Cuento de la India. Un rey y siete reinas.

INDIA.

Había una vez un rey que tenía siete reinas, pero no tenía ningún hijo…

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Esto Le causaba mucho dolor, sobre todo cuando recordaba que a su muerte no habría un heredero para su reino.

Un día ocurrió que un anciano y pobre fakir llegó al reino, y cuando llegó dijo, «Tus plegarias han sido escuchadas y tus deseos serán cumplidos, ya que una de tus siete reinas tendrá un hijo.» El gozo y la alegría que le proporcionó esta promesa no tenían límites, y dio órdenes para que se realizara una fiesta apropiada que comprendiera todo lo ancho y largo de su reino.

Mientras tanto las siete reinas vivían muy lujosamente en un espléndido palacio, atendidas por cientos de criadas, y recibiendo todos los placeres más suculentos.

El rey era muy aficionado a la caza, y un día, antes de partir, las siete reinas le mandaron un mensaje que decía, «Rogamos a nuestro querido rey que hoy no vaya a cazar por la zona norte, ya que hemos tenido malos sueños, y tememos que algo pueda ocurrir.»

El rey, para acallar y aliviar la preocupación de las reinas, prometió considerar sus deseos, y se dirigió hacia el sur. No tuvo suerte en el sur, a pesar de que era un buen cazador. La cacería no tenía éxito y no estaba dispuesto a volver a casa con las manos vacías, olvidando así su promesa.

El rey se dirigió hacia el Norte. En el norte tampoco tuvo suerte al principio, pero justo en el momento que decidió parar para descansar y pasar la noche, una cierva blanca con cuernos dorados y brillantes pezuñas plateadas pasó cerca de unos matorrales.

La cierva pasó tan rápido que apenas pudo verla; sin embargo le entraron unos deseos muy grandes de capturarla y poseer esa bella y extraña criatura. Rápidamente ordenó a todos sus ayudantes a hacer un círculo y rodear los matorrales. Así podrían encerrar a la cierva. Así pues, poco a poco hicieron el círculo más pequeño hasta intentar llegar un momento que pudieran ver a la cierva en el centro. Y avanzaron y avanzaron, y justo cuando él pensaba que iba a atrapar a esta bella criatura, la cierva dio un potente y limpio salto sobre la cabeza del rey, y escapó hacia las montañas.

No pensando en otra cosa, el rey colocó las espuelas a su caballo, y le persiguió a toda velocidad. Y cabalgó dejando cada vez más lejos a todo su séquito, y no perdiendo de vista a la cierva sin frenar en ningún momento a su caballo. Hasta que se encontró en un estrecho barranco sin salida, y fue cuando tiró de las riendas de su caballo. Antes de desmontar vio un miserable cuchitril, al cual entró y pidió agua, ya que estaba muy cansado después de su larga y poca exitosa persecución.

Una vieja mujer, que estaba sentada en la choza junto a una rueda de hilar, respondió a esta solicitud llamando a su hija. Inmediatamente salió del interior de la choza una hermosa, bella y encantadora doncella, con piel clara y cabellos dorados. El rey se quedó paralizado viendo tanta belleza en ese cuchitril.

Ella sujetó la vasija de agua colocándola en los labios del rey, y éste bebió mientras miraba a los ojos de la muchacha. Cuando la miraba se dio cuenta que la muchacha era en realidad la cierva blanca con los cuernos dorados y las pezuñas plateadas, aquella que había estado persiguiendo desde tan lejos.

Su belleza le hechizó, se arrodilló ante ella, suplicándole que fuera con él y que fuera su esposa; pero ella sólo reía, diciendo que siete reinas son más que suficientes para ser manejadas incluso por un rey. De cualquier modo, el rey no estaba dispuesto a aceptar una negativa, y le siguió implorando hasta que le diera pena, y prometiéndole cualquier cosa que quisiera. Entonces ella le respondió, «Dame los ojos de tus siete reinas, y así quizá pueda creer todo lo que estás dispuesto a hacer por mí».

 

El rey volvió siempre con la imagen en su cabeza de la belleza mágica de esa cierva blanca. Y nada más llegar, les sacó los ojos a las siete reinas, y después de meter a las reinas ciegas en una asquerosa mazmorra donde no podían escapar, se dirigió una vez más hacia la casucha del barranco portando con él su horrible ofrenda. Cuando la cierva blanca, o la hermosa muchacha, vio los catorce ojos se rió cruelmente, y los utilizó para hacer un collar, que puso en el cuello de su madre diciendo, «viste este collar, querida madre, como un recuerdo de mi mientras estoy en el palacio del rey.»

Entonces ella volvió con el hechizado monarca, como su novia, y él le dio todas las caras ropas y joyas de las siete reinas para que se vistiera con ellas. Le dio también el palacio de las siete reinas para que viviera en él, así como todos los esclavos que tenían las siete reinas para que ahora le cuidaran a ella. Así pues, la bella muchacha tenía más de lo que incluso una bruja pudiera desear.

Después, al poco tiempo de que las siete desdichadas y desventuradas reinas les fueran arrebatados sus ojos, y fueran introducidas en las mazmorras, un bebé había nacido de la reina más joven. Era un niño precioso, y las otras reinas estaban celosas teniendo mucha envidia de la joven reina por ser tan afortunada. Pero aunque al principio no querían al precioso niño, él pronto probó que podía ser muy útil. Tan pronto como pudo andar comenzó a raspar en las paredes llenas de barro de la mazmorra, y en un tiempo increíblemente corto había hecho un agujero suficiente para que pudiera pasar él gateando. Así pues, a través del agujero desapareció, y volvió en una hora cargado de dulces que repartió entre las siete reinas ciegas.

Cuanto más crecía más agrandaba el agujero, y salía dos o tres veces cada día para jugar con los niños nobles de la ciudad.

Nadie sabía quien era este pequeño niño, pero todo el mundo le quería, y siempre estaba riéndose y haciendo payasadas tan alegres y brillantes, que siempre estaba seguro que conseguiría comida, algún trozo de tarta, algún puñado de cereal seco o algún dulce. Todo lo que conseguía lo llevaba donde sus siete madres, a las cuales él llamaba cariñosamente las siete reinas ciegas y a las que ayudaba a vivir en aquella mazmorra cuando todo el mundo pensaba que habían muerto de hambre algunos años atrás.

Más adelante, cuando él fue ya un muchacho mayor, cogió su arco y su flecha, y salió a jugar un rato. En el camino pasó por casualidad por delante del palacio donde vivía la cierva blanca con mucha opulencia y riqueza. Vio algunas palomas revoloteando alrededor de una torre blanca de mármol, y disparó la flecha y mató a una. Cuando la paloma fue alcanzada pasó por delante de la ventana donde estaba sentada la reina blanca; ella se levantó para ver que pasaba y miró hacia fuera. Al primer vistazo, en cuanto vio al guapo joven muchacho saludando con la mano, supo, gracias a la brujería, que era el hijo del rey. Ella casi murió de envidia y rencor al darse cuanta de esto. Y decidió destruir y deshacerse del muchacho sin demora. Por tanto mando a un sirviente para que le trajera en su presencia, y ella le preguntó si podría venderle la paloma que había disparado.

«No» respondió el fuerte muchacho, «la paloma es para mis siete madres ciegas, que viven en las malolientes mazmorras y que podrían morir si no les llevo alimento.»

«Pobres mujeres» lloró la bruja; «¿No te gustaría llevarles sus ojos otra vez? Dame la paloma, querido, y yo te prometo de verdad enseñarte donde podrías conseguirlos.»

Al escuchar esto, el muchacho se llenó de alegría, y le dio la paloma inmediatamente. Con lo cual, la blanca reina le dijo que buscara a su madre que vivía en una casucha sin tardanza, y le pidiera los ojos que ella usaba como collar.

«Ella no querrá dártelo sin más» le dijo la cruel reina, «si no le enseñas este mensaje donde he escrito lo que quiero que haga.»

Y diciendo esto, ella le dio al muchacho un trozo de una vasija rota, donde estaba escrito lo siguiente «¡Mata al portador de esta vasija inmediatamente, y rocía su sangre como si fuera agua!»

Como el hijo de las siete reinas no sabía leer, cogió muy alegre el fatal mensaje, y partió en busca de la madre de la reina blanca.

Mientras se encontraba en camino pasó a través de una población, donde todos sus habitantes parecían muy tristes, y no pudo evitar preguntarles la razón de su tristeza. Ellos le dijeron que era porque la única hija del rey se negaba a casarse; y si no lo hacía no habría ningún heredero al trono. Ellos estaban realmente asustados y pensaban que seguro que estaba loca o fuera de si. Le han presentado a todos los muchachos jóvenes y guapos del reino, y ella dice que solo se puede casar con el hijo de las siete madres, y debe estar loca, porque ¿Quién puede decir una cosa así? Eso es imposible. El rey, en su desesperación, ha ordenado que todos los hombres que entren en la ciudad, y sobre todo a aquellos que anden buscando los ojos de sus madres, tenían que arrastrarse hasta la presencia de él y de su hija.

Tan pronto como la princesa le vio, se ruborizó, y se dirigió hacia su padre y le dijo, «¡Querido padre, elijo a éste!»

Nunca nada le había producido tanto júbilo y alegría como esto.

Los habitantes de la población estaban locos de alegría, pero el hijo de las siete reinas dijo que no podría casarse con la princesa hasta que no recuperara los ojos de sus madres. Cuando la hermosa novia oyó la historia que le contó, le pidió le enseñara la vasija rota con el mensaje. Esta princesa era muy inteligente. Al ver las palabras traicioneras no dijo nada, pero cogió otro pedazo de vasija rota que ella tenía y escribió lo siguiente, «Cuida bien a este muchacho, y dale todo aquello que te pida», y se lo devolvió al hijo de las siete reinas, quien no se dio cuenta del cambiazo.

Después de reanudar el camino, llegó al cobertizo en el barranco donde vivía la madre de la bruja blanca, era una criatura horrorosa, que se quejó terriblemente cuando el muchacho le dijo que leyera el mensaje, y especialmente se quejó cuando el muchacho le pidió el collar con los ojos. Sin embargo, ella se quitó el collar y se lo dio diciendo, «Sólo hay trece de ellos, ya que uno lo perdí las semana pasada.»

El muchacho estaba muy contento por haber conseguido esos, y dándose prisa, tanto como pudo, llegó hasta donde estaban las siete madres, y les dio dos ojos a cada una de las reinas mayores; pero, a la más joven le dio sólo uno, y le dijo, «¡Querida madre! Yo seré siempre en ojo que te falta.»

Después de esto se dispuso para casarse con la princesa tal y como había prometido, pero pasando cerca del palacio de la reina blanca, él vio otra vez algunas palomas en el tejado. Entonces le disparó a una, y cayó tambaleándose pasando por la misma ventana que la última vez. La reina blanca se asomó por esa ventana, y vio que era otra vez el hijo del rey vivo y sano.

Ella se puso a llorar con rabia y disgusto, pero hizo llamar al muchacho, y le preguntó que como había regresado tan pronto, y cuando escuchó que había regresado con trece ojos y que se los había dado a las siete reinas ciegas, a punto estuvo de entrar en cólera. No obstante ella le hizo creer que estaba muy contenta con el éxito del muchacho, y le dijo que si esta vez le daba también la paloma ella le recompensaría con la maravillosa vaca del Jogi, que da leche durante todo el día, y se encuentra cerca de un estanque de leche tan grande como muchos reinos. El muchacho, sin poner resistencia, le dio la paloma; con lo cual, al igual que ocurrió anteriormente, ella le ofreció ir donde su madre y pedirle a ella la vaca, y le dio un mensaje donde ponía, «Mata a este muchacho, sin fallos, y ¡esparce su sangre como si fuera agua!»

Pero en el camino de ir hacia donde la madre de la malvada, el muchacho se juntó con la princesa, y le explicó porqué se había retrasado, y ella, después de leer el mensaje se lo cambió por otro. Así pues, cuando el muchacho llegó donde la casa de la vieja bruja le preguntó por la vaca del Jogi, y ella no se pudo negar, y le explicó al joven como encontrarla; y le sugirió no tener miedo de nada, tampoco de los dieciocho mil demonios que guardan el tesoro. Le dijo que se alejara de ellos cuando sintiera que se estaban poniendo demasiado enfadados.

Entonces el muchacho hizo con valor todo aquello que le habían dicho. Y después de una jornada caminando llegó hasta el estanque de blanca leche guardada por los dieciocho mil demonios. Era completamente aterrador contemplar ese lugar, pero lleno de coraje, se puso a andar mientras silbaba una bonita melodía y miraba de reojo hacia un lado y hacia el otro. Hasta que poco a poco llegó hasta donde estaba la vaca del yogui. Era alta, blanca, y muy bella. El yogui, que era el rey de todos los demonios, le ordeñaba día y noche, y la leche salía de las ubres llenando un depósito de blanca leche.

El yogui, mirando al muchacho le gritó muy enfadado, «¿Qué es lo que quieres aquí?»

Entonces el muchacho le contestó, según le había dicho la vieja bruja, «Quiero tu piel, para que el rey Indra pueda hacerse un tambor, ya que dice que tu piel es muy buena y resistente.»

Al escuchar esto el yogui empezó a temblar y a sacudirse (ningún yogui o dJinn se atrevería a desobedecer las ordenes del rey Indra), y cayó a los pies del muchacho, y se puso a llorar diciendo, «Si me dejas y dices que no me has encontrado te daré cualquier cosa que posea, ¡incluso mi hermosa vaca blanca!»

Después de esto el hijo de las siete reinas, y después de fingir indecisión, estuvo de acuerdo diciendo que después de todo no sería difícil encontrar una bonita piel resistente como la del Jogi en cualquier otro lugar; así pues, se dirigió hacia casa con su maravillosa vaca detrás suyo. Las siete reinas estaban encantadas con poseer tan maravilloso animal, y trabajarían desde la mañana hasta la noche haciendo requesón, cuajada y suero, además de vender leche a las pastelerías. Aunque sólo utilizaran la mitad de la leche que la vaca les de, eso les haría ser muy ricas, y cada día su riqueza aumentaría.

Viendo que las siete reinas se encontraban muy bien, y que podrían arreglárselas solas, el hijo salió para por fin casarse con la princesa; pero cuando pasó por el palacio de la cierva blanca, no pudo resistirse a tirarle una piedra a las palomas que estaban arrullando en el tejado. Una de ellas cayó muerta justo debajo de la ventana donde estaba sentada la reina. La reina se asomó y miró hacia fuera, y vio al sano y campechano muchacho de pie delante de ella. Se puso tan furiosa como nunca, llena de cólera y rencor.

Mandó a un súbdito para que le llevara a su presencia para preguntarle como había vuelto tan pronto, y cuando ella escuchó como su madre le había tratado tan amablemente casi le da un ataque; de cualquier modo, ella disimuló sus sentimientos tanto como pudo, y sonriendo dulcemente, dijo que estaba muy contenta por haber podido cumplir su promesa, y que si le daba esa tercera paloma que había cazado, ella podría hacer por él mucho más de lo que había hecho antes, le daría un millón de semillas de arroz, que madurarían en una noche.

Por supuesto, el muchacho estaba maravillado con esa idea. Le dio la paloma, y se puso en camino en busca de esas semillas, e igual que anteriormente con un pedazo de vasija rota donde había un mensaje que decía, «No falles esta vez. Mata al muchacho, y derrama su sangre como si fuera agua!»

Y cuando el muchacho fue a ver a la princesa, ésta como había hecho antes, sustituyó el mensaje por uno que decía, «Al igual que antes, da a este muchacho todo lo que desee, su sangre será como nuestra sangre!»

Ahora, cuando la bruja vio esto, y escuchó como el muchacho quería un millón de semillas de arroz que maduraban en una sola noche, se sintió tan furiosa que entró en cólera, pero sintiendo miedo de su hija, controló esa cólera, y ofreció al muchacho ir y encontrar el campo de arroz guardado por dieciocho millones de demonios, diciéndole que tuviera cuidado y que no mirara hacia atrás después de haber cogido la espiga más larga de arroz, la cual crece en el centro del campo.

 

Así pues el hijo de las siete reinas partió, y muy pronto encontró ese campo donde dieciocho millones de demonios guardaban millones de semillas de arroz. El muchacho andaba valientemente, sin mirar ni a la derecha ni a la izquierda hasta que alcanzó el centro y arrancó la espiga más larga. Cuando volvió para dirigirse a casa escuchó detrás de él miles de dulces voces, que lloraban y que decían, «¡Arráncame a mi también, oh, por favor, arráncame a mi también!», entonces el muchacho miró hacia atrás, y vio algo sorprendente, ya no quedaba nada allí excepto un pequeño montón de cenizas.

El tiempo pasaba y el muchacho no regresaba. La vieja bruja estaba intranquila porque recordaba el mensaje «su sangre será como nuestra sangre»; así que partió también en dirección al campo para ver que había pasado.

Tan pronto como llegó cerca del montón de cenizas, y conociendo bien su oficio, cogió un poco de agua, y amasando las cenizas con el agua, hizo una pasta con la forma de un hombre; luego, se pinchó su dedo meñique, y una gota de sangre que le salió la untó en la boca del hombre, e instantáneamente el hijo de las siete reinas se levantó y se sintió mejor que nunca.

«No vuelvas a desobedecer mis órdenes otra vez», dijo la vieja bruja, «o la próxima vez te dejaré sólo. Ahora lárgate, antes que me arrepienta de mi bondad!»

El hijo de las siete reinas volvió lleno de alegría a ver a sus siete madres, quienes con la ayuda del millón de semillas de arroz, pronto se convertirían en las personas más ricas del reino. Luego celebraron la boda de su hijo con la inteligente princesa a todo lo grande; pero la novia, ahora su mujer, era tan inteligente y observadora, que no podía descansar hasta no informar al padre de su marido la existencia de su hijo, y castigar a la malvada bruja blanca. Así pues mandó que su marido construyera un palacio igual que el de la bruja. Y cuando estuvo todo preparado pidió a su marido que dieran una gran fiesta en honor al rey, el padre de su marido. A este rey le habían llegado noticias de la existencia del misterioso hijo de las siete reinas, y su maravillosa riqueza, tenía mucha curiosidad, por lo tanto aceptó la invitación; pero cual fue su sorpresa cuando entrando al palacio lo encontró todo igual que el suyo, hasta el más mínimo detalle. Y cuando su anfitrión, ataviado con lujosas ropas, le condujo hasta la sala privada, vio sentadas en sus tronos a siete reinas, vestidas igual que la última vez que las había visto. Se dirigió hacia ellas y se arrodilló ante sus pies. Entonces le contaron al rey toda la historia. El rey, en ese momento, despertó del encantamiento, y su ira creció muchísimo contra la malvada cierva blanca que le embrujó durante tanto tiempo. Era tanta su ira que no pudo contenerse y fue donde ella y la mató.

Después de esto, las siete reinas volvieron a su reino y a su espléndido palacio, y todo el mundo vivió feliz y contento.

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Cuatro flechas mágicas. América del Norte.

CUENTO DE NATIVOS AMERICANOS.

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Hace mucho tiempo, los indios arikara vivían en una gran llanura a orillas del río Misuri. En aquella época, en la tribu había un joven que poseía cuatro flechas mágicas; una era blanca, otra amarilla, otra negra y la última, roja.

Cuando salía a cazar, utilizaba unas veces la flecha blanca y otras, la amarilla, y las recuperaba después de haber alcanzado el blanco.

Un día, mientras el joven indio dormía profundamente, se le acercaron dos pájaros de fuego y se lo llevaron volando al país que se encontraba al oeste de las grandes llanuras.

Al despertarse, vio que se encontraba en la cima de una alta montaña, en un lugar completamente desconocido y rodeado de paredes rocosas y grandes precipicios.

Se acercaban nubes de tormenta, y cuando el trueno retumbó, la montaña misma empezó a temblar.

De pronto, un pájaro de fuego se posó encima de una roca y le dijo:

-No temas. Soy el guía de los pájaros de fuego. Sabemos que eres un gran cazador y que posees unas flechas mágicas. Ayúdanos a luchar contra el monstruo de las aguas.

En indio conocía la historia de los pájaros de fuego y su lucha contra el monstruo de las aguas. Así pues, prestó mucha atención a las palabras del pájaro.

-Como ya sabes -prosiguió el ave-, vivimos en las cumbres de estas montañas desde los tiempos remotos. Todos los años, el monstruo de las aguas surge del río que ves allá abajo, trepa hasta la cima de la montaña y devora a nuestros polluelos. Le enviamos relámpagos con nuestros ojos, pero no surten ningún efecto sobre él, porque su cuerpo está recubierto de escamas de sílex. Si nos ayudas a acabar con él, serás hermano de todos los pájaros de la tierra. -Con el extremo del ala mostró a sus polluelos que se movían en el nido-: cuando empiecen a salirles las plumas, el monstruo de las aguas vendrá a devorarlos.

 

El joven indio buscó unos granos de maíz en su bolsa y los echó a los hambrientos polluelos.

Pasaron los días y el cuerpo de  los polluelos se cubrió de plumas. El indio se percató de que el monstruo de las aguas no tardarían en llagar.

Un amanecer empezó a soplar un viento muy violento y las aguas del río comenzaron a borbotear, al tiempo que una espesa niebla cubría la superficie del agua. Entonces parecieron las dos enormes cabezas del monstruo. Eran redondas y estaban recubiertas de escamas. Su visión resultaba horripilante.

El monstruo empezó a escalar la ladera de la montaña. Mientras, retumbaba el trueno que hacía temblar las paredes rocosas.

Los pájaros de fuego se precipitaron sobre las dos cabezas del monstruo, lanzándole relámpagos a través de sus ojos. Miles de chispas rebotaron sobre las escamas.

En aquel momento, el indio tensó su arco. Cando la primera cabeza abrió sus fauces para devorar un polluelo, apuntó a la garganta y tiró la flecha negra. Se oyó un crujido y la cabeza explotó, pues la flecha se había transformado en un arce de hojas dentadas.

Entonces, la segunda cabeza se dispuso a atacar. El indio le lanzó la flecha roja, que se transformó en un gigantesco abeto y alcanzó su objetivo. La cabeza explotó de la misma manera que lo había hecho la primera.

El cuerpo descabezado del monstruo de las agua rodó ladera abajo, rebotando sobre las rocas, y se sumergió en el río para no aparecer jamás.

Bandadas de pájaros multicolores legaron procedentes de todos los rincones de la tierra.

-Agradecemos tu ayuda -dijo el guía de los pájaros de fuego dirigiéndose al joven.-. De ahora en adelante, los pájaros te protegerán de cualquier peligro. ¿Qué quiere hacer ahora?

-Dejadme al pie de la montaña -pidió el indio, después de colocar de nuevo las flechas en su carcaj.

Desde entonces, el joven indio recorre el mundo para enfrentarse a los monstruos y a los espíritus malignos con sus cuatro flechas; blanca, amarilla, negra y roja. Así, los indios de su tribu pueden dormir en paz.

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Leyenda Sioux

Talleres de narración oral

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Compartimos esta bella historia de sabiduría.

Cuenta una vieja leyenda Sioux, que un día Toro Bravo, el más valiente y honorable de los guerreros, y Nube azul, la bellísima hija del jefe de la tribu, llegaron a la tienda del anciano sabio de la aldea a pedir consejo.

Nos amamos –empezó el joven- y nos vamos a casar –prosiguió ella- Y tenemos tanto miedo de perdernos, que venimos a rogarle que nos haga un conjuro o un hechizo, o nos entregue un talismán para que nos proteja y garantice que estemos juntos hasta la muerte. ¿Hay algo que pueda hacer por nosotros?”

El anciano se emocionó mucho al verlos tan jóvenes, tan enamorados y esperando su consejo con tanto anhelo.

Habría algo – dijo- pero no sé si sea un reto muy difícil, pues implica gran sacrificio.

Haremos lo que sea – respondieron al unísono los enamorados-

Nube Azul –dijo el anciano- ¿ves ese monte al norte de la aldea? Tendrás que escalarlo sola, y, sin más armas que tus manos y una red, atrapar al halcón más bello y vigoroso que jamás se haya visto. Si logras atraparlo, deberás traerlo vivo al tercer día después de la luna llena. Esa es tu misión.

Y tú, Toro Bravo, -continuó el sabio- tendrás que escalar la montaña del trueno y cuando alcances la cima, deberás capturar, sin hacerle daño, a la más valiente de las águilas, usando sólo tus manos y una red, para traerla el mismo día del regreso de Nube Azul.

Ahora, partan, ordenó el anciano.

Los jóvenes se abrazaron con ternura y luego emprendieron su camino, ella al norte, y él hacia el sur de la aldea, para cumplir con las misiones encomendadas.

El día señalado, los amantes regresaron a la tienda del anciano, cargando cada uno el ave que le había sido pedida. Eran, en verdad, unos hermosos ejemplares.

¿Qué debemos hacer ahora?  preguntó Toro Bravo, ¿Debemos matarlas y beber su honorable sangre?

No, respondió el anciano.

¿Debemos cocinarlas y comer su carne preciosa? preguntó ella.

No repitió el sabio, Ahora deben atarlas entre sí por sus patas, con estas tiras de cuero, y luego dejarlas para que vuelen libres.

 

La joven pareja hizo lo que se les había ordenado y soltaron las aves. El águila y el halcón intentaron levantar el vuelo varias veces pero lo único que conseguían era terminar cada vez, revolcadas en el suelo.

Después de muchos intentos, irritadas y frustradas por su incapacidad para volar, empezaron atacarse con sus picos, haciéndose mucho daño. Este es el conjuro que pidieron, dijo el anciano, nunca olviden lo que acaban de ver. Ustedes son como el águila y el halcón. Si se atan el uno al otro, así sea por su inmenso amor, no sólo vivirán arrastrándose, sino que terminarán lastimándose inevitablemente.

Si quieren que su amor perdure, vuelen juntos, pero jamás atados.

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Javier Villafañe. La vuelta al Mundo

 

  1. JAVIER VILLAFAÑE

Una vez un chico que se llamaba Santiago salió de su casa en un triciclo para dar la vuelta alrededor del mundo.
Iba pedaleando por la vereda y en el camino se encontró con un perro y un gato y le preguntaron:
–¿A dónde vas, Santiago?
Y Santiago respondió:
–Voy a dar la vuelta alrededor del mundo.
–¿Podemos ir los dos?
–Sí, vengan.
Y el perro y el gato se pusieron detrás del triciclo.

Santiago siguió pedaleando y se encontró con un gallo, un conejo y un caracol y le preguntaron:
–¿A dónde vas, Santiago?
Y Santiago respondió:
–Estoy dando la vuelta alrededor del mundo.
–¿Podemos ir los tres?
–Sí, vengan.
Y el gallo, el conejo y el caracol se pusieron detrás del perro y el gato que iban detrás del triciclo.

Santiago pedaleaba y el triciclo iba a toda velocidad. En el camino se encontró con una hormiga, una vaca, un grillo y una paloma y le preguntaron:
–¿A dónde vas, Santiago?
Y Santiago respondió:
–Estoy dando la vuelta alrededor del mundo.
–¿Podemos ir los cuatro?
–Sí, vengan.
Y la hormiga, la vaca, el grillo y la paloma se pusieron detrás del gallo, el conejo y el caracol que iban detrás del perro y el gato.

Santiago pedaleaba y el triciclo iba a toda velocidad. En una curva se encontró con un camello, una tortuga, un caballo, un elefante y un pingüino y le preguntaron:
–¿A dónde vas, Santiago?
Y Santiago respondió:
–Estoy dando la vuelta alrededor del mundo.
–¿Podemos ir los cinco?
–Sí, vengan.
Y el camello, la tortuga, el caballo, el elefante y el pingüino se pusieron detrás de la hormiga, la vaca, el grillo, la paloma, el gallo, el conejo y el caracol que iban detrás del perro y el gato.

Santiago siguió pedaleando y de pronto frenó el triciclo. Se detuvo para ver un charco que había hecho la lluvia y dijo:
–Es un río que está buscando barcos.
Y el perro, el gato, el gallo, el conejo, el caracol, la hormiga, la vaca, el grillo, la paloma, el camello, la tortuga, el caballo, el elefante y el pingüino se detuvieron y miraron el río que había hecho la lluvia.

Santiago puso el triciclo en marcha y se encontró con una jirafa, un loro, un cordero, un león, un mono y una cigüeña y le preguntaron:
–¿A dónde vas, Santiago?
Y Santiago respondió:
–Estoy dando la vuelta alrededor del mundo.
–¿Podemos ir los seis?
–Sí, vengan.
Y la jirafa, el loro, el cordero, el león, el mono y la cigüeña se pusieron detrás del camello, la tortuga, el caballo, el elefante, el pingüino, la hormiga, la vaca, el grillo, la paloma, el gallo, el conejo y el caracol que iban detrás del perro y el gato.

Santiago siguió pedaleando y frenó el triciclo para ver un molino. Todos miraron el molino.
–Está quieto –dijo el caballo–. No mueve las aspas.
–No mueve las aspas porque no hay viento –dijo el gallo.
–Es inútil –se lamentó la hormiga–. Por más que me ponga en puntas de pie jamás podré ver un molino. Está muy alto.
Y la jirafa le dijo a la hormiga:
–Lo verás subiéndote sobre mi cabeza.

La jirafa inclinó el cuello y apoyó la cabeza a un lado del triciclo: la hormiga avanzó unos pasos y subió por la frente de la jirafa. Entonces la jirafa levantó el cuello y desde lo alto exclamó la hormiga:
–¡Qué hermoso es un molino! Nunca había visto un molino.
La jirafa encogió el cuello, bajó la cabeza a ras del suelo y la hormiga volvió a pisar la tierra. Y cuando la hormiga se puso en fila, detrás de la vaca, Santiago siguió pedaleando y al llegar a la puerta de su casa frenó el triciclo y dijo:
–Hemos dado la vuelta alrededor del mundo.
Y allí se despidieron. Unos se fueron caminando; otros, volando.
Santiago entró en su casa. Había dado la vuelta alrededor de la manzana.

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Javier Villafañe

LA CUCARACHA

JAVIER VILLAFAÑE

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Una vez había un hombre que vivía solo. Era periodista. Trabajaba en un diario desde las seis de la mañana hasta la medianoche. Cuando terminaba de trabajar salía del diario; caminaba unas cuadras; comía en un restaurante y después iba a un bar a tomar cerveza. Al amanecer regresaba a su casa. En su casa –era un pequeño departamento– no tenía un solo mueble; ni cama tenía, ni una silla en que sentarse. Había unos clavos en la pared en donde colgaba el saco, el pantalón y la camisa. Dormía en el suelo. En invierno o cuando hacía frío se envolvía en una frazada.

Le gustaba tomar cerveza. Todo el día tomaba cerveza: a la mañana, a la tarde, a la noche. Siempre llegaba a su casa con dos o tres botellas de cerveza.

Una madrugada, cuando se acostó en el suelo para dormir, vio a una cucaracha que salía de un agujero del zócalo. La vio caminar, detenerse y acostarse cerca de su cabeza.

Esto pasó varias veces. Una vez, cuando la cucaracha salía del agujero del zócalo, tomó la tapa de una botella de cerveza y la puso a su lado, y allí se acostó la cucaracha.

Al día siguiente el hombre llegó más temprano a su casa. Traía un poco de algodón: lo desmenuzó y le hizo una cama en la tapa de la botella de cerveza para que durmiera la cucaracha.

El hombre se acostó como siempre en el suelo. Vio salir a la cucaracha del agujero del zócalo: caminar y subir para acostarse en la cama que le había hecho en la tapa de la botella de cerveza.

Al otro día el hombre fue a trabajar. Estaba muy contento. Salió del diario. Iba silbando por la calle. Llegó al restaurante, comió, y después fue al bar a tomar cerveza. Se encontró con un amigo y le dijo:

–Ya no estoy solo. Cuando me acuesto, una cucaracha sale de un agujero del zócalo y viene a dormir a mi lado.

El amigo se rió.

–¿Cómo sabés que es la misma cucaracha? –le preguntó–. Tu casa debe estar llena de cucarachas.

–No, la conozco. Es la misma –respondió el hombre.

–¿Serías capaz de hacer una prueba?

–Sí. ¿Qué hago?

–Le arrancás una pata a la cucaracha. La dejás renga. Y si al día siguiente ves a una cucaracha renga que viene a dormir a tu lado, es entonces la misma cucaracha.

El hombre llegó a su casa. Se desvistió. Colgó en los clavos el saco, el pantalón y la camisa. Se acostó. La cucaracha salió del agujero del zócalo. Caminó y cuando iba a subir a la cama para acostarse, el hombre tomó a la cucaracha con el pulgar y el índice de la mano izquierda, y con el pulgar y el índice de la mano derecha, le quebró una pata y se la arrancó. Tiró la pata y puso a la cucaracha en su cama.

La cucaracha durmió: pero el hombre no pudo dormir. Vio el sol, la mañana. Él, tendido en el suelo, y la cucaracha a su lado dormida. Después la vio despertar, caminar renga y meterse en el agujero del zócalo.

El hombre se levantó, se vistió y salió. Ese día tomó mucha cerveza. Llegó al diario a las seis y media. Trabajó hasta después de medianoche. Fue al restaurante; comió. Fue al bar. Llegó a su casa. Se acostó. Vio salir a una cucaracha renga del agujero del zócalo. La vio llegar, subir y acostarse en la cama de algodón que él le había hecho en la tapa de una botella de cerveza.

Es la misma –se dijo el hombre–. Yo sabía que no estaba solo.

Pero no pudo dormir. Vio el sol, la mañana. Vio cuando se despertó la cucaracha. La vio caminar renga y meterse en el agujero del zócalo.

A la madrugada siguiente volvió la cucaracha. Llegó caminando lentamente y se acostó al lado del hombre.

El hombre no podía dormir. Miraba dormir a la cucaracha. Estaba desnudo, sentado en el suelo, tomando cerveza. Tomó una botella, dos, tres botellas de cerveza. Sintió el sol en los ojos, la mañana.

La cucaracha se despertó. Bajó de la cama. Caminaba arrastrándose y se metió en el agujero del zócalo.

Y no volvió nunca más.

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Battista. Frente de tormenta

Frente de tormenta (Vicente Battista)

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Una pareja, Juan y Julia, viajan juntos en un micro en una noche de tormenta.

A la madrugada paran en un bar por un problema mecánico

Son cómplices de algún delito
Solucionado el problema mecánico, suben al micro abrazados

Juan piensa que cuando lleguen a Córdoba tendrá que deshacerse de Julia…

La carta robada (Edgar Allan Poe)

Robo de una carta comprometedora.
C. Auguste Dupin se encargará del caso, luego del fracaso de la policía.
El prefecto no logra encontrar la carta en un mes.
Dupin encuentra la carta.
Resolución: La carta se encontraba a la vista, en un tarjetero.
Dupin logra distraer a la gente y reemplaza la carta por un facsímil.

Cuando se investiga algo, hay que pensar de la misma forma que el oponente, cosa que no había hecho la policía.

El tren desaparecido (A. C. Doyle)

Desaparición de un tren con todos sus ocupantes

No había señales de accidente o descarrilamiento

Escándalo en París amenazaba con derribar al gobierno

Ocho años más tarde Herbert de Lernac confiesa haber sido contratado para asesinar a Monsieur Caratal (ocupante del tren)

Motivo: Caratal tenía pruebas que comprometían a personas de mucho poder y las iba a presentar en el juicio en París

Cómo lo hizo: desvió el tren a una vía secundaria, haciendo que entre a toda velocidad a una mina abandonada, cayendo al pozo y desapareciendo para siempre

De Lernac se guardó documentos importantes que habían tirado del tren antes de caer

Esperaba que con su confesión, algún poderoso personaje lo ayudara a conseguir el indulto para que él no publicara esos documentos.

El centro de la telaraña (C. X. Ferdinandus)

Aguirre, un exitoso empresario, viudo, que se postula como diputado, recibe tres sobres con fotos donde lo acusan de haber matado a su mujer

Descubre que el sello de los sobres es de Villa Urquiza

Deduce que sólo podía ser Perez Migali, un ex-compañero de colegio y trabajo, que además vive en Villa Urquiza

Decide visitarlo y encuentra a un hombre muy enfermo, con cáncer de pulmón que le pide cigarrillos

Aguirre le deja el paquete en la mesa de luz

Motivo del chantaje: había estado enamorado de la mujer del empresario. Dice que mandó una carta a la Policía con datos sobre la muerte de la mujer incriminándolo.

Aguirre lo mata a golpes con el arma y limpia sus huellas

Encuentra un sobre con una carta donde Perez Migali confiesa que todo fue un ardid para que lo mate y que ya estaba informada la policía.

Resolución: el juez lo arresta por asesinato. Perez Migali había acusado a Aguirre de asesinarlo. Sobre su mesa de luz iban a encontrar un paquete de cigarrillos con las huellas digitales de Aguirre en caso de tener alguna duda.

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Vicente Battista.


EL NACIMIENTO
Los antropólogos de la Universidad de Duke, en los Estados Unidos, estiman que el hombre de Neandertahl, que habitó la tierra hace más de cuatrocientos mil años, poseía el don de la palabra. Esta novedad podría contestar una pregunta que hasta hoy no tenía respuesta.
Para encontrar esa respuesta habrá que retroceder hasta una tribu de Neanderthal, una noche en especial. Los hombres y mujeres están alrededor del fuego, buscan calor y celebran el fin de otra jornada. A la mañana de ese mismo día, los hombres habían partido de caza en busca de alimentos. Las mujeres, en tanto, cuidaban a sus críos. Ahora que el sol ya se fue, es tiempo de descanso y de contar las experiencias del día. Cada hombre dice como atrapó a la presa que perseguía. No saben mentir.
Pero para uno de estos hombres la caza había sido un fracaso. Cuando llega su turno, no tiene proezas para contar. Entonces decide inventarlas. Miente una cacería imposible. Lo hace con tal perfección que transforma una mentira en una historia bella y apasionante. Todos piden que la repita.
Aquella noche, sin saberlo, ese anónimo hombre de Neanderthal acababa de inventar la literatura.

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UN DÍA DESPUÉS

de Vicente Battista
Miré una vez más la foto: un rostro juvenil, de ojos grandes, labios sensuales y pelo agresivamente negro. Era una belleza insolente, a mitad de camino entre la inocencia y la perversidad.

– ­Se llama Mercedes Gasset y va a estar en el hotel Los Faraones, el sábado, al mediodía.

Asentí con un movimiento de cabeza. Me entregaron el cincuenta por ciento de lo pactado y el pasaje de ida y vuelta. Dijeron que confiaban en mi, que el resto lo recibiría al final del trabajo. Asentí otra vez y pregunté si habían pensado en un sitio en especial. Uno de ellos dijo que la Cueva de los Verdes podría ser el lugar adecuado y agregó que no me costaría mucho llevarla hasta ahí. Realmente me tenían confianza. Supe que era hora de despedirse. En un par de días tendría que volar a Lanzarote para encontrarme con Mercedes Gasset.

El vuelo fue tranquilo, debí soportar un compañero de asiento que había resuelto mitigar su soledad, o el miedo a las alturas, contándome el encanto de las Islas Canarias. Le concedí un par de aprobaciones y simulé un sueño reparador. No me interesaban las islas y jamás había estado en Lanzarote, sólo tenía una vaga referencia por un cuento, o cierto capítulo de novela, en donde un hombre se encontraba con una mujer joven, para disfrutar del fin de semana. También yo iba a encontrarme con una mujer joven, pero no iba a disfrutar del fin de semana; iba a matarla.

La vi en el lobby del hotel. Se paseaba de un lado a otro, indecisa; aunque no parecía buscar a nadie. Finalmente se acercó a la barra y pidió un vaso de leche fría. El azabache de su pelo resultaba más inquietante que en la fotografía.

–  ­No es el mejor modo de combatir la ansiedad ­dije.

Me miró; sonrió levemente.

­- ¿Quién le ha dicho que estoy ansiosa?

– ­No hay más que verte.

­- ¿Psicólogo?

– ­Curioso.

Habíamos roto las barreras. Dijo que se llamaba Patricia; por alguna razón ocultaba su nombre, debía cuidarme. Dijo que era madrileña.

­Uruguayo­mentí.

Establecidas las reglas del juego, entretuvimos la tarde hablando tonterías.

­- Si me prometés cambiar la leche por un Rioja digno de nosotros -dije-, esta noche cenamos juntos.

– ­¿Y si no?­- preguntó.

– ­Nos encontraríamos para el café.

­ -Ya no tengo ansiedad ­dijo y volvió a sonreír­. A las nueve, aquí mismo.

La vi marcharse. Esa muchacha me gustaba más de la cuenta; mi oficio prohíbe ese tipo de gustos. Pensé que un whisky doble expulsaría el mal sentimiento, lo bebí de un trago, pero la muchacha me seguía gustando. Miré la hora, faltaban unos minutos para las siete. Acaso dormir ayudaría. Pedí la llave de mi habitación y ordené que me llamaran a las ocho y media.

Fue puntual, virtud infrecuente en las mujeres jóvenes y bonitas. Caminaba con estudiada despreocupación, usaba un vestido de tela liviana que le acentuaba las formas. Tuve la fantasía de que algunas horas después se lo iba a quitar.

­- Magnífica­ – dije por todo saludo y llamé al barman. Dijo que no iba a beber. Le recordé la promesa; agregó que sólo bebería vino, durante la comida. Parecía una niña obediente; fuimos hacia la mesa.

Elegimos una exquisita carne de ternera, rociada con salsa de champiñones y acompañada de arroz blanco. Supe que en la bodega del hotel había Vega Sicilia y no vacilé: iba a ser su última cena; merecía el mejor de los vinos. Lo gozamos hasta la última gota y sirvió para recrear nuestras mentiras. Dijo que estaba en la isla con el propósito de recoger material para un futuro trabajo acerca de la identidad canaria. Quiso saber de mí. Me inventé una profesión liberal y un desengaño amoroso, dije que no quería hablar ni de una cosa ni de la otra. A la hora del café y el coñac, le confesé que me gustaba más de la cuenta y por primera vez, a lo largo de la noche, estaba diciendo la verdad.

Decidimos que fuese en mi cuarto. Estábamos de pie, junto a la cama y sólo nos iluminaba la luna; se oía el ruido del mar, pero ni la luna ni el mar me importaron: toda mi atención estaba en ese cuerpo magnífico, sin una sola mentira. La comencé a desnudar, con la devoción que se pone en los grandes ritos. Me detuve en sus pechos, pequeños y armoniosos, y los besé lentamente; un imperceptible quejido y el minúsculo vibrar de su piel me hicieron comprender que no había errado el camino. Ahí me quedé. Buscó mi sexo y al rato estábamos desnudos sobre la cama. Cada vez me gustaba más y ella se encargaba de fomentarlo: se acostó sobre mí y me cubrió con una ternura indescriptible, hasta que llegó el momento de las palabras entrecortadas y los pequeños gritos. Era una pena quitar al mundo a una muchacha así; la abracé casi con cariño. Se quedó dormida de inmediato. Estuve mucho tiempo mirando el techo y pensando en esas desarmonías, ajenas a uno, que lamentablemente no tienen arreglo. Recordé a De Quincey: «Si alguien empieza por permitirse un asesinato pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente».

Un par de horas más tarde ella abrió los ojos y me dijo algunas cosas que ahora prefiero olvidar. Le pregunté si conocía la Cueva de los Verdes y le propuse una excursión a la mañana siguiente. Dijo que sí. No sabía que estaba firmando su sentencia de muerte.

Un simple estuche de máquina fotográfica fue el refugio ideal para la Beretta 7,65, con silenciador incluido. Tomé un café sin azúcar, de camino a la cueva de los verdes. Habíamos decidido encontrarnos ahí a las diez de la mañana. La descubrí mezclada con un contingente turístico. Seguimos al guía y nos enteramos de que estábamos ingresando en una cueva que, trescientos años atrás, había construido la lava volcánica. Era un túnel que se prolongaba por kilómetros y kilómetros y del que apenas se habían explorado algunos miles de metros.

–  ­Alguna vez fue refugio de los guanches -­ dijo Mercedes  a media voz.

­- ¿Los guanches?

­- Los primeros habitantes de la isla-­ completó.

«Y ahora será tu tumba», pensé, con dolor. Conseguí que cerrásemos la marcha de los entusiasmados turistas y así anduvimos entre las tinieblas. Algunos temas de Pink Floyd y unas pocas luces de colores, astutamente distribuidas, le daban el toque fantasmagórico que el sitio precisaba. Los hijos de puta de mis clientes habían sabido elegir el lugar: un cadáver podría permanecer ahí por largo tiempo, hasta que el mal olor de su putrefacción lo delatase. Pensé que ese cadáver iba a ser el de Mercedes y sentí un ligero malestar. Decidí terminar el trabajo de una vez por todas y me detuve, con la excusa de ver algo. El contingente siguió su marcha, ignorándonos. Abrí el estuche fotográfico.

­ -Aquí no se pueden sacar fotos -­bromeó.

– ­No pienso sacar fotos – ­dije.

La Beretta en mi mano obvió cualquier otro comentario.

– ­No entiendo- ­dijo y había  espanto en su sorprensa.

­- No es necesario que entiendas -­dije y alcé el arma.

­- Hay un error ­-dijo, casi suplicante­-. Tiene que haber un error.

Dije que en estos casos nunca hay errores y apreté el gatillo. Se oyó un sonido corto y seco. Mercedes intentó decir algo, pero todo quedó reducido a un gesto de dolor y desconcierto. En mitad de su frente, casi a la altura de sus cejas, comenzó a bajar un hilo de sangre. Di un paso atrás y vi cómo su bello cuerpo se derrumbaba para siempre. Con ternura la llevé hasta el rincón más escondido de la cueva y la cubrí con cenizas de lava. Me sacudí las manos y la ropa, comprobé que no había señales delatorias y caminé rápido hacia donde estaba el contingente. Habían pasado menos de diez minutos. Nadie reparó en su ausencia: estaban encantados jugando con el eco, una de las maravillas de esa cueva de la muerte.

Los pasos siguientes serían de pura rutina: debía desprenderme del arma y de la documentación fraguada. En Barcelona tendría tiempo de afeitar mi barba tirar a la basura los anteojos de falso documento. Entré en el hotel pensando en una ducha fría. Iba a pedir la llave de mi cuarto, cuando una voz femenina, sus palabras, me enmudecieron.

– ­Me llamo Mercedes Gasset – dijo-­, hay una reserva a mi nombre. Tenía que haber llegado ayer.

Giré la cabeza y la vi. Ojos grandes, labios sensuales y pelo agresivamente negro: era mi víctima, la real, que llegaba con un día de atraso. Pidió un whisky. Pensé en Patricia, sola en la Cueva de los Verdes, cubierta de ceniza de lava; sentí un odio feroz por esta impostora e imaginé para ella un final innoble e inmediato. Diga lo que diga De Quincey, no hay que dejar las cosas para el día siguiente. Me acerqué y le dije que ése no era el mejor modo de combatir la ansiedad. Sonrió.

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Copi. Fragmentos.

Copi. Cachafaz.

Fragmentos…

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Una obra trascendente…

Toda la obra de Copi es muy sensible a las formas, pero particularmente Cachafaz, que parece haber sido escrita a la sombra de la sentencia de Rubén Darío, «la forma es lo que primeramente toca a las muchedumbres».

Cachafaz es un compendio de todas las formas posibles: una «tragedia bárbara en dos actos y en verso», efectivamente, pero también un texto de la gauchesca, una antología del tango, un sainete y, también, un panfleto revolucionario.

De acuerdo con la lógica que domina toda su obra (que es, en definitiva, la lógica de los grandes artistas), Copi no escribe un momento de la literatura argentina sino la literatura entera, como si con él comenzara de nuevo la literatura argentina o como si la historia literaria no hubiera sucedido.
Cachafaz se plantea como el comienzo del teatro, y a partir de Cachafaz habría que volver a definirlo todo: el público, los estilos de actuación, el espacio y el tiempo teatrales, la relación entre habla y cuerpo, las relaciones entre arte y cultura, entre literatura y política…
Está la tragedia griega y está Copi, y en el medio no importaría qué hubo porque no hace falta.

CACHAFAZ:
Ni soy caco ni soy pillo
y soy mucho menos reo,
¡estoy en Montevideo
cuna de machos sinceros!
Si me llaman Cachafaz
es injusticia social,
¡nací en un cañaveral
y mi madre murió en paz!
¡Nadie me dé de matrero,
mucho menos un milico!
Aunque yo nunca fui rico
del mundo sé la moral.
Ningún ser nace anormal,
cualquier loro tiene pico
y aquí les digo y replico
la forma de lo esencial.
El hombre es un animal
negro, blanco, pobre o rico
con nariz o con hocico
¡pero nadie es pavo real!

CACHAFAZ:
¿Por qué no me das alpiste?
RAULITO:
Porque me has tratado ‘e puto
CACHAFAZ:
¡Pero si vos sos un puto!
RAULITO:
¡Pero entonces Dios no existe!
RAULITO:
¡La muerte la conjuramos!
¡Somos pareja maldita!
Podemos hacer comercio
de nuestra cruel condición,
¡fundemos circo ambulante
al son de un buen bandoneón!
Seremos monstruos monstruosos
mucho más humanos que osos
y aquí se muestra el disfraz:
Raulito y Cachafaz,
¡el colmo ‘e lo repelente!

Hombre pobre, mujer rica

RAULITO:
¿Puto? Pero no exageremos,
soy un poco amanerada
tengo chic y tengo garbo
¡pero es porque tengo tango!

Pero también Raulito podría ser un travesti:

CACHAFAZ:
¡Mirá… Te ponés el zorro
te apoyás en un farol
y no me volvés a entrar
sin un kilo de morcilla!

O un transexual:

RAULITO:
¡Acariciame las tetas!
CACHAFAZ:
¡Te las quemo con un pucho!

RAULITO:
Hace un año que lo he visto
cuando me hizo una gauchada:
me selló el cambio de sexo
en mi carta ‘e identidad.
(En el final, Cachafaz y Raulito, mártires de la revolución antropofágica, son víctimas de la metralla)
Raulito le dice a su hombre:
«muramosnós, se está levantando viento»

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Taller de narración, talleres de cuentos, Narración oral

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TALLERES DE NARRACIÓN EN VERANO

HOLA! TE PASO UNA INFO DE DOS TALLERES DE VERANO.
ES PARA TODOS LOS NIVELES.

 

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TALLER 1

FELLINI
ES UN TALLER CORTO DE DOS CLASES Y LUEGO UNA MUESTRA COLECTIVA ENTRE LOS PARTICIPANTES.
A LOS QUE SE INICIAN UN ACERCAMIENTO A ESTE ARTE HERMOSO QUE ES CONTAR HISTORIAS.
UN COMPARTIR POR IGUAL CON OTROS QUE TAL VEZ YA TENGAN UN RECORRIDO CON UN POCO MÁS DE EXPERIENCIA.
TODOS APRENDEMOS DE TODOS AQUÍ

MUCHAS VECES EL NARRADOR DEBE RENUNCIAR A CONTAR Y APRENDER A DECIR. QUE TAL VEZ SEA UNA FORMA MÁS CERCANA A LO QUE ES REALMENTE CONTAR.
SI DECIDÍS VENIR, CONFIÁ. HACE MUCHOS AÑOS QUE HAGO ESTO Y TENGO UNOS GRUPOS FANTÁSTICOS DE GENTE.

«FELLINI»
TALLERES INTENSIVOS EN ENERO. NARRACIÓN ORAL.
EN VICENTE EL ABSURDO
JULIÁN ÁLVAREZ 1886.
Miércoles 11 y jueves 12 de 18 a 21 hs.
MUESTRA DE TALLER el sábado 14 a las 18 hs.
Mi nombre es Pedro Parcet.
Hace años desarrollo estos talleres Fellini.
Voy como siempre. Con mis papeles en blanco a descubrir como el taller, mediante ejercicios y cuentos, se convierte a cada momento en una especie de «animal morfológico» una mutación constante, imprevisible. Una experiencia llena de energía que nos deja pensando.
Te esperamos para el laboratorio y la muestra.
Narración oral ciento por ciento.
Creo que algo puedo aportar a su creación…
» Cuando filmo, cuando entro en contacto con la realidad, la página escrita ya no me interesa»
«No me gustaría dar a mi trabajo un tono místico, pero quisiera decir que mi sistema consiste en no tener sistema.
Me dirijo a una historia para saber lo que esta me va a contar»
FEDERICO FELLINI
Info 1544773272
Africaporlapaz@hotmail.com
Y mejor.. por aquí!
Por facebook. Inbox.


TALLER 2

CUENTOS SAMURAIS

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TALLER SOBRE CUENTOS SAMURAIS.
CUENTOS DEL JAPÓN. YO LLEVO EL MATERIAL BIBLIOGRÁFICO
MARTES 3
MIÉRCOLES 4
JUEVES 5
(MARTES 10 DE ENERO AJUSTE PARA LA MUESTRA)
ESTO ES EN ESTUDIO SENBAZURU
AV. CÓRDOBA 1646 6 PISO DTO 207

Y LA MUESTRA ES EL DÍA VIERNES 13 DE ENERO A LAS 18 HS.
EN VICENTE EL ABSURDOJULIÁN ÁLVAREZ 1886
ESTE TALLER TIENE CUPOS LIMITADOS.
POR FAVOR CONTESTEN EN LA BREVEDAD.

LLAMAME SI QUERÉS AL 1544773272
Pedro Parcet

15590273_846948712113932_6872079636717041333_ntaller de narración, talleres de verano, escuela de narración oral, talleres y cursos de narración

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Baal Shem Tov. Un lugar en el bosque

Compartimos esta bella historia de la tradición judía.
Un lugar en el Bosque
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Esta historia nos cuenta de un famoso rabino jasídico: Baal Shem Tov.
Baal Shem Tov era muy conocido dentro de su comunidad porque todos decían que él era un hombre tan piadoso, tan bondadoso, tan casto y tan puro que Dios escuchaba sus palabras cuando él hablaba.
 
Se había hecho una tradición en este pueblo: Todos los que tenían un deseo insatisfecho necesitaban algo que no habían podido conseguir iban a ver al rabino.
 
Baal Shem Tov se reunía con ellos una vez por año, en un día especial que él elegía. Y los llevaba a todos juntos a un lugar único, que él conocía en medio del bosque.
Y una vez allí, cuenta la leyenda, que Baal Shem Tov armaba con ramas y hojas un fuego de una manera muy particular y muy hermosa, y entonaba después una oración en voz muy baja… como si fuera para él mismo.
Y dicen…
Que a Dios le gustaba tanto esas palabras que Baal Shem Tov decía, se fascinaba tanto con el fuego armado de esa manera, quería tanto a esa reunión de gente en ese lugar del bosque… que no podía resistir el pedido de Baal Shem Tov y concedía los deseos de todas las personas que ahí estaban.
 
Cuando el rabino murió, la gente se dio cuenta que nadie sabía las palabras que Baal Shem Tov decía cuando iban todos juntos a pedir algo…
Pero conocían el lugar en el bosque. Sabían como armar el fuego.
Una vez por año, siguiendo la tradición que Baal Shem Tov había instituido, todos los que tenían necesidades y deseos insatisfechos se reunían en ese mismo lugar del bosque, prendían el fuego de la manera en que habían aprendido del viejo rabino, y como no conocían las palabras cantaban cualquier canción o recitaban un salmo, o solo se miraban y hablaban de cualquier cosa en ese mismo lugar alrededor del fuego.
 
Y dicen…
Que Dios gustaba tanto del fuego encendido, gustaba tanto de ese lugar en el bosque y de esa gente reunida… que aunque nadie decía las palabras adecuadas, igual concedía los deseos a todos los que allí estaban.
El tiempo ha pasado y de generación en generación la sabiduría se ha ido perdiendo…
 
Y aquí estamos nosotros.
Nosotros no sabemos cuál es el lugar en el bosque.
No sabemos cuáles son las palabras…
Ni siquiera sabemos cómo encender el fuego a la manera en que Baal Shem Tov lo hacía…
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