Odal. Cuento tradicional danés.

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Hace mucho tiempo vivió en Dinamarca un hombre que tuvo dos hijos antes de perder a su esposa por unas fiebres. Solo y ya demasiado anciano para buscarse una nueva compañera, intento sacar adelante a sus dos hijos y educarlos como buenamente pudo.

Uno de ellos, el más joven, tenía un espíritu tranquilo y valoraba profundamente lo poco que tenía, pero el mayor creció con un carácter hosco y no pensaba más que en sí mismo.

Un día, el padre se sintió terriblemente fatigado y, comprendiendo que su tiempo se terminaba, resolvió reunir a sus dos hijos para disponer de lo poco que tenía que legarles y decidir a cuál de ellos dejaría a cargo de la granja.

Por tradición, el puesto tendría que corresponder al hijo mayor, pero el anciano veía con preocupación como el muchacho dilapidaba todo cuanto se le daba y nada hacía para mejorar lo poco que tenían e intentar mantener la granja que le correspondía en herencia. El menor, sin embargo se esforzaba por labrar la tierra y, con muchos sudores y fatigas, garantizar al menos el sustento para su padre y hermano. Así que entendió, que la tradición no siempre se tenía que mantener inquebrantable y en este tipo de asuntos a veces era necesario fiarse más del sentido común.

Reunió a sus dos hijos en torno a la mesa y después de una parca comida, les invito a salir a la era. Allí, se metió la mano en el zurrón, extrajo una bolsa de tela que cantaba con sonido metálico y preguntó a su hijo mayor.

– Entre la bolsa con plata y la tierra de la granja, ¿qué consideras que tiene más valor?

El muchacho se echó a reír a carcajadas y respondió con aires presuntuosos que obviamente la plata era más valiosa, que aquel terruño nada valía y que obviamente sólo servía para venderlo y sacar con él un mal puñado de plata.

El padre frunció el ceño, pero nada respondió y repitió la misma pregunta al hijo menor. El muchacho miro la bolsa en manos de su padre y después la pequeña parcela de tierra. No era gran cosa, pero siempre daba su buen fruto si se la labraba con esmero así que respondió:

– El valor de la plata no es siempre el mismo, cambia en función de las guerras o la fama de los reyes. En manos de un hombre mesurado y sensato puede hacer grandes cosas, pero en manos de un necio, no durara más allá de un par de noches. Sin embargo, la tierra mantiene un valor constante. No es la tierra en sí la que encierra el valor, sino que este depende de la mano que la siembra y de la simiente y el mimo con que se la trate. Yo me quedaría con la tierra: con trabajo y tesón, garantizo un puñado de monedas seguro todas las temporadas y un sustento para los míos.

Al padre le parecieron sensatas las palabras del joven, y decretó que este sería el heredero y al hermano mayor le tendió la bolsa con la plata. Este último se marchó bufando, pensando que su padre le había hecho un desprecio al no dejarle la granja por herencia, pero con la bolsa de plata picada en su mano pronto se olvidó de ello.

Tras la muerte del padre, sucedió que, tal y como el hermano menor había predicho, la plata en manos del necio no duró mucho. El hermano mayo tuvo entonces que regresar junto su hermano menor, que con paciencia y tesón, ahora tenía no sólo una buena granja con un par de vacas y un puñado de jornaleros, sino que también tenía una bella esposa y el apoyo del clan vecino con el que se había unido por lazos de matrimonio.

Así que el joven egoísta, no tuvo más remedio que plegarse a la voluntad de su hermano y trabajar como un simple jornalero durante un buen tiempo, hasta que el joven matrimonio considero que había aprendido la lección y le permitieron compartir el trabajo y el beneficio de la granja

Tizón Héctor. El traidor venerado.

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Aquella sería la última comida juntos.
El que era indigno de ajustarle el cordón de los zapatos estaba ebrio. Toda esa noche la pequeña campana de la estación ferroviaria sonó incesantemente, a lo lejos, sacudida por el viento. Llovía a ratos.
El Chaguanco abrió una lata de picadillo, lo fue untando con su cortaplumas sobre el pan que les quedaba y luego repartió los pedazos. “Yo no tengo hambre” —dijo. Quispe, un hombre inquieto y de poca talla que ya estaba borracho, tomó el primero y se lo tragó con buen apetito; después permaneció mudo y apartadizo, contemplando el débil movimiento de las ramas delgadas —agitadas por el aire— del ceibal.
La fama del Chaguanco había cundido no sólo en Yala, sino también en las comarcas vecinas desde donde la gente acudió hasta formar multitudes albergadas en carpas y vehículos, o debajo de las copas de los árboles alrededor del miserable rancho, a cuya puerta se asomaba, abandonando sus meditaciones, en los amaneceres. Entonces los que habían perdido la salud, los que aún esperaban algo, caían de rodillas ante su mano levantada.
Pero al poco tiempo comenzó la persecución, eludida hasta hoy en que se cumplía un año de peregrinaje; un año de penoso ocultamiento, mudando siempre de lugar, durmiendo a la intemperie o bajo las alcantarillas en los caminos, desde Tilquiza hasta Valle Grande, de Tumbaya a Susques, seguido por algunos fieles desesperados, enfermos, opas y ladrones arrepentidos.
Cuando un alegórico ladrar de perros anunció a los perseguidores, el Chaguanco concluía también su sentencia postrera, y el hombrecito enjuto y nervioso a quien iba dirigida, exclamó, más bien para sí: “Esa palabra es dura. ¿Quién la puede oír?”.
Ahora los agentes del destacamento estaban cerca. Era la noche de San Roque y una botella de ginebra yacía, seca, en el suelo.
El ladrar se convirtió en aullido mientras el viento, a lo lejos, seguía torturando a la campana.
Cuando Quispe desapareció, entendiendo el Chaguanco que había llegado el fin y que en seguida lo con¬ducirían a la ciudad, a la cabeza de una multitud de curiosos —como un político—, preguntó a los que quedaban si también ellos querían irse; después se apartó a corta distancia, pero sin ocultarse.
La campana y los perros dejaron de hacerse oír y la partida cayó sobre él. No opuso resistencia ninguna y —esposado— llegó sobre un camión maderero a la ciudad. Allí debió esperar turno porque el Tribunal estaba distraído con otros delincuentes, pero, el día señalado, fue sometido a proceso y juzgado.
Pocas personas acudieron al plenario y entre ellas Quispe, principal testigo de cargo, que, antes de escuchar la sentencia, se ahorcó colgándose de una viga en el retrete del Palacio de Justicia.
Finalmente el Tribunal, al no hallar mérito sufi¬ciente para sostener una condena, lo absolvió.
Y cuando el Chaguanco —deshonrado y solita¬rio—, después de mucho tiempo regresó a Yala, encontró que muy pocos se acordaban de él y que la gente ya en¬cendía velas pagando promesas en la tumba del otro.

Tizón Héctor. Ciego en la resolana.

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Ahora está el ciego otra vez sentado al sol al promediar la mañana. De él se dice que no siempre fue ciego y era fama también que, al no alternar sus ojos las sombras y la luz, dormía menos que un pájaro. Cualquiera que subiese al viejo y abandonado campanario de la iglesia podría contemplarlo allí, en medio del parque que rodea la casa. En eso consistía, precisamente, el gran desquite de su cónyuge, mujer obesa y rubia, de blancura impresionante, en cuyos brazos bailoteaban innumerables pulseras. Ella, canturreando muy quedo un aria en su lengua materna, empujaba la silla rodante del ciego hasta detenerla en un lugar no muy distante, donde crecían unos mimbres agobiados por plantas trepadoras. Así quedaba el ciego, aislado, en la suave y luminosa resolana, mudo, aterrorizado por las serpientes que pudieran deslizarse en el jardín; temor subyacente aun en los instantes en que ella, asomada al gran ventanal y ensayando unos gorgoritos alentadores lo azuzaba para que cantase la dulce tonada que él nunca llegó a saber cuándo había aprendido.
Enseguida del almuerzo el ciego volvía a su mecedora, en la galería, aguardando la llegada del otro, cuando su mujer se ocultaba en la interminable pausa de la siesta. Allí no hacía más que esperar alguna señal, sin que se le escapara el mínimo ruido porque todo el poder de sus ojos se había trasladado a sus oídos. Luego armaba cuidadosamente el ingenioso aparato que reproducía el vaivén de su cuerpo en la silla: una piedra de peso adecuado puesta en el extremo del arco de la mecedora y en el otro una cuerda elástica amarrada a una estaca entre los trípodes de los innumerables maceteros, que se ocupaba en disimular. Con tal mecanismo la mecedora no interrumpía su balanceo cuando él se incorporaba cautelosamente para pegar su mejilla contra la puerta de la habitación. Entonces transcurrían momentos tensos para el ciego —horas, a veces—, tiempo controlado por él mismo con su vieja maestría para calcularlo, de acuerdo al ritmo de sus pulsaciones (seiscientas pulsaciones divididas en grupos de veinte). Era testigo así de jadeos, voces ahogadas, quejidos, pequeñas risas silenciadas de pronto por inaudibles advertencias; a veces, por ciertos estrépitos sofocados, parecían rodar cuerpos en el suelo; o surgía el silencio y sólo se escuchaba el crepitar del reseco maderamen de la mecedora en la galería, moviéndose, vacía, en perpetuo vaivén. Pero cuando eso ocurría ya el ciego estaba impaciente, y sintiendo el frío del picaporte en sus mejillas mojadas por las lágrimas gritaba dando feroces golpes en la puerta. Desde el interior la mujer gorda trataba de calmarlo, gritando a su vez con voz dulce:
—¿Qué pasa? ¡Ya voy, chiquitín!
Al oírla, el ciego cesaba de golpear y rápidamente regresaba a su mecedora, desanudaba el cordón elástico, ocultaba la piedra y permanecía en espera, distraídamente, con la mirada de sus ojos hueros en dirección de las montañas.

La piedra petrificada. Checoeslovaquia

Pastor petrificado de Klobuky

En la región de Bohemia Centralmuy próximo a Praga (a menos de 40 kilómetros) encontramos el pueblo de Klobukyen Sanlý. Este lugar en el que la principal fuente económica viene de la explotación agrícola, cuenta con varias visitas interesantes para el turista.

Si bien es cierto que su principal templo, la Igleaia de San Lorenzo del siglo XIV, es bastante interesante, la verdad es que este lugar es frecuentado por otra atracción. El menhir más importante de Bohemia Central, y según dicen el más bello de toda la República Checa.

El denominado “Pastor Petrificado” de Klobuky es una enorme piedra de cinco toneladas de peso con una altura de tres metros y medio, y  a día de hoy su origen sigue siendo un auténtico enigma.

Este misterio se debe principalmente a que en el emplazamiento actual no existe esa piedra arenisca usada para su construcción. Por tanto, su creador debió transportar la pesada pieza hasta su ubicación. Esto ha ocasionado una serie de leyendas locales que intentarían dar una explicación alternativa al menhir.

Una de las leyendas asegura que el menhir es un pastor convertido en piedra. Según cuentan, el hombre recibió un castigo divino y habría sido petrificado junto a su rebaño (originalmente este menhir estaba rodeado de pequeñas piedras mucho más pequeñas, como si de un rebaño de ovejas se tratara).

Otra leyenda, mucho más apocalíptica, asegura que este menhir avanza cada año un par de pasos con dirección a la iglesia del pueblo. En el momento en el que esta pesada piedra llegue a las puertas de la misma se producirá el fin del mundo

Escocia. Extraño visitante

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Una vieja devanaba, devanaba una noche en su devanadera, y la devanadera giraba, giraba, y la vieja una compañía invocaba. De improviso la puerta se abrió, un par de enormes pies entró y de­recho hacia el hogar se encaminó. Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la devanadera giraba, giraba.

De nuevo la puerta se abrió y un par de piernas finas, finas, entró y sobre los enormes pies al fin se instaló.

Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la deva-nadera giraba, giraba.

De nuevo la puerta se abrió y un par de rodillas gruesas, muy gruesas, entró y sobre las piernas finas, finas, al fin se instaló.

Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la deva-nadera giraba, giraba.

La puerta de nuevo se abrió y un par de muslos delgados, delgados, entró, y sobre las rodillas gruesas, muy gruesas, al fin se instaló.

Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la deva-nadera giraba, giraba.

De nuevo la puerta se abrió y un par de ijares anchos, muy anchos, entró, y sobre los muslos delgados, delgados, al fin se instaló.

Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la devanadera giraba, giraba.

De nuevo la puerta se abrió y un pecho fino, muy fino, en­tró, y sobre los ijares anchos, muy anchos, al fin se instaló.

Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la devanadera giraba, giraba.

De nuevo la puerta se abrió y un par de hombros grandes, grandes, entró, y sobre el pecho fino, muy fino, al fin se instaló.

Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la devanadera giraba, giraba.

De nuevo la puerta se abrió y un par de brazos cortos, cor­tos, entró, y en los hombros grandes, grandes, al fin se instaló.

Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la devanadera giraba, giraba.

De nuevo la puerta se abrió y un par de manos enormes en­tró, y en el extremo de los brazos cortos, cortos, al fin se instaló.

Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la devanadera giraba, giraba.

De nuevo la puerta se abrió y un cuello largo, largo, entró, y sobre los hombros grandes, grandes, al fin se instaló.

Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la devanadera giraba, giraba.

De nuevo la puerta se abrió y una cabeza gorda, gorda, en­tró, y sobre el cuello largo, largo, al fin se instaló.

Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la devanadera giraba, giraba.

-¿Por qué tienes unos pies tan enormes? -la vieja preguntó.

-Por mucho caminar, por mucho caminar -respondió una voz frágil.

-¿Por qué tienes piernas tan finas? -la vieja preguntó.

-Del mucho velar y el poco comer -respondió una voz débil.

-¿Por qué tienes rodillas tan gruesas? -la vieja preguntó.

-De mucho rezar, de mucho rezar -respondió una voz frágil.

-¿Por qué tienes muslos tan delgados? -la vieja preguntó.

-Del mucho velar y el poco comer -respondió una voz débil.

-¿Por qué tienes los ijares tan anchos? -la vieja preguntó.

-De estar tanto tiempo sentado, sentado -respondió una voz frágil.

-¿Por qué tienes un pecho tan delgado? -la vieja preguntó.

-Del mucho velar y el poco comer -respondió una voz débil.

-¿Por qué tienes hombros tan grandes? -la vieja preguntó.

-De tanto barrer, de tanto barrer -respondió una voz frágil.

-¿Por qué tienes brazos tan cortos? -la vieja preguntó.

-Del mucho velar y el poco comer -respondió una voz débil.

-¿Por qué tienes manos tan enormes? -la vieja preguntó.

-De moler el trigo, de moler el trigo -respondió una voz frágil

-¿Por qué tienes un cuello tan fino? -la vieja preguntó.

-Del mucho velar y el poco comer -respondió una voz débil.

-¿Por qué tienes una cabeza tan gorda? -la vieja preguntó.

-Porque sé muchas cosas, porque sé muchas cosas -respon­dió una voz frágil.

-¿Por qué has venido aquí? -la vieja preguntó.

-¡Para llevarte conmigo, para llevarte conmigo! -gritó el ex­traño visitante con toda la voz que podía, tendiendo sus enormes manos para agarrar a la mujer.

Pero la vieja no cedió: se apoderó de una maza y comenzó a golpear al extraño visitante. Y así fue desapareciendo: primero la cabeza, después el cuello, luego las manos, después los brazos, luego los hombros, después el pecho, luego los ijares, después los muslos, luego las rodillas, después las piernas y, por último, los enormes pies.

Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la devanadera giraba, giraba.

Escocia. La cola de la oveja

 

PicsArt_08-06-07.13.32_20170911133657854_20180311085804567-01-02-01Una vez un pastor fue a la colina para poner al resguardo las ovejas. Había neblina, hacía frío, y fue agotador reunirlas a todas. Cuando terminó, las contó y se dio cuenta de que falta­ba una.

Salió a buscarla. Después de dar mil vueltas, la encontró me­dio ahogada en un pantano. Sólo asomaban del barro la cabeza y la cola.

En cuanto vio a la oveja, el pastor la cogió de la cola y tiró con fuerza. Pero la lana de la oveja estaba empapada y el animal pesaba muchísimo. El pastor se quitó la capa, cogió de nuevo la cola de la oveja y tiró de ella aún con más fuerza.

Pero la oveja continuaba pesando mucho. Entonces el pastor se quitó la zamarra, cogió de nuevo la cola de la oveja y tiró de ella aún con más fuerza. Pero la oveja seguía pesando mucho.

El pastor se echó saliva en sus manos, aferró con fuerza la cola y tiró de nuevo con mucho vigor.

La oveja seguía pesando demasiado y, de tanto tirar, el pas­tor le arrancó la cola. Si no la hubiera arrancado, el pastor habría seguido tirando y quién sabe cuán larga se habría hecho nuestra historia.

Pero con la cola arrancada, la historia ha terminado.

Pushkin. La zarevna y los siete guerreros.

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El Zar se despidió de la Zarina. Emprendía un largo viaje. La Zarina se sentó junto a la ventana a esperar el regreso de su amado esposo. Así pasaban todos los días.

Se cansaron sus ojos de tanto mirar. Sólo veía caer la nieve sobre la blanca llanura. Transcurrieron nueve meses. La víspera de navidad Dios le concedió una hija. Por fin, en la mañana del mismo día llegó el Zar, el viajero tan esperado día y noche. Le miró la Zarina y fue tanta su emoción que, dando un suspiro, murió.

Durante  mucho  tiempo  el  Zar  estuvo  inconsolable.

¿Qué iba a hacer? Después de todo, sólo era u n hombre. Transcurrió un año tan rápido como un sueño pasajero. Entonces el Rey volvió a casarse. A decir verdad, la novia se parecía muchísimo a la Zarina. Era alta y delgada, muy blanca, muy inteligente, y poseía valiosas cualidades. Por desgracia, sin embargo, era vana, caprichosa y envidiosa.

Como regalo de boda recibió un espejito que poseía el don de la palabra. La Zarina sólo cuando hablaba con el espejo estaba amable y alegre. Bromeaba con él, y se sentía de buen humor. Solía decirle:

-Luz de mis ojos, dime toda la verdad. ¿No soy, acaso, la más bella, la más gentil y la más encantadora del mundo?

-Por supuesto, Zarina -contestaba el espejo-. Eres la más bella, la más gentil y la más encantadora del mundo.

La Zarina se echaba a reír, empezaba a mover los hombros, a contonearse y chasqueaba los dedos. Luego, con las manos puestas en las caderas daba vueltas en torno del espejo, admirando su propia imagen.

Mientras tanto la hija del Zar crecía y florecía. Era blanca como la nieve. Sus cejas eran negras. Era encantadora. El Príncipe Elissei envió un mensajero para pedir su mano. El Zar dio su consentimiento y se preparó la dote: siete ciudades comerciales y ciento cuarenta palacios.

El día antes de la boda, la Zarina, mientras se vestía, se miró en el espejo y le preguntó:

-¿No soy, acaso, la más bella, la más gentil y la más encantadora del mundo?

-Por supuesto que eres bella -repuso el espejo-, pero la más bella, la más gentil y la más encantadora del mundo es la Princesa.

La Zarina, indignada, levantó la mano y golpeó el espejo y lo pisoteó.

-¡No eres más que un miserable pedazo de vidrio! -gritó-. Mientes, únicamente para humillarme. ¿Cómo puede compararse conmigo la hija del Zar? Yo la pondré en su sitio. ¿No sabe, acaso, que si es tan blanca es porque su madre, durante todo el embarazo, no dejó de mirar la nieve? Dime, ¿cómo es posible que la compares conmigo? Créeme, yo soy la más hermosa. Busca por todo el Reino, busca en todo el universo, y no encontrarás una mujer semejante a mí. ¿Acaso no es cierto?

-Sin embargo -repuso el espejo-, la Zarevna es la más hermosa, la más gentil y la más encantadora de todas las mujeres.

Rabiando de celos, la Zarina arrojó el espejo al suelo. Llamó a su doncella Cherniavka y le ordenó que llevase a la Princesa al bosque, que la atara a un árbol, y que la dejara allí para que se la comiesen los lobos.

Ni el propio demonio podría hacer frente a la ira de aquella mujer. Era inútil. Cherniavka llevó a la Princesa al bosque y la espesura salvaje hizo que la pobre Princesa  adivinase su destino.

-Amiga mía, dime, ¿qué he hecho yo? -decía aterrorizada, gimiendo, a la sirvienta-. ¡No me dejes morir! Cuando sea Zarina te recompensaré con esplendidez.

Cherniavka, que quería mucho a la Zarevna, no la ató al árbol, sino que la dejó libre, diciéndole:

-¡No te preocupes y que Dios te proteja!

Cherniavka regresó a palacio.

-¿Dónde está la Princesa? -le preguntó la Zarina.

-Se ha quedado sola en lo más profundo del bosque -respondió-. Permanece atada a un árbol. Cuando los lobos feroces la encuentren, no sufrirá mucho.

Pronto corrió la voz de que la Zarevna había desaparecido. El Zar derramó abundantes lágrimas. El Príncipe Elissei rogó fervientemente a Dios que le ayudara, y emprendió el camino en busca de su amada prometida.

Al anochecer del  siguiente día, cuando trataba de abrirse camino en el bosque, la Zarevna llegó a una casita. Un perro que había allí empezó a ladrar, pero cesó en cuanto la vio de cerca. Ella empujó la puerta de la casa y se encontró en un patio. El perro la seguía, meneando la cola y acariciándola.

La Zarevna abrió otra puerta que conducía a una gran estancia, con una estufa de azulejos, una mesa de roble, y varios bancos cubiertos de tapices. Había sagrados iconos en las paredes. La desventurada joven comprendió enseguida que allí vivía gente buena y que estaría a salvo. Pero, ¿por qué estaba la casa vacía?

Recorrió toda la casa, poniendo todo en orden. Luego encendió un cirio ante la imagen del Señor. También encendió la estufa. Y se acostó bajo techado.

Se acercaba la hora de comer. Se oyó un ruido de pisadas de caballo en el patio. Siete aguerridos caballeros que lucían grandes bigotes entraron en la casa. El mayor de ellos dijo:

-¡Qué maravilloso! ¡Qué limpio está todo y qué ordenado! ¿Quién habrá estado aquí mientras estábamos fuera? Sal de tu escondite y serás nuestro amigo. ¡Oh, cuidadoso extranjero! ¡Si eres mayor, serás nuestro tío; si eres un joven, serás nuestro hermano! ¡Si eres una anciana, serás nuestra madre! ¡Y si eres una joven, serás nuestra hermana!

La Zarevna bajó, entonces, de su lecho. Saludó cortésmente a los siete guerreros y, ruborizándose, les pidió perdón por haber entrado sin su permiso.

Los siete guerreros adivinaron que era una Zarevna. La invitaron a sentarse en el sitio de honor, bajo los iconos. Luego le ofrecieron  un pastel y un vaso de vino. Ella se negó a beber vino, pero partió un trozo de pastel. Como estaba muy cansada, les pidió permiso para irse a dormir. Los guerreros la condujeron al piso superior y le dieron una hermosa habitación y la dejaron sola, porque estaba medio dormida.

El tiempo transcurría. La Zarevna seguía viviendo en la casa de los siete guerreros, donde nunca se aburría. Por la mañana, al rayar el día, los siete hermanos salían alegremente a cazar patos. Algunas veces cortaban de un tajo con su espada la cabeza de un tártaro y otras veces perseguían a través del bosque a algunos circasianos de Piatigorsk.

Como buena ama de casa, la Zarevna nunca abandonaba el hogar. Cuidaba de todo. Lo preparaba todo. Los siete guerreros aprobaban lo que hacía. Y el tiempo transcurría así.

Entretanto, los siete guerreros se habían enamorado de la joven. Un día, al atardecer, comparecieron en su habitación. Haciendo una inclinación, el mayor le dijo:

-Como bien sabes, encantadora doncella, te consideramos como nuestra hermana. Somos siete y todos estamos enamorados de ti. Cada uno de nosotros sería feliz si pudiese casarse contigo. Pero como esto no puede ser, en el nombre de Dios, te pedimos que escojas. ¡Sé la prometida de uno de nosotros! ¡Sé la hermana de los demás! ¿Por qué mueves la cabeza? ¿Por qué te niegas a hacerlo? ¿Es que la mercancía desagrada al comprador?

-¡Nobles caballeros!  -respondió-.  ¡Hermanos míos, que Dios me castigue si miento! ¡No puedo complaceros! ¡Ya estoy comprometida! No puedo escoger en­tre vosotros. A mis ojos, todos sois valerosos e inteligentes. Os quiero mucho a todos. Pero estoy prometida para siempre a otro. Pertenezco al Príncipe Elissei, al que amo más que a nadie en el mundo.

Los siete hermanos permanecieron silenciosos. Se rascaron la cabeza embarazados. El mayor, inclinándose, dijo:

-Expresar un deseo no es un pecado. Dada la situación, ya no se hable más del asunto.

-Os agradezco mucho todo -respondió amablemente la Princesa- . No puedo aceptar vuestro ofrecimiento, no me guardéis ningún resentimiento.

Los siete caballeros abandonaron la estancia en silencio. La armonía volvió a reinar, como antes, en la casita.

Mientras tanto, la malvada Zarina seguía pensando en la Zarevna. No podía perdonarla. Estaba enojada con el espejo, y a menudo lo insultaba. Pero un buen día, decidió volver a consultarlo. Lo cogió y poniéndoselo delante del rostro, le preguntó con una sonrisa:

-¡Espejito, yo te saludo! Dime la verdad. ¿No soy yo, acaso, la más hermosa, la más gentil y la más encantadora del mundo?

-Por supuesto que eres bella -repuso el espejo-, pero aquella que vive oculta en el tupido bosque, en casa de los siete guerreros, es aún más bella que tú.

La Zarina se puso furiosa con Cherniavka.

-¿Cómo te has atrevido a desobedecerme? ¡Cuéntamelo todo!

Y la sirvienta lo confesó todo. Entonces la Zarina la amenazó con un terrible castigo si no encontraba el modo de hacer desaparecer a la Zarevna de una vez.

Un día, estaba la Zarevna hilando junto a la ventana, y esperaba el regreso de sus queridos hermanos.

De pronto, el perro se puso a ladrar. Una mendiga, que atravesaba el patio, intentaba alejar al animal con su bastón.

-¡Espera, abuela, espera! -gritó la Zarevna-. Yo alejaré al perro y de paso te daré algo.

-¡Oh, hija mía, ha estado a punto de comerme viva! -gimió la vieja-. Estoy agotada de luchar con él. ¡Mírale, mírale! ¡Vuelve a atacarme! ¡Ven pronto!

La joven se apresuró a ir junto a ella, pero apenas cruzó el umbral, el perro se acercó a ella y le impidió avanzar.

La mendiga trató de acercarse a la Zarevna. El perro, más feroz que antes, detuvo sus pasos.

-¡Qué raro es esto! -dijo la joven-. Debe de haber dormido mal.

Echó un pedazo de pan a la vieja, diciendo:

-¡Toma!

-Gracias -dijo la vieja mendiga-. ¡Que Dios te bendiga! Toma esta manzana, ¿quieres?

Le tiró una manzana de oro a la Princesa. El perro empezó a ladrar. La Zarevna dio vueltas varias veces en su mano a la manzana de oro.

-Puedes comértela, si quieres, hermosa mía -le gritó la vieja-. Y gracias por el pan.

Al decir esto, desapareció. El perro miró inquieto a la joven. Se puso a gemir. Parecía decirle:

-¡Tira esa manzana, tírala!

Ella acarició al perro suavemente.

-Ven, Sokolka -dijo-. Échate aquí.

Y regresó a su estancia para esperar a sus hermanos. Miraba de vez en cuando la manzana que tenía a su lado. Estaba madura y jugosa. Era dorada y fragante. Era tan transparente que podían verse las pepitas, porque su piel parecía un ala de mariposa.

La Zarevna no quería comerse la manzana antes del almuerzo, pero no pudo resistir la tentación y se la llevó a los labios y la mordió. Acto seguido se desvaneció, sin vida. La manzana rodó por el suelo.

Su cabeza descansaba en el banco, bajo los iconos.

La joven estaba como muerta.

Los siete guerreros estaban de regreso a la casa después de una de sus audaces campañas, y vieron al perrito, que corrió hacia ellos, ladrando furiosamente.

-Es un mal augurio -pensaron- . Algo malo ha sucedido.

Subieron a la estancia. ¡Allí gimieron y todo fueron lloros! El perro mordió la manzana y cayó muerto.

Los siete guerreros, sumidos en la más profunda tristeza, rodearon a la Zarevna muerta. Recitaron una oración, levantaron a su hermana y empezaron a vestirla para el entierro. De pronto, cambiaron de opinión, pues su rostro estaba tranquilo. Parecía como si estuviera en los brazos protectores del sueño. Pero no respiraba.

Esperaron tres días. No se despertó. Y entonces decidieron poner a la Zarevna en un ataúd de cristal. La transportaron a hombros a media noche a lo más alto de una montaña, a una cueva, y allí la dejaron.

Tomaron la precaución de atar el ataúd con cadenas a seis fuertes columnas. Hecho esto, descubrieron sus cabezas y el mayor dijo:

-Duerme, hermanita. Has sido víctima de una cobarde trama. Tu belleza se habrá extinguido en la tierra, pero en el cielo tu alma continuará siendo hermosa. Seguimos queriéndote. Continuarás siendo de tu prometido. Ahora sólo la muerte te posee.

Aquel mismo día la malvada Zarina estaba en espera de buenas noticias. Sacó el espejo y le preguntó:

-¿No soy, acaso, la más hermosa, la más gentil y la más encantadora del mundo?

-Sí -respondió el  espejo-,  eres  la  más  hermosa, la más gentil y la más encantadora del mundo.

El Príncipe Elissei recorrió el mundo en busca de su prometida. Pero no la encontraba. Lloraba y preguntaba a todos los que veía si sabían dónde estaba. Algunos encontraban extrañas sus preguntas. Otros pocos se reían. Algunos le volvían la espalda.

Finalmente se dirigió al Sol.

-¡Oh, Sol! -exclamó-, tú que cruzas el cielo, que haces que la primavera siga al invierno, tú que nos ves a todos, ¿quieres darme una respuesta? ¿Quieres decirme si has  visto a la Zarevna que busco? Yo soy su prometido.

-Amigo mío -respondió el Sol-. No he visto a la Zarevna que buscas. Quizá se haya muerto. Quizá la Luna, mi vecina, la haya visto.

Elissei esperó que llegase la noche. Por fin apareció la Luna en el cielo.

-¡Oh, Luna, amiga mía! -exclamó-, compañera de las estrellas, ¿puedes darme una respuesta? Estoy buscando a mi prometida. ¿La has visto?

-Hermano mío -respondió la Luna-. No la he visto. De todos modos, yo no estoy siempre en el firmamento. Quizá tu prometida está tan pálida que no la puedo ver…

-¡Ay de mí! -murmuró  el Príncipe.

La Luna habló de nuevo.

-Pregunta al Viento. ¿Quién sabe? Él tal vez podrá contestarte. Ten  valor.  ¡Adiós!

Elissei gritó al Viento:

-¡Oh tú, que eres tan fuerte, tú que puedes domar las nubes e irritar el mar, tú que sólo temes a Dios…! Dime, ¿has visto a mi amada Zarevna? Yo soy su prometido.

         – Escucha -respondió  el  Viento-. Allá lejos, más lejos de aquel río apacible, encontrarás una montaña. Sobre la montaña hay una cueva oscura. Dentro de la cueva hay un ataúd de cristal, rodeado de columnas. Allí está encadenado el ataúd de tu prometida.

El Viento se alejó veloz y el Príncipe volvió a cabalgar, sollozando. Se encaminó directamente a la montaña que describió el Viento. Cuando la vio, subió apresuradamente. Llegó a la entrada de la cueva. Le fallaba el valor, pero pronto se rehízo. Se encaminó a través de la oscuridad de la cueva. ¡De pronto vio la sombra del ataúd de cristal y la faz radiante de la Zarevna! Tropezó con el ataúd y rompió el cristal. La joven se despertó. Miró en torno suyo y dijo con un suspiro:

-He dormido mucho tiempo.

Se enderezó y descendió del ataúd. Ambos se abrazaron llorando.

Elissei cogió en brazos a su amada y la sacó a la luz del sol. ¿Qué creéis que se dijeron el uno al otro?

La buena nueva voló como el fuego.

-¡La hija del Zar no ha muerto!

La malvada Zarina estaba sentada frente al espejo y repitió su pregunta:

-¿No soy yo, acaso, la más hermosa, la más gentil y la más encantadora del mundo?

-Por supuesto que eres bella -respondió el espejo-, pero la Zarevna es aún más hermosa que tú.

Entonces rompió el espejo, lo tiró al suelo y se precipitó hacia la puerta, que en aquel preciso instante se había abierto. Vio a la Zarevna y cayó muerta de rabia.

La boda de Elissei y de la Zarevna se celebró inmediatamente después del funeral de la Zarina muerta, y celebraron el festín más grande del mundo. Yo estuve allí, me ofrecieron cerveza, vino e hidromiel, bebí, y se me mojaron los bigotes.

La chica más bella del mundo. Bukowski

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Cass era la más joven y la más guapa de cinco hermanas. Cass era la chica más guapa de la ciudad. Medio india, con un cuerpo flexible y extraño, un cuerpo fiero y serpentino y ojos a juego. Cass era fuego móvil y fluido. Era como un espíritu embutido en una forma incapaz de contenerlo. Su pelo era negro y largo y sedoso y se movía y se retorcía igual que su cuerpo. Cass estaba siempre muy alegre o muy deprimida. Para ella no había término medio. Algunos decía que estaba loca. Lo decían los tontos. Los tontos no podían entender a Cass. A los hombres les parecía simplemente una maquina sexual y no se preocupaban de si estaba loca o no. Y Cass bailaba y coqueteaba y besaba a los hombres pero, salvo un caso o dos, cuando llegaba la hora de hacerlo, Cass se evadía de algún modo, los eludía.

Sus hermanas la acusaban de desperdiciar su belleza, de no utilizar lo bastante su inteligencia, pero Cass poseía inteligencia y espíritu; pintaba, bailaba, cantaba, hacía objetos de arcilla, y cuando la gente estaba herida, en el espíritu o en la carne, a Cass le daba una pena tremenda. Su mente era distinta y nada más; sencillamente, no era práctica. Sus hermanas la envidiaban porque atraía a sus hombres, y andaban rabiosísimas porque creían que no se sacaba todo el partido posible. Tenía la costumbre de ser buena y amable con los feos; los hombres considerados guapos le repugnaban: “No tienen agallas -decía ella-. No tienen nervio. Confían siempre en sus orejitas perfectas y en sus narices torneadas… todo fachada y nada dentro…” Tenía un carácter rayando la locura; un carácter que algunos calificaban de locura.

Su padre había muerto del alcohol y su madre se había largado dejando solas a las chicas. Las chicas se fueron con una pariente que las metió en un colegio de monjas. El colegio había sido un lugar triste, más para Cass que para sus hermanas. Las chicas envidaban a Cass y Cass se peleó con casi todas. Tenía señales de cuchilladas por todo el brazo izquierdo, de defenderse en dos peleas. Tenía también una cicatriz imborrable que le cruzaba la mejilla izquierda; pero la cicatriz, en vez de disminuir su belleza, parecía por el contrarío, realzarla.

Yo la conocí en el bar West End unas noches después de que la soltaran del convento. Al ser la más joven, fue la última hermana que soltaron. Sencillamente entró y se sentó a mi lado. Yo quizá sea el hombre más feo de la ciudad, y puede que esto tuviera algo que ver con el asunto.

– ¿Tomas algo?
– Claro, ¿Por qué no?

No creo que hubiese nada especial en nuestra conversación esa noche, era sólo el sentimiento que Cass transmitía. Me había elegido y no había más. Ninguna presión. Le gustó la bebida y bebió mucho. No parecía tener edad, pero de todos modos le sirvieron. Quizás hubiese falsificado el carnet de identidad, no sé. En fin, lo cierto es que cada vez que volvía del retrete y se sentaba a mi lado yo sentía cierto orgullo. No sólo era la mujer más bella de la ciudad, sino también una de las más bellas que yo había visto en mi vida. Le eché el brazo a la cintura y la besé una vez.

– ¿Crees que soy bonita?- preguntó.
– Sí, desde luego. Pero hay algo más… algo más que tu apariencia…
– La gente anda siempre acusándome de ser bonita. ¿Crees de veras que soy bonita?
– Bonita no es la palabra, no te hace justicia.

Buscó en su bolso. Creía que buscaba el pañuelo. Sacó un alfiler de sombrero muy largo. Antes de que pudiese impedírselo, se había atravesado la nariz con él, de lado a lado, justo sobre las ventanillas. Sentía repugnancia y horror.

Ella me miró y se echó a reír.

– ¿Crees ahora que soy bonita? ¿Qué piensas ahora, eh?

Saqué el alfiler y puse mi pañuelo sobre la herida. Algunas personas, incluido el encargado, habían observado la escena. El encargado se acercó.

-Mira -dijo a Cass-, si vuelves a hacer eso te echo. Aquí no necesitamos tus exhibiciones.
– ¡Vete a la mierda, amigo! -dijo ella.
– Será mejor que la controles -me dijo el encargado.
– No te preocupes -dije yo.
– Es mi nariz -dijo Cass-, puedo hacer lo que quiera con ella
– No -dije-, a mí me duele.
– ¿Quieres decir que te duele a ti cuando me clavo un alfiler en la nariz?
– Sí, me duele, de veras.
– De acuerdo, no lo volveré a hacer. Ánimo.

Me besó, pero como riéndose un poco en medio del beso y sin soltar el pañuelo de la nariz. Cuando cerraron nos fuimos a donde yo vivía. Tenía un poco de cerveza y nos sentamos a charlar. Fue entonces cuando pude apreciar que era una persona que rebosaba bondad y cariño. Se entregaba sin saberlo. Al mismo tiempo, retrocedía a zonas de descontrol e incoherencia. Esquizoide. Una esquizo hermosa y espiritual. Quizás algún hombre, algo acabase destruyéndola para siempre. Esperaba no ser yo.
Nos fuimos a la cama y cuando apagué las luces me preguntó:
– ¿Cuándo quieres hacerlo, ahora o por la mañana?
– Por la mañana -dije, y me di la vuelta.

Por la mañana me levanté, hice un par de cafés y le llevé uno a la cama.
Se echó a reír.

– Eres el primer hombre que conozco que no ha querido hacerlo por la noche.
– No hay problema -dije-. En realidad no tenemos por que hacerlo.
– No, espera, ahora quiero yo. Déjame que me refresque un poco.

Se fue al baño. Salió enseguida, realmente maravillosa, largo pelo negro resplandeciente, ojos y labios resplandecientes, toda resplandor… Se desperezó sosegadamente, buena cosa. Se metió en la cama.

– Ven, amor.

Fui.

Besaba con abandono, pero sin prisa. Dejé que mis manos recorriesen su cuerpo. Acariciasen su pelo. La monté. Su carne era cálida y prieta. Empecé a moverme despacio y queriendo que durara. Ella me miraba a los ojos.

– ¿Cómo te llamas? -pregunté.
– ¿Qué diablos importa? -preguntó ella.

Solté una carcajada y seguí. Después se vistió y la llevé en coche al bar, pero era difícil olvidarla. Yo no trabajaba y dormí hasta las dos y luego me levanté y leí el periódico. Cuando estaba en la bañera, entro ella con una hoja: una oreja de elefante.

– Sabía que estabas en la bañera -dijo-, así que te traje algo para tapar esa cosa, hijo de la naturaleza.

Y me echó encima, en la bañera, la hoja de elefante.

– ¿Cómo sabías que estaba en la bañera?
– Lo sabía.

Cass llegaba casi todos los días cuando yo estaba en la bañera. No era siempre la misma hora, pero raras veces fallaba, y traía la hoja de elefante. Y luego hacíamos el amor.

Telefoneó una o dos noches y tuve que sacarla de la cárcel por borrachera y pelea pagando la fianza.

– Esos hijos de puta – decía-, sólo porque te pagan unas copas creen que pueden echarte mano a las bragas.
– La culpa la tienes tú por aceptar la copa
– Yo creía que se interesaba por mí, no sólo por mi cuerpo.
– A mí me interesas tú y tu cuerpo. Pero dudo que la mayoría de los hombres puedan ver más allá de tu cuerpo.

Dejé la ciudad y estuve fuera seis meses, anduve vagabundeando; volví. No había olvidado a Cass ni un momento, pero habíamos tenido algún tipo de discusión y además yo tenía ganas de ponerme en marcha, y cuando volví pensé que se habría ido; pero no llevaba sentado treinta minutos en el West End cuando ella llegó y se sentó a mi lado.

– Vaya, cabrón, has vuelto.

Pedí un trago para ella. Luego la miré. Llevaba un vestido de cuello alto. Nuca la había visto así. Y debajo de cada ojo, clavado, llevaba un alfiler de cabeza de cristal. Sólo se podían ver las cabezas de los alfileres, pero los alfileres estaban clavados.

– Maldita sea, aún sigues intentando destruir tu belleza….
– No, no seas tonto, es la moda.
– Estas chiflada.
– Te he echado de menos -dijo
– ¿Hay otro?
– No, no hay ninguno. Solo tú. Pero ahora hago la vida. Cobro diez billetes. Pero para ti es gratis.
– Sácate esos alfileres.
– No, es la moda.
– Me hace muy desgraciado.
– ¿Estás seguro?
– Sí, mierda, estoy seguro.

Se sacó lentamente los alfileres y los guardo en el bolso.

– Porque la gente cree que es todo lo que tengo. La belleza no es nada. La belleza no permanece. No sabes la suerte que tienes siendo feo, porque si le agradas a alguien sabes que es por otra cosa.
– Vale -dije-, tengo mucha suerte.
– No quiero decir que seas feo. Sólo que la gente cree que lo eres. Tienes una cara fascinante.
– Gracias.

Tomamos otra copa.

– ¿Qué andas haciendo? -preguntó.
– Nada. No soy capaz de apegarme a nada. Nada me interesa.
– A mí tampoco. Si fueses mujer podrías ser puta.
– No creo que quisiera establecer un contacto tan íntimo con tantos extraños. Debe ser un fastidio.
– Tienes razón, es fastidioso, todo es fastidioso

Salimos juntos, por la calle, la gente aún miraba a Cass. Aún era una mujer hermosa, quizá más que nunca.

Fuimos a casa y abrí una botella de vino y hablamos. A Cass y a mí, siempre nos era fácil hablar. Ella hablaba un rato yo escuchaba y luego hablaba yo. Nuestra conversación fluía fácil sin tensión. Era como si descubriésemos secretos juntos. Cuando descubríamos uno bueno, Cass se reía con aquella risa…, de aquella manera que sólo ella podía reírse. Era como el gozo del fuego. Y durante la charla nos besábamos y nos arrimábamos. Nos pusimos muy calientes y decidimos irnos a la cama. Fue entonces cuando Cass se quito aquel vestido del cuello alto y lo vi… Vi la mellada y horrible cicatriz que le cruzaba el cuello. Era grande y ancha.

– Maldita sea, condenada, ¿Qué has hecho? -dije desde la cama
– Lo intenté con una botella rota una noche. ¿Ya no te gusto? ¿Soy bonita aún?

La arrastré a la cama y la besé. Me empujo y se echo a reír:

– Algunos me pagan los diez y luego, cuando me desvisto no quieren hacerlo. Yo me quedo los diez. Es muy divertido.
– Sí -dije-, no puedo parar de reír… Cass, zorra, te amo… deja de destruirte; eres la mujer con más vida que conozco.

Volvimos a besarnos. Cass lloraba en silencio. Sentí las lágrimas. Sentí aquel pelo largo y negro tendido bajo mí como una bandera de muerte. Disfrutamos e hicimos un amor lento y sombrío y maravilloso.

Por la mañana, Cass estaba levantada haciendo el desayuno. Parecía muy tranquila y feliz. Cantaba. Yo me quedé en la cama gozando su felicidad. Por fin, vino y me zarandeó.

– ¡Arriba, cabrón! ¡Chapúzate con agua fría la cara y la polla y ven a disfrutar del banquete!

Ese día la llevé en coche a la playa. No era un día de fiesta y aún no era verano, todo estaba espléndidamente desierto. Vagabundos playeros en andrajos dormían en la arena. Había otros sentados en bancos de piedra compartiendo una botella solitaria. Las gaviotas revoloteaban, estúpidas pero distraídas. Ancianas de setenta y ochenta, sentadas en los bancos, discutiendo ventas de fincas dejadas por maridos asesinados mucho tiempo atrás por la angustia y la estupidez de la supervivencia. Había paz en el aire y paseamos y estuvimos tumbados por allí y no hablamos muchos. Era agradable simplemente estar juntos. Compré bocadillos, patatas fritas y bebidas y nos sentamos a beber en la arena. Luego abracé a Cass y dormimos así abrazados un rato. Era mejor que hacer el amor. Era como fluir juntos sin tensión. Luego volvimos a casa en mi coche y preparé la cena. Después de cenar, sugerí a Cass que viviésemos juntos. Se quedó mucho rato mirándome y luego dijo lentamente “NO”. La llevé de nuevo al bar, le pagué una copa y me fui.

Al día siguiente, encontré un trabajo como empaquetador en una fabrica y trabajé todo lo que quedaba de semana. Estaba demasiado cansado para andar mucho por ahí, pero el viernes por la noche me acerqué al West End. Me senté y esperé a Cass. Pasaron horas. Cuando estaba ya bastante borracho, me vio el encargado.

– Siento lo de tu amiga.
– ¿El qué? -pregunté.
– Lo siento. ¿No lo sabías?
– No
– Suicidio, la enterraron ayer.
– ¿Enterrada? -pregunté. Parecía como si fuese a aparecer en la puerta de un momento a otro. ¿Cómo podía haber muerto?
– La enterraron las hermanas
– ¿Un suicidio? ¿Cómo fue?
– Se cortó el cuello.
– Ya. Dame otro trago.

Estuve bebiendo allí hasta que cerraron. Cass, la más bella de las cinco hermanas, la chica más guapa de la ciudad. Conseguí conducir hasta casa sin poder dejar de pensar que debería haber insistido en que se quedara conmigo en vez de aceptar aquel “NO”. Todo en ella había indicado que le pasaba algo. Yo sencillamente había sido demasiado insensible, demasiado despreocupado. Me merecía mi muerte y la de ella. Era un perro. No, ¿por qué acusar a los perros? Me levanté, busqué una botella de vino, bebí lúgubremente. Cass, la chica más guapa de la ciudad muerta a los veinte años.

Fuera, alguien tocaba la bocina de un coche. Unos bocinazos escandalosos, persistentes. Dejé la botella y aullé “¡MALDITO SEAS, CONDENADO HIJO DE PUTA, CALLATE YA!”.

Y seguía avanzando la noche y yo nada podía hacer.

Ignacio Aldecoa. Seguir de pobres.

Compañeros de ESSENNA. NUESTROS TALLERES…

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Las ciudades de provincias se llenan en primavera de carteles. Carteles en los que un segador sonriente, fuerte, bien nutrido, abraza un haz de espigas solares; a su vera, un niño de amuñecada cara nos mira con ojos serenos: a sus pies, una hucha de barro recibe por la recta abertura del ahorro –boca sin dientes, como de vieja, como de batracio– una espuerta de monedas doradas. Son los anuncios de las Cajas de Ahorro. Son anuncios para los labradores que tienen parejas de bueyes, vacas, maquinaria agrícola y un hijo estudiando en la universidad o en el seminario. Estos carteles tan alegres, tan de primavera, tan de felicidad conquistada, nada dicen de las cuadrillas de segadores que, como una tormenta de melancolía, cruzan las ciudades buscando el pan del trabajo por los caminos del país. A principios de mayo el grillo, sierra en lo verde el tallo de las mañanas; la lombriz enloquece buscando sus penúltimos agujeros de las noches; la cigüeña pasea los mediodías por las orillas fangosas del río haciendo melindres como una señorita. En los chopos altos se enredan vellones de nubes, y en el chaparral del monte bajo el agua estancada se encoge miedosa cuando las urracas van a beberla. La vida vuelve. La cuadrilla de la siega pasa las puertas a hora temprana, anda por la carretera de los grandes camiones y los automóviles de lujo en fila, en silencio, en oración –terrible oración– de esperanza. Al llegar al puente del río lo abandonan por el camino de los pueblos del campo lontano. Se agrupan. Alguien canta. Alguien pasa la bota al compañero. Alguien reniega de una alpargata o de cualquier cosa pequeña e importante. En la cuadrilla van hombres solos. Cinco hombres solos. Dos del noroeste, donde un celemín de trigo es un tesoro. Otros dos de la parte húmeda de las Castillas. El quinto, de donde los hombres se muerden los dedos, lloran y es inútil. Con pan y vino se anda camino cuando se está hecho a andarlo. Con pan, vino y un cinturón ancho de cueras de becerra ahogada o una faja de estambre viejo, bien apretados, no hay hambre que rasque el estómago. Con mala manta hay buen cobijo, hasta que la coz de un aire, entre medias cálido, tuerce el cuello y balda los riñones. Cuando a un segador le da el aire pardo que mata el cereal y quema la hierba –aire que viene de lejos, lento y a rastras, mefítico como el de las alcantarillas–, el segador se embadurna de miel donde le golpeó. Pero es pobre el remedio. Ha de estar tumbado en el pajar viendo a las arañas recorrer sus telas. Telas que de puro sutiles son impactos sobre el cristal de la nada.

Cinco hombres solos. Cinco que forman un puño de trabajo. Dos del noroeste: Zito Moraña y Amadeo, el buen Amadeo, al que le salen las barbas en el dorso de las manos, que se afeita con una hoz. Dos de la Castilla verde: San Juan y Conejo. El quinto, sin pueblo, del estaribel de Murcia por algo de cuando la guerra. El quinto, callado; cuando más, sí y no. “El Quinto”, por un buen sentido nominador. “El Quinto” les dijo en la cantina de la estación donde se lo tropezaron:

–Si van para el campo y no molesto, voy con ustedes.

Zito Moraña le contesta:

–Pues venga.

“El Quinto” movió la cabeza, clavó los ojos en Moraña, pasó la vista sobre Amadeo, que se rascaba las manos; consultó con la mirada a San Juan, que liaba un cigarrillo parsimonioso sin que se le cayera una brizna de tabaco, y por fin miró a Conejo, que algo se buscaba en los bolsillos.

–Acabo de seguir de la cárcel. ¿Qué dicen?

–¿Y usted? –respondió Zito.

–La guerra, y luego, mala conducta.

–¿Mala?

–De hombre, digo yo.

–Pues está dicho.

“El Quinto” pidió un cuartillo de vino tinto. La cita fue para las cinco y media de la mañana en el depuertas de la carretera. Se pararon. Ahora los cinco van agrupados por el camino largo de los segadores. Zito conoce el terreno. Todos los años deja su tierra para segar a jornal.

–Amadeo, de la revuelta esa nos salió el pasado una liebre como un burro.

–Sí, hombre; pero no el pasado, sino otro año atrás.

–Fue lástima…

Y Zito y Amadeo hablan del antaño perdiéndose en detalles, mientras San Juan se suena una y otra vez la nariz distraídamente, mientras Conejo se queja en un murmullo de su alpargata rota, mientras “El Quinto” va mirando los bordes del camino buscando no sabe qué. Al mediodía les para un sombrajo. De la bota del pobre se bebe poco y con mucha precaución. Al pan del pobre no se le dan mordiscos; hay que partirlo en trozos con la navaja. El queso del pobre no se descorteza, se raspa.

En el sombrajo descansan y fuman los cigarrillos de las mil muertes del fuego, de sus mil nacimientos en el encendedor tosco y seguro. Han dejado de hablar de las cosas de siempre, esas cosas que acaban como empiezan:

–La mujer habrá terminado de trabajar en el pañuelo de tierra que hemos arrendado tras de la casa. Los chavales estarán dándole vueltas al pucherillo.

Una larga pausa y la vuelta.

–Los chavales le estarán sacando brillo al puchero. La mujer saldrá a trabajar el pañuelo de tierra que hemos arrendado tras la casa. Dice la mujer, los chavales, el que se fue de las calenturas, el que vino por San Juan de hará tres años.

No poseen con la brutal terquedad de los afortunados y hasta parece que han olvidado en los rincones de la memoria los posesivos débiles de la vida. Están libres. Callan hasta que otro repita la historia con escasas variantes. Callan hasta que se dan cuenta de que hay un ser de silencio y de sombras con ellos, uno que ha dicho sí y no y poca cosa más. Aquí está Zito Moraña para preguntar, por qué a un compañero hay que darle ocasión, sin molestarle, de un suspiro, de una lágrima, de una risa. Un compañero puede estar necesitado de descanso y es necesario saber, cuando cuente, el momento en que hay que balancear la cabeza o agacharla hacia el suelo o levantarla hacia el sol.

–¿Usted qué hará cuando acabe esto?

“El Quinto” encoge una pierna y duda.

–¿Yo?

–Nosotros volveremos para la tierra.

–Ya veré…

Y entre ellos, entre los cuatro y “El Quinto”, el corazón de la comunidad naufraga. Zito tiene su orden. Se pone en pie, consulta su sombra, levanta su hato y se lo carga a la espalda.

–Bueno, andando. Para las cinco podemos estar en la hocina. Para las seis, en el teso del pueblo. Por la ladera, hacia el río, vuela el ave que huele mal.

Conejo, de los bolsillos, saca una madera que talla con la navaja.

–¿Qué haces? –le pregunta San Juan.

–La torre de los condes, para que juegue el chico a la vuelta. La hago con silbo de pájaro.

Zito y Amadeo recuerdan el antaño. Y “El Quinto” mira el camino. A las seis platea el río por medio del llano. En el pueblo, entre casa y casa, crece la tiniebla. Por los últimos alcores el cielo está morado. Los perros ladran al paso lento de los de la siega. Zito conoce a los que se asoman a las puertas a verlos llegar.

–Señor Ricardo, ¿se curó de los cólicos?

El campesino responde, cachazudo:

–Parece, parece.

La cuadrilla sigue adelante.

–Señora Rosario, ¿volviole el santo a Patricio?

–Por ahí anda.

Zito hace un aparte a San Juan.

–Es que tiene un hijo que dio en manías el año pasado de una soleada en las fincas.

Hacen un alto en la plaza. El cuadrado de la plaza está quebrado por la irregularidad de las construcciones. En la mitad está el pilón; en él juegan los niños. Al verlos a los cinco parados y ensimismados, los niños se les acercan a una distancia de respeto y prudencia. Los segadores, como los gitanos, pueden robar criaturitas para venderlas en otros pueblos.

Zito vocea a un campesino sentado en el umbral de su casa:

–¿Qué, Martín, hay pajar para cinco hombres?

–Hay, pero no paja.

–Da igual. ¿A cuántos nos necesita usted?

–Con dos de vosotros me arreglo, porque tengo otros que llegaron ayer. Mañana temprano, a darle. El jornal el de siempre.

–Ya aumentará usted una pesetilla.

–Están los tiempos malos, pero se ha de ver.

Precisamente están los tiempos malos. No se marcha la gente de su tierra porque estén buenos, ni porque la vida sea una delicia, ni porque los hijos tengan todo el pan que quieran. Zito arruga la frente y medita.

–Tú, San Juan, y tú, Conejo, podéis quedaros con él. Mañana arreglaremos nosotros.

Dando la vuelta a la iglesia, a la que está pegada la casa, se abre un amplio portegado. El portegado está entre una era y un estercolero, que en las madrugadas tiene flotando un vaho de pantano y que está en perpetuo otoño de colores. Del portegado se sube al pajar. Las maderas brillan pulimentadas. Solo hay un poco de paja en un rincón. Los trillos, apoyados sobre la pared, con pedernales amenazantes, parecen fauces de perros guardianes.

–Dejad ahí los hatos. Vamos a ver si nos dan algo en la cocina.

En la cocina les dan un trozo de tocino a cada uno, pan y vino. La mujer de Martín les contempla desde una silla.

–Tú, Zito, alegra el ánimo con la comida. Canta algo, hombre, de por tu tierra.

–No estoy de buen año, señora.

–Canta, Zito –dice Martín, que está apoyado en la puerta.

–Tengo la garganta con nudos.

–Cuanto más viejo más tuno, Zito.

–Pues cantaré, pero no de la tierra, y a ver si les va gustando.

–Tú canta, canta.

Zito con el porrón apoyado sobre una pierna, entona una copla. Sus compañeros bajan la cabeza.

Al marchar a la siega
entran rencores
trabajar para ricos
seguir de pobres.

Sobre los campos salta la noche. Un ratón corre por el pajar. Los segadores están tumbados.

–Oye, San Juan, son unos veinte días aquí. A doce pesetas, ¿cuánto viene a ser?

–Cuarenta y ocho duros.

–No está mal.

Abajo, en la cocina, habla Martín en términos comerciales y escogidos con un amigo.

–Me han ofrecido material humano a siete pesetas para hacer toda la campaña, pero son andaluces…

–Gente floja.

–Floja.

Martín hace con los labios un gesto de menosprecio.

Trabajan San Juan y el Conejo con Martín. Zito Moraña, Amadeo y “El Quinto”, con otros segadores que llegaron un día después, segaban en las fincas del alcalde. No se veían los dos grupos más que cuando marchaban al trabajo o volvían de él por los caminos. Zito, Amadeo y “El Quinto” dormían en el pajar del alcalde, sobre paja medio pulverizada. Se pasaban el día en el campo.

A la cuarta jornada apretó el calor. En el fondo del llano una boca invisible alentaba un aire en llamas. Parecía que él iba a traer las nubes negras de la tormenta que cubrirían el cielo, y sin embargo, el azul se hacía más profundo, más pesado, más metálico. Los segadores sudaban. Buscaban las culebras la humedad debajo de las piedras. Los hombres se refrescaban la garganta con vinagre y agua. En el saucal, la dama del sapo, que tiene ojos de víbora y boca de pez, lo miraba todo maldiciendo. Los segadores, al dejar el trabajo un momento, tiraban, por costumbre, una piedra a bajo pierna en los arbustos para espantarla. Podía llegar la desgracia. El viento pardo vino por el camino levantando una polvareda. Su primer golpe fue tremendo. Todos lo recibieron de perfil para que no les dañase, excepto “El Quinto”, que lo soportó de espaldas, lejano en la finca, con la camisa empapada en sudor, segando. Le gritaron y fue inútil. No se apercibió. Cuando levantó la cabeza era ya tarde.

“El Quinto” llegó al pajar tiritando. Y no quiso cenar. Le dieron miel en las espaldas. El alcalde llamó al médico. El médico lo mandó lavar porque opinó que aquello eran tonterías. Y dictaminó.

–No es nada. Tal vez haya bebido agua demasiado fría.

Zito le explicó:

–Mire, doctor, fue el viento pardo…

El médico se enfadó.

–Cuanto más ignorantes, más queréis saber. ¿Qué me vas a decir tú?

–Mire, doctor, fue el viento que mata el cereal y quema la yerba. Hay que darle miel. Las mantecas de los riñones las tiene blandas.

–Bah, bah, el viento pardo… – comentó.

Los compañeros volvieron a darle miel en las espaldas en cuanto se marchó el médico, y Zito le echó su manta.

–¿Y tú, Zito? –dijo “El Quinto”.

–Yo, a medias con Amadeo.

“El Quinto” temblaba; le castañeaban los dientes. El viento pardo en el saucal hacía un murmullo de risas.

Allí estaba “El Quinto”, entretenido con las arañas. Las iba conociendo. Contó a Zito y a Amadeo cómo había visto pelear a una de ellas, la de la gran tela, de la viga del rincón, con una avispa que atrapó. Lo contaba infantilmente. Zito callaba. De vez en vez le interrumpía doblándole la manta.

–¿Qué tal ahora?

–Bien, no te preocupes.

–¿No me he de preocupar? Has venido con nosotros y no te vas a poder marchar.

Nosotros dentro de cuatro días tiramos para el Norte. Esto está ya dando las boqueadas.

–Bueno, qué más da. No me echarán a la calle de repente.

–No, no, desde luego… –dudaba Zito.

–Y si me echan, pues me voy.

–¿Y a dónde?

–Para la ciudad, al hospital, hasta que sane.

–Hum…

–Aquí tienes lo tuyo, Zito. Os doy doce perras más por día a cada uno.

–Gracias.

–Pues hasta el año que viene. Que haya suerte. Y dile al “Quinto” que para él, aunque no ha trabajado más que tres días y le he estado dando de comer todo ese tiempo, hay diez duros. No se quejará.

–No, claro.

–Pues díselo, y también que levante con vosotros.

–Pero si es imposible, si está tronzado.

–Y yo qué quieres que le haga.

Llegaron al puente. “El Quinto” andaba apoyado en un palo medio a rastras. Zito Moraña y Amadeo le ayudaban por turno.

–¿Qué tal? Ahora coges la carretera y te presentas enseguida en la ciudad.

–Si llego.

–No has de llegar. Mira, los compañeros y yo hemos hecho un ahorro. Es poco, pero no te vendrá mal. Tómalo.

Le dio un fajito de billetes pequeños.

–Os lo acepto porque… Yo no sé… Muchas gracias. Muchas gracias, Zito y todos.

“El Quinto” estaba a punto de llorar, pero no sabía o lo había olvidado.

–No digas nada, hombre.

Les dio la mano largamente a cada uno.

–Adiós, Zito; adiós, Amadeo; adiós, Juan; adiós, Conejo.

–Adiós, Pablo; adiós.

Hacía quince días que habían aprendido el nombre del “Quinto”.

Por la otra orilla de la carretera caminaba, vacilante, Pablo. Los segadores volvieron las espaldas y echaron a andar. Se alejaron del puente. Zito, para distraer a sus compañeros, se puso a cantar a media voz algo de su tierra.

Ignacio Aldecoa. Epitafio para un boxeador

Compañeros de talleres…IMG_20190225_211843_633Nosotros, sus agradecidos contrarios, erigimos esta

estatua a Apis, un boxeador considerado, que ni
cuando nos fajábamos nos hacía daño.
LuciliusEpitafio de un boxeador

Pasaban las nubes de tormenta con su gorgojo tronador dentro; pasaban sobre el cementerio, agrio y cuaresmal de luz morada. Altos cipreses, hemiciclos mortuorios, taxis en la avenida, un fulgor diamantino en los lejos del sudoeste, urdimbres de coronas pudriéndose, colgado como trapos viejos de las ventanas de los muertos y de las cruces de los panteones.
Los acompañantes formaban un grupo friolero contemplando el trabajo de los enterradores. Eran pocos y se hablaban en voz baja.
Abrieron el ataúd antes de meterlo en el nicho. Las monjas del hospital no habían logrado cruzar piadosamente las manos del excampeón, que conservaba la guardia cambiada con el brazo derecho caído según su estilo. Eso le quedaba. Todo lo demás fue miseria hasta su muerte, y la Federación pagó el entierro.
Un periodista joven tuvo que ser reconvenido por su director. Había escrito: «Cuando abrieron la caja, el excampeón parecía totalmente K.O.».
Los muertos deben ser respetados, pero era un buen epitafio.