KAWABATA 2 EL CIEGO Y LA JOVEN

BIENVENIDOS A KAWABATA MASTERCLASS
HOY OFRECEMOS UNA HERMOSA HISTORIA
ESSENNA:
CULTURA + CUENTOS
PEDRO PARCET

O-Kayo no entendía cómo un hombre, capaz de volver solo en el Ferrocarril de la Gobernación hasta esa estación suburbana, precisaba ser conducido de la mano por la angosta callejuela hasta la estación.
Pero, a pesar de este misterio, O-Kayo cumplía con su deber.
La primera vez que Tamura había llegado a la casa, su madre le había dicho:—O-Kayo, por favor, guíalo hasta la estación.
Un rato más tarde salieron de la casa, Tamura dejando colgar su bastón del brazo izquierdo, buscaba a tientas a O-Kayo.
Al ver cómo la mano se agitaba ciegamente sobre su pecho, O-Kayo enrojeció, pero le ofreció la suya.—Gracias. Todavía eres una jovencita —dijo Tamura.
Imaginó que debería ayudarlo a subir al tren, pero Tamura, apenas tuvo su boleto, le puso una moneda en la palma de la mano y con presteza pasó por el molinete sin ayuda. Siguió marchando a lo largo del tren, rozándolo con su mano a la altura de las
ventanillas hasta la entrada por la que ascendió.
Sus movimientos revelaban una habilidad adquirida. O-Kayo, que lo observaba, se sintió aliviada.
Cuando el tren partió, no pudo evitar una leve sonrisa. Le pareció que había una virtud especial trabajando en las yemas de esos dedos, como si fueran ojos.
También sucedían estas cosas: cerca de la ventana por donde a la tarde entraba la luz del sol, su hermana mayor,O-Toyo, arreglaba su corrido maquillaje.—¿Puedes ver lo que se refleja en este espejo? —le preguntaba a Tamura.
La malevolencia en el comentario de
su hermana era evidente, incluso para O-Kayo. ¿No era obvio que si O-Toyo estaba retocando su maquillaje, era ella la reflejada en el espejo?Pero la malicia de O-Toyo nacía simplemente de su enamoramiento ante su propio reflejo.
—Una mujer bella le está haciendo el favor de mostrarse agradable. —Recalcaba mientras daba vueltas alrededor de Tamura.
En silencio, él se apartaba de su lado, donde había estado sentado al modo japonés, y empezaba a frotar la luna del espejo con sus yemas. Entonces,con ambas manos, lo iba girando.
—¿Qué haces?
—Hay un bosque reflejado en él.
—¿Un bosque?
Como atraída por una carnada hacia el espejo, O-Toyo se arrodillaba ante él.
—El sol del atardecer resplandece entre el bosque.
O-Toyo observaba con desconfianza mientras Tamura deslizaba sus yemas sobre el espejo. Luego, riéndose burlona, retornaba el espejo a su lugar.
Y otra vez se entregaba a su maquillaje.
Pero O-Kayo sí se asombraba con el bosque en el espejo. Tal como Tamura lo había dicho, el sol poniente despedía una luz neblinosa y rojiza entre las copas del bosque.
Todas las hojas otoñales, al recibir la luz desde atrás,relucían con una cálida transparencia.
Era un atardecer inmensamente pacífico de un balsámico día otoñal.
Y, sin embargo, la sensación que provocaba el bosque en el espejo era completamente diferente de aquella del bosque real. Tal vez porque no se reflejaba la delicada fumosidad de la luz, como tamizada por una gasa de seda, había una profunda y nítida frialdad. Era como una escena en el fondo de un lago.
Y si bien O-Kayo estaba acostumbrada a ver cada día el bosque real desde las ventanas de su casa, nunca lo había observado con atención.
Descrito por el ciego, era como si lo estuviera viendo por primera vez.
«¿Podría Tamura ver verdaderamente ese bosque?» se preguntaba.
Hasta deseaba saber él si conocería la diferencia entre el bosque real y aquel del espejo. La mano que acariciaba el espejo se volvía algo sobrenatural para ella.
Y cuando su mano tomaba la de Tamura al guiarlo, un súbito escalofrío la recorría. Pero, al repetirse esto como parte de su deber cotidiano cada vez que él regresaba a la casa, terminó por olvidar su temor.
—¿Estamos delante de la frutería,
no?—¿Ya pasamos por la funeraria?—¿Ya vamos llegando a la tienda de kimonos?
A medida que avanzaban por la misma calle una y otra vez, Tamura, no del todo en broma ni del todo en serio,iba preguntando estas cosas. A la derecha, la tabaquería, el puesto de los rickshaw, el negocio de sandalias, la mimbrería, el puesto donde servían sopa de porotos rojos con pasteles de arroz; a la izquierda, la vinería, el vendedor de medias, , el local de sushi, la droguería, el negocio de artículos de tocador, el dentista.
Mientras O-Kayo se los enumeraba, Tamura iba recordando el exacto orden de las tiendas a lo largo de las seis o siete cuadras camino a la estación.
Lo distraía ir nombrando las tiendas una tras otra a medida que iban pasando frente a ellas. Y así, cuando el lugar tenía algún detalle o comercios nuevos, como una ebanistería o un restaurante estilo occidental, O-Kayo informaba a Tamura.
Suponiendo que él se hubiera avenido a esa suerte de triste juego para distraerla, a O-Kayo le resultaba raro que reconociera todo a lo largo del camino, como una persona dotada de vista. Pero, y sin que pudiera decir exactamente cuándo, el juego se había convertido en una costumbre.
Cierta vez que su madre estaba enferma en cama, Tamura pregunto si había flores artificiales en la ventana de la funeraria.
como si hubiese recibido un balde de agua fría O Kayo miro con asombro a Tamura.
en otro momento el le pregunto al pasar
-son los ojos de tu hermana mayor tan hermosos?
-si, lo son.
mas hermosos que los tuyos
pequeña O-Kayo?
—¿Y cómo podría usted asegurarlo?
—Te preguntas cómo podría. El marido de tu hermana era ciego. Incluso tras la muerte de su marido, ella sólo pudo conocer gente ciega. Y tu madre lo es. Así que es natural que tu hermana piense que sus ojos son extraordinariamente bellos.
Por alguna razón esas palabras calaron hondo en el corazón de O-Kayo.
—La maldición de la ceguera abarca tres generaciones. O-Toyo, lanzando un suspiro, solía decir ese tipo de cosas para que su madre la oyera.
A O-Toyo le preocupaba dar a luz una criatura ciega. Y aun si no naciera ciega, tenía el presentimiento de que, si fuera una niña, probablemente se casaría con un ciego. Ella misma se había desposado con un ciego por ser ciega su madre. Al tratar sólo con masajistas ciegos, su madre había sentido aprensión de un yerno vidente.
Tras la muerte del marido de O-Toyo, varios hombres habían pasado la noche en la casa, pero todos eran ciegos.
Un ciego le pasaba el dato a otro. La familia había quedado persuadida con el sentimiento de que si ofrecían sus cuerpos a algún hombre que no fuera ciego, podrían ser arrestadas sin aviso.
Era como si el dinero para sostener a la madre ciega debiera provenir de ciegos.
Cierto día, uno de los masajistas ciegos había llevado a Tamura.
Tamura,que no pertenecía a la cofradía de masajistas, era un hombre joven y saludable de quien contaban que había donado varios miles de yenes a una escuela para ciegos y sordos. Con el tiempo, O-Toyo lo transformó en su único cliente. Lo trataba como si fuera un tonto.
Tamura, siempre con un aire triste, conversaba con la madre ciega.
En esos momentos, O-Kayo lo observaba en silencio y con gran intensidad.
La madre murió de su enfermedad
.—Ahora, Kayako, ya estamos fuera de la desgracia de la ceguera. Estamos a salvo —dijo O-Toyo.
Poco tiempo después, el cocinero de un restaurante de estilo occidental se instaló en la casa. O-Kayo se retiró intimidada por su grosería.
Llegó entonces el momento en que O-Toyo se despidió de Tamura.
Por última vez O-Kayo lo condujo hasta la estación.Cuando el tren partió, ella sintió congoja, como si su vida hubiera terminado. Tomó el siguiente tren para ir tras Tamura.
No sabía dónde vivía, pero presentía el camino que tomaría el hombre cuya mano había sostenido durante tiempo-








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