marido. El chico se negó a volver a la universidad, y en menos de un mes él y la chica estaban casados y vivían juntos en las habitaciones del piso alto. Entonces empezó el trágico drama del que, durante quince años, fui espectador.

El conflicto entre sus caracteres fue de inmediato tan evidente como lo había sido la devoción del uno por el otro.

La chica nunca había tenido nada. Probablemente durante su infancia muchas veces había necesitado comida y ropas adecuadas. Habría quedado satisfecha, pensaría uno, con su posición como esposa del dueño de una librería que iba bastante bien. Pero ella era una cosilla excesivamente enérgica y ambiciosa. Quería más, mucho más, de lo que le podía proporcionar la modesta librería. Empezó a animar a su marido para que la vendiera y se dedicara a un negocio más lucrativo. No conseguía ver lo imposible que sería eso. Desde que le conocía podía ver que aquel muchacho soñador no encajaría en ningún sitio mejor que una librería. Él, sin embargo, lo veía con claridad. El cambio era algo a lo que temía. Adoraba la sombría oscuridad de aquella pequeña librería; la adoraba tan apasionadamente como la había adorado yo. Por eso fue, aunque él no fuera amistoso, por lo que llegamos a sentir una intensa simpatía el uno por el otro. Aborrecíamos del mismo modo las calles ruidosas que empezaban al otro lado de la puerta de la librería.

La chica andaba detrás de él incesantemente; no le dejaba en paz; concentraba toda su inmensa energía en la lucha con él. Pero el chico encontró en la herencia de su raza la energía para resistírsele. Y lo que sucedió casi al cabo de un año fue esto. Por lo que fuera, ella conoció a un agente de teatro de variedades. El tipo apreció los encantos de su voz y habló a la chica de las posibilidades que tendría en el mundo teatral. Le dijo muchas cosas, supongo, y al final dejó tan completamente fascinada a la chica con las expectativas, que ella decidió abandonar a su marido.

Supongo que yo no tenía lo bastante claro el modo en que el joven amaba a su mujer. Era más que la habitual relación de dependencia propia de los judíos. Su amor por ella era la esencia de su vida. Había un enorme peligro en aquel amor. Cuando se pierde la amada, se pierde la vida. Esta se hace trizas. Y eso fue lo que le pasó a la vida del joven Brodzki cuando su mujer se marchó con la compañía de variedades.

Debería describir el modo en que ella le dejó.

Una mañana, después de haber hablado, supongo, con el agente de teatro de variedades, ella irrumpió en la librería y llamó a su marido, que estaba desembalando un nuevo envío de libros. La chica tenía una nota histérica, frenética, en la voz, y se apretaba la garganta con una mano como si algo la estuviera asfixiando.

Por el modo en que habló con su marido se habría pensado que mantenían una violenta disputa. Pero la disputa había surgido de un cielo despejado; un cielo, cuando menos, que no estaba más nublado de lo habitual.

Ella le dijo:

–Ya he tirado de la cuerda todo lo posible. Ya no puedo soportar esto más. Te lo he dicho muchas veces, pero es inútil. Ahora tengo una oportunidad maravillosa; y no voy a dejarla pasar. Me voy a Europa con un espectáculo de variedades.

El chico al principio no le dijo nada; tenía aspecto de que le había abandonado toda vida. La siguió, mirándola fijamente sin entender nada, mientras ella se apresuraba escalera arriba hacia las habitaciones donde vivían. Curiosamente, recuerdo que el chico agarraba en las manos un libro encuadernado rojo del que habíamos vendido varios centenares de ejemplares aquella temporada, impertinentemente titulado Idiotas enamorados, y que, a pesar de la auténtica tragedia de la situación, yo contuve con dificultad una sonrisa ante la grotesca correspondencia de aquel título con la expresión aturdida, desamparada de la cara de él.

Cuando ella volvió a bajar pareció que, al fin, el chico había conseguido entender lo que estaba pasando.

–¿Te marchas? –preguntó sordamente.

Ella contestó que se iba. Entonces él se buscó dentro del bolsillo y tendió a su mujer una pesada llave negra. Era la llave de la puerta delantera de la librería.

-Será mejor que la guardes -le dijo, todavía con una completa tranquilidad-, porque algún día la necesitarás. Tu amor no es mucho menor que el mío como para que puedas alejarte de él. Volverás en algún momento, y yo estaré esperando.

Ella le agarró por los hombros, le besó, y luego, jadeando con fuerza, salió de la librería. En el sombrío interior nos quedamos siguiéndola con la mirada. Juntos, seguimos mirando la calle que los dos aborrecíamos y temíamos; la calle, rebosante de vida e iluminada por el sol, que parecía regocijarse maliciosamente por haberse llevado en su concurrido torrente todo lo que tenía algún valor para el hombre de mi lado.

Durante los meses y los años que siguieron fui testigo de algo que parecía peor que la muerte.

Como dije, la chica había sido la esencia, la vida de él. Cuando se marchó, el chico quedó destrozado. Al principio creí que se sumiría en una completa y violenta locura. Recorría aturdido los retorcidos pasillos de entre los estantes de libros, quejándose y frotando las manos arriba y abajo a los lados de su chaqueta. Los clientes le miraban y se apresuraban a salir de la librería. Traté de convencerle de que se quedara en el piso de arriba. Pero él no quería. No soportaba estar allí, supongo; las habitaciones en las que vivía estaban llenas del recuerdo de ella. Durante varias noches se quedó conmigo en la habitación que ocupaba yo al fondo de la librería. No dormía. Me mantenía constantemente despierto con un murmullo continuo; unas palabras que le dirigía a ella. Más que otra cosa, decían:

–Tú me quieres… en algún momento volverás.

Viendo que no lo superaba, mandé por su madre, que había ido a vivir con unos parientes. Ella le tranquilizó un poco. Y no mucho después de eso el chico se dedicó a leer.

Se entregó a la lectura como otro hombre se hubiera entregado a la bebida o las drogas. Leía para escapar de la realidad. Y al final la lectura consiguió su objetivo con una efectividad espantosa.

Sentado a la gran mesa cercana al fondo de la librería, leía el día entero, hasta que los ojos se le cerraban de cansancio. Su madre y yo intentábamos que se levantara, que fuera a atender a los clientes, a desembalar y distribuir los libros, no porque se necesitase su ayuda, sino porque considerábamos que estar ocupado le sentaría bien. Parecía dispuesto a hacer todo lo que podía. Pero se había vuelto tan inútil y torpe como un niño pequeño. La lectura constante le había nublado la conciencia, haciéndole increíblemente embotado. Las preguntas más simples que le dirigían los clientes lo desconcertaban. No conseguía recordar los títulos de los libros que le pedían. Paseaba la vista alrededor de un modo absurdo, desorientado, como si acabase de salir de un profundo sueño

Yo había esperado -pues había llegado a sentir por él una intensa piedad y simpatía- que aquel estado solo fuera temporal. Según pasaban los meses y los años, sin embargo, no daba signos de que fuera a pasar. Aparentemente era un hombre perdido; una vela consumida. No existía esperanza de volverle a revivir nunca. No, a menos que ella volviera a él. E incluso en ese caso -incluso si ella regresaba-, tal vez fuese demasiado tarde.

Casi quince años después de irse al extranjero con la compañía de variedades, la joven señora Brodzki volvió a la librería. Era a mediados de diciembre; la oscuridad había caído, pero la gente, de compras para Navidades, todavía pululaba por las aceras de la ciudad. Su aliento empañaba el escaparate de la librería, lo recuerdo, con una escarcha brillante.

La librería estaba cerrada y todas las luces apagadas a no ser la bombilla colgada encima de la mesa del fondo, donde estaba leyendo Brodzki. Yo me encontraba parado junto a la puerta, interesado por el espectáculo de los que pasaban. Un coche con un apuesto chofer se detuvo en el bordillo y una mujer, envuelta en pieles, surgió del compartimento trasero. Una farola de la calle se alzaba directamente encima del coche, conque cuando la mujer volvió su cara hacia la librería supe de inmediato que era ella.

Con una extraña sensación de terror me retiré de la puerta, medio escondiéndome entre las oscuras estanterías. Ella se acercó a la puerta, abriéndose paso impacientemente entre la multitud de compradores. En apariencia no había cambiado; en la cara y los movimientos del cuerpo, intensamente iluminados por la farola, estaba tan intensamente viva como antes. ¿Por qué había vuelto?, me pregunté. ¿Se había cumplido la profecía de su marido y al cabo de quince años había descubierto que su amor por él era demasiado fuerte para rehuirlo?

Iba a obligarme a mí mismo, con la menor gana posible, a volver a la puerta y abrirla, cuando sonó una llave en la cerradura. Todavía la tenía; ¡la llave que le había dado él aquella mañana de quince años atrás!

• • •

En un momento la puerta estaba abierta y ella se encontraba en el interior de la librería en penumbra. La oí respirar profundamente. Paseó la vista a su alrededor con ojos brillantes, pero por algún motivo no llegó a distinguirme mientras yo estaba estúpidamente acurrucado en un rincón entre las estanterías de libros. Pude notar que estaba terriblemente nerviosa. Se agarraba la garganta con una mano enguantada, igual que había hecho la mañana en que se marchó; como si alguien la estrangulara.

En los quince años transcurridos desde que se marchara, el local había cambiando tan poco, de hecho, que debía de resultarle sumamente difícil creer que aquellos años habían pasado de verdad. De pronto debían de parecerle completamente increíbles, como un sueño fantástico. La penumbra, las extrañas sombras de las mesas y los estantes, el olor a papel, el sonido amortiguado de la calle abarrotada; todo eso debía de resultarle tan agobiante como en aquellas tardes de invierno, quince años antes, cuando solía bajar de las habitaciones del piso alto para ayudarle a cerrar la librería.

Debía de tener la sensación de que retrocedía, literalmente, en el tiempo.

Apretándose un diminuto pañuelo en los labios, parecía hacer esfuerzos por contenerse. Avanzó silenciosamente. Entonces ya debía de haber visto que él estaba sentado a la mesa. Solo le resultaba visible la coronilla; lo demás quedaba oculto por un libro enorme. El pelo, espeso, de un negro azulado y despeinado, le brillaba intensamente bajo la bombilla eléctrica. Se me ocurrió, con repentino horror, que ella podría encontrar que físicamente él casi no había cambiado. En aquellos quince años su marido no había envejecido de modo perceptible; carecía además de vida, habría parecido, para hacerse mayor.

Me dije que debería adelantarme y prepararla para lo que se iba a encontrar. Pero algo me impidió moverme de mi escondite de entre los estantes de libros. La observé mientras avanzaba hacia la mesa y me pareció notar la intensidad de su emoción. Una intensidad que parecía atravesarme; y de modo insoportable.

Muchas veces me pregunto en qué estaría pensando ella cuando se detuvo delante de la mesa, bajando la vista hacia el hombre al que había amado apasionadamente cuando era su marido quince años atrás. Perfectamente podría sentirse desconcertada, entonces, ante el extraño ensimismamiento con el que leía él, sin que aparentemente hubiera tomado conciencia del sonido de su entrada y de sus pasos; del crujido de estos en las vetustas tablas del suelo. A lo mejor, con todo, ella estaba rebosante de alegría, y de una especie de terror, como para preguntarse nada.

Con voz aguda, temblorosa, dijo el nombre de él:

–Jacob.

Con un espasmo, él alzó la cabeza y miró en su dirección con ojos que parpadeaban, que bizqueaban. Los momentos pasaron despacio, insoportablemente lentos, mientras yo los veía mirarse uno al otro.

Había esperado que ella se echase a llorar y se lanzara hacia su marido; lo cual, seguramente habría sido lo natural que hiciera. Pero la falta de vida, la ausencia absoluta de reconocimiento de los ojos de él, debían de haberla contenido. ¿En qué estaría pensando? ¿Supondría que él se negaba deliberadamente a reconocerla? ¿O imaginaba que los quince años la habían cambiado hasta el punto de que él no la reconocía?

Cuando yo pensaba que el propio aire debía romperse debido a la tensión, él habló.

Le dijo, con aquella voz sin expresión, temblorosa, que se había convertido en la suya habitual, estas palabras:

–¿Quiere un libro?

Ella se llevó la mano enguantada a la garganta y soltó un leve jadeo. Me alegró tenerla de espaldas y no poder verle la cara. Los angustiosos momentos pasaban muy despacio mientras los dos continuaban mirándose uno al otro. Al final, ella debió de llegar a una conclusión; decidió que los quince años le habían afectado mucho más a ella que a él, y que le resultaba irreconocible. En cualquier caso, pareció que ella se recuperaba. El cuerpo se le relajó algo y se quitó la mano de la garganta.

–¿Quiere un libro? –repitió él.

Ella tartamudeó:

–No… bueno… quería un libro, pero he olvidado su título.

Enfrentada a aquellos ojos que miraban fijamente, debía de haber encontrado completamente imposible decir directamente:

-Soy Lila. He vuelto contigo.

Debía de haber recurrido a aquel pretexto de que había venido por un libro, como un modo de revelarle quién era con una franqueza menos embarazosa.

Sentándose en un taburete, cerca de la parte delantera de la mesa, dijo:

–Deje que le cuente el argumento. A lo mejor lo ha leído y puede decirme el título. Es sobre un chico y una chica que habían sido compañeros constantes desde la infancia. Querían estar juntos siempre. Pero el chico era judío y la chica cristiana. Y el padre del chico se oponía tajantemente a que su hijo se casara con alguien que no fuera de su propia raza. Mandó al chico a la universidad. Pero al poco tiempo, el padre murió y el chico volvió y se casó con la chica. Vivían juntos en unas habitaciones de encima de una pequeña librería que el padre le había dejado al chico. Habrían seguido juntos perfectamente felices a no ser por una cosa; la librería proporcionaba poco más de lo mínimo para vivir, y la chica era ambiciosa. Ella adoraba al chico, pero su descontento aumentó y continuamente metía prisa a su marido para que se dedicara a algún negocio más rentable. Pero el chico era muy diferente a la chica. La quería tanto que haría lo que fuese por ella; pero era incapaz, por lo que fuera, de renunciar a la librería que había pertenecido a sus padres. ¿Entiendes? El chico era soñador, sentimental, un judío raro. Y la chica nunca conseguía ver las cosas desde su punto de vista. La familia de ella, que había muerto y la había dejado con una tía viuda, era de origen francés. Debido a ello, la chica había heredado una gran energía, sentido práctico y amor hacia el mundo. Al cabo de un tiempo, la chica recibió la oferta del agente de una compañía de variedades para que hiciera gala de su talento musical sobre un escenario. Cegada por la brillante perspectiva de una carrera teatral, ella decidió aceptar la propuesta del agente de la compañía de variedades. Volvió a la librería y le dijo a su marido que lo iba a dejar. Él fue demasiado orgulloso para hacer el menor esfuerzo por retenerla, y en lugar de eso le entregó una llave de la librería y le dijo que algún día ella volvería; y que siempre la estaría esperando. Aquella noche ella embarcó rumbo a Inglaterra con el espectáculo de variedades. Tuvo éxito enorme en los escenarios de Londres. Se convirtió en una cantante famosa y recorrió todos los países más importantes de Europa. Llevaba una vida desenfrenada y arrebatadora, y durante extensos periodos ni siquiera pensó en el judío soñador que había sido su leal marido, ni tampoco en la pequeña y polvorienta librería donde habían vivido juntos. Pero la llave de aquella librería, que le había dado su marido, permanecía en su poder. No podía obligarse, por lo que fuera, a deshacerse de ella. La llave parecía apegarse a ella, casi con una voluntad propia. Era una llave de aspecto raro, antigua, pesada, larga y negra. Sus amigos se reían de ella porque siempre la llevaba encima y la chica se reía con ellos. Pero poco a poco empezó a darse cuenta del motivo por el que la conservaba. El encanto de las cosas nuevas con las que había llenado su vida empezó a desvanecerse y dispersarse, como una niebla, y la chica veía, brillando entre ellas, la auténtica y profunda belleza de las cosas que había dejado atrás. El recuerdo de su marido y de su vida juntos en la pequeña librería cada vez acudía a su mente con más intensidad y de modo más obsesivo. Finalmente ella comprendió que quería volver; que quería entrar en la librería con la llave conservada durante quince años, y encontrar que su marido todavía la esperaba, como prometió que haría.

La mujer se había levantado del taburete; el cuerpo le temblaba y se agarraba a la mesa como apoyo.

Hubo momentos de quietud, de una calma completa. Cuando la mujer volvió a hablar había una nota de terror en su voz. Debía de haber empezado a darse cuenta de lo que había pasado; de en qué se había convertido el hombre que había sido su marido.

–¿No recuerdas… tienes que recordarla… la historia de Lila y Jacob?

Ella escudriñaba desesperadamente la cara de su marido, pero en la cara no había nada más que desconcierto.

–Hay algo que me suena en la historia. Creo que la he leído en alguna parte. Me recuerda a algo de Tolstói.

Desde mi refugio entre las estanterías de libros oí un fuerte sonido metálico que debía ser el de la llave al caer al suelo. Y luego oí las largas zancadas de ella entre la confusión de mesas y estanterías. Debía de estar dándose prisa, presa de un ciego frenesí, para salir de aquel sitio. Cerré los ojos, sin atreverme a verle la cara y el horror que debía expresar, hasta que la puerta se cerró detrás de ella. Cuando los abrí, el hombre del fondo de la habitación tenía oculta la cara otra vez detrás del enorme libro, y había reanudado la lectura con su aterradora tranquilidad de costumbre. Su mujer había vuelto a él y se había ido de nuevo. Todo era tan fantásticamente igual que podría creerse que había ocurrido en sueños. Pero yo veía, caída en el suelo, la pesada llave negra de la librería.

Peces de colores en la azotea. Kawabata.

Había un espejo grande en la cabecera de la cama de Chiyoko. 
Cada noche, al soltarse el cabello y hundir la mejilla en la almohada, se
observaba detenidamente en el espejo. La visión de treinta o cuarenta peces de
colorescabeza de león aparecería, como rojas flores artificiales sumergidas en
un tanque de agua. Algunas noches también la luna se reflejaba entre ellos. 
Pero la luna no brillaba en el espejo a través de la ventana. En realidad,
Chiyoko veía el reflejo de la luna sobre el agua de los tanques en el jardín de
la azotea. El espejo era una ilusoria cortina de plata. A causa de esta mirada
aguzada, su mente tenía el mismo desgaste que la púa de un fonógrafo.
Sintiéndose incapaz de dejar la cama, allí se hacía irremediablemente vieja.
Sólo su cabello negro, esparcido sobre la almohada blanca, retenía su juvenil
esplendor. 
Una noche, sobre el marco de caoba del espejo se desplazaba un insecto alado.
Chiyoko saltó de la cama y golpeó la puerta del dormitorio de su padre. 
-Padre, padre, padre. 
Tirando de la manga de su padre, con sus manos azuladas, se precipitó hacia el
jardín de la azotea. 
Uno de los peces cabeza de león estaba muerto, flotando panza arriba, como
grávido de alguna extraña criatura. 
-Padre, perdón. ¿Puedes perdonarme? ¿No me perdonas? No puedo dormir. Me quedo
cuidándolos de noche, además. 
Su padre no dijo nada. Se limitó a observar los seis tanques como si estuviera
mirando ataúdes. 
Fue después de volver de Pekín que su padre instaló los tanques en la azotea y empezó
a criar peces. 
En Pekín había vivido con una concubina durante mucho tiempo. Chiyoko era hija
de esa concubina. 
Chiyoko tenía dieciséis años cuando regresaron a Japón. Era invierno. Mesas y
sillas traídas de Pekín estaban repartidas en la vieja habitación japonesa. Su
media hermana, mayor que ella, estaba sentada en una silla, Chiyoko en la
alfombra, y la miraba. 
-Pronto formaré parte de otra familia, así que no importa. Pero tú no eres una
hija legítima de mi padre. Viniste a esta casa y mi madre te cuidó. No lo
olvides. 
Cuando Chiyoko bajó la cabeza, su hermana puso los pies sobre sus hombros, y
después con un pie le levantó el mentón, obligándola a mirarla. Chiyoko le tomó
los pies y se largó a llorar. Los tenía agarrados, cuando su hermana logró
metérselos dentro del escote. 
-Está tan calentito. Quítame las medias y caliéntame los pies. 
Llorando, Chiyoko se las quitó y puso los pies helados sobre su pecho. 
Pronto la casa de estilo japonés fue remodelada con estilo occidental. El padre
ubicó los seis tanques en la azotea y emprendió la cría de los peces, y estaba
allí de la mañana a la noche. Invitaba a su casa a especialistas en peces de
coloresde todo el país, y presentaba los peces en exposiciones, a veces
distantes hasta trescientos kilómetros. 
Con el tiempo, Chiyoko empezó a cuidar de los peces. Y día a día cada vez más
melancólica, no hacía otra cosa que observarlos. 
La verdadera madre de Chiyoko, que había vuelto a Japón y vivía en otra casa,
muy pronto tuvo ataques de histeria. Después de recobrar la calma, se convirtió
en un ser triste y silencioso. La belleza del rostro de la madre de Chiyoko era
la misma que cuando estaba en Pekín, pero su cutis de pronto se había vuelto
extrañamente oscuro. 
Entre los que iban a la casa de su padre había muchos pretendientes. Y a todos
estos jóvenes, Chiyoko les decía: 
-Traigan comida para los peces, algunas pulgas de agua. Tengo que alimentarlos. 
-¿Dónde podemos encontrar lo que pides? 
-Miren en las acequias. 
Pero todas las noches ella miraba el espejo. Y fue haciéndose tristemente más
vieja. Cumplió veintiséis. 
Su padre murió. Rompieron el lacre de su testamento, y en éste decía:
“Chiyoko no es hija mía”.
Fue corriendo a su habitación para llorar. Le echó una mirada al espejo en la
cabecera de su cama, lanzó un chillido y subió corriendo al jardín de la
azotea. 
¿De dónde había venido? ¿Cuándo? Su madre estaba parada al lado de un tanque,
con su rostro oscuro. Su boca estaba llena de peces cabeza de león. La cola de
uno de ellos colgaba de su boca como una lengua. Aunque veía a su hija, la
mujer la ignoraba mientras se comía el pez. 
-¡Padre! -gritó la muchacha y golpeó su madre. Ésta cayó contra los ladrillos y
murió con el pez en la boca. 

Así, Chiyoko se vio liberada de su madre y de su padre. Recobró su juventud y
partió hacia una vida de felicidad.

GOUGAUD 3 OBERTURAS Y ARMADO DE CUENTO

inicio de la piedra roja

El día en que comienza esta historia, todas las ventanas del palacio aparecían azules. La séptima mujer del sultán de samarcanda trajo al mundo un niño al que pusieron por nombre Emhammed. El niño creció y fue instruido por los sabios y poetas más famosos del reino. Pero..

.***

Inicio Hachachí el embustero

Érase una vez, junto a las dunas pardas del Sahara, bajo el sol resplandeciente del desierto, una ciudad blanca a la sombra de las palmeras Uno de los personajes más famosos de la ciudad era un hombre llamado Hachachí…

***

Inicio Kogi el sabio

Hace mucho tiempo vivió en Japón un monje llamado Kogi

.Durante toda su vida había meditado sobre la apariencia de las cosas y la fragilidad del mundo y había llegado a conquistar este tesoro tan raro y sutil; una sonrisa de niño en su rostro de anciano.

***

TAREA EN VIVO EN TALLER ARMAR ESTE CUENTO

El mendigo, la princesa y el recuerdo.Érase una vez, en las montañas, una princesa llamada Denid,Tan bella y melancólica como una primavera lluviosa.Una pena desconocida le corroía el alma.Vivía encerrada en oscuros pensamientos y no hablaba jamás.Su padre el rey, hallábase tan desolado que desesperaba ya de poder consolarla sin más ayuda que el amor que por ella sentía.Envío por todo el país a 500 mensajeros con vestiduras rojas y cabalgaduras negras, encomendando les la difusión de un bando que rezaba:”Yo, rey de las montañas, daré a mi hija en matrimonio a quien sea capaz de hacerle pronunciar una palabra de alegría

PRÍNCIPE DEL VALLE A LOMOS DE UN ELEFANTE ENJAEZADO CON BORDADOS.CÍMBALOS Y SALTINBANQUIS

*****

EL MERCADER MÁS RICO DEL PAÍS.TESOROS Y JOYAS A LOS PIES DE LA PRINCESA. PAÑOS TRAÍDOS DE LEJANAS TIERRAS

******

UN JOVEN MENDIGO SE ENTERÓ Y BAJO DE LAS ALTAS MONTAÑAS.HARAPIENTO Y CON UN PARASOL.

***

ANCIANA CARGABA LEÑOS.EL MENDIGO LA AYUDÓ

– A DÓNDE VAS?

– AL PALACIO, POR LA PRINCESA.QUIERO DEVOLVER LA PALABRA A SU BOCA

.***

– ELLA TIENE EL DON DE LA ELOCUENCIA Y POSEE UNA GRAN SABIDURÍA.SE ACUERDA DE SUS VIDAS PASADAS.

1 TIGRESA. SU COMPAÑERO Y SUS HIJOS FUERON MATADO POR UN CAZADOR Y ELLA MURIÓ DE PENA.

2. PERDIZ. UNOS LABRADORES INCENDIARON UN CAMPO Y ELLA Y SU COMPAÑERO MURIERON ASFIXIADOS.

3. ALONDRA. SONIDO MUY CERCA DE UN DIQUE, UNOS NIÑOS MATARON A SU COMPAÑERO Y SUS CRÍAS Y A ELLA LA ENCERRARON EN UNA JAULA Y MURIÓ DE PENA.

***

LA ENCONTRÓ MIRANDO HACIA LAS MONTAÑAS.ELLA NO HABLABA.

ÉL LE DIJO:

– HACE MUCHO TIEMPO YO FUI UN TIGRE…

Así comenzó su nueva vida y así termina esta historia.

0

Gougaud Kotsi y el gigante Master class 2

Un día funesto, un gigante brujo, tan enorme y estúpido como todos los gigantes, entró en un poblado indio. Sin saludar siquiera a la asamblea, dijo a los que allí estaban reunidos:

– Quiero un alma humana. No quiero más que una, pero, ¡por todos los diablos!, la necesito.

Los hombres protestaron, escandalizados. El jefe se puso en pie y, con la pipa en la mano, replicó:

– Hace ya mucho tiempo que los monstruos como tú no nos dan miedo. No somos niños sin seso. Si te hace falta un alma, ve a pedírsela a los osos; quizá ellos te la den.

Apenas había terminado de pronunciar el jefe estas palabras, cuando una enorme bofetada lo proyectó contra el suelo. El gigante lanzó un rugido aterrador, agarró una cabaña por la punta del tejado y la levantó por los aires. Dejó al descubierto a dos muchachas temblorosas, acurrucadas sobre una manta. Las cogió por los cabellos, se las metió en el bolsillo y se fue.

Aquellas dos jóvenes eran las hermanas de Kotsi, un muchacho intrépido y alegre; y tan inteligente que la magia y la brujería de sus antepasados no tenían para él ningún secreto. Cuando el gigante se llevó a sus hermanas, Kotsi se encontraba de caza. Al volver, viendo su cabaña destrozada, ni siquiera se tomó el tiempo de dejar el zurrón en el suelo. El jefe del poblado, con el puño tendido hacia el horizonte, le contó lo ocurrido y Kotsi fue a toda prisa tras las huellas del monstruo.

Después de tres días y tres noches de marcha, llegó a un extraño país: el cielo estaba cubierto por multitud de pequeños pájaros blancos, tan numerosos que no dejaban ver el sol; apenas algunos rayos atravesaban sus alas. Los habitantes de aquel país eran amables y despreocupados, pues se alimentaban de aquellos pájaros blancos y el cielo era pródigo en ellos. Kotsi descansó entre aquellas gentes por un tiempo y luego reemprendió su camino a través de las colinas. Una noche, llegó ante una cabaña de ramas. A la puerta se encontraba una anciana de aspecto dulce y bondadoso, atizando el fuego. Su rostro estaba surcado por infinidad de arrugas y tenía el cuerpo cubierto de plumas multicolores. Recibió a Kotsi con estas palabras:

– Sé bien venido, hijo mío. Te daré de comer. No tengas miedo, aquí somos buenas gentes. Pero si continúas caminando, llegarás al país de los hombres-perro, unos seres indeseables, ¡verdaderos monstruos, hijo mío!, ¡monstruos espantosos!

Kotsi cenó gustosamente con aquella anciana encantadora y parlanchina; a continuación le dio las gracias y siguió camino adelante.

Llegó así al país de los hombres-perro, en el que el sol no se levantaba nunca. La noche perpetua estaba traspasada por ladridos siniestros. Como Kotsi era brujo, supo encontrar el camino en aquellas tinieblas: hizo un gran fuego y arrojó en él los ojos de una liebre que iluminaron la tierra. Así pudo ver a lo lejos una casa de madera. Corrió hacia ella y empujó la puerta. Sus dos hermanas estaban allí, sentadas en un rincón, con una manta sobre los hombros.

– ¡En pie, muchachas! —dijo riendo.

Las cogió de la mano y se las llevó contento por la hierba gris de la planicie, iluminada bajo el negro cielo por los ojos de la liebre. Las dos jóvenes lloriqueaban amedrentadas:

– ¡El gigante nos perseguirá y nos matará!

– Tened confianza en mi – les decía Kotsi.

Al momento empezó a retumbar la tierra y se oyeron los rugidos del gigante. Era estúpido pero temible. Dando una formidable patada desgarró la llanura, la arrugó como si fuera la hoja de un  árbol y una montaña enorme se alzó de repente ante los tres fugitivos. Kotsi se transformó entonces en águila.

– ¡Subid a mis alas! ~–dijo a sus hermanas.

El águila levantó el vuelo transportando a las dos jóvenes por encima de la montaña, pero el gigante lanzó al cielo una piedra mágica y una espantosa tempestad se abatió sobre los fugitivos. Los relámpagos, rasgando el cielo a su alrededor, les impedían el paso. Entonces Kotsi  ató un lazo a su cintura, lo lanzó al corazón mismo de la tempestad y atrapó al pájaro-trueno, retorciéndole el cuello. Inmediatamente se desvanecieron las nubes y se apaciguó el viento. Pero el gigante no se desalentó por ello. Con un gran aullido, tomó su cántaro mágico y vertió un océano sobre la tierra. Kotsi y sus hermanas se encontraron de pronto en una isla desierta. Las jóvenes lloriqueaban de nuevo.

– ¡Hermanas! –les gritó Kotsi- me irritáis cien veces más que ese gigante idiota que nos persigue.

Cortó una rama de sauce, la colocó sobre el agua y al instante apareció entre las olas un camino seco, completamente recto, por el que los tres avanzaron corriendo. Tras ellos, la tierra y el mar habían dejado ya de retumbar. Entonces encendieron un fuego en la orilla y se dispusieron a pasar allí la noche. Cuando el día se levantó, emprendieron de nuevo la marcha y, al mediodía, llegaron a su pueblo.

Pero entre las cabañas familiares ya no reconocían a nadie. Los rostros de las gentes habían cambiado, lo mismo que sus ropas.

– ¿De dónde venís, extranjeros? -les preguntaban.

-¿Extranjeros nosotros? —replicó Kotsi- ¡Vosotros sois los extranjeros!

Un anciano curvado sobre un bastón se acercó a ellos, los miró, los olfateó y dijo:

– Hijos míos, cuando yo todavía no sabía caminar, mi madre, que murió hace mucho tiempo, me contó que un día un gigante secuestró a dos muchachas del pueblo cuyo hermano fue en su búsqueda. ¿Seréis vosotros, quizá, esas personas?

– Lo somos —respondió Kotsi.

Más de cien años habían transcurrido desde que se fueron. Nadie se extrañó, pero todos se maravillaron.

– ¡Buena noticia! –canturreó el anciano – ¡El tiempo no existe! ¡El tiempo no existe!

Gougaud El sueño master class 1

Dos vagabundos viajaban juntos en el calor del verano.

Iban a donde van todos aquellos que son peregrinos a perpetuidad: hacia adelante.

Bajo un sol de justicia, avanzaban por el camino desde primeras horas de la mañana.

A mediodía decidieron que ya era hora de hacer un alto, así que se detuvieron a comer y a descansar a la sombra de un gran roble, al borde de un sembrado.

Almorzaron un mendrugo de pan y una cantimplora de vino y, al terminar, uno de ellos se tumbó en la hierba.

Con el sombrero sobre los ojos y los dedos cruzados sobre el vientre, se quedó dormido.
De la boca abierta del durmiente, su compañero vio salir una gran mosca de color azul.

Revoloteó unos instantes por encima de un matorral, se alejó y entró en una calavera de caballo situada unos pasos más allá, sobre la hierba.

La mosca volaba por el interior del cráneo. Daba vueltas, giraba sobre sí misma, entraba por un ojo, salía por el otro, desaparecía en el fondo de la órbita y salía de nuevo a la luz por entre los grandes dientes amarillos. Finalmente se alejó de la calavera, se puso a girar alrededor de la cabeza del durmiente y penetró de nuevo por su boca. Entonces el hombre despertó, se frotó los ojos, se estiró y dijo a su compañero:
– Acabo de tener un agradable sueño. Me encontraba en un palacio blanco, magnífico, deslumbrante. Visitaba sus habitaciones, recorría sus pasillos, ascendía a unos desvanes de techos abovedados como los de las iglesias, descendía a sus bodegas, profundas y frescas. Aquel palacio era mío y lo más maravilloso es que estaba construido sobre un inmenso tesoro enterrado bajo sus murallas.


– ¿Quieres que te diga dónde has estado durante tu sueño? -le replicó su compañero-. En ese cráneo blanquecino que está ahí tirado. He visto cómo el alma te salía por la boca en forma de mosca grande y azul. Ha visitado todos los recodos de ese cráneo, desde el fondo del ojo hasta la punta de sus dientes y después ha vuelto a entrar en tu boca.

Ahora, créeme, deberíamos hacer un agujero bajo las murallas de ese palacio para comprobar si el ojo del sueño es realmente clarividente.


Apartaron la calavera, cavaron en el lugar en que había estado colocada y descubrieron el tesoro anunciado por el sueño. Un tesoro inmenso: allí estaba TODO, todo lo que un hombre puede soñar.

KAWABATA 2 EL CIEGO Y LA JOVEN

BIENVENIDOS A KAWABATA MASTERCLASS
HOY OFRECEMOS UNA HERMOSA HISTORIA
ESSENNA:
CULTURA + CUENTOS
PEDRO PARCET

O-Kayo no entendía cómo un hombre, capaz de volver solo en el Ferrocarril de la Gobernación hasta esa estación suburbana, precisaba ser conducido de la mano por la angosta callejuela hasta la estación.
Pero, a pesar de este misterio, O-Kayo cumplía con su deber.
La primera vez que Tamura había llegado a la casa, su madre le había dicho:—O-Kayo, por favor, guíalo hasta la estación.
Un rato más tarde salieron de la casa, Tamura dejando colgar su bastón del brazo izquierdo, buscaba a tientas a O-Kayo.
Al ver cómo la mano se agitaba ciegamente sobre su pecho, O-Kayo enrojeció, pero le ofreció la suya.—Gracias. Todavía eres una jovencita —dijo Tamura.
Imaginó que debería ayudarlo a subir al tren, pero Tamura, apenas tuvo su boleto, le puso una moneda en la palma de la mano y con presteza pasó por el molinete sin ayuda. Siguió marchando a lo largo del tren, rozándolo con su mano a la altura de las
ventanillas hasta la entrada por la que ascendió.
Sus movimientos revelaban una habilidad adquirida. O-Kayo, que lo observaba, se sintió aliviada.
Cuando el tren partió, no pudo evitar una leve sonrisa. Le pareció que había una virtud especial trabajando en las yemas de esos dedos, como si fueran ojos.
También sucedían estas cosas: cerca de la ventana por donde a la tarde entraba la luz del sol, su hermana mayor,O-Toyo, arreglaba su corrido maquillaje.—¿Puedes ver lo que se refleja en este espejo? —le preguntaba a Tamura.
La malevolencia en el comentario de
su hermana era evidente, incluso para O-Kayo. ¿No era obvio que si O-Toyo estaba retocando su maquillaje, era ella la reflejada en el espejo?Pero la malicia de O-Toyo nacía simplemente de su enamoramiento ante su propio reflejo.
—Una mujer bella le está haciendo el favor de mostrarse agradable. —Recalcaba mientras daba vueltas alrededor de Tamura.
En silencio, él se apartaba de su lado, donde había estado sentado al modo japonés, y empezaba a frotar la luna del espejo con sus yemas. Entonces,con ambas manos, lo iba girando.
—¿Qué haces?
—Hay un bosque reflejado en él.
—¿Un bosque?
Como atraída por una carnada hacia el espejo, O-Toyo se arrodillaba ante él.
—El sol del atardecer resplandece entre el bosque.
O-Toyo observaba con desconfianza mientras Tamura deslizaba sus yemas sobre el espejo. Luego, riéndose burlona, retornaba el espejo a su lugar.
Y otra vez se entregaba a su maquillaje.
Pero O-Kayo sí se asombraba con el bosque en el espejo. Tal como Tamura lo había dicho, el sol poniente despedía una luz neblinosa y rojiza entre las copas del bosque.
Todas las hojas otoñales, al recibir la luz desde atrás,relucían con una cálida transparencia.
Era un atardecer inmensamente pacífico de un balsámico día otoñal.
Y, sin embargo, la sensación que provocaba el bosque en el espejo era completamente diferente de aquella del bosque real. Tal vez porque no se reflejaba la delicada fumosidad de la luz, como tamizada por una gasa de seda, había una profunda y nítida frialdad. Era como una escena en el fondo de un lago.
Y si bien O-Kayo estaba acostumbrada a ver cada día el bosque real desde las ventanas de su casa, nunca lo había observado con atención.
Descrito por el ciego, era como si lo estuviera viendo por primera vez.
«¿Podría Tamura ver verdaderamente ese bosque?» se preguntaba.
Hasta deseaba saber él si conocería la diferencia entre el bosque real y aquel del espejo. La mano que acariciaba el espejo se volvía algo sobrenatural para ella.
Y cuando su mano tomaba la de Tamura al guiarlo, un súbito escalofrío la recorría. Pero, al repetirse esto como parte de su deber cotidiano cada vez que él regresaba a la casa, terminó por olvidar su temor.
—¿Estamos delante de la frutería,
no?—¿Ya pasamos por la funeraria?—¿Ya vamos llegando a la tienda de kimonos?
A medida que avanzaban por la misma calle una y otra vez, Tamura, no del todo en broma ni del todo en serio,iba preguntando estas cosas. A la derecha, la tabaquería, el puesto de los rickshaw, el negocio de sandalias, la mimbrería, el puesto donde servían sopa de porotos rojos con pasteles de arroz; a la izquierda, la vinería, el vendedor de medias, , el local de sushi, la droguería, el negocio de artículos de tocador, el dentista.
Mientras O-Kayo se los enumeraba, Tamura iba recordando el exacto orden de las tiendas a lo largo de las seis o siete cuadras camino a la estación.
Lo distraía ir nombrando las tiendas una tras otra a medida que iban pasando frente a ellas. Y así, cuando el lugar tenía algún detalle o comercios nuevos, como una ebanistería o un restaurante estilo occidental, O-Kayo informaba a Tamura.
Suponiendo que él se hubiera avenido a esa suerte de triste juego para distraerla, a O-Kayo le resultaba raro que reconociera todo a lo largo del camino, como una persona dotada de vista. Pero, y sin que pudiera decir exactamente cuándo, el juego se había convertido en una costumbre.
Cierta vez que su madre estaba enferma en cama, Tamura pregunto si había flores artificiales en la ventana de la funeraria.
como si hubiese recibido un balde de agua fría O Kayo miro con asombro a Tamura.
en otro momento el le pregunto al pasar
-son los ojos de tu hermana mayor tan hermosos?
-si, lo son.
mas hermosos que los tuyos
pequeña O-Kayo?
—¿Y cómo podría usted asegurarlo?
—Te preguntas cómo podría. El marido de tu hermana era ciego. Incluso tras la muerte de su marido, ella sólo pudo conocer gente ciega. Y tu madre lo es. Así que es natural que tu hermana piense que sus ojos son extraordinariamente bellos.
Por alguna razón esas palabras calaron hondo en el corazón de O-Kayo.
—La maldición de la ceguera abarca tres generaciones. O-Toyo, lanzando un suspiro, solía decir ese tipo de cosas para que su madre la oyera.
A O-Toyo le preocupaba dar a luz una criatura ciega. Y aun si no naciera ciega, tenía el presentimiento de que, si fuera una niña, probablemente se casaría con un ciego. Ella misma se había desposado con un ciego por ser ciega su madre. Al tratar sólo con masajistas ciegos, su madre había sentido aprensión de un yerno vidente.
Tras la muerte del marido de O-Toyo, varios hombres habían pasado la noche en la casa, pero todos eran ciegos.
Un ciego le pasaba el dato a otro. La familia había quedado persuadida con el sentimiento de que si ofrecían sus cuerpos a algún hombre que no fuera ciego, podrían ser arrestadas sin aviso.
Era como si el dinero para sostener a la madre ciega debiera provenir de ciegos.
Cierto día, uno de los masajistas ciegos había llevado a Tamura.
Tamura,que no pertenecía a la cofradía de masajistas, era un hombre joven y saludable de quien contaban que había donado varios miles de yenes a una escuela para ciegos y sordos. Con el tiempo, O-Toyo lo transformó en su único cliente. Lo trataba como si fuera un tonto.
Tamura, siempre con un aire triste, conversaba con la madre ciega.
En esos momentos, O-Kayo lo observaba en silencio y con gran intensidad.
La madre murió de su enfermedad
.—Ahora, Kayako, ya estamos fuera de la desgracia de la ceguera. Estamos a salvo —dijo O-Toyo.
Poco tiempo después, el cocinero de un restaurante de estilo occidental se instaló en la casa. O-Kayo se retiró intimidada por su grosería.
Llegó entonces el momento en que O-Toyo se despidió de Tamura.
Por última vez O-Kayo lo condujo hasta la estación.Cuando el tren partió, ella sintió congoja, como si su vida hubiera terminado. Tomó el siguiente tren para ir tras Tamura.
No sabía dónde vivía, pero presentía el camino que tomaría el hombre cuya mano había sostenido durante tiempo-








KAWABATA 1

BIENVENIDOS A MASTER CLASS KAWABATA YASUNARI

Oscar Wilde, en La decadencia de la mentira, decía que “uno no ve nada hasta que no ve su belleza”. Muchos años después, en otra parte del mundo, un joven escritor japonés se propuso mirar de esa manera y, así, crear una literatura que aún hoy sigue siendo leída y celebrada tanto en oriente como en occidente. Con una destreza notable para crear historias y atmósferas intimistas, en las que exploró distintos rincones del alma humana con una profunda sensibilidad, Yasunari Kawabata se conviritió en el primer autor japonés en ganar el Premio Nobel de Literatura en 1968 y en uno de los narradores más importantes de su generación. 

El escritor japonés, Yasunari Kawabata. Retrato de Tadahiko Hayash.

Nacido el 14 de junio de 1899 en la ciudad de Osaka, su infancia estuvo marcada por la trágica muerte de sus parientes más cercanos. A los cuatro años perdió a sus padres y, poco después, a su hermana y abuelos. Para los quince, ya se había quedado completamente solo. Él mismo se autodefinía como un “niño sin familia ni hogar”. Aún así, luego de su primera formación en un internado, llegó a la Universidad de Tokio, donde había comenzado a estudiar literatura inglesa; pero, al año, abordó la japonesa y se licenció en 1924.

Con 25 años, Kawabata ya era parte de un grupo de intelectuales, con el que llevó adelante la revista Bungei-jidai (Época del Arte Literario). En ella aparecieron muchos de sus primeros textos y, además, comenzó a configurarse —según comentan algunos críticos— el estilo shinkankaku-ha: conocido como “la nueva escuela de las sensaciones”. Desde esta perspectiva neosensorialista, con la que se expone una gran sensibilidad e intimidad narrativa en contraposición al estilo “directo y realista” de los escritores proletarios de los años treinta, por ejemplo, Yasunari Kawabata compuso sus obras que han marcado gran parte de la cultura literaria japonesa.  

La belleza de Kawabata

Con sus primeras cuatro novela —La bailarina de Izu (1927), La pandilla de Asakusa (1930), Sobre pájaros y animales (1933) y País de nieve (1937)— Kawabata ya se había posicionado como uno de los autores más prometedores de todo el archipiélago nipón. Luego llegaron otras como El maestro de Go (1954), La casa de las bellas durmientes (1961) y Lo bello y lo triste (1965), con las que continuó reflexionando y trabajando sobre aquello que más le interesaba: retratar y evocar la belleza del mundo.

En su discurso que tituló El bello Japón y yo para recibir el Premio Nobel de Literatura, el escritor expresó: “(…) descubrí, por medio de la luz matinal, la belleza de los vasos en un restaurante. Vi esta belleza con toda claridad. Me encontré con ella, por primera vez. Pensé que nunca la había visto hasta ese momento. ¿No es precisamente este tipo de encuentro la esencia misma de la literatura y también de la vida humana? Si digo esto, ¿estoy yendo muy lejos, estoy exagerando mucho? Quizá sea así, pero también quizá no. En mis setenta años de vida es aquí donde por primera vez descubrí y fui consciente de esta suerte de luz que producen los vasos”.

Kawabata en la entrega del Premio Nobel de Literatura (1968). Foto: Koratai.

Mucha de esa belleza, Kawabata la buscó en la representación de sus personajes femeninos, en las artes, en la ceremonia del té, en la propia naturaleza que incorporaba en sus obras. El autor trabajó con ese tipo de imágenes con la intención de conmover, de abstraer al lector, como sucede en muchas de sus novelas, para acercarle cierta sensación de lo efímero y a la vez de lo eterno que solo la belleza parece lograr. Es que para distintas culturas, sobre todo la asiática, lo eterno es lo cíclico, lo que se repite, lo que termina y vuelve a comenzar. Y no son pocos quienes allí encuentran cierta paz y esperanza, para alejar la ansiedad y desesperación que puede provocar lo puramente efímero.

Kawabata, en sintonía con el pensamiento budista, sabía que “para dejar de sufrir, había que dejar de desear” y acercarse a esa belleza que resulta más importante que “el propio yo”. Sin embargo, en casi todos sus textos hay un “yo deseante” del que no se puede deshacer por completo. Sus personajes lo padecen y experientan esa tensión entre lo bello y lo triste, como titula en una de sus novelas más famosas. Esa tensión es el corazón de lo que en aquella región nipona se entiende como mono no aware: esa posibilidad de vibrar con la propia naturaleza y la poderosa sensibilidad que se despierta ante lo fugaz, efímero y perecedero.

Kawabata en 1968. 

No obstante, si bien el escritor japonés tuvo una gran preocupación sobre la forma a la hora de crear literatura, no deja de lado la inquietud por el fondo. En este sentido, el escritor argentino Miguel Sardegna, autor de la novela Los años tristes de Kawabata, comentó: “Creo que forma y fondo son elementos inseparables de su arte, como sucede, por otra parte, con los mejores escritores. Un maestro me dijo una vez que ‘el qué es el cómo’. Me gusta esa idea. El modo en que Kawabata trata sus temas es inseparable de los temas mismos. Dicho de otro modo, no puedo imaginar a Kawabata valiéndose de la misma preocupación estética para hablar de temas banales. No puedo imaginarlo, tampoco, abordando los mismos temas universales sin tener preocupaciones estéticas. Sencillamente no sería él”.

Y agregó: “Creo que no debemos olvidar nunca que abordamos la literatura de Kawabata desde este rincón del mundo, con nuestros saberes y también con nuestras limitaciones. Oriente nos propone otra estética y otros sueños. Por otra parte, estoy convencido de que hay una belleza que precede a la auténtica comprensión. Si los textos de Kawabata vienen con esa bruma, dejemos que la bruma nos cubra, disfrutemos sin hacer más preguntas, porque no hacen falta las respuestas. No es necesario entender para saber que nos ha alcanzado la belleza”.

El séptimo arte de Kawabata 

Durante su juventud, el autor japonés también tuvo un gran interés por el lenguaje cinematográfico. Según expone el sitio Movie Data Base, Kawabata fue guionista y actor de obras como Kurutta ippêji (1926), Meshi (1951) y La voz de la montaña (1954). La primera de ellas es un drama mudo en blanco y negro, que está basado en algunos de sus relatos y fue dirigido por Teinosuke Kinugasa, uno de los pioneros del cine japonés. Meshi, por su parte, está dirigido por Mikio Naruse y contó con la participación del escritor como supervisor de guion. Naruse también dirigió La voz de la montaña, basada en la novela homónima de Kawabata (también traducida como El sonido de la montaña) y con guion del propio autor.

No obstante es con la literatura que sigue siendo recordado Kawabata. Celebrada en su país y en el exterior, el autor logró ser el presidente del PEN Club japonés durante cuatro años; ganar en 1959 en Frankfurt la Medalla de Goethe, y en 1968, el Premio Nobel de Literatura “por su pericia narrativa, capaz de expresar la idiosincrasia japonesa con enorme sensibilidad”, como sostuvieron desde la Academia Sueca.

Como referente de las letras, mantuvo conversación con muchos de sus contemporáneos, como Ryūnosuke Akutagawa y Yukio Mishima, otros dos maestros de la literatura japonesa. Con este último, se publicaron las cartas que redactaron entre 1945 y 1970. El fin de la correspondencia tuvo que ver con el suicidio de su gran amigo Mishima, quien se quitó la vida a los 45 años mediante el rito conocido como seppuku. Kawabata ya tenía 70 años, había empezado a tener problemas de salud y una depresión de la que ya no se recuperaría. 

Fue solo dos años después, cuando falleció el 16 de abril de 1972 por causas que todavía no están demasiado claras. Algunos hablan de suicidio y otros de un accidente doméstico (una pérdida de gas en su departamento). Pero la duda surge atendiendo su discurso durante la ceremonia de entrega del Premio Nobel. Allí, Kawabata no admite el suicidio como parte de la iluminación personal y espiritual, ni del camino de la pureza. Pero tampoco se sabe si la depresión lo hizo cambiar de idea. Lo cierto es que a 122 años de su nacimiento, la obra de Kawabata sigue siendo motivo de homenaje y celebración, por un legado literario que continúa evocando —más allá de las lenguas y fronteras— lo más bello y eterno, aunque solo pueda durar un momento.

WILLIAMS 3 cuento El ángel del ático

BIENVENIDOS A MASTER CLASS DE TENNEESSEE WILLIAMS

ESSENNA NARRACIÓN + CULTURA PEDRO PARCET

El ángel del ático

La desconfianza es la enfermedad laboral de las caseras, y el largo contacto con ellas me ha dejado un oscuro sentido de culpa del que probablemente nunca me libraré. El trauma inicial al respecto me lo produjo una casera que tuve en el viejo Barrio Francés de Nueva Orleáns cuando yo tenía escasamente veinte años. La mujer era el arquetipo de la casera desconfiada. Tenía una habitación para ella sola, pero prefería dormir en un camastro plegable en el vestíbulo del piso bajo para que ninguno de sus inquilinos pudiera entrar o salir del establecimiento sin su permiso, concedido a regañadientes. Cuando por fin me marché de allí, engañé a la mujer. Me largué por un balcón utilizando un par de sábanas. Estaba a kilómetros de la ciudad, en el viejo Spanish Trail camino del Oeste, antes de que la vieja se enterara de que había conseguido eludirla.

El vestíbulo del piso bajo de esta pensión de la calle Bourbon estaba totalmente a oscuras. Uno tenía que ir a tientas con una cautelosa repugnancia, pasando los dedos por el enlucido húmedo y cuarteado de la pared, hasta que llegaba a la puerta o al pie de la escalera. Uno nunca alcanzaba alguno de esos dos sitios sin que lo advirtiera la vieja. Su figura fantasmal se alzaba como un rayo del camastro haciendo un ruido metálico. Pronunciaba una sílaba: ¿Quién? Si no quedaba satisfecha con la identificación que le dabas, o sospechaba que te llevabas el equipaje y escapabas furtivamente, o traías a alguien para el disfrute carnal, se encendía una cerilla frotando en el suelo y se alzaba hacia ti durante unos momentos. A esta vacilante luz sobrenatural, la mujer clavaba con recelo sus ojos en ti hasta que sus dudas desaparecían, y si esperabas podías oír murmullos hoscos y groseros como los de cualquiera de los borrachos de los bares del barrio.

Era una mujer de una desconfianza paranoica y su desconfianza con respecto a mí era ilimitada. Muchas veces entraba en mi habitación con el periódico de la mañana y leía en voz alta algún artículo referido a un acto delictivo en el barrio. Después de la lectura me examinaba atentamente buscando algún cambio culpable en mi expresión, y yo casi siempre satisfacía su desconfianza con un intenso rubor y la incapacidad para devolverle la mirada. Estoy seguro de que la mujer me había atribuido docenas de delitos y solo estaba esperando algún dato concreto para llamar a la policía, uno de cuyos capitanes, me había advertido, era primo carnal suyo.

La casera era víctima de los sablistas, lo que debe tenerse en cuenta en defensa suya. Ninguno de sus inquilinos pagaba con regularidad. Algunos seguían en sus habitaciones durante meses y meses con solo promesas de futuros pagos. Uno de ellos era una viuda que se llamaba la señora Wayne. La señora Wayne era la más hábil mal pagadora de la casa. Incluso se las arreglaba para conseguir cosas de la patrona. Su fortuna residía en su labia. Era una narradora maravillosa de historias tremendamente morbosas y obscenas. Siempre que olía que cocinaban comida, abría rápidamente su puerta y se lanzaba pasillo adelante con un cazo jaspeado azul y blanco que mantenía coquetamente ante su pecho como si fuera un abanico de encaje. Era indudable que estaba medio muerta de hambre y el olor de la comida la ponía en funcionamiento como una potente droga, pues entonces hacía gala de una brillantez poco frecuente en su charla. Llamaba con la mano a la puerta de la que procedía el tentador aroma, pero entraba antes de obtener cualquier tipo de respuesta. La lengua se le disparaba antes de haber entrado del todo, y no había ninguna grosería sobre que la echarían a la fuerza de la habitación que consiguiera desanimarla.

Había algo en la anciana que daba pena y que se imponía. Hasta su aliento maloliente se convertía en un componente de su malsano atractivo. Para mí era el espectáculo de tanta vitalidad heroica en un pozo tan agotado lo que me hacía sentir afecto por la viuda. Yo nunca cocinaba en mi dormitorio del ático. Solo me encontraba con la señora Wayne en la cocina de la patrona las veces que me había ganado la cena por hacer pequeños trabajos en la casa. La propia casera no era inmune al encanto de la señora Wayne, y las historias que contaba esta indudablemente la dejaban en éxtasis. Cuando ponía cosas al fuego siempre añadía: «Si a la muy puta le llega el olor de esto, ¡no habrá nada que la pueda detener!».

Ocho años después esos personajes desaparecieron, la tierra se los tragó, las paredes los absorbieron como a la humedad. Era indudable que la anciana señora Wayne y su abollado cacharro de cocina habían desaparecido entre protestas, y no estoy completamente seguro de que con ellos el mundo no haya perdido al mayor genio patológico desde Baudelaire o Poe. Su tema de conversación favorito era la muerte de parientes y amigos a los que había cuidado con la vista y el oído atentos para que no se le escapara ningún detalle de sus agonías. Su memoria los reproducía en la cocina de la casera de modo tan gráfico que yo mismo me sentía enfermo de espanto, sin embargo tan fascinado, que el riesgo a quedarme sin ganas de tomar una cena ganada con tanto esfuerzo no se imponía a las ganas de taparme los oídos. La patrona estaba igualmente hechizada. Poco a poco sus roncos murmullos de incredulidad y sus gestos impacientes daban paso a un placer tan morboso que se le aflojaban las mandíbulas y babeaba. Una mirada perdida, como si estuviera hipnotizada, asomaba a sus ojos habitualmente incisivos como alfileres. Mientras tanto, la señora Wayne, con el cazo sujeto delante del pecho, hacía un lento y oblicuo movimiento de aproximación al gran fogón de la cocina. Era tan potente su hechizo que incluso cuando de hecho levantaba la tapa de la cazuela con el guisado y se servía algo de su contenido en el cazo, aunque la mirada de la casera seguía sus movimientos, no parecía que se diese cuenta de ellos. No hasta que la desventurada protagonista de la historia había llegado a la desgraciada conclusión final —los ojos se le salían de las órbitas y unos efluvios fantasmales empapaban la ropa de su cama—, y entonces el encanto perdía la suficiente fuerza para permitir que los oyentes de la narración se dieran cuenta con claridad de lo que pasaba más allá de la escena representada. En ese momento la señora Wayne ya había rebañado su cazo con un apetito lobuno y se había dirigido a un punto tan cercano a la puerta que cualquier cosa desagradable procedente de la casera al salir del trance quedaría fuera del alcance del oído de la viuda antes de alcanzar su objetivo.

En aquella vieja casa el silencio era mortal, y si no las altas paredes enyesadas sonaban como alarmas anunciando fuego debido a voces airadas, a riñas sobre el uso del retrete, acusaciones de robo o amenazas de expulsión. Yo no tenía puerta en mi habitación, que estaba en el ático, solo una andrajosa cortina que no evitaba la andanada de miserias humanas que explotaban con tanta frecuencia. Las paredes de la habitación estaban pintadas con lunares rosas y verdes, y había una claraboya. Esa claraboya iluminaba débilmente de noche. Había un banquito debajo de ella. De cuando en cuando, en momentos en que a la habitación no la iluminaba otra luz, una vaga imagen grisácea parecía estar sentada en el hueco donde estaba ese banquito. Era la frágil y melancólica figura de un ángel o de una madonna ajada y de edad. La aparición se producía en el hueco con mayor frecuencia las noches de invierno de Nueva Orleáns, cuando caía una lenta lluvia de un cielo que no estaba lo suficientemente nublado para separar por completo a la ciudad de la luna. Nueva Orleáns y la luna siempre me ha parecido que se entendían entre ellas, que tenían una intimidad de hermanas que han envejecido juntas y ya no necesitan más que una mirada sin palabras para comunicarse sus sentimientos una a otra. Esta atmósfera lunar de la ciudad me trae de vuelta a ella siempre que se han apaciguado las oleadas de energía que me han llevado a ciudades más vitales, y se impone una época de retiro. Cada vez que he tenido una herida psíquica profunda, una pérdida o un fracaso, he vuelto a esa ciudad. En esos periodos parecía como si yo perteneciera a ella y a ningún otro lugar del país.

Durante esa primera estancia en Nueva Orleáns todavía no habían hecho presencia ninguno de los pequeños estímulos que impulsan mi vida de escritor y ya había aceptado el anonimato y el fracaso. Ya había aprendido a hacer religión de la resistencia y secreto de mi desesperación. Las noches eran un consuelo. Cuando la bombilla desnuda se había apagado y todo lo visible había desaparecido salvo el borroso hueco profundamente enraizado en una pared que daba a la calle Bourbon, yo parecía deslizarme a otro estado de la existencia en el que no mantenía penosos contactos con el mundo. Durante un rato el hueco seguía vacío: pero después de que mis pensamientos hicieran una imaginaria excursión y me volvía para mirar otra vez en aquella dirección, la figura transparente había entrado silenciosamente y se había sentado en el banquito de debajo de la ventana, iniciando aquella paciente vigilancia que me sumía en el sueño. Las manos de la figura estaban recogidas entre los ropajes incoloros del regazo y los ojos se clavaban en mí con una mirada amable, nada interrogadora, que yo llegaba a recordar como la propia de mi abuela durante su enfermedad, cuando yo iba a su habitación y me sentaba junto a su cama y quería decir algo o poner mis manos sobre las suyas, pero no podía hacer ninguna de las dos cosas, pues era consciente de que si hacía alguna me desharía en unas lágrimas que la preocuparían aún más que su enfermedad.

La aparición de esta figura gris en el hueco precedía unos pocos instantes al momento de quedarme dormido. Cuando la veía allí, yo pensaba consolado: Bueno, ahora estoy a punto de dormir, en unos momentos todo habrá desaparecido y no volverá hasta por la mañana…

Una de esas noches vino a mi habitación un visitante más palpable. Un calor que no era el mío me arrancó del sueño, y al despertar encontré que había entrado alguien en mi habitación y se había inclinado sobre mi cama. Di un salto y casi grité, pero los brazos del visitante me lo impidieron vehementemente. Susurró su nombre, que era el de un artista tuberculoso que dormía en la habitación de al lado. Quiero, quiero… susurró. Conque me volví a tumbar y le dejé que hiciera lo que quisiese hasta que terminó. Luego, sin decir nada, se levantó y salió de mi cuarto. Durante los momentos siguientes le oí toser y murmurar para sí mismo al otro lado de la pared que nos separaba. Pero al final me volví a adormecer. Eché una ojeada al hueco de debajo de la claraboya. Sí, allí estaba el ángel. Me pregunté si habría contemplado las cosas extrañas que habían pasado y cuál sería su actitud hacia las perversiones del deseo. Pero no hubo la más mínima señal. Las dos manos sin peso seguían sujetándose sin fuerza una a otra entre el ropaje incoloro del regazo, los fríos y solidarios ojos grises en la cara levemente nacarada estaban tan inmóviles como los de una estatua. Noté que había dejado que se produjera el acto, y que ni lo desaprobaba ni lo aprobaba, de modo que me volví a dormir.

No mucho después del episodio de mi habitación, el artista estuvo implicado en una escena espantosa con la casera. Su enfermedad entraba en la fase final, tosía todo el tiempo pero se las arreglaba para seguir trabajando. Hacía dibujos rápidos en el Two Parrots, que estaba a la vuelta de la esquina, en Toulouse. No se fiaba de nadie ni de nada. Vivía en un mundo completamente hostil a él, implacablemente hostil, y nadie podía atravesar las paredes que le rodeaban durante más tiempo que el que duraban los frenéticos momentos de deseo que le dominaban. No cedía a la fiebre mortal que le afectaba los nervios. Inventaba toda clase de quejas y molestias triviales para ocultarse a sí mismo que se estaba muriendo. Uno de estos subterfugios a los que recurría por la noche era a lo mucho que le molestaban las chinches. Aseguraba que su colchón estaba infestado de ellas, y todas las mañanas realizaba un airado informe a la casera sobre el número de las que le habían picado durante la noche. La vieja no se lo quería creer. Por fin, una mañana hizo que la casera entrara en la habitación para que echase una ojeada a su ropa de cama.

Le oí respirar trabajosamente mientras la vieja revolvía y removía el rincón donde estaba la cama.

—Bien —dijo finalmente con un gruñido—, yo no encuentro nada.

—¡Dios santo! —dijo el artista—, ¡está usted ciega!

—¡Muy bien! ¡Enséñemelo! ¿Qué hay en esta cama?

—¡Mire esto! —dijo el artista.

—¿Qué?

—Esa mancha de sangre de la almohada.

—¿Y qué?

—¡Aplasté ahí a una chinche tan grande como una uña mía!

—¡Juá, juá, juá! —soltó la casera—. ¡Es donde usted escupió sangre!

Hubo una pausa en la que la respiración de él se hizo más ronca. Su voz, cuando volvió a surgir, estaba tremendamente alterada.

—¡Cómo se atreve, maldita sea, a decir eso!

—¡Juá, juá, juá! Supongo que pretende que no escupe usted sangre, ¿no?

—¡No, no, nunca! —gritó él.

—¡Juá, juá, juá! Usted escupe sangre todo el tiempo. He visto escupitajos suyos en la escalera, en el vestíbulo y en el suelo de este dormitorio. Deja un rastro de ella en todos los sitios a los que va. Deja un sendero de sangre como un pollo que corriera con la cabeza cortada. Usted tose y escupe y contagia la enfermedad. ¡Y eso no es todo lo que hace usted!

—Oiga —vociferó el artista—. ¿Qué tipo de insinuación es esa?

—¡Juá, juá, juá! ¡Yo no insinúo nada, se trata de hechos sabidos!

—¡Fuera! —gritó él.

—¡Estoy en mi casa y digo lo que me apetece! Lo sé todo de los degenerados del barrio como usted. Por algo llevo diez años alquilando habitaciones en el barrio. Una panda de mestizos, de borrachos y degenerados, con tipos así es con quienes me las tengo que ver. Pero usted es el peor de todos, ¡nadie le gana! Y no solo aquí, también en el Two Parrots. Su espantoso proceder se ha convertido en el tema principal de conversación del local donde usted trabaja. Tiene lleno de escupitajos el caballete. Deben fregarlo con un potente desinfectante todas las noches. El encargado está molesto. Quiere que recoja su caballete y se vaya al infierno. Lo que pasa es que no se lo dice porque es usted un caso perdido. Fíjese, una de las camareras me contó que algunos clientes se iban sin pagar porque usted había tosido y escupido justo al lado de su mesa. Eso es lo que pasa, ¡y el encargado está harto de eso!

—¡Está contando mentiras!

—¡Lo que digo es verdad! ¡Me enteré por la cajera!

—¡Debería darle un guantazo!

—¡Adelante!

—¡Debería partirle esa espantosa cara vieja!

—¡Adelante, adelante, inténtelo! ¡Tengo un sobrino que es capitán de la policía! ¡Pegúeme y dará con sus huesos en el calabozo! ¡Un manguerazo en la espalda es lo que le darán allí!

—¡Debería arrancarle esas asquerosas mentiras de la boca!

—¡Juá, juá! ¡Venga, inténtelo! ¡El esfuerzo le matará a usted!

—Tendrá usted su merecido —dijo él jadeando—. ¡Una de estas noches encontrará que tiene un cuchillo clavado!

—Por usted, supongo, ¿no? ¡Se va a morir usted en la calle, echará los pulmones por la boca a fuerza de toser! Lo llevarán al depósito de cadáveres. Nadie reclamará su esquelético cadáver. Lo meterán en una caja y lo cargarán en una barcaza del río. Y cuanto antes mejor, además. Un caso como el suyo es una amenaza y un peligro público. No tiene derecho a ser un riesgo para las personas sanas. Debería ir usted al pabellón de beneficencia del San Vicente. Es el sitio adecuado para una persona que se está muriendo y que no tiene la cordura de darse cuenta de lo que de verdad le pasa en lugar de andar protestando de que las chinches le manchan de sangre la almohada. ¡Agh! ¡Chinches! ¡Usted es la chinche que mancha de sangre todas estas sábanas! ¡Es usted, y no las chinches, lo que deja tan hecho una pena el Two Parrots que tienen que restregarlo con lejía todas las noches! Es usted, y no las chinches, el que hace que los clientes se marchen sin pagar. ¡El encargado no está molesto con las chinches, sino con usted! Y si no se marcha usted por su propia voluntad, se va a enterar muy pronto. Tampoco yo le quiero aquí. No, después de las amenazas y de la escena que ha montado esta mañana. ¡Quiero que recoja todas sus porquerías, todos sus pañuelos sucios y sus frascos, y se largue de aquí antes de las doce, o por Dios, por el mismo Jesucristo, que cualquier cosa que deje irá directamente al incinerador! ¡Yo misma la recogeré con un palo de tres metros y la tiraré al fuego, porque nada de lo que haya tocado usted es seguro para el contacto humano!

El artista salió corriendo de la habitación, le oí correr escalera abajo y salir del edificio. Fui a la claraboya del hueco y le vi dando vueltas enloquecidas por la calle. Estaba loco de ira. Un camarero del restaurante chino salió y le agarró del brazo; un borracho de un bar razonó con él. El joven sollozaba y se lamentaba, andaba de una puerta a otra de los antiguos edificios hasta que el borracho se las arregló para meterle en un bar.

La casera y una negra gorda y vieja que trabajaba en la casa quitaron el colchón del joven de la cama y lo arrastraron hasta el patio. Lo metieron por la trampilla de hierro del incinerador y le prendieron fuego, manteniéndose a una distancia prudente para verlo arder. La patrona no estaba contenta con solo la quema, soltó un largo parlamento a voz en grito con respecto a él.

—No lo quemamos porque tenga chinches —gritaba—. Quemo este colchón porque lo han contagiado. Uno con tisis ha estado tumbado en él, ¡un degenerado asqueroso y un mentiroso!

Siguió y siguió hasta que el colchón quedó completamente consumido; y aún después continuó.

Luego mandó a la vieja negra al piso de arriba para que se llevase las pertenencias del joven. Había empezado a llover y, a pesar de las protestas de la casera, la negra colocó todas las cosas debajo del platanero del patio y las tapó con un trozo de linóleo desechado que sujetó con unos ladrillos.

A la puesta de sol el joven volvió a la casa. Le oí toser y jadear bajo la lluvia del patio mientras recogía sus cosas de debajo del fantástico paraguas verde y amarillo del platanero. Parecía que estaba hablando de todas las cosas malas que había padecido desde que había venido a este mundo, pero al final sus quejas se centraron en la pérdida de un peine precioso. «Ay, Dios mío —murmuraba—. Me ha robado el peine, tenía un peine precioso que me dio mi madre, un peine de concha de tortuga con un mango de plata y perlas. ¡Ha desaparecido, me lo han robado, y el peine perteneció a mi madre!»

Al final lo encontró, o el joven renunció a su búsqueda, pues las palabras se interrumpieron. Una plateada y húmeda quietud se impuso en la casa de la Bourbon como si el día y la noche hubieran terminado con lo que tenían que hacer allí, y en mi habitación las manillas luminosas de un reloj y el gris borroso del hueco eran lo único del mundo visible que permanecía.

El episodio puso fin a mi residencia en la casa. Las noches siguientes el transparente ángel gris dejó de aparecer en el hueco de debajo de la claraboya y el sueño tuvo que acudir sin ninguna sanción maternal. Conque decidí terminar con mi estancia en la pensión. Notaba que la delicada anciana angélica me había dado a entender que debía irme, y que si me volvía a visitar alguna vez, sería en otro momento y en otro lugar… que todavía no han llegado.

WILLIAMS 2

BIENVENIDOS A MASTER CLASS SOBRE TENNEESSEE WILLIAMS!

ESSENNA NARRACION + CULTURA PEDRO PARCET

LA POESÍA DE LA VULNERABILIDAD

Tennessee Williams no había nacido para clásico. Muchos autores nacen con su estatua bajo el brazo, pero Williams, cuyas ambiciones no eran ni pocas ni menguadas, daba la impresión de haberse adelantado a su propia gloria. Nada más fácil, por ejemplo, que obtener una entrevista con él a pesar de su celebridad. A mí me concedió tres, aunque en ninguna de ellas estaba en condiciones de decir nada interesante. Terminó en farsa: en otra ocasión –en la recepción ofrecida con motivo de la recogida del premio del National Arts Club, en 1975– me dejó en compañía de las personas que, en su opinión, sabían sobre su vida y su obra más que él mismo. Al ver su doble sonrisa (él sonreía más con los ojos que con la boca) me di cuenta de que estaba tomándome el pelo. Se trataba de su hermana Rose, cuyo silencio lobotomizado era impenetrable, y del director de teatro y cine Elia Kazan, quien me explicó con divertida cortesía que el dramaturgo tenía ese tipo de salidas. Por eso no dejan de ser una satisfacción las solemnes celebraciones del centenario de su nacimiento, aunque la verdadera consagración haya sido la publicación de su obra en dos volúmenes de la Library of America en 2001. La figura algo patética, con sus gafas y su corbata siempre fuera de lugar, finalmente cristaliza: «Tel qu’en lui-même enfin l’éternité».

Todo eso no pasa de una confirmación. La poesía de la vulnerabilidad que mana de sus mejores piezas fue identificada desde el principio, por él mismo y por la crítica, como autobiográfica, como la transfiguración de un yo apabullado por su aparente insignificancia ante los otros y ante el mundo. «El miedo del mundo –escribe en una carta de 1942–, la lucha por encararlo y no huir, el miedo de la realidad, es la más real de todas mis experiencias». Cuando Blanche dice, en A Streetcar Named Desire, que siempre dependió de la bondad de extraños, era Tennessee Williams quien hablaba. En la introducción a Sweet Bird of Youth el autor afirma que no puede mostrar debilidades en las tablas «excepto cuando las conozco por tenerlas yo mismo». Es de la sordidez y desesperanza de su juventud de donde sus piezas extraen su material y su fuerza, visitándolas obsesivamente como quien acaricia una herida infectada. El lirismo que las eleva se revela como «las gloriosas esperanzas del pasado», vibrando con las reverberaciones de lo que pudo haber sido y no fue. Como sucede con Faulkner, otro sureño, el pasado de Tennessee Williams nunca termina de pasar, pero sin la épica faulkneriana: es un pasado personal e íntimo.

El paraíso perdido de Thomas Lanier Williams –el nombre de guerra «Tennessee» es una alusión– fue una infancia idílica en el «sur profundo» bajo los cuidados indulgentes de sus abuelos maternos. La caída se produce cuando su padre, hasta entonces una figura lejana debido a sus ausencias de viajante de comercio, se ve obligado a aceptar un empleo de oficina en una industria de zapatos en San Luis (Missouri), metrópoli provinciana que aplasta las pretensiones de clase media de la familia Williams. Alcohol y amargura en dosis iguales hacen de Cornelius, el padre, un tirano doméstico violento e indescifrable que se burla del pequeño Tom llamándolo «señorita Nancy». La madre, Edwina, complica las cosas con la nostalgia de un estatus perdido imaginario. Las peleas familiares, las miserias económicas, la imposibilidad de comunicación entre los miembros de la familia, la falta de perspectivas que desembocaría en la Gran Depresión, «el gran trauma psicológico» de la locura de la amada hermana Rose, oprimen y desesperan al futuro dramaturgo, que sólo se libraría de esa carga en la frágil densidad cristalina de sus escenas. Burbujas que estallan como bombas.

De hecho, es posible afirmar que en el momento en que finalmente consigue purgar su infierno interior agota la fuente de su arte. En 1960 Williams escribe un texto extraordinario sobre su padre, The Man in the Overstuffed Chair (publicado en 1980 y hoy disponible como prefacio de algunas ediciones de sus cuentos completos). En él el autor transfiere su afecto por la madre –aliada de toda la vida– al padre, a quien cree por fin entender. La madre, que es al mismo tiempo Blanche DuBois y su hermana Stella Kowalski en A Streetcar Named Desire (1947) –vale decir una sureña «caída» y casada con un hombre inferior, y la hermana que sigue viviendo de glorias pasadas– había sido hasta entonces para Tennessee Williams un refugio de delicadeza en un mundo grosero y brutal. Mundo en buena medida personificado por el padre, siempre atormentado por el dinero que no consigue traer a casa. Antes de escribir sus obras más importantes, en 1939, Williams había explicado a su agente que «tengo un solo tema clave para toda mi obra, que es el impacto destructivo de la sociedad en los individuos sensibles e insumisos». Hasta 1960 el instrumento de agresión de la sociedad había sido encarnado por el padre, en conflicto con la «sensibilidad» de la familia: la madre, la hermana y el hijo Tom. En la pieza Suddenly, Last Summer (1958), la señora Venable defiende a su hijo Sebastian, un poeta, diciendo que «la vida de un poeta es su trabajo, mientras que el trabajo de un vendedor es una cosa y su vida es otra». Sólo en el texto de 1960 Williams reconoce que su padre también libraba una guerra perdida contra el mundo. «Ahora entiendo muchas cosas sobre él, como su rabia contra la vida, tan similar a la mía, ahora que tengo la misma edad que él». Casi con perfecta sincronía escénica, Williams experimentaría poco tiempo después su primer fracaso teatral con The Night of the Iguana (1964).

Llegaban así a su fin tres lustros dorados, inaugurados con The Glass Menagerie (1944), cuando el arte de Tennessee Williams dominó las tablas norteamericanas y mundiales, llegando a los públicos más distantes en adaptaciones cinematográficas. Gore Vidal recuerda en sus memorias la gloria juvenil de los escritores norteamericanos, que gastaban sus derechos de autor en la Europa postrada y empobrecida por la Segunda Guerra Mundial: James Baldwin, Norman Mailer, Truman Capote, Paul Bowles y otros. Vidal anota también cuánto más viejo le parecía Tennessee Williams con sus treinta y siete años. Efectivamente, Williams, a pesar de algunos premios literarios prematuros, había tenido un desarrollo artístico tardío (emocional y sexual también: sólo descubrió su homosexualidad y la plenitud erótica al rozar los treinta). Hasta entonces había llevado una vida errante y pobretona, en la que su «principal ocupación subsidiaria» –además de la literatura– era la de camarero, tras pasar una década como eterno estudiante universitario (Williams es tal vez el único dramaturgo de genio con un diploma de estudios teatrales). Sin embargo, se había declarado escritor a los dieciséis años, habiendo descubierto la literatura a los catorce «como un medio para escapar de un mundo real en el que me sentía profundamente incómodo».

El genio de Williams –es evidente– se explica por el arreglo de cuentas con su infierno familiar para poder reconciliarse con la vida. La crítica ha mostrado cómo su obra teatral se deriva repetida e insistentemente de sus poemas y, sobre todo, de sus cuentos (dígase de paso que Williams es excelente cuentista). Una imagen es vislumbrada en un poema, madurada en un cuento y consumada en el teatro. Su primera pieza escenificada, Battle of Angels (1940) arranca de un poema. Y su primera obra maestra, The Glass Menagerie, nace de un soberbio cuento de 1941, Portrait of a Girl in Glass, que perpetúa los momentos de felicidad familiar con la hermana Rose. Cuando su agente literaria, la mítica Aubrey Wood, le pide una lista de sus obras antes de aceptar un breve y desdichado contrato en Hollywood (para asegurarle los derechos de autor), queda sorprendida con el número de textos. Eso aclara la trayectoria literaria de Williams y la especificidad de su lento desarrollo estético. Gore Vidal recuerda, no sin malicia, la ignorancia y desidia cultural del dramaturgo, dejando constancia al mismo tiempo de que era un trabajador contumaz. Pero está claro que la originalidad y autenticidad de la obra de Williams es el resultado no de refinamientos estéticos, sino de una búsqueda íntima. Toda su vida y sus esfuerzos cristalizaron en dos piezas casi perfectas, que son las dos caras de una misma moneda: The Glass Menagerie A Streetcar Named Desire. Otra, Cat on a Hot Tin Roof (1955) es más refinada técnicamente, pero no deja de ser una reiteración.

Eso explica el impacto inesperado y triunfal de The Glass Menagerie en el teatro estadounidense, exactamente en su período áureo. La dramaturgia norteamericana había obtenido su consagración con el Premio Nobel concedido en 1936 a Eugene O’Neill, cuya obra había introducido en los escenarios norteamericanos la modernidad teatral de Ibsen y Strindberg, asimilándola. La formación y triunfo de Williams ocurre a la sombra de O’Neill, pues dos de sus obras mayores son montadas en esa época: The Iceman Cometh (1946) y Long Day’s Journey Into Night (1956, póstuma). Pero las tragedias al gran estilo de O’Neill, con su diálogo poco idiomático, ya tenían un sabor algo arcaico para los Estados Unidos de la Depresión, y más aún de la posguerra. El teatro de Arthur Miller –algunos críticos hablan de la «era Miller-Williams» al analizar el período de posguerra– refleja un nuevo mundo social y político. Pero es la obra de Tennessee Williams la que llega a la fibra íntima del público, y por excelentes razones. A los cambios sociales externos corresponde un doloroso cambio en la psicología colectiva, en las relaciones entre las generaciones y los sexos. De ahí que Williams afirmara que sus piezas se basan en la implosión de la familia estadounidense.

El impacto de The Glass Menagerie fue también estético. A pesar de sus estudios formales, Tennessee Williams no era un literato en busca de formas y métodos nuevos, sino un mensajero en busca del mejor y más efectivo vehículo para su mensaje. Por este motivo, argumentos y tipos nunca son abandonados, aunque no funcionen en un primer impulso; son reescritos una y otra vez, retomados en nuevas piezas con otros títulos, pero fácilmente reconocibles. Y el hecho es que, como todo artista lírico –es decir, intransferiblemente subjetivo–, el contenido es la forma. Eso fue reconocido gentilmente por el propio Arthur Miller, quien, reconociendo la influencia que recibió a pesar del paralelismo de sus carreras, indica que Williams «abrió nuevas vertientes al colocar en escena la sensibilidad en estado puro, no abandonando las estructuras dramáticas, sino transformándolas». Después, sin la nostálgica poesía de The Glass Menagerie –una «pieza de la memoria»–, A Streetcar Named Desire encara frontalmente las consecuencias, mostrando las pasiones apenas presentidas en la primera pieza, especialmente las sexuales. Williams nunca conseguiría superar, aunque algunas veces sí la iguale, la intensidad de estas dos obras.

Ya con la primera se hizo rico y famoso. Con la mitad de los derechos de autor de Menagerie su madre pudo emanciparse de Cornelius Williams. Con Streetcar, la primera pieza teatral que recibió los tres grandes premios literarios nacionales, incluido el Pulitzer, Tennessee Williams comienza a reinar soberanamente en los escenarios estadounidenses, al mismo tiempo que conquista una seguridad que las cartas de su juventud pintaban como utópica. Ignorando las acusaciones de repetitivo, escribiría algunas piezas memorables más, pero ya había dicho lo que tenía que decir. En un texto célebre, describió su situación como «la catástrofe del éxito». Saturado de alcohol y Nembutal, aterrorizado por la soledad, se convirtió en el hombrecillo sudoroso e incoherente que conocí, consciente de haberse sobrevivido.

Pero un superviviente no necesita ser un derrotado. Blanche DuBois habla del terror que le inspiraba morir asfixiada por una uva, y Williams murió asfixiado por la tapa de un frasco de medicamentos, solo, en un cuarto de hotel, como había vivido gran parte de su vida. Pero el eco es más profundo. Gore Vidal cuenta cómo la actriz inglesa Claire Bloom se inspiró para una actuación extraordinaria en Streetcar en que, antes de salir al escenario, Williams le aseguró que la frágil y delicada Blanche terminaría por triunfar en la vida, imponiendo sus propias condiciones. Como el frágil y atormentado Tennessee Williams, que triunfa siempre que sus piezas se representan en cualquier escenario del mundo.

Este es un ensayo de Hugo Estenssoro

POESÍA

APAGAR EL VELADOR

Apagar el velador
es un acto a cuya eventual necesidad me rindo,
con reticencia cada vez mayor,

y que demoro leyendo más allá de mi límite
de concentración algún artículo o relato,
tomándome otra copa de jerez Dry Sack, poniendo
la píldora para dormir en un lugar donde pueda localizarla
con facilidad en la oscuridad, por si la tableta preliminar
de Valium no bastara

Porque, verás, a los sesentaicinco,
renunciar a la conciencia para dormir
implica, usualmente, un dejo de aprensión nerviosa,
porque tal vez no vuelva a revivir. Sin embargo,

a veces sospecho que hay en esto
un cierto placer escondido: también un dejo
de fascinación oculta en la rendición…

……..