Cuatro flechas mágicas. América del Norte.

CUENTO DE NATIVOS AMERICANOS.

! remera.jpg nnnx.jpBVBVBV nuevo taller

Hace mucho tiempo, los indios arikara vivían en una gran llanura a orillas del río Misuri. En aquella época, en la tribu había un joven que poseía cuatro flechas mágicas; una era blanca, otra amarilla, otra negra y la última, roja.

Cuando salía a cazar, utilizaba unas veces la flecha blanca y otras, la amarilla, y las recuperaba después de haber alcanzado el blanco.

Un día, mientras el joven indio dormía profundamente, se le acercaron dos pájaros de fuego y se lo llevaron volando al país que se encontraba al oeste de las grandes llanuras.

Al despertarse, vio que se encontraba en la cima de una alta montaña, en un lugar completamente desconocido y rodeado de paredes rocosas y grandes precipicios.

Se acercaban nubes de tormenta, y cuando el trueno retumbó, la montaña misma empezó a temblar.

De pronto, un pájaro de fuego se posó encima de una roca y le dijo:

-No temas. Soy el guía de los pájaros de fuego. Sabemos que eres un gran cazador y que posees unas flechas mágicas. Ayúdanos a luchar contra el monstruo de las aguas.

En indio conocía la historia de los pájaros de fuego y su lucha contra el monstruo de las aguas. Así pues, prestó mucha atención a las palabras del pájaro.

-Como ya sabes -prosiguió el ave-, vivimos en las cumbres de estas montañas desde los tiempos remotos. Todos los años, el monstruo de las aguas surge del río que ves allá abajo, trepa hasta la cima de la montaña y devora a nuestros polluelos. Le enviamos relámpagos con nuestros ojos, pero no surten ningún efecto sobre él, porque su cuerpo está recubierto de escamas de sílex. Si nos ayudas a acabar con él, serás hermano de todos los pájaros de la tierra. -Con el extremo del ala mostró a sus polluelos que se movían en el nido-: cuando empiecen a salirles las plumas, el monstruo de las aguas vendrá a devorarlos.

 

El joven indio buscó unos granos de maíz en su bolsa y los echó a los hambrientos polluelos.

Pasaron los días y el cuerpo de  los polluelos se cubrió de plumas. El indio se percató de que el monstruo de las aguas no tardarían en llagar.

Un amanecer empezó a soplar un viento muy violento y las aguas del río comenzaron a borbotear, al tiempo que una espesa niebla cubría la superficie del agua. Entonces parecieron las dos enormes cabezas del monstruo. Eran redondas y estaban recubiertas de escamas. Su visión resultaba horripilante.

El monstruo empezó a escalar la ladera de la montaña. Mientras, retumbaba el trueno que hacía temblar las paredes rocosas.

Los pájaros de fuego se precipitaron sobre las dos cabezas del monstruo, lanzándole relámpagos a través de sus ojos. Miles de chispas rebotaron sobre las escamas.

En aquel momento, el indio tensó su arco. Cando la primera cabeza abrió sus fauces para devorar un polluelo, apuntó a la garganta y tiró la flecha negra. Se oyó un crujido y la cabeza explotó, pues la flecha se había transformado en un arce de hojas dentadas.

Entonces, la segunda cabeza se dispuso a atacar. El indio le lanzó la flecha roja, que se transformó en un gigantesco abeto y alcanzó su objetivo. La cabeza explotó de la misma manera que lo había hecho la primera.

El cuerpo descabezado del monstruo de las agua rodó ladera abajo, rebotando sobre las rocas, y se sumergió en el río para no aparecer jamás.

Bandadas de pájaros multicolores legaron procedentes de todos los rincones de la tierra.

-Agradecemos tu ayuda -dijo el guía de los pájaros de fuego dirigiéndose al joven.-. De ahora en adelante, los pájaros te protegerán de cualquier peligro. ¿Qué quiere hacer ahora?

-Dejadme al pie de la montaña -pidió el indio, después de colocar de nuevo las flechas en su carcaj.

Desde entonces, el joven indio recorre el mundo para enfrentarse a los monstruos y a los espíritus malignos con sus cuatro flechas; blanca, amarilla, negra y roja. Así, los indios de su tribu pueden dormir en paz.

cropped-11233088_597837940358345_7294311253233078811_n.jpg

Continuar leyendo

Leyenda Sioux

Talleres de narración oral

picsart_1463955573191.jpg

Compartimos esta bella historia de sabiduría.

Cuenta una vieja leyenda Sioux, que un día Toro Bravo, el más valiente y honorable de los guerreros, y Nube azul, la bellísima hija del jefe de la tribu, llegaron a la tienda del anciano sabio de la aldea a pedir consejo.

Nos amamos –empezó el joven- y nos vamos a casar –prosiguió ella- Y tenemos tanto miedo de perdernos, que venimos a rogarle que nos haga un conjuro o un hechizo, o nos entregue un talismán para que nos proteja y garantice que estemos juntos hasta la muerte. ¿Hay algo que pueda hacer por nosotros?”

El anciano se emocionó mucho al verlos tan jóvenes, tan enamorados y esperando su consejo con tanto anhelo.

Habría algo – dijo- pero no sé si sea un reto muy difícil, pues implica gran sacrificio.

Haremos lo que sea – respondieron al unísono los enamorados-

Nube Azul –dijo el anciano- ¿ves ese monte al norte de la aldea? Tendrás que escalarlo sola, y, sin más armas que tus manos y una red, atrapar al halcón más bello y vigoroso que jamás se haya visto. Si logras atraparlo, deberás traerlo vivo al tercer día después de la luna llena. Esa es tu misión.

Y tú, Toro Bravo, -continuó el sabio- tendrás que escalar la montaña del trueno y cuando alcances la cima, deberás capturar, sin hacerle daño, a la más valiente de las águilas, usando sólo tus manos y una red, para traerla el mismo día del regreso de Nube Azul.

Ahora, partan, ordenó el anciano.

Los jóvenes se abrazaron con ternura y luego emprendieron su camino, ella al norte, y él hacia el sur de la aldea, para cumplir con las misiones encomendadas.

El día señalado, los amantes regresaron a la tienda del anciano, cargando cada uno el ave que le había sido pedida. Eran, en verdad, unos hermosos ejemplares.

¿Qué debemos hacer ahora?  preguntó Toro Bravo, ¿Debemos matarlas y beber su honorable sangre?

No, respondió el anciano.

¿Debemos cocinarlas y comer su carne preciosa? preguntó ella.

No repitió el sabio, Ahora deben atarlas entre sí por sus patas, con estas tiras de cuero, y luego dejarlas para que vuelen libres.

 

La joven pareja hizo lo que se les había ordenado y soltaron las aves. El águila y el halcón intentaron levantar el vuelo varias veces pero lo único que conseguían era terminar cada vez, revolcadas en el suelo.

Después de muchos intentos, irritadas y frustradas por su incapacidad para volar, empezaron atacarse con sus picos, haciéndose mucho daño. Este es el conjuro que pidieron, dijo el anciano, nunca olviden lo que acaban de ver. Ustedes son como el águila y el halcón. Si se atan el uno al otro, así sea por su inmenso amor, no sólo vivirán arrastrándose, sino que terminarán lastimándose inevitablemente.

Si quieren que su amor perdure, vuelen juntos, pero jamás atados.

Continuar leyendo

Cuento de México. Dos volcanes…

Dos volcanes enamorados. México
2016-07-24-09-53-41.jpg

Iztaccíhuatl, la Mujer Blanca, era una hermosa princesa nahua que se enamoró de un guerrero llamado Popocatépetl, Montaña que Humea, también conocido como Popoca. Como querían casarse, el padre de la muchacha, cuyo nombre era Tezozómoc, le dijo al guerrero que permitiría el matrimonio si en la guerra que libraban en Oaxaca le llevaba la cabeza de su peor enemigo, el jefe de los guerreros zapotecas, ensartada en una lanza.

La misión era muy difícil de cumplir, el padre de Iztaccíchuatl lo había enviado a propósito a Oaxaca, porque pensaba que nunca regresaría victorioso y moriría en esas lejanas tierras oaxaqueñas, y así no se casaría con su adorada hija.

Un mal día Iztaccíchuatl se enteró de que su amado Popocatépetl había fallecido en una batalla y, desesperada por el dolor que sentía, se quitó la vida. Poco tiempo después, Popocatépetl regresó a Tenochtitlan con la cabeza que le había exigido Tezozómoc, pero se enteró de que la princesa había muerto. Sumamente triste, el guerrero entró a la recámara de su amada, tomó en sus brazos, la llevó al monte, y la cubrió completamente de hermosas flores.

11112487_583176371824502_4833179592413438831_o

LA CULEBRA Y EL HOMBRE.

MÉXICO

picsart_1473249318114.jpg

 

Una vez, una culebra cruzaba entre dos grandes troncos muy

gruesos. Cuando iba pasando, se resbaló un tronco yendo a caer

sobre ella. Apretóse y ya no pudo salir. Luego comenzó a retorcerse,

pero era inútil; cada vez se apretaba más y ya se estaba

ahogando. Y sucedió que un hombre, que habitaba no lejos del

bosque, recordó que debía salir a cortar leña; y así lo hizo. Cogió

su tepoznecochtl  (Especie de hacha)

y se fue a cortar leña. Cuando llegó al bosque e

iba pasando por donde estaba la culebra, oyó ruido; se volvió, y

vio a la culebra que estaba allí. L a culebra lo llamó y le dijo:

—Buen hombre, ven acá, quítame este árbol que me está

matando.

—No te lo quito porque me comerías.

L a culebra le contestó diciéndole:

—No te comeré; quítamelo.

— Ya te dije que no te lo quitaré.

— ¡No te haré nada! ¡Cómo!, ¿no te compadeces? Ven, quítamelo;

te lo ruego.

Mucho le rogó la culebra, que luego el hombre se acercó y

comenzó a cortar el árbol con su tepoznecochtli. Luego que apartó

el árbol, salió la culebra y comenzó a lamerse los labios, quería

comer. Ya tenía un día sin comer. Entonces le dijo:

—Buen hombre, me muero de hambre, ahora voy a comerte;

tengo un día sin comer. ¿Qué dices a eso, buen hombre?

—¡Cómo! ¿Quieres comerme? ¿Cómo es posible? ¡Yo te quité

el árbol que te estaba matando y ahora quieres comerme!

—Qué , buen hombre, ¿no sabes que un bien con un mal se paga?

—No.

De nuevo respondió la culebra:

—Qu é ¿no crees?, ¿no estás convencido?

—No estoy de acuerdo.

— Si no estás de acuerdo, trae cuatro personas y delante de ti

les preguntaré y verás cómo es cierto que un bien con un mal se paga

Fuese luego el buen hombre en busca de cuatro animales machos.

No tuvo que andar muy lejos, cerca de ahí los encontró.

Llevó un buey, un caballo, un león y un coyote. L a culebra comenzó

a preguntar a cada uno de los animales, delante del buen hombre.

—Buen león, ¿no es cierto que un bien con un mal se paga?

—Sí.

—Buen buey, ¿no es cierto que un bien con un mal se paga?

—Sí.

—Buen caballo, ¿no es cierto que un bien con un mal se paga?

—Sí.

Cuando el buen hombre oyó lo que decían aquellos animales,

que siempre un bien con un mal se paga, se asustó. Sólo faltaba

preguntar al coyote si era o no cierto lo que decía la culebra.

Llegóse la culebra al coyote:

—Buen coyote, ¿no es cierto que un bien con un mal se paga?

—Falta que vea yo cómo estabas y así podr é decir si es o no

cierto lo que dices, y si está bien que te comas a este buen hombre,

o no. Ponte como estabas antes.

Los otros animales contestaron juntos:

—¡Que se ponga; veremos!

Entonces, la culebra se colocó otra vez entre los árboles, y

luego le dijo el coyote:

—Ahora, ¡quédate! Nosotros ya nos vamos.

L a dejaron retorciéndose y chillando, como cuando la encontró

el buen hombre. E l buen hombre le dio las gracias al buen coyotito.

—Ahora, buen coyotito, vamos juntos a mi casa.

—¿A hacer qué?

—Quiero regalarte algunos pollos.

—No déjalo; yo me voy por aquí.

— ¡No, vamos!

—Mira, ahora ya es tarde; es mejor, si quieres regalármelos,

que mañan a temprano me los lleves sobre ese montículo; te esperar

é muy de mañana ; cuando aún no sale el sol. Al dar las cinco

ya estarás ahí. Así quedamos.

—No, no vendrás y me harás regresar en balde.

—No, aquí te esperaré, buen hombre.

E n esto convinieron el coyote y el hombre.

E l buen coyote tomó por el llano y se fue; el buen hombre

también cogió su camino. Cuando llegó a su casa no más veía

atontado. Le dice su mujer:

— ¿Qué te pasa? Nada más estás mirando atontado.

Entonces comenzó a contarle lo que le había pasado:

—Me encontré con una culebra que quería comerme.

Al oírlo se asustó la mujer:

— Ya te decía que no salieses. No me oíste, si no, no te hubieses

espantado; ya viste que por la voluntad de Dios no te pasó

nada; porque Dios te mand ó a ese animalito para que te ayudase.

De otro modo, yo no hubiera sabido lo que te había pasado;

no habrías regresado a casa.

—Ahora iba a traer al buen coyotito.

— ¡Dios no lo quiera! Acabaría con mis pollos.

—No accedió a lo que le decía que escogiese él mismo los

que quisiese entre los pollos mejores y más gordos.

Mañana ,muy temprano, quedé con ese animalito en llevarle algunos

pollos. Escoge unos pollos buenos pues mañana , ya te dije, se

los llevaré.

—Mañana no irás a ningún lado. No quiero que le lleves nada

a ese maldito animal: ni un solo pollo. Ya se me ocurrió qué es lo

que debes hacer.

— ¿Qué? Dímelo.

—No seas tonto, ¿qué ha de ser? Deja los pollos y llévale esos

perros que son de los más mordelones; pónlos dentro del saco

de pita y en cuanto llegues a donde te espera, sin acercarte a él

demasiado, desde lejos, se los sueltas.

— L o que has discurrido, mujer, no está bien. ¿Cómo quieres

que le lleve lo que no debo llevarle? Lo engañaría. ¿Por qué no

eres buena, mujer? Voy a llevarle los pollos.

— Ya te dije que no, y si se los llevas, me enfadaré contigo, y

armaré la gorda.

E l hombre no quiso disgustar a su mujer e hizo lo que ordenaba.

Al día siguiente, metió los perros en el costal de pita y salió

muy temprano. Se cargó los perros en lugar de los pollos que había

ofrecido el día anterior. E l hombre deseaba que no estuviese

ahí el coyote. Ya iba llegando el hombre, y estiraba el pescuezo

para ver si ya estaba ahí el coyote. Lo descubrió desde muy lejos.

E l coyote, muy contento, iba y venía, esperando sus pollos. Llegó

arriba del montículo donde ya lo esperaba el coyotito. Este comenzó

a reír muy contento.

—Bueno coyotito —le dijo el hombre—, ya que vine a traerte

los pollos. Ahora dime: ¿cómo quieres que los suelte? ¿Uno a

uno, o todos juntos?

—Que no sea uno a uno; es mejor que sea juntos, para que

yo me divierta cazándolos.

E l hombre empezó a soltar la boca del costal; mientras, el

coyotito se había sentado a esperar que saliesen los pollos, imaginándose

ya que los cazaba, sentía que los cogía. ¡Y he aquí que

le fue soltando los perros! ¡De esos que arrastran las orejas! Y

apenas los vio el coyote, ya estaban sobre él. Primero se asustó,

y a la vez que se asustó, se revolvió furioso a reñir con los perros.

Los perros le quebrantaron los huesos de las patas, mientras él

los mordía por dondequiera, rompiéndoles las manos y desgarrándoles

las orejas. Mutuamente se lastimaron. E n cuanto el coyote

comprendió que iban a ganarle, huyó bosque adentro. Se

reposaba a trechos, volviéndose a ver hacia donde había dejado

al hombre con sus perros, y contemplando las heridas que le habían

causado, exclamó llorando:

—Gua, gua, gua, gua… ¡Con razón decía la culebra que un

bien con un mal se paga!

DR© 2016. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas

 

Continuar leyendo

Cuento Chile. Mapuche

Kai Kai y Treng Treng

11 a

Hace mucho tiempo en las tierras de los mapuche se levantó del mar una enorme serpiente y comenzó a gritar “kai, kai, kai” cada vez más fuerte y más agudo. Esta serpiente provocó una lluvia que se transformó en tormenta, y luego en diluvio, inundando toda la tierra.

Para salvarse los mapuche subieron a la punta de los cerros. Cuando no podían subir más oyeron una voz que venía del fondo de la tierra que decía “treng, treng, treng”. Era la serpiente divina que venía a auxiliarlos. Así comenzó una batalla entre Kai Kai y Treng Treng. Mientras Kai Kai chillaba más fuerte, Treng Treng hacía temblar la tierra y la levantaba más y más. Viéndose vencida, Kai Kai se hundió en las profundidades del mar, donde no se la volvió a ver.

Cuentos de América. Click aquí!

Cuento de Chile. Mapuche Kai Kai y Treng Treng

Hace mucho tiempo en las tierras de los mapuche se levantó del mar una enorme serpiente y comenzó a gritar “kai, kai, kai” cada vez más fuerte y más agudo. Esta serpiente provocó una lluvia que se transformó en tormenta, y luego en diluvio, inundando toda la tierra.

Para salvarse los mapuche subieron a la punta de los cerros. Cuando no podían subir más oyeron una voz que venía del fondo de la tierra que decía “treng, treng, treng”. Era la serpiente divina que venía a auxiliarlos. Así comenzó una batalla entre Kai Kai y Treng Treng. Mientras Kai Kai chillaba más fuerte, Treng Treng hacía temblar la tierra y la levantaba más y más. Viéndose vencida, Kai Kai se hundió en las profundidades del mar, donde no se la volvió a ver.