Odal. Cuento tradicional danés.

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Hace mucho tiempo vivió en Dinamarca un hombre que tuvo dos hijos antes de perder a su esposa por unas fiebres. Solo y ya demasiado anciano para buscarse una nueva compañera, intento sacar adelante a sus dos hijos y educarlos como buenamente pudo.

Uno de ellos, el más joven, tenía un espíritu tranquilo y valoraba profundamente lo poco que tenía, pero el mayor creció con un carácter hosco y no pensaba más que en sí mismo.

Un día, el padre se sintió terriblemente fatigado y, comprendiendo que su tiempo se terminaba, resolvió reunir a sus dos hijos para disponer de lo poco que tenía que legarles y decidir a cuál de ellos dejaría a cargo de la granja.

Por tradición, el puesto tendría que corresponder al hijo mayor, pero el anciano veía con preocupación como el muchacho dilapidaba todo cuanto se le daba y nada hacía para mejorar lo poco que tenían e intentar mantener la granja que le correspondía en herencia. El menor, sin embargo se esforzaba por labrar la tierra y, con muchos sudores y fatigas, garantizar al menos el sustento para su padre y hermano. Así que entendió, que la tradición no siempre se tenía que mantener inquebrantable y en este tipo de asuntos a veces era necesario fiarse más del sentido común.

Reunió a sus dos hijos en torno a la mesa y después de una parca comida, les invito a salir a la era. Allí, se metió la mano en el zurrón, extrajo una bolsa de tela que cantaba con sonido metálico y preguntó a su hijo mayor.

– Entre la bolsa con plata y la tierra de la granja, ¿qué consideras que tiene más valor?

El muchacho se echó a reír a carcajadas y respondió con aires presuntuosos que obviamente la plata era más valiosa, que aquel terruño nada valía y que obviamente sólo servía para venderlo y sacar con él un mal puñado de plata.

El padre frunció el ceño, pero nada respondió y repitió la misma pregunta al hijo menor. El muchacho miro la bolsa en manos de su padre y después la pequeña parcela de tierra. No era gran cosa, pero siempre daba su buen fruto si se la labraba con esmero así que respondió:

– El valor de la plata no es siempre el mismo, cambia en función de las guerras o la fama de los reyes. En manos de un hombre mesurado y sensato puede hacer grandes cosas, pero en manos de un necio, no durara más allá de un par de noches. Sin embargo, la tierra mantiene un valor constante. No es la tierra en sí la que encierra el valor, sino que este depende de la mano que la siembra y de la simiente y el mimo con que se la trate. Yo me quedaría con la tierra: con trabajo y tesón, garantizo un puñado de monedas seguro todas las temporadas y un sustento para los míos.

Al padre le parecieron sensatas las palabras del joven, y decretó que este sería el heredero y al hermano mayor le tendió la bolsa con la plata. Este último se marchó bufando, pensando que su padre le había hecho un desprecio al no dejarle la granja por herencia, pero con la bolsa de plata picada en su mano pronto se olvidó de ello.

Tras la muerte del padre, sucedió que, tal y como el hermano menor había predicho, la plata en manos del necio no duró mucho. El hermano mayo tuvo entonces que regresar junto su hermano menor, que con paciencia y tesón, ahora tenía no sólo una buena granja con un par de vacas y un puñado de jornaleros, sino que también tenía una bella esposa y el apoyo del clan vecino con el que se había unido por lazos de matrimonio.

Así que el joven egoísta, no tuvo más remedio que plegarse a la voluntad de su hermano y trabajar como un simple jornalero durante un buen tiempo, hasta que el joven matrimonio considero que había aprendido la lección y le permitieron compartir el trabajo y el beneficio de la granja

Tizón Héctor. El traidor venerado.

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Aquella sería la última comida juntos.
El que era indigno de ajustarle el cordón de los zapatos estaba ebrio. Toda esa noche la pequeña campana de la estación ferroviaria sonó incesantemente, a lo lejos, sacudida por el viento. Llovía a ratos.
El Chaguanco abrió una lata de picadillo, lo fue untando con su cortaplumas sobre el pan que les quedaba y luego repartió los pedazos. “Yo no tengo hambre” —dijo. Quispe, un hombre inquieto y de poca talla que ya estaba borracho, tomó el primero y se lo tragó con buen apetito; después permaneció mudo y apartadizo, contemplando el débil movimiento de las ramas delgadas —agitadas por el aire— del ceibal.
La fama del Chaguanco había cundido no sólo en Yala, sino también en las comarcas vecinas desde donde la gente acudió hasta formar multitudes albergadas en carpas y vehículos, o debajo de las copas de los árboles alrededor del miserable rancho, a cuya puerta se asomaba, abandonando sus meditaciones, en los amaneceres. Entonces los que habían perdido la salud, los que aún esperaban algo, caían de rodillas ante su mano levantada.
Pero al poco tiempo comenzó la persecución, eludida hasta hoy en que se cumplía un año de peregrinaje; un año de penoso ocultamiento, mudando siempre de lugar, durmiendo a la intemperie o bajo las alcantarillas en los caminos, desde Tilquiza hasta Valle Grande, de Tumbaya a Susques, seguido por algunos fieles desesperados, enfermos, opas y ladrones arrepentidos.
Cuando un alegórico ladrar de perros anunció a los perseguidores, el Chaguanco concluía también su sentencia postrera, y el hombrecito enjuto y nervioso a quien iba dirigida, exclamó, más bien para sí: “Esa palabra es dura. ¿Quién la puede oír?”.
Ahora los agentes del destacamento estaban cerca. Era la noche de San Roque y una botella de ginebra yacía, seca, en el suelo.
El ladrar se convirtió en aullido mientras el viento, a lo lejos, seguía torturando a la campana.
Cuando Quispe desapareció, entendiendo el Chaguanco que había llegado el fin y que en seguida lo con¬ducirían a la ciudad, a la cabeza de una multitud de curiosos —como un político—, preguntó a los que quedaban si también ellos querían irse; después se apartó a corta distancia, pero sin ocultarse.
La campana y los perros dejaron de hacerse oír y la partida cayó sobre él. No opuso resistencia ninguna y —esposado— llegó sobre un camión maderero a la ciudad. Allí debió esperar turno porque el Tribunal estaba distraído con otros delincuentes, pero, el día señalado, fue sometido a proceso y juzgado.
Pocas personas acudieron al plenario y entre ellas Quispe, principal testigo de cargo, que, antes de escuchar la sentencia, se ahorcó colgándose de una viga en el retrete del Palacio de Justicia.
Finalmente el Tribunal, al no hallar mérito sufi¬ciente para sostener una condena, lo absolvió.
Y cuando el Chaguanco —deshonrado y solita¬rio—, después de mucho tiempo regresó a Yala, encontró que muy pocos se acordaban de él y que la gente ya en¬cendía velas pagando promesas en la tumba del otro.

Tizón Héctor. Ciego en la resolana.

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Ahora está el ciego otra vez sentado al sol al promediar la mañana. De él se dice que no siempre fue ciego y era fama también que, al no alternar sus ojos las sombras y la luz, dormía menos que un pájaro. Cualquiera que subiese al viejo y abandonado campanario de la iglesia podría contemplarlo allí, en medio del parque que rodea la casa. En eso consistía, precisamente, el gran desquite de su cónyuge, mujer obesa y rubia, de blancura impresionante, en cuyos brazos bailoteaban innumerables pulseras. Ella, canturreando muy quedo un aria en su lengua materna, empujaba la silla rodante del ciego hasta detenerla en un lugar no muy distante, donde crecían unos mimbres agobiados por plantas trepadoras. Así quedaba el ciego, aislado, en la suave y luminosa resolana, mudo, aterrorizado por las serpientes que pudieran deslizarse en el jardín; temor subyacente aun en los instantes en que ella, asomada al gran ventanal y ensayando unos gorgoritos alentadores lo azuzaba para que cantase la dulce tonada que él nunca llegó a saber cuándo había aprendido.
Enseguida del almuerzo el ciego volvía a su mecedora, en la galería, aguardando la llegada del otro, cuando su mujer se ocultaba en la interminable pausa de la siesta. Allí no hacía más que esperar alguna señal, sin que se le escapara el mínimo ruido porque todo el poder de sus ojos se había trasladado a sus oídos. Luego armaba cuidadosamente el ingenioso aparato que reproducía el vaivén de su cuerpo en la silla: una piedra de peso adecuado puesta en el extremo del arco de la mecedora y en el otro una cuerda elástica amarrada a una estaca entre los trípodes de los innumerables maceteros, que se ocupaba en disimular. Con tal mecanismo la mecedora no interrumpía su balanceo cuando él se incorporaba cautelosamente para pegar su mejilla contra la puerta de la habitación. Entonces transcurrían momentos tensos para el ciego —horas, a veces—, tiempo controlado por él mismo con su vieja maestría para calcularlo, de acuerdo al ritmo de sus pulsaciones (seiscientas pulsaciones divididas en grupos de veinte). Era testigo así de jadeos, voces ahogadas, quejidos, pequeñas risas silenciadas de pronto por inaudibles advertencias; a veces, por ciertos estrépitos sofocados, parecían rodar cuerpos en el suelo; o surgía el silencio y sólo se escuchaba el crepitar del reseco maderamen de la mecedora en la galería, moviéndose, vacía, en perpetuo vaivén. Pero cuando eso ocurría ya el ciego estaba impaciente, y sintiendo el frío del picaporte en sus mejillas mojadas por las lágrimas gritaba dando feroces golpes en la puerta. Desde el interior la mujer gorda trataba de calmarlo, gritando a su vez con voz dulce:
—¿Qué pasa? ¡Ya voy, chiquitín!
Al oírla, el ciego cesaba de golpear y rápidamente regresaba a su mecedora, desanudaba el cordón elástico, ocultaba la piedra y permanecía en espera, distraídamente, con la mirada de sus ojos hueros en dirección de las montañas.

La piedra petrificada. Checoeslovaquia

Pastor petrificado de Klobuky

En la región de Bohemia Centralmuy próximo a Praga (a menos de 40 kilómetros) encontramos el pueblo de Klobukyen Sanlý. Este lugar en el que la principal fuente económica viene de la explotación agrícola, cuenta con varias visitas interesantes para el turista.

Si bien es cierto que su principal templo, la Igleaia de San Lorenzo del siglo XIV, es bastante interesante, la verdad es que este lugar es frecuentado por otra atracción. El menhir más importante de Bohemia Central, y según dicen el más bello de toda la República Checa.

El denominado “Pastor Petrificado” de Klobuky es una enorme piedra de cinco toneladas de peso con una altura de tres metros y medio, y  a día de hoy su origen sigue siendo un auténtico enigma.

Este misterio se debe principalmente a que en el emplazamiento actual no existe esa piedra arenisca usada para su construcción. Por tanto, su creador debió transportar la pesada pieza hasta su ubicación. Esto ha ocasionado una serie de leyendas locales que intentarían dar una explicación alternativa al menhir.

Una de las leyendas asegura que el menhir es un pastor convertido en piedra. Según cuentan, el hombre recibió un castigo divino y habría sido petrificado junto a su rebaño (originalmente este menhir estaba rodeado de pequeñas piedras mucho más pequeñas, como si de un rebaño de ovejas se tratara).

Otra leyenda, mucho más apocalíptica, asegura que este menhir avanza cada año un par de pasos con dirección a la iglesia del pueblo. En el momento en el que esta pesada piedra llegue a las puertas de la misma se producirá el fin del mundo

Escocia. Extraño visitante

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Una vieja devanaba, devanaba una noche en su devanadera, y la devanadera giraba, giraba, y la vieja una compañía invocaba. De improviso la puerta se abrió, un par de enormes pies entró y de­recho hacia el hogar se encaminó. Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la devanadera giraba, giraba.

De nuevo la puerta se abrió y un par de piernas finas, finas, entró y sobre los enormes pies al fin se instaló.

Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la deva-nadera giraba, giraba.

De nuevo la puerta se abrió y un par de rodillas gruesas, muy gruesas, entró y sobre las piernas finas, finas, al fin se instaló.

Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la deva-nadera giraba, giraba.

La puerta de nuevo se abrió y un par de muslos delgados, delgados, entró, y sobre las rodillas gruesas, muy gruesas, al fin se instaló.

Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la deva-nadera giraba, giraba.

De nuevo la puerta se abrió y un par de ijares anchos, muy anchos, entró, y sobre los muslos delgados, delgados, al fin se instaló.

Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la devanadera giraba, giraba.

De nuevo la puerta se abrió y un pecho fino, muy fino, en­tró, y sobre los ijares anchos, muy anchos, al fin se instaló.

Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la devanadera giraba, giraba.

De nuevo la puerta se abrió y un par de hombros grandes, grandes, entró, y sobre el pecho fino, muy fino, al fin se instaló.

Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la devanadera giraba, giraba.

De nuevo la puerta se abrió y un par de brazos cortos, cor­tos, entró, y en los hombros grandes, grandes, al fin se instaló.

Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la devanadera giraba, giraba.

De nuevo la puerta se abrió y un par de manos enormes en­tró, y en el extremo de los brazos cortos, cortos, al fin se instaló.

Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la devanadera giraba, giraba.

De nuevo la puerta se abrió y un cuello largo, largo, entró, y sobre los hombros grandes, grandes, al fin se instaló.

Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la devanadera giraba, giraba.

De nuevo la puerta se abrió y una cabeza gorda, gorda, en­tró, y sobre el cuello largo, largo, al fin se instaló.

Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la devanadera giraba, giraba.

-¿Por qué tienes unos pies tan enormes? -la vieja preguntó.

-Por mucho caminar, por mucho caminar -respondió una voz frágil.

-¿Por qué tienes piernas tan finas? -la vieja preguntó.

-Del mucho velar y el poco comer -respondió una voz débil.

-¿Por qué tienes rodillas tan gruesas? -la vieja preguntó.

-De mucho rezar, de mucho rezar -respondió una voz frágil.

-¿Por qué tienes muslos tan delgados? -la vieja preguntó.

-Del mucho velar y el poco comer -respondió una voz débil.

-¿Por qué tienes los ijares tan anchos? -la vieja preguntó.

-De estar tanto tiempo sentado, sentado -respondió una voz frágil.

-¿Por qué tienes un pecho tan delgado? -la vieja preguntó.

-Del mucho velar y el poco comer -respondió una voz débil.

-¿Por qué tienes hombros tan grandes? -la vieja preguntó.

-De tanto barrer, de tanto barrer -respondió una voz frágil.

-¿Por qué tienes brazos tan cortos? -la vieja preguntó.

-Del mucho velar y el poco comer -respondió una voz débil.

-¿Por qué tienes manos tan enormes? -la vieja preguntó.

-De moler el trigo, de moler el trigo -respondió una voz frágil

-¿Por qué tienes un cuello tan fino? -la vieja preguntó.

-Del mucho velar y el poco comer -respondió una voz débil.

-¿Por qué tienes una cabeza tan gorda? -la vieja preguntó.

-Porque sé muchas cosas, porque sé muchas cosas -respon­dió una voz frágil.

-¿Por qué has venido aquí? -la vieja preguntó.

-¡Para llevarte conmigo, para llevarte conmigo! -gritó el ex­traño visitante con toda la voz que podía, tendiendo sus enormes manos para agarrar a la mujer.

Pero la vieja no cedió: se apoderó de una maza y comenzó a golpear al extraño visitante. Y así fue desapareciendo: primero la cabeza, después el cuello, luego las manos, después los brazos, luego los hombros, después el pecho, luego los ijares, después los muslos, luego las rodillas, después las piernas y, por último, los enormes pies.

Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la devanadera giraba, giraba.

Escocia. La cola de la oveja

 

PicsArt_08-06-07.13.32_20170911133657854_20180311085804567-01-02-01Una vez un pastor fue a la colina para poner al resguardo las ovejas. Había neblina, hacía frío, y fue agotador reunirlas a todas. Cuando terminó, las contó y se dio cuenta de que falta­ba una.

Salió a buscarla. Después de dar mil vueltas, la encontró me­dio ahogada en un pantano. Sólo asomaban del barro la cabeza y la cola.

En cuanto vio a la oveja, el pastor la cogió de la cola y tiró con fuerza. Pero la lana de la oveja estaba empapada y el animal pesaba muchísimo. El pastor se quitó la capa, cogió de nuevo la cola de la oveja y tiró de ella aún con más fuerza.

Pero la oveja continuaba pesando mucho. Entonces el pastor se quitó la zamarra, cogió de nuevo la cola de la oveja y tiró de ella aún con más fuerza. Pero la oveja seguía pesando mucho.

El pastor se echó saliva en sus manos, aferró con fuerza la cola y tiró de nuevo con mucho vigor.

La oveja seguía pesando demasiado y, de tanto tirar, el pas­tor le arrancó la cola. Si no la hubiera arrancado, el pastor habría seguido tirando y quién sabe cuán larga se habría hecho nuestra historia.

Pero con la cola arrancada, la historia ha terminado.

Pushkin. La zarevna y los siete guerreros.

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El Zar se despidió de la Zarina. Emprendía un largo viaje. La Zarina se sentó junto a la ventana a esperar el regreso de su amado esposo. Así pasaban todos los días.

Se cansaron sus ojos de tanto mirar. Sólo veía caer la nieve sobre la blanca llanura. Transcurrieron nueve meses. La víspera de navidad Dios le concedió una hija. Por fin, en la mañana del mismo día llegó el Zar, el viajero tan esperado día y noche. Le miró la Zarina y fue tanta su emoción que, dando un suspiro, murió.

Durante  mucho  tiempo  el  Zar  estuvo  inconsolable.

¿Qué iba a hacer? Después de todo, sólo era u n hombre. Transcurrió un año tan rápido como un sueño pasajero. Entonces el Rey volvió a casarse. A decir verdad, la novia se parecía muchísimo a la Zarina. Era alta y delgada, muy blanca, muy inteligente, y poseía valiosas cualidades. Por desgracia, sin embargo, era vana, caprichosa y envidiosa.

Como regalo de boda recibió un espejito que poseía el don de la palabra. La Zarina sólo cuando hablaba con el espejo estaba amable y alegre. Bromeaba con él, y se sentía de buen humor. Solía decirle:

-Luz de mis ojos, dime toda la verdad. ¿No soy, acaso, la más bella, la más gentil y la más encantadora del mundo?

-Por supuesto, Zarina -contestaba el espejo-. Eres la más bella, la más gentil y la más encantadora del mundo.

La Zarina se echaba a reír, empezaba a mover los hombros, a contonearse y chasqueaba los dedos. Luego, con las manos puestas en las caderas daba vueltas en torno del espejo, admirando su propia imagen.

Mientras tanto la hija del Zar crecía y florecía. Era blanca como la nieve. Sus cejas eran negras. Era encantadora. El Príncipe Elissei envió un mensajero para pedir su mano. El Zar dio su consentimiento y se preparó la dote: siete ciudades comerciales y ciento cuarenta palacios.

El día antes de la boda, la Zarina, mientras se vestía, se miró en el espejo y le preguntó:

-¿No soy, acaso, la más bella, la más gentil y la más encantadora del mundo?

-Por supuesto que eres bella -repuso el espejo-, pero la más bella, la más gentil y la más encantadora del mundo es la Princesa.

La Zarina, indignada, levantó la mano y golpeó el espejo y lo pisoteó.

-¡No eres más que un miserable pedazo de vidrio! -gritó-. Mientes, únicamente para humillarme. ¿Cómo puede compararse conmigo la hija del Zar? Yo la pondré en su sitio. ¿No sabe, acaso, que si es tan blanca es porque su madre, durante todo el embarazo, no dejó de mirar la nieve? Dime, ¿cómo es posible que la compares conmigo? Créeme, yo soy la más hermosa. Busca por todo el Reino, busca en todo el universo, y no encontrarás una mujer semejante a mí. ¿Acaso no es cierto?

-Sin embargo -repuso el espejo-, la Zarevna es la más hermosa, la más gentil y la más encantadora de todas las mujeres.

Rabiando de celos, la Zarina arrojó el espejo al suelo. Llamó a su doncella Cherniavka y le ordenó que llevase a la Princesa al bosque, que la atara a un árbol, y que la dejara allí para que se la comiesen los lobos.

Ni el propio demonio podría hacer frente a la ira de aquella mujer. Era inútil. Cherniavka llevó a la Princesa al bosque y la espesura salvaje hizo que la pobre Princesa  adivinase su destino.

-Amiga mía, dime, ¿qué he hecho yo? -decía aterrorizada, gimiendo, a la sirvienta-. ¡No me dejes morir! Cuando sea Zarina te recompensaré con esplendidez.

Cherniavka, que quería mucho a la Zarevna, no la ató al árbol, sino que la dejó libre, diciéndole:

-¡No te preocupes y que Dios te proteja!

Cherniavka regresó a palacio.

-¿Dónde está la Princesa? -le preguntó la Zarina.

-Se ha quedado sola en lo más profundo del bosque -respondió-. Permanece atada a un árbol. Cuando los lobos feroces la encuentren, no sufrirá mucho.

Pronto corrió la voz de que la Zarevna había desaparecido. El Zar derramó abundantes lágrimas. El Príncipe Elissei rogó fervientemente a Dios que le ayudara, y emprendió el camino en busca de su amada prometida.

Al anochecer del  siguiente día, cuando trataba de abrirse camino en el bosque, la Zarevna llegó a una casita. Un perro que había allí empezó a ladrar, pero cesó en cuanto la vio de cerca. Ella empujó la puerta de la casa y se encontró en un patio. El perro la seguía, meneando la cola y acariciándola.

La Zarevna abrió otra puerta que conducía a una gran estancia, con una estufa de azulejos, una mesa de roble, y varios bancos cubiertos de tapices. Había sagrados iconos en las paredes. La desventurada joven comprendió enseguida que allí vivía gente buena y que estaría a salvo. Pero, ¿por qué estaba la casa vacía?

Recorrió toda la casa, poniendo todo en orden. Luego encendió un cirio ante la imagen del Señor. También encendió la estufa. Y se acostó bajo techado.

Se acercaba la hora de comer. Se oyó un ruido de pisadas de caballo en el patio. Siete aguerridos caballeros que lucían grandes bigotes entraron en la casa. El mayor de ellos dijo:

-¡Qué maravilloso! ¡Qué limpio está todo y qué ordenado! ¿Quién habrá estado aquí mientras estábamos fuera? Sal de tu escondite y serás nuestro amigo. ¡Oh, cuidadoso extranjero! ¡Si eres mayor, serás nuestro tío; si eres un joven, serás nuestro hermano! ¡Si eres una anciana, serás nuestra madre! ¡Y si eres una joven, serás nuestra hermana!

La Zarevna bajó, entonces, de su lecho. Saludó cortésmente a los siete guerreros y, ruborizándose, les pidió perdón por haber entrado sin su permiso.

Los siete guerreros adivinaron que era una Zarevna. La invitaron a sentarse en el sitio de honor, bajo los iconos. Luego le ofrecieron  un pastel y un vaso de vino. Ella se negó a beber vino, pero partió un trozo de pastel. Como estaba muy cansada, les pidió permiso para irse a dormir. Los guerreros la condujeron al piso superior y le dieron una hermosa habitación y la dejaron sola, porque estaba medio dormida.

El tiempo transcurría. La Zarevna seguía viviendo en la casa de los siete guerreros, donde nunca se aburría. Por la mañana, al rayar el día, los siete hermanos salían alegremente a cazar patos. Algunas veces cortaban de un tajo con su espada la cabeza de un tártaro y otras veces perseguían a través del bosque a algunos circasianos de Piatigorsk.

Como buena ama de casa, la Zarevna nunca abandonaba el hogar. Cuidaba de todo. Lo preparaba todo. Los siete guerreros aprobaban lo que hacía. Y el tiempo transcurría así.

Entretanto, los siete guerreros se habían enamorado de la joven. Un día, al atardecer, comparecieron en su habitación. Haciendo una inclinación, el mayor le dijo:

-Como bien sabes, encantadora doncella, te consideramos como nuestra hermana. Somos siete y todos estamos enamorados de ti. Cada uno de nosotros sería feliz si pudiese casarse contigo. Pero como esto no puede ser, en el nombre de Dios, te pedimos que escojas. ¡Sé la prometida de uno de nosotros! ¡Sé la hermana de los demás! ¿Por qué mueves la cabeza? ¿Por qué te niegas a hacerlo? ¿Es que la mercancía desagrada al comprador?

-¡Nobles caballeros!  -respondió-.  ¡Hermanos míos, que Dios me castigue si miento! ¡No puedo complaceros! ¡Ya estoy comprometida! No puedo escoger en­tre vosotros. A mis ojos, todos sois valerosos e inteligentes. Os quiero mucho a todos. Pero estoy prometida para siempre a otro. Pertenezco al Príncipe Elissei, al que amo más que a nadie en el mundo.

Los siete hermanos permanecieron silenciosos. Se rascaron la cabeza embarazados. El mayor, inclinándose, dijo:

-Expresar un deseo no es un pecado. Dada la situación, ya no se hable más del asunto.

-Os agradezco mucho todo -respondió amablemente la Princesa- . No puedo aceptar vuestro ofrecimiento, no me guardéis ningún resentimiento.

Los siete caballeros abandonaron la estancia en silencio. La armonía volvió a reinar, como antes, en la casita.

Mientras tanto, la malvada Zarina seguía pensando en la Zarevna. No podía perdonarla. Estaba enojada con el espejo, y a menudo lo insultaba. Pero un buen día, decidió volver a consultarlo. Lo cogió y poniéndoselo delante del rostro, le preguntó con una sonrisa:

-¡Espejito, yo te saludo! Dime la verdad. ¿No soy yo, acaso, la más hermosa, la más gentil y la más encantadora del mundo?

-Por supuesto que eres bella -repuso el espejo-, pero aquella que vive oculta en el tupido bosque, en casa de los siete guerreros, es aún más bella que tú.

La Zarina se puso furiosa con Cherniavka.

-¿Cómo te has atrevido a desobedecerme? ¡Cuéntamelo todo!

Y la sirvienta lo confesó todo. Entonces la Zarina la amenazó con un terrible castigo si no encontraba el modo de hacer desaparecer a la Zarevna de una vez.

Un día, estaba la Zarevna hilando junto a la ventana, y esperaba el regreso de sus queridos hermanos.

De pronto, el perro se puso a ladrar. Una mendiga, que atravesaba el patio, intentaba alejar al animal con su bastón.

-¡Espera, abuela, espera! -gritó la Zarevna-. Yo alejaré al perro y de paso te daré algo.

-¡Oh, hija mía, ha estado a punto de comerme viva! -gimió la vieja-. Estoy agotada de luchar con él. ¡Mírale, mírale! ¡Vuelve a atacarme! ¡Ven pronto!

La joven se apresuró a ir junto a ella, pero apenas cruzó el umbral, el perro se acercó a ella y le impidió avanzar.

La mendiga trató de acercarse a la Zarevna. El perro, más feroz que antes, detuvo sus pasos.

-¡Qué raro es esto! -dijo la joven-. Debe de haber dormido mal.

Echó un pedazo de pan a la vieja, diciendo:

-¡Toma!

-Gracias -dijo la vieja mendiga-. ¡Que Dios te bendiga! Toma esta manzana, ¿quieres?

Le tiró una manzana de oro a la Princesa. El perro empezó a ladrar. La Zarevna dio vueltas varias veces en su mano a la manzana de oro.

-Puedes comértela, si quieres, hermosa mía -le gritó la vieja-. Y gracias por el pan.

Al decir esto, desapareció. El perro miró inquieto a la joven. Se puso a gemir. Parecía decirle:

-¡Tira esa manzana, tírala!

Ella acarició al perro suavemente.

-Ven, Sokolka -dijo-. Échate aquí.

Y regresó a su estancia para esperar a sus hermanos. Miraba de vez en cuando la manzana que tenía a su lado. Estaba madura y jugosa. Era dorada y fragante. Era tan transparente que podían verse las pepitas, porque su piel parecía un ala de mariposa.

La Zarevna no quería comerse la manzana antes del almuerzo, pero no pudo resistir la tentación y se la llevó a los labios y la mordió. Acto seguido se desvaneció, sin vida. La manzana rodó por el suelo.

Su cabeza descansaba en el banco, bajo los iconos.

La joven estaba como muerta.

Los siete guerreros estaban de regreso a la casa después de una de sus audaces campañas, y vieron al perrito, que corrió hacia ellos, ladrando furiosamente.

-Es un mal augurio -pensaron- . Algo malo ha sucedido.

Subieron a la estancia. ¡Allí gimieron y todo fueron lloros! El perro mordió la manzana y cayó muerto.

Los siete guerreros, sumidos en la más profunda tristeza, rodearon a la Zarevna muerta. Recitaron una oración, levantaron a su hermana y empezaron a vestirla para el entierro. De pronto, cambiaron de opinión, pues su rostro estaba tranquilo. Parecía como si estuviera en los brazos protectores del sueño. Pero no respiraba.

Esperaron tres días. No se despertó. Y entonces decidieron poner a la Zarevna en un ataúd de cristal. La transportaron a hombros a media noche a lo más alto de una montaña, a una cueva, y allí la dejaron.

Tomaron la precaución de atar el ataúd con cadenas a seis fuertes columnas. Hecho esto, descubrieron sus cabezas y el mayor dijo:

-Duerme, hermanita. Has sido víctima de una cobarde trama. Tu belleza se habrá extinguido en la tierra, pero en el cielo tu alma continuará siendo hermosa. Seguimos queriéndote. Continuarás siendo de tu prometido. Ahora sólo la muerte te posee.

Aquel mismo día la malvada Zarina estaba en espera de buenas noticias. Sacó el espejo y le preguntó:

-¿No soy, acaso, la más hermosa, la más gentil y la más encantadora del mundo?

-Sí -respondió el  espejo-,  eres  la  más  hermosa, la más gentil y la más encantadora del mundo.

El Príncipe Elissei recorrió el mundo en busca de su prometida. Pero no la encontraba. Lloraba y preguntaba a todos los que veía si sabían dónde estaba. Algunos encontraban extrañas sus preguntas. Otros pocos se reían. Algunos le volvían la espalda.

Finalmente se dirigió al Sol.

-¡Oh, Sol! -exclamó-, tú que cruzas el cielo, que haces que la primavera siga al invierno, tú que nos ves a todos, ¿quieres darme una respuesta? ¿Quieres decirme si has  visto a la Zarevna que busco? Yo soy su prometido.

-Amigo mío -respondió el Sol-. No he visto a la Zarevna que buscas. Quizá se haya muerto. Quizá la Luna, mi vecina, la haya visto.

Elissei esperó que llegase la noche. Por fin apareció la Luna en el cielo.

-¡Oh, Luna, amiga mía! -exclamó-, compañera de las estrellas, ¿puedes darme una respuesta? Estoy buscando a mi prometida. ¿La has visto?

-Hermano mío -respondió la Luna-. No la he visto. De todos modos, yo no estoy siempre en el firmamento. Quizá tu prometida está tan pálida que no la puedo ver…

-¡Ay de mí! -murmuró  el Príncipe.

La Luna habló de nuevo.

-Pregunta al Viento. ¿Quién sabe? Él tal vez podrá contestarte. Ten  valor.  ¡Adiós!

Elissei gritó al Viento:

-¡Oh tú, que eres tan fuerte, tú que puedes domar las nubes e irritar el mar, tú que sólo temes a Dios…! Dime, ¿has visto a mi amada Zarevna? Yo soy su prometido.

         – Escucha -respondió  el  Viento-. Allá lejos, más lejos de aquel río apacible, encontrarás una montaña. Sobre la montaña hay una cueva oscura. Dentro de la cueva hay un ataúd de cristal, rodeado de columnas. Allí está encadenado el ataúd de tu prometida.

El Viento se alejó veloz y el Príncipe volvió a cabalgar, sollozando. Se encaminó directamente a la montaña que describió el Viento. Cuando la vio, subió apresuradamente. Llegó a la entrada de la cueva. Le fallaba el valor, pero pronto se rehízo. Se encaminó a través de la oscuridad de la cueva. ¡De pronto vio la sombra del ataúd de cristal y la faz radiante de la Zarevna! Tropezó con el ataúd y rompió el cristal. La joven se despertó. Miró en torno suyo y dijo con un suspiro:

-He dormido mucho tiempo.

Se enderezó y descendió del ataúd. Ambos se abrazaron llorando.

Elissei cogió en brazos a su amada y la sacó a la luz del sol. ¿Qué creéis que se dijeron el uno al otro?

La buena nueva voló como el fuego.

-¡La hija del Zar no ha muerto!

La malvada Zarina estaba sentada frente al espejo y repitió su pregunta:

-¿No soy yo, acaso, la más hermosa, la más gentil y la más encantadora del mundo?

-Por supuesto que eres bella -respondió el espejo-, pero la Zarevna es aún más hermosa que tú.

Entonces rompió el espejo, lo tiró al suelo y se precipitó hacia la puerta, que en aquel preciso instante se había abierto. Vio a la Zarevna y cayó muerta de rabia.

La boda de Elissei y de la Zarevna se celebró inmediatamente después del funeral de la Zarina muerta, y celebraron el festín más grande del mundo. Yo estuve allí, me ofrecieron cerveza, vino e hidromiel, bebí, y se me mojaron los bigotes.