La huesuda. Thailandia

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Había una vez un hombre tan pobre, que el dinero no le alcanzaba para mantener a su familia y había días que se quedaba con hambre y no tenía para darles de comer a sus hijos. Un día pensó: «¡Mañana comeré hasta llenarme!»
Al día siguiente, se fue al bosque con la única gallina que tenía, la preparó y cuando se disponía a comérsela, se le apareció un anciano que le dijo:
-Invítame a comer, tengo hambre.
El hombre le contestó:
-Vine al monte para comer a gusto y vienes a molestarme.
-Yo soy Dios -respondió el anciano.
-Pues así menos te doy -refunfuñó el hombre- en lugar de venir a ayudarme, me pides, no consideras que soy pobre. Además, Tú siempre ayudas a los ricos. ¡Lárgate, no te doy nada!
El anciano se dio cuenta de que tenía razón, pero por su atrevimiento, pensó en castigar al hombre enviándole a la muerte.
No había acabado de comer el hombre pobre, cuando apareció otro y le pidió de comer, diciendo que era la muerte. El hombre le convidó lo que quedaba de la gallina y le dijo:
-A ti sí te doy porque tú eres parejo, te llevas a ricos y pobres.
-A cambio de este favor te ayudaré -le dijo la muerte-. Te haré un gran médico y curarás a ricos y pobres. Pero si detectas mi presencia en el lecho de algún enfermo, retírate, pues quiere decir que ése ya está en mis garras y no tiene salvación. Esa es mi condición.
Así, el hombre se convirtió en médico, y pronto empezó a ganar fama y dinero. Un buen día lo llamaron para que fuera a atender a un hombre rico, pero cuando llegó a su casa, encontró a la muerte en la cabecera de su cama. En un primer momento se negó a curarlo, acordándose de la condición que le había puesto la muerte. Pero la familia le ofreció una fuerte suma de dinero y el médico pensó: «La tentación es muy grande. ¡Lo curaré!»
La casa del enfermo quedaba muy apartada del pueblo, al pie de un cerro, y estaba rodeada de mezquites y álamos. Todas las noches los tecolotes cantaban cu cu cu cú, y llamaban al enfermo por su nombre. Los coyotes y las zorras aullaban y todos los mayos se espantaban ante tanta señal de mal agüero. La última señal, y la más temida, la dio una gallina que cantó tres veces como un gallo y una serpiente que cruzó el patio a toda prisa. Se sentía el escalofrío de la muerte por todo ese paraje apartado.
Cuando llegó el médico a la segunda consulta, se encontró de nuevo con la muerte, y comenzó a luchar con ella cuerpo a cuerpo, tratando de sacarla del cuarto. Finalmente la sacó a patadas, el enfermo sanó y se levantó de la cama. Así, la fama del médico creció y se extendió por los alrededores.
Un día estaba en el bosque cortando leña, dale que dale con su machete, muy contento porque todo le había salido bien. Así estaba cuando apareció la muerte y se le heló la sonrisa.
-No te vayas amigo -le dijo-, tengo algo que decirte. No respetaste nuestro trato: al hombre que sanaste le faltaban tres días para morir; ahora estos tres días te faltan a ti.
Dicho esto, la muerte desapareció.
Llegó a su casa triste y cabizbajo, y contó a su esposa lo sucedido.
-¿Quién es el que viene por ti? -preguntó extrañada.
-La muerte -dijo el hombre.
-No te preocupes, tengo una idea.
La mujer sacó unas tijeras y lo dejó bien pelón, como una cabeza de repollo. Después cubrió la cabeza de ceniza y se la dejó blanca como un panal macho.
Al atardecer apareció la muerte disfrazada de vaquero, montada en una mula prieta y, sonando sus espuelas, preguntó a la señora por su esposo.
-Hace tres días que se fue para el monte y no ha regresado.
La muerte emprendió el regreso, y en el camino que se encuentra al hombre disfrazado de anciano. Y entonces pensó: «Como el señor que busco no se encuentra, aunque sea me llevo a este pelón.»
Diciendo y haciendo, lo montó en su mula, y más adelante lo dejó tirado ya sin vida.
Cuando su mujer lo encontró, llamó a los vecinos, llevaron al muerto al panteón y echaron un puño de tierra en forma de cruz sobre la fosa del difunto, como es costumbre entre los mayos.

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Migajas. Balcanes

 

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Erase una vez un zar a quien se le murió la mujer y se quedó viudo con un hijo pequeñito que, como todos los niños, lloraba mucho.

En cierta ocasión que salía el zar de caza, el hijito lo abrazó y rompió a llorar aún con más fuerza. Se puso el zar muy tris­te, así que decidió que se casaría otra vez por el bien del niño, para que su nueva esposa cuidara de él en su palacio. Entonces calmó como pudo al niño y se fue de caza.

Anda que te anda llegó junto a un manantial en donde se trope­zó con una mujer muy bella y lozana que estaba llenando de agua doce calabazas. Se extrañó el zar y preguntó a la mujer qué es lo que hacía, a lo que ella respondió:

-Con esto gano mi sustento, por cada calabaza llena de agua me dan una migajita de pan, y así gano doce migajas por día.

El zar le preguntó si le bastaba con eso y ella le respondió:

-Sería aún más que suficiente, pero con eso primero alimento a mi hijita y luego como yo, de manera que tenemos justo cuanto nece­sitamos.

Todavía se extrañó más el zar y pensó para sí: »Ésta sería buena para mi casa y para mi niño». Después le dijeron a la mujer que él era el zar de aquel país y le preguntaron si se casaría con él. Ella -¡vál­game Dios!- aceptó inmediatamente, de modo que el zar la llevó a su palacio, se casó con ella, y ella se convirtió en zarina.

Su hija era aún más pequeña que el hijo del zar, pero los niños se entendieron bien, todos los santos días jugaban y se cuidaban el uno al otro. De todo lo que el zar recibía lo mejor se lo daba a los niños y ellos todo se lo repartían sin reñir nunca.

Pero a la zarina empezó a disgustarle esta vida. «¿Por qué -pen­saba ella- ha de dividir mi hija todos los bienes con el hijo ajeno?» Por eso trató de indisponer al padre contra el hijo, para que el padre lo echara de casa.

Fue pensado y hecho, pues era muy astuta para la intriga. Empe­zó, pues, a contarle al zar que todas las noches tenía una pesadilla durante el sueño: de repente su hijo se hacía mayor, destronaba al padre y a todos ellos los ponía a trabajar como jornaleros. El zar se desconcertó con este relato, y como su mujer no dejaba de llenarle la cabeza con estas cosas, al final decidió echar al hijo de casa.

Así que el heredero del zar, que por entonces ya era un buen mozo, se vio obligado a disfrazarse de vagabundo y marcharse a la buena de Dios, aunque le dolía mucho aquel tratamiento de su padre.

Andando andando fue a quedarse dormido en una ocasión cerca de una cueva en la que habitaba un ermitaño de barba blanca y muy viejo.

A eso de la media noche oyó unos gemidos que salían de la cueva; se asustó, pero en seguida se recuperó y pensó: «Quien-quiera que sea no se queja por capricho sino que ha de ser a causa de muchas y gran­des desdichas». Conque se acercó a la cueva y vio al ermitaño que, enfermo y sediento, gemía.

Entonces el hijo del zar corrió al arroyo, tomó agua en las manos y subió corriendo a la cueva. Por el camino se cayó de rodillas, se magulló y se hirió, mas le pudo llevar al viejo un poco de agua en las manos. El anciano se alegró mucho y le dijo:

-Hijo, yo no me quejo porque esté enfermo ni sediento, sino por­que sé cuántos males y cuánta miseria hay en el mundo. Pero ahora tengo un motivo de regocijo, pues todavía hay almas que oyen los pesares del hombre en esta soledad; por esto, pide lo que quieras que yo te lo daré si lo tengo y puedo.

Entonces el zarévich dijo:

-Me muero de tristeza, y si sabes el remedio por favor te pido que me lo digas.

El ermitaño le entregó un caramillo diciéndole:

-Nada más fácil. Este sonido siempre te alegrará y cuando tu cora­zón se ponga a bailar también bailará todo bicho viviente a tu alre­dedor hasta donde la música llegue a ser oída.

El zarévich le dio las gracias y continuó su camino, pero aguar­daba con ansiedad el momento de estar solo para tocar. Anduvo y anduvo hasta que se vio solo solito, entonces coge el caramillo y lo prueba; el corazón se le puso a bailar de alegría y también vio allá a lo lejos una ardilla que bailaba al son de su melodía.

Iba así a la buena de Dios y el tiempo pasaba, hasta que al fin lo empleó un hombre rico para que le cuidara las ovejas. A menudo le invadía la tristeza pero bien se cuidaba él de no tocar cuando estaban las ovejas en el prado, pues si oyeran la música dejarían de pacer y se pondrían a bailar a su alrededor.

Un atardecer, cuando volvía con las ovejas a casa, oyó a lo lejos un lamento y cuando llegó ¡sí que habían sucedido cosas!: la pasada noche su amo, quién sabe cómo, se había tropezado con el coro de las hadas y la reina de las hadas le había arrancado los ojos, así que ahora lloraban él y todos los suyos. Entonces decidió irse a buscar los ojos de su buen amo.

Dejó las ovejas, cogió un saquillo y en él metió pan, sal, cebollas y el caramillo, y se fue por el mismo camino por el que había ido su alegre amo pero sin decirle a nadie lo que iba a hacer ni adónde se dirigía. Al llegar allí se quedó asombrado, la reina de las hadas esta­ba tumbada en un claro del bosque y doce hadas le trenzaban y le destrenzaban el cabello que a la luz de la luna brillaba como el oro.

Se acercó a ella, entonces las hadas dejaron de trenzar los cabe­llos y la reina, que hasta ahora parecía dormida, abrió los ojos. Vien­do que habían notado su presencia, se apresuró a sacar el caramillo del saquito y se puso a tocar, al principio de forma muy suave y luego más y más fuerte. Así consiguió alejar el miedo de su corazón mien­tras que a las hadas les dio por reír, a continuación formaron un corro y empezaron a bailar frenéticamente. Como él no dejaba de tocar, ellas estaban que perdían el aliento. Así siguieron hasta que la reina gritó:

-¡Ah, ya no puedo más! -y quería apartarse del corro, pero que si quieres. Ni pudo apartarse ni pudo parar. Viendo que realmente la situación era grave empezaron a gritar.

Quienquiera que seas, te rogamos que pares de tocar.

Entonces les contesta él:

-Decidme dónde están los ojos de mi amo.

Juraba la reina de las hadas que no sabía nada, juraba por el cielo y por la tierra, pero él no le hacía ningún caso. De modo que tuvo que decirle que fuera hasta el abeto sobre el cual la luna brillaba con más intensidad y que bajara de él una alforja de oro, en la alforja encontraría una cajita de plata, en la cajita un algodón requetelavado y en el algodón los ojos que estaba buscando.

Así lo hizo, pero sin quitarles los ojos de encima a las hadas; en cuanto intentaban huir soplaba el caramillo y ellas se ponían a saltar como locas. Conque llegó hasta el abeto, bajó de él la alforja de oro, encontró la cajita de plata y en la cajita el algodón requetelavado y en el algodón los ojos de su amo, así que tocando, muy alegre, se fue a casa.

Nada más llegar a casa devolvió los ojos a su amo y éste, al recu­perar la vista, abrazó a su criado y le colmó de oro y ricos regalos. Pero el criado le dijo que no pedía más que un buen caballo y armas dignas de un héroe pues quería irse por el mundo hacien­do el bien.

El amo se lo dio todo de muy buena gana y él se fue de nuevo por los caminos mientras que por todas partes se extendía su fama de héroe valeroso y defensor de los pobres. Por eso empezaron a pedir­le ayuda ahora de aquí ahora de allá, hasta que una vez recibió un mensaje de su padre, el zar, diciéndole:

-Hasta nosotros han llegado, héroe desconocido, noticias de tu persona y de tu gloria y por Dios te pedimos que nos ayudes, porque ha venido el dragón de fuego y quiere que le demos a nuestra hija y con ella todo nuestro reino; hemos mandado a nuestros caballeros para que lo desafiaran pero a todos los ha vencido como si fuera juego de niños; ayúdanos ahora y después pide lo que desees de nuestro reino.

En cuanto oyó esto el zarévich, allá que se fue sin dejar por un momento de preguntarse quién sería esa hija, pues casi seguro esta­ba de que no era otra que la que su madrastra trajo consigo y que tan buena había sido para con él.

Pensando pensando llegó hasta los confines del reino y se fue derecho al palacio del zar. Encontró todo tal como lo había dejado, únicamente su padre había envejecido mucho, también los criados y la madrastra, pero su hija se había convertido en una encantadora doncella.

Cuando hete aquí que aparece el dragón de fuego que nada más verlo prorrumpió en gritos desde lejos:

-Tú eres al que estoy buscando desde hace mucho tiempo.

Y empezó a arrojar flechas, pero el caballo del zarévich dobló las patas y las flechas pasaron por encima. Entonces arremetió el zaré­vich con la lanza, que al momento se quebró sin hacerle nada al dra­gón. Así agotó el zarévich todas sus armas, quedándole sólo sus manos. El dragón, riéndose, se fue derecho contra él.

Conque el zarévich tomó el caramillo y empezó a tocarlo. Todo bicho viviente en torno suyo se puso a bailar, el dragón profirió un grito al tiempo que se agitaba y rápidamente disminuía de tamaño hasta que sólo quedó de él una burbujita que comenzó a rebotar en la tierra. Entonces el zarévich fue corriendo y la aplastó con el pie izquierdo así que la burbujita explotó desapareciendo toda su fuerza diabólica.

Cuando supieron lo ocurrido, todos se alegraron mucho y el zar, abrazando a su hijo, le preguntó quién era y de dónde venía. Enton­ces él se descubrió y contó todo lo que le había sucedido. El zar, al oírlo, se enojó con su mujer y quería ejecutarla en seguida pero el zaré­vich le rogó que la dejara viva.

El zar la condenó a marcharse a la montaña de donde había veni­do, que encontrara las doce calabazas en el manantial y que otra vez se alimentara de migajas. Dio a su hija por esposa al zarévich, pues todo mandato divino al final siempre se cumple como fue dicho, por­que es justo y da gusto.

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Kwasi Benefo. Ashanti

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Hace muchos años, vivía entre los ashanti un joven llamado Kwasi Benefo. Sus campos daban buenas cosechas tenía ganado, y lo único que faltaba en su vida era una buena esposa que le diera hijos, cuidara su casa y lo llorara cuando tuviera que dejar este mundo. Kwasi Benefo se enamoró de una muchacha de su aldea, se casaron y vivieron muy felices hasta que la jovencita enfermó y murió. El dolor del joven marido fue muy grande. Vistió su querido cuerpo con el amoasi, una pieza de tela de algodón sedoso que hacía de mortaja, colocó en su cuello un hermoso collar de cuentas, como manda la costumbre, y la enterró. Pero también enterró con ella su alegría de vivir. Llegaba a su casa esperando ver a su mujer y solo lo recibía su ausencia. Pensaba en ella todo el día, con el corazón pesado de dolor.

-Kwasi, no puedes seguir así -le decían sus amigos y parientes. Lo que te ha sucedido es muy tiste, pero tienes que recuperarte y volverte a casar.

Pasado un año, Kwasi Benefo sintió que comenzaba a consolarse de su pérdida. En una aldea cercana conoció a una jovencita muy hermosa y decidió casarse con ella. Era una chica de buen carácter y todo parecía perfecto. Pronto quedó embarazada. Pero la perversa Enfermedad la tocó con su mano amarilla. La muchacha se debilitó, al punto que ya no podía tenerse en pie y finalmente murió. Envuelta en su amoasi y con su collar de cuentas fue enterrada.

Kwasi se encerró en su casa. Su pena no tenía límites ni aceptaba consuelo.

-Kwasi, la muerte existió y existirá siempre sobre la tierra -le decían sus amigos. Pero tú estás vivo. Sal de tu casa, vuelve al mundo.

Viendo el duelo y el dolor de Kwasi, los padres de su esposa pensaron que el muchacho era una buena persona y había amado de veras a su mujer. Entonces enviaron mensajeros a buscarlo:

-Los vivos tienen que estar con los vivos, Kwasi. No se puede cambiar el pasado, pero tenemos que vivir en el presente. ¿Por qué no te casas con nuestra segunda hija?

-¿Cómo puedo casarme con otra, si siento que mi querida mujer todavía me reclama? -les dijo.

-Así sientes ahora, pero el tiempo curará tu duelo -le dijeron.

Y tenían razón. Pasado un tiempo, Kwasi Benefo se sintió mejor. Comenzó a trabajar duro en sus campos, y pudo pensar en un nuevo matrimonio. Con su tercera esposa, Kwasi volvió a su casa y recomenzó su vida. La mujer quedó embarazada y nació un hermoso varón, que fue festejado por toda la aldea con un gran banquete. Kwasi repartió regalos para todos los invitados. Nunca en su vida había sido tan feliz.

Un día, cuando Kwasi estaba trabajando en el campo, unas mujeres de la aldea llegaron llorando.

-¡Se ha caído un árbol! -le dijeron.

-Bueno, pero ¿quién llora por un árbol caído? -contestó el hombre.

Solo entonces levantó la cabeza, vio las caras de las mujeres y se puso pálido, porque comprendió.

-Tu mujer regresaba de buscar agua en el río. Se sentó a descansar a la sombra de un árbol. El árbol cayó sobre ella y la aplastó -le explicaron.

Cuando Kwasi llegó a su casa y vio el cadáver de su mujer, cayó al suelo como si estuviera muerto. No podía ver ni oír. No podía hablar. No sentía nada. El médico de la tribu consiguió revivirlo. Moviéndose como un muñeco sin vida, Kwasi dispuso el funeral. Vistió a su mujer con el amoasi y le puso su collar de cuentas. Después del entierro, le entregó su hijo a los abuelos y se fue de la aldea.

-No quiero casarme nunca más -dijo Kwasi. Algún ser maligno está contra mí. Además, si alguna vez quisiera volverme a casar, ¿qué padres me darían a su hija?

Y aunque nadie le contestó, en el fondo todos pensaban lo mismo. Ser la esposa de Kwasi Benefo se había vuelto muy peligroso.

«Para qué quiero campos, cosechas, ganados» pensaba Kwasi. «Ya no tienen ningún sentido para mí». Deambuló durante días, internándose en la selva. Allí se construyó una miserable choza y vivió recolectando semillas y raíces. Cazaba con trampas. Pronto sus ropas se convirtieron en harapos y se vistió con pieles de animales. Su vida era dura, pero no le importaba. Llegó casi a olvidar su nombre y la historia de su vida, y eso era lo que deseaba, convertirse él mismo en un animal salvaje para no sufrir con el corazón de un hombre.

Así pasaron varios años. Pero como nada dura para siempre, poco a poco Kwasi fue volviendo a la vida. Un día decidió quemar la selva alrededor de su choza y sembrar. Y cuando recogió la cosecha, le dieron ganas de mejorar su vivienda y comprarse ropa nueva. En un par de años, Kwasi se había convertido otra vez en un próspero granjero. Y otra vez quiso una mujer que compartiera su prosperidad. Así fue como se casó por cuarta vez.

Su cuarta esposa enfermó y se murió poco después.

Esta vez Kwasi no podía seguir viviendo. Dejó sus nuevos campos, regaló su ganado y regresó tristemente a su aldea natal. Lo recibieron con mucha alegría, pero él alejó a sus antiguos amigos.

-No hay motivos para alegrarse. Solo vine para morir en mi tierra.

Su casa estaba destruida, pero no la reparó. Sus campos estaban cubiertos de maleza, pero no los limpió ni quiso sembrar. Se quedó encerrado en su casa ruinosa, atormentado por el recuerdo de sus cuatro mujeres y por la certeza de que, cuando llegara su turno de morir, no habría una viuda para hacer duelo por su pérdida y nadie cantaría por él las canciones de alabanza al difunto.

Una triste noche de insomnio decidió que necesitaba ir a Asa-mando, el país de los muertos. Se levantó y caminó en la oscuridad hasta dejar atrás el cementerio, que estaba en la selva. No había senderos, no había luces. Caminando, llegó a un lugar donde la selva terminaba. Estaba en penumbras, y la débil iluminación no venía del cielo. Allí no vivía nadie, ni hombres ni animales, ni pájaros ni insectos. El silencio era sobrenatural. Kwasi Benefo llegó hasta un río demasiado rápido y profundo para poder cruzarlo a nado. Creyó que ese era el final de su camino.

Pero en aquel momento vio a una anciana sentada en la orilla, que tenía a su lado una fuente llena de amoasis, las mortajas de las mujeres ashanti, y muchos collares de cuentas. Era Amokye, la anciana que da la bienvenida a las almas de las mujeres que llegan a Asamando, el país de los muertos.

-¿Qué buscas? -preguntó Amokye.

-Mis cuatro esposas han muerto y yo he venido a visitarlas. No puedo comer, no puedo dormir, no quiero nada de lo que el mundo les ofrece a los vivos.

-Tú debes de ser Kwasi Benefo; he oído hablar de ti -dijo Amokye. Mucha gente que pasó por aquí me habló de tu desgracia. Tus esposas te nombraron con mucho cariño. Pero no puedo dejarte pasar porque estás vivo. Solo las almas pueden cruzar el río de los muertos.

-Entonces me quedaré aquí hasta que muera y me convierta en un alma -dijo Kwasi.

Amokye, la guardiana, sintió compasión por ese pobre hombre. Hizo que el río se volviera más lento y menos profundo.

-Has sufrido demasiado. Te dejaré pasar. Encontrarás a tus mujeres por allí -dijo, señalando una dirección. Pero aquí ellas son tan transparentes como el aire. Oirás sus voces, pero no podrás verlas.

Kwasi cruzó el río y entró en la tierra de Asamando. Llegó a una casa y entró. Desde fuera llegaba el sonido de una aldea en plena actividad: voces de personas, balidos de animales, el grano pisado en los morteros… Pero no veía nada.

Como por arte de magia, aparecieron un cubo de agua y unas toallas para que pudiera lavarse el polvo del viaje. Ahora oía las voces de sus cuatro mujeres cantando una canción de bienvenida. Una fuente con sus platos preferidos y una jarra de agua clara surgieron de la nada. Mientras comía, las voces de sus mujeres entonaban una canción de alabanza, que hablaba de lo buen marido que había sido para ellas, de su bondad y su gentileza. Sin dejar de cantar, mientras Kwasi se recostaba y se adormecía, le dijeron que Kwasi debía seguir viviendo hasta morir de viejo, que debía casarse otra vez y que su quinta mujer no moriría antes que él. Y cuando su alma llegara a Asamando, todas lo estarían esperando para amarlo otra vez.

Mientras escuchaba esas dulces palabras, Kwasi se durmió profundamente. Al despertar, se encontró otra vez en la selva. Volvió a su casa y apenas se hizo la mañana, llamó a sus amigos y les pidió que lo ayudaran a reparar su casa. Después, con ayuda de todos los pobladores de la aldea, quemó la maleza de sus campos. Kwasi sembró y cosechó y pronto volvió a ser un próspero granjero. Su quinta esposa no murió. Tuvieron muchos hijos y vivieron una vida larga y feliz.

Así cuentan los ancianos la historia de Kwasi Benefo.

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El lago sagrado. Madagascar

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Cuenta el pueblo Antankarana que hace mucho tiempo, donde hoy está el lago Antañavo, existía un gran poblado que contaba con grandes manadas de vacas y con campos de cultivos. En este pueblo vivían un hombre y una mujer quienes tenían un niño de unos seis meses de edad. Una noche, el niño empezó a llorar, sin que la madre supiera qué hacer para calmarlo. A pesar de las caricias de la madre, de mecerle en sus brazos, de intentar darle de mamar, el niño no cesaba de llorar y gritar.

Entonces, la madre cogió al bebé en brazos y fue a pasear con él a las afueras del pueblo, sentándose bajo el gran tamarindo Ambodilôna. La madre pensaba que la brisa y el frescor de la noche calmarían al niño. En cuanto ella se sentó, el niño se calló y se quedó dormido. Entonces, volvió a casa sin hacer ruido pero, nada más entrar, el niño se despertó y comenzó de nuevo a llorar y gritar.

La madre salió de nuevo y volvió a sentarse bajo el tamarindo y, como por arte de magia, el niño dejó de llorar y volvió a dormirse. La madre, que quería volver junto a su marido, se levantó y se dirigió hacia casa. De nuevo, en cuanto la mujer cruzó el umbral de la puerta, el niño se despertó y comenzó a llorar violentamente. Por tres veces hizo la madre lo mismo y tres veces el niño se dormía en cuanto ella se sentaba bajo el árbol y se despertaba cuando ella intentaba entrar en casa. La cuarta vez, decidió pasar la noche bajo el tamarindo.

Apenas había tomado esta decisión cuando todo el pueblo se hundió bajo tierra, desapareciendo con un gran estruendo. Donde hasta entonces había estadio el pueblo no quedaba sino un enorme agujero que de pronto comenzó a llenarse de agua hasta que esta llegó al pie del tamarindo donde la mujer, asustada, sostenía a su hijo entre sus brazos.

En cuanto se hizo de día, la mujer fue corriendo hasta el pueblo más cercano para contarles lo que había sucedido. Desde entonces, el lago adquirió un carácter sagrado. En él viven muchos cocodrilos en los que los antankarana y los sakalava creen que se refugiaron las almas de los antiguos habitantes de la aldea desaparecida bajo las aguas. Por esta razón, no sólo no se les mata sino que se les da comida en ciertas fechas.

Tanto el lago Antañavo, los cocodrilos que en él habitan, como el gran tamarindo Ambodilôna son venerados y se acude a ellos para pedir ayuda. Así, cuando una pareja no acaba de tener hijos, acude al lago e invoca a las almas de los habitantes desaparecidos pidiéndoles que se le conceda una numerosa descendencia, prometiendo a cambio volver para ofrecerles el sacrificio de animales para su alimento. Cuando la petición tiene éxito, la pareja regresa al lago para cumplir lo prometido. Los animales sacrificados se matan muy cerca del agua, parte se echa en el agua y parte de su carne se reparte por las cercanías del lago para provocar que los cocodrilos se alejen lo más posible del agua porque piensan que cuanto más se alejen mayor será la ayuda que proporcionarán. Cuando un antakarana cae enfermo, se le lleva muy cerca del lago, se le lava con sus aguas y dicen que se cura. Está prohibido bañarse en sus aguas e incluso sólo meter en ellas las manos o los pies. Cuando alguien quiere beber o tomar agua del lago, debe hacerlo con la ayuda de un recipiente dispuesto al final de una bara larga y sólo puede beberla a algunos pasos de la orilla.  Se cree que quien viole estas prohibiciones será devorado, pronto o tarde, por los cocodrilos.

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Rabotity. Madagascar

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Rabotity se encaramó en un árbol, pero la rama estaba podrida. Se cayó y se lastimó la pierna.

Rabotity dijo:

-El árbol ha roto la pierna de Rabotity; nada hay más fuerte que el árbol.

-Yo soy fuerte -dijo el Árbol- mas el viento me azota y me troncha.

Rabotity dijo:

-El viento azota y troncha el árbol; el árbol rompe la pierna de Rabotity; nada hay más fuerte que el viento.

-Yo soy fuerte -dijo el Viento- mas donde el muro se levanta, yo no puedo pasar.

Rabotity dijo:

-El muro pone freno a los vientos; los vientos tronchan el árbol; el árbol rompe la pierna de Rabotity; nada hay más fuerte que el muro.

-Yo soy fuerte -dijo el Muro- mas el ratón roe el cemento y abre en él un boquete.

Rabotity dijo:

-El ratón desportilla el muro; el muro contiene los vientos; el viento troncha el árbol; el árbol rompe la pierna de Rabotity; nada hay más fuerte que el ratón.

-Yo soy fuerte -dijo el Ratón- mas el gato me come.

Rabotity dijo:

-El gato se come al ratón; el ratón desportilla el muro; el muro contiene los vientos; el viento troncha el árbol; el árbol rompe la pierna de Rabotity; nada hay más fuerte que el gato.

-Yo soy fuerte -dijo el Gato- mas la cuerda me estrangula.

Rabotity dijo:

-La cuerda estrangula al gato; el gato se come al ratón; el ratón desportilla el muro; el muro contiene los vientos; el viento troncha el árbol; el árbol rompe la pierna de Rabotity; nada hay más fuerte que la cuerda.

-Yo soy fuerte -dijo la Cuerda- mas el cuchillo me corta.

Rabotity dijo:

-El cuchillo corta la cuerda; la cuerda estrangula al gato; el gato come al ratón; el ratón desportilla el muro; el muro contiene los vientos; el viento troncha el árbol; el árbol rompe la pierna de Rabotity; nada hay más fuerte que el cuchillo.

-Yo soy fuerte -dijo el Cuchillo- mas el fuego me funde.

Rabotity dijo:

-El fuego funde el acero; el acero corta la cuerda; la cuerda estrangula al gato; el gato se come al ratón; el ratón desportilla el muro; el muro contiene los vientos; el viento troncha el árbol; el árbol rompe la pierna de Rabotity; nada hay más fuerte que el fuego.

-Yo soy fuerte -dijo el Fuego-; mas el agua me extingue.

Rabotity dijo:

-El agua extingue el fuego; el fuego funde el acero; el acero corta la cuerda; la cuerda estrangula al gato; el gato se come al ratón; el ratón desportilla el muro; el muro contiene los vientos; el viento troncha el árbol; el árbol rompe la pierna de Rabotity; nada hay más fuerte que el agua.

-Yo soy fuerte -dijo el Agua- mas los navíos flotan sobre mi espalda.

Rabotity dijo:

-El navío flota sobre el agua; el agua extingue el fuego; el fuego funde el acero; el acero corta la cuerda; la cuerda estrangula al gato; el gato se come al ratón; el ratón desportilla el muro; el muro contiene los vientos; el viento troncha el árbol; el árbol rompe la pierna de Rabotity; nada hay más fuerte que el navío.

-Yo soy fuerte -dijo el Navío- mas al dar contra las rocas me estrello.

Rabotity dijo:

-Contra las rocas se estrella el navío; el navío flota sobre el agua; el agua extingue el fuego; el fuego funde el acero; el acero corta la cuerda; la cuerda estrangula al gato; el gato se come al ratón; el ratón desportilla el muro; el muro contiene los vientos; el viento troncha el árbol; el árbol rompe la pierna de Rabotity; nada hay más fuerte que la roca.

-Yo soy fuerte -dijo la Roca- mas el cangrejo anida en mí.

Rabotity dijo:

-El cangrejo anida en la roca; contra la roca se estrella el navío; el navío flota sobre el agua; el agua extingue el fuego; el fuego funde el acero; el acero corta la cuerda; la cuerda estrangula al gato; el gato se come al ratón; el ratón desportilla el muro; el muro contiene los vientos; el viento troncha el árbol; el árbol rompe la pierna de Rabotity; nada hay más fuerte que el cangrejo.

-Yo soy fuerte -dijo el Cangrejo- mas el hombre me caza y arranca las patas.

Rabotity dijo:

-El hombre caza al cangrejo; el cangrejo anida en la roca; contra la roca se estrella el navío; el navío flota sobre el agua; el agua extingue el fuego; el fuego funde el acero; el acero corta la cuerda; la cuerda estrangula al gato; el gato se come al ratón; el ratón desportilla el muro; el muro contiene los vientos; el viento troncha el árbol; el árbol rompe la pierna de Rabotity; nada hay más fuerte que el hombre.

-Yo soy fuerte -dijo el Hombre; mas Zanahary, el dios de Madagascar, me envía la muerte.

Rabotity dijo:

-Zanahary envía la muerte al hombre; el hombre caza al cangrejo; el cangrejo anida en la roca; contra la roca se estrella el navío; el navío flota en el agua; el agua extingue el fuego; el fuego funde el acero; el acero corta la cuerda; la cuerda estrangula al gato; el gato se come al ratón; el ratón desportilla el muro; el muro contiene los vientos; el viento troncha el árbol; el árbol rompe la pierna de Rabotity; NADA HAY MÁS PODEROSO Y FUERTE QUE ZANAHARY

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El cuarteto de cuerdas. V. Woolf

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Bueno, aquí estamos, y si lanzas una ojeada a la estancia, advertirás que el ferrocarril subterráneo y los tranvías y los autobuses, y no pocos automóviles privados, e, incluso me atrevería a decir, landos con caballos bayos, han estado trabajando para esta reunión, trazando líneas de un extremo de Londres al otro. Sin embargo, comienzo a albergar dudas…

Sobre si es verdad, tal como dicen, que la Calle Regent está floreciente, y que el Tratado se ha firmado, y que el tiempo no es frío si tenemos en cuenta la estación, e incluso que a este precio ya no se consiguen departamentos, y que el peor momento de la gripe ha pasado; si pienso en que he olvidado escribir con referencia a la gotera de la despensa, y que me dejé un guante en el tren; si los vínculos de sangre me obligan, inclinándome al frente, a aceptar cordialmente la mano que quizá me ofrecen dubitativamente…

-¡Siete años sin vernos!

-La última vez fue en Venecia.

-¿Y dónde vives ahora?

-Bueno, es verdad que prefiero que sea a última hora de la tarde, si no es pedir demasiado…

-¡Pero yo te he reconocido al instante!

-La guerra representó una interrupción…

Si la mente está siendo atravesada por semejantes dardos, y debido a que la sociedad humana así lo impone, tan pronto uno de ellos ha sido lanzado, ya hay otro en camino; si esto engendra calor, y además han encendido la luz eléctrica; si decir una cosa deja detrás, en tantos casos, la necesidad de mejorar y revisar, provocando además arrepentimientos, placeres, vanidades y deseos; si todos los hechos a que me he referido, y los sombreros, y las pieles sobre los hombros, y los fracs de los caballeros, y las agujas de corbata con perla, es lo que surge a la superficie, ¿qué posibilidades tenemos?

¿De qué? Cada minuto se hace más difícil decir por qué, a pesar de todo, estoy sentada aquí creyendo que no puedo decir qué, y ni siquiera recordar la última vez que ocurrió.

-¿Viste la procesión?

-El rey me pareció frío.

-No, no, no. Pero, ¿qué decías?

-Que ha comprado una casa en Malmesbury.

-¡Vaya suerte encontrarla!

Contrariamente, tengo la fuerte impresión de que esa mujer, sea quien fuere, ha tenido muy mala suerte, ya que todo es cuestión de departamentos y de sombreros y de gaviotas, o así parece ser, para este centenar de personas aquí sentadas, bien vestidas, encerradas entre paredes, con pieles, repletas, y conste que de nada puedo alardear por cuanto también yo estoy pasivamente sentada en una dorada silla, limitándome a dar vueltas y revueltas a un recuerdo enterrado, tal como todos hacemos, por cuanto hay indicios, si no me equivoco, de que todos estamos recordando algo, buscando algo furtivamente. ¿Por qué inquietarse? ¿Por qué tanta ansiedad acerca de la parte de los mantos correspondiente al asiento; y de los guantes, si abrochar o desabrochar? Y mira ahora esa anciana cara, sobre el fondo del oscuro lienzo, hace un momento cortés y sonrosada; ahora taciturna y triste, cual ensombrecida. ¿Ha sido el sonido del segundo violín, siendo afinado en la antesala? Ahí vienen. Cuatro negras figuras, con sus instrumentos, y se sientan de cara a los blancos rectángulos bajo el chorro de luz; sitúan los extremos de sus arcos sobre el atril; con un simultáneo movimiento los levantan; los colocan suavemente en posición, y, mirando al intérprete situado ante él, el primer violín cuenta uno, dos, tres… ¡Floreo, fuente, florecer, estallido! El peral en lo alto de la montaña. Chorros de fuente; gotas descienden. Pero las aguas del Ródano se deslizan rápidas y hondas, corren bajo los arcos, y arrastran las hojas caídas al agua, llevándose las sombras sobre el pez de plata, el pez moteado es arrastrado hacia abajo por las veloces aguas, y ahora impulsado en este remanso donde -es difícil esto- se aglomeran los peces, todos en un remanso; saltando, salpicando, arañando con sus agudas aletas; y tal es el hervor de la corriente que los amarillos guijarros se revuelven y dan vueltas, vueltas, vueltas, vueltas -ahora liberados-, y van veloces corriente abajo e incluso, sin que se sepa cómo, ascienden formando exquisitas espirales en el aire; se curvan como delgadas cortezas bajo la copa de un plátano; y suben, suben… ¡Cuán bella es la bondad de aquellos que, con paso leve, pasan sonriendo por el mundo! ¡Y también en las viejas pescaderas alegres, en cuclillas bajo arcos, viejas obscenas, que ríen tan profundamente y se estremecen y balancean, al andar, de un lado para otro, ju, ja!

-Mozart de los primeros tiempos, claro está…

-Pero la melodía, como todas estas melodías, produce desesperación, quiero decir esperanza. ¿Qué quiero decir? ¡Esto es lo peor de la música! Quiero bailar, reír, comer pasteles de color de rosa, beber vino leve y con mordiente. O, ahora, un cuento indecente… me gustaría. A medida que una entra en años, le gusta más la indecencia. ¡Ja, ja! Me río. ¿De qué? No has dicho nada, ni tampoco el anciano caballero de enfrente. Pero supongamos, supongamos… ¡Silencio!

El melancólico río nos arrastra. Cuando la luna sale por entre las lánguidas ramas del sauce, veo tu cara, oigo tu voz, y el canto del pájaro cuando pasamos junto al mimbral. ¿Qué murmuras? Pena, pena. Alegría, alegría. Entretejidos, como juncos a la luz de la luna. Entretejidos, sin que se puedan destejer, entremezclados, atados con el dolor, liados con la pena, ¡choque!

La barca se hunde. Alzándose, las figuras ascienden, pero ahora, delgadas como hojas, afilándose hasta convertirse en un tenebroso espectro que, coronado de fuego, extrae de mi corazón sus mellizas pasiones. Para mí canta, abre mi pena, ablanda la compasión, inunda de amor el mundo sin sol, y tampoco, al cesar, cede en ternura, sino que hábil y sutilmente va tejiendo y destejiendo, hasta que en esta estructura, esta consumación, las grietas se unen; ascienden, sollozan, se hunden para descansar, la pena y la alegría.

¿Por qué apenarse? ¿Qué quieres? ¿Sigues insatisfecha? Diría que todo ha quedado en reposo. Sí, ha sido dejado en descanso bajo un cobertor de pétalos de rosa que caen. Caen. Pero, ah, se detienen. Un pétalo de rosa que cae desde una enorme altura, como un diminuto paracaídas arrojado desde un globo invisible, da la vuelta sobre sí mismo, se estremece, vacila. No llegará hasta nosotros.

-No, no, no he notado nada. Esto es lo peor de la música, esos tontos ensueños. ¿Decías que el segundo violín se ha retrasado?

Ahí va la vieja señora Munro, saliendo a tientas. Cada día está más ciega, la pobre. Y con este suelo resbaladizo.

Ciega ancianidad, esfinge de gris cabeza… Ahí está, en la acera, haciendo señas, tan severamente, al autobús rojo.

-¡Delicioso! ¡Pero qué bien tocan! ¡Qué – qué – qué!

La lengua no es más que un badajo. La mismísima simplicidad. Las plumas del sombrero contiguo son luminosas y agradables, como una matraca infantil. La hoja del plátano destella en verde por la rendija de la cortina. Muy extraño, muy excitante.

-¡Qué – qué – qué! ¡Silencio!

Estos son los enamorados sobre el césped.

-Señora, si me permite que coja su mano…

-Señor, hasta mi corazón le confiaría. Además hemos dejado los cuerpos en la sala del banquete. Y eso que está sobre el césped son las sombras de nuestras almas.

-Entonces, esto son abrazos de nuestras almas.

Los limoneros se mueven dando su asentimiento. El cisne se aparta de la orilla y flota ensoñado hasta el centro de la corriente.

-Pero, volviendo a lo que hablábamos. El hombre me siguió por el pasillo y, al llegar al recodo, me pisó los encajes del viso. ¿Y qué otra cosa podía hacer sino gritar ¡Ah!, pararme y señalar con el dedo? Y entonces desenvainó la espada, la esgrimió como si con ella diera muerte a alguien, y gritó: ¡Loco! ¡Loco! ¡Loco! Ante lo cual yo grité, y el príncipe, que estaba escribiendo en el gran libro de pergamino, junto a la ventana del mirador, salió con su capelo de terciopelo y sus zapatillas de piel, arrancó un estoque de la pared -regalo del rey de España, ¿sabe?-, ante lo cual yo escapé, echándome encima esta capa para ocultar los destrozos de mi falda, para ocultar… ¡Escuche! ¡Las trompas!

El caballero contesta tan aprisa a la dama, y la dama sube la escalinata con tal ingenioso intercambio de cumplidos que ahora culminan con un sollozo de pasión, que no cabe comprender las palabras a pesar de que su significado es muy claro -amor, risa, huida, persecución, celestial dicha-, todo ello surgido, como flotando, de las más alegres ondulaciones de tierno cariño, hasta que el sonido de las trompas de plata, al principio muy a lo lejos, se hace gradualmente más y más claro, como si senescales saludaran al alba o anunciaran temiblemente la huida de los enamorados… El verde jardín, el lago iluminado por la luna, los limoneros, los enamorados y los peces se disuelven en el cielo opalino, a través del cual, mientras a las trompas se unen las trompetas, y los clarines les dan apoyo, se alzan blancos arcos firmemente asentados en columnas de mármol… Marcha y trompeteo. Metálico clamor y clamoreo. Firme asentamiento. Rápidos cimientos. Desfile de miríadas. La confusión y el caos bajan a la tierra. Pero esta ciudad hacia la que viajamos carece de piedra y carece de mármol, pende eternamente, se alza inconmovible, y tampoco hay rostro, y tampoco hay bandera, que reciba o dé la bienvenida. Deja pues que tu esperanza perezca; abandono en el desierto mi alegría; avancemos desnudos. Desnudas están las columnatas, a todos ajenas, sin proyectar sombras, resplandecientes, severas. Y entonces me vuelvo atrás, perdido el interés, deseando tan sólo irme, encontrar la calle, fijarme en los edificios, saludar a la vendedora de manzanas, decir a la doncella que me abre la puerta: Noche estrellada.

-Buenas noches, buenas noches. ¿Va en esta dirección?

-Lo siento, voy en la otra.

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La duquesa y el joyero. Virginia Woolf.

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Oliver Bacon vivía en lo alto de una casa junto a Green Park. Tenía un departamento; las sillas estaban colocadas de manera que el asiento quedaba perfectamente orientado, sillas forradas en piel. Los sofás llenaban los miradores de las ventanas, sofás forrados con tapicería. Las ventanas, tres alargadas ventanas, estaban debidamente provistas de discretos visillos y cortinas de satén. El aparador de caoba ocupaba un discreto espacio, y contenía los brandys, los whiskys y los licores que debía contener. Y, desde la ventana central, Oliver Bacon contemplaba las relucientes techumbres de los elegantes automóviles que atestaban los atestados vericuetos de Piccadilly. Difícilmente podía imaginarse una posición más céntrica. Y a las ocho de la mañana le servían el desayuno en bandeja; se lo servía un criado; el criado desplegaba la bata carmesí de Oliver Bacon; él abría las cartas con sus largas y puntiagudas uñas, y extraía gruesas cartulinas blancas de invitación, en las que sobresalían de manera destacada los nombres de duquesas, condesas, vizcondesas y honorables damas. Después Oliver Bacon se aseaba; después se comía las tostadas; después leía el periódico a la brillante luz de la electricidad.

Dirigiéndose a sí mismo, decía: «Hay que ver, Oliver… Tú que comenzaste a vivir en una sucia calleja, tú que…», y bajaba la vista a sus piernas, tan elegantes, enfundadas en los perfectos pantalones, y a sus botas, y a sus polainas. Todo era elegante, reluciente, del mejor paño, cortado por las mejores tijeras de Savile Row. Pero a menudo Oliver Bacon se desmantelaba y volvía a ser un muchacho en una oscura calleja. En cierta ocasión pensó en la cumbre de sus ambiciones: vender perros robados a elegantes señoras en Whitechapel. Y lo hizo. «Oh, Oliver», gimió su madre. «¡Oh, Oliver! ¿Cuándo sentarás cabeza?»… Después Oliver se puso detrás de un mostrador; vendió relojes baratos; después transportó una cartera de bolsillo a Ámsterdam… Al recordarlo, solía reír por lo bajo… el viejo Oliver evocando al joven Oliver. Sí, hizo un buen negocio con los tres diamantes, y también hubo la comisión de la esmeralda. Después de esto, pasó al despacho privado, en la trastienda de Hatton Garden; el despacho con la balanza, la caja fuerte, las gruesas lupas. Y después… y después… Rió por lo bajo. Cuando Oliver pasaba por entre los grupitos de joyeros, en los cálidos atardeceres, que hablaban de precios, de minas de oro, de diamantes y de informes de África del Sur, siempre había alguno que se ponía un dedo sobre la parte lateral de la nariz y murmuraba «hum-m-m», cuando Oliver pasaba. No era más que un murmullo, no era más que un golpecito en el hombro, que un dedo en la nariz, que un zumbido que recorría los grupitos de joyeros en Hatton Garden, un cálido atardecer ¡Hacía muchos años…! Pero Oliver todavía lo sentía recorriéndole el espinazo, todavía sentía el codazo, el murmullo que significaba: «Mírenlo -el joven Oliver, el joven joyero- ahí va.» Y realmente era joven entonces. Y comenzó a vestir mejor y mejor; y tuvo, primero, un cabriolé; después un automóvil; y primero fue a platea y después a palco. Y tenía una villa en Richmond, junto al río, con rosales de rosas rojas; y Mademoiselle solía cortar una rosa todas las mañanas, y se la ponía en el ojal, a Oliver.

-Vaya -dijo Oliver, mientras se ponía en pie y estiraba las piernas-. Vaya…

Y quedó en pie bajo el retrato de una vieja señora, encima de la chimenea, y levantó las manos.

-He cumplido mi palabra -dijo juntando las palmas de las manos, como si rindiera homenaje a la señora-. He ganado la apuesta.

Y no mentía; era el joyero más rico de Inglaterra; pero su nariz, larga y flexible, como la trompa de un elefante, parecía decir mediante el curioso temblor de las aletas (aunque se tenía la impresión de que la nariz entera temblara, y no sólo las aletas) que todavía no estaba satisfecho, todavía olía algo, bajo la tierra, un poco más allá. Imaginemos a un gigantesco cerdo en un terreno fecundo en trufas; después de desenterrar esta trufa y aquella otra, todavía huele otra mayor, más negra, bajo la tierra, un poco más allá. De igual manera, Oliver siempre husmeaba en la rica tierra de Mayfair otra trufa, más negra, más grande, un poco más allá.

Ahora rectificó la posición de la perla de la corbata, se enfundó en su elegante abrigo azul, y cogió los guantes amarillos y el bastón. Balanceándose, bajó la escalera, y en el momento de salir a Piccadilly, medio resopló, medio suspiró, por su larga y aguda nariz. Ya que, ¿acaso no era todavía un hombre triste, un hombre insatisfecho, un hombre que busca algo oculto, a pesar de que había ganado la apuesta?

Siempre se balanceaba un poco al caminar, igual que el camello del zoológico se balancea a uno y otro lado, cuando camina por entre los senderos de asfalto, atestados de tenderos acompañados por sus esposas, que comen el contenido de bolsas de papel y arrojan al sendero porcioncillas de papel de plata. El camello desprecia a los tenderos; el camello no está contento de su suerte; el camello ve el lago azul, y la orla de palmeras a su alrededor. De igual manera el gran joyero, el más grande joyero del mundo entero, avanzaba balanceándose por Piccadilly, perfectamente vestido, con sus guantes, con su bastón, pero todavía descontento, hasta que llegó a la oscura tiendecilla que era famosa en Francia, en Alemania, en Austria, en Italia, y en toda América: la oscura tiendecilla en la Calle Bond.

Como de costumbre, cruzó la tienda sin decir palabra, a pesar de que los cuatro hombres, los dos mayores, Marshall y Spencer, y los dos jóvenes, Hammond y Wicks, se irguieron y le miraron, con envidia. Sólo por el medio de agitar un dedo, enfundado en guante de color de ámbar, dio Oliver a entender que se había dado cuenta de la presencia de los cuatro. Y entró y cerró tras sí la puerta de su despacho privado.

A continuación, abrió la cerradura de las rejas que protegían la ventana. Entraron los gritos de la Calle Bond; entró el distante murmullo del tránsito. La luz reflejada en la parte trasera de la tienda se proyectaba hacia lo alto. Un árbol agitó seis hojas verdes, porque corría el mes de junio. Pero Mademoiselle se había casado con el señor Pedder, de la destilería de la localidad, y ahora nadie le ponía a Oliver rosas en el ojal.

-Vaya -medio suspiró, medio resopló- vaya…

Entonces oprimió un resorte en la pared, y los paneles de madera resbalaron lentamente a un lado, revelando, detrás, las cajas fuertes de acero, cinco, no, seis, todas ellas de bruñido acero. Dio la vuelta a una llave; abrió una; luego otra. Todas ellas estaban forradas con grueso terciopelo carmesí, y en todas reposaban joyas: pulseras, collares, anillos, tiaras, coronas ducales, piedras sueltas en cajitas de cristal, rubíes, esmeraldas, perlas, diamantes. Todas seguras, relucientes, frías pero ardiendo, eternamente, con su propia luz comprimida.

-¡Lágrimas! -dijo Oliver contemplando las perlas.

-¡Sangre del corazón! -dijo mirando los rubíes.

-¡Pólvora! -prosiguió, revolviendo los diamantes de manera que lanzaron destellos y llamas.

-Pólvora suficiente para volar Mayfair hasta las nubes, y más arriba, más arriba, más arriba-. Y lo dijo echando la cabeza atrás y emitiendo sonidos como los del relincho del caballo.

El teléfono emitió un zumbido de untuosa cortesía, en voz baja, en sordina, sobre la mesa. Oliver cerró la caja de caudales.

-Dentro de diez minutos -dijo-. Ni un minuto antes.

Se sentó detrás del escritorio y contempló las cabezas de los emperadores romanos grabadas en los gemelos de la camisa. Una vez más se desmanteló y otra vez volvió a ser el muchachuelo que jugaba a canicas, en la calleja donde se venden perros robados, los domingos. Se transformó en aquel voluntarioso y astuto muchachito, con labios rojos como cerezas húmedas. Metía los dedos en montones de tripa; los hundía en sartenes llenas de pescado frito; escabullándose salía y penetraba en multitudes. Era flaco, ágil, con ojos como piedras pulidas. Y ahora… ahora… las saetas del reloj seguían avanzando al son del tic-tac, uno, dos, tres, cuatro… La duquesa de Lambourne esperaba por el placer de Oliver; la duquesa de Lambourne, hija de cien vizcondes. Esperaría durante diez minutos, en una silla junto al mostrador. Esperaría, por placer de Oliver. Esperaría hasta que Oliver quisiera recibirla. Oliver contemplaba el reloj alojado en su caja forrada de cuero. La saeta avanzaba. Con cada uno de sus tic-tacs, el reloj entregaba a Oliver -esto parecía- paté de foie gras, una copa de champaña, otra de brandy viejo, un cigarro que valía una guinea. El reloj lo iba dejando todo sobre la mesa, a su lado, mientras transcurrían los diez minutos. Entonces oyó suaves y lentos pasos acercándose; un rumor en el pasillo. Se abrió la puerta. El señor Hammond quedó pegado a la pared.

El señor Hammond anunció:

-¡Su gracia, la Duquesa!

Y esperó allí, pegado a la pared.

Y Oliver, al ponerse en pie, oyó el rumor del vestido de la Duquesa, que se acercaba por el pasillo. Después la Duquesa se cernió sobre él, ocupando el vano de la puerta por entero, llenando el cuarto con el aroma, el prestigio, la arrogancia, la pompa, el orgullo de todos los duques y de todas las duquesas, alzados en una sola ola. Y, de la misma forma que rompe una ola, la Duquesa rompió, al sentarse, avanzando y salpicando, cayendo sobre Oliver Bacon, el gran joyero, y cubriéndolo de vivos y destellantes colores, verde, rosado, violeta; y de olores; y de iridiscencias; centellas saltaban de los dedos, se desprendían de las plumas, rebrillaban en la seda; ya que la Duquesa era muy corpulenta, muy gorda, prietamente enfundada en tafetán de color de rosa, y pasada ya la flor de la edad. De la misma manera que una sombrilla con muchas varillas, que un pavo real con muchas plumas, cierra las varillas, pliega las plumas, la Duquesa se apaciguó, se replegó, en el momento de hundirse en el sillón de cuero.

-Buenos días, señor Bacon -dijo la Duquesa. Y alargó la mano que había salido por el corte rectilíneo de su blanco guante. Y Oliver se inclinó profundamente al estrechar la mano. En el instante en que sus manos se tocaron volvió a formarse una vez más el vínculo que les unía. Eran amigos, y, al mismo tiempo, enemigos; él era amo, ella era ama; cada cual engañaba al otro, cada cual necesitaba al otro, cada cual temía al otro, cada cual sabía lo anterior, y se daba cuenta de ello siempre que sus manos se tocaban, en el cuartito de la trastienda, con la blanca luz fuera, y el árbol con sus seis hojas, y el sonido de la calle a lo lejos, y las cajas fuertes a espaldas de los dos.

-Ah, Duquesa, ¿en qué puedo servirla hoy? -dijo Oliver en voz baja.

La Duquesa le abrió su corazón, su corazón privado, de par en par. Y, con un suspiro, aunque sin palabras, extrajo del bolso una alargada bolsa de cuero, que parecía un flaco hurón amarillo. Y por la apertura de la barriga del hurón, la Duquesa dejó caer perlas, diez perlas. Rodando cayeron por la apertura de la barriga del hurón -una, dos, tres, cuatro-, como huevos de un pájaro celestial.

-Son cuanto me queda, mi querido señor Bacon -gimió la Duquesa-. Cinco, seis, siete… rodando cayeron por las pendientes de las vastas montañas cuyas laderas se hundían entre las rodillas de la Duquesa, hasta llegar a un estrecho valle, la octava, la nona, y la décima. Y allí quedaron, en el resplandor del tafetán del color de la flor del melocotón. Diez perlas.

-Del cinto de los Appleby -dijo dolida la Duquesa-. Las últimas… Cuantas quedaban…

Oliver se inclinó y cogió una perla entre índice y pulgar. Era redonda, era reluciente. Pero, ¿era auténtica o falsa? ¿Volvía la Duquesa a mentirle? ¿Sería capaz de hacerlo otra vez?

La Duquesa se llevó un dedo rollizo a los labios.

-Si el Duque lo supiera… -murmuró-. Querido señor Bacon, una racha de mala suerte…

¿Había vuelto a jugar, realmente?

-¡Ese villano! ¡Ese sinvergüenza! -dijo la Duquesa entre dientes.

¿El hombre con el pómulo partido? Mal bicho, ciertamente. Y el Duque, que era recto como una vara, con sus patillas, la dejaría sin un céntimo, la encerraría allá abajo… Qué sé yo, pensó Oliver, y dirigió una mirada a la caja de caudales.

-Araminta, Daphne, Diana -gimió la Duquesa-. Es para ellas.

Las damas Araminta, Daphne y Diana, las hijas de la Duquesa. Oliver las conocía; las adoraba. Pero Diana era aquella a la que amaba.

-Sabe usted todos mis secretos -dijo la Duquesa mirando de soslayo a Oliver. Lágrimas resbalaron; lágrimas cayeron; lágrimas como diamantes, que se cubrieron de polvo en las veredas de las mejillas de la Duquesa, del color de la flor del cerezo.

-Viejo amigo -murmuró la Duquesa- viejo amigo.

-Viejo amigo -repitió Oliver- viejo amigo-, como si lamiera las palabras.

-¿Cuánto? -preguntó Oliver.

La Duquesa cubrió las perlas con la mano.

-Veinte mil -murmuró la Duquesa.

Pero, ¿era auténtica o falsa, aquella perla que Oliver tenía en la mano? El cinto de los Appleby, ¿pero es que no lo había vendido ya la Duquesa? Llamaría a Spencer o a Hammond.

-Tenga y haga la prueba de autenticidad -diría Oliver. Se inclinó hacia el timbre.

-¿Vendrá mañana? -preguntó la Duquesa en tono de encarecida invitación, interrumpiendo así a Oliver-. El Primer Ministro… Su Alteza Real… -La Duquesa se calló-. Y Diana… -añadió.

Oliver alejó la mano del timbre.

Miró por encima del hombro de la Duquesa las paredes traseras de las casas de la Calle Bond. Pero no vio las casas de la Calle Bond, sino un río turbulento, y truchas y salmones saltando, y el Primer Ministro, y también se vio a sí mismo con chaleco blanco, y luego vio a Diana. Bajó la vista a la perla que tenía en la mano. ¿Cómo iba a someterla a prueba, a la luz del río, a la luz de los ojos de Diana? Pero los ojos de la Duquesa lo estaban mirando.

-Veinte mil -gimió la Duquesa-. ¡Es mi honor!

¡El honor de la madre de Diana! Oliver cogió el talonario; sacó la pluma.

-Veinte… -escribió. Entonces dejó de escribir. Los ojos de la vieja mujer retratada lo estaban mirando, los ojos de aquella vieja que era su madre.

-¡Oliver! -le decía su madre-. ¡Un poco de sentido común! ¡No seas loco!

-¡Oliver! -suplicó la Duquesa (ahora era Oliver y no señor Bacon)-. ¿Vendrá a pasar un largo final de semana?

¡A solas en el bosque con Diana! ¡Cabalgando a solas en el bosque con Diana!

-Mil -escribió, y firmó el talón.

-Tenga -dijo Oliver.

Y se abrieron todas las varillas de la sombrilla, todas las plumas del pavo real, el resplandor de la ola, las espadas y las lanzas de Agincourt, cuando la Duquesa se levantó del sillón. Y los dos viejos y los dos jóvenes, Spencer y Marshall, Wicks y Hammond, se pegaron a la pared, detrás del mostrador, envidiando a Oliver, mientras éste acompañaba a la Duquesa, a través de la tienda, hasta la puerta. Y Oliver agitó su guante amarillo ante las narices de los cuatro, y la Duquesa conservó su honor -un talón de veinte mil libras, con la firma de Oliver- firmemente en sus manos.

-¿Son auténticas o son falsas? -preguntó Oliver, cerrando la puerta de su despacho privado.

Allí estaban las diez perlas sobre el papel secante, en el escritorio. Fue con ellas a la ventana. Con la lupa las miró a la luz… ¡Aquella era la trufa que había extraído de la tierra! Podrida por dentro…

-Perdóname, madre -suspiró Oliver, levantando la mano, como si pidiera perdón a la vieja retratada. Y, una vez más, fue un chicuelo en la calleja en donde vendían perros robados los domingos.

-Porque -murmuró juntando las palmas de las manos- será un fin de semana largo.

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El gato persa. Tradición oral

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Cierto mercader de Isfahan, al llegar en una caravana a un oasis, ya entrada la noche, encontró a un grupo de bandidos que golpeaban y robaban a un desconocido.

Después de que hubo dispersado a los rufianes hacia el desierto, el mercader  se volvió para auxiliar al desafortunado desconocido hasta el caravansari ( en oriente es la posada que se destina a la gente que viaja en una caravana), pagó por su cama y su comida   e insistió en acompañarlo hasta que se recuperara.

La noche siguiente, el desconocido -alabado sea el Gran Unico- estaba suficientemente recuperado como para poder sentarse con el mercader junto a una fogata afuera de la tienda.

Más arriba de las palmeras verde oscuro, las estrellas brillaban y resplandecían en la azul medianoche del cielo. El humo de la fogata se elevaba serpenteando suavemente en la fresca brisa formando y volviendo a formar una interminable procesión de cambiantes configuraciones.

Después de un largo silencio, durante el cual ambos miraban con fijeza el fuego, el extranjero tocó al mercader en la manga y dijo:

El mercader contestó:

– He vivido una vida muy buena y felíz con mi familia. He tenido éxito en mi oficio y en este momento no podría desear nada más que estar sentado aquí, en este hermoso y apacible lugar, mirando el fuego, el humo que se arremolina y las estrellas.

El mago afirmó con la cabeza.

– Muy bien. Te haré un regalo con esos mismos elementos para que lo puedas conservar por siempre.

El mago tomó una pequeña lengua de fuego, la luz de dos estrellas distantes, una madeja del rizado humo gris, las amasó y les dió forma en el hueco de sus manos, que se movían con habilidad hasta que surgió de adentro un dulce maullido y un exquisito ronroneo y apareció el más maravilloso gatito que nunca antes se hubiera visto. Tenía pelaje gris humo, espeso y corto, ojos brillantes como estrellas, y la punta de su lengua parecía de fuego. Jugaba y ronroneaba y ondulaba la cola como el humo ascendente.

El mago pidió al mercader:

– Lleva a esta hermosa criatura a tu casa; será un amigo para tu familia y un bello objeto en tu hogar por el resto de tus días.

Y esta es la extraña y maravillosa historia de cómo el gato persa llegó a este mundo.

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Simork. Antiguo cuento de Persia

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Había Uno y no había nadie, salvo Dios nada había, y Él tenía tres hijos: El príncipe Kiumars 1, el príncipe Ŷamshid 2 y el menor, el príncipe Jorshid-Mitra 3, que no tenía madre. Era el favorito del rey porque era el más valiente de todos.

En el jardín del palacio crecía un granado 4 que sólo tenía tres granadas, cuyos granos eran fabulosas gemas que brillaban como faroles en la noche. Cuando las granadas madurasen se convertirían en tres hermosas muchachas que llegarían a ser las esposas de los tres príncipes. Cada noche, por orden del rey, uno de sus hijos custodiaba el árbol, no fuera que alguien robase las granadas. Una noche, estando el príncipe Ŷamshid vigilando el árbol, se quedó dormido y, al día siguiente, una de las granadas había desaparecido. La noche siguiente estuvo de guardia el príncipe Kiumars, pero también se quedó dormido y a la mañana siguiente otra granada había desaparecido. Cuando le llegó el turno al príncipe Jorshid, se hizo un corte en uno de sus dedos y lo restregó con sal, de forma que el escozor le mantuviera despierto. Poco después de la medianoche una nube apareció sobre el árbol y una mano, saliendo de ella, recolectó la última granada. El príncipe Jorshid sacó su espada y le cortó un dedo. La mano y la nube desaparecieron rápidamente.

Por la mañana, cuando el rey vio gotas de sangre en el suelo, ordenó a sus hijos que las siguieran, encontraran al ladrón y recuperaran las granadas robadas. Los tres príncipes siguieron las gotas de sangre cruzando montañas y desiertos hasta que llegaron a un profundo pozo 5 donde terminaba el rastro. El príncipe Ŷamshid se ofreció para que le bajaran al pozo con una cuerda para investigar. No había realizado la mitad del descenso cuando chilló: «Subidme, subidme, me estoy quemando».

Sus hermanos le izaron. Luego el príncipe Kiumars descendió a su vez y pronto le oyeron también gritar que se estaba quemando. Cuando el príncipe Jorshid decidió bajar, dijo a sus hermanos que, por fuerte que gritara, no deberían izarle sino soltar más cuerda; y que luego le esperasen solamente hasta el anochecer. Si por entonces no había dado señales, podrían volver a casa. El príncipe Jorshid entró en el pozo y, a despecho del insoportable calor, descendió todo el trayecto hasta el fondo, y allí encontró a una joven muchacha, hermosa como la Luna llena. En su regazo yacía la cabeza de un div dormido, cuyos estruendosos ronquidos llenaban el aire de calor y de humo. Susurró: «Príncipe Jorshid, ¿qué haces aquí? Si este div se despertara, te mataría seguro, como ya ha matado a muchos otros. Vete mientras aún estás a tiempo». El príncipe Jorshid, que quedó enamorado al primer vistazo, se negó. Le preguntó quién era ella y que hacía allí. «Mis dos hermanas y yo somos cautivas de este div y de sus dos hermanos. Mis hermanas están prisioneras en otros dos pozos donde los divs han escondido riquezas robadas por casi todo el mundo».

El príncipe Jorshid dijo: «Voy a matar al div y liberaros a ti y a tus hermanas. Pero le despertaré primero; no quiero matarle mientras duerme». El príncipe rascó las plantas de los pies del div hasta que éste abrió los ojos y se puso de pie. Rugiendo, el div cogió una piedra de molino y se la tiró al príncipe; pero éste se echó rápidamente a un lado, sacó la espada, e invocando a Dios, partió en dos al div 6. Tras esto fue a los otros dos pozos, acabó con los divs y rescató a las hermanas de su amada. También recogió el tesoro.

Como aún no había oscurecido, sus hermanos estaban todavía esperándole y cuando les llamó empezaron a tirar de la cuerda. La muchacha a quien el príncipe Jorshid amaba quiso que él subiera antes que ella, porque sabía que cuando sus hermanos vieran las joyas se pondrían celosos y no le izarían. Pero el príncipe insistió en que ella subiera primero. Cuando vio que no podría hacerle cambiar de parecer le dijo: «Si tus hermanos no te izan y te dejan aquí, hay dos cosas que debes saber: la primera, es que hay en esta tierra un gallo dorado y una linterna dorada que pueden conducirte hasta mí. El gallo está en un cofre y cuando lo abras cantará para ti. Y cuando cante, brotarán de su pico gemas de todas clases. La linterna dorada es luminosa por sí misma, y su brillo es eterno. La segunda cosa que debes saber es esta: cuando la noche esté más avanzada, vendrán dos bueyes que lucharán entre sí. Uno es negro, el otro blanco. Si saltas sobre el buey blanco te sacará del pozo, pero si, por error, saltas sobre el negro, te llevará siete niveles más abajo».

Como ella había predicho, cuando los príncipes Ŷamshid y Kiumars vieron a las muchachas y los cofres de oro y de plata, se pusieron celosos de los logros de su hermano. Sabedores de que su padre seguramente le daría el reino, cortaron la cuerda y la dejaron caer al fondo del pozo 7. Luego, regresaron a casa y dijeron a su padre que sólo quedaban ellos, que habían rescatado a las muchachas, matado a los divs, y traído todo el tesoro, y que el príncipe Jorshid no había regresado. El príncipe Jorshid tenía el corazón destrozado. Vio a dos bueyes aproximarse y se puso de pie mientras empezaban a pelear. En su excitación saltó sobre la espalda del buey negro y cayó con él siete niveles más abajo 8. Cuando abrió los ojos, se encontró en una verde pradera desde la que se veía una ciudad en la lejanía. Empezó a caminar hacia ella y vio a un campesino arando. Estaba hambriento y sediento, y le pidió pan y agua. El hombre le dijo que tuviera mucho cuidado y que no hablase muy alto, pues había dos leones en las cercanías; si le oían, saldrían y se comerían los bueyes. Luego le propuso: «Hazte cargo del arado y te conseguiré algo para comer».

El príncipe Jorshid empezó a arar, dirigiendo a los bueyes en voz alta. Dos leones rugientes cargaron hacia él, pero el príncipe capturó a los leones, soltó a los bueyes y unció los leones al arado. Cuando el campesino regresó quedó sorprendidísimo. El príncipe Jorshid le dijo: «No temas, los leones son ahora inofensivos y no te herirán ni a ti ni a tus bueyes. Pero si no estás a gusto con ellos, los dejaré ir». Cuando vio que el granjero seguía reacio a aproximarse a los leones, los desató y se fueron por donde habían venido 9.

El hombre había traído comida pero no agua. Explicó: «No hay agua en la ciudad porque un dragón está durmiendo frente a la fuente. Cada sábado se lleva una muchacha a la fuente y así, cuando el dragón se desplaza para devorarla, corre algo de agua por las canalizaciones de la ciudad y la gente puede recoger la sufi ciente para la semana siguiente. Este sábado, la hija del rey va a ser entregada al dragón».

El príncipe Jorshid hizo que el campesino le llevara ante el rey. «¿Cuál será mi recompensa si mato al dragón y salvo la vida de tu hija?». El rey replicó: «Cualquier cosa que desees y que esté en mi mano» 10.

Llegó el sábado y el príncipe fue con la muchacha a la fuente. En el momento en que el dragón se acercó para devorarla, el príncipe Jorshid invocó el nombre de Dios y mató al monstruo. Toda la ciudad celebró con alegría el acontecimiento. El rey preguntó al príncipe Jorshid qué recompensa deseaba, y éste anunció que su único deseo era regresar a su país. El rey dijo: «El único que puede hacerte subir siete niveles es el Simorq. Vive en un bosque cercano. Cada año pone tres huevos y cada año sus polluelos son devorados por una serpiente. Si pudieras matar a la serpiente, seguramente te llevaría a casa».

El príncipe Jorshid fue al bosque y encontró el árbol en el que el Simorq tenía su nido. Mientras estaba mirando, vio una serpiente trepando por el árbol para comerse a los asustados polluelos. Invocando el nombre de Dios, cortó a la serpiente en trocitos y alimentó con algunos de ellos a los hambrientos polluelos que estaban esperando que su madre les trajera comida. Guardó el resto para más tarde y se echó a dormir bajo el árbol. Cuando el Simorq voló sobre el nido y vio al príncipe Jorshid, pensó que era el que todos los años se comía a sus polluelos.

Se preparó para matarle, pero sus polluelos le gritaron que él era quien les había salvado de su enemigo. Al darse cuenta de que el príncipe Jorshid había matado a la serpiente, extendió sus alas sobre su cabeza para darle sombra mientras dormía.

Cuando despertó, el príncipe contó su historia al Simorq y le preguntó si podría ayudarle. El Simorq le dijo que regresara junto al rey y que le pidiera la carne de siete toros. «Haz siete odres con sus pieles y llénalos de agua. Serán mi provisión para el viaje; los necesito para poder llevarte a casa. Cada vez que yo diga, “tengo hambre”, debes darme un pellejo de agua, y cuando diga, “tengo sed”, debes darme uno de los toros». En su camino hacia la superficie el príncipe Jorshid fue haciendo exactamente lo que el Simorq le había pedido, hasta que sólo quedó un pellejo de agua. Entonces, en vez de decir que tenía hambre el Simorq dijo que tenía sed, y el príncipe Jorshid cortó algo de carne de su muslo y la puso en el pico del Simorq. El Simorq se dio cuenta inmediatamente de que era carne humana y la sostuvo cuidadosamente en su pico hasta que llegaron a su destino. Tan pronto como desmontó, el príncipe instó al Simorq a volar de regreso, pero éste, sabiendo que Jorshid tendría que caminar cojeando, se negó y, pegándolo con su saliva, repuso el trozo de carne en su muslo. Habiendo comprobado lo valiente y abnegado que era el príncipe, el Simorq le entregó tres de sus plumas, y le dijo que si en algún momento tuviera necesidad de él, quemara una y que entonces acudiría inmediatamente en su ayuda. Dicho esto, se alejó volando. 11

El príncipe Jorshid, al entrar en la ciudad, se enteró de que iban a celebrarse pronto tres bodas reales: la del príncipe Ŷamshid, la del príncipe Kiumars y, la tercera, la del hijo del visir, porque el hijo más joven del rey, el príncipe Jorshid, nunca había regresado. Un día, fueron unos hombres a la tienda donde el príncipe Jorshid estaba de aprendiz, y contaron que habían estado en todas las joyerías de la ciudad pero que nadie se había comprometido a realizar el encargo del rey. El príncipe Jorshid les preguntó cual era ese encargo y le dijeron: «La muchacha que va a desposarse con el hijo del visir ha antepuesto una condición para el matrimonio. Sólo se casará con aquel que pueda traerle un gallo dorado de cuyo pico broten gemas cuando cante; también quiere una linterna dorada, que sea luminosa por sí misma, y cuyo brillo sea eterno. Pero, hasta ahora, ningún orfebre ha podido fabricar tales cosas». Reconociendo las señales el príncipe Jorshid afirmó: «Con permiso de mi maestro puedo fabricaros para mañana un cofre, con un gallo y una linterna así». Los hombres le dieron las joyas necesarias para fabricar el encargo y se fueron. El príncipe Jorshid se las dio todas a su maestro pues, dijo, no las necesitaba.

Esa noche el príncipe Jorshid salió de la ciudad y quemó una de las plumas. Cuando llegó el Simorq, le pidió que le trajera lo que la muchacha había pedido, y así lo hizo. A la mañana siguiente, los hombres, asombrados, llevaron los preciosos objetos al rey, que convocó enseguida al joven a la corte y fue inmensamente dichoso al descubrir que no era sino su hijo favorito. El príncipe Jorshid contó su historia, pero pidió al rey que no castigase a sus hermanos por el mal que le habían causado. La ciudad entera celebró su regreso y hubo, por supuesto, tres bodas. El rey nombró al príncipe Jorshid-Mitra como su sucesor al trono y todos vivieron felices para siempre.

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Historia de reyes. India

 

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En los tiempos en que Brahma reinaba en Benarés, era tanta la justicia que había en sus actos, que poco a poco, todo el mundo se hizo justo y nadie acudía ya a los tribunales, por lo cual éstos estuvieron a punto de ser cerrados.

» Es necesario que alguien me haga ver mis faltas -se dijo un día Brahma.- No es posible que mi conducta sea perfecta, pues el hombre no es perfecto y yo al fin y al cabo soy humano. En los tribunales han perdido ya la costumbre de juzgar, pues mi pueblo no acude a ellos. Será necesario preguntar a aquellos que me rodean, para saber mis defectos, y corregirme de ellos.»

Pero los cortesanos, sólo tuvieron palabras de alabanzas hacia él, y ninguno le descubrió falta alguna.

«Es por el temor que inspira la realeza, que me hablan así» -pensó Brahma, y al día siguiente salió de palacio y preguntó a los que allí vivían, cuáles eran sus faltas, pero tampoco encontró a nadie que le prodigase otra cosa que alabanzas.

Entonces decidió salir de la ciudad, y ver si encontraba al fin alguien que descubriera alguna falta en él. Tampoco lo encontró, y por ello pensó en trasladarse a los pueblos de su reino.

Así lo hizo, pero tampoco en ellos encontró a nadie que pudiera decir algún defecto de él, por lo cual el soberano decidió regresar a su palacio.

Dio la casualidad de que por el mismo tiempo, Malika, el Rajá de Kosala, hombre bondadoso y justo, que gobernaba con gran sabiduría su reino, quiso conocer también sus defectos, y como había hecho Brahma, buscó entre sus cortesanos quien se los dijera. Y como no encontrase a nadie, decidió salir de su Palacio en busca de la verdad. Todo lo que halló en su camino fueron alabanzas, y al fin, regresó también a su palacio.

Quiso el azar, que los coches de ambos reyes se encontrasen de frente en un estrecho camino, y el cochero de Malika, dijo al de Brahma:

– Aparta tu coche del camino.

– Apártate tú, -replicó el otro cochero.- En este coche viaja el Rajá de Benarés, el gran Brahma.

– Pues en éste viaja el Rajá de Kosala, el gran Malika.

Al oír esto el cochero del soberano de Benarés, dijo:

– Si en realidad se trata también de un Rajá, ¿qué debo hacer? Lo mejor será que pregunte la edad de ese rey, y si es más viejo que mi señor, me apartaré. De lo contrario haré que se aparte él.

Pero la edad de ambos soberanos era exactamente igual, y también lo era la extensión de sus dominios, la fuerza de sus ejércitos, la importancia de su riqueza, la nobleza de su familia y la antigüedad de sus títulos.

Entonces, el conductor decidió atenerse a la mayor rectitud que demostrase uno de los soberanos.

– ¿Cuál es la rectitud de tu dueño? -preguntó al otro cochero.

– Con los buenos, es bueno; con los justos, justo, y con los duros, duro. Ahora dime las cualidades de tu dueño.

– Con los duros, es suave; con los malos, bueno; con los injustos, es justo y con los buenos, más bueno, Por lo tanto, apártate de mi camino.

Al oír esto, Malika y su cochero descendieron del coche y lo apartaron humildemente, dejando pasar al Rajá de Benarés.

Tradición oral de la india, talleres de narracion oral

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