Albania Las trenzas

Había una vez cuatro hermanos. Los tres mayores se dedicaban a cultivar la tierra y el más pequeño cuidaba de las ovejas. Se llevaban de maravilla unos con otros y no se deseaban mutuamente más que una existencia gozosa y en paz. De este modo, pasado no mucho tiempo, se casó el hermano ma­yor, después el segundo y más tarde el tercero. Le tocaba el turno al menor, pero éste no mencionaba nunca el asunto de su boda, aunque los demás no se lo tomaban en cuenta, pensando que se debía a que le daba vergüenza.Pero el menor de los hermanos le daba vueltas en la cabe­za a cosas que nadie era capaz de imaginar. Día a día sacaba las ovejas y las llevaba a pastar a un prado donde crecía una yerba que llegaba a la rodilla. En mitad de aquel prado ha­bía un gran lago y en el lago habitaba una trenzas, tan her­mosa que no tenía par sobre la faz de la tierra. El muchacho, sin que nadie lo supiera, se acercaba cada día al lago, se ocultaba tras un arbusto y gozaba observando a la trenzas, que se bañaba en aquellas aguas y salía a peinarse sobre los troncos. «Ésta, se decía para sus adentros, será para mí; nunca aceptaré a ninguna otra”. Y cada vez con mayor intensidad se le fijaba esta idea en la mente y ni de día ni de noche encontraba sosiego pensando cómo hacerla suya.Sus hermanos, viéndole tan meditabundo, noche tras no­che le hacían preguntas, hasta que acabaron por hartarlo y hacerle hablar.-Hermanos -les dijo, cada vez que llevo las ovejas a los pastos, voy a un gran lago para contemplar a una mujer de tal hermosura que en parte alguna puede encontrársele ri­val: se baña y se peina allí, luego sale y se coloca sobre los troncos a tomar el sol; pero no hay hombre que se le acer­que, pues al instante se zambulle en el agua y desaparece. Poseerla se ha convertido para mí en una obsesión, de mo­do que o la consigo o habré de morir sin contraer matri­monio.-No digas esas cosas -le interrumpió el hermano mayor; ésa es la trenzas del lago y aunque tuvieras cuatrocientas bolsas de oro no podrías siquiera tocarla con tus manos, mucho menos llevártela a casa.-Pues bien, yo ya tengo una idea -le replicó a su vez el menor, pero no puedo ponerla en práctica si no me ayu­dáis un poco.-Hermano -le atajaron los tres a un tiempo, estamos dispuestos a ayudarte en todo lo que nos pidas, aunque mu­cho nos tememos que no vamos a conseguir nada. Pero di­nos de una vez lo que has pensado.-Se me ha ocurrido -comenzó a contarles el hermano pequeño, colocar a la orilla del lago una blusa bonita y lla­mativa, pero con el cuello y las mangas cosidas, un espejo, un jabón y un peine, y cavar cuatro zanjas para que poda­mos ocultarnos en ellas los cuatro. Cuando ella salga a tie­rra, habrá de ver esos objetos y pensará que le resultarían de utilidad. Nosotros deberemos estar preparados: cuando in­tente vestirse la blusa con las mangas cosidas, saltaremos so­bre ella y la atraparemos.-Parece bien ideado -le respondieron sus hermanos, y no tendre-mos descanso hasta dar fin a este asunto.A la mañana siguiente, antes de que acabara de alzarse el sol, cogieron las palas y los picos, junto con la blusa con las mangas y el cuello cosidos, y se dirigieron hacia el lago. Co­locaron la blusa, el espejo, el jabón y el peine en el lugar donde solía descansar la trenzas; seguidamente cavaron cua­tro zanjas y se apostaron dentro de ellas.Acabó de amanecer, relucieron los rayos del sol y comen­zaron a calentar las aguas. Poco antes de mediodía, asomó la cabeza la trenzas y escudriñó todo en derredor por ver si ha­bía alguien. Creyéndose sola salió a continuación a la orilla para peinarse. Sus ropas eran suaves y delgadas y le caían formando pliegues de los hombros a los pies. No había al­canzado aún a sentarse cuando su mirada topó con la blusa, el jabón y el espejo; se acercó, los cogió con la mano uno a uno y volvió a sumergirse en el agua; se lavó con el jabón y luego volvió a salir a la orilla para secarse al sol; cogió con una mano el peine y con la otra el espejo y, después de pei­narse y acicalarse, intentó ponerse la blusa. En cuanto los cuatro hermanos vieron que trataba de sacar la cabeza por el cuello y las manos por las mangas, se abalanzaron sobre ella y no sin grandes esfuerzos la ataron y la condujeron a su ca­sa. Pronto la trenzas comprobó que no podía escaparse y acabó haciendo lo que ellos le pedían. Se despojó de su atuendo y vistió el propio del lugar; al cabo de algunos días yació con el más pequeño de los hermanos. Todas las faenas las realizaba sin protestar, pero no salía jamás una palabra de su boca, con lo que toda la gente de la casa estaba sor­prendida ante este silencio obstinado. Al cabo de un año le dio el Señor un hijo sano y hermoso, que sólo verlo era una satisfacción; aunque tampoco entonces dijo una palabra. Su esposo se esforzó por hacerle hablar, pero no hubo modo. Cogió entonces al hijo y con la espada en la mano le dijo a ella:-O hablas o mato al niño.La trenzas, creyendo que realmente estaba resuelto a ma­tarlo, abrió la boca y dijo:-¡No mates a mi hijo!Sintió gran alegría su marido al oírla hablar, del mismo modo que todos los demás, pero ella continuó diciendo:-Si hubiera permanecido otros cuatro días sin hablar, ha­brían surgido del lago todos los objetos y riquezas que guar­daba allí cuando vivía en las aguas. Pero ahora, por haberme obligado a hablar antes de tiempo, habrán de perderse para siempre. Ya nunca serán vuestros.-La verdad es que lo siento -le atajó el marido, pero estando sanos, conseguiremos vivir con lo que el Señor ten­ga a bien concedernos.Los hermanos siempre le habían tenido miedo y no cesa­ban un momento de vigilarla, por si intentaba huir. Pero luego que el Señor le hubiera concedido un hijo, la dejaron en completa libertad y no volvieron a molestarla. La trenzas advirtió el cambio y un buen día le preguntó a su marido:-Señor, ¿dónde dejaste las vestiduras que llevaba cuando me conociste?-¿Y eso a qué viene? -le replicó el esposo.-¿Para qué las necesitas?-Para nada -le respondió ella; simplemente me he acor­dado de ellas.Y el marido, creyendo que nada podía pasar, le mostró el arcón donde se guardaban las mudas y marchó a ocuparse de sus asuntos.La trenzas se fijó en el arcón y al cabo de algún tiempo, tras comprobar que nadie la observaba, sacó sus vestidos, se los puso, se dirigió hacia el lago, se arrojó en sus aguas y de­sapareció para siempre.Cuando, al anochecer, se reunieron todos en la casa, en­seguida descubrie-ron lo que había sucedido, pero nada pudieron hacer.

Albania quien guarda la tumba de padre?

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Erase tres hermanos que habían tenido un padre muy afectuoso. Antes de que muriera el hombre, acudieron junto a su cabecera y le preguntaron si tenía alguna última voluntad que encomendarles.-Escuchad -les dijo, si es cierto que me que­réis de verdad, habréis de guardar mi tumba por turno

du­rante tres noches seguidas.-Eso es cosa fácil, padre -le respondieron los tres hijos a un tiempo.Murió el padre y le dedicaron un buen banquete. Llegó la primera noche y el hijo menor, que era tiñoso, recordó la última voluntad del padre y le dijo al mayor:-¿Vas a ir a guardar la tumba de nuestro padre? Le diste tu palabra.-¿Qué tumba? -le atajó el otro.-Yo le dije que sí para darle gusto y dejarle que muriera en paz.-Está bien -le respondió el pequeño.-Iré yo entonces en tu lugar.Cogió su arma y se marchó a velar la tumba del padre.En la negrura de la noche pasó por allí un hombre a ca­ballo. Tanto el jinete como su montura iban vestidos de plata.-Déjame que pase sobre la tumba de tu padre -le dijo el caballero al tiñoso.-¡Jamás! -le respondió el joven.-¿Qué es lo que estoy guardando yo entonces aquí?El uno que sí, el otro que no, y ¡bam!, restalló el fusil del hermano menor y el jinete cayó sin vida al suelo. El muchacho lo despojó luego de sus ropajes, tomó el caballo de las riendas y fue a escon-derlo todo en una cabaña en el interior del bosque.Llegó la segunda noche y le dijo el hermano pequeño al mediano:-¿Vas a ir a guardar la tumba de padre?, le diste tu pala­bra de que lo harías.-¿Qué palabra? -le respondió.-Yo le dije aquello sólo para darle gusto a padre antes de morir.-Está bien -dijo entonces el pequeño.-Iré yo y la velaré en tu lugar.Cogió el fusil, fue caminando hasta llegar a la tumba y se apostó junto a ella para cuidarla.A las dos de la madrugada acertó a pasar por allí un hombre muy alto a lomos de un corcel blanco. Su vesti­menta estaba enteramente recamada de oro.-Déjame que pise la tumba de tu padre -le gritó con ru­das voces el hombre del caballo.-¡Nunca lo harás mientras a mí me quede aliento! -le re­plicó inmediata-mente el tiñoso.Disputaron durante un rato y por fin el tiñoso le disparó un tiro de fusil y lo mató. Lo despojó a continuación de sus vestiduras y, junto con el caballo, fue a esconderlo todo en otra cabaña en las profundidades del bosque.A la tercera noche les dijo a sus hermanos:-Me voy a guardar la tumba de padre, pues hoy me co­rresponde a mí el turno.Cogió su arma y se dirigió al lugar donde estaba la tum­ba. A las tres de la madrugada apareció por allí un apuesto jinete montando un caballo color azabache. Sus ropas esta­ban cubiertas de oro y piedras preciosas.-¡Déjame pasar por encima de la tumba de tu padre! -le dijo al verlo.-¡No, jamás! -le replicó el tiñoso.-Pues mi camino atraviesa por aquí -dijo acto seguido el hombre del caballo y espoleó su montura.Viendo aquello el tiñoso se echó al punto el fusil a la cara y de un tiro mató al caballero, dejándolo tendido en la tie­rra. Le arrebató sus preciosas ropas, cogió el caballo de la rienda y lo metió todo en una nueva cabaña del bosque. A ninguno de sus hermanos les dijo nada acerca de todo aquello.Pasó el tiempo y cierto día hizo saber el rey:-Quien sea capaz de saltar un alto muro formado de cuerpos y derribar con la espada la corona colgada de la en­cina, habrá de tomar a la hija del rey por esposa y recibirá además como regalo torres y serrallos.Una gran multitud se fue congregando junto al palacio del rey, unos para mirar, otros para probar suerte. Decidie­ron acudir también los hermanos del tiñoso.Al ver éste que sus hermanos mayores se dirigían hacia allí, corrió tras ellos y les preguntó:-¿Me lleváis a mí con vosotros?-Tú quédate en casa, anda -le respondieron.-Sería una vergüenza que te vieran con nosotros con toda la multitud que se va a reunir.Y lo dejaron en casa. Pero pocos instantes después, el ti­ñoso salió y se dirigió a la cabaña donde había guardado las primeras vestiduras de plata y el caballo alazán. Se vistió con ellas, montó a lomos del caballo y se dirigió a la reu­nión. Todos lo miraban al llegar, aunque ninguno lo reco­nocía.Numerosos jóvenes de buenas casas habían intentado sal­tar el muro, pero ninguno lo había logrado.-¿Me permitís que pruebe yo también una vez? -dijo en alta voz el tiñoso.Todos le abrieron paso. Acto seguido le gritó al caballo con grandes voces y, enarbolando la espada, saltó el obstá­culo y cortó de un tajo la corona.Quedaron todos asombrados, pero el rey no estaba tan convencido como para entregarle a su hija, de modo que ordenó que todo se repitiera una nueva vez al cabo de una semana.Se dispersó la congregación y el tiñoso regresó antes que sus hermanos, se cambió de ropas y volvió a casa como si no supiera nada.Cuando llegaron sus hermanos, les preguntó:-¿Consiguió saltar alguien el muro?-No, nadie. Aparte de un extranjero que era de corta es­tatura y aspecto desmejorado como tú, con las ropas todas recamadas en plata. De todos modos el rey no quiso entre­garle a su hija. De hoy en una semana todos los jóvenes vol­verán a intentar saltar el muro y cortar la corona.Cumplida la semana, se disponían los dos hermanos ma­yores a acudir a la reunión para asistir al desenlace, cuando el pequeño les preguntó.-¿Me lleváis con vosotros?-Quédate en casa, estarás mejor -le respondieron.-Allí la gente se reiría de ti.Partieron los dos y poco rato después lo hizo también el tiñoso, pero esta vez vestido con las ropas recamadas de oro y a lomos del corcel blanco.Se había formado aún más grande reunión que la vez ante­rior y ya eran muchos los que habían intentado saltar el mu­ro, aunque sin lograrlo ninguno. Probó a hacerlo también el tiñoso: Saltó limpia-mente el obstáculo y cortó la corona.-Tampoco ahora -le dijo el rey, quiero entregarte a mi hija sin antes volverlo a intentar.Se dispersaron todos y marchó cada uno hacia su casa. El tiñoso corrió a la suya, llegó antes que sus hermanos y se cambió de ropas.Cuando regresaron los otros dos, les preguntó.-¿Cómo fue la asamblea? ¿Consiguió alguno saltar el muro?-Ninguno -le respondieron ellos, aparte de un extranje­ro corto de estatura y debilucho como tú, con las ropas re­camadas en oro y montando un corcel blanco. Pero tampoco esta vez le entregó el rey a su hija; quiere que se haga un nuevo intento dentro de dos semanas.Transcurrieron las dos semanas y de nuevo acudieron los hermanos a la reunión. Les rogó el tiñoso que lo llevaran consigo, pero ellos volvieron a burlarse de él.La multitud era mayor que nunca. Prueba una vez, in­téntalo otra, no apareció un solo muchacho que superara la barrera.Se puso en marcha el tiñoso, llegó a la tercera cabaña, vistió las ropas cubiertas de oro y piedras preciosas y montó el caballo azabache.Cuando llegó, todos lo contemplaban con admiración y le dejaban franco el paso.Saltó limpiamente la barrera, cortó la corona y tomó a la hija del rey. Aquel día se formó un gran regocijo y el rey le regaló al muchacho el mejor de sus serrallos. Pero he aquí que, mientras conducían a la novia al palacio, apareció de pronto Siete-palmos-de-barba-tres-palmos-de-talla y la rap­tó. Buscaron incansablemente por todas partes, pero la no­via no aparecía.-No podré continuar viviendo -prometió solemnemente el tiñoso, si no logro rescatar a mi esposa, pues la he gana­do con mucho esfuerzo.Y de este modo fue como concibió la idea de recorrer el mundo entero hasta dar con ella.Camina que camina, llegó a un manantial, junto al cual encontró a su Ora.-Ora, blanca Ora -le dijo el muchacho.-¿Puedes decir­me quién me ha robado a mi esposa?-Yo no lo sé -le respondió ella, pero sin duda lo sabrá el rey de las aves.Marchó el tiñoso en compañía de la Ora a una alta mon­taña, hasta llegar a la cumbre envuelta por las nubes. Allí encontraron al rey de las aves:-Rey -se dirigió a él el tiñoso, he venido para pregun­tarte algo muy importante para mí. ¿Puedes decirme quién me ha arrebatado a mi esposa y dónde la puedo encontrar?-Tu novia se la ha llevado Siete-palmos-de-barba-tres­-palmos-de-talla- le dijo la enorme águila.-Pero, ya que llevas a tu Ora contigo, te entregaré un milano y él te mos­trará el camino.Marchó delante el milano y condujo al tiñoso hasta la boca de una cueva. Allí dentro se encontraba Siete-palmos-de-barba-tres-palmos-de-talla, rodeado de gran nú­mero de muchachas hermosas, que cantaban y jugaban. La Ora del tiñoso se agazapó escondida junto a la boca de la cueva y, cuando la joven esposa del tiñoso acertó a pasar por allí, la atrapó veloz como un rayo y, cogiéndola del brazo, la sacó y se la entregó al muchacho.-Te lo ruego -le pidió el tiñoso a su Ora, cógeme otras dos para mis hermanos.La Ora le escuchó. Sacó a otras dos muchachas y partie­ron rumbo a su casa cantando y jugando.Cuando llegó el tiñoso al bosque donde había escondido los caballos y los valiosos ropajes, encerró a la mayor de las tres muchachas en la cabaña donde se encontraban las vesti­duras de plata y al momento comenzó a brillar una fuerte luz blanca; encerró a la segunda en la cabaña donde había escondido las recamadas de oro y enseguida comenzó a bro­tar un resplandor amarillo; en la tercera guardó a la suya y nada más hacerlo surgió una luz tan intensa que deslumbra­ba a quien la contemplaba.Vieron sus hermanos aquellas fuentes de luz y se pregunta­ron: ¿Qué es lo que habrá allí? Vamos a mirar y lo sabremos.Acudieron al lugar y cual sería su sorpresa cuando vieron a su hermano menor salir a su encuentro y contarles que había encontrado a su Ora en un día propicio.-He recorrido el mundo -les dijo, de un confín a otro y he traído para vosotros a las muchachas más hermosas y más ricas.Al mayor le entregó la mayor, al segundo la segunda y él se quedó con la hija del rey.Compraron terrenos, levantaron palacios y vivieron a cual mejor sobre el lomo de esta tierra nuestra.

Maorí La quijada mágica

Maui caminaba nervioso de un lado a otro por delante de la casa de su madre. A sus hermanos les hubiera gustado poder ayudarle, pero le temían porque era capaz de todo. Desconfiaban de él y preferían mantenerse fuera del alcance de su mal humor. Hasta los perros del poblado pasaban corriendo a su lado, temerosos de recibir una patada. Especialmente cuando el joven se golpeaba los muslos con su enorme maza de jade verde para mostrar su tremenda rabia.

Maui no paraba de caminar y de pensar. Conocía muy bien las fórmulas y los conjuros sagrados. Tenía el poder de cambiar de apariencia: para él, metamorfosearse en un halcón o en un pez era como un juego de niños. Y, sobre todo, poseía una maza de jade digna del más grande de los guerreros. Pero no tenía bastante. Le faltaba un arma. Un arma milagrosa, tan poderosa que con ella pudiera enfrentarse a los demonios y a los malos espíritus que reinaban por doquier.

Con ella podría también domar la Naturaleza, ayudar a los hombres a que dejasen de llevar una vida tan dura y, a buen seguro, provocar la admiración de sus semejantes. En una palabra, comportarse como un verdadero héroe.

Entonces, un ruido le hizo salir de sus pensamientos. Tres mujeres caminaban en fila por un sendero. Salían discretamente del poblado. Cada una llevaba una cesta. Se deducía que era comida caliente por el olor y el vapor que salía de ellas. Por la tarde las vio regresar con las cestas vacías. Y así, durante varios días.

La curiosidad de Maui era enorme.

– ¿A quién lleváis esa comida? -les preguntó, situándose ante ellas para impedirles el paso.

– ¡No podemos decirte nada! -respondieron las mujeres, inquietas por la presencia de Maui -Sólo obedecemos órdenes.

– ¿De quién son esas órdenes? ¡Hablad! ¡Quiero saberlo todo!

– Tu madre podrá decírtelo, Maui. No nos preguntes más.

Maui, impaciente, fue en busca de su madre, Taranga. Era una mujer muy inteligente y sabía perfectamente lo que le preocupaba a su hijo y también cómo solucionar todos sus problemas.

– Escúchame bien, Maui. Esos alimentos son para tu abuela ciega, Muriranga. Cuando la alimentamos está feliz y permanece tranquila. Pero si nos olvidamos de ella, aunque sólo sea una vez, se pone furiosa y, hambrienta, es capaz de comerse cualquier cosa. Ve a verla. La reconocerás por su quijada. Esa es el arma mágica que buscas. Es para ti. En cuanto te presentes ante ella, te la dará.

Al día siguiente, Maui se acercó a las mujeres y les quitó las cestas.

– Dadme la comida. Yo la llevaré – Y tomó el camino hacia el bosque.

Al llegar cerca de una casa, vio a una anciana sentada en el umbral de su puerta. Sin duda era su abuela, la ogresa de inmensa cabeza y enorme quijada.

Maui, como era de esperar, no pudo evitar gastarle una broma. Había tenido la precaución de situarse contra el Viento para que ella no le localizase por el olor. Sin hacer ruido, dejó los cestos detrás de un matorral y se fue. Los siguientes días volvió a hacerlo mismo. Muriranga empezó a sospechar lo peor. No hacía más que olfatear y olfatear. Acabó por desesperarse. Tenía el estómago vacío y era capaz de zamparse a Maui si éste cometía el error de acercarse a ella. Daba vueltas y más vueltas olfateándolo todo: hacia el sur, hacia el este, hacia el norte. ¡Nada, no le llegaba ningún olor a humano!

Por fin, al volver su enorme cara hacia el oeste, las aletas de su nariz temblaron. Y rugió:

– ¡Aquí hay un hombre, y está muy cerca!

Maui carraspeó pero no dijo nada. La abuela entonces comprendió que se trataba de uno de sus nietos, seguramente el más travieso de todos. En ese momento su estómago dejó de quejarse. Maui se había salvado.

-¡Eras tú! -bramó.

Él le contestó cariñosamente:

-Sí, abuela.

– ¿Y te diviertes así, mofándote de tu abuela? ¿Te parece bien que yo lleve días muriéndome de hambre mientras tú escondes mi comida?

– Abuela -suplicó Maui-: necesito tu quijada con sus poderes mágicos.

La anciana parpadeó con sus ojos ciegos. Y reconoció en su descendiente al merecedor de la preciosa arma que portaba en su boca. Sabía que él podría hacer un buen uso de ella.

– Quédatela, Maui. Para ti la he guardado.

Y diciendo estas palabras, Muriranga se quitó la mandíbula y se la dio a Maui.

Maui se sintió el hombre más feliz del mundo. No dejaba de observar el magnífico regalo de su abuela. Y, admirando aquella quijada cargada de mana, el poder de sus antepasados, comenzó a pensar en todas las hazañas que podría hacer con ella y en la gloria que alcanzaría

India Ermitaño y la tinaja

Había una vez un ermitaño que vivía en una aldea. Todos los días, la gente de la aldea le daba tres hogazas, un poco de aceite y un poco de miel. Con estos alimentos el ermitaño podía sub­sistir. Como era muy frugal, ni siquiera usaba todo el aceite y lo conservaba en una tinaja colocada encima de su jergón de paja. Cuando la tinaja estuvo llena, el ermitaño se puso a pensar qué hacer con ella:«Venderé el aceite y me compraré una oveja. La oveja tendrá corderitos y, cuando estos corderitos hayan crecido, procrearán a su vez otros corderos y, de esta manera, acabaré teniendo un abundante rebaño. Entonces me compraré una casa grande, ten­dré muchos criados y me casaré con la hija del mercader Abú Kir. Prepararé un banquete de bodas como nunca se ha visto en la vida. Mataré bueges, ovejas, gallinas y palomas. Compraré dulces y vino. Contrataré a actores, artistas y músicos. Compra­ré flores y perfumes. Invitaré a ricos y a pobres, a gobernantes y a súbditos, y enviaré por todas partes a un heraldo que anuncie: «¡Quien quiera algo, que dé un paso adelante y coja lo que quie­ra! ». Y yo dejaré de ser un ermitaño. Con el tiempo me nacerá un hijo. Lo criaré q lo educaré: si es bueno, lo elogiaré y le daré premios; si es malo, cogeré un palo y le daré una zurra, para que aprenda…».Al decir esto, el ermitaño cogió un palo y lo levantó para ver cómo lo usaría: el palo dio contra la tinaja del aceite que estaba encima de la cama, la tinaja al piso, se rompió y todo el aceite se derramó sobre la cabeza del ermitaño.

Árabe Los tres mentirosos

En una ciudad lejana de un país muy lejano, tres hombres que venían de tres lugares diferentes de la Tierra, se encontraron una moneda de cobre, en un sitio donde se cruzaban tres caminos. Primero pensaron en repartírsela en partes iguales, pero uno de ellos observó:-¿Repartir una moneda de cobre? ¡Sería una lástima! Dé­mosla a aquel de nosotros que sepa decir la mentira más gorda.Los otros dos aceptaron y él comenzó, entonces, a contar su historia. Hela aquí:-Mi tío es guardián de una mezquita. Ayer fui a reunirme con él y ¿qué pensáis que ocurrió? En cuanto nos fuimos a dor­mir, se levantó un viento que sopló cada vez más fuerte hasta que se transformó en un terrible ventarrón. Tan terrible que, en un momento determinado, elevó en el aire toda la ciudad, con sus mezquitas, sus casas, los jardines, las palmeras, las caravanas de camellos y hasta la tierra en la que todo esto se apogaba, y llegó a arrastrar todas las casas muchos kilómetros lejos de allí. Despertamos por la mañana en nuestra casa y nadie se dio cuen­ta de nada. Pero yo subí a la torreta más alta de la mezquita y, desde una distancia de varios kilómetros, divisé esta ciudad q la moneda de cobre que estaba en el suelo. He venido aquí a pro­pósito para recogerla; por lo tanto, es mía.-De ninguna manera -dijo el segundo extranjero. Has con­tado una mentira muy gorda, pero la mía lo es más aún.-Mi abuelo es pescador. Fui ayer a encontrarme con él y ¿qué se os ocurre que vi? Tiene en su casa una nueva criada, y esa criada es un pez que consiguió pescar hace unos diez días. Y debo decir que lo ha amaestrado muy bien: el pez le ordena la casa, barre el suelo, cocina, friega los platos y va al mercado. Mi abuelo también le ha enseñado a cantar. Cuando volvimos de pescar, encontramos preparada una comida deliciosa. Después de comer, el pez subió a la terraza a tender las redes de mi abue­lo y desde allí, a una distancia de varios kilómetros, vio esta ciu­dad y esta moneda de cobre en el suelo. Me lo contó enseguida y decidí venir a cogerla. Por lo tanto, la moneda es mía.-De ninguna manera -rebatió el tercer extranjero. Has contado una mentira muy gorda, pero la mía lo es más aún.-Mi padre es un vendedor de perfumes. Ayer fui a encontrarme con él y ¿qué creéis que me contó? Un día compró en el mercado un huevo muy grande y se lo dio a una gallina clueca para que lo incubase. Del huevo salió finalmente un gallo, que creció y no paró de crecer hasta hacerse tan grande que mi padre pudo cargar sobre él todas sus mercancías y recorrer el país guiándolo como si fuese un caballo. Pero un día le salió en el lomo una ampolla y el veterinario le aconsejó a mi padre que se la frotase con aceite de dátil. Mi padre siguió escrupulosamente el consejo del médico, pero una vez se olvidó de quitar el hueso del dátil y en el lomo del gallo creció una palmera. Esta palmera siguió creciendo y, en pocos días, se llenó de flores y de frutos. Cuando los vecinos vieron esos magníficos dátiles, comenzaron a arrojar al árbol piedras y ladrillos. Los dátiles caían al suelo, pero las piedras y los ladrillos se quedaban en el árbol. En poco tiempo, los dátiles formaron en la tierra un valle de dos kilóme­tros de extensión. Mi padre, entonces, consiguió una yunta de bueyes, aró el valle y plantó allí unas calabazas que alcanzaron en poco tiempo dimensiones gigantescas. Cuando estuvieron ma­duras, arranqué una e intenté cortarla. Pero, no sé cómo, el cu­chillo se me cayó dentro de la calabaza, así que me vi obligado a atarme una cuerda a la cintura para entrar en la calabaza a re­cuperar el cuchillo. Cuando llegué al fondo, no había siquiera asomo del cuchillo. Encontré, en cambio, a tres hombres, a quie­nes les hablé así: «Amigos, ¿no habéis visto por casualidad mi cuchillo?». «¡Qué tonto eres! -respondieron. ¡Pretendes encon­trar un cuchillo, mientras que nosotros estamos buscando una enorme caravana de camellos! Pero, si quieres un cuchillo, ve a la ciudad y allí, en el cruce de tres caminos, encontrarás la mo­neda de cobre que hemos perdido. ¡Cógela y ve a comprarte el cuchillo!». Por ello he venido aquí y, como veis, la moneda me pertenece.-Es verdad -dijeron los otros dos. ¡Una mentira como la tuya se merece francamente una moneda de cobre!Así que le entregaron la moneda y cada uno se marchó por su camino, rumbo a tres regiones diferentes de la Tierra.

India El alfarero valiente

Había una vez un tigre que paseaba por los alrededores de un pueblo. En medio de su caminata, se desató una terrible tormenta, que lo obligó a buscar refugio en el zaguán de la ca­sa de una señora.La señora estaba preocupada por otras cosas. El techo de su casa esta­ba lleno de agujeros, y ella debía correr de aquí para allá moviendo muebles para que el agua no se los estropeara.-¡Qué barbaridad, esta gotera maldita! -gritaba la po­bre señora. ¡No hay nada que pueda hacer para detener­la! ¡Por un momento parece que para… pero enseguida la tengo otra vez encima mío! ¡Es horrible, horrible…!»¿Quién será la Gotera Maldita?», se preguntaba el tigre desde el otro lado de la pared. Los gritos de la señora y el ruido de los pesados muebles al moverse, lo hacían pensar en algún ser espantoso y peligrosísimo, llamado Gotera Maldita.En ese mismo momento, pasó por el camino un alfarero que llevaba toda la noche buscando a su burro perdido. En la oscuridad vio que había un animal junto a la puerta de la señora, y confundiéndolo con su burro, se acercó hacia él con un garrote en alto.-¡Estúpido animal! -le decía, mientras le daba golpes. ¡Ya estoy harto de que siempre te me escapes! ¡Te vienes ya mismo conmigo!El tigre no podía creer lo que estaba pasando. Nunca na­die se había animado a tratarlo de esa manera a él, el más temido de todos los animales que existen.»Ésta debe ser la famosa Gotera Maldita. No me extraña que la señora le tenga tanto miedo», pensaba, mientras el alfarero lo seguía aporreando y gritándole cosas. El hombre se subió sobre él y lo dirigió hasta su casa, dándole fuertes puntapiés. Una vez allí, lo ató del pescuezo a un poste y se fue a dormir.A la mañana siguiente su esposa descubrió que en la puerta misma de su casa, había un tremendo tigre dormido.-¿Sabes qué animal has traído anoche? -le preguntó a su esposo cuando despertó.-¡Claro! ¡A ese estúpido burro!-Ven y mira…Cuando el alfarero vio que lo que había tratado de esa forma, la noche anterior, era un tigre, sus piernas perdieron fuerza y casi se cae al suelo del susto.La noticia del hombre que había montado hasta su casa en tigre corrió por el pueblo con rapidez. Muy pronto todos querían verlo, hablar con él, preguntarle cosas acerca de su valentía. Se hizo tan famoso, que el rajá del país quiso cono­cerlo en persona. Se dirigió con su séquito hasta la casa, y quedó sorprendido al ver que el animal capturado era un ti­gre que llevaba años aterrorizando a la población.El rajá estaba tan impresionado, que decidió transformar al alfarero en un noble: le dio terrenos, oro, y un ejército de caballería con diez mil soldados a su orden.El alfarero y su mujer comenzaron a vivir entonces una vida de comodidades y lujos, hasta que un día llegó la noticia de que un país enemigo estaba a punto de invadir la región.El rajá se dirigió a todos sus generales, ofreciéndoles el mando de los ejércitos, pero nadie quiso saber nada con se­mejante responsa-bilidad. Cuando ya no le quedaba nadie más a quien solicitárselo, se acordó de aquel valiente alfarero que había montado al tigre más peligroso del país. Se­ acercó a su casa por segunda vez y le dijo:-Te nombro general en jefe de todos los ejércitos para defender-nos de la invasión -le dijo el rajá una vez que es­tuvo en su casa.Al alfarero le dio vergüenza decir que no, pero para ga­nar tiempo y pensar en algo que hacer, le contestó:-Acepto, pero necesito un día para estudiar al enemigo.El rajá estaba encantado con su nuevo general en jefe. Apenas se quedaron solos, el alfarero le preguntó desespe­rado a su esposa:-¿Y ahora qué hago? ¡Ni siquiera sé montar a caballo!-Eso es lo de menos -le contestó su mujer. Mañana a primera hora buscamos un pony y vas cabalgando en él.Pero a la mañana siguiente, antes de que el alfarero y su esposa siquiera se hubieran despertado, los sirvientes del rajá llevaron un gigantesco corcel a la puerta de la casa.-¡Es para que dirijas el ejército esta tarde! -le dijeron.-¡Gracias, gracias! -contestaba el alfarero, intentando que no se le notara que no podía ni tragar saliva. Ahora déjenme solo, que debo planear mi estrategia de ataque.Una vez que estuvo solo, volvió a dirigirse desesperada­mente a su esposa.-¿Qué hago? ¡Me da miedo acercarme a menos de dos metros de ese animal!-No te preocupes. Tú te subes, y yo te ato bien fuerte con unas sogas. De esa manera nunca vas a caerte.El alfarero intentó subirse de todas las formas posibles al caballo, pero siempre le pasaba algo. Primero, se enredaba en los estribos. Después, se confundía de pierna, y aparecía montado pero mirando hacia la cola del caballo. En otra oportunidad, se subió con tanta fuerza que siguió de largo y cayó del otro lado. Era un jinete desastroso.Cuando ya estaba a punto de rendirse, sin saber cómo se vio sentado en el lomo y mirando hacia delante. La esposa sin per­der un segundo lo ató a los estribos, luego pasó una soga ente pierna y pierna por debajo y finalmente, le amarró la cintura a la cola y a la cabeza del animal. Antes de que pudiera sujetar­le las manos, el caballo se cansó de tanto movimiento y dando un relincho descomunal salió corriendo con todas sus fuerzas.-¡Socorro! -gritaba el desdichado.-¡Agárrate de sus crines! -le gritó la mujer. Y fue lo último que pudo decirle porque ya estaba demasiado lejos.El alfarero le hizo caso a su mujer y se agarró lo más fuer­te que pudo de las crines del poderoso caballo. Por supues­to no tenía ni idea de cómo manejarlo, así que el animal si­guió el camino que mejor le parecía. Corrieron y corrieron durante algunas horas. Fue entonces que se dio cuenta ha­cia dónde lo estaba llevando: a toda velocidad, el corcel se dirigía hacia las mismísimas líneas enemigas.El alfarero, muerto de miedo, vio que pasaban por debajo de una higuera y estiró los brazos para agarrarse de una de las ramas, esperando que el caballo se detuviese. Pero la fuerza del caballo era mucha, y la tierra del árbol estaba suel­ta, así que lo que logró fue arrancarlo de raíz. El pobre hom­bre se quedó sosteniendo un gran árbol sobre su cabeza.Los soldados del enemigo no salían de su asombro. Ha­bían contemplado al hombre solo, dirigiéndose hacia ellos a toda velocidad. Lo habían visto arrancar un árbol de raíz y luego blandirlo como un garrote.-¡Dios mío! -dijeron. ¡Si así es el primero que man­dan… cómo será el ejército entero!Y todos comenzaron a escapar, presas del pánico.El rajá enemigo, al ver que todos sus soldados se disper­saban, escribió una carta de rendición, la dejó sobre su es­critorio, y también se marchó.Para cuando el alfarero llegó al campamento enemigo, ya estaba completamente vacío. El caballo, cansado de tanto correr, se quedó quieto. El alfarero se desató de las sogas y desmontó con un gran suspiro de alivio. Caminó un poco por el campamento, y al entrar en la tienda real, se encon­tró con la carta del rajá.Volvió hasta su casa tirando al caballo por la brida, porque no quería subirse a una de esas bestias nunca más en su vida.Una vez en su casa, le dijo a su mujer:-Hazme el favor de llevarle esta carta y regresarle este ca­ballo al rajá. Dile que yo mañana iré a visitarlo, pero que esta noche no quiero saber nada más ni con animales ni con reyes.Al día siguiente, el alfarero llegó a pie hasta el palacio del rajá. La gente que lo veía pasar, comentaba:-¡Qué hombre tan humilde! Acabó con un ejército com­pleto, y después de semejante hazaña, llega caminando al palacio, en lugar de hacerlo a caballo y con fanfarrias, co­mo haría cualquier otro.El alfarero fue recibido con los honores de un gran héroe. Todavía hoy se lo recuerda como el increíble hombre que cabalgó valientemente sobre un tigre y que sin ayu­da de nadie destruyó a todo un ejército invasor.

India El padre de Somarsaman

Todo comenzó en la mañana en que Svbhakripana tuvo la suerte de con­seguir una olla repleta de harina de arroz. Con mucho cuidado la colgó de un clavo en la pared, al lado de su cama, de manera que al acostarse no la perdiera de vista.Esa noche no pudo dormir, y éstos eran los pensamientos que le quitaban el sueño:»Esa olla que me han dado está llena de harina de arroz. Si llega ahora una época de escasez de alimentos, podré ven­derla por cincuenta monedas de plata. Con esas monedas me compraré dos cabras. Las cabras crían cada seis meses, por lo que en poco tiempo tendré un rebaño. Con lo que me den por esas cabras compraré vacas. Cuando las vacas hayan parido, voy a vender las terneras. Con las vacas compraré búfalos. Con los búfalos, yeguas. Cuando las yeguas hayan tenido cría, seré dueño de muchos caballos. Vendiendo los caballos tendré gran cantidad de oro. Por el oro me darán una casa de tres pisos. Entonces vendrá a mi casa un gran señor, y me dará la mano de su hermosa hija. Ella tendrá a su vez un hi­jo, al que llamaré Somasarman. Cuando ya tenga edad como para sentarse en mis rodillas, tomaré un libro, me iré a la caba­lleriza y me sentaré a estudiar. Al verme, a mi hijo Somasarman le darán ganas de sentarse en mis rodillas. Se alejará de su ma­dre y vendrá hacia mí, pasando por al lado de los caballos. Yo, enojado, le gritaré a mi esposa: «¡Cuidado con el niño!’. Pero ella estará demasiado ocupada como para escucharme. Yo me levantaré y le daré un puntapié en las nalgas.»Tan metido estaba el hombre en sus pensamientos, que dio un puntapié y rompió la olla, quedando completamen­te cubierto por la harina de arroz.Y entonces quedó claro que aquel que hace planes para un futuro demasiado lejano, se queda blanco como el padre de Somasarman.

Un castillo en el aire – Balcanes

Erase una vez un zar que tenía tres hijos y una hija a la que tenía metida en una jaula, y allí la criaba y cuidaba como a las niñas de sus ojos. Cuando la doncella creció, un atardecer, pidió a su padre que la dejara salir con sus hermanos a dar un paseo y el padre accedió. Pero apenas hubo sali­r do del palacio, por el cielo llegó volando un dragón, agarró a la don­cella y se la llevó por las nubes.Los hermanos fueron corriendo a contarle a su padre lo que había sucedido y le pidieron que los dejara marchar en busca de su hermana. El padre les dio su permiso y también dio un caballo a cada uno con todo lo necesario para el viaje, así que se marcharon a buscar a su hermana.Después de mucho viajar dieron con Un castillo que no estaba ni en el cielo ni en la tierra. Al llegar allí, pensaron que en aquel castillo bien podría estar su hermana y en seguida empezaron a discurrir sobre la manera en que subirían y, después de darle muchas vueltas, deci­dieron que uno de ellos degollaría a su caballo y con la piel harían un cordel, entonces atarían un extremo a una flecha y con el arco la lanzarían desde abajo para que se clavara en el castillo y de esa forma podrían subir. Los hermanos menores dijeron al mayor que matara a su caballo, pero él no quería, tampoco quería el hermano mediano, conque el pequeño mató al suyo, hizo un cordel con la piel, anudó uno de los extremos a una flecha y disparó la flecha con su arco. Cuan­do llegó el momento de trepar por el cordel, tampoco querían subir ni el mayor ni el mediano, por lo que tuvo que subir el pequeño.Cuando estuvo arriba empezó a ir de un aposento a otro, hasta que llegó a una estancia en la que vio a su hermana sentada, sosteniendo en su regazo la cabeza del dragón que se había quedado dormido mien­tras ella lo espulgaba. Al ver a su hermano la doncella se asustó y empe­zó a suplicarle en voz baja que huyera antes de que se despertase el dragón, pero él no le hizo caso sino que agarró una maza, la levantó y golpeó con ella al dragón en la cabeza, pero el dragón, todavía dormi­do, se llevó la mano al lugar del golpe y le dijo a la doncella:-Justo aquí me pica algo.Al tiempo que decía esto, el hijo del zar le arreó otro mazazo, y otra vez el dragón le dice a la doncella:-De nuevo me pica algo por aquí.Cuando estaba a punto de atizarle por tercera vez, su hermana le señaló con el dedo el punto en donde le brotaba la vida, y allí que le dio, nada más golpearle, el dragón se quedó muerto en el sitio. La hija del zar lo apartó de su regazo, corrió a besar a su hermano y tomán­dole de la mano, se puso a mostrarle el castillo.Primero lo llevó a un aposento en el que, atado al pesebre, había un caballo zaino con el jaez de plata pura. Luego lo llevó a otro apo­sento en donde, junto al pesebre, había un caballo blanco con el jaez de oro puro. Finalmente lo condujo a un tercer aposento en el que estaba un caballo bayo junto al pesebre, con el jaez guarnecido de pie­dras preciosas.Tras mostrarle esos aposentos, lo llevó su hermana a una estancia en la que una doncella, sentada junto a un bastidor de oro, bordaba con hilo también de oro. De esta estancia lo llevó a otra en la que una don­cella hilaba hebras de oro. Al fin lo llevó a una tercera estancia en la que una doncella ensartaba perlas frente a una bandeja de oro en la cual una gallina, también de oro, picoteaba las perlas con sus polluelos.Cuando hubo visto todo esto, volvió a la estancia en donde yacía muerto el dragón, lo sacó fuera y lo echó a la tierra, y los hermanos, cuan­do lo vieron, casi se mueren del susto. Después el hermano pequeño hizo bajar a su hermana primero y tras ella, una a una, a las tres donce­llas, cada cual con su labor, y según iban bajando se las iba destinando a sus hermanos, al bajar la tercera, la de la gallina y los pollos, se la des­tinó para sí mismo. Sus hermanos, envidiosos al verle convertido en el héroe que había encontrado y salvado a la hermana, cortaron el cordel para que no pudiera bajar, luego encontraron en el campo un pastor con las ovejas, le cambiaron de ropas y lo llevaron ante su padre en el lugar de su hermano, a su hermana y a las doncellas las intimidaron con ame­nazas para que no dijeran a nadie lo que habían hecho.Pasado algún tiempo, llegó a oídos del hermano que estaba en el castillo que sus hermanos y aquel pastorcillo se iban a casar con las doncellas. El mismo día en que se casaba el mayor, montó en el caba­llo zaino y justo cuando los invitados salían de la iglesia, apareció volando entre ellos, con una maza golpeó al novio en la espalda de modo que éste cayó del caballo, y él remontó el vuelo hacia el casti­llo. Cuando se enteró de que se casaba el hermano mediano, se montó en el caballo blanco y, justo cuando los invitados salían de la iglesia, llegó volando y le golpeó de forma que también el mediano cayó del caballo, en seguida se marchó volando. Final-mente, cuando se ente­ró de que el pastorcillo se iba a casar con la doncella que para sí había elegido, se montó en el caballo bayo y volando se plantó entre los invitados justo cuando salían de la iglesia; al novio le dio tal mazazo en la cabeza que al instante cayó muerto, así que los invitados corrieron a prenderlo, pero esta vez no quiso huir, sino que se quedó entre ellos y les explicó que él era el hijo pequeño del zar y no aquel pastorci­llo, y que sus hermanos por envidia lo habían dejado en el castillo en donde encontró a su hermana y mató al dragón, todo esto también lo atestiguaron su hermana y las otras doncellas. Al oírlo, el zar se enojó muchísimo con sus dos hijos mayores y los desterró inmediatamen­te, mientras que al pequeño lo casó con la doncella que él mismo se había elegido y lo nombró su sucesor.

La almohada maravillosa – Korea


Cierto día una anciano sacerdote se detuvo en una posada situada a un lado de la carretera. Una vez en ella extendió su esterilla y se sentó poniendo a su lado las alforjas que llevaba.Poco después llegó también a la posada un muchacho joven de la vecindad. Era labrador y llevaba un traje corto, no una túnica, como los sacerdotes o los hombres entregados al estudio. Se sentó a corta distancia del sacerdote y a los pocos instantes estaban los dos charlando y riéndose alegremente.De vez en cuando el joven dirigía una mirada a su pobre traje y, al fin, dando un suspiro, exclamó:-¡Mirad cuán miserable soy!-Sin embargo – contestó el sacerdote –, me parece que eres un muchacho sano y bien alimentado. ¿Por qué, en medio de nuestra agradable charla, te quejas de ser un pobre miserable?-Como ya podéis imaginaros – contesto el muchacho –, en mi vida no puedo hallar muchos placeres, pues trabajo todos los días desde que sale el sol hasta que ha anochecido. En cambio, me gustaría ser un gran general y ganar batallas, o bien un hombre rico, comer y beber magníficamente, escuchar buena música o, quizá, ser un gran hombre en la corte y ayudar a nuestro soberano, sin olvidar, naturalmente, a mi familia que así gozaría de prosperidad. A cualquiera de estas cosas llamo yo vivir digna y agradablemente. Quiero progresar en el mundo, pero aquí no soy más que un pobre labrador. Y, si mi vida no os parece miserable, ya me diréis qué concepto os merece.Nada le contestó el sacerdote y la conversación cesó entre ambos. Luego el joven comenzó a sentir sueño y, en tanto que el posadero preparaba un plato de gachas de mijo, el sacerdote tomó una almohada que llevaba en sus alforjas y le dijo al joven:-Apoya la cabeza en esta almohada y verás satisfechos todos tus deseos.Aquella almohada era de porcelana, redonda como un tubo y abierta por cada uno de sus dos extremos. En cuanto el joven hubo acercado su cabeza a ella, empezó a soñar: una de las aberturas le pareció tan grande y brillante por su parte inferior, que se metió por allí, y en breve, se vio en su propia casa.Transcurrió algún tiempo y el joven se casó con una hermosa doncella. No tardó en ganar cada día más dinero, de modo que podía darse el placer de llevar hermosos trajes y de pasar largas horas estudiando. Al año siguiente se examinó y lo nombraron magistrado.Dos o tres años más tarde y siempre progresando en su carrera, alcanzó el cargo de primer ministro del Rey. Durante mucho tiempo el monarca depositó en él toda su confianza, pero un día aciago se vio en una situación desagradable, pues lo acusaron de traición, lo juzgaron y fue condenado a muerte. En compañía de otros varios criminales lo llevaron al lugar fijado para la ejecución. Allí le hicieron arrodillarse y el verdugo se acercó a él para darle muerte.De pronto, aterrado por el golpe mortal que esperaba, abrió los ojos y, con gran sombro por su parte, se encontró en la posada. El sacerdote estaba a su lado, con la cabeza apoyada en la alforja, y el posadero aún estaba removiendo las gachas cuya cocción aún no había terminado.El joven guardó silencio, comió sin pronunciar una palabra y luego se puso en pie, hizo una reverencia al sacerdote y le dijo:-Os doy muchas gracias por la lección que me habéis dado. Ahora ya sé lo que significa ser un gran hombre.Y dicho esto, se despidió y, satisfecho, volvió a su trabajo, que ya no le parecía tan miserable como antes.

EL CENIZO

Se revolvió bajo la cobija oscura. La cama crujió. Se arrebujó y siguió durmiendo. Los barrotes se alzaban como huesos sobre el elástico y en la mitad de los picados hierros delanteros se veían dos ángeles de bronce a los que la Francisca devota y sentimental se entretuvo en pintar de celeste cuando el Aniceto estuvo preso. Sobre la cabecera había un cuadro de santería de barrio, piadoso y macabro. De un alambre colgaban un par de camisas, un traje, dos enaguas y una falda. Atado de una pata por un cordel a una estaca, un gallo de riña cenizo picoteaba la tierra en medio de la pieza.

El tibio sol de las once se colaba por una hendija de la ventana. Dio otro sacudón, bostezó y miró el gallo. La cresta imperceptible le coloreaba como un tajo en la cabeza pequeña, tenía el pico amarillo, filoso y encorvado como aguja colchonera, el pecho agudo y los espolones firmes. Guapo y peleador, entre domingo y domingo rajó más de un buche de cuajo.

–¡Carajito con mi compadre…!

Metió los pies dentro de las alpargatas y en calzoncillo chancleteó los tres pasos que lo separaban del gallo. Lo acarició, lo desató, lo alzó como a un chico, y con él en brazos fue hasta la ventanita a mirar hacia la casa del gringo Yiyo, el italiano usurero, sordo, menudo y de cabeza enorme que vivía enfrente, y al que la noche anterior le había vendido el reloj pulsera de la Francisca en cien pesos que quedaron en la mesa de codillo. Ahora necesitaba el reloj para tomar el tiempo en los masajes diarios que le daba al gallo. El italiano estaba como de costumbre carpiendo el jardincito raquítico del frente.

–¡Don Yiyo…!

El italiano siguió rompiendo cascotes con su azadoncito minúsculo.

–Cada día está más sordo el hijo’e

puta…

Se apartó de la ventana y se sentó en la cama. Miró las enaguas que colgaban del alambre y sintió rabia contra él mismo porque la Francisca había llorado por la venta y ahora no le quedaba ni el reloj ni la plata. Se quedó pensando en ella. Seguramente a esta hora estarían poniendo la mesa. Imaginó una mesa muy larga y sentada a ella, pálida y fría, la escasa familia del farmacéutico llevándose la comida a la boca con lentitud y en silencio. Le molestó y escupió. Ya de por sí, todos los farmacéuticos le desagradaban; tenían cara de convalecientes y antiguos. Se juró que el domingo cuando ganara el cenizo le compraría un relojito, y por sobre todo si alguna otra vez discutían, no volvería a gritarle concubina nunca más. Se puso los pantalones y salió llevando en una mano la tetera y en la otra al gallo a buscar agua en el surtidor que abastecía el loteo. Estaba por poner la tetera bajo el chorro cuando la vio, traía un balde en una mano y un jarroncito en la otra. Debía de haber hecho varios viajes porque tenía mojada toda la cadera y la pierna izquierda y la tela se le adhería a la piel marcándole las formas.

–¿No llena?

–Primero usté –contestó el Aniceto.

Se quedó agachada, apoyada una mano sobre el surtidor y la otra en el asa del balde. Los reflejos rojos del escote se le fundían en la base de los pechos blanquecinos. Retiró el balde, colocó el jarrón y se quedó mirándolo al Aniceto.

–¿Por qué anda con ese gallo en los brazos?

–Porque éste no es un gallo cualquiera y si lo dejo en el suelo se pondría a picotear y perdería la línea… ¡Es de riña…!

–Ah… de riña.

–Sí, de riña… El asunto de los gallos de riña es muy interesante y si usté me permite yo podía contarle cosas muy lindas sobre todo de éste que es guapo como pocos para el puazo… Bueno, todo es cuestión que le interese… cuestión de ideología.

–Yo voy a bailar todos los sábados al centro de los municipales… Mi padrino trabaja en la cuadrilla…

–El sábado me tiene allí.

Esa noche cuando llegó la Francisca le dijo que para el sábado necesitaba cien

pesos.

El sábado a mediodía cuando la Francisca vino de trabajar le dio los cien pesos. A la tarde le pidió que le diera una asentadita al traje.

–Tengo que ver a un señor en la confitería de la plaza. El tipo trabaja en la municipalidá y es posible que me dé un puestito liviano.

El Aniceto se puso a cebar mate mientras la Francisca le asentaba el traje.

El Aniceto comenzó a charlar.

Charlaba mucho el Aniceto.

Sin duda debe estar muy contento con la propuesta, pensó la Francisca, pero no podía imaginarlo trabajando.

Al asentar la plancha sobre el trapo mojado subía un vapor con olor a su hombre que la envolvía agradablemente.

Al fin consiguió imaginarlo trabajando. No le gustó. El Aniceto trabajando y el gallo solo. No lo comprendía. El Aniceto lejos y la pieza sola. El Aniceto en algún lugar, lejos de ella, de la pieza y el gallo. No le agradó.

Cuando el Aniceto salió ya era noche cerrada. Un montón de perros le ladró en la oscuridad. Por los ladridos se dio cuenta la Francisca de que iba cortando camino. Se dio vuelta en el catre y se durmió pensando en el Aniceto y la municipalidad.

Por la boca de los altoparlantes atronaba la música. Sobre la puerta iluminando la entrada diez focos en arco esparcían su luz sobre los cabellos aceitosos. Las colonias, las brillantinas y las aguas de rosas se mezclaban a cada golpe de brisa. Al costado de la puerta tres lustradores pasaban paños y cepillos riéndose, insultándose y dándose manotazos. Apoyó el pie en uno de los cajones y a su lado vio al loco Renato.

–¿Qué hacés, Renato…?

–¿Qué tal… cómo va el cenizo?

–Bien… Mañana tiene una encontrada con un gallo de Tres Esquinas, un colorao.

–¿Nos vemos adentro?

–Bueno.

El Renato pagó y él se quedó con la vista fija en el paño hasta que lo terminaron de lustrar, pagó y se arrimó a la ventanilla de entradas.

–Una Caballero… –pidió, y como siempre la palabra lo hizo sentir ridículo, le resultaba ampulosa, como pedida desde la montura de un caballo de naipe. Algo parecido sentía dentro del baile con las madres que quedaban solas mientras las hijas salían a bailar y sólo les faltaba fumar despreocupadamente un cigarrillo para parecerse a los hombres que esperaban turno en el prostíbulo; tenían como aquéllos la misma expresión vacía, la misma apariencia vegetativa.

Entró. Por la orilla venían bailando en ochos y medias lunas el loco Renato y la chica del surtidor. La sangre le subió a la cara. La miró tranquilo tratando de restarle importancia al asunto y de buena gana le hubiera dado una cachetada.

Cuando terminó la pieza el Renato la acompañó hasta la mesa y fue a sentarse cinco mesas más adelante.

La orquesta comenzó otro tango.

El Renato se acercó invitándola a bailar, ella se negó; y el Loco se volvió avergonzado sin dejar de mirarla esperando la oportunidad de que intentara levantarse para armar el escándalo.

Ella no dejaba de mirar al Aniceto. El lo sabía, pero estaba decidido a no salir.

Cuando el Renato se dio cuenta del porqué de la negativa bordeó la pista y se arrimó hasta donde estaba el Aniceto.

–Perdone, hermano… Yo no sabía.

–Siga bailando compadre. Lo que es yo, no la saco.

–Lo está mirando… saquelá…

–No… No corre.

–¡Saquelá, no sea otario…! ¡Baila como los dioses la cosa!

Se encontraron en el medio de la pista. Apoyó la mano en la cintura breve y entraron en el tango. El rostro ardiente le quemaba la mejilla y los dedos suaves le hurgaban la nuca.

–¿Cómo te llamás?

–Lucía.

Se imaginó acostado con Lucía: ella se acurrucaba a su lado con la cabeza entre su pecho y su brazo, y con la misma mano alcanzaba a acariciarle la cintura. Con la Francisca no. La Francisca ponía el brazo y él se dormía toda la noche sobre el brazo de ella. La Francisca podía ser una gran amiga o una gran madre, pero mujer no. Qué macana, pobre Francisca, pensó.

–Lucía.

–Qué.

–Nada.

–Qué.

–Te quiero.

Se besaron.

–¿Te puedo ver el lunes?

–¿Y por qué no mañana?

–Porque mañana me voy a Godoy Cruz, pelea mi cenizo con un colorao de Tres Esquinas.

Empujó el viejo portón de madera y entró llevando al gallo bajo el brazo. La lona del picadero estaba salpicada de grumos rojos como si le hubieran sacudido brochazos. El Aniceto y el de Tres Esquinas se arrimaron llevando cada uno su gallo en la palma. Los hombres hicieron silencio y miraron al colorado tratando de encontrarle algo que lo desmereciera como desafiante del cenizo, pero no le hallaron nada, por el contrario, tenía aspecto imponente y tranquilo, era sin duda un veterano del reñidero, agalludo y avisado porque no tenía una marca que demostrara descuido.

En medio del silencio se alzó la voz del juez:

–La pelea es a cuarenta y cinco minutos… Los dos son gallos ganadores… Calzan púas de media pulgada… ¡Están en pesos iguales!

El primero que entró al picadero fue el colorado. El Aniceto dejó al cenizo.

Los gallos se quedaron mirando. Giraron. Bajaron y subieron la cabeza con exactitud y volvieron a quedar tensos. El colorado se alzó levemente hacia atrás afirmándose para el puazo, pero no saltó. Se corrieron buscando posición. Bajaron las cabezas casi hasta el suelo, entreabieron las alas y se encontraron en un salto. Cayeron y volvieron a encontrarse una y otra vez. Las patas buscaban de ubicar la púa, los picos cortantes iban y venían como navajazos. Se apartaban y quedaban jadeando con las colas gachas. Giraron en redondo, dieron un paso atrás, se afirmaron y se alzaron en una nueva atropellada. Brillaban las púas, se abrían las alas buscando en el aire un punto de apoyo, los cogotes curvos se movían rápidos, los picos caían a fondo con golpes certeros. Las apuestas corrían parejas, los hombres inseguros daban poca usura.

–¡Voy cien al cenizo…! ¡Cien al cenizo!

–¡Pago…! ¡Pago y cien más…! ¡Y cien más al colorado!… ¡Voy cien contra noventa al colorao!

En medio del picadero los gallos resollaban entre los giros, las vueltas y el arañar de la arena en las corridas. Por momentos se apartaban con los ojos vidriosos y los cogotes balanceantes hasta que se saltaban en un revolear de plumas y sólo se oía el jadear cortado de las embestidas.

–¡Le tocó un ojo!

–¡Hay cien contra cincuenta al colorao!

–¡Pago!

–¡Hay doscientos a cien al colorado! ¡Doy doscientos a cien señores!

El cenizo sacudía la cabeza, cabeceaba con un ojo tocado. El colorado cargó y se confundieron en un remolino de plumas, púas y cabezas que se acometían enardecidas, febriles, Los galleros tendían un manto de apuestas sobre el reñidero. Los gallos vibrantes de furia y sangre querían matar y matar pronto.

–¡Y hay trescientos a cien a mi colorao!

–¡Hechos! –gritó el Aniceto–. ¡Hechos y quinientos más!

–¡Hechos!

Las patas de muslos fibrosos no se daban tregua, los tendones recios se estiraban y se recogían y volvían a estirarse violentos.

–¡Lo despicó!

–¡El colorao está despicao!

Los gallos se apartaron temblando. Bajo el pico del colorao corrió la sangre caliente sobre las plumas resecas. Amagó y cargó de nuevo en un atropellar desordenado hasta que el cenizo le volvió a hundir el espolón debajo del pico y un borbotón de sangre le salió a ronquidos.

Las manos del de Tres Esquinas se cerraron sobre el colorado que sacudía la cabeza con el pico colgando.

El Aniceto cobró y salió acariciando el lomo del cenizo. Se detuvo frente a una vidriera con plataforma de cartón en la que se veían, cubiertos de polvo, tres anillos, dos relojes, y los cadáveres de cuatro moscas patas arriba. Entró.

–Vea… Quiero un anillito para mujer… Que no sea muy caro… ni… en fin, es para un regalo.

Cuando llegó a la pieza, la Francisca escarbaba las brasas con un palito.

–¡Ganó otra vez mi compadre…!

Soltó el gallo, se quitó el saco y al colgarlo se le cayó el estuche con el anillo.

–Es un encargo de un amigo… Mañana se lo tengo que entregar…

La Francisca lo alzó y se lo fue probando por entre los dedos agrietados de lavandina.

–Linda la piedra, ¿no? –dijo el Aniceto–. Buen, por lo menos tiene pinta…

La Francisca dio vuelta la piedra hacia abajo como un cintillo de casamiento y lo dejó así.

Esa noche el Aniceto se acostó pensando en la Lucía. Pitó hasta tarde pensando en ella, sólo los reflejos nerviosos de la Francisca encogiendo de vez en cuando una pierna lo volvían a la oscuridad de la pieza. Le molestó sentirla junto a él. La ceniza le cayó en la palma, tiró el pucho y se dio vuelta. La Francisca soñaba con cintillos y casamientos.

A la otra tarde el Aniceto volvió a ponerse el traje. La Francisca lo vio frente al espejito pasándose el peine mojado una y otra vez; lo vio después mirar el clavel marchito dentro del vaso de agua, decidirse al fin, sacarlo y ponérselo en el ojal.

–Buen… ¿me das el anillo?

La Francisca se lo dio. Lo puso en el estuche y salió.

Esa noche la Francisca durmió sola.

Al día siguiente, ya tarde, regresó el Aniceto, le dio un poco de maíz molido al gallo y volvió a salir. Después vinieron noches muy largas en las que la Francisca sentía que la cama estrecha era grande para ella sola. A veces se despertaba sobresaltada y triste y se quedaba ratos sin poder dormir, entonces se levantaba y se ponía a tomar mate.

El gallo fue perdiendo peso. Todas las mañanas antes de irse a la casa del farmacéutico le dejaba agua y maíz y cuando volvía por las noches apenas si había picoteado.

Al ir a buscar agua en la palangana se encontró en el surtidor con la otra. Esa era la mujer. Quedó como sin sangre, como un juego oscuro avergonzado y triste. Muchas noches cuando se despertaba con el pecho oprimido había tratado de imaginar al Aniceto a esas horas, de ubicarlo con la mujer, pero no pudo, le costaba porque entonces la mujer era sólo una idea, no tenía rostro, quizá por esto hubo momentos entre mate y mate en los que no sufría, momentos fugaces en los que se limitaba a estar y nada más. Y al volver a la verdad de la cama vacía, de mujer despreciada, su dolor no iba más allá de una angustia pasiva que la desesperaba porque no la dejaba llorar. Ahora la mujer estaba ahí frente a ella, tenía forma. Ahí, de pie, la mujer era una verdad. Se agachó para llenar la palangana sin poder dejar de mirarle el anillo. Más arriba la mujer comenzó de silbo burlón. La miró. La mujer sonreía. La siguió mirando. A la Lucía se le fue desdibujando la sonrisa, sentía la mirada hurgarle por dentro como si la estuviera viendo acostada con el Aniceto. Le dio la espalda y se fue sin llenar. La Francisca la vio alejarse por entre las paredes sin terminar y sábanas remendadas.

Esa misma noche volvió el Aniceto. Ella estaba sentada en la cama. El no la miró ni le dijo una palabra, arrimó la tetera al fuego y se puso en cuclillas a hacerle cariños al gallo. Le hubiera gustado verla llorar pero la pava hervía y la Francisca no lloraba. Al rato crujió la cama y los pies de la Francisca pasaron frente a él hasta el alambre donde colgaba la ropa. Volvió a pasar y sintió ruido de papeles. Se quedó donde estaba, sabiendo que la Francisca preparaba la ropa para irse. El había venido precisamente a eso, a decirle que se fuera, pero el hecho de que lo hubiera decidido ella lo golpeó. Cada ruido del papel doblándose lo humillaba. Sintió ajustar el cordón sobre el paquete, anudar, y cuando se incorporó a encender el cigarrillo vio a la Francisca frente a él con el bulto bajo el brazo. Detrás de ella la noche entraba por la puerta entreabierta.

–Bueno… –dijo la Francisca–, chau…

El Aniceto encendió y a la luz del fósforo le vio brillar los ojos humedecidos.

–Chau…

La vio volverse, salir a la oscuridad, alejarse con paso lento y perderse en la noche.

Se detuvo un rato apoyado contra el marco torcido de la puerta. La luz de la vela le daba en la espalda y su sombra alargada tiritaba sobre la tierra despareja.

–Y buen… Después de todo…

Al entrar vio al alambre donde la Francisca colgaba la ropa y sintió lástima. Bajó la vista y se quedó mirando al cenizo que pestañeaba somnoliento al lado del brasero.

–Se fue la Francisca… –le dijo.

Se metió las manos en los bolsillos y comenzó a silbar. Apagó la vela y salió. Cruzó por entre los baldíos cortados de casas, charcos, y pedazos de adobes hasta lo de la Lucia. Ella estaba entre las sombras conversando con un hombre. Vio que el hombre se iba y desaparecía en las sombras.

–Quién es el tipo ese…

–Un primo.

–¿Qué primo?

–¡Un primo, che!

El Aniceto sintió que la cachetada le andaba por el brazo.

–¿Así que un primo?

–¡Ajá!…

De la oscuridad brotó un perrito y el Aniceto se agachó a rascarle una oreja.

–La largué a la Francisca… Estoy solo…

Lo último le sonó a súplica. Soy una porquería pensó, a la final la Francisca fue más hombre que yo, se fue y se fue…

–¡Vine a decirte que te vengás a vivir conmigo a la pieza…

–¿Con vos?

–Sí, conmigo… ¿Qué, acaso no me querés? ¿Qué, no habíamos quedado en eso?

–Sí.

–¿Y entonces?

–Y… no sé.

Se hizo un silencio pesado.

–¡Bien, mirá, quedate nomás con el tipo ése! ¡Con el primo ése!

–Está bien.

–¡Y claro que está bien!

–¿Y qué..? ¡Ultimamente yo soy dueña!

La vio cubrirse con los brazos cuando ya era tarde, la cachetada le sonó en la cara.

–¡Pa’que aprendas a ser yegua!

El perrito se alejó al tranco lento con la cola entre las piernas. La Lucía fue bajando los brazos.

–¡A mí no me ves más! –le dio la espalda y caminó hacia la casa.

El Aniceto la alcanzó antes de que entrara, la tomó de la cintura.

–¡Escuchá, perdoname!…

–¡Soltá!…

De un manotón se quitó la mano de la cintura y entró.

El Aniceto se volvió despacio por el mismo camino. Llegó a la pieza y se tiró en la cama. Se buscó el atado de cigarrillos. Fue a sacar uno y notó que se le habían acabado.

–¡Carajo!

Estrujó el paquete y lo tiró. Se levantó, alzó un pucho, escarbó en las brasas y lo prendió. Amanecía cuando recién pudo dormirse. Se despertó tarde, con los ojos enrojecidos y un dolor punzante en la nuca. Anduvo toda la siesta rondando de lejos la casa de la Lucía pero no la vio, Después, cansado, se fue al bar de los billares, compró un atado de cigarrillos y con las últimas monedas pidió un café. Se quedó ahí pensando en ella hasta que se hizo de noche. Después, por ver si la veía, se fue hasta la puerta del bailable.

–¿Cómo va el cenizo?

–Bien, Renato.

–¿No entrás?

–No… Estoy esperando a la Lucía…

–¿Todavía seguís con ella?

–Más o menos… ¿por?

–Está adentro con un tipo…

Fue como si le hubieran dado un puntazo, tuvo el mismo frío extraño que cuando lo alcanzaron a cortar por las costillas, la herida no duele pero el cuerpo se descompone, se siente vacío.

–Bueno… –se pasó la mano por la mejilla–… gracias… Chau, Renato…

–Chau.

Se alejó con las manos en los bolsillos bordeando el largo murallón del bailable. La Lucía con otro. Cruzó el puente y entró en las calles grises terrosas del loteo. En uno de los ranchos la voz de un borracho arrastraba una tonada, otro lo acompañaba a golpes de bordonas con infinito respeto. El Aniceto los vio de pasada por entre la lona que les hacía de puerta. Siguió. La voz del borracho quedó atrás con el lamento… “Las tonadas son tonadas y se cantan como son… se cantan cuando uno quiere o lo pide el corazón…”

La distancia fue apagando los ruidos. El silencio se fue agrandando. Entró en la pieza. Un sollozo seco le fue llenando el pecho, le brotó un quejido y se echó a llorar bajito. Se estuvo un rato así, llorando y cruzándosele la imagen de la Lucía. La veía en el baile ajustada a los brazos en el primer beso y después, las caderas y los hombros desnudos dentro de las cuatro paredes.

–Fue fácil… con el otro será igual…

Llegó hasta la casa del gringo Yiyo y golpeó. Se abrió la puerta con un crujido y de la oscuridad apareció la cabeza pajiza del hijo.

–¿’Ta tu viejo?

–¡Sí!… ’ta acostado… ¿Qué querés?

–Necesito plata… Decile que le vendo la cama por lo que me dé…

–Esperá…

Desapareció la cabeza y al rato volvió.

–Dice que no… que cama tenemo.

–Qué macana… Buen…

–Chau Aniceto…

–Esperá.

–Qué.

–Decile que le vendo el gallo…

–¿El gallo?

–Sí.

–¿Cuánto querés?

–Que me dé un cien…

–Viá ver…

La cabeza volvió a desaparecer en la oscuridad. El Aniceto escuchó los pasos que volvían.

–¿Y…?

–Dice que bueno pero que te da setenta porque es muy flaco.

–Y qué quiere, si es de riña…

–El dice así…

–Bueno… Esperá que te lo traigo.

Lo desató de la estaca y casi dolido se lo dejó en las palmas al muchacho. Se guardó los setenta pesos y se fue al baile. Se sentó en un rincón y pidió una cerveza. Tuvo vergüenza de levantar la vista. Se estuvo un rato así hasta que no pudo más y miró. El Renato pasó bailando con una gorda; desde la pista le hizo un guiño.

A la Lucía no la veía por ningún lado. El Renato vino hacia la mesa.

–Che, llegaste tarde, hace un ratito se fue la Lucía con el tipo.

–Ahá…

–Qué mina sucia ¿no? Hay cada una…

–Yo no vine por ella… Por mí se puede morir… Después de todo que Dios la ayude…

–Buen… te dejo Aniceto, me voy a bailar. ¿Qué te pareció la gorda?

–Pa los gastos… –medio sonrió.

–Bueno, chau…

–Chau…

La orquesta rompió con un chillido de violines. Se los quedó mirando. Los músicos de los bailables le daban lástima. Al ir bailando siempre trataba de no pasar cerca del tablado, y a veces cuando por casualidad llegaba cerca de ellos, lo invadía un sentimiento de vergüenza; consideraba una falta de respeto que tuviesen que estar ahí por el par de pesos que él había dado al entrar. Ahora desde su mesa los odió por complacientes y absurdos, le desagradaron más que los que se movían al compás de su música. Tuvo la sensación de que estaba entre locos que se complementaban. Dejó de mirarlos. Sobre la mesa brillaban las tres monedas del vuelto. Había vendido el gallo.

–¡Por esa basura!… ¡Me debería morir!…

Imaginó al cenizo acurrucado en el gallinero del italiano.

–¡Yo no soy un hombre, soy una mierda…! ¡Vender el gallo!

Salió. Por el lado del puente unos perros lo ladraron y él los dejó hacer porque iba pensando en el gallo y nada más. Llegó a la pieza, encendió el pedazo de vela, se quitó los zapatos y la cama crujió al hundirse sobre el elástico flojo. Dio una vuelta y quedó con la vista fija en el techo de caña. Sintió una angustia fría en el estómago. Prendió un cigarrillo.

–¡Venir a vender el gallo!… ¡Gringo roñoso!

Aspiró una bocanada profunda y otra y otra más, y cuando el cigarrillo se hizo pucho encendió otro con la misma brasa. La vela se fue consumiendo y la luz se hizo más débil. El Aniceto se volvió a mirarla. Siempre le desagradaron las velas chorreadas de sebo, desde muchos años, desde muy lejos, cuando la abuela lo obligaba a rezar por las noches frente a un Cristo crucificado, santos de yeso y sahumerio con olor a muerto.

–¡Capaz que lo mate!…

La idea le quedó latiendo en las sienes. Se imaginó al italiano con esa boca comiéndose al gallo.

–¡Pa’qué se lo habré vendido!…

El gringo y su familia y su mujer altísima y flaca de nariz colorada y ojitos de cerdo. El gringo no le llegaba al hombro a la mujer y era un asco que esos dos hayan llegado a tener hijos. Y no sólo tuvieron hijos, sino que tenía una casa de adobes, un gallinero, y plata para cuando él necesitara venderle algo. Pobre cenizo, pensó.

–¡Inmigrantes! –escupió.

Imaginó un barco repleto de gringos, un barco lleno de cabezas rubias, de piel transparente y venas azules, fumando pipas apestosas, riéndose a carcajadas con dientes desparejos y sucios de tabaco.

–Y vienen y tienen más que uno…

Chisporroteó la vela y la pieza quedó a oscuras.

Dice que te da setenta porque es flaco. Lo quiere para comérselo.

Se le empaparon las manos de sudor.

–Se lo robo… ¡Voy y se lo robo!

Se sentó en la cama. Caminó hasta la puerta. El loteo dormía. Las casas a medio hacer mostraban el perfil dentado de los adobes. Le molestó tanta quietud. Miró hacia la casa del gringo. Dio un paso. A lo lejos cantó un gallo, se detuvo.

–¡Se lo robo y se acabó!

Cruzó los dos baldíos que lo separaban de la casa. Bordeó los fondos buscando el lugar más bajo del tapial. Apoyó las manos sobre la pared y subió. Quedó recostado sobre el muro. Miró hacia adentro y sintió miedo. Se acordó de la Francisca. Iba a descolgarse cuando volvió a escuchar de lejos el canto del gallo; otro más cercano le contestó y después otro y muchos más, y todos los gallos del loteo tajearon la noche de gritos agudos. Quedó inmóvil sobre el murallón. Los gritos siguieron hasta pasar por sobre él y estallaron dentro del gallinero del italiano.

–Dónde estará mi compadre…

El canto de los gallos se fue perdiendo en la distancia. El Aniceto se dejó caer despacio. Cuando tocó suelo le entraron ganas de reírse. Se fue incorporando despacio. Caminó los pocos pasos que lo separaban del gallinero, levantó la puerta de alambre y entró. Sobre los palos torcidos se amontonaban los bultos redondos de las gallinas. Se quedó mirándolas tratando de distinguir al cenizo. Todo era igual.

–Compadre… –dijo a media voz.

Un bulto cloqueó, se movió y quedó quieto.

–Compadre…

El bulto volvió a moverse y a cloquear. Estiró la mano y lo agarró. Tuvo la sensación de lo irremediable: pesaba más, éste no era el cenizo. El galo levantó la cabeza, chilló y pataleó. Quiso apretarlo, silenciarlo para siempre pero se le escapó con chillidos y aletazos de entre las manos. Todos los bultos se convulsionaron en pataleos, corridas y aletazos.

–¡Ladronni!… ¡Ladroni! ¡Yiyo han entrado ladroni, socorro!

El grito histérico de la mujer del gringo atravesó las paredes miserables y corrió metálico por las venas del Aniceto. Las gallinas saltaban por sobre él, se arremolinaban, atropellaban la alambrada, caían y volvían a atropellar cacareando, graznando, escandalizando.

–¡Putísima madre!… –el sudor le bajó por los párpados, le saló la boca.

–¡Ladroni Yiyo, santo Dío socorro!…

El Aniceto se metió las manos en los bolsillos buscando los fósforos. Encendió, miró hacia todos lados.

–¡Compadre…!

Crestas palpitantes, ojos despavoridos, picos entreabiertos, respirando a ronquidos y desde la pieza los gritos de la mujer:

–¡No, Yiyo no… Lo matan al mío marito! ¡Socorro…!

Se estiró por sobre los palos hacia el bulto del rincón, era el cenizo, Lo alzó rápido. Se enredó entre los palos, cayó y se volvió a levantar. Se le incrustaron los triángulos de la alambrada en la cara. Se corrió, encontró la puerta y salió. Sintió un golpe en la espalda. Un estampido. Tosió. Giró. Otro golpe, otro estampido. Una tibieza suave le bañó la mano que sostenía al cenizo; el gallo se le ablandó en la palma. Entre la sombra de la última pieza vio la silueta borrosa del gringo y la escopeta. Volvió a toser. Se tambaleó hasta el tapial. Los perros ladraban. Se afirmó, juntó todas sus fuerzas y trepó. Una bocanada de sangre le ahogó la garganta, le llenó la boca y corrió por el muro. Se dejó caer con el gallo al otro lado. Quedó sentado en la calle apoyado contra el tapial y el gallo muerto entre los brazos. Del otro lado las gallinas cacareaban y la mujer flaca seguía escandalizando con gritos desgarradores que se mezclaban con los ladridos y formaban un infierno de ruidos que fatigaban al Aniceto y lo hundían en un cansancio profundo porque le ardía y le dolía la espalda y las manos y el gallo atravesado de perdigones.

–Pucha digo…

Sintió que la noche se le metía adentro. Por las piernas se empezó a quedar ciego. Después fue subiendo despacio y todos los gritos juntos se fueron alejando por sobre su cabeza para arriba, muy arriba, hasta hacerse un chillido fino y destemplado, hasta que se perdió como un hilito. Después nada. Todo era blanco, un blanco pálido, y en el medio un punto, y el punto se fue agrandando y eran las voces que volvían y se sonrió porque era la boca abierta de un gallero que apostaba, de muchos galleros que apostaban rodeándolo. Y el punto era la lona sanguinolenta de un picadero, y sobre la arena un gallo colorado que atropellaba a ciegas, entreabría las alas y volvía a atropellar el aire porque él todavía no había echado al cenizo. Los hombres gritaban apuestas a su gallo y él tenía el cenizo en los brazos. Se agachó para echarlo al redondel, para enfrentarlo con ese gallo loco, pero alguien dijo que no echara su gallo a la arena porque estaba muerto. El gallo colorado siguió solo dando vueltas y puazos y escuchó a los hombres seguir gritando apuestas a su cenizo.

–Están todos locos… –dijo–. Yo

me voy.

Crispó las manos sobre el gallo.